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jueves, 1 de enero de 2026

Nos sentimos bendecidos porque Dios vuelve su rostro sobre nosotros con el nacimiento de Jesús, seamos bendición para el mundo por nuestra mirada de amor y paz para todos

 


Nos sentimos bendecidos porque Dios vuelve su rostro sobre nosotros con el nacimiento de Jesús, seamos bendición para el mundo por nuestra mirada de amor y paz para todos

Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Hoy es un día muy especial, y me vais a hablar de fin de año y de años nuevos, me vais a presentar las imágenes de las fiestas que se hacen por todas partes, me vais a recordar los buenos deseos que en estos días tenemos los unos con los otros y las felicitaciones que cruzan el mundo… todo eso está muy bien, recordamos estos acontecimientos de la vida de nuestra sociedad y esos como rituales que nos imponemos o que nos ayudan a marcar las páginas del calendario de la vida, están bien todos esos buenos deseos y felicitaciones, pero ¿hay algo detrás de todo eso? ¿Serán cosas que no solo marcan el ritmo del tiempo sino que marcan nuestra vida de una forma definitiva? Cuidado que después de todo esto nos quedemos en un vacío que hasta nos produce hastío.

Yo sigo repitiendo que para nosotros los cristianos sí es hoy un día especial aunque algunas veces el ruido de todas las otras cosas atenúen la verdadera luz que tenemos que encontrar en este día. Lo importante incluso nos puede pasar desapercibido y los cristianos tenemos que reivindicar lo que es centro de nuestra vida y no lo podemos ni enmascarar ni olvidar. Nosotros seguimos celebrando la Navidad, hoy es la octava de la celebración del Nacimiento de Jesús en Belén.

Hoy la primera lectura nos ha recordado la fórmula de bendición que desde Moisés se utilizaba en Israel. Es muy hermosa, tenemos que captar todo su sentido porque además nos dará profundo significado a lo que ahora mismo estamos celebrando. ‘El Señor te bendiga y te guarde… haga brillar su rostro sobre ti… te conceda la paz’. Y nos insiste Moisés que esta será la fórmula de bendición que deben usar. ¿En qué consiste esa bendición? En que Dios haga brillar su rostro sobre nosotros. Si cuando vamos a encontrarnos con alguien le vemos con el ceño fruncido y un gesto torvo en su rostro, ya estamos sabiendo que aquel encuentro no es nada agradable; una sonrisa en el rostro puede cambiar todas las sensaciones.

Pues Dios vuelve su rostro sobre nosotros, y cuando nos sentimos mirados por Dios nos sentimos llenos de paz, porque con esa mirada de Dios estamos sintiendo cómo Dios nos ama. Somos sus criaturas y nunca somos desagradables para Dios porque Dios siempre nos ama, y por eso nos hace hijos. Es la bendición de Dios sobre nuestra vida. Tenemos que aprender a reconocerla, que es reconocer su amor. Y esto es lo que hoy celebramos, lo que hace este día tan especial, como decíamos desde el principio de nuestra reflexión.

Pues tendríamos que decir que lo que estamos celebrando es esa bendición de Dios que se nos manifiesta en el Niño nacido en Belén, se nos manifiesta en Jesús. Y nos sentimos felices porque aunque nosotros nos consideramos indignos porque nos sentimos pecadores tenemos la certeza del amor de Dios, que vuelve su rostro sobre nosotros, rostro de misericordia y de amor. Es Jesús ese rostro de Dios a quien podemos mirar sin temor en su cercanía. Los antiguos decían que no podían mirar a Dios, más aún decían que ver el rostro de Dios era morir. Pero tenemos que decir que Dios sí quiere mostrarnos su rostro y en Jesús podemos conocer el rostro de Dios, porque es la manifestación más sublime de lo que es el amor que Dios nos tiene.

Y hoy tenemos en cuenta dos cosas, por así decirlo, que se derivan de esta mirada de Dios, de esta bendición de Dios. Por una parte necesariamente hoy tenemos que mirar a María. ‘Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer’, que nos decía san Pablo. Aquellos pastores que se sintieron bendecidos de Dios cuando reciben el anuncio del ángel de que en la ciudad de David les ha nacido un Salvador, siguiendo las señales que les dejó el ángel llegaron a encontrar a aquel niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, junto a su madre.

Queremos nosotros seguir también esas señales y hoy nos encontraremos a Jesús en brazos de María. Por eso la liturgia la celebra este día con el mayor don que Dios le ha concedido, ser la Madre de Dios. De María recibimos a Jesús, porque Dios quiso encarnarse en su seno para nacer entre nosotros y tenemos así la posibilidad de contemplar ese rostro de Dios que se vuelve sobre nosotros con ojos de niño, pero con la mirada amorosa de Dios.

Y la otra derivación es la paz. Hace brillar su rostro sobre nosotros y nos concede la paz. ¿Cómo no vamos a llenarnos de paz desde lo más hondo de nosotros mismos cuando así nos sentimos amados de Dios? La paz que cantaban los Ángeles para todos los hombres que son amados de Dios; esa paz que el mundo necesita, que necesitamos nosotros en lo más hondo de nosotros mismos; esa paz que nos llena de vida y hace posible la vida; esa paz que tiene que hacer de nuestra tierra un hermoso jardín; esa paz que vamos nosotros sembrando con semillas de amor, en múltiples gestos y detalles que tengamos de cercanía y de amistad con los que nos rodean, esa paz que va allanando camino de encuentro haciendo crecer la verdadera amistad, esa paz que tira por tierra los oscuros cortinajes de nuestra intolerancia y de nuestra incapacidad para la comprensión y el perdón.

Mirad, aprendamos a ser bendición para los demás porque sepamos volver también nuestro rostro sobre los que  nos rodean, hagamos que quienes están a nuestro lado se sientan amados para que comience a florecer la paz en sus corazones, seamos siempre verdaderos instrumentos de paz que comienza con una nueva mirada hacia nuestro mundo y cuantos en él habitamos. No son solo bonitas palabras de felicitación lo que tenemos que decirnos hoy, serán nuestros gestos con lo que haremos bendito el año que comienza.

 


martes, 11 de noviembre de 2025

Demos gracias a Dios porque podemos por lo bueno que hacemos convertirnos en signos del amor de Dios alegrándonos del crecimiento de los demás

 


Demos gracias a Dios porque podemos por lo bueno que hacemos convertirnos en signos del amor de Dios alegrándonos del crecimiento de los demás

Sabiduría 2,23-3,9; Salmo 33; Lucas 17,7-10

Es cierto que humanamente nos gusta ser reconocidos y apreciados, que se tenga en cuenta lo que hacemos y sea valorado; y decir también que ésta ha de ser una buena actitud que nosotros tengamos hacia los demás, sepamos valorarlos, sepamos darle las gracias por lo que generosamente hacen por nosotros, por los favores recibidos o por los servicios que nos presten aunque sea desde la función que realizan en la vida; es cierto que una persona que como funcionario está realizando un trabajo en medio de la sociedad, sea un médico o un profesor, está trabajando en algún departamento o lleve una oficina de atención al público, lo hace porque es su obligación, es su trabajo, pero eso no es obstáculo para que nosotros cuando nos hacen ese servicio que es cierto que es su trabajo tengamos una palabra amable con esa persona y le demos las gracias. Nos gusta que sean agradables con nosotros, pero no siempre somos lo suficiente amables con aquellos que nos prestan un servicio.

Pero he comenzado hablando de que nos gusta ser reconocidos y apreciados, pero eso no significa que solamente hagamos las cosas buenas para colgarnos unas medallas, para que nos lo reconozcan, y si no lo hacen ya no quedamos contentos y va a ser luego motivo para no hacer cosas buenas por los demás. Es cierto que hay personas en la vida que van acumulando medallas de reconocimientos y diplomas de gratitud y parece que no hacen las cosas sino en búsqueda de esos méritos.

¿Cuáles han de ser nuestras motivaciones? Nuestra primera motivación tiene que ser el amor y el que ama se da, el que ama se hace servidor de los demos, el que ama busca hacer siempre el bien; es un amor que en fin de cuentas es reconocimiento del amor de Dios que nosotros sentimos; nos sentimos amados de Dios y nuestra respuesta no puede ser otra que la del amor.

Un amor que lo traslucimos en nuestra responsabilidad ante la vida, un amor que busca siempre la armonía y la buena convivencia, un amor que ofrecemos como la mejor contribución a hacer un mundo mejor. Un amor que nos lleva a construir el Reino de Dios sembrando, empedrando nuestro mundo de esos mejores valores de autenticidad, de búsqueda del bien, de generosidad y altruismo, de lucha por la verdad y la justicia, poniendo los mejores cimientos de la paz. Es lo que nos va enseñando Jesús en el evangelio. Como una semilla callada y que parece insignificante pero que va haciendo germinar de nueva vida nuestro mundo.

No vamos tocando campanillas para que sepan lo que estoy haciendo, no vamos haciendo ostentación de todo aquello con lo que contribuimos para hacer que nuestro mundo sea mejor, no buscamos la apariencia ni la vanidad; como nos dirá Jesús en otro momento que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Que nuestras obras sean siempre la búsqueda de la gloria de Dios.

Es lo que nos dice Jesús en el evangelio empleando una imagen muy propia de las costumbres de la época; por eso nos dice que aquel que ha estado todo el día en el campo con su trabajo, a la hora de llegar a casa ha de continuar con ese espíritu de servicio. Nos dice algo que nos puede dejar un tanto descolocados, pero tengamos en cuenta que emplea el lenguaje de su época, diciendo que el amo de casa no tiene que estar haciendo especiales reconocimientos, porque el siervo solo está haciendo lo que tiene que hacer.

Siervos en las manos del Señor tenemos que sentirnos, dándonos cuenta que nuestras manos, nuestras obras están prolongando esa obra de Dios para los demás, se están convirtiendo en signos del amor de Dios para todos. Y el sentir que el otro crece con nuestra ayuda o con nuestro servicio es la satisfacción que sentimos en nuestro interior y por lo que tenemos que dar gracias a Dios. ¿Nos alegraremos siempre nosotros del crecimiento de los demás quizás con la ayuda que nosotros podamos aportar? Demos gracias porque nosotros podemos convertirnos por lo bueno que hacemos en signos del amor de Dios para nuestro mundo.

 

jueves, 10 de julio de 2025

No olvidemos que Jesús nos envía como mensajeros de la paz, siempre la primera palabra y la primera actitud con la que de forma gratuita nos acerquemos a los demás

 El Evangelio Comentado: El envío de los 72 discípulos (Lc 10, 1-12.17-20)

No olvidemos que Jesús nos envía como mensajeros de la paz, siempre la primera palabra y la primera actitud con la que de forma gratuita nos acerquemos a los demás

Génesis 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5; Salmo 104; Mateo 10,7-15

¿Qué ganas tú con eso? Habremos escuchado que alguien nos dice cuando nos ve liados en cosas que no son tan de índole personal, sino más bien cosas que hacemos por los demás. Quizás nosotros mismos nos lo hayamos preguntado alguna vez - ¿Qué saco yo con todo esto? -, cuando nos vemos que las cosas se complican, que nos trae quizás problemas aquello que tan desinteresadamente estamos queriendo hacer por los demás.

Y es que no siempre la gente entiende o valora que seamos capaces de hacer algo si no vamos a obtener algún beneficio; para todo queremos retribuciones, los regalos que algunas veces incluso nos hacemos los unos a otros están buscando una contrapartida, como se suele decir ‘hoy por ti, mañana por mí’; no se entiende la gratuidad. Siempre recuerdo estando de capellán en una clínica tenía la costumbre que por navidad y pascua pasaba por todas las habitaciones de los enfermos regalándoles una tarjeta con un mensaje de felicitación, en más de un caso la gente no quería aceptarla porque no tenían dinero que darme a cambio, no entendían que aquello era un regalo.

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Es el momento en que envía a los apóstoles a hacer el anuncio de la buena noticia del Reino de Dios; les ha pedido desprendimiento total, porque les pide que solo lleven lo imprescindible para hacer el camino, la túnica con su manto, unas sandalias y un bastón para hacer el camino. Simplemente han de sentirse acogidos por la gente de buena voluntad, pero no pueden ir pidiendo nada a cambio. Su anuncio es un regalo, como el que ellos a su vez un día recibieron cuando Jesús los llamó a estar con El.

Su mensaje ha de ser el de la paz. Será su saludo, será lo que irán promoviendo en esos encuentros personales que han de ir realizando; por eso les habla de que permanezcan en la casa donde hayan sido acogidos y esa convivencia han de ser generadores de paz. Como lo estaba siendo Jesús con todos aquellos con los que se iba encontrando; venían a El con sus angustias, sus problemas, sus necesidades, sus dolencias, el mal que les atenazaba el corazón, las dependencias que sentían en su espíritu y en Jesús encontraban la paz, porque en Jesús encontraban el perdón, porque en Jesús encontraban no solo la salud de sus cuerpos sino la salud de sus corazones. Por eso siempre Jesús invita a ir en paz y en esa paz no habrían de volver de nuevo a las mismas esclavitudes y dependencias.

¿Seremos así nosotros también generadores de paz?  Nos preocupa la falta de paz; pronto nos duele el corazón cuando contemplamos guerras, destrucción y muerte en tantos lugares; pero nos duele el corazón cuando contemplamos la acritud con que vivimos la vida, gritos, violencias, insultos, descalificaciones, abismos que vamos cavando que cada vez nos distancian más.

La vida social de nuestro mundo está llena de acritud y violencia; faltan manos tendidas que ofrezcan diálogo, caminos de encuentro, formas de colaboración cada uno desde su posición o desde sus posibilidades. La acritud que contemplamos en las pantallas de nuestra sociedad que son nuestros dirigentes es la que luego en la cercanía de los que nos rodean nosotros copiamos y vivimos también.

¿Cuándo seremos capaces de romper esa espiral de violencia en la que vivimos y que nos lleva a la corrupción de la vida y de la sociedad? ¡Qué difícil se nos hace! Parece como si nos brotara espontánea esa acritud y violencia. Por mucho que digamos que queremos la paz con qué facilidad la vamos rompiendo a cada paso. Confieso que a mí me cuesta.

No olvidemos que Jesús nos envía como mensajeros de la paz, porque tiene que ser siempre la primera palabra y la primera actitud con la que nos acerquemos a los demás. Es el regalo que hemos de hacerle a la vida de forma gratuita.


jueves, 5 de junio de 2025

Unidad que es garantía de paz, unidad que es verdadero camino en el amor para conseguir la paz, unidad aurora de paz para un mundo nuevo

 


Unidad que es garantía de paz, unidad que es verdadero camino en el amor para conseguir la paz, unidad aurora de paz para un mundo nuevo

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Salmo 15; Juan 17, 20-26

Qué difícil se nos hace, pero también tenemos que decir, qué fácil sería lograr que en nuestro mundo haya paz. difícil lo estamos viendo en la realidad de cada día, parece que cada día estamos más abocados a la guerra, al enfrentamiento, a la falta de entendimiento, a la acritud y la violencia, a crear abismos que nos separan y murallas que nos dividen, en los grandes problemas de la humanidad, en las relaciones entre naciones y pueblos, en esa vida que tenemos que ir construyendo en nuestro ámbito en medio de la sociedad o entre los más cercanos; no somos capaces de vivir unidos, de darnos cuenta que habitamos un mismo planeta y un mismo mundo que tendríamos que compartir o que entre todos tenemos que construir. Aflora la falta de amor, el egoísmo y la insolidaridad, los resentimientos y recelos, las desconfianzas y las envidias, y no somos capaces de ponernos a trabajar juntos.

Si fuéramos capaces, sin embargo, de ser conscientes de todo eso que provocamos nosotros mismos y darnos cuenta donde está la llave que nos lleve a construir esa unidad, otro gallo nos cantaría. Si supiéramos utilizar esa llave del amor comenzaríamos a mirarnos de otra manera, a buscar la manera de acercarnos y comenzar a construir esa necesaria unidad. Ya sé que hemos hecho del amor una palabra ambigua que no nos lleva precisamente a ser esos constructores.

Todo el mundo habla de amor, es cierto, pero se nos queda en pasión que se descontrola, que se busca a si mismo, que hace distinciones y separaciones, al que le vamos cargando tantas cosas que no son amor de entrega y de generosidad, de altruismo del verdadero para no buscarnos a nosotros mismos sino saber buscar el bien de los demás y darnos por ello, que al final parece que no estamos hablando de lo mismo.

Es el amor que abre el corazón para tener siempre un lugar para el otro, para todo ‘el otro’, sea quien sea; es el amor que siempre nos pone en camino de búsqueda y de encuentro, que salva diferencias porque las respeta, pero que nos hace sentirnos unidos a pesar incluso de esas diferencias; es el amor que quita los filtros de colores para que no solo busquemos el color que nos agrada, sino que seamos capaces de crear un hermoso arco iris compuesto por todos en que cada uno tiene su importancia y su valor; es el amor que crea unidad, porque nos acerca, nos hace encontrarnos y caminar juntos, buscarnos porque sin el otro nada somos ni nada podemos hacer, nos hace disfrutar de la armonía.

De eso nos está hablando Jesús en estas palabras finales de la cena pascual en su oración sacerdotal al Padre pidiendo que nos dé ese don de saber caminar en la unidad y en el amor. Será la mejor señal de que hemos entendido lo que es el amor de Dios, de haber entendido lo que verdaderamente es la salvación que nos ofrece porque nos da la posibilidad de vivir mejor y más felices; ‘que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’.

Esa unidad que nos tengamos entre nosotros será la mejor señal de que vivimos unidos en Dios. ¿Y no es ese el camino para vivir en paz? Recordemos a nuestro nuevo Papa, León XIV que en sus primeras palabras pedía la paz para el mundo, pero pedía también la unidad en la Iglesia; una unidad que es garantía de paz, una unidad que es verdadero camino en el amor para conseguir la paz.

martes, 20 de mayo de 2025

No es desde los gritos estentóreos llenos de violencia y resentimiento como tenemos que buscar la paz que tanto necesitamos, miremos a Jesús y el camino del calvario

 


No es desde los gritos estentóreos llenos de violencia y resentimiento como tenemos que buscar la paz que tanto necesitamos, miremos a Jesús y el camino del calvario

Hechos 14, 19-28; Salmo 144; Juan 14, 27-31a

Podríamos comenzar por decir que la paz es el anhelo más hondo que hay en el corazón del hombre. Sin paz no somos nada. Vemos cómo se desmoronan los pueblos por falta de paz. Y quizás lo primero que nos venga a la mente son las imágenes que nos llegan todos los días por diferentes medios de cómo se destruyen los pueblos y ciudades, cómo se destruye la vida en esas guerras que azotan a nuestro mundo, unas más publicadas que otras, algunas muchas veces olvidadas porque las vemos en la lejanía, pero no terminamos de acostumbrarnos a tanta destrucción.

Pero la falta de paz no solo produce esa destrucción más externa, que vemos más con los ojos de la cara, pero sentimos que esa falta de paz corroe por dentro las relaciones de las personas, de las familias, de las comunidades y cuánta es la destrucción que se va produciendo también. Y no miremos solo hacia fuera, sino miremos a nuestro interior cómo hay tantas cosas que nos corroen por dentro, nos hacen perder la paz y con ella perdemos todo el equilibrio que necesitamos como personas.

Hoy nos está diciendo Jesús que quiere la paz para nosotros, que viene a traernos la paz. Surge, es cierto, esa primaria plegaria de pedirle la paz para nuestro mundo atormentado por tanta violencias y tantas guerras que nos hacemos los unos a los otros de tantas maneras. Y no podemos dejar de pedirlo, pero cuando Jesús nos está hablando de paz hoy quiere decirnos mucho más. Porque nos dice que no nos la da como la da el mundo. ¿Es solo hacer silencio de las armas? ¿Son los gritos estentóreos con los que gritamos en contra de esas guerras o de quienes las producen? ¿Qué paz llevamos dentro de nosotros tras esos gritos estentóreos tan llenos de radicalismos, tan envueltos en odios y resentimientos, tan proclamados incluso con violencias, tan reclamados con deseos de venganza y de exclusiones para crear más abismos entre unos y otros? ¿Creando abismos lograremos al final tener paz? ¿No será eso lo que estamos viendo en el entorno de nuestro mundo cuando se manifiestan pidiendo la paz?

Por eso nos dice Jesús que no nos da la paz como la da el mundo. Y fijémonos que lo está diciendo en un momento en que El mismo se va a ver envuelto en esa violencia que lo llevará a la pasión y a la muerte. Y Jesús mantiene el anuncio de esa paz, el ofrecimiento de esa paz y nos está señalando cual es el verdadero camino, cuales han de ser los presupuestos para que logremos esa paz. Por amor Jesús subirá al calvario, en ese supremo momento estará incluso pidiendo perdón por aquellos que lo están crucificando ofreciendo incluso una disculpa porque no saben lo que hacen; podrá sentir todo el vacío del mundo, que puede parecer incluso vacío de Dios, pero El seguirá poniéndose en las manos de Dios, en las manos del Padre.

¿No nos estará enseñando Jesús cual es el camino para que lleguemos a esa paz?  Cuando pasen todos estos momentos de sombras y volvamos a encontrarnos con la luz y con la vida, ese será el saludo de Jesús, la paz. Fueron sus primeras palabras en el encuentro con los discípulos en el cenáculo. Por eso ahora nos dirá también que a pesar de todo lo que pueda pasar no se nos enturbie el corazón. ‘Que no se turbe el corazón ni se acobarde’. Necesitamos escuchar claramente esas palabras de Jesús. En los Hechos de los Apóstoles que hoy también escuchamos, tras aquellos momentos de violencia en que incluso apalean a Pablo dejándolo incluso por muerto, a la mañana siguiente Pablo se levanta y entra de nuevo en la ciudad. No había perdido el coraje de la paz.

¿Y qué hacemos nosotros? ¿Cómo comenzaremos a construir esa paz que tanto necesitamos? ¿Habremos aprendido del camino de Jesús? ¿Sabremos poner ese amor en la vida en el que vamos a encontrar esa fortaleza para que nuestro corazón no se acobarde a pesar de que veamos todo lo que cuesta conseguir esa paz? ¿Llegaremos a entender que el presupuesto del perdón es condición necesaria para alcanzar la paz?

viernes, 17 de enero de 2025

Jesús a nosotros también nos dice ‘levántate y anda’, aunque no estemos cojos físicamente, porque son muchas las camillas que nos impiden caminar de verdad

 


Jesús a nosotros también nos dice ‘levántate y anda’, aunque no estemos cojos físicamente, porque son muchas las camillas que nos impiden caminar de verdad

Hebreos 4,1-5.11; Salmo 77; Marcos 2,1-12

Con que facilidad nos cegamos y no somos capaces de ver lo que con claridad tenemos ante nuestros ojos; cuántas discusiones y enfrentamientos sostenemos, ya sea de una forma dialéctica, pero que en ocasiones caemos en posturas violentas por no ser capaces de ceder para comprender el razonamiento que se nos ofrece; es esa postura que mantenemos, muchas veces excesivamente marcada por nuestro amor propio que nos impide dar el brazo a torcer, como se suele decir, para entender algo nuevo que se nos presenta, un nuevo plan sobre lo que estemos proyectando, una nueva vía que se puede abrir en la vida para la solución de muchas cosas. Andamos con prevención ante lo que se nos pueda ofrecer porque tenemos nuestras ideas muy cerradas, pensando que nuestra postura es la única buena y ya no seremos capaces de ver algo distinto. Son también los prejuicios que nos hacemos o que tenemos ante las otras personas que nos llevan como por sistema a rechazar todo lo que resulte novedoso. Tendría que hacernos pensar y reflexionar.

Sucedía con Jesús. Había algunos que andaban prevenidos contra aquel profeta – la gente sencilla así lo consideraba ya – que había surgido en las tierras de Galilea. Pronto incluso bajarán escribas o personajes de ciertas tendencias desde Jerusalén para observar lo que está sucediendo porque la fama de Jesús está llegando a todas partes. Había sucedido también con Juan Bautista allá en el Jordán en el desierto a donde también habían enviado una embajada para indagar qué sentido tenía aquella predicación y aquellos signos que realizaba el Bautista.

De alguna manera es lo que hoy contemplamos también en este momento en el evangelio con Jesús. Su fama se había ido extendiendo que cuando regresa de nuevo a Cafarnaún la gente se agolpa a la puerta de la casa donde Jesús está enseñando. Por allá se habían logrado introducir también los de esa embajada, llamémosla así, para observar lo que hacía Jesús.

Y llegan unos hombres de buena voluntad que traen un paralítico en una camilla para que Jesús lo cure; es imposible atravesar la puerta a causa de la gente aglomerada y deciden descolgarlo desde el techo. Quieren la salud para aquel hombre y hacen de su mano todo lo posible. Es la fe, de la que Jesús incluso se maravilla y Jesús que ofrece la salud a aquel hombre, pero no ha dicho que se levante de la camilla, sino que sus pecados están perdonados. Estupor, sorpresa en los presentes ante las palabras de Jesús, que pasa a ser juicio condenatorio en el interior de aquellos que estaban allí con sus prevenciones para juzgar. ‘Este hombre blasfema’, es todo lo que se les ocurre decir. ¿No habían traído a este paralítico para que lo curara? Sus prejuicios iban por delante de todo razonamiento.

Vemos cómo Jesús pacientemente les hace ver de verdad quién es el que puede decir esas palabras. ¿No tendríamos que recordar aquel texto del profeta que escuchamos en la sinagoga de Nazaret que habla del que venía lleno del Espíritu para proclamar el año de gracia del Señor?

Los ciegos que recobran la vista, los leprosos que son curados, los sordomudos que recuperan el habla y el oído, los paralíticos que comienzan a caminar, los muertos que son devueltos a la vida son signos y señales de que el Reino de Dios ha llegado, y con el Reino de Dios llega la gracia y el perdón, con el Reino de Dios llega de nuevo el amor y la paz, con el Reino de Dios llega el que los hombres de verdad nos podamos amar los unos a los otros, con el Reino de Dios llegan nuestras actitudes y posturas, nuevos valores que enriquecen de verdad al hombre por dentro. Es lo que Jesús anuncia y proclama, es el Evangelio, la buena noticia que viene a anunciarnos.

Más importante es la paz que sintamos en el corazón porque nos veamos liberados desde lo más hondo de las peores esclavitudes que el hecho de recobrar la vista o el movimiento de nuestros miembros. Importante es esa transformación que sentimos por dentro cuando comenzamos a ver de forma distinta al que camina a nuestro lado; importantes son esos nuevos pasos que podamos dar para construir la paz buscando la reconciliación entre todos; importante es esa mano tendida para ayudar y para compartir porque nuestro corazón está lleno de amor y de generosidad. Son muchas las camillas de las que tenemos que desprendernos, esas actitudes negativas que tantas veces nos paralizan, nos enfrentan, nos hacen dejarnos arrastrar por las pasiones.

Jesús a nosotros también nos dice ‘levántate y anda’, aunque no estemos cojos físicamente, porque son muchas las camillas que nos impiden caminar de verdad.  Y aquí tendríamos que pensar también en todos esos prejuicios que nos ciegan y esas prevenciones que nos llevan a juicios condenatorios, a resentimientos, a orgullos que nos hacen creernos superiores o mejores.

 

jueves, 3 de octubre de 2024

Constructores y signos de paz allí donde estamos con nuestra manera de ser y estar, sintiéndonos acogidos pero ofreciendo la solidaridad de nuestro corazón

 


Constructores y signos de paz allí donde estamos con nuestra manera de ser y estar, sintiéndonos acogidos pero ofreciendo la solidaridad de nuestro corazón

Job 19, 21-27; Salmo 26; Lucas 10, 1-12

Seguramente que todos andamos con la misma preocupación en estos días; se oyen muchos tambores de guerra que nos aceleran el corazón. Las noticias que continuamente vamos escuchando no son nada alentadoras y sentimos cómo la paz se está resquebrajando más y más. Nos sentimos quizás impotentes porque nos parece que no está en nuestras manos detener esa carrera loca, pero al mismo tiempo nos sentimos con la responsabilidad, porque realmente el mundo está en nuestras manos, de que algo tenemos y podemos hacer.

Como creyentes elevamos nuestra mirada y nuestra oración al cielo para pedir por la paz, es lo menos que podemos hacer, para que se muevan los corazones de quienes tienen en sus manos detener esta loca carrera, y que el Señor mueva los corazones en búsqueda de esa paz. Pedimos por esos lugares en guerra o que se ven amenazados y por tanto sufrimiento que se ve generando en derredor de esas situaciones.

Pero creo que no es solo eso lo que podemos hacer; son también nuestros corazones los que no sólo tienen que conmoverse, sino moverse para que seamos capaces también de dar nosotros pasos en la construcción de esa paz. Alguno podrá decirme y ¿qué puedo hacer yo, una insignificante persona escondida en el último rincón del mundo – vamos a decirlo así – para lograr esa paz para nuestro mundo que tanto necesitamos?

Un edificio, pongo un ejemplo, lo vemos en su conjunto, como podemos ver el mundo en su conjunto, y nos fijamos en las cosas más llamativas, como nos puede suceder ahora en la situación en que nos encontramos. Pero ese edificio está hecho de muchas, de múltiples y quizás pequeñas cosas y detalles que harán que ese conjunto tenga su fortaleza y su belleza; como solemos decir son los pequeños granos de arena que han ido construyéndolo, estarán sus cimientos, sus paredes y portales, sus herrajes y sus forjados, su puertas y ventanas, y así en pensemos, por ejemplo en nuestra propia casa, cuántas cosas ha necesitado para su construcción e incluso luego su mantenimiento; cada una de esas cosas, en su lugar, han sido importantes, porque son una parte de ese conjunto y sin las cuales no lo tendríamos.

Así nuestro mundo y nuestra vida, así el conjunto de la sociedad de la que somos parte y, aunque parezcamos pequeños, parte importante e insustituible, como aquel lugar donde convivimos o realizamos nuestras tareas, donde hacemos nuestra vida al lado de los que también caminan a nuestro lado. Pues, es lo que te quiero decir, ahí donde estás tienes que ser constructor de esa paz. Esa paz que tú construyas ahí donde estás va a ser raíz importante de la paz de ese mundo en el que vivimos. Ese tiene que ser nuestro compromiso. Ahí donde estamos no dejemos que suenen nunca tambores de guerra con nuestras violencias o nuestros malos modos. ¡Cuánto podemos hacer!

Y no me estoy alejando del evangelio que hoy se nos proclama, porque es a eso a lo que nos envía Jesús cuando nos envía a anunciar el Reino de Dios. Hemos escuchado que Jesús ha escogido a sus discípulos y apóstoles y los pone en camino para anunciar el Reino de Dios. Fijémonos en lo que les dice, en el encargo que les hace. En alguna ocasión nos hemos fijado como Jesús los envía sin nada, que no busquen esos apoyos materiales para hacer el anuncio, porque el anuncio que tenemos que hacer trasciende esos medios materiales.

¿Qué nos está diciendo Jesús? ‘Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz… Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros’.

Un anuncio de paz, unos gestos de paz, dejándonos ser acogidos, compartiendo lo que nos ofrezcan, queriendo dejar siempre un gesto de paz en lo que ofrecemos o en la manera de estar; nuestra presencia, nuestra manera de estar tiene que ser ya en si mismo un anuncio de paz, un anuncio del reino de Dios. Es lo que tiene que reflejar nuestra vida, nuestras actitudes, nuestra acogida y nuestro dejarnos querer que es también importante, porque significa la humildad y la sencillez con que nos presentamos. Nada de arrogancias ni de orgullos, nada de vanidad ni autosuficiencia para poder sentirnos pobres con los pobres y cercanos y verdaderamente solidarios con todos los que sufren.

¿Será esa en verdad la señal que damos con nuestra vida los cristianos? ¿Será esa la imagen que da la Iglesia en medio de nuestro mundo? Muchas actitudes, muchas posturas, muchas cosas tenemos que revisar y transformar para que seamos en verdad señales del Reino de Dios en medio del mundo.

sábado, 20 de julio de 2024

Cuánto nos cuesta ser instrumentos constructores y signos de la paz como señal del Reino de Dios y no apagar la mecha humeante ni el pabilo vacilante

 


Cuánto nos cuesta ser instrumentos constructores y signos de la paz como señal del Reino de Dios y no apagar la mecha humeante ni el pabilo vacilante

Miqueas 2, 1-5; Salmo 9; Mateo 12, 14-21

La vida está llena de momentos de desencuentro, situaciones que si no sabemos manejar con prudencia pueden llevarnos a enfrentamientos que terminen incluso con violencias. ¡Qué fácil surge una discusión acalorada, muchas veces desde una nimiedad, pero que no saber tener el necesario control y madurez en la vida nos puede llevar a funestas consecuencias! Amistades que se enfríen, se debilitan y tienen el peligro de romperse y perderse; todos lo contemplamos con tristeza cuando vemos que hay gente que puerta con puerta no llegan ni siquiera a darse los buenos días; todos nos podemos ver envueltos en situaciones así.

Es que no me puedo callar, decimos y podemos tener razón, pero la razón ha de pasar también por saber rumiar las cosas y encontrar el momento más oportuno. Es que tenemos un mensaje que trasmitir, nos escudamos, pero mal podemos trasmitir un mensaje de paz en medio de la violencia. Algunas veces nos cuesta entender, nos cuesta dar el paso a un lado aunque sea momentáneo para evitar el enfrentamiento. Es cierto que Jesús nos dice que lo que hemos escuchado al oído tenemos que proclamarlo desde la azotea, pero nunca podemos hacer un buen anuncio desde un acaloramiento que se puede volver violento, porque además sería lo más contradictorio con el mensaje que queremos trasmitir.

Hoy comienza a decirnos el evangelista que cuando salió de allí, ya los fariseos estaban haciendo planes para quitar de en medio a Jesus. No habían soportado que Jesús hiciera el milagro de curar a un hombre un sábado y parecía que se mundo se venía abajo, y era entonces necesario eliminar a Jesus.

En otro momento dirá que ha llegado su Hora y entra decidido a la ciudad santa de Jerusalén; vemos su determinación cuando se acerca la hora de la Pascua, que va a ser su hora, la hora de la pascua definitiva. Pero no es la hora en estos momentos. El anuncio del evangelio no ha llegado a su término ni a su plenitud, pero veremos que Jesus se marcha de aquel lugar y aunque allí cura a muchos de sus males y enfermedades, les recomienda que no lo divulguen. Ya llegará el momento de su subida decidida a Jerusalén para la Pascua.

Y nos recuerda el evangelista los textos del canto del siervo de Yahvé del Antiguo Testamento. ‘Mirad a mi siervo mi elegido… sobre El he puesto mi Espíritu…no gritará, no voceará, nadie escuchará su voz por las calles… la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará…’ Es el Siervo de Yahvé, es el elegido del Señor, en los corazones se plantará su Palabra, la mano del Señor irá enderezando a los caídos, los que parecen débiles no van a ser descartados, la más mínima luz merece la pena mantenerla y ayudarla a crecer.

Creo que estos textos tienen que hacernos pensar, hacer recapacitar sobre la manera que hacemos las cosas muchas veces; no siempre destacamos por nuestra mansedumbre, no siempre seguimos el camino de la humildad y de la sencillez; muchas veces en lugar de reconstruir lo que hacemos es echar abajo aquello que nos parece poco importante o insignificante, otras tendrían que ser nuestras actitudes y nuestras posturas; mucho tiene que brillar en nosotros la humildad para decir la buena palabra a tiempo, en el momento oportuno; tenemos que estar convencidos de que tenemos que bajarnos de nuestros pedestales y que no nos podemos dejar adular por los que parecen poderosos de nuestro mundo; siempre hemos de ir con la mano tendida que busca la paz, que se ofrece para levantar al caído, que pueda convertirse en bastón para el que va renqueante por la vida.

Tenemos que ser siempre instrumentos de paz, constructores de la paz, signos de la paz que con Jesús podemos ganar en nuestros corazones. Nos convertiremos así en signos del Reino de Dios que tenemos que anunciar. Cuánto cuesta, tenemos que reconocer.


domingo, 14 de julio de 2024

Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje, los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia del Reino de Dios que tenemos que proclamar

 


Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje, los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia del Reino de Dios que tenemos que proclamar

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13

Nos confían un trabajo o una tarea y enseguida nos hacemos nuestras planificaciones y nuestros presupuestos; necesitamos esto, lo otro y lo de más allá… pronto vamos a ver con qué contamos, qué es lo que vamos a necesitar para sacar esa obra adelante. No digo que no tengamos que hacerlo en nuestras tareas humanas, en el desempeño de nuestras responsabilidades, pero ¿habría que contar solo con esto o con otras cosas?

Lo mismo podemos decir de un viaje que vamos a emprender; siempre pagamos la novatada en los primeros viajes, nos cargamos de multitud de cosas por lo que pueda suceder, decimos, por los imprevistos que puedan surgir, y llevamos la maleta a reventar de cosas que volverán sin que las hubiéramos tocado y con la incomodidad del peso que hemos ido arrastrando.

Hoy Jesús nos sorprende y bien que tenemos que aprender de esa sorpresa. Ha escogido de entre los discípulos a los apóstoles que va a enviar con su misma misión y autoridad. Han de ponerse en camino para anunciar el Reino de Dios, como había hecho Jesus desde el comienzo de su actividad pública y apostólica.

El también había ido itinerante de pueblo en pueblo anunciando la buena noticia de la llegada del Reino de Dios. Es el envío que ahora realiza en aquellos a los que llama apóstoles. ¿Y qué van a necesitar? Solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas buenas sandalias, pero nada de suministros, nada de repuestos, nada en el bolsillo que dé seguridades. Han de ponerse en camino con la confianza de que su fuerza estará en la Palabra que pronuncien, el mismo anuncio que están haciendo.

¿No nos tendría que hacer pensar mucho estas recomendaciones de Jesús a los cristianos que nos sentimos también enviados con la misma misión de Jesús? Cuidado que los recursos nos distraigan del mensaje. Cuidado que los preparativos oscurezcan la sorpresa de la buena noticia que tenemos que proclamar. Con tanto que nos preocupamos de los recursos y de los preparativos no va a llegar a tiempo la Buena Noticia que tenemos que anunciar.

Jesús pone en camino a aquellos discípulos que envía para que con su presencia sean en verdad signos de ese Reino de Dios que anuncian; es anunciar que solo Dios es el Señor, el Rey de nuestras vidas pero lo rodeamos de tantas cosas que pareciera que esas cosas son verdad los señores de nuestra vida. La presencia de los enviados tiene que convertirse en señales y signos de amor; van a acercarse allí donde está el sufrimiento, allí donde se ha perdido la esperanza, allí donde ha reinado la insolidaridad y el desamor para poner señales de vida, para despertar al amor.

Es lo que tenemos que ir curando, es lo que en verdad tenemos que ir transformando nuestro mundo. ¿Irán floreciendo en verdad en torno a donde haya unos cristianos las flores de la solidaridad y del amor? ¿Habrá más corazones sanos porque con nuestra presencia hemos ido contagiando de vida a nuestro mundo enfermo?

Es la autoridad con la que van los discípulos de Jesus, mientras nosotros tantas veces nos preocupamos de organizar muchas cosas, pero no terminamos de ser esos signos de amor. No terminamos de despertar esperanzas en este mundo tan lleno de amarguras y de sufrimientos. Es nuestra tarea, es la misión que Jesus nos ha confiado, es la siembra de evangelio que tenemos que ir haciendo. Nuestras palabras, nuestros gestos, nuestra presencia tienen que ser en verdad unos rayos de luz para nuestro mundo.

No es tarea fácil, no siempre seremos bien recibidos, pretenderán desprestigiarnos de mil maneras, podemos tener la tentación de sentirnos fracasados porque no logramos realizar lo que Jesus nos ha confiado, hay el peligro de que nuestro corazón se llene de amargura por la desconfianza que encontramos cuando estamos intentando hacer las cosas de la mejor manera posible.

Hay una cosa que nos puede pasar desapercibida en este texto del evangelio. Nos dice Jesus que cuando tengamos que marcharnos de un lugar porque no nos reciben, a la salida nos sacudamos el polvo de nuestros pies. Muchas veces lo hemos interpretado como un echarles en cara a los que no nos ha recibido, lo que han hecho. Pero quiero verlo de otra manera distinta. Nos sacudimos el polvo de nuestros pies, porque no podemos dejar que quede sobre nuestros corazones la amargura y el resentimiento. Son esos lodos los que tenemos que quitar de nuestros pies para poder seguir caminando livianos para ir a hacer el anuncio en otro lugar.

Con el bastón en la mano, con las sandalias limpias de desánimos y desconfianzas tenemos que seguir caminando, porque la semilla tenemos que seguirla sembrando, porque el resplandor de la paz no puede faltar de nuestros rostros, porque tenemos que seguir siendo signos de ese reino que anunciamos con nuestro desprendimiento, con nuestro amor, con nuestra comprensión y nuestro perdón.


jueves, 13 de junio de 2024

Dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar las malas hierbas que malearían el jardín de la vida, abonándola con el amor de Dios para obtener buenos frutos

 


Dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar las malas hierbas que malearían el jardín de la vida, abonándola con el amor de Dios para obtener buenos frutos

1Reyes 18, 41-46; Salmo 64; Mateo 5, 20-26

Si nos ponemos a hablar razonablemente seguramente todos estaremos de acuerdo en que lo más bonito en nuestras mutua relaciones es que lo hagamos con paz y armonía, con buen entendimiento y con diálogo, buscando siempre lo que nos acerque y evitando todo aquello que pudiera crear abismos entre unos y otros. Digo, si nos ponemos a hablar razonablemente, pero bien sabemos cómo pronto salta la chispa y aparece en la práctica todo lo contrario; se nos puede derivar pronto la conversación a buscar culpabilidades, a decir que el otro no es razonable, que si alguien me sale con algo que no me guste tendré que contestarle y poco a poco se va elevando el tono para caer en esa espiral en que fácilmente nos vemos envueltos en esta sociedad.

Hay demasiada acritud, aflora muy pronto el amor propio que se siente herido por cualquier cosa, vienen las malas interpretaciones, pronto aparecerán palabras que pueden ser insultantes o por las que alguien puede sentirse herido, y comenzamos a ir por una pendiente peligrosa en donde lo que tendría que ser delicadeza se convierto pronto en violencia y terminamos poniéndonos barreras entre unos y otros porque se rompe la sintonía del corazón, entra la discordia, y ya quien no piense como nosotros es un adversario que van en contra nuestra y un enemigo.

Lo podemos ver en la cercanía de los que están a nuestro lado, porque incluso en las familias no nos hemos librado de esas tensiones, pero es el ejemplo también que nos están dando nuestros dirigentes en que todo son descalificaciones, de ninguna manera se busca el encuentro y el entendimiento y aparecen tantas violencias. Somos fáciles a ir a una manifestación contra una guerra que nos parece injusta en cualquier lugar del mundo, pero no somos capaces de manifestarnos en contra de esa violencia hasta institucional que estamos viendo cada día en nuestra sociedad.

Nos hemos preguntado en reflexiones anteriores sobre qué presencia estamos teniendo los cristianos en medio de nuestro mundo, en nuestra sociedad y en esos lugares donde se decide y se construye el futuro de nuestra sociedad. Tendríamos que preguntarnos también qué estamos haciendo por nuestra parte para hacer que nuestro mundo sea mejor, haya mayor armonía, y realmente nos convirtamos en instrumentos de paz en medio de la violencia que se está generando cada día en nuestra sociedad.

Me estoy haciendo esta reflexión desde lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio. Seguimos con el llamado sermón del monte; ayer nos invitaba Jesús a que busquemos el sentido y el valor de los mandamientos que nos tienen que conducir a una mayor plenitud de vida. Hoy de una forma concreta comienza a hablarnos del amor que tiene que envolver nuestra vida. Tenemos que dar un paso más que un mero cumplimiento.

No es solo ya el arrancar de nosotros esa violencia explicita que nos puede conducir a romper la vida de los demás, sino también todas esas señales de violencia que envuelven nuestras palabras y nuestros gestos, que se vuelven insultantes o hirientes, que desprecian o discriminan por cualquier motivo. Nos disculpamos tantas veces en nuestro mal carácter para disimular el infantilismo de nuestra inmadurez y de la falta de rectitud que tendríamos que tener en el corazón.

Por eso nos habla claramente Jesús de reconciliación, que es encontrar la paz con el otro, pero que es también saber encontrar la paz en nuestro propio corazón. Es la paz que va a generar un corazón generoso y comprensivo, que busca siempre el encuentro y la armonía, que sabe entrar en sintonía para desde lo bueno de cada uno saber ser constructores de algo mejor.

Y de eso tenemos que dar testimonio claro y valiente los que creemos en Jesús. También podemos sentir la tentación de la violencia, también nos cuesta entendernos y perdonar, también muchas veces pueden florecer esos cardos de insolidaridad y egoísmo, pero tenemos que estar dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar esas malas hierbas que malearían el jardín de la vida, para podar aquellos ramajes que nos impedirían dar buen fruto, de abonar nuestra tierra en el amor de Dios para que demos esos buenos frutos.

martes, 11 de junio de 2024

Tenemos que tomarnos en serio lo que nos dice Jesús de ser luz y de ser sal para nuestro mundo, que está necesitando esa luz y ansiando ese nuevo sabor

 


Tenemos que tomarnos en serio lo que nos dice Jesús de ser luz y de ser sal para nuestro mundo, que está necesitando esa luz y ansiando ese nuevo sabor

Hechos de los apóstoles 11, 21-26; 13 1-3; Salmo 97; Mateo 5, 13-16

¿De qué me vale tener una tonelada de sal guardada en la bodega si luego la comida está insípida y sin sabor o se me echan a perder los alimentos por no guardarlos debidamente con la sal que poseo? ¿De qué me vale tener muchas baterías acumuladas de energía pero bien guardada si no las utilizo para alumbrar allí donde estoy y vivo en total oscuridad?

Parecería un absurdo. Pero ¿no será lo absurdo en que de alguna manera vivimos los cristianos que teniendo la riqueza del evangelio no llenan de luz y de sabor nuestro mundo porque no somos capaces de difundir el mensaje del evangelio?

Tenemos una fe, hemos recibido la gracia del bautismo, en nuestras manos está el conocimiento de Jesucristo y el conocimiento de Dios, tenemos con nosotros el evangelio de Jesús ¿y qué es lo que vivimos? ¿Qué es lo que trasmitimos a ese mundo que nos rodea?

Estamos luego muy prontos para hablar y para quejarnos, para denunciar muchas situaciones que no nos gustan y para decir lo mal que andan las cosas y toda la problemática de nuestro mundo tan envuelto en tinieblas de ignorancia, de violencia, de desenfreno en muchas cosas; nos quejamos de la oscuridad pero no somos capaces de encender la luz. Es lo que estamos haciendo los cristianos porque tenemos la semilla en nuestras manos y no somos capaces de sembrarla.

Hoy nos está diciendo Jesús que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal. Y ya no solo es que nosotros nos dejemos iluminar por esa luz del evangelio tratando de vivir lo que nos enseña Jesús como sentido de nuestra vida, sino que además no somos capaces de llevar esa luz a los demás. Tenemos que ser sal nos dice Jesús, repito, no solo porque nosotros hayamos encontrado ese sabor de Cristo para nuestra vida dándole un sentido y un valor a lo que somos, a lo que vivimos, a lo que hacemos, sino que esa sal tenemos que llevarla también nuestro mundo.

Como nos dice Jesús no se puede ocultar una ciudad situada en lo alto de un monte. Y eso tenemos que ser nosotros; es el testimonio que tenemos que dar, es por lo que tienen que reconocernos, son los valores que nosotros hemos de vivir y que han de ser reflejo para el mundo que nos rodea. No nos podemos ocultar. Pero muchas veces nos da miedo dar ese testimonio, dar la cara por aquello que son nuestros principios, los valores por los que nosotros vivimos, y parece que vamos de vergonzosos por la vida, porque nos da miedo dar la cara por la verdad, por la justicia, por el bien, por el amor.

La luz hay que ponerla donde ilumine. Es lo que tenemos que ser nosotros. Y vivimos nuestro compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor, y no nos da miedo decir que lo hacemos desde el compromiso de nuestra fe; y trabajamos para que la gente viva en sana convivencia, en armonía siendo siempre instrumentos de paz, y lo hacemos porque desde Jesús nos sentimos comprometidos. No solo tienen que repicar las campanas de nuestras iglesias para decir que allí hay una comunidad cristiana, sino que tiene que notarse nuestra presencia en el mundo con nuestros valores por los que luchas para hacer que nuestro mundo sea mejor.

Tenemos que ser sal, nos dice Jesús. Y la sal se mezcla con los alimentos porque así es como les da sabor y así es como pueden conservarse sanos. ¿Estaremos en verdad mezclados los cristianos que creemos en Jesús con ese mundo que nos rodea, pero para desde dentro irle dando ese nuevo sabor a nuestro mundo porque trabajamos para hacer que todo tenga un nuevo sentido desde los valores del evangelio? Parece que los cristianos rehuimos estar ahí en medio de todo lo que es el entramado social para ser sal, y al final nos dejamos contagiar y no hacemos valor lo que son nuestros valores y nuestros principios. Una sal que no vale para sazonar aquello con lo que se mezcla no es buena sal, se ha echado a perder, se ha corrompido, ¿será eso lo que nos pasa a los cristianos que no estamos logrando que en nuestra sociedad brillen esos valores que nos trasmite el evangelio y es por eso la pendiente resbaladiza por la que se va deslizando nuestro mundo?

Es serio lo que nos plantea hoy Jesús de ser luz y de ser sal. A ver cuándo nos lo tomamos en serio.

viernes, 16 de junio de 2023

Aprendamos a amar y al estar entrando en la órbita del amor sentiremos cómo Dios que es amor se nos manifiesta y hace dueño de nuestro corazón

 


Aprendamos a amar y al estar entrando en la órbita del amor sentiremos cómo Dios que es amor se nos manifiesta y hace dueño de nuestro corazón

Deuteronomio 7, 6-11; Sal 102; 1Juan 4, 7-16; Mateo 11, 25-30

‘Lo esencial es invisible a los ojos’, es una frase que habremos escuchado muchas veces tomada del famoso libro ‘El principito’. Nos ha valido para hacernos muchas y hermosas consideraciones para que aprendamos a buscar esos valores que de verdad llenan nuestro espíritu y le dan grandeza. Nos valdría también ese camino que todos hacemos de búsqueda de Dios que muchas veces, decimos, se nos hace invisible, o al menos no terminamos de descubrirlo. Buscamos quizás a Dios desde razonamientos, porque para todo queremos tener una razón, un por qué, y el camino para encontrarnos con Dios quizás es mucho más fácil que todas esas elucubraciones que nos hacemos.

Queremos hacer nuestra propia escalada, trazarnos una tabla de razonamientos, ir esa búsqueda desde unos merecimientos que nos decimos que tenemos, pero creo que tendríamos que poner las condiciones para más bien dejarnos encontrar por Dios. Quizá muchas veces por ahí ande la cosa, porque no nos dejamos encontrar; es cuestión, creo, de dejarnos encontrar por el amor, y para eso creo que tenemos que dejar hueco en nuestra vida para el amor, para el amor verdadero, que es mucho más que una pasión que nos mueva y nos revolucione.

Ya le decía Dios a su pueblo a través de las palabras de Moisés, como hoy mismo hemos escuchado en la primera lectura de esta fiesta. Dios les dice que les ha amado y les ha escogido, no porque sean un pueblo grande y poderoso, pues, como les dice, son el pueblo más pequeño de la tierra. Pero es Dios el que les ha amado y escogido, por pura benevolencia, y esa es una de las principales características del amor. Benevolencia, querer bien, pero simplemente porque quiero amar. Y es así el amor de Dios, pura benevolencia, nos ama, no por nuestros merecimientos, sino porque El quiere amarnos y escogernos. Si fuéramos capaces de sintonizar con este pensamiento haciéndolo nuestro, comenzaremos a conocer a Dios.

Y aquí entra otro pensamiento en nuestra consideración. La carta de san Juan es una invitación a amarnos, y amarnos como el Señor nos ha amado, recordando así el mandato de Jesús en la última cena. Pero fijémonos en lo que nos dice: ‘Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor’.

¿No decíamos que tenemos que dejar un hueco en nuestra vida para el amor y el amor verdadero? Quizás en la vida hemos rellenado ese hueco con nuestros intereses egoístas en una búsqueda excesiva de nosotros mismos. Lo confundimos todo con nuestras ganancias, con el materialismo de la vida, con nuestras pasiones que se nos desbordan y nos dominan buscando felicidad y placeres que son efímeros. Algunas veces no llegamos a entender lo que es la amistad porque enseguida la confundimos con la búsqueda de cosas que nos satisfagan. Y quizás no hemos sabido amarnos ni a nosotros mismos, y si no somos capaces ni de eso ¿cómo podremos entender lo de amar a los demás? Y si no somos capaces de amar, ¿cómo podemos conocer a Dios que es Amor?

Busquemos, si, lo que es el amor verdadero, que ama, se da y se entrega porque le sale del corazón. ¿No recordáis lo que hemos dicho de la benevolencia de Dios para amarnos por nosotros mismos? Y es que Dios se nos revela y se nos da a los que hemos sido capaces de vaciarnos de nosotros mismos, a los que somos sencillos y humildes de corazón. Así le hemos escuchado hoy a Jesús dar gracias al Padre porque se ha revelado no a los sabios y entendidos, sino a los pequeños y a los pobres. Los pobres son los que escucharán la Buena Nueva de Jesús y por eso Jesús los llama dichosos.

Hoy estamos celebrando esta fiesta del amor de Dios que nosotros simbolizamos en el corazón, en el Corazón de Jesús siempre abierto para acoger a los cansados y agobiados para ofrecernos el descanso de su amor y de su paz.

Nos sentimos a veces atormentados por las luchas de la vida, cansados y sin fuerzas porque la tarea se nos vuelve fuerte y duros son también los embates que nos da la vida, desde la multitud de problemas de todo tipo que nos envuelven – pensemos cómo anda nuestra sociedad y nuestro mundo -, desde esos problemas del día a día en el desarrollo de nuestras responsabilidades y lo que significa y nos cuesta a veces nuestra convivencia con los demás, pero Jesús nos dice que vayamos a El, que aprendamos de El a mantener la mansedumbre del corazón a pesar de las violencias que nos envuelven, que sepamos encontrar la paz porque además estamos llamados a ser instrumentos de paz.

Estaremos así entrando en la órbita del amor y estaremos entonces sintiendo cómo Dios se hace dueño de nuestro corazón. Porque aprendemos a amar, aprenderemos a conocer a Dios que es amor.

martes, 1 de noviembre de 2022

Con Jesús tenemos un nuevo sabor del que queremos contagiar cuánto nos rodea, tenemos esperanza y creemos posible el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida

 


Con Jesús tenemos un nuevo sabor del que queremos contagiar cuánto nos rodea, tenemos esperanza y creemos posible el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Tenemos hoy una celebración en la liturgia que nos invita a mirar hacia lo alto, a poner grandes metas en nuestra vida y a despertar nuestra esperanza en medio de un mundo demasiado ensombrecido, y mira cómo de alguna manera la hemos descafeinado desde convertirla por una parte en una fiesta solo del recuerdo de difuntos, o la hemos dejado envolver por nuevas costumbres que parecería más bien que nos llenarían de terror nuestros espíritus.

Litúrgicamente celebramos la fiesta de todos los Santos y el texto del Apocalipsis que se nos ofrece en la primera lectura de esta fiesta nos habla de una multitud inmensa que nadie podría contar que cantan bendicen la victoria de nuestro Dios, la victoria del Cordero. Ese texto ya sería suficiente para elevar nuestro espíritu y hacernos aspirar a esa gloria del cielo. Si un día le habían preguntado los discípulos a Jesús si serían muchos los que se salven, hoy tenemos la respuesta, en esa multitud innumerable. ‘Los que han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero, vienen de la gran tribulación y son los que buscan el rostro del Señor’.

Podemos formar parte de esa inmensa muchedumbre. ¿Qué es lo que necesitamos? Hacer una opción seria en la vida. Es cierto que Dios nos ofrece la salvación, pero ante nosotros se abren diversos caminos; caminos espaciosos y amplios, y caminos que a veces nos pueden parecer estrechos y llenos de dificultades. Es la opción por el camino de la vida, es la opción de vivir como los hijos de Dios, es la opción por vivir el Reino de Dios. Y eso tiene sus exigencias.

Pero es una invitación y una llamada de parte de Dios. ‘Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’ El nos llamó, El nos invitó, El nos quiere como hijos. ‘Seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. No terminamos de considerar esa grandeza, esa dignidad. Con qué facilidad lo olvidamos. Y sin embargo tiene que ser el motor de nuestra existencia, lo que nos va a hacer buscar la dignidad y la grandeza de toda persona, lo que va a poner un sabor nuevo en nuestra vida, lo que tiene que convertirse en una luz para nuestra humanidad tan llena de sombras.

¿Qué es lo que nos propone Jesús hoy en el Evangelio? Ese camino nuevo que da nuevo sabor a nuestra vida y a nuestro mundo, las bienaventuranzas. No son utopías, no son palabras bonitas que traten de consolarnos en nuestras desesperanzas y en nuestros llantos. Es un camino cierto de vida y nos va a llevar a la mejor felicidad, a la mayor plenitud para nuestra vida.

‘Dichosos los pobres en el espíritu, comienza diciendo Jesús, porque de ellos es el Reino de los cielos’. Jesús había comenzado anunciando la llegada del Reino de Dios y nos invitaba a la conversión, a creer en la Buena Noticia que se nos anunciaba, la llegada del Reino de Dios. Este es el primer paso para ese gozo del Reino de Dios, elegidos esa pobreza de espíritu, ese vaciarnos de tantas cosas que nos saturan de tal manera que no llegamos a saborear la vida en su auténtico sabor.

Cuántos pedestales vamos poniendo tantas veces en la vida para hacernos los engreídos y poner distancias entre unos y otros, qué distancias nos crean nuestros orgullos; de cuántos apegos vamos llenando el corazón de manera que ya no daremos cabida a los que están a nuestro lado; cuántas cosas vamos acumulando, tristezas, resentimientos, envidias, violencias descontroladas, malicias y desconfianzas que nos llenan de tormento y nos quitan la paz; cuánta cerrazón para mirar solo por nosotros mismos y no saber tener un corazón compasivo para el que sufre a nuestro lado; con tantas cosas se nos va enturbiando la vida, la visión como si una catarata cubriera nuestros ojos y ya no seremos capaces de ver y contemplar la luz.

Por eso cuando llegamos a comprender el sentido de esta primera bienaventuranza, lo demás irá fluyendo casi como de forma espontánea. Será cuando llenemos de mansedumbre el corazón y que distinto será nuestro trato y nuestra convivencia con los que están a nuestro lado; será cuando aprenderemos a compartir porque nadie a nuestro lado podrá pasar necesidad; será cuando seremos en verdad comprensivos y misericordiosos con los demás, porque habremos disfrutado de esa misericordia y compasión que Dios ha tenido con nosotros para perdonarnos y hacernos cambiar de vida; nuestra mirada será limpia y podremos contemplar a Dios pero también veremos con mirada distinta a los hermanos que caminan a nuestro lado; gozaremos de auténtica paz en el corazón pero al mismo tiempo seremos siempre constructores e instrumentos de paz; no nos importa ser incomprendidos por lo que hacemos y que incluso podemos encontrar oposición en contra porque tenemos la certeza de que caminamos el camino de la vida y estamos realmente construyendo el Reino de Dios.

¿Puede haber una dicha más grande? ¿Cambiamos la felicidad que sentimos en el corazón por la felicidad falaz que nos ofrece el mundo? Nuestra vida tiene ya un nuevo sabor; queremos contagiar de ese sabor al mundo que nos rodea, porque tenemos esperanza y creemos que es posible realizar y hacer presente el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida.