Estamos llamados como Juan a ser voz en medio de nuestro mundo que prepare también los caminos del Señor, con nuestra vida ser evangelio para los demás
1Juan 2, 29 – 3, 6; Salmo 97; Juan 1, 29-34
Hemos venido contemplando y celebrando todo el misterio de la Navidad. Contemplamos ese momento maravilloso en que Dios nace hecho hombre en el niño que contemplamos en Belén. Contemplamos su pequeñez y su humildad, contemplamos su pobreza que nace, podíamos decir, en medio de un camino, mientras María y José se dirigen a Belén - ¡cuántas cosas nos tendría que recordar este detalle que estamos resaltando! -, contemplamos al niño al que se busca su muerte y tendrá que salir errante como un refugiado camino de Egipto.
Hemos contemplado su gloria, el resplandor de los ángeles y del cielo cuando anuncian a los pastores el nacimiento de este niño que es el Salvador o cuando cantan diríamos que con toda la creación la gloria de Dios que nos trae la paz porque a todos sigue Dios amando, aunque para muchos pase desapercibido ese canto. Pudiera parecer que esas estrellas se van apagando, aunque aún tengamos que ver la de la Epifanía, como se van difuminando las luces de nuestros adornos de navidad y al final nadie sabrá que hemos celebrado el nacimiento del Salvador del mundo. ¿Hasta dónde llegará nuestro testimonio?
Pero la liturgia, para nosotros los cristianos que queremos seguir más de cerca todo este misterio de la Navidad, sigue erre con erre repitiéndonos y anunciándonos una y otra vez quién es ese Niño que hemos contemplado en Belén. Aunque haya pasado una semana aun no se ha acabado la Navidad, aunque para el creyente en Jesús casi tendríamos que decir que cada día y siempre tenemos que seguir viviendo el espíritu y el sentido de la navidad en nuestra vida.
Una vez más nos aparece la figura del Bautista, en lo que van siendo ya sus últimas apariciones en el Evangelio. Lo que hoy se nos relata es un hecho sucedido ya después del Bautismo de Jesús, aunque aún nos quedan días para celebrarlo cuando culminemos este tiempo de la Navidad. En torno a Juan permanecen los que le siguen escuchando fielmente. Y a ellos señala directamente quién es Jesús, aquel que de su mano había querido recibir aquel bautismo haciéndose uno con el pueblo que necesitaba preparar los caminos del Señor.
Pero el Señor ya está en medio de ellos. Es lo que viene a señalar Juan en esta ocasión. ‘Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel’.
Claramente nos lo está señalando. ‘El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y les recuerda lo que ya les había dicho. Él no lo conocía pero ahora él ha podido contemplar todo el misterio de Dios. Él había hablado de quién venía detrás de él pero que estaba delante suyo porque existía desde siempre. No lo conocía pero esa era su misión, ‘bautizar con agua para que sea manifestado a Israel’, preparar los caminos del Señor como había anunciado el profeta. Si ahora podía anunciarlo era porque se le había revelado en su corazón. ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y eso lo había contemplado cuando lo bautizó con las aguas del Jordán. Allí se había visto la gloria de Dios.
Es lo que a nosotros también se nos revela y se nos recuerda. No nos quedamos en lo infantil que tantas emociones quizás nos haya producido. Necesitamos también saber maravillarnos en las cosas de Dios y tal como Él quiere manifestárnoslas. Todo ese misterio de Belén con todos esos detalles que tantas veces hemos recordado necesitamos también revivirlos en nuestro corazón. Pero hemos de dar un paso adelante para reconocer todo el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús y lleguemos así a una fe madura y a una fe comprometida con el sentido y los valores del Evangelio. Porque es el evangelio total de Jesús el que tenemos que escuchar para que maduremos nuestra fe, para que lleguemos a ser esos cristianos comprometidos en medio del mundo.
¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? Quizás tengamos también que reconocer como lo hacía Juan que nosotros quizás no habíamos llegado a conocerle de verdad; pero a lo largo de nuestra vida cuántos impulsos, cuántas revelaciones hemos sentido en nuestro corazón que nos llevaban a esa confesión de nuestra fe en Jesús.
Ya son cosas que no podemos echar en el olvido sino que han de dejar una marca en nuestra vida, y de ello tenemos que dar testimonio; estamos llamados también como Juan a ser voz en medio de nuestro mundo que prepare también los caminos del Señor, con nuestra vida tenemos que ser evangelio para los demás, también como Juan tenemos que señalar a Jesús que es nuestro único Salvador, la única Salvación para nuestro mundo.