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martes, 15 de septiembre de 2026

Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

 


Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

1Corintios 12, 12-14. 27-31a; Salmo 99; Juan 19, 25-27

¡Qué pocos habían quedado al pie de la cruz de Jesús! ¿Huían también del dolor y del sufrimiento? Solo estaba uno de los discípulos, aquel a quien amaba mucho Jesús, una mujer pecadora de la que Jesús había expulsado siete demonios y que desde entonces lo había seguido por todas partes, su madre y la hermana de su madre, una mujer casi anónima de la que solo sabemos que era María la de Cleofás; apenas unas mujeres en el camino habían mostrado su compasión con sus lágrimas, pero Jesús les había dicho que no llorasen por Él sino por ellas mismas y por sus hijos; los que lo habían hecho todo por llevarle a la cruz desde lejos observaban el espectáculo, aquellas muchedumbres que un día le habían seguido ahora andaban por otros caminos porque aquello parecía que acababa mal. Quienes quedaban allí en primera línea parecían el nuevo resto de Israel, pero de dónde iba a hacer un pueblo nuevo.

Es el cuadro que nos toca hoy seguir contemplando desde que ayer contemplábamos a Jesús levantado en lo alto de la cruz para atraer a todos hacia Él, aunque ahora parecían bien pocos los que quedaban. La cruz asusta, el dolor nos hace huir y el temor al sufrimiento nos lleva a escondernos para que quizás no nos toque a nosotros, pero ese ronco reseco y atormentado de nuestra vida tiene que rebrotar para hacer surgir una nueva flor.

Pero la vida nace en medio del dolor y si no que lo diga la madre que da a luz a un hijo; la semilla enterrada aparentemente para hacerla desaparecer engendra una nueva planta que un día florecerá; triturados quizás por el sufrimiento podremos purificarnos de la hojarasca que nos llenaba de maleza y podados esos sarmientos resecos e infructuosos podemos sacar el mejor vino que pone nueva alegría en nuestro corazón o el mejor aceite de nuestra vida para poder iluminar mejor a los que están a nuestro lado; es el amor el que da sentido a la entrega hasta la muerte y será lo que hará aparecer nuevos resplandores de luz.

Es la luz de la esperanza que podemos descubrir en los ojos de María tras el filtro de sus lágrimas de dolor al pie de la cruz de Jesús. Tras la cortina de dolor de la cruz de Cristo en el Calvario nos está naciendo una madre, podríamos decirlo así, cuando Jesús confía su madre al cuidado del discípulo amado y confía a María la misión de madre para aquellos que estamos naciendo desde ese alumbramiento en la propia Cruz de Jesús.

Es un regalo más que Jesús nos está haciendo en este momento supremo. Nos ha regalado su vida y su amor porque eso significa su entrega y su muerte; ese camino nuevo que abría ante nosotros en la medida que anunciaba el Reino de Dios ahora tiene ya su consolidación con su entrega de amor y su muerte en la cruz. Pero nos ha querido dejar también a su madre, nos la ha regalado como madre, nos ha puesto bajo su cuidado; y como madre estará siempre caminando a nuestro lado, haciendo camino con la Iglesia, haciéndonos sentir lo que también vale el sufrimiento y el dolor cuando en verdad tenemos cimentada nuestra vida en el amor.

Hoy la llamamos y la celebramos como Virgen de los Dolores; hoy sentimos más fuerte que nunca que ella es la Madre de amor que siempre está a nuestro lado; Madre del amor tendríamos que llamarla porque es el que va a ser alivio y consuelo en el camino de nuestra vida tan lleno muchas veces de dolores y de sufrimientos.

Con María aprendemos su sentido; sintiendo la presencia de la madre junto a nosotros nos sentimos aliviados y fortalecidos en nuestros dolores y en nuestras angustias y no es que las busquemos pero sí aprendemos que el amor será nuestra mejor medicina que tonifica nuestra vida, pero que con amor tenemos que saber llegar a cuantos se debaten en sus dolores y sufrimientos para con los gestos y compromisos de nuestra vida ser consuelo y remedio y les podamos ayudar a encontrar ese camino que les lleve a Dios y sentirse en El renovados de verdad.

¿Seremos poquitos o serán numerosos los que aun permanecemos al pie de la cruz? Ahí queremos estar con ese amor que sentimos porque somos también los amados del Señor, con la rémora de nuestra antigua vida de pecado porque en esa cruz de Jesús nos sentiremos purificados para llegar a ser ese hombre nuevo de la gracia, en el anonimato quizás de nuestra vida anodina y fría que muchas veces se nos puede quedar vacía y sin sentido, pero sintiendo, sin embargo, la presencia de una madre, a la que invocamos como Virgen de los dolores, que vela siempre junto a nuestro lecho de sufrimiento y dolor en tantas circunstancias de nuestra vida y nos hace encontrar la mejor gracia del Señor que transforme nuestras vidas.

¿Tendríamos que ser nosotros imágenes de esa madre con nuestro amor al lado del sufrimiento de los demás?


lunes, 2 de febrero de 2026

El Salvador ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel, el nuevo pueblo de Dios

 


El Salvador ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel, el nuevo pueblo de Dios

 Malaquías 3,1-41; Salmo 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

‘De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando… el mensajero de la alianza… mirad que está llegado, dice el Señor del universo’. Así nos hablaba el profeta. ‘¿Quien resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada?’. Pero el salmo íbamos encontrando respuesta. ‘¡Portones! Alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el rey de la gloria’.

Nos llenamos de solemnidad porque el momento es importante. Es importante lo que  hoy estamos celebrando que es algo más que el cumplimiento ritual de una ofrenda, en la que todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Efectivamente para aquel cumplimiento ritual de la ley de Moisés aquel matrimonio joven cruzó los umbrales del templo con un niño en brazos. Podría parecer uno de tantos entre otras familias que venían también para ese ofrecimiento ritual.

Y así nos lo va narrando el evangelista, la presentación de Jesús en el templo a los cuarenta días de su nacimiento. Pero allí había un anciano lleno del Espíritu del Señor que aguardaba ese momento. Había recibido un oráculo del Señor de que no vería la muerte sin haber contemplado sus ojos al Salvador esperado. Por eso, sin ser sacerdote encargado de recibir aquellas ofrendas se adelanta tomando al niño en sus brazos para sorpresa de todos y prorrumpe en un cántico de alabanza al Señor. Allí se estaba cumpliendo lo anunciado por el profeta aunque pareciera que el momento no tenía la solemnidad de los anunciado por el profeta y cantado por los salmos.

Allí está aquel anciano que guiado por el Espíritu del Señor viene todos los días al templo para prorrumpir en ese cántico de alabanza al Señor. Es la entrada del mensajero de la nueva alianza; tienen que abrirse y agrandarse los umbrales y los dinteles de las puertas porque allí, en aquel niño, está ‘el Señor de la gloria, es el Señor, Dios del Universo, es el Rey de la gloria’. Los hombres tendemos a poner toda la solemnidad y hasta pomposidad de nuestros gestos y de nuestros ritos, pero la manera de actuar de Dios es de otra manera. Había querido nacer pobre, tan pobre que ni en la posada había sitio para su nacimiento, teniendo que refugiarse María y José en un establo y ser recostado entre las pajas de un pesebre todo un Dios que nacía haciéndose hombre. Ahora esa entrada que tendría que ser triunfal en el templo pasa casi desapercibida en la presencia de un niño en brazos de sus padres que por pobres harán la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas.

Pero el Anciano Simeón está cantando la gloria del Señor y siendo profeta que recibía a Dios en su templo pero que anunciaba el signo de contradicción que significaba para ser nuestro Salvador. ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

El Salvador que ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel. Es el momento solemne que hoy nosotros celebramos en la entrada de Jesús en el templo. Pero algo nuevo y distinto va a suceder porque desde ahora el verdadero templo de Dios es Jesús, en quien Dios se nos manifiesta, y por quien nos viene la salvación. Pero va a comenzar a haber un nuevo templo en la medida en que aceptamos por la fe en Jesús y nos unimos a El, para con El ser también sacerdotes, profetas y reyes.

Vamos nosotros a ser ungidos también por el Espíritu del Señor para convertirnos en templos de Dios. Así tenemos que ser esa señal de Dios en medio de los que nos rodean, en signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo. Si un día veremos a Jesús purificando aquel templo de Jerusalén que en lugar de casa de oración parecía más una cueva de ladrones, es la purificación con que hemos de vivir nuestra vida, la santidad que ha de brillar en nuestra vida para que demos esas señales de Dios en medio del mundo.

El anciano Simeón nos está enseñando a descubrir esas señales de Dios en lo pequeño y en lo sencillo, como supo encontrar al Mesías de Dios en aquel niño hijo de aquellos humildes padres. ¿Sabremos serlo nosotros para los demás?

Detrás de toda esta escena que contemplamos en el evangelio vemos la figura de María que parece pasar desaperciba aunque el anciano profetiza también el lugar de María, a quien una espada atravesará su alma porque así la veremos siempre a la sombra de Jesús y finalmente a la sombra de la cruz en el Calvario. Es la madre del Sacerdote  a quien se une para ella también hacer su ofrenda, pero va a ser también la misionera que vendrá a caminar a nuestro lado para ayudarnos a ir al encuentro de Jesús.

Nosotros los canarios en este día tenemos un lugar especial para María, porque la contemplamos y la celebramos como quien nos señala el camino de la luz. En un brazo su imagen porta a Jesús pero en su otra mano porta una luz para ser señal en el camino que nos conduzca hasta Jesús, para enseñarnos como no solo hemos de dejarnos iluminar por esa luz de Jesús sino que tenemos que ser señales de luz en nuestra vida para que todos vayan al encuentro de Jesús. Por eso la llamamos Candelaria, la portadora de la candela, de la luz, y de alguna manera todos tenemos que ser ‘Candelaria’, como María, portadores de la luz de Jesús para nuestro mundo.

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

Como María hemos de sentirnos agraciados de que Dios quiere contar con nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo

 


Como María hemos de sentirnos agraciados de que Dios quiere contar con nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo

Isaías 7, 10-14; Salmo 23; Lucas 1, 26-38;

Ya me las arreglo yo. Lo habremos dicho en más de una ocasión en que alguien se ha ofrecido a ayudarnos a realizar aquel trabajo, a sacar adelante aquel proyecto en el que hemos puesto mucha ilusión, pero queremos hacerlo por nosotros mismos, mostrar que somos capaces y podemos, ¿quizás no queremos estar agradecidos porque otros nos echaron una mano y pudimos sacarlo adelante? Tengo un amigo que siempre anda agobiado por todo el trabajo que tiene; es cierto que es un trabajo fruto de sus ideas y su ingenio, pero sería un trabajo en que echar mano de otras personas que realicen su parte y entre todos, en equipo, podrían incluso sacarlo mejor adelante. Pero quiere hacerlo él porque piensa que al fin todo luego tiene que pasar por su supervisión. Y no hay manera. Pero sucede en muchas cosas y aspectos de la vida y a muchas personas.

Por lo que hoy escuchamos en el evangelio parece que Dios no quiere trabajar de esa manera en solitario. Quiere contar con nosotros, quiere contar con esa humanidad que ha creado y por la que lo está haciendo todo cuando nos ofrece un camino de salvación.

¿No es eso lo que realmente estamos escuchando en el evangelio hoy? Dios, que desde siempre había prometido un salvador, promesa repetida a través de los profetas – colaboradores de Dios, también tendríamos que decir - a lo largo de todos los tiempos cuando llega el momento de la plenitud de los tiempos quiere contar con María. Lo hemos escuchado hoy en el evangelio, el ángel del Señor viene de parte de Dios, podíamos decir, que a pedir el consentimiento de María.

Nos conocemos más que bien el diálogo pues es un pasaje del evangelio escuchado un millón de veces. Viene el Ángel del Señor a ofrecerle a María el plan de Dios. Dios se ha fijado en ella, quiere contar con ella para encarnarse en sus entrañas. Aun con las ansias de todo buen judío de la pronta venida del Mesías – esa era su súplica constante – pareciera que a María se le trastocan todos sus planes. María medita, considera, duda y pregunta, pero María se siente en las manos de Dios. Se siente superada en todos los sentidos por el Misterio que siente que la inunda. Luego cantará en su acción de gracias que el ‘poderoso se ha fijado en la pequeñez de su esclava y ha realizado obras grandes’, pero María dirá sí al plan de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, responderá finalmente al ángel.

Estamos escuchando y meditando este evangelio ya en la cercanía de la Navidad. Poder celebrar la Navidad del Señor es una gracia de Dios, es un regalo del Señor. Tenemos que sentirnos agraciados, como María se sentía agraciada porque Dios había puesto sus ojos en ella. ‘Has hallado gracia ante Dios’, le dice el ángel. Igualmente nosotros tenemos que decir, porque Navidad significa que Dios sigue pensando en nosotros que en nosotros quiere hacerse presente. Ya nos dirá el evangelio en otro lugar que ‘tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo Unigénito’. Es el amor que Dios nos sigue teniendo y al que hemos de corresponder, es la gracia que Dios quiere tener con nosotros por la que en verdad tendríamos que sentirnos más agradecidos.

Pensar en todo esto nos tiene que hacer reflexionar sobre nuestra manera de celebrar la Navidad. Porque cuidado que celebremos navidad pero sin Navidad; celebremos navidad porque nos metamos en ese ambiente de fiesta, de luces, de adornos, de fiestas pero realmente no estemos dejando a Dios hacerse presente en nuestra vida. ¿Cuántas veces celebramos una fiesta de navidad muy familiar y de mucha alegría pero en ningún momento hemos tenido un tiempo para considerar el misterio que estamos celebrando? Nos hace mucha más gracias la llegada del papá Noel con sus regalos, que el Dios que viene a morar en nosotros y con nosotros dándonos el mejor regalo de su amor.

¿En verdad nos sentiremos agraciados de Dios al celebrar Navidad, más llenos de la gracia de Dios para hacerlo más presente en nuestra vida y nuestro mundo? Habría que ponerse a pensar. De muchas maneras querrá hacerse presente en nuestra vida, dejémonos sorprender porque nos podrá llegar de la forma que menos pensemos. Y no olvidemos que Dios quiere contar con nosotros y en nosotros realizará cosas grandes.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Dios sigue preguntándonos ‘¿dónde estás?’ y saliéndonos a nuestro paso, hoy viene a nuestro encuentro en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María

 


Dios sigue preguntándonos ‘¿dónde estás?’ y saliéndonos a nuestro paso, hoy viene a nuestro encuentro en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 97; Efesios 1, 3-6. 11-12;  Lucas 1, 26-38

‘¿Dónde estáis?’ Permítanme decirles que esto me recuerda aquellas chiquilladas que de niños hacíamos, pero tras el momento del entusiasmo de juego y de nuestras diabluras nos sentíamos pesarosos y renuentes a entrar a casa, o si lo hacíamos poco menos que nos escondíamos en el último cuarto temiendo el encuentro con nuestra madre. ¿Dónde estás?, era el grito con el que nos llamaba y al que evitábamos responder; nacían las desconfianzas, las culpabilidades y las culpabilizaciones, el miedo temeroso al castigo aunque al final tuviéramos que afrontar las consecuencias.

Es lo que nos relata el libro del Génesis en aquellas primeras páginas de la historia humana que pronto se llenan de sombras. Tras la desobediencia viene el respeto, y aunque Dios viene al encuentro del hombre, como dice tan bellamente, a la hora de la brisa de la tarde, Adán y Eva se han metido en lo más profundo del jardín. ‘Me dio miedo y me escondí’, fue su respuesta; se habían dado cuenta que aquello que le había prometido el tentador se quedaba en un vacío, se dieron cuenta de que estaban desnudos y les entró la vergüenza ciñéndose con unas hojas de higuera.

Es nuestra realidad y la realidad de la humanidad. Cuando el orgullo domina la vida del hombre a continuación aparecerán las oscuridades y los miedos; ya no nos mostraremos con la misma libertad los unos a los otros en unas relaciones verdaderamente humanas apareciendo todo un mundo de hostilidades; nos sentiremos abrumados por la culpa, pero pronto buscaremos disculpas para nosotros pero otros a quien echar la culpa; un abismo frío de muerte se mete por medio de nuestras relaciones y el amor deja de ser el rail por donde camine nuestra vida, porque aparecerán los intereses y las divisiones; dejaremos de sentir la felicidad de la vida y todo hasta lo más esencial para la vida se convertirá en carga pesada sobre nuestros hombros de lo que siempre querremos liberarnos.

¿Pero eso se quedará ahí sin remedio como un peso muerto para siempre o habrá algún destello de esperanza de que todo eso un día pueda cambiar? Dios nos sale al encuentro como lo hizo un día con Adán y Eva en el paraíso después de su pecado. Y es lo que hoy celebramos y contemplamos. La historia de la salvación en ese venir de Dios a nuestro encuentro, aunque muchas veces nosotros sigamos escondiéndonos o haciéndonos oídos sordos a sus llamadas.

Así llegó el ángel de Dios a Nazaret, como hoy escuchamos en el Evangelio. En el lenguaje bíblico se habla con frecuencia de esa visita de los ángeles, como una manera de expresarnos esa visita de Dios. Diríamos que es una forma de expresar esa cercanía y no sentirnos abrumados por la inmensidad de Dios, de manera que los antiguos pensaban que quien veía a Dios moría. Por eso en aquellas manifestaciones grandiosas de Dios con el pueblo que camina por el desierto y en el Sinaí, le piden a Moisés que les hable en nombre de Dios, porque sea Moisés el que tenga ese encuentro cara a cara con Dios. Así resplandecía luego su rostro, como se nos señala en la Biblia.

Pero en aquella visita del ángel de Dios en Nazaret, María no se escondió, no tuvo que preguntar el ángel, ‘¿dónde estás?’ porque aunque María se siente sobrecogida por las palabras del ángel no rehuye su presencia y se queda en diálogo con él. Aunque siente su pequeñez e indignidad, aunque no termina de entender todo lo que el ángel de parte de Dios le está trasmitiendo María dice sí, María, aunque humilde esclava del Señor, acepta que se cumpla en ella cuanto el Señor le manifiesta. ‘Hágase en mi según tu palabra’, será su respuesta final.

Dios sigue abriendo caminos para venir a nuestro encuentro y María se convierte para nosotros en modelo y ejemplo de cómo ponernos en ese camino de Dios empezando por acogerle en nuestra vida, no hacernos sordos a su llamada y a su presencia. Necesitamos aprender, necesitamos entrar en esa sintonía de Dios, necesitamos abrir los oídos y las puertas de nuestro corazón porque el Dios que viene a nosotros es un Dios de amor. Habremos hecho tantas veces en nuestra vida esas chiquilladas que ponen en nosotros esa tendencia a escondernos, a rehuir nuestra culpa o a buscar a quien culpabilizar; tenemos que ser conscientes de nuestra desnudez y de nuestro vacío cuando estamos sin Dios, cuando queremos caminar en la vida sin seguir las sendas de Dios, sino creyéndonos nosotros dioses. Ha dejado Dios el mundo en nuestras manos, como lo hizo con Adán y Eva, a pesar de que es bien palpable nuestra debilidad y los desvíos que tantas veces se producen en nuestro corazón, pero Dios sigue queriendo confiar en nosotros, en la humanidad; pero no olvidemos una cosa, Dios se pone a nuestro paso para que no nos falte esa luz; a nosotros también el ángel del Señor nos dirá que Dios está con nosotros; Jesús nos lo ha prometido y eso no fallará.

Miramos hoy a María abriendo su corazón a Dios y aceptando el plan que Dios tiene para ella. ¿Seremos capaces nosotros de abrir así nuestro corazón y aceptar el plan de Dios para nosotros? este camino de Adviento que estamos haciendo es una buena oportunidad para pensar en ello y que esta próxima venida del Señor a nosotros en esta navidad que vamos a celebrar sea también el comienzo de una humanidad nueva. Es una esperanza que queremos hacer vida en nosotros.

Dios sigue preguntándonos ‘¿dónde estás?’ y saliéndonos a nuestro paso. Hoy nos está saliendo a nuestro encuentro en esta festividad de la Inmaculada Concepción de María.

 

lunes, 15 de septiembre de 2025

El perfume de una madre que nos llega desde lo alto del calvario, de quien está al pie de la cruz

 


El perfume de una madre que nos llega desde lo alto del calvario, de quien está al pie de la cruz

Timoteo 2,1-8: Salmo 27; Juan 19,25-27

Cuando llegamos de nuevo a casa, quizás después de largo tiempo ausentes, o quizás después de malas rachas que hayamos soportado en los avatares de la vida, quizás cansados después de un largo y agotador día de trabajo, o sencillamente porque hemos salido y hemos andado entretenidos en la vida, lo primero que saboreamos probablemente sea el olor de la madre, quizás aspiramos su perfume – cada uno tiene su característico olor – o escuchamos su sonrisa que suena a música, nos llega el olor que se desprende de la cocina, o sentimos el rumor de sus pasos, echamos de menos sus caricias y su abrazo o acaso su hombre sobre el que descansar; aunque estuviera ausente sabemos que es su casa y disfrutamos de su acogida o de sus palabras de consuelo en nuestros llantos, de su silencio que sin embargo nos hace sentir su presencia aunque ahora sea de forma misteriosa, o su mirada siempre llena de comprensión, lejos de reproches, con su paciencia infinita para esperarnos aunque tardáramos en llegar. Es el sabor de hogar, es el cariño de una madre que nunca nos falta, es la acogida de los brazos siempre abiertos, es la mirada comprensiva pero que en silencio nos hace superar nuestros cansancios. Necesitamos de la presencia de esa madre, aunque solo sea de una forma espiritual o virtual porque no siempre sea posible esa presencia física a nuestro lado.

Hoy Jesús nos regala una madre, nos regala a su madre. Desorientados y sin saber que hacer o como iban a terminar todo aquello, perdidos porque no encontraban salida y casi les parecía todo un fracaso, escondidos y temerosos porque a ellos podía pasarle lo mismo, buscando refugio sin saber a qué atenerse o donde podrían encontrar quien los acogiera a ellos que parecían unos perdidos y fracasados, así andaban los discípulos; solo uno se había atrevido a seguir la comitiva hasta el calvario porque quien se había aventurado al principio a llegar hasta el patio de la casa del Pontífice, todo lo había resultado peor porque al final había negado conocerle, cuando tanto había confiado Jesús en El haciéndole promesas que ahora parecía que no se podían cumplir.

Y allí estaba, al pie de la cruz, junto a aquellas pocas mujeres que se habían arriesgado a acompañar a María. Allí estaba quien seguía manteniendo su amor por Jesús aunque no supiera en qué iba a terminar todo a pesar de los anuncios y promesas de Jesús. Como se diría siempre de él era el discípulo amado. Y había recibido un regalo.

Necesitaban el olor de una madre, necesitaban quien abriera el corazón para acogerles ahora que estaban tan desesperanzados, necesitaban aquella sonrisa y aquella mirada que les sabía al perfume de un ramo de rosas. Y Jesús les había hecho aquel regalo. No era solo para aquel discípulo que se había arriesgado a llegar hasta el calvario, aunque él fuera quien directamente escuchara las palabras y las promesas de Jesús. ‘Ahí tienes a tu madre’. Era a Juan a quien se lo estaba diciendo, pero en Juan estaban todos los discípulos, todos los que querían seguir manteniendo su amor por Jesús, quienes a pesar de andar tan perdidos seguían añorando el perfume y la presencia de una madre.

¿Nos sentiremos allí representados? Porque el evangelio no es para uno solo, las buenas noticias tienen que difundirse y todos participar de la alegría que reciben con ellas. Aunque Juan fuera el que se la llevara a su casa, era para nosotros, era para todos. La Iglesia seguiría sintiendo la añoranza de una madre, la necesidad de tener una madre a su lado, y desde entonces allí estaría María. Todo el verdadero discípulo de Jesús lo comprende, porque todo verdadero discípulo de Jesús tiene que saber lo que es la acogida, no solo por sentirse acogido, sino porque estaría siempre con los brazos abiertos para recibir y para acoger. ¿Cómo no iba a hacerlo con aquel regalo que desde la cruz Jesús les estaba haciendo?

Nosotros también queremos recibirla en nuestra casa. Nosotros también queremos estar junto a ella al pie de la cruz, porque sabemos que ella va a estar siempre a nuestro lado cuando estemos en nuestra cruz, en nuestra soledad, con nuestro corazón perdido, en nuestros miedos y cobardías, en las veces que caminemos sin rumbo. Y aquí podemos pensar y podemos decir muchas cosas. Dejemos que fluya el corazón, que se derrame nuestro amor también por María. Es la Madre, nuestra madre. No la podemos dejar. La que siempre nos a hacer disfrutar del perfume de su vida. De ella aprenderemos además a ser siempre acogedores, a ir mostrando ese lado de la ternura de nuestro corazón.

lunes, 9 de junio de 2025

María, madre y molde de la Iglesia sintiendo que camina siempre a nuestro lado y con su mano nos va moldeando para mejor parecernos a ella y así vivir a Jesús

 


María, madre y molde de la Iglesia sintiendo que camina siempre a nuestro lado y con su mano nos va moldeando para mejor parecernos a ella y así vivir a Jesús

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86;  Juan 19, 25-34

Dios busca al hombre, pero el hombre está escondido de Dios. Es la imagen que aparece en las primeras líneas el texto del Génesis proclamado. ‘¿Dónde estás?’ llegaron los miedos donde el hombre había sido colocado para ser feliz, era un jardín al que llamamos paraíso aquí en la tierra, pero entró el desorden y la división, las mutuas acusaciones, quienes habían sido creados para una especial comunión de felicidad, ahora hasta sienten vergüenza de si mismos y llenos de miedo se esconden.

¿No reflejarán estas palabras mucho de lo que nosotros queremos vivir y construir a nuestra manera? El mundo y la vida tenía que ser un jardín apacible, pero quisimos hacer un paraíso a nuestra medida; y hablamos de bienestar pero impera el materialismo, hablamos de comunidad y nos rompemos por nuestras ambiciones, hablamos de un mundo de felicidad pero todo lo sensualizamos, hablamos de un mundo que es de todos pero seguimos encerrados en ambiciones e insolidaridades. ‘¿Donde estás?’, ¿Dónde está el hombre que Dios ha creado y en cuyas manos a puesto toda la riqueza de la creación? ¿Andaremos escondiéndonos también avergonzados de nuestra manera de proceder?

Pero Dios se sigue ganando por su amor. El hombre vivirá errante pero no todo está perdido. La misericordia del Señor fluye por doquier y a ese hombre le promete una salvación, un día en que acabaran esos miedos o esas cobardías, ese mal que nos corroe será vencido porque llegará la estirpe y descendencia de una nueva Eva que traerá la victoria sobre todo ese mal y nos hará un mundo nuevo.

En medio de aquello que había hecho de un jardín un lugar de miedos y cobardía, queriéndolo convertir en un escondite de si mismo, hay una mujer, la madre de todos los vivientes, Eva; pero ahora aparecerá una nueva mujer, una nueva Eva que va a ser la madre de la nueva humanidad. De ella ha de nacer el Salvador, el Hijo de Dios que a ella la convierte en Madre de Dios, pero ese hijo a ella le va a confiar esa nueva humanidad que está naciendo desde la sangre derramada en la cruz para que sea la madre de todos los creyentes, la Madre esa humanidad nueva que es la Iglesia. Es como hoy, en el día siguiente a Pentecostés, queremos llamarla, Madre de la Iglesia, como la había proclamado el Papa san Pablo VI en casi los albores del concilio Vaticano II, que nos dejó en la constitución sobre la Iglesia un hermoso tratado de lo que es y significa María en la historia de la salvación y luego en la historia de la Iglesia.

Y nos dice el evangelio que el discípulo la llevó a su casa. La tradición sitúa la presencia de María en aquellos lugares en que los discípulos estaban haciendo el anuncio del Evangelio, y no hace muchos años, por ejemplo, en los alrededores de Efeso se ha encontrado la casita de María – en cuyo lugar he tenido la suerte de haber estado -, como la vemos también en nuestra tradición hispana presente en el Pilar de Zaragoza, que como confesamos en nuestras tradiciones Maria quiso hacerse presente en las orillas del Ebro junto al Apóstol Santiago que anunciaba la buena nueva de Jesús en nuestras tierras hispanas.

¿No querremos nosotros, como hizo el discípulo amado a quien Jesús se la confió desde la cruz, traernos también a casa a María, para que habite con nosotros? Sí, son sus imágenes repartidas por nuestros templos y capillas por todas partes; son las imágenes de la Virgen María que con tanta devoción conservamos en nuestras casas en la advocación de nuestra especial y particular devoción. Pero son las imágenes de María que nosotros hemos de mostrar desde nuestras actitudes y comportamientos, desde la copia de sus virtudes y el cultivo de los mejores valores que manifiestan nuestro seguimiento de Jesús y su evangelio.

La santidad de nuestras vidas es querer copiar la santidad de María, es como vestirnos con su misma ropa para así mejor parecernos a Ella, es meternos en el mismo molde para que así salgamos nosotros esa imagen perfecta, esa figura que trasparenta lo que fue la vida de Maria, su amor y su generosidad, su fe y su fortaleza, su fidelidad a la Palabra de Dios y su disponibilidad para el servicio, para ayudar, para estar atenta a las necesidades de los demás, para tener los ojos abiertos para beberse las lagrimas de los que lloran y ser el mejor consuelo de los que sufren. Dios llenó de perfección el molde de María en el que nosotros hemos de verternos para que salgan grabadas en nosotros mismos sus virtudes y su amor.

María, madre y molde de la Iglesia sintiendo siempre además que camina a nuestro lado y con su mano va moldeando nuestra vida para mejor parecernos a ella y así vivir la vida de Jesús.

martes, 25 de marzo de 2025

Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel

 


Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad con su Encarnación para ser Emmanuel

 Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Hay momentos que son decisivos en la vida, decisivos en nuestra vida personal o decisivos en el curso de la historia. A ojos profanos, a ojos ajenos a lo que puede ser la vida de esa persona, ajenos quizás incluso ante la historia porque les puede parecer que a ellos no les afecta pueden parecen insignificantes y hasta pasar desapercibidos. Pero eso no merma la importancia y trascendencia del momento. Ojalá no perdamos la sensibilidad. Tras esos momentos puede estar la construcción de la vida de esa persona, de ello pueden o van a depender muchas cosas o su vida misma, o en la trascendencia de la historia puede ser principio de un mundo nuevo.

Lo acontecido aquel día en Nazaret pasó totalmente desapercibido en aquel pueblo perdido en lo profundo de Galilea y que nunca había aparecido su hombre en la historia de Israel pero que le haría entrar en la historia para ser conocido por todos. El misterio de Dios revelado a aquella joven en aquellos momentos era desconocido por todos pero como el bien y el amor no se pueden ocultar pronto comenzaría a brillar en algunos corazones abiertos a la sintonía de Dios. Fue un momento de revelación, fue el momento en que Dios quiso hacerse más presente en la historia de los hombres y para ser Emmanuel, verdadero Dios entre nosotros, quiso encarnarse en el seno de una Virgen.

Un momento trascendental en la historia de la salvación, en la historia de amor de Dios para la humanidad. Fue el momento sublime en que Dios envía su ángel para contar con los hombres en su entrada en este mundo encarnándose y haciéndose hombre. Dios quiso contar con María que es querer contar con la humanidad; Dios se hizo presente en María de manera que sería para siempre la agraciada del Señor, la llena de gracia, porque quería hacer patente que la humanidad toda era la agraciada del Señor, a toda la humanidad quería inundar también de su gracia que es lo mismo que inundarla de su amor.

Es lo que hoy estamos celebrando, el misterio de la Encarnación de Dios. Dentro de nueve meses veremos nacer en Niño que sabemos que es el Hijo de Dios, el Hijo del Altísimo como ahora se le anuncia a la que va a ser la Madre de Dios. Dentro de nueve meses haremos fiesta que envolverá a todo el mundo con los sones de alegría de la Navidad, pero este momento trascendental de la Encarnación que hoy estamos celebrando está pasando demasiado desapercibido.

Es una lástima que la mayoría de los cristianos no sepan lo que hoy celebramos o tendríamos que celebrar, ese momento importante, trascendental en nuestra fe, en la historia de la salvación y en consecuencia en la historia de la humanidad, como lo es el momento de la Encarnación de Dios en el seno de María, en el corazón de la humanidad.

En María nos sentimos representados porque en el corazón de María está centrada toda la humanidad en la mirada de Dios cuando ha querido venir a encarnarse entre nosotros. Por eso de María tenemos que aprender para esa acogida del misterio de Dios que tenemos que realizar en nosotros; de María aprendamos a sintonizar con Dios como ella supo escuchar las palabras del ángel, que aunque se sentía turbada ante la grandeza del misterio que se le revelaba ella no se echó atrás, ella se dejó conducir por el Espíritu divino para manteniendo viva su humildad ser capaz de entregar todo su amor, disponible estaba su cuerpo para que Dios tomara su carne y disponible estaba su espíritu porque solamente se sentía la humilde esclava del Señor para que ella se cumpliera la palabra del ángel, para que en ella se realizar la voluntad del Señor.

De María aprendamos a decir con esa generosidad de su espíritu ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’, como rezamos en el padrenuestro. Lo decimos fácilmente como palabras repetidas de memoria, pero torpemente lo realizamos porque no siempre tenemos esa humildad y esa disponibilidad en nosotros. Es mucho lo que queremos decir con esas palabras pero tenemos que hacerlo de manera consciente para saber anteponer siempre lo que es la voluntad de Dios a lo que puedan ser nuestros deseos aunque nos parezcan buenos. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, decía Jesús entre sudores de sangre en Getsemaní, porque sí era consciente lo que significaba la voluntad de Dios. Aprendamos nosotros a hacerlo con la sencillez de María, con la humildad de María, con la disponibilidad de María.

Celebremos con gran sentido este momento grandioso de este día. Llenos de agradecimiento y alegría bendigamos a Dios que así quiso ser agraciada a toda la humanidad, quiso hacer de nosotros también unos seres llenos de gracia, inundados del amor de Dios.

miércoles, 1 de enero de 2025

Que la mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios que es bendición de Dios para nosotros hoy

 


Que la mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios que es bendición de Dios para nosotros hoy

Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Días de bendiciones, de felicitaciones, de regalos, de alegría… son algunas de las características de estos días. Son las palabras y deseos que decimos y repetimos en estos días. Palabras que decimos, porque es navidad; cosas que decimos, porque es año nuevo y expresamos tantos buenos deseos para nosotros mismos y para todos; palabras que decimos, porque todos tenemos ansias de alegría y de fiesta, porque de algunas manera estamos como obstinados por tantas oscuridades que nos van apareciendo en la vida, problemas, violencias, luchas, vacíos… que queremos algo distinto, algo que nos traiga alegría, algo que nos haga disfrutar mejor de la vida, que nos haga olvidar esos momentos oscuros y duros.

¿Serán deseos de trascender nuestra vida más allá de lo caduco que cada día vamos encontrando y no nos llena, nos deja vacíos, para buscar algo más permanente y nos alcance una mayor plenitud?

Seguimos celebrando Navidad y queremos hacerlo con la misma solemnidad y con el mismo fervor. Es la octava de la Navidad. Y la Iglesia nos invita hoy a mirar a María en su maternidad divina; es la madre de Jesús que por eso mismo para nosotros se convierte en la madre de Dios, porque en Jesús estamos viendo, así lo confiesa nuestra fe, al Hijo de Dios que tomando nuestra carne se ha encarnado para hacerse hombre como nosotros, ha plantado su tienda entre nosotros. Y así, pues, contemplamos a María, la Madre de Dios.

Decíamos que son días de bendiciones y así nos aparece en la primera lectura esa bendición que Moisés propone a Aarón como fórmula con la que bendeciría al pueblo. ¿Y qué es la bendición de Dios sino que Dios vuelva su rostro compasivo sobre nosotros mostrándonos así su amor?  ‘El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz’.

Dios ha vuelto su rostro sobre nosotros y nuestro mundo y nos ha dado a Jesús. Es lo que estamos celebrando precisamente en Navidad. Eso es precisamente lo que significa el nombre que le imponen al Niño, como nos dice el evangelista, como lo había llamado el ángel antes de su nacimiento. Dios es mi Salvador, viene a ser su significado.

El nombre de Jesús, pues, viene ya en sí mismo a ser una bendición para nosotros. ¿No decíamos que desde los vacíos de nuestra vida pretendemos trascendernos para encontrar aquello que nos llene en plenitud? En Jesús venimos a encontrarnos con esa paz que nos salva. Es el que viene a traernos la paz, como se nos dice en la bendición que se nos ofrecía en la primera lectura, porque viene a inundarnos del amor de Dios.

La paz en su sentido más profundo es mucho más que la carencia de violencia o de guerra; la paz nos está hablando de la integridad de nuestra vida, nos está hablando de la mejor realización de nosotros mismos, nos está señalando esa serenidad interior que nos sana por dentro alejando de nosotros todo tipo de malicia y maldad, nos está poniendo por encima de desconfianzas y recelos para encontrar esa armonía en nuestro espíritu pero también en nuestra relación con los demás, nos habla de rectitud y honradez, de lealtad y generosidad de espíritu, de comprensión y misericordia porque quien no sabe perdonar no sabrá nunca lo que es la paz, nos hace caminar sendas de humildad y sencillez para sentirnos siempre cercanos a los demás, nos abre a lo gratuito y desinteresado y al mismo tiempo nos hace agradecidos.

Hoy para nosotros es el día de la paz, la jornada que la Iglesia nos ha propuesto ya hace muchos años para celebrar y para pedir por la paz. Pedimos por ese mundo nuestro tan necesitado de paz, y pensamos en tantas guerras que afligen nuestro mundo en tantos lugares; pero pedimos y queremos construir la paz allí donde estamos, con los más cercanos, porque tenemos que comenzar por nuestras familias y por los que nos rodean en el día a día; cuánto nos cuesta, cuántas barreras nos interponemos, cuántas distancias mantenemos disimuladamente pero muy reales.

Pedimos la paz para nosotros mismos; tenemos que construirla, tenemos que sacar a flote esos valores que nos hacen encontrar la paz, en todo aquello que antes veníamos reflexionando. Una tarea ingente, porque algunas veces ahí dentro de nosotros mismos es donde más nos cuesta conseguir esa paz, que no puede ser una cosa ficticia, que no se puede quedar en apariencias, que tiene que nacer del corazón, que tenemos que vivir allá en lo más hondo de nosotros mismos sanando nuestro corazón de tantas heridas que lo van dañando.

Es una bendición que recibimos y que compartimos. Hoy también de manos de María. Quiero mirar el rostro de María en este momento en que los pastores llegan al portal buscando aquello que les había anunciado Dios por medio del ángel. Ojos de sorpresa, quizás, cuando todo se llenaba de luz con la presencia de los ángeles, con la presencia de aquellos pastores; qué lazos de afecto y gratitud se crearían en aquellos momentos entre María y los pastores, quien había visto cerrarse las puertas de las posadas a su llegada a Belén ahora era acogida por los pobres que poco tenían pero que tanto estaban ofreciendo con su presencia a los pies del niño. ¿Cómo sería entonces la mirada de la madre?

Que esa misma mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios. Su mirada es bendición de Dios para nosotros hoy.

domingo, 8 de diciembre de 2024

Con María Inmaculada hemos de aprender a sorprendernos ante el misterio de Dios y ser capaces de ver la mano de Dios que también está actuando en nuestra vida

 


Con María Inmaculada hemos de aprender a sorprendernos ante el misterio de Dios y ser capaces de ver la mano de Dios que también está actuando en nuestra vida

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 97; Filipenses 1, 4-6. 8-11; Lucas 1, 26-38

Hay cosas en la vida que nos sobrepasan; cosas que nos sorprenden por lo inesperadas y ante las que nos quedamos sin palabras; cosas que nos impresionan por una parte quizás por su aparatosidad ante la que nos quedamos boquiabiertos, o por lo minúsculo y sencillo que sin embargo deja una huella en nosotros que no podemos borrar, que no podemos olvidar; cosas que contemplamos en las actitudes o en los comportamientos de los demás que no esperábamos de esas personas y no sabemos qué decir, como reaccionar, o qué juicio hacer de esa persona ante la que quizás teníamos nuestros prejuicios. Pero todo eso y mucho más, porque seguro que se nos ocurrirán muchas más situaciones en este sentido, quieren decirnos algo, tienen un mensaje para nosotros, nos estarán pidiendo una respuesta, una nueva actitud, una nueva manera de actuar.

Quizás vivimos tan arrastrándonos por la tierra que no vemos sino lo que tenemos bajo los pies, pueden palpar nuestras manos o tenemos a un palmo de nuestra nariz. Nos cuesta elevar la mirada para descubrir algo más, nos cuesta elevarnos sobre lo terreno y material y queremos quizás olvidar, no tener en cuenta o borrar de un plumazo lo que nos suene a espiritual. Pero, ¿qué somos como personas? ¿Dónde encontramos lo más profundo de nuestro ser? ¿Solo en satisfacciones placenteras físicas o sensuales? ¿Sólo en lo que hace ruido en nuestro bolsillo o puede aumentar el círculo materialista del que nos rodeamos?

Cuando nos elevamos a un sentido más espiritual parece que nos cuesta muchas veces entrar en esa honda. Son tantas las cosas de alrededor que hace ruido que nos aturden los oídos y perdemos la sensibilidad del espíritu. Por eso nos cuesta tanto aceptar y decir sí a todo el misterio de Dios; lo queremos cosificar muchas veces de tan materializados que estamos y en consecuencia nos cuesta entrar en esa sintonía de Dios; como si la radio de nuestro espíritu ya no tuviera esas ondas. Nos damos cuenta entonces como vamos manipulando tantas cosas de la vida, como manipulamos los sentimientos religiosos y algo que si mismo no tendrían sentido sino desde la onda cristiana lo hemos transformado tanto que no lo reconocemos. ¿Nos sucederá así con la navidad que al final no la reconocemos, no sabemos realmente lo que estamos celebrando?

Estamos en el segundo domingo de Adviento, que es ese camino que tenemos los cristianos para prepararnos para una autentica navidad de Jesús en nuestra vida. Bien nos viene esta coincidencia que tenemos este año del segundo domingo de adviento con la fiesta de la Inmaculada Concepción. Aunque en los próximos domingos seguirá apareciéndonos la figura de María y ya seguiremos meditando sobre ello, puede ser bien significativa esta unión en la celebración de este año.

Y es que con María hemos de aprender a sorprendernos ante el misterio de Dios. Como le sucedió a María, como hoy contemplamos en el evangelio. Fue una sorpresa para María, como para quedarse sin palabras, un ángel viene de parte de Dios con una noticia sorprendente para ella. Primero las palabras del ángel que le hablan de cómo ella está en el pensamiento de Dios; y Dios está con ella, y es la llena de Dios como el mejor y más hermoso regalo que criatura alguna puede recibir.

Nos acostumbramos a las palabras y de tanto repetirlas al final parece que olvidamos su sentido más sencillo. El ángel le habla del regalo de Dios, la llama ‘la llena de gracia’, la que ha encontrado gracia ante Dios; Dios le hace el regalo de complacerse en ella, en su pureza y en su humildad, en su fe y en su confianza, en su dejarse conducir por el Espíritu de Dios que ahora en ella va a realizar maravillas.

¿Cómo no se iba a quedar callada María, rumiando en su corazón todo cuanto el ángel le decía? ‘Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel’, nos comenta el evangelista. Es mucho lo que el ángel de Dios le está trasmitiendo, aunque ahí no se quedan las palabras del ángel.

Eso era el saludo, ahora viene el mensaje. Por eso el ángel la invita a mantener la confianza. ‘No temas, María’ Y porque Dios se ha sentido complacido en ella, ha encontrado gracia ante Dios – así Dios la ha regalado – le sigue diciendo el ángel: ‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’.

No se acaba aquí la sorpresa de María que ahora sí que se siente ya sobrepasada. No era algo que pudiera imaginar. Y es normal que surjan las dudas en el corazón de María. ¿Cómo será posible todo esto?

‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios’. Y el ángel le habla de que las cosas de Dios no son como las imaginamos los hombres. Le pone la prueba de su prima Isabel que aun siendo vieja y aparentemente infecunda va a tener un hijo. Y María es la mujer de la fe y de la confianza, la que se pone en las manos de Dios porque es su humilde criatura, tan humilde que se siente la esclava del Señor y en ella no se puede hacer ni cumplir otra cosa que lo que es la voluntad de Dios. ‘Para Dios nada hay imposible’.

Y es aquí donde tenemos que ponernos a pensar y a dejarnos sorprender. Cuántas veces decimos que esto no tiene solución, y pensamos en nuestro mundo y sociedad con sus problemas, pensamos en lo que vemos a nuestro alrededor, o pensamos en nosotros mismos que tanto nos cuesta dar pasos para elevarnos, para arrancarnos de tantas cosas, para superarnos y para crecer. Detrás de ese velo tan oscurecido de tantas cosas ¿no tendríamos que aprender a tener otra visión? ¿No es posible que las cosas cambien? ¿No es posible que podamos mejorar nuestro mundo? Y nos sentimos tan débiles y tan sobrepasados por los acontecimientos.

¿No tendríamos que ser capaces de ver la mano de Dios que está actuando en nuestra vida, que nos está buscando, que nos está regalando de mil maneras con su amor y que nos está llamando a algo nuevo? Aprendamos de María que aún en medio del mundo que vivía supo mantenerse inmaculada, supo mantener la belleza de su fidelidad y de su amor, supo seguir confiando en Dios. Mucho tenemos que aprender de María. María es un regalo de Dios y nos recuerda cuánto Dios nos regala.

 

jueves, 15 de agosto de 2024

María en su Asunción sigue siendo hoy un faro de luz que pone esperanza en nuestros corazones despertando en nosotros los deseos de un mundo nuevo y mejor

 


María en su Asunción sigue siendo hoy un faro de luz que pone esperanza en nuestros corazones despertando en nosotros los deseos de un mundo nuevo y mejor

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Tener una señal que nos garantice que aquello por lo que luchamos lo podemos conseguir será siempre algo que nos da esperanza en nuestro esfuerzo por lo que merece la pena, aunque sea duro el camino, seguir en nuestros deseos de superación y de alcanzar esa meta. ¿Estamos seguros que este camino nos llegará al final que pretendemos? ¿Merecen en verdad esos esfuerzos que algunas veces parece que se nos hace oscuro el camino por todas las cosas que nos vamos encontrando y que parecen que quieren distraernos de nuestra meta? Y confiamos, y esperamos, y mantenemos la tensión del esfuerzo, y somos capaces de pasar todos los sacrificios que sean necesarios porque nos sentimos seguros del final que buscamos.

No se trata ya de los caminos geográficos que tenemos que recorrer si queremos llegar a un lugar hermoso donde nos anuncian que vamos a disfrutar mucho. Podríamos estar haciendo referencia también a la situación que vivimos en nuestro mundo que en medio de tantas violencias y tanto egoísmo insolidario pudiera parecer que nos hace perder la esperanza. Sin dejarnos envolver por el pesimismo bien sabemos que la realidad es cruda, guerras que no se terminan sino que más bien parece que surgen con más fuerza cada día con el peligro incluso de que se abran nuevos frentes, y aun seguimos soñando con la paz aunque nos flaqueen las esperanzas.

Un mundo duro y cruel de tantos que tienen que dejar su tierra y lugar de origen arriesgando sus vidas es búsqueda de algo mejor, pero como contrapartida esos resabios de racismo que aparecen en algunos lugares, esos brotes insolidarios que nos hacen pensar primero en nosotros sin querer mirar las tragedias pero también los sueños que hay detrás de cada uno de esos emigrantes; y nos vemos envueltos en ese torbellino y sentimos la tentación de dejarnos arrastrar por esas negruras que pueden aparecer en nuestro corazón. ¿Necesitará nuestro mundo, necesitaremos nosotros un faro de esperanza que nos anime a seguir en pie?

Es mucho lo que está en juego y esta fiesta de la Asunción de la Virgen es para nosotros un rayo de esperanza que nos llena de esas certezas y seguridades el corazón. Era turbulento también aquel momento de la historia del mundo en que apareció la Buena Noticia del Evangelio. Desde la Palabra de Jesús comenzó a brillar una nueva luz que llenaba de esperanza aquel mundo. Recordamos que los evangelios nos hablarán de que en aquel mundo que andaba en tinieblas, recordando a los profetas, allá por Galilea comenzó a brillar una nueva luz con el anuncio del evangelio de Jesús. Será la lectura que irán aprendiendo a hacer de la vida y de la historia aquellos que creían en Jesús, aquellos que seguían a Jesús. Cada hecho, cada momento comenzaba a tener una nueva lectura que seguía despertando esperanzas en los corazones.

Es lo que hoy también nosotros queremos sentir cuando celebramos esta fiesta de la Asunción de la Virgen que la queremos celebrar también en el contexto de nuestro mundo, con nuestras problemáticas sociales y también con nuestras problemáticas personales, porque a todos en algún momento no nos faltan esas oscuridades que pidieran entenebrecer también nuestras vidas. Pero no nos puede faltar la esperanza.

Es posible un mundo nuevo por el que luchamos y nos esforzamos, es posible que los corazones vayan cambiando y tengamos una nueva mirada  que nos llene de esperanza, es posible hacer un mundo mejor porque hay muchos corazones generosos que ya lo están trabajando.

Tenemos que estar atentos a esas buenas señales que nos pueden ir apareciendo y no podemos dejar que pasen desapercibidas. No todo son deseos de guerra y de violencia y hay un fuerte clamor por la paz en nuestro mundo; no todo es encerrarnos en nuestros egoísmos, racismos y discriminaciones, porque también nos encontramos con muchas personas de buena voluntad que trabajan por mejorar la situación de quienes llegan ansiosos de algo nuevo a nuestras costas; no siempre avanzamos todo lo que queremos, pero hay señales en el camino que tenemos que saber descubrir para no dejarnos embotar por cosas negras que se magnifican en exceso.

Hoy escuchamos el canto de María que se siente engrandecida en el Señor, porque siente que en ella Dios está realizando maravillas, pero porque siente también que por ella Dios está haciendo maravillas para nuestro mundo. ‘Los poderosos van a ser derribados de sus tronos y los humildes van a ser enaltecidos, los hambrientos van a ser saciados, pero aquellos que se creen satisfechos de todo van a sentir el peor de los vacíos en su corazones’. Es la imagen que en María contemplamos de esa transformación de nuestro mundo.

Algo nuevo tiene que surgir, algo nuevo ya está surgiendo, en eso nuevo tenemos que sentirnos implicados, a ese carro de transformación nosotros tenemos que apuntarnos. Dejémonos de catastrofismos que llenan de oscuridad los corazones – cuidado con las noticias que algunas veces difundamos que parece que lo que queremos es escachar la cabeza de los que no piensan como nosotros – y resaltemos los puntos de luz que vayamos encontrando que si abrimos los ojos los descubriremos.

Nosotros, los canarios, hoy invocamos a María con la hermosa advocación de Candelaria. Es la portadora de la luz, así un día la puso con su imagen en las playas de nuestra isla, pero quiere seguir siendo esa portadora de luz para nuestra tierra hoy pero nos está pidiendo que es lo que nosotros tenemos que ser en medio de este mundo que  nos ha tocado vivir. Dejémonos iluminar e iluminemos con esa luz del evangelio de Jesús que ella también nos ha venido a traer.

sábado, 8 de junio de 2024

Junto al corazón de María queremos acurrucarnos para aprender los latidos del amor y hacerlos ritmos de nuestra vida, poniendo como María en el nuestro a cuantos amamos

 


Junto al corazón de María queremos acurrucarnos para aprender los latidos del amor y hacerlos ritmos de nuestra vida, poniendo como María en el nuestro a cuantos amamos

2 Timoteo 4, 1-8; Salmo 70; Lucas 2, 41-51

A todos nos hace aflorar una inmensa ternura y los más emocionados sentimientos el contemplar como un niño se acurruca junto al corazón de su madre y pronto se siente calmado en sus llantos y en sus lagrimas, porque allí encuentra el deseado calor del cariño de la madre que le hace sentirse seguro frente a cualquiera de los peligros que pudieran aparecer. Lo hemos contemplado muchas veces; y es más tenemos que decir que también nosotros, aunque mayores, iríamos a refugiarnos en el regazo de la madre cuando nos sentimos atormentados por los problemas de la vida, por las soledades que tanto nos hieren, por tantas angustias que nos va deparando con demasiada frecuencia la vida.

¿No es hermoso que hoy podamos celebrar precisamente la memoria y la fiesta litúrgica del Sagrado corazón de María? ¿Qué mejor imagen podemos encontrar para expresar lo que María es y sigue siendo para la Iglesia y para los cristianos de todos los tiempos?

Del corazón agonizante de Cristo salió aquella entrega que en ese momento cumbre quiso hacernos cuando nos confió a la madre y cuando confió a su madre para que fuera la madre de todos los que creyéramos en El. ‘He ahí a tu hijo’, le dice Jesús señalando al discípulo amado en quien todos estábamos representados. ‘He ahí a tu madre’, le confía a Juan en aquel momento y Juan se la llevó a su casa.

Hoy contemplamos su corazón, hoy contemplamos nuestro mejor refugio, hoy queremos ser como el niño que se refugia en los brazos de su madre que lo acuna junto a su corazón, hoy nosotros ponemos nuestro oído junto a su pecho para sentir sus latidos y para aprender a latir con ese mismo ritmo que solo las madres saben tener.

María, la que nos dice el evangelio que guardaba todo en su corazón. Nos lo repite el evangelista cuando nos habla de los acontecimientos de la infancia de Jesús. Vienen los pastores de forma inesperada tras el anuncio del ángel a aquel humilde portal donde había nacido el Hijo de Dios, y María mira y contempla, María guarda en su corazón. Vienen los magos de Oriente a ofrecer sus dones entre la admiración de los transeúntes ante tal inesperada caravana en los caminos de Belén, y María mira y contempla, María guarda en su corazón. Será aquello que parecía travesura del niño quedándose en Jerusalén sin que lo supieran sus padres, y cuando lo encuentran en medio de los doctores y maestros de la ley y ante las respuestas de Jesús que había de ocuparse de las cosas del Padre, María mira y contempla, María guarda cuanto ha sucedido en su corazón.

Es lo que hacen las madres que desde que llevan al hijo en sus entrañas están guardando los latidos y los movimientos del niño en su propio seno y lo van guardando en su corazón; como serán los primeros pasos, los primeros balbuceos, los primeros intentos de crecer y de ser mayor, que la madre lo irá recordando todo porque lo va guardando en su corazón. Cuántas veces escuchamos a las madres como nos van contando la historia de sus hijos desde los primeros instantes que lo llevan en sus entrañas, porque todo lo van guardando en su corazón, como sucederá a lo largo de la vida en largos silencios muchas veces, porque contemplan y dejan hacer, porque contemplan y quizás sufren en su corazón, porque viven sus alegrías y las mantendrán siempre vivas en lo hondo del corazón.

Es lo que hoy estamos celebrando de María, la que guardó todo lo referente a la vida de Jesús en su corazón - ¿Quién pudo contar al evangelista los momentos de la infancia de Jesús si no fue su propia madre? – pero ella también nos ha puesto, desde el momento en que Jesús en el Calvario le confió la misión de ser madre de todos los creyentes, en lo más hondo de su corazón. Miramos hoy el corazón de María y miramos el corazón de madre. Junto a su corazón también queremos acurrucarnos, de su corazón queremos aprender los latidos del amor para hacerlos ritmos de nuestra vida. En ello nos gozamos, con ella aprendemos lo que es el amor, a la manera de ella queremos también poner en nuestro corazón a cuantos amamos.

lunes, 20 de mayo de 2024

Sintamos el gozo de ese amor de la Madre que ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida en nosotros la llama viva del fuego del amor

 


Sintamos el gozo de ese amor de la Madre que ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida en nosotros la llama viva del fuego del amor

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86; Juan 19, 25-34

¿A quien no le gustaría tener a la madre siempre junto a sí? Es uno de los dolores y desconsuelos más fuertes que tenemos en la vida, siempre estaremos recordándola, queriéndola hacer presente, y de mil maneras queremos mantener sus recuerdos junto a nosotros. Por el contrario, si somos nosotros los que nos vemos abocados a tener que abandonar su presencia por nuestra propia muerte y estuviera en nuestras manos hacerlo, buscaríamos a quien confiarla para que siga cuidándola y con ella se comporte como el hijo que nosotros quisiéramos ser para siempre. Decir esa palabra ‘madre’ o escuchar sus labios la palabra ‘hijo’ es uno de los gozos más profundos que podemos sentir en el alma.

No nos extrañe, pues, lo que nos narra el evangelio y en este día hemos proclamado. ‘Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… y el discípulo amado’. Y es en esa circunstancia donde se establece ese diálogo que parece más bien testamento y ultima voluntad. Viendo Jesús a su madre y al discípulo amado, a una le dije ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’, mientras al discípulo amado le dice también ‘ahí tienes a tu madre’.

El discípulo amado era en aquel momento algo más que Juan el hijo del Zebedeo. En el discípulo amado estábamos todos, estábamos nosotros, porque también somos los amados del Señor. Por eso aquel confiar que María a partir de aquel momento tuviera un hijo que la cuidara, o un hijo a la que ella como madre cuidara, no se trataba solo de Juan el hijo del Zebedeo, sino que allí estábamos todos los amados del Señor, todos nosotros que por amor nuestro precisamente se estaba entregando en la mayor muestra del amor que se pudiera manifestar.

Somos, sí, ese discípulo amado a quienes desde ese momento María nos toma como hijos; somos ese discípulo amado que a partir de aquel momento tenemos que llevar a nuestra nueva madre a nuestra casa, a nuestra vida, como  hiciera Juan. El evangelio solamente nos dice que desde aquella hora Juan la recibió en su casa. La hemos contemplado en la víspera de Pentecostés allí reunido en el cenáculo con sus nuevos hijos en la espera del Espíritu; la tradición nos hablará de esa presencia de María junto a Juan de manera que en Efeso nos encontraremos la casa de María como un testimonio de esa presencia de María siempre junto al discípulo amado que en la cruz se le había confiado como hijo.

Por eso hoy, cuando hemos concluido la Pascua con la fiesta del Espíritu en Pentecostés, la Iglesia nos invita a celebrar y a sentir esa presencia de María junto a nosotros en esta fiesta recientemente instituida con el título con que el papa Pablo VI quiso invocarla al final del concilio Vaticano II, María, Madre de la Iglesia.

¿Qué mejor que llamarla Madre de la Iglesia, cuando eso es lo que ella ha sido a lo largo de los siglos, a lo largo de toda la historia de la Iglesia? Como madre de Dios fue invocada y proclamada al finalizar el concilio de Nicea que definía a Jesús como verdadero Hijo de Dios en aquella primera espontánea procesión del pueblo de Dios junto a los padre del Concilio; pronto fueron proliferándose templos en su honor a lo largo y a lo ancho de la Iglesia y del mundo, aunque cada uno desde nuestro amor especial la invoquemos con distintos nombres que vienen a significar siempre su presencia de madre junto a nosotros.

María ha estado siempre junto al peregrinar del pueblo cristiano y su amor nos ha ayudado a mantener integra nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia. Justo es pues que la invoquemos como Madre de la Iglesia como en este día después de celebrar Pentecostés se nos invita a celebrar. Cuidemos nuestro amor y nuestra devoción a Maria que siempre nos conducirá hasta Jesús; sintamos con vivo agradecimiento de hijos ese amor de la Madre que así siempre ha cuidado nuestra fe, nos ha preservado de tantos peligros, y ha mantenida viva en nosotros la llama del fuego del amor.