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domingo, 28 de mayo de 2023

Dejemos que nuestros corazones se inunden del Espíritu de Dios y nos sentiremos transformados en el amor dándole sentido a esta fiesta de Pentecostés

 


Dejemos que nuestros corazones se inunden del Espíritu de Dios y nos sentiremos transformados en el amor dándole sentido a esta fiesta de Pentecostés

Hechos 2, 1-11; Sal 103; Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Podríamos comenzar diciendo que el deseo de Dios al realizar la obra de la creación fue el crear una única humanidad. El relato de la creación del Génesis podemos decir que está lleno de imágenes míticas que vienen a ser como resumen de las diferentes concepciones de los pueblos antiguos sobre el sentido de la vida y de la humanidad, pero en el fondo hay un pensamiento y una revelación para nosotros los creyentes de lo que era ese deseo de Dios, la creación de una única humanidad. Fuimos los hombres los que no supimos vivir esa unidad de toda la humanidad y los que fuimos con nuestro egoísmo y con nuestra ambición creando esa ruptura entre los que tendríamos que haber vivido una unidad de amor.

El sueño de grandezas y de endiosarnos, las envidias que nos corroen y nos destruyen, la ambición del dominio para ponernos siempre en un pedestal más alto donde nadie nos pueda dar sombra, fueron sembrando esa ruptura de la humanidad, que creo barreras y abismos entre unos y otros, de manera que ya no éramos capaces de llegar a un entendimiento en esa misma y única humanidad. La imagen de la torre de Babel que nos habla de confusión de lenguas nos está hablando de esas rupturas, de esos distanciamientos, de esos abismos entre unos y otros.

Aquel anuncio de salvación hecho desde el primer momento de la aparición del pecado en el hombre, será algo que mantendrá la esperanza de la salvación para esa humanidad rota y dividida. En Jesús vemos el cumplimiento de esa promesa y el comienzo de esa nueva humanidad, por algo Jesús nos lo fundamentará todo en el amor. Será el amor el que tenderá puentes entre esos abismos que nos habíamos creado, será el amor el que creará lazos que nos unan y nos acerquen para vivir en un sentido nuevo de esa nueva humanidad.

Será la fuerza del Espíritu que Jesús nos promete el que nos anudará en el amor y el que nos dará fuerza para esa nueva creación. Ya se nos hablará de un cielo nuevo y de un mundo nuevo, ya se nos hablará de un hombre nuevo nacido desde la fe y el amor, ya se nos hablará de un sentido nuevo de relación porque somos hermanos, porque somos hijos del mismo Padre del cielo.

Y es lo que hoy estamos celebrando, la presencia de ese don del Espíritu que Jesús nos ha prometido para hacer esa humanidad nueva. Por una parte escuchamos cómo Jesús resucitado infunde el don del Espíritu sobre los apóstoles, como se nos dice, con el poder del perdón de los pecados. Es el principio de esa humanidad nueva, recibimos el perdón por esa destrucción de muerte que con nuestro pecado habíamos creado para que esas sombras queden vencidas para siempre, porque la muerte ha sido vencida y con la resurrección de Cristo una nueva vida ha nacido.

Es el anuncio de buena nueva que tenemos que llevar, es posible un sentido nuevo de vida porque hay perdón, porque hay amor, porque para eso se nos ha dado la fuerza del Espíritu, que como un fuego purifica y hace renacer un nuevo corazón. Tras las cenizas de ese fuego purificador renace la vida, aparece una nueva vida.

Pero otra imagen se nos ofrece hoy en el texto sagrado. Cuando el Espíritu Santo se ha presente en los apóstoles y discípulos de Jesús reunidos en el Cenáculo el día de Pentecostés, no solo será el impulso que sentirán en sus corazón para salir a anunciar esa Buena Nueva a aquella humanidad, venida de todas partes y congregada ahora en Jerusalén, sino que será posible que todos puedan entender las maravillas de Dios cada uno en su propio idioma. Ya no hay disparidad de idiomas como en Babel que fue imagen y origen de dispersión, sino que ahora será signo de unidad porque todos podrán escuchar el mismo mensaje de salvación.

Es el Espíritu que nos acerca, el Espíritu que crea nuevo entendimiento en nuestros corazones, el Espíritu que rompe las barreras que nos distanciaban para crear esa nueva humanidad, el Espíritu que creará ese hombre nuevo para ese mundo nuevo, para ese cielo nuevo, porque lo viejo ha pasado y la vida nueva ha renacido.

Es el Espíritu que seguimos necesitando, porque necesitamos rehacer nuestras esperanzas. Aun muchas veces nos llenamos de pesimismo porque no terminamos de hacer ese mundo nuevo; seguimos matándonos con nuestras ambiciones, seguimos destruyéndonos con nuestras envidias, seguimos creando barreras con nuestra insolidaridad que se manifiesta de tantos modos, seguimos abriendo brechas en las familias, en los pueblos, entre los vecinos o los amigos porque nos corroen nuestras malicias, nuestras desconfianzas, nos dejamos arrastrar por el materialismo de la vida y hacemos desaparecer las grandes metas y los altos ideales.

Nos parece una espiral sin fin y un camino sin salida, pero necesitamos despertar de nuevo la esperanza, tenemos que dar señales de que es posible un mundo nuevo, tenemos que ser signos con un nuevo estilo de vivir, con un compromiso fuerte de los que creemos en Jesús de que es posible esa nueva humanidad. Aunque nos parezca insalvable la montaña de mal que tenemos que superar, creemos en el perdón y creemos en el amor, con nosotros tenemos la fuerza del Espíritu. Dejemos que nuestros corazones se inunden del Espíritu de Dios y nos sentiremos transformados en el amor.

domingo, 15 de mayo de 2016

No nos quedemos con las puertas cerradas, al celebrar Pentecostés abramos el corazón a la acción del Espíritu y dejémonos transformar por El.

No nos quedemos con las puertas cerradas, al celebrar Pentecostés abramos el corazón a la acción del Espíritu y dejémonos transformar por El

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
Para siempre nosotros identificamos Pentecostés con el Espíritu Santo, con la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en el cenáculo y que en esa fiesta, como nos narra Lucas en los Hechos de los Apóstoles, se derramó abundantemente sobre ellos.
Bien sabemos que era una fiesta judía, de las siete semanas – de ahí el significado de la palabra – en que se conmemoraba la recolección de las cosechas, ya casi al comienzo del verano, con la entrega de las ofrendas de los diezmos y primicias como estaba prescrito en la ley judía. Era también la fiesta que recordaba sus tiempos en el desierto viviendo en tiendas – otra de las características de la fiesta – y se convertía así en la fiesta de la identificación nacional del pueblo judío, era la fiesta de la ley dada en el Sinaí.
Ahora más que una fiesta de ofrenda del fruto de nuestros trabajos de lo que nosotros podamos ofrecer al Señor, es el recibir el regalo de Dios que nos concede el don de su Espíritu que sí va a ser la identificación del pueblo nuevo de la nueva y eterna alianza. No es la ley la que nos identifica y nos salva, sino que será el Espíritu Santo el que nos va a dar una nueva justificación porque es el que verdaderamente nos hace llevar la salvación.
La lectura de los hechos de los apóstoles está llena de imágenes y de signos que nos tienen que ayudar a profundizar en la verdadera acción del Espíritu que se realiza en nosotros. Las llamaradas o lenguas de fuego, el ruido de viento recio, el nuevo lenguaje que todos entienden – cada uno los entiende en su propio idioma - son signos de esa fuerza transformadora del Espíritu Santo en nosotros que hace arder nuestros corazones en un amor nuevo que nos trasforma a nosotros y contagia de esa transformación a cuantos nos rodean; es esa nueva forma de entender también todo el misterio de Dios que nos tiene que llevar a ese entendimiento y a esa nueva comunión. 
Es el Espíritu que crea en nosotros una nueva unidad, una nueva comunión porque esos diversos carismas, cualidades, valores que cada uno de nosotros tenemos no son anulados sino todo lo contrario puestos siempre al servicio del bien común. En la nueva comunidad de los creyentes en Jesús no caben las insolidaridades ni las búsquedas de mé
ritos para sentirnos mejores o superiores a los demás, sino que en ellas todos hemos de saber compartir porque no sentimos como propio lo que tenemos sino que el Espíritu nos impulsa siempre a ese nuevo compartir para el enriquecimiento humano y espiritual de todos.
Es ese lenguaje nuevo del amor que nos hace cercanos y solidarios, que nos hace sentir hermanos y entrar en una nueva relación, que hace desaparecer barreras creando nuevos lazos de entendimiento y comunión.
Es el Espíritu que nos llena de la verdadera alegría y de la verdadera paz porque nos trae el perdón y la capacidad de la reconciliación y del reencuentro. Con el Espíritu se derrama sobre nuestro mundo, sobre nuestra vida, la infinita misericordia divina, para sentirnos perdonados y encontrar así la paz, pero para encontrar también la capacidad del perdón que generoso concedemos a todos y que nos llevará a la más profunda paz. ‘Recibid el Espíritu Santo a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…’ les decía Jesús a los discípulos como regalo pascual.
No caben en esta nueva comunidad ni las venganzas ni los resentimientos, los odios y rencores mantenidos cual pequeñas ascuas en el corazón, sino que siempre hemos de estar abiertos a ese perdón generoso, a ese olvido, a ese de nuevo revalorar a las personas para no marcarlas con un sambenito que les angustien para siempre. Por la fuerza del Espíritu seremos capaces de arrancar para siempre de nosotros esos venenos que tanto daño nos hacen y que realmente nos quitan a nosotros la paz.
Sería inconcebible que en la Iglesia que tiene que ser Madre y Maestra de misericordia y de perdón no se tuviera esa capacidad de perdón generoso para todos los pecadores, sean cuales sean sus pecados y su gravedad. Este año de la misericordia que estamos celebrando tendría que hacernos reflexionar profundamente sobre ello para manifieste genuinamente siempre ese rostro misericordioso de Dios.
Celebramos Pentecostés, celebramos el don del Espíritu que hace nacer una nueva comunidad, celebramos el nacimiento de la Iglesia. No nos quedemos con las puertas cerradas, abramos el corazón a la acción del Espíritu y dejémonos transformar por El.

domingo, 24 de mayo de 2015

Con la fuerza del Espíritu desde la Pascua iniciamos el camino de una nueva creación

Con la fuerza del Espíritu desde la Pascua iniciamos el camino de una nueva creación

Hechos, 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
Con la Pascua por la fuerza y la gracia del Espíritu que Cristo resucitado nos concede iniciamos el camino de una nueva creación. Recordemos lo que nos ha dicho san Pablo y tantas veces habremos meditado, somos una nueva creatura, unos hombres nuevos nacidos por el agua y el Espíritu como nos había anunciado Jesús. Es lo que hemos pedido en el salmo: ‘Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla, renueva la faz de la tierra’.
Hoy, Pentecostés, estamos celebrando ese don del Espíritu que realiza esa nueva creación, que nos hace hombres nuevos y creatura nueva. Es el don de la Pascua. El evangelista Juan nos sitúa esa donación del Espíritu en la tarde de ese primer día, el día de la resurrección del Señor. San Lucas nos lo situará en el mismo lugar también, el cenáculo, cincuenta días después cuando los judíos celebraban la fiesta de Pentecostés.
Aquella creación salida buena de las manos del Creador - vio Dios que todo era bueno, nos decía el Génesis - fue destruida con el mal que se metió en el corazón del hombre creando división entre los hombres - ya Adán y Eva se echaban la culpa el uno al otro de ese mismo mal expresándose así esa división - que viene a tener una expresión bien significativa en la confusión de las lenguas de Babel que dividió y dispersó a la humanidad que era incapaz de entenderse.
Ahora un signo que manifiesta esa nueva unidad y comunión nacida en esta nueva creación de la Pascua será que gentes venidas de todos los lugares conocidos, aunque con lenguas distintas, serán capaces de oír hablar de las maravillas de Dios a una en su propia lengua. La confusión del orgullo del corazón de los hombres que los había dispersado se ha transformado en esta nueva creación en unidad y entendimiento para crear una nueva humanidad.
La fuerza del Espíritu todo lo transforma. Pero ya san Lucas nos va dando pautas de cómo hemos de prepararnos a esa acción del Espíritu. Si Juan nos había dicho que estaban encerrados por miedo a los judíos en aquel primer día de la nueva Pascua con la presencia de Cristo resucitado habían comenzado a cambiar las posturas y las actitudes. San Lucas, en versículos anteriores a los que hoy hemos escuchado, nos relataba cómo el grupo de los discípulos después de la Ascensión de Jesús se habían quedado reunidos y unánimes perseveraban en la oración en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. En la oración en común habían comenzado, por así decirlo, a ensayar ese nuevo estilo de vivir la nueva creación que se estaba realizando en sus corazones.
Juan nos dirá que Jesús sopló sobre ellos y les dio la fuerza de su Espíritu para el perdón delos pecados; el pecado que nos había dividido y creado el hombre viejo había sido vencido en la Pascua por la muerte y la resurrección del Señor; ahora caerían todas esas barreras con que el pecado nos había dividido y distanciado porque por la fuerza del Espíritu el perdón de los pecados que nos restauraba para hacer un hombre nuevo sería el anuncio de salvación que habría de llegar a todos los hombres.
Lucas en los Hechos nos describirá grandes señales del cielo como el viento impetuoso y las lenguas de fuego que se posaban sobre cada uno de ellos para manifestarnos así la fuerza y la presencia del Espíritu realizando esa nueva creación. ‘Y todos se llenaron del Espíritu Santo…’ Y ya hemos hecho referencia a ese nuevo entendimiento que nacía en el corazón de todos porque ‘cada uno los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua’.
Maravillas de Pentecostés. Una nueva humanidad y una nueva creación en la que todos estamos llamados a la comunión, al entendimiento, a caminar juntos sin que nada nos divida ni separe. Unos nuevos lazos, los lazos del amor del que el Espíritu nos inunda, comenzarán a anudar los corazones para que caminemos juntos y cada uno desde sus diversos y particulares dones pueda contribuir al bien común. ‘Diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; diversidad de servicios, pero un mismo Señor; diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común’.
Cuando hoy estamos nosotros celebrando Pentecostés y el don del Espíritu que también nosotros hemos recibido en nuestro Bautismo y de manera especial en la Confirmación tendríamos que reflexionar cómo vivimos ese don del Espíritu en nuestra vida. ¿En verdad nos sentimos esas nuevas creaturas, esos hombres nuevos nacidos de la Pascua y llamados a vivir siempre en la comunión y en la unidad? ¿Cómo se manifiesta esa comunión entre nosotros, en mi vida? El lenguaje de mi vida, mis gestos, mis actitudes, mis comportamientos ¿son signos que hablan a los demás de las maravillas del Señor para que todos puedan entenderlos?
Esos dones que hemos recibido, esos valores que hay en nuestra vida ¿somos capaces de ponerlos en verdad en servicio de los otros, en servicio del bien común? ¿En verdad sentimos que el pecado - ese pecado que nos divide y nos destruye - por la fuerza del Espíritu está realmente vencido en nuestra vida sintiéndonos ese hombre nuevo de la gracia?
Es cierto que la tentación nos acecha, que el pecado ronda a nuestro alrededor y muchas veces quizá nos enreda; pero no podemos olvidar que tenemos la fuerza del Espíritu, que tenemos que vivir como esa nueva creatura, que tenemos que saber invocar al Espíritu del Señor que nos fortalezca con la gracia, conscientes que siempre tenemos que manifestarnos como esos hombres nuevos que están inundados del Espíritu del Señor.
Ven, Espíritu divino, penetra hasta lo más hondo de mi ser llenando con tu luz mis oscuridades y con la riqueza de tu gracia los vacíos de mi vida.