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jueves, 21 de mayo de 2026

Saboreemos el amor que Dios nos tiene cuando nos hace participes de su vida divina que es lo que nos va a mantener en una verdadera comunión

 


Saboreemos el amor que Dios nos tiene cuando nos hace participes de su vida divina que es lo que nos va a mantener en una verdadera comunión

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Salmo 15; Juan 17, 20-26

Meditando con serenidad y sin prisas estas palabras de Jesús que nos ofrece el evangelio nos damos cuenta de lo importante que era esa unidad que pedía para nosotros. Es insistente en sus peticiones, como insistentes tenemos que ser nosotros en nuestra reflexión para asimilar de la mejor manera posible estas palabras de Jesús.

Decimos muchas veces en nuestra rapidez de reacción, sí, ya sé lo que Jesús nos quiere decir, pero quizás sea nuestra interpretación, nuestra manera de ver las cosas que un poco se lo queremos aplicar a lo que nos dice Jesús. Esa unidad que está pidiendo Jesús para nosotros los que creemos en Él, y como nos dice de aquellos que creen en Él por lo que nosotros le hemos transmitido no es cualquier cosa. No es decir que más o menos nos pongamos de acuerdo en aquello en lo que ya coincidimos, pero seguramente incluso detrás de ese acuerdo quedan muchas lagunas, quedan muchas diferencias que no sabemos cómo aunar.

Y lo que está pidiendo Jesús para nosotros es que entre nosotros haya una comunión semejante a la que hay entre Él y el Padre. ‘Como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno’. Esa comunión del Hijo con el Padre es mucho más que ponerse de acuerdo en algunas cosas; esa comunión significa una misma vida, no unas vidas paralelas, porque es el amor el que los une, el que logra esa unidad. Como continúa diciéndonos ‘Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno…’ Decirnos que nos ha hecho participes de la gloria de Dios, que el Hijo tiene junto al Padre, es como decirnos que nos ha hecho partícipes de su vida. De ahí la unidad, la comunión de vida y de amor.

Es hermoso todo esto que estamos considerando, cuando pensamos que somos partícipes de la vida de Dios. Es lo que realmente Jesús nos ha ido enseñando a lo largo de todo el evangelio y que tenemos que rumiar hondamente en nosotros para que así lo hagamos nuestra vida. No es fácil, porque siempre en el corazón aparece el egoísmo y se desvirtúa todo amor. Somos muy débiles y muy humanos y nos aparecen nuestras apetencias y nuestras ambiciones, pronto comenzamos a marcar distancias, queremos tener lo nuestro y con ello queremos sobresalir, y comienzan a hacernos cosquillas las envidias y las desconfianzas.

Tenemos que cuidarnos muy bien, tenemos que estar bien enraizados en la vid para no ser sarmientos inútiles que se desperdicien. Porque no es solo la buena voluntad que nosotros podamos poner, los esfuerzos que nosotros realicemos que tenemos también que realizarlos, sino sentir la gracia de Dios que obra en nosotros, porque todo es un don de Dios con el que nosotros hemos de cooperar.

Fijémonos en la ternura del corazón de Cristo para con nosotros. Nos quiere tener junto a Él, que no nos dispediguemos, que siempre nos sintamos arropados por su amor. ‘Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo’. ¿Cómo correspondemos a esa ternura de Dios con nosotros? Tenemos que saborearla porque es saborear el amor de Dios. Y el amor no se queda en hacer cosas, el amor es para saborearlo. Si no fuera así pobre testimonio podríamos dar.


miércoles, 20 de mayo de 2026

Que la emoción con que recibimos las palabras de Jesús nos hagan crear esos necesarios lazos de comunión que tienen que haber entre los que creemos en Jesús

 


Que la emoción con que recibimos las palabras de Jesús nos hagan crear esos necesarios lazos de comunión que tienen que haber entre los que creemos en Jesús

Hechos 20, 28-38; Salmo 67;  Juan 17, 11b-19

Cuando las palabras llegan al corazón porque han salido también del corazón, nos emocionamos, nos sentimos conmovidos; como le estaba sucediendo al grupo de los apóstoles que aquella tarde habían comido con Jesús el Cordero Pascual, pero que ahora en las palabras que Jesús les dirige, palabras que a estas alturas se han convertido en oración y que conmocionan al grupo de los discípulos que están con Jesús. Se hace silencio, ya no tienen nada que decir ni que preguntar, como hace unos momentos, pero con todas esas muestras de cercanía y de desahogo que tiene con ellos en su emoción no tienen nada que decir.

Así tenemos que escuchar nosotros también esta oración que Jesús está haciendo al Padre también por nosotros. Pareciera que nos deja solos, como dice, mientras estaba con los discípulos les hacía sentirse seguros aunque en ocasiones afloraran los miedos, pero Él estaba a su lado; parece como si Jesús tampoco quisiera desprenderse de ellos aunque sabe que tiene que volver al Padre, por eso ¿a quien mejor encomendar su cuidado sino al Padre del cielo que así ha de protegerlos?

Si un día se les había revelado, como en aquella ocasión que a Pedro le revela en su corazón la respuesta que ha de dar a Jesús – ‘no lo dices por ti mismo sino porque mi Padre del cielo te lo ha revelado en el corazón’, le había dicho Jesús – justo es que ahora sintamos su presencia y su protección. Por eso Jesús nos ha prometido el Espíritu de Dios, y Él tiene que volver al Padre para enviar su Espíritu divino sobre sus corazones para que se sientan seguros.

Están absortos los discípulos con lo que Jesús les está revelando, con lo que Jesús les está pidiendo; si hasta ahora se habían mantenido unidos formando el grupo de los Doce en torno a Jesús, aunque a veces tuvieran sus más y sus menos con sus ambiciones, con sus carreras por ver quién sería el primero, quién es el que iba a ser el más importante, pero en torno a Jesús se habían mantenido unidos, ahora Jesús les está pidiendo que una unidad aun tiene que ser mayor. No van a ser ya solo el grupo de los Doce, sino que la comunidad irá creciendo, diversas opiniones y sentimientos irán apareciendo en esa nueva comunidad cada vez más compleja, pero una cosa es importante para que el mundo crea, su unidad.

Y eso necesitamos seguir considerándolo hoy, en el momento presente, en el que también pueden ir apareciendo esas rupturas y divergencias como la historia nos ha mostrado que así ha sido a lo largo de los siglos; pero no solo pensamos en esas grandes heridas por la falta de unidad de todos los que creemos en Cristo, sino que en el día a día de nuestras comunidades, de nuestros pequeños grupos de cristianos también pueden ir apariencia esa grietas cuando nos falta humildad y amor, cuando nos dejamos arrastrar por nuestras ambiciones y más nos parecemos a los hijos del mundo con todas sus luchas que también reflejamos muchas veces en el seno de la Iglesia, o cuando quizás pretendemos acomodarnos a los pareceres o deseos del mundo y aparecerá también una comunidad, una iglesia dividida.

‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros’, comienza pidiendo Jesús. ‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad’. Es como debemos dejarnos impregnar por el amor de Dios que así nos mantiene unidos y nos santifica. Somos enviados al mundo, nos dice Jesús, y para que el mundo nos crea tenemos que manifestar esa unidad y esa verdad en el amor. ¿Seremos capaces?

Que la emoción con que recibimos las palabras de Jesús nos hagan crear esos necesarios lazos de comunión que tienen que haber entre los que creemos en Jesús.

 


lunes, 14 de julio de 2025

Que el amor sea el eje y la fuerza para transformar nuestro mundo, aunque no todos lo comprendan, pero es el fuego que ha de incendiarlo

 


Que el amor sea el eje y la fuerza para transformar nuestro mundo, aunque no todos lo comprendan, pero es el fuego que ha de incendiarlo

Éxodo 1,8-14.22; Salmo 123; Mateo 10, 34-11,1

Hay momentos en los que tenemos que tomar decisiones que consideramos importantes y seguramente nos vamos a encontrar con el desconcierto o el rechazo de los que nos rodean; no siempre quizás actuamos al gusto de todos pero cuando estamos seguros del camino que hemos de tomar con firmeza quizás tenemos que actuar. Siempre nos podemos encontrar con intereses encontrados entre los que nos rodean y el camino no resulta siempre fácil. ¿Estamos nosotros creando la guerra? De ninguna manera tenemos que decir, pero quizás se va a producir división en nuestro entorno; buscaremos la paz, pondremos todo lo necesario para un acercamiento de posturas, pero tenemos que ser fieles con nosotros mismos y con el rumbo que le hemos querido dar a nuestra vida.

Hoy nos desconciertan las palabras que Jesús nos está diciendo en el evangelio, pero quizás este pensamiento con el que he comenzado mi reflexión podría ayudarnos a entender las palabras de Jesús. El nos pide, es cierto, radicalidad en su seguimiento. En otros momentos nos hablará de estar  con El o contra El, le planteará a quien quiere seguirle una disponibilidad total, nos hablará de unas exigencias que tienen que estar en la vida misma de quien le sigue, nos dirá que no podemos andar con intereses o buscando recompensas o prestigios a la manera del mundo.

Quien opte por seguir a Jesús se va a encontrar la incomprensión de quien está a su lado; no todos comprenderán el sentido del mensaje del evangelio, esa nueva forma de vivir, esos nuevos planteamientos y valores. ¿Qué estaba sucediendo con Jesús mismo? Mientras la gente sencilla se entusiasmaba con Jesús, mientras los que se sentían más oprimidos y hasta sin esperanzas veían como renacía en sus corazones la ilusión y la esperanza de algo nuevo, de un mundo nuevo, aquellas que se sentían muy seguros en sus prestigios, en sus grandezas o en sus vanidades le rechazaban porque no querían dar el paso del desprendimiento y de la humildad para vivir en un nuevo estilo de amor.

Podemos entender así las palabras de Jesús que hablan de fuego que incendia el mundo, pero también de la división que se va a generar en su derredor. Aunque lo diga con palabras que muchas veces nos cuesta asimilar e interpretar no quiere Jesús la división porque siempre querrá la unidad y la comunión, pero va a surgir esa división en su entorno.

Es lo que nosotros vamos a encontrar. Y como nos dice los enemigos los vamos a encontrar en nuestra propia casa, en los que son más cercanos a nosotros. Experiencia creo que todos tenemos de eso, si sabemos interpretar bien lo que nos va sucediendo tantas veces en la vida. Y es que Jesús nos pide su amor sea de verdad central en nuestra vida; no se trata de amar más o menos a unos o a otros, sino que todo el amor que nosotros tenemos que ir repartiendo por el mundo, y ahí está también el amor que tenemos a nuestros padres o a nuestros hijos, a nuestros hermanos o a los seres más cercanos a nosotros, siempre lo vamos a vivir desde el amor de Jesús, desde el estilo de amor que Jesús nos ofrece.

Y porque vivimos la vida en ese amor, hasta lo más pequeño que podamos realizar tendrá un valor grande. Hoy nos habla de un vaso de agua dado en su nombre, algo tan sencillo y tan elemental que no negamos a nadie, pero si en ese vaso de agua estamos poniendo toda nuestra capacidad de amor en el estilo de Jesús, será algo grande, como nos dice, que no quedará sin recompensa.

Así la acogida que nos hacemos los unos a los otros. Siempre brillando el amor, siempre llenándonos de luz, siempre sintiendo la presencia de Jesús en medio de nosotros. Ya nos dirá que cuando hagamos al otro es como si a El se lo hiciéramos, y por eso un día nos invitará a vivir en el Reino de Dios por toda la eternidad.

¿Será en verdad el amor el eje y la fuerza de nuestra vida? Algunos no lo entenderán, pero del fuego de ese amor tenemos que contagiar, prender nuestro mundo

jueves, 5 de junio de 2025

Unidad que es garantía de paz, unidad que es verdadero camino en el amor para conseguir la paz, unidad aurora de paz para un mundo nuevo

 


Unidad que es garantía de paz, unidad que es verdadero camino en el amor para conseguir la paz, unidad aurora de paz para un mundo nuevo

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Salmo 15; Juan 17, 20-26

Qué difícil se nos hace, pero también tenemos que decir, qué fácil sería lograr que en nuestro mundo haya paz. difícil lo estamos viendo en la realidad de cada día, parece que cada día estamos más abocados a la guerra, al enfrentamiento, a la falta de entendimiento, a la acritud y la violencia, a crear abismos que nos separan y murallas que nos dividen, en los grandes problemas de la humanidad, en las relaciones entre naciones y pueblos, en esa vida que tenemos que ir construyendo en nuestro ámbito en medio de la sociedad o entre los más cercanos; no somos capaces de vivir unidos, de darnos cuenta que habitamos un mismo planeta y un mismo mundo que tendríamos que compartir o que entre todos tenemos que construir. Aflora la falta de amor, el egoísmo y la insolidaridad, los resentimientos y recelos, las desconfianzas y las envidias, y no somos capaces de ponernos a trabajar juntos.

Si fuéramos capaces, sin embargo, de ser conscientes de todo eso que provocamos nosotros mismos y darnos cuenta donde está la llave que nos lleve a construir esa unidad, otro gallo nos cantaría. Si supiéramos utilizar esa llave del amor comenzaríamos a mirarnos de otra manera, a buscar la manera de acercarnos y comenzar a construir esa necesaria unidad. Ya sé que hemos hecho del amor una palabra ambigua que no nos lleva precisamente a ser esos constructores.

Todo el mundo habla de amor, es cierto, pero se nos queda en pasión que se descontrola, que se busca a si mismo, que hace distinciones y separaciones, al que le vamos cargando tantas cosas que no son amor de entrega y de generosidad, de altruismo del verdadero para no buscarnos a nosotros mismos sino saber buscar el bien de los demás y darnos por ello, que al final parece que no estamos hablando de lo mismo.

Es el amor que abre el corazón para tener siempre un lugar para el otro, para todo ‘el otro’, sea quien sea; es el amor que siempre nos pone en camino de búsqueda y de encuentro, que salva diferencias porque las respeta, pero que nos hace sentirnos unidos a pesar incluso de esas diferencias; es el amor que quita los filtros de colores para que no solo busquemos el color que nos agrada, sino que seamos capaces de crear un hermoso arco iris compuesto por todos en que cada uno tiene su importancia y su valor; es el amor que crea unidad, porque nos acerca, nos hace encontrarnos y caminar juntos, buscarnos porque sin el otro nada somos ni nada podemos hacer, nos hace disfrutar de la armonía.

De eso nos está hablando Jesús en estas palabras finales de la cena pascual en su oración sacerdotal al Padre pidiendo que nos dé ese don de saber caminar en la unidad y en el amor. Será la mejor señal de que hemos entendido lo que es el amor de Dios, de haber entendido lo que verdaderamente es la salvación que nos ofrece porque nos da la posibilidad de vivir mejor y más felices; ‘que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’.

Esa unidad que nos tengamos entre nosotros será la mejor señal de que vivimos unidos en Dios. ¿Y no es ese el camino para vivir en paz? Recordemos a nuestro nuevo Papa, León XIV que en sus primeras palabras pedía la paz para el mundo, pero pedía también la unidad en la Iglesia; una unidad que es garantía de paz, una unidad que es verdadero camino en el amor para conseguir la paz.

miércoles, 4 de junio de 2025

Mantenernos en la unidad y oración por la Iglesia, dos pilares fundamentales que nos harán creíbles ante el mundo en el anuncio del evangelio

 


Mantenernos en la unidad y oración por la Iglesia, dos pilares fundamentales que nos harán creíbles ante el mundo en el anuncio del evangelio

Hechos  20, 28-38; Salmo 67; Juan 17, 11b-19

Quiero hoy arrancar mi reflexión sobre la palabra de Dios a partir de las emociones y sentimientos que se manifiestan en Jesús en los momentos de la última cena, como si de un eco se tratara, de experiencias de nuestra vida cotidiana en resonancia con esos sentimientos de Jesús.

Podemos pensar cuando hemos estado preparando un proyecto, pero al mismo tiempo preparando a aquellos que tendrán que asumirlo para llevarlo adelante, porque ya no está en nuestras manos, por las circunstancias que sean, el continuarlo por nosotros mismos, la preocupación que podemos sentir para tener la certeza de que aquello lo llevarán a cabo; hacemos nuestras recomendaciones, por así decirlo, o buscamos también algún apoyo que puedan recibir tales personas para que no decaigan en la tarea y responsabilidad que ahora se les confía. ¿Un interrogante que se plantea? ¿Unos temores que en el fondo podamos tener? ¿Cómo tener unas garantías de que la tarea seguirá adelante? ¿Desde donde podemos ofrecerles apoyos?

Podemos pensar en la mirada de unos padres que ven salir a sus hijos a la vida, que se independizan, que asumen responsabilidades, que por si mismo tendrán que enfrentarse a la vida con todos sus problemas. Los padres los han preparado, los han formado, les han enseñado, pero no quita para que sigan con sus recomendaciones y consejos, para mostrarse cercanos y abiertos a que acudan a ellos cuando lo necesiten.

¿Será la emoción de estos momentos que está viviendo Jesús? No es solo el hecho de la inminente pasión. Es la misión que han de desarrollar, la tarea del anuncio de la buena noticia de salvación para el mundo, que han de hacerla desde su palabra, su predicación, pero desde el testimonio de sus vidas. Fijaos que Jesús lo que ahora pide fundamentalmente es que ellos sean capaces de permanecer unidos. ‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros’. Van a estar en medio del mundo sin ser del mundo y con un anuncio que el mundo no va a comprender. Pero han de permanecer firmes en la opción que han hecho en sus vidas, firmes en la unidad que han de mantener, firmes en su fidelidad. Y Jesús ruega por ellos, la oración que mantiene en pie a la Iglesia.

Les prometerá también como hemos venido escuchando que no les va a faltar la fuerza de su Espíritu, ‘el Espíritu de la verdad que os lo enseñará todo’, el Espíritu que será su fortaleza, el Espíritu que los van a mantener en la unidad. Van a ser los enviados de Jesús, de la misma manera que El es el enviado del Padre. ‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad’.

No nos deja solos. Nos envía, nos confía la misión del anuncio de la buena noticia, pero El está con nosotros, es nuestra fortaleza, ora al Padre por nosotros. ¿Será en verdad ese el espíritu que nos anima a nosotros en nuestra tarea? Podríamos preguntarnos muchas cosas. ¿Nos mantenemos en la unidad tal como era el deseo de Jesús? Es algo muy importante, de lo que no siempre damos buen testimonio. Muchas actitudes tendríamos que revisar en nuestra pertenencia a la Iglesia y cómo nos manifestamos ante el mundo. No somos todo lo creíbles que tendríamos que ser.

Pero también tendríamos que preguntarnos por nuestra oración. ¿Es como la de Jesús? ¿Es, en verdad, una oración por la Iglesia? ¿Nos sentiremos en verdad fortalecidos en nuestra oración para la tarea que hemos de realizar en medio del mundo?

miércoles, 14 de agosto de 2024

Una necesaria carga de humanidad en nuestras mutuas relaciones para que seamos en verdad una humanidad que camina en armonía y en amor

 


Una necesaria carga de humanidad en nuestras mutuas relaciones para que seamos en verdad una humanidad que camina en armonía y en amor

Ezequiel 9, 1-7; 10, 18-22; Salmo 112;  Mateo 18, 15-20

Hablamos de la humanidad, pero me atrevo a decir, nos falta poner humanidad a la vida. Decimos la humanidad y estamos haciendo referencia al conjunto de todos los seres humanos, hombres y mujeres que por esa nuestra condición de personas estamos conformando la humanidad.

Sin embargo somos conscientes que nuestras mutuas relaciones no siempre están cargadas de humanidad, algo nos falla porque en lugar de caminar juntos parece que lo que queremos es destruirnos; testigo de esto son esas innumerables guerras que a través de los siglos siempre hemos mantenido los unos contra los otros, ese mundo de violencia que impregna nuestras relaciones, esa desconfianza que nos tenemos o esas ambiciones que nos ciegan para no ser capaces de ver a quienes caminan a nuestro lado formando una misma humanidad.

Por eso decía nos falta poner humanidad a la vida, hacer que nuestras relaciones sean verdaderamente humanas desde el mutuo respeto a la dignidad de toda persona, pero también poniendo el calor del amor en nuestro trato para lograr esa armonía en nuestro camino.

Pero Dios ha querido seguir siempre contando con el hombre, con la humanidad. La muestra del amor que nos tiene está en Jesús, verdadero hijo de Dios que se ha encarnado en nuestra humanidad para nacer siendo hombre. Es la señal de que es posible la humanidad, es posible ese hombre nuevo y esas relaciones nuevas entre unos y otros llenas de humanidad. Nos hemos querido destruir con nuestra  maldad y nuestro pecado, y Jesús viene a decirnos que de eso El nos quiere regenerar. Nos ofrece su perdón, pero nos abre un camino nuevo. Es la Buena Nueva del Reino de Dios, como así quiere llamarlo, es el Evangelio que nos viene a transmitir.

En cada página del evangelio El nos va trazando el camino, nos va señalando las pautas de ese mundo nuevo que entre todos tenemos que construir, de ese nuevo de sabor de humanidad que tenemos que darle a nuestro mundo. Hoy nos habla de la delicadeza con que hemos de tratarnos para ayudarnos a ser ese hombre nuevo, nos habla del perdón que va a restaurar nuestra vida tan rota por el pecado, y nos habla de esa comunión para presentarnos de mejor manera ante Dios.

Una delicadeza que tiene que manifestarse de manera especial en esas aristas que van surgiendo en nuestro contacto de los unos con los otros; no es fácil, fácilmente chirrían nuestros contactos, porque cada uno somos como somos, con nuestras cosas buenas y nuestros aciertos, pero también con nuestros errores y tropiezos, con nuestro carácter y nuestra manera de ser, con nuestras miradas que tienen el peligro de hacerse torvas y oscuras, desde los sentimientos encontrados que aparecen en nuestro corazón por los que nos sentimos heridos o en las cosas que nos cuesta aceptar de los demás.

Pero somos unos hombres y mujeres que caminamos juntos pero no somos perfectos, y eso nos obliga a ser comprensivos, porque también nosotros cometemos errores, a ser capaces de ofrecer el abrazo del perdón, pero también la mano tendida que ayuda a levantarse al caído como también nosotros lo necesitamos. Por eso nos detalla Jesús la manera de realizar esa corrección fraterna que mutuamente siempre tenemos que estar dispuestos a realizar pero también a aceptar.

Qué importante esa delicadeza en nuestro trato mutuo nos está diciendo Jesús hoy en el evangelio. Qué carga de humanidad tenemos que ir poniendo en todo lo que hacemos, que a la larga como nos seguirá enseñando Jesús es poner el calor del amor.

martes, 23 de julio de 2024

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí

 


Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Permanece el que se mantiene en su sitio, en la labor que le han encomendado o en la misión que ha asumido; permanece el que no abandona, el que es constante, el que se mantiene fiel; permanece el que no tiene miedo a los embates porque los afronta con valentía y lucha por salir adelante; permanece el que es fiel a su palabra y a sus compromiso, el que no mira atrás con viejas añoranzas sino que sigue buscando la meta hasta alcanzarla.

Como la semilla ha de permanecer enterrada para que germine, como las plantas que han de ser cuidadas a su tiempo para esperar a que un día den fruto, como el sarmiento tiene que estar bien injertado en la cepa para que no se seque y muere y un día nos produzca hermosos racimos, como toda planta tiene que permanecer unida a su raíz para extraer de la tierra aquello que un día le hará producir, como se mantienen unidos los amigos en una amistad que crece y crece y no se acaba, como se mantienen fieles los que se aman para lograr esa verdadera comunión de vida… podríamos seguir diciendo muchas cosas más de lo que es permanecer.

De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio, precisamente tomando la imagen de la naturaleza, de la vida y de los sarmientos que han de permanecer unidos para que un día puedan darnos hermosos frutos. Y así nos viene a decir Jesús: ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’. Viene a decirnos, entonces, que tenemos que permanecer unidos a El.

¡Qué importante lo que nos dice Jesús y con qué facilidad lo olvidamos! No es precisamente la constancia la virtud que más cultivamos; nos cansamos pronto de todo, hasta de lo mejor y más sabroso, porque queremos novedades. Creer en Jesús no es solo un día hacer una profesión de fe y luego vivir nuestra vida a nuestra manera. No nos basta decir cosas bonitas. Somos fáciles para ello, pero tenemos que recapacitar porque al mismo tiempo somos bien débiles y muy inconstantes.

Pedro fue capaz de decir cosas maravillosas de Jesús que mereció incluso la alabanza de Jesús; hubo momentos en que decía que estaba dispuesto a todo por Jesús hasta el dar su vida; llegaría a decir que a donde iban a ir si solo Jesús tenía palabras de vida eterna, pero bien sabemos que aunque el espíritu está pronto la carne es débil. Conocemos el pecado de Pedro, la negación de Jesús. Pero conocemos una cosa importante también, supo levantarse, supo rehacer su vida, supo volver a su amor primero que a pesar de las negaciones y debilidades seguía ardiendo en su corazón. ‘Tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’, le respondería a Jesús.

Creo que este testimonio de Pedro que estamos recordando nos viene bien para despertarnos y aprender a permanecer; a permanecer en nuestra fe a pesar de nuestras dudas; a permanecer en el camino aunque muchas veces se nos haga difícil; a permanecer en nuestro compromiso y fidelidad aunque sean muchos los cantos de sirena que escuchemos de un lado y otro y pretendan distraernos; a permanecer en el amor aunque muchas veces parezca que se nos debilita, o aunque veamos cosas en los demás que no nos agraden, aunque podamos incluso sufrir decepciones y rechazos, porque es en ese amor donde nos sentiremos de verdad llenos de Dios.

‘Sin mí no podéis hacer nada’, nos dice Jesús. Por eso necesitamos estar unidos a El; y permaneceremos unidos a El si cultivamos nuestra vida interior, si crecemos en el espíritu de oración, si abrimos la tierra de nuestro corazón para se siembre continuamente la Palabra de Dios, si queremos limpiarnos y purificarnos cuantas veces sea necesario a causa de nuestras debilidades en los sacramentos, si nos mantenemos en comunión con los hermanos porque es una forma de permanecer en el amor y permanecer unidos a Jesús.

Qué importante es permanecer, nuestra constancia y perseverancia, nuestra fidelidad y nuestro amor, nuestras ganas de seguir caminando y de levantarnos una y otra vez de nuestras caídas. Fijémonos cuantas veces emplea Jesús la palabra permanecer en este corto texto del evangelio que hoy se nos ofrece.


domingo, 19 de mayo de 2024

Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo

 


Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo

Hechos  2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Es Pentecostés. Es mucho más que aquella fiesta judía que se celebraba a los cincuenta días de la pascua, como una celebración de la ley que el Señor dio a través de Moisés a su pueblo allá en el Sinaí; mucho más como aquella fiesta casi al principio del verano y que se convertía en ofrenda de las primicias de aquellos frutos que se comenzaban a recoger. Es mucho más porque para nosotros es la fiesta del Espíritu, aquella donación de sí mismo que Jesús había prometido para estar siempre con nosotros porque contaríamos para siempre con la fuerza venida de lo alto.

Los Hechos de los Apóstoles nos relatan lo acontecido aquel día. Aún seguían los Apóstoles encerrados en el Cenáculo, a pesar de las experiencias que ya habían tenido de la presencia de Cristo resucitado. En la Ascensión Jesús les había pedido que se quedaran en Jerusalén hasta que recibieran la fuerza del Espíritu. Ahora en medio de aquellas señales que les estremecían como de un ruido ensordecedor, de aquellas llamaradas que aparecían sobre ellos como si sintieran un incendio divino en sus espíritus ellos se sienten transformados e impulsados a salir al encuentro de cuantos les rodeaban.

Algo extraordinario sucede, porque habiendo gente venida de distintos lugares como era normal en aquella fiesta judía de Pentecostés todos les entienden cada uno en su propio idioma. La torre de la confusión de Babel se derrumbaba para comenzar un lenguaje nuevo que todos iban a entender. Son los signos y señales de la presencia del Espíritu.

Se acabaron los miedos y la confusión, comienza el mundo nuevo de la unidad y del entendimiento; queda ya atrás lo de encerrarse en si mismos y sus inseguridades para hacer el anuncio de la Buena Nueva que iba a transformar el mundo; con la presencia del Espíritu de Cristo resucitado la paz renace en los corazones, porque se olvidan las culpabilidades porque el perdón es el que nos va a conducir a la verdadera paz y no solo nosotros nos vamos a sentir renovados desde lo más hondo de nosotros mismos a pesar de las sombras de nuestros errores y pecados, sino que además tenemos que convertirnos en esos mensajeros y testigos de la paz y el perdón que será el que de verdad renueve nuestro mundo.

No podemos olvidar esas señales de la presencia del Espíritu que nosotros tenemos que seguir mostrando a nuestro mundo. No es solo el recuerdo de las señales vividas en otro momento sino que ha de ser en verdad algo vivo que en nosotros ahora se tiene que manifestar también para bien de nuestro mundo.

Hoy, ahora, aquí tiene que seguir siendo Pentecostés. La celebraciones cristianos no son solo un recuerdo sino un memorial, porque es haciendo memoria de esas maravillas de Dios hacer presente ahora en nuestra vida y en nuestro mundo esas mismas maravillas de Dios. Hoy, aquí y ahora tenemos que ser testigos de Pentecostés, porque nuestros miedos y cobardías se acaben de una vez para siempre, porque tenemos que comenzar a mostrar que es posible esa unidad y esa comunión porque en verdad comenzamos a sentirnos verdaderamente hermanos, porque sentimos en nuestros corazones el gozo y la alegría del perdón recibido que nos llena de paz y nos hace hombres nuevos sino porque vamos siendo esos ministros de reconciliación y de perdón para los demás.

Nos lo dijo Jesús en el día de Pascua, que nos daba su Espíritu para el perdón de los pecados, de manera que por todas partes teníamos que ir haciendo presentes esas señales del perdón. Sin verdadero y profundo perdón no podremos alcanzar una autentica paz. Esa paz que tanto necesita hoy nuestro mundo; esa paz que nos regenere y nos haga encontrarnos de verdad los unos con los otros dejando atrás viejos resentimientos y sanando de verdad las heridas que aun llevemos en el corazón. Las heridas que no se curan siempre nos irán marcando con cicatrices molestas; tenemos la medicina verdadera en la fuerza del Espíritu del Señor.

Una tarea muchas veces costosa y difícil, tenemos que reconocer, pero una tarea que sabemos que es posible. Vivamos con intensidad la experiencia de ser perdonados y aprenderemos a tener la experiencia gozosa de ofrecer el perdón. La fuerza del Espíritu que hoy en Pentecostés a eso nos está conduciendo.

Es Pentecostés y tenemos que ponernos en camino; es Pentecostés y de una vez por todas tenemos que abrir las puertas; es Pentecostés y tenemos que ir al encuentro de ese mundo que nos rodea con sus divergencias y con sus diferencias, con esos lenguajes que se nos vuelven ininteligibles y esas soledades que nos aíslan a pesar de tanto que decimos que nos comunicamos para crear un lenguaje nuevo de comunión y unos lazos de comunicación que nos acerquen los corazones. Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo.

jueves, 16 de mayo de 2024

Jesús como buen amigo siente como suyo cuanto nos sucede en el camino, pero nos transforma por dentro llenándonos e inundándonos de su amor

 


Jesús como buen amigo siente como suyo cuanto nos sucede en el camino, pero nos transforma por dentro llenándonos e inundándonos de su amor

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Salmo 15; Juan 17, 20-26

Solo el amigo que nos ama de verdad estará junto a nosotros sean cuales sean las circunstancias de la vida en las que nos encontremos. No nos fallará, estará siempre a nuestro lado, será nuestro estímulo y nuestra fuerza, comprenderá nuestras decisiones y perdonará nuestros errores, será mano que nos levante y apoyo en nuestro camino.

Intentamos hacer las cosas bien, queremos en verdad ser agradables para los que nos rodean, tenemos buena voluntad en lo que hacemos, pero a veces renqueamos, a veces fallamos, se nos rompen los hilos que nos unen, aparecen desavenencias y contratiempos, parece que todo se nos viene abajo y fracasamos. Es entonces cuando más necesitamos ese apoyo, ese sentir que el amigo está a nuestro lado, que somos capaces de salir adelante a pesar de los nubarrones que puedan aparecer en la vida; necesitamos tener claridad de ideas y saber por donde andamos.

No olvidemos que Jesús en la misma última cena que han venido celebrando los ha llamado amigos. ‘No os llamo siervos, os llamo amigos’, nos había dicho. Ahora de nuevo necesitamos escucharlo, pero no como palabras que lleguen de forma agradable a nuestros oídos, sino como algo que palpamos en nuestra vida. Así se nos manifiesta Jesús. Todo eso que veníamos diciendo de nuestros sueños y deseos, pero también de nuestras carencias y nuestras debilidades, de esos tropiezos que nos vamos encontrando en nuestra vida, de lo que sucede en nuestro interior que hace que no siempre vivamos en el mismo amor y la misma unidad que Jesús pide y quiere para nosotros.

El está ahí. Es lo que manifiesta esa oración que Jesús está dirigiendo al Padre, una oración por sus discípulos, por sus seguidores, porque aquellos que decimos que creemos en El, pero que muchas veces nos sentimos débiles y nos rompemos por dentro. Necesitamos mantenernos en ese amor y en esa unidad. Porque además sería la señal más palpable de que Dios está con nosotros, o que nosotros no hemos abandonado el camino que nos ha señalado Jesús. Será el mejor testimonio que nosotros podamos presentar. Será la señal que demos para que el mundo comience de verdad a creer, nuestra comunión y nuestra unidad.

Es lo que Jesús está pidiendo. Que eso nos parezcamos a Dios, que en eso nos parezcamos a Jesús, que eso sea el gran signo con que manifestemos nuestra fe en El. ‘No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Así ora Jesús por nosotros, por su Iglesia. ‘Que todos sean uno, como tú, Padre, en mi y yo en ti’.

No siempre damos ese testimonio. No siempre somos ese signo del amor de Dios y de su presencia en medio de nosotros. Aparecen fácilmente esas grietas que desestabilizan nuestras vidas, porque aparecen desconfianzas, porque nos llenamos de orgullo, porque nos hacemos insolidarios, porque nos encerramos en nosotros mismos. Lo estamos viendo en tantas sombras que van apareciendo en nuestra vida; nuestras comunidades se resquebrajan muchas veces, los hermanos nos distanciamos, los que parecíamos que caminábamos unidos comenzamos a ir cada uno por nuestro lado, las envidias comienzan a corroer nuestras relaciones, se nos rompe la comunión.

Pero Jesús seguirá estando a nuestro lado queriendo sanar esas heridas, queriendo poner remedio a esos males, curando con su amor esas enfermedades que aparecen en el alma y tanto nos debilitan. No nos dejemos arrastrar por las rutinas; no nos dejemos envolver en esas bolsas de egoísmo e insolidaridad, no nos sintamos confundidos con tantos cantos de sirena que quieren ofrecernos algo mejor, pero que no nos llevarán nunca por caminos del bien.

Dejémonos envolver por el amor de Jesús. Es el amigo que nunca nos falla, que siempre estará haciendo el camino junto a nosotros para ser luz que nos haga enderezar nuestros caminos, corregir nuestros errores, emprender caminos nuevos que nos transformen de verdad. El siente, como buen amigo, como suyo cuanto nos sucede en el camino, pero nos transforma por dentro llenándonos e inundándonos de su amor.

domingo, 28 de mayo de 2023

Dejemos que nuestros corazones se inunden del Espíritu de Dios y nos sentiremos transformados en el amor dándole sentido a esta fiesta de Pentecostés

 


Dejemos que nuestros corazones se inunden del Espíritu de Dios y nos sentiremos transformados en el amor dándole sentido a esta fiesta de Pentecostés

Hechos 2, 1-11; Sal 103; Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Podríamos comenzar diciendo que el deseo de Dios al realizar la obra de la creación fue el crear una única humanidad. El relato de la creación del Génesis podemos decir que está lleno de imágenes míticas que vienen a ser como resumen de las diferentes concepciones de los pueblos antiguos sobre el sentido de la vida y de la humanidad, pero en el fondo hay un pensamiento y una revelación para nosotros los creyentes de lo que era ese deseo de Dios, la creación de una única humanidad. Fuimos los hombres los que no supimos vivir esa unidad de toda la humanidad y los que fuimos con nuestro egoísmo y con nuestra ambición creando esa ruptura entre los que tendríamos que haber vivido una unidad de amor.

El sueño de grandezas y de endiosarnos, las envidias que nos corroen y nos destruyen, la ambición del dominio para ponernos siempre en un pedestal más alto donde nadie nos pueda dar sombra, fueron sembrando esa ruptura de la humanidad, que creo barreras y abismos entre unos y otros, de manera que ya no éramos capaces de llegar a un entendimiento en esa misma y única humanidad. La imagen de la torre de Babel que nos habla de confusión de lenguas nos está hablando de esas rupturas, de esos distanciamientos, de esos abismos entre unos y otros.

Aquel anuncio de salvación hecho desde el primer momento de la aparición del pecado en el hombre, será algo que mantendrá la esperanza de la salvación para esa humanidad rota y dividida. En Jesús vemos el cumplimiento de esa promesa y el comienzo de esa nueva humanidad, por algo Jesús nos lo fundamentará todo en el amor. Será el amor el que tenderá puentes entre esos abismos que nos habíamos creado, será el amor el que creará lazos que nos unan y nos acerquen para vivir en un sentido nuevo de esa nueva humanidad.

Será la fuerza del Espíritu que Jesús nos promete el que nos anudará en el amor y el que nos dará fuerza para esa nueva creación. Ya se nos hablará de un cielo nuevo y de un mundo nuevo, ya se nos hablará de un hombre nuevo nacido desde la fe y el amor, ya se nos hablará de un sentido nuevo de relación porque somos hermanos, porque somos hijos del mismo Padre del cielo.

Y es lo que hoy estamos celebrando, la presencia de ese don del Espíritu que Jesús nos ha prometido para hacer esa humanidad nueva. Por una parte escuchamos cómo Jesús resucitado infunde el don del Espíritu sobre los apóstoles, como se nos dice, con el poder del perdón de los pecados. Es el principio de esa humanidad nueva, recibimos el perdón por esa destrucción de muerte que con nuestro pecado habíamos creado para que esas sombras queden vencidas para siempre, porque la muerte ha sido vencida y con la resurrección de Cristo una nueva vida ha nacido.

Es el anuncio de buena nueva que tenemos que llevar, es posible un sentido nuevo de vida porque hay perdón, porque hay amor, porque para eso se nos ha dado la fuerza del Espíritu, que como un fuego purifica y hace renacer un nuevo corazón. Tras las cenizas de ese fuego purificador renace la vida, aparece una nueva vida.

Pero otra imagen se nos ofrece hoy en el texto sagrado. Cuando el Espíritu Santo se ha presente en los apóstoles y discípulos de Jesús reunidos en el Cenáculo el día de Pentecostés, no solo será el impulso que sentirán en sus corazón para salir a anunciar esa Buena Nueva a aquella humanidad, venida de todas partes y congregada ahora en Jerusalén, sino que será posible que todos puedan entender las maravillas de Dios cada uno en su propio idioma. Ya no hay disparidad de idiomas como en Babel que fue imagen y origen de dispersión, sino que ahora será signo de unidad porque todos podrán escuchar el mismo mensaje de salvación.

Es el Espíritu que nos acerca, el Espíritu que crea nuevo entendimiento en nuestros corazones, el Espíritu que rompe las barreras que nos distanciaban para crear esa nueva humanidad, el Espíritu que creará ese hombre nuevo para ese mundo nuevo, para ese cielo nuevo, porque lo viejo ha pasado y la vida nueva ha renacido.

Es el Espíritu que seguimos necesitando, porque necesitamos rehacer nuestras esperanzas. Aun muchas veces nos llenamos de pesimismo porque no terminamos de hacer ese mundo nuevo; seguimos matándonos con nuestras ambiciones, seguimos destruyéndonos con nuestras envidias, seguimos creando barreras con nuestra insolidaridad que se manifiesta de tantos modos, seguimos abriendo brechas en las familias, en los pueblos, entre los vecinos o los amigos porque nos corroen nuestras malicias, nuestras desconfianzas, nos dejamos arrastrar por el materialismo de la vida y hacemos desaparecer las grandes metas y los altos ideales.

Nos parece una espiral sin fin y un camino sin salida, pero necesitamos despertar de nuevo la esperanza, tenemos que dar señales de que es posible un mundo nuevo, tenemos que ser signos con un nuevo estilo de vivir, con un compromiso fuerte de los que creemos en Jesús de que es posible esa nueva humanidad. Aunque nos parezca insalvable la montaña de mal que tenemos que superar, creemos en el perdón y creemos en el amor, con nosotros tenemos la fuerza del Espíritu. Dejemos que nuestros corazones se inunden del Espíritu de Dios y nos sentiremos transformados en el amor.

jueves, 25 de mayo de 2023

Hablamos bonito de la unidad, rezamos por la unidad, pero algo nos falta, no damos señales de esa comunión que entre los que creemos en Jesús tendría que haber

 


Hablamos bonito de la unidad, rezamos por la unidad, pero algo nos falta, no damos señales de esa comunión que entre los que creemos en Jesús tendría que haber

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Aunque por naturaleza estamos hechos para la relación, para la comunicación y podríamos decir también para la comunión, sin embargo pesa mucho en nosotros la tendencia y la tentación a querer caminar cada uno por su lado, a encerrarnos muchas veces en un egoísmo insolidario pensando que nos valemos solo por nosotros mismos sin necesitar ni la presencia ni la ayuda de los demás. Es la tentación del orgullo y de la autosuficiencia que no siempre sabemos superar, de forma incongruente tememos ser superados por los demás, que nos hagan sombra, y por eso intentamos muchas veces caminar a nuestra manera en solitario; claro que el que se cae en solitario, solo se verá y más difícil será el que pueda levantarse.

Qué hermosa sería la vida si fuéramos capaces de superar esos orgullos tontos y supiéramos comenzar a caminar juntos, a colaborar los unos con los otros, en fin de cuentas formamos parte de un mismo mundo que es para todos y tendríamos que ser como una familia. Viendo esa cercanía, sabiéndonos ayudar los unos a los otros superaríamos tantas carencias que nos encontramos en la vida y compartiendo los unos con los otros crearíamos una riqueza, y no pienso en lo material que también, sino espiritualmente que nos haría crecer más y más como personas.

Por algo será uno de los valores fundamentales, la unidad, que nos deja Jesús como signo del Reino de Dios que hemos de vivir y que es fruto del amor que tiene que ser en verdad la base de nuestras mutuas relaciones. Esa unidad que no solo es estar juntos, aunque ya eso es un paso importante, que no es solo colaborar los unos con los otros quizás movidos por el interés de lograr que salgan las cosas, que las podamos aserré mejor, cosa importante también, sino entrar en caminos de comunión, esos lazos de amor que nos hacen estar unidos porque en verdad nos queremos y sentimos que los demás de alguna manera también son algo nuestro.

Ruega Jesús, en esta oración sacerdotal de la última cena, ahora no solo ya por aquellos a los que ha llamado de una manera especial, sino que ruega por todos los que crean en su nombre, todos los que hemos puesto nuestra fe en El, y ruega para que se manifiesta esa unidad y esa comunión. Será además el gran signo que mostremos ante el mundo que nos rodea de la verdad y de la importancia de la fe que profesamos. ‘Para que el mundo crea’, dice Jesús en su oración.

Es un gran déficit que aun mantenemos en nuestra vida y, por qué no decirlo, en la vida de la Iglesia. Seguimos con nuestra tendencia al individualismo y cuanto nos cuesta formar verdadera comunidad, crear de verdad esos lazos de amor que nos lleven a vivir esa comunión entre todos. Asignatura pendiente a nivel personal porque no siempre ponemos todo de nuestra parte para lograr esa unidad; mantenemos nuestras distancias, miramos primero por lo nuestro y por los de aquellos que están más cercanos a nosotros, seguimos pensando en nuestros intereses particulares.

Asignatura pendiente en nuestras comunidades. Nuestras parroquias no terminan de ser verdaderas comunidades. Nos reunimos cada domingo para la celebración de la Eucaristía que tendría que ser la mayor expresión de esa unidad, pero incluso en nuestros propios encuentros para la celebración seguimos manteniendo nuestras distancias; tenemos nuestro sitio en el templo, por ejemplo, y no nos importa que quedemos distantes de los demás que estamos participando y viviendo la misma celebración; quizá llega el momento de la paz y muy efusivamente nos damos la paz entre los que nos encontramos más cercanos, pero cuando termina la celebración salimos por la puerta cada uno por nuestro lado como si nunca nos hubiéramos visto o no nos conociéramos.

Y el resto de la semana ¿qué lazos de amistad y unidad mantenemos con los que hemos estado participando en la misma celebración? Hace poco me encontré con la sorpresa de un señor que va a la misma Eucaristía que yo los domingos, incluso participa haciendo las lecturas de la liturgia, aunque eso sí, él está en su banco de siempre con el familiar que le acompaña, pero resulta que vive a pocos metros de donde yo vivo, y nunca nos vemos, ni nos saludamos, ni mantenemos una amigable conversación ya que cada domingo participamos en la misma Eucaristía. ¿Qué nos está faltando a ambos? Y pienso en mí mismo, el primero. ¿Qué signo estamos dando a los que viven a nuestro alrededor que quizá saben muy bien que tanto él como yo vamos a misa todos los domingos?

Hablamos bonito de la unidad, rezamos incluso por la unidad, pero algo nos falta que no damos señales de esa unidad y de esa comunión que entre los que creemos en Jesús tendría que haber.

miércoles, 24 de mayo de 2023

Porque nos sentimos amados y estrechamos cada vez más nuestros lazos de amor con Jesús podremos llegar a ser signos y testigos creíbles del evangelio en el mundo

 


Porque nos sentimos amados y estrechamos cada vez más nuestros lazos de amor con Jesús podremos llegar a ser signos y testigos creíbles del evangelio en el mundo

Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

¿Quién no desea para sus amigos lo mejor y que ningún peligro pueda afectarles o hacerles daño? En la medida en que anudan los lazos de la amistad estaremos sintiendo como algo propio lo que le pueda suceder al amigo, nos alegramos con sus alegrías, soñamos con sus esperanzas, sufrimos con lo que les pueda afectar y buscaremos en todo momento lo mejor. Es la señal y la muestra del amor y de la amistad. Si en un momento tenemos que separarnos de ellos, la despedida se convierte en recomendaciones y en buenos deseos, y ya pondremos de nuestra parte lo que sea para que nada les falta, nada les afecte; además nos daremos cuenta que por esos lazos de amistad que hemos creado, los demás verán en ellos como una imagen nuestra, de manera que si alguno nos repudia, hay la posibilidad de que a ellos también los repudien.

Es lo que está expresando Jesús en aquellos momentos de la cena pascual, cuya sobremesa ha sido momentos de confidencias y recomendaciones, y que ha terminado convirtiéndose en oracion, en estos momentos por los discípulos que quedan en el mundo. ¿Qué pide Jesús? que su ausencia no les pueda afectar tanto como que se pudieran ir a la desbandada, pero también pide para ellos que manifiesten de verdad el signo de la unidad entre ellos; si hasta ahora se han sentido como una piña en torno a Jesús, que ahora se mantenga esa unidad, porque además va a ser señal para que el mundo crea. ‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros’. Volverá Jesús más adelante a insistir en lo mismo.

Pero los anuncia Jesús también que igual que el mundo le rechazó a El, a ellos también los van a rechazar. ‘Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo’.

Pero en medio del mundo los deja porque a él han de ir con una misión. Son los continuadores de la obra de Jesús, los enviados de Jesús. ¿No los había elegido para que fueran apóstoles? Los había elegido para que estuvieran con El; a ellos de manera especial había ido instruyéndolos para la misión que han de realizar. Ahora han de sentirse los enviados de Jesús.

‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad’. Pero no solo van con la misión de Jesús sino con la fuerza de su Jesús; les ha prometido su Espíritu. Llevan la garantía de su amor. Y los que se sienten amados van siempre con la alegría de ese amor a comunicar a los demás su experiencia, el amor que han vivido y les ha engrandecido. Cuando lo reciban en Pentecostés han de repartirse por el mundo con la misma misión de Jesús, con la misma obra de Jesús.

¿Sentiremos en verdad nosotros esos lazos de amor para vivir esa necesaria unión profunda con Jesús, pero también para sentirnos enviados con su misma misión? Es algo en lo que tenemos que ahondar en nuestra vida. Algo quizás nos está fallando en el recorrido de nuestra vida cristiana. Muchas veces la hemos reducido demasiado a unos cumplimientos, a hacer cosas, pero no hemos profundizado lo necesario en esa experiencia de sentirnos amados. De ahí vienen los cansancios y los abandonos, de ahí viene ese poco entusiasmo con que vivimos nuestra fe, de ahí surgen esos miedos y cobardías para dar la cara por el evangelio, fruto de ello es esa tibieza espiritual con que vivimos contentándonos muchas veces con los mínimos, pero con esa falta de coraje para dar testimonio, para ser en verdad signos y testigos creíbles en medio del mundo.

Cultivemos nuestra espiritualidad que es saborear ese amor que Dios nos tiene. Sentiremos entonces empuje en nuestro corazón, mayor compromiso en nuestra vida, daremos testimonio de un amor autentico, haremos un verdadero anuncio del evangelio.

jueves, 2 de junio de 2022

Es doloroso el escándalo de la falta de unidad en nuestras comunidades que las destruye y nos impide ser signos auténticos de Jesús para que el mundo crea

 


Es doloroso el escándalo de la falta de unidad en nuestras comunidades que las destruye y nos impide ser signos auténticos de Jesús para que el mundo crea

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Dolor sentimos en el alma cuando vemos que una cosa, una tarea, una obra que con mucho cariño habíamos emprendido luchando y trabajando por conseguir lo mejor, por culpa de la división o el enfrentamiento de aquellos por los que trabajamos o que serían sus beneficiarios o de aquellos que tenían la misión de continuar dicha tarea, aquello se destruye y se viene abajo.

¿Por qué tienen que surgir esas ambiciones que nos enfrentan y que nos hacen estar como a la rapiña? ¿Por qué no somos capaces de con el mismo mimo y cuidado seguir haciendo que aquello se mantenga en pie, pues con tanto bien puede a la larga beneficiarlos a todos?

Pero mira cómo somos, qué pronto lo que comenzamos a hacer es buscar nuestro beneficio, o como nos sentimos mal cuando vemos que otros son felices y las cosas le marchan bien. Envidias, recelos, desconfianzas, ambiciones, orgullos tantas cosas que se nos meten por medio y son causa de destrucción en lugar de mantener la unidad.

Nos sucede tantas veces en todos los ámbitos de la vida social. Pareciera que siempre nos gusta estar jugando a la guerra; pero no es un juego, es una cruel realidad en nuestras comunidades, en nuestros grupos y desgraciadamente lo vemos también en el ámbito de nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias, en nuestra Iglesia. Queremos que sobresalga nuestro grupo y no nos importa destruir lo que hagan los demás; en nuestros orgullos y vanidades lo que pretendemos es sobresalir porque a la larga lo que queremos es humillar a los que no son de nuestra cuerda.

Es doloroso, pero es la realidad. Es doloroso y no nos podemos cruzar de brazos. Es doloroso y tenemos que escuchar hoy la oración de Jesús al Padre pidiendo por la unidad de todos los que creemos en El. El sabía bien lo que nos iba a suceder. Cuántas guerras nos hacemos también dentro de la Iglesia. Cuánto nos falta de la misericordia, pero de la de verdad. Cuánto nos falta del amor verdadero que hace verdadera comunión.

Cuando hablamos de la unidad de la Iglesia nos refugiamos enseguida en ese gran drama de la Iglesia de Jesús que es la falta de la unidad de los cristianos que ha creado tan diversidad de Iglesias en que todos se quieren considerar la verdadera y tanto nos cuesta ese diálogo y entendimiento pero lo que llamamos la unidad de los cristianos. Claro los cristianos de pie nos parece que casi tenemos que desentendernos de eso por va por otras alturas y ahí poco podríamos hacer.

Pero no olvidemos que el escándalo de la falta de unidad está en nuestras pequeñas comunidades, en esa misma Iglesia a lo que nosotros pertenecemos y en la que vivimos que vive tantas veces rota por dentro. Y ahí sí tenemos mucho que hacer, ahí tenemos que comenzar a poner esa unidad y esa necesaria comunión; entre los más cercanos, entre los que nos encontramos todos los domingos cuando entramos o salimos de nuestras celebraciones pero que ni nos conocemos aunque seamos del mismo pueblo. En esas pequeñas comunidades en las que muchas veces destruimos tanto con nuestras críticas, con nuestro despego y no participación, con nuestra dejadez y despreocupación. Qué imagen tan desastrosa damos tantas veces ante el mundo que nos rodea.

Escuchemos las palabras de Jesús y rumiémoslas en nuestro corazón. ‘No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí’.

jueves, 24 de marzo de 2022

Tenemos que convencernos que como cristianos tenemos que ser sembradores de paz y de comunión, buscando siempre el encuentro para recorrer caminos de colaboración entre todos

 


Tenemos que convencernos que como cristianos tenemos que ser sembradores de paz y de comunión, buscando siempre el encuentro para recorrer caminos de colaboración entre todos

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

¿Por qué seremos así? Siempre hay alguien que tras cada cosa, por muy buena que sea, siempre estará viendo una segunda intención, siempre andará en desconfianza o queriéndonos poner en desconfianza, siempre tratará de decirnos que hay algo turbio, siempre hay una mala intención, siempre hay una razón oculta. Desconfiados terminamos por destruirnos; desconfiados contagiamos a los demás de nuestra desconfianza, y luego terminaremos sin tener en qué apoyarnos.

Nunca se será capaz de aceptar lo bueno que pueda haber en la actuación de los demás sobre todo si los consideramos adversarios. Parece que siempre tenemos que estar enfrentándonos como enemigos que llevan el odio por bandera. Y esa forma de actuar nos destruye en lo más hondo de nosotros mismos. Lo contemplamos en el día a día de nuestra sociedad, donde siempre se irá echando abajo – hasta en el sentido más material de la palabra – lo que hayan podido hacer otros.

Cuando alguien tiende la mano para el diálogo y para construir unidos, siempre andamos con desconfianza hacia esa mano tendida. Vamos por la vida en un diálogo de sordos porque solo nos oímos y nos queremos ver a nosotros mismos como los únicos salvadores. Y así surge una crispación en la sociedad que termina por llenarnos de violencia. Siento en verdad tristeza en el corazón cuando veo esa manera de actuar sobre todo en quienes tienen la responsabilidad de dirigir nuestra sociedad y ser constructores de una sociedad mejor que tendría que ser contando con la colaboración de todos. Tenemos que tener cuidado de no contagiarnos con esa mala levadura, o diría peor, de esa cizaña sembrada de mala manera en nuestros corazones.

‘Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa’, les responde Jesús cuando andan acusándolo con la incongruencia de que los milagros que realiza los hace con el poder del espíritu del mal. ¿En qué cabeza cabe? Pero esta frase de Jesús no solo hemos de verla en esa apología contra la incongruencia de quienes no aceptan las obras de bien que realiza, sino que además puede ser un toque de atención para esa división que hay entre nosotros cuando no somos capaces de aceptarnos, cuando nos hacemos la guerra entre nosotros mismos.

Nos tendría que dar que pensar para esas relaciones enfrentadas y llenas de violencia que hay entre nosotros en el pan nuestro de cada día, pero que algunas veces descubrimos entre quienes más unidos tendríamos que estar en torno a Jesús. No siempre los creyentes vivimos esa necesaria comunión entre nosotros. Es, sí, la ruptura de la falta de unidad de los cristianos y miramos la iglesia en su globalidad, pero tendríamos que mirar en la cercanía a donde estamos para ver que no siempre resplandece esa comunión entre los mismos que participamos en la misma Eucaristía cada semana, el día del Señor.

Nuestras comunidades muchas veces están rotas, porque ni entre nosotros mismos nos conocemos; no somos capaces de ver y reconocer lo que está haciendo el hermano que está dos bancos más atrás de nosotros en el templo, porque no nos conocemos, porque no hay cercanía entre nosotros. Muchas tendrían que ser las cosas que tendríamos que revisar, muchas las actitudes y posturas nuevas que tenemos que hacer surgir de nuestro corazón, muchas las cosas de las que tendríamos que desprendernos porque a la larga pueden ser sombras que llevamos en nuestra vida.

Mucha tendría que ser la apertura que como cristianos tenemos que hacer a esa sociedad en la que vivimos y donde tendríamos que ser siempre sembradores de paz y de comunión, buscando el encuentro, trabajando para que sepamos encontrar esos caminos de colaboración entre todos y dejemos ya de una vez de ponernos tantas zancadillas.

Es el camino de conversión que vamos realizando en este tiempo cuaresmal buscando que haya verdadera pascua en nosotros.