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miércoles, 15 de octubre de 2025

Aprendamos a encontrar la paz y la serenidad del Espíritu en la espiritualidad del evangelio porque donde está un cristiano siempre tiene que desbordarse la paz

 


Aprendamos a encontrar la paz y la serenidad del Espíritu en la espiritualidad del evangelio porque donde está un cristiano siempre tiene que desbordarse la paz

Eclesiástico 15, 1-6; Salmo 88; Mateo 11, 25-30

Todos quizás habremos pasado en alguna ocasión por la experiencia de estar con alguien cuya sola presencia nos infunde una paz y una serenidad a nuestro espíritu que luego no quisiéramos cambiar por nada; no nos dicen quizás grandes cosas, no quieren convertirse en maestros de nuestras vida, pero realmente lo están siendo con sola su presencia y una palabra que nos dicen nos hacen vibrar nuestro espíritu pero al mismo tiempo sintiendo una paz que no somos capaces de describir. Es su serenidad, su mirada directa y limpia, la atención que nos prestan, su capacidad de escucha, incluso el silencio que se provoca a su alrededor que nos hace sentirnos como transportados, como si estuviéramos en otra órbita o dimensión, donde no nos sentiremos turbados por nada que suceda a nuestro alrededor por muy desagradable que sea en si misma.

Tienen otra manera de afrontar la vida y los problemas que los hace mantener esa serenidad de espíritu y de alguna manera nos están impulsando a tener también nosotros esa paz y esa serenidad ante la vida. Hay en ellos una espiritualidad que enamora y nos impulsa a mirarnos nosotros mismos a nuestro interior, para aprender a saborear allá en lo más recóndito de nosotros mismos también esa paz. Algo que se vuelve contagioso, algo que nos hace sentir la inquietud por algo nuevo y distinto porque nos hace descubrir una grandeza distinta de la vida y de lo que incluso nosotros mismos somos.

Estoy hablando de experiencias humanas que nosotros hayamos podido tener y sentir con alguien, pero al mismo tiempo estoy queriendo pensar por qué nosotros, todos los que creemos en Jesús, no hemos llegado a esa sabiduría de la vida que en el evangelio podemos encontrar. Con Jesús siempre tendríamos que sentirnos así. Esa tiene que ser la más profunda experiencia religiosa que hayamos de vivir; eso tendría que ser de lo que hiciéramos gala y tendríamos que ser capaces de trasmitir a los demás.

¿Qué nos está diciendo en realidad el evangelio que hoy se nos proclama? Que en Jesús podemos encontrar siempre esa paz y ese descanso para nuestro espíritu. Nos invita Jesús a que vayamos a El porque a pesar de que por los avatares y tareas de la vida pudiéramos sentirnos agobiados, en El siempre vamos a encontrar esa paz para nuestro espíritu, con El tendríamos una forma nueva y distinta de afrontar todo eso que nos parece duro en tantas ocasiones de la vida.

Y Jesús nos habla de la mansedumbre de su corazón del que tenemos que contagiarnos; nos habla de esa sencillez y humildad con que hemos de afrontar la vida para darnos cuenta que en el pequeño y en lo sencillo es donde encontraremos nuestra mayor grandeza. ‘Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón’ nos dice.

Son los orgullos y las violencias malos compañeros de nuestro caminar, es esa ambición con la que parece que nos vamos a comer el mundo lo que llenará de intranquilidad nuestro espíritu para convertirlo todo en una guerra, son esas carreras ambiciones la que no nos dejarán entrar en nosotros mismos para descubrir esas pequeñas cosas que serán las que dan belleza y grandeza a nuestra vida. Es lo que finalmente nos hace perder la paz y cuando no hay serenidad en nuestro espíritu todo se vuelve tumultuoso y violento.

Quedándonos en lo pequeño, haciéndonos nosotros pequeños e incluso con la ingenuidad de los niños, cómo aprenderemos a llenarnos de Dios, a gustar esa nueva sabiduría que dará verdadero sabor a nuestra vida. Es lo que nos hará crecer en una espiritualidad profunda que nos hará sentir esa paz de Dios en nuestro corazón y de la que querremos contagiar a cuantos estén a nuestro lado.

Estamos haciéndonos estas consideraciones a partir de los textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de este día en que celebramos a Santa Teresa de Jesús. Una mujer de un gran recorrido en su vida que le fue haciendo comprender y vivir esa paz de Dios en su profunda espiritual y en la mística que envolvió su vida. Pero mientras no supo despojarse de si misma, su vida fue turbulenta; cuando se vació de si misma pudo llenarse de Dios de manera que en ella contemplamos una de las grandes místicas de la historia de la Iglesia. Fue el camino que luego emprendió de la reforma del Carmelo para dejarnos esos recintos de paz que son sus monasterios y que nos llevan a ese encuentro profundo con Dios.

No llegaremos a esa mística de san Teresa de Jesús, pero sí podremos aprender a encontrar esa paz y serenidad de nuestro espíritu cuando en verdad pongamos el descanso de nuestra vida en Dios, cuando nos dejemos empapar por la espiritualidad del Evangelio, que es llenarnos del Espíritu de Dios. Es también lo que estamos llamados a trasmitir a los demás, porque allí donde esté un cristiano, un creyente en Jesús, tiene siempre que desbordar la paz. Será difícil, pero es a lo que tenemos que aspirar.

martes, 15 de octubre de 2024

Aprendamos la sabiduría de Dios leyendo con humildad nuestra vida, tal como es, dejándonos conducir por el Espíritu de Dios que se nos revela

 


Aprendamos la sabiduría de Dios leyendo con humildad nuestra vida, tal como es, dejándonos conducir por el Espíritu de Dios que se nos revela

Eclesiástico 15, 1-6; Salmo 88; Mateo 11, 25-30

Todos sentimos admiración por las personas sabias. Y podemos pensar en sus mutuos conocimientos en todas las materias, o en especialidad en aquellas cosas que son su dedicación primordial, ya sea por su profesión, por los estudios que haya realizado, por el mundo de la investigación  en el que se ha comprometido, o aquello que son sus tareas que realiza, podíamos decir, a la perfección. Son como una enciclopedia, solemos decir, porque de cualquier cosa que traten es como si abrieran la página de su saber para dejarnos maravillados.

Pero bien sabemos que la sabiduría no se queda ahí, o que más bien no está solo en los conocimientos que hayamos podido adquirir. Bueno, sí, es un conocimiento que hemos adquirido, pero no por esos estudios, por esa dedicación científica, sino por lo que realmente en la vida, con todo eso si queremos también, hemos ido adquiriendo. Y esos sí que nos dejan una sombra o un resplandor en nuestra vida que no podremos olvidar ni tampoco valorar quizás lo suficiente. Todos tenemos la experiencia de habernos encontrado con personas, sin esa cultura aprendida por así decirlo en los libros, que sin grandes conocimientos de cosas especiales, sin embargo nos trasmiten una sabiduría de la vida que sí que nos produce honda admiración.

Personas que han sabido rumiar la vida, personas reflexivas que pasan una y otra vez por su mente y sobre todo por su corazón aquello que sucede, aquello que ven a su alrededor, y en ese rumiar han sabido leer un sentido, un valor, han ido adquiriendo esa sabiduría. Tendría que ser también nuestro camino, la senda por donde vayamos desarrollando nuestra vida.

Tenemos que aprender a detenernos a contemplar, no solo las cosas, sino lo que es la vida misma para estrujarla en nuestra mente y sacarle su jugo. Contemplamos, sí, la belleza de un racimo de uvas, y podemos decir maravillas para descubrir su color, su forma, sus perfumes, pero si queremos sacarle el verdadero jugo que nos dará un sabroso vino tenemos que estrujar ese racimos, sacando así toda la potencialidad que lleva en su interior, para poderlo disfrutar de verdad.

Es lo que tenemos que ser y hacer en la vida. Pero para eso hay un paso importante, hacernos pequeños, aunque a veces parece que somos estrujados por la vida. Descubriremos toda nuestra riqueza interior, pero al mismo tiempo nos sentiremos elevados porque habrá algo que no recibimos de nosotros mismos, sino que en nuestra fe decimos y descubrimos que es Dios que se nos está revelando en nosotros.

Nos dejamos guiar humildemente, diciendo quizá como aquel sabio de la antigüedad, solo sé que no sé nada, pero adquiriremos la sabiduría de Dios que se solo se revela a los que así se hacen pequeños. Nuestros apetitos de grandeza no nos valen de nada, la prepotencia con que quizás queremos presentarnos ante los demás al final se diluirá y nos caeremos como se cae un castillo de naipes. Cuantas ambiciones que se quedan en un vacío, porque puede haber mucha apariencia externa, pero interiormente no son nada, terminan perdiendo el rumbo de su vida.

Es lo que hoy escuchamos en el evangelio en labios de Jesús que da gracias al Padre porque esa revelación de Dios ha llegado no a los prepotentes y orgullosos, sino a los pequeños y a los sencillos. Son los que van a seguir de verdad a Jesús, porque se dejarán conducir por el Espíritu de Dios.

Hoy este texto del evangelio nos lo ofrece la liturgia en la fiesta de santa Teresa de Jesús que hoy estamos celebrando. Hoy la admiramos y admiramos su obra. Contemplamos aquellos caminos que ella recorrió fundando nuevos conventos tras la reforma del Carmelo. Pero antes ella hizo un camino de largo recorrido; es cierto que tenia ese espíritu andariego, porque ya de niña quiso irse a las Indias para anunciar el evangelio en aquellas nuevas tierras que se habían descubierto. Pero no era ese el camino que había de recorrer.

Fueron largos años en el convento en medio de muchas turbulencias en su vida que le hizo descubrir todo el misterio de Dios en su vida para ser una gran contemplativa. Entro al convento con la prepotencia propia de su época y de su juventud, pero en enfermedades, en contratiempos que le hizo incluso en momentos estar lejos del convento, fue haciendo un camino de humildad para dejarse conducir por Dios. Descubrió así la verdadera llamada que Dios le estaba haciendo para la reforma del Carmelo y así emprendió el camino que ahora Dios le señalaba. No fueron solo sus recorridos por los caminos de Castilla para fundar conventos, sino la renovación que en la Iglesia estaba provocando. Se hizo pequeña y encontró el verdadero rostro de Dios que se le revelaba en la contemplación, su mística divina de la que nos quería hacernos participar.

¿Encontraremos nosotros esa sabiduría de Dios? ¿Sabremos hacernos pequeños y humildes para dejarnos conducir por Dios? Tenemos que aprender a leer la vida, nuestra propia vida en su recorrido tal como lo hayamos realizado, con sus luces y con sus sombras, con nuestros tropiezos o también con sus momentos buenos, para llegar a descubrir de verdad lo que Dios quiere de nosotros, para alcanzar esa sabiduría de Dios.

viernes, 4 de mayo de 2018

Nos sentimos inflamados de amor porque nos sabemos elegidos y amados de Dios entrando en la onda de su amor


Nos sentimos inflamados de amor porque nos sabemos elegidos y amados de Dios entrando en la onda de su amor

Hechos 15,22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

‘Hay amigos que son mas afectos que un hermano, aunque los hay también que nos llevan a la ruina’. Siempre recuerdo este pensamiento tomado de los libros sapienciales del Antiguo Testamento, aunque ahora no soy capaz de dar la cita concreta, pero que leí y medité hace mucho tiempo. Pensando sobre todo en lo positivo somos conscientes de esa verdad, de esos amigos que son mucho para nosotros, con quienes compartimos todo, que los sentimos cerca de nosotros en toda circunstancia, que son un estimulo para nuestra vida, y su presencia nos ayuda a crecer más y más como personas. No son familia de carne y sangre, pero entran en un rango de familia que es inigualable.
Me ha venido ese pensamiento escuchando lo que hoy nos expresa el evangelio, la forma en que Jesús trata a los discípulos, a los apóstoles. A ellos les ha ido revelando los secretos de su corazón, a ellos se manifiesta con una ternura especial. Por eso les dice que  no son siervos, que son amigos, queriendo darle a esa palabra toda la hondura que se merece. ‘Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’.
Nos lo está diciendo a nosotros también. Somos los amados del Señor. Para nosotros también abre su corazón, pero además nos llena de su Espíritu para que seamos nosotros también los que abramos nuestro corazón para recibirle, para acogerle, para vivirle. Nos descubre lo que es la voluntad del Señor, todo lo que es el misterio de Dios, pero nos ilumina con la sabiduría de su Espíritu para que podamos conocer a Dios, para que podamos llenarnos de Dios.
Y un detalle importante, todo eso porque El ha querido. Ha sido El quien nos ha elegido. Es importante, es cierto, nuestra respuesta, pero cuidado no pensemos que lo que llegamos a ser es por la respuesta que nosotros demos. Es un don del Señor, es un regalo de Dios. El amor de Dios fue primero; ya nos lo dice claramente san Juan en sus cartas; no es que nosotros hayamos amado a Dios sino que El nos amó primero. ‘Yo os he elegido, nos dice hoy Jesús, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure’.
Y ahora sí, después de ser conscientes de esa elección de amor, tenemos que pensar en nuestra respuesta. Entramos en una onda de amor, en una órbita de amor. Y ese amor ha de inundar nuestra vida; y ese amor ha de expresarse en toda nuestra respuesta, en toda nuestra vida. Esa ha de ser nuestra relación con Dios. Por eso nos explicaba santa Teresa del sentido de nuestra oración, tratar de las cosas que queremos o deseamos con aquel que sabemos que nos ama. Y al que también amamos, tendríamos que añadir.
Nuestra oración tiene que estar inflamada por ese amor que sabemos que Dios nos tiene pero que nosotros queremos también tener. Así hemos de sentir ese calor del amor en nuestro corazón. Nuestra oración no puede ser nunca algo frió, rutinario, repetitivo, simplemente ritual. ¿Es así como nos tratamos con aquellos a los que amamos?
Cuando los amigos que se quieren de verdad se encuentran, hablan y hablan sin cansarse, siempre con alegría e ilusión, siempre compartiendo y contando todo lo que es su vida, siempre abriendo totalmente el corazón, sin medidas de tiempo, convirtiendo en eternidad el tiempo que estamos juntos, simplemente gozando de la presencia del amigo sin necesidad muchas veces de decir muchas cosas. ¿Es la manera como hacemos nuestra oración?

miércoles, 15 de octubre de 2014

El testimonio de vida de santa Teresa sigue siendo un grito a la Iglesia de hoy para seguir buscando la fidelidad al evangelio

El testimonio de vida de santa Teresa sigue siendo un grito a la Iglesia de hoy para seguir buscando la fidelidad al evangelio

Eclesiástico, 15, 1-6; Sal. 88; Mt. 11, 25-30
‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Es la antífona que nos propone la liturgia para comenzar hoy la celebración de esta fiesta de santa Teresa de Jesús. Sedienta de Dios buscó a Dios, lo encontró y se llenó de Dios, se transverberó en Dios en las más profundas cotas de contemplación mística.
Hace quinientos años nació en Ávila y allí a los veinte años se consagró al Señor entrando en el Monasterio de la Encarnación. Por eso estamos iniciando este año jubilar que celebra toda la orden de los Carmelitas y también toda la Iglesia de España con motivo de este quinientos aniversario de su nacimiento. Esperamos, incluso, que a lo largo del año el Papa Francisco, como lo ha prometido, se haga presente en Ávila y en Alba de Tormes, quizá en un viaje relámpago, en esta hermosa conmemoración que estamos haciendo este año.
Su vida fue una búsqueda de Dios, búsqueda afanosa y dura en momentos con sequedades en el espíritu, con momentos de crisis en que más buscaba la comodidad dentro del convento que el sacrificio hasta que se encontró con la sabiduría de Dios que le conduciría por altos caminos de santidad. Después de muchos años en el convento entre dudas y tormentos por fin convirtió totalmente su corazón a Dios y sintió que Dios la impulsaba por caminos de reforma y renovación no solo de su vida, sino también de los conventos del Carmelo. Había recorrido un largo camino de ascesis y de purificación subiendo poco a pocos las moradas de su Castillo interior hasta llegar al éxtasis supremo de su vida mística donde ya no vivía sino para Dios y para vivir plenamente unida a El.
Después de fundar el convento reformado de san José en la propia Ávila inició el camino de la reforma como mujer andariega por los caminos de Castilla y de España entera para ir multiplicando las fundaciones de los nuevos conventos nacidos de la reforma del Carmelo; tarea en la que se vio ayudada por otro gran santo reformador y místico también de la Orden del Carmelo, San Juan de la Cruz. Moriría en Alba de Tormes tal día como hoy en medio de sus grandes recorridos por los caminos de Castilla mientras se dirigía a Salamanca en esa tarea reformadora de la Orden del Carmelo.
 Bien podemos aplicar a santa Teresa lo que nos ha descrito el libro del Eclesiástico que escuchábamos en la primera lectura: ‘El que teme al Señor obrará así, observando la ley, alcanzará la sabiduría’. Buscaba a Dios y se encontró con la sabiduría de Dios; el Dios que se revela y manifiesta a los que son pequeños y humildes, como escuchábamos en el evangelio, llenó el corazón de Teresa cuando purificándose y liberándose de todos sus apegos tras un duro camino de ascesis, supo vaciarse de si misma  y Dios llenó e inundó su corazón.
‘La alimentó con el pan de la sensatez y le dio a beber el agua de la prudencia… la llenó de sabiduría e inteligencia…, para que abriera su boca en la Asamblea…’ podemos parafrasear el texto de la primera lectura viendo la misión que tuvo santa Teresa en medio de la Iglesia. Asumió ella su misión y ella la humilde monja del convento se convirtió en maestra de la sabiduría de Dios en medio de la Iglesia con sus escritos y con el testimonio de su vida y quiso ser fiel a Dios y a la Iglesia hasta su muerte. La Iglesia lo ha reconocido no solo proclamándola como santa a quien podemos y tenemos que imitar y que se convierte en intercesora nuestra en el cielo, sino también declarándola doctora de la Iglesia porque de ella podemos aprender esos caminos de la mística que nos conducen a la perfección más alta y a la unión más profunda con Dios.
El testimonio y la vida de santa Teresa sigue siendo un grito que resuena hoy en medio de la Iglesia también en nuestros tiempos. No eran fáciles los momentos que vivió la santa en su tiempo pero tuvo la energía y la fortaleza de Dios para emprender la reforma de aquella parcela de la Iglesia,  que era la vida religiosa en aquellas comunidades del Carmelo para que mantuvieran su fidelidad al evangelio y a lo que era el espíritu de la Orden Carmelita desde el principio, pero que había comenzado por la propia reforma de su corazón para que fuera totalmente para Dios.
Su testimonio y ejemplo nos ayuda en nuestros tiempos que también decimos en muchas ocasiones que son difíciles, pero que también son el tiempo de Dios hoy para nosotros y para nuestro mundo; ese tiempo de Dios en que también hemos de saber buscar y encontrar esas raíces del Evangelio, ese espíritu del Evangelio que debe impregnar todo el sentir de la iglesia y todo el sentido de nuestra propia vida que hemos de reconducir por caminos de mayor fidelidad y santidad.

Testimonio y ejemplo para la Iglesia hoy; testimonio y ejemplo que personalmente para cada uno se ha de convertir en llamada del Señor a esa renovación de nuestra vida por caminos de mayor fidelidad y santidad. 

martes, 15 de octubre de 2013

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo

Santa Teresa de Jesús

Eclesiástico, 15, 1-6; Sal. 88; Mt. 11, 25-30
‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Estas palabras tomadas de los salmos son con las que la liturgia ha querido comenzar a cantar al Señor en este día, en nuestra celebración de la Eucaristía.
Es el deseo de Dios, el ansia de Dios, como el sediento que busca el agua viva que calme su sed, como la cierva que busca las corrientes de agua donde apagar su sed. Es lo que realmente tendría que ser el camino de nuestra vida cristiana, si en verdad porque creemos en El, Dios lo es todo para nosotros. Así tendríamos que buscarlo y desearlo; con esos deseos tendríamos que abrir nuestro corazón a Dios para que en verdad el sea el centro de nuestra vida, y sacie plenamente los más altos y hermosos deseos de nuestro corazón.   
Esta antífona, tomada de los salmos como decíamos, refleja perfectamente el alma de santa Teresa de Jesús, a quien hoy estamos celebrando. Teresa de Jesús es esa alma sedienta de Dios que supo encontrar la fuente hasta llegar a disfrutar de Dios de una forma sublime en las alturas místicas en las que su alma se vio envuelta como ninguna. Se llenó de Dios y Dios le dio un alma grande y generosa para realizar una gran obra en la Iglesia con la reforma de la Orden del Carmelo, que le llevaría incluso a fundar numerosos monasterios a lo largo de toda la geografía peninsular. La andariega de Dios, porque era a Dios a quien ella estaba llevando a los demás cuando de tal manera ella se había llenado místicamente de Dios.
Fue largo el recorrido que tuvo que realizar, su camino interior, el camino del castillo interior como luego ella describiría en sus libros, pero le costó. Aunque de joven había entrado en el monasterio del Carmelo para vivir su consagración al Señor fueron grandes las turbulencias por las que tuvo que pasar su alma, llena de sequedades y momentos duros y difíciles en muchas ocasiones; pero en la medida en que fue despojándose de sí misma emprendió ese camino de perfección que llegó a recorrer para vivir ya solo para Dios y en el que la Iglesia nos la ofrece como modelo de camino de perfección, como expresábamos en la oración litúrgica de esta fiesta.
Hoy hemos escuchado en el evangelio cómo Jesús da gracias al Padre que se reveló y se manifestó a los pequeños y sencillos. Muchas veces hemos meditado este texto para aprender a tener nosotros esa alma humilde y sencilla que sea capaz de llenarse de Dios. Es lo que vivió santa Teresa de Jesús; como decíamos antes, cuando aprendió a despojarse de si misma, a pesar de que llevaba ya muchos años en la vida religiosa y dentro del monasterio de la Encarnación, fue cuando comenzó a tener esa sed del Dios vivo, aprendió a saborear la sabiduría de Dios y cuando ella en verdad se fue llenando de Dios recorriendo ese camino de ascesis primero, purificándose de todo lo que pudieran ser ataduras en su corazón, y luego subiendo poco a poco los peldaños que la llevarían a la altura de su misticismo en su profunda unión con Dios.
Nos gozamos nosotros en este día en que celebramos a santa Teresa de Jesús, Virgen y Doctora de la Iglesia. Nos gozamos y en su santidad nos sentimos estimulados para que se despierte en nosotros esa misma ansia de Dios, esa sed de Dios que le llevó a ella por esos caminos de unión con Dios. Contemplando el camino de santidad de santa Teresa un cristiano tendría que sentir en su corazón una santa envidia de cómo ella llegó a esa unión tan íntima y profunda con Dios. Como ya hemos dicho recordando lo que pedíamos en la oración litúrgica, Dios quiso suscitar por inspiración del Espíritu Santo esos deseos de santidad, ese camino de perfección, que encienda, pues, en nosotros también el deseo de la verdadera santidad.
Ese tiene que ser el sentido verdadero de la celebración de los santos. Ellos pudieron realizar ese camino de santidad con dificultades semejantes a las nuestras pero supieron poner toda su fe en Dios y en El encontraron la fuerza para realizar ese camino. Podemos nosotros hacer también ese camino, en el que además contamos también con su intercesión. Por eso también en este día muchas personas que han consagrado sus vidas al Señor en la vida religiosa, sintiéndose estimuladas por el ejemplo de Santa Teresa, de alguna manera renuevan sus votos de consagración al Señor.

Que santa Teresa nos alcance la gracia del Señor para que en verdad cada día más aspiremos a la santidad en nuestra vida.

lunes, 15 de octubre de 2012


Un modelo de camino de perfección, santa Teresa de Jesús

Ecl. 15, 1-6; Sal. 88; Mt. 11, 25-30
‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Con esta antífona tomada de los salmos comienza la liturgia este día de la fiesta de Santa Teresa de Jesús. ¡Qué mejor para expresar el ansia de Dios de aquella alma sedienta de infinito que llegó a unión tan profunda con Dios en la mística de la contemplación!
Contemplar a Santa Teresa de Jesús es contemplar un ‘camino de perfección’ que fue todo el trascurso de su vida. A los diez y ocho años entra en el Carmelo, en el Monasterio de la Encarnación de Ávila donde había nacido. Han de pasar muchos años de luchas, de altibajos, de momentos de sequedad y momentos de consolación hasta que va subiendo poco a poco los peldaños de ese castillo interior que le llevaría a la perfección y a la santidad.
Ella misma lo narra con toda sinceridad en el libro de su vida. Momentos de cercanía de Dios y momentos de aridez espiritual, pero en los que poco a poco va enamorándose más y más del Amor de su vida. Era una guerra interior como ella misma explica. ‘Ni yo gozaba de Dios, ni traía contento en el mundo. Cuando estaba en los contentos del mundo, en acordarme de lo que debía a Dios era con pena; cuando estaba con Dios, las aficiones del mundo me desosegaban’. Pero poco a poco fue profundizando en oración que para ella era sentirse mirada de Dios para tratar con El de las cosas del Amado.
Cuando finalmente se da totalmente a Dios emprende la reforma del Carmelo, se va a San José, en el mismo Ávila y luego recorrería los caminos de España como la monja andariega fundando conventos y monasterios a lo largo y ancho de toda la geografía peninsular. Con san Juan de la Cruz colaboró en la reforma de la Orden Carmelitana que haría tanto bien a la Iglesia.
En la liturgia de este día se nos dice que el Señor suscitó a Santa Teresa para mostrarnos el camino de perfección, ya que se convierte en maestra de oración y de vida espiritual para todos nosotros. La Iglesia no solo reconoce su santidad sino que también la ha proclamado Doctora de la Iglesia, por lo que su vida se convierte en una escuela de enseñando de vida espiritual para toda la Iglesia, que enciende en nosotros los deseos de la verdadera santidad.
Aunque estamos lejos de esa santidad es el camino de perfección que nosotros tenemos que saber emprender también. Un camino de purificación, de humildad, de ascesis, de crecimiento interior. Un camino en el que hemos de ir creciendo también en nuestro espíritu de oración, aunque como le sucedía en principio a santa Teresa sintamos también tanto desosiego interior cuando intentamos sentirnos mirados por Dios en la oración. Pero como ella misma decía en inigualables versos ‘nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta’.
Que aprendamos nosotros a sentir también esas ansias de Dios, como expresábamos con el salmo en la antífona de entrada de la liturgia de este día. Que en verdad estemos sedientos de Dios y busquemos las fuentes de agua viva que nos lleven a la plenitud, nos hagan caminar esos caminos de perfección y santidad.
Como tantas veces hemos meditado en el evangelio que hoy también se nos proclama que sepamos hacernos, pequeños, humildes y sencillos porque es el camino que nos lleva mejor a conocer a Dios.

sábado, 15 de octubre de 2011

En Santa Teresa nos muestra el Señor el camino de la perfección que hemos de recorrer



Ecls. 15, 1-6;

Sal. 88;

Mt. 11, 25-30

‘Tú has suscitado Santa Teresa, por inspiración del Espíritu Santo, para mostrar a tu Iglesia el camino de la perfección… enciende en nosotros el deseo de la verdadera santidad…’ Es lo que la Iglesia hoy nos propone que oremos al Señor en la festividad de Santa Teresa de Jesús que estamos celebrando.

Nos expresa muy bien lo que quiere hacer la Iglesia cuando nos presenta la figura de los santos y nos invita a celebrar su fiesta: mostrarnos el camino de la perfección, el camino de la santidad que hemos de seguir. Porque es además a lo que todo cristiano ha de aspirar y en los santos vemos el ejemplo y el estímulo para ese camino que hemos de seguir.

Muchas veces los cristianos cuando pensamos en los santos, hablamos de ello o le tenemos devoción los queremos mirar casi exclusivamente en lo milagrosos que puedan ser para nosotros al concedernos lo que le pidamos. Es cierto que interceden por nosotros ante el Señor, pero fundamentalmente la gracia que nos quieren alcanzar del Señor es que nosotros también recorramos ese camino de santidad, ese camino de seguimiento de Jesús en total fidelidad, ese camino de perfección.

Miramos la figura de santa Teresa de Jesús y nos sentimos encandilados por su santidad, por su entrega, por su mística, por la obra maravillosa que realizó en la reforma del Carmelo y todo lo que significó para restauración de la vida de la Iglesia en aquellos tiempos nada fáciles en que ella vivió pero que sigue significando hoy también en la vida de la Iglesia y de los cristianos.

Yo quisiera mirar a Santa Teresa de Jesús hoy precisamente en ese camino de perfección que ella realizó en su vida y que nos puede servir a nosotros de hermoso estímulo. Camino de perfección, las moradas o castillo interior fueron etapas del camino de su vida y que nos dejó hermosamente reflejados en sus escritos místicos con estos mismos nombres y que son también obra cumbre de la literatura española en el siglo de Oro.

Fue camino y camino costoso y largo el que ella realizó. Entro de 20 años más o menos en el Carmelo de la Encarnación en Avila y allí pasaría muchos años de luchas, de ascesis, de sequedades espirituales, de dudas, de sufrimiento físico y espiritual, de momentos de fervor místico, de purificación interior, hasta que llegó el momento de su alma convertirse totalmente al Señor, de sentirse totalmente tomada por el Señor en místico desposorio.

Luego vendría la obra de la reforma del Carmelo que no le fue fácil porque también encontró dificultades y oposición, pero ella se dejaba conducir por el Señor. Vendrán las fundaciones, primero san José como inicio de la reforma, y luego recorriendo a lo largo y a lo ancho toda Castilla y casi toda la Peninsula entre dolores y sufrimientos, físicos en sus enfermedades y espirituales de todo tipo. Fue así como realizó su camino de perfección, el camino que la llevó a la mística y a la santidad.

Ahí está el testimonio y el ejemplo para nuestra vida; vida también de superación, de lucha interior, de purificación, de crecimiento espiritual que nosotros también hemos de realizar cuando queremos vivir a tope nuestra fe y nuestro seguimiento de Jesús. No siempre nos será fácil porque aparecerá en nuestra vida la tentación y también muchas veces el sufrimiento, que no sólo es lo físico de nuestras limitaciones corporales, sino muchas veces en nuestro interior producido por muchas cosas.

En silencio y en soledad, aunque nunca nos sentiremos solos porque siempre está la presencia y la fuerza del Señor día a día tenemos que ir realizando ese crecimiento de nuestro espíritu, de nuestra santidad. Es el camino de perfección que cada uno hemos de recorrer y en el que no nos faltará la fuerza y la asistencia del Espíritu Santo. Dios irá poniendo también a nuestro lado personas que nos ayuden, que puedan ser también una guía espiritual, y que tenemos que saber descubrir.

Y todo esto que estamos reflexionando no es sólo para los místicos, por así decirlo, sino que es el camino de nuestra vida cristiana que todos, mayores o jóvenes o en cualquier estado de nuestra vida, tenemos que saber recorrer. Que en Santa Teresa a quien hoy celebramos encontremos ejemplo y estímulo y que ella interceda por nosotros para alcanzar del Señor esa gracia de la santidad para nosotros.