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domingo, 8 de noviembre de 2026

Hay que tener bien pertrechadas las alcuzas de aceite de nuestra vida para poder iluminar y que no nos falte esa sabiduría que nos llena de sentido y trascendencia con auténtica esperanza

 


Hay que tener bien pertrechadas las alcuzas de aceite de nuestra vida para poder iluminar y que no nos falte esa sabiduría que nos llena de sentido y trascendencia con auténtica esperanza

Sabiduría 6, 12-16; Salmo 62; 1Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13

¡Cuánto está tardando ya!, decimos desesperados en nuestra espera quejándonos de impuntualidades sin saber la razón de las cosas. Así andamos en la vida, con nuestras prisas y nuestras carreras, quizás nosotros haciéndonos esperar, pero no siendo pacientes en nuestra espera; es más, algunas veces no le damos importancia a lo que esperamos y vamos por improvisaciones; ya se nos ocurrirá algo, nos decimos, cuando llegue el momento, y más bien nos dejamos llevar, nos entretenemos en nuestras cosas, o lo que ahora nos parece más urgente porque quizás pensamos que nos da unos beneficios más palpables, pero que sin embargo del futuro no sabemos cómo va a venir. Pero esas actitudes de pasividad, de descuido o desencanto se traducen también en lo que son nuestras relaciones con los demás y nos volvemos exigentes, ni somos pacientes ni somos comprensivos, aunque cuando se trata de lo que tienen que aguantarnos a nosotros está aquello es que yo soy como soy y me tienen que aguantar.

Esperanza, paciencia, atención y cuidado, vigilancia, predisponernos de una manera positiva ante lo que viene o lo que va a suceder parece muchas veces que son cosas que ya hemos olvidado; y es por otra parte o vivimos tan entorpecidos por lo material que solo buscamos o queremos ganancias inmediatas, o también nos falta un sentido de transcendencia a nuestra manera de vivir para abrirnos a algo más hermoso y más sublime; la onda espiritual algunas veces parece que la hemos descartado de nuestra vida. Ya algunas veces no somos capaces ni de centrarnos dentro de nosotros mismos, como si le tuviéramos miedo.

Hoy Jesús para hablarnos de todo esto nos propone una parábola que hemos escuchado y meditado muchas veces, las doncellas que tenían que estar con sus lámparas encendidas para iluminar primero la llegada del novio de la amiga para sus bodas y también luego la sala del banquete; nos habla Jesús con el ejemplo de lo que eran las costumbres de la época también conforme a las necesidades pero también de las circunstancias de que en aquellos caminos podía ser normal un retraso en la llegada. Y es lo que sucede en la parábola que nos propone Jesús.

En la tardanza sucede incluso que aquellas doncellas llegan a dormirse allá por donde pueden hasta que escuchan el grito que anuncia la llegada del esposo. Era necesario avivar aquellas lámparas para que todo pudiera estar iluminado; la tardanza había significado un gasto mayor del aceite que como combustible era necesario para mantenerlas encendidas, pero también la desgana y despreocupación de algunas hizo que ahora no todas tuvieran aceite suficiente para mantener encendidas las lámparas. Estaban más dispuestas a participar en la alegría de la fiesta que significaba una boda que en sentirse responsables de la misión que se les había encomendado. ¿Qué es lo que tenía que ser importante para aquellas doncellas? Cumplir con su misión y poder tener todo iluminado. Pero se habían dormido, que no era dormirse solamente por el cansancio o el aburrimiento, sino por la dejadez y la desgana con que habían asumido su función.

Cuántas veces nos dormimos en la vida ¿por nuestros aburrimientos? ¿Por la falta de un sentido de aquello que hacemos o tenemos que hacer? ¿Por la desgana que nos entra cuando todo nos parece una rutina porque no le damos valor a lo que hacemos? ¿Porque queremos vivir la vida con una alegría superficial y sin sentido? ¿Porque no nos tomamos en serio lo que somos y el surco que tenemos que ir abriendo en la vida con lo que somos y con nuestros valores? ¿Porque quizás no nos valoramos ni a nosotros mismos? ¿Por esa falta de trascendencia cuando solo pensamos en la ganancia del momento?

Hay que tener bien pertrechadas las alcuzas del aceite para que nuestras lámparas puedan iluminar. Tenemos que llenar de la verdadera sabiduría nuestra vida, como hemos escuchado hoy en la primera lectura; tenemos que aprender a sentarnos a rumiar una y otra vez las lecciones que nos va dando la vida para saber encontrar todo su jugo y sabor; hemos de dejar a una lado tanta superficialidad que solo vive el momento pero que tampoco sabe saborear esa vida misma encontrándole un trascendente sentido. ¿Dónde encontramos ese aceite?

Es hermoso lo que nos decía el libro de la Sabiduría. ‘La ven con facilidad los que la aman y quienes la buscan la encuentran. Se adelanta en manifestarse a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa, pues la encuentra sentada a su puerta. Meditar sobre ella es prudencia consumada y el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones...’ Dios viene a nuestro encuentro, hemos de dejarnos encontrar; con esa imagen tan bonita que nos ha propuesto, hemos de saber sentarnos a la puerta pero con nuestro corazón abierto, con el evangelio de Jesús en nuestras manos, con esa reflexión que nos hace meditar en lo hondo y madurar desde dentro, con esa disposición también para nosotros compartir lo que llevamos en nuestro interior y que sea riqueza y sabiduría también para los demás.

Seguro que nuestra vida estará llena de esperanza y rebosante de trascendencia; seguro que podemos ser luminarias también para los demás desde esa luz de nuestra fe que llevamos en el corazón.


lunes, 2 de noviembre de 2026

Una conmemoración no sólo para derramar una lágrima o tener un buen recuerdo, una conmemoración que nos llena de trascendencia con valor de eternidad en nuestra oración

 


Una conmemoración no sólo para derramar una lágrima o tener un buen recuerdo, una conmemoración que nos llena de trascendencia con valor de eternidad en nuestra oración

Sabiduría 4, 7-15; Salmo 26; Romanos 5, 5-11; Juan 14, 1-6

Intentamos caminar por la vida como si tuviéramos todas las seguridades, todo estuviera en nuestra mano de modo que nada pudiera suceder sin que nosotros pudiéramos controlarlo. Nos sentimos seguros y valientes, de alguna manera nos hacemos dominantes porque nos creemos hasta dueños de la vida misma; pareciera que a nada tenemos miedo ni nada nos hiciera temblar. Pero no sé ciertamente si es verdad que nos sentimos seguros y nada tenemos miedo y quizás muchas veces pudiera ser como una pantalla con la que olvidáramos las inseguridades que tenemos por dentro; queremos dar una buena sensación pero quizás por dentro tenemos muchos interrogantes que en algunas ocasiones salen a flote.

¿Estamos tan seguros que la vida nos va a durar todo lo que nosotros queremos para alcanzar aquellas metas o aquellos sueños que tengamos? Cuando nos aparece la enfermedad que nos hace sentirnos débiles, cuando vivimos la experiencia de la muerte en personas de nuestro entorno, cuando surge algo inesperado que echa por tierra tantos sueños e ilusiones, cuando se desgarra nuestro corazón ante fatídicos accidentes con múltiples muertes como ahora recientemente hemos vivido en España, y eso que no pensamos en la guerra con sus muertes porque la vemos un poco más lejana aunque siempre sentimos alguna preocupación… aparecen esos interrogantes y esos miedos, aparecen esos temblores no solo de piernas sino de nuestro espíritu porque sigue siendo como un velo negro que nos va a envolver.

¿Qué respuestas podemos encontrar? ¿Dónde está esa luz que ilumine esas oscuridades que aparecen en nuestro espíritu? ¿Qué sentido podemos encontrar? Será siempre algo pesaroso que nos queremos quitar de encima, que tratamos de envolver quizás con muchos disimulos que no nos dan respuesta pero que al menos nos distraen o quitan de la vista eso que sentimos tan desagradable como sea la muerte.

Hoy Jesús, en el texto del evangelio que se nos ofrece, situado en momentos previos a lo que va a ser su pasión y que terminaría en su muerte, con aquellas sensaciones tan desagradables que están teniendo sus discípulos más cercanos porque va a suceder algo que ellos no comprenden, en estos momentos les dice, nos dice, que no perdamos la calma, que no se turbe nuestro corazón, que pongamos toda nuestra fe en El y en su Palabra, en el amor del Padre. No hay cosa peor que sentirnos turbados porque es como sentirse desestabilizado, sin saber encontrar rumbo ni sentido a nada.

Jesús quiere que le demos una nueva trascendencia a nuestra vida; una trascendencia que no se queda en el recuerdo que podamos dejar, o en las lágrimas que vamos a hacer derramar en aquellos que nos quieren y nos aprecian. Es algo distinto, porque Jesús quiere que le demos una plenitud con valor de eternidad a lo que hacemos, porque Jesús nos está hablando, aunque emplee un lenguaje muy humano que nos pueda confundir si no lo sabemos interpretar, de una vida que va más allá de la muerte; la muerte puede parecer un fin, un terminarse todo y ya nada más hay, pero Jesús nos habla de otro vivir, de una nueva plenitud. Hay ha hablado de unas estancias que va a preparar y nos podemos quedar muy en el lado material de lo que es una estancia; Jesús quiere decirnos algo más; ya nos dice en otro momento que quien cree en Él no morirá para siempre, y nos habla entonces de vida eterna, nos habla de resurrección, como le decía a Marta y María con la muerte de Lázaro.

Es la verdadera trascendencia que le damos a la vida y a lo que hacemos desde esa esperanza, de esa fe que ponemos en la Palabra de Jesús. Es lo que va a darnos verdadero apoyo en nuestra vida para que no tiemble nuestro corazón ni nos sintamos tan turbados que ya no sabríamos ni qué pensar. ‘El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?’, que decíamos en el salmo. No temeré, nada me hará temblar, porque en los momentos oscuros no me va a faltar esa luz, porque en los momentos que surjan tantos interrogantes ante lo que nos parece incomprensible en tantas muertes, voy a sentir la seguridad que me da la Palabra de Señor en quien confío. Buscamos el rostro de Dios, nos llenamos de ánimo porque confiamos en el Señor. 

Esto nos hace mirar con toda responsabilidad la vida que se ha puesto en nuestras manos y que tenemos que cuidar desde el primer instante de su existencia hasta el último minuto en este mundo, pero que ahí no se acaba para nosotros. Es el sentido bonito que tiene la conmemoración que en este día hace la Iglesia de todos los difuntos; no es solo un día para derramar una lágrima en tantos recuerdos acumulados de unas vidas con las que hemos convivido; no es solo gozarnos por otra parte de ese rastro bueno, de esas huellas que han dejado en nosotros por las que también hemos de dar gracias; es algo más, esta conmemoración es oración, porque es sentirnos unidos en Dios y porque es pedir que en Dios hayan encontrado esa plenitud; pero es también que nosotros aprendamos de ese vivir o aprendamos a vivir en esa trascendencia con valor de eternidad que siembra en nuestros corazones la esperanza que tenemos puesta en el Señor.


domingo, 1 de noviembre de 2026

No en cosas extraordinarias sino en lo que son las pequeñas cosas de cada día, poniendo en ello todo nuestro corazón, alcanzaremos la felicidad y santidad a la que somos llamados

 


No en cosas extraordinarias sino en lo que son las pequeñas cosas de cada día, poniendo en ello todo nuestro corazón, alcanzaremos la felicidad y santidad a la que somos llamados

 Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Salmo 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Felicidad, santidad, plenitud, satisfacción, gozo interior, rectitud… ¿serán palabras que pueden estar interrelacionadas unas con otras y que nos puedan conducir a un pensamiento que exprese nuestros mejores deseos y que de alguna manera sintiéramos como sinónimos? Claro que no todos ponemos la felicidad en lo mismo y cada uno pueda sentirse feliz por su cuenta y a su manera, no son las mismas cosas las que nos dan esa satisfacción y gozo interior, ni quizás tenemos las mismas metas ideales de la vida… pero creo que aun con nuestras dudas en nuestros planteamientos podrían hacernos pensar para sincerarnos con nosotros mismos y ver qué es lo que realmente buscamos y si es lo que merece la pena. No quiero poner dudas ni sembrar incertidumbres, pero de los pasos por la oscuridad algunas veces llegamos a entender mejor lo que es la luz.

Planteo como estas contraposiciones cuando quiero comentar lo que en este día del primero de noviembre estamos celebrando; es la festividad o solemnidad de Todos los Santos. Y aquí hay otro concepto que algunas veces se nos puede convertir en un equívoco porque muchas veces cuando pensamos en los Santos y en esta celebración en concreto quizás estamos pensando en seres extraordinarios que hicieron cosas grandiosas y extraordinarias en la vida, con milagros extraordinarios o con martirios como forma de alcanzar esa santidad, con lo que estaríamos alejándonos excesivamente de esta nuestra vida que consideramos tan sencilla y ramplona; parecería entonces que eso de la santidad no es para nosotros que somos tan ordinarios y no podemos o nos cuesta alcanzar lo extraordinario.

Y no es eso lo que nos quiere proponer Jesús en el evangelio. Fijémonos, por ejemplo, que el Apocalipsis nos habla de multitudes innumerables y cuando se pregunta quienes son y de donde han venido se habla de los que han venido de la gran tribulación y han lavado sus manos en la Sangre del Cordero. No habla de hechos extraordinarios sino de haber cruzado la vida pero al tiempo se habla del regalo que en ellos ha realizado la Sangre del Cordero que es quien los ha purificado para brillar con la santidad de Dios.

Y Jesús en el evangelio emplea la imagen de la felicidad; ser dichoso o ser bienaventurado que es la expresión que se uso es eso lo que viene a significar, ser feliz. ¿Y nos dice Jesús que para ser felices, dichosos, bienaventurados es necesario hacer cosas extraordinarias? Sencillamente nos está expresando Jesús esas cosas sencillas y ordinarias que vamos viviendo en la tribulación de la vida, por recoger las palabras del Apocalipsis. Simplemente habla de los pobres y de los que actúan con mansedumbre en sus vidas, de los que lloran porque en sí mismo sienten sufrimientos o de los que saben llorar con los demás, de los que buscan el bien y luchan por conseguirlo, de los que con su mansedumbre se convierten en instrumentos de paz porque siempre van tendiendo por delante los lazos del amor, los que viven con rectitud su vida de cada día, alejando se sí la doblez y la vanidad, las intenciones torcidas y la dureza del corazón, los que en esas tribulaciones de la vida entienden las incomprensiones y no reaccionan con maldad ni violencia a la oposición que puedan encontrar en los demás.

No son cosas extraordinarias sino eso que cada día vivimos, eso con lo que cada día nos encontramos, eso que con las pequeñas cosas de cada día pero a las que le damos importancia y queremos vivirlas con toda la intensidad de nuestro ser, poniendo en ellas todo nuestro corazón. Y nos dice Jesús que seremos felices, que seremos bienaventurados. Y ese es el camino de la santidad que tenemos que vivir, porque ese es el camino donde estamos haciendo visible ese Reino de Dios del que nos habla Jesús.

No siempre lo lograremos con toda perfección pero vamos dando paso a paso cada día. Esos santos que celebramos y admiramos, que incluso la Iglesia ha reconocido su santidad, también tenían sus días oscuros, también pasaron por turbaciones de su espíritu, también sentían que la debilidad pesaba sobre sus vidas, pero quisieron hacer el camino, se dejaron lavar por la sangre del Cordero, tenían muy presente en sus vida que estaban llenos del amor de Dios que les había hecho hijos en el Hijo de Dios.

Es de lo que nos ha hablado san Juan en la carta que hemos escuchado hoy en la segunda lectura que nos trasmite esa gran noticia, ese evangelio para nosotros, que somos en verdad hijos de Dios; así nos ha llamado Dios y así nos ha amado Dios. Y ahora a nosotros nos queda el sentirnos así amados y así hijos de Dios queriendo en verdad descubrir todo lo que eso significa. ‘Cuando se nos manifieste, nos dice, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es’. Y termina diciéndonos, esa es nuestra esperanza y en esa esperanza nos sentimos purificados. Recordamos una vez más la sangre del Cordero en que hemos lavado nuestra vida. Viene en consecuencia que quienes tenemos esa esperanza y nuestra vida no puede ser igual, así tiene que resplandecer la santidad de nuestra vida, no por obras extraordinarias, como decíamos, sino en esas cosas de cada día.

Es lo que hoy contemplamos y celebramos en la Solemnidad de Todos los Santos y es a lo que todos nos sentimos llamados y comprometidos.


viernes, 23 de octubre de 2026

Seamos capaces de discernir las señales aunque parezcan humildes y pequeñas que nos hacen sentirnos optimistas y llenos de esperanza para crear un mundo nuevo y mejor

 


Seamos capaces de discernir las señales aunque parezcan humildes y pequeñas que nos hacen sentirnos optimistas y llenos de esperanza para crear un mundo nuevo y mejor

Efesios 4, 1-6; Salmo 23;  Lucas 12, 54-59

Ahora todos entendemos del tiempo, es tema fácil de nuestras conversaciones y sobre todo los más veteranos del lugar siempre están pendientes del horizontes y de las señales del cielo, de las nubes, sus formas y su situación – es curioso como en nuestra tierra nos fijamos mucho en las formas que adquieren las nubes cuando están sobre el Teide -, de los vientos según vengan en un sentido o en otro, para decir el tiempo atmosférico que se avecina, si tendremos lluvias o tendremos calor; es cierto que hoy ya estamos más pendientes de las cartas de isobaras que vemos en las imágenes de la televisión que nos hablan de los pronósticos del tiempo.

Miramos las señales de nuestros tiempos atmosféricos pero quizás nos cuesta más hacer una lectura de la historia y de la vida, de los acontecimientos que se suceden en nuestro mundo y no llegamos a entender, o al menos en ocasiones hacemos oídos sordos, las señales que se nos dan de lo que es la sociedad en la que vivimos y los derroteros que quizás tendríamos que enmendar.

¿No será eso lo que Jesús nos quiere decir con las palabras que le escuchamos hoy en el evangelio? Después de decirnos que sabemos hablar mucho del tiempo, nos afirma, ‘sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que es justo?’ Es lo que solemos llamar los signos de los tiempos. Tenemos que aprender a leer nuestra historia, que no es necesario que hagamos un viaje muy largo a tiempos pasados, sino saber descubrir en esos acontecimientos cercanos a nuestro tiempo presente como también los acontecimientos que vamos viviendo en nuestra propia vida para hacer un discernimiento de cuanto acontece.

Pero cuidado con la luz que ponemos en nuestros ojos porque también podríamos tener la tentación de ser catastrofistas para verlo todo negro y no descubrir tras esa pantalla de tantas cosas que nos parece que lo llenan todo de oscuridad luces tintineantes, muchas veces como rescoldos, que nos dicen que aun queda una llama que podemos reavivar, que tenemos que saber discernir para no apagar esa pabilo humeante del que podemos hacer brotar una llama que llene de renovado calor la vida para hacerla de nuevo resplandecer.

Hay todavía en nuestro mundo pequeñas semillas que un día germinarán y nos podrán ofrecer bellas flores prometedoras de exuberantes frutos. Seamos capaces de fijarnos y valorar esas pequeñas luces que podemos encontrar a nuestro alrededor porque si sabemos unirlas y hacerlas entrar en comunión podremos hacer que brillen resplandecientes estrellas que como soles iluminen nuestro camino.

San Pablo hoy en la carta a los Efesios que estamos escuchando estos días cuando nos pide que vivamos conforme a la vocación a la que hemos sido convocados y nos señala esas cosas que nos pueden parecer pequeñas y humildes pero que pueden tener, que van a tener mucha importancia en nuestra vida. ‘Sed siempre humildes y amables, nos dice, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz’. Todo un hermoso programa, todo un catálogo de virtudes y valores que hemos de desarrollar, humildad, amabilidad, comprensión y aceptación mutua, amor y comunión que serán constructores de la verdadera paz.

Fijémonos, pues, en esa gente humilde y sencilla que camina a nuestro lado, que no hace ruido pero que deja una hermosa huella tras de sí; sintamos admiración por quienes tienen un corazón siempre comprensivo y lleno de misericordia; apoyemos a tantos que sin gritos sin embargo están siempre buscando el encuentro entre unos y otros, que son capaces de promover momentos de encuentro y cercanía entre todos siendo lazos de unión y promotores de todo aquello bueno que nos hace sentirnos que vamos en el mismo barco y todos tenemos que remar en la misma dirección.

Son las señales de algo nuevo que puede surgir en nuestro mundo, son señales de que el Reino de Dios no está agostado, son señales de esa pequeña semilla que hemos de sembrar pero que un día germinará en una vida nueva para nuestro mundo. Con ojos de fe tenemos que saber mirar nuestro mundo y cuando sucede a nuestro alrededor, Dios nos está dejando señales de que en verdad podemos hacer un mundo nuevo y mejor.


miércoles, 21 de octubre de 2026

Es algo serio lo que nos dice Jesús de la vigilancia que hemos de mantener para ver las señales de su llegada, atención y disponibilidad para hacer sitio en nuestro corazón

 


Es algo serio lo que nos dice Jesús de la vigilancia que hemos de mantener para ver las señales de su llegada, atención y disponibilidad para hacer sitio en nuestro corazón

 Efesios 3, 2-12; Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6; Lucas 12, 39-48

Supongamos que un amigo nos anuncia que nos va a venir a visitar, aunque no nos señala en principio el día de su llegada; simplemente nos lo dice para que lo sepamos y tengamos en cuenta aunque no nos pide nada especial; sin embargo ese amigo es para nosotros algo importante, ha sabido estar con nosotros en el momento que más lo necesitábamos y nos ha expresado de mil maneras su cariño y amistad.

¿Qué hacemos ante su anuncio aunque no nos haya señalado fecha aunque suponemos que puede ser inminente y nos llegue en el momento menos pensado porque sabemos además que a él le gusta darnos esas sorpresas? Seguro que ya desde el primer momento estaremos pensando cómo lo vamos a recibir, qué hospedaje le vamos a brindar, tendremos preparado aquello que sabemos que son sus gustos y nos prepararemos para darle la mejor de las estancias. Es la mejor respuesta que podemos dar a las muestras de su amor y no será para nosotros agobio su llegada sino motivo de gran alegría; no son los temores a quedar mal sino el deseo de ofrecer lo mejor de nuestro amor y nuestra amistad.

¿Actuaremos así en todas las facetas de la vida? ¿Le daremos ese sentido a esa vigilancia de la que nos habla Jesús en el evangelio porque siempre tendríamos que estar atentos a su venida a nuestra vida? ¿Es el sentido que le damos a nuestra esperanza?

De muchas maneras y en distintos momentos del evangelio nos habla Jesús de su venida para la que hemos de estar preparados. Fácilmente le estamos dando imagen a estas palabras de Jesús en referencia a una segunda venida al final de los tiempos, o a lo más pensamos en el final de nuestros días cuando vamos a encontrarnos definitivamente con El.

Pero Jesús en distintos momentos nos dirá también cómo viene a nosotros, porque en todo lo que le hagamos al otro es a El a quien se lo estamos haciendo, luego nos está diciendo cómo viene a nosotros en la persona del otro, cómo viene a nosotros en los diferentes acontecimientos que nos van sucediendo en nuestra vida que vienen a ser unos y otros también como sacramentos de su presencia, y pensamos en esa presencia y venida a nosotros cuando celebramos los sacramentos, de lo que también tendríamos mucho que reflexionar.

¿Estaremos, pues, vigilantes y preparados para sentir esa presencia con la que de esa manera viene a nosotros?

Ya no podemos estar pensando en momentos especiales o extraordinarios. Viene el Señor a nosotros de forma sencilla, en pequeñas cosas y gestos; llega el Señor a nosotros en el hermano con el que nos encontramos, en ese pobre que un día nos tiende su mano, en esa persona con la que convivimos o con la que trabajamos, en ese inmigrante o persona desconocida con la que nos cruzamos en la calle, en ese amigo con el que compartimos tantas cosas pero también en ese con el que ocasionalmente hemos hablado porque estábamos juntos en la parada del autobús. Pero quizás no estábamos vigilantes, para nosotros fue una cosa más que nos sucedió o un encuentro con alguien que tuvimos en ese momento y no supimos darle trascendencia a ese momento, y no fuimos capaces de que Dios estaba llegando a nosotros en esa persona, en esa palabra, en ese gesto, en ese acontecimiento.

Es algo serio lo que nos dice Jesús de la vigilancia que hemos de mantener, de la atención que hemos de prestar, de la disponibilidad de nuestro espíritu que siempre ha de estar atento y vigilante, de la apertura que siempre tiene que haber en nuestro corazón para hacer sitio en el para cualquiera que llegue a nosotros. El Señor nos ha avisado y a lo largo del evangelio nos ha ido dejando muchas pautas por las que tenemos que reconocer su presencia. ¿Pasará el Señor a nuestro lado y no nos daremos cuenta? ¿No tendríamos que despertar más nuestra fe y nuestra esperanza? No perdamos la alegría del encuentro con el amigo, de nuestro encuentro con el Señor.


martes, 20 de octubre de 2026

Vigilancia y atención, espera y esperanza vividas con sentido, grandeza en nuestra disponibilidad y espíritu de servicio, desarrollo de valores y cuidados, señales del Reino de Dios

 


Vigilancia y atención, espera y esperanza vividas con sentido, grandeza en nuestra disponibilidad y espíritu de servicio, desarrollo de valores y cuidados, señales del Reino de Dios

Efesios 2, 12-22; Salmo 84; Lucas 12, 35-38

¿Para qué te molestaste en venir a buscarme? Quizás le hemos dicho, sorprendidos por su generosidad al venir a nuestro encuentro cuando quizás veníamos de viaje y ya andábamos pensando a ver cómo solucionaremos la forma de llegar a casa, al encontrarnos con que sin nosotros haber pedido nada allí estaban para recibirnos y atendernos. Un momento así siempre se agradece, pero también es un toque de atención para los detalles que nosotros podemos tener con los demás sin que nos lo pidan. Son momentos también en los que se manifiesta la grandeza de espíritu que se puede tener, incluso que deberíamos saber tener atención de los unos con los otros; seguro que luego ya buscaremos formas para manifestar nuestra gratitud.

Me hace pensar en estos gestos humanos que tendríamos que saber tener los unos con los otros, lo que por otra parte realmente nos está pidiendo Jesús hoy en el evangelio. Nos habla de vigilancia y de atención, de esperas y de esperanzas vividas con sentido, de la grandeza que hemos de dar a nuestra vida desde nuestra disponibilidad y nuestro espíritu de servicio, de lo activa que tiene que ser nuestra vida que es más que ver pasar los días de una forma monótona y que nos tiene que llevar a aplicarnos con toda responsabilidad en las tareas que tenemos entre manos que es ciertamente la construcción de ese mundo en el que vivimos que hemos de mejorar cada día, de ese desarrollo de nuestros valores y cualidades porque como nos dirá en otro lugar no nos podemos contentar con enterrarlos en lugar seguro para que no se pierdan.

‘Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame’, nos dice Jesús hoy. No puede ser una actitud pasiva, la espera es en vigilancia, que es disponibilidad pronta. Por eso nos dice que hay que tener ceñida la cintura; cuando nos acostamos ya sea para el descanso o simplemente para pasar el tiempo porque no tenemos más que hacer, nos aflojamos el cinturón como una manera también de estar más cómodos; pero eso es señal de pasividad en nuestra inactividad, por eso nos dice que hay que tener las lámparas encendidas y para que esa luz se mantenga encendida tenemos que cuidar que no falte el aceite, no nos suceda como a aquellas doncellas que no llevaron aceite cuando esperaban al novio de la boda. Además no nos podemos dormir, porque el dueño puede llegar en cualquier momento y hay que abrir la puerta a su tiempo.

Creo que Jesús nos está sugiriendo muchas cosas que hemos de tener en cuenta en nuestra vida; nada de pasividad, nada de dejarnos dormir porque ya tendremos tiempo cuando nos avisen, nada de irresponsabilidad en la vida porque tenemos que estar preparados; nada de quedarnos tras la ventana para ver por dónde andan los tiempos; sí de vigilancia y atención porque cada momento es importante; sí de ojos bien abiertos porque sabemos que el Señor llega a nuestra vida también y principalmente en aquellos que están a nuestro lado o en aquellos que aunque los desconozcamos llegan a tocar a las puertas de nuestro mundo y en ellos viene el Señor.

‘Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo’, continúa diciéndonos Jesús. Nos está llamando bienaventurados porque si le estamos esperando así Él nos sentará en la mesa de su Reino. ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre… a heredar el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’, como nos dice que será esa bienaventuranza en el final de los tiempos. Nos hará sentar a su mesa y nos irá sirviendo. Es el Banquete del Reino definitivo del que nos hará participar. ¿Nos lo mereceremos? Es el regalo de su amor. Como se suele decir Dios nunca se queda atrás en esa medida del amor.


sábado, 19 de septiembre de 2026

La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza, pensemos si estamos dejando de lado campos donde habría de sembrarse también la semilla

 


La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza, pensemos si estamos dejando de lado campos donde habría de sembrarse también la semilla

1Corintios 15, 35-37. 42-49; Salmo 55; Lucas 8, 4-15

La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza. ¿Sabe él de antemano los frutos que va a recoger? Podrá hacerse sus previsiones en vista de lo que haya preparado la tierra para echar la simiente, pero siempre lo hace con una esperanza; se cumplirán o no sus previsiones, pero no quiere dejar ni un palmo de tierra sin que allí se eche la simiente y, como decíamos, siempre con la esperanza, como solemos decir que los tiempos vengan buenos, que no acechen las plagas, que la tierra se vuelva fecunda, que germine debidamente la semilla y no tenga obstáculo para crecer y para dar fruto.

Hoy nos habla el evangelio de un sembrador, y por lo que parece es trigo o semejante la semilla arrojada a la tierra, pero que nosotros desde nuestras experiencias y la multiplicidad de plantas que nos pueden dar fruto podíamos pensar en cualquier otra simiente. No quiere, como decíamos, el agricultor o el sembrador dejar ningún palmo de tierra donde se arroje la semilla para que, aunque sean muchas las dificultades que surjan de cualquier lugar podamos obtener un fruto.

Creo que entre otras cosas es también la intención de quien nos ofrece la parábola, de Jesús que es el sembrador que recorrerá todos los campos, llegará a los lugares más inverosímiles siempre con el deseo de sembrar la semilla, de regalarnos su amor. Ya de antemano la parábola nos está hablando de que en todos los lugares aquella semilla no pudo prender y si acaso germinó muchas veces se perdió; pero el sembrador en su esperanza no dejó de sembrar la semilla en todos los lugares.

Siempre cuando reflexionamos sobre esta parábola pensamos en qué clase de tierra somos, de cuáles son los pedruscos de nuestra tierra o la dureza del camino, cuáles son los zarzales de nuestros apegos o las cosas que nos distraigan de ese fruto que tendríamos que dar. Y ciertamente tenemos que hacernos esos planteamientos y esa reflexión.

Pero yo quiero fijarme hoy en el sembrador con su esperanza y con su esfuerzo por sembrar la semilla en todos los lugares aunque pudiera prever que no siempre iba a tener la tierra propicia para que germinara y llegara a dar fruto. ¿Y si en medio de aquellos pedregales hubiera un trozo de buena tierra que ayudará a la germinación de la semilla? ¿Y si en un momento determinado alguien pudiera desprenderse de esos apegos para hacer posible que al menos en alguna parte del campo se pudiera coger fruto? El corazón del hombre puede cambiar, ahora puede tener unos apegos, pero en algún momento podemos caer en la cuenta de que tenemos que liberarnos de esas cosas para emprender un buen cultivo de la tierra de nuestro corazón.

La esperanza de Dios, vamos a decirlo, así como una manera de hablar, tiene un sentido distinto de nuestras esperanzas que un día se nos pueden desinflar, pero cuando queremos actuar según el actuar de Dios de otra manera hemos de realizar nuestras tareas. Quiero pensar en esos desánimos que muchas veces rondan por nuestra cabeza o nuestro corazón cuando queremos trabajar por los demás y no siempre vemos el fruto que deseamos; cómo en nuestras tareas algunas veces descartamos el llegar a algún lugar, algún ambiente, algún campo de trabajo de la vida, porque nos parece que son lugares donde no se puede sacar nada y para qué, nos decimos, vamos a gastar esfuerzos ahí. Y rondan alrededor de nuestras iglesias, de nuestras comunidades bolsas de personas o de campo de trabajo que de antemano desechamos por difícil.

¿Dónde está nuestra esperanza? ¿Dónde la confianza que ponemos en aquel que guía nuestra vida y nos acompaña? ¿Dónde está ese arrojo y valentía que nos impide quedarnos quietos superando los miedos que podamos tener a los posibles fracasos? Nuestras cobardías y miedos están impidiendo que la semilla del evangelio se siembre en todos los campos. ¿Es esa manera de actuar la que quiere el Señor de nosotros?


lunes, 7 de septiembre de 2026

Nos felicitamos con María en su cumpleaños, haciendo fiesta porque en su nacimiento estamos contemplando la aurora de nuestra salvación

 



Nos felicitamos con María en su cumpleaños, haciendo fiesta porque en su nacimiento estamos contemplando la aurora de nuestra salvación

Miqueas 5, 1-4a; Salmo 12; Mateo 1, 18-23

En este día 8 de septiembre celebra la Iglesia una festividad de la Virgen María, su Natividad, su nacimiento. ¿Cuál es el primer sentimiento que provoca el nacimiento de alguien? Hemos de reconocer que alegría; es la noticia llena de alegría que corre de boca en boca entre vecinos y familiares ante el nacimiento de un niño; todos sentimos palpitar en nuestro corazón la alegría de su nacimiento y pronto corremos a felicitarnos porque siempre es algo que sentimos como muy nuestro y a felicitar a sus padres.

En el paso de los años ese alegría se mantiene porque todos seguimos celebrando el aniversario del nacimiento y es fecha que nunca olvidamos. Una alegría en el nacimiento siempre llena de esperanza pero siempre atravesada por los interrogantes de lo que va a ser aquella criatura que comienza el recorrido del camino de su vida, queriendo siempre expresar los mejores deseos para que por nada se vea perturbada esa vida que comienza su camino.

Para nosotros, pues, también es un día grande de alegría en el nacimiento de María y tendríamos que decir muchas cosas. No podemos menos que hacer que sea un día de felicitación y de bendiciones queriendo, pues, felicitar a María en su cumpleaños. ‘Me felicitarán todas las generaciones’ proclamará en su cántico de alabanza al Señor cuando reconoce las maravillas que el Señor hace en la humildad de su esclava, cómo ella misma se siente en las manos del Señor. Y ahí se nos manifiesta la grandeza de María, reconociendo que el Señor ha realizado en ella maravillas - ¿y qué maravilla más grande que la de hacerla su madre? – sin embargo ella sigue sintiéndose siempre la pequeña, la humilde esclava del Señor.

¿No tenemos, pues, muchos motivos de alegría y de alabanza al Señor en el nacimiento de María? Su nacimiento es la aurora de la salvación, como proclamamos en la liturgia de este día. La aurora es ese momento en que sin aún ver al sol ya estamos alumbrándonos con su resplandor que traspasa los limites del horizonte. Así es María para nosotros porque nos anuncia la cercanía del Sol que nos viene de lo Alto porque de ella había de nacer quien fuera nuestra salvación.

Aquel pueblo que caminaba en tinieblas en la espera de la pronta venida del Mesías, en el actuar de Isabel con la visita de María a las montañas de Judea y en la reacción de la criatura que llevaba en su seno, el futuro precursor del Mesías, están recibiendo ya esos primeros resplandores de la salvación con la presencia de María, que venía a ser esa aurora que anuncia el nacimiento del Salvador.

Es la alegría de los cielos y es la alegría de Dios que en María se sintió complacido para fijarse en ella y hacerla su Madre. Es por lo que el ángel de la anunciación que encontró gracia ante Dios, ‘la llena de gracia’ la llama porque en ella de manera especial va a morar Dios cuando se encarne en sus entrañas. ¿No podríamos decir, entonces, que en el cielo también las campanas sonaban a gloria con el nacimiento de María? Es lo que ella luego va reconocer, cómo Dios se fijó en su pequeñez, porque son los pequeños y los humildes los más gratos a Dios, que rechaza la vanidad de los soberbios pero engrandece a los humildes.

Es la alegría de nuestro corazón que saborea la ternura de una madre, que como madre sabe caminar al lado de sus hijos, a quien nosotros como a una madre la vemos embellecida con todas las virtudes que hemos de copiar para nuestra vida, y como hijos que quieren seguir las huellas de la madre sentimos el calor de su mano maternal que nos sostiene en los momentos difíciles, que nos alienta y nos empuja para que sigamos adelante y para que aspiremos a cosas mejores, y como madre es también luz que nos ilumina el corazón para que son su reflejo sepamos llegar siempre a la luz de Jesús. En las advocaciones con que la celebramos este día unas veces la llamamos la Virgen y Madre de la luz, y otras veces la invocamos como Señora de los Remedios, por citar algunas de esas advocaciones de nuestra devoción, clara referencia a lo que venimos reflexionando.

Muchos motivos tenemos para celebrar la Natividad de María y con ella llenarnos de alegría, porque es Aurora de nuestra Salvación. Es el feliz cumpleaños de María en el que nos alegramos todos sus hijos y con ella queremos festejarlo.


jueves, 3 de septiembre de 2026

Jesús quiere seguir contando con nosotros, darnos confianza y quitarnos los miedos, porque nos abre nuevos horizontes como pescadores y sembradores de esperanza

 



Jesús quiere seguir contando con nosotros, darnos confianza y quitarnos los miedos, porque nos abre nuevos horizontes como pescadores y sembradores de esperanza

1Corintios 3, 18-23; Salmo 23; Lucas 5, 1-11

¿Estamos contentos con lo que hacemos? ¿Estamos contentos con nuestro trabajo? ¿Estamos contentos con los frutos, los beneficios, las ganancias, llamarlo como queramos, de ese trabajo que realizamos? ¿Vemos algún beneficio? ¿Nos sentiremos cansados y desilusionados alguna vez? Hay ocasiones aunque estemos haciendo lo que nos gusta, sin embargo, en cierto modo nos sentimos defraudados; parece que aquello no tiene fin, parece que nunca las dificultades se acaban, que cada día nos resulta más costoso y nos parece no tener aliciente. No es algo que me esté inventando, porque es la realidad del camino de cada día, cuando quizás nos falte algo que le pueda dar un colorido distinto, que nos pueda hacer renovar la ilusión.

Jesús había estado estado predicando, enseñando a la gente, allí en la orilla de la playa del lago pero se había reunido tanta gente que parece que la voz de Jesús no podía llegar a todos; se subió a una de las barcas que recientemente habían regresado de su faena, mientras los pescadores estaban poniendo en orden sus cosas; desde una de esas barcas, la de Simón Pedro y su hermano Andrés Jesús enseñaba a la gente, con esas palabras que llegaban al corazón de manera que la gente se quedaba entusiasmada escuchándolo. Cuántas esperanzas se habrían despertado con aquellas palabras de Jesús, que venían corroboradas por las noticias que les llegaban de los signos que Jesús iba realizando.

Al terminar su enseñanza le pide a los pescadores que vuelvan al lago, mar adentro, para echar de nuevo las redes para pescar. ¿ Cómo se sentirían cuando de nuevo les quieren hacer volver a la faena que tan poco fruto había obtenido aquella noche? ¿Estarían con ánimos como para reemprender de nuevo la tarea siendo además de día, que no era la hora más propicia para la pesca? Es la primera reacción de Pedro, ¿a qué me vienes ahora con esas? ¿Me vas a enseñar tú a mi cuando tengo que volver a pescar? Pero a pesar de sus cansancios, sus desalientos y desilusiones algo le estaba diciendo allá en lo hondo de su corazón que hiciera caso del Maestro.

No hemos cogido nada en toda la noche en que hemos estado de faena… ¿qué me está pidiendo? Como tantas veces nosotros en la vida cuando tenemos que recomenzar las cosas que se nos han ido abajo, cuando tenemos que seguir con la tarea de la siembra a pesar de que aparentemente no hay cosecha porque nada se recoge, porque las cosas no cambian, porque seguimos encontrándonos con las mismas dificultades, porque nos parece un trabajo infructuoso a pesar de tanto esfuerzo, porque vemos que no hay respuesta, que parece que la gente no termina de entusiasmarse por cosas importantes y siguen con sus superficialidades. 

Son muchas las situaciones en que nos encontramos en el trabajo de nuestras responsabilidades que no tienen luego correspondencia en aquellos con los que trabajamos, son muchos los desalientos que sentimos cuando parece que nuestro compromiso es inútil porque nadie responde, pensamos en nuestra tarea de educadores, en la tarea de los padres, en los compromisos sociales en que nos hemos comprometido, en nuestra tarea también en medio de la Iglesia con nuestro apostolado.

‘Hemos pasado la noche de faena y no hemos cogido nada, pero en tu nombre, porque tú me lo dices y me lo pides, echaré las redes’, fue finalmente la respuesta de Pedro Y ya hemos escuchado la redada tan grande de peces que las redes se rompían y hubo que llamar a los compañeros de la otra barca para no perder aquella oportunidad. ¿Lo llegaremos a ver nosotros también? ¿Será esa nuestra conciencia de lo que sucede o nos habrá faltado algo, ese ‘en tu nombre’ con el que Pedro lanzó de nuevo la red al lago?

Cansancios y desalientos no nos faltan, como le estaba sucediendo a aquellos pescadores del mar de Galilea, pero quizás nos falta la fe de Pedro, nos falta ser conscientes de esa luz que nos ilumina, nos falta esa oración confiada y humilde a pesar de que parezca que ya no podemos más, nos falta ese reconocimiento de la acción de Dios en nuestra vida y en lo que hacemos. No llegamos a decir como Pedro ‘¡apártate de mi que soy un hombre pecador!’.

Jesús quiere seguir contando con nosotros; Jesús tiene una tarea y una misión que encomendarnos; Jesús quiere darnos confianza y que quitemos de una vez por todas nuestros miedos; Jesús quiere abrirnos nuevos horizontes, pero para eso es necesaria nuestra confianza y nuestra humildad. ‘No temas, de ahora en adelante será pescador de hombres’.


lunes, 31 de agosto de 2026

El evangelio escuchado nos está pidiendo o planteando un cambio de chip, ese cambio de ritmo, una mirada distinta exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano

 

El evangelio escuchado nos está pidiendo o planteando un cambio de chip, ese cambio de ritmo, una mirada distinta exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano

1Corintios 2, 1-5; Salmo 118; Lucas 4, 16-30

Cuando nos cambian el ritmo de aquello a lo que estábamos acostumbrados y que hacíamos casi como una rutina se nos vienen abajo nuestros ritmos, nos sentimos desconcertados y nos cuesta entrar en la nueva dinámica. Son las pruebas psicotécnicas que se emplean en muchas ocasiones para, precisamente eso, ponernos a prueba en nuestra capacidad de respuesta, nuestra posible reacción y si somos capaces de asumir el nuevo ritmo, por ejemplo, que se nos presenta. Pero sin entrar en esas pruebas técnicas son muchas veces las pruebas que la misma vida nos presenta y ante lo que tenemos que saber reaccionar con madurez por una parte, pero también estando abiertos a lo nuevo que se nos puede ofrecer y que mejoraría nuestra vida. Algunas veces nos cuesta aceptar esos cambios, nos ponemos incómodos y tenemos la tentación de ponernos en una actitud interna de rechazo ya sin saber bien por qué.

¿Será algo así lo que estamos viendo en este comienzo de la vida pública de Jesús en su presentación en Nazaret en el evangelio de san Lucas que ahora comenzamos a leer de forma continuada? Ya fue una sorpresa que al acudir Jesús aquel sábado a la sinagoga después de los primeros recorridos que ya había hecho por otros pueblos y aldeas de Galilea se haya ofrecido a hacer la lectura del profeta y su comentario. Era tarea del encargado de la sinagoga pero que él podía ofrecer a quien por allí se acercase y tuviera esa disponibilidad. Se ha escogido un texto del profeta Isaías; habla de la manifestación del Espíritu del Señor en aquel que había de venir en una clara referencia al Mesías esperado.

Ya conocemos el texto que hemos escuchado muchas veces. Habla de quien con la fuerza del Espíritu del Señor viene a iniciar un tiempo nuevo de liberación; habla de los enfermos e impedidos que recobraran vida y salud, pero habla también de otra liberación más profunda de todos aquellos que se sienten oprimidos y sin libertad; habla del tiempo nuevo del año de gracia del Señor. Claras referencias a los tiempos mesiánicos que todos estaban anhelando. Y es tajante el comentario de Jesús. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.

¿Sorpresa? ¿Alegría y esperanza renovada? ¿Admiración por quien había pronunciado tales palabras? Ellos lo conocían bien, allí se había criado, era el hijo de José el carpintero, por allá andaban aun sus parientes… ¿Dónde había adquirido aquella sabiduría? ‘Todos expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca’.

Jesús no se queda en esas palabras porque El está hablando de un tiempo nuevo, de algo nuevo que no era lo de siempre. Ellos habían oído de las cosas maravillosas que Jesús había hecho en otros lugares, bien sabemos cómo vuelan las noticias y eso que entonces no había las redes sociales que hoy tenemos, pero ya estaban pensando en sentirse los primeros beneficiarios de aquel poder que parece que se manifestaba en uno que era de su pueblo. Pero Jesús viene a decir otra cosa, busca a aquellos que tienen que ser liberados de sus esclavitudes y de sus males, pero no tiene que ser en lo de siempre, en los de siempre, en los lugares de siempre. Les recuerda que el profeta Elías atendió a una viuda que precisamente no era judía, y que el profeta Eliseo curó de la lepra precisamente a quien se podía considerar un enemigo porque era sirio.

Aquí se cambian los ritmos y los esquemas. Un día alabará Jesús la fe de un centurión romano que era gentil y del que dice que no ha encontrado en nadie en Israel con tanta fe como él; curará a la hija de la mujer de Fenicia, a quienes los judíos consideraban como los perritos y lo hará precisamente por su fe; se dejará tocar por los leprosos o por quienes eran considerados impuros como la mujer de las hemorragias que toca la orla de su manto. Algo nuevo va a suceder, algo nuevo quiere realizar Jesús. La gente de Nazaret no lo soporta porque lo considera como un desplante y terminarán porque quieren arrojar a Jesús por un barranco.

Pero esto que estamos viendo en el evangelio ahora me hace pensar en situaciones que podemos estar pasando en estos días. Cuando hablamos de necesidades, de problemas o de carencias ¿en quienes estamos pensando habitualmente? ¿En los pobres de siempre, esos que aparecen todas las semanas por Cáritas, en esa gente de nuestro entorno que sabemos también que tienen problemas para llegar a final de mes, solo en esas personas cercanas a nosotros?

Creo que nuestra mirada tiene que ir más allá. ¿No habremos escuchado alguna vez que ahora los emigrantes que de una forma o de otra están llegando junto a nosotros nos van a quitar el trabajo o los beneficios sociales que necesitan los que son de aquí? Nos quejamos de que esos recursos tengamos que gastarlos en esos que nos han aparecido de la noche a la mañana y que no son precisamente de los nuestros porque además nos parece una invasión y aquí ponemos no sé cuantas características.

El evangelio que hoy hemos escuchado ¿no nos estará pidiendo o planteando ese cambio de chip, ese cambio de ritmo, esa mirada distinta porque es también una exigencia de nuestra fe y de nuestro amor cristiano? Son cosas que tenemos que pensar, que analizar, ante las que tenemos que abrirnos viendo nuevas perspectivas.

‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.


viernes, 28 de agosto de 2026

Qué importante ese aceite que hemos de mantener como reserva en nuestro espíritu y en nuestra vida y así siempre nuestra luz resplandecerá y podrá iluminar el camino

 


Qué importante ese aceite que hemos de mantener como reserva en nuestro espíritu y en nuestra vida y así siempre nuestra luz resplandecerá y podrá iluminar el camino

1Corintios 1, 17-25; Salmo 32; Mateo 25, 1-13

Lo que tenga que suceder ya vendrá haga yo lo que haga, para que voy yo a andar con agobios y preocupaciones, habremos oído decir a alguien o lo habremos dicho en alguna ocasión; no es simplemente una frase que decimos para salir del paso, expresa una actitud y una postura, está quizás manifestando la actitud pasiva con que nos tomamos la vida o las cosas que deberíamos hacer; esperar no es quedarnos sentados aunque estemos en el lugar de paso de quien esperamos, es necesario algo más.

Hace días me sucedió, esperaba el servicio publico de transporte, la guagua como decimos en mi tierra, y estaba en su parada, pero me había sentado tranquilamente y mientras me había entretenido con el móvil, como ahora todos hacemos que lo tenemos siempre en nuestras manos, y pasó el autobús y siguió de largo dándome cuenta cuando ya iba unos cuantos metros más allá de la parada; no era suficiente que estuviera en la parada, tenía que estar atento, tenía que hacer señales de que yo quería utilizar ese servicio. Pasó de largo. Esperar no es solo estar sentado incluso aunque sea el lugar adecuado.

Es lo que nos está enseñando Jesús con la parábola que hoy nos propone y que tantas veces hemos reflexionado; nunca terminaremos de sacar enseñanzas, porque así es la riqueza de la Palabra de Dios. Unas jóvenes que salieron, según las costumbres de la época para recibir e iluminar el camino del novio que llegaba a su boda; su misión esperar para luego poder iluminar acompañando con sus lámparas encendidas al cortejo; pero había que tener también suficiente aceite para que esas lámparas se mantuvieran encendidas. La parábola habla de una tardanza, porque además nunca se sabe ni el día ni la hora, pero también de un dormirse de quienes estaban esperando; despiertas quizás se hubieran dado cuenta de la tardanza y de la posibilidad de no tener suficiente combustible para reabastecerse a tiempo, pero habían entrado en una pasividad por la mala confianza que no les había hecho previsoras. Luego ya no fueron reconocidas cuando llegaron hasta la puerta cerrada ya.

Es la necesaria vigilancia de la vida, hay que estar atentos, debemos dar señales de que en verdad estamos esperando algo, hemos de tener las necesarias disposiciones, tenemos que darnos cuenta de la importancia del momento, tenemos que sentirnos responsables de lo que tenemos entre manos y actuar en consecuencia, las actitudes pasivas no son las mejores porque al final nos quedamos dormidos o perdemos la conciencia del lugar que hemos de ocupar en la vida, hemos de ser conscientes de verdad de la transcendencia que tiene cada momento y cada cosa que hagamos.

Podemos pensar en ese momento final de nuestra existencia para el que debemos estar preparados porque esa vigilancia y esa preparación que vivamos en cada momento va a definir el sentido ultimo de nuestra vida pero también de nuestra eternidad. ¿Podremos escuchar entonces ese ‘venid benditos de mi Padre a poseer el Reino que tengo preparado para vosotros…’ porque realmente hemos estado vigilantes y en buena disposición para ese momento final y transcendental?

Pero precisamente por eso hemos de estar con esa vigilancia y atención en cada momento de nuestra vida porque un tesoro se ha depositado en nuestras manos que no podemos enterrar, como se nos dirá en otra parábola. Tenemos una responsabilidad en nuestras manos y no solo porque pensemos en un beneficio propio sino también porque en eso que hacemos nos debemos a los demás. Desarrollamos nuestros valores y capacidades, hacemos florecer nuestras cualidades y nuestras posibilidades, nos sentiremos enriquecidos y no solo es pensar en lo económico sino en lo humano y en lo espiritual con el fruto que producimos con nuestro hacer, pero que no es solo para nosotros sino que también es en bien de los que nos rodean, de nuestra sociedad a la que estamos enriqueciendo también con lo que nosotros aportamos, construimos, ideamos. Aquellas doncellas no solo alumbraban el camino para si, sino para todos los que iban a participar de aquella boda. Nuestra tarea no solo nos da una riqueza personal sino que es riqueza para toda la humanidad.

Eso nos tiene que hacer pensar en el cuidado de nuestra vida, en cómo nosotros también tenemos que ir enriqueciéndonos interiormente para poder luego iluminar a los demás, cómo tenemos que preocuparnos de crecer por dentro, de no enterrar nuestros talentos, de sacar a flote toda nuestra creatividad, de ofertar a los demás esa riqueza interior que tenemos que alimentar y hacer crecer. 

Qué importante es todo aquello que nos pueda ayudar en nuestra formación y en nuestro crecimiento, qué importantes son esos deseos de superación que tenemos que alimentar dentro de nosotros, qué importante es que limemos todo aquello que forma parte de nuestra vida y de nuestro carácter para que podamos ajustarnos bien con los demás y por el roce nunca nos hagamos daño. Es ese aceite que hemos de mantener siempre como reserva espiritual en nuestra vida y así nuestra luz siempre brillará.