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martes, 29 de julio de 2025

Vivamos en verdad como quienes se sienten resucitados, porque desde nuestro encuentro con Jesús todo es en nosotros vida, porque hemos encontrado el amor

 


Vivamos en verdad como quienes se sienten resucitados, porque desde nuestro encuentro con Jesús todo es en nosotros vida, porque hemos encontrado el amor

 Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Salmo 102; Juan 11, 19-27

Cuando hay amor de verdad no tiene cabida el reino de la muerte. Para los que aman no llega la muerte, siempre vencerá vida. Aquellas personas que amamos, aunque físicamente no las tengamos a nuestro lado, sin embargo siempre seguirán presentes en nuestra vida. Creo que todos los hemos experimentado cuando ha llegado esa hora para un familiar o un ser muy querido nuestro, seguimos incluso viéndolo porque la intensidad del amor con la que la llevamos en el corazón produce continuamente ese milagro en nuestra vida.

Hoy nos encontramos en el evangelio con una página que de entrada nos podría parecer de tristeza y de angustia, pero los momentos vivido en aquel hogar de Betania se transforman y se convierten en momentos de vida.

De entrada nos topamos con el dolor de la muerte, aquellas dos hermanas Marta y María han perdido al hermano de sus vidas. Surgen incluso las quejas, pero unas quejas nacidas desde el amor y desde la confianza que ellas habían puesto en Jesús. ‘El que amas está enfermo’, le habían mandado a decir a Jesús que está más allá del Jordán a causa de las inquinas que en Jerusalén se están tramando contra El. Pero ya Jesús dirá a los discípulos allá en el desierto que aquella enfermedad no es de muerte. Pero cuando finalmente llega Jesús a Betania Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.

‘Si hubieras estado aquí…’ es el saludo que se repite en las dos hermanas. Con Jesús no tenía por qué haber habido muerte. Los signos de vida se habían multiplicado tantas veces cuando Jesús se acercaba a los enfermos o los traían ante El. Pero hay dolor en aquellas mujeres, pero también hay confianza en la presencia y en las palabras de Jesús. Porque Jesús habla de resurrección. La respuesta de Marta expresa la fe y la esperanza de su vida. ‘Resucitará en el último día’, pero Jesús hará una declaración verdaderamente importante. ‘El que cree en mi no morirá para siempre’. Con Jesús está siempre presente la vida. ‘Yo soy la resurrección y la vida’, afirmará rotundamente Jesús.

Por eso Jesús quiere acercarse al sepulcro. ‘¿Dónde lo habéis puesto?’ Las sombras todavía parece que quieren adueñarse de la situación. ‘Ya huele mal’ es el comentario de Marta. Y Jesús le recuerda que es necesario creer. ¿No eran los amigos de Jesús? ¿No era aquel patio el lugar de tantas tardes de placidez, de conversación, de encuentro, de amistad? Allí se había vivido el amor y la amistad, allí tenía que estar presente para siempre la vida, porque, como decíamos, donde hay amor no tiene cabida el reino de la muerte.

¿Será ese en verdad el camino de nuestra vida y de nuestra esperanza? Es el mensaje que recibimos pero es el mensaje que tenemos que trasmitir, es el amor del que tenemos que seguir contagiando cuanto nos rodea. Tenemos que ser signos de vida, tenemos que despertar de nuevo la esperanza en nuestro mundo, tenemos que tratar de convencer a cuantos caminan desencantados a nuestro lado porque no saben amar ni se sienten amados y agobiados por tantas tristezas de la vida que es posible un mundo nuevo, que es posible el amor, que es posible la vida.

Nuestros gestos, nuestra cercanía y nuestra ternura tienen que ser signos de esa presencia de Jesús en medio de nosotros para que tengamos vida de verdad. Vivamos en verdad como quienes se sienten resucitados, un día saboreamos quizás esas sombras de muerte en nosotros, pero desde nuestro encuentro con Jesús todo tiene que ser en nosotros vida, porque hemos encontrado el amor.

Que sea esa nuestra más hermosa profesión de fe, como la de Marta ante Jesús,  ‘yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’.

martes, 4 de octubre de 2022

Aprendamos a sentarnos a escuchar apagando los móviles de nuestros ruidos para prestar atención al otro, para prestar atención a Dios

 


Aprendamos a sentarnos a escuchar apagando los móviles de nuestros ruidos para prestar atención al otro, para prestar atención a Dios

Gálatas 1, 13-24; Sal 138; Lucas 10, 38-42

Sentarnos a escuchar; qué cosa más hermosa; aunque hoy parece que estamos más preocupados por escuchar a los que están lejos que a los que están a nuestro lado. Qué hermoso si contemplamos una escena, donde sea, ya en casa o en el banco de un parque, donde la gente habla entre sí, y tenemos que decir, siendo también capaces de dejar los móviles a un lado para escuchar al que está a nuestro lado. Cuanto cuesta eso hoy en la nueva cultura que estamos introduciendo, en las nuevas costumbres que vamos implantando.

Por eso es idílica la imagen que nos presenta hoy el evangelio. Unos caminantes que suben a Jerusalén y que tras la larga subida desde el Jordán – son kilómetros extensos y fatigosos en la cercanía de lugares desérticos – que se encuentran un patio acogedor, unas puertas abiertas y un hogar en que son bien recibidos. Aunque en este texto del evangelio no se menciona que sea Betania por el paralelismo y correspondencia con el texto de otro evangelio se tratará de ese lugar, ya en las cercanías de Jerusalén. Jesús y sus discípulos que suben a Jerusalén son acogidos por aquellos hermanos, Marta, María y Lázaro en este gesto de hospitalidad tan hermoso.

Hoy sobresalen o se mencionan especialmente a Marta y a María. Ansiosa una, Marta, por tener todo lo necesario para la acogida de aquellos huéspedes se afana en los intensos preparativos, mientras María se sienta como una discípula a los pies de Jesús para escucharle, lo que motivará los reclamos de su hermana.


Nada quiere María que la distraiga de la escucha de la conversación de Jesús por está allí absorta despreocupándose de otras tareas propias de los gestos de la hospitalidad de lo que se ocupa su hermana. Jesús dice que ha escogido la mejor parte, como respuesta a los reclamos de Marta. Está en eso tan importante que tenemos que aprender a hacer. Escuchar.

También vamos muchas veces locos en nuestras carreras por la vida, porque tenemos tantas cosas que hacer y no nos paramos a escuchar. Tenemos el peligro de pasar de largo ante la vida de las otras personas. Siempre hemos recalcado mucho lo de pasar de largo de aquel sacerdote y aquel levita de la parábola y no se detuvieron a fijarse en el hombre mal herido a la orilla del camino. Pero eso nos sigue sucediendo de mil maneras. Nuestras puertas siguen demasiado cerradas con nuestros miedos o con nuestros prejuicios. Pasamos por una calle y raro es que veamos una puerta o una ventana abierta, a alguien a la puerta que nos salude con una sonrisa y nos invite a pasar, o asomados a la ventana aunque sea para darnos los buenos días.

De muchas maneras vamos por la vida con las puertas cerradas pasando de largo porque vamos entretenidos con nuestros móviles para hablar con alguien al otro lado del mundo – y no digo que sea malo – pero no somos capaces de fijarnos y saludar al que pasa a nuestro lado, para estar atento a sus problemas, para escuchar sus angustias, para acompañar en sus soledades.

Es la soledad de las personas mayores que ya se han quedado en casa por sus dificultades de movilidad y sus hijos están en otro lugar en sus quehaceres, pero es la soledad también del que nadie escucha, del que tiene una necesidad y nadie le presta atención, de aquel a quien nunca le hacemos una llamada para al menos preguntarle cómo está o qué necesita, es la soledad de los que estando quizá juntos se encuentran tan lejos los unos de los otros porque como hemos dicho preferimos conectarnos con el que está lejos que interesarnos por el que está a nuestro lado.

Es quizá también la soledad en la que nosotros mismos nos hemos metido porque nos encerramos en nosotros mismos, porque rehuimos la comunicación y el compartir lo que sentimos o lo que vivimos. ¿A quien le has contado tus últimas preocupaciones? Quizás tendrías que preguntártelo para darte cuenta bien de cuáles son los abismos de incomunicación en que te has metido.

María de Betania se sentó a los pies de Jesús para escucharle. ¿Nos sentamos nosotros a los pies de Jesús para escucharle haciendo silencio en nuestro corazón? Dios sabemos que siempre nos escucha, aunque algunas veces podamos decir lo contrario, pero nosotros ¿siempre escuchamos a Dios? ¿Cómo tendría que ser hoy ese sentarse a los pies de Jesús para escucharle?

domingo, 17 de julio de 2022

No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas, ofrezcámosle generoso la hospitalidad de nuestro corazón en quien se acerca a nuestras vidas

 


No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas, ofrezcámosle generoso la hospitalidad de nuestro corazón en quien se acerca a nuestras vidas

Génesis 18, 1-10ª; Sal 14; Colosenses 1,24-28; Lucas 10, 38-42

‘No te pases de generoso’ algo así habremos escuchado en alguna ocasión cuando una persona sensible ante las carencias de los demás y generoso de corazón trata ayudar con generosidad a aquel que ve necesitado delante de sus ojos. Nos darán recomendaciones, nos señalarán protocolos de hasta dónde podemos llegar, querrán poner límites a la generosidad del corazón. Y es que quien ha aprendido de Jesús su corazón siempre estará en sintonía con el otro y muy lleno de sensibilidad para acoger y para servir, para ayudar y para ofrecer lo mejor de si mismo. ¿Cómo podremos llegar a unas actitudes y posturas tan valientes y tan generosas?

Alguien podría estar pensando, al hilo de esta reflexión, ¿y a donde se nos quiere llevar? El evangelio hoy nos ofrece el testimonio de unas personas que así supieron abrir puertas, así supieron estar disponibles, pero así, sobre todo, supieron abrir el corazón de manera que su hogar se nos presentara como ejemplo de hospitalidad y de acogida generosa, sin poner trabas ni medidas a la generosidad de su corazón.

Ha sido proverbial que cuando se nos hable de hospitalidad se nos ponga como ejemplo a los orientales, pero sobre todo a las gentes del desierto o que viven una vida trashumante buscando por lomas y desiertos el pasto y el agua para sus ganados. Quizá porque saben lo que es la soledad y lo que son las carencias de la vida, superando desconfianzas y recelos, las gentes del desierto siempre serán acogedores a los que llegan a su tienda a los que ofrecerán el pan y la sal, el agua y el ungüento como signo y señal de acogida desinteresada y generosa.

Hoy se nos habla en el evangelio de un hogar que está junto a un camino; el camino que sube de Jericó a Jerusalén, el camino que viene del desierto y lleva al encuentro de la ciudad santa, el camino también que hacían los que bajando por el valle del Jordán venían desde la lejana Galilea peregrinaban a Jerusalén y al templo en especial para la fiesta de la pascua. Un lugar propicio para tener un patio acogedor y con el cántaro siempre al borde de la cisterna para ofrecer agua fresca y descanso a los que agotados por el camino y el calor del desierto hacían camino hacia Jerusalén.

¿Sería ese el principio de las paradas de Jesús y sus discípulos en aquel hogar de Betania? El hecho está en que vemos a Jesús acogido en aquel hogar, no una sino varias veces, de manera que a Lázaro, un miembro de la familia, ya se le llamará el amigo de Jesús. La escena que nos ofrece hoy el evangelio es enormemente bella y enriquecedora. La mujer mayor de la casa se desvive por atender a sus huéspedes con todos los preparativos de la cocina, mientras que la otra hermana se ha quedado sentada a los pies de Jesús escuchando sus palabras y ofreciéndole también con su presencia el signo de esa acogida generosa en aquel hogar.

Las quejas de Marta porque María parece que nada hace y la respuesta de Jesús ha dado pie en muchas ocasiones a interpretaciones que se nos quedan cortas para valorar lo que el gesto de aquellas mujeres podía significar.

María ha escogido la parte mejor, le responde Jesús a la atareada Marta, pero no le dice que no ha de hacer lo que está haciendo, pues también es necesario para la acogida que aquel hogar viene a significar. Hay una buena noticia de salvación que llega con la presencia de Jesús a aquel hogar de Betania, y ambas, cada una a su manera y según su función, serán igualmente acogedoras ofreciendo su amistad, en el silencio de la escucha y en el servicio de ofrecer lo mejor, al Jesús que llega a sus vidas.


Cuando un caminante llegara de otros lugares a alguna de aquellas tiendas del desierto, pronto estarían con oídos atentos para escuchar las historias y noticias que aquel personaje les pudiera traer; se entablaba una mutua relación e intercambio porque a aquel caminante se le ofrecerían también las mejores viandas que en el desierto pudieran tener. Hemos escuchado en la primera lectura que Abrahán ofrece a los tres caminantes que llegan a la puerta de su tienda el mejor pan y la mejor carne de sus vacadas para que no pasaran de largo alcanzando así el favor de aquellos caminantes. Son un signo de la presencia de Dios que llega junto a Abrahán y le dejará la buena noticia de un hijo y heredero que le ha de nacer.

No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas. Es la prontitud de Abrahán para ofrecer lo mejor de sí mismo en su hospitalidad, pero ha de ser también el silencio de la escucha y la disponibilidad para el servicio que encontramos en el hogar de Betania. Así no dejaremos que Dios pase de largo por nuestras vidas, así podremos sentirnos inundados por la presencia y el amor de Dios que se derramará en nuestros corazones, así podremos llegar a sentirnos transformados en hombre nuevos llenos de generosidad que no pondremos nunca límites a la generosidad de nuestro amor.

Nos está hablando, sí, de la escucha de la Palabra de Dios; nos está hablando del corazón abierto con que hemos de venir a la oración y a nuestras celebraciones; pero nos está señalando algo más, porque Dios llega a nuestras vidas de muchas maneras y una muy importante es en el hermano que pasa a nuestro lado, las personas con las que convivimos en familia o con las que vamos compartiendo el camino de cada día; en ese extraño con quien quizá inesperadamente nos encontramos un día o en ese que por su presencia, por lo que hace o por la manera de presentarse no nos cae tan bien; en ese niño que un día levanta su mirada hacia nosotros, en ese joven que quizás nos parece que nos está mirando de lado pero que en el fondo está tendiendo su mano en búsqueda de algo, o en ese anciano que solo se sienta a la puerta de su casa a contar sus historias.

¿Cómo es nuestra acogida y escucha? ¿Cómo es la manera de prestarles atención? ¿Cómo pacientemente nos sentamos a su lado para escuchar sus lamentos o sus tristezas?  ¿Cómo somos capaces de ponernos a hacer camino junto a él aunque sea un desconocido para nosotros?  No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas.

lunes, 11 de abril de 2022

Sentémonos hoy en Betania a la mesa con Jesús y que lo que allí sucede y contemplamos nos ayude a prepararnos para sentarnos a la cena pascual

 


Sentémonos hoy en Betania a la mesa con Jesús y que lo que allí sucede y contemplamos nos ayude a prepararnos para sentarnos a la cena pascual

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12, 1-11

Una cena en Betania; no es la cena pascual porque aun faltan seis días para la pascua; pero por lo que allí sucede sin ser cena pascual tiene connotaciones de pascua. Hay un recuerdo y una gratitud. Allí está Lázaro el que había sido resucitado hace pocos días, lo que motivaba que también hubiera mucha gente que había venido a ver a Lázaro.

Pero están Marta y María; Marta como siempre afanada en los preparativos de la cena, parece que ella no podía esta de otra manera; pero de nuevo a los pies de Jesús María. Si un día se había puesto a los pies de Jesús para escucharle, ahora quería mostrar las pruebas de su amor. Había comprado un perfume de nardo muy caro y lo había derramado a los pies de Jesús.

Era parte de la hospitalidad el ofrecer al huésped por parte del dueño de la casa agua y perfume; eran sus purificaciones rituales, pero algo muy normal en un pueblo que tenía su origen en un pueblo de beduinos dedicados al pastoreo en los campos, al regresar era normal el agua y el perfume. Ahora aquel perfume envolvía con su aroma toda la casa.

Contemplando este episodio yo querría ser uno de los participantes en aquel banquete y sentarme también a la mesa con Jesús en aquel hogar tan acogedor de Betania. Seamos uno más de los comensales, no en vano esta comida va a servir como preparación de alguna manera para la inminente cena pascual donde también queremos estar. Vamos a dejarnos llevar por los hechos y los acontecimientos que se van sucediendo. Pensemos cómo vamos a intervenir también.

Está esa mujer desinteresada y generosa con un corazón lleno de amor. Nos recordará siempre otro episodio narrado por otro evangelista, que muchas veces nos lleva a la confusión. Pero en uno y otro caso lo que lo mueve todo es el amor. Un amor hecho arrepentimiento en lo sucedido en la casa de Simón el Fariseo con aquella mujer pecadora, y ahora un amor hecho gratitud porque se habían contemplado los maravillas de Dios. ¿Cuánto perfume estaríamos nosotros dispuestos a derramar en los pies de Jesús? Perfume y lágrimas, porque nos sentimos tan indignos de sentarnos a la mesa con Jesús, que casi más bien tenderíamos a ocultarnos donde pasáramos desapercibidos. Pero ¿no podemos pensar acaso que tendríamos que hacernos notar de alguna manera?

Por allá surgieron los calculistas interesados. Aquel perfume se podía haber vendido por trescientos denarios. Una cantidad considerable que también nos podrá pasar por la mente si era o no era necesario, el gastarlo así. El interés de quien llevaba la bolsa del grupo de los discípulos que acompañaban a Jesús, ya nos dice el evangelista que le gustaban los dineros, de los que era fácil apropiarse. Su aparente interés por los pobres ocultaba otros intereses más nocivos. ¿Pudiéramos sentir nosotros también en nuestro corazón la tentación del raquitismo? Pudiera faltarnos quizá generosidad para dar no unos bienes materiales sino algo más importante, poner a tope nuestra vida en la actitud de servicio.

Pero por los alrededores de la mesa andaban los curiosos a los que solo les movía lo espectacular que había sucedido con la resurrección de Lázaro, pero estaban también aquellos que andaban maquinando contra Jesús; también a Lázaro querían quitar de en medio. Mira lo que queda aun en el corazón que tendríamos que purificar para poder llegar a sentarnos en la mesa de la cena pascual. Con apariencia de algo bueno y bonito, quizá seguimos ocultando miserias en nuestros corazones.

Nos hemos querido sentar a la mesa del banquete pero que no sea solamente desde ese sentirnos llamados por cosas espectaculares, por cosas que brillan como oropeles, pero que no son en verdad el tesoro que ha de llenar nuestro corazón. Cuidado que para muchos la celebración de la pascua se pueda quedar en esos aspectos, mucho brillo, muchas luces, muchas flores, mucha espectacularidad, muchas lágrimas emotivas también, pero que no van realmente buscando el encuentro con el Señor. ¿En qué se nos quedarán muchas de las cosas que hacemos en nuestras celebraciones pascuales?

Como decíamos esta cena de Betania sin ser la cena pascual tenía ciertas connotaciones pascuales, porque como diría Jesús en aquel perfume con que fueron ungidos sus pies había un adelanto de lo que habría de ser su sepultura. Sentémonos hoy en Betania a la mesa con Jesús y que eso nos ayude a prepararnos para la cena pascual.

jueves, 29 de julio de 2021

Necesitamos abrazarnos a los pies de Jesús como Marta y María de Betania para experimentar en nosotros la palabra de vida que nos ofrece

 


Necesitamos abrazarnos a los pies de Jesús como Marta y María de Betania para experimentar en nosotros la palabra de vida que nos ofrece

Éxodo 40, 16-21. 34-38; Sal 83; Juan 11, 19-27

La súplica de Marta cuando llega Jesús tras la muerte de su hermano es bien semejante a la súplica y hasta el desencanto por el que hayamos pasado nosotros, o contemplamos a nuestro alrededor, en circunstancias semejantes. Nos cuesta aceptar el hecho de la muerte y en la enfermedad y enfermedad grave de un ser querido es lo que suplicamos con mayor insistencia en nuestra oración al Señor. El Señor no nos escuchó, decimos resignados cuando no nos ha quedado más remedio que aceptar el hecho de la muerte. Es muy humano, tendríamos que reconocer. Valoramos la vida, no queremos perderla, no queremos perder a los seres queridos; y surgen los interrogantes y las preguntas en el corazón.

Es lo que contemplamos en aquel hogar de Betania, cuando hoy estamos celebrando a santa Marta, una de los tres hermanos de aquella familia. Un hogar en el que se manifiesta la cercanía de Jesús. Era un hogar abierto y muchas veces dieron acogida a Jesús, en su paso hacia Jerusalén cuando subía desde Galilea, precisamente por el camino del valle del Jordán y Jericó para luego subir hasta Jerusalén atravesando aquel pueblecito de Betania. Pero en algún momento nos habla el evangelio de cómo Jesús estando en Jerusalén venía a hospedarse a Betania.

Cuando celebramos esta fiesta de santa Marta en muchas ocasiones nos hemos fijado también en aquel episodio de la acogida de Jesús y sus discípulos en aquel hogar. Marta se afanaba por tener todo preparado en ese sentido tan hermoso y profundo de hospitalidad, mientras María se sentaba a los pies de Jesús para escucharle, que motivaría las quejas de Marta por la inacción de María de Betania. Son diálogos y episodios cargados de humanidad en la cercanía de unos corazones que sentían y resplandecían por su amor.

Creo que esos breves episodios pueden ser muy significativos para nosotros al escucharlos en el evangelio. Es la Buena Nueva que nos habla de la cercanía de Jesús pero es también toda esa carga de humanidad en quienes saben abrir las puertas del corazón para la acogida y para la escucha. Cercanía nos ofrece Jesús, pero es la cercanía que nosotros también hemos de saber buscar. ¿Sabremos nosotros vivir en esa cercanía de Jesús porque también le busquemos  y sintamos el gozo de estar con El? ¿Habremos aprendido a disfrutar de nuestra oración porque en verdad nos sentimos a gusto en la presencia del Señor?

Cuando estamos disfrutando de la visita de alguien podríamos decir que los relojes se detuvieron y se acabaron las prisas.  ¿No solemos decir cuando hemos estado a gusto con alguien que nos vino a visitar y llega la hora de la partida ‘por qué te vas tan pronto’? ¿Será así nuestro estado de ánimo cuando vamos a una celebración o cuando hacemos nuestras oraciones? ¿Acaso muchas veces no estaremos demasiado pendientes del reloj porque luego tenemos tantas cosas que hacer? ¿Qué será lo más importante?

Será así en esa quietud en la presencia del Señor cuando escucharemos su voz en nuestro corazón y será así cómo se va enfervorizando nuestro corazón para poner a tope también todos nuestros sentimientos en ese gozo de estar con el Señor.

Comenzábamos nuestra reflexión rememorando este episodio de la muerte y resurrección de Lázaro también con nuestras dudas e interrogantes y también con nuestras angustias ante el hecho de la muerte. Creo que necesitamos detenernos para sentir el Señor a nuestro lado cuando tenemos que enfrentarnos a situaciones así para poder escuchar con todo sentido las palabras de Jesús que dan luz a nuestra vida y también a nuestra muerte.

 Que nos abracemos a los pies de Jesús poniendo a tope toda nuestra fe para experimentar en nosotros esa palabra de vida que nos ofrece.

lunes, 29 de marzo de 2021

En las previsiones de preparación para la Pascua que no nos falte la fragancia que cada uno desde su vida aporta para que se llene nuestro mundo del buen olor de Cristo

 


En las previsiones de preparación para la Pascua que no nos falte la fragancia  que cada uno desde su vida aporta para que se llene nuestro mundo del buen olor de Cristo

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12, 1-11

‘Y la casa se llenó de la fragancia del perfume’. ¿Cuál es el olor de nuestra casa? ¿A qué olemos nosotros? ¿Cuál es nuestra fragancia? Y hemos reconocer que la fragancia no depende del perfume que utilicemos; cada uno tiene su fragancia, su olor, que depende de muchas cosas más allá de la higiene o de los aditivos de perfumes que utilicemos para hacer que tengamos un determinado olor. Y lo mismo la vivienda, el hogar, el lugar donde habitamos. Quizá aun reconocemos aquel olor de la casa de nuestros abuelos que tanto nos atraía; se mezclan los aromas de nuestro cuerpo con los aromas que nosotros sepamos darle con nuestra manera de ser o con nuestra manera de actuar.

Aquella fragancia, por ejemplo, que recordamos de la casa de nuestros mayores no es que huela a determinadas cosas sino que es lo que allí encontramos, lo bien que en aquel lugar nos sentimos, ese sabor tan especial que tenían los besos de la abuela, por decir algo, o el cariño y el respeto que se desprendían del abuelo. Y aquí podríamos seguir diciendo muchas cosas.

Bueno ya sabemos por qué aquella casa de Betania comenzó a exhalar aquella especial fragancia que daría pie a tantos comentarios. Fue, es cierto, aquella libra de nardo puro que María de Betania había conseguido para ungir los pies de Jesús. Pero quizá aquel olor ya estaba de antemano impregnando aquel hogar. Cuántas visitas de Jesús a su paso por Betania cuando hacía el camino de Galilea a Jerusalén, pero era también la acogida que allí Jesús recibiría que mientras Marta se afanaba en los preparativos propios de la hospitalidad tan proverbial entre ellos, María se sentaba a los pies de Jesús para no perderse ni una de sus palabras o de sus gestos de amistad. Claro que en aquellos gestos de hospitalidad estaba siempre el ofrecer el agua para lavarse y los perfumes con que eran ungidos todos los que eran bienvenidos a cualquier hogar.

María de Betania se sentía en deuda con Jesús que había acudido tras la muerte de su hermano Lázaro y lo había resucitado. ¿Sería un banquete de agradecimiento el que ahora se estaba ofreciendo al Maestro y los discípulos que lo acompañaban? Parece estar en las intenciones de María de Betania. Y Jesús se deja hacer, aquello va a tener también un significado en su pronta sepultura. Faltaban solo unos días para la celebración de la Pascua y que en esta ocasión iba a tener un sentido especial; Jesús habría de ser ungido pero para su sepultura. María de alguna manera se está adelantando al rito funerario que en las premuras de la tarde del viernes no podrán realizar debidamente y que pasado el sábado intentarán suplir. Pero ahora todo tiene un significado especial y así lo es también el perfume derrochado sobre los pies de Jesús.

Nosotros que sabemos todo cuanto va a suceder y que estamos iniciando esta semana de pasión para celebrar el triduo pascual hemos de realizar los debidos preparativos. ¿En las previsiones está el perfume también? Creo que no nos debe faltar. Un perfume y una fragancia que lo inunde todo con un olor especial y que es el que cada uno de nosotros ha de aportar desde su propia vida. Tendría que notarse que nosotros estamos implicados en la celebración de esta pascua, y nuestro olor tendría que ser uno de los que destacasen.

¿Qué estamos dispuestos a aportar? Ese nardo que tan bien huele tiene que surgir desde el centro de nuestro corazón.  Es la intensidad de vida que nosotros vamos a poner. No podemos acercarnos a la mesa de este banquete de cualquier manera sino que para la ocasión tenemos que prepararnos. No estamos buscando ricos ropajes para nuestras imágenes sagradas, ni nos contentamos con el aroma de las nubes de incienso que vamos a hacer brotar; esas ropas un día se mancharán o se pondrán viejas e inservibles y esas nubes de incienso se difuminarán y pronto dejaremos de sentir la intensidad del perfume de su fragancia.

¿Qué es entonces lo que podemos ofrecer? Cada uno mire lo mejor que hay en sí mismo y vea como está dispuesto a compartirlo, miremos con sinceridad que es lo mejor que podemos aportar para que el mundo se vea envuelto en una nueva fragancia. Tendríamos quizá que comenzar por ver qué es lo que le está faltando al mundo y como con Jesús nosotros podemos ofrecerlo.

martes, 6 de octubre de 2020

Que encontremos la placidez y la paz de Betania pero que sepamos ser ese patio del hogar de Betania para los demás

 


Que encontremos la placidez y la paz de Betania pero que sepamos ser ese patio del hogar de Betania para los demás

Gálatas 1, 13-24; Sal 138; Lucas 10, 38-42

Confieso que soy un enamorado de Betania. Pensar en Betania me hace sentir sosiego y paz en el corazón. Pensar en Betania es sentirme acogido como aquellas hermanas acogían a Jesús y me impulsa a caminar los mismos caminos. Pensar en Betania me hace imaginar aquel patio lleno de flores, con sus parrales llenos de frutos o sus enredaderas llenas de flores, allí junto al camino con las puertas siempre abiertas, sin barreras que impidan el paso a sentarse al frescor de aquellos árboles saboreando el perfume de las flores y alrededor de un cesto de frutas que se ofrece al caminante como señal de hospitalidad.

Podemos imaginar la escena que nos ofrece hoy el evangelio; podíamos decir que no tiene nada especial pero lo tiene todo. Marta, quizá la hermana mayor, en sus ajetreos para prepararlo todo y ofrecer lo mejor a sus huéspedes que ya son sus amigos y María, quizá la hermana menor -¿más indolente?, no lo tenemos que pensar – pero con los ojos bien abiertos, con los oídos muy atentos a lo que cuentan los visitantes. Es la acogida, es la escucha que todos necesitamos y cuando alguien se sienta a nuestros pies para escucharnos nuestras historias o nuestras preocupaciones, nos hace sentir también en paz por muchas que sean las turbulencias que llevemos en el corazón.

Lo que parece una queja o un reproche de Marta contra su hermana María lo podemos ver en la normalidad de lo que pueda suceder en momentos así en cualquier familia. ‘¡Dile a esa chiquilla que se quedó ahí embobada, que venga a ayudar que hay muchas cosas que hacer!’ es de lo que de alguna manera se quejaba Marta; pero María estaba haciendo su labor, su acogida, su escucha que tan importante es. Podríamos haberle replicado nosotros que a los huéspedes no se les deja solos y es lo que estaba haciendo María.

Nosotros ahora vemos el texto y decimos con toda razón que María estaba acogiendo y escuchando a Jesús, y es cierto que nos está enseñando a hacerlo. ‘María ha escogido la mejor parte’, le diría Jesús a Marta ‘mientras tú andas afanada en tantas cosas’. Claro que nos vale para sepamos escuchar a Jesús, sepamos escuchar y acoger su Palabra, sepamos que antes que ponernos a hacer muchas cosas tenemos que estar bien unidos a El, porque el sarmiento que no está unido a la vid, no está unido a la cepa no podrá dar fruto. Y aquí mucho tendríamos que pensar en todo lo que es nuestra vida cristiana, en todo lo que tiene que ser la espiritualidad que vivamos desde nuestra unión al Señor. Sin esa unión no tendremos una espiritualidad profunda, sin esa unión nuestra vida se quedará en la superficie, sin esa unión no vamos a sentir la fortaleza del Señor para nuestra lucha y para nuestro trabajo, para toda nuestra vida.

Pero hemos de saber también que cuando acogemos y escuchamos al otro estaremos escuchando a Jesús; cuando te has detenido en el camino para dar unos buenos días y dedicarle una sonrisa a aquel con quien te cruzas, cuando has sabido sentarte en silencio al lado del que sabemos que tiene muchos sufrimientos en su cuerpo o en su corazón, cuando te has quedado con aquel anciano que una y otra vez te contaba sus mismas historias pero que era feliz contando sus peripecias a quien lo escuchara, cuando te has puesto al lado de aquel amigo que sufre en silencio en sus luchas y en sus dudas y has esperado pacientemente un día y otro a que él te contara… estabas acogiendo también a Jesús, estabas escuchando también a Jesús, estabas como María en el patio de Betania a los pies de Jesús en la Betania aquel hermano al que tratabas de escuchar.

Que encontremos esa placidez y esa paz de Betania pero que sepamos ser ese patio del hogar de Betania para los demás porque muchos están deseando encontrar ese lugar de paz en la escucha de alguien que sepa detenerse en la vida a su lado.

lunes, 6 de abril de 2020

Inundemos con el perfume de nuestra fe la sala del banquete de la vida sabiendo vivir en el seno familiar la presencia del Señor como el perfume de María de Betania



Inundemos con el perfume de nuestra fe la sala del banquete de la vida sabiendo vivir en el seno familiar la presencia del Señor como el perfume de María de Betania

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12, 1-11
Las normas más elementales de educación, de urbanidad, de buenas maneras nos señalan que a quien recibimos en nuestra casa, no lo dejamos a la puerta como si fuera un desconocido sino que lo hacemos pasar; según sea la confianza y el grado de amistad que se tenga lo recibimos formalmente en lo que llamamos la sala de recibir, o lo pasamos si hay más confianza a lugares más comunes de la casa; igualmente le ofrecemos si quiere tomar algo como un gesto de acogida y si fuera en horas de comida según sea el respeto o la confianza lo invitamos también a sentarse a nuestra mesa. Es la acogida y la hospitalidad; son las buenas maneras y el respeto que nos merece la persona.
En los pueblos antiguos era usual el ofrecer agua para lavarse y para tomar, lo que nos parecer natural dadas las condiciones y la precariedad de calzadas y caminos, y el polvo y suciedad que se iba recibiendo al caminar; pero junto a ello se podía ofrecer también un perfume – y pensemos en lo dados a los perfumes que son los pueblos orientales para situarnos en el hecho que nos presenta hoy el evangelio – que podía hacer más agradable la presencia de la persona que llegaba sudorosa del camino y vete a saber con qué olores.
El episodio que hoy nos presenta el evangelio nos trae a la memoria otro hecho similar, cuando aquella mujer pecadora se atrevió a meterse en la sala del banquete que se le ofrecía a Jesús en la casa de Simón, el fariseo, y lavando los pies con sus lágrimas se los ungía al tiempo con perfume. Ya recordamos como Jesús poco menos que le echa en cara a Simón que no ha cumplido con las leyes de la hospitalidad porque ni le había ofrecido agua ni tampoco lo había ungido con perfumes, como hacia en aquel momento aquella mujer.
Dos episodios con unos gestos semejantes, pero que sin embargo tienen sus diferencias, pues si entonces había sido una mujer pecadora que le mostraba su amor lleno de arrepentimiento a Jesús con aquellos signos, ahora es María, la hermana de Lázaro al que Jesús había resucitado recientemente, la que expresaba con aquel carísimo perfume el agradecimiento por la obra del Señor en sus vidas.
Vemos cómo por medio se tergiversan las intenciones cuando Judas comentaba que aquel dinero del perfume se podría haber dado para los pobres, pero a lo que Jesús responde haciendo referencia de aquel perfume con la unción con perfumes que habría de recibir después de su muerte. Más tarde veremos a una María y a unas buenas mujeres acudir al sepulcro en el primer día de la semana pensando en realizar las unciones preceptivas que no habían podido realizar en la tarde del viernes por adelantarse la hora de la parasceve, de la preparación de la cena pascual.
Y aquí andamos nosotros también en momentos de preparación a la celebración del triduo pascual, en la pasión, muerte y resurrección del Señor. Este año, si queremos verlo así, con unas características especiales si queremos verlo así, por los momentos que vivimos; quizá en otras ocasiones en nuestras comunidades andábamos muy agobiados en estos días con la preparación de muchas cosas, pero que quizás, hemos de reconocerlo, nos podían distraer en cosas secundarias de lo que era lo principal. Más preocupados andábamos de la preparación de nuestros templos y de sus adornos, ya fuera para el monumento del Jueves Santo, como para las procesiones que se realizaban. Pero ¿qué era lo que en verdad había que preparar?
Ese año ha de predominar la austeridad de tal manera que no habrá ninguna manifestación externa y no se podrán tener las celebraciones con la asistencia de los fieles. Para algunos pudiera ser como un escándalo que nos disperse y nos pueda hacer olvidar del todo los días en que estamos; alguien me decía en su confusión, no hay semana santa. Una oportunidad, sin embargo, para que busquemos la vivencia honda que en la soledad de nuestros hogares tendríamos que saber encontrar, un motivo también para que esos momentos los tengamos en un sentido de comunidad familiar, verdadera iglesia doméstica, que vive y celebra el misterio del Señor.
Yo diría que es el perfume costoso – y no lo digo por el sentido del dinero sino por lo que nos puede costar el esfuerzo – que hemos de saber preparar para vivir estos días nuestra fe desde el ámbito familiar. Una de las cosas positivas que algunos nos están ayudando a reflexionar sobre lo que estamos viviendo estos días es el hecho de la profundización en el encuentro familiar, cuando obligatoriamente tenemos que estar juntos en familia.
Pues a eso positivo le podemos dar aún mayor hondura cuando llegamos a saber poner en el centro de nuestro hogar, en el seno más íntimo y profundo de la familia la presencia del Señor y la celebración de nuestra fe. Qué hermoso perfume tiene que brotar de nuestras familias unidas en una misma fe y que tendría que difundirse, como se difume la intensidad del olor de un perfume, entre todos los que nos rodean.

domingo, 21 de julio de 2019

Aprendamos que no son solo las soluciones técnicas las que hacen mejor la vida de las gentes, sino la humanidad que pongamos en nuestras relaciones


Aprendamos que no son solo las soluciones técnicas las que hacen mejor la vida de las gentes, sino la humanidad que pongamos en nuestras relaciones

 Génesis 18, 1-10ª; Sal 14; Colosenses 1,24-28; Lucas 10, 38-42
Pase para dentro y tome algo, quizás nos habrán dicho más de una vez en ese sentido hospitalario y acogedor de nuestras gentes sobre todo de nuestros campos. ¿Qué le puedo ofrecer? ¿Un vaso de vino? Nos dicen con una generosidad que nos conmueve.
Me viene a la memoria una anécdota de una experiencia que viví en una ocasión. Estaba en otra isla y la parroquia era muy extensa en territorio con numerosos pueblecitos repartidos entre montañas y barrancos; solía visitarlos una vez al mes pasando una tarde con aquella gente pobre y sencilla recorriendo sus veredas y visitando sus casas.
En esta ocasión me acompañaba un joven seminarista que quiso llevar también a un niño de una familia cercana a la parroquia y entre las vueltas que estábamos dando recorriendo el lugar, desde el patio de una casa nos llamaron y nos invitaron a pasar. Inmediatamente querían ofrecernos algo, ¿un vaso de vino? y ya estaban tres vasos sobre la mesa y la botella de vino preparada para servir. Les dije que yo si me tomaba un poquito, pero que no sabía si el joven quería tomar – edad tenia para decidirlo – pero que el niño no tomaba vino; ya el chiquillo estaba diciendo por su parte que él no quería nada. La señora de la casa insistía y argumentaba qué es lo que iba a decir el padre del niño que había estado en su casa y no le habían brindado con nada.
Quiero recordar este sencillo hecho – que para algunos quizá no tenga ningún valor - como expresión de ese sentido de hospitalidad y acogida de la gente, y que te ofrecen con generosidad lo que tienen y hasta lo que no tienen aunque vivan en su pobreza carentes de muchas cosas. Un virtud, un valor el de la hospitalidad de suma importancia en nuestras relaciones humanas, que no es ya abrir las puertas de tu casa – que ya sabemos a cuanta gente les cuesta abrirlas en una desconfianza que se nos ha metido en nuestra sociedad – sino que es acogerte para hacer que te sientas bien y a gusto con ellos. Que te sientas como en tu casa, se suele decir.
Es ese estar atento en lo que te pueda agradar, pero es ese estar allí abriendo el corazón, abriendo su vida ponerte en el centro de su atención. Es la mutua comunicación y relación que se establece entre los que te acogen y los que se sienten acogidos porque es un interesarse de sus cosas y sus vidas escuchándose mutuamente porque siempre habrá un punto de encuentro y un punto de interés.
Lástima que en la vida de hoy estemos tan encerrados en nosotros mismos – una señal son tantas puertas y ventanas cerradas como observamos al pasar por cualquier población – con desconfianzas y con miedos, sin querer saber de los demás aunque estén en la puerta de al lado como sucede tantas veces, pero sin abrir nuestra vida a los demás. Si no somos hoy capaces de abrir la puerta al que está cerca de nosotros y nos cruzamos con el todos los días en la escalera, por decirlo de alguna manera, cómo vamos a abrirnos al desconocido, al emigrante o al que llega desde otras tierras y lugares buscando un refugio y una solución a los problemas que viven en su lugar de origen. Así surgen esas reacciones xerófagas y racistas que estamos viendo cada día en nuestra sociedad.
De esto nos está hablando hoy el evangelio. El hogar de Marta y Maria con su hermano Lázaro estaba en Betania a la orilla del camino que subía del valle del Jordán hasta Jerusalén para entrar a la ciudad santa por Betfagé y el monte de los olivos. Era el camino que habitualmente hacían los galileos, bajando por todo el valle del Jordán, evitando el paso por Samaria, para llegar como peregrinos en la Pascua a la ciudad santa. Betania es como un jardín en la cercanía del desierto de Judá en el que inmediatamente nos adentramos una vez que se inicia el camino de bajada hasta Jericó. 
La casa de Marta y Maria como las de todos los que habitaban aquel lugar era un lugar abierto para ofrecer agua y descanso a los que se dirigían a Jerusalén agobiados por el calor y la fuerte subida del camino. No fue solo una vez, como se desprende por los textos del evangelio, en que Jesús y los discípulos encontraran esa acogida en aquel hogar. Lo que nos narra el evangelio hoy es una muestra de ello. Lo sucedido en aquel momento en que Marta se afanaba en preparar todo lo necesario para acoger y servir al Maestro de Nazaret mientras María hacia los honores, por así decirlo, de la acogida sentándose a sus pies para hablar y para escucharle, podríamos decir que era lo habitual que se hacía en aquellas ocasiones.
Sin embargo el evangelio quiere resaltar algo a partir del agobio de Marta en sus faenas y su queja contra su hermana. Es una queja de lo más humano. Aparentemente María no está haciendo nada mientras parece que Marta se lleva toda la faena. ‘Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano’. Y digo aparentemente no está haciendo nada cuando está haciendo algo importante, se ha sentado con el huésped a escuchar y a estar con El. ¿No forma parte eso de la más elemental hospitalidad? ¿Sería bonito que dejaran al huésped solo porque había que estar en la cocina entre cacharros preparando cosas?
‘María ha escogido la mejor parte’. En su buena voluntad parecía que Marta es la que estaba haciendo lo mejor, pero ¿qué mejor podemos ofrecerle a alguien que la cercanía y el estar a su lado? ¿No nos estará queriendo decir algo también a los hombres y mujeres de hoy que, por ejemplo, en sus profesiones son unos técnicos muy eficientes pero que luego en el trato con las gentes que atendemos nos falta cercanía y humanidad?
No son solo las soluciones técnicas las que hacen mejor la vida de las gentes, sino la humanidad que pongamos en nuestras relaciones, la cercanía en el trato, la escucha llena de empatía de la que gente que nos quiere contar sus problemas, ese trato y esa relación que nos hace estar cerca de las personas y con lo que podemos hacer que haya una verdadera convivencia.
Muchas mas cosas nos puede decir aun el texto del evangelio, pero que al menos nuestra reflexión nos lleve a ser más humanos y cercanos los unos de los otros y así estaremos comenzando a hacer un mundo mejor.

lunes, 15 de abril de 2019

Pongamos a Jesús en el centro de todo, en el centro de nuestro corazón para transpirar la fragancia del amor, la armonía, la paz, la serenidad de espíritu


Pongamos a Jesús en el centro de todo, en el centro de nuestro corazón para transpirar la fragancia del amor, la armonía, la paz, la serenidad de espíritu

 Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12,1-11
‘Y la casa se llenó de la fragancia del perfume’. Qué agradable es cuando una llena a una casa y aprecia la fragancia del hogar. Hay lugares que huelen bien. Huelen a hogar, huelen a amar y ternura, huelen a sencillez y a humildad pero al mismo siento se huele la armonía de quienes allí viven y uno se llena de su paz, se huele la prontitud para el servicio y uno se siente siempre acogido.
No hacen falta perfumes externos, ni fragancias que vengan en frascos, pero es algo hondo que se palpa, se siente, se huele con el alma. Agradable es que no haya malos olores y que todo se haya suavizado con la delicadeza y la ternura. No está de más, por otra parte, que podamos poner otras fragancias que nos hagan sentir bien.
Algunas veces pueden aparecer malos olores, porque todos tenemos un corazón débil y en un momento determinado pueden aparecer intereses particulares y tensiones, pero ahí está la sabiduría del amor que suavicen las tensiones y que transformen los intereses particulares. Siempre tiene que haber alguien que se pone poner paz con la serenidad de su espíritu, que tienda los brazos para abrazar y para acoger, para poner paz en el corazón y para ser punto de encuentro que con lazos de amor nos haga bello ramillete.
La fragancia había llenada aquella casa de Betania donde ofrecían un banquete y estaba Jesús. María de Betania había derramado a los pies de Jesús un frasco de una intensa fragancia. Es todo un signo. 
Allí estaba la expresión del amor y de la gratitud. Siempre aquel hogar de Betania había sido un lugar de paz y de acogida. Ahora muchos motivos más tenían para el agradecimiento tras los últimos acontecimientos. Allí estaba aquella ofrenda que hacia resaltar ya la fragancia que brotaba de aquel hogar. Aunque entre los presentes haya algunas sombras  - allí están los comentarios sombríos de Judas tras la apariencia de hermosos deseos – pero la luz resplandecerá sobre todo.
También nos sucede que tras la apariencia de cosas hermosas podemos esconder nuestros intereses llenos de egoísmo y que tienen poco que ver con actitudes solidarias. Mucho tenemos que purificar en nuestro interior para que nosotros también demos siempre la buena fragancia que haya hermosa la convivencia y el encuentro con los que nos rodean y que sepa llegar más allá. Cuando la fragancia es intensa no la podemos encerrar entre las cuatro paredes de aquellos con los que podamos tener mejor sintonía sino que alcanzará a todos. Desde los entresijos de nuestro espíritu tenemos que ir dejando transpirar esa buena fragancia que vaya inundándolo todo a nuestro paso.
¿Dónde podemos encontrar la fuente? Cuando ponemos a Jesús en el centro de todo, cuando ponemos a Jesús en el centro de nuestro corazón transpiraremos amor, armonía, paz, serenidad de espíritu. Es a lo que tenemos que aspirar. Llenémonos de Jesús y transmitamos a los demás ese buen olor de Cristo desde nuestra vida, nuestras actitudes, nuestros gestos, desde todo lo que hagamos y vivimos.

lunes, 26 de marzo de 2018

Con una fragancia de suave olor tenemos que perfumar nuestro mundo derrochando amor, repartiendo sonrisas y abriendo nuestro corazón para acoger a los demás


Con una fragancia de suave olor tenemos que perfumar nuestro mundo derrochando amor, repartiendo sonrisas y abriendo nuestro corazón para acoger a los demás

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12,1-11

¿Habrá alguien que sea alérgico o que no le agrade un suave perfume? Qué agradable sensación cuando pasas al lado de una persona que va dejando a su paso un halo de limpieza y de perfume. Como agradable es llegar a un lugar embellecido con unas flores, pero perfumada por el suave olor de las flores. Agradable es aun más cuando sentimos una sensación de paz y de serenidad en el encuentro con las personas que trasmiten no ya un perfume que nos llegue por el olfato sino por su presencia acogedora y llena de amor. Podemos decir, entonces, que hay perfumes y perfumes.
Hay personas que no dan olor y no es ya porque no usen esos perfumes de los que normalmente hablamos sino que su presencia es aséptica al no trasmitir nada en su vida porque les falte esa capacidad de acogida y de empatía para trasmitirnos algo de lo que lleven en su corazón. Ni fríos ni calientes, encerrados en su torre de marfil se manifiestan hieráticos y distantes con lo que ya no nos sentimos a gusto y casi espontáneamente rehuimos su presencia.
Hoy el evangelio nos ha hablado de perfumes. Nos detalla el amor de María de Betania que gastó su dinero en aquel vaso de oloroso y costoso perfume para derramarlo a los pies de Jesús. La fragancia del perfume inundó toda la casa, nos dice el evangelista. Era habitual en ella el derrochar sus perfumes para acoger y recibir a Jesús porque aunque entonces no era de nardo purísimo como ahora ese perfume había también derramado cuando sentándoles a los pies de Jesús le recibió en su casa. Aquel hogar de Betania derramaba torrentes de perfume en la acogida y en el amor con que recibían y atendían a Jesús cuando allí llegaba.
En la narración un tanto cronológica de los últimos momentos de Jesús la liturgia nos ofrece este evangelio cuando ya hemos iniciado esta semana de pasión como acontecimiento cercano a la pasión y a la muerte de Jesús. Después de la resurrección de Lázaro en Betania habían preparado un banquete para Jesús. Allí estaba con sus discípulos, allí está Lázaro el que había vuelto a la vida, Marta como siempre estaba con el servicio a la mesa, pero María ‘se había salido’ como ahora se dice derrochando todo aquel perfume a los pies de Jesús. ‘Lo tenia preparado para mi sepultura’, aclarará Jesús cuando incluso en alguno de los discípulos surgen comentarios interesados y no muy bien intencionados.
Quiero centrar mi pensamiento en ese perfume derrochado a los pies de Jesús. Era un buen perfume que nos habla de amor y de acogida, de sentimientos de gratitud y de muestras de amistad frente a otro mal perfume que quería por allá aparecer en los malos sentimientos e interesados juicios y pensamientos. Por eso la pregunta que me hago es con cuál perfume me estoy yo hoy, lunes santo, acercando a Jesús para celebrar su Pascua.
Desgraciadamente tantas veces en la vida he sido alérgico al perfume del amor y de la acogida cuando he dejado meter la maldad y la insolidaridad en mi corazón; maleamos nuestro corazón desde intereses egoístas, desde juicios maliciosos, desde la frialdad y la insensibilidad con que tantas veces vamos por la vida. Parece que fuéramos alérgicos al amor.
Como nos dirá san Pablo tenemos que dar el buen olor de Cristo y lo haremos cuando pongamos sensibilidad y amor en nuestro corazón, cuando aprendamos a mirar con ojos nuevos a los que nos rodean y seamos capaces de entrar en una nueva sintonía de amor con cuantos nos vamos cruzando por los caminos de la vida. Es la fragancia que tenemos que saber ir dejando a nuestro paso; es la cercanía y el cariño con que sabemos acercarnos a los demás; es la sonrisa que regalamos a todo aquel con quien nos encontremos. Mira con mirada nueva a todo aquel que se cruza en tu camino como si con Cristo mismo te encontraras y harás sentir a todos el perfume del amor cristiano.



sábado, 29 de julio de 2017

Unas puertas siempre abiertas para acoger y recibir en la hospitalidad mas hermosa, pero para abrir nuestro corazón a Dios que siempre nos trae un mensaje de vida

Unas puertas siempre abiertas para acoger y recibir en la hospitalidad mas hermosa, pero para abrir nuestro corazón a Dios que siempre nos trae un mensaje de vida

1Juan 4,7-16; Sal 33; Juan 11,19-27
‘Si hubieras estado aquí…’ una queja que puede surgir espontánea quizá provocada por la misma amistad y confianza que se tiene. Es el reproche en principio de cariño, aunque algunas veces pueda destilar amargura a quien queríamos que estuviera con nosotros en aquellos momentos, pero no pudo estar, no llego a tiempo, tenia quizá otras cosas que consideraba mas importantes en las que ocuparse, o surgió un descuido, un olvido y a pesar de la buena voluntad en aquel momento no estaba.
¿Podían haber sido las cosas distintas? ¿Se habrían solucionado algunos problemas? ¿Necesitábamos quizá la presencia del amigo con la palabra oportuna, con el gesto y el detalle de la cercanía pero que no pudimos tener? Algunas veces quizá muy ocupados en nuestras cosas no sabemos estar en el momento propicio que tanto nos necesitaban. Vendrán las disculpas, la comprensión quizá del que se vio solo, o pudiera quedar por dentro un pozo de negrura y hasta quizás de desconfianza.
¿Era algo así el sentido de las palabras primero de Marta y luego de María de Betania? Le habían mandado aviso a Jesús, ‘Lázaro, tu amigo, al que amas, está enfermo’. Jesús estaba más allá del Jordán en aquellos días en que se había retirado un poco de la circulación porque ya comenzaban a tramar fuertemente contra El. Jesús recibió la noticia y se quedo unos días más. Cuando llego a Betania Lázaro llevaba cuatro días enterrado, luego hacia más tiempo que había muerto, porque mediaría también el tiempo del duelo y los funerales. Pero Jesús cuando les dijo a los discípulos que regresaba a Judea, aunque ya les anuncio su muerte, les había dicho también que prefería que fuera así para que se manifestara la gloria de Dios.
‘Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano’. Era un reproche, una queja, pero también una manifestación de fe y de confianza en Jesús que no se acababa. Ahí hemos escuchado en el evangelio ese diálogo que anuncia vida. ‘Tu hermano resucitará’, y Marta piensa en la resurrección del ultimo día. Pero sigue teniendo confianza en Jesús y el poder de su Palabra. ‘Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá’.
Es lo que tenemos que destacar de Marta, su fe y su confianza en el poder de Jesús. Terminará confesándolo con toda solemnidad tras las palabras consoladoras y al mismo tiempo la petición de Jesús. ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’.
Nos vale esto en nuestra reflexión cuando hoy estamos celebrando la fiesta de santa Marta. La mujer hacendosa y prudente, la mujer siempre dispuesta al servicio y responsable de sus obligaciones. No daba había para preparar todo cuando llegaba Jesús pero en todo quería servirle. Las puertas de aquel hogar de Betania siempre están abiertas. Es la mujer de la acogida generosa.
Pero es la mujer creyente, la mujer de una fe recia, la mujer fuerte por encima de las dificultades y los contratiempos de la vida. Ahí la contemplamos con toda entereza en medio del duelo, con lágrimas que se le derraman del alma, pero siempre prontos para acoger, para recibir, para abrir puertas; abre también las puertas de su alma, abre las puertas de la fe, abre su corazón a Dios y a su Palabra. Es la fortaleza de la fe y es la profundidad del amor.

lunes, 10 de abril de 2017

Ojala seamos capaces de llenar nuestro mundo de esa nueva fragancia del amor que nace de nuestro encuentro con Jesús.

Ojala seamos capaces de llenar nuestro mundo de esa nueva fragancia del amor que nace de nuestro encuentro con Jesús.

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12,1-11
‘Y la casa se llenó de la fragancia del perfume’. El perfume, ese líquido aromático que se usa para desprender un olor agradable. No nos gustan los malos olores, tratamos de suavizarlos con algún perfume; hay muchas variedades y podríamos decir que hay perfumes para todos los gustos; nos hacen sentir una sensación agradable y es agradable estar al lado de quien huele bien o en un lugar suavemente perfumado. Es como la naturaleza que nos da diferentes perfumes, los árboles, las flores en toda su diversidad, el mar, la montaña, cada lugar tiene su perfume y nos puede llenar de paz y serenar nuestro espíritu.
Pero un perfume no es solo quitar una mala sensación por un mal olor, sino que puede convertirse también en una ofrenda de amor, un signo de amistad, una expresión de esa cercanía que queremos sentir con alguien que nos es agradable. Regalamos perfumes a quien amamos, los recibimos con agrado de quien sabemos que nos quiere bien, nos hace recordar hermosos momentos vividos con alguien, porque todos tenemos nuestro olor con el que nos podemos hacer recordar y que pueden motivar muchos recuerdos y sensaciones vividos.
‘La casa se lleno de la fragancia del perfume’, nos dice el evangelio hoy. Jesús estaba participando en una comida en Betania, Marta como siempre servia, allí estaba Lázaro a quien Jesús había resucitado, y por allá apareció María, la que sabia ponerse a los pies de Jesús, ahora con un frasco de caro perfume de nardo purísimo. Ya sabemos lo penetrante del olor del nardo; y María lo derramo entero a los pies de Jesús. Muchas cosas quería expresar aquella mujer a Jesús, a quien tanto amaba; podía estar el recuerdo de su vida anterior y su encuentro con Jesús, podría ser el recuerdo de aquellos momentos vividos a sus pies escuchando sus palabras, podría ser la expresión de la gratitud por la vuelta a la vida de su hermano Lázaro por la obra de Jesús.
Habrá siempre alguien interesado que no sabe interpretar los signos y los gestos. En este caso no vendrá la interpelación desde los que querían quitar de en medio a Jesús sino de uno de sus propios discípulos, pero en quien estaba entrando la negrura en su corazón. Aquel dinero gastado en el perfume se podría haber empleado de otra forma; y se quiere justificar en querer darlo a los pobres, pero ya el evangelista nos descubre cuales eran las intenciones torcidas de quien se presentaba ahora con cara de bueno. Jesús quiere quitar hierro a la disputa que se puede crear y resalta lo que aquella mujer hace, explicando que de alguna manera se esta adelantando a lo que habría que hacer con su sepultura, pero que con las prisas del viernes en la tarde no podrán realizar debidamente. Pero es que Jesús lo que quiere resaltar es el amor de aquel corazón.
Nos aprestamos nosotros a celebrar la pasión y la muerte de Jesús. Hemos iniciado ya el camino de la semana santa y nos acercamos a los días del triduo pascual. Creo que hoy podríamos tomar el camino de María de Betania y querer acercarnos a Jesús para perfumar también sus pies, esos pies que nos señalan los pasos que nosotros hemos de ir dando, de ir siguiendo. Podemos ofrecer también nosotros un perfume que tiene que ser necesariamente el perfume de nuestro amor.
Primero quizás tendríamos que quitar de nosotros los malos perfumes, el mal olor del pecado que hayamos dejado meter en nuestra vida. Busquemos a Jesús con el perfume del perdón que nos purifica. Pero intentamos ya comenzar a dar ese buen olor de Cristo porque de Cristo nosotros nos impregnemos en su amor. Es en Cristo donde podemos encontrar ese perfume. Es en su amor en el que tenemos que sentirnos envueltos para que lleguemos a dar ese buen olor de Cristo.
Nardos, rosas, jazmines, miles de flores olorosas en las que tenemos que sumergirnos para llenarnos de ese buen olor del amor. Un olor de amor que tenemos que expresar de mil diferentes maneras entre aquellos con los que convivimos, con aquellos a los que podemos o tenemos que acercarnos y a los que encontraremos cada uno en sus propias circunstancias de su vida; a cada uno, según su necesidad o su carencia, según lo que vive o lo que ansia en su corazón nosotros nos acercaremos con los gestos de nuestro amor, unos gestos bien individualizados, personalizados, porque de forma muy concreta amaremos a cada uno.
Ojala seamos capaces de llenar nuestro mundo de esa nueva fragancia del amor que nace de nuestro encuentro con Jesús.