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miércoles, 15 de octubre de 2025

Aprendamos a encontrar la paz y la serenidad del Espíritu en la espiritualidad del evangelio porque donde está un cristiano siempre tiene que desbordarse la paz

 


Aprendamos a encontrar la paz y la serenidad del Espíritu en la espiritualidad del evangelio porque donde está un cristiano siempre tiene que desbordarse la paz

Eclesiástico 15, 1-6; Salmo 88; Mateo 11, 25-30

Todos quizás habremos pasado en alguna ocasión por la experiencia de estar con alguien cuya sola presencia nos infunde una paz y una serenidad a nuestro espíritu que luego no quisiéramos cambiar por nada; no nos dicen quizás grandes cosas, no quieren convertirse en maestros de nuestras vida, pero realmente lo están siendo con sola su presencia y una palabra que nos dicen nos hacen vibrar nuestro espíritu pero al mismo tiempo sintiendo una paz que no somos capaces de describir. Es su serenidad, su mirada directa y limpia, la atención que nos prestan, su capacidad de escucha, incluso el silencio que se provoca a su alrededor que nos hace sentirnos como transportados, como si estuviéramos en otra órbita o dimensión, donde no nos sentiremos turbados por nada que suceda a nuestro alrededor por muy desagradable que sea en si misma.

Tienen otra manera de afrontar la vida y los problemas que los hace mantener esa serenidad de espíritu y de alguna manera nos están impulsando a tener también nosotros esa paz y esa serenidad ante la vida. Hay en ellos una espiritualidad que enamora y nos impulsa a mirarnos nosotros mismos a nuestro interior, para aprender a saborear allá en lo más recóndito de nosotros mismos también esa paz. Algo que se vuelve contagioso, algo que nos hace sentir la inquietud por algo nuevo y distinto porque nos hace descubrir una grandeza distinta de la vida y de lo que incluso nosotros mismos somos.

Estoy hablando de experiencias humanas que nosotros hayamos podido tener y sentir con alguien, pero al mismo tiempo estoy queriendo pensar por qué nosotros, todos los que creemos en Jesús, no hemos llegado a esa sabiduría de la vida que en el evangelio podemos encontrar. Con Jesús siempre tendríamos que sentirnos así. Esa tiene que ser la más profunda experiencia religiosa que hayamos de vivir; eso tendría que ser de lo que hiciéramos gala y tendríamos que ser capaces de trasmitir a los demás.

¿Qué nos está diciendo en realidad el evangelio que hoy se nos proclama? Que en Jesús podemos encontrar siempre esa paz y ese descanso para nuestro espíritu. Nos invita Jesús a que vayamos a El porque a pesar de que por los avatares y tareas de la vida pudiéramos sentirnos agobiados, en El siempre vamos a encontrar esa paz para nuestro espíritu, con El tendríamos una forma nueva y distinta de afrontar todo eso que nos parece duro en tantas ocasiones de la vida.

Y Jesús nos habla de la mansedumbre de su corazón del que tenemos que contagiarnos; nos habla de esa sencillez y humildad con que hemos de afrontar la vida para darnos cuenta que en el pequeño y en lo sencillo es donde encontraremos nuestra mayor grandeza. ‘Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón’ nos dice.

Son los orgullos y las violencias malos compañeros de nuestro caminar, es esa ambición con la que parece que nos vamos a comer el mundo lo que llenará de intranquilidad nuestro espíritu para convertirlo todo en una guerra, son esas carreras ambiciones la que no nos dejarán entrar en nosotros mismos para descubrir esas pequeñas cosas que serán las que dan belleza y grandeza a nuestra vida. Es lo que finalmente nos hace perder la paz y cuando no hay serenidad en nuestro espíritu todo se vuelve tumultuoso y violento.

Quedándonos en lo pequeño, haciéndonos nosotros pequeños e incluso con la ingenuidad de los niños, cómo aprenderemos a llenarnos de Dios, a gustar esa nueva sabiduría que dará verdadero sabor a nuestra vida. Es lo que nos hará crecer en una espiritualidad profunda que nos hará sentir esa paz de Dios en nuestro corazón y de la que querremos contagiar a cuantos estén a nuestro lado.

Estamos haciéndonos estas consideraciones a partir de los textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de este día en que celebramos a Santa Teresa de Jesús. Una mujer de un gran recorrido en su vida que le fue haciendo comprender y vivir esa paz de Dios en su profunda espiritual y en la mística que envolvió su vida. Pero mientras no supo despojarse de si misma, su vida fue turbulenta; cuando se vació de si misma pudo llenarse de Dios de manera que en ella contemplamos una de las grandes místicas de la historia de la Iglesia. Fue el camino que luego emprendió de la reforma del Carmelo para dejarnos esos recintos de paz que son sus monasterios y que nos llevan a ese encuentro profundo con Dios.

No llegaremos a esa mística de san Teresa de Jesús, pero sí podremos aprender a encontrar esa paz y serenidad de nuestro espíritu cuando en verdad pongamos el descanso de nuestra vida en Dios, cuando nos dejemos empapar por la espiritualidad del Evangelio, que es llenarnos del Espíritu de Dios. Es también lo que estamos llamados a trasmitir a los demás, porque allí donde esté un cristiano, un creyente en Jesús, tiene siempre que desbordar la paz. Será difícil, pero es a lo que tenemos que aspirar.

martes, 26 de noviembre de 2024

No podemos quedarnos impasibles permitiendo que se destruya ese templo hermoso de la vida que Dios ha llenado de tanta belleza

 


No podemos quedarnos impasibles permitiendo que se destruya ese templo hermoso de la vida que Dios ha llenado de tanta belleza

Apocalipsis 14,14-19; Salmo 95; Lucas 21,5-11

Cuando una cosa que nosotros consideramos de gran valor, una joya, una obra de arte, algo quizás muy querido para nosotros vemos que se resquebraja en nuestras manos y se destruye sentimos un gran pesar y dolor por la pérdida; me viene a la mente lo que habrán sufrido los damnificados por la DANA recientemente en Valencia cuando veían que perdían sus casas y sus pertenencias, que estaban en peligro por sus vidas, que muchas de aquellas cosas valiosas que tenían se las llevaba la inundación, grande sería su dolor.

Hoy escuchamos en el evangelio que Jesús les anuncia que aquel templo tan hermoso, del que todos se sentían orgullosos y al que amaban mucho por su significado en sus vidas como pueblo y como pueblo creyente un día va a ser destruido. Grande sería la decepción que sentían en aquellos momentos, y aunque aun no había sucedido – cuando nos lo narra el evangelista habla ya de hechos pasados y consumados – el dolor que sentían sería también abrumador.

Pero Jesús está queriendo decirles algo más. Aquel templo sería destruido, pero un día Jesús había hablado, aunque no lo habían comprendido, que podrían destruir ese templo y El en tres días reconstruirlo. Los evangelistas nos dirán que los discípulos lo entendieron después de su muerte y de su resurrección, porque El estaba refiriéndose no solo a aquel templo material, sino al templo de su cuerpo, estaba anunciando su muerte y resurrección.

Creo que desde esa honda tenemos hoy nosotros que escuchar este evangelio. Y es que a continuación Jesús habla de muchas cosas que les causarían dolor, les habla de catástrofes naturales, como les habla de violencias y de guerras; parece que está haciendo un anuncio de la historia, pero también estuviera hablando del momento final de la historia, del fin del mundo. Ciertamente no deja de hacerlo, pero algo más quiere decirnos Jesús.

¿Hablaba de aquel templo, pero hablaba del propio templo que era su Cuerpo? ¿Nos estará hablando de ese templo de Dios que somos nosotros también? ¿Y de igual manera no lo llenamos también de muerte? ¿De alguna forma no estaremos en el devenir de nuestra historia personal llenándonos de muerte, y no es ya solo la muerte corporal que un día nos sucederá cuando llegue el final de nuestros días sino de esa muerte que nos inflingimos cuando no estamos amando de verdad la vida?

Catástrofes y violencias, odio y muerte que se suceden en nuestra historia, que vamos viviendo también en nosotros cuando nuestras relaciones se llenan de violencias, de resentimientos, de venganzas, de orgullos y envidias, de egoísmo y de insolidaridad. Nos está recordando Jesús lo que puede ser nuestra vida cuando cerramos nuestros oídos a su evangelio, cuando desterramos de nosotros el amor y las buenas maneras, cuando nos entran las desconfianzas y nos dejamos envolver por la malicia. Muchas veces nuestras mutuas relaciones son peores que una guerra, la violencia con que avasallamos tantas veces a los que nos rodean es peor que las avalanchas de unas inundaciones que todo se lo llevan por delante, nuestros orgullos y nuestro amor propio con verdaderos terremotos que echan abajo los cimientos de la amistad y de las buenas relaciones, el odio nos oscurece la vida peor que una noche de tinieblas si perdiéramos el sol y se cayeran las estrellas del cielo.

Y Jesús nos dice que todo eso está por venir, que en esas redes podemos caer, pero que de esas catástrofes y calamidades con que llenamos nuestra vida podemos salir. Las palabras de Jesús son una alerta, un toque de atención, pero también una luz de esperanza, que bien necesitamos. No  nos dejemos engañar, nos dice, porque serán muchas las confusiones que nos sobrevendrán. Tengamos la certeza de que Dios está con nosotros y con El tenemos asegurada la victoria, podemos hacer un mundo nuevo. Es nuestra tarea y es el compromiso de nuestra fe.

¿Dejaremos que se destruya ese templo y nos quedamos impasibles? ¿Dejaremos que se destruya nuestra vida, nuestro mundo, nuestras relaciones con los demás, la convivencia, la Paz? No son cosas sobrevenidas sino que son cosas que nosotros hacemos o en nuestra dejación contribuimos negativamente.

martes, 16 de enero de 2024

Encontremos el verdadero sentido de nuestro vivir, descubramos la sabiduría para saber hacer, saber encontrar y saber saborear la vida en toda su dignidad

 


Encontremos el verdadero sentido de nuestro vivir, descubramos la sabiduría para saber hacer, saber encontrar y saber saborear la vida en toda su dignidad

1Samuel 16, 1-13; Sal 88; Marcos 2, 23-28

Unos raíles, es cierto, que nos valen para que el ferrocarril no se salga de su camino, de la vía y pueda llegar a término; pero está constreñido a ese corto espacio que medio entre los raíles y de ahí se puede salir; un camino abierto en el campo es más amplio, y te permitirá moverte con mayor libertad mientras cuides no salirte de sus límites para evitar la caída por los precipicios.

Son imágenes, es cierto, que nos valen y nos ayudan en cierto modo para entender el camino de la vida que tenemos que hacer, pero la vida es algo más que un camino constreñido por unos límites, porque vivir es también la libertad, donde nos hacemos el camino, aunque tenemos que saber donde están los peligros que nos pueden dañar; serán quizás unas señales que nos ayuden a encontrar la dirección dentro de esa libertad de movimientos que es el vivir, y que nos harán evitar también los peligros, pero dependiendo de nosotros mismos que tomemos las decisiones más acertadas para no perder el rumbo de ese camino. Porque ya lo importante somos nosotros con nuestras decisiones, con nuestra libertad, con nuestra inteligencia que nos ayude a discernir lo que es bueno, lo que me va a ayudar a vivir la vida en la mayor plenitud.

¿Necesitaremos cauces que encarrilen la vida? ¿Necesitaremos señales que incluso puedan poner límites? Pero necesitamos fundamentalmente el discernimiento de la persona que busca y que elige, que se enamora de lo bello y de lo bueno y sin confundirse escogerá siempre lo mejor. Es la grandeza de la persona, es su valor, es su propia dignidad, descubriendo, repito sin confundirnos, esa semilla de belleza y de verdad que llevamos en el corazón. Es la sabiduría de la vida.

Sí, tener esa sabiduría para saber vivir. No podemos vernos restringidos solamente por unas normas que se nos imponen, no siendo capaces de aprender a vivir en libertad. Pero si tenemos que saber escuchar aquello que nos enseña cual es el camino para saber actuar por nosotros mismos, aunque eso se nos haga difícil en ocasiones. Cuando la vida la convertimos en el cumplimiento ciego de unas normas terminando no siendo nosotros mismos los que actuamos y nuestro único merito sería, si es que lo podemos llamar mérito, para cumplir ciegamente eso que parece que nos viene como una imposición.

Tenemos, pues, que entender bien el sentido de unos mandamientos para poder saber actuar con sabiduría en todo momento encontrando esa ayuda que nos señala cauces, pero que al mismo tiempo nos deja actuar con libertad, que es un don que Dios también ha puesto en el corazón del hombre.

Es lo que nos está proponiendo Jesús en el evangelio. Parece como si fuera solamente una lucha rebelde contra todo lo que fuera la imposición de las miles de normas con que habían llenado sus vidas los israelitas, y el actuar con conciencia de libertad, pero también como con una ofrenda de amor que hacemos con nuestra vida para encontrar ese camino que nos conduzca a mayor plenitud como personas.

Hoy se nos habla en el evangelio de unos preceptos que habían ido acrecentándose alrededor de los mandamientos del Señor y que venían a constreñir la vida de los creyentes de manera incluso que no llegaban a encontrarle un sabor agradable a la vida. Es un detalle que pudiera parecer insignificante, pero que expresa ese cinturón que de alguna manera envolvía a la persona impidiéndole incluso llegar a ser ella misma. No podían coger ni unos granos de trigo mientras caminaban un sábado por medio de los sembrados porque unas normas que se habían impuesto se lo impedían porque así podría parecer que eran infieles a Dios. Y Jesús les dice que no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre. Es necesario, sí, el descanso, pero es necesario cuidar todo lo que signifique la dignidad de la persona.

Vivamos y vivamos con dignidad, disfrutemos del vivir pero sin dañar nunca la dignidad de la persona; encontremos el verdadero sentido de nuestro vivir, descubramos la sabiduría para saber hacer, saber encontrar y saber saborear la vida en toda su dignidad. Y claro nos miramos a nosotros, pero miramos y cuidamos también la dignidad de los que nos rodean.

jueves, 26 de enero de 2023

No ocultemos la luz de nuestra fe y de nuestro amor, aquello que da sentido y valor a nuestra vida, no nos avergoncemos de llevar el nombre de Jesús en nuestros labios

 


No ocultemos la luz de nuestra fe y de nuestro amor, aquello que da sentido y valor a nuestra vida, no nos avergoncemos de llevar el nombre de Jesús en nuestros labios

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 4, 21-25

Una pregunta que parece retórica que hace hoy Jesús en el evangelio quiere ser como un interrogante muy serio que Jesús nos hace sobre nuestra vida cristiana y lo que hacemos con ella. Porque hemos de reconocer que parece muchas veces que los cristianos, en lugar de ir encendiendo luces y colocándolas en lugar muy alto para que iluminen somos como esa bombilla que está colocada en un pasadizo oscuro, pero que nunca encendemos para que se pueda circular con toda libertad y confianza por él. La bombilla está colocada bien alta, colgando del techo y en un lugar estratégico, pero no está encendida.

Y nos dice Jesús que la luz no es para esconderla debajo del celemín, para esconderla en el cajón, necesita ser colocada en el mejor lugar para que ilumine. Y los cristianos no terminamos de dar luz a nuestro mundo. Parecemos quizás una lámpara antigua muy bonita de apariencia pero no terminamos de ser luz en medio de nuestro mundo.

La luz nos hará atravesar aquel pasillo oscuro, pero sin tropiezos ni dificultades, porque más bien con esa luz encendida hasta podríamos contemplar verdaderas obras de arte que ocultas en la oscuridad sin embargo cuelgan de aquellas paredes. Cuántas cosas nos perdemos por no tener encendida estratégicamente esa luz de nuestra fe. Muchas veces nos estamos quejando de lo mal que anda nuestro mundo, que si se han perdido u ocultado valores que eran realmente importantes, que si la gente anda desorientada y sin saber a donde caminar, y así nos hacemos muchas consideraciones.

Pero porque nos faltan ojos luminosos en nuestra vida, no nos percatamos de las cosas buenas que también pueden haber en los demás; porque cada uno parece que quiere cuidar su vela solo para sí, no nos damos cuenta que uniendo nuestras luces con las de los demás podremos hacer un mundo más brillante donde podemos tener la sorpresa de encontrarnos muchas cosas bellas en los demás; porque llevamos en modo opaco la luz de nuestra linterna no nos damos cuenta de los tesoros maravillosos que hay en muchas personas y que si supiéramos juntarlos podríamos ser una riqueza muy importante para nuestro mundo.

Encendamos la luz para descubrir la belleza de la luz que nos puedan ofrecer los demás; encendamos la luz para que contemplemos en toda su crudeza ese campo del mundo que tenemos delante y en el que hemos de ir sembrando buenas semillas y de donde podremos recoger un día numerosos y sabrosos frutos.

Encendamos la luz para que reine la alegría porque nuestros corazones se llenen de ilusión y de esperanza cuando vemos que es posible otro mundo, que no todo tienen que ser negruras y tristezas, que podemos descubrir el brillo que hay en los ojos de los que quieren caminar con ilusión y quieren construir cosas buenas. Así podremos hacer distinta la vida, distintos nuestros esfuerzos y nuestras luchas, porque nos servimos incluso de estímulo los unos a los otros.


No ocultemos la luz de nuestra fe y de nuestro amor, no ocultemos aquello que da sentido y valor a nuestra vida, no nos avergoncemos de llevar el nombre de Jesús en nuestros labios, de testimoniar esa trascendencia con que llenamos nuestra vida, de ese valor espiritual también de nuestra existencia. Nuestro mundo necesita esa luz, necesita ese testimonio, que esté encendida esa lámpara en ese pasadizo oscuro de la vida. No lo defraudemos, porque realmente lo están esperando de nosotros, aunque muchas veces no quieran incluso reconocerlo.

miércoles, 17 de agosto de 2022

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

 

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

Ezequiel 34, 1-11; Sal 22; Mateo 20, 1-16

Me siento muy satisfecho y muy honrado con que usted me haya permitido trabajar en su obra. Es quizás la reacción que con humildad y sinceridad alguien puede hacer porque, por ejemplo, un artista muy importante lo haya llamado a colaborar en la obra artística que estaba realizando. No va a aparecer su nombre quizá en ningún lado, porque la obra llevará el nombre de su autor, pero sí ha sentido el gozo de poder trabajar al lado y con las orientaciones de personaje tan importante. Esa persona por todas esas cosas disfrutaba de su trabajo, y poco le importaba que su remuneración quizás fuera mínima. Era fundamentalmente el gozo de lo que hacía, en lo que participaba, de la obra que estaba realizando.

Esto puede ser un caso extremo, pero si nos podría ayudar a preguntarnos si nosotros disfrutamos con lo que hacemos. Demasiado vemos el trabajo como una carga consecuencia del pecado, demasiado lo vemos como algo duro y agobiante, demasiado nos quedamos embrutecidos con lo material y lo costoso y no sabemos disfrutar de aquello donde estamos plasmando nuestro ser, porque el trabajo siempre es creador de algo nuevo, es expresión de lo que llevamos en el alma. Y el artista disfruta en su creación, aunque sea costoso, le exija esfuerzo y dedicación, pero allí está plasmando su vida.

‘Nosotros hemos pasado el calor y el bochorno del día’, se quejaban aquellos viñadores contratados, porque les parecía sentirse minusvalorados porque a ellos se les pagara igual que los que habían venido a la ultima hora. No habían disfrutado de su trabajo, no habían sabido descubrir esa vena creadora que tiene todo aquello que realizamos, donde plasmamos nuestro ser, nuestra vida, lo que somos y lo que somos capaces de realizar. Nos mueven solo los intereses, y no descubrimos la belleza de la vida y la belleza también de lo que es nuestro trabajo. No disfrutamos de la vida. ¿No es lo que tendríamos que hacer como el artista que disfruta de la creación de su obra?

Me surgen estas reflexiones desde la parábola que nos ofrece el evangelio. Nos habla del viñador que salió a la plaza a buscar jornaleros para su vida; a todos fue invitando en las distintas horas del día; no importaba ya la hora, ni siquiera la producción en sí misma como una riqueza de la que obtener beneficios. Importaban las personas, importaba el trabajo que realizaran, fuera a la hora que fuera, no importaba la tardanza a incorporarse al trabajo, sino la dicha de poder tener un trabajo; era la felicidad para el trabajador, como era la felicidad también para el que contrataba a aquellos jornaleros para su viña. Y el viñador estaba satisfecho y pagaba con generosidad el trabajo realizado.

Importa escuchar la voz del que nos llama a la tarea; importa la respuesta que damos con entusiasmo en cualquiera que sea la hora en la que la escuchamos. Algunos piensan que cuando ya son las horas de la tarde y se está terminando el día, cuando ya estamos quizás en el atardecer de la vida y nos parece que se nos está acabando la vida, para qué vamos a emprender algo nuevo, para qué vamos a emprender una tarea, y nos olvidamos de la riqueza de esa obra que puede salir de nuestras manos, de nuestro quehacer. En todo momento podemos sembrar una semilla o acudir a una vendimia; en todo momento puede salir una obra hermosa de nuestras manos.

Disfrutemos de la vida, disfrutemos del trabajo, seamos capaces de darnos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora, y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos. Aunque ya estemos en el ocaso de la vida. Es lo que yo intento seguir haciendo a mis años, quiero seguir sembrando buenas semillas en el campo de la vida.

miércoles, 9 de febrero de 2022

Cuídate, nos decimos, pero no olvidemos esos verdaderos valores que tienen que germinar dentro de nosotros para arrancar la maldad de dentro del corazón

 


Cuídate, nos decimos, pero no olvidemos esos verdaderos valores que tienen que germinar dentro de nosotros para arrancar la maldad de dentro del corazón

1Reyes 10, 1-10; Sal 36; Marcos 7, 14-23

Nos cuidamos. Todos andamos en lo mismo. Cuídate, le decimos al amigo cuando lo saludamos o cuando despedimos la conversación. Es algo que se ha metido como costumbre y todos queremos tener esos buenos deseos para los demás. Pero ¿qué es lo que tenemos que cuidar?

Quizás nos referimos a la salud; y ahora en estos tiempos de pandemia estamos deseando a todos que nadie se contagie, y que seamos prevenidos, que tomemos precauciones. Pero aunque no fueran tiempos de pandemia todos queremos cuidar nuestra salud, nuestro bienestar, decimos. Porque no queremos que pasen los años y dejen secuelas o huellas en nuestra vida, en nuestro cuerpo, y que tengamos las más mínimas limitaciones. Quizás estamos mandando al gimnasio a alguien para quitar los kilos de más, los ‘michelines’ que le quiten belleza a su figura. Queremos tener buena imagen. Y la gente se cuida, y busca todos los afeites del mundo para disimular ojeras o arrugas, o patas de gallo o canas, y acuden a la cirugía plástica para corregir defectos de imagen y no sé cuantas cosas más.

Nos cuidamos y le decimos a la gente que se cuide y podíamos pensar en muchas más en el sentido físico, en el cuerpo, pero ¿es solo lo que tenemos que cuidar? Creo que es la gran pregunta que tenemos que hacernos. ¿Dónde está la verdadera belleza de la persona? ¿Cuál es la mejor imagen que tenemos que presentar de nosotros mismos?

Aquí es donde tenemos que ponernos a pensar. ¿En qué gastos mis esfuerzos? ¿En qué realmente pongo mi empeño? ¿Nos quedaremos en bellezas externas? ¿En imágenes agradables y atrayentes? ¿Qué es lo que realmente tiene que ser atractivo en una persona? Reconozcamos que hacemos mucho esfuerzo por lo externo, por lo que a la larga es fugaz, efímero, y un día se va a difuminar como humo.

Hoy Jesús frente a unos conceptos de pureza que se habían creado los judíos donde incluso no podían tomar algunos alimentos porque eso los hacia impuros, nos habla de lo que sale del corazón. Porque lo impuro, nos viene a decir, no nos entra por la boca; la maldad la llevamos dentro del corazón.

Muchas veces las cosas que habían nacido con razones higiénicas, por llamarlas de alguna manera, pronto se habían convertido en ley para ellos y de lo que se quería evitar que pudiera dañar la salud humana, se había pasado a darle un tinte religioso y moralizante para convertir esos alimentos no solo en su aspecto dañino, dada la salubridad o no que podría tenerse en quienes vivían una vida trashumante, sino que se les consideraba alimentos impuros que ni siquiera podrían tocar. Ya el evangelista hace un comentario diciéndonos que Jesús estaba declarando a todos los alimentos puros.

Por eso cuando hemos venido hablando de qué es lo que tenemos que en verdad cuidar de nuestra vida, no nos podemos quedar en esos cuidados externos o corporales, aunque también tengamos que hacerlos. Es el cuidado de la vida, es el cuidado de la persona, es el cuidado de esos valores que nos dignifican, es el cuidado de aquello que nos hace verdaderamente grandes.

Y para ello lo que en verdad tenemos que purificar es el corazón. Porque de lo que tengamos en el corazón hablarán nuestros labios, o se manifestará en nuestras posturas o en las actitudes que tengamos en nuestras relaciones con los demás. Eso es lo que verdaderamente tenemos que cuidar.

¿Con que nos hacemos daño y hacemos daño también a los que están a nuestro lado? Porque también nos estamos haciendo daño a nosotros mismos cuando no curamos las heridas que tengamos en el corazón y dejamos que se enconen en orgullos y rivalidades, en violencias o en actitudes negativas hacia los demás; y salen las envidias, y salen las malquerencias, y sale el desprecio, y salen las criticas destructivas, y salen tantos venenos con los que queremos dañar a los demás, pero que realmente nos están envenenando a nosotros mismos.

Muchas veces se nos dice que tenemos que curar las heridas que hay dentro de nosotros. Para ello sé capaz de perdonar, sé capaz de ser comprensivo, sé capaz de mirarte con sinceridad a ti mismo, sé capaz de tratar al otro como quisieras que te trataran a ti. Son las actitudes nuevas que Jesús nos va enseñando en el evangelio. Son los pasos que tenemos que estar dispuestos a dar en ese camino de verdadera transformación de nuestra vida.

¿Cuál es la belleza que tenemos que manifestar? ¿Cuáles son las cosas en las que en verdad tenemos que cuidarnos?

lunes, 27 de julio de 2020

Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio




Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio

Jeremías 13, 1-11; Sal.: Dt 32, 18-19. 20. 21;  Mateo 13, 31-35
Alguien suele decir en su afán por tener todo ordenado, hasta las cosas que nos puedan parecer más insignificantes que ‘hay un lugar para cada cosa y cada cosa tiene su lugar’. No vamos a incidir tanto en el afán del orden cuando en la función que tienen las cosas que aunque nos parezcan pequeñas e insignificantes nos sirven para algo, contribuyen a la belleza del conjunto de la vida y nos pueden producir hondas satisfacciones y hasta alegrías.
¿Quién no se ha quedado como extasiado cuando escucha el trino de los pájaros que saltan y brincan entre las ramas de cualquier arbusto en nuestros prados, o los vemos revoloteando incluso en medio de las hierbas alegrándonos con la música de sus trinos o con el rico colorido de su plumaje? Algo tan natural y tan insignificante en apariencia pero que contribuye a la belleza de la naturaleza y que nos puede producir un sosiego y una paz grande en nuestro espíritu. Y sin embargo preocupados quizás por cosas que consideramos más importantes pasamos de largo y no somos capaces ni de oír el trino de los pájaros ni gozarnos en el colorido de nuestros campos admirándonos también con la belleza de las aves que surcan nuestros cielos. Quizá nos hace falta que un día alguien con alma de poeta nos haga detenernos a escuchar o nos ofrezca una fotografía con tal belleza, mientras lo tenemos delante de nuestros ojos y oídos y no somos capaces de valorarlo.
¿A qué viene todo esto?, me podréis decir, pero fijémonos que me ha hecho pensar en toda esa belleza lo que nos dice Jesús en una de sus parábolas hoy. Habla de la insignificancia de la semilla de la mostaza, pero nos habla de cómo es una planta que crece entre la que podrán revolotear hasta los pajarillos del cielo; y yo ya me sentía escuchando sus trinos. Quizá nos hace falta una cosa así que un día nos llame la atención para que aprendamos a valorar lo pequeño y lo sencillo que da belleza a la vida.
La otra parábola que Jesús nos ofrece hoy habla también de cosas pequeñas o usadas en pequeñas medidas pero que sin embargo hacen fermentar la masa, la levadura para el pan. Si antes nos deteníamos a contemplar la belleza que tendríamos que aprender a observar en nuestro entorno, ahora nos está diciendo como podemos darle vida a lo que hacemos o a lo que vivimos cada día con ese pequeño puñado de levadura. Y ya no es solo esa vida que le damos a lo que hacemos o vivimos, sino la vida que podemos trasmitir a los demás, el sabor nuevo que le podemos dar a nuestro mundo cuando en verdad usamos la levadura del evangelio.
Quizá vamos a una panadería donde se está elaborando el pan y pasamos de largo ante esos polvos (vamos a decir así) que podemos encontrar en cualquier rincón. Y sin embargo qué importantes son para la elaboración del pan, para hacer fermentar la masa y podamos tener ese pan crujiente y sabroso para nuestra alimentación. Quizá pasamos al lado del evangelio y pensamos simplemente en un libro más al que quizá no le damos importancia pero cuando nos lo tomamos en serio qué distinta es nuestra vida y cómo podemos también transformar nuestro mundo. Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio.
Y Jesús nos está pidiendo que nosotros con el evangelio bien encarnado en nuestras vidas seamos la levadura del mundo. No se trata ya solo de enseñar cosas – quizás nos hemos entretenido mucho en enseñar cosas – sino de impregnar nuestro mundo de ese sabor nuevo del evangelio. Cuánto tenemos que hacer.

miércoles, 10 de junio de 2020

Insignificantes bloques, ocultas paladas de hormigón tan necesarias e importantes en la construcción del edificio, fundamentos de nuestro camino de amor



Insignificantes bloques, ocultas paladas de hormigón tan necesarias e importantes en la construcción del edificio, fundamentos de nuestro camino de amor

1Reyes 18, 20-39; Sal 15; Mateo 5, 17-19
Cada bloque, cada palada de hormigón tiene su lugar y su importancia en la construcción de un edificio; no porque aquellos bloques queden a ocultas de la visión de la gente, o porque aquella palada de hormigón quede enterrada bajo tierra en la forja de los cimientos del edificio es menos importante o valioso que el resto de elementos con los que iremos conformando dicho edificio. Quizás nos esmeremos más en la belleza externa que le podamos dar a ciertos elementos porque van a conformar la figura y la imagen del edificio, pero la belleza y la fortaleza está en su conjunto que le daría la forma y la estabilidad que necesita para que cumpla con sus funciones.
Algunas veces hay cosas de las que decimos que son muy importantes y valiosas y no negamos ni su importancia ni su valor, pero hay muchas cosas que pueden pasar imperceptibles para la mayoría pero que serán gestos y valores igual de enriquecedores para aquellos con los que tengamos dichos gestos. Descubrir el valor de cada cosa, pero saber resaltar esas pequeñeces que se convierten en grandes gestos es una sabiduría en la que tenemos que ejercitarnos y que tenemos que aprender.
Así vamos construyendo nuestro camino de fe, el camino de la vida cristiana. Camino decimos, porque es ponernos a seguir a alguien, es dejarnos cautivar de un amor que lo queremos convertir en el amor de nuestra vida. Hemos descubierto un amor y queremos corresponder a ese amor. Porque lo hemos de tener claro, no son solo voluntades, buenas voluntades que nosotros tengamos, sino que nos hemos sentido envueltos en el amor, el amor de Dios que fue primero y queremos caminar en ese amor.
Cuando amamos, porque nos sentimos amados, lo que queremos en todo es corresponder a ese amor, y entonces comenzaremos a hacer de nuestra vida lo más parecido que podamos a lo que es ese amor que sentimos. Y decimos que queremos hacer su voluntad, descubrir lo que a Dios le agrada y fundamentalmente es que vivamos en ese amor y repartamos ese amor en nuestro derredor. Por eso decimos que queremos hacer su voluntad, hacer lo que le agrada al Señor. Lo llamamos mandamientos, porque es la palabra que desde siempre ha querido expresar lo que es la voluntad de Dios, pero cuando nos sentimos envueltos en el amor y nosotros queremos amar de la misma manera no lo hacemos simplemente porque esté mandado, sino porque queremos vivir en ese amor.
Claro que aparecen nuestras flaquezas y nuestras debilidades, y tenemos el peligro de que se nos enfríe ese amor y ya no amemos con la misma intensidad, que nos aparezca nuestro yo egoísta y comencemos más a pensar en nosotros mismos que en ese amor que tenemos que dar. Es la flaqueza de la humanidad de todos los tiempos. Y aparece la pedagogía divina que nos señala unos cauces, normas les decimos también, que nos van marcando ese camino que tenemos que recorrer tanto en nuestra relacion con Dios como con los demás para que no olvidemos el camino, para que no nos salgamos del camino. Y cada una de esas señales que nos trazan el cauce de nuestro camino son importantes; por eso no decimos que estas señales, estos mandamientos nos los podemos saltar, y solo los más importantes son los que tenemos que cumplir. Indicaría eso la pobreza de nuestro amor.
Es lo que nos dice Jesús que no viene a suprimir los mandamientos sino a darles plenitud; es lo que nos señala que no podemos saltarnos ninguno de esos mandamientos porque no los consideremos importantes sino que la grandeza de nuestro amor está en esa fidelidad también a aquello que nos parece pequeño. ‘Quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos’. Son esos insignificantes bloques, esas ocultas paladas de hormigón tan necesarias e importantes en la construcción del edificio.

viernes, 27 de marzo de 2020

Reconozcamos en verdad que Jesús es el Mesías que viene a renovar profundamente nuestra vida en el misterio de su Pascua


Reconozcamos en verdad que Jesús es el Mesías que viene a renovar profundamente nuestra vida en el misterio de su Pascua

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Sal 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30
En los días que nos restan de la cuaresma el evangelio que vamos a ir escuchando nos irá presentando aquella situación de tensión que sobre todo en Jerusalén se vivía en torno a Jesús. Los evangelistas sinópticos nos han ido presentando repetidamente los anuncios que Jesús hacía de cuanto le iba a suceder en su subida a Jerusalén, cosa que tanto los costaba comprender y aceptar por parte de los discípulos sobre del grupo más cercano a Jesús.
El evangelio de Juan, que es el que ahora principalmente iremos siguiendo nos presenta esa tensión entre los judíos – y con esa expresión quiere referirse sobre todo a los dirigentes de Jerusalén, sanedrín, sacerdotes, escribas, fariseos… - y Jesús. Ya repetidamente había ido apareciendo ese descontento de los dirigentes del pueblo contra Jesús y como lo acechaban para ver si podían cogerle en algo o cómo examinaban con lupa – es un decir – cuánto Jesús hacía para encontrar de qué acusarlo. Ahora ya serán diatribas y enfrentamientos directos, pero serán también las palabras firmes y con autoridad de Jesús que nos presenta su misión como enviado del Padre.
Hoy nos dice el evangelista que Jesús se había quedado en Galilea y no había subido con todos a Jerusalén para la fiesta de las Tiendas. Ya nos apunta que en Judea los judíos trataban de matarlo. Pero luego sube a Jerusalén sin dejarse ver mucho en principio por la gente. Pero siempre hay alguien que aun en el barullo de la fiesta reconoce a Jesús. Y ya algunos comienzan a hacer sus comentarios. ‘¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías?’
Grande era la confusión entre la gente sencilla que reconocía en Jesús el poder de Dios. ‘Nadie hace las cosas que El hace si Dios no está con él’ se decían unos otros; ‘nadie ha hablado con la autoridad con El habla’, comentaba la gente sencilla; ‘un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su pueblo’, reconocían cuando veían sus signos y milagros. Y no les cabía en la cabeza que los sumos sacerdotes y los principales del pueblo no lo reconocieran. Ahora se preguntan que si está en Jerusalén y está hablando públicamente, cuando incluso ya habían dejado correr la noticia de que lo prenderían, ahora no hicieran nada. ‘¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías?
Imagen de las confusiones que nosotros también en muchos momentos podemos sentir. Quizá muchas veces nuestra religiosidad ha estado marcada excesivamente por un tradicionalismo de aquello de decir ‘es que esto se ha hecho siempre así’, y cuando la Iglesia quiere hacernos salir de nuestras rutinas para darle una mayor autenticidad a lo que hacemos, o mejor, a lo que tenemos que vivir, quizá dentro de nosotros también se nos crea como una confusión.
Muchas veces esa confusión nacida de una comodidad con que nos tomamos la vida, donde no queremos esforzarnos, donde nos cuesta aceptar una renovación que nos hace pensar y que nos hace cuestionarnos cosas, donde hablamos fácilmente de unas tradiciones que se pueden quedar en costumbres y rutinas que quizá hemos rodeado de cosas superfluas y que cuando se nos dice que hemos de buscar más autenticidad y una mayor vivencia un poco nos rebelamos por dentro como si nos estuvieran cambiando la religión. Cuántas cosas en este sentido escuchamos en muchos sectores, cuánto quizá nosotros lo pensamos por dentro aunque no nos atrevamos a decirlo, pero en que tampoco damos ningún paso por cambiar y mejorar.
Pensemos, por ejemplo, en este sentido de cuanto boato hemos rodeado la semana santa que fácilmente se nos puede quedar en cosas externas, pero que interiormente no terminamos de vivir el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. Por aquello que decimos que lo mejor es para el Señor, pensamos quizá que lo mejor es la ostentación de ricos ropajes y joyas, el adorno de unas flores o el boato de unas procesiones, olvidando que lo mejor es lo que en verdad tiene que salir de un corazón convertido al Señor.
Nos inquietan quizá estos pensamientos y reflexiones, pero con sinceridad tratemos de ver cómo ese evangelio que nos narra la pasión y muerte de Jesús lo trasladamos a nuestra vida para poder llevar de verdad a la renovación pascual de nuestras vidas en la celebración de la resurrección. ¿Llegaremos en verdad a reconocer que Jesús es el Mesías de Dios y nuestro Salvador que viene a renovar profundamente nuestra vida en el misterio de su Pascua?


miércoles, 27 de noviembre de 2019

El tallo de la rosa tiene espinas pero esperamos alcanzar a contemplar e impregnarnos de la belleza y del aroma de la flor


El tallo de la rosa tiene espinas pero esperamos alcanzar a contemplar e impregnarnos de la belleza y del aroma de la flor

Daniel 5,1-28; Sal. Dn 3,62-67; Lucas 21,12-19
¿Quién te dijo que es un camino de rosas? Habremos escuchado que se nos dice cuando quizá nos quejamos de las dificultades que vamos encontrando en la vida y cómo nos cuesta alcanzar nuestras metas. De la rosa nos gusta el perfume y la belleza de los colores de la flor, pero bien sabemos que hemos de tomarlas con cuidado porque sus tallos están llenos de espinas y no nos queremos herir, pero no es fácil tomar un ramo de rosas en nuestras manos sin que alcancemos alguna pequeña herida.
¿Lo podemos aplicar al camino de nuestra vida cristiana y del seguimiento de Jesús? Nos quisiéramos quedar en la belleza de la flor y en su perfume. Y claro que seguir a Jesús nos conduce a esa belleza para nuestra vida; llegar a encontrarnos con El y vivirle es lo más hermoso que podamos encontrar, lo que mayor felicidad nos daría. Sin embargo vemos que el camino de ese seguimiento de Jesús a veces se nos hace duro, dificultoso. Como si fuéramos subiendo por el tallo de la rosa donde nos vamos a encontrar las espinas, pero queremos llegar al final, queremos alcanzar la meta.
Ya nos lo plantea Jesús a lo largo del todo el evangelio cuando desde el principio nos pide cambiar el corazón para poder creer en la Buena Noticia que nos anuncia. Cambiar el corazón que significará despojarnos de muchas cosas, de muchas ideas preconcebidas, de muchas posturas, de un estilo de vida. Y eso no es fácil. Nos hablará de un hombre nuevo desprendiéndonos de las viejas vestiduras que tan bien se habían amoldado a nuestra vida o nosotros nos habíamos amoldado a ellas; nos hablar de camino estrecho y nos hablará de cruz que hemos de cargar, de negarnos a nosotros mismos y de un nacer de nuevo.
Pero cuando tenemos una meta, cuando queremos alcanzar algo que es precioso y valioso para nosotros no nos importarán sacrificios, lo que sea necesario, porque lo que queremos es llegar a esa meta. Nos hablará de vender nuestros tesoros para poder conseguir la perla más preciosa, nos hablará de un tesoro guardado allí donde no nos lo puedan robar ni la polilla roer; nos hablará de vigilancia y de estar atentos sin dejarnos dormir. Pero todo merece la pena por poder entrar al banquete del Reino al que nos tiene convidados.
Hoy nos habla de otras dificultades que vamos a encontrar en el camino, como son la oposición que podamos encontrar en los demás que conduzca a la persecución, la cárcel e incluso la muerte. Bien conocemos que la historia de los cristianos y de la Iglesia ha estado siempre rodeada de persecución. Pero Jesús nos habla de cómo no podemos perder la paz en nuestro corazón, porque el Espíritu del Señor es nuestra fortaleza.
Oposición y persecución que nos puede llegar por diferentes caminos, nos habla Jesús que nos podrá venir hasta de los más cercanos a nosotros, en quienes no vamos a encontrar la comprensión para nuestro sentido de vida. Y eso lo vivimos muy fuerte en la sociedad en que nos ha tocado vivir, el aislamiento y la soledad, el crear en torno a quienes quieren proclamar valientemente con sus palabras y su vida el evangelio de Jesús, una barrera de silencio que quiere acallarnos, que busca desprestigiarnos aprovechándose de cualquier circunstancia e incluso de nuestra debilidad, o donde querrán quitar ese sentido religioso de la vida y por supuesto todo lo que suene o tenga sabor a cristiano.
No temamos, nos dice el Señor. Su Espíritu es nuestra fuerza, y nuestra perseverancia nos hará llegar en fidelidad a la meta final. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas, termina diciéndonos Jesús. No importa el buen olor de Cristo se desprenderá al final para darle un perfume nuevo a la vida y un sentido nuevo a nuestro mundo.

martes, 27 de agosto de 2019

Que nuestra fachada nunca engañe sino que exprese lo que en verdad somos con un corazón lleno de bondad y buenos deseos



Que nuestra fachada nunca engañe sino que exprese lo que en verdad somos con un corazón lleno de bondad y buenos deseos

1Tesalonicenses 2, 1-8; Sal 138; Mateo 23, 23-26
Imaginemos que llegamos a una casa que contemplamos en su exterior bellamente cuidada, en el enlucido lleno de colorido de sus paredes, en la belleza de puertas y ventanas, en los jardines que embellecen su entrada y que traspasado su umbral nos encontraremos esa primera habitación que nos recibe también en su apariencia bellamente acicalada y todo muy bien ordenado, sin embargo cuando vamos damos pasos en su interior comenzamos a ver que el orden aparente no es tal orden sino que oculta un desorden y desorganización muy grande donde contemplaremos cosas escondidas tras los muebles de primer plano, basuras por los rincones y algo muy distinto a la aparente belleza de la fachada.
Nos quedaremos cuando menos estupefactos y asombrados por lo que ahora estamos viendo donde ya todo no es belleza sino basuras y caótico desorden. ¿Qué podemos pensar? No tendremos que imaginar mucho para hacer nuestros juicios negativos hacia quienes habitan ese lugar y viven tras engañosas apariencias.
¿Será así nuestra vida y la forma que tenemos de presentarnos a nosotros mismos engañando también con apariencias? Cuántas veces la vanidad de la vida nos lleva por esos derroteros. Cuanta apariencia de personas buenas podemos dar haciendo muchas cosas para la galería, mientras nuestro interior está realmente lleno de corrupción y de maldad. De dentro del corazón del hombre, nos dirá Jesús en otra ocasión, brotan las malquerencias y todos los malos deseos.
Tras una sonrisa falsa podemos estar ocultando nuestras traiciones o nuestros recelos que van poniendo verdaderas vallas entre nosotros y los demás. Una apariencia de bondad pero quizá anide en el interior la maldad que nos lleva a la puñalada trapacera porque con nuestras apariencias buscamos nuestros intereses o nuestras ganancias y realmente poco nos preocupa lo que puedan estar pasando los demás; bonitas palabras pero corazones llenos de maldad.
De todo esto quiere prevenirnos hoy Jesús. No es que todos actuemos siempre de esta manera, pero con frecuencia surge la duda y la desconfianza, surgen los recelos y los distanciamientos, surge la tentación que aviva nuestros orgullos y nuestro amor propio, haciendo que surja ese mundo de vanidad y de apariencia que tanto daño nos hace aunque no queramos reconocerlo, porque solo nos parece que estamos ganando prestigios y pedestales realmente con sus bases bien llenas de polilla o de corrupción.
Necesaria es una autenticidad en la vida, donde en verdad nos manifestemos como somos. Claro que eso necesita también el reconocimiento de las debilidades que tenemos en nuestro interior para no vivir en la falsedad de las apariencias. Nos revestimos de esa vanidad y al final terminamos creyéndonos que somos así como aparentamos engañándonos a nosotros mismos. Claro que si reconocemos las debilidades es para que luchemos por superarnos, por purificar nuestro corazón. Que nuestra fachada nunca engañe, sino que exprese lo que en verdad somos, porque realmente nuestro corazón está lleno de bondad y de buenos deseos.

martes, 13 de agosto de 2019

Necesitamos los ojos claros y limpios de un niño para ver lo bello de la vida y siempre llevaríamos la sonrisa de la alegría en nuestro semblante



Necesitamos los ojos claros y limpios de un niño para ver lo bello de la vida y siempre llevaríamos la sonrisa de la alegría en nuestro semblante

Deuteronomio 31,1-8; Sal. Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14
No hace muchos días en las rede sociales aparecía una foto de un amigo, no ya tan joven, que aparecía jugando como si de un chiquillo se tratara en esos parques de juegos que ahora fácilmente nos encontramos para entretenimientos de pequeños y de grandes; allí estaba disfrutando como un niño tirándose de unas sogas colgantes, realmente no sé el nombre del juego acaso porque ya me voy poniendo mayor. Yo le comentaba que le estaba saliendo al flote el alma de niño que todavía llevaba dentro.
Me vino a la memoria esta breve anécdota al escuchar lo que nos pide hoy Jesús en el evangelio, que nos hagamos como niños. Hay a quien no le gusta que lo traten de manera infantil, pero realmente llevamos un alma de niño dentro de nosotros que sin embargo por la seriedad con que nos tomamos la vida queremos ocultar como si nos pareciera que eso nos iba a empequeñecer. Pero ojalá nos quedara aquella inocencia y aquellos ojos limpios sin malicia, que desgraciadamente la vida se ha encargado de hacer turbios; aquellos ojos de curiosidad que siempre buscan y preguntan porque quieren saber, porque quieren creer, porque quieren crecer; lo malo es que cuando vamos creciendo dejamos crecer también la mala hierba de la malicia en nuestro corazón que ya nos impedirá tener aquella mira clara y limpia del niño para descubrir lo bello de la vida.
Le había preguntado a Jesús quién es el más importante en el reino de los cielos. Siempre los hombres nos estamos preguntando cómo podemos ser importantes, aparecen esos deseos de grandeza y de orgullo con tanta facilidad en nuestros deseos y aspiraciones. Pero Jesús, por así decirlo, les rompe los moldes porque les pone un niño en medio de ellos. En aquella época el niño era poco considerado, mientras no llegara a una cierta mayoría de edad no eran tenidos en cuenta. También nosotros decimos de las cosas de los niños ‘eso son chiquilladas’ y no le damos importancia tantas veces.
Conocemos bien la respuesta de Jesús. ‘Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’.
Ya Jesús nos dirá en otro momento que el Reino de los cielos es de los pobres, y que serán los pequeños y los sencillos los que más están abiertos a Dios, que se revela a los humildes. Hoy nos dice que si no somos como niños no entraremos en el Reino de los cielos. Ya le diría a Nicodemo que había que nacer de nuevo, aunque aquel hombre se preguntara cómo siendo uno mayor puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Hoy nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños. Y esos serán los más grandes.
¿Nos hemos fijado en la sonrisa alegre de un niño no solo en medio de sus juegos sino también cuando se siente a gusto con los que le rodean? Una alegría que nace de ese corazón sin malicia, de ese corazón inquieto que busca, de esa generosidad espontánea que lleva al encuentro con los demás, de esas cosas hechas con inocencia donde no aparecen ni las malas intenciones ni la doblez y el engaño. Son las cosas que tendríamos que aprender a vivir para que sigamos manteniendo esa sonrisa alegre en nuestra cara.
Aprenderíamos así a convivir y a aceptarnos, aprenderíamos a caminar juntos siendo capaces de darnos la mano porque confiamos siempre en el que va a nuestro lado. Haríamos la vida bella siempre porque estaríamos dispuestos a evitar las espinas que pudieran dañar. Seríamos capaces de seguir jugando como niños con la alegría sana que brota de corazones sanos. ¿No serían estas señales de que estamos viviendo en los parámetros del Reino de Dios?

miércoles, 26 de junio de 2019

El árbol bien cuidado y cultivado que florece con belleza y nos muestra su madurez en hermosos frutos embellece y da riqueza a nuestro jardín



El árbol bien cuidado y cultivado que florece con belleza y nos muestra su madurez en hermosos frutos embellece y da riqueza a nuestro jardín

Génesis 15,1-12.17-18; Sal 104; Mateo 7,15-20
Hay gente a la que todo se le va por la boca. Hablando dicen maravillas, hasta son poetas en sus palabras y teóricamente saben mucho. Pero eso, bellas palabras, teorías o doctrinas bien aprendidas, porque luego en su vida no vemos nada. Buenos maestros de teoría, pero poco ejemplarizantes en su vida; no apreciamos en ellos nada. Con apariencia de sabios son insustanciales en su vida, no tienen la profundidad de lo vivido, y demuestran una incongruencia en su vida.
La madurez que tengamos en nuestros conocimientos o en los principios que proclamamos tenemos que descubrirlos en los frutos de su vida. Lo que nos hace ver una superficialidad encubierta, disimulada con palabras hermosas, pero poco sustancial en el vivir. Una comida muy apetitosa en su apariencia y presentación, pero luego insípida, sin sabor, y hasta sin verdadero contenido alimenticio.
¿Será así  nuestra vida? ¿Seremos así los cristianos? ¿Será por eso por lo que no hacemos atrayente nuestra fe y nuestra vida? ¿Se marcharán desencantados los que nos ven o los que ven lo que es la vida de la Iglesia? Esto es algo serio y en gran parte la descristianizacion que vemos hoy de nuestra sociedad en la que no son los valores cristianos los que priman, depende en gran parte de la superficialidad de tantos de nosotros en la manera de nuestro ser y vivir como cristianos. Así no convencemos. Es la incongruencia con que tantas veces nos presentamos.
Tenemos una responsabilidad muy grande. Y es que tenemos que comenzar por crecer interiormente, profundizando en una verdadera espiritualidad cristiana. Tenemos que cuidar nuestro interior para sentirnos en verdad fortalecidos. Eso exige una maduración de nuestra vida, cuidar actitudes, cuidar gestos y detalles, cuidar nuestra verdadera unión con Dios con una oración profunda, una oración auténtica, que sea en verdad un llenarnos de Dios.
Al árbol o a la planta que queremos que de flores y frutos la cuidamos. No nos preocupamos solamente de echar la semilla a la tierra sino que realizamos todo un proceso; el verdadero agricultor lo sabe, tiene que limpiar la tierra de malas hierbas que ahoguen nuestra planta, tenemos que abonar y tenemos que podar, para fortalecer, para quedarnos con lo mejor de la planta porque las ramas que simplemente se chupan la sabia no nos valen. Es todo el cultivo de nuestra espiritualidad, de purificación, de oración, de vida sacramental, de maduración interior, de escucha de la Palabra de Dios rumiándola en nuestro interior. Solo así podremos dar buenos frutos, solo así no nos quedaremos en la apariencia sino que podremos ir al buen fruto que nos alimenta y que nos enriquece.
De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. De esos buenos frutos que darán cuenta de lo que llevamos en nuestro interior, que manifestarán la profundidad y la madurez de nuestra vida, que serán los que atraigan y los que convenzan a los demás de cual es el verdadero camino. Así nuestra vida se convertirá en evangelio para los demás, en buena noticia de salvación para todos.
El árbol bien cuidado y cultivado que florece con belleza y nos muestra su madurez en hermosos frutos es el que en verdad embellece el jardín. Así tenemos que ser nosotros que en los frutos que demos mostremos la belleza de nuestro interior y la madurez de nuestra vida y que serán los que en verdad embellecen nuestro mundo.

lunes, 30 de julio de 2018

No serán los grandes gestos será a partir de pequeñas cosas las que darán nueva belleza y armonía a la vida y al mundo


No serán los grandes gestos será a partir de pequeñas cosas las que darán nueva belleza y armonía a la vida y al mundo

Jeremías 13, 1-11; Sal: Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 13, 31-35

A mí me encanta ir de paseo por las montañas de mi tierra, de mi isla. No quiero hacer publicidad diciendo que sean los lugares más bellos de la tierra, pero sí me siento cautivado por la belleza de nuestras montañas y nuestros valles, nuestros montes como llamamos aquí a los bosques en la frondosidad de su laurisilva o en la belleza del pino canario, las montañas que se elevan hacia lo alto buscando las estrellas con esa majestuosidad y armonía que en la misma sencillez nos ofrece la naturaleza.
Pero cuando contemplo la espectacularidad de todo esto al mismo tiempo bajo mi mirada a ras del suelo para ver las pequeñas plantas con sus flores, los pajarillos que en la inmensidad del paisaje pasan quizá desapercibidos, pero que se oye la música de su trinar o el zumbido de los insectos que saltan de flor en flor para libar el néctar de su miel. La belleza está en aquello grande y espectacular, pero la belleza está hecha al mismo tiempo de esas pequeñas cosas, esas pequeñas plantas con sus flores, de todo eso que nos puede parecer pequeño e insignificante pero que dan armonía a su conjunto y contribuyen cada cosa con su pequeñez a la belleza total.
Nos encandilan las cosas grandes y no nos detenemos a prestar atención a los pequeños detalles, pero son esos pequeños detalles lo que darán armonía y belleza al conjunto porque una sinfonía no la hace un solo sonido, sino el conjunto de muchos instrumentos cada uno con su propio sonido pero que entre todos conforman la belleza de la sinfonía con su propio ritmo con su propia canción. Así la vida, así el Reino de Dios del que nos habla Jesús en el evangelio.
Hoy nos hace Jesús fijarnos en la pequeñez del grano de mostaza o la insignificancia de un pequeño puñado de levadura. Será que dará belleza y sentido al conjunto. Sin la levadura el pan no tendría su sabor ni su textura, y sin esa pequeña planta nacida de una insignificante semilla parece que nos pájaros no tendrían donde anidarse ni ofrecernos sus trinos.
Fijémonos en esas pequeñas semillas o esos insignificantes granos de levadura que podemos encontrar en la vida de los demás, que los hace bellos, pero que hacen bello también nuestro mundo. Fijémonos en la vida de las personas para apreciar esas bellezas y esos valores que nos darán encanto a la vida y nos servirán al mismo tiempo de estímulo a nosotros para desarrollar cuanto de bello puede haber en nuestra vida que muchas veces nos pasa desapercibido.
Creo que las parábolas de hoy nos pueden estar invitando a que sepamos descubrir en nosotros esa buena semilla que tenemos que sembrar en el corazón de los demás, pero también en ese sabor que nosotros podemos ofrecer a los que nos rodean para que encuentren un sentido y un valor para sus vidas. Hay en nosotros tesoros que muchas veces mantenemos ocultos y nos cuesta aportar de esa nuestra riqueza interior para hacer agradable y mejor la vida de los demás.
No nos guardemos solo para nosotros esa levadura que tenemos desde nuestra fe y desde nuestros valores y principios cristianos. No los podemos ocultar, tenemos que mezclarlos en la masa de la vida para hacerlos fermentar. Nos quejamos algunas veces de que esa masa de nuestro mundo se está volviendo putrefacta, pero ¿no será porque nosotros no le hemos sabido ofrecer el fermento de nuestra fe y de nuestros valores? Quizá no da miedo porque la masa que nos rodea nos parece adversa y muy grande y pensamos qué es lo que podemos hacer. La levadura mezclada en la masa del pan puede ser insignificante pero sin embargo lo hará fermentar.
Es lo que nosotros tenemos que ser, tenemos que hacer. No serán los grandes gestos, será a partir de pequeñas cosas las que darán belleza y nueva armonía a la vida y a nuestro mundo. El paisaje no lo conforman solo las grandes montañas, sino que está forjado de las pequeñas plantas, de los que pequeños seres que pululan en medio de esa inmensidad.