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martes, 5 de agosto de 2025

Una mano que nos da seguridad en el camino y los peligros, nos levanta de nuestros desánimos, nos perfuma con una unción de vida, pone esperanza y alegría en el corazón

 


Una mano que nos da seguridad en el camino y los peligros, nos levanta de nuestros desánimos, nos perfuma con una unción de vida, pone esperanza y alegría en el corazón

Números 12, 1-13; Salmo 50; Mateo 14, 22-36

¿Alguien te ha pedido alguna vez que le des la mano porque al pasar por un sitio peligroso siente miedo? Seguramente le hemos dado la mano que le sirva de apoyo para que se sienta segura diciéndole que no tiene por qué temer, que allí estamos nosotros para ayudarle. Parece quizás una cosa sencilla y que no tuviera mucho valor, pero para quien está pasando por ese episodio de miedo le es un gesto de mucha importancia.

No ya solo un sitio peligroso que dé vértigo o que pueda traer otras consecuencias que pudieran poner en peligro nuestra vida sino que entendemos que en situaciones así, y no refiriéndonos a lo material, nos podemos encontrar todos en muchas ocasiones. Miedos ante lo que pueda suceder, ante lo imprevisto, a lo que puedan los otros decir, a las situaciones dolorosas de la vida cuando nos cercan los problemas, a lo que sucede en nuestro entorno y en algo muy concreto en la familia, a lo que hemos hecho que pudiera ahora traernos consecuencias… podríamos seguir así y la lista se nos haría interminable; momentos oscuros en que nos sentimos solos, que necesitamos una mano o una voz, una presencia que sea aliento, algo especial que nos haga sentirnos seguros, valentía para afrontar esas situaciones y encontrar un camino de salida, soledades que necesitan una compañía.

Me hace pensar en todo esto la página del evangelio que hoy se nos ofrece en dos de sus momentos. Jesús había embarcado a los discípulos rumbo a la otra orilla, mientras El despedía a la gente, aunque luego se fue solo a la montaña para orar. Cada uno de sus pasos son importantes y necesitarían mucho comentario. Pero nos centraremos en los discípulos en medio del lago, en una travesía que se les está haciendo costosa, pero en la que además se sienten solos, porque Jesús se ha quedado en tierra. Estaban ya tan acostumbrados a estar siempre con Jesús, que ahora sienten esa soledad y les parece que la barca no avanza.

Pero no están solos, aunque hasta ahora no lo han visto, Jesús viene a su encuentro. El siempre se las arregla para estar a nuestro lado. Pero aquellas soledades que en la noche estaban pasando les ciegan; cuantas veces nos cegamos y no vemos lo que tenemos a un palmo de nuestras narices. No solo les ciega sino que les confunde. Creen ver un fantasma y se ponen a gritar llenos de miedo. En otra ocasión en la barca y en aquel mismo lago habían gritado desesperados, porque aunque Jesús estaba allí, parecía ajeno a la tempestad por la que estaban pasando. ‘No te importa que nos hundamos’, había sido la queja con la que le habían despertado. Cuantas cegueras se nos meten en la vida que nos hacen no entender.

‘Soy yo, no temáis’. Aunque reconocen su voz, esa voz inconfundible que tantas veces habían escuchado y que tantas cosas les había hecho comprender, que les explicaba a ellos de manera especial cuando la gente no entendía nada, que les recordaba una y otra vez el nuevo sentido de sus vidas que tenía que ir por la humildad y el servicio. Esa voz que un día sacará de su letargo y sus lágrimas a Magdalena que está cegada a la puerta del sepulcro con que habían robado el cuerpo de Jesús. Pero ahora ellos siguen dudando.

‘Si eres tú, haz que yo pueda ir hacia ti sobre el agua como Tú’, había sido la petición de Pedro. ‘Ven’, le había dicho Jesús y esa palabra tenía que darle confianza y seguridad, le tenía que hacer mantenerse en su intrepidez y aunque se había puesto a caminar sobre el agua para llegar hasta Jesús – en otra ocasión se lanzaría a nado con ropa y todo para llegar más prontamente – una brisa que levantaba una ola le hizo dudar y comenzó a hundirse. Será la mano de Jesús la que lo levante y le ponga de nuevo en la barca para que se sienta seguro.

La mano que Jesús nos tiende, que pone sobre nuestro hombro, que toca nuestro cuerpo malherido, con la que pone un nuevo colirio en aquel barro que amasó con su saliva sobre nuestros ojos, con la que nos hace tomar esa camilla de nuestras invalideces para que nos levantemos y la carguemos caminando con seguridad en la vida, la que nos levantará de ese sueño que parece muerte como a la niña de jairo para que comencemos a hacer una vida normal, la que nos ayudará a bajar de nuestra higuera para hacer que nuestro día sea muy especial, la que dejará su manto a voleo para que nos agarremos de él y nos sintamos curados, la que nos hará sentir nueva alegría en el corazón porque a pesar de nuestros desánimos y nuestras dudas y errores va a ser Él quien perfume nuestra vida con un olor que nos envuelva y envuelva cuando nos rodea que nos sepa a unción. De cuántas maneras llega la mano de Jesús a nosotros para darnos seguridad y para darnos vida.

¿Será la mano que de igual manera nosotros tenderemos a los demás para transmitirles también vida convirtiéndonos así en signos de Jesús?


lunes, 14 de abril de 2025

Detente en tu camino y mira a quienes están al borde y con quienes nadie habla o a quienes nadie escucha, cuánto perfume podemos derramar

 


Detente en tu camino y mira a quienes están al borde y con quienes nadie habla o a quienes nadie escucha, cuánto perfume podemos derramar

Isaías 42, 1-7; Salmo 26;  Juan 12, 1-11

Cuando a nuestro lado alguien hace algo que no cae dentro de nuestros esquemas tenemos la tentación de minimizar aquello que haya hecho o incluso a la persona que lo ha hecho, porque nos puede parecer que son cosas de gente simple, gente que no consideramos a nuestra altura o pensamos que haciéndolo a nuestra manera o si lo hacemos nosotros sí tendría valor o podría ser significativo; es como si solo nosotros sabemos hacer las cosas bien y que tienen su valor. Descartamos lo que pudieran hacer los que no piensan como nosotros y si estuviera en nuestras manos lo destruiríamos; así vamos por la vida destruyendo en lugar de construir, arrimando a un lado lo que es obra de nuestros oponentes en lugar de aprovechar lo bueno que siempre podemos encontrar; siempre vemos torcidas intenciones en lo que hacen los otros cuando quizás seamos nosotros los que tenemos el corazón retorcido.

El hecho que nos narra hoy el evangelio sucedió después de lo del episodio de la resurrección de Lázaro; la familia le ofrece una comida a Jesús y a sus discípulos; ¿una forma de mostrar su gratitud por las maravillas que Dios obró en ellos a través de la acción de Jesús? La hermana de Lázaro que en otras ocasiones que había quedado postrada a los pies de Jesús para no dejar de escucharle, es ahora la que de nuevo se postra a sus pies pero para ungírselos con un caro perfume.

Podríamos pensar en una forma de realizar el gesto de la hospitalidad de ofrecer agua y perfumes a los huéspedes recibidos en casa, como eran tan propio de las gentes de aquel tiempo. Pero aquel perfume era tan intenso, lo que significaría lo costoso que podría haber resultado, que los envolvió a todos en la sala y de ahí surgirían los comentarios como suele suceder.

Pero el comentario que podría hacer más daño fue el de Judas Iscariote. Aquello parecía un derroche de dinero innecesario; cuántas cosas buenas se podían hacer con el precio de aquel perfume, a cuántos pobres se podría alimentar. Pero ya el evangelista hace un apunte a estas palabras del Iscariote ‘Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando’. Es también lo que en principio habíamos comentado, cuando las cosas de los demás no van en consonancia con nosotros qué prontos estamos para desprestigiar, para quitar valor, para restarle importancia a los gestos que entonces para nosotros nos pueden parecer innecesarios.

Pero importantes son las palabras de Jesús. ‘Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis’. Jesus sí valora el gesto de aquella mujer como un día también había valorado el gesto de la mujer pecadora que también le había no solo lavado los pies con sus lágrimas sino que también se los había ungido. Valoraba el valor de aquella mujer que se sentía pecadora pero que ahora envolvía su vida con el manto del amor. Había amado mucho, como ahora también María de Betania.

Algunas veces se interpretan estas palabras de Jesús para gastarnos dineros y esfuerzos en vanas ostentaciones, en la riqueza de unos ornamentos o en los gastos en flores que hagamos por ostentaciones y vanidad en nuestras iglesias en muchas ocasiones. Lo mejor para el Señor, decimos. Y está bien, pero ¿qué es lo mejor y lo más valioso?

¿No nos estará señalando la Palabra de Dios escuchada a los pobres a los que tendríamos que ungir? Es cierto que recordamos aquello otro del evangelio de que vendamos lo que tengamos para repartirlo entre los pobres para tener un tesoro en el cielo, pero algo más que dinero podemos y tenemos que ofrecer que muchas veces nos pueda resultar más costoso. Quizás damos una limosna pero no miramos a los ojos del aquel con quien compartimos. ¿Será esa la forma de hacerlo? Detente más en el camino de la vida y ponte a hablar con el caminante o con aquel que está al borde de ese camino. Si fuéramos más atentos por la vida nos daríamos cuenta de la cantidad de personas que están al borde del camino con quienes nadie se detiene, con quienes nadie habla, por quienes nadie muestra interés. Cuántas soledades podemos encontrar, cuantos desahogos que escuchar, cuántas palabras buenas que podemos decir, cuántos silencios podemos compartir, cuánto perfume tenemos que derramar.

lunes, 3 de abril de 2023

Una nueva perspectiva que se abre ante nosotros, ceñirnos para postrarnos a los pies del Jesús que encontramos en el hermano para derramar el perfume de nuestro amor

 


Una nueva perspectiva que se abre ante nosotros, ceñirnos para postrarnos a los pies del Jesús que encontramos en el hermano para derramar el perfume de nuestro amor

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12, 1-11

Un día también en un banquete se había introducido una mujer que también tenía mucho amor. Igualmente había derramado un frasco de perfume sobre los pies de Jesús; no sabemos si entonces eran un perfume de mucho valor, aunque se supone, porque las lágrimas de aquella mujer tienen el valor del amor y del arrepentimiento. Era una mujer pecadora que se había atrevido a meterse en la casa de un fariseo que daba un banquete a Jesús. La incomodidad de este hombre por lo que estaba sucediendo, y además en su casa, era notoria. ¿Cómo se había atrevido aquella mujer a meterse en su casa y llegar a tocar los pies del Maestro? Pero allí estaban los besos y las lagrimas del amor, de mucho valor, que incluso merecerían la alabanza de Jesús porque así tenía asegurado su perdón.

Hoy es otra mujer agradecida la que derrama un caro perfume sobre los pies de Jesús. No era la primera vez que se sentaba a los pies de Jesús, pues esa era su postura preferida cuando Jesús visitaba aquel hogar de Betania. Alguna vez había recibido los reproches de su hermana porque no la ayudaba en la casa en las tareas de la hospitalidad que se debía a los huéspedes, pero Marta afanosa en sus quehaceres y preparativos no había caído en la cuenta que la mejor forma de acogida y hospitalidad no es ofrecer cosas, sino poner el corazón atento para beberse sus palabras de quien era acogido en la casa.

Ahora es Maria, la de Betania, después que Jesús les había devuelto con vida al hermano que se había enfermado y muerto sin que llegara a tiempo Jesús – aún sonaban los reproches, ‘si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano’, que te habíamos avisado – ofrece aquel perfume de nardo purísimo para perfumar los pies de Jesús. Será el interesado Judas Iscariote el que se preocupe de que aquella fortuna se pudiera haber gastado en los pobres, pero Jesús será quien del significado de aquel gesto de María de Betania. ‘Lo tenía guardado para mi sepultura’.

Nosotros estamos a punto de celebrar el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. ¿Andaremos también desorientados en lo que tenemos que hacer como aquellos discípulos que cuando perdieron a Jesús lo abandonaron y huyeron? ¿Andaremos también despistado como las buenas mujeres que en la mañana del primer día de la semana iban al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús sin pensar siquiera quien les correría la piedra de la entrada del sepulcro? ¿Andaremos con derroches quizás y afanados en muchas preocupaciones porque tenemos que tener bien preparadas todas las cosas de la semana santa para que todo salga bien y esplendoroso?

¿Acaso no tendríamos como estas dos mujeres que hemos mencionado preparar los perfumes con los que ungir y perfumar los pies de Jesús? No tenemos que buscar caros perfumes pero sí el perfume más preciado de nuestro arrepentimiento y de nuestro amor con el que postrarnos a los pies de Jesús. Será otro gesto el que veremos destacar con un especial resplandor en estos días, sobre todo en la tarde del jueves santo. Postrarnos a los pies, para lavar los pies. ¿Con lágrimas de amor como la mujer pecadora? ¿Con perfume carísimo como María de Betania como la mejor expresión de agradecimiento? ¿O será acaso con la cintura ceñida y el agua en la jofaina de nuestro espíritu de servicio como contemplaremos a Jesús?

Perspectivas para una nueva y mejor semana santa tenemos ante nosotros en el evangelio que estamos meditando. Lo importante es que tengamos la valentía de ceñirnos para postrarnos a los pies… con toda la fuerza de nuestro amor y espíritu de servicio.

domingo, 8 de enero de 2023

En la fiesta del Bautismo de Jesús revitalizamos nuestro bautismo y nos convertimos en signos de que el Reino de Dios es de los pobres, los humildes y sencillos

 


En la fiesta del Bautismo de Jesús revitalizamos nuestro bautismo y nos convertimos en signos de que el Reino de Dios es de los pobres, los humildes y sencillos

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17

Se nota donde nos sentimos a gusto. Y así manifestamos nuestras preferencias. Claro que no todos tenemos las mismas preferencias, las mismas prioridades en la vida, aquello que en verdad valoramos, que nos da sentido y fuerza para nuestro actuar. Para algunos las preferencias están en los poderes o las grandezas de este mundo, llenarán su vida de vanidad y apariencia, los veremos echarse la zancadilla unos a otros en lucha por los primeros puestos, lugares de influencia y de poder; son cosas apetitosas para endiosar nuestro ego y fácilmente se nos hacen golosas, apetecibles, tentadoras. Ahí los veremos cómo se sienten a gusto. Variadas son las apetencias en este sentido y muchos son los que encandilan con estas vanidades.

Claro que nos encontraremos también para quienes otras son sus opciones y preferencias, porque otro es el sentido que han descubierto para su vida. Son su verdadero tesoro, que sin embargo parece escondido y oculto para tantos. Son los caminos de la sencillez y del servicio, son los caminos de la cercanía y de la ternura, son los caminos humildes del que no quiere aparecer, pero sin embargo calladamente sabe servir, son los caminos de los que no les importa estar entre los últimos, porque es ahí con los sencillos y con los que nada aparentan donde se sienten a gusto.

Es lo que venimos contemplando en esta Navidad. Las preferencias de Dios, allí donde se siente a gusto. No habrá sitio para él en una posada pero tampoco tocará en la puerta de los grandes y poderosos para encontrar un lugar. No serán ni los sacerdotes ni los maestros de la ley de Jerusalén aunque conozcan bien las Escrituras, sino unos pobres pastores los que serán avisados que allí en los humildes campos de Belén ha nacido el Mesías Salvador que encontrarán en un humilde niño recién nacido y que no tiene otra cuna que las pajas de un pesebre. Nos dirá un día que no serán los sabios y entendidos, sino los pequeños, los pobres, los que nada tienen, los sencillos y humildes de corazón serán los primeros que conocerán a Dios, porque de ellos será el Reino de los cielos.

¿Dónde lo contemplamos hoy? Entre las filas de los que se sienten humildes pecadores y quieren ser bautizados, como señal de conversión y penitencia, en las aguas del Jordán. Es el médico que viene a estar con los enfermos, pero que viene a curar. Es el que luego sentirá más cercano de sí en el momento supremo de la cruz al ladrón que ahora se arrepiente y le pide que se acuerde de él en el paraíso. Es el que se ha puesto al nivel de los pecadores y de los malhechores no importándoles sentarse en una misma mesa con ellos, como morir mas tarde en ese suplicio de los que todos consideran los mayores malhechores. Es allí donde Jesús se manifiesta a gusto, porque para eso ha venido, para eso ha querido ser Emmanuel, Dios con nosotros.

Cuando el Bautista se enfrenta con él en aquella fila de pecadores le dirá que es él quien tiene que ser bautizado por Jesús aunque sea Jesús el que ahora pide recibir aquel Bautismo. Se hizo en todo semejante a nosotros, y aunque no tenía pecado vino a cargar con nuestro pecado, vino a llevar sobre sus hombros las cruz que nosotros merecimos, vino para abrirnos las puertas del cielo desde donde ahora veremos que se le señala como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Pero es Jesús el que abre para nosotros las puertas del cielo porque por la fuerza de su Espíritu nosotros también seremos hijos y aunque seguimos siendo pecadores nos dice que va a prepararnos sitio porque donde esté El quiere que nosotros estemos con El.

Hoy, como culminación a todas estas fiestas de Navidad, estamos celebrando el Bautismo de Jesús en las aguas del Jordán. Ya lo venimos expresando, el maravilloso misterio de la Epifanía de Dios. No era pecador, pero en las filas de los pecadores estaba quien luego sería señalado por Juan como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. No necesitaba de aquel bautismo quien venía para bautizarnos a nosotros en el Espíritu. Así Juan lo había sentido que se le revelaba en su corazón. Aquel sobre quien veas bajar al Espíritu en forma de paloma es el que viene a bautizarnos en el Espíritu. Y así se manifestó la gloria de Dios en aquella teofanía del cielo. ‘Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’.

 Celebrar hoy nosotros el bautismo de Jesús en el Jordán tiene que servirnos para revitalizar nuestro Bautismo, aquel que un día nosotros recibimos recién nacidos por la fe de nuestros padres. Es caer en la cuenta de nuestra grandeza y de nuestra dignidad, porque hemos sido ungidos en el mismo Espíritu para ser con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes. Somos también los ungidos del Señor por la fuerza del Espíritu y otra tendría que ser nuestra vida.

Merecemos, es cierto, estar en las filas de los pecadores y así con humildad tenemos que manifestarnos para agradecer al mismo tiempo la grandeza y la dignidad nueva que desde nuestro bautismo hemos recibido. Pero es hacernos conscientes de donde está nuestro lugar, aquel en que en verdad tenemos que sentirnos a gusto, como decíamos al principio. No es otro el camino que seguir el mismo camino de Jesús. Es lo que tanto nos ha repetido a lo largo del evangelio. Es donde tenemos que encontrar nuestro lugar. Son las señales que tenemos que dar ante el mundo del valor de las Bienaventuranzas que precisamente comienzan diciéndonos que son los pobres, los humildes y los sencillos los que serán dichosos porque de ellos es el Reino de los cielos.

lunes, 6 de abril de 2020

Inundemos con el perfume de nuestra fe la sala del banquete de la vida sabiendo vivir en el seno familiar la presencia del Señor como el perfume de María de Betania



Inundemos con el perfume de nuestra fe la sala del banquete de la vida sabiendo vivir en el seno familiar la presencia del Señor como el perfume de María de Betania

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12, 1-11
Las normas más elementales de educación, de urbanidad, de buenas maneras nos señalan que a quien recibimos en nuestra casa, no lo dejamos a la puerta como si fuera un desconocido sino que lo hacemos pasar; según sea la confianza y el grado de amistad que se tenga lo recibimos formalmente en lo que llamamos la sala de recibir, o lo pasamos si hay más confianza a lugares más comunes de la casa; igualmente le ofrecemos si quiere tomar algo como un gesto de acogida y si fuera en horas de comida según sea el respeto o la confianza lo invitamos también a sentarse a nuestra mesa. Es la acogida y la hospitalidad; son las buenas maneras y el respeto que nos merece la persona.
En los pueblos antiguos era usual el ofrecer agua para lavarse y para tomar, lo que nos parecer natural dadas las condiciones y la precariedad de calzadas y caminos, y el polvo y suciedad que se iba recibiendo al caminar; pero junto a ello se podía ofrecer también un perfume – y pensemos en lo dados a los perfumes que son los pueblos orientales para situarnos en el hecho que nos presenta hoy el evangelio – que podía hacer más agradable la presencia de la persona que llegaba sudorosa del camino y vete a saber con qué olores.
El episodio que hoy nos presenta el evangelio nos trae a la memoria otro hecho similar, cuando aquella mujer pecadora se atrevió a meterse en la sala del banquete que se le ofrecía a Jesús en la casa de Simón, el fariseo, y lavando los pies con sus lágrimas se los ungía al tiempo con perfume. Ya recordamos como Jesús poco menos que le echa en cara a Simón que no ha cumplido con las leyes de la hospitalidad porque ni le había ofrecido agua ni tampoco lo había ungido con perfumes, como hacia en aquel momento aquella mujer.
Dos episodios con unos gestos semejantes, pero que sin embargo tienen sus diferencias, pues si entonces había sido una mujer pecadora que le mostraba su amor lleno de arrepentimiento a Jesús con aquellos signos, ahora es María, la hermana de Lázaro al que Jesús había resucitado recientemente, la que expresaba con aquel carísimo perfume el agradecimiento por la obra del Señor en sus vidas.
Vemos cómo por medio se tergiversan las intenciones cuando Judas comentaba que aquel dinero del perfume se podría haber dado para los pobres, pero a lo que Jesús responde haciendo referencia de aquel perfume con la unción con perfumes que habría de recibir después de su muerte. Más tarde veremos a una María y a unas buenas mujeres acudir al sepulcro en el primer día de la semana pensando en realizar las unciones preceptivas que no habían podido realizar en la tarde del viernes por adelantarse la hora de la parasceve, de la preparación de la cena pascual.
Y aquí andamos nosotros también en momentos de preparación a la celebración del triduo pascual, en la pasión, muerte y resurrección del Señor. Este año, si queremos verlo así, con unas características especiales si queremos verlo así, por los momentos que vivimos; quizá en otras ocasiones en nuestras comunidades andábamos muy agobiados en estos días con la preparación de muchas cosas, pero que quizás, hemos de reconocerlo, nos podían distraer en cosas secundarias de lo que era lo principal. Más preocupados andábamos de la preparación de nuestros templos y de sus adornos, ya fuera para el monumento del Jueves Santo, como para las procesiones que se realizaban. Pero ¿qué era lo que en verdad había que preparar?
Ese año ha de predominar la austeridad de tal manera que no habrá ninguna manifestación externa y no se podrán tener las celebraciones con la asistencia de los fieles. Para algunos pudiera ser como un escándalo que nos disperse y nos pueda hacer olvidar del todo los días en que estamos; alguien me decía en su confusión, no hay semana santa. Una oportunidad, sin embargo, para que busquemos la vivencia honda que en la soledad de nuestros hogares tendríamos que saber encontrar, un motivo también para que esos momentos los tengamos en un sentido de comunidad familiar, verdadera iglesia doméstica, que vive y celebra el misterio del Señor.
Yo diría que es el perfume costoso – y no lo digo por el sentido del dinero sino por lo que nos puede costar el esfuerzo – que hemos de saber preparar para vivir estos días nuestra fe desde el ámbito familiar. Una de las cosas positivas que algunos nos están ayudando a reflexionar sobre lo que estamos viviendo estos días es el hecho de la profundización en el encuentro familiar, cuando obligatoriamente tenemos que estar juntos en familia.
Pues a eso positivo le podemos dar aún mayor hondura cuando llegamos a saber poner en el centro de nuestro hogar, en el seno más íntimo y profundo de la familia la presencia del Señor y la celebración de nuestra fe. Qué hermoso perfume tiene que brotar de nuestras familias unidas en una misma fe y que tendría que difundirse, como se difume la intensidad del olor de un perfume, entre todos los que nos rodean.

domingo, 12 de enero de 2020

Aquel Jesús envuelto pañales y adorado por los pastores, a quien buscan los magos de oriente, ungido por el Espíritu es el Hijo amado del Padre y nuestra salvación


Aquel Jesús envuelto pañales y adorado por los pastores, a quien buscan los magos de oriente, ungido por el Espíritu es el Hijo amado del Padre y nuestra salvación

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17
Hoy volvemos al Jordán. Allí, junto al desierto, donde Juan preparaba los caminos del Señor, invitaba a la penitencia y a la conversión y bautizaba en las aguas del Jordán a quienes daban señales de arrepentimiento y de conversión. La gente acudía de todas partes – lo escuchamos durante el tiempo del Adviento que era el tiempo de Juan – y le preguntaban qué habían de hacer. Invitaba a la responsabilidad y a la justicia, invitaba al amor y al compartir solidario, invitaba a purificar el corazón para recibir al que había de venir.
En medio de aquellas largas filas de quienes arrepentidos buscaban recibir aquel bautismo que los purificara encontramos hoy a Jesús. ¿Formaría Jesús parte de aquel grupo que estaban cercanos a Juan escuchando su Palabra o acaso de los esenios que más abajo en las orillas del mar Muerto vivían una vida de ascetismo y oración? No tenemos datos para ello, pero conocidas para Jesús serían aquellas montañas del desierto de Judá porque en lo que luego se llamaría monte de la cuarentena Jesús se retiraría cuarenta días al silencio, al ayuno y a la oración como encuentro con Dios para ser consciente de verdad en lo que sería su misión. Sería el lugar de la crisis interior, de los interrogantes profundos y de las tentaciones como se nos narrará más tarde en el evangelio.
Allí estaba Jesús, como decíamos, con los que quería recibir el bautismo. Ya conocemos el corto diálogo entre Juan que no quiere bautizarle al reconocerle y Jesús que le insiste en que cumplamos con toda justicia. Será a partir del bautismo cuando se abran los cielos para manifestarse la gloria de Dios sobre Jesús.  ‘Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’.
Aquel Jesús que hemos contemplado recién nacido, adorado por los pastores como el Salvador, tal como les anunciaron los ángeles, ante quienes se postraron los Magos venido de Oriente que buscaban un recién nacido rey de los judíos, pero ante el que le ofrecen sus ofrendas, un reconocimiento también que son de que es Dios y hombre verdadero, ahora es presentado desde el cielo como el Hijo Amado de Dios, lleno del Espíritu Santo que bajaba sobre él como una paloma y se posaba sobre él, pero que tiene todas las complacencias del Padre y a quien hemos de escuchar. ‘Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él’, como anunciaba Pedro según lo escuchado en la segunda lectura.
Es toda una teofanía, una manifestación de la gloria de Dios que se hace visible, por eso lo celebramos en este tiempo de la Epifanía del Señor.  Es el ungido con el Espíritu del Señor y que será enviado a llevar la buena noticia a los pobres y el año de gracia del Señor, como se proclamará en la sinagoga de Nazaret con las palabras del profeta y con la ratificación que Jesús mismo hace. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, dirá entonces y de alguna manera nos está diciendo hoy también, porque así podemos contemplar a Jesús.
Es importante esta fiesta del Bautismo de Jesús que hoy celebramos. Hoy contemplamos como Jesús está sellado con el Espíritu Santo para manifestársenos como verdadero Hijo de Dios y como nuestra auténtica salvación. Es el principio de un nuevo bautismo que no será ya solo el que nos purifique de nuestros pecados para tener un corazón bien dispuesto como era la misión del bautismo de Juan, sino que ahora en el nombre de Jesús seremos bautizados en el agua y en el Espíritu, como le dirá más tarde a Nicodemo, para que comencemos a ser ese hombre nuevo renacido a vida nueva. Así comenzamos a ser hijos de Dios, no nacidos de la carne, ni de deseos de carne, ni de deseo de varón, sino de Dios. ‘A cuántos le recibieron les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre’.
Una fiesta con la que concluimos la Navidad – ya mañana comenzaremos el llamado tiempo ordinario - que nos hace contemplar la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús, su Hijo, pero que nos hace contemplar también nuestra grandeza que por el agua y el Espíritu en el Bautismo nos hace a nosotros partícipes de esa vida de Dios porque nos hace hijos de Dios.

lunes, 30 de marzo de 2015

Le ofrecemos a Jesús el perfume de nuestro amor con la ofrenda de nuestra vida para llenarnos de la fragancia de su presencia

Le ofrecemos a Jesús el perfume de nuestro amor con la ofrenda de nuestra vida para llenarnos de la fragancia de su presencia

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12,1-11
‘María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume’. Allí estaba María, a quien le gustaba sentarse a los pies de Jesús para escucharle embelesada. ¿Sería aquella misma María que un día se había atrevido a entrar en casa de Simón el fariseo para llorar a los pies de Jesús sus pecados y ungirlos también con un caro perfume? Los exegetas no se ponen de acuerdo en si era o no la misma María, pero el gesto es semejante narrado por distintos evangelistas.
‘Lo tenía guardado para el día de mi sepultura’, dice Jesús ante los comentarios de quien habla de tanto derroche que se hubiera podido emplear de otra forma. La tarde del viernes, víspera de la pascua, no podrán embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús; por eso en la mañana del primer día de la semana muy temprano van las mujeres al sepulcro con aromas para cumplir debidamente con el rito, que no podrán ya entonces realizar. María ahora se adelanta.
Era un signo de hospitalidad, por otra parte, al recibir a alguien en casa ofrecerle no solo agua para lavarse sino también los perfumes para la unción. Ahora María lo está realizando desde el amor agradecido que siente por Jesús. Y decimos amor agradecido, porque su amor es respuesta al amor que ella ha sentido de Jesús. Esta cena en la que están participando en cierto modo es una celebración por la resurrección de Lázaro. Pero ya el evangelista nos da a entender al narrarnos estos hechos que va mucho más allá de la resurrección de Lázaro.
Hay en el fondo anuncio de pascua, anuncio de todo el misterio de pascua que Jesús va a vivir en los próximos días. Con el mismo sentido lo estamos viviendo nosotros dentro de esta semana de pasión que culminará también en la pascua. Hemos de ser nosotros los que nos preparemos también para la pascua viviendo con intensidad estos días. También nosotros podemos ofrecerle a Jesús el perfume de nuestro amor con la ofrenda de nuestra vida.
‘Y la casa se llenó de la fragancia del perfume’, nos dice el evangelista. Si así nos unimos al Señor, si así hacemos esa ofrenda de amor, será nuestra casa, nuestra vida, la que se llene de la fragancia del perfume de Jesús. Su presencia inundará nuestra vida y nos llenará de paz. Con su presencia nos sentimos amados y nunca nos sentiremos solos. Con Jesús a nuestro lado nos sentiremos fuertes frente a todos los embates de las tentaciones, de los problemas que nos puedan afectar o de las angustias que amenacen nuestra alma.
Llenémonos de esa fragancia de Jesús y llevemos ese amor y esa paz también a cuantos nos rodean.

lunes, 14 de abril de 2014

Nuestra vida ha de estar llena siempre de la fragancia y del buen olor de Cristo



Nuestra vida ha de estar llena siempre de la fragancia y del buen olor de Cristo

Is. 42, 1-7; Sal. 26; Jn. 12, 1-11
Estamos de nuevo en Betania; era un lugar que frecuentaba Jesús en sus estancias en Jerusalén, además de quedar de paso en su subida a la ciudad santa. Allí están sus amigos que ahora le ofrecen una cena, después de la resurrección de Lázaro.
Y se multiplican los signos y los gestos; por allí vemos a Marta siempre sirviendo, siempre preocupada por atender de la mejor manera a sus huéspedes; pero veremos también los detalles de María, la que en otra ocasión se sentó a los pies de Jesús para beberse ensimismada sus palabras que le valiera la queja de su hermana; ahora es otro hermoso gesto el que realiza al ponerse de nuevo a los pies de Jesús pero con un caro frasco de perfume de nardo purísimo y costoso con los que querrá ungir a Jesús enjugándoselos con su cabellera.
Son muchas las cosas que pueden decirnos para nuestra vida esos signos y gestos que contemplamos en esta escena del Evangelio. No  nos pueden pasar desapercibidos esos hechos que nos narra el evangelio con el hermoso mensaje que nos trasmite.
Surgirán, es cierto, las interpretaciones del gesto de María y por allá anda Judas interesado en el dinero que se ha gastado, escudándose en la atención a los pobres, pero ya el evangelista nos hace ver algo distinto. Pero Jesús quiere darle otro sentido al gesto de María de Betania, porque nos dice que está adelantándose a su sepultura, con lo que le está dando un sentido pascual a lo que está sucediendo. ‘Lo tenía guardado para el día de mi sepultura’, dirá Jesús saliendo en defensa del gesto de aquella mujer. En fin de cuentas estamos hablando de una unción y estamos haciendo referencia a Jesús, el Ungido del Espíritu del Señor, que viene a nosotros con su salvación.
Es bien significativo el gesto. ‘La casa se llenó de la fragancia del perfume’, dice el evangelista. Ya sabemos que el nardo produce un olor muy intenso; sin embargo podríamos preguntarnos, ¿cuál es en realidad la fragancia y el olor que todo lo estaba invadiendo? Ya hacíamos referencia a Jesús como el Ungido por el Espíritu, recordando al profeta Isaías, pero recordando también lo sucedido en la Sinagoga de Nazaret cuando Jesús proclamó ese texto del profeta.
¿No será en verdad el olor de Cristo, por hablar de alguna manera empleando la misma simbología, el que todo lo está invadiendo con su presencia? Olor de Cristo que es contemplar su vida; olor de Cristo que es ver sus obras; olor de Cristo que es su amor en una entrega total hasta el final; olor de Cristo que nos sabe a gracia y a salvación, a nuevas virtudes y valores a cultivar en nuestra vida; olor de Cristo que nos hace contemplar la gloria de Dios y que nos impulsa en consecuencia a una vida santa.
Y es que de la misma manera que un perfume no pasa desapercibido sobre todo cuando es de un olor intenso como el nardo, la presencia de Cristo tampoco puede pasar desapercibida para quienes creemos en El. Ante Jesús, ante sus gestos, ante las obras que realiza, ante su mensaje, ante su vida nadie puede quedarse impasible y como si nada pasara. La presencia y la palabra de Jesús siempre nos interpelan, nos hace interrogarnos allá en lo más hondo de nosotros mismos, nos impulsa a algo nuevo y mejor porque traza ante nosotros horizontes grandes y altos y nos propone las mejores y más trascendentes metas para nuestra vida.
Pero creo que este texto nos puede estar recordando algo más: lo que tiene que ser nuestra vida desde que nos manifestamos como creyentes en Jesús y optamos seriamente por seguirle y vivir su misma vida. ¿No tendríamos que dar nosotros también ese buen olor de Cristo? En nuestro Bautismo y en la Confirmación hemos sigo ungidos con el Crisma santo para marcarnos con el sello de Cristo, de manera que siempre seremos para El, siempre hemos de manifestarnos como cosa de Cristo, como personas de Cristo; pero ungidos con el Crisma santo hemos de dar ese buen olor de Cristo, queriendo parecernos cada día más a El.
En nuestra vida ya no podemos reflejar otra cosa que a Cristo; en nuestra vida siempre ha de aparecer la gracia y la santidad de Cristo; en nuestra vida hemos de resplandecer en esos valores y en esas virtudes nuevas que aprendemos de Cristo; en nuestra vida que ha de dar siempre el olor de Cristo ha de resplandecer la gracia de Dios y todo será siempre ya para la gloria de Dios.

miércoles, 15 de mayo de 2013


Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad…

Hechos, 20, 28-38; Sal. 67; Jn. 17, 11-19
En estos últimos días de pascua estamos escuchando en el evangelio, en los días en medio de la semana, la llamada oración sacerdotal de Jesús en la última cena. Habríamos comenzado ayer pero por la celebración de fiesta del Apóstol San Matías no lo hicimos.
Repetidamente Jesús en el evangelio nos manifiesta su deseo de estar siempre con nosotros, y nos va enseñando al mismo tiempo cómo nosotros hemos y podemos vivir en El. Al final del Evangelio en la Ascensión nos prometerá, como nos dice el evangelio de san Mateo, que estará siempre con nosotros ‘todos los días hasta el fin del mundo’.
Pero estas palabras que escuchamos estos días en la oración sacerdotal de Jesús en el Cenáculo realmente son palabras consoladoras para los que creemos en El y queremos permanecer unidos a El. Sin ocultarnos que no nos será fácil vivir en medio del mundo testimoniando nuestra fe y queriendo vivir unidos a El porque el mundo no nos aceptará, porque no nos verá como los suyos, nos consuela diciéndonos que ora por nosotros al Padre. ‘Padre Santo: guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros’. Esta petición por la unidad de los que creemos en Jesús se repetirá a lo largo de la oración.
Ha pedido para que alcancemos y permanezcamos en la vida eterna que consiste en que conozcamos al Padre como único Dios verdadero y reconozcamos a Jesús, como su enviado. Y ruega Jesús por nosotros para que mantengamos esa fe y podamos alcanzar la vida eterna. Nos habla de cómo cuidaba a los suyos mientras estaba en el mundo, pero ahora que vuelve al Padre no quiere que nadie perezca. Por eso le habíamos escuchado anunciarnos y prometernos la presencia de su Espíritu, que será nuestro guía y nuestra fortaleza, la luz de nuestra vida y nuestra sabiduría, el que estará allá en lo más hondo de nuestro corazón y el que inspirará también nuestra oración al Padre.
Por eso nos dirá que nos habla de todo esto para que no nos falte la alegría más honda de nuestro corazón. Y cómo no la vamos a sentir cuando de tal manera nos sentimos amados por Dios, de qué manera estamos en el corazón de Cristo que inundará nuestro corazón de su gracia y de su vida. ‘Ahora voy a ti, dice en su oración, y digo esto en el mundo, para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida’.
No nos podemos sentir solos. Cuando hemos hablado y reflexionado de cómo se sentían los apóstoles y discípulos cuando Jesús les hablaba de su vuelta al Padre, o de cuáles podían ser los sentimientos en el momento de la Ascensión al cielo, hemos ido escuchando las palabras de Jesús asegurándonos su presencia para siempre, como ya hoy también hemos dicho. Para ellos nos enviará su Espíritu; para ello hoy le escuchamos en esta hermosa oración de Cristo sacerdote por sus discípulos.
No nos podemos sentir solos, decíamos, porque viene a nosotros el Espíritu divino que nos consagra y nos santifica. Signo de ello, como tantas veces hemos dicho, la unción que hemos recibido en los sacramentos sobre todo del Bautismo y de la Confirmación. Estamos ungidos, estamos consagrados, estamos llamados a vivir santamente nuestra vida porque teniendo al Espíritu Santo en nosotros nos sentimos santificados con su gracia para vivir con toda fidelidad nuestra fe y nuestro amor.
Lo que ha sido consagrado ya no podrá dedicarse a otra cosa que no sea santa; si hemos sido consagrados desde la unción de nuestro bautismo así ha de ser nuestra vida en consecuencia. Por eso el cristiano lucha por estar siempre alejado del pecado, por no sucumbir en la tentación. No nos faltará la gracia y la fuerza del Espíritu del Señor. Eso viene a significar también esa unción que recibimos, como un escudo protector que nos previene y nos defiende de todo ataque del mal.
‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad… por ellos me consagro yo, para que también ellos se consagren en la verdad’. Que sintamos ese escudo de la gracia que nos protege y nos defiende. Que nunca nos alejemos de esa vida de Dios para que todo sea siempre para la gloria del Señor. 

viernes, 18 de enero de 2013


¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?

Hebreos, 4, 1-5. 11; Sal. 77; Mc. 2, 1-12
‘¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’ Hemos de reconocer que tienen razón en la pregunta, aunque sabemos bien por qué es el planteamiento por el que se la hacen. Pero hemos de reconocer también que es una pregunta y un planteamiento que se siguen haciendo muchos a nuestro alrededor, incluso llevando el nombre de cristianos. ¿Por qué se dicen muchos tengo que acudir al sacerdote y al sacramento para pedirle perdón a Dios por mis pecados y recibir el perdón? Como dicen algunos, yo me confieso solo con Dios.
La pregunta surgió en la ocasión que nos narra el evangelio porque habían venido unos que traían en una camilla a un paralítico para que Jesús lo curara. ‘No quedaba sitio ni a la puerta… y como no podían meterlo, nos dice el evangelista, levantaron una tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico a los pies de Jesús’. Y ya escuchamos; Jesús en lugar de curarlo, que era lo que todos esperaban, ‘le dijo al paralítico: tus pecados quedan perdonados’.
Surge el estupor y los interrogantes, las acusaciones de blasfemia y el escándalo por parte de los escribas que estaban allí sentados observándolo todo. Siempre observando desde la distancia, como tantos, no porque se quiera aprender sino para ver donde podemos coger a quien nos ofrece cosas nuevas. ‘¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’
Como decíamos al principio, es cierto, solo Dios es el que puede perdonarnos los pecados. Pero, ¿quién es el que está allí sentado, enseñándoles y a quien han venido para que cure a aquel paralítico y lo levante de la camilla? Jesús está viendo su corazón y cuales son sus murmuraciones y críticas. ‘¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil - de quién es el poder para realizar el milagro - decirle al paralítico ‘tus pecados quedan perdonados, o decirle levántate, coge tu camilla y echa a andar?’ ¿Quién es el que tiene poder para dar la salud y para dar la vida? ¿Acaso eso lo puede hacer un hombre por su propio poder?
Sí, allí está quien tiene poder para perdonar los pecados como para dar la vida y la salud. Es necesario abrir los ojos de la fe; es necesario quitar toda malicia del corazón que nos oscurece los ojos; es necesario abrirnos al misterio salvador de Dios; es necesario dejarse envolver por esa nube de amor divino que nos llega con Jesús.
Sí, ahí sigue estando Jesús para regalarnos ese perdón de Dios, que para eso ha derramado su Sangre salvadora por nosotros y quiere hacernos partícipes del misterio pascual a través del misterio y ministerio de la Iglesia. ‘Hacedlo en memoria mía’, les dio poder a los apóstoles para que pudiéramos seguir celebrando el misterio pascual de su muerte y resurrección en los sacramentos. ‘A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados’,  nos dice y nos regala el don del Espíritu. ‘Recibid el Espíritu Santo’, les dijo a los apóstoles en la tarde de la resurrección cuando se les aparece en el Cenáculo y con la fuerza del Espíritu podremos seguir celebrando el misterio de Cristo, podemos seguir haciéndonos partícipes de toda esa gracia salvadora que El tiene para nosotros.
En el ministerio de la Iglesia, por las manos de aquellos que fueron ungidos con el Espíritu Santo para ser pastores en nombre de Jesús en medio de la Iglesia, seguimos recibiendo ese perdón que Dios nos regala. Porque, hemos de tenerlo muy claro, es un regalo que nos hace Dios no porque nosotros lo merezcamos, sino porque así de grande e infinito es el amor que nos tiene. ¿Son unos hombres los que nos perdonan? No, es Cristo mismo el que nos perdona. Allí está el sacerdote en el sacramento en el nombre de Dios, con el poder de Cristo por la unción del Espíritu, para traernos la gracia salvadora del Señor.
Acudamos a Jesús con la parálisis y la muerte de nuestro pecado. Saltemos por encima de todas las barreras de nuestras dudas y prejuicios para llegar hasta los pies de Jesús. Allí siempre nos vamos a encontrar el amor, la acogida, el perdón, la gracia redentora. Vayamos con humildad, pero pongamos también mucho amor, como sucedería con la mujer pecadora, que aunque tenía muchos pecados, ponía también mucho amor.

martes, 17 de enero de 2012


Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado

1Samuel, 16, 1-13; Sal. 88; Mc. 2, 23-28
‘Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso…’ Lo hemos recitado en el salmo en clara referencia a lo escuchado en la primera lectura del primer libro de Samuel.
Hemos venido escuchando en la primera lectura estos días este primer libro de Samuel, un libro del Antiguo Testamento que nos relata momentos muy importantes en la historia del pueblo de Israel y de la historia de la salvación. Nos ha hablado del nacimiento en medio de hechos extraordinarios de Samuel como siempre sucede con los grandes personajes de la Biblia; de la vocación de Samuel, o la llamada del Señor al niño Samuel que escuchamos también en la primera lectura del domingo con la hermosa enseñanza de cómo hemos de abrir nuestro corazón para escuchar al Señor que nos habla.
Pero Samuel, juez en la historia de Israel y podíamos decir también profeta, tuvo unas intervenciones importantes en la historia del nacimiento de la monarquía en el pueblo de Israel. Ante la petición del pueblo primero fue elegido Saúl, pero por su infidelidad y pecado es reprobado por el Señor y hoy hechos escuchado la elección y unción de David como rey.
La elección de David, el más pequeño de los hijos de Jesé va a tener repercusiones muy grandes en la historia de Israel, pues el Señor le promete un reino que durará para siempre, con resonancias de claro sentido mesiánico, porque siendo de la tribu y familia de Judá en él se van cumpliendo los anuncios proféticos que ya Jacob hiciera a favor de su hijo Judá. Ya conocemos, por otra parte, las palabras del ángel a María en Nazaret que le anuncia que ‘el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin’.
Ya hemos escuchado el relato del texto sagrado. Samuel no se ha de dejar engañar por las apariencias en la elección del que va a ser el ungido del Señor. ‘No mires su apariencia y su gran estatura, pues yo lo  he descartado, le dice el Señor cuando Samuel vio a Eliab y pensaba que era el elegido del Señor. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’. Hermoso mensaje para que aprendamos nosotros a no dejarnos engañar por las apariencias en nuestros juicios sobre las personas. Cuántos prejuicios se nos forman cuando solo nos dejamos guiar por las apariencias; hemos de aprender a mirar más hondo para ver de verdad el corazón del hombre.
Finalmente será elegido el más pequeño, David, que estaba en el campo guardando los rebaños. Un pastor es elegido para ser pastor de su pueblo Israel lo que igualmente tiene sus resonancias mesiánicas en referencia a Jesús verdadero Pastor y guardián de nuestras vidas. Siendo el elegido Samuel lo unge con aceite, como un signo de su consagración. Dios lo ha elegido y lo ha consagrado para ser el pastor de su pueblo Isarael.
Aparece el signo de la unción que se irá repitiendo en la Biblia para ungir a los sacerdotes y a los reyes, y que se convertirá para nosotros en un signo sagrado y sacramental con el que ya somos ungidos en el Bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes, pero que tendrá también su expresión en distintos sacramentos, como la Confirmación, ungidos por el Espíritu para ser testigos y apóstoles, o del Orden Sacerdotal para consagrar a aquellos ministros que en el  nombre del Señor presidirán a la comunidad y nos alcanzarán la gracia del Señor en su ministerio.
Otra unción tenemos en el Sacramento de los enfermos, pero no ya como consagración, no es el crisma el que se utiliza, sino como signo y señal de la presencia y fuerza del Señor junto al hombre que sufre la enfermedad para así sentirse fortalecido en el Señor.
‘Lo he ungido con óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso’. Que sintamos nosotros esta mano poderosa del Señor en nuestra vida con su gracia recordando que desde nuestro Bautismo somos con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.

jueves, 4 de febrero de 2010

Enviados para realizar los mismos signos de salvación de Jesús

1Rey. 2, 1-4.10-12
Salmo: 1Cro. 29, 10-12
Mc. 6, 7.-13


‘Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos… ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban…’
No hace muchos días escuchamos cuando Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con El, ‘los hizo sus compañeros’, decía el evangelista. Iba a confiarles su misma misión. Hoy vemos cómo Jesús los envía para que realicen lo mismo que El ha estado realizando. El anuncio del Reino de Dios que exige la conversión; el Reino de Dios que se ha de manifestar en la transformación de la vida desde el perdón, la misericordia y la compasión; el anuncio del Reino de Dios que lleva vida y salvación a los hombres. Es lo que vemos reflejado en este texto que nos resume lo que hacían los apóstoles enviados por Jesús.
‘Echaban muchos demonios…’ dice el evangelio. ¿Qué viene a realizar Jesús sino arrancar el mal del corazón del hombre? Es lo que realizan los apóstoles en su predicación realizando signos y milagros como Jesús. Es la tarea de la Iglesia, que la Iglesia sigue realizando, desde el anuncio de la Palabra de Dios que invita a la conversión, que nos ofrece el perdón y la gracia del Señor. Es misión de la Iglesia llevar a los hombres hasta Dios para que se llenen de su gracia y de su vida.
Y nos dice también que ‘ungían con aceite a los enfermos y los curaban…’ Ungir con aceite es un signo del amor y de la compasión; es el bálsamo que cura y que sana; es el bálsamo del amor que viene a sanarnos desde lo más hondo de nosotros; es la expresión de la misericordia. Diríamos que el aceite era como una medicina que se empleaba para calmar los dolores o curar de la enfermedad. Podemos recordar cómo el buen samaritano unge con aceite al hombre malherido que está tirado junto al camino y lo lleva a donde lo puedan curar.
Es la expresión de lo que la Iglesia misericordiosa y compasiva, que quiere reflejar el rostro misericordioso y compasivo de Dios, ha realizado también a través de todos los tiempos. Ahí están tantas obras de misericordia y de amor; ahí están tantas obras de la Iglesia en todos los tiempos para la atención y cuidado de enfermos, ancianos, de todo el que se siente abandonado en su pobreza. Ha realizado y sigue realizando en tantas y tantas instituciones de la Iglesia, en tantos religiosos y religiosas que tienen el carisma de la misericordia y del amor para con los más necesitados, enfermos, ancianos, marginados de la sociedad; en tantos cristianos comprometidos que atienden a los pobres, visitan a los enfermos, se comprometen en voluntariados generosos de atención al prójimo.
Pero estos signos. de los que nos habla el evangelio hoy que realizaban los apóstoles enviados por Jesús, pueden indicarnos algo más de esa salvación de la que la Iglesia es portadora. Son los sacramentos por los que nos llega la gracia y la salvación de Jesús. Signos sagrados que significan y son la gracia del Señor, según la definición tradicional. Cuando se nos anuncia el Reino de Dios al que hemos de convertirnos, al aceptarlo nos unimos a Jesús para vivir su misma vida, para hacernos partícipes de su salvación. ¿Cómo realizamos esa unión con Cristo y esa participación en su vida salvadora? A través de los sacramentos nos llenamos de la gracia de Jesús.
Ese ungir con aceite a los enfermos nos recuerda precisamente uno de los sacramentos, en concreto el sacramento de la Unción de los Enfermos. Ese, como todos sabemos, es el signo del sacramento, la imposición de manos y la unción con el óleo santo, para hacernos presente a Jesús que nos sana y nos salva con su gracia.
La Iglesia, enviada como los Apóstoles, sigue realizando el mismo mandato de Cristo, sigue realizando la misma salvación de Cristo. Es la obra del amor, de la misericordia, de la compasión que nosotros hemos de realizar también con los demás.

lunes, 6 de julio de 2009

El sueño de Jacob: Una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo

Gén. 28, 10-22
Sal. 90
Mt. 9, 18-26


Un hecho muy significativo en la historia de Jacob. ‘Salió de Berseba en dirección a Jarán… llegó a un lugar donde se quedó a pernoctar porque ya se había puesto el sol, cogió allí mismo una piedra y se la puso como almohada y se echó a dormir en aquel lugar… y tuvo un sueño…’
Es normal en la historia de los grandes patriarcas de la historia de la salvación que Dios se les manifieste en la figura de ángeles, de caminantes que les salen al encuentro o de sueños, como es en este caso. Allí contempla la gloria de Dios en el sueño. ‘Una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor estaba en pié sobre ella y dijo: Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac… yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas…’
Ese signo de los ángeles que bajaban y subía nos habla de esa cercanía de Dios que también se manifiesta en su presencia y en sus palabras. ‘Yo estoy contigo…’ No es el Dios lejano allá arriba en el cielo sino que ya se está manifestando el Dios que viene al encuentro del hombre, el que va a ser el Emmanuel, el Dios con nosotros cuya manifestación culminante será en Jesús.
Un día el hombre había querido levantar una torre tan alta que estuviera por encima de Dios. Recordamos la torre de Babel, de la confusión. En su orgullo y soberbia quisieron ser tan grandes que Dios no pudiera estar sobre ellos; por eso quisieron levantar esa torre tan alta. Pero la soberbia y el orgullo confunden al hombre y lo enfrenta consigo mismo y con los demás. La imagen de la confusión de lenguas y la dispersión es eso lo que quiere expresar. Pero hoy por el contrario vemos que es Dios el que tiene una escala para acercarse al hombre, para estar con El y para caminar a su lado.
Al despertar Jacob es conciente de la presencia de Dios y de que aquel lugar es un lugar santo. ‘Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía…’ Quiere dejar una señal y realizará un signo que será primera vez que aparezca en la Biblia, pero que será signo repetido. ‘Tomó la piedra que le había servido como almohada, la levantó como estela y derramó aceite encima’.
Aquel lugar sería para siempre un lugar santo. El signo de derramar aceite encima quedará como signo de consagración que veremos repetido en el Antiguo Testamento y que también lo realizaremos en el Nuevo Testamento. Ungido con aceite para significar una consagración. Lo que es ungido es considerado como cosa santa y sagrada. Es como una pertenencia de Dios y al mismo tiempo como una señal de la presencia de Dios. Ungido es el altar y el templo de Dios, ungidos son los sacerdotes y los reyes; y ungido por el Espíritu es Jesús, como se manifestará en el Bautismo en el Jordán o en el texto leído en la Sinagoga de Nazaret.
‘Sobrecogido añadió: Qué terrible es este lugar; no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo… y llamó a aquel lugar Betel, Casa de Dios; antes la ciudad se llamaba Luz’. Betel, la Casa de Dios. Sería un santuario muy importante en la historia de Israel y signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Muchas veces más aparecerá este lugar en la Biblia.
Todos estos signos y señales también nos pueden decir muchas cosas a nosotros hoy. Se nos habla de esa presencia de Dios, de esa unción del lugar santo. Recordamos que nosotros hemos sigo ungidos en nuestro Bautismo y Confirmación con el Espíritu Santo. Ungidos para ser también morada de Dios y templos del Espíritu. Ungidos para significar nuestra pertenencia al Señor y la santidad que ha de brillar en nuestra vida. Ungidos para ser santos. Es nuestra tarea y nuestra meta.
En todo momento y lugar podemos sentir, pues, la presencia de Dios, no como un Dios lejano, sino como un Dios que camina a nuestro lado. Pero es el Dios que nos quiere santos, que quiere morar en nuestro corazón y que seamos templos del Espíritu Santo. Vivamos esa santidad dejando que Dios venga a nosotros y nos inunde con su Espíritu, que es Espíritu de paz y de amor, que es Espíritu de comunión y de santidad.

jueves, 4 de junio de 2009

Un nuevo y eterno Sacerdote, Jesucristo, el Señor

Hebreos, 10, 121-23
Sal. 39
Lc. 22, 14-20

‘He deseado enormemente, ardientemente, comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer porque os digo que no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios’.
Aquella cena pascual tenía un sentido especial. No era ya sólo el recuerdo de la antigua Pascua que todos los años celebraban, sino el inicio de una nueva Pascua. Se iniciaba una nueva Pascua y un nuevo sacerdocio. No era ya la ofrenda que se hacía cada día en el templo de aquellos sacrificios y holocaustos de animales o de frutos de la tierra, sino que era un nuevo y definitivo sacrificio el que se ofrecía. Ya no eran los sacerdotes de la antigua alianza, los del sacerdocio de Aarón, sino que era el Pontífice definitivo, que siendo al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar se ofrecía a sí mismo de una vez para siempre para el perdón de los pecados y para la vida de la gracia.
‘Para gloria tuya y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único nuevo y eterno Sacerdote, Pontífice de la Alianza nueva y eterna…y determinaste, en tu designio salvífico perpetuar en la Iglesia su único Sacerdocio’. Así lo expresa la liturgia de este día en la oración y el prefacio. Este día en que estamos celebrando esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote.
Hoy contemplamos y celebramos ese nuevo Sacerdote, a Jesucristo, nuestro Sumo y Eterno Sacerdote. El nos abrió un camino nuevo y vivo a través de su carne entregada y de su sangre derramada, y ya, en virtud de la Sangre de Cristo, podemos entrar definitivamente en el Santuario del cielo, como se nos expresaba en la carta a los Hebreos.
Cuando hoy contemplamos ese Sacerdocio eterno de Cristo tenemos que ser conscientes de lo que El nos hace partícipes. En virtud de la unción del Espíritu que con el Crisma hemos recibido todos los cristianos, en virtud de nuestro Bautismo, somos partícipes de ese Sacerdocio de Cristo. Con Cristo somos sacerdotes, profetas y reyes. Participamos todos los bautizados de lo que llamamos el sacerdocio común de los fieles, sacerdocio real del que nos habla San Pedro en su carta.
‘Vosotros, como piedras vivas sois edificados como casa espiritual para su sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios por Jesucristo… vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa, pueblo escogido para pregonar las excelencias del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable…’
Por eso en el prefacio vamos a decir. ‘No sólo confiere el sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino que también, con amor de hermano, elige a hombres de su pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’.
Por eso, mirando el sacerdocio de Cristo, del que todos somos participes, como hemos dicho, por el bautismo, tenemos que mirar también a aquellos que de manera especial son escogidos para participar en el sacerdocio ministerial al servicio del pueblo de Dios; aquellos, pues, que han recibido el sacramento del Orden sacerdotal.
Hoy es una celebración eminentemente sacerdotal, donde el pueblo cristiano ha de saber estar al lado de sus sacerdotes, que como pastores del pueblo de Dios, en nombre de Cristo ejercen el sacerdocio en sus diferentes ordenes para la celebración de los sacramentos, para hacernos llegar la gracia de Dios y anunciarnos la Palabra de la salvación.
‘Ellos renuevan, en nombre de Cristo, el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos para el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu Palabra y lo fortalecen con los sacramentos’, como diremos en el hermoso prefacio de este día.
Por eso, el pueblo cristiano ha de pedir al Señor la gracia para que sus sacerdotes se configuren cada vez más con Cristo en una vida santa, y den testimonio constante de fidelidad y de amor.

jueves, 21 de mayo de 2009

La oración de fe salvará al enfermo

Sacramento de la Unción de los enfermos
Santiago, 5, 11-16;
Sal. 89;
Mt. 15, 29-31

‘Acudió mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies y El los curaba…’ Así hemos escuchado este texto como hubiéramos podido escuchar muchos más. Es una escena que se repite en el evangelio.
Cuando Juan le mandó a preguntar si era El quien había de venir, la respuesta de Jesús a los discípulos del Bautista fue: ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia…’
Y Jesús envía a los discípulos a anunciar la Buena Noticia de salvación y a curar a los enfermos. ‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación… impondrán las manos a los enfermos y quedarán curados…’
Hoy estamos nosotros dando respuesta a ese mandato de Jesús. Anunciamos y celebramos la Buena Noticia de la salvación. El Evangelio se está haciendo presente hoy entre nosotros. Llega la salvación; celebramos que el Señor nos salva y nos sana. Cristo está en medio de nosotros igual que en aquel momento en que le llevaban los tullidos, los ciegos, los lisiados, los sordomudos… y toda clase de enfermos.
Y Jesús pasa en medio de nosotros y nos toca con su mano salvadora y llena de gracia y nos sana. No es un recuerdo de lo que entonces Jesús hacía, sino algo presente que se realiza ahora mismo en nuestras vidas. Es sacramento. Es el hoy de la salvación de Jesús.
¿Significa que se nos van a acabar los achaques, las enfermedades, la debilidad de nuestros muchos años? Tengamos fe y será lo que el Señor quiera depararnos. Tengamos fe y veremos al Señor que sana nuestra vida.
¿Qué será peor, el dolor de unas piernas a las que les cuesta ya caminar o la impaciencia y desazón que se produce en nuestro interior al vernos tan debilitados? ¿Qué será peor, el que estemos torpes quizá para entender o incluso para llevarnos la comida a la boca, o el egoísmo que nos encierra y que nos hace desconfiados y agresivos hacia los que están a nuestro lado? ¿Qué será peor, que a nuestros ojos les cueste ver con claridad o que nos volvamos huraños, nos encerremos en nuestras soledades o nos aislemos de los demás?
El Señor viene a sanarnos y a salvarnos, a ayudarnos a salir de ese circulo en que nos encerramos, a hacernos más generosos de corazón, a quitar esas actitudes impacientes y violentas que muchas veces se nos meten en la vida, a arrancarnos de ese pecado que nos ha alejado de Dios, a hacer desaparecer esos miedos ante la incertidumbre de lo que va a ser nuestra vida, o ante la muerte que pueda avecinársenos.
Pidamos al Señor que nos sane en lo más hondo de nosotros mismos, que purifique nuestro corazón de todo pecado, que lo llene de su gracia.
Estamos ahora realizando lo mismo que nos decía Santiago en su carta. ‘¿Está enfermo alguno de vosotros?’ Aquí estamos con nuestras debilidades, nuestros achaques, nuestras limitaciones, nuestras discapacidades, nuestros sufrimientos.
‘Llame a los presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él…’ Aquí estamos reunidos en Iglesia y en Iglesia en oración con los presbíteros que en nombre del Señor presiden esta comunidad y esta celebración. Y oramos y pedimos al Señor que se haga presente entre nosotros. Y vamos a ser ungidos en nombre del Señor con el Santo Óleo.
‘Y la oración de fe salvará al enfermo…’ Vamos a sentir esa salvación de Dios en nuestra vida y nos vamos a sentir renovados y rejuvenecidos en el espíritu. Porque vamos a sentir que nuestra vida es otra donde habrá más ilusión y más ganas de vivir, más esperanza, más amor y más paz en nuestro corazón y en nuestra convivencia con los demás, después que hayamos sentido que el Señor ha puesto su mano salvadora sobre nosotros, ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha llenado de su paz.
Que lo sintamos. Que lo vivamos. Que lo celebremos. Que el Señor está hoy aquí en medio de nosotros.