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miércoles, 9 de septiembre de 2026

No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios dejando a un lado vanidades y superficialidades, porque ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida

 


No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios dejando a un lado vanidades y superficialidades, porque ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida

1Corintios 7, 25-31; Salmo 44;  Lucas 6, 20-26

Claro que todos queremos vivir una vida llena de armonía, donde tengamos una buena convivencia entre unos y otros, que nada nos haga sufrir y que las cosas vayan marchando bien, que podamos ser bien considerados y que también lleguemos a tener una buena sensibilidad como para sentir como nuestros los problemas de los que nos rodean y nos esforcemos por ayudarnos unos a otros a ser más felices encontrando solución a los problemas que vayamos encontrando.

Decía que todos queremos eso, y lo podríamos decir pensando en la buena voluntad de todos porque todos realmente ansiáramos siempre lo más justo. Pero sabemos bien que esa no es la realidad de la vida porque sigue reinando la injusticia y la insolidaridad, no todos tienen esos buenos sentimiento hacia los demás y mucho solo piensan en sí mismos, no siempre hay esa sensibilidad para buscar soluciones a los problemas y sufrimientos de los demás e incluso habrá quien no comprenda que nosotros podamos hacer las cosas desinteresadamente simplemente por el gozo de hacer bien a los demás.

Mientras vamos haciendo el bien y gastándonos los unos por los otros sentiremos un gozo en el alma que nadie nos podrá arrebatar, pero quizás llegará un momento que lo que hagamos moleste a los demás, nos vamos a encontrar quien vaya detrás de nosotros tratando de destruir y derruir aquello que nosotros hemos intentado construir. Son los que se sienten satisfechos en sí mismos, no por el bien que hacen, sino por el egoísmo en que viven que les hace creerse los reyes del mundo, pero que un día se van a encontrar que no hay nadie que seque sus lágrimas o dé consuelo a aquellas situaciones dolorosas con las que sin duda un día se encontrarán.

Es eso lo que nos está diciendo hoy Jesús en esta página del evangelio. Son las bienaventuranzas tal como nos las relata el evangelista san Lucas, que en cosas fundamentales tienen una coincidencia con las que nos propone el evangelista san Mateo, pero que aquí nos da unos matices porque contrapone a la bienaventuranza lo que podríamos llamar la maldición de los que se han encerrado en sí mismos, rehusando a hacer el bien desinteresadamente y a obrar siempre desde unos intereses egoístas que manifiestan además la superficialidad de sus vidas.

‘Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis… y seréis dichosos cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre… vuestra recompensa será grande en el cielo…’

Por contra nos dirá también ‘¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!’

¿Queremos quizás que hablen bien de nosotros? Decíamos al principio que entre todas aquellas cosas que ansiábamos y deseábamos era el ser bien considerado por los demás. No es mal deseo. Pero, ¿por qué cosas queremos ser bien considerados por los demás? A los ojos del mundo parece que lo importante o lo que nos hace importantes son todas esas vanidades de las que nos rodeamos para aparentar algo que realmente no somos. Buscamos prestigios y buena consideración de aquellos que nos parecen importantes y poderosos, nos arrimamos decimos tantas veces a quienes nos den buena sombra porque se manifiestan muy exultantes en su arrogancia y rodeados de los lujos de la vida, de esos que parece que siempre están saciados en sus fantasías que a la larga nos manifiestan la pobreza de sus vidas aunque sean muchas las riquezas de las que dispongan.

Quienes queremos vivir según los parámetros del Reino de Dios vamos a resultar incómodos porque en la opinión de esos que se creen poderosos nosotros estaríamos fuera de lugar. Pero al final, ¿quién será feliz de verdad? No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios, ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida.


martes, 5 de mayo de 2026

La paz no es tópico del que echamos manos para ir en contra de los que piensan o actúan distinto, es un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás

 


La paz no es tópico del que echamos manos para ir en contra de los que piensan o actúan distinto, es un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás

Hechos 14, 19-28; Salmo 144; Juan 14, 27-31a

¿Seremos capaces de mantenernos en paz a pesar de tantas guerras que nos rodean y hasta nos envuelven? Hablar de la paz y del no a la guerra casi se ha convertido en un tópico que alimenta nuestras conversaciones de cada día y de lo que no dejamos de hablar. Pero fijémonos en una cosa, utilizamos el tema de la paz para ir siempre en contra de alguien a quien culpamos de todas esas guerras. Es cierto que la situación de nuestro mundo y nuestra sociedad es convulsa pero la convertimos en grandes temas que se pueden convertir hasta en eslóganes de vida, pero ¿buscamos esa paz dentro de nosotros mismos? Yo me pregunto si esa tremenda convulsión que vive nuestro mundo y nuestra sociedad y entonces pensamos en esa cercanía a nosotros de la sociedad en la que vivimos, no será debido a que no hemos sabido encontrar esa paz en nuestro interior. Porque es que lo que llevamos en el corazón es lo que se va a reflejar en esa situación que se vive en el mundo.

Fijémonos en el momento que viven los discípulos de Jesús cuando le escuchamos estas palabras que hoy nos trasmite el evangelio. No están viviendo un buen momento, en la incertidumbre incluso en que están ante lo que va a suceder según lo que Jesús les ha ido anunciando. Estaban inquietos y tristes, porque además todo les sonaba a despedida. Varias veces les dice Jesús que no se acobarden ni se sientan agobiados en lo que está sucediendo y Jesús de la mejor manera les dice que El siempre estará con ellos aunque llegue el momento de su vuelta al padre.

Me recuerda esos momentos de despedida cuando llega el momento, por ejemplo, de que un familiar o una persona querida para nosotros tiene que marchar y ya no va a estar con nosotros, esos momentos previos suelen ser muy dolorosos; me vienen a la memoria momentos de mi niñez cuando los familiares, padres o hermanos, tenían que emigrar a otro país. Aunque aun estuvieran con nosotros y nos prometieran de mil maneras que no nos iban a olvidar, llorábamos como niños en la angustia de la despedida. ¿No serían algo así los momentos que estaban viviendo en aquellas circunstancias los discípulos?

‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, les dice Jesús. Pero Jesús promete algo más, no les puede faltar la paz. No era ya solo decirnos el saludo de paz que entre los judíos era decirse ‘shalom’ (paz) sino que tenía que ser algo que se mantuviera en nuestro corazón. Por eso les decía Jesús: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’. No es la paz que se logra con la imposición, no es la paz fruto de un orden exterior, no es la paz que se gana con la guerra, no es la paz del dominio de uno sobre otros, del más fuerte frente al más débil, no es la paz del silencio impuesto. ‘No os la doy yo como la da el mundo’. Miremos lo que se está queriendo hacer en los grandes conflictos que hoy vivimos; es lo que algunas veces también intentamos los unos sobre los otros donde en nuestra prepotencia buscamos dominio y manipulación.

Jesús nos ha ido dejando las bases de esa paz que El quiere para nosotros cuando nos ha ido hablando del Reino de Dios y de sus características; Jesús nos ha puesto el cimiento verdadero a partir del amor; un amor que no se queda en palabras bonitas, un amor que construimos en unas relaciones sinceras y humildes de los unos con los otros, un amor que se sobrealimenta en la comprensión y en el perdón, un amor que porque saber perdonar de verdad sabe también olvidar  y que se convierte en restaurador de unas relaciones estables y duraderas, un amor de corazón abierto haciendo hueco para que en él quepamos todos sin diferencia ni distinción, un amor que no deja de darse a pesar de las incomprensiones que encuentre en su derredor, un amor que siempre es respetuoso al mismo tiempo que generoso, que es ofrecimiento pero que se convierte en regalo de cada día.

¿Buscaremos así la paz que Jesús quiere ofrecernos? Ya no es un tópico sino un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás.

 

viernes, 10 de octubre de 2025

La vida está llena de signos y señales, con mirada de esperanza descubramos las señales del Reino de Dios en tanto bueno que podemos contemplar a nuestro alrededor

 


La vida está llena de signos y señales, con mirada de esperanza descubramos las señales del Reino de Dios en tanto bueno que podemos contemplar a nuestro alrededor

Joel 1,13-15; 2,1-2; Salmo 9; Lucas 11,15-26

La vida de cada día está rodeada de signos y de señales que nos indican caminos, que nos señalan sendas de vida, que amplían horizontes, que nos hacen comprender cuanto nos sucede o que nos plantean interrogantes.

Cuando hablamos de signos o de señales pensamos, por ejemplo, en nuestras carreteras; tenemos que conocer las señales que vamos encontrando que nos señalan direcciones o que nos indican cómo hemos de conducir por esas vías; tenemos que saber leerlas a tiempo e interpretarlas porque de eso va a depender nuestra manera de circular, de evitar los peligros que podamos encontrar, o de darnos pista para que hagamos más agradable nuestro viaje.

Pero los signos no son solo las señales de tráfico de nuestras carreteras, calles o caminos; son los signos que encontramos en la vida, desde lo que podamos leer e interpretar de la manera de actuar de los que caminan a nuestro lado, o desde los acontecimientos de todo tipo que suceden en el mundo en que vivimos, ya sea nuestro entorno cercano, o ya sea acontecimientos de carácter más universal. Signos y señales que nos indicarán el sentido del vivir de tantos o los derroteros por donde anda nuestro mundo.

Tenemos la tendencia de fijarnos en lo que suene a catastrófico, de resaltar aspectos negativos que encontremos en nuestra sociedad que nos lleva a hacer unas determinadas lecturas de cuanto sucede, de dejarnos envolver muchas veces por el pesimismo porque no puede parecer todo tan negativo; es cierto que no todo son luces, pero también podemos encontrar luces y buen colorido en muchas cosas que nos manifiestan un despertar de la solidaridad, de búsqueda del bien común, de deseos de paz y de señales aunque en ocasiones nos puedan parecer imperceptibles de una paz que poco a poco se va construyendo.

¿Detrás de cuanto sucede no podemos encontrar alguna luz de algo nuevo y esperanzador? Creo que tendría que ser por donde tendría que ir nuestra lectura de la vida y la interpretación que hemos de hacer de los acontecimientos que se suceden. Siempre podemos encontrar esa luz, siempre tenemos que saber encontrar esa luz, dejando a un lado la tendencia a los catastrofismos y a las lecturas negativas y pesimistas. Nosotros los cristianos tenemos que ser los hombres y mujeres de la esperanza, y desde esa esperanza confiamos en la presencia del Señor en cuanto nos sucede y cómo Él quiere hablarnos también desde cuanto nos sucede.

Nos choca hoy en el texto del Evangelio que se nos propone aquella interpretación que hacían algunos de los signos y milagros que Jesús realizaba cuando se los atribuyen al poder de Satanás. Jesús nos habla de un reino dividido que no puede subsistir para señalarnos la incongruencia de los que así pensaban. Querían pedir después de lo que estaban viendo un nuevo signo del actuar de Dios cuando estaban tan ciegos que no sabían ver e interpretar las obras de Jesús.

Pero ¿no será lo que de alguna manera nos sucede a nosotros cuando andamos tan pesimistas en la vida y no somos capaces de ver esas señales de Dios que se van manifestando? Y todavía queremos seguir pidiendo milagros, o corremos de un lado para otro cuando sucede algo extraordinario. Seamos capaces de ver esas señales de Dios que se nos manifiestan en lo pequeño y en lo sencillo.

Como decíamos antes aun con todas las negruras que podamos apreciar hay bonitos signos en muchos donde se manifiesta la solidaridad, hay un despertar de las conciencias buscando mayor justicia, hay mucha gente intranquila con tanta violencia y acritud en nuestras relaciones y están buscando formas nuevas de construir esa paz y esa armonía entre todos, hay un deseo de salvaguardar la naturaleza y de cuidar nuestro entorno.

¿No podemos ver ahí señales de algo nuevo que va surgiendo en nuestro mundo? ¿No tenemos que estar ahí también los cristianos y poner también nuestra propia nota de humanidad y de amor, porque nos sentimos llenos del amor de Dios? ¿No tendríamos que convertir todo eso y ver en ello señales del Reino de Dios por el que nosotros hemos de luchar?


viernes, 1 de noviembre de 2024

Todos los santos, hombres y mujeres como nosotros que vivieron en las cosas sencillas de cada día la fidelidad del amor

 


Todos los santos, hombres y mujeres como nosotros que vivieron en las cosas sencillas de cada día la fidelidad del amor

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Salmo 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Lo hemos escuchado no hace muchos días en el evangelio en medio de la semana; algunos de los que acompañaban a Jesús en su camino hacia Jerusalén al escucharle sobre el anuncio que Jesús les iba haciendo en el camino, en una conversación distendida y llena de imágenes sencillas, como Jesús solía hablarles, se atrevieron a preguntarle a Jesús si eran muchos o eran pocos los que se salven.

Era también una pregunta muy frecuente que le hacían quizás desde diferentes enfoques y por supuesto según el sentido de salvación que ellos tenían, o desde aquellas discusiones que entre ellos se tenían sobre todo en las escuelas teológicas donde se formaban los que habían de ser futuros maestros de la ley el pedir como una pauta, unas reglas, unos protocolos que diríamos hoy que tanto están de moda para todo, para alcanzar el Reino de Dios. ¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna? ¿Cuál es el mandamiento primero y principal? Son preguntas que se van repitiendo, algunas veces también con la malévola intención de ver cómo podía cazar a Jesús por sus propias palabras.

Nosotros también buscamos pautas y reglas, aunque sea de mínimos porque no nos atrevemos a que se nos presenten cosas muy exigentes. Hoy casi como al principio del evangelio y cronológicamente de lo que fue la predicación de Jesús se nos da respuesta. Pero no poniéndonos unos mandamientos; más bien sugiriéndonos unas actitudes que marcarían y darían sentido a nuestras vidas.

Con toda solemnidad nos lo presenta el evangelista, en lo que pudiera parecer una compilación de lo que fue el conjunto de la predicación de Jesús. Sentado en el monte, con sus discípulos alrededor, pero con una muchedumbre inmensa y variada repartida por las faldas de la montaña y en la llanura. Pero a pesar de la solemnidad las palabras de Jesús sorprenden. Porque no solo está hablando a aquella muchedumbre variada allí reunida, sino que está hablando precisamente de esa misma muchedumbre. Habla de pobres y de gente sencilla, habla de personas deseosas de un mundo nuevo pero de personas que no han manchada la pureza, que hasta pudiera parecer inocente, de sus corazones; habla de gente que sufre y que tiene hambre, habla de los que son incomprendidos por las inquietudes que tienen en su corazón y también de aquellos que intentan en la vida dejar a un lado. Y a todos y de todos les dice que pueden ser felices, que, aun en esas situaciones que viven, son dichosos porque de ellos es el Reino de los cielos.

¿Sorpresa en las palabras de Jesús? Un bálsamo de esperanza, un despertar en los corazones la ilusión por algo nuevo que pueden conseguir, que pueden vivir; un interrogante que se abre en sus vidas pero que les hará buscar el modo, el camino ara hacer todo eso realidad; un sentir que las esperanzas se pueden cumplir y que no todo en la vida es negro y oscuro, sino que siempre pueden aparecer rayos de luz que nos ayudan a caminar; un darnos cuenta que merecen la pena esas inquietudes que algunas veces nos pueden llenar de sufrimiento y angustia porque nos parece que no se puede salir de ellas, pero que ahora se dan cuenta de que es posible porque algo nuevo se está gestando en la vida y en los corazones.

Pero eso no solo lo sintieron los que aquel día estaban en la llanura y al pie del monte cuando Jesús pronunció estas bienaventuranzas, sino que es algo que nosotros hoy también hemos de sentir porque nos estamos dando cuenta de por donde ha de ir el camino del Reino de Dios que queremos vivir. Es para nosotros también un rayo de luz y de esperanza.

Y estamos escuchando este evangelio hoy que celebramos la fiesta de todos los santos, en que contemplamos también esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar donde están todos esos de los que nos ha hablado Jesús en el sermón del monte. Cuando pensamos en los Santos, o cuando celebramos esta fiesta de todos los Santos podríamos pensar en quienes realizaron obras grandes y maravillosas, con un poder taumatúrgico extraordinario para realizar grandes milagros que salvarían a la humanidad, pero tenemos pensar en esos pobres y pequeños de los que nos habla Jesús en el evangelio, de quienes trabajaban allí donde estaban por la paz porque siempre iban buscando armonía y entendimiento entre todos y de los que querían con su mansedumbre ir sanando los corazones que sufrían no solo por unos males físicos o corporales sino por esas cosas que amargan y atormentan el corazón, de quienes buscaban el bien y se gastaban a si mismos por los demás aunque no fueran comprendidos en la generosidad de su buen hacer.

Hombres y mujeres como nosotros pero que supieron llenar sus vidas de amor, hombres y mujeres como nosotros con las mismas tentaciones de cansancio y de desgana que tantas veces nosotros también sufrimos, hombres y mujeres como nosotros que supieron ser fieles porque ponían sí totalmente su confianza en Dios pero también querían vivir en fidelidad con los que estaban a su lado haciendo el mismo camino. No hacían cosas extraordinarias, sino que de forma extraordinaria vivían las cosas pequeñas de cada día.

Es para nosotros un estímulo celebrar esta fiesta de todos los Santos y no es necesario pensar en grandes nombres, aunque nos venga por otra parte bien recordarlos para aprender de su ejemplo. Son esos santos de la puerta de al lado, esos santos que encontramos por la calle haciendo nuestros mismos recorridos, esos santos que encontraremos barriendo el patio de sus casas o sentados en la plaza en animada conversación con los amigos o en torno a una mesa donde reúnen a su familia, esos santos que no hace ruido ni cosas extraordinarias pero que en silencio van dejando una huella en el camino o nos van dejando el perfume de sus vidas. Abramos los ojos para que sepamos descubrirlos.

A ellos los llama dichosos Jesús. A nosotros también nos quiere llamar dichosos Jesús.

lunes, 24 de junio de 2024

Por toda la comarca había corrido la noticia del nacimiento de Juan, estaban viendo la mano de Dios, como sólo saben hacerlo los humildes y los sencillos

 


Por toda la comarca había corrido la noticia del nacimiento de Juan, estaban viendo la mano de Dios, como sólo saben hacerlo los humildes y los sencillos

Isaías 49, 1-6; Salmo 138; Hechos de los apóstoles 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

Parece que estaba destinado para eso. Se nos escapa casi espontáneamente esa expresión cuando nos encontramos con una persona que nos resulta realmente espectacular; son las cosas que realiza y la manera especial que tiene de hacerlas, rompe moldes porque vemos que es capaz de hacer cosas que nadie ha sido capaz, se manifiesta con absoluta libertad y a nadie tiene miedo, actúa abriendo caminos, despertando las conciencias, poniendo nuevas ilusiones en los que caminan a su lado. Nos parece único.

¿Tendríamos que decir una cosa así de Juan el Bautista de quien hoy estamos celebrando la fiesta de su nacimiento? Por toda la comarca había corrido la noticia de su nacimiento, todos se hacían bocas de aquellas cosas que habían visto en su entorno, porque realmente era algo único; sus padres eran mayores y ya parecía imposible el nacimiento de un hijo de aquellos ancianos, pero Isabel estaba en cinta y ahora había dado a luz un niño.

Normal que todos la felicitaran, normal que se juntaran con los padres a la hora de la circuncisión e imposición del hombre; lo que no parecía normal eran los deseos de Isabel de llamarlo Juan porque según la costumbre debía llevar el nombre de su padre, Zacarías, aunque en ello aquella anciana estaba reconociendo el actuar de Dios en el propio significado del nombre. Por eso todos se preguntaban ¿cuál era el destino de aquel niño? ‘¿Qué iba a ser de aquel niño?’ Estaban viendo la mano de Dios, como sólo saben hacerlo los humildes y los sencillos.

Era el camino que iba a escoger Juan. Ya nos adelanta el evangelista que ‘El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel’. Ya lo veremos más tardes en la austeridad más severa, sus vestidos una piel de camello, su frugal comida las langostas del desierto y la miel silvestre, su estilo de vida la penitencia más severa con sus ayunos con lo que invitaba a todos a hacer penitencia porque había que preparar los caminos del Señor, su palabra que no estaba hecha de largos discursos pero sí de invitación a la conversión, a la solidaridad y a la rectitud de vida para actuar siempre con verdadera justicia. Era la sintonía que en los signos que rodearon su nacimiento supieron descubrir los pobres y los sencillos de corazón.

¿Era un profeta? ¿Era el Mesías anunciado? En el desierto se presentaría predicando la conversión porque había que preparar los caminos del Señor y de todas partes acudirán para escucharle y hacerse bautizar en las aguas del Jordán. De Jerusalén bajarán unos enviados preguntando con qué autoridad se presentaba ante Israel con aquel anuncio de la pronta venida del Mesías. Y él diría que no era un profeta, que no era el Mesías, que solo eran la voz que predicaba en el desierto invitando a preparar los caminos del Señor.

Pero Jesús dirá de El que es profeta y más que profeta porque no había nadie mayor que él de entre los nacidos de mujer. Era el precursor del Mesías, el que venía a preparar los caminos del Señor y para él lo importante era que recibieran a quien ya estaba en medio de ellos y no lo conocían. Pero El lo señalaría como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. De sus manos había recibido aquel bautismo en las aguas del Jordán, pero sobre todo había visto cómo se abría el cielo para bajar el Espíritu Santo sobre Jesús en forma de paloma y también había escuchado la voz que lo señalaba como el Hijo amado de Dios.

Por eso en su camino de humildad y sencillez no le importa menguar con tal que crezca el que había de crecer. Su misión era ser voz, pero la Palabra que había que escuchar era la de Dios, y eso se iba a reflejar en Jesús. Por eso dará paso al Mesías que viene, sus discípulos serán los primeros discípulos de Jesús y los que aún quedan con él cuando ya está en la cárcel serán enviados hasta Jesús para que lleguen a conocer y convencerse de que es el Mesías. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?’ es el mensaje que le llevan a Jesús de parte de Juan.

Gran alegría se suscitó en las montañas de Judea con su nacimiento y todos daban gloria a Dios. Es la alegría con que nosotros seguimos celebrando su nacimiento. No nos queda sino seguir su camino, entrar en esos caminos de humildad y de sencillez porque será la manera de descubrir las señales de Dios que se sigue manifestando hoy entre nosotros, convertir nuestro corazón a Dios, preparar también los caminos del Señor entrando en esa órbita nueva del amor y de la solidaridad, de la conversión y de la penitencia, de la justicia y del bien, de la verdad y de la rectitud. El daría testimonio no solo con su palabra en el desierto sino con su vida que también es inmolada para hacer que andemos y tengamos una vida nueva de rectitud.


sábado, 22 de junio de 2024

En Jesús tendremos el valor y la fuerza para que aparezcan esas actitudes nuevas, esos valores nuevos, todo lo que significa reconocer que Dios es nuestro único Rey y Señor

 


En Jesús tendremos el valor y la fuerza para que aparezcan esas actitudes nuevas, esos valores nuevos, todo lo que significa reconocer que Dios es nuestro único Rey y Señor

2ª Crónicas 24, 17-25; Salmo 88; Mateo 6,24-34

Una cosa que todos decimos, pero al final no sabemos ponerle remedio. Decimos con facilidad cuando nos ponemos muy serios a hablar juiciosamente que así no podemos vivir, con estas prisas, con estos agobios, que es un tormento, que habrá que parar de alguna manera, porque si no la vida ya se encargará de pararnos. Ahí tenemos grandes emprendedores, que, como solemos decir, parecía que se iban a comer el mundo, todo eran trabajos, nuevas iniciativas, empresas que comenzaban a funcionar, pero de repente todo se paró, el corazón de aquel hombre tan emprendedor que tantas cosas hacia que no paraba, no tenía ni tiempo para comer, dijo ‘ya no puedo más’, un infarto, una enfermedad irremediable, y ¿en qué se quedaron todas aquellas carreras y todos aquellos agobios? Pero es que no escarmentamos ni en cabeza ajena.

Como ya hemos reflexionado en otra ocasión la vida no se puede quedar reducida a esas carreras y a esos agobios. La persona vale mucho más que todas esas riquezas que podamos conseguir. Y pensamos en su salud, pero no solo lo corporal que también un día nos fallará, sino en el estado anímico de la persona, en su paz interior, en la serenidad y paz para afrontar los problemas; con tantas carreras ni tiempo tenemos para pensar en nosotros mismos, en ese crecimiento interior como persona, en el sentido que hemos de darle a la vida, se nos escurre todo de las manos como el agua que no podemos contener entre nuestros dedos.

Me van a decir, es que es mucho lo que hay que hacer y no hay tiempo para todo. Pero ¿son solo las cosas lo que le dan sentido a la vida del hombre? ¿Cuáles tendrían que ser las mejores metas para la vida del hombre? Son preguntas que no podemos dejar pasar sin intentar darle respuestas. Pero para ello tenemos que detenernos, porque es necesario pensar, reflexionar, ahondar en lo más hondo de nosotros mismos, pero también dejarnos iluminar por tantos faros de luz que Dios va poniendo a nuestro lado en los caminos de la vida, hombres sabios y prudentes como profetas, reflexivos, que mastican mucho las cosas no solo en la mente sino en el corazón antes de dar respuestas. Podemos encontrar maestros, sabios, y tenemos que confrontar también ideas y pensamientos hasta que encontremos la verdad de nuestra vida. No podemos dejarnos llevar por la pendiente de nuestras prisas y carreras.

Nos está invitando Jesús a que sepamos poner nuestra confianza en Dios. El ha venido a revelarnos el mejor rostro de Dios. Y nos está hablando del Dios que hace florecer las flores del campo o que alimenta a los pajarillos del cielo. Y si Dios hace eso con sus criaturas ¿Qué no hará con sus hijos? ¿Por qué entonces nosotros no confiar en la providencia de Dios?

Es el Dios que nos exigirá que negociemos nuestros talentos, porque hay que desarrollar la vida y eso está en nuestras manos, pero es el Dios que nos cuida porque nos ama, porque es nuestro Padre, porque nos ha querido mirar como sus hijos. Los predilectos y amados de Dios. Porque nos mira en Jesús, su Hijo amado al que ha enviado para que nos abra caminos para poder llegar a vivir el Reino de Dios, y porque nosotros nos miramos en Jesús al que siendo Hijo de Dios lo vemos carne de nuestra carne, porque así quiso encarnarse en las entrañas de María para ser para siempre Dios con nosotros, ser Emmanuel.

Por eso terminará diciendo hoy Jesús que busquemos el Reino de Dios y su justicia que lo demás se nos dará por añadidura. Sí, buscar el Reino de Dios; cuando nos enseñó a orar aprendimos a decir ‘venga a nosotros su Reino’. Una petición que tenemos que hacer, que tenemos que aprender a hacer, porque no es pedir que se realice como algo mágico sin que nosotros tengamos que poner nuestra mano en ello. Por eso tenemos que completarlo con lo que hoy nos dice  que busquemos el Reino de Dios.

Es una tarea que tenemos que realizar, es cierto, porque son los pasos que tenemos que ir dando para que en nuestras actitudes, en lo que hagamos, en nuestro compromiso comencemos a manifestar las señales de que está presente el Reino de Dios. Viene Dios a nosotros, lo podemos como centro de nuestra vida y de nuestro corazón – es decir que lo hacemos nuestros Rey y Señor – y ya nuestra vida, lo que hacemos, lo que vivimos tiene que tener otro sentido y otro valor.

Algo nuevo tendrá que reflejarse en nuestra vida. ‘Lo demás se nos dará por añadidura’, nos dice Jesús. En Jesús tendremos el valor y la fuerza para que aparezcan esas actitudes nuevas, esos valores nuevos, todo lo que significa que vivimos reconociendo que Dios es nuestro único Rey y Señor.

Cuánta paz tiene entonces que aparecer en nuestro corazón y en nuestra vida; cómo se van a quedar a un lado esos agobios y esas luchas que nos hacemos y que nos destrozan por dentro. Algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón.

domingo, 24 de septiembre de 2023

El Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar

 


El Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar

Isaías 55, 6-9; Sal 144; Filipenses 1, 20c-24. 27a; Mateo 20, 1-16

Vivimos en un mundo de productividad y eficacia; si estamos haciendo un trabajo, queremos ver resultados; si estamos desarrollando un negocio, queremos beneficios; si tenemos a alguien trabajando para nosotros, lo que queremos es que sea eficaz y produzca rendimientos; si emprendemos un proyecto, lo que queremos es que sea eficaz para ver sus resultados. Cuanto más sea la productividad mejores serán los beneficios y mejor pagados estarán los que trabajan. Son nuestras lógicas y razonamientos humanos y queremos hacerlo por un camino recto; son las leyes del mercado y de la economía que se nos impone en nuestras relaciones; son las metas por las que nos esforzamos, nos preparamos, y luego trabajamos buscando los mejores rendimientos.

Mucho no podremos decir en contra de todo esto; son también caminos de justicia en nuestro trato y relaciones y es la manera de que nuestro mundo avance. Pero ¿solo es ese el camino para que nuestro mundo avance? ¿Dónde está la humanidad, incluso cuando hablamos de justicia social, para que sea el hombre y la persona la que esté por encima de todas estas carreras de productividad, de eficacia, de economía? ¿Las personas van a valer sólo por su eficacia y su productividad? ¿No tendríamos que buscar por otro lado lo que es verdaderamente la dignidad de toda persona buscando quizás otros valores? Son cosas que tendríamos también que pensar. 

Hoy nos sorprende Jesús con la parábola que nos propone. Un hombre que busca jornaleros para su viña ya desde el comienzo del día, y a los que contrata los envía a su viña a trabajar por denario por su jornada. No vamos a buscar razones de eficacia o no de los que están trabajando o de que fuera mayor el trabajo de lo que se pensaba, pero aquel hombre vuelve a salir a la plaza a buscar jornaleros a distintas horas del día enviando obreros a trabajar. Cuando ya casi acaba el día, en la última hora, vuelve a salir y se encontrará gente que nadie ha contratado durante el día y también los envía a su viña. Hasta ahora nada tenemos que reprochar a ese viñador.

Es al terminar la jornada cuando comienza a sorprendernos, le dice al encargado que pague a los jornaleros el denario prometido, comenzando por los últimos que ha contratado. Cuando llegan los primeros reciben igualmente un denario, lo que provocará reclamaciones, porque se consideran mal pagados cuando les han dado a ellos que han trabajado todo el día con el bochorno del calor lo mismo que a los que llegaron a última hora.

Y aquí tenemos la clave en la respuesta que da aquel amo de la viña: 'Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?'

Aunque estamos viendo la respuesta de este buen hombre, quizás nosotros nos quedamos también con un cierto resabio en el corazón. ¿Qué nos está queriendo decir el Señor con la parábola? No es una lección de justicia social, es cierto, porque eso no es lo que pretende decirnos jesús. Está hablándonos de lo que es la bondad y la generosidad de Dios para con nosotros. Nos ha llamado también a su viña, a la vida, a esa misión y a esa función que tenemos que realizar con nuestra vida en nuestro mundo. Busca el Señor nuestra respuesta en la hora que nos llame, y bien sabemos que esas llamadas del Señor nos van llegando en distintos momentos de nuestra existencia.

Hay una cosa hermosa que nos ha dicho hoy el profeta de parte de Dios, 'porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes'.  Así es de grande y hermosa la generosidad del Señor para con nosotros.

Es nuestra vocación que no siempre descubrimos a primera hora, porque quizás nos hayamos podido pasar nuestra vida distraídos con tantas cosas diversas, pero fue en un momento determinado cuando escuchamos esa llamada y esa invitación del Señor. ¿Cuál es nuestro premio o nuestra ganancia? Poder vivir la vida y la gracia del Señor, en la hora que nos haya llamado. Lo importante es esa actitud de servir, de disponibilidad de nuestra vida que siempre tiene que haber en nosotros. 

No es cuestión de ir haciendo méritos, de ir apuntando los servicios que vamos prestando para al final recibir nuestra paga casi como si fuera una exigencia que le ponemos al Señor. Cuidado que también en nosotros los que andamos en la Iglesia con nuestros trabajos y nuestros compromisos, algunas veces también andamos haciéndonos nuestras cuentas de lo que hacemos. 'Mis planes no son vuestros planes', nos dice el Señor.  Sus medidas no son nuestras medidas. Si el Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar. 

Esto nos podría llevar a hacer más consideraciones sobre la actitud con que nosotros hemos de prestar los servicios en medio de la comunidad, en esa sociedad en la que vivimos, desde esas funciones sociales que podamos realizar o a las que nos comprometemos. ¿Nuestro afán es el servicio o buscamos una carrera de ascensos y de ganancias? 

Y podríamos llegar todavía a muchas más cosas y muy concretas en relación a las personas que se van incorporando a nuestro mundo, porque han tenido que venirse de sus países por la situación que allí vivían y ahora vienen buscando una vida mejor, pero a los que pareciera que siempre queremos poner en la cola, porque son los últimos que han llegado, porque seguimos manteniendo nuestras discriminaciones y desconfianzas, porque no los consideramos dignos de méritos como nosotros que sí somos de aquí de toda la vida. ¿Nos dirá algo el evangelio sobre esas actitudes larvadas que algunas veces mantenemos en nuestro interior?  

Algunas veces el evangelio nos desconcierta porque nos abre a otras perspectivas tan distintas de lo que son nuestras manera de pensar y nos cuesta aceptarlo. El evangelio es una buena noticia que nos interroga por dentro para que en verdad busquemos los caminos de Jesus.


miércoles, 23 de agosto de 2023

Hay otros valores mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo; la gratuidad eleva nuestro espíritu y nos hace tener una mirada distinta

 




Hay otros valores mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo; la gratuidad eleva nuestro espíritu y nos hace tener una mirada distinta

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20, 1-16a

Es cierto que tenemos que cuidar las relaciones que mantenemos los unos con los otros para saber actuar siempre con rectitud y justicia en todo lo que sea intercambio de nuestros servicios y trabajos, como aquello que es fruto de nuestro trabajo. Por eso decimos siempre que hemos de actuar en justicia y de alguna manera nos hemos establecido como unas normas o unas pautas de comportamiento que faciliten esa rectitud. Pero también es cierto que nuestras relaciones humanas van mucho más allá de un mercantilismo en ese intercambio con unos beneficios que consideramos justos pero también de la calidad de esas prestaciones que nosotros realizamos.

Pero también hemos de considerar que unas relaciones humanas, que nos ayuden a nuestro crecimiento como personas y a un enriquecimiento de nuestro espíritu van más allá de ese mercantilismo y hemos de entrar en unos parámetros de generosidad, de altruismo, de desinterés material y de gratuidad. Cuando entramos en el cultivo de valores así estaremos dándole más hondura a nuestra vida y podremos sentir las mayores satisfacciones en nuestro corazón. Es la satisfacción y el gozo interior por lo bien hecho que es lo que pondrá una verdadera alegría en nuestro espíritu. Ya no estaremos usando medidas materiales e interesadas porque lo que vamos logrando en nuestro interior es muy superior a todas las ganancias materiales que podamos obtener en la vida.

Es cierto que no todos lo entenderán porque muchas veces nos ciega el materialismo de la vida y el poder tener contante y sonante en nuestras manos esas ganancias que siempre en ese sentido se nos quedan en lo material y no llegarán nunca a darnos ese gozo interior del que pone como eje de su vida la gratuidad y la generosidad. No es fácil liberarnos de esos condicionamientos y necesitaremos un esfuerzo grande para estar por encima de todo eso y no seguir con nuestros apegos egoístas. Cuando andamos tras esos intereses terminaremos con un desastroso vacío interior, que al final nos hará estar mano sobre mano sin llegar a saber por donde emprendemos el camino.

De eso nos está hablando Jesús en la parábola que nos ofrece. Un hombre que busca jornaleros para su viña en la plaza en distintas horas del día, unos obreros que en principio están mano sobre mano mientras encuentran a alguien que los contrata. Una expectativas que se crean en su interior los que comenzaron la jornada desde el principio del día olvidando por cuanto han sido contratados. Finalmente aquella sorpresiva forma de actuar del dueño de la viña que a todos paga por igual.

A todos los surgen dudas; tomamos el relato demasiado al pie de la letra y queremos usar nuestros parámetros humanos; pero la parábola nos está queriendo hablar de lo que es la generosidad del corazón de Dios. No importan medidas ni tiempos, porque los tiempos de Dios son otros, las medidas de Jesús son bien distintas porque son nuevos los valores que nos quiere ofrecer. Hay otros valores más y mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo, aunque también es importante; la gratuidad eleva nuestro espíritu, los regalos de Dios sí que nos hacen sentirnos bien en el corazón.

Así está actuando Jesús con unos nuevos valores y entrará en juego la generosidad del corazón, entrará en juego la rectitud con que nosotros actuamos dejando a un lado intereses demasiado materiales y mercantilistas, y tendrá que resplandecer de manera especial la gratuidad, que tanto nos cuesta poner como medida de nuestro corazón. Así tendrá que ser nuestra manera de actuar; no es el interés por una recompensa, sino la generosidad del que se da y está siempre en actitud de servicio. Es el camino que Jesús va haciendo delante de nosotros y que nos enseña a recorrer nosotros también, aunque tantas veces nos resistamos. Con Jesús algo nuevo tiene que brillar en nuestra vida.

viernes, 11 de agosto de 2023

Seguir a Jesús con todas las consecuencias, una opción que tenemos que hacer en la vida, vemos lo que Jesús nos ofrece y nosotros nos decidimos a irnos con El

 




Seguir a Jesús con todas las consecuencias, una opción que tenemos que hacer en la vida, vemos lo que Jesús nos ofrece y nosotros nos decidimos a irnos con El

 Deuteronomio 4, 32-40; Sal 76; Mateo 16,24-28

En la vida tenemos que ir siempre haciendo opciones; tenemos que decidir lo que queremos, el camino que queremos tomar; escogemos y decidimos lo que nos gusta y lo que no nos gusta, lo que deseamos tener y lo desechamos porque no nos guste, porque no nos valga para lo que nosotros queremos, lo que pueda ser un obstáculo a nuestros más profundos deseos.

Decidimos y escogemos las personas, los amigos, las cosas, lo que hacemos. Claro y lo hacemos desde unos criterios, desde unos principios, porque tampoco queremos dejarnos llevar por lo primero que se nos presente, tampoco queremos hacerlo desde unos caprichos egoístas; lo que nos obliga a pensar, a reflexionar, a encontrar los más hondos motivos. No lo queremos hacer de cualquier manera.

Algunas veces escogemos un camino que sabemos que va a ser costoso; pero es por la meta a la que queremos llegar, que queremos alcanzar; somos conscientes de ello y sabemos que merece la pena el esfuerzo, lo que nos exige un camino de superación, así como de aceptación de lo que es la realidad de nuestra vida. No es simplemente aquello de que sarna con gusto no pica, sino es la búsqueda de metas, los deseos de alcanzar algo grande aunque la pendiente sea costosa; y ahí siempre queremos poner nuestra ilusión, nuestro entusiasmo y también nuestra alegría.

Entendemos así las palabras que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Desde que comenzó a hacernos el anuncio de la Buena Noticia de que el Reino de Dios nos llegaba, nos estaba invitando a que teníamos que hacer un cambio y una transformación grande en nuestra vida, empleaba la palabra conversión. Hoy nos invita a seguirle con todas las consecuencias; es una opción que tenemos que hacer en la vida, vemos lo que Jesús nos ofrece y nosotros nos decidimos a irnos con El.

Eso significará que aquella primera petición que nos hacía de conversión para creer en la Buena Noticia que nos anunciaba tiene que hacer realidad en nosotros de forma clara y palpable. Su camino no es mirarnos a nosotros mismos para endiosarnos, su camino es una apertura a algo nuevo, a algo más grande y más alto, es una apertura nueva a los demás para mirarlos de manera distinta como tener una mirada distinta también sobre ese mundo que nos rodea y en el que tenemos que hacer realidad el Reino de Dios.

Significará más olvidarnos de nosotros mismos, para abrirnos mejor a ese Reino de Dios que hemos de vivir y en donde encontraremos la verdadera plenitud y felicidad. Significará afrontar la realidad de cada día de nuestra vida que seguirá estando llena de sombras, de momentos duros, de momentos difíciles, de momentos de lucha y esfuerzo por la superación.

Por eso nos habla de negarnos a nosotros mismos, que no es ni mucho menos anularnos, porque Dios siempre querrá la grandeza del hombre, pero es para encontrar esa verdadera grandeza. Por nos hablará de tomar la cruz, que no significa que tengamos que buscar lo duro y lo difícil, que tengamos que estar buscando el dolor y el sufrimiento, no es un martirizarnos de forma masoquista.

La cruz está ahí en el día a día de nuestra vida, porque seguirle a El no significa que ya están acalladas para siempre nuestras pasiones, no significa que no nos vayamos a enfermar o a tener accidentes en nuestra vida, no significa que no tengamos problemas  porque eso forma parte de la normalidad de la vida, pero nosotros tenemos un sentido nuevo que darle a todo eso, una fuerza distinta para afrontarlo y para superarnos.

‘Si alguno quiere venir en pos de mí, nos dice Jesús, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará’. Claro que nosotros tantas veces queremos ganar la vida con nuestros prestigios, con nuestros títulos, con el poder sea como sea, pero como termina diciendo Jesús, ‘¿pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?’

Busquemos lo que de verdad importa, como nos dirá Jesús en otro momento, el Reino de Dios y su justicia que lo demás se nos dará por añadidura.

 

lunes, 17 de julio de 2023

Las palabras de Jesús son de ánimo y de consuelo, poniendo ilusión y esperanza en el corazón para sentir la fuerza de ese camino de fidelidad que hemos de seguir

 


Las palabras de Jesús son de ánimo y de consuelo, poniendo  ilusión y esperanza en el corazón para sentir la fuerza de ese camino de fidelidad que hemos de seguir

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1

Hay cosas que algunas veces nos desconciertan cuando hacemos una lectura ligera y superficial del evangelio. Escuchando lo que hoy nos dice Jesús, nos puede parecer inverosímil que quien viene a construir un mundo de amor y de paz, quien nos enseña a amar y a mantenernos siempre en unidad, hoy nos hable de división, nos hable de enfrentamientos incluso entre familiares, nos hable incluso de violencia. En una primera impresión nos quedamos como estupefactos, sin comprender.

Jesús no deja de hablarnos del amor y ese es el camino que hemos de seguir, Jesús no deja de hablarnos de paz, ya que así fue anunciado y proclamado desde su nacimiento para todos los hombres de buena voluntad. Pero es que quien opta por ese camino de Jesús no lo va a tener fácil, no todos van a comprender ese camino y lo que nosotros hagamos; otros serán los planteamientos que el mundo se haga sobre el sentido de vivir que chocan, y de qué manera, con el camino y los valores del Reino de Dios.

Claro que cuando vean que nosotros somos capaces de entregarnos por los demás olvidándonos incluso de nosotros mismos, no se va a entender y habrá muchos que tratarán de apartarnos de ese camino; cuando nos vean comprometidos seriamente por la verdad y por la justicia, como chocamos con el mundo de vanidad y de mentira en que muchos viven y nuestra vida se convierta en testimonio y denuncia de su mentira, claro que tratarán de hacernos callar porque les resultamos incómodos. Y así podíamos seguir pensando en la radicalidad de vida que nos exige el evangelio, que muchos verán como algo ilusorio o inútil y lucharán contra lo que ellos llamarán nuestros sueños.

Y eso lo vamos a encontrar hasta en los más cercanos a nosotros que tratarán de imponernos sus planteamientos o su sentido de vida. Resultaremos incómodos por nuestra rectitud, por nuestra manera de luchar por la justicia, por nuestro desprendimiento y la generosidad de nuestro corazón para darnos y para compartir. Pero quien quiere seguir el camino del evangelio, el camino de Jesús tiene que mantenerse firme y fiel a ese ideal, a esa opción que ha hecho de su vida. Y eso, es cierto, va a costar.

Y Jesús nos habla de unas exigencias. ‘El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mi no es digno de mi; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mi. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mi, la encontrará’.

Por eso, cuando hoy contemplamos a Jesús en ese diálogo intimo y cercano con aquellos discípulos que están a su lado y lo va instruyendo sobre el sentido del Reino de Dios, vemos cómo va desgranando esos consejos, va ayudándoles a descubrir ese camino con el que se van a encontrar que no siempre será fácil, pero al mismo tiempo sus palabras son de ánimo y de consuelo, poniendo  ilusión y esperanza en el corazón para sentir la fuerza de ese camino de fidelidad que han de seguir.

‘El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, les dice Jesús, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo’. Y le enseña el valor grande que van a tener esas pequeñas cosas que han de realizar cada día. Nada se pierde, todo tiene su valor, todo es importante. ‘El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, sólo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa’.

Son las palabras que necesitamos escuchar, las que darán hondura a nuestra vida, las que despiertan ilusión y esperanza en nuestros corazones, las que nos ponen en camino aunque algunas veces nos cueste entender y aceptar muchas cosas, pero las que nos darán seguridad a nuestra fe.

lunes, 27 de junio de 2022

Qué libertad de espíritu sentimos en nuestro interior cuando nos despojamos de todos los innecesarios apegos del corazón y sabremos lo que es la verdadera felicidad

 


Qué libertad de espíritu sentimos en nuestro interior cuando nos despojamos de todos los innecesarios apegos del corazón y sabremos lo que es la verdadera felicidad

Amós 2,6-10.13-16; Sal. 49; Mateo 8, 18-22

Siempre andamos buscando seguridades, garantías; no nos gusta arriesgarnos; si tenemos que hacerlo que haya algunas garantías de que las cosas no me van a salir mal, que no voy a salir perjudicado; todo muy seguro, todo atado y bien atado. Será lo que intentamos en nuestros juegos, pero también en las cosas más serias como nuestros negocios; pero cuando la vida va con cierta normalidad y tenemos garantizadas nuestras seguridades, si algo nuevo se nos ofrece, tenemos que saber bien lo que vamos a hacer y las garantías que nos puedan dar.

Y andamos haciéndonos nuestras reservas y nuestras previsiones, previsión de futuro decimos en tantas cosas; y no es simplemente la previsión de la seguridad social o el futuro de unas pensiones sino que en aquello bueno que hacemos o intentamos hacer también queremos esas garantías. ¿Será la búsqueda de una recompensa por lo que hacemos? pero es que hasta en la hora de la generosidad siempre estamos pensando hasta dónde podemos llegar, porque no nos vamos a quedar sin nada. Qué complicado es todo esto.

Se nos complica, por decirlo así, cuando viene Jesús y nos invita a seguirle, o nosotros en un momento de fervor decimos que queremos seguirle, y nos dice que no tendremos donde reclinar la cabeza. Y se nos pone de modelo El. ‘Las raposas tienen sus madrigueras, y los pájaros tienen sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. ¿Es que eso es lo que vamos a obtener si respondemos a su llamada y optamos por seguirle?

Y a otro que anda preocupado de cómo andan las cosas por su casa o por su familia, que si tiene que ir a enterrar a su padre que ha muerto, le dice tajantemente que los muertos se encarguen de los muertos. ¿Podría parecer inhumano? Ya algunos dirán que dura es su doctrina; algunos cuando Jesús les pide que sean capaces de vender lo que tienen para repartir su dinero entre los pobres, dan la media vuelta y se marchan, a pesar de que hasta entonces habían manifestado una grandeza de corazón intentando ser fieles y cumplidores, pero a eso no están dispuestos, como le sucedió a aquel joven rico.

¿Es así de radical el Reino de Dios? ¿Es así de radical el seguimiento de Jesús? Nos asusta. Pero Jesús a nosotros también nos dice: ‘Tú, sígueme’. Optar por el Reino de Dios no es cualquier cosa. Mucha tiene que ser la transformación que se haga de la vida para hacer que en verdad sea Dios el centro de nuestra vida. ¿No decimos que es nuestro rey? ¿No decimos que es el Señor? Nos dirá que no podemos servir a dos señores.

Es poner las cosas en su sitio. Es buscar en verdad lo que es lo primero y lo importante y convertirlo en nuestro centro. ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura’, nos dirá en otro momento. No es abandonar así porque sí, es buscar lo primordial. Porque no quiere que andemos con amarguras, nos quiere felices, pero cuando vivimos con ataduras no podremos ser felices porque nuestro corazón estará apegado a aquellas cosas de manera que si le faltan parecería que le habían arrancado un trozo del corazón.

Es lo que pasa cuando nos estamos haciendo reservas, parecería que esas reservas son lo importante. ¿Dónde está la disponibilidad y la generosidad? Qué libertad de espíritu sentimos en nuestro interior cuando nos despojamos de todo lo innecesario y nos arrancamos esos apegos en el corazón. Sabremos entonces lo que es la verdadera felicidad.

jueves, 11 de noviembre de 2021

En la vida de cada día vivida con la intensidad del amor, la responsabilidad, la autenticidad de la verdad están las señales del Reino de Dios en medio de nosotros

 


En la vida de cada día vivida con la intensidad del amor, la responsabilidad, la autenticidad de la verdad están las señales del Reino de Dios en medio de nosotros

Sabiduría 7, 22 – 8, 1; Sal 118; Lucas 17, 20-25

Vivimos en un mundo de prisas; queremos que todo sea de inmediato. Nos hemos acostumbrado con la técnica y con la informática que tocamos una tecla, tocamos un botón o colocamos una clavija y todo sucede inmediatamente, que no soportamos las esperas. Que el ordenador va lento, nos quejamos tantas veces; que no nos resuelven de inmediato nuestros problemas, y ya andamos quejándonos y protestando porque nos hacen esperar. Un mundo de inmediatez.

Pero por unas razones o por otras, con unas técnicas modernas, o simplemente cuando las cosas llevaban otro ritmo, siempre nos hemos estado preguntando ¿y eso me lo van a solucionar pronto? ¿Y cuándo va a suceder eso que nos anuncian? Siempre hay como una expectativa de inmediatez. Y aunque las esperas a lo largo de la historia de la salvación podríamos decir que fueron de siglos, siempre estaba la esperanza de que todo aquello anunciado por los profetas tuviera pronto cumplimiento.

Ahora Jesús anuncia el Reino de Dios, nos da señales de cómo ha de ser ese Reino de Dios, nos pide un espíritu de conversión para abrir los espíritus de verdad a ese Reino de Dios, pero allí andaban los contemporáneos de Jesús, como había sucedido también a través de los tiempos en la espera de sucesos espectaculares con los que se hiciera presente el Reino de Dios.

Y ahora vienen preguntándole, ‘¿cuándo va a llegar el reino de Dios?’ y la respuesta de Jesús es clara. ‘El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: “Está aquí” o “Está allí”, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros’. Será algo que Jesús repetirá en varias ocasiones como nos narran los evangelistas.

La tendencia a lo espectacular. Que nosotros también la tenemos. Cómo corremos de un lado para otro y somos capaces de atravesar el mundo cuando nos dicen que sucedieron cosas espectaculares o milagrosas en un lugar determinado; cómo corremos tras las apariciones o las visiones de algo que nos pueda parecer sobrenatural; cómo acudimos a este o al otro santuario porque allí nos dicen que se hacen milagros, que allí nos curamos de nuestras enfermedades y hacemos largas peregrinaciones. ¿Buscamos lo espectacular o buscamos a Dios? Será algo que tenemos que preguntarnos.

Y Jesús nos ha dicho ‘mirad que el Reino de Dios está en medio de vosotros’. Ahí, en nosotros, en nuestro interior según las actitudes nuevas de las que llenemos nuestro corazón, según los valores nuevos que vayamos poniendo en nuestra vida; ahí en nosotros, en medio de ese mundo en el que vivimos que luchamos por hacerlo mejor, es donde tenemos que encontrar el Reino de Dios, es donde tenemos que despertar todos esos valores del Reino de Dios.

Y cuando comencemos a amarnos más, cuando aprendamos a estar más unidos colaborando los unos con los otros, cuando vayamos arrancando de nosotros y de nuestras relaciones esos orgullos que nos destrozan, esas envidias que nos corroen, esos egoísmos que nos hacen insolidarios, esa maldad que hace ruin nuestro corazón y llena de injusticia nuestro trato y nuestra relacion con los demás, entonces nos daremos cuenta de cómo estamos construyendo el Reino de Dios.

Mira a esas personas que se aman, mira a quienes viven desprendidos y con corazón generoso dándolo todo por los demás, mira a esa gente que es verdaderamente solidaria, mira a quienes trabajan por lo bueno, por hacer el bien a todos, por buscar el respeto de cada persona, mira a esas personas que alejan de sí toda vanidad y toda hipocresía y estarás encontrando semillas del Reino de Dios. Ahí en ese mundo que vamos construyendo de esa manera, pongamos a Dios en el centro y estaremos en verdad encontrándonos con el Reino de Dios.

No son cosas espectaculares lo que esas personas hacen; es la vida de cada día vivida con la intensidad del amor, la responsabilidad, la autenticidad de la verdad; y eso serán quizás cosas que nos parecen pequeñas, pero ahí estamos viendo las señales de que el Reino de Dios está en medio de nosotros.