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lunes, 12 de octubre de 2026

María del Pilar es un hito que nos acompaña, nos señala camino y nos da la certeza con su amor de Madre de que hacemos el camino del Evangelio de Jesús

 


María del Pilar es un hito que nos acompaña, nos señala camino y nos da la certeza con su amor de Madre de que hacemos el camino del Evangelio de Jesús

1 Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Salmo 26; Lucas 11, 27-28

Todos necesitamos en la vida un acompañante que vaya a nuestro lado en el camino; nos da seguridad, nos da confianza y nos hace perder los miedos, en determinados momentos nos puede servir de guía cuando no encontramos bien el camino y es alentador sentir a nuestros pasos los pasos de quien nos acompaña en el camino. Muchas veces en nuestra autosuficiencia y en nuestros orgullos los negamos y hasta rechazamos porque nos decimos que no tenemos miedo o que nos sabemos bien el camino, y olvidamos también aquello que popularmente se dice que cuatro ojos ven más que dos.

Y no estoy refiriéndome solamente a caminos geográficos que tengamos que realizar con sus consiguientes peligros y desorientaciones, por una noche oscura, por los peligros que nos puedan acechar en el camino, abismos que nos rodean o espesuras de bosque que nos envuelvan, por sus dificultades o porque podamos ser asaltados, sino creo que todos entendemos que la imagen pueda tener un significado más amplio. Es sencillamente la presencia de una madre o de unos padres que nos acompañan en nuestro crecimiento; ese consejero y confidente al que le pedimos que nos ilumine nuestros rumbos o nos ayude a encontrar nuestras metas y que camina a nuestro lado haciéndonos ver lo que necesitamos pero dejándonos hacer nuestro camino; ese amigo de toda confianza al que siempre sentimos a nuestro lado y sin decirnos quizás demasiadas cosas nos hace ser más razonables en nuestros caminos. Nos acompañan en nuestro caminar y nos dan confianza también en nuestras posibilidades.

Es lo quiero sentir con el evangelio en la mano donde Dios nos hace sentir la presencia y la fuerza del Espíritu en nuestro interior que nos ilumina, nos impulsa, nos fortalece, nos acompaña en el camino para que no perdamos nuestros rumbos. Cuidado que nos creamos que lo sabemos todo y que no necesitamos ese acompañante, en este caso, el Espíritu Santo. Ahí lo tenemos todo, es cierto, aunque no siempre nos dejamos conducir, nos dejamos guiar y en nuestro orgullo nos lo queremos saber todo y decir que por nosotros mismos somos capaces de todo.

Pero hay algo más como regalo de la misericordia divina y es que Jesús nos ha querido dejar su madre como nuestra madre, como lo vemos en su testamento de la cruz. María va jalonando nuestro camino como ha sido y ha hecho a lo largo de la historia. Es en consecuencia la devoción tan tierna que tenemos a María, la madre del Señor. Hoy precisamente celebramos una fiesta de María que en la tradición cristiana vemos esa presencia de María en aquellos primeros momentos de la predicación del evangelio en nuestras tierras hispanas. Es el Pilar de Zaragoza, ese signo y señal que allí nos ha quedado como recuerdo perpetuo de la predicación del Apóstol Santiago en nuestras tierras hispanas y cómo María, viviendo aún en carne mortal de alguna forma misteriosamente se hizo presente al Apóstol como acompañante de su camino de evangelización.

Son tradiciones que se ahondan en el mito de la leyenda pero que sin embargo con ese signo milagroso del pilar a lo largo de los siglos hemos sentido siempre esa señal de la presencia de María que siempre ha estado en nuestro camino; se han multiplicado los nombres con que invocamos a María en los distintos lugares y regiones, pero siempre ha permanecido esa invocación de la Virgen del Pilar, porque María en verdad ha sido un pilar de nuestra fe al tiempo que un punto de arranque y partida para labor evangelizadora que nuestros misioneros ha realizado a lo largo y a lo ancho de nuestro mundo.

Sintamos, pues, a María, la madre de Jesús, la Madre de Dios, que nos dejó como regalo como madre para que nos acompañara en ese camino de nuestra fe, de nuestra vida. Ahí está misteriosa esa presencia de María, que no quiere ocupar ningún lugar que no le corresponda, que solo es la madre, que solo es la que nos acompaña en ese camino de nuestra vida. Así con María nos sentirnos seguros y fuertes en nuestras luchas y en nuestros caminos, iluminados porque nos refleja siempre la luz de Jesús en toda situación e impulsados por su amor para que también nosotros seamos testigos de nuestra fe, seamos evangelizadores en ese mundo que tanto necesita del Evangelio. María como madre nos ayuda a crecer porque ella siempre nos llevará a Jesús donde encontraremos ese vino nuevo de la gracia.

Démosle un buen sentido a nuestra devoción y nuestro amor a la Virgen María; con ella no nos sentiremos confundidos, con ella a nuestro lado tenemos la certeza de que hacemos el camino de Jesús y no simplemente nuestros caminos.


miércoles, 16 de septiembre de 2026

Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

 


Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

1Corintios 12, 31 – 13,13; Salmo 32; Lucas 7, 31-35

Nunca llueve a gusto de todos, solemos decir muchas veces; y no es solo que no estemos nunca contentos con el tiempo meteorológico que tengamos, que si hace calor, que si hace frío, que si tenemos mal tiempo, que si los tiempos están cambiando que son temas de conversación bastante frecuentes; pero cuando empleamos esa expresión queremos decir algo más, nunca estamos contentos en cómo estamos o lo que tenemos aunque seamos nosotros mismos los que nos lo hemos labrado.

¿Descontento? ¿poca confianza en lo que hacemos? ¿inconformismo? ¿incongruencia en las actitudes o en las posturas que tomamos con las que al final ni nosotros mismos estamos de acuerdo? ¿falta de metas o de principios que den una orientación firme a nuestra vida? Yo suelo decir, sin embargo, que un cierto inconformismo sí que necesitamos en la vida, porque será también lo que nos vuelva críticos con nosotros mismos y nos haga crecer, porque nos lleve a corregirnos y a buscar siempre algo mejor para nuestra vida. Pero quizás nuestros inconformismos no siempre vayan por ese camino, sino porque no nos hacen lo que a nosotros nos agrada o nos resulta más fácil.

Jesús se pregunta a quién puede comparar aquella generación que entonces le tocó sortear. Y dirá que son como niños que no saben lo que quieren, que salen a jugar a la plaza y no terminan de ponerse de acuerdo en los juegos que les harían participar a todos. ¿Seguiremos siendo también hoy nosotros como niños que no sabemos lo que queremos?

Jesús, de alguna manera, hace una comparación en las reacciones que tuvieron cuando Juan Bautista apareció allá en el desierto a la orilla del Jordán y la reacción que ahora están teniendo con su presencia y su manera de anunciarles el Reino de Dios. Mientras había gente que iba a escuchar con gusto a Juan queriendo entrar en aquel camino de preparación para la inminente venida del Mesías, otros lo rechazaban por su austeridad, su manera de presentarse y las palabras duras que en ocasiones pronunciaba invitando a la penitencia y a la conversión; por contra otros querían restarle autoridad, allí estaban aquellas embajadas enviadas desde Jerusalén pidiéndole que se identificará claramente si era un profeta o si era el Mesías.

Pero es lo que está sucediendo con Jesús; hay multitudes que le aclaman y reconocen los signos que realiza a pesar de que muchas veces se puede quedar en un entusiasmo pasajero, mientras otros ponen en duda su autoridad y su poder atribuyéndole incongruentemente poderes satánicos a la hora de realizar milagros o expulsiones de demonios, como tampoco le aceptarán considerándolo un desprestigio el que coma y se reúna con publicanos y pecadores.

¿Quien tendrá la razón? ¿donde encontrar la verdadera sabiduría que nos haga discernir bien las opciones que hemos de tomar?

Pero claro que cuando escuchamos este mensaje del evangelio no nos quedamos en un ojo crítico con lo que sucedía en aquellos tiempos y nos narra el evangelista, sino que ahí tenemos que saber descubrir una plantilla de lo que ahora a nosotros mismos nos pueda suceder. ¿Cómo escuchamos y qué valor le damos a lo que la Iglesia hoy nos enseña y nos propone en nombre del evangelio en este momento concreto de nuestra historia? ¿Cuál es la atención que le prestamos a la voz del Papa o de nuestros pastores más directos? ¿Qué interpretaciones hacemos?

Como decíamos al principio no siempre llueve al gusto de todos y cada uno quiere acercar el ascua a su sardina; según los presupuestos que tengamos en nuestra mente queremos aplicar o queremos dejar de lado lo que la Iglesia nos propone a través de sus pastores. Y entramos en catalogaciones, y hablamos de tendencias, y hacemos comparaciones con las maneras de actuar de los dirigentes o de las ideologías del momento.

¿No seríamos capaces de pensar que es el Espíritu del Señor el que en verdad guía a la Iglesia y esa diversidad que algunas veces nos parece encontrar sea lo que en cada momento, y a través del pastor que Dios nos ha dado en ese momento, es lo que necesitábamos para el anuncio del Reino en el mundo concreto en que vivimos? Mucho tenemos que discernir y muchos tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu que nos llena de la verdadera sabiduría.


viernes, 4 de septiembre de 2026

Remiendos y rotos que hemos de sustituir por vestiduras nuevas, odres nuevos para vino nuevo, pero la autenticidad del vino añejo y no adulterado del evangelio, nos pide Jesús

 


Remiendos y rotos que hemos de sustituir por vestiduras nuevas, odres nuevos para vino nuevo, pero la autenticidad del vino añejo y no adulterado del evangelio, nos pide Jesús

1Corintios 4, 1-5; Salmo 36; Lucas 5, 33-39

He de confesar que escuchando este texto del evangelio de hoy, que nos habla de remiendos y de rotos, tal como vemos hoy las nuevas modas y costumbres a la hora de vestir parece que se quedaría uno sin palabras ni saber que decir; claro que no podemos olvidar o callar las nuevas costumbres que se nos van imponiendo, que pueden ser también muy significativas de muchas cosas, y podemos pensar en un modo positivo que siempre tenemos que saber hacer aflorar, pero no podemos quitar razón a lo que nos dice Jesús en el evangelio,

Alguna vez nos habrá pasado, teníamos una ropa, un vestido que quizás había significado mucho para nosotros, pero claro con el paso del tiempo las cosas se ponen viejas y aparecen los rotos, nos daba pena desprendernos de dicha pieza y pensamos que quizás poniendo un remiendo allí donde aparecía el roto nos podría seguir valiendo y no tendríamos que tirarla; quizás con el paso de los días nos dimos cuenta que aquello no nos sirvió de nada y al final todo se quedó inservible. ¿Comprendemos entonces el sentido de las palabras de Jesús?

Había venido poco menos que con una queja porque El no enseñaba a sus discípulos a ayunar y hacer penitencias, como juan enseñaba y pedía a sus discípulos o a quienes iban a escucharle a la orilla del Jordán. No dice Jesús que no valgan aquellos ayunos de Juan, lo que nos está pidiendo es que le encontremos un sentido auténtico a aquello que hagamos y que no sea porque haya que repetir literalmente unas viejas costumbres. Ya tenemos la experiencia de como ya nos buscaremos atajos, disculpas y excepciones para no tener que hacer esas penitencias, y si no nos queda más remedio ya procuraremos que sea lo más liviano posible.

Jesús nos está abriendo los ojos a un sentido nuevo y de mayor autenticidad en la vida que es lo que va a significar el Reino de Dios que anuncia. Y ese sentido nuevo nos va a pedir una nueva forma de vivir, una renovación desde lo más profundo para llegar a ser un hombre nuevo. Y ser hombre nuevo no significa buscar disimulos para ocultar roturas; es una vestidura nueva que no es solo algo que nos pongamos por encima si por dentro seguimos igual; la renovación no se queda en remiendos sino en renovación total. ¿No nos pedía conversión? ¿Y qué significa esa palabra? Dar la vuelta totalmente, no es simplemente ponernos de lado para seguir ocultando por detrás las cosas viejas de las que tenemos que desprendernos.

Por eso continuará Jesús hablándonos de odres nuevos; unos odres que han de tener una contextura especial y renovada para poder contener ese vino nuevo del Espíritu con toda su fuerza de vino nuevo? Unos odres viejos que ya están pasados en su contextura no nos servirán porque esa vitalidad nueva los hará estallar. Pero nosotros, sin embargo, queremos seguir siendo odres viejos, porque aquella vieja costumbre no la puedo olvidar, porque de aquellos viejos recuerdos no me puedo olvidar, porque aquello que yo he hecho siempre me puede seguir valiendo, porque contentándonos con cumplir al menos lo más elemental nos parece suficiente, porque hay cosas de las que no me puedo desprender, parece que son camisa que se ha hecho carne con nosotros y ahora nos cuesta arrancarla de nuestra vida y no queremos pasar por esos dolores.

Nos cuesta entender la novedad del evangelio; nos cuesta adentrarnos en lo más hondo de nosotros mismos para llegar a darle autenticidad a nuestra vida; nos resulta fuerte quizás saborear en su más auténtico sabor lo que es el evangelio de Jesús. Por eso hoy Jesús aunque por un lado nos habla de vinos nuevos que necesitan unos odres nuevos, por otro lado nos habla también del vino añejo que tiene el mejor sabor. ¿Hay contradicción en las palabras de Jesús? Tenemos que entender bien lo que es un vino añejo, el que ha conservado su sabor sin adulterarlo de ninguna manera con otras mezclas; ¿no será eso lo que de alguna manera vamos haciendo algunas veces con el paso del tiempo que adulteramos el sabor del evangelio?

Cuántas cosas hemos ido mezclando en nuestra vida cristiana y hasta en la vida de la Iglesia con sabores del mundo que nos rodea con lo que de alguna manera podemos llegar a no reconocer el sabor auténtico del evangelio en lo que hacemos con nuestras tradiciones y rutinas, con nuestros apegos al mundo de los que no nos queremos desprender. Por ahí van las palabras de Jesús.

Cuando ha llegado el momento de una renovación en la Iglesia, como aquel abrir puertas y ventanas que decía san Juan XXIII cuando convocó el concilio para llegar a esa autenticidad, habrá todavía quien sigue añorando aquellas tradiciones y no ha querido entrar en la renovación que el Espíritu Santo ha querido infundir en la Iglesia de hoy. Y cuidado que volvamos a los remiendos o a la autenticidad que nos llena de vanidad.


jueves, 23 de julio de 2026

Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos



Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Toda obra que realicemos aparte de que tratemos de diseñarla bien para llevarla a la mayor perfección que deseemos nos exige un esfuerzo de superación, de corrección y mejora en la medida que la vamos realizando, que nos puede llevar incluso en algún momento a que tengamos que rehacerla totalmente como si la comenzáramos de nuevo para lograr esa meta de perfección a la que aspiramos; puede ser igual cualquier tipo de trabajo que realicemos de forma manual o incluso con los medios de los que disponemos hoy lo mismo que el artista que quiere plasmar una obra de arte.

Hoy el evangelio nos pone la imagen del agricultor que cultiva una viña con el deseo de obtener unos frutos de la mejor calidad; no nos vale la viña estéril que no da fruto como son innecesarios esos sarmientos que solo le dan frondosidad pero que no dan fruto; por eso hoy Jesús nos habla de poda, de cortar lo que impide los mejores frutos, lo que le va a mermar la vitalidad de esa planta.

Nos está queriendo decir muchas cosas el evangelio, porque nos está hablando de la vida misma, de nuestra vida, que ha de estar llena de vigor, que ha de madurar los mejores frutos; nos está hablando de nuestro crecimiento personal, que no es simplemente dejar pasar los días y que nuestro organismo y nuestro ser viva por si mismo, sino de esa búsqueda que nos da ese crecimiento como personas, que enriquece nuestra personalidad, que desarrolla nuestras capacidades, que nos hace madurar para afrontar la vida con todos sus problemas, pero que ha llevado un trabajo de nosotros mismos para corregir defectos y errores, para no dejar que se envicie nuestra vida, para que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos, para que aparezcan los frutos de nuestra vida. ¿Cuáles serán los mejores frutos que podamos ofrecer de nosotros mismos? Es una búsqueda en nuestro crecimiento personal.

Pero nuestra vida no es solo lo humano que podamos realizar con toda su riqueza, hay un itinerario espiritual que también hemos de realizar buscando la verdadera grandeza y está, por supuesto, todo lo que significa nuestro seguimiento de Jesús. De una forma muy concreta nos está hablando Jesús cuando nos habla de cómo tenemos que estar unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vid para poder dar fruto, porque sin El no daremos en verdad fruto. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.

Nos decimos cristianos y lo decimos con excesiva facilidad que se puede quedar en superficialidad. No somos cristianos solamente porque se han realizado unos ritos religiosos en nuestra vida, ya fuera nuestro bautismo o la primera comunión, o porque realicemos unas determinadas prácticas religiosas; eso se nos quedaría en la apariencia si luego en el día a día de nuestra vida no estamos mostrando unos frutos, de unas actitudes y de unos valores, de una manera de vivir y de plantearnos las cosas y de unos compromisos nacidos en esa fe y que nos lleven la transformación de nuestro mundo a la manera del Reino de Dios.

Muchas veces nuestra vida se nos queda en lo superficial o simplemente nos dejamos arrastrar por el mundo que nos rodea. No olvidemos que en la masa de ese mundo tenemos que ser levadura, a ese mundo tenemos que llevarle el sabor de la sal del evangelio, ese mundo tenemos que iluminarlo con la luz de Cristo. Pero para poder realizar todo eso tenemos que estar unidos a Cristo como el sarmiento a la vid, como nos ha dicho hoy el evangelio. Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, pero no lo lograremos si no lo escuchamos y plantamos de verdad en nuestro corazón.

Hoy la liturgia nos ha ofrecido este texto del evangelio porque estamos celebrando a Santa Brígida de Suecia que es patrona de Europa; una mujer que en su tiempo sintió una preocupación muy grande por lo que era y lo que significaba la Iglesia en su tiempo y la necesidad de una reforma muy grande para darle esa vitalidad del evangelio en el mundo en que vivía. Quizás de la mano de esta santa patrona de Europa y con el evangelio que hemos escuchado en nuestras manos y en nuestro corazón también tendríamos que sentir esa misma preocupación de que la Iglesia hoy siga siendo esa levadura de nuestro mundo, esa sal que dé sabores de evangelio a nuestra sociedad. Hablamos con mucha facilidad de una Europa cristiana, pero somos conscientes que cada vez influyen menos los valores del evangelio en esa sociedad nueva que queremos construir.

Muchas preguntas que hacernos. ¿Donde estamos los cristianos comprometidos? ¿Estará haciendo la Iglesia todo lo que tiene que hacer con arrojo y valentía para ser esa luz que refleje la luz de Cristo y del Evangelio en nuestra sociedad? ¿Qué estamos haciendo nosotros ahí en ese ámbito concreto en el que vivimos, nuestra familia, nuestros lugares de convivencia, nuestra comunidad, nuestro pueblo o lugar concreto donde vivimos y donde tenemos que ser esa levadura?


domingo, 9 de noviembre de 2025

Damos gracias y pedimos a Dios por la Iglesia, dando testimonio de Iglesia con el compromiso de nuestra fe y amor siendo signo de comunión en medio del mundo

 


Damos gracias y pedimos a Dios por la Iglesia, dando testimonio de Iglesia con el compromiso de nuestra fe y amor siendo signo de comunión en medio del mundo

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Salmo 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

¿Agua de vida o agua de muerte? Ya sabemos que cuando las aguas corren sin control y todo lo anegan a su paso se pueden convertir en algo destructivo por los primeros efectos que van produciendo a su paso. No nos gustan las inundaciones, imágenes tenemos recientes en la retina o en el recuerdo de los daños causados en los grandes temporales cuando lo arrasan todo a su paso; pero bien sabemos que cuando aquel torrente de agua impetuosa que baja de la montaña arrasándolo todo llega a la placidez de la tierra llana, donde ha dejado atrás aquella impetuosidad de destrucción se pueden convertir en agua fecunda que llenará de vida nuestros campos y que incluso aquel limo que ha venido arrastrando ahora se convierte en algo así como abono que va llenando de nueva vida allá por donde pase; habrá un resurgir de la vida, habrá una nueva floración, podremos luego recoger frutos hermosos porque de alguna manera también ha servido de purificación.

Es la descripción hermosa que nos hace hoy el profeta de aquella agua que manaba del templo y que crece y crece en su fluir, pero allí por donde pasa hará resurgir la vida, como el mismo profeta nos describe en los árboles frutales de sus orillas rebosantes de frutos. Una referencia hermosa al río de gracia que en la Iglesia de Cristo encontramos y que a nosotros nos llena de vida.

Es el texto que hoy la liturgia nos propone en esta fiesta de la dedicación de la Catedral de Letrán. Decir que es la catedral del Roma, la sede del Papa, Obispo de Roma, y que tiene un hermoso significado para toda la Iglesia, que es por lo que hoy la celebramos prevaleciendo esta fiesta incluso sobre la liturgia del domingo. La Iglesia madre de todas las Iglesias como se la ha querido llamar que nos hace sentirnos hoy en comunión con la Iglesia universal y en comunión con el Papa. Nos coincide además en nuestra Iglesia española que celebramos también en este domingo el Día de la Iglesia Diocesana. Una motivación más para reavivar ese sentido eclesial de nuestra fe con todas sus consecuencias. En ese sentido van todas las lecturas de la Palabra de Dios que hoy nos ofrece la liturgia de este domingo.

Se nos habla de ese edificio, de ese templo de Dios que es Cristo mismo, como se nos señala en el evangelio. ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’, que replica Jesús a quienes le interrogaban sobre su autoridad para la purificación del templo que más que una casa de oración la habían convertido en una cueva de ladrones. Templo y edificio de Dios fundamentado sobre Cristo mismo, como nos dice el apóstol san Pablo, ‘Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo’, nos dice.

No es una iglesia edificada por hombres, sino que el constructor ha sido Cristo. Es su Evangelio, es la Palabra de salvación que nos llena de vida.

Y aquí recogemos esa hermosa imagen con la que comenzábamos nuestra reflexión y que nos ofrecía el profeta. Esa agua que mana debajo de las puertas del templo de Dios es imagen de ese río de gracia que en la Iglesia de Cristo encontramos. En ella tenemos la Palabra de Dios, en su ministerio recibimos la gracia de Dios por los Sacramentos, en ella nos sentimos ese edificio de Dios donde queremos construir nuestra vida y no solo de una forma individual sino en esa comunión de hermanos que formamos todos los que creemos en Jesús.

Es la Iglesia madre que nos acompaña en cada una de las situaciones de la vida, por muy difícil que sea el momento en que nos encontremos; es la Iglesia en la que nos sentimos acogidos porque en ella encontremos siempre la misericordia del Señor, pero que también se convierte para nosotros en fuego fundidor que nos purifica; es la Iglesia que como maestra nos enseña y nos recuerda una y otra vez las enseñanzas de Jesús que también nosotros hemos de anunciar con el testimonio de nuestra vida; es la Iglesia fuente de vida para nosotros que en la medida que con ella nos sintamos unidos a Jesús podremos llenar de fecundidad nuestra vida y dar los mejores frutos; es la Iglesia que desborda su amor sobre nosotros y sobre el mundo queriendo que todo se transforme en ese Reino de Dios que para nosotros es la Iglesia; es la Iglesia que se convierte en aliciente para nuestro camino en el ejemplo de sus mejores hijos y por eso veneramos a sus santos que nos han dejado las huellas de su vida para siguiendo su senda mejor nosotros encontrarnos con Cristo; es la Iglesia ese manantial de agua que nos llena de vida, ‘agua de vida’ que nos hace fecundos en el amor, y se convierte en fuerza y alimento para que demos los mejores frutos para nuestro mundo.

Hoy al sentirnos por una parte miembros de nuestra Iglesia local, nuestra diócesis, pero también en comunión con toda la Iglesia de Cristo al celebrar la dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán, Catedral del Papa, nos sentimos en comunión con nuestros pastores, nos sentimos en comunión eclesial que queremos expresar en todo el compromiso de nuestra fe que nos hace testigos y apóstoles del evangelio de Jesús. Damos gracias por la Iglesia, pedimos a Dios por la Iglesia, damos testimonio de nuestro sentido de Iglesia, y con el compromiso de nuestra fe y de nuestro amor queremos ser ese signo de Iglesia en medio de nuestro mundo.

sábado, 1 de noviembre de 2025

Con la celebración de todos los santos comprendamos que los cristianos no somos un desfile de tristes y amargados sino los que llevamos en nosotros la mejor alegría

 


Con la celebración de todos los santos comprendamos que los cristianos no somos un desfile de tristes y amargados sino los que llevamos en nosotros la mejor alegría

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Salmo 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Pensemos en alguien a quien le va mal en la vida, que todo se le vuelve oscuridades con los problemas que se sobrevienen unos a otros, o simplemente miremos a nuestro alrededor y la situación por la que va pasando la sociedad en la que vivimos donde muchas veces parece que se ha perdido la esperanza y la ilusión, donde no sabemos a donde vamos a parar, o a donde nos llevan los derroteros por donde va el mundo de hoy, el escuchar en un momento determinado unas palabras que nos digan que hay salida, que las cosas pueden y van a cambiar, que no todo es tan negro como aparenta porque hay algunas señales de algo que puede ser distinto, parece que nos levantan los ánimos, despiertan esperanzas, nos sentimos impulsados a poner a caminar para encontrar esa luz, a luchar para que las cosas mejoren y cambien.

Algo así son las palabras que hoy escuchamos en el evangelio. Y no vamos a pensar, que también tenemos que hacerlo para verlo como ejemplo, de cómo se sentía aquella multitud al pie del monte cuando Jesús les dice que en la voluntad de Dios hay una buena noticia de un mundo nuevo que se puede construir, sino escuchándolas para nosotros mismos, en esa situación de nuestro mundo y nuestra sociedad como antes mencionábamos. Porque lo que escuchamos no lo podemos hacer como si fueran palabras bonitas para aquellas gentes en los tiempos de Jesús, sino que tenemos que escucharlas como una buena noticia que se nos da para los hombres y mujeres de hoy en este pleno siglo XXI.

Es posible ese Reino de Dios anunciado por Jesús en este día en que vivimos. Así tenemos que escuchar esa buena noticia del Evangelio. A los que hoy viven en el sufrimiento de sus carencias y necesidades, en medio de sus sufrimientos y no solo por las enfermedades que puedan padecer sino por esas otras cosas que angustian el corazón de los hombres y mujeres de hoy, por los que están luchando y les parece que sus luchas son ineficaces porque no terminamos de ver el albor de un mundo nuevo y mejor, por los que se sienten incomprendidos cuando quieren vivir con sinceridad sus vidas y quieren trabajar por un mundo mejor y más justo, necesitan escuchar estas palabras de Jesús; necesitamos escuchar estas palabras de Jesús.

Podemos comenzar a pregustar la dicha de un mundo mejor y con más paz, porque aunque algunas veces nos parezcan invisibles hay muchos que están queriendo vivir sin malicias ni desconfianzas, muchas personas que están poniendo la sinceridad de sus vidas en lo  que comparten generosamente con los demás, muchos que quieren ir sembrando buenas semillas cultivando unos valores que le dan una nueva trascendencia a la vida, muchos que viven son autenticidad su fe y se sienten comprometidos en el testimonio congruente que quieren ofrecer a los demás.

Si fuéramos capaces de abrir un poquito más los ojos sin dejar que se enturbien con malicias y malos deseos seguramente descubriremos ese mundo nuevo que calladamente esta germinando en torno nuestro. No ahoguemos nunca el más mínimo gesto de bondad que podamos descubrir en los demás porque serán brotes de algo nuevo que llenará de una nueva fecundidad a nuestro mundo.

Hoy la Iglesia está celebrando una fiesta que tiene mucha importancia para el camino que estamos haciendo pero que aunque sabemos que es la fiesta de todos los santos, o los vemos muy lejos de nuestras vidas o terminamos confundiendo la celebración de este día con la conmemoración que mañana dos de noviembre realiza la Iglesia. Cuando decimos todos los santos decimos todos aquellos que vivieron en sus vidas este mensaje de las bienaventuranzas que nos presenta el evangelio. Esa multitud innumerable, como nos decía el libro del Apocalipsis de todos aquellos que se han purificado en la Sangre del Cordero.

Pero ¿qué significa eso? Porque quisieron ser fieles a un camino de rectitud, de justicia y amor, no temieron pasar quizás desapercibidos por los demás o quizás muchas veces incomprendidos y hasta perseguidos, pero siguieron sembrando la semilla, siguieron plantando con esperanza, siguieron queriendo dejar tras si un rastro de amor que es el que en verdad está haciendo germinar a nuestro mundo.

Muchos han sido reconocidos por la heroicidad de sus virtudes y de su testimonio por la Iglesia y son los que llamamos santos porque así los ha declarado la Iglesia en lo que llamamos la canonización, incluirlos en el canon o catálogo de los santos, que viene a significar. Pero no solo a esos santos hoy celebramos sino a tantos anónimos con quienes quizás hemos compartido el camino en tantas personas cercanas a nosotros que vivieron ese camino de fidelidad.

Y pensar en ello pone una ilusión y una esperanza nueva en nuestros corazones, nos impulsa a seguir nosotros queriendo sembrar esa semilla, a seguir en nuestra lucha y nuestro testimonio aunque muchas veces nos cueste mucho. Es una fiesta que nos hace caminar con una nueva alegría, de la que tenemos que sentirnos todos contagiados para darle un nuevo rostro a la Iglesia.

Qué pena y qué lástima que muchas veces los cristianos parezcamos un desfile de personas tristes, amargadas y sin ilusión cuando somos las personas que tenemos las mejores razones para ir siempre cantando y contagiando nuestra alegría por los caminos de la vida. Con esta fiesta de todos los santos despertemos a esa alegría nueva y llena de vida.

domingo, 12 de octubre de 2025

Pilar de apoyo y fortaleza, pilar que señala camino y nos da seguridad en nuestras sendas es María la que escucho y plantó en su corazón la Palabra del Señor

 


Pilar de apoyo y fortaleza, pilar que señala camino y nos da seguridad en nuestras sendas es María la que escucho y plantó en su corazón la Palabra del Señor

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Salmo 26; Hechos 1, 12-14; Lucas 11, 27-28

En la complejidad de lo que es la vida, después que hayamos pasado por muchas experiencias, unas oscuras en muchas ocasiones, pero otras también llenas de luminosidad, cuando tenemos que seguir enfrentándonos al camino de la vida nos entran miedos y nos llenamos de dudas, nos sentimos inseguros, necesitamos tener claros los pasos que tenemos que ir dando y aunque haya quien nos haya dado pautas, sin embargo, nos detenemos a pensar, a reflexionar, a replantearnos las cosas, a sentir esa seguridad que necesitamos para avanzar. Buscamos unos apoyos, unos pilares que mantengan firme el edificio que pretendemos construir con la vida.

Esto son cosas que nos suceden en las responsabilidades que hemos asumido en la vida, en los trabajos que tenemos que realizar, pero también allá en lo más hondo de nosotros mismos y en nuestra propia identidad; es algo que también en el camino de la fe nos sucede y nos planteamos, buscando esa luz que nos viene de Dios por la fuerza de su Espíritu para continuar con nuestro compromiso cristiano.

Hoy el texto de la Palabra de Dios en los Hechos de los Apóstoles nos hablaba de lo que hizo el grupo de los discípulos después de aquella ultima manifestación de Jesús en que antes de subir al cielo los envió por el mundo para anunciar el evangelio. Pero ya también Jesús les dijo que se quedaran en Jerusalén hasta que recibieran la fuerza del Espíritu. Hemos de reconocer que se encontraban en una situación anímica como la que hemos venido describiendo en esta reflexión.

Allá se fueron al Cenáculo de nuevo, aquel lugar de tantas experiencias no solo en la cena pascual sino también como refugio en los momentos de la pasión de Jesús, pero también escenario, por así decirlo, de su experiencia pascual. Allí los había encontrado Jesús después de su pasión y su resurrección. Ahora allí estaban de nuevo en oración, en reflexión – algunas decisiones tuvieron que tomar como elegir al sustituto de Judas en el grupo de los Doce -, en silencio de búsqueda, en tensión de su espíritu para la misión que Jesús les había encomendado. Y nos dice que estaban no solo el grupo de los apóstoles más cercanos a Jesús sino algunas mujeres y con ellas María, la madre de Jesús.

¿Era el apoyo que necesitaban? ¿Era la búsqueda de esa fortaleza interior y ese coraje para lanzarse por el mundo para el anuncio del Evangelio? ¿Era la apertura de su mente y de su corazón para abrir los horizontes de su vida que tenía que ir más allá de aquellos rincones de su Galilea o de su tierra de Palestina, la tierra prometida que habían recibido sus padres? Y María está ocupando un lugar importante en ese grupo, por algo de manera especial la recuerda el autor de los Hechos de los Apóstoles.

Se nos ofrece este texto en la liturgia de este día en que celebramos a la Virgen en esa advocación tan querida para nosotros del Pilar. Es todo un signo y una señal en nuestra vida, en el camino de nuestra vida cristiana, en nuestro camino también de apóstoles y evangelizadores que hemos de ser en medio de nuestro mundo. Somos también los enviados del Señor que necesitamos de ese coraje, de esa fuerza interior, de esa fuerza del Espíritu como estaban allí esperando los Apóstoles en el Cenáculo y que se manifestaría en Pentecostés. Pero es una imagen y un signo muy hermoso que contemos con esa presencia de María.

¡Qué hermosa esa Advocación del Pilar! Un pilar de apoyo y fortaleza, como un edificio que hemos de edificar con sólidos cimientos pero con la fortaleza de unas columnas que den armazón al edificio. Un pilar como era los que se ponían en las antiguas calzadas romanas que atravesaban el imperio y que iba señalando rutas, que iba marcando distancias, que daba seguridad a los caminantes de seguir la ruta cierta y segura.

En la tradición de nuestra Iglesia en España tenemos desde siempre ese Pilar que quedó como signo y señal de esa presencia de María junto al apóstol que hizo el primer anuncio del Evangelio en nuestras tierras. Pero ese Pilar ha continuado presente en toda la historia de la Iglesia española a través de los tiempos para hacernos sentir esa presencia de María junto a nosotros en nuestros caminos, en nuestra vida, como lo estuvo presente, según hemos escuchado hoy en los Hechos de los Apóstoles, allí en el Cenáculo junto a los discípulos y apóstoles sobre los que había de constituirse la Iglesia. Así María ha estado siempre junto a nosotros, como Madre, como compañera de camino, como signo de luz de fortaleza para nuestras vidas.

Como nos ha dicho el evangelio en ella contemplamos la imagen de la que ha plantado la Palabra de Dios en su vida y que merecería todas las alabanzas. ‘Dichosos más bien los escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Aquella mujer que fue llamada bienaventurada porque en su carne se hizo carne el Hijo de Dios y con su pecho lo alimentó como Madre, lo es dichosa también por ella siempre quiso que en ella se cumpliera la Palabra del Señor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’.

jueves, 7 de agosto de 2025

Somos Iglesia, no por las cosas buenas que hagamos, sino por la fe que tenemos en Jesús como nuestra única salvación, es nuestra identidad

 


Somos Iglesia, no por las cosas buenas que hagamos, sino por la fe que tenemos en Jesús como nuestra única salvación, es nuestra identidad

Números 20, 1-13; Salmo 94; Mateo 16, 13-23

Tener claro quienes somos y a dónde vamos es algo que consideramos fundamental como persona, pero también como pueblo, como miembro de una comunidad, para manifestar claramente cuál es nuestra identidad, manifiesta nuestra madurez humana y también la grandeza que como pueblo tengamos, pero es algo que poco a poco vamos desarrollando, vamos haciendo crecer en nosotros, de tal manera que marcaremos nuestro sello personal, o como pueblo.

Quien anda por la vida sin saber bien quién es, y no se trata de nombre o identificaciones externas, camina como desorientado y sin rumbo, le faltarán metas en su vida, no encontrará valor a su existir, y así vemos a muchos desencantados, aburridos de la vida, sin saber qué rumbo tomar. Y lo vemos también como pueblo o miembros de una sociedad; hay pueblos que tiene muy clara su identidad, quizás se basan mucho en sus tradiciones que tratan de conservar, pero se nota en ellos una unidad en ese camino que quieren realizar; como también nos encontramos con pueblos que son como un aglomerado de personas, venidas quizás de acá o de allá, o quienes aunque nacidos en ese pueblo por diferencias y distanciamientos entre unos y otros no llegan a tener esa identidad.

Pueden parecer unas reflexiones meramente humanas o sociales, pero me las hago también desde lo que hoy nos aparece en el evangelio. Primero están las preguntas que Jesús les hace a los discípulos. ¿Qué piensa la gente o qué piensan ellos mismos de quién es Jesús? No es que Jesús no tenga clara cuál es su identidad y su misión, como vemos palpablemente a través de todo el evangelio, pero era necesario que quienes querían seguirle también tuvieran clara esa identidad de Jesús. No es lo mismo pensar que Jesús es un personaje histórico que tuvo su importancia y su influencia en un momento determinado, que descubrirlo como verdadero salvador, como Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación.

Claro que a los seguidores de Jesús, sus discípulos y cuantos se acercaban a Él para escucharle atraído por sus palabras pero también por los signos que manifestaba de algo nuevo, no lo tenían tan claro. Para algunos como Herodes era como una reencarnación de Juan a quien Herodes había mandado matar; mucha gente lo veía como un gran profeta, como aquellos grandes profetas que se mencionaban en las Escrituras, pero aún no habían dado el paso, no habían llegado a reconocer de verdad quién era Jesús.

Los propios discípulos, los apóstoles que formaban ya su grupo más cercano, se quedan perplejos con la pregunta de Jesús sobre todo cuando es dirigida directamente a ellos. Será Pedro el que se adelante a dar la respuesta. Merecerá incluso la alabanza de Jesús; pero también Jesús les dirá que aquello no es solo fruto de un descubrimiento propio, sino que allí estaba actuando el Espíritu de Dios, era el Padre quien lo había revelado en el corazón de Pedro. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Vienen luego las promesas de Jesús, la misión que le va a confiar a Pedro. Serás piedra – y está junto con la palabra y el nombre – sobre el que edificaré mi Iglesia. ¿Es solo una persona, por así decirlo, lo que va a ser el fundamento de esa Iglesia que nace?  Todo arranca desde esa fe de Pedro que ha confesado a Jesús como el Hijo de Dios. Nuestra identidad como Iglesia no es pensar en una organización social con sus líderes o sus dirigentes desde unos planes o desde unas organizaciones. Cuando miramos a la Iglesia así, cuando trabajamos solo así desde la Iglesia nos quedamos en un pobre concepto de Iglesia. Es por lo que tantos hoy en nuestro mundo no terminan de entender el sentido y el valor de la Iglesia.

Cuando escuchábamos en meses pasados con motivo de la muerte del Papa y la elección del nuevo Papa los comentarios que se hacían desde muchos medios de comunicación social era para echarse a temblar, era para llorar por el pobre concepto que se tiene de la Iglesia. Claro que tenemos que plantearnos seriamente si es esa la imagen como iglesia damos los cristianos o el actuar de la misma Iglesia.

La Iglesia no la podemos entender sin relación a nuestra fe en Jesús. Esa es la piedra, ese es el fundamento sobre el que está fundada la Iglesia, aquella fe que proclamó tan acertadamente Pedro y que precisamente será luego su misión. ‘Cuando te recobres, le dirá Jesús, va a tener que alentar la fe de tus hermanos’.

Es lo que nos identifica como Iglesia que luego expresaremos en esa comunión que entre nosotros tiene que haber y que tenemos que saber mantener, la manifestaremos con nuestro compromiso por hacer un mundo mejor, la manifestaremos en todos esos gestos que tenemos que ir realizando desde nuestro amor para que el mundo crea. Pero no es solo hacer cosas, no es solo que digamos que tenemos que estar unidos y amarnos, no es solo que trabajemos por la paz y la justicia, es sobre todo la fe en Jesús que profesamos que será el fundamento, que será el motor de todo lo que luego tenemos que vivir.

¿A los que decimos que pertenecemos a la Iglesia, por decirlo de alguna manera, nos reconocerán en el mundo por nuestra fe en Jesús? ¿Es la buena nueva de Jesús que nos lleva a la fe lo que en verdad predica y transmite la Iglesia y los que en ella estamos?


domingo, 6 de julio de 2025

‘Quedaos en la casa donde entréis y comed la comida que os pongan…’ convivencia y acogida para crear la armonía de la paz, señal del Reino de Dios

 


‘Quedaos en la casa donde entréis y comed la comida que os pongan…’ convivencia y acogida para crear la armonía de la paz, señal del Reino de Dios

Isaías 66, 10-14c; Salmo 65; Gálatas 6, 14-18;  Lucas 10, 1-12. 17-20

Aquello que llevamos en el corazón es lo que vamos a expresar con nuestras palabras, con nuestros gestos y con nuestras actitudes. ¿Cuáles son las conversaciones más espontáneas que nos salen cuando nos encontramos con los demás? Aquello, por ejemplo, que son nuestras preocupaciones. Decimos muchas veces que enseguida cogemos el socorrido tema del tiempo, pero ¿por qué lo hacemos? Porque queremos estar bien, nos molesta el calor o el viento, tenemos miedo de un temporal que se nos pueda venir encima o ansiamos las lluvias para nuestros campos, porque la necesitamos.

Son quizás nuestras preocupaciones más elementales y por eso comenzamos por eso más fácil; pero pronto nos damos cuenta que van a ir surgiendo otros temas de nuestras preocupaciones o de nuestros anhelos, de las cosas dichosas que llenan nuestra vida o de aquellas cosas que nos hacen sufrir. Es la vida, es lo que somos, es lo que llevamos dentro que va a brotar casi de forma espontánea por nuestra boca o por nuestras actitudes.

Cuando entramos en otro ámbito de la vida con mayor profundidad, cuando la fe significa no sólo algo sino una cosa muy importante para nuestra existencia, porque ella encontramos sentido y encontramos valor, hace trascender nuestra vida y lo que hacemos, y eleva nuestro espíritu, nos hace sentir la presencia de Dios y su amor de salvación para nosotros, cuando llevamos de verdad eso en el corazón también tiene que brotar de forma como espontánea en nuestras palabras y en nuestras actitudes y manera de actuar en la vida. Será algo que no podemos callar. Como le decían los apóstoles a los mandatarios de Jerusalén que les prohibían mencionar el nombre de Jesús, hablar de Jesús, no podían callar, tenían que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Eso es lo que tendríamos que hacer en nuestra vida cristiana, eso es lo que tendría que definir de alguna manera nuestra vida cristiana, aquello que llevamos en lo más hondo de nuestra vida tenemos que transmitirlo, tenemos que darlo a conocer, tiene que ser motivo de nuestras conversaciones, de nuestras palabras, de nuestra comunicación con los demás. Pero ¿qué hacemos? ¿En verdad ha sido una experiencia importante para nuestra vida nuestra fe, nuestro encuentro con el Señor, el sentirnos amados de Dios, la vivencia de nuestras celebraciones? ¿Habrá algo que nos está fallando? Es algo que tenemos que plantearnos con toda seriedad.

El evangelio de hoy nos habla del envío por parte de Jesús de aquellos setenta y dos discípulos que habían de ir por aquellas aldeas y pueblos por donde habría de ir luego también Jesús, haciendo el anuncio del Reino de Dios. Es importante que nos fijemos bien en este evangelio.

No es el envío de los doce apóstoles, es el envío de aquel grupo grande de los que comenzaban a ser sus discípulos para que fueran a transmitir aquello que ellos ya estaban viviendo. No han de hacer grandes cosas; Jesús habla sencillamente de que se sientan acogidos por aquellas casas donde los reciban y con ellos hagan una vida por así decirlo familiar. ‘Quedáos en la casa donde entréis… comed lo que os pongan…’ y su saludo sería siempre un saludo de paz; con esa presencia y esa acogida simplemente tenían que decirles que allí estaba llegando el Reino de Dios. Sí, no era solo el anuncio que tenían que hacer, sino cómo habían de sentirse ellos en aquellos hogares, acogidos y partícipes de lo que aquella gente compartía con ellos, su hospitalidad y su acogida. ¿No son esos signos del Reino de Dios? ¿No estaban viviendo una nueva armonía en aquella acogida y en aquel compartir?

¿Le estará faltando a la Iglesia de hoy esa manera de hacer presente el reino de Dios en nuestro mundo? Pastores que dediquen su tiempo a estar con la gente, a convivir con el pueblo, a sentirse uno con las gentes que les rodean. ¿No tendría que ser eso lo que también resplandeciera en la pastoral de nuestras parroquias y comunidades?

A la vuelta contaron a Jesús cómo los habían recibido y acogido, y venían contentos de la misión que habían realizado. No había habido cosas extraordinarias, pero sin embargo Jesús les dirá que Él veía cómo los espíritus malignos eran arrojados de aquellos lugares. ‘Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo, les dice Jesús. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno’. Donde había aquella acogida y aquel compartir reinaba la paz, la armonía y la convivencia, el espíritu maligno allí no tenía nada que hacer.

¿Será eso lo que nosotros transmitimos a los que nos rodean? ¿Será eso lo que en verdad estamos construyendo en nuestros hogares y familias? ¿Seremos en verdad esos instrumentos de paz y de armonía, trabajando por la buena convivencia en nuestros hogares, entre nuestros vecinos y con aquellos con los que convivimos, o en nuestros lugares de trabajo? En nuestras familias cristianas ¿estará faltando algo de esto tan sencillo de lo que nos habla hoy el evangelio? ¿Se notará en verdad en esos lugares por esa buena sensación de armonía que allí se respira que está la presencia de un cristiano que con sus actitudes está así dando señales del reino de Dios?

No serán necesarias quizás grandes palabras, pero si son importantes nuestras actitudes, esas sensaciones buenas que provocamos con nuestra presencia. Mucho tenemos que hacer. De lo que llevamos en el corazón hablara nuestra vida y será lo que despertemos en los demás.


domingo, 29 de junio de 2025

Seguridad de la piedra sobre la que está fundamentada la Iglesia que es nuestra fe en Jesús y que vivimos en torno a Pedro en comunión de toda la Iglesia

 


Seguridad de la piedra sobre la que está fundamentada la Iglesia que es nuestra fe en Jesús y que vivimos en torno a Pedro en comunión de toda la Iglesia

Hechos 12, 1-11; Salmo 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

Todos queremos tener un piso firme bajo nuestros pies mientras caminamos; si es inestable, si se mueve o fluctúa parece que no nos da seguridad y nos entra el miedo y la desconfianza. Valgan esos puentes flotantes para un juego como vemos muchas veces en actividades recreativas, nosotros queremos pisar firmes y no nos falle bajo nuestros pies. Ya sabemos quienes no se sienten seguros en un barco y se marean con el balanceo del barco como consecuencia del movimiento de las aguas; hay quien no se siente seguro en las alturas en que vuela un avión porque nos parece que hay mucho vacío bajo nuestros pies.

¿Será así como queremos andar en la vida? Las fluctuaciones en la vida social parece que crean inestabilidad, y de ahí surge toda una lucha política porque siempre el adversario ve inseguridad que crea inestabilidad en lo que propone el gobernante y de ahí ya sabemos las consecuencias para toda la sociedad. Pero queremos estabilidad en las familias, queremos estabilidad allí donde realizamos la vida, queremos estabilidad en nuestros trabajos porque eso nos da seguridad y nos puede hacer pensar en un posible futuro mejor.

Aunque tenemos en cuenta estos aspectos de la vida, porque también son cosas que nos preocupan, hoy desde la Palabra de Dios en esta solemnidad que estamos celebrando de los Apóstoles san Pedro y san Pablo se nos está hablando de la seguridad sobre la que queremos fundamentar nuestra vida de fe, todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. El evangelio nos habla de piedra y de fundamento de nuestra fe y de la Iglesia de manera que el poder del enemigo no la derrotará.

No puede ser una piedra inestable. Todo ha partido de una confesión de fe de Pedro; más bien con la pregunta que hace Jesús tomando el pulso de lo que le gente opinaba de él, pero fundamentalmente de lo que ellos, los discípulos más cercanos, sentían sobre Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Era necesaria aquella clarividencia de los que le seguían más de cerca, aquellos que un día había escogido, no solo los había ido llamando por los caminos, sino que en un momento determinado los había llamado por su nombre para que estuvieran con El, porque iban a ser como el principio de aquella Iglesia. De ahí la importancia de la fe de los apóstoles.

Es Pedro el que se ha adelantado para confesar su fe. ¿Era consciente totalmente de lo que estaba diciendo? Como le dirá Jesús no lo dice por si mismo, sino porque el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón. Por eso les dice que ese va a ser el fundamento de la Iglesia, la piedra sobre la que se edificará la Iglesia, en la que va a tener seguridad, que no se mueva bajo los pies, como hemos comenzado diciendo. La imagen de ello va a ser Pedro, le ha cambiado el nombre de Simón por piedra, por Pedro, que es lo que viene a significar la palabra. En otro momento le dirá a Pedro que cuando pasen los momentos de zozobra, él tendrá que mantenerse firme para que confirme en la fe a los hermanos.

Este es el sentido bonito que tiene la fiesta de este día; decimos normalmente de san Pedro y san Pablo y así es, pero tenemos que decir que es la fiesta de la Iglesia, de la proclamación del fundamento de la Iglesia. Qué bonito es lo que hemos vivido recientemente con la muerte del Papa Francisco, con la expectativa de quien iba a ser el nuevo Papa, y la elección de León XIV.

En estos momentos hemos visto de forma palpable de lo que nos ha hablado hoy la primera lectura. Mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad entera oraba al Señor por Pedro; es lo que hemos visto en aquellos momentos de oración intensa en la enfermedad del Papa y en su muerte, pero luego pidiendo por la elección del nuevo Pontífice. Los medios de comunicación hacían sus cábalas, quien tenía más probabilidades y quien no, pero la Iglesia oraba con esperanza, aunque de eso no hablaban los medios ni les interesaba.

Y Dios nos ha dado el Papa que necesita hoy la Iglesia; no podemos hablar ni de continuidades ni de rupturas, porque esas no son las formas del actuar de Dios y ese no puede ser el verdadero sentimiento de los cristianos. Es lo que Dios quiere hoy para su Iglesia, con sus matices y con peculiaridades, porque no tiene que haber mimetismos que son monstruosos. 

Son los caminos de Dios que con fe nosotros hemos de caminar. Son los caminos en los que nos sentimos seguros porque Jesús nos prometió que estaría siempre con nosotros, y la fuerza de su Espíritu se manifestando en cada momento según lo que la Iglesia va necesitando. Es la seguridad de esa piedra sobre la que está fundamentada la Iglesia que es nuestra fe en Jesús y que vivimos en torno a Pedro sintiendo la comunión de toda la Iglesia.

lunes, 9 de junio de 2025

María, madre y molde de la Iglesia sintiendo que camina siempre a nuestro lado y con su mano nos va moldeando para mejor parecernos a ella y así vivir a Jesús

 


María, madre y molde de la Iglesia sintiendo que camina siempre a nuestro lado y con su mano nos va moldeando para mejor parecernos a ella y así vivir a Jesús

Génesis 3, 9-15. 20; Salmo 86;  Juan 19, 25-34

Dios busca al hombre, pero el hombre está escondido de Dios. Es la imagen que aparece en las primeras líneas el texto del Génesis proclamado. ‘¿Dónde estás?’ llegaron los miedos donde el hombre había sido colocado para ser feliz, era un jardín al que llamamos paraíso aquí en la tierra, pero entró el desorden y la división, las mutuas acusaciones, quienes habían sido creados para una especial comunión de felicidad, ahora hasta sienten vergüenza de si mismos y llenos de miedo se esconden.

¿No reflejarán estas palabras mucho de lo que nosotros queremos vivir y construir a nuestra manera? El mundo y la vida tenía que ser un jardín apacible, pero quisimos hacer un paraíso a nuestra medida; y hablamos de bienestar pero impera el materialismo, hablamos de comunidad y nos rompemos por nuestras ambiciones, hablamos de un mundo de felicidad pero todo lo sensualizamos, hablamos de un mundo que es de todos pero seguimos encerrados en ambiciones e insolidaridades. ‘¿Donde estás?’, ¿Dónde está el hombre que Dios ha creado y en cuyas manos a puesto toda la riqueza de la creación? ¿Andaremos escondiéndonos también avergonzados de nuestra manera de proceder?

Pero Dios se sigue ganando por su amor. El hombre vivirá errante pero no todo está perdido. La misericordia del Señor fluye por doquier y a ese hombre le promete una salvación, un día en que acabaran esos miedos o esas cobardías, ese mal que nos corroe será vencido porque llegará la estirpe y descendencia de una nueva Eva que traerá la victoria sobre todo ese mal y nos hará un mundo nuevo.

En medio de aquello que había hecho de un jardín un lugar de miedos y cobardía, queriéndolo convertir en un escondite de si mismo, hay una mujer, la madre de todos los vivientes, Eva; pero ahora aparecerá una nueva mujer, una nueva Eva que va a ser la madre de la nueva humanidad. De ella ha de nacer el Salvador, el Hijo de Dios que a ella la convierte en Madre de Dios, pero ese hijo a ella le va a confiar esa nueva humanidad que está naciendo desde la sangre derramada en la cruz para que sea la madre de todos los creyentes, la Madre esa humanidad nueva que es la Iglesia. Es como hoy, en el día siguiente a Pentecostés, queremos llamarla, Madre de la Iglesia, como la había proclamado el Papa san Pablo VI en casi los albores del concilio Vaticano II, que nos dejó en la constitución sobre la Iglesia un hermoso tratado de lo que es y significa María en la historia de la salvación y luego en la historia de la Iglesia.

Y nos dice el evangelio que el discípulo la llevó a su casa. La tradición sitúa la presencia de María en aquellos lugares en que los discípulos estaban haciendo el anuncio del Evangelio, y no hace muchos años, por ejemplo, en los alrededores de Efeso se ha encontrado la casita de María – en cuyo lugar he tenido la suerte de haber estado -, como la vemos también en nuestra tradición hispana presente en el Pilar de Zaragoza, que como confesamos en nuestras tradiciones Maria quiso hacerse presente en las orillas del Ebro junto al Apóstol Santiago que anunciaba la buena nueva de Jesús en nuestras tierras hispanas.

¿No querremos nosotros, como hizo el discípulo amado a quien Jesús se la confió desde la cruz, traernos también a casa a María, para que habite con nosotros? Sí, son sus imágenes repartidas por nuestros templos y capillas por todas partes; son las imágenes de la Virgen María que con tanta devoción conservamos en nuestras casas en la advocación de nuestra especial y particular devoción. Pero son las imágenes de María que nosotros hemos de mostrar desde nuestras actitudes y comportamientos, desde la copia de sus virtudes y el cultivo de los mejores valores que manifiestan nuestro seguimiento de Jesús y su evangelio.

La santidad de nuestras vidas es querer copiar la santidad de María, es como vestirnos con su misma ropa para así mejor parecernos a Ella, es meternos en el mismo molde para que así salgamos nosotros esa imagen perfecta, esa figura que trasparenta lo que fue la vida de Maria, su amor y su generosidad, su fe y su fortaleza, su fidelidad a la Palabra de Dios y su disponibilidad para el servicio, para ayudar, para estar atenta a las necesidades de los demás, para tener los ojos abiertos para beberse las lagrimas de los que lloran y ser el mejor consuelo de los que sufren. Dios llenó de perfección el molde de María en el que nosotros hemos de verternos para que salgan grabadas en nosotros mismos sus virtudes y su amor.

María, madre y molde de la Iglesia sintiendo siempre además que camina a nuestro lado y con su mano va moldeando nuestra vida para mejor parecernos a ella y así vivir la vida de Jesús.