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viernes, 23 de octubre de 2026

Seamos capaces de discernir las señales aunque parezcan humildes y pequeñas que nos hacen sentirnos optimistas y llenos de esperanza para crear un mundo nuevo y mejor

 


Seamos capaces de discernir las señales aunque parezcan humildes y pequeñas que nos hacen sentirnos optimistas y llenos de esperanza para crear un mundo nuevo y mejor

Efesios 4, 1-6; Salmo 23;  Lucas 12, 54-59

Ahora todos entendemos del tiempo, es tema fácil de nuestras conversaciones y sobre todo los más veteranos del lugar siempre están pendientes del horizontes y de las señales del cielo, de las nubes, sus formas y su situación – es curioso como en nuestra tierra nos fijamos mucho en las formas que adquieren las nubes cuando están sobre el Teide -, de los vientos según vengan en un sentido o en otro, para decir el tiempo atmosférico que se avecina, si tendremos lluvias o tendremos calor; es cierto que hoy ya estamos más pendientes de las cartas de isobaras que vemos en las imágenes de la televisión que nos hablan de los pronósticos del tiempo.

Miramos las señales de nuestros tiempos atmosféricos pero quizás nos cuesta más hacer una lectura de la historia y de la vida, de los acontecimientos que se suceden en nuestro mundo y no llegamos a entender, o al menos en ocasiones hacemos oídos sordos, las señales que se nos dan de lo que es la sociedad en la que vivimos y los derroteros que quizás tendríamos que enmendar.

¿No será eso lo que Jesús nos quiere decir con las palabras que le escuchamos hoy en el evangelio? Después de decirnos que sabemos hablar mucho del tiempo, nos afirma, ‘sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que es justo?’ Es lo que solemos llamar los signos de los tiempos. Tenemos que aprender a leer nuestra historia, que no es necesario que hagamos un viaje muy largo a tiempos pasados, sino saber descubrir en esos acontecimientos cercanos a nuestro tiempo presente como también los acontecimientos que vamos viviendo en nuestra propia vida para hacer un discernimiento de cuanto acontece.

Pero cuidado con la luz que ponemos en nuestros ojos porque también podríamos tener la tentación de ser catastrofistas para verlo todo negro y no descubrir tras esa pantalla de tantas cosas que nos parece que lo llenan todo de oscuridad luces tintineantes, muchas veces como rescoldos, que nos dicen que aun queda una llama que podemos reavivar, que tenemos que saber discernir para no apagar esa pabilo humeante del que podemos hacer brotar una llama que llene de renovado calor la vida para hacerla de nuevo resplandecer.

Hay todavía en nuestro mundo pequeñas semillas que un día germinarán y nos podrán ofrecer bellas flores prometedoras de exuberantes frutos. Seamos capaces de fijarnos y valorar esas pequeñas luces que podemos encontrar a nuestro alrededor porque si sabemos unirlas y hacerlas entrar en comunión podremos hacer que brillen resplandecientes estrellas que como soles iluminen nuestro camino.

San Pablo hoy en la carta a los Efesios que estamos escuchando estos días cuando nos pide que vivamos conforme a la vocación a la que hemos sido convocados y nos señala esas cosas que nos pueden parecer pequeñas y humildes pero que pueden tener, que van a tener mucha importancia en nuestra vida. ‘Sed siempre humildes y amables, nos dice, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz’. Todo un hermoso programa, todo un catálogo de virtudes y valores que hemos de desarrollar, humildad, amabilidad, comprensión y aceptación mutua, amor y comunión que serán constructores de la verdadera paz.

Fijémonos, pues, en esa gente humilde y sencilla que camina a nuestro lado, que no hace ruido pero que deja una hermosa huella tras de sí; sintamos admiración por quienes tienen un corazón siempre comprensivo y lleno de misericordia; apoyemos a tantos que sin gritos sin embargo están siempre buscando el encuentro entre unos y otros, que son capaces de promover momentos de encuentro y cercanía entre todos siendo lazos de unión y promotores de todo aquello bueno que nos hace sentirnos que vamos en el mismo barco y todos tenemos que remar en la misma dirección.

Son las señales de algo nuevo que puede surgir en nuestro mundo, son señales de que el Reino de Dios no está agostado, son señales de esa pequeña semilla que hemos de sembrar pero que un día germinará en una vida nueva para nuestro mundo. Con ojos de fe tenemos que saber mirar nuestro mundo y cuando sucede a nuestro alrededor, Dios nos está dejando señales de que en verdad podemos hacer un mundo nuevo y mejor.


jueves, 24 de julio de 2025

Necesitamos entrar en una sintonía nueva para escuchar todo lo que Jesús se hace Palabra de Dios para nosotros desde sus gestos y sus signos

 


Necesitamos entrar en una sintonía nueva para escuchar todo lo que Jesús se hace Palabra de Dios para nosotros desde sus gestos y sus signos

Éxodo 19,1-2.9-11.16-20b; Dn 3,52.53.54.55.56; Mateo 13,10-17

Es muy variada y rica en sus diversas expresiones la cantidad de lenguajes que utilizamos en la vida para entrar en comunicación y hasta en comunión los unos con los otros; y no me estoy refiriendo a la diversos idiomas con todas sus variantes que utilizamos los diferentes pueblos del mundo; estoy hablando de un lenguaje que muchas veces va más allá de las palabras pues nos manifestamos por signos y por gestos, nos expresamos con nuestra presencia corporal, pero también hemos de saber descifrar el lenguaje de los acontecimientos que también nos hablan y hasta en cierto modo pueden ser portavoces de otra voz superior, que nos llega de la naturaleza pero más aún nos trasciende y sentimos que nos viene también de Dios.

Claro que es necesario saber entrar en sintonía, captar la onda, escuchar con el corazón, leer más allá de unos sonidos o de unos signos, saber captar esa voz misteriosa que nos llega pero para lo que hemos de tener el corazón preparado. Obtusos muchas veces nos quedamos en la materialidad de lo que vemos o de lo que nos llega por los sentidos, pero tiene que haber otra afinación, para lo que ciertamente hemos de hacer también un aprendizaje, para saber interpretar, para no quedarnos por las ramas, para no sostenernos en la literalidad de unas palabras o unos hechos que para nosotros han de ser signos de algo más, de algo nuevo para nuestra vidas.

Ahí está el camino de sabiduría que tenemos que emprender, aprendiendo a saborear que es algo más que tragar. Y muchas veces nos tragamos las cosas pero no saboreamos la vida, no entramos en ese camino de nueva sabiduría. Cuando lo encontremos nos sentiremos dichosos porque es entrar en un camino de plenitud para nuestra vida.

Hoy escuchamos en el evangelio que los discípulos más cercanos a Jesús le preguntan por qué cuando le habla a la gente lo hace con parábolas. Jesús en sí mismo, podríamos decir, es la Parábola viva de Dios, porque es a través de quien Dios nos habla; así se manifestado Jesús con la gente a la que enseña, pero a la que está hablando también a través de los signos que realiza; a los milagros los evangelistas los llaman signos, porque hay que ir más allá del milagro en sí mismo que ya también es voz de Dios en lo que Jesús quiere significar para nosotros con lo que realiza; pero es la cercanía de Jesús, son sus gestos y sus detalles, es el detenerse junto al camino, o dejarse acariciar por los niños, es la mano que pone sobre el enfermo o el que se siente caído, o es el gesto de dejar que abran un boquete en el techo para que quien está impedido por otras cosas pueda llegar hasta Él y en encontrar salud y encontrar salvación.

Las palabras algunas veces nos son difícil de interpretar, porque cada uno podemos darle un sentido a lo que oímos según lo que tengamos en el corazón por eso Jesús se hace entender con un lenguaje sencillo como un buen pedagogo pero también irá directamente al corazón de quien le escucha señalándole incluso con crudeza lo que es su vida, como a la mujer que se acercó a buscar agua al pozo de Jacob en Samaría. Habla Jesús del agua y aquella mujer en principio querrá de esa agua que calma la sed para no tener que ir cada día a aquel pozo a buscarla, pero Jesús está queriendo ofrecer esa agua cuando con la fe le aceptamos y abrimos no solo los oídos sino sobre todo el corazón.

Son los lenguajes de Jesús que así en sus palabras pero sobre todo en su vida es Palabra de Dios para nosotros. Pero hemos de querer escucharle, quitarnos las vendas de los ojos o alejar de nosotros los prejuicios o las ideas preconcebidas; por eso nos hablará igual del samaritano que es de otra zona y de quien se tiene unos conceptos preconcebidos, como se mezclará con los pecadores y con los publicanos que todos desprecian, escogiendo a alguno de ellos, Leví, para formar parte incluso del grupo de los doce; se dejará lavar los pies por la mujer pecadora aunque todos la rechacen igual que por el corazón agradecido de María de Betania que previamente se había sentado a los pies de Jesús para escucharle.

¿Seremos capaces de entrar en esa sintonía nueva que Jesús nos ofrece con su Palabra para escucharle?


domingo, 23 de marzo de 2025

Escuchemos en el silencio del corazón esas llamadas de Dios y en lo sencillo y en lo pequeño sepamos escuchar la voz de Dios que espera la respuesta de nuestra conversión

 


Escuchemos en el silencio del corazón esas llamadas de Dios y en lo sencillo y en lo pequeño sepamos escuchar la voz de Dios que espera la respuesta de nuestra conversión

Éxodo 3, 1-8a. 13-15; Salmo 102; 1 Corintios 10, 1-6. 10-12; Lucas 13, 1-9

Cuando nos ponemos a pensar un poco y contemplamos las cosas que van sucediendo en el momento presente en nuestro mundo de alguna manera se nos mete el miedo en el cuerpo, por decirlo de alguna manera, y nos llenamos de muchos interrogantes que nos pueden hacer plantear muchas cosas; guerras provocadas por la maldad de los hombres – no podemos decir otra cosa u otra razón – con el sufrimiento y muerte de tantas personas, catástrofes naturales que se suceden y que también producen tantos estragos y se llevan a tantas vidas humanas por delante, y de eso tenemos hecho muy concretos, muy recientes y muy presentes, como muchas cosas de índole personal que nos van sucediendo y nos llaman la atención en cosas que nos pasan, en enfermedades que aparecen en nosotros o en los nuestros, en las limitaciones que vayamos sufriendo quizá por el paso de los años.

¿Qué sucede? ¿Qué avisos pueden ser esas cosas para nuestra vida y para nuestro mundo? ¿De qué son señales esas cosas? Pero hemos de tener cuidado con los catastrofismos y radicalismos de planteamientos. ¿Dónde buscamos las culpas? ¿Serán acaso castigos divinos?, llegamos también a pensar. ¿Qué llamadas podemos ahí encontrar?

En el evangelio vemos que también van a contar a Jesús lo que ha sucedido recientemente en el templo, con la sangre de los galileos derramada en el lugar de los sacrificios desde aquellas represiones del poder dominante. Algo que realmente era muy indignante para los judíos por tratarse del lugar sagrado. Reacciones quizás de todo tipo se podían estar dando. ¿Estarían buscando quizás que quien parecía ser el Mesías se pusiera al frente de lo que pudiera suceder? también había acaecido otro suceso en la piscina de Siloé donde la caída de una pared había producido también algunos muertos.

Una forma de pensar y de reaccionar ante cosas así era el atribuir a un castigo del cielo porque aquellas personas eran pecadores. ¿No decimos nosotros también muchas veces que Dios castiga sin piedra ni palo?

Jesús les dice que no piensen que aquellos que murieron en tales acontecimientos eran más pecadores que los demás. No podemos pensar en castigos del cielo porque el actuar de Dios es de otra manera. Nos lo está manifestando en la misma presencia de Jesús que no teme estar en medio de los pecadores porque El es el médico que viene a sanar y a curar, no a castigar ni a llegar a la muerte como castigo. Qué distinto a nuestros criterios tan fáciles para juzgar y para condenar, pero fáciles para juzgar y condenar a los demás, porque a nosotros mismos no nos miramos.

Es lo que quiere Jesús, que nos miremos a nosotros mismos, no para hundirnos en nuestras culpas, sino para contemplar lo que es la misericordia de Dios. Y nos propone una pequeña parábola. El hombre que tenía una higuera y año tras año, y ya van tres, viene en su época a buscar higos, pero la higuera no da higos. Parece inútil e inservible en medio de su huerta y lo que no sirve se quita de en medio. Pero allí está el hortelano que le pide paciencia al dueño; él la va a trabajar con especial cuidado, cavará a su alrededor y la abonará en abundancia con la esperanza de que un día dé fruto.

Es la paciencia de Dios con nosotros, mejor tenemos que decir, el amor misericordioso de Dios que viene a buscarnos como hizo con el pueblo oprimido en Egipto y siempre está esperando nuestra respuesta. Continuamente nos está ofreciendo su gracia, pone a nuestro lado otro Moisés que nos haga llegar esa llamada de Dios y nos abra a nuevos caminos de liberación para nuestra vida, va dejando señales en nuestro camino para que en verdad nos convirtamos y hagamos nuestra vuelta al amor de Dios, nos regala continuamente su Palabra que nos llega no solo en aquellas celebraciones en las que participamos sino de mil medios y maneras se hace presente en nuestra vida, recibimos el testimonio de tantos a nuestro alrededor que son llamadas de Dios a nuestra vida. ¿Qué respuesta estamos dispuestos a dar?

El camino cuaresmal que ahora estamos haciendo es una gracia de Dios. Tiempo favorable, tiempo de salvación, tiempo propicio, hemos ido escuchando una y otra vez. No tenemos que irnos por tremendismos de interpretaciones forzadas de los acontecimientos de la vida – también puede ser un toque de atención – sino que en lo sencillo y en lo pequeño hemos de saber escuchar esa voz de Dios. Vayamos rumiando esa palabra que cada semana o cada día vamos escuchando y seamos capaces de abrir nuestro corazón a Dios. Escuchemos en el silencio de nuestro corazón esas llamadas de Dios.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

El Señor llega a nosotros de mil maneras, pero nosotros hemos de preparar nuestro espíritu, cultivar nuestro espíritu, alimentar nuestra fe en la humildad y rectitud de vida

 


El Señor llega a nosotros de mil maneras, pero nosotros hemos de preparar nuestro espíritu, cultivar nuestro espíritu, alimentar nuestra fe en la humildad y rectitud de vida

Jeremías 23, 5-8; Salmo 71; Mateo 1, 18-24

En la vida tenemos a veces hermosos sueños, pero que en ocasiones parece que se truncan luego en lo que es la realidad de nuestro caminar y pueden producirnos desilusiones o incluso sensación de fracaso. Cuando digo sueños estoy pensando en deseos, en proyectos que nos hacemos donde en la descripción que nos hacemos de los mismos lo vemos todo maravilloso y en cierto modo idílico. Pero como decíamos cuando bajamos al caminar de la vida ordinaria las cosas nos salen de distinta manera y pueden surgir muchas dudas e interrogantes en nuestro interior.

El evangelio comienzo a hablarnos de una pareja, que solo en ese momento están prometidas, que también tienen sus sueños y sus ilusiones. Pero las cosas parece que comienzan a hacer otro camino. Resultó que María esperaba un hijo y a José le sentó fatal como todos podemos comprender; quería repudiarla, pero era de tal bondad en su corazón que no quería hacer daño a nadie, y menos a María a quien seguía amando; por eso, nos dice el evangelista, decide repudiarla en secreto. ¿Los fracasos de la vida? ¿Un anuncio en cierto modo profético de lo que más tarde diría Simeón de que aquel niño era todo un signo de contradicción?

Pero eran las cosas de Dios. Y José siente esa presencia de Dios en su vida; era un hombre de fe que sabía hablar y escuchar a Dios en su corazón. Nos hablará el texto evangelizo de un ángel y que se aparece en sueños, que era una forma de hablar y expresar cosas que eran difíciles de expresar en palabras humanas. José llegará a comprender el misterio de Dios que se realiza en María. Al menos en su fe, que no se resiente, acepta desde lo hondo de su corazón lo que son los planes de Dios. ‘la recibió en su casa’, nos dice el evangelista.

Los planes de Dios que tantas veces nos cuesta descubrir y aceptar. El verdadero creyente confiesa que su vida está en las manos de Dios. Planes de Dios que en ocasiones nos cuesta, como decíamos, descubrir, se nos hacen inescrutables. Es necesaria una sensibilidad especial que desde la fe hemos de saber despertar en el alma. La sintonía de Dios que nos suena de formas diversas, que nos suena donde menos lo esperamos, que nos suena en esos acontecimientos de la vida que no tienen que ser extraordinarios sino quizás en eso pequeño que vivimos o que nos sucede. Hay peligro, es cierto, de confusiones, que nos veamos perdidos, que comencemos a tomar decisiones que más bien provocan en nosotros peores interrogantes porque nos llenan de dudas. 

¿Llegaremos a sentir la presencia del ángel del Señor en nuestra vida que se nos revela, que nos descubre ese misterio de Dios? El Señor puede llegar a nosotros de mil maneras, pero también nosotros hemos de preparar nuestro espíritu, cultivar nuestro espíritu, cuidar y alimentar nuestra fe, tener una apertura en la vida, que haya también una bondad y una rectitud en nuestro corazón para no querer nunca lo malo ni el hacer daño a nadie,  y para eso es necesario también mucha humildad para dejarnos conducir.

Lo estamos hoy viendo hoy en la figura de José. Era un hombre bueno, nos dice el evangelista. Algo que nos habla de la bondad de su corazón, pero también de su espíritu de fe y de su humildad. Será el hombre que pasará en silencio por las páginas del evangelio pero en quien vemos resplandor su fe y su bondad. ¿Seremos capaces de imitarle?

Es lo que hoy nos está planteando el evangelio para nuestra vida. Solo así podremos descubrir el misterio de Dios en nosotros, los planes que Dios tiene para nosotros y llegar a aceptarlos. Sepamos leer los acontecimientos de nuestra vida aunque nos puedan parecer en ocasiones llenos de sombras, como le pasaba a José. Pero él se encontró con la luz, llego a sentir la presencia del Emmanuel en su vida, al que llamaría Jesús porque era en verdad la salvación. Intensifiquemos todo esto en estos pasos que nos quedan del adviento.

viernes, 25 de octubre de 2024

Necesitamos aprender a discernir las señales que Dios hoy va poniendo en nuestro camino para desde nuestra fe dar respuesta a los problemas de la vida

 


Necesitamos aprender a discernir las señales que Dios hoy va poniendo en nuestro camino para desde nuestra fe dar respuesta a los problemas de la vida

Efesios 4, 1-6; Salmo 23; Lucas 12, 54-59

Cuando hoy queremos emprender una tarea, realizar una obra, sacar adelante una empresa o simplemente construir una casa no lo hacemos ‘a lo loco’, podríamos decir, sino que previamente hay que planificar bien lo que queremos hacer, hacemos un proyecto decimos, pero estudiamos sus posibilidades, las salidas que pueda tener lo que emprendemos; todo un trabajo técnico, si queremos llamarlo así, pero diríamos que es algo que hemos de llevar a cabo con todo cuidado. Hoy tenemos estudios y posibilidades de analizar todas las circunstancias que van a rodear aquello que emprendemos y a través de señales, podemos decir así, que nos da la misma sociedad en que vivimos, lo que sucede, lo que son las apetencias de la gente, las nuevas costumbres que van surgiendo, las necesidades, con todas esas circunstancias podemos conocer bien aquello en lo que nos metemos, hacia donde vamos y lo que podemos hacer.

¿Por qué seremos tan cuidadosos en la vida de nuestros negocios para ver las ganancias que podemos obtener pero no somos igualmente cuidadosos con nuestra vida para encontrarle el sentido profundo que tendríamos que darle? Es la tarea humana en la que de verdad tenemos que embarcarnos para que realmente vayamos creciendo más y más como personas, para desarrollar nuestras capacidades y valores, para darle verdadera profundidad a lo que hacemos.

Y lo decimos en ese plano humano, que va más allá de unos rendimientos económicos que podamos obtener y de lo que tanto nos preocupamos, pero también tenemos que hablarlo del sentido espiritual de nuestra existencia. Somos algo más que un cuerpo que come y que crece, que pueda encontrar unas satisfacciones físicas o pasionales, hay algo dentro de nosotros que nos tiene que hacernos elevar en la vida porque sería lo que nos daría verdadera profundidad.

Lo tenemos que mirar también en el camino de nuestra fe y de lo que tiene que ser nuestra vida cristiana. No lo podemos reducir a unas buenas costumbres o al seguimiento o cumplimiento de unas tradiciones. Algo más tiene que ser la fe y el evangelio en nuestra vida, porque no es solo un barniz que ponemos por fuera para que brille en unos determinados momentos; ya sabemos que los barnices al final se hacen opacos y ya no nos valen para mantener el autentico brillo; necesitamos renovarnos, como necesitamos renovarnos nosotros mismos, pero no desde el exterior, sino desde lo más hondo de nuestra vida.

Y es que con nuestra fe tenemos que responder a lo que es la vida que hoy vivimos; es ahí donde tenemos que vivirla y expresarla y con lo que tenemos que darle un sentido a todo cuanto hacemos. Necesitamos una profundidad espiritual. Necesitamos aprender a dar esa respuesta allí donde estamos. Pero para ello hemos de saber tener una sabia mirada a lo que es nuestra vida, pero también a ese mundo en el que estamos. Y esa renovación que surge será verdadera transformación, será verdadera levadura para ese mundo en el que vivimos.

Hoy hemos escuchado en el evangelio que Jesús les decía a la gente de su tiempo que sabían leer los signos del tiempo, si había nubes o si venía el bochorno y el viento del mar o del desierto, para saber qué tiempo tendrían, pero les echaba en cara que no habían sabido leer los signos de los tiempos. Sí, en aquello que estaba sucediendo, en la propia historia que estaba viviendo tenían que saber leer las señales que Dios iba poniendo en todo aquello. Así discernimos lo que es la voluntad de Dios, así discernimos lo que es plan de Dios, así ellos entonces tenían que descubrir esas señales de Dios en lo que Jesús les decía o lo que Jesús hacía. Pero no habían sabido hacerlo.

Pero no es la recriminación de Jesús solo para aquellas gentes sino que esas palabras de Jesús nos valen para nosotros hoy. Tenemos que aprender a hacer esa lectura de la vida, de lo que sucede en el hoy de nuestra historia, de aquello también de lo que somos herederos, es cierto, pero del momento presente, porque Dios también va poniendo señales en nuestro camino para que nos encontremos con El, para que descubramos de verdad el sentido que desde nuestra fe tenemos que darle al mundo de hoy, a la vida que vivimos en ese mundo concreto en el que estamos.

Necesitamos esa sabiduría del Espíritu que nos ilumine y que nos guíe. Pero tenemos que dejarnos conducir. Muchas son las señales que en la Iglesia podemos encontrar, muchos son los signos que en las necesidades y problemas de nuestro tiempo hemos de saber encontrar. Ahí tenemos una llamada de Dios. No cerremos los ojos; no nos hagamos oídos sordos; sintonicemos con esa Sabiduría de Dios para leer los signos de nuestro tiempo. Si somos tan listos para las cosas de la vida, seamos listos para discernir las señales de Dios.

viernes, 17 de noviembre de 2023

La esperanza es una virtud fundamental que tenemos que saber avivar y cultivar con fuerza en nuestro corazón para mantenernos firmes en el camino

 


La esperanza es una virtud fundamental que tenemos que saber avivar y cultivar con fuerza en nuestro corazón para mantenernos firmes en el camino

Sabiduría 13,1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37

Algunas veces nos acostumbramos a las cosas, que si bien en un principio nos producen una gran impresión, parece que con la repetición de noticias semejantes vamos perdiendo la sensibilidad y ya aunque las oigamos repetidamente ya no las escuchamos, no le prestamos atención.

¿Nos habremos acostumbrado a oír noticias de guerra? Parece que a eso no nos acostumbraríamos, pero ¿quien le da ahora la misma importancia a la guerra de Ucrania cuando llevamos tantos meses oyendo hablar de lo mismo?  Los sufrimientos humanos ahí están, continúa la destrucción de una nación, y parece que ya no le damos tanta importancia. Están los acontecimientos de la franja de Gaza, y parece que unas noticias solapan las otras noticias y ya no sabemos a qué darle más importancia, y al final casi terminamos olvidándolo.

Y podemos pensar en terremotos que con su destrucción se llevan tantas vidas por delante, en volcanes que destruyen lugares y ponen en peligro la vida de personas, en huracanes o ciclones que todo lo arrasan dejando tras de sí muerte y desolación. Pero todos los años oímos hablar de esos huracanes, y ahora hasta nos hacen gracia los nombres que le ponen. ¿Habremos perdido la sensibilidad? ¿Nos estamos acostumbrando a todas esas noticias?

Y todos esos acontecimientos vienen de la noche a la mañana, como se suele decir, en el momento que menos lo esperamos, y aunque haya señales que nos puedan delatar lo que puede suceder, parece que eso no va a pasar y no les prestamos atención. ¿La desolación está en todas esas cosas que suceden y de la manera cómo suceden, o la desolación estará en nuestros corazones? Habría que pararse a pensar. ¿Y todas esas cosas que suceden así de manera imprevista no pudieran ser llamadas para alguna respuesta que tuviéramos que dar nosotros? ¿Habrá algún mensaje que pudiéramos leer en todo eso?

Jesús nos habla en alguna ocasión en el evangelio que hemos de saber leer los signos de los tiempos. Y de esto nos está hablando hoy en el evangelio cuando nos da unas señales de algo que puede suceder y de lo que hacemos en principio una lectura en cierto modo escatológica, pensando en los tiempos finales. Unos tiempos finales que sabemos que vendrán, no sabemos cómo ni cuando, pero que hemos de saber discernir bien para nuestra vida.

En el momento presente también tenemos momentos inesperados, y no pensamos ya solamente en esas catástrofes de la naturales, como hemos venido describiendo, no pensamos solamente en ese accidente inesperado quizás en la carretera o algo semejante y que también nos puede dejar tras de si muerte y desolación, pero podemos pensar en las cosas de cada día en que nos vamos encontrando también con cosas inesperadas, porque cada uno tiene su manera de actuar y no sabemos como va a reaccionar el otro, por ejemplo, o porque la vida nos va ofreciendo sorpresas en las que tenemos que saber reaccionar, o en el camino de la historia que entre todos vamos construyendo las cosas no se suceden como a nosotros nos gustaría y tenemos que afrontar nuevas situaciones y problemas que también nos pueden llenar de intranquilidad y turbación, como sucede con la vida político, por ejemplo.

¿Y cual tiene que ser nuestra forma de reaccionar? ¿Dejarnos arrastrar por la angustia y la desesperación porque lo vemos todo perdido? ¿No habrá ningún rayo de esperanza, ningún resquicio de luz que nos dé fuerzas y ánimos para mantener nuestra lucha por algo mejor? Jesús en el evangelio nos está diciendo que tenemos que estar atentos, que tenemos que estar preparados, que no podemos perder la paz en el corazón, que tenemos que aprovechar cualquier detalle que ponga esperanza, para mantenernos firmes, para seguir con nuestra responsabilidad, para afrontar los problema con valentía, para seguir sembrando nuestra semilla de vida poniendo todo nuestro amor. Ni nos podemos acostumbrar ni podemos cruzarnos de brazos.

La esperanza es una virtud fundamental para el cristiano. Tenemos que saberla avivar y cultivar en nuestro corazón. Es la fuerza también que nos hace trascender nuestra vida. Es lo que nos mantiene firmes en el camino por muy fuertes que sean los temporales. Y bien lo necesitamos en estos tiempos.

lunes, 11 de octubre de 2021

La vida de cada día, la historia pasada o la historia que estamos haciendo en los acontecimientos que vivimos son una lección y pueden ser una llamada del Señor

 


La vida de cada día, la historia pasada o la historia que estamos haciendo en los acontecimientos que vivimos son una lección y pueden ser una llamada del Señor

Romanos 1,1-7; Sal 97;  Lucas 11,29-32

Los golpes de la vida nos enseñan, decimos algunas veces en el sentido de que lo que nos va sucediendo en la vida tendría que ser para nosotros una lección de la que aprendiéramos. Ojalá tuviéramos la sabiduría de saber leer los acontecimientos de cuanto nos sucede para de ahí tomar lecciones para nuestra vida.

Pero tendríamos que decir que no solo es lo que a nosotros nos suceda sino que hemos de tener esa mirada sabia a la historia. No son solo acontecimientos que guardamos en la memoria sino que podrían ser lecciones para nuestra vida. en fin de cuentas esos acontecimientos de la historia fueron consecuencia de decisiones que tomaron unos hombres o unos pueblos, que con aciertos o con errores desencadenaron esos sucesos; no es que nosotros vayamos a juzgar con criterios de hoy lo sucedido en otros tiempos, porque no estábamos allí o los criterios que tenían no son los mismos que los nuestros y porque en fin de cuenta son también consecuencias de una cultura, pero sí podemos aprender de ellos para que muchas cosas no se repitan en lo malo o aprendamos para lo bueno.

En lo que leemos hoy en el evangelio Jesús les recuerda algunos momentos de la historia de su mismo pueblo. Jesús de alguna manera se queja de la dureza de corazón de aquellos que lo oían pero realmente no lo escuchaban, contemplaban sus signos en los milagros que realizaba pero se hacían sus interpretaciones, y no sabían descubrir la sabiduría que Jesús les estaba transmitiendo cuando les anunciaba el Reino de Dios y cómo habían de vivirlo. Y ahora le piden signos y señales pero no han sabido descubrir la sabiduría de Dios.

Jesús les recuerda a Jonás y la ciudad de Nínive, como también a la Reina del Sur que vino a escuchar a Salomón. La predicación de Jonás, aunque en principio se había resistido a aceptar la misión que Dios le confiaba produjo su fruto, porque los ninivitas lo escucharon y se convirtieron al Señor. De la reina de Saba les recuerda que había venido desde lejanas tierras porque quería empaparse de la sabiduría de Salomón, cuya fama se había extendido por todas partes. Y allí ahora había alguien mayor que Salomón, con sabiduría divina porque era la misma Palabra de Dios encarnada y sin embargo no querían escucharle. Por eso les dice Jesús que los ninivitas con Jonás y su predicación y la reina del Sur se convertirán para ellos en un signo en su contra.

Esto nos tiene que hacer pensar en nosotros, en nuestra vida, en la respuesta que damos a la Palabra de Dios; esto tendría que hacernos pensar también en las señales que Dios va poniendo en el camino de nuestra vida que pueden ser para nosotros en llamadas de Dios a nuestro corazón. Algunas veces pensamos que aquellos acontecimientos más duros y negativos que nos puedan suceder o que puedan suceder en nuestro entorno pueden ser esos avisos que Dios nos da; ojalá supiéramos leerlos. Pero es que también en las cosas positivas que nos suceden, en lo bueno que podamos ver en los demás también tenemos que encontrar ese estímulo para nuestra vida, esa llamada que nos despierte para que nosotros actuemos también así.

Quiero pensar también en los momentos duros que estamos viviendo en nuestra tierra con el volcán que está arrasando la isla de La Palma, pero quiero resaltar la hermosa ola de solidaridad que se ha despertado en la gente de todos los lugares; no solo es la acogida que mutuamente se están realizando aquellos pueblos a favor de los que se han quedado sin nada o los que por precaución han tenido que abandonar sus casas, sino la respuesta de tanta gente de todos los lugares que están ofreciendo su ayuda con generosidad y desprendimiento.

Son lecciones que a todos nos tienen que despertar. Es ese leer la historia y también lo que en este mismo momento nos está sucediendo con una visión positiva y de esperanza, para no decaer en la lucha, para mantenerse firmes a pesar de lo doloroso de la tragedia. Quizás nosotros vivamos alejados de esas situaciones, aunque en nuestra solidaridad no los podemos olvidar, pero también esa lucha, ese esfuerzo, esa solidaridad que vemos en los demás tenemos que sentirlo como una llamada fuerte en nuestro corazón. Son las lecciones de la vida, de la historia, no solo de lo pasado, sino de la historia que ahora mismo estamos viviendo.

jueves, 19 de agosto de 2021

Cuidado nuestros ojos se vuelvan opacos y no tengamos la sensibilidad de descubrir el valor del banquete del Reino al que Jesús nos invita

 


Cuidado nuestros ojos se vuelvan opacos y no tengamos la sensibilidad de descubrir el valor del banquete del Reino al que Jesús nos invita

 Jueces 11.29-39ª; Sal 39; Mateo 22,1-14

¿Por qué no habrá venido a la comida? Ni siquiera una disculpa, esperando estábamos pero no se hizo presente. Nos habrá sucedido. Un cumpleaños, una cena especial en un aniversario, algo que casi entraba ya en la rutina de todos los años. Eran unos amigos a los que apreciábamos mucho, y disfrutábamos comiendo juntos, pero esta vez no se hizo presente. Nos sentimos mal, en cierto modo defraudados, pensando si en algún momento habíamos tenido algún desaire con esa persona, que ahora nos pagaba no haciéndose presente en aquella comida que siempre celebrábamos juntos y que con tanta ilusión habíamos preparado. ¿Habrá pasado algo por nuestra parte? Cosas que nos pasan en la vida.

Algo así es la parábola que Jesús hoy nos propone en el evangelio y que en principio estaba dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del sanedrín. Hace referencia el evangelista. En este caso se nos habla de una boda y de muchos invitados que pasan, como se suele decir, olímpicamente de aquella invitación que les habían hecho; cada uno se fue a sus cosas. Pero el banquete se celebró de todas formas, porque salieron a las plazas y a los cruces de los caminos y a todos los que encontraron los invitaron para que fueran al banquete. La sala se llenó de comensales.

Una referencia muy clara en la parábola de Jesús a lo que había sido la propia historia de Israel, a quien Dios se había manifestado de manera especial y había caminado con ellos en su historia. Tal es así que la historia del pueblo de Israel la llamamos la historia de la salvación. Es la historia del amor de Dios por su pueblo que manifiesta así el amor que nos tiene a todos. Pero no siempre el pueblo de Israel respondió a las muestras del amor de Dios. Ahora estaba Jesús en medio de ellos y les ofrecía participar de ese banquete de luz y de vida que era el Reino de Dios y era rechazado. Seguían con sus intereses y sus rutinas. Pero en la parábola está incluida esa voluntad salvífica de Dios que ofrece la salvación a todos los pueblos, a todos los hombres.

Pero es aquí donde tenemos que detenernos para no quedarnos en el juicio que podamos hacer de la respuesta o no del pueblo de Israel y en este caso sus dirigentes que rechazaban a Jesús. Estamos escuchando este pasaje del evangelio como palabra de Dios para nosotros hoy. Somos nosotros los que nos tenemos que sentir interpelados por esa invitación del Señor a ese banquete de vida y de luz que es el Reino de Dios que se nos ofrece. Muchas son las señales de esa llamada que el Señor nos va dejando, pero que sin embargo nosotros también muchas veces andamos tan distraídos que no somos capaces de captar esa llamada.

Es la propia proclamación de la Palabra de Dios que se nos ofrece cada día o cada semana en las celebraciones a las que asistimos; pero son también tantos signos y tantas llamadas que Dios nos va poniendo al borde del camino de la vida en aquellas misma cosas que nos suceden y que no siempre sabemos interpretar. Si antes decíamos que la historia del pueblo de Israel la llamamos historia de la salvación porque nos manifiesta cómo Dios se va haciendo presente en esa historia, lo mismo tendríamos que decir ya sea de nuestra propia historia personal o ya sea de la historia de nuestro mundo en aquellos acontecimientos que se van sucediendo.

El creyente de verdad ha de tener ojos de fe para leer esa historia  y leer ese actuar de Dios o esas llamadas que el Señor nos hace. Son los signos de los tiempos que no solo vemos en grandes acontecimientos, sino en el acontecer sencillo de cada día, donde podemos encontrar siempre un signo del amor que Dios nos tiene.

Pero nuestros ojos de fe algunas veces se vuelven opacos y no sabemos ver; nos encandilamos con tantas cosas que ya no sabemos descubrir la luz verdadera; es como si nos faltara el traje de fiesta de aquel que entró al banquete y no lo tenía. ¿Qué buscaba satisfacer aprovechando aquella comida que se le ofrecía? Algunas veces nos sucede a nosotros algo así. Son tantos los intereses y los apegos que envuelven nuestra vida que perdemos la sensibilidad para lo más hermoso. Y hemos perdido la sensibilidad espiritual, o el sentido de trascendencia, o la esperanza de un cielo nuevo que Dios nos ofrece y ya ni siquiera pensamos en la vida eterna. Cuidémonos de cuanto puede volver opaca nuestra vida.

martes, 15 de diciembre de 2020

Tenemos que aprender a discernir lo que a través de los acontecimientos que vivimos nos está pidiendo el Señor en orden a un estilo nuevo de vivir

 


Tenemos que aprender a discernir lo que a través de los acontecimientos que vivimos nos está pidiendo el Señor en orden a un estilo nuevo de vivir

Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33; Mateo 21,28-32

A ver en qué parte realmente estamos nosotros. Porque ya sabemos, algunos mucho hablar y hablar y luego no hacen nada; otros calladamente, casi sin dejarse notar van haciendo sus cosas buenas, van sembrando la buena semilla, son los que buscan la paz, los que se preocupan en silencio de los demás. Ya sabemos cómo andamos en la vida, las apariencias, las fantasías, las vanidades, pero luego lo que encontramos es un vacío porque a la hora de la verdad falta compromiso, falta seriedad.

Cuanto somos capaces de hablar y de decir en nuestras tertulias o charlas de amigos, pero a la hora del compromiso todo el mundo se echa para detrás. Pero quizás no le hemos quitado el sambenito a alguien por algo en lo que se equivocó en alguna ocasión – errores y debilidades tenemos todos en la vida, tenemos que reconocerlo – pero fue el único capaz de arremangarse para echar una mano, para hacer por los demás, para resolver aquel problema. Y es que esa es otra cosa que nos sale fácilmente, los prejuicios; porque un día alguien cometió un error, ya lo tenemos condenado de por vida, no somos capaces de admitir que se haya arrepentido y cambiado de vida.

Es lo que nos quiere expresar hoy Jesús en el evangelio con esta pequeña parábola de los dos hijos. Aquel que obsequiosamente cuando el padre le pidió que fuera a la viña a trabajar inmediatamente dijo que sí, pero que pronto lo olvidó y se fue a otras cosas; mientras que aquel que rebelde en principio se había negado, recapacitó y fue a trabajar a la viña de su padre.

Nos está haciendo reconocer Jesús esa forma nuestra de actuar, como veníamos comentando. Les recuerda cómo había venido Juan allá en el desierto y no le habían hecho caso, pero fueron los pecadores, los publicanos y las prostitutas, aquellos que eran malditos de todo el mundo, los únicos que escucharon a Juan y se arrepintieron. Como les dice Jesús, les cogieron la delantera en el Reino de Dios.

¿Nos estarán cogiendo también la delantera a nosotros? Cuidado no vayamos de vanidosos por la vida colgándonos las medallas de que somos cristianos de toda la vida pero realmente nuestra vida deje mucho que desear. Algunas veces nos encontramos con esas personas prepotentes, que todo se lo saben y que se dicen las más religiosas del mundo, pero a los que todo se les queda en apariencia y vanidad.

Seamos como aquella pobre viuda del evangelio que en silencio puso su moneda; seamos como la mujer pecadora que lloremos nuestros pecados a los pies de Jesús pero poniendo mucho amor para sentirnos en verdad perdonados por el Señor; seamos como aquel publicano, ya sea Zaqueo, el de la higuera, o sea Leví el que estaba detrás del mostrador de los impuestos, los que nos apresuremos a seguir a Jesús y participar de su banquete de vida que realmente es El quien nos lo ofrece.

El profeta que hoy hemos escuchado nos ha hablado como Dios siempre está dispuesto a acogernos y a ofrecernos su perdón. Con su voz profética ha recordado las infidelidades del pueblo de Israel que no siempre fue fiel a la Alianza, pero que llama y busca a su pueblo una y otra vez y le ofrece la misericordia y el perdón para que restaure de verdad su vida y su fidelidad. ‘Entonces purificaré los labios de los pueblos para que invoquen todos ellos el nombre del Señor y todos lo sirvan a una… pues te arrancaré tu orgullosa arrogancia, y dejarás de engreírte en mi santa montaña. Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor’.

Algunas veces quizás tengan que sucedernos cosas que nos abajen de nuestras arrogancias y vanidades, pero han de ser cosas que nos hagan pensar y reflexionar, que nos hagan ver con claridad donde está la luz. Estos mismos momentos que vivimos, tan duros y tan difíciles, estos momentos que nos obligan a aislarnos quizás o a tener que dejar a un lado costumbres ancestrales que parecía que lo eran todo para nuestra vida – pensemos a todo lo que tendremos que renunciar en la cercana navidad dada la situación en que vivimos – son una llamada, un toque de atención, un arrancarnos de vanidades y orgullos que nos hacían sentirnos quizás en la cumbre de la montaña, pero que pueden abrirnos a algo nuevo y a algo mejor para nuestra vida. Tenemos que discernir qué nos quiere decir el Señor.

viernes, 23 de octubre de 2020

Somos meteorólogos para el tiempo pero no sabemos leer los signos del tiempo de nuestra historia con una mirada de f

 


Somos meteorólogos para el tiempo pero no sabemos leer los signos del tiempo de nuestra historia con una mirada de fe

Efesios 4, 1-6; Sal 23; Lucas 12, 54-59

Hoy todos somos meteorólogos (?) pero quizá no sabemos interpretar el tiempo de la vida; en los medios de comunicación se nos ofrecen las previsiones del tiempo, nos presentan las cartas de isobaras, nos muestran gráficos con las altas o las bajas presiones y sabemos, o creemos saber, si mañana va a llover o no va a llover. Yo soy ya un poco mayor y recuerdo más bien las previsiones que hacían nuestros padres o nuestros abuelos, que no tenían esas cartas de isobaras, pero según las nubes, las corrientes de aire y una serie de señales que observaban en la naturaleza eran capaces de decirnos el tiempo que iba a hacer.

En nuestras islas canarias unas señales que nos hablaban de la cercana lluvia era cuando se veía el Teide coronado de nubes, como sombrillas sobre él o en forma de bufanda arropándolo. Estos días pasados tuvimos unas imágenes espectaculares en este sentido y ya nuestros mayores o los que recordaban lo que decían nuestros mayores nos estaban anunciando por encima de lo que dijeran los meteorólogos que iba a llover, como así fue. Claro que si nos anuncian la lluvia tendríamos que prepararnos para que no nos hagan daño o se sepan aprovechar esos caudales que nos bajan de los cielos.

Interpretamos los signos o señales de la naturaleza y nos confiamos a esas interpretaciones, pero como nos dice Jesús hoy en el evangelio, que empleó esta misma imagen, no sabemos interpretar los signos de los tiempos. En la historia, en los acontecimientos, en lo que sucede en nuestro hoy tenemos que saber hacer una interpretación de la vida. ¿Por qué no podemos pensar que Dios nos habla también a través de los acontecimientos? Es lo que hacían los profetas, leían su propia historia, lo que les estaba aconteciendo con ojos de fe, intentando descubrir la mirada de Dios y en ello lo que Dios quería decirles para su momento presente. No eran simplemente unos visionarios que se creían inventar el futuro, sino que en una honda reflexión sacaban conclusiones de lo que acontecía.

Somos reflexivos para algunas cosas; quizás en nuestros estudios nos hacemos nuestras elucubraciones y hasta nos vamos haciendo una filosofía de la vida desde las experiencias que hayamos vivido. ¿Por qué eso no lo podemos hacer también desde una mirada de fe? Los hechos, incluso, que nos narran los evangelios o nos narra la Biblia pueden tener una transposición también en lo que ahora nos sucede. Tenemos que aprender a mirar la vida desde ese llamémosle filtro de la fe, desde ese filtro del evangelio y tratemos con el evangelio de responder a lo que ahora nos va sucediendo, encontrarle un significado o un sentido, descubrir un camino que hemos de recorrer.

El creyente no es el que simplemente dice que cree en Dios pero lo pone como bien guardado en un armario dejándolo allá en la quietud de los cielos, sino que el creyente saber descubrir a Dios en el caminar de la historia, en nuestro caminar de cada día, descubriendo así lo que Dios quiere de nosotros, lo que ha de ser nuestra vida. Y esa mirada nueva que desde la fe se nos abre tenemos que saber llevarla a los demás, aplicarla a los aconteceres de nuestra vida, iluminar también la vida de los demás abriéndoles los ojos y el corazón a esa trascendencia que desde la fe somos capaces de descubrir.

Muchas veces en nuestros diálogos con personas cercanas a nosotros, o con personas que tienen una sensibilidad semejante a la nuestra reflexionamos sobre la situación de nuestro mundo, nos damos cuenta de la carencia de valores que hay en muchos o de la superficialidad con que viven sus vida, del materialismo que les cerca y de la falta de una espiritualidad que dé profundidad a la vida. Pero quizá nos quedamos ahí, que es lo que no debemos hacer. Esa reflexión que hacemos y que quizá con algunos compartimos sintamos que es esa fuerza de la Palabra de Dios que llega a nosotros y que nos está pidiendo que la llevemos a los demás.

No podemos cruzarnos de brazos, no podemos quedarnos en unas reflexiones muy bonitas que nos hagamos para nosotros mismos, sino que tenemos que salir al encuentro de los demás con un anuncio, con un testimonio, con una palabra que despierte esperaza y que aliente a una búsqueda de algo nuevo y superior. En todo eso nos está hablando el Señor, está poniendo señales que no podemos obviar.

Sepamos leer esas señales de Dios que nos abren caminos nuevos, que nos llevan a un impulso nuevo del anuncio del evangelio, aunque nos cueste. Son señales que nos hacen despejar caminos nuevos, como cuando vemos señales de lluvia y nos preparamos bien para no mojarnos o bien para que las aguas de lluvia aunque sean torrenciales no hagan ningún daño sino que se sepan aprovechar.

martes, 14 de abril de 2020

Escuchemos la voz del Señor que nos llama por nuestro nombre quizá a través de las lágrimas o de los acontecimientos que nos afectan para abrirnos nuevos caminos


Escuchemos la voz del Señor que nos llama por nuestro nombre quizá a través de las lágrimas o de los acontecimientos que nos afectan para abrirnos nuevos caminos

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18
‘Mujer, ¿por qué lloras?’ Por dos veces se repite la pregunta. ‘¿A quién buscas?’ Parecen innecesarias las preguntas. Podemos suponer la respuesta, la búsqueda de aquella mujer enamorada, llena de amor.
Quizás muchas veces pasamos de largo ante las lágrimas de los que nos encontremos en el camino. Damos quizá por supuesto cual puede ser su respuesta y de alguna manera nos inhibimos. Pero ¿es su respuesta o es nuestra respuesta? ¿La que nosotros nos imaginamos? Porque si no escuchamos, si no mostramos interés no terminamos de saber que es lo que hace sufrir a esa persona hasta derramar sus lagrimas sin ningún recato. Y como nos damos por sabida la respuesta y decimos que no tenemos soluciones tratamos de insensibilizarnos y pasar de largo.
Otras veces quizá no preguntamos porque no queremos aumentar dolor a nuestro dolor. Ya tenemos con lo nuestro para andar asumiendo las preocupaciones de los demás, nos decimos. Y claro no vamos más allá de la punta de nuestra nariz, porque solo nos miramos a nosotros mismos. Y así vamos por la vida, que cada uno se las arregle como pueda. Y nos vamos creando un mundo de insolidaridad, de insensibilidad en que solo nos preocupamos de nuestras cosas.
Quizá hasta nuestros problemas se solucionarían de distinta manera, seríamos capaces de verlos desde otra perspectiva, porque mirándolos a través del cristal de los problemas que tienen los demás quizá nos damos cuenta que nuestros problemas no son tan grandes, realmente no son problema ante lo que están sufriendo los otros. Comenzaríamos a abrir el corazón y sentiríamos que la vida es distinta. 
Son consideraciones que nos podemos hacer cuando vemos a María Magdalena llorando a la puerta del sepulcro, porque se han robado el cuerpo del Señor y no sabe donde lo han puesto. Nos conviene ver en esas lágrimas de María Magdalena las lágrimas de tantos en nuestro mundo. María Magdalena buscaba el cuerpo de Jesús, pensando que estaba muerto y quería embalsamarlo debidamente.
Quizá muchos lloren en nuestro mundo porque no tienen a quien buscar, porque su vida se ha vaciado cuando han querido llenarla de cosas insustanciales y ahora se dan cuenta que era otra cosa lo que necesitaban y no han sabido donde encontrarla. Ahora lloramos porque el mundo anda mal, porque la crisis que padecemos nos descoloca y no sabemos ni por donde andar; porque nos han confinado y eso nos ha obligado a darnos cuenta que entreteníamos la vida con muchas cosas que no eran tan importantes, porque ahora tenemos que mirar más a los que más cerca de nosotros están como es nuestra familia y hasta nos parece un tormento tener que estar todo el día con ellos, porque tantas veces en la vida hemos ido buscándonos nuestros espacios quizá alejándonos de los más cercanos y no nos hemos dado cuenta donde está el verdadero espacio de nuestra vida. Teníamos delante de los ojos aquellas cosas que de verdad podían llenar nuestra vida y no habíamos sabido descubrirlas.
María Magdalena tenía delante de sí a Aquel a quien buscaba y no sabia reconocerlo, lo confundía con el encargado del huerto. Las lágrimas la cegaban. ¿Seremos nosotros capaces de darnos cuenta del Señor resucitado que está ahí con nosotros, a nuestro lado o también andamos confundidos?
María supo escuchar la voz que la llamaba por su nombre. ‘¡María!’ Y reconoció la voz, y reconoció al Señor. ‘¡Raboni! ¡Maestro!’, y se postró ante el Señor. ¿Seremos capaces nosotros de escuchar su voz y reconocerla? No nos la imaginemos a nuestra manera, sino descubramos su voz y su presencia tal como El quiere presentársenos hoy. ¿Serán las lágrimas de los que están a nuestro lado? ¿Serán los acontecimientos que han desestabilizado nuestra vida? ¿Serán incluso los temores que pudiera haber en nuestro corazón ante un futuro incierto pero a través de los cuales el Señor nos habla y nos quiere hacer ver nuevos caminos?

miércoles, 25 de marzo de 2020

La sorpresa del misterio de la Encarnación nos tiene que hacer descubrir el rostro de Dios en los mismos acontecimientos en que hoy nos vemos envueltos


La sorpresa del misterio de la Encarnación nos tiene que hacer descubrir el rostro de Dios en los mismos acontecimientos en que hoy nos vemos envueltos

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38
¿Habremos perdido la capacidad de asombro, de ser capaces de dejarse sorprender? Malo es acostumbrarse a todo, verlo todo como tan natural, no descubrir que hay cosas maravillosas con las que nos tenemos que dejarnos sorprender. Quizá buscamos cosas extraordinarias y grandiosas y no somos capaces de admirar algo tan pequeño y tan sencillo como una flor. Y es que quien no sabe dejarse sorprender por la belleza de una flor que quizá hasta puede pasar desapercibido en la orilla del camino, no será capaz de admirar las cosas grandes.
Hoy es un día para dejarse sorprender. Aparentemente no hay algo más normal que una mujer quede embarazada y espere un hijo en sus entrañas. Es algo maravilloso el misterio de la vida que así se desarrolla y crece en el seno de una mujer. Pero lo que hoy contemplamos además es que va lleno de misterio de tal manera que nos manifiesta la grandeza y maravilla de Dios y de su amor por nosotros.
Una sencilla muchachita en una pequeña aldea, aunque luego la llamemos ciudad, una pequeña aldea de la que nunca se había hablado ni en ella se había desarrollado ningún acontecimiento importante en la historia del pueblo, que recibe la visita de un ángel que le anuncia que va a ser la Madre de Dios. Sí, es el misterio de la vida engendrada en el seno de aquella mujer, pero que nos descubre la maravilla de Dios que quiere tomar nuestra carne para hacerse hombre y nacer entre nosotros. Cuidado que nos hemos acostumbrado a hablar de Anunciación o de Encarnación y no nos dejemos sorprender por el misterio de Dios que ahí se hace presente.
Ya conocemos el relato que nos hace san Lucas que tantas veces habremos leído y escuchado, tantas veces hemos meditado. Pero dejémonos sorprender por cuanto allí se nos relata. Algo nuevo e inesperado va a suceder y de lo que se trata ahora es descubrir lo que Dios quiere transmitir. Sorprendida María por la visita del ángel, todo en ella es oído abierto para escuchar lo que el ángel tiene que decirle.
Y es que desde los primeros renglones de ese relato ya se nos habla de asombro y de sorpresa. Es el asombro de María, es la sorpresa de María al recibir la visita del ángel. La contemplamos anonada balbuceando sus palabras que tímidamente expresan lo que siente y sorprendida por cuanto en ella va a suceder. Pone sus objeciones y dificultades pero el ángel la va convenciendo porque le hace ver la presencia de Dios, lo que es la voluntad de Dios y ella está siempre para hacer su voluntad.
Escuchando al ángel y dejándose llevar y llenar por el misterio al final le parece fácil o al menos en ella está la disponibilidad de un corazón puro y generoso. Si para Dios nada es imposible y hasta su prima allá en la montaña va a ser madre, ¿qué es lo que puede decir María, qué objeciones más podrá poner? Ella está disponible para Dios y parece que se siente fortalecida en su generosidad con la presencia del ángel.  Aquí está la que está disponible para Dios, aquí está la que es la servidora de Dios, aquí está la humilde esclava del Señor. Que se cumpla, que se realice, que se haga su voluntad, que sea en ella tal como le anuncia la Palabra que viene de Dios en la boca del ángel.
Un nuevo camino lleno de misterio, del misterio inescrutable de Dios, se abre ante María. Sorprendida se encuentra ante todo lo que se le revelado y manifestado. Ha sido el impulso generoso de corazón joven lo que le ha llevado a dar el Sí, pero ahora se encuentra sola ante ese misterio que en ella comienza a realizar y que no va a ser precisamente un camino de rosas. O camino de rosas si en la belleza de sus pétalos, pero también de espinas que siempre acompañarán a la fragancia y belleza de la flor. No hay rosa sin espinas. Y ese va a ser el camino de María.
Ahora en cierto modo parece que sentía arropada por la presencia del ángel, pero cuando todo ese misterio se le ha revelado y cuando ha brotado el sí generoso de su corazón el ángel la dejó, que nos dice el evangelista. No volverá a aparecer la fortaleza de Gabriel para acompañarla en su camino, sino que ha de ser un camino que ha de hacer María manteniéndose en la confianza que tiene en Dios. Ni estará el ángel en el duro camino hasta Belén, ni en el destierro de Egipto, ni en tantos y tantos otros momentos en que la duda y la angustia dolorosa podrán aparecer en el alma de María.
No estará el ángel cuando tenga que buscarle hasta hallarle en el templo, ni cuando Jesús abandone Nazaret para ir a anunciar el Reino de Dios. Soledades de María, pero soledades vividas en un corazón lleno de amor, de fe y de generosidad. Será la soledad de la calle de la amargura, donde no vendrá ningún ángel del cielo para limpiarle su sudor de sangre en el dolor de su corazón, ni al pie de la cruz donde estará sola acompañada por aquel pequeño resto de los que aun creen y esperan en Jesús.
Pero María en todo momento seguirá con los ojos del alma abiertos ante la sorpresa de cuanto Dios le va pidiendo pero con el corazón lleno de fe y de confianza porque nunca decaerá en la generosidad de su amor. La sorpresa de Dios que no era solo para Maria sino que era y es la sorpresa de Dios para nosotros a quienes quiere manifestarse y a quienes nos quiere señalar caminos que también con generosidad nosotros hemos de recorrer.
¿En qué podemos pensar? ¿Qué tenemos que aprender a descubrir? Todo el misterio que hoy celebramos es el misterio del Dios que se encarna y se hace hombre y camina entre nosotros los hombres. Es lo que tenemos que aprender a descubrir en los propios acontecimientos que se van sucediendo en el hoy de nuestra vida que en cierto modo nos sorprenden y hasta nos asustan porque no vislumbramos hasta donde vamos a llegar.
Pero ¿por qué, aunque se nos haga difícil, no vemos el rostro de Dios de todo eso que nos sucede? No es un rostro severo y de castigo, como algunos quizá quieran interpretar, sino que es la mirada de Dios que nos hace mirar a nosotros con mirada nueva y ver como entre todas esas espinas de sufrimiento va surgiendo, va brotando la fragancia de solidaridad, de amor, de cercanía y nueva preocupación de los unos por los otros, de parón en nuestras carreras para descubrir las cosas que son verdaderamente importantes, esas cosas que nos parecían invisibles pero con un corazón nuevo se están haciendo visibles y palpables en tantos hombres y mujeres a nuestro lado.
Intentemos tener una mirada nueva hacia cuanto nos sucede; abramos los oídos y dejémonos sorprender por la voz de Dios que nos habla a través de esos acontecimientos y demos respuesta generosa a su llamada siendo capaces de ponernos en camino aunque nos parezca que vamos solos, pero sabemos muy bien que Dios está con nosotros.

viernes, 17 de enero de 2020

Hay limitaciones que nos encierran el alma, nos restan libertad interior, nos hacen sentirnos esclavizados de nuestro yo orgulloso de las que tenemos que dejarnos liberar por Jesús


Hay limitaciones que nos encierran el alma, nos restan libertad interior, nos hacen sentirnos esclavizados de nuestro yo orgulloso de las que tenemos que dejarnos liberar por Jesús

1Samuel 8, 4-7. 10-22ª; Sal 88; Marcos 2, 1-12
Hay tanta gente, pensamos cuando aun de lejos vamos a mucha gente aglomerada en aquel lugar que nos gustaría ir, o que necesitamos ir. Pero no nos gustan las aglomeraciones y nos quedamos a la distancia. Es imposible nos decimos, aunque sea algo que necesitamos, pero no nos vamos a meter en aquel follón, no nos vamos a poner en aquella cola. Ya tendremos oportunidades, y lo dejamos para otro momento.
Nuestra timidez, nuestras pocas ganas de vernos envueltos en medio de tanta gente, la indecisión de si en verdad sería lo que nos conviene en ese momento, el orgullo de que no vean que nosotros también lo necesitábamos, el no querer complicarnos nos hizo perder una oportunidad que no sabemos si se volverá a repetir. Quizá no nos hemos convencido a nosotros mismos y con mil disculpas lo dejamos pasar para otra ocasión.
Momentos de gracia que quizá perdimos. Nos sucede en muchas oportunidades que en la vida se nos ofrecen y no solo es buscar una ganga o unas rebajas, pero también en llamadas que Dios hace a nuestro corazón a la que no respondemos con la prontitud necesaria. Un camino nuevo que se abre delante de nosotros en la vida, una oportunidad que se nos ofrece y que tanto bien nos haría por la riqueza humana y espiritual que recibiríamos, un compromiso al que se nos invita pero que con nuestros miedos no terminamos de responder. Una cosa buena que pudimos hacer a favor de alguien pero que con nuestra timidez o indecisión se quedó a medias y aquel que se pudo beneficiar al final nada recibió sintiéndonos quizá nosotros mismos mal y frustrados por lo que dejamos de hacer.
Aquellos hombres que llevaban el paralítico para que Jesús lo curara se encontraron también con el paso cortado porque era mucha la gente que se aglomeraba a la puerta de Jesús. Quizás les hubiera gustado pasar más desapercibidos, pero tenían el empeño de llevar al amigo o al familiar hasta los pies de Jesús. Pero en su decisión nada los podía detener. No importaba que tuvieran que levantar las tejas del terrado para abrir un hueco y por allí descolgar a Jesús. Aquel hombre tenía que llegar hasta Jesús. Y lo lograron. Grande era su fe.
Lo que sucedió entonces fue algo maravilloso que ni ellos mismos se esperaban. Todos quedarían asombrados, aunque como siempre habría quien pondría sus pegas. Llevaron aquel paralítico hasta Jesús para que Jesús lo curara. Pero Jesús ofrece algo más. ‘Tus pecados quedan perdonados’. No todos lo entienden, porque lo único que esperaban quizás era la curación física de su invalidez. Pero Jesús quiere sanar al hombre desde lo más hondo. Y Jesús puede hacerlo. Ante quienes dicen que aquello es una blasfemia porque solo Dios puede perdonar pecados, Jesús se reafirma en su autoridad y levanta también a aquel hombre de su camilla. ‘Anda, toma tu camilla, y vuelve a tu casa’.
De alguna manera con el comentario que nos hacíamos para introducir esta reflexión creo que nos podemos dar cuenta de cuánta invalidez hay en nuestra vida, cuantas cosas nos paralizan, cuantos egoísmos y orgullos nos encierran. Peor que las limitaciones físicas, porque esas otras limitaciones nos encierran el alma, nos resta verdadera libertad interior, nos sentimos esclavizados de nuestro yo orgulloso, la negrura del pecado llena de oscuridad nuestras vidas.
Es lo que necesitamos que Jesús nos cure. El, que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dejemos que tienda su mano para sanarnos, para curarnos desde lo más hondo, para perdonarnos todo ese pecado que hemos dejado meter en nuestra vida. En muchas cosas tendríamos que pensar. Mucha decisión también hemos de tener para ir sin miedo ni cobardía hasta Jesús, para no dejarnos vencer por esos obstáculos que nosotros mismos nos ponemos y no nos dejan avanzar en la vida. No podemos perder esos momentos de gracia que llegan a nosotros.