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domingo, 28 de diciembre de 2025

Sagrada Familia de Nazaret, buena noticia de evangelio para nuestros hogares, caldo de cultivo de nuestra humanidad con los más hondos valores

 


Sagrada Familia de Nazaret, buena noticia de evangelio para nuestros hogares, caldo de cultivo de nuestra humanidad con los más hondos valores

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23

Hoy, en este domingo más próximo al día de la Natividad del Señor, mientras seguimos celebrando con toda solemnidad la semana de la octava de la Navidad, la Iglesia nos invita a contemplar y a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, José y María, la Sagrada Familia de Nazaret. No es para menos; Dios al encarnarse y hacerse hombre por nuestra salvación quiso nacer en el seno de una familia, así en todo quiso ser semejante a nosotros, pero para que también en el seno de un  hogar encontremos y escuchemos la buena noticia de nuestra salvación, haciendo así que aquel hogar de Nazaret, como tienen que serlo también nuestros hogares cristianos, sean evangelio para el mundo.

Son pocos los detalles en el evangelio en el que se plasman las características de aquel  hogar, de aquella familia, pero aun así tenemos que reflexionar y saber ahondar en ese evangelio que, como decíamos, es para nosotros y así aprendamos a ser nosotros también evangelio para el mundo. Detalles que nos descubren la fe, la humanidad y la grandeza de aquel hogar siempre abierto a la revelación de Dios, al misterio de Dios que se les manifiesta y les señala caminos a través de diversos signos pero que saben acoger e interpretar.

Podíamos decir mucho de la actitud de fe de María en disponibilidad siempre para lo que sea la voluntad del Señor; es la acogida al Ángel del Señor que se le manifiesta y ese meditar y rumiar en su corazón con disponibilidad total ese evangelio que se le transmite, esa buena noticia que no lo será solo para ella sino para toda la humanidad. Y María se sentirá llena del Espíritu para hacer que de ella nazca el Hijo de Dios, pero será la que se deja guiar por el Espíritu para aceptar el plan de Dios. Pero junto a ello veremos la grandeza de su humanidad que prontamente se pone en camino para el servicio, para visitar a su prima Isabel ante el próximo nacimiento de Juan.

Pero es la fe y la grandeza humana que también contemplamos en José. ‘Era bueno’,  nos dice el evangelista cuando se ve envueltos en dudas y elucubraciones cuando aun no entiende el misterio que en María se está realizando. Sabrá leer y escuchar los signos que Dios pone por boca del ángel en sueños para también dejarse guiar por Dios. Recibió a María, su mujer, como le había dicho el ángel en su casa.

Pero nuevos caminos se abrían ante José y aquel hogar a los que sabrá responder con su responsabilidad de esposo y padre. Cuando Dios entra en nuestra vida siempre nuevos caminos se abren ante nosotros y es donde vamos a manifestar la grandeza de nuestro espíritu y de nuestra humanidad. Los pocos datos que el evangelio nos da de José son todos como una peregrinación.

Primero Belén para el cumplimiento del edicto de empadronamiento y allí en la pobreza de un establo nacerá Jesús. Tras esos momentos familiares, aunque lejos de su hogar, de la circuncisión y de la presentación en el templo y la visita de los Magos de Oriente, de la que nos hablará el evangelio de san Mateo, su peregrinar será hasta Egipto evitando la matanza del airado Herodes, como más tarde su regreso a Nazaret. Ahí contemplamos la fe, la madurez humana, la responsabilidad que se refleja en la personalidad de José. Siempre en silencio, siempre dispuesto a escuchar a Dios en su corazón, siempre dispuesto a ponerse en camino desde su responsabilidad.

Toda una buena nueva para nosotros, todo un evangelio vivo que tenemos que hacer vida también en nosotros. Tenemos que aprender a centrar nuestra vida en lo que es verdaderamente fundamental; tenemos que aprender a darle hondura a nuestra vida familiar y de quien mejor podemos aprender que de este hogar y familia de Nazaret.

Dios estaba en el centro de aquel hogar, por supuesto, porque estaba Jesús que era el Hijo de Dios hecho hombre, pero Dios estaba desde siempre en el centro de aquel hogar porque habían centrado su vida en la fe para abrirse a Dios y descubrir el plan de Dios para sus vidas – qué claro lo vemos en María y en José como hemos venido reflexionando – pero eso no les restaba humanidad y responsabilidad ante la vida asumiendo el lugar que les correspondía, caminando juntos en todas las circunstancias, afrontando con un solo corazón desde esa comunión de amor que vivían las dificultades o los imprevistos que iban surgiendo, no perdiendo nunca el buen ánimo para ir dando cada paso que fuera necesario con toda responsabilidad, siempre además disponibles para el servicio aunque eso significaba en ocasiones olvidarse de sí mismo para atender a las necesidades de los demás.

Todo un evangelio para nosotros, para nuestros hogares, para nuestras familias; toda una senda y un recorrido que se abre también ante nosotros para el testimonio que tenemos que dar ante el mundo que nos rodea. Sepamos centrar nuestra vida en lo que es verdaderamente importante y comprendemos lo que es lo verdadero en el amor que hemos de vivir, y podremos crecer y madurar en humanidad para hacer resplandecer los verdaderos valores que realmente nos hacen grandes.

¿Será algo así lo que vivimos en nuestros hogares? ¿Será ese el caldo de cultivo de los mejores valores que tiene que ser la vida del hogar? ¿Será por ahí por donde ayudaremos a crecer a nuestros hijos y a cada uno de los miembros de nuestro hogar y familia?


domingo, 20 de julio de 2025

Mientras nos sentamos a los pies de Jesús tengamos abiertas las puertas de nuestro patio para vivir lo maravilloso de la acogida que nos hace sentir también a Dios

 


Mientras nos sentamos a los pies de Jesús tengamos abiertas las puertas de nuestro patio para vivir lo maravilloso de la acogida que nos hace sentir también a Dios

Génesis 18, 1-10; Sal. 14; Colosenses 1, 24-28; Lucas, 10, 38-42

Un hogar es algo más que una estancia con unas puertas cerradas para vivir encerrados dentro de unos límites. Un hogar tiene patio y unas puertas que se abren y depende de nosotros si siempre las tenemos abiertas. Es cierto que un hogar es como ese nido de la familia donde nacimos, crecimos, nos desarrollamos y podemos vivir una hermosa experiencia de que nos introduce en caminos de plenitud.

Pero el hogar no es para mirarse solo a si mismo, sino que en cierto modo podemos decir que es también, que debe ser también una pista de despeje. En él, es cierto, hemos encontrado lo mejor para el aprendizaje de ese desarrollo de uno mismo, desde el amor de unos padres, pero desde la convivencia amorosa de todos los miembros de la familia que nos hace crecer.

Pero el hogar no nos aísla, por eso decíamos que tiene patio y puertas que se abren para salir y para entrar, nosotros y también a los que vienen a nosotros con nuestra mejor acogida por nuestra parte. Cuanto han aprendido los que han tenido un hogar así, abierto y acogedor, y como luego su vida se va a desarrollar también en esa acogida pero también en esa ida hacia los otros. Si ha sido de verdad ese nido de amor y de vida para nosotros, hemos estado inundados y contagiados de tal manera por ese amor que se hace difusivo y contagioso a través de nosotros para los demás. No podemos tener las puertas cerradas porque el amor resuma desde ese lugar.

Lo estamos viendo en la palabra de Dios que se nos ofrece en este domingo. Abrahán sentado a la sombra de la encina de Mambré y a la puerta de su tienda acoge en aquellos caminantes a Dios mismo que le visita y a los que ofrece lo mejor de su casa, agua para que laven sus pies y un bocado para recobrar fuerzas para proseguir el camino, como signos hermosos de la hospitalidad. Dios que llega hasta su tienda – imagen del misterio de Dios y de la misma Santísima Trinidad han visto desde siempre los santos padres de la Iglesia en este episodio – que mantiene sus promesas de alianza con Abrahán anunciándole el nacimiento de un hijo, el hijo de la promesa.

En ese mismo sentido escuchamos el relato del evangelio. Jesús de camino hacia Jerusalén se detiene en aquel hogar de Betania, en casa de Marta y María; pronto se pone en juego igualmente la ley de la hospitalidad en la forma que una y otra aquellas mujeres acogen a Jesús con sus puertas abiertas. Es sí la disponibilidad pronta para el servicio de Marta que se afana en hacer todos los preparativos necesarios para la acogida de aquellos huéspedes, pero es también la actitud de María sentada a los pies de Jesús y no perdiéndose ni una de sus palabras.

Siempre nos hacemos nuestras interpretaciones como si hubiera una oposición en la actitud de aquellas hermanas, primero por la queja de Marta que se ve sola para todas las tareas, porque le parece que su hermana no le ayuda, y también por las palabras de Jesús a las que siempre le hemos dado muchas vueltas. ‘María ha escogido la mejor parte’. ¿No era una parte importante también el servicio de los preparativos?

Podríamos preguntarnos si nos parece bien dejar a nuestro invitado solo y encerrado en la sala mientras nos vamos para la cocina pensando solo en hacer café para ofrecerle o preparar unas tortitas... ¿Dónde está la compañía y la presencia? Jesús no dice que no fuera importante y no está queriendo contraponer una cosa a la otra. Jesús nos quiere a ayudar a hacer una verdadera escala de valores para estar a su tiempo en casa lugar.

Creo que esto nos puede ayudar para muchas cosas empezando por lo que es nuestra vida ordinaria de relación con los demás. Damos cosas pero no damos amor; hacemos regalos, pero no regalamos presencia y compañía. Somos capaces de dar algo de nuestro dinero – y mira que nos cuesta desprendernos de nuestro dinero – pero no nos detenemos a mirar a los ojos y hablar con esa persona que nos ha tendido la mano pidiendo una limosna. Nos quejamos de la inhumanidad en la que vivimos a causa de tantos conflictos que hay en nuestro mundo, y miramos con desdén o por encima del hombre para mantener las distancias al inmigrante con el que nos cruzamos por la calle.

Y aquí podemos pensar también en todo lo que significa nuestra relación con Dios y el fondo de nuestra vida cristiana. Resumiendo podríamos decir que sin escuchar a Jesús difícil nos va a ser mantener de forma auténtica todo lo que es nuestro compromiso cristiano. No se trata solo de hacer cosas, podemos caer desde nuestra buena voluntad en el activismo cuando vemos cuanto hay que hacer, pero necesitamos saber encontrar esa fuerza interior para poder realizarlo. Y cuando hablamos de esa fuerza interior no es cuestión solo de nuestra voluntad, de lo que nosotros queremos y por lo que nos esforzamos, sin la fuerza que viene de Dios nada somos y nada podremos.

¿No nos dirá Jesús que sin El nada podemos hacer? Para que el sarmiento dé fruto tiene que estar bien enraizado en la cepa de la viña, si lo desgajamos para nada nos sirve porque se seca. ¿No nos pasará muchas veces así a los cristianos? Vivimos enfervorizados queriendo tragarnos el mundo en dos días, pero al cuarto día nuestras fuerzas se acabaron, aquella fiebre de entusiasmo se enfrió y comenzamos a resbalar por la pendiente de la tibieza espiritual que terminará apagándose del todo.

Sepamos sentarnos a los pies de Jesús para que podamos tener las puertas de nuestro patio abiertas; acogiendo a Jesús aprenderemos a acoger a los demás, porque cuando acogemos a los demás nos daremos cuenta que estamos acogiendo a Jesús. Pero sin ese hilo de amistad con Jesús no lo podremos ver ni lo podremos lograr.

domingo, 29 de diciembre de 2024

Sagrada Familia de Nazaret, espejo donde nos miremos para aprender a ser semillero de vida y caldo de cultivo del amor, horno donde cocer nuestros mejores valores familiares

 


Sagrada Familia de Nazaret, espejo donde nos miremos para aprender a ser semillero de vida y caldo de cultivo del amor, horno donde cocer nuestros mejores valores familiares

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52

La pertenencia a una familia es algo más que el hecho biológico de nacer de unos padres; la familia es un caldo de cultivo de la germinación de una nueva vida en todos los sentidos, es un semillero que hace germinar, pero también hace crecer y madurar la planta de la vida en una mutua relación con la rodea creando las mejores condiciones para el crecimiento y maduración, es el horno en el que se cuecen los mejores valores para hacerles sacar los mejores sabores a la vida, es la mejor escuela para aprender el sentido de la vida desde todo aquello que se vive en su entorno que nos enseña y transmite la más profunda sabiduría que da sabor y sentido a la existencia, y es hogar para aprender lo que es el amor y la unidad que se hace comunión… así podríamos seguir desgranando imágenes que nos hablen de su sentido y de su valor, de su razón de ser y de la luz para nuestra existencia.

Y ahí quiso nacer Dios hecho hombre; cuando en su amor quiere Dios hacerse presente en la vida humana, el eterno desde toda la eternidad quiere tener un principio y un inicio de vida humana naciendo como hijo en el seno de una familia humana. Es la familia de Nazaret formada por aquel matrimonio de José y María en la que quiso nacer y hacerse hombre, con todo lo que significa no solo el nacimiento sino el hacerse hombre como miembro de aquella familia. Es un misterio de Dios que solo en Dios podemos encontrar y podemos descifrar, porque podríamos decir que no entraría en nuestros razonamientos humanos. Así es el amor, que es la grandeza de Dios, pero que se manifiesta así en la humildad de nuestra carne; quiere necesitar ese caldo de cultivo, ese semillero y ese horno de vida, esa escuela y ese hogar.

Es lo que ahora es este marco de la Navidad nosotros estamos celebrando. No podía ser menos. Cuando contemplamos el misterio de amor de Dios que se hace hombre, no solo miramos a Belén sino miramos lo que fue aquella familia que se refugió en la gruta de Belén, miramos lo que sería luego aquel hogar de Nazaret donde como el mismo evangelio hoy nos dice aquel Niño que nosotros confesamos como Dios hecho hombre ‘iba creciendo en edad, en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres’.

Queremos ver en aquel hogar y en aquella familia de Nazaret, que nosotros llamamos Sagrada Familia, reflejadas todas aquellas imágenes que al principio hacíamos desfilar en nuestra mente como reflejo de aquella maravilla humana y podríamos decir también divina en la que creció Jesús, el Hijo de Dios, que vimos nacer en Belén.

En los breves trazos que nos da el evangelio en referencia a la infancia de Jesús podremos contemplar toda esa maravilla que es toda familia humana y que bien se refleja allí en Nazaret, con sus problemas y dificultades que no les faltaron como no faltan en nuestras familias – pensamos en su emigración a Belén para el censo como en su destierro a Egipto huyendo de Herodes, o en su caminar peregrina hasta establecerse de nuevo en Nazaret -, con los valores allí cultivados que hacían también brillar todas las luces del amor, con las expresiones de su religiosidad tanto en la subida al templo de Jerusalén para la fiesta de la pascua como en la costumbre, como luego se reflejará en la vida de Jesús y su presencia en otra ocasión en Nazaret, de la asistencia a la sinagoga en el sábado para la escucha de la ley y los profetas.

Hoy nosotros queremos mirar a la Sagrada Familia desde la realidad de nuestras familias en este mundo concreto en el que vivimos, con sus alegrías y también con sus penas, con nuestras luchas y nuestros esfuerzos de superación, con la trascendencia que le hemos de dar a nuestra vida elevando siempre nuestro espíritu a metas altas y espirituales, con la profundidad y la madurez que le queremos dar a nuestro amor, con el cultivo de esos valores en ese semillero precioso de nuestros hogares caldeando nuestro espíritu en el fuego del Divino espíritu, haciendo crecer nuestra vida y llenándonos también de la Sabiduría del espíritu de Dios.

Fuertes, es cierto, son los vientos que muchas veces soplan en contra y que quieren barrer muchos de esos valores que nosotros consideramos tan necesarios, pero no nos podemos desalentar; contemplamos a la sagrada Familia de Nazaret que también tuvo esos vientos en contra pero que se dejó conducir como vemos en esa imagen tan preciosa de los sueños de José que le hacían descubrir el misterio y la voluntad de Dios para sus vidas.

Dejémonos conducir nosotros también, abramos nuestro corazón al espíritu, no nos dejemos envolver por el materialismo de la vida, busquemos siempre la verdadera sabiduría que nos da esa madurez necesaria para afrontar las dificultades. Que el ejemplo de la Sagrada Familia sea espejo en el que nos miremos. Dejémonos bendecir por Dios.

viernes, 30 de diciembre de 2022

La familia en el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret es semillero, escuela y taller de los valores que nos engrandecen y dignifican para una sociedad mejor

 


La familia en el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret es semillero, escuela y taller de los valores que nos engrandecen y dignifican para una sociedad mejor

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23

Si tenemos una buena semilla que queremos que germine adecuadamente y nos de una hermosa planta prometedora de flores y frutos hemos de tener un cuidado semillero donde sembrar esa semilla para obtener de ella lo que deseamos; si queremos tener un buen artesano que nos produzca en el futuro bellas y provechosas obras para nuestra utilización y disfrute necesitamos de un buen taller que sirva de aprendizaje a ese futuro artesano; si queremos tener científicos y pensadores que desarrollen el saber humano, hemos de comenzar por tener buenas escuelas para que desde los rudimentos del saber el hombre vaya avanzado en conocimientos que puedan servir mejor a la humanidad.

Pero yo me atrevo a decir, y no me vuelvo atrás, que si queremos tener buenas personas y mejores ciudadanos con integridad en sus vidas, capaces de desarrollar sus mejores valores y cualidades necesitamos de la escuela de la familia, verdadero semillero donde aprenderemos a crecer como personas y adquiriremos los mejores valores que nos enseñen a vivir con la mayor dignidad como personas.

Verdadera escuela de vida que nos enseña lo que es el amor verdadero, taller de convivencia, de relación y fraternidad en ese trato respetuoso de los valores de cada uno y donde aprendemos de verdad a querernos y a perdonarnos, a darnos la mano para caminar juntos y a estar siempre dispuestos al servicio para el bien de los demás, donde aprendemos lo que es la más honda comunión de vida pero donde siempre nos veremos impulsados a crecer, a desarrollar nuestras capacidades sin pisotear a los demás, y donde estaremos siempre atentos a lo que pueda hacer sufrir a cualquiera de los hermanos.

Me vais a decir que estoy describiendo una familia ideal, y así es también, pero equivocándonos y teniendo errores, viendo carencias y necesidades también aprendemos, por eso la familia, aun con los defectos que somos  humanos podamos tener, sin mantenemos el mínimo espíritu de familia será esa verdadera escuela de vida que tanto necesitamos.

Hay 'saberes' quizás que aprendemos en otros talleres de la vida, o conocimientos que adquirimos en los templos del saber que son nuestras escuelas y universidades, pero lo que nos enseñará a tener la paciencia del aprendizaje del taller, o el espíritu de superación para llegar a esas cumbres de sabiduría, lo habremos mamado allí en aquella escuela sencilla del hogar.

Y Dios cuando se hizo hombre quiso nacer en el seno de una familia y aprender como humano en la escuela de un hogar. Por eso cuando en la navidad celebramos el nacimiento de Dios hecho hombre, como estamos contemplando en estos días en el portal de Belén, celebramos en el domingo siguiente a la navidad el Día de la Sagrada Familia. Este año, por la coincidencia del primer domingo después de la Navidad con la octava del nacimiento, lo adelantamos a celebrarlo en esta fecha del 30 de diciembre. Hoy es, pues, el Día de la Sagrada Familia de Nazaret, la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

Hacia ese hogar de Nazaret volvemos hoy nuestra mirada y queremos celebrar y aprender para nuestras familias. Con el deseo de que sean esa verdadera escuela de vida, como veníamos reflexionando, y para ofrecer al mundo en que vivimos el testimonio de esos verdaderos valores de la familia enraizados en el evangelio de Jesús y que vemos reflejados en aquella Sagrada Familia de Nazaret.

En el evangelio encontramos esos verdaderos valores que sean auténtico cimiento de nuestras familias para la mejor construcción de nuestro mundo. De alguna manera fuimos desgranando esos valores cuando pretendíamos contemplar a esa familia ideal para el auténtico aprendizaje de la vida en la escuela de nuestros hogares.

Es ahí donde aprendemos para esa delicadeza y esa comprensión entre unos y otros, para ese respeto mutuo y para ese estímulo que necesitamos recibir los unos de los otros en ese crecimiento y maduración como personas, es ahí donde aprendemos a valorar la dignidad que toda persona tiene por sí misma, pero donde aprenderemos a caminar juntos buscando siempre ese mundo mejor y más justo, es donde se nos caen todas las caretas de nuestras vanidades porque nos conoceremos en nuestra propia realidad pero siempre sin minusvalorar a nadie, siempre estimulando al crecimiento, siempre engrandeciendo a toda persona.

Son valores auténticamente evangélicos que encuentran su raíz y fortaleza en el amor que Dios nos tiene que nos regala la fuerza de su espíritu para poderlo realizar, para poderlo llevar a cabo. Por eso una familia cristiana tendrá por centro a Jesús y a su evangelio, una familia cristiana será el mejor ejemplo de lo que es ese Reino de Dios que queremos construir.

Contemplando hoy la Sagrada Familia de Nazaret pongamos por centro de nuestras familias a Jesús y su evangelio; empapémonos del espíritu de Nazaret para que podamos dar ese testimonio ante el mundo. Que María, la madre de aquel hogar de Nazaret como madre también de nuestros hogares sea en verdad la reina y madre de nuestras vidas que llene de esperanza nueva nuestro corazón.

jueves, 29 de julio de 2021

Necesitamos abrazarnos a los pies de Jesús como Marta y María de Betania para experimentar en nosotros la palabra de vida que nos ofrece

 


Necesitamos abrazarnos a los pies de Jesús como Marta y María de Betania para experimentar en nosotros la palabra de vida que nos ofrece

Éxodo 40, 16-21. 34-38; Sal 83; Juan 11, 19-27

La súplica de Marta cuando llega Jesús tras la muerte de su hermano es bien semejante a la súplica y hasta el desencanto por el que hayamos pasado nosotros, o contemplamos a nuestro alrededor, en circunstancias semejantes. Nos cuesta aceptar el hecho de la muerte y en la enfermedad y enfermedad grave de un ser querido es lo que suplicamos con mayor insistencia en nuestra oración al Señor. El Señor no nos escuchó, decimos resignados cuando no nos ha quedado más remedio que aceptar el hecho de la muerte. Es muy humano, tendríamos que reconocer. Valoramos la vida, no queremos perderla, no queremos perder a los seres queridos; y surgen los interrogantes y las preguntas en el corazón.

Es lo que contemplamos en aquel hogar de Betania, cuando hoy estamos celebrando a santa Marta, una de los tres hermanos de aquella familia. Un hogar en el que se manifiesta la cercanía de Jesús. Era un hogar abierto y muchas veces dieron acogida a Jesús, en su paso hacia Jerusalén cuando subía desde Galilea, precisamente por el camino del valle del Jordán y Jericó para luego subir hasta Jerusalén atravesando aquel pueblecito de Betania. Pero en algún momento nos habla el evangelio de cómo Jesús estando en Jerusalén venía a hospedarse a Betania.

Cuando celebramos esta fiesta de santa Marta en muchas ocasiones nos hemos fijado también en aquel episodio de la acogida de Jesús y sus discípulos en aquel hogar. Marta se afanaba por tener todo preparado en ese sentido tan hermoso y profundo de hospitalidad, mientras María se sentaba a los pies de Jesús para escucharle, que motivaría las quejas de Marta por la inacción de María de Betania. Son diálogos y episodios cargados de humanidad en la cercanía de unos corazones que sentían y resplandecían por su amor.

Creo que esos breves episodios pueden ser muy significativos para nosotros al escucharlos en el evangelio. Es la Buena Nueva que nos habla de la cercanía de Jesús pero es también toda esa carga de humanidad en quienes saben abrir las puertas del corazón para la acogida y para la escucha. Cercanía nos ofrece Jesús, pero es la cercanía que nosotros también hemos de saber buscar. ¿Sabremos nosotros vivir en esa cercanía de Jesús porque también le busquemos  y sintamos el gozo de estar con El? ¿Habremos aprendido a disfrutar de nuestra oración porque en verdad nos sentimos a gusto en la presencia del Señor?

Cuando estamos disfrutando de la visita de alguien podríamos decir que los relojes se detuvieron y se acabaron las prisas.  ¿No solemos decir cuando hemos estado a gusto con alguien que nos vino a visitar y llega la hora de la partida ‘por qué te vas tan pronto’? ¿Será así nuestro estado de ánimo cuando vamos a una celebración o cuando hacemos nuestras oraciones? ¿Acaso muchas veces no estaremos demasiado pendientes del reloj porque luego tenemos tantas cosas que hacer? ¿Qué será lo más importante?

Será así en esa quietud en la presencia del Señor cuando escucharemos su voz en nuestro corazón y será así cómo se va enfervorizando nuestro corazón para poner a tope también todos nuestros sentimientos en ese gozo de estar con el Señor.

Comenzábamos nuestra reflexión rememorando este episodio de la muerte y resurrección de Lázaro también con nuestras dudas e interrogantes y también con nuestras angustias ante el hecho de la muerte. Creo que necesitamos detenernos para sentir el Señor a nuestro lado cuando tenemos que enfrentarnos a situaciones así para poder escuchar con todo sentido las palabras de Jesús que dan luz a nuestra vida y también a nuestra muerte.

 Que nos abracemos a los pies de Jesús poniendo a tope toda nuestra fe para experimentar en nosotros esa palabra de vida que nos ofrece.

domingo, 27 de diciembre de 2020

El hogar y la familia de Nazaret fue la escuela de aprendizaje donde nació el Hijo de Dios que se hace hombre y creció en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres

 


El hogar y la familia de Nazaret fue la escuela de aprendizaje donde nació el Hijo de Dios que se hace hombre y creció en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 22-40

Uno de los valores que se intenta mantener en todo su esplendor en las fiestas de navidad es que son unas fiestas entrañablemente familiares como una de las cosas que nos ha dolido más en las circunstancias actuales de la celebración de la navidad de este año es precisamente el no poder vivir con la intensidad acostumbrada este sentido familiar de la Navidad. Es cierto que todo tiene sus excesos y en cierto modo limitaciones como todo lo humano y por otra parte el darle tanto valor a la cena familiar haya quizá mermado en cierto modo el sentido religioso de la navidad, pues quizá se restaba la posibilidad de una participación en la celebración litúrgica de la Misa del Gallo o Misa de Nochebuena.

Precisamente en este domingo siguiente al día de la Natividad del Señor la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, José y María, la Sagrada Familia de Nazaret donde quiso Dios que se encarnase, naciese y creciese en lo humano el Hijo de Dios que se hizo  hombre. Una mirada a ese Hogar de Nazaret, escuela y semillero del amor más hermoso, como es el amor familiar. Y el niño crecía en edad, sabiduría y gracia en el seno de aquel hogar.

Vino Dios a hacerse uno como nosotros y será como niño en el seno de ese hogar donde aprenderá a hacerse hombre, a crecer en edad y en sabiduría, a crecer y a madurar en lo humano como toda persona que tiene en el hogar y en el seno de la familia ese semillero donde va a aprender y a desarrollar todos esos valores humanos de la persona que le llevarán por caminos de gracia y de plenitud.

La convivencia familiar es esa hermosa escuela donde aprendemos los mejores valores que nos hacen más humanos; es el encuentro y es el diálogo en común, es ese intercambio de experiencias pues lo vivido por unos miembros de la familia servirá de base y de modelo para lo que los otros han de vivir también, es la confianza que nos hace sentirnos mutuamente apoyados, es el caminar juntos afrontando dificultades y problemas que siempre en toda familia van a aparecer pero tratando siempre de sentirnos verdaderamente solidarios para juntos resolverlos y superarlos, es ese abrirme al otro y a lo otro porque nos damos cuenta que no podemos vivir encerrados en nosotros mismos, es el aprender a levantar la mirada para ver horizontes más amplios que los caprichos particulares pero también para sabernos elevar a ideales y metas superiores dándole una mayor trascendencia a la vida, es el darnos cuenta que somos algo más que cuerpo y carne y que hay un espíritu dentro de nosotros que nos eleva y nos hace también trascender todas las cosas en Dios.

Es un camino que día a día vamos desbrozando, en el que tropezamos quizá muchas veces y hasta nos hacemos daño, pero sabemos que en el calor del amor del hogar y de la familia todas esas heridas se curan porque en quienes se aman de verdad siempre hay capacidad de perdón superando y olvidando aquellas cicatrices que nos hayan podido quedar de las luchas de la vida. Es lo que todos con mayor o menor perfección hemos vivido en la vida en el seno de nuestros hogares, que bien sabemos que no son perfectos porque limitados y llenos de debilidades somos cada uno de nosotros. Pero la convivencia nos enseña a amarnos, a comprendernos, a tendernos la mano, a perdonarnos una y otra vez, a saber comenzar de nuevo cuantas veces haga falta.

Es la realidad que hoy contemplamos también en aquel hogar de Nazaret donde nació y creció el Hijo de Dios al hacerse hombre. No faltaron dificultades a aquella familia que queremos llamar sagrada, porque ya el nacimiento del niño fue en extrañas e incómodas circunstancias lejos del hogar de Nazaret y sin tener ni siquiera posada que los acogiera en su obligatoria llegada a Belén. Pero será la huída a Egipto y como destierro huyendo de Herodes que quería atentar contra la vida del Niño y su camino itinerante hasta llegar de nuevo a Nazaret; será la vida de un pobre artesano que no destacaría por sus riquezas y posibilidades, pero que enseñaría muy bien que el Hijo del Hombre no tendrá ni donde reclinar su cabeza.

Pero es la vida de unos creyentes con su esperanza puesta en Dios a los que vemos subir al templo por una parte para cumplir los ritos de la presentación del primogénito al Señor o para la celebración de la Pascua. Como nos dirá más tarde san Lucas ‘como era su costumbre fue a la sinagoga el sábado’, que era el día del encuentro y de la escucha de la ley y los profetas como lo era del culto debido al Señor y ofrecido en la oración de la comunidad.

Fue la escuela del aprendizaje de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Hoy nosotros miramos a aquel hogar y a aquella sagrada Familia de Nazaret porque también queremos que sea escuela de aprendizaje para nosotros, para nuestros hogares, para nuestras familias. Hoy miramos a aquella Familia de Nazaret y pensamos en nuestras familias y pedimos por nuestras familias, pero queriendo hacer más amplia nuestra oración tenemos en cuenta y pedimos por las familias en dificultades, por las familias rotas, por las familias donde falta el calor del amor y de la buena convivencia.

Que encontremos un verdadero estímulo para nuestro camino y para el camino de las familias tan importante y esencial para hacer un mundo mejor. Con unas familias sanas tendremos un mundo sano; con unas familias llenas de amor tendremos un mundo mejor.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Sepamos tejer la vida con los valores que nos ofrece el evangelio y nuestras familias cristianas tendrán el colorido de la Sagrada Familia de Nazaret



Sepamos tejer la vida con los valores que nos ofrece el evangelio y nuestras familias cristianas tendrán el colorido de la Sagrada Familia de Nazaret

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23
Seguimos celebrando la Navidad. No es solo el ambiente externo navideño que aún no ha abandonado nuestras calles y nuestros ambientes, aunque pronto se transformará en las fiestas de fin de año y año nuevo, sino que quienes hemos querido meternos hondamente en el misterio de la Navidad lo seguimos sintiendo hondamente y sigue impulsándonos a ese encuentro vivo con el Emmanuel, el Dios con nosotros que nos inunda de su amor y salvación.
Pasará todo este ambiente navideño que vivimos en lo exterior y como hojas que se lleva el viento o planta que no se riega y se cuida debidamente pronto poco a poco se irá acabando y lo sustituiremos por otras fiestas o acontecimientos de la sociedad que llevaran pronto al olvido cuando antes habíamos vivido hasta de una manera loca. Pero el sentido vivo de la navidad no pasará sino que irá dejando huella en nosotros y ojalá fuéramos capaces de ir marcando también con ello la vida de nuestra sociedad para acercarla más al evangelio. Es tarea que tenemos que realizar.
Este domingo siguiente a la navidad tiene un sabor especial. Queremos contemplar y celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret. En la sabiduría y providencia de Dios pudo encarnarse y hacerse hombre de mil maneras, podríamos decir. Pero quiso encarnarse en el seno de María y nacer en el seno de una familia y de un hogar, en el hogar de Nazaret. Nazaret es una gran lección todavía hoy para toda la humanidad. Y es que en Nazaret, un pequeño pueblo que había permanecido en el silencio y en el anonimato a lo largo de la historia, estaba aquel hogar humano, aquella familia en la que había de nacer y crecer nada menos que el Hijo de Dios, hecho hombre.
Nuestra mirada se dirige hoy a aquella familia, en los distintos avatares por los que tuvo que pasar que no fueron nada fáciles, para en ella encontrar ejemplo y estímulo para nuestras propias familias cuando queremos vivir esa realidad desde el sentido de la fe y desde el sentido del evangelio, un sentido cristiano.
Una familia es algo más que una pareja de un hombre y una mujer que porque se aman un día quieren contraer matrimonio. La urdimbre de esa pareja para ser una auténtica familia tiene que estar bien construida, bien conjuntada para crear lo que le va a dar una estabilidad y una hondura, una fortaleza al mismo tiempo que un calor humano y hasta divino que mantenga todas esas condiciones necesarias para ser una verdadera familia.
Allí donde todos van a ser los unos para los otros, porque cada uno va a sentir como propio cuanto le suceda a los demás miembros de la familia, allí donde mutuamente se van a sentir como entrelazados los unos con los otros para hacer un mismo camino aunque cada uno tenga sus características y dones particulares, pero donde siempre van a sentir ese apoyo mutuo que les fortalece y les enriquece y que les da una profunda estabilidad emocional y vital.
Hablando de esa urdimbre, de esa conjunción mutua y de ese sentirse entrelazados los unos con los otros para crear esa unidad familiar me vino a la mente aquellas traperas canarias realizadas en aquellos telares artesanales que hace años aun veíamos en nuestros pueblos y en nuestros campos. Recuerdo ver trabajar en uno de aquellos telares artesanales para realizar una de esas traperas que aun conservo en casa; cómo se preparaba debidamente la urdimbre que iba a ser la base de toda la tarea y por otra parte aquellas tiras con las que se elaboraba la trapera y que en la variedad de colores le daban su vistosidad y su belleza; pero del trabajo de tejer con todo cuidado con todos aquellos materiales y lanas surgía la fortaleza de la trapera elaborada pero también el abrigo que iba a dar para cubrirse de los malos tiempos.
Perdónenme la extensión de la comparación, pero de alguna manera así veo como se han de conjuntar los miembros de una familia entrelazándose mutuamente en el amor que le va a dar fortaleza y estabilidad a la institución familiar. Cada uno ponemos nuestro color que son nuestras cualidades y valores pero con los que mutuamente nos enriquecemos para darle colorido y belleza a la vida. Pero mutuamente nos apoyamos saliendo los unos por los otros en cualquiera de las dificultades que nos puedan ir apareciendo en la vida para en esa unidad sentirnos verdaderamente fuertes. Es el calor humano que nos ofrecemos los unos a los otros porque nunca entonces nos veríamos desamparados.
Es cierto que muchas veces nos aparecen grietas en la vida por donde nos puede entrar aquello que nos corroe y nos destruye, sobrevenidas de las mismas circunstancias de la vida, del carácter y peculiaridad de cada uno que no siempre hemos madurado lo suficiente y la vida se nos puede llenar de fríos que hacen mella en el corazón y nos pueden hacer olvidar aquellos buenos valores que tendríamos que saber cultivar.
Pero es entonces, como cristianos que queremos seguir a Jesús, cuando elevamos nuestra mirada y por una parte contemplamos a esta Sagrada Familia de Nazaret que hoy celebramos, pero también escuchamos en lo más hondo de nosotros la buena nueva del evangelio que una vez más viene a iluminar nuestras oscuridades.
Hoy contemplamos la fortaleza de José, el padre de familia de aquel hogar de Nazaret, para afrontar las dificultades y problemas que van surgiendo buscando siempre lo mejor. Pero es la fortaleza de un hombre creyente, del hombre que busca y quiere encontrar lo que son los caminos de Dios, lo que es la voluntad del Señor y se deja conducir. Cuánto tendríamos que decir en este sentido de esa madurez humana y espiritual que en José podemos contemplar.
Hoy por otra parte en la carta a los Colosenses se nos recuerda una serie de valores y virtudes que si las cultivamos debidamente van a ser como esa urdimbre base de lo que va a ser esa hermosa pieza de nuestra familia. Unos valores y unas virtudes que nos ayudan a entrelazarnos fuertemente los unos con los otros y que van a dar hondura y fortaleza a nuestras vidas y a nuestras familias.
Nos habla el apóstol de compasión entrañable, de bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; de sobrellevarnos mutuamente que significa aceptarnos y respetarnos, de ser capaces de perdonarnos, pero siempre de amarnos y amarnos sin límites buscando siempre la paz. Pero también algo muy importante, que la Palabra de Dios esté siempre plantada en lo hondo de nuestro corazón, para también saber dar gracias, alabar y bendecid al Señor, contar siempre con la fuerza y la gracia de su Espíritu.
Ojalá supiéramos tejer nuestra vida con todos estos valores que así nuestras familias cristianas tendrían otro brillo y otro colorido.



lunes, 15 de abril de 2019

Pongamos a Jesús en el centro de todo, en el centro de nuestro corazón para transpirar la fragancia del amor, la armonía, la paz, la serenidad de espíritu


Pongamos a Jesús en el centro de todo, en el centro de nuestro corazón para transpirar la fragancia del amor, la armonía, la paz, la serenidad de espíritu

 Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12,1-11
‘Y la casa se llenó de la fragancia del perfume’. Qué agradable es cuando una llena a una casa y aprecia la fragancia del hogar. Hay lugares que huelen bien. Huelen a hogar, huelen a amar y ternura, huelen a sencillez y a humildad pero al mismo siento se huele la armonía de quienes allí viven y uno se llena de su paz, se huele la prontitud para el servicio y uno se siente siempre acogido.
No hacen falta perfumes externos, ni fragancias que vengan en frascos, pero es algo hondo que se palpa, se siente, se huele con el alma. Agradable es que no haya malos olores y que todo se haya suavizado con la delicadeza y la ternura. No está de más, por otra parte, que podamos poner otras fragancias que nos hagan sentir bien.
Algunas veces pueden aparecer malos olores, porque todos tenemos un corazón débil y en un momento determinado pueden aparecer intereses particulares y tensiones, pero ahí está la sabiduría del amor que suavicen las tensiones y que transformen los intereses particulares. Siempre tiene que haber alguien que se pone poner paz con la serenidad de su espíritu, que tienda los brazos para abrazar y para acoger, para poner paz en el corazón y para ser punto de encuentro que con lazos de amor nos haga bello ramillete.
La fragancia había llenada aquella casa de Betania donde ofrecían un banquete y estaba Jesús. María de Betania había derramado a los pies de Jesús un frasco de una intensa fragancia. Es todo un signo. 
Allí estaba la expresión del amor y de la gratitud. Siempre aquel hogar de Betania había sido un lugar de paz y de acogida. Ahora muchos motivos más tenían para el agradecimiento tras los últimos acontecimientos. Allí estaba aquella ofrenda que hacia resaltar ya la fragancia que brotaba de aquel hogar. Aunque entre los presentes haya algunas sombras  - allí están los comentarios sombríos de Judas tras la apariencia de hermosos deseos – pero la luz resplandecerá sobre todo.
También nos sucede que tras la apariencia de cosas hermosas podemos esconder nuestros intereses llenos de egoísmo y que tienen poco que ver con actitudes solidarias. Mucho tenemos que purificar en nuestro interior para que nosotros también demos siempre la buena fragancia que haya hermosa la convivencia y el encuentro con los que nos rodean y que sepa llegar más allá. Cuando la fragancia es intensa no la podemos encerrar entre las cuatro paredes de aquellos con los que podamos tener mejor sintonía sino que alcanzará a todos. Desde los entresijos de nuestro espíritu tenemos que ir dejando transpirar esa buena fragancia que vaya inundándolo todo a nuestro paso.
¿Dónde podemos encontrar la fuente? Cuando ponemos a Jesús en el centro de todo, cuando ponemos a Jesús en el centro de nuestro corazón transpiraremos amor, armonía, paz, serenidad de espíritu. Es a lo que tenemos que aspirar. Llenémonos de Jesús y transmitamos a los demás ese buen olor de Cristo desde nuestra vida, nuestras actitudes, nuestros gestos, desde todo lo que hagamos y vivimos.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Que en el Hogar de Nazaret encontremos estimulo y por su mediación esa gracia que tanto necesitamos para renovar nuestras familias


Que en el Hogar de Nazaret encontremos estimulo y por su mediación esa gracia que tanto necesitamos para renovar nuestras familias

Eclesiástico 3, 3-7. 14-17ª; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52

La liturgia nos ofrece en medio de la solemnidad de la octava de la navidad esta celebración en que se nos invita a mirar a la Sagrada Familia de Nazaret, de Jesús, María y José. Aquel hogar en medio del cual Dios quiso nacer al hacerse hombre para así expresarnos con toda intensidad lo que significa Emmanuel, como estaba anunciado en la Escritura y señalado por el ángel, verdadero Dios en medio de los hombres.
De infinitas maneras porque así infinita es la Sabiduría y el poder divino podía haberse escogido Dios para hacerse presente entre nosotros los hombres para traernos la salvación. De muchas maneras se había ido manifestando a través de la historia de la salvación por medio del ángel del Señor, una expresión muy utilizada en el Antiguo Testamento, o como se había manifestado allá en el Horeb en medio de una zarza ardiendo, o en el esplendor temeroso del ruido y fuego de la tormenta como en el Sinaí, o  cómo nos había hablado a través de los profetas.
Ahora en la plenitud de los tiempos Dios quiere hacerse hombre y se encarna en el seno de una mujer y en medio de una familia. Así lo hemos contemplado continuamente en estos días de la navidad y lo veremos igualmente en la Epifanía; justo es que queramos contemplar aquel hogar de Nazaret y en medio de aquella familia. Allí nacería y crecería como niño, como joven, como adulto Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, nacido de María y con la presencia de José, el padre de familia, que aparecería como el padre de Jesús ante los ojos de los hombres. Allí en Nazaret  ‘Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres’ como nos dice el evangelio.
Y es que el ser humano es ahí donde encuentra el camino de su desarrollo y la plenitud de su ser. Nacimos indefensos, podríamos decir, y necesitamos del cuidado y protección de unos padres que nos harán crecer al calor del amor de un hogar. Pero es ese hogar el que se va a convertir en camino de plenitud para nuestra vida. No será solo el cuidado del sostenimiento de aquellas necesidades básicas y vitales sino que el calor del amor de unos padres, de una familia, de un hogar será como el mejor caldo de cultivo para nuestro crecimiento como persona en el aprendizaje de esos valores que van a marcar y dar sentido a nuestra existencia, y que van a ser el apoyo constante con su presencia de nuestro crecimiento y desarrollo personal que nos haga llegar a una plenitud de nuestra vida.
Célula fundamental de nuestra sociedad hemos dicho tantas veces que es la familia, escuela de valores que se viven entre el encuentro vivo de amor de todos sus miembros, apoyo y estimulo para superarnos y madurar afrontando problemas y dificultades sintiéndonos acompañados en el amor de los que ahí en esa comunidad de amor caminamos juntos.
Bien nos viene reflexionar en todo esto cuando contemplamos aquel hogar y familia en la que quiso nacer y crecer como hombre el Hijo de Dios. Nos hace mirar nuestros hogares con una mirada nueva para por una parte dar gracias por cuanto en ellos hemos recibido creciendo como personas, base real y verdadera de lo que somos hoy día aun con las limitaciones que como humanos hayamos tenido.
Miramos hoy los hogares y las familias y puede dolernos en lo más hondo de nuestro corazón cuantas cosas los van destruyendo, contemplando hogares y familias rotos en lo que no siempre se encuentra ese caldo de cultivo que se necesita para el crecimiento como personas de los hijos. Soñamos con algo perfecto, pero sabemos de nuestras limitaciones humanas, de nuestras debilidades y de cuantas cosas se nos pueden meter en nosotros que no facilitemos ese unidad y esa comunión de amor y vida que tendrían que ser nuestras familias.
Es el esfuerzo que siempre tenemos que hacer como personas para esa superación necesaria de nuestras debilidades o de los problemas que nos vayan afectando; es la búsqueda continua que tenemos que realizar de ese verdadero amor que vertebre nuestras familias; es esa capacidad de aceptación y también de comprensión de las debilidades que a todos nos pueden afectar; es ese querer caminar juntos facilitando el desarrollo personal de cada uno de sus miembros, porque no hacemos fotocopias sino personas con su propia personalidad e identidad; es ese ser capaces desde el amor de perdonar los tropiezos y errores para reemprender una y otra vez ese camino aprendiendo de los errores cometidos para una mejor madurez humana de cada persona.
De esos valores y virtudes nos ha hablado hoy la Palabra de Dios que se nos ofrece en esta fiesta. Desde ese respeto, cariño, agradecimiento por lo recibido, comprensión y ayuda mutua entre padres e hijos, aunque aparezcan los achaques de una ancianidad como nos decía la primera lectura, o todos esos valores de los que nos hablaba san Pablo que han de brillar en toda comunidad humana y cristiana y que de manera especial tienen que resplandecer en nuestros hogares. Bueno es volver a leer de una forma reposada esas citas bíblicas que se nos ofrecen, rumiando bien su mensaje para saberlo aplicar a nuestra vida concreta como individuos y como comunidad familiar.
Hoy es el día de la Familia. Estos días de Navidad han sido propicios para revivir ese sentido familia en el reencuentro de quienes formamos una familia sobre todo en esa cena familiar de la Nochebuena y en todos esos momentos en que nos hemos visitado los unos a los otros para felicitarnos por la Navidad. Momentos de encuentro, de alegría, de hacer revivir esas vivencias familiares que tanto nos ayudaron, también para ese perdón que algunas veces necesitamos. Que no sea fiesta, celebración o vivencia de unos días que pronto olvidemos, sino que sea principio de una renovación que tantas veces necesitamos.
Que en el Hogar de Nazaret encontremos estimulo y por su mediación recibamos esa gracia que tanto necesitamos para renovar nuestras familias viviendo el momento de hoy pero sin perder esa necesaria comunión y amor.

martes, 9 de octubre de 2018

Un ser humano, una persona como nosotros con igual dignidad llega hasta nosotros, pero en quien sabemos ver además la presencia de Jesús


Un ser humano, una persona como nosotros con igual dignidad llega hasta nosotros, pero en quien sabemos ver además la presencia de Jesús

Gálatas 1,13-24; Sal 138; Lucas 10, 38-42

La hospitalidad y la acogida es una virtud muy hermosa que es muy cultivada en nuestros pueblos. Es cierto que las puertas de nuestras casas ya no están siempre abiertas como antaño por los miedos y peligros de nuestros tiempos, pero hermoso era cuando los vecinos se acercaban a las casas los unos de los otros y simplemente llamando empujaban la puerta para entrar sabiendo que siempre eran bien recibidos.
Era un gozo muy especial cuando llegábamos a la casa de alguien y todo eran atenciones y detalles donde se nos expresaba el cariño con que se nos acogía, las personas de la casa se desvivían por atendernos de la mejor forma posible y se nos ofrecía lo mejor de si mismos para que nos sintiéramos como en nuestra propia casa. En nuestra tierra pronto estaba el café preparado con cariño o el buen vaso de vino para manifestarnos ese calor y afecto de la acogida. Y ya no era simplemente la acogida a familiares, vecinos o amigos, sino que toda persona era siempre bien acogida y se le ofrecía la confianza de la amistad.
Desgraciadamente en algunos casos los tiempos y las costumbres cambian y hoy es fácil que surja el recelo y la desconfianza sobre todo a los extraños que puedan aparecer a nuestra puerta que ya no siempre abrimos tan fácilmente y aunque permanezcan esos signos de buena acogida para con nuestros amigos y familiares más cercanos, incluso ya entre vecinos a la puerta muchas veces hay un desconocimiento grande que crea distancias encerrándose cada uno en el castillo interior de su propio hogar.
Lástima es cuando hay vecinos que físicamente están muy cercanos pero que en el afecto de la amistad se han puesto a kilómetros de distancia que ya parece que hasta el saludo más sencillo cuesta salir de sus labios. Ahora nos comunicamos electrónicamente mediante las redes sociales con las personas más lejanas, pero con el que está a nuestro lado ni un ‘buenos días’ nos intercambiamos.
Hoy vemos reflejada esta virtud en el hogar de Betania. Allí en las cercanías de Jerusalén, en el camino que subía desde Jericó para traspasar Betfagé bajar por el monte de los Olivos para entrar en la ciudad santa, a su vera un hogar que seguramente acogería a tantos peregrinos ofreciéndoles agua y un lugar para el descanso tras la dura subida desde el Jordán estaba aquel hogar que vemos también como acoge a Jesús y sus discípulos. Sería en su subida ritual a Jerusalén, o quizá sería también lugar de refugio y descanso mientras estaban en la ciudad santa por la cercanía, el evangelio nos habla hoy de la acogida de Marta y de María, una afanándose en los quehaceres de la casa para tenerlo todo preparado, y la otra con la cordialidad de la escucha sentada a sus pies.
No queremos entrar en lo que hacían una y otra, si mejor una cosa que la otra, sino solamente en el gesto conjunto de la acogida. ¿Nos hubiera gustado a nosotros recibir así a Jesús en nuestro hogar? Oportunidades tenemos. ‘Era peregrino – forastero - y me acogisteis’, nos dirá Jesús en la alegoría del Juicio Final.
Hablábamos antes de esa virtud y valor humano de la hospitalidad y de la acogida tan cultivada en nuestros ambientes. De ello tenemos que seguir hablando, pero añadiendo algo más desde nuestros valores y principios cristianos. Es a Jesús a quien acogemos, a quien recibimos. No creo que sea necesario decir ahora muchas cosas más. Pensemos, simplemente, que ése que llega a nuestra puerta, que ése con quien nos cruzamos cada día y a cada instante es Jesús.
‘Todo lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mi me lo hicisteis’, nos enseña Jesús. ¿Por qué reticencias y desconfianzas? Primero, pensemos que es un ser humano, una persona como nosotros con igual dignidad. Pero además, pensemos, es Cristo quien viene a nosotros en esa persona. ¿Cómo lo vamos a acoger? Betania la tenemos a nuestro lado cada día.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Encontremos y vivamos la presencia de Dios no solo en nuestros templos sino en nuestro corazón y en el seno de nuestro hogar

Encontremos y vivamos la presencia de Dios no solo en nuestros templos sino en nuestro corazón y en el seno de nuestro hogar

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29,10-12; Lucas 19,45-48

‘Escrito está: Mi casa es casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos’. Fue la reacción de Jesús ante lo que habían convertido el templo de Jerusalén. Dice el evangelista Lucas que ‘entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores’ mientras en los lugares paralelos en los otros evangelistas nos habla de que hizo un azote con unas cuerdas.
Quizá por las necesidades de tener a mano los animales para los sacrificios, la moneda en curso en el templo - no se podían utilizar monedas extranjeras - para las ofrendas y todo lo necesario para los holocaustos lo habían convertido en un mercado con todos los trapicheos inherentes.
Pero este hecho es todo un signo. Nos habla de la dignidad del templo, lugar del culto, casa de oración y espacio sagrado para la oración, el encuentro del Señor y la escucha de su Palabra. Claro que la dignidad no significa la ostentosidad, como fácilmente caemos en esa tentación llenando nuestros templos de adornos, cosas artísticas y valiosas.
Somos herederos, es cierto, de unos templos que se han ido enriqueciendo con el paso de los años y siglos por nuestros antepasados y lo que sirvió en su momento quizá como una catequesis en imágenes para aquellos que no tenían otro medio que lo que se les ofreciera en imágenes para acercarse al mensaje de la Palabra del Señor, hoy quizá lo hemos convertido en objetos de museo y exposición haciéndoles perder quizá todo su sentido original. No podemos, es verdad, en convertirnos en iconoclastas que todo lo antiguo lo destruyen sino que hemos de saber encontrar su verdadero sentido y hacer que sigan teniendo verdadero significado hoy.
Pero también el texto sagrado que comentamos es signo de mucho más, porque somos nosotros los que hemos de convertirnos en verdaderos y santos templos de Dios que habita en nosotros. ‘Mi Padre y yo le amaremos y vendremos y pondremos nuestra morada en él’, nos enseña Jesús en un momento determinado en el evangelio. Dios quiere morar en nosotros y somos por nuestra consagración bautismal verdaderos templos del Espíritu Santo. Entonces cuando hablamos de la dignidad del templo, pensemos en la dignidad y santidad que tendría que resplandecer en nuestra vida.
Dejémonos inundar por la presencia de Dios. Vivamos la presencia de Dios allá por donde vamos. Si fuéramos en verdad conscientes de esa presencia de Dios en nuestra vida cómo alejaríamos de nosotros todo lo que nos puede manchar, todo lo que nos puede llevar al pecado. No solo es la presencia de Dios que en su inmensidad llena el universo y en todo momento allá donde estemos hemos de sentir y vivir en su presencia, sino es el darnos cuenta de cómo por la fuerza del Espíritu Dios mora de una manera especial en nuestros corazones.
Es en consecuencia también la dignidad y el respeto con que hemos de acercarnos a nuestros hermanos que han de convertirse para nosotros en signos de esa presencia de Dios. Por algo Jesús nos dirá que cuanto hagamos al hermano a El se lo estamos haciendo.
Y finalmente un breve pensamiento. Nos habla el evangelio en referencia al templo como casa de oración. Pienso en nuestro hogar, verdadera iglesia doméstica como la llamamos también con el concilio; cómo hemos de saber hacer también de nuestro hogar esa casa de oración, ese lugar de nuestro encuentro con Dios viviendo el amor familiar.
Pero aun más creo que hemos de saber encontrar en nuestros hogares -aun con la dificultad de la estrechez con que se vive en nuestras casas - ese espacio que nos recuerde y nos ayude a vivir esa presencia del Señor; ese espacio reservado para encontrar esos momentos de silencio para la reflexión, para la oración, para la lectura de la Biblia. Un rincón especialmente habilitado con una imagen y con la Biblia que venga a ser ese remanso de paz que tanto necesitamos.