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sábado, 26 de septiembre de 2026

Tenemos que convencernos que la Pascua va a estar siempre presente en nuestra vida para que no nos desinflemos ni perdamos la serenidad del corazón

 


Tenemos que convencernos que la Pascua va a estar siempre presente en nuestra vida para que no nos desinflemos ni perdamos la serenidad del corazón

Eclesiastés 11, 9 – 12, 8; Salmo 89; Lucas 9, 43b-45

Si todo estaba marchando tan bien, nos decimos, cuando vemos a veces que las cosas se tuercen, que comienzan a aparecer los problemas y los contratiempos, que quizás ya no somos tan bien aceptados como lo éramos antes, que hay alguien que parece que siempre está a la contra; sucede en los ámbitos por ejemplo de acción comunitaria o social, pero nos puede suceder incluso entre los más cercanos a nosotros que parece que comienzan a alejarse o que tomas otros rumbos en la vida; o nos sucede en el ámbito de nuestra vida personal, con nuestros compromisos personales, con el espíritu de superación y crecimiento en el que vivimos, en las tareas que emprendemos o los trabajos que realizamos, las cosas no salen tan bien como antes, ahora nos sentimos más cansados y hasta parece que hemos perdido la ilusión, nos sentimos que no somos comprendidos incluso por aquellos más cercanos a nosotros porque se trazan sus planes que no son lo que realmente nosotros buscamos o pretendemos y así en muchas situaciones más.

Nos preguntamos el por qué de estas nuevas situaciones, de estos cambios, de esos derroteros que nos parece que nos llevan al fracaso y así muchas cosas más. Los caminos no parecen tan llanos. Y eso son cosas que nos encontramos así todos los días por un lado o por otro. Muchos interrogantes quizás se acumulan en nuestro interior porque nos cuesta asumir cuanto nos está sucediendo o nos pudiera suceder.

Es lo que se nos está planteando en el evangelio con Jesús. Mucha gente lo sigue entusiasmada. Hemos escuchado estos días cómo la gente lo seguía y se deshacía en alabanzas. En las preguntas que Jesús les hace a los discípulos vemos como un resumen en las respuestas variadas que estos le dan. Pero Jesús sabe muy bien que pueden ser momentos de fervor y entusiasmo que ante cualquier contrariedad pronto se pueden desinflar. Como nos sucede a nosotros, como vemos que sucede en muchas ocasiones en el ámbito de la Iglesia, momentos fervorosos que pueden ser antesala de turbulencias y contratiempos.

Por eso Jesús quiere abrirles bien los ojos a los discípulos, por una parte preparándolos para todo lo que va a suceder y sus posibles reacciones como veremos cuando llegó el momento de la pasión y de la muerte, pero también preparándonos para que lo que puede ser el camino de la Iglesia. Ha sido así a lo largo de los siglos, pero todos conocemos situaciones así en nuestras parroquias y en nuestras comunidades. El globo se puede desinflar ante cualquier pinchazo, pinchazo ocasionado en muchas ocasiones por nuestra misma debilidad y por la falta de comprensión que manifestamos tantas veces ante la debilidad de los demás.

Jesús. les habla claramente de cuanto puede sucederle al Hijo del hombre, de cuánto va a ser su vida de pascua y de pasión cuando sea entregado en manos de los gentiles. Cuando las cosas nos parece que marchan esplendorosas cuánto nos cuesta aceptar estos anuncios, cuánto nos cuesta pensar en esos momentos oscuros que nos pueden sobrevenir, cuánto nos cuesta aceptar lo que se pascua en nuestra vida. Para los momentos en que planeamos sin ninguna dificultad parece que si estamos preparados, pero para las pruebas pensamos que eso no nos va a tocar nunca a nosotros y prescindimos de esos nubarrones oscuros que pueden descargar sobre nosotros.

Por eso dice el evangelista que a los discípulos les costaba entender estas palabras de Jesús. Y así estarían hasta que sucediera que entonces se dispersarían o se refugiarían en el vernáculo esperando que escampara la tormenta y vinieran nuevos momentos de calma que tampoco imaginaban cómo podrían ser. ‘No entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto…’

Los miedos siguen perdurando, las oscuridades siguen acompañándonos, los sentidos indescifrables siguen estando presentes, permanecen las dudas en nuestro corazón que no sabemos cómo resolver. ¿Cómo nos aplicaremos todo esto a nuestra vida? Es la realidad en la que tenemos que dar testimonio, son las seguridades que necesitaremos, ¿sabremos escoger el camino que nos ha trazado Jesús? ¿Qué nos sigue diciendo el evangelio? ¿Seremos también de los que nos desinflamos fácilmente? Tenemos que convencernos que la Pascua estará siempre presente en nuestra vida.


lunes, 3 de agosto de 2026

Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

 


Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

Jeremías 28, 1-17; Salmo 118; Mateo 14, 22-36

Queremos hacernos los valientes, pero todos pasamos por momentos de miedo; lo negamos muchas veces o lo disimulamos pero es reacción sicológica normal en cierto modo como una defensa ante situaciones en que nos vemos o nos parece encontrarnos en peligro. Una noche tenebrosa para atravesar caminos oscuros, llenos de sombras, con rincones desconocidos es la imagen que primero se nos presenta de lo que es el miedo; pero son muchas situaciones en la vida, muchas veces inesperadas y sorpresivas que no sabemos a dónde nos llevan, son situaciones de soledad vividas de muchas maneras en que nos parece que nadie nos tiene en cuenta, momentos en que nos parecía sentirnos seguros pero vemos que todo se mueve bajo nuestros pies, y no es solo lo físico o lo geográfico sino situaciones o problemas de la vida a los que continuamente tenemos que enfrentarnos.

¿A dónde nos agarramos? ¿Dónde encontraremos la fortaleza cuando nos sentimos con esa debilidad? ¿Qué nos puede dar seguridad que nos quite todos nuestros miedos? ¿Cómo salir de esas soledades? Son muchas las cosas que se nos plantean.

He comenzado haciéndome esta reflexión y estas preguntas en lo humano sobre nuestros miedos porque nos encontramos hoy en una situación de los discípulos de Jesús en que verdaderamente sintieron miedo, tanto como para recibir un reproche de Jesús. Había sido el episodio de la multiplicación de los panes y de los peces y Jesús los había apremiado para que cogieran una barca y fueran de regreso. Jesús. se quedó aparentemente para despedir a la gente, pero ellos iban solos en la barca. No había por qué tener miedo porque muchos de ellos eran unos avezados pescadores. Pero la travesía se les puso difícil, el viento les venía en contra, no podían avanzar y esto podía ser presagio de una tormenta como las que frecuentemente se desataban sobre el lago. El miedo comenzó a apoderarse de ellos, porque además Jesús. no iba en la barca con ellos. Travesías de la vida que muchas veces se nos hacen difíciles y sentimos la soledad de quien pudiera darnos ánimos.

Comenzaron a ver fantasmas en sus miedos porque alguien parecía que venía caminando sobre el agua; y comenzó a hacerse patente ese miedo y esas angustias que se desataban en el alma. ‘Se asustaron y gritaron de miedo’, comenta el evangelista. Pero no era un fantasma, era Jesús que venía a su encuentro. ¡Vaya si Él conoce nuestras debilidades y nuestros miedos! ‘Soy yo, no temáis’ era la voz de Jesús que podía darles seguridad y confianza pero aún Pedro desconfiado insiste en que él pueda también bajarse de la barca y caminar sobre el agua. Y ante la invitación de Jesús se arriesgó, aunque persistían los miedos en su interior y ante la menor ola le parecía que se hundía. Los vaivenes de la vida por los que todos pasamos; nos queremos hacer valientes o llenarnos de confianza, pero pronto quizás notamos que las cosas no son tan fáciles y volvemos a retroceder en lo que parecía que habíamos avanzado

¿En qué quedamos? ¿Comenzaremos a confiar o seguiremos con nuestros miedos? ¿Aprenderemos a sentir la mano amiga de Jesús que nos sostiene? Cuando pongamos toda nuestra fe y confianza podemos en verdad sentirnos seguros, pero algunas veces nos cuesta. Pero pronto podremos sentir esa paz y esa serenidad interior que tenemos que saber agradecer. Es algo que no tendríamos que perder nunca, algo que tenemos que saber buscar y pedir. Algo que va a dar fortaleza a nuestra vida cristiana, algo que hará que nunca nos sintamos solos.

Dios nos va poniendo señales en esos caminos de la vida que nos alientan, que nos dan seguridad, que nos hacen perder los miedos. Siempre habrá una palabra buena y de ánimo que escuchamos quizás de quien menos lo esperamos, siempre aparecerá una persona buena que se pone a nuestro lado, quizás en silencio, pero que se convierte en nuestra compañía, siempre pueden aparecer cosas que nos suceden y que nos abren nuevos caminos, siempre habrá una luz encendida aunque sea tenue en nuestra senda que nos dará seguridad a nuestro caminar.


viernes, 1 de mayo de 2026

En el camino de la vida no nos podemos dejar envolver por oscuridades o por agobios, sino que hemos de mantener la esperanza porque el Espíritu de Dios está con nosotros

 


En el camino de la vida no nos podemos dejar envolver por oscuridades o por agobios, sino que hemos de mantener la esperanza porque el Espíritu de Dios está con nosotros

Hechos 13, 26-33; Salmo 2; Juan 14, 1-6

La vida no siempre se nos presenta fácil; queremos una vida de tranquilidad, quizás incluso nosotros estamos queriendo poner todos los ingredientes con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo para obtener la mayor felicidad en nuestra vida, vamos a decir incluso que tratamos de vivir en la mayor rectitud, pero no siempre encontramos esa serenidad para afrontar la vida misma, para mantener ese esfuerzo porque nos vienen cansancios y desilusiones, pero además es que encontramos tropiezos en el camino que se nos vuelve así dificultoso; podemos sentirnos abocados al desánimo, a perder la esperanza de poder lograr eso bueno a lo que aspiramos, y nos sentimos agobiados.

¿Dónde encontrar esos ánimos que necesitamos? ¿Cómo superar esos contratiempos que nos van apareciendo? ¿Cómo mantener esa serenidad de espíritu para no llegar a sentir esos agobios? ¿Habrá suficiente fortaleza en nuestro interior para mantener encendida esa llama de la esperanza? Preguntas que nos hacemos, búsquedas que vamos intentando, descubierto al tiempo de donde podemos sacar esa fortaleza. Lo necesitamos.

El evangelio de hoy ha comenzado con unas palabras de Jesús a sus discípulos para que no pierdan la calma, para que no se sientan embotados con tantos agobios. Sabemos que estas palabras fueron pronunciadas por Jesús en la última cena, la cena pascual que celebró con los discípulos antes de comenzar su pasión. En el ambiente se sentía esa carga de ansiedad por lo que seguramente sabían que se estaba tramando contra Jesús, pero también por los anuncios que Jesús había ido realizando. Los mismos gestos de Jesús en aquella cena sonaban a despedida, y eso estaba calando en el ambiente.

Como tantas veces nos sucede cuando barruntamos que nos pueden venir tiempos oscuros, que interiormente no nos sentimos bien, que parece que se nos cierra la mente y no podemos ver ni pensar con claridad. Necesitamos algo o alguien que nos serene, superponernos a esas ansiedades que van surgiendo en nuestro corazón, no adelantarnos a las negruras porque más negro se nos hace el camino.

Por eso escuchamos esas palabras de Jesús a sus discípulos en aquel momento en que les está hablando de su partida, pero quiere sembrar la esperanza y el buen animo en sus corazones. Más allá de lo que iba a significar la pasión que comenzaba, ellos estaban presintiendo que Jesús no iba a estar con ellos siempre, porque le hablaba de la vuelta al Padre. Por eso les habla de esas estancias junto a Dios que El va a prepararles. ‘Voy a prepararos sitios, volveré y os llevaré conmigo’, les dice.

Como luego seguirá prometiéndonos y ya tendremos oportunidad de reflexionar más sobre ello, le anuncia la presencia de su Espíritu que les hará sentir que Jesús siempre está con ellos, siempre está con nosotros. Por eso les dice que El es el Camino, y la Verdad, y la Vida. Con Jesús, y la fuerza de su Espíritu nos lo hará sentir, lo tenemos todo, porque no tenemos que hacer otra cosa que vivirle a El, que es hacer sus mismos pasos, empaparnos de su Sabiduría dejándonos envolver por la Palabra de Dios, y vivir, no solo a la manera de Jesús, sino la misma vida de Jesús. ¿Qué será el amor para nosotros?

Es lo que tenemos que vivir en nuestro camino de fe, es lo que tenemos que vivir y expresar como Iglesia, es el sentido de evangelio que hemos de darle a nuestra vida. Y así encontraremos sentido para todo, así nos encontraremos con aquella fuerza que decíamos que necesitamos para no desencantarnos de la vida, para seguir con nuestros esfuerzos de superación, para buscar y encontrar esa paz y ese serenidad del espíritu cuando nos aparezcan los agobios y los momentos oscuros, para seguir encontrando la fuerza que necesitamos para seguir con nuestras responsabilidades y nuestros compromisos aunque no seamos entendidos, aunque tiren piedras a nuestro paso para entorpecernos el camino.

Caminamos apoyados en el Señor, la presencia de su Espíritu es nuestra fortaleza.

sábado, 18 de abril de 2026

Con Jesús llega la paz, se acaban las zozobras, los vientos de la vida se calman, pronto nos damos cuenta de que llegamos a nuestro destino, avivemos nuestra fe Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 6, 16-21 Hay ocasiones en que todo se nos vuelve zozobra en nuestra vida, problemas que nos van apareciendo por aquí y por allá, cosas en las que nos cuesta superarnos y nos parece estar como estancados sin avanzar en nuestros objetivos o nuestras metas, sentimos como una soledad interior porque nos parece sentirnos abandonados incluso por aquellos que más apreciamos, luchas y más luchas en que todo se nos vuelve oscuro. ¿Qué nos pasa? ¿Habremos abandonado algo que era el que nos daba empuje para luchar y para resolver problemas? ¿Habrá decaído nuestra fuerza interior porque quizás no la hemos sabido alimentar? Las baterías si no las recargamos se nos descargan y no nos darán la energía que en su momento necesitemos. Hago esta descripción porque de alguna manera muchos en muchas ocasiones habremos podido pasar por situaciones así. Me estoy haciendo esta reflexión contemplando la lucha de aquellos que iban en la barca, muchos de los cuales eran avezados pescadores acostumbrados a aquel lago y sus tormentas, que después de lo sucedido en la tarde anterior se han embarcado con el deseo de regresar a Cafarnaún; no avanza la barca como quisieran a pesar de sus esfuerzos, el viento lo tienen en contra y están sintiendo una soledad porque a la hora de embarcarse Jesús no había llegado para ir con ellos; se había quedado en la montaña para despedir a la gente, pero además se había ido monte a través para estar un rato a solas en su oración. Una imagen la que estamos contemplando que refleja nuestra situación y nuestro estado de ánimo cuando queremos navegar por la vida a nuestra manera; quizás empujado por un ambiente no siempre favorable hemos ido enfriando nuestro espíritu, abandonamos aquellas cosas que nos mantenían en pie desde una vivencia de la vida espiritual para caer en la tibieza espiritual y en nuestras rutinas y nos encontramos más desorientados que nunca. Como baje un poquito los grados del termómetro de nuestra vida espiritual comienzan a aparecer las oscuridades, las dudas, las rutinas, el desánimo y el desencanto. Muy pronto empezamos a bailar al son de lo mundano que nos hace materialistas e insolidarios para terminar quizás en otras peores redes. Pero Jesús siempre vendrá a nuestro encuentro, no nos deja solos, aunque lo parezca en ocasiones, en esa travesía de la vida que algunas veces se nos vuelve dura. Los discípulos, aunque asustados al principio porque creen ver un fantasma – cuantas confusiones sufrimos nosotros en tantas ocasiones en tantos fantasmas que se nos presentan en nuestra mente -, reconocen a Jesús que viene hacia ellos caminando sobre el agua. ‘No temáis’, son las palabras de Jesús como tantas veces nos repetirá de una forma o de otra. Y con Jesús llegó la paz, se acabaron las zozobras, el viento se calmó, pronto se dieron cuenta de que ya estaban llegando a su destino. Muchas veces aunque queramos mantener a Jesús en nuestro corazón las tormentas no desaparecen del todo, porque los problemas pueden seguir estando ahí, pero con la presencia de Jesús no nos faltará la paz en el corazón. ‘No temáis’, nos sigue diciendo, porque con Él estamos seguros, andamos con seguridad en la vida, no nos faltará la luz que nos guíe y lleve a puerto. Tener a Jesús no significa siempre tener ya la solución de todas las cosas, pero al menos no sentiremos la soledad porque su presencia llena de paz y de fortaleza nuestro corazón. Su Espíritu está con nosotros y será nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, pondrá paz en nuestros corazones y nos impulsará con una nueva fortaleza para que aun en medio del sacrificio podamos aportar nuestro testimonio. Reavivemos nuestra fe para saber descubrir que con Él no nos faltará paz en el corazón pero Él se manifestará de la forma quizás que menos pensemos en lo mismo que nos sucede o en quienes caminan a nuestro lado los caminos de la vida.

 


Con Jesús llega la paz, se acaban las zozobras, los vientos de la vida se calman, pronto nos damos  cuenta de que llegamos a nuestro destino, avivemos nuestra fe

Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 6, 16-21

Hay ocasiones en que todo se nos vuelve zozobra en nuestra vida, problemas que nos van apareciendo por aquí y por allá, cosas en las que nos cuesta superarnos y nos parece estar como estancados sin avanzar en nuestros objetivos o nuestras metas, sentimos como una soledad interior porque nos parece sentirnos abandonados incluso por aquellos que más apreciamos, luchas y más luchas en que todo se nos vuelve oscuro. ¿Qué nos pasa? ¿Habremos abandonado algo que era el que nos daba empuje para luchar y para resolver problemas? ¿Habrá decaído nuestra fuerza interior porque quizás no la hemos sabido alimentar? Las baterías si no las recargamos se nos descargan y no nos darán la energía que en su momento necesitemos.

Hago esta descripción porque de alguna manera muchos en muchas ocasiones habremos podido pasar por situaciones así. Me estoy haciendo esta reflexión contemplando la lucha de aquellos que iban en la barca, muchos de los cuales eran avezados pescadores acostumbrados a aquel lago y sus tormentas, que después de lo sucedido en la tarde anterior se han embarcado con el deseo de regresar a Cafarnaún; no avanza la barca como quisieran a pesar de sus esfuerzos, el viento lo tienen en contra y están sintiendo una soledad porque a la hora de embarcarse Jesús no había llegado para ir con ellos; se había quedado en la montaña para despedir a la gente, pero además se había ido monte a través para estar un rato a solas en su oración.

Una imagen la que estamos contemplando que refleja nuestra situación y nuestro estado de ánimo cuando queremos navegar por la vida a nuestra manera; quizás empujado por un ambiente no siempre favorable hemos ido enfriando nuestro espíritu, abandonamos aquellas cosas que nos mantenían en pie desde una vivencia de la vida espiritual para caer en la tibieza espiritual y en nuestras rutinas y nos encontramos más desorientados que nunca. Como baje un poquito los grados del termómetro de nuestra vida espiritual comienzan a aparecer las oscuridades, las dudas, las rutinas, el desánimo y el desencanto. Muy pronto empezamos a bailar al son de lo mundano que nos hace materialistas e insolidarios para terminar quizás en otras peores redes.

Pero Jesús siempre vendrá a nuestro encuentro, no nos deja solos, aunque lo parezca en ocasiones, en esa travesía de la vida que algunas veces se nos vuelve dura. Los discípulos, aunque asustados al principio porque creen ver un fantasma – cuantas confusiones sufrimos nosotros en tantas ocasiones en tantos fantasmas que se nos presentan en nuestra mente -, reconocen a Jesús que viene hacia ellos caminando sobre el agua. ‘No temáis’, son las palabras de Jesús como tantas veces nos repetirá de una forma o de otra.

Y con Jesús llegó la paz, se acabaron las zozobras, el viento se calmó, pronto se dieron cuenta de que ya estaban llegando a su destino. Muchas veces aunque queramos mantener a Jesús en nuestro corazón las tormentas no desaparecen del todo, porque los problemas pueden seguir estando ahí, pero con la presencia de Jesús no nos faltará la paz en el corazón. ‘No temáis’, nos sigue diciendo, porque con Él estamos seguros, andamos con seguridad en la vida, no nos faltará la luz que nos guíe y lleve a puerto.

Tener a Jesús no significa siempre tener ya la solución de todas las cosas, pero al menos no sentiremos la soledad porque su presencia llena de paz y de fortaleza nuestro corazón. Su Espíritu está con nosotros y será nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, pondrá paz en nuestros corazones y nos impulsará con una nueva fortaleza para que aun en medio del sacrificio podamos aportar nuestro testimonio.

Reavivemos nuestra fe para saber descubrir que con Él no nos faltará paz en el corazón pero Él se manifestará de la forma quizás que menos pensemos en lo mismo que nos sucede o en quienes caminan a nuestro lado los caminos de la vida.


sábado, 7 de febrero de 2026

Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

 


Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

1 Reyes 3, 4-13; Salmo 118; Marcos 6, 30-34

Siéntate tranquilo ahí un rato y descansa, habremos dicho a alguien o nos han dicho a nosotros mientras andamos agobiados con nuestros trabajo, en un corre y corre sin parar por lo mucho que tenemos que hacer, o por lo que nos exigen quizás las circunstancias de la vida; nos sentimos responsables y no queremos dejar de hacer todo lo que podamos, nos quita el sueño, nos quitan hasta las ganas de comer. Pero quizá llega alguien a nuestro lado y con gran sabiduría nos invita a descansar, a parar en nuestra actividad, como dicen ahora a desconectarse, hoy lo llaman también vacaciones, lo necesitamos, ya llegará el momento de reemprender nuestra tarea.

Y esto tenemos que reflexionarle y aplicárnoslo en todas las tareas de la vida; son nuestras responsabilidades familiares, son las responsabilidades laborales, son los compromisos que quizás hemos adquirido con la sociedad en la que vivimos a la que dedicamos nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, será todo lo que hacemos por nuestro crecimiento personal, nuestra formación, nuestros estudios, el tiempo que le dedicamos a una actividad intelectual o a la vida social.

Es necesario encontrar esa serenidad del espíritu, para rumiar aquello que estamos haciendo, para despertar nuevas inquietudes, para tensar nuestro espíritu recargando las baterías; no podemos dar si nos hemos vaciado tanto que ya no nos queda animo en nuestro interior para seguir realizando nuestra labor, hemos de hacer crecer la temperatura de nuestro termómetro espiritual porque con todas esas cosas que nos van agobiando y llenando nuestro tiempo se nos puede enfriar la intensidad de nuestra vida espiritual y caer en una tibieza que pudiera ser muy peligrosa.

Por aquí va el mensaje del evangelio hoy. Jesús había escogido a doce que envió a hacer el anuncio del Reino por distintos lugares; ahora es el momento del regreso y ahí está el entusiasmo de los discípulos por la misión realizada; y Jesús les invita a irse a un sitio donde estén solos, sin el ajetreo de la gente que ni les daba tiempo para comer, para descansar. Allá se van a un lugar apartado para estar con Jesús. ¿Un intercambio de experiencias decimos hoy a nuestras reuniones pastorales? ¿No será algo más? ¿Un ahondar en esa experiencia de estar con Jesús para sentirse renovados y continuar con la intensidad necesaria?

Llamémosle como queramos llamarlo, tenemos muchas posibilidades o tener que saber buscar y encontrar los momentos; todos lo necesitamos. Hemos hablado de esa necesaria espiritualidad que ha de haber en nuestra vida como cimiento de cuanto tenemos que realizar; necesitamos conectar con el Espíritu del Señor, y para eso necesitamos silencios, necesitamos de momentos de tranquilidad y paz para poder escuchar por dentro, para vernos con toda claridad a nosotros mismos y para renovar esas motivaciones que tenemos para nuestra lucha, para nuestro trabajo apostólico, para poder ser en verdad misioneros del mensaje de Jesús en el mundo en que vivimos.

Necesitamos los cristianos que queremos vivir nuestro compromiso de más momentos de silencio para encontrar la serenidad para nuestra vida; necesitamos de momentos de escucha interior porque por fuera ya estamos oyendo continuamente muchas palabras; es algo más que ese torrente de palabras lo que necesitamos escuchar; es necesaria una predisposición por nuestra parte.

Nos está diciendo Jesús: ‘Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco’. ¿Nos iremos en la barca con El?  ¿O comenzaremos a darle largas como tantas veces, porque como decimos no tenemos tiempo? Os aseguro que no será un tiempo perdido.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Aprendamos a encontrar la paz y la serenidad del Espíritu en la espiritualidad del evangelio porque donde está un cristiano siempre tiene que desbordarse la paz

 


Aprendamos a encontrar la paz y la serenidad del Espíritu en la espiritualidad del evangelio porque donde está un cristiano siempre tiene que desbordarse la paz

Eclesiástico 15, 1-6; Salmo 88; Mateo 11, 25-30

Todos quizás habremos pasado en alguna ocasión por la experiencia de estar con alguien cuya sola presencia nos infunde una paz y una serenidad a nuestro espíritu que luego no quisiéramos cambiar por nada; no nos dicen quizás grandes cosas, no quieren convertirse en maestros de nuestras vida, pero realmente lo están siendo con sola su presencia y una palabra que nos dicen nos hacen vibrar nuestro espíritu pero al mismo tiempo sintiendo una paz que no somos capaces de describir. Es su serenidad, su mirada directa y limpia, la atención que nos prestan, su capacidad de escucha, incluso el silencio que se provoca a su alrededor que nos hace sentirnos como transportados, como si estuviéramos en otra órbita o dimensión, donde no nos sentiremos turbados por nada que suceda a nuestro alrededor por muy desagradable que sea en si misma.

Tienen otra manera de afrontar la vida y los problemas que los hace mantener esa serenidad de espíritu y de alguna manera nos están impulsando a tener también nosotros esa paz y esa serenidad ante la vida. Hay en ellos una espiritualidad que enamora y nos impulsa a mirarnos nosotros mismos a nuestro interior, para aprender a saborear allá en lo más recóndito de nosotros mismos también esa paz. Algo que se vuelve contagioso, algo que nos hace sentir la inquietud por algo nuevo y distinto porque nos hace descubrir una grandeza distinta de la vida y de lo que incluso nosotros mismos somos.

Estoy hablando de experiencias humanas que nosotros hayamos podido tener y sentir con alguien, pero al mismo tiempo estoy queriendo pensar por qué nosotros, todos los que creemos en Jesús, no hemos llegado a esa sabiduría de la vida que en el evangelio podemos encontrar. Con Jesús siempre tendríamos que sentirnos así. Esa tiene que ser la más profunda experiencia religiosa que hayamos de vivir; eso tendría que ser de lo que hiciéramos gala y tendríamos que ser capaces de trasmitir a los demás.

¿Qué nos está diciendo en realidad el evangelio que hoy se nos proclama? Que en Jesús podemos encontrar siempre esa paz y ese descanso para nuestro espíritu. Nos invita Jesús a que vayamos a El porque a pesar de que por los avatares y tareas de la vida pudiéramos sentirnos agobiados, en El siempre vamos a encontrar esa paz para nuestro espíritu, con El tendríamos una forma nueva y distinta de afrontar todo eso que nos parece duro en tantas ocasiones de la vida.

Y Jesús nos habla de la mansedumbre de su corazón del que tenemos que contagiarnos; nos habla de esa sencillez y humildad con que hemos de afrontar la vida para darnos cuenta que en el pequeño y en lo sencillo es donde encontraremos nuestra mayor grandeza. ‘Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón’ nos dice.

Son los orgullos y las violencias malos compañeros de nuestro caminar, es esa ambición con la que parece que nos vamos a comer el mundo lo que llenará de intranquilidad nuestro espíritu para convertirlo todo en una guerra, son esas carreras ambiciones la que no nos dejarán entrar en nosotros mismos para descubrir esas pequeñas cosas que serán las que dan belleza y grandeza a nuestra vida. Es lo que finalmente nos hace perder la paz y cuando no hay serenidad en nuestro espíritu todo se vuelve tumultuoso y violento.

Quedándonos en lo pequeño, haciéndonos nosotros pequeños e incluso con la ingenuidad de los niños, cómo aprenderemos a llenarnos de Dios, a gustar esa nueva sabiduría que dará verdadero sabor a nuestra vida. Es lo que nos hará crecer en una espiritualidad profunda que nos hará sentir esa paz de Dios en nuestro corazón y de la que querremos contagiar a cuantos estén a nuestro lado.

Estamos haciéndonos estas consideraciones a partir de los textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de este día en que celebramos a Santa Teresa de Jesús. Una mujer de un gran recorrido en su vida que le fue haciendo comprender y vivir esa paz de Dios en su profunda espiritual y en la mística que envolvió su vida. Pero mientras no supo despojarse de si misma, su vida fue turbulenta; cuando se vació de si misma pudo llenarse de Dios de manera que en ella contemplamos una de las grandes místicas de la historia de la Iglesia. Fue el camino que luego emprendió de la reforma del Carmelo para dejarnos esos recintos de paz que son sus monasterios y que nos llevan a ese encuentro profundo con Dios.

No llegaremos a esa mística de san Teresa de Jesús, pero sí podremos aprender a encontrar esa paz y serenidad de nuestro espíritu cuando en verdad pongamos el descanso de nuestra vida en Dios, cuando nos dejemos empapar por la espiritualidad del Evangelio, que es llenarnos del Espíritu de Dios. Es también lo que estamos llamados a trasmitir a los demás, porque allí donde esté un cristiano, un creyente en Jesús, tiene siempre que desbordar la paz. Será difícil, pero es a lo que tenemos que aspirar.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Claramente nos dirá Jesús que es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorarla, a El tenemos que acudir, de El nos tenemos que dejarnos alumbrar

 


Claramente nos dirá Jesús que es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorarla, a El tenemos que acudir, de El nos tenemos que dejarnos alumbrar

Esdras 1,1-6; Salmo 125; Lucas 8,16-18

La luz, qué necesaria es. Cómo nos ponemos de incómodos cuando nos falta la energía y nos quedamos a oscuras de noche en la casa. Pronto buscamos sustitutos de esas lámparas que no iluminan por la falta de energía, y en consecuencia vendrás las reclamaciones, ha significado quizás una pérdida de beneficios o simplemente no soportamos que no haya luz; lo mismo nos sucede cuando tenemos que enfrentarnos a un camino oscuro y tenebroso en la noche que no tiene unas luminarias que nos ayuden a encontrar el camino. Cada vez que hay un apagón cuantas son las protestas de todo tipo que se levantan.

Pero, ¿es solo esa luz la que nos importa? Creo que en ocasiones andamos un tanto desorientados en ese tema de la luz, porque de las únicas luces de las que nos preocupamos es de la que nos pueda dar una lámpara encendida en nuestra casa o en nuestros caminos. Sin embargo, en muchas cosas andamos a oscuras, no nos importa la falta de luz, nos buscamos nuestros sustitutos para esas carencias pero siempre serán luces que nos puedan llevar al engaño y pudieran incluso desestabilizar nuestra vida.

¿Tenemos claros los caminos que hemos de andar en la vida? ¿Buscamos un verdadero sentido a lo que hacemos para que nos lleve a una plenitud de vida? ¿Nos dejaremos en ocasiones envolver por tinieblas porque no ponemos el empeño necesario para encontrar ese sentido de nuestra vida? Algunas veces parece que los fuegos fatuos son los que nos llaman la atención desde la superficialidad con que vivimos la vida. Andamos a oscuras en la vida porque aquellas luces que nos van apareciendo junto a nuestro camino tratamos quizás de cubrirlas con nuestras vanidades y apariencias, con nuestro orgullo que nos hace creernos que estamos por encima de quien nos puede dar la verdadera luz, con nuestros entretenimientos superficiales que nos distraen y nos confunden, o con ese materialismo de la vida que nos impide levantar nuestra mirada a otros niveles que nos den mayor plenitud a nuestra existencia.

Pero quizás en esas cosas no queremos pensar, nos hemos acostumbrado a nuestras sombras que nos parece que no necesitamos otra luz, o nos dejamos arrastrar por la primera luz que aparezca aunque esté llena de confusiones; los oropeles de la vida nos confunden con sus brillos fatuos y ni queremos pensar donde podemos encontrar esa verdadera luz.

En esto nos quiere hacer pensar Jesús. Y mira que nos dice que nos pensemos bien las cosas, que analicemos bien lo que escuchamos o las distintas propuestas que de un lado o de otro de la vida vamos recibiendo. ‘Mirad, pues, cómo oís’, nos está diciendo. Porque suenan sonidos en nuestro entorno y no llegamos ver cual es el autentico. Nos está invitando Jesús a abrir bien nuestros oídos para que sepamos de quien en verdad nos podemos confiar. Hemos de saber buscar lo que de verdadera plenitud y sentido a nuestra vida. No son remiendos lo que necesitamos; de nada nos ayuden las luces que pronto se agotarán por falta de verdadero combustible, de nada nos vale tener una luz pero tenerla escondida. Hemos de calibrar bien nuestros oídos para escuchar lo que el Señor tiene que decirnos, aunque no nos gusta en ocasiones porque nos pone el dedo en la llaga, y eso no gusta, porque nos duele, porque tenemos que reconocer nuestras oscuridades y nuestros errores.

Claramente nos dirá que El es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorársela. A El tenemos que saber acudir, de El nos tenemos que dejar alumbrar, en El vamos a encontrar ese aceite que nos mantenga para siempre la lámpara encendida. Es lo que tenemos que buscar, es lo importante para nuestra vida. Sepamos encontrarlo. Y además nos está diciendo Jesús que nuestra luz tiene que estar bien colocada para que todos los que entren puedan estar iluminados, encontrar esa luz.

miércoles, 27 de agosto de 2025

El evangelio, un drenaje de nuestra vida pero también una revolución en el corazón, nos hace despojarnos de rémoras que entorpecen y arriesgarnos a algo nuevo de vida

 


El evangelio, un drenaje de nuestra vida pero también una revolución en el corazón, nos hace despojarnos de rémoras que entorpecen y arriesgarnos a algo nuevo de vida

1Tesalonicenses 2, 9-13; Salmo 138; Mateo 23, 27-32

Si yo hubiera estado allí, nos decimos tantas veces, haciendo comparación quizás entre los que nos parece que son las actitudes de algunos de los que nos habla el evangelio y lo que nosotros hubiéramos hecho en su lugar. Las comparaciones, como siempre solemos decir, son odiosas, pero quizás algunas veces nos tendríamos que poner como a trasluz de esas personas o citaciones que allí se nos mencionan con lo que somos o con lo que hacemos nosotros. ¿Seremos iguales o parecidos? Hoy que vemos que Jesús está cargando contra aquellos dirigentes que no es precisamente buen testimonio y ejemplo para nosotros. Pero acaso nosotros nos parecemos en mucho y también arrastramos posturas y actitudes negativas bien lejanas de lo que son los valores del evangelio.

Jesús vuelve a incidir en la autenticidad o la falsedad de aquellas vidas, en las apariencias que nos vuelven hipócritas y la autenticidad que debería de brillar en un seguidor de los valores del evangelio. Por eso cuando escuchamos estas palabras de Jesús, que incluso nos suenan fuertes y airadas, no es solo aquellas actitudes de entonces las que Jesús está denunciando sino que nos hace mirarnos a nosotros mismos porque quizás muchas de esas cosas, de manera sutil, también están brillando de por demás en nosotros.

La fachada de buenos no queremos quitárnosla. No es algo fácil de transformar; al menos muchas veces se nos atraganta, porque algo siempre queremos dejar a nuestro favor, buscamos apoyos que nos sostengan y si no hemos cimentado bien nuestra vida no encontramos nada en nuestro interior que nos sirve de apoyo en esa carrera que hemos de emprender. Seguimos con nuestros apegos y nuestras apariencias, seguimos con una vida llena de fantasías que demuestra nuestra superficialidad; por eso nos cansamos tan fácilmente, nos aburrimos, se nos marchita nuestra vida. No hemos echado raíces profundas y no nos llega la humedad que necesitamos.

Tenemos que saber drenar nuestra vida, para quitar todo lo que sea superficial, todo lo que se va convertir en hojarasca que solo nos valdrá para prenderle fuego, podar esas ramas que solo dan apariencia, como dicen los agricultores, son chupones que la restan vitalidad a los frutos que de ese árbol podamos obtener. Es un trabajo que algunas veces nos puede resultar costoso y doloroso, pero que es necesario y por eso mismo se convierte en trabajo hermoso por los frutos que podemos obtener.

Tenemos que analizar bien nuestra vida, tenemos que darnos cuenta de esas rémoras que no nos dejan avanzar para desprendernos de ellas, darnos cuenta de esas malas costumbres o rutinas que se han metido en nuestra vida y nos impiden alcanzar los buenos objetivos que nos proponemos. Tarea de reflexión, tarea de ahondar en nuestra espiritualidad, tarea de ir escardando nuestro corazón para quitar esos apegos que no le dejan moverse con flexibilidad, tarea de oración y de escucha para dejar que esa semilla de la Palabra de Dios quede bien plantada y abonada en nosotros.

Es la manera de superar esa superficialidad a la que nos sentimos tentados cuando todo nos parece igual y nos parece bueno, cuando simplemente nos dejamos llevar porque decimos que siempre se ha hecho así, cuando comenzamos a hacer las cosas casi como una rutina sin darle sentido hondo ni a lo que decimos en nuestras oraciones ni las prácticas que realizamos en nuestra vida, cuando hacemos las cosas por mimetismo porque sin preguntarnos el por qué y el sentido de las cosas hacemos lo que otros hacen.

Una escucha atenta del evangelio siempre tiene que ser una revolución para el corazón porque nos hace descubrir en nosotros aquello de lo que ni nos habíamos dado cuenta, pero también porque nos hace emprender nuevos caminos, arriesgándonos a buscar con sinceridad esos caminos de vida. Al final será también para nosotros un remanso de paz porque nos sentiremos más llenos de Dios.

jueves, 14 de agosto de 2025

Sintámonos en verdad liberados de los rescoldos interiores que reavivan el fuego cuando ofrecemos nuestro generoso perdón a la manera de la misericordia de Dios

 


Sintámonos en verdad liberados de los rescoldos interiores que reavivan el fuego cuando ofrecemos nuestro generoso perdón a la manera de la misericordia de Dios

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Salmo 113; Mateo 18, 21-19, 1

Cuando hay un incendio, ya sea en nuestros bosques o montes o incluso en cualquier edificación no solo tenemos que apagar esas llamas que vemos que todo lo arrasan, sino que tenemos que tratar de apagar lo que ha sido el origen de ese fuego, pero también vemos luego a los bomberos por detrás, donde parece que no hay ya fuego, que van enfriando el terreno, pero teniendo mucho cuidado en apagar esos rescoldos, muchas veces enterrados, que durante mucho tiempo pueden mantener vivo ese incendio.

¿Has pensado alguna vez que cuando desde el resentimiento que llevas en ti no quieres perdonar al otro es principalmente a ti mismo al que te estás castigando? Quien no ha sabido perdonar de verdad sigue manteniendo el desamor en si mismo, que no solo puede ser destructivo para los demás sino que es destructivo para ti mismo porque seguirás manteniendo esa cadena sobre tu espíritu. Perdonamos buscando la paz, buscando el origen de la ofensa o del conflicto, pero tenemos que apagar también esos rescoldos que nos quedan encerrados quizás en lo secreto del corazón y que no dejarán que quede apagado por completo el conflicto, que vuelva la paz a todos los corazones.

Perdonar no es solo liberar al otro de su culpa, sino es liberarte a ti mismo de esa cadena, de ese rescoldo que sigues manteniendo dentro y que sigue quitándote la serenidad y la paz de tu vida. Si no te liberas de ese resentimiento que te lleva al desamor o al odio nunca vas a tener paz en ti mismo, y entonces estarás haciendo que se reaviven esas heridas que un día recibiste y no habrá manera de encontrar la curación de tu espíritu.

Quien no ha perdonado de verdad no llegará a saborear lo que es el autentico amor, porque siempre mantendrá ese rescoldo, siempre le faltará la paz verdadera en su corazón. Cuando perdonas la primera liberación es para ti mismo; como solemos decir muchas veces tenemos que perdonarnos a nosotros mismos para que vuelvan a florecer las bellas flores de la amistad, del amor verdadero. Apaguemos esos rescoldos y al sentirnos en verdad liberados, encontraremos la verdadera paz para nuestro corazón.

Esto es algo que tenemos que rumiar bien dentro de nosotros, porque no es fácil muchas veces apagar esos rescoldos enterrados. Es necesario que aprendamos a saborear el perdón para que nosotros podamos luego ofrecerlo con generosidad. Es nuestra piedra de tropezar, algo en lo que siempre nos cuesta dar el paso hacia delante. Queremos seguir manteniendo aquellas medidas, que se ofrecían como generosas, que Pedro está expresando en su petición a Jesús.

¿Cuántas veces tenemos que perdonar? Siguen apareciendo las contabilidades, pero si estamos haciendo esas contabilidades significa que algo aun no anda bien dentro de nosotros. Porque quien perdona de verdad lo olvida para siempre, no vuelve a recordar, no se pone a contabilizar. Es lo que nos está enseñando Jesús. ‘¿Siete veces?... hasta setenta veces siete’, responde Jesús para que entremos no en los cálculos de los números, sino en las actitudes de perdón que hemos de mantener siempre en el corazón.

La parábola que propone Jesús está clara. Aquel siervo que fue perdonado por su amo no supo saborear aquel perdón que le habían ofrecido generosamente; por eso no supo luego perdonar a su compañero que era muy ínfimo lo que le debía en comparación con sus antiguas deudas con su amor. Jesús con su parábola además está haciendo que elevemos nuestra mirada, para que seamos capaces de reconocer lo que significa el amor y la misericordia del Señor en nuestra vida y aprendamos esas mismas actitudes para tener nosotros con los demás.

La incapacidad de perdonar, le hacia mantener el odio en su corazón y hacía imposible la verdadera paz, la serenidad del espíritu para ver con mejor claridad el amor que tenemos siempre que repartir. ¿No nos había enseñado Jesús que nos acogiéramos  a la misericordia de Dios porque nosotros somos también misericordiosos y compasivos con nuestros hermanos?

jueves, 31 de julio de 2025

Valores que nos enseña el evangelio fundamentales y esenciales para nuestra vida que nos hacen mantener la serenidad y la paz y nos llenan de sabiduría

 


Valores que nos enseña el evangelio fundamentales y esenciales para nuestra vida que nos hacen mantener la serenidad y la paz y nos llenan de sabiduría

Éxodo 40,16-21.34-38; Salmo 83; Mateo 13,47-53

Seguramente todos nos hemos llenado de impaciencia más de una vez, con ganas de entrar a fuego con todo, por decirlo de alguna manera, ante la revoltura de cosas, de actitudes, de manera de entender las cosas, de maldad de tantos quizás en nuestro entorno; quisiéramos algo así como un mundo perfecto, donde todos siempre fuéramos buenos, donde no existiera la maldad, donde hubiera desaparecido la injusticia y la violencia; es cierto que es a eso a lo que aspiramos, esa sería también nuestra tarea el conseguirlo, pero nuestro mundo es un mundo revuelto donde se entremezcla el agua cristalina con el barro y las basuras que nosotros mismos vamos arrojando en ese mar.

Quisiéramos quizás limpiarlo de un golpe, aunque fuera con la violencia, nos queremos convertir en inquisidores de los demás y vamos repartiendo condenas por doquier, queremos hacer desaparecer a los que nosotros consideramos malos; pero quizás tendríamos que pensar ¿por qué consideramos que son más malos que nosotros si también nos llenamos de violencia para quererlos arrasar?. Pero, recordando otro momento del evangelio, también tendríamos que preguntarnos, ¿quién puede tirar la primera piedra?

Hoy Jesús nos habla de una red repleta de peces. No todos son válidos, no todos son comestibles, pero ahí está esa red sacada del mar. Quizás observamos esa red y nos pudieran parecer todos iguales o todos comestibles. Será el sabio pescador el que al final podrá escoger los que son válidos, mientras los otros son arrojados de nuevo al mar. ¿No nos estará hablando de la paciencia de Dios con nosotros y con nuestro mundo?

¿No tendría eso que hacernos pensar en por qué nosotros vamos haciendo tantos juicios de los demás en la vida cuando quizás no nos miramos a nosotros mismos? ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar? Aquí quizás tendríamos que recordar otras páginas del evangelio que nos invitan a reconsiderar nuestros pensamientos y a evitar esos juicios y condenas. ‘No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados’, algo así que nos dice Jesús en otro momento.

Esto tendría que ayudarnos a reflexionar en esa tensión que vivimos en lo social y en lo político, donde en lugar de aportar cada uno desde su manera de ver las cosas para colaborar con los otros en la construcción pacífica de nuestra sociedad, sin embargo todo es acritud, todo son enfrentamientos, todos parece que nos convertimos en enemigos que pareciera que nos queremos destruir los unos a los otros. ¿Qué estamos haciendo de nuestro mundo, de nuestra sociedad? ¿Por qué no somos en verdad constructores que colaboramos los unos con los otros? ¿Cómo estamos educando las futuras generaciones con los ejemplos que les estamos dando? Confieso que son cosas que en verdad me preocupan mucho.

Jesús después de hablarles con todas estas parábolas a los discípulos les pregunta, ¿entendéis todo esto? ¿Llegaremos ciertamente a entender el mensaje del evangelio que tanta actualidad tiene, sigue teniendo en el mundo de hoy y que si lo escucháramos más en verdad estaríamos haciendo un mundo mejor? Esos valores que nos enseña el evangelio son fundamentales, son esenciales para nuestra vida.

Es la sabiduría del evangelio, como se nos termina diciendo hoy. ‘Pues bien, nos dice, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo’. Saquemos a flote ese tesoro, esa sabiduría, esa prudencia de la vida, esa paciencia para no perder la paz ni la serenidad por mucho que veamos alrededor que nos inquiete, esa humildad para aceptar y para comprender, esa palabra buena que va a poner siempre paz en medio de nuestras guerras y violencias. Es la maravilla del evangelio de Jesús.

jueves, 17 de julio de 2025

En nuestro agobio necesitamos alivio, en nuestros cansancios una paz que nos haga descansar de verdad, en nuestras desesperanzas por perdidos encontrar un camino

 


En nuestro agobio necesitamos alivio, en nuestros cansancios una paz que nos haga descansar de verdad, en nuestras desesperanzas por perdidos encontrar un camino

 Éxodo 3, 13- 20; Salmo 104; Mateo 11,28-30

Vivimos en un mundo de agobios, siempre a la carrera, siempre hay algo más que hacer, se nos acumulan los problemas, no sacamos adelante los objetivos que nos pretendemos y nos sentimos en ocasiones derrotados. Tengo un amigo, por cierto he de reconocer que muy responsable y trabajador, pero que sin embargo con frecuencia cuando nos encontramos y podemos hablar un rato siempre me habla de lo cansado que está; es un cansancio, es cierto, físico por la intensidad del trabajo que realiza, pero observándolo me parece entender que no es solo lo físico cuando habla de su cansancio, sino de ese agobio con que vive la vida, en la que parece que algunas veces faltan objetivos y metas claras que levanten el espíritu, algo en su interior que le agobia y en consecuencia le cansa.

¿Cómo encontrar salida a esa situación? ¿Qué ha de hacer para que se sienta realizado con lo que hace y en esa satisfacción sienta un necesario descanso para su espíritu? ¿Necesitamos a alguien a nuestro lado que nos haga sentirnos bien, que nos abra nuevos horizontes, que nos dé razones o motivaciones para disfrutar de lo que estamos haciendo? Necesitamos una liberación interior que rompa tensiones, que nos haga encontrar paz, que nos haga descubrir el valor y el sentido de la vida también en esa trascendencia espiritual que le hemos de dar a nuestro ser. Los agobios nos quitan serenidad, nos impiden encontrar paz, no nos dejan disfrutar de cuanto bello sale de nuestras manos.

Fijándonos en el relato de la primera lectura, podemos decir que Moisés se había venido a aquellas montañas lejos de Egipto porque no soportaba lo que a su pueblo le estaba sucediendo; había tenido sus reacciones incluso violentas pero no le habían servido para nada y se había venido al desierto. Allí pasa los días con aquella familia que le ha acogido y que ahora es también su familia, y con el cuidado en aquellas montañas de los ganados que le servían para sustento. Pero en medio de todo eso había tenido una experiencia extraordinaria, en aquella zarza ardiendo y que no se consumía.

Supo escuchar la voz de Dios que se le manifestaba en medio de aquella tormenta de su vida y le confiaba una misión. Había de volver a Egipto, pero ahora iba con la experiencia de Dios en su vida. Sus luchas seguirán, pero tendría la suficiente fortaleza y serenidad al mismo tiempo para superar todos aquellos obstáculos que se le iban presentando para crear ese pueblo libre y nuevo que Dios le mandaba conducir hasta una tierra prometida. Aquella experiencia del Horeb fue fundamental. En su corazón comenzó a sentir una nueva paz aunque el trabajo ahora sería más engorroso y complicado.

En el mismo sentido, podríamos decir, escuchamos hoy la Palabra de Jesús que nos invita a ir hasta Él quienes andamos cansados y agobiados. Volvemos con lo mismo, cansancio, agobios, agotamiento, falta de paz en el corazón, desorientación porque en ocasiones parece que andamos perdidos. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…’ nos dice Jesús. ¿En nuestro agobio necesitamos alivio? ¿En nuestros cansancios necesitamos una paz que nos haga descansar de verdad? ¿En nuestras desesperanzas por hallarnos perdidos necesitamos encontrar un camino o una luz que nos ilumine el camino? ‘Venid a mí…’ nos dice Jesús.

No se van a acabar nuestros trabajos, nuestros problemas no se van a resolver de forma mágica, el cansancio persistirá porque es el esfuerzo el que en parte lo motiva, pero con Jesús todo va a ser distinto. En Jesús sentiremos paz en el corazón, serenidad en la vida para encontrar vías de salida, nos sentiremos fuertes porque nos sentimos motivados, porque tenemos metas, porque se abren otros horizontes, porque comenzamos a ver las cosas de forma distinta.

Es Jesús que camina a nuestro lado pero que al mismo tiempo es el camino; es Jesús que nos hace saborear las cosas de manera distinta porque está poniendo sal en nuestros labios para que la vida no sea insípida y desagradecida; en Jesús vamos a encontrarnos con la verdad porque Él es la Verdad y la Sabiduría de nuestra vida. Vemos las cosas más claras porque sentimos paz en el corazón, los nudos de la vida se irán desatando porque tenemos esa serenidad del espíritu para encontrar la forma de desenredarse.

Nos daremos cuenta que las cosas no son tan duras como las pintan porque ‘su yugo es llevadero y su carga es ligera’. El ha puesto nuevas alas en nuestros pies y en nuestra vida.


jueves, 19 de junio de 2025

Nada mejor para sentirnos sanados que sentirnos amados, por eso nos deja Jesús un sentido nuevo de oración

 


Nada mejor para sentirnos sanados que sentirnos amados, por eso nos deja Jesús un sentido nuevo de oración

2Corintios 11,1-11; Salmo 110; Mateo 6,7-15

Te vas a poner enfermo, nos dicen los que parecen más expertos en esto de dolores y enfermedades; y es que sin sentirnos mal, o al menos no reconocemos ningún síntoma concreto, sin embargo sentimos eso que muchas veces describimos como mal cuerpo, no nos duele nada en concreto pero parece que nos duele todo, hay partes de nuestro organismo que parece que no funcionan bien del todo, hay como un malestar general sin saber exactamente qué es; eso es que te vas a poner enfermo, algo se está incubando, decimos o nos dicen.

Pero ya no se trata de enfermedades somáticas, cosas que afecten a órganos concretos, sin embargo no siempre nos sentimos bien; anímicamente parece que estamos decaídos u en otra honda, hay cosas que, sí es verdad, nos duelen por dentro, parece que no nos sentimos en paz y nuestras reacciones son descontroladas con los demás, parece que no encontramos un rumbo para nuestra vida y andamos como desestabilizados espiritualmente; y aquí qué necesitamos una medicina, que nos haga encontrarnos con nosotros mismos, que nos abra a Dios y que nos ayude a entrar en una nueva y mejor relación con los demás. Nuestro espíritu también se nos enferma, necesitamos una sanción espiritual.

Jesús nos la da hoy. Nos enseña a orar. Lo vemos a él continuamente a lo largo de las páginas del evangelio que busca esos momentos de silencio, esos momentos en los que se aparta de todo y en cierto modo de todos, se retira en la noche, o marcha a lugares apartados y tranquilos. Lo vemos iniciar su vida pública retirándose previamente al desierto para pasar allí cuarenta días; en lo que parecen aun los comienzos de su predicación por Galilea, después de un día muy completo, diríamos, que concluye en la tarde con muchas personas que se agolpan a las puertas del lugar donde está con sus enfermos, en la madrugada del día siguiente los primeros discípulos se lo encuentran a las afueras del pueblo que se había retirado a orar; recordamos su subida al Tabor o sus retiros en los aledaños del monte de los Olivos en Jerusalén, por mencionar solo algunos momentos.

Ahora en el llamado sermón del monte, cuando nos ha proclamado las bienaventuranzas, nos va señalando diversos aspectos en los que tienen que ir ahondando sus discípulos para vivir en el sentido del Reino de Dios que está anunciando. Es entonces cuando también nos habla de un modelo y de un sentido de oración.

Si le habíamos visto sanando a los enfermos de todo tipo de dolencias ahora nos va a ofrecer la mejor medicina para que en verdad nos sanemos interiormente. Será ese momento que tenemos que vivir en paz y serenidad pero que verdaderamente nos va a llenar de paz y pondrá serenidad en nuestro espíritu. Será el momento en que nos sintamos llenos de Dios para encontrar en El todo lo que sana el alma.

Y no hay mejor cosa para comenzar a sentirnos sanados que sentirnos amados. Es lo primero que nos quiere dejar claro porque nos enseña la más dulce palabra con que podemos dirigirnos a Dios, Padre. Llamamos Padre a Aquel de quien nos sentimos amados; si así nos dirigimos a Dios es porque estamos saboreando su amor. Cuando sentimos que nos aman y nos aman con ese amor eterno e infinito todo en nuestra vida queremos que sea para quien nos ama. No solo le regalamos la camisa, por decir algo muy elemental, sino que estamos poniendo toda nuestra vida en sus manos.

¿Qué son realmente esa serie de invocaciones y peticiones que vamos expresando cuando vamos repitiendo las palabras que Jesús nos enseñó? Todo para la gloria de Dios, todo para poder vivir ese sentido nuevo del Reino de Dios que quiere construir en nosotros, todo para hacer su voluntad y para sentirnos en sus manos.

Todos esos malestares que sentimos por dentro se irán apagando con ese regalo de amor; todo eso que nos duele por dentro porque no hemos sabido ser fieles o porque no hemos tratado a los demás con esa dignidad que todos se merecen va a ser curado porque sentimos la misericordia de Dios en nosotros, pero porque nosotros vamos a comenzar a actuar con esa misma misericordia con los demás.

Esas desesperanzas que algunas veces nos agobian se transforman porque en Dios nos sentimos seguros y con Dios nos sentiremos fuertes para no dejar enfermar de nuevo nuestro corazón, nuestro espíritu. Fijémonos bien en el sentido de cada una de las peticiones del padrenuestro.

Igual que a las medicinas tenemos que darle su tiempo, así tenemos que saber darle su tiempo al padrenuestro. No puede ser nunca oración repetida a la carrera donde nos traguemos de cualquier manera sus palabras; tiene que siempre algo a lo que nos acerquemos con calma y buscando de verdad esa paz de nuestro espíritu. Será quien nos sane totalmente nuestro espíritu.

viernes, 16 de mayo de 2025

Con nuestra fe en Jesús podemos comenzar a aprender a tener esa serenidad y esa paz en nuestro propio espíritu para afrontar los caminos de la vida porque El es el camino

 

Con nuestra fe en Jesús podemos comenzar a aprender a tener esa serenidad y esa paz en nuestro propio espíritu para afrontar los caminos de la vida porque El es el camino

Hechos 13, 26-33; Salmo 2;  Juan 14, 1-6

Vivimos en un mundo agitado en el que parece imposible que podamos encontrar paz y serenidad; es esa vertiginosa y alocada carrera en que vivimos, donde parece que nunca estamos satisfechos, siempre buscamos más, queremos escalar puestos más o alcanzar más poder y dominio, donde siempre andamos a la zancadilla porque no queremos que nada ni nadie se nos interponga en nuestros sueños y ambiciones; pero son los problemas de nuestra sociedad con sus miserias y con sus guerras, con sus alianzas y contra-alianzas en todos los ámbitos de la sociedad, con los muros que nos levantamos entre unos y otros o con los abismos que nos creamos que nos hace imposible la cercanía y la humanidad; son esas luchas interiores que todos vivimos entre lo bueno que soñamos y las ambiciones que se nos meten por medio maleando lo mejor de nosotros mismos, serán esas dudas e interrogantes que nos surgen en nuestro interior o las incongruencias a las que tenemos que enfrentarnos. Con esos planteamientos de vida, de nuestra sociedad y de nosotros mismos, ¿podremos alcanzar sosiego y serenidad?

Sin embargo a pesar de todas las tentaciones a las que nos veamos sometidos es un ansia que tenemos en nuestro interior, una búsqueda que incluso también nos desasosiega, un camino que intentamos hacer pero que muchas veces no sabemos cómo, una invitación que nos hace Jesús en su buena nueva del Evangelio que no sabemos escuchar o no sabemos muchas veces como realizar.

Pero hoy Jesús, en el evangelio que se nos propone, nos invita a que confiemos en El porque con El podremos encontrar esa paz. Nos pide que no perdamos la calma, pase lo que pase, vengan las sombras que vengan y puedan aparecer, sean o no sean difíciles los momentos que tengamos que vivir.

‘No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí’. Eso les dice Jesús a los apóstoles cuando se acercaban momentos que iban a ser muy difíciles para todos. Pronto incluso le abandonarían en el huerto y lo dejarían solo; alguno se atreverá a acercarse al patio del Sanedrín y aunque era de los que habían prometido mucho, porque decía que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús, terminaría negando conocerle ante la pregunta de una criada; el camino primero hasta la casa del gobernador y luego hasta el calvario lo haría en terrible soledad, porque los que le seguían andaban escondidos en el cenáculo o vete a saber donde. Serían momentos difíciles que comenzarían con aquella agonía del huerto, pero donde los más cercanos terminarían por dormirse. Y Jesús les dice que no pierdan la calma, que no se les turbe el corazón, que sigan poniendo su fe y su confianza en El. ¿Podrían llegar a tener esa serenidad de la confianza?

Pero cuando escuchamos este evangelio tenemos que pensar que eso nos lo está diciendo hoy Jesús a nosotros en esa situación que vivimos, en ese mundo complejo que  nos rodea, en lo difícil que se nos hace muchas veces mantener nuestra fe y nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer que nuestro mundo sea mejor. Y es que para alcanzar esa paz, tenemos que creer en la paz, que la paz es posible; para alcanzar esa serenidad que necesitamos para enfrentarnos por la vida, tenemos que primero que hace crecer en esa serenidad y paz interior, dentro de nosotros mismos. Cuando andamos en medio de todas esas turbaciones que se nos meten en nuestro espíritu no podremos tener una visión clara de saber a donde vamos o lo que buscamos.

Y nosotros, con nuestra fe en Jesús podemos comenzar a aprender a tener esa serenidad y esa paz en nuestro propio espíritu. ¿Por qué? ¿Cómo? Porque nos sentimos amados, porque hemos llegado a descubrir el amor que Dios nos tiene, porque llegamos a tener la experiencia de lo que es la misericordia y el perdón, porque así podemos sentirlo en nuestra vida; con esas premisas podemos acercarnos de manera nueva a los demás, acercarnos de manera nueva a ese mundo que nos rodea, podemos ir para transformar esa sociedad que queremos distinta. Podremos sentir esa fortaleza en el espíritu  para afrontar todo lo que es nuestra vida, con sus problemas, con sus inquietudes, con sus luchas, con sus deseos de hacer algo nuevo y mejor.

El ha terminado diciéndonos que es el Camino y la Verdad y la Vida. No perdamos esa serenidad de nuestro corazón, porque Dios está con nosotros.