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jueves, 1 de enero de 2026

Nos sentimos bendecidos porque Dios vuelve su rostro sobre nosotros con el nacimiento de Jesús, seamos bendición para el mundo por nuestra mirada de amor y paz para todos

 


Nos sentimos bendecidos porque Dios vuelve su rostro sobre nosotros con el nacimiento de Jesús, seamos bendición para el mundo por nuestra mirada de amor y paz para todos

Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Hoy es un día muy especial, y me vais a hablar de fin de año y de años nuevos, me vais a presentar las imágenes de las fiestas que se hacen por todas partes, me vais a recordar los buenos deseos que en estos días tenemos los unos con los otros y las felicitaciones que cruzan el mundo… todo eso está muy bien, recordamos estos acontecimientos de la vida de nuestra sociedad y esos como rituales que nos imponemos o que nos ayudan a marcar las páginas del calendario de la vida, están bien todos esos buenos deseos y felicitaciones, pero ¿hay algo detrás de todo eso? ¿Serán cosas que no solo marcan el ritmo del tiempo sino que marcan nuestra vida de una forma definitiva? Cuidado que después de todo esto nos quedemos en un vacío que hasta nos produce hastío.

Yo sigo repitiendo que para nosotros los cristianos sí es hoy un día especial aunque algunas veces el ruido de todas las otras cosas atenúen la verdadera luz que tenemos que encontrar en este día. Lo importante incluso nos puede pasar desapercibido y los cristianos tenemos que reivindicar lo que es centro de nuestra vida y no lo podemos ni enmascarar ni olvidar. Nosotros seguimos celebrando la Navidad, hoy es la octava de la celebración del Nacimiento de Jesús en Belén.

Hoy la primera lectura nos ha recordado la fórmula de bendición que desde Moisés se utilizaba en Israel. Es muy hermosa, tenemos que captar todo su sentido porque además nos dará profundo significado a lo que ahora mismo estamos celebrando. ‘El Señor te bendiga y te guarde… haga brillar su rostro sobre ti… te conceda la paz’. Y nos insiste Moisés que esta será la fórmula de bendición que deben usar. ¿En qué consiste esa bendición? En que Dios haga brillar su rostro sobre nosotros. Si cuando vamos a encontrarnos con alguien le vemos con el ceño fruncido y un gesto torvo en su rostro, ya estamos sabiendo que aquel encuentro no es nada agradable; una sonrisa en el rostro puede cambiar todas las sensaciones.

Pues Dios vuelve su rostro sobre nosotros, y cuando nos sentimos mirados por Dios nos sentimos llenos de paz, porque con esa mirada de Dios estamos sintiendo cómo Dios nos ama. Somos sus criaturas y nunca somos desagradables para Dios porque Dios siempre nos ama, y por eso nos hace hijos. Es la bendición de Dios sobre nuestra vida. Tenemos que aprender a reconocerla, que es reconocer su amor. Y esto es lo que hoy celebramos, lo que hace este día tan especial, como decíamos desde el principio de nuestra reflexión.

Pues tendríamos que decir que lo que estamos celebrando es esa bendición de Dios que se nos manifiesta en el Niño nacido en Belén, se nos manifiesta en Jesús. Y nos sentimos felices porque aunque nosotros nos consideramos indignos porque nos sentimos pecadores tenemos la certeza del amor de Dios, que vuelve su rostro sobre nosotros, rostro de misericordia y de amor. Es Jesús ese rostro de Dios a quien podemos mirar sin temor en su cercanía. Los antiguos decían que no podían mirar a Dios, más aún decían que ver el rostro de Dios era morir. Pero tenemos que decir que Dios sí quiere mostrarnos su rostro y en Jesús podemos conocer el rostro de Dios, porque es la manifestación más sublime de lo que es el amor que Dios nos tiene.

Y hoy tenemos en cuenta dos cosas, por así decirlo, que se derivan de esta mirada de Dios, de esta bendición de Dios. Por una parte necesariamente hoy tenemos que mirar a María. ‘Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer’, que nos decía san Pablo. Aquellos pastores que se sintieron bendecidos de Dios cuando reciben el anuncio del ángel de que en la ciudad de David les ha nacido un Salvador, siguiendo las señales que les dejó el ángel llegaron a encontrar a aquel niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, junto a su madre.

Queremos nosotros seguir también esas señales y hoy nos encontraremos a Jesús en brazos de María. Por eso la liturgia la celebra este día con el mayor don que Dios le ha concedido, ser la Madre de Dios. De María recibimos a Jesús, porque Dios quiso encarnarse en su seno para nacer entre nosotros y tenemos así la posibilidad de contemplar ese rostro de Dios que se vuelve sobre nosotros con ojos de niño, pero con la mirada amorosa de Dios.

Y la otra derivación es la paz. Hace brillar su rostro sobre nosotros y nos concede la paz. ¿Cómo no vamos a llenarnos de paz desde lo más hondo de nosotros mismos cuando así nos sentimos amados de Dios? La paz que cantaban los Ángeles para todos los hombres que son amados de Dios; esa paz que el mundo necesita, que necesitamos nosotros en lo más hondo de nosotros mismos; esa paz que nos llena de vida y hace posible la vida; esa paz que tiene que hacer de nuestra tierra un hermoso jardín; esa paz que vamos nosotros sembrando con semillas de amor, en múltiples gestos y detalles que tengamos de cercanía y de amistad con los que nos rodean, esa paz que va allanando camino de encuentro haciendo crecer la verdadera amistad, esa paz que tira por tierra los oscuros cortinajes de nuestra intolerancia y de nuestra incapacidad para la comprensión y el perdón.

Mirad, aprendamos a ser bendición para los demás porque sepamos volver también nuestro rostro sobre los que  nos rodean, hagamos que quienes están a nuestro lado se sientan amados para que comience a florecer la paz en sus corazones, seamos siempre verdaderos instrumentos de paz que comienza con una nueva mirada hacia nuestro mundo y cuantos en él habitamos. No son solo bonitas palabras de felicitación lo que tenemos que decirnos hoy, serán nuestros gestos con lo que haremos bendito el año que comienza.

 


domingo, 8 de diciembre de 2024

Con María Inmaculada hemos de aprender a sorprendernos ante el misterio de Dios y ser capaces de ver la mano de Dios que también está actuando en nuestra vida

 


Con María Inmaculada hemos de aprender a sorprendernos ante el misterio de Dios y ser capaces de ver la mano de Dios que también está actuando en nuestra vida

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 97; Filipenses 1, 4-6. 8-11; Lucas 1, 26-38

Hay cosas en la vida que nos sobrepasan; cosas que nos sorprenden por lo inesperadas y ante las que nos quedamos sin palabras; cosas que nos impresionan por una parte quizás por su aparatosidad ante la que nos quedamos boquiabiertos, o por lo minúsculo y sencillo que sin embargo deja una huella en nosotros que no podemos borrar, que no podemos olvidar; cosas que contemplamos en las actitudes o en los comportamientos de los demás que no esperábamos de esas personas y no sabemos qué decir, como reaccionar, o qué juicio hacer de esa persona ante la que quizás teníamos nuestros prejuicios. Pero todo eso y mucho más, porque seguro que se nos ocurrirán muchas más situaciones en este sentido, quieren decirnos algo, tienen un mensaje para nosotros, nos estarán pidiendo una respuesta, una nueva actitud, una nueva manera de actuar.

Quizás vivimos tan arrastrándonos por la tierra que no vemos sino lo que tenemos bajo los pies, pueden palpar nuestras manos o tenemos a un palmo de nuestra nariz. Nos cuesta elevar la mirada para descubrir algo más, nos cuesta elevarnos sobre lo terreno y material y queremos quizás olvidar, no tener en cuenta o borrar de un plumazo lo que nos suene a espiritual. Pero, ¿qué somos como personas? ¿Dónde encontramos lo más profundo de nuestro ser? ¿Solo en satisfacciones placenteras físicas o sensuales? ¿Sólo en lo que hace ruido en nuestro bolsillo o puede aumentar el círculo materialista del que nos rodeamos?

Cuando nos elevamos a un sentido más espiritual parece que nos cuesta muchas veces entrar en esa honda. Son tantas las cosas de alrededor que hace ruido que nos aturden los oídos y perdemos la sensibilidad del espíritu. Por eso nos cuesta tanto aceptar y decir sí a todo el misterio de Dios; lo queremos cosificar muchas veces de tan materializados que estamos y en consecuencia nos cuesta entrar en esa sintonía de Dios; como si la radio de nuestro espíritu ya no tuviera esas ondas. Nos damos cuenta entonces como vamos manipulando tantas cosas de la vida, como manipulamos los sentimientos religiosos y algo que si mismo no tendrían sentido sino desde la onda cristiana lo hemos transformado tanto que no lo reconocemos. ¿Nos sucederá así con la navidad que al final no la reconocemos, no sabemos realmente lo que estamos celebrando?

Estamos en el segundo domingo de Adviento, que es ese camino que tenemos los cristianos para prepararnos para una autentica navidad de Jesús en nuestra vida. Bien nos viene esta coincidencia que tenemos este año del segundo domingo de adviento con la fiesta de la Inmaculada Concepción. Aunque en los próximos domingos seguirá apareciéndonos la figura de María y ya seguiremos meditando sobre ello, puede ser bien significativa esta unión en la celebración de este año.

Y es que con María hemos de aprender a sorprendernos ante el misterio de Dios. Como le sucedió a María, como hoy contemplamos en el evangelio. Fue una sorpresa para María, como para quedarse sin palabras, un ángel viene de parte de Dios con una noticia sorprendente para ella. Primero las palabras del ángel que le hablan de cómo ella está en el pensamiento de Dios; y Dios está con ella, y es la llena de Dios como el mejor y más hermoso regalo que criatura alguna puede recibir.

Nos acostumbramos a las palabras y de tanto repetirlas al final parece que olvidamos su sentido más sencillo. El ángel le habla del regalo de Dios, la llama ‘la llena de gracia’, la que ha encontrado gracia ante Dios; Dios le hace el regalo de complacerse en ella, en su pureza y en su humildad, en su fe y en su confianza, en su dejarse conducir por el Espíritu de Dios que ahora en ella va a realizar maravillas.

¿Cómo no se iba a quedar callada María, rumiando en su corazón todo cuanto el ángel le decía? ‘Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel’, nos comenta el evangelista. Es mucho lo que el ángel de Dios le está trasmitiendo, aunque ahí no se quedan las palabras del ángel.

Eso era el saludo, ahora viene el mensaje. Por eso el ángel la invita a mantener la confianza. ‘No temas, María’ Y porque Dios se ha sentido complacido en ella, ha encontrado gracia ante Dios – así Dios la ha regalado – le sigue diciendo el ángel: ‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’.

No se acaba aquí la sorpresa de María que ahora sí que se siente ya sobrepasada. No era algo que pudiera imaginar. Y es normal que surjan las dudas en el corazón de María. ¿Cómo será posible todo esto?

‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios’. Y el ángel le habla de que las cosas de Dios no son como las imaginamos los hombres. Le pone la prueba de su prima Isabel que aun siendo vieja y aparentemente infecunda va a tener un hijo. Y María es la mujer de la fe y de la confianza, la que se pone en las manos de Dios porque es su humilde criatura, tan humilde que se siente la esclava del Señor y en ella no se puede hacer ni cumplir otra cosa que lo que es la voluntad de Dios. ‘Para Dios nada hay imposible’.

Y es aquí donde tenemos que ponernos a pensar y a dejarnos sorprender. Cuántas veces decimos que esto no tiene solución, y pensamos en nuestro mundo y sociedad con sus problemas, pensamos en lo que vemos a nuestro alrededor, o pensamos en nosotros mismos que tanto nos cuesta dar pasos para elevarnos, para arrancarnos de tantas cosas, para superarnos y para crecer. Detrás de ese velo tan oscurecido de tantas cosas ¿no tendríamos que aprender a tener otra visión? ¿No es posible que las cosas cambien? ¿No es posible que podamos mejorar nuestro mundo? Y nos sentimos tan débiles y tan sobrepasados por los acontecimientos.

¿No tendríamos que ser capaces de ver la mano de Dios que está actuando en nuestra vida, que nos está buscando, que nos está regalando de mil maneras con su amor y que nos está llamando a algo nuevo? Aprendamos de María que aún en medio del mundo que vivía supo mantenerse inmaculada, supo mantener la belleza de su fidelidad y de su amor, supo seguir confiando en Dios. Mucho tenemos que aprender de María. María es un regalo de Dios y nos recuerda cuánto Dios nos regala.

 

lunes, 29 de mayo de 2023

María será siempre nuestra madre y como está también cerca del corazón de Dios porque es su madre, algo sabrá hacer por la Iglesia en el camino de sus luchas y problemas

 


María será siempre nuestra madre y como está también cerca del corazón de Dios porque es su madre, algo sabrá hacer por la Iglesia en el camino de sus luchas y problemas

 Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34

Litúrgicamente ayer con Pentecostés concluimos las celebraciones del tiempo pascual, lo que no significa perder el sentido de pascua de nuestra vida; tiene que ser la vivencia nuestra de cada día porque de ese misterio de la Pascua estamos impregnados desde nuestro bautismo y además cada que celebramos un sacramento estamos celebrando el misterio pascual de Cristo.

Hoy tendríamos que retomar el tiempo Ordinario con sus lecturas continuadas en medio de la semana en aquel punto en que lo interrumpimos para comenzar la cuaresma como camino de preparación a la pascua, sin embargo la liturgia nos ofrece una fiesta especial de la Virgen que ha sido introducida en el calendario romano. A María hemos venido cantándole el ‘regina coeli’ durante todo este tiempo pascual, queriendo vivir con ella esa alegría de la Pascua y aprender de ella a vivir ese sentido pascual de Cristo.

Hoy la queremos invocar como Madre de la Iglesia, una invocación presente de alguna manera siempre en toda la historia de la Iglesia porque así ha sentido siempre a la Madre de Dios, nuestra madre y madre de la Iglesia, pero que de alguna manera se ha ido introduciendo a partir del concilio Vaticano II, que dedicó una de sus constituciones a la Iglesia y en ella un capitulo especial a María en su función y, podríamos decir, ministerio dentro de la Iglesia.

Ha sido hace pocos años, quizá como algo nacido y pedido desde el sentido de la fe de los cristianos, de la Iglesia, cuando ha sido instituida para toda la Iglesia esta celebración especial de María con esta invocación en el calendario de la liturgia romana que es pauta para toda la Iglesia. Nos hace situar bien el lugar de María, que por supuesto no podemos endiosar, siempre tenemos que verla al lado de su hijo en su función de Madre, y así la contemplaremos en el seno de la Iglesia y a nuestro lado como la Madre que Jesús nos quiso confiar desde la cruz en la hora suprema de la redención.

Nos la confía, como madre, tenemos que reconocer, porque eso es lo que hizo Jesús con Juan. Le señala a María como madre, le señala a Juan como hijo. ¿Qué es lo que hizo Juan? ‘la recibió en su casa’. Es el hijo que va a cuidar a la madre, pero será también la madre que con amor maternal, como solo saben hacerlo las madres, nos cuida a nosotros como hijos. ¿Qué harán entonces los hijos? Llevarla siempre en el corazón, que es lo mismo que darle todo nuestro amor de hijos, que es estar a su lado, pero hacer también que ella está siempre a nuestro lado, que es escucharla porque siempre una madre tendrá una palabra especial para sus hijos, para cada uno de sus hijos, que será contar con ella porque la presencia de una madre será siempre un estímulo fuerte, una fuerza de vida en el camino de nuestras luchas, nuestros sufrimientos, y en especial también en nuestras alegrías.

No va nunca a sustituir a Jesús, a sustituir a Dios, como algunos que no entienden del amor de María pretenden achacarnos. Ella será siempre nuestra madre, pero como está también cerca del corazón de Dios porque es su madre, algo sabrá hacer en su intercesión para socorrernos a nosotros en nuestras necesidades y en nuestras luchas.

Sí, María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, intercede por nosotros.

jueves, 8 de septiembre de 2022

Hoy nos toca regalar a María en su cumpleaños, acogerla en nuestro corazón y regalarle la flor de nuestra disponibilidad para que se plante siempre en nosotros la Palabra de Dios

 



Hoy nos toca regalar a María en su cumpleaños, acogerla en nuestro corazón y regalarle la flor de nuestra disponibilidad para que se plante siempre en nosotros la Palabra de Dios

 Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Podíamos decir que es de hijo bien nacido el celebrar el cumpleaños de la madre. Lo llevamos en la sangre. Lo vemos en cualquier casa y más hoy que somos tan dados a celebraciones y fiestas. Por muy humilde que se sea y escasos sean los recursos siempre hay para una flor, para un detalle que los hijos ofrecen con amor a su madre; cuando nos falta, y a todos nos llegan esos momentos, vienen los recuerdos, las añoranzas, los sentimientos porque quizá no siempre la festejamos como se merecía, nunca supimos corresponder al amor de una madre.

Hoy es el día de nuestra madre, la que nos regaló Jesús en la cruz, la que era la madre de Dios pero Jesús quiso que también fuera nuestra madre. ‘Ahí tienes a tu madre’, le decía Jesús a Juan desde la cruz en la hora suprema de la muerte; fue algo hermoso que nos dejó como herencia, el regalo de una madre. Hoy 8 de septiembre celebramos la natividad de la Virgen María.

En la devoción popular muchos con los nombres diversos con que la llamamos y festejamos en este día según sean los pueblos y lugares. Recordando brevemente en el entorno más cercano a donde vivo, la llamamos la Virgen de la Luz o la Virgen de los Remedios como advocaciones muy comunes en muchos de nuestros pueblos, pero la llamamos también Nuestra Señor del Socorro que es como una réplica de la Virgen de Candelaria pues se celebra en aquellos lugares donde fue encontrada su imagen o la Virgen del Pino como la celebran en una de nuestras islas o también Virgen de la Natividad recordando su nacimiento.

El evangelio nada nos dice del nacimiento de María, pues todo girará siempre en torno a Jesús; pero los evangelios apócrifos nos hablarán del lugar del nacimiento de María en las cercanías del templo de Jerusalén donde hoy se levanta una basílica en su honor. Lo que sí podemos considerar como algo muy especial su nacimiento, pues recordamos que hace nueve meses celebramos su Inmaculada Concepción para contemplar cómo ella, en virtud de los merecimientos de Cristo Jesús, ya que iba a ser su madre, fue preservada de todo pecado, siempre inmaculada desde el primer instante de su concepción y posterior nacimiento.

Si la Escritura pone en labios de Jesús, en su entrada en el mundo, aquellas palabras proféticamente señaladas en la oración de los salmos ‘aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, ¿qué podríamos decir de ese nacimiento de María que un día llegaría a proclamar que era la esclava del Señor y que se cumpliera en ella según su palabra?

Podríamos atrevernos a decir que así se sentía ella desde que tuvo conocimiento de sí misma, para buscar siempre y en todo lo que era la voluntad del Señor para su vida. De ahí la disponibilidad y la generosidad de su corazón, disponible para la voluntad de Dios, disponible siempre para el servicio a los demás. Podríamos decir que fue como el lema de su vida, en todo siempre y por encima de todo la voluntad de Dios, que se realizara en ella lo que era la Palabra de Dios.

Cuando hacemos un regalo a alguien a quien queremos y más cuando queremos hacer un regalo a la madre, buscaremos lo que más le agrade, lo que más le haga feliz. Hoy nos toca regalar a María, cuando tantos regalos de ella hemos recibido en forma de gracia a lo largo de nuestra vida. José le hizo el regalo de su confianza para aceptar lo que en ella venía de Dios y la acogió en su casa. Juan la recibió en la cruz como madre y la acogió en su casa. Nosotros que la tenemos como madre también queremos acogerla en la casa de nuestra vida pero además queremos ofrecerle una flor.

La flor que le ofrezcamos hoy a María sea el de nuestra disponibilidad para que también nosotros se realice siempre lo que es la voluntad de Dios. Como lo hizo ella. Ya ella también nos enseñó a hacerlo, aunque como sucede siempre tantas veces hemos olvidado. A nosotros nos decía, como a aquellos sirvientes de las bodas de Caná, ‘haced lo que El os diga’. Hoy le decimos a María que así queremos hacer siempre lo que nos dice el Señor, así queremos nosotros también plantar en nuestro corazón la Palabra de Dios. No dejemos marchitar esa flor.

lunes, 22 de agosto de 2022

Vamos invocando a María como nuestra señora y coronándola como reina cuando sintiendo su amor de madre la convertimos en estímulo de nuestra fe y nuestro amor

 


Vamos invocando a María como nuestra señora y coronándola como reina cuando sintiendo su amor de madre la convertimos en estímulo de nuestra fe y nuestro amor

 

Unos buenos hijos siempre tendrán motivos para honrar y festejar a la madre, porque el amor hace como inventarse mil motivos y ocasiones para manifestarse; no nos contentamos ni con su onomástica ni su cumpleaños, buscamos cualquiera aniversario de hechos de su vida, o simplemente iremos con una flor en cualquier momento porque nos apetece y queremos decirle que la queremos.

Eso nos pasa a los cristianos con la Virgen María; cuántas fiestas celebramos en su honor a lo largo del año y en los anchos caminos de nuestros pueblos; por cualquier motivo, podríamos decir nos surge un nombre con que invocarla, o recordamos cualquiera de sus valores y virtudes para festejarla. Es nuestro amor, es la presencia de la Madre que no queremos olvidar, es sentir cómo camina a nuestro lado regalándonos su amor y siendo para nosotros el mejor estímulo para seguir el camino de Jesús.

Hoy, como a la manera de una octava – hace ocho días celebramos su gloriosa Asunción al cielo – la queremos proclamar reina y señora de nuestra vida y de nuestro mundo. Es la fiesta de María Reina, que instituyó el Papa Pío XII aunque en otra fecha, y que en la reforma litúrgica viene a celebrarse en esta fecha, como octava casi de la Asunción.

¿Celebrar a María reina es llenarla de coronas y joyas preciosas como quizá excesivamente vemos en tantas imágenes, aunque sea fruto del fervor y de la devoción del pueblo cristiano? Es mucho más que eso, aunque algunas veces nos llenemos de confusiones en esa efusión de nuestro amor a la madre, a la Virgen María.

No es reina porque lleve una corona en la cabeza, porque tendríamos que decir incluso que es el signo más contradictorio con lo que realmente fue la vida de María de Nazaret. Es cierto que la liturgia se llena de poesía y recoge cánticos del Antiguo Testamento queriéndoselos aplicar a María. Pero esas expresiones poéticas tenemos que mirarlas en su hondo significado para comprender este título y advocación de María que hoy celebramos.

¿Qué nos dice Jesús en el evangelio de quienes quieren ser grandes y primeros? Que se hagan los últimos y los servidores de todos. Fue el camino de María, porque ella fue la primera que plasmó en su vida los valores del evangelio de Jesús. Es la mujer humilde, pero abierta a Dios para descifrar de la mejor manera en su vida lo que era su voluntad. Así se llama a sí misma la humilde esclava del Señor que está disponible siempre para que se cumpla la Palabra de Dios en su vida, para que se haga y cumpla su voluntad.

Pero en su grandeza de llegar a ser la Madre de Dios, porque Dios así quiso contar con ella, no le hizo de ninguna manera cerrarse a los demás. Los pocos trazos del evangelio sobre la figura de María nos la presentarán siempre como la mujer abierta a los demás y siempre disponible para el servicio. Corre a las montañas de Judea porque allí puede prestar un servicio a su prima que va a ser madre, pero será mujer de corazón siempre atento a las necesidades de los demás; no tienen vino le trasmite a Jesús cuando detecta los problemas que se están presentando en las bodas de Caná de Galilea. No se cruza de brazos sino que interviene, intercede, pone en camino a los sirvientes para que hagan lo que Jesús les va a indicar.

Así será para siempre la presencia de María en el seno de la Iglesia; junto a los discípulos la contemplamos mujer orante en el cenáculo en la espera de al venida del Espíritu Santo; y si el discípulo amado la recogió, por así decirlo, de manos de Jesús al pie de la cruz, fue para llevársela a su casa. ¿Cuál era desde entonces la casa de Juan? La Iglesia, la comunidad cristiana, y ahí estará María a través de todos los tiempos para caminar junto a nosotros, para recordarnos una y otra vez que hagamos lo que Jesús nos dice, para ser para nosotros ese estímulo vivo para el amor y para el servicio.

¿No la vamos a llamar nuestra Señora? ¿No la vamos a reconocer como nuestra Reina? Y la vamos coronando como reina cuando vamos siguiendo sus indicaciones, cuando sentimos su amor de madre, cuando la vemos como intercesora poderosa a nuestro favor, cuando la imitamos en su fe y en su amor, cuando como ella queremos convertirnos para siempre en servidores de los demás.

viernes, 5 de agosto de 2022

La presencia de María en la vida de la Iglesia es la presencia de la madre que nos llevará de la mano siempre por el camino que nos conduce a Jesús



La presencia de María en la vida de la Iglesia es la presencia de la madre que nos llevará de la mano siempre por el camino que nos conduce a Jesús 



La presencia de una madre siempre es necesaria en el camino de la vida junto a todo ser humano; no solo porque es en el seno de la madre donde hemos sido engendrado y en su cuerpo hemos germinado a la vida y de su cuerpo recibimos nuestro ser, sino porque la mano de una madre la hemos necesitado en nuestro aprender a caminar, en nuestros primeros pasos, pero siempre ha estado como una sombra benéfica junto a nosotros y aunque en silencio muchas veces mucho de ella hemos aprendido, todo lo hemos aprendido para la vida. Triste aquellos hijos que han crecido sin el calor de una madre a su lado, porque será siempre algo insustituible aunque en nuestro orgullo y autosuficiencia muchas veces lo hayamos querido negar. 

Dios también quiso tener una madre para encarnarse y hacerse Dios con nosotros al hacerse hombre y tomar su carne de esa madre. Pero Jesús no quiso quedársela para si sino que en el momento supremo de la cruz nos la regaló, no tanto aunque así lo pareciera para que cuidáramos de esa madre, sino para que tuviéramos esa madre que nos cuidara y caminara a nuestro lado dándonos su mano maternal en ese camino de Cristo que habíamos de emprender. La madre que siempre estará a nuestro lado atenta a nuestros pasos para recordarnos siempre que hagamos lo que El nos diga, como en las bodas de Caná. 

Siempre ha estado presente María en la vida de la Iglesia, pues allá en su nacimiento en el Cenáculo con la venida del Espíritu Santo, allí también estaría ella junto a los apóstoles y a los primeros discípulos para pedir ese don del Espíritu para la Iglesia del que ella se había dejado inundar y fecundar con su sombra para darnos al Hijo de Dios como nuestro Salvador. La tradición nos habla de que Juan, a quien Jesús se la había confiado en la cruz, la tuvo junto a sí - la llevó a su casa, nos dice el evangelio -, de manera que en Efeso donde se sitúa la presencia del evangelista hasta el fin de sus días se nos muestra como recuerdo la casa de María. 

Por eso cuando la Iglesia crece y va tomando presencia en medio de la sociedad de su tiempo, pronto aparecerán aquellos lugares que nos recordarán la presencia de María. Tras ser reconocido verdaderamente como Madre de Dios en los concilios de los primeros siglos, pronto aquellos lugares que servían para el encuentro y celebración de los cristianos se convertirán en templos también en honor de María. 


Hoy en la liturgia de la Iglesia conmemoramos la dedicación de uno de esos antiguos templos en honor de María en lo que sería la Basílica de Santa María, la Mayor en Roma en el monte Esquilino. Hay tradiciones mezcladas con la historia que nos hablan de las circunstancias de la construcción de ese templo dedicado a María en los sueños de un Papa que le señalaban el lugar que apareciera cubierto de nieve en pleno agosto romano para la dedicación de este templo a María. Es el lugar que ocupa hoy en la ciudad eterna la Basílica de Santa María, la Mayor. Es por lo que esta fecha del cinco de Agosto en muchos lugares celebramos fiestas en honor de la Virgen invocándola como nuestra Señora de las Nieves, o en otros lugares como santa María, la Blanca, con lo que todo nos habla de la pureza y de la santidad de María. 

Haciendo referencia a esta Basílica romana hemos de decir que allí se conserva un Icono de la Virgen, Salus populi romani, de intensa devoción en la ciudad eterna. Sabido es que nuestro Papa Francisco cada vez que tiene que emprender un viaje pastoral por los anchos caminos del mundo, allí a los pies de María lo inicia y lo concluye como señal de que pone en manos de María esa intensa labor pastoral en el ancho mundo. 

Sintamos esa mano de la madre, esa mano de María en el camino de nuestra vida. Junto a nosotros está y es tierna la devoción que sus hijos queremos mostrarle porque siempre sentimos su protección maternal, y sabemos bien que yendo de su mano no erraremos nunca en el seguimiento del camino de Jesús. 


viernes, 25 de marzo de 2022

Como María estemos dispuestos a someter nuestros deseos y nuestros planes a lo que son los planes de Dios para nosotros, siempre es Emmanuel, Dios con nosotros

 

Como María estemos dispuestos a someter nuestros deseos y nuestros planes a lo que son los planes de Dios para nosotros, siempre es Emmanuel, Dios con nosotros

Isaías, 7, 10-14; 8, 10; Sal. 39; Hebreos, 10, 4-10; Lucas, 1, 26-38

Mas o menos todos en la vida sabemos, o creemos saber, que es lo que vamos a hacer; nos hacemos nuestros planes, nuestros proyectos, más o menos vamos definiendo lo que queremos que sea nuestro futuro; es la tarea que hemos ido realizando en nuestro crecimiento humano y en nuestra maduración como persona. Y eso es bueno y necesario; tenemos que saber a donde vamos, qué queremos, cuales son las metas de nuestra vida; es lo que insisten padres y educadores en la juventud y es lo que nos va abriendo al futuro.

Pero supongamos que en un momento concreto cuando ya tenemos todo esto determinado viene alguien con cierta ascendencia sobre nosotros y nos dice que no puede ser, que para nosotros hay otros planes, que nuestra vida tenemos que dedicarla a otra cosa. Lo normal es que haya un rechazo por nuestra parte, que defendamos lo que son nuestros proyectos, que tratemos de convencer a quien nos hace esas nuevas propuestas que no estamos dispuestos a aceptar porque tenemos claro lo que queremos ser. Estamos hablando de algo hipotético, pero quizá haya sucedido a más de uno en la vida y que han tenemos que cambiar todos sus planes, porque quizá ahora le proponen algo que se presenta como algo superior.

Me estoy haciendo estas consideraciones a partir de lo que hoy se nos propone en la Palabra de Dios y sobre todo en el evangelio. Aquella muchachita de Nazaret tenía definida su vida, allá en el silencio de aquel pueblo medio perdido entre los valles y colinas de Galilea. Prometida estaba con José pero algo había en su interior que de alguna manera iba trazando los derroteros de su vida. Pero de la noche a la mañana todo cambió; en el silencio de su recogimiento y de su oracion el ángel del Señor viene a proponerle algo distinto.

María se siente sorprendida. Sorprendida por la presencia del ángel del Señor, que era como sentir de una manera especial la presencia de Dios en su vida; sorprendida por las palabras y las propuestas del ángel; la llama la llena de gracia porque Dios ha pensado en ella de manera especial y hay un proyecto de Dios para ella. Todo va a cambiar, va a ser madre y le dirán que será el Hijo del Altísimo, lo llamarán Hijo de Dios; ella no conoce varón y no entiende lo que se le propone, porque se le anuncia que será el Espíritu de Dios el que la cubrirá con su sombra, para que aquel hijo de la jovencita de Nazaret sea llamado el Hijo de Dios; el nombre que se le ha de imponer tiene también hondo significado, porque se llamará Jesús porque El salvará a su pueblo de sus pecados.

Los planes de María y los planes de Dios; el camino humilde, sencillo y callado que había escogido en aquella aldea poco menos que perdida y desconocida en Galilea, con el camino que de ahora en adelante se va a abrir en su vida aunque quizá aun no termine de comprender toda la amplitud de los planes de Dios. Lo que parece un imposible en ella se va a poder realizar de la misma manera, como le anuncian, que su anciana prima Isabel también va a ser madre. Porque para Dios nada hay imposible.

Y es que con los planes de Dios para Maria se va a realizar el misterio más grande de la historia. El Hijo de Dios se va a convertir en el hijo del hombre en las entrañas de María, lo que significa que Dios se va a encarnar en nuestra carne para sin dejar de ser Dios ser también hombre como nosotros. Es el misterio de la Encarnación que hoy estamos celebrando. Es un momento culmen en toda la historia de la Salvación porque Dios va a comenzar a ser en verdad el Emmanuel, el Dios con nosotros, cuando se encarna en el seno de María.

Y aquella mujer humilde y sencilla, que es la llena de gracia como la ha llamado el Ángel porque Dios está en ella y con ella, se deja hacer por Dios, aceptar los planes de Dios que serán planes de salvación para todos los hombres; y aquella pequeña mujer que ahora será grande porque será la Madre de Dios, se siente humilde, se hace pequeña, acepta que la Palabra de Dios se realice en ella, se encarne en ella, porque como dice solamente es la pequeña esclava del Señor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, que le responde al ángel.

Pero cuando sentimos el gozo inconmensurable de este día grande de la Encarnación de Dios en las entrañas de María, ha de tener más consecuencias para nuestra vida. Como decíamos al principio nos hacemos nuestros planes, decimos que sabemos lo que queremos para nosotros en la vida, pero ¿alguna vez nos hemos preguntado cuales son los planes de Dios para nosotros? ¿En esos deseos, buenos deseos que podamos tener habremos sabido vislumbrar tras ellos lo que es la voluntad de Dios para nosotros?

Como María, ¿estaríamos dispuestos a someter nuestra voluntad y nuestros deseos a los planes de Dios? ¿Qué quiere Dios para nuestra vida? ¿Sentiremos en todo ese complejo que es nuestra vida que Dios es en verdad Emmanuel para nosotros, porque Dios está con nosotros?

sábado, 1 de enero de 2022

No nos puede faltar la presencia de María, la madre, imagen de la ternura de Dios, para con ella sentir cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede la paz

 


No nos puede faltar la presencia de María, la madre, imagen de la ternura de Dios, para con ella sentir cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede la paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

No podía faltar la presencia de una madre, no nos puede faltar. Qué necesaria es. No solo en el hecho de que en su vientre se gesta una vida, de su vientre nace un hijo, porque ahí no se acaba la función de la madre. Es la ternura de la naturaleza misma. Lo observamos hasta en los animalitos más elementales, como la madre cuida y alimenta, protege y se hace presente, da calor y cubre con sus alas como vemos tiernamente hasta en las aves.

Pero en el ser humano es mucho más, nos ha dado la vida y sigue siendo vida para sus hijos, porque sabe estar presente, porque cuida y porque protege, porque escucha y siempre está atenta no solo con los ojos de la cara sino con el corazón para entender y para saber más allá de las palabras que nosotros podamos decir o de los sentimientos que podamos expresar. Es la ternura de la vida, es la ternura del amor, es la ternura de Dios que El ha querido derramar de manera especial en la madre para que teniéndola a ella nunca sintamos el frío de la soledad, o el desgarro de la maldad que de otras partes nos pudiera llegar.

Y Dios quiso tener una madre, quiso nacer del seno de una madre, quiso sentir en sí mismo el calor del corazón de una madre. Por eso aunque siempre en todo el misterio del nacimiento de Jesús hemos visto la presencia de Maria, con la que Dios quiso contar, antes de concluir toda la solemnidad grande de la Navidad, en su octava, hoy celebramos a María, la Madre de Dios. Sabiamente tras la reforma litúrgica conciliar se recuperó para este día esta solemnidad de la Madre de Dios, que ya se venía celebrando el 11 de octubre, como conmemoración y recuerdo de aquel concilio que así la proclamó. Este es su lugar. Y es importante que así ahora la contemplemos y la celebremos en el mayor misterio y don de María, su maternidad divina.

Aunque los ángeles sólo le habían hablado a los pastores de un niño recién nacido envuelto en pañales, es allí junto a María donde encuentran a ese Niño que se les había anunciado como el Salvador. No podía faltar la presencia de la Madre, no podía faltar la presencia de María, como no nos puede faltar a nosotros en nuestro propio itinerario de fe.

Con María siempre iremos al encuentro con Jesús, siempre iremos a escuchar y a hacer lo que nos diga Jesús. Con María aprendemos a acoger la Palabra y a acoger a Dios, con María aprenderemos a saborear la ternura de Dios. Con María sentiremos el calor del amor y la intensidad de la vida porque de la ternura de su corazón de Madre aprenderemos a encontrar esas señales de amor que Dios va poniendo a nuestra vera en el camino de la vida. Pero con María aprenderemos también a ponernos en camino porque a todos hemos de saber comunicar las maravillas de Dios.

En esta fecha del primero de enero tenemos la coincidencia de varios hitos muy importantes en el camino de nuestra vida. Por una parte Navidad y la presencia de María como ya venimos comentando, pero al mismo tiempo en el ritmo de vida es el momento de cambio de hoja en el calendario que rige la vida de nuestra sociedad.

Es primero de año, lo que nos está hablando de un año que ya hemos dejado atrás con su propia historia, pero de un nuevo año que se abre camino ante nosotros y en el que tenemos que construir la historia de nuestro hoy. Momentos de recuerdos y recuentos del camino recorrido con lecciones aprendidas, con momentos con intensidad vividos y con todo eso que ha contribuido en el crecimiento y desarrollo de nuestra vida. Será momento de gratitudes, como de cosas a tomar nota y tener en cuenta para no cometer los mismos errores, como momentos para aprender de lo vivido ya fuera negativo o positivo.

Pero es momento de inicio de nuevas etapas y de buenos propósitos y deseos al tiempo que nos vamos trazando metas. Todos nos deseamos lo mejor, pero no nos podemos quedar en la buena voluntad ni en los buenos deseos, sino que tendrá que ser momento de compromiso y de poner cada uno de nuestra parte nuestro grano de arena o nuestra buena semilla porque será la manera de que nuestro año sea mejor. El año será lo que nosotros construyamos, con las circunstancias con que nos encontremos, y con el esfuerzo en que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos para que sea el resultado mejor. No es tarea fácil, porque son muchas las cosas que se conjuntan, pero eso no nos disculpa de nuestro esfuerzo y de nuestra tarea.

Y queremos un mundo de paz. Fue el cántico de los Ángeles de Belén, la paz para los hombres porque Dios los ama, y son los deseos que todos nos manifestamos cuando queremos que todos seamos muy felices. Sin esa paz, se vería realmente mermada nuestra felicidad y la felicidad de nuestro mundo. Una paz que construiremos desde la justicia, el amor y la verdad; una tarea de la paz en la que todos hemos de ser educados y todos hemos de prepararnos para construirla de la mejor manera.

A través del año habrá otras fechas en que la sociedad celebre el día de la paz y quiera expresar gestos de paz para manifestar su compromiso, pero sabiamente desde hace ya muchos año el Papa Pablo VI instituyó en la Iglesia esa Jornada de Oración por la paz en este primero de enero, comienzo del año. Es que la paz no es solo un deseo, sino un compromiso, pero también ha de ser un don que pidamos a Dios.

Que María, la madre y la reina de la paz, interceda por nosotros para que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz. Que esa mirada de Dios nos reconforte y nos haga sentirnos fuertes en su gracia para hacer de nuestro mundo un reino de paz.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador

 


Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Más vale caer en gracia… decimos más de una vez cuando hemos sido beneficiados por algo, pero no en sentido de algo que la suerte nos haya traído, sino en el sentido de que alguien en su benevolencia ha pensado en nosotros y ha querido regalarnos algo que nos llena de satisfacción.

En un mundo tan lleno de acritud, en mundo en que nos envuelven las sombras de la duda y de la desconfianza, en un mundo que vamos haciendo violento con nuestras envidias y rencillas, con nuestros resentimientos y orgullos mal curados, con un amor propio que sale tan fácil a flote y que nos lleva a enfrentamientos y luchas, el sentir que alguien gratuitamente nos regala algo, nos descoloca, parece que no estamos acostumbrados, nos sorprende y algunas veces no sabemos ni cómo reaccionar. Claro que a esa gratuidad de lo que tan generosamente se nos ofrece tendría que corresponder por nuestra parte una gratitud que no se quede solo en palabras.

‘Has hallado gracia ante Dios’, le dice el ángel a María después de sus saludos. La llena de gracia, la saludó el ángel, porque Dios estaba con ella. María le cayó en gracia a Dios. Estamos viendo es cierto ese actuar de Dios con María a la que eligió por sí mismo depositando en ella todo su amor, pero tenemos que reconocer que la gracia que María estaba recibiendo no era solo para ella, sino que era gracia para toda la humanidad. El regalo de la gracia de Dios para María era un regalo para la humanidad, porque a través de María nos iba a hacer llegar a quien iba a ser en verdad la salvación para toda la humanidad.

María es la elegida de Dios para ser su Madre, María era la elegida de Dios para ser la madre del salvador del mundo. Aquel Hijo que por obra del Espíritu Santo habría de nacer de sus purísimas entrañas, el Hijo del Altísimo, será llamado Hijo de Dios iba, sin embargo, a llevar un nombre que venía a significar ese regalo de Dios para la humanidad. ‘Y le pondrás por nombre Jesús porque el salvará al pueblo de sus pecados’. Ya nos dirá en otro momento el evangelio que tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su Hijo único. Es el regalo de Dios, es la benevolencia de Dios.

El mundo se iba a llenar de luz porque las sombras iban a desaparecer. Nos tenemos que sentir sorprendidos por esa luz que comienza a brillar para nosotros y que de alguna manera nos viene de mano de María, pero que es el regalo de la benevolencia de Dios para con todos nosotros. No quiere el Señor otra cosa para nosotros que la salvación, como nos repetirá en otras ocasiones el evangelio, la buena nueva que nos trae Jesús. Si antes decíamos que en ese mundo tan convulso en el que vivimos, tan lleno de egoísmos y de insolidaridades nos descoloca cuando nos encontramos con alguien que generosamente nos regala algo, así tenemos que sentirnos ante el misterio de Dios que hoy se nos revela en María.

Hoy es un día cuando celebramos su Inmaculada Concepción y escuchamos este evangelio que estamos comentando en el que no paramos de cantar alabanzas a María porque así se dejó llenar de Dios en esa disponibilidad y en esa apertura de su corazón a lo que era la voluntad de Dios pero tenemos que fijarnos en la generosidad de su respuesta.

Es la correspondencia de María a la gratuidad del don de Dios para ella y para la humanidad. Está ella reconociendo ese don de Dios. ‘El Poderoso se fijó en la pequeñez de su esclava’, cantaría María en la visita a su prima Isabel en la montaña, reconociendo que el Señor había hecho obras grandes en ella y por eso la iban a felicitar todas las generaciones. Pero ella con su respuesta estaba manifestando como la misericordia del Señor se iba a seguir derramando por todas las generaciones. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación…’

Claro que el Señor derramó su gracia sobre ella y la hizo grande; claro que en María veremos resplandecer todas las virtudes y toda la santidad; claro que hoy la contemplamos Inmaculada en ese don que Dios le concedió al preservarla de todo pecado en virtud de los méritos de su Hijo Jesús.

Nos gozamos con ella, nos felicitamos con ella como los hijos se felicitan con la madre. Pero nuestra fiesta de María tiene que ser ese reconocimiento de la gratuidad de la benevolencia de Dios sobre nosotros que se tiene que convertir en la generosa gratitud que con toda nuestra vida imitando a María nosotros tenemos que ofrecer. María es también ese regalo de Dios para la humanidad, para todos nosotros. Cantemos agradecidos la gloria del Señor. ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos’. Bendito sea Dios que nos ha regalado a María.

viernes, 1 de enero de 2021

María plantó la Palabra de Dios en su corazón se convirtió en la Madre de Dios, plantémosla también en nuestro corazón que con el Hijo nos hacemos hijos y nos llenaremos de paz

 


María plantó la Palabra de Dios en su corazón se convirtió en la Madre de Dios, plantémosla también en nuestro corazón que con el Hijo nos hacemos hijos y nos llenaremos de paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

La navidad es también la fiesta de la madre, es la fiesta de María. La hemos estado contemplando desde el primer momento porque como nos ha dicho hoy san Pablo ‘cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial’.

‘Nacido de una mujer’ y contemplamos a María. Y los pastores encontraron al niño recostado en el pesebre, como les habían anunciado los ángeles, pero junto con su madre, María. Por eso la liturgia cuando estamos celebrando la octava de la Natividad del Señor nos invita a contemplar a María, para que con los ojos de la madre, con los ojos de María contemplemos nosotros el misterio de la Navidad; queremos sentir la misma admiración de María ante el misterio de Dios que en ella y a través de ella porque Dios la escogió como Madre se estaba realizando, la que observaba todo en silencio y lo iba guardando en su corazón.

Había escuchado el mensaje del ángel y allá lo rumiaba en su corazón acogiendo así en su vida todo el misterio de Dios para que la Palabra de Dios quedara plantada en su corazón; como escuchaba ahora en silencio rumiándolo también en su corazón lo que los pastores contaban de cómo Dios se les había revelado a través de los ángeles para conocer el misterio de Jesús. ¿No tendríamos nosotros también que sentir esa misma admiración para rumiarlo todo también en nuestro corazón?

Nos alegramos y hacemos fiesta, pero tenemos la tentación y el peligro de que todo se nos quede en esa fiesta externa y no hayamos interiorizado lo suficiente el misterio de Cristo, el Misterio de Dios que celebramos, y pasarán las fiestas, y pasará la navidad y nos podemos quedar vacíos de Dios porque no hemos llenado nuestro corazón lo suficiente de ese misterio de Cristo. Rumiemos en nuestro interior, repasemos una y otra vez todo el misterio que celebramos sin dejar de asombrarnos ante todo lo que es la maravilla del amor que Dios nos tiene, porque vino ‘para rescatar a los que estaban bajo la ley, como nos decía san Pablo, para que recibiéramos la adopción filial’.

María plantó la Palabra de Dios en su corazón – ‘hágase en mi según tu palabra’, había respondido al ángel – y se convirtió en la madre de Dios; plantemos nosotros esa Palabra de Dios en nuestro corazón porque bien sabemos que con el Hijo nos hacemos hijos, porque vino ‘para que recibiéramos la adopción filial’. Como nos dirá el evangelio de san Juan ‘a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’.

Como decíamos contemplación con los ojos de María para sentir y vivir toda esa admiración por el misterio de Dios que en su encarnación a nosotros nos engrandece porque nos hace hijos; contemplación con los ojos de María que nos ha de llevar a la alabanza porque reconocemos que el Señor hace cosas grandes y maravillosas. María se sintió engrandecida a pesar de su pequeñez y su humildad; que nosotros también nos sintamos engrandecidos, que nada somos sino pecadores, pero que en Cristo nos vemos liberados, que en Cristo nos vemos convertidos en hijos si así acogemos y plantamos también en nuestro corazón la Palabra de Dios.

Estamos en el día primero de año donde todo son parabienes y buenos deseos. Nos felicitamos mutuamente en el nuevo año que comienza, pero hemos de cuidar que no se quede todo en palabras bonitas y repetidas. Siempre he pensado que felicitar a alguien es alegrarnos, es cierto, con su alegría, pero cuando deseamos felicidad para esa persona significa también que nosotros le estamos diciendo que por nuestra parte vamos a poner todo lo necesario para que sea feliz.

Mal la felicitamos si la dejamos en su sufrimiento o en sus carencias; mal la felicitamos si no somos capaces de ser paño de lágrimas que la consuele en sus penas; mal la felicitamos si no ponemos, repito, todo lo que sea necesario para que sea feliz, para que sienta paz en su corazón, para que se sienta amada por los demás. Y ya nos daremos cuantas son las consecuencias que tiene para nosotros ese deseo de felicidad que queremos trasmitirle a los demás. Pues que ese sentido tengan estas felicitaciones que todos nos hacemos en estos días.

Precisamente aunque en el mundo civil sean otros los días en que se hagan las conmemoraciones de la paz, desde hace muchos años este primero de enero para nosotros es una Jornada de la Paz, una jornada de oración por la paz.  Qué menos podríamos desear y pedir en medio de este ambiente de la Navidad donde los ángeles la noche del nacimiento del Señor cantaban la gloria del Señor y la paz para los hombres que son amados de Dios.


La primera lectura nos ofrece una hermosa bendición del Antiguo Testamento con el deseo de la paz. La Paz como una bendición del Señor, como uno de los frutos del espíritu, como una de las señales del Reino de Dios que queremos vivir y que Jesús viene a instaurar. Decir paz es decir algo grandioso; no es solo ausencia de guerra o de violencia, arrancar el odio o el resentimiento del corazón; la paz es amor y es justicia, la paz es autenticidad en la vida y verdad en el corazón, la paz es la búsqueda del bien y vivir en solidaridad, la paz es sentarnos junto al otro al que consideramos un hermano y tender la mano para caminar juntos, la paz es comprensión en el corazón y disponibilidad para el perdón, la paz es ayudar a levantarse al caído y seguir confiando en el otro incluso en sus debilidades, la paz es poner estímulos en el corazón del otro para superarse y creer siempre en todas las posibilidades de la persona.

Queremos la paz, construyamos la paz, tengamos en cuenta a todo lo que nos obliga el querer vivir en paz, recemos por la paz. En una palabra amémonos para que todos sintamos la paz de sentirnos amados y ser conscientes que así estamos poniendo los mejores fundamentos para la paz.

‘Que El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz’.

 

sábado, 21 de noviembre de 2020

María se deja hacer por Dios y el Espíritu santo la envuelve llenándola de Dios y su vida se hace donación total porque su vida es amor


 

María se deja hacer por Dios y el Espíritu santo la envuelve llenándola de Dios y su vida se hace donación total porque su vida es amor

Celebramos hoy una memoria litúrgica de la Virgen que si bien no tiene ninguna sustentación bíblica ha sido una fiesta litúrgica con mucha importancia en la tradición de la Iglesia Oriental y en determinado momento la liturgia romana la acogió también entre sus ritos. Se trata de la Presentación de María en el templo, en claro paralelismo a la presentación de Jesús en el templo que tenía su base en los ritos de la ley de Moisés por la cual todo primogénito varón había de ser consagrado al Señor.

No hay en la ley mosaica ninguna prescripción de este tipo en referencia a las niñas, pero ha sido una tradición que se ha mantenido a través de los siglos queriendo dársele un hermoso significado. Por aquello que la tradición también nos trasmite de que María niña vivió en las cercanías del templo de Jerusalén – tenemos la basílica de santa María la Nueva muy cerca incluso de la piscina probática o de las ovejas por donde eran introducidas en el templo para sus sacrificios y que recuerda el lugar del nacimiento de María -, surge el hecho de que María fue también presentada en el templo donde además recibiría educación y formación.

Estas tradiciones que nos pueden pasar como anécdotas sin embargo pueden tener un buen contenido espiritual. María realmente vivía su vida de fe como una auténtica consagración al Señor, pues su corazón estaba siempre abierto a Dios y a lo que era su voluntad. Los breves retazos que nos recoge el evangelio en sus palabras, en su manera de vivir, en la actitud profunda de su corazón manifiesta una espiritualidad muy profunda, que rumiaba continuamente en su corazón lo que el Señor le manifestaba en la Palabra que escuchaba desde lo más hondo de su corazón y en esa humildad para tratar de descubrir en todo momento lo que era la voluntad de Dios.

Cuando recibe la visita del Ángel en Nazaret María se queda rumiando aquellas palabras del saludo angélico. En su pequeñez y humildad se sentía sobrecogida ante el misterio que se le manifestaba y a lo que ella había de dar respuesta. María se turbó ante las palabras del ángel, nos dice el evangelista, luego ella estaba comprendiendo todo el misterio de Dios que se le revelaba pero que le estaba recordando como era una amada de Dios y Dios llenaba e inundaba su corazón.

Un primer paso de espiritualidad, sentir que uno es amado de Dios, experimentar en sí mismo su pequeñez y su pobreza pero la grandiosidad del Dios que nos visita y llena nuestro corazón. El ángel la había llamado la llena de gracia; el ángel le había dicho que Dios estaba con ella; el ángel le estaba revelando como iba a ser, digámoslo así pero entendámoslo bien, como poseída por Dios porque el Espíritu de Dios iba a envolver su vida.

María en su pequeñez y en su humildad – ella se siente pequeña porque es humilde, pero vemos que es grande porque está llena de Dios y qué mayor grandeza – no termina de entender todo aquello que se le viene encima, todo aquello que el ángel le está anunciando de parte de Dios. Pero María sigue manteniendo su fe y su confianza en el Señor porque en su humildad se dejará hacer por Dios.

¿Quién es ella para replicar a Dios o para oponerse a lo que son los designios del Señor? Su vida se hace donación y donación total porque su vida es amor. Su fe, que la hace sentirse pequeña y humilde como una esclava, se transforma en amor y si es amor se olvidará de sí misma y de sus propios planes para acoger en su vida lo que es la voluntad del Señor. ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra’, será la respuesta de María que es la respuesta del amor.

Esta página del evangelio pequeña por la brevedad de sus palabras pero que es grandiosa porque nos está anunciando todo el misterio de la Encarnación de Dios nos está reflejando la profunda espiritualidad de María. Había cultivado su espíritu en las gradas del templo de Jerusalén, podríamos decir haciendo referencia a la memoria litúrgica que estamos celebrando, y allí había aprendido a rumiar el misterio de Dios rumiando aquellos textos sagrados de los profetas y de la ley del Señor. No era una espiritualidad cualquiera la que se reflejaba en María y en ningún mejor sitio podía haberla adquirido sino en ese silencio del templo del Señor para poder escuchar a Dios con toda hondura en su corazón.

Por eso decíamos que esta memoria que hoy celebramos tiene un hondo significado que ilumina los caminos de esa espiritualidad cristiana en la que nosotros hemos de hundir las raíces de nuestra vida. Es una invitación que de alguna manera se nos hace para a ejemplo de María cultivarnos nosotros también espiritualmente porque así rumiemos la Palabra del Señor en nuestro corazón porque así también nos vayamos llenando de Dios.