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lunes, 29 de junio de 2026

Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad



 Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad

Hechos 12, 1-11; Salmo 33; 2 Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

En nuestra Diócesis tenemos la reciente visita del Papa a nuestra tierra, como a otros lugares de España. Más que el espectáculo mediático favorecido también mediante las retransmisiones minuto a minuto por los medios de comunicación y el fervor de tantos que se acumulaban a su paso o participaban en los diferentes encuentros, hay algo que va más allá de todo eso, porque no es simplemente recibir a un personaje importante, popular, carismático que atrae la curiosidad y la presencia de tantos que quisieron estar cerca del Papa, sino lo que para nosotros los cristianos significa su figura y su presencia. 

Nos ayuda a reflexionar en ello en que ahora a los pocos días estemos celebrando la fiesta de San Pedro y San Pablo. Aquel Simón Pedro, sencillo pescador del mar de Galilea a quien un día jesús le dijera ‘tú eres Pedro, y sobre esta piedra (jugando así con el significado del nombre y la palabra piedra) edificaré mi Iglesia… te daré las llaves del Reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’. Ahí está señalando cuál era la misión de Pedro. como más tarde junto al mar de Galilea volviera Jesús a mantener su confianza en la misión que le había confiado. Tras la triple pregunta sobre su amor a Jesus le confiará ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, como un día le dijera también que iba a ser pescador de hombres.

Había habido una confesión de fe muy hermosa, tras las preguntas de jesús sobre lo que pensaba la gente y sobre lo que pensaban ellos de Él. Una hermosa confesión de fe que Jesús le dirá que sí ha sido capaz de pronunciarla es porque el Padre de los cielos se la ha inspirado en su corazón. Por eso le dirá en otra ocasión, cuando las dudas comenzaban a amenazar el corazón de Pedro, cuando parecía que los momentos se ponían difíciles porque incluso a Pedro le costaba aceptar lo que jesús anunciaba de lo que iba a ser su Pascua, cuando se iba resbalando por la pendiente que le llevaría a la negación, ‘Mantente firme, para que recuperes y confirmes la fe de tus hermanos’.

Yo diría que es la experiencia en el fondo que hemos vivido estos días con la visita del Papa a nuestra tierra. Es cierto que venía para ser un grito que clamara al cielo por la situación de tantos emigrantes que llegan a nuestras tierras, pero fue también la presencia reconfortante que venía a poner en valor la respuesta de acogida de quienes los reciben y buscan salida respetuosa para esas personas, muchas de las cuales incluso han perdido su vida en las peligrosas travesías. 

Pero era la presencia de Pedro que venía a reconfortarnos en nuestra fe, que venía a alentar nuestra esperanza por ese mundo nuevo que tenemos que estar comprometidos a entre todos realizar, que venía a avivar esos rescoldos de amor y de solidaridad que tienen que envolver nuestras vidas y que se tienen que convertir en hogueras de vida entre los que nos rodean. 

Su presencia, su palabra, su cercanía, su permanente sonrisa estaba recordándonos lo que es el amor que Dios derrama en nuestras vidas, pero era también una invitación a hacer camino porque es la tarea que los cristianos tenemos que hacer en medio de nuestro mundo. Ojalá se haya caldeado suficientemente nuestro corazón para abrirnos a una fe más intensa y más comprometida, para seguir derrochando todos esos hermosos gestos de solidaridad y de generosidad con los que hemos de envolver nuestras vidas. 

Le preguntaba Jesús a Pedro por su amor y al mismo tiempo le confiaba cómo había de crecer en ese amor porque de todos tenía que ser pastor. El pastor cuida de sus ovejas y las alimenta ofreciéndo los mejores pastor, pero el verdadero pastor lleva a sus ovejas en su corazón, porque a todas las conoce por su nombre y todas conocen también su voz. ¿Será así cómo nos sentimos?


jueves, 7 de agosto de 2025

Somos Iglesia, no por las cosas buenas que hagamos, sino por la fe que tenemos en Jesús como nuestra única salvación, es nuestra identidad

 


Somos Iglesia, no por las cosas buenas que hagamos, sino por la fe que tenemos en Jesús como nuestra única salvación, es nuestra identidad

Números 20, 1-13; Salmo 94; Mateo 16, 13-23

Tener claro quienes somos y a dónde vamos es algo que consideramos fundamental como persona, pero también como pueblo, como miembro de una comunidad, para manifestar claramente cuál es nuestra identidad, manifiesta nuestra madurez humana y también la grandeza que como pueblo tengamos, pero es algo que poco a poco vamos desarrollando, vamos haciendo crecer en nosotros, de tal manera que marcaremos nuestro sello personal, o como pueblo.

Quien anda por la vida sin saber bien quién es, y no se trata de nombre o identificaciones externas, camina como desorientado y sin rumbo, le faltarán metas en su vida, no encontrará valor a su existir, y así vemos a muchos desencantados, aburridos de la vida, sin saber qué rumbo tomar. Y lo vemos también como pueblo o miembros de una sociedad; hay pueblos que tiene muy clara su identidad, quizás se basan mucho en sus tradiciones que tratan de conservar, pero se nota en ellos una unidad en ese camino que quieren realizar; como también nos encontramos con pueblos que son como un aglomerado de personas, venidas quizás de acá o de allá, o quienes aunque nacidos en ese pueblo por diferencias y distanciamientos entre unos y otros no llegan a tener esa identidad.

Pueden parecer unas reflexiones meramente humanas o sociales, pero me las hago también desde lo que hoy nos aparece en el evangelio. Primero están las preguntas que Jesús les hace a los discípulos. ¿Qué piensa la gente o qué piensan ellos mismos de quién es Jesús? No es que Jesús no tenga clara cuál es su identidad y su misión, como vemos palpablemente a través de todo el evangelio, pero era necesario que quienes querían seguirle también tuvieran clara esa identidad de Jesús. No es lo mismo pensar que Jesús es un personaje histórico que tuvo su importancia y su influencia en un momento determinado, que descubrirlo como verdadero salvador, como Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación.

Claro que a los seguidores de Jesús, sus discípulos y cuantos se acercaban a Él para escucharle atraído por sus palabras pero también por los signos que manifestaba de algo nuevo, no lo tenían tan claro. Para algunos como Herodes era como una reencarnación de Juan a quien Herodes había mandado matar; mucha gente lo veía como un gran profeta, como aquellos grandes profetas que se mencionaban en las Escrituras, pero aún no habían dado el paso, no habían llegado a reconocer de verdad quién era Jesús.

Los propios discípulos, los apóstoles que formaban ya su grupo más cercano, se quedan perplejos con la pregunta de Jesús sobre todo cuando es dirigida directamente a ellos. Será Pedro el que se adelante a dar la respuesta. Merecerá incluso la alabanza de Jesús; pero también Jesús les dirá que aquello no es solo fruto de un descubrimiento propio, sino que allí estaba actuando el Espíritu de Dios, era el Padre quien lo había revelado en el corazón de Pedro. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Vienen luego las promesas de Jesús, la misión que le va a confiar a Pedro. Serás piedra – y está junto con la palabra y el nombre – sobre el que edificaré mi Iglesia. ¿Es solo una persona, por así decirlo, lo que va a ser el fundamento de esa Iglesia que nace?  Todo arranca desde esa fe de Pedro que ha confesado a Jesús como el Hijo de Dios. Nuestra identidad como Iglesia no es pensar en una organización social con sus líderes o sus dirigentes desde unos planes o desde unas organizaciones. Cuando miramos a la Iglesia así, cuando trabajamos solo así desde la Iglesia nos quedamos en un pobre concepto de Iglesia. Es por lo que tantos hoy en nuestro mundo no terminan de entender el sentido y el valor de la Iglesia.

Cuando escuchábamos en meses pasados con motivo de la muerte del Papa y la elección del nuevo Papa los comentarios que se hacían desde muchos medios de comunicación social era para echarse a temblar, era para llorar por el pobre concepto que se tiene de la Iglesia. Claro que tenemos que plantearnos seriamente si es esa la imagen como iglesia damos los cristianos o el actuar de la misma Iglesia.

La Iglesia no la podemos entender sin relación a nuestra fe en Jesús. Esa es la piedra, ese es el fundamento sobre el que está fundada la Iglesia, aquella fe que proclamó tan acertadamente Pedro y que precisamente será luego su misión. ‘Cuando te recobres, le dirá Jesús, va a tener que alentar la fe de tus hermanos’.

Es lo que nos identifica como Iglesia que luego expresaremos en esa comunión que entre nosotros tiene que haber y que tenemos que saber mantener, la manifestaremos con nuestro compromiso por hacer un mundo mejor, la manifestaremos en todos esos gestos que tenemos que ir realizando desde nuestro amor para que el mundo crea. Pero no es solo hacer cosas, no es solo que digamos que tenemos que estar unidos y amarnos, no es solo que trabajemos por la paz y la justicia, es sobre todo la fe en Jesús que profesamos que será el fundamento, que será el motor de todo lo que luego tenemos que vivir.

¿A los que decimos que pertenecemos a la Iglesia, por decirlo de alguna manera, nos reconocerán en el mundo por nuestra fe en Jesús? ¿Es la buena nueva de Jesús que nos lleva a la fe lo que en verdad predica y transmite la Iglesia y los que en ella estamos?


domingo, 29 de junio de 2025

Seguridad de la piedra sobre la que está fundamentada la Iglesia que es nuestra fe en Jesús y que vivimos en torno a Pedro en comunión de toda la Iglesia

 


Seguridad de la piedra sobre la que está fundamentada la Iglesia que es nuestra fe en Jesús y que vivimos en torno a Pedro en comunión de toda la Iglesia

Hechos 12, 1-11; Salmo 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

Todos queremos tener un piso firme bajo nuestros pies mientras caminamos; si es inestable, si se mueve o fluctúa parece que no nos da seguridad y nos entra el miedo y la desconfianza. Valgan esos puentes flotantes para un juego como vemos muchas veces en actividades recreativas, nosotros queremos pisar firmes y no nos falle bajo nuestros pies. Ya sabemos quienes no se sienten seguros en un barco y se marean con el balanceo del barco como consecuencia del movimiento de las aguas; hay quien no se siente seguro en las alturas en que vuela un avión porque nos parece que hay mucho vacío bajo nuestros pies.

¿Será así como queremos andar en la vida? Las fluctuaciones en la vida social parece que crean inestabilidad, y de ahí surge toda una lucha política porque siempre el adversario ve inseguridad que crea inestabilidad en lo que propone el gobernante y de ahí ya sabemos las consecuencias para toda la sociedad. Pero queremos estabilidad en las familias, queremos estabilidad allí donde realizamos la vida, queremos estabilidad en nuestros trabajos porque eso nos da seguridad y nos puede hacer pensar en un posible futuro mejor.

Aunque tenemos en cuenta estos aspectos de la vida, porque también son cosas que nos preocupan, hoy desde la Palabra de Dios en esta solemnidad que estamos celebrando de los Apóstoles san Pedro y san Pablo se nos está hablando de la seguridad sobre la que queremos fundamentar nuestra vida de fe, todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. El evangelio nos habla de piedra y de fundamento de nuestra fe y de la Iglesia de manera que el poder del enemigo no la derrotará.

No puede ser una piedra inestable. Todo ha partido de una confesión de fe de Pedro; más bien con la pregunta que hace Jesús tomando el pulso de lo que le gente opinaba de él, pero fundamentalmente de lo que ellos, los discípulos más cercanos, sentían sobre Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Era necesaria aquella clarividencia de los que le seguían más de cerca, aquellos que un día había escogido, no solo los había ido llamando por los caminos, sino que en un momento determinado los había llamado por su nombre para que estuvieran con El, porque iban a ser como el principio de aquella Iglesia. De ahí la importancia de la fe de los apóstoles.

Es Pedro el que se ha adelantado para confesar su fe. ¿Era consciente totalmente de lo que estaba diciendo? Como le dirá Jesús no lo dice por si mismo, sino porque el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón. Por eso les dice que ese va a ser el fundamento de la Iglesia, la piedra sobre la que se edificará la Iglesia, en la que va a tener seguridad, que no se mueva bajo los pies, como hemos comenzado diciendo. La imagen de ello va a ser Pedro, le ha cambiado el nombre de Simón por piedra, por Pedro, que es lo que viene a significar la palabra. En otro momento le dirá a Pedro que cuando pasen los momentos de zozobra, él tendrá que mantenerse firme para que confirme en la fe a los hermanos.

Este es el sentido bonito que tiene la fiesta de este día; decimos normalmente de san Pedro y san Pablo y así es, pero tenemos que decir que es la fiesta de la Iglesia, de la proclamación del fundamento de la Iglesia. Qué bonito es lo que hemos vivido recientemente con la muerte del Papa Francisco, con la expectativa de quien iba a ser el nuevo Papa, y la elección de León XIV.

En estos momentos hemos visto de forma palpable de lo que nos ha hablado hoy la primera lectura. Mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad entera oraba al Señor por Pedro; es lo que hemos visto en aquellos momentos de oración intensa en la enfermedad del Papa y en su muerte, pero luego pidiendo por la elección del nuevo Pontífice. Los medios de comunicación hacían sus cábalas, quien tenía más probabilidades y quien no, pero la Iglesia oraba con esperanza, aunque de eso no hablaban los medios ni les interesaba.

Y Dios nos ha dado el Papa que necesita hoy la Iglesia; no podemos hablar ni de continuidades ni de rupturas, porque esas no son las formas del actuar de Dios y ese no puede ser el verdadero sentimiento de los cristianos. Es lo que Dios quiere hoy para su Iglesia, con sus matices y con peculiaridades, porque no tiene que haber mimetismos que son monstruosos. 

Son los caminos de Dios que con fe nosotros hemos de caminar. Son los caminos en los que nos sentimos seguros porque Jesús nos prometió que estaría siempre con nosotros, y la fuerza de su Espíritu se manifestando en cada momento según lo que la Iglesia va necesitando. Es la seguridad de esa piedra sobre la que está fundamentada la Iglesia que es nuestra fe en Jesús y que vivimos en torno a Pedro sintiendo la comunión de toda la Iglesia.

sábado, 22 de febrero de 2025

La barca puede parecer que hace agua por todas partes y está a punto de hundirse, pero Jesús nos ha garantizado que el poder del abismo no la derrotará

 


La barca puede parecer que hace agua por todas partes y está a punto de hundirse, pero Jesús nos ha garantizado que el poder del abismo no la derrotará

1Pedro 5, 1-4; Salmo 22; Mateo 16, 13-19

Cuando nos anuncian  que viene un temporal – ahora nos estamos acostumbrando demasiado a las alertas amarillas o no sé de qué color que al final no les hacemos caso – buscamos refugio seguro, si nos encontramos en descampado buscamos donde guarecernos y algo que nos sirva de apoyo para que no nos arrastren los tormentosos vientos.

Así hacemos y nos prevenimos frente a los fenómenos de la naturaleza, pero no sé si en la vida estaremos atentos a muchas cosas que podían hacer peligrar no quizás nuestra vida física, pero sí la integridad que hemos de tener como personas. Serán corrientes de opinión, ideologías o formas de pensar que no cuidan los valores más humanos que tendríamos que salvaguardar, formas que van apareciendo en la sociedad que sentimos que todo lo destruyen queriendo hacer desaparecer los cimientos sobre los que hemos ido construyendo nuestra vida y nuestro mundo. ¿Estaremos atentos de verdad a los nuevos ritmos que se quieren imponer? ¿Cómo nos protegemos?

Pero igual nos sucede en el ámbito de nuestra fe; también son muchos los peligros que algunas veces tenemos en nosotros mismos porque no sabemos cuidar ni alimentar nuestra fe; estamos envueltos en un mundo convulso, como vemos en todos los aspectos de la vida, pero que también nos afecta; la indiferencia y el materialismo de la vida, la superficialidad con que vivimos o las vanidades que nos cautivan, ese mundo confuso de ideas y pensamientos que también nos afectan en lo religioso, nuestra propia debilidad que hace que perdamos muchas veces y en muchas cosas nuestra estabilidad y nos sentimos inseguros, malos ejemplos que nos arrastran además de la oposición que vamos encontrando en la sociedad misma a todo lo que suene a religioso o a principios cristianos.

La Iglesia, como dijo Benedicto XVI, en algunos momentos: ‘nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes’. Pero es ahora donde tenemos que escuchar las palabras de Jesús que son siempre palabra de vida para nosotros. Lo hemos escuchado hoy en el evangelio. No hace mucho ya hemos hecho algún comentario sobre este texto. Hoy lo escuchamos de nuevo en esta fiesta de la Cátedra de san Pedro.

Está por una parte la respuesta de los discípulos de lo que la gente pensaba de Jesús, pero está también la confesión de fe de Pedro. Algo, es cierto, que tenemos que renovar en nosotros. Que tengamos claro quien es Jesús para nosotros, que tengamos claro cual es el fundamento de nuestra fe. Es necesario fortalecernos y eso ha de pasar también por una verdadera formación en todo lo que es el ámbito de nuestra fe. Algo que realmente nos falta y que es lo que más nos debilita, porque nos hace sentirnos inseguros.

Pero escuchamos las palabras de Jesús. Ya vemos en el evangelio en muchas ocasiones la admiración de Jesús ante la fe de la gente, ante el centurión romano, ante la mujer cananea, ante aquella mujer que se atreve a tocar la orla de su manto, ante la mujer pecadora, ante el paso que da Zaqueo al sentir que ha llegado la salvación a aquella casa… y así podríamos pensar en muchos más momentos.

Es la admiración de Jesús por la fe de Pedro a partir de lo cual es Jesús el que comienza a confiar en Pedro. ‘Tú eres piedra’, le dice; va a ser Pedro fundamento de su Iglesia, ‘y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará’.

¿No nos sirven de consuelo y estímulo estas palabras de Jesús? Tenemos el apoyo frente a los fuertes vientos que parece asolar la Iglesia, asolar nuestra fe; tenemos el refugio que nos da seguridad y fortaleza frente a esas tempestades de la vida, frente a ese mar embravecido. La barca puede parecer que hace agua por todas partes y está a punto de hundirse, pero Jesús nos ha garantizado que el poder del abismo no la derrotará.

Es la Palabra de Jesús que nos ha asegurado que estará con nosotros hasta el final de los tiempos. Y certeza de esa presencia de Jesús la tenemos en la Iglesia que nos trasmite la Palabra de Jesús; es en la Iglesia donde podemos sentirnos seguros porque allí sentiremos siempre la presencia de Jesús. La tenemos en la Palabra que nos llega a través del magisterio de la Iglesia, la tenemos en los sacramentos donde nos llenamos de la gracia de Dios, nos alimentamos o curamos nuestras heridas, porque tenemos la certeza de la misericordia y del perdón; la tenemos en la misma comunidad de hermanos que formamos todos los que somos Iglesia, porque allí donde dos o tres se reúnan en mi nombre allí estaré yo, que nos dice Jesús.

¿Queremos mejor refugio frente a esos vendavales? ¿Queremos mayor seguridad frente a esos vientos impetuosos? La barca de la Iglesia no se hundirá, nos lo ha dicho el Señor. ¡Qué seguridad de gracia podemos tener!

 

jueves, 4 de agosto de 2022

Démosle gracias a Dios que nos sigue amando y contando con nosotros, sigue tendiéndonos la mano para sigamos en su camino, aunque los hombres quieran apartarnos

 


Démosle gracias a Dios que nos sigue amando y contando con nosotros, sigue tendiéndonos la mano para sigamos en su camino, aunque los hombres quieran apartarnos

Jeremías 31,31-34; Sal 50; Mateo 16,13-23

Algunas veces nos echamos en cara que no siempre somos lo suficiente congruentes entre cosas que decimos en un determinado momento, en unas circunstancias quizás especiales, y lo que luego hacemos o decimos con el paso de los días o ante nuevas situaciones que se nos pueden presentar. Esa congruencia muchas veces es difícil o quizás lo que nos parece incongruente no lo es tanto.

Tenemos momentos de fervor y entusiasmo y en ese momento quizás todo nos pueda parecer maravilloso, pero cuando vemos la realidad que no todo es tan fácil, quizás nos comienzan las dudas o queremos hacer nuestros arreglos o apaños. Forma parte de nuestra condición humana, que iremos madurando en la medida en que quizás la misma vida nos enseñe o las experiencias por las que pasemos nos den esa madurez.

Si prestamos bien atención al evangelio que hoy se nos ofrece podríamos ver cosas así incluso en el mismo Pedro, que en principio recibirá buenas alabanzas de Jesús. Están caminando casi en el límite de Palestina y son momentos de mayor tranquilidad en la actividad del propio Jesús; por eso aprovechará para tener conversación como más íntima con sus discípulos y son los momentos que en especial a ellos les abre a los misterios del reino de Dios.

Surgirá ese hermoso diálogo en que Jesús pregunta por lo que ellos escuchan a la gente decir de Jesús. Es curioso, solo dirán cosas podríamos llamarlas positivas, porque le responden que la gente piensa de Jesús que es un profeta como los antiguos, o como Juan el Bautista que todos han conocido; resaltan la admiración que la gente sencilla siente por Jesús, pero no harán mención lo que los fariseos y los principales del pueblo pensaban de Jesús, de todos era sabido su rechazo.

Pero Jesús quiere algo más, quiere la opinión de ellos. ‘Vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ La pregunta ahora es más comprometedora, porque tendrán que definirse con lo que ellos mismos piensan; pero allá está Pedro, el que salta siempre el primero, para proclamar que Jesús es el Mesías que había de venir. Y Jesús lo acepta, y le dirá que si ha sido capaz de decir eso es porque se ha dejado conducir por Dios. ‘Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos’. Y lo llama dichoso por hacer esa confesión, y le anunciará la misión que un día Pedro ha de tener en medio de esa nueva comunidad. ‘Eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’.

Pero aquí tenemos que observar las variaciones que en nosotros los hombres suele haber tantas veces. Comenzará Jesús a hablar que el Hijo del Hombre ha de padecer, que incluso sería ejecutado pero resucitaría al tercer día, y ya Pedro no entiende ni puede aceptar esas palabras y esos anuncios de Jesús. ‘¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte’, le dice Pedro y Jesús lo rechazará porque está convirtiéndose en un ángel tentador para El, y porque ahora no está pensando según el pensar de Dios sino según el pensar de los hombres.

¿Incongruencias de Pedro? ¿Dudas en su corazón? ¿Cosas que nos cuesta aceptar sobre todo cuando se vuelven duras para uno? Lo que nos pasa a nosotros tantas veces. Nos aparecen los miedos y las cobardías, nos aparecen nuestras debilidades y nuestras inconstancias. Será el Pedro que está dispuesto a llevar una espada a Getsemaní para defender a Jesús, pero que pronto lo abandonará y lo negará ante las preguntas de unos criados que podrían ponerle a prueba a él también.

Nuestras dudas, nuestros momentos de fervor entremezclados con nuestros momentos de debilidad. Pero, hay una cosa que hemos de tener clara, Dios sigue confiando en nosotros. Entre nosotros nos echamos en cara nuestras incongruencias y nuestras debilidades y decimos éste no vale para eso porque es muy débil o muy inconstante, porque no es capaz de mantener un ritmo de fidelidad o no sabe corregirse a tiempo. Y vamos apartando a tantos del camino porque no nos parecen perfectos ni idóneos. Pero los ritmos de Dios son otros, el sentir de Dios es de otra manera, la manera de pensar de Dios y de manifestar su misericordia es totalmente distinta a nuestros criterios humanos.

Démosle gracias a Dios que nos sigue amando, sigue contando con nosotros, sigue tendiéndonos la mano para sigamos en su camino, aunque los hombres quieran apartarnos.

 

lunes, 4 de abril de 2022

Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

 


Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

Una piedra, una roca, puede ser sólido cimiento de un enorme edificio que podamos construir; básicamente la piedra era fundamental en la construcción de cualquier edificio o monumento, porque eran la base de las columnas que sostenían el edificio, de las paredes con que era construido y así en mil detalles más incluso en la ornamentación. Pero una piedra podría ser elemento de destrucción y de muerte como aquella roca que se desprende de la montaña y echa abajo aquella hermosa figura construida de valiosos metales en el sueño descifrado por el profeta; elemento de muerte porque un golpe en una piedra o con una piedra puede quitarnos el sentido y la vida.

A través del evangelio la imagen de la piedra o de la roca aparecerá con diversos significados, desde la roca – Pedro, piedra – sobre la que Cristo quiere edificar su iglesia, o como en el caso que se nos ofrece hoy en el evangelio el ser apedreado era castigo mortal para quienes eran descubiertos en adulterio. Es la acusación que traen contra aquella mujer a la que pretendían apedrear en cumplimiento de la ley de Moisés, pero en la intenciones de quienes vienen con la acusación contra quien quieren lanzar piedras es contra Jesús porque con aquel juicio en el que pretendían inmiscuirle estaba la mala intención de ver como cogerían a Jesús en sus propias palabras y acciones para tener de qué acusarle.

Jesús, en este caso lo desbarata todo cuando apela a la sinceridad de la conciencia de cada uno de aquellos acusadores. ¿Podrían en verdad acusar? ‘El que esté libre de pecado que tire la primera piedra’, es la sentencia de Jesús después de tensos momentos de silencio buscando respuestas y actuaciones. ¿Quién puede en verdad sentirse tan justo como que pueda tirar la primera piedra?

Sin embargo, seguimos tirando piedras. Aunque el desafía de Jesús nos deja en desazón pronto lo olvidamos y en la vida de mil manera seguimos tirando piedras, porque seguimos juzgando y seguimos condenando, seguimos poniendo en entredicho lo que hacen o lo que dicen los demás o seguimos creando desconfianzas, seguimos con la palabra malévola dicha en el momento oportuno para crear una confusión o seguimos ocultándonos detrás de las persianas de nuestras cobardías cuando vemos algo que realmente es injusto y nada hacemos por denunciarlo o desbaratarlo, seguimos con la sonrisa maliciosa en la alegría que nos pueda producir el daño de los demás o seguimos provocando a la gente en aquello que sabemos que los solivianta pero no para construir cosas buenas sino para mover quizás muchas veces al alboroto y la violencia porque dicen que a río revuelto ganancia de pescadores y siempre queremos sacar beneficio hasta de lo que pueda perjudicar a los demás. Son tantas las piedras que seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno.

Jesús quiere ponernos hoy en sobre aviso. Algunas veces es una pendiente resbaladiza en la que nos metemos porque vamos de buena voluntad por la vida, pero no miramos bien las consecuencias de nuestros actos, nuestras palabras, nuestros comentarios, nuestros gestos, nuestras actitudes. Tenemos que pensarnos bien lo que hacemos, lo que decimos, los gestos que podamos tener con los demás, para desterrar toda malicia, toda mala intención, para que sepamos ir por la vida con una mirada limpia, pero también con una palabra sincera y con muchos gestos de amor. Que nunca más por culpa nuestra caigan piedras sobre los demás.

viernes, 3 de abril de 2020

Aunque los que nos rodean quieran socavar los cimientos de nuestra fe con valentía la expresamos y proclamamos que Jesús es el Hijo de Dios, nuestro único salvador


Aunque los que nos rodean quieran socavar los cimientos de nuestra fe con valentía la expresamos y proclamamos que Jesús es el Hijo de Dios, nuestro único salvador

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42
‘Los judíos cogieron piedras para apedrear a Jesús’. Son momentos tensos los que se viven. Y ya sabemos cuando hay tensión y no tenemos argumentos para mantener nuestras posturas o cuando no sabemos como rebatir al oponente, tiramos piedras, aparece la violencia. Hoy quizá no tiramos piedras en el sentido físico del término, pero hay muchas maneras de tirar piedras incluso sutilmente; desprestigiamos, empleamos los medios que estén a nuestro alcance o que nos inventemos para acallar al oponente, hacemos boicot a lo que hace nuestro contrincante y buscamos la manera de que no pueda triunfar en la vida, destruimos, en una palabra.
Hoy se es muy sibilino en estas cosas, porque al final queremos quedar como los buenos, los que no hemos hecho nada, como se dice, no hemos roto un plato. Pero destruido está nuestro oponente. Demasiado lo vemos en la vida social, en la carrera política incluso en los que son de una misma ideología, porque no se permite que nadie le haga sombra, y los mandamos al gallinero, sea una expresión que también empleamos.
A los dirigentes del pueblo, a los dirigentes de Jerusalén en el entorno del templo y de los puntos de poder que aun les quedaban a los judíos se les iba de las manos el caso de Jesús. El pueblo andaba entusiasmado por Jesús, pero ya buscarían la forma de manipularlo como así hicieron para que aquellos que ahora eran favorables a Jesús terminaran pidiendo su muerte en el patio del pretorio. No les quedaba más remedio que reconocer que lo que Jesús hacía era obra de Dios, pero cómo iban ellos a perder sus influencias y su poder. Habían intentado prenderle en más de una ocasión y se les había escapado de las manos o los que habían enviado con esa orden no se habían sentido capaces, como no hace mucho escuchamos.
A Jesús le vemos hoy apelando a sus obras, que son obras de Dios, que es lo que el Padre del cielo le ha mandado hacer. Pero cuando nos cegamos no somos capaces de ver lo bueno. ¿Qué hacía Jesús sino amar? ¿Qué hacía Jesús sino liberar del mal a todos los que sufrían? ¿Qué hacía y enseñaba Jesús sino hacer que cada uno descubriera su dignidad y grandeza y actuara en consecuencia con la libertad de los hijos de Dios, como recientemente hemos escuchado?
Acusan a Jesús de blasfemo. En la ley judía la blasfemia se castiga apedreando al blasfemo y es lo que quieren hacer ahora con Jesús.  ‘¿Decís vosotros: ¡Blasfemas! porque he dicho: Soy Hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre’.
Aunque también el mundo que nos rodea no sea capaz de reconocerlo, confesamos nuestra fe en Jesús reconociéndolo como Hijo de Dios. No es simplemente un hombre bueno. En Jesús se manifiesta Dios, Jesús es el rostro del amor de Dios, Jesús es el Hijo de Dios. Tenemos que reafirmar bien nuestra fe, no podemos decaer, no podemos dejar arrastrar por lo que oigamos por acá o por allá. También el mundo que nos rodea quiere socavar bajo nuestros pues para hacernos dudar. Y es que cuando lleguemos a dudar de quién es en verdad Jesús, todo se nos vendrá abajo. Y el enemigo lo sabe y en el materialismo, la indiferencia religiosa, el ateismo que envuelve nuestro mundo serán muchas las cosas con las que querrán arrancar la fe nuestro corazón. 
Cuidemos nuestra fe, expresémosla sin miedo ni cobardía, seamos valientes en nuestro testimonio. En medio de las crisis en que se ve envuelto nuestro mundo se necesita que brille con fuerte resplandor nuestra fe. Y la vamos a expresar con actitudes buenas y positivas con las que queremos construir las mejores relaciones entre nosotros y en el mundo.

sábado, 29 de junio de 2019

Con Pedro queremos caminar débiles como él, pero con Pedro queremos saborear el amor de Dios que solo nos pide que amemos con toda intensidad y sigue confiando en nosotros



Con Pedro queremos caminar débiles como él, pero con Pedro queremos saborear el amor de Dios que solo nos pide que amemos con toda intensidad y sigue confiando en nosotros

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Tim. 4, 6-8. 17-18; Mt. 16, 13-19
‘Simón, ¿me amas?... ¿me amas más que estos?’ Así hasta tres veces. Fue allá junto al lado. Muchas cosas habían pasado desde que un día allá en Cesarea de Filipo Pedro había hecho una hermosa confesión de fe. Si ya en el primer encuentro, cuando su hermano Andrés se lo presentó a Jesús, le había cambiado el nombre, diciéndole que se llamaría Cefas, Pedro, porque iba a ser la piedra de la Iglesia, en Cesarea después de aquella confesión de fe que le había proclamado como el Hijo de Dios, Jesús le había dicho ya definitivamente que era Pedro, y que las fuerzas del abismo no podrían contra la Iglesia.
En medio momentos de fervor como para decir que no había nadie más a quien acudir por solo Jesús tenia Palabras de vida eterna; pero también le había costado aceptar los anuncios de pasión que Jesús les iba haciendo, tratando incluso de disuadirlo de que subiera a Jerusalén si allí había de sucederle cuanto estaba anunciando. Siempre caminando junto a Jesús, aunque las subidas fueran costosas porque contemplaría así la gloria de Dios que en Jesús se manifestaba. Detrás de Jesús había subido a Jerusalén, aunque doloroso parecía ser aquel camino. Y estaba dispuesto a todo, como un día había dejado la barca y las redes, dispuesto incluso a dar la vida por Jesús, pero había unas sombras en el horizonte. Le costaba entender la pasión y tuvo miedo, se acobardó ante una criada y había negado a Jesús.
A pesar de su dolor, que era ya el que llevaba en el alma por su negación, había corrido hasta el sepulcro para comprobar que la piedra estaba corrida y allí no estaba el cuerpo del Señor Jesús. La Escritura nos dirá que había merecido una aparición especial de Jesús, pero finalmente se había ido a Galilea y había cogido de nuevo las riendas de la barca para pescar. Como en la otra ocasión en ese mismo lago no habían cogido nada en la noche; al amanecer alguien desde la orilla les señalaba por donde habían de echar la red y como entonces se había confiado de la palabra de Jesús ahora también había confiado y la redada había sido también grande.
Quizás el dolor que permanecía en su corazón le impedía vislumbrar quien era en verdad el que estaba a la orilla, pero ante la insinuación del discípulo amado de Jesús se había tirado al agua tal como estaba para llegar a los pies de Jesús. Y allí estaba, no había habido reproches por sus dudas y por sus miedos, por su negación y su pecado, sino que Jesús solamente le preguntaba por su amor. Tres veces le había preguntado y tres veces le decía que lo amaba, que Jesús que lo sabia todo conocía bien que él lo amaba. Y quien un día había sido prometido como piedra ahora era constituido pastor. ‘Apaciendta mis ovejas, apacienta mis corderos’, le decía Jesús.
Quiero ver una cosa que me parece bien hermosa. Un hombre débil y pecador que incluso había llegado a negar conocer a Jesús, un hombre apasionado en su amor que por encima de sus debilidades seguía prometiendo amor y prometiendo fidelidad. Y al mismo tiempo quiero ver a un Dios que confía; sí, que confía en el hombre aunque lo sabe débil; que confía en el hombre a pesar de que en su debilidad habría cometido muchos disparates y locuras, pero allí estaba prometiendo amor, porfiando amor. Es el Dios que confía en mí y en ti, que confía en nosotros a pesar de nuestras debilidades y pecados, porque a pesar de todo sabe de nuestra capacidad de amor que Dios mismo aumentará dándonos su Espíritu.
A los hombres nos cuesta entender esto. No confiamos, retiramos con facilidad nuestra confianza, ya no dejamos hacer a quien un día pudo tener un tropezón. Pero ese no es e estilo de Dios y no tendría que ser nuestro estilo. Cuanto tenemos que aprender de Dios, de su amor, de su confianza y su apuesta por nosotros; por una parte para que tengamos la fuerza de levantarnos de nuestras debilidades, porque todos somos débiles, hasta el que se cree más santo; por otra parte para que con esa misma medida de Dios, con ese mismo talante de Dios miremos nosotros a los demás y también confiemos.
No nos dejemos contagiar por ese espíritu del mundo – que algunas veces se nos quiere presentar como la mejor rectitud y justicia – pero que no confía, que condena, que aparta, que discrimina para siempre al que algún pecado haya cometido. No se debe dejar contagiar la Iglesia por ese espíritu justiciero en muchas de sus actuaciones con los pecadores, que se parece bien poco con el Dios compasivo y misericordioso a quien tenemos que imitar como nos enseña y pide Jesús; pareciera a veces que la iglesia quiere competir con el mundo en sus estilos olvidándonos del estilo y del sentido de Dios.
Con Pedro queremos caminar porque nos sentimos débiles como él, pero con Pedro queremos saborear ese amor de Dios que solo nos pide que llorando, es cierto, nuestro pecado amemos con toda su intensidad porque Dios nos pide simplemente amor para que sigamos desarrollando la misión que quiere confiarnos.

viernes, 29 de junio de 2018

Confió Jesús en Pedro a pesar de debilidad y negación, confía en nosotros y en su Iglesia a pesar de nuestros tropiezos y caídas tendiéndonos siempre su mano


Confió Jesús en Pedro a pesar de debilidad y negación, confía en nosotros y en su Iglesia a pesar de nuestros tropiezos y caídas tendiéndonos siempre su mano

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Jn. 21, 15-19

‘Tú, Simón, el hijo de Juan, en adelante te llamarás Cefas, Pedro’. Fue como el saludo y el recibimiento. Es que su hermano Andrés la tarde anterior se había ido con Jesús y ahora la mañana siguiente fue la búsqueda de Simón y le había dicho que habían encontrado al Mesías. Eso de las inquietudes parecía que era de familia, pues en sus búsquedas Andrés se había venido a la orilla del Jordán para escuchar al Bautista y a la indicación de este se había ido con Juan el Zebedeo detrás de Jesús.
Por eso aquella recepción y aquel saludo, pero también el gesto significativo del cambio de nombre. Ya se intuía lo que Jesús esperaba de aquel nuevo discípulo. ‘Te llamarás de ahora en adelante Pedro’. Un signo de confianza, pero de confianza en el futuro. Un signo de confianza como para de alguna manera estarle anunciando que tiene una misión reservada para él.
Más tarde, cuando después de llevar tiempo siguiendo a Jesús, porque un día les había invitado a dejar lo que estaban haciendo para seguirle y habían dejado barcas y redes en un hermoso gesto de disponibilidad, ante la confesión de Simón Pedro de quien era Jesús para El – ‘Tú eres el Ungido de Dios, el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios vivo’ – ya Jesús comenzará a dar significado a aquel cambio de nombre. ‘Serás piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’. El significado del nombre de Pedro es piedra, y ahora se entenderá por qué Jesús le llama Pedro, piedra, porque será la piedra sobre la que fundará la Iglesia, sobre la que se va a fundamentar aquella nueva comunidad del Reino de Dios que va a nacer y que ahora Jesús está preparando.
Con este entusiasta discípulo en el que crece cada más y más su amor por Jesús, éste tendrá unos apartes especiales. Será testigo de su transfiguración en el Tabor, entrará con Jesús en el aposento donde yace muerta la niña de Jairo aunque Jesús diga que solo está dormida para ser testigo de su vuelta a la vida, habrá momentos de conversación mas intima donde Pedro le manifestará a Jesús que no puede permitir que le pase nada de todo aquello que anuncia que sucederá en Jerusalén teniendo Jesús un exabrupto con Pedro apartándolo de su lado como si fuera un diablo tentador, finalmente podrá estar cerca de Jesús en la oración y la agonía de Getsemaní aunque se caigan de sueño y se les cierren los ojos.
Podríamos decir que Jesús lo va preparando. Tendrás que mantenerte firme, le dirá en una ocasión, porque cuando te recuperes de tus debilidades en las que incluso caerás tendrás que ser el sostén de la fe de los hermanos. Y vaya sí que es débil a pesar de sus porfías de amor, porque tres veces le negará antes de que aquella noche cante el gallo. Tarde se dará cuenta de que se ha metido en la boca del lobo, pero llorará con amargas lágrimas su traición que un día se verá compensada con una triple protesta de amor. ‘Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero’. Y Jesús le confiará ser pastor de su rebaño ‘apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, le dirá.
Así aparecerá pronto Pedro como nexo de unión de los discípulos, de los apóstoles. Incluso en los momentos oscuros de la pasión allá quedan escondidos en el cenáculo y pedro en medio de ellos. Será el primero que ante el anuncio de Magdalena correrá con Juan para llegar hasta el sepulcro y constatar que está vació. Juan, dice el evangelio, creyó al ver el sepulcro vacío, de Pedro no se dice nada, pero sabemos que de manera especial Jesús resucitado se le aparecerá a él.
Después de la Ascensión, en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre y de Jesús, ya aparece el liderazgo de Pedro, como lo había anunciado Jesús, porque con el están todos reunidos y a su iniciativa se elegirá al que sustituya al traidor que se había suicidado. Luego tras la inundación de sus corazones con el Espíritu divino será el primero que se enfrente a la multitud para anunciarles que aquel a quien ellos habían crucificado Dios lo había resucitado de entre los muertos constituyéndolo Señor y Mesías.
Cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de San Pedro – no podemos olvidar a san Pablo a quien hoy también celebramos – con estos breves retazos de lo que aparece de él en el evangelio nos podremos hacer unas consideraciones que nos ayuden también en nuestro camino de fe y en nuestro camino de seguimiento de Jesús.  Aparece siempre la disponibilidad generosa de Simón que se deja guiar que aunque en sus impulsos le haga tropezar y caer siempre estará ese amor total del corazón de Pedro para seguir a Jesús, para proclamar que su Palabra es y será siempre palabra de vida eterna y que está dispuesto a todo por seguir a Jesús.
No temamos tener una disponibilidad así de un corazón generoso y siempre dispuesto a dar, a seguir a Jesús, a hablar valiente y claramente de él. Podremos incluso equivocarnos, tropezar y caer – no tengamos miedo – que si hay suficiente amor generoso en nuestro corazón pronto nos levantaremos y seguiremos con los mismos impulsos.
Es algo que no hace falta a los cristianos de nuestro tiempo. Nos entran miedos y temores, queremos guardar la ropa, queremos guardarnos por si acaso vamos a tener dificultades o tropezar. Pero los valientes serán los que den testimonio y el señor mirará esa generosidad de nuestro corazón y estamos seguro que cuando nos parezca que nos hundimos como Pedro allá en las aguas del lago, la mano de Jesús está ahí y nos levanta.
No seamos cobardes, hombres de poca fe, sino que tengamos ese arrojo y esa valentía como le vemos a Pedro que siempre querrá estar cerca de Jesús y que con esa misma valentía lo anunciará incluso a aquellos que crucificaron a Jesús y a nosotros nos pueden llevar al martirio. El ángel del Señor estará con nosotros para arrancarnos de esas cárceles de nuestras cobardías.

viernes, 18 de mayo de 2018

Escuchemos en nuestro interior la pregunta que Jesús también nos hace por nuestro amor y la invitación a seguirle en la misión que nos confía



Escuchemos en nuestro interior la pregunta que Jesús también nos hace por nuestro amor y la invitación a seguirle en la misión que nos confía

Hechos de los apóstoles 25, 13-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

‘Sígueme…’ le había dicho un día Jesús, casi al comienzo de su anuncio del Reino por los caminos y aldeas de Galilea cuando se lo  había encontrado en la orilla del lago recogiendo las redes de su barca. ‘Sígueme y serás pescador de hombres’, le dijo entonces después de una pesca milagrosa porque Pedro había puesto toda su confianza en Jesús y en su nombre había echado las redes al lago donde parecía que no había nada.
Ahora, al final del evangelio, después de todos los acontecimientos de la pascua, también en la orilla del lago donde les había salido al encuentro e igualmente se había producido una pesca milagrosa, también terminaría diciéndole a Pedro, ‘Sígueme’. Si entonces había sido una confianza incondicional, ahora ha sido una triple protesta de amor después de huidas, negaciones y encierros en los momentos duros de la pascua.
Si entonces le había dicho que seria pescador de hombre, ahora le decía que habría de pastorear sus ovejas. ‘¿Me amas, Pedro?’ había sido la pregunta repetida. ‘¿Me amas más que estos?’ Mira que tengo para ti una misión muy especial. Te he llamado Pedro, aunque sé que eres Simón, el hijo de Jonás. Pero ya te lo había dicho, ahora serás Pedro, porque quiero que seas piedra, la piedra sobre la cual y en torno a la cual se formará la Iglesia, la comunidad de los que creen en mí y me siguen. Y tú, tienes que mantener viva la fe de los hermanos; en torno a ti se han de reunir y serás signo de comunión. Has de estar firme, por eso te pregunto sobre tu amor.  ‘¿Me amas, Pedro?’
Y Pedro sintió la alegría del amor, claro que amaba a Jesús, si por El había estado dispuesto a dar su vida. Pero al mismo tiempo ante la repetición de la pregunta, sintió tristeza en su corazón, porque había comenzado a recordar; mucho impulso a las primeras palabras, pero a los primeros peligros también se había echado para atrás y había negado.
Pero Jesús seguía preguntando, ‘¿me amas, Pedro?’ Es que quiero seguir confiando en ti, has de pastorear al rebaño, has de pastorear a las ovejas, has de cuidar de los corderos, has de defenderlos de todo peligro, has de hacerlos caminar con seguridad, la seguridad de la fe que no se debilita ni se apaga. Por eso tienes que confirmar en la fe a los hermanos, has de mantener firme y vivo el rebaño, han de ser un solo rebaño, porque solo tienen un Pastor. Y Pedro siente que Jesús sigue confiando en El. Un día salieron lágrimas de sus ojos cuando se dio cuenta de su pecado, de lo triste de su cobardía que le llevó a la negación, pero ahora quizás vuelven a rodar las lagrimas por su rostro, porque siente la confianza de Jesús. ‘¡Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo!’
¿Nos estará Jesús preguntando también a nosotros por nuestro amor? Escucha esa pregunta en tu interior. Aunque muchas hayan sido las debilidades de nuestra vida porfiémosle a Jesús nuestro amor. Señor, tú sabes que te amor, haz que crezca mi fe, haz que crezca mi amor. Jesús sigue confiando en nosotros; Jesús sigue confiándonos una misión en medio de la comunidad y en medio del mundo. Tenemos que ser sus testigos y lo seremos con nuestro amor. Que sea verdadero y auténtico nuestro amor. También nosotros nos dice: ‘Sígueme’.

viernes, 23 de marzo de 2018

Seamos positivos en la vida y aprovechemos todo lo bueno para siempre construir, hacer un mundo mejor


Seamos positivos en la vida y aprovechemos todo lo bueno para siempre construir, hacer un mundo mejor

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42

Si mal se siente uno cuando hace algo bueno y no hay nadie que se lo agradezca ni lo valore por aquello del amor propio que todos tenemos y que nos surge de forma violenta muchas veces dentro de nosotros, cuando más si encima somos perseguidos o  maltratados por aquello bueno que hemos hecho y por aquellos mismos que han sido beneficiarios de nuestra bondad.
Un torbellino se nos forma en nuestro interior con tentación de muchas reacciones no siempre muy buenas; una reacción fácil sería tirar la toalla, es decir, no seguir comportándonos de esa manera buena haciendo el bien a los que nos rodean, además de otras muchas reacciones que nos pudieran surgir de rechazo, de malquerencia, de resentimiento y hasta de odio.
Casi lo veríamos natural el que reaccionáramos así, pero según la madurez y seguridad que tengamos en la vida también podemos tener otras reacciones. Si hay unos principios en nuestra vida que nos impulsan a hacer siempre el bien sin mirar a quien, como suele decirse, si lo que queremos es sembrar la semilla del amor para hacer que nuestro mundo sea mejor, seguiremos sembrando la buena semilla con la esperanza de que poco a poco todo se pueda ir transformando, o al menos en algunos corazones.
Si tenemos claras nuestras metas y lo que queremos hacer en la vida,  no nos importarán esos desplantes, desprecios o el que ignoren lo bueno que nosotros vayamos haciendo. Nos sentiremos seguros de nosotros mismos para seguir haciendo el bien. Creo que sería una cosa buena que tenemos que aprender a hacer, teniendo ese dominio de  nosotros mismos para no dejarnos influir por lo negativo que veamos a nuestro alrededor.
Me surge esta reflexión que así en lo humano tendría mucho de positivo en nuestra vida pero desde la reacción que contemplamos en el evangelio de los judíos en contra de Jesús – en varias ocasiones vemos que quieren prenderle, tirarle piedras, o tirarlo por un barranco incluso en su propio pueblo – y la queja por así decirlo que hoy Jesús manifiesta ante ese trato de sus gentes.
‘Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?’, les dice Jesús. Lo tratan de blasfemo porque dice que hace las obras de Dios y porque se manifiesta como Hijo del Padre. Ellos no lo entienden, pero es que sus ojos están cegados para no reconocer las obras de Jesús.
Cuidado nos pase a nosotros algo así en nuestra relación con Dios, la religión o el ser cristiano. Cuidado que sea esa una reacción que tengamos algunas veces contra la Iglesia a la que pertenecemos. No sabemos descubrir las obras de Dios, no sabemos reconocer la obra de gracia que Dios realiza en nosotros y que nos llega a través de la Iglesia, o también a través de los demás que nos hacen cosas buenas. Somos fáciles para juzgar y para condenar porque muchas veces nuestros ojos están tan turbios que todo lo ven negro o solo saben ver y valorar las cosas negativas, que como humanos, podamos tener en la vida.
Igual que nos gustaría que nos valoraran lo bueno que nosotros hacemos, sabiendo también que somos imperfectos muy humanos y muy dados al error porque todos podemos tener debilidades y fallos, aprendamos a valorar lo bueno que hay en los demás, o, en este caso que estamos refiriéndonos también, en la Iglesia. Seamos positivos en la vida y aprovechemos todo lo bueno para siempre construir, hacer un mundo mejor. Y sepamos también ser agradecidos.



lunes, 29 de junio de 2015

A la manera de Pedro se amase fuerte nuestro amor y nuestra fe en Jesús que sabemos que siempre nos ama y confía en nosotros

A la manera de Pedro se amase fuerte nuestro amor y nuestra fe en Jesús que sabemos que siempre nos ama y confía en nosotros

Hechos  12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19
‘El día de hoy es sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. No nos referimos, ciertamente, a unos mártires desconocidos. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto y, con un desinterés absoluto, dieron a conocer la verdad hasta morir por ella’.
Así comienza san Agustín uno de sus sermones en esta fiesta de san Pedro y san Pablo que hoy celebramos. Con el mismo gozo nosotros hoy también los celebramos y recogemos el testimonio de su vida y de su predicación para alimentar y fortalecer nuestra fe. Es la misión que Jesús le confiara a Pedro, confirmar en la fe a los hermanos.
Pedro el primero que proclamaría ante todos los judíos el día de Pentecostés que Jesús, a quien habían crucificado, Dios lo había constituido Señor y Mesías. El camino había sido largo desde aquel día que su hermano Andrés le anunció que habían encontrado al Mesías allá en la orilla del Jordán porque el Bautista lo había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y se había ido tras Jesús para conocerlo, para saber dónde, cómo era su vida. Y Pedro aquel día se había dejado conducir por su hermano y se encontró con la sorpresa que ya Jesús pensaba en él.
En las orillas del lago, entre pesca y pesca, había escuchado al profeta de Nazaret que anunciaba la llegada del Reino e invitaba a creer en su Buena Noticia. Y allí estando repasando las redes un día había recibido la invitación explicita del Maestro. ‘Venid conmigo que os haré pescadores de hombres’.
Más tarde, en aquel mismo lago, cuando le había dejado predicar desde su barca y luego había remado mar adentro para echar de nuevo las redes aunque sabían que no habían pesca porque habían estado toda la noche y no habían cogido nada, porque se había confiado de su palabra, quizá sin saber bien por qué, habían cogido una redada tan grande que reventaban las redes. Pero había sido Pedro el que, por así decirlo, había caído en aquella redada, porque ahora de nuevo escuchaba su invitación cuando asombrado no sabía ni que decir ni que hacer ante las maravillas que hacia Jesús. ‘Apártate de mi, le había dicho, que soy un hombre pecador’, pero Jesús le había contestado que de ahora en adelante no iba a ser pescador de aquellos lagos sino de otros mares, porque iba a ser pescador de hombres.
Así poco a poco se había ido amasando su amor por Jesús. Su fe en Jesús iba ya siendo absoluta, aunque mas tarde vinieran momentos de debilidad. Pero ante la pregunta de Jesús si lo conocían bien, él había confesado que era el Mesías el Hijo de Dios. Es cierto que no terminaba de comprender en que consistía su mesianismo porque Jesús hablaba de pasión y de muerte y él más bien quería quitarle esas ideas de la cabeza; otras ideas seguían ronroneando aun en su cabeza. Pero poco a poco comprendería que la grandeza no estaba en mandar sino en servir, y si Jesús la había dicho que sería Piedra de su Iglesia, su misión sería siempre la de ser el ultimo y el servidor de todos.
Pero por Jesús estaba dispuesto hasta a dar su vida, aunque cuando llegara la tentación, porque aunque podemos decir que somos fuertes sin embargo somos débiles, había claudicado negando conocer a Jesús. Había llorado amargamente aquella debilidad de la negación pero con la misma intensidad con que siempre quería actuar se había lanzado al agua para ir al encuentro con Jesús y porfiarle una y otra vez su amor. ‘Tú lo sabes todos, tú sabes bien que te amo’, le había respondido a la triple pregunta de Jesús.
Muchas mas consideraciones podríamos hacernos contemplando el testimonio de Pedro; testimonio que se vería rubricado con su sangre en su martirio. Dispuesto estaba a ir con Cristo y dar su vida por El y así se entregó a la misión que Jesús le había confiado. Cristo que lo había elegido seguía confiando en El. ‘Pastorea mis corderos, pastorea mis ovejas’ le había dicho.
Queremos aprender de Pedro a seguir a Cristo, queremos conocerle y queremos vivirle. Caminamos tras Jesús también con nuestras dudas y con nuestras debilidades. Queremos hacer una confesión de fe en Jesús como la hizo Pedro con sus palabras y con su vida, a pesar de nuestras flaquezas y debilidades, porque Cristo sigue amándonos, Cristo sigue confiando en nosotros. Qué distinto es el amor de Cristo siempre fiel a pesar de que nosotros seamos infieles. No es como el amor de los hombres que nos llenamos tan pronto de desconfianzas.
Queremos seguir a Cristo en esa Iglesia que Jesús confió al cuidado y al pastoreo de Pedro, aunque quizá podamos ver en ocasiones cosas en esa Iglesia que no nos gusten, pero pensamos que detrás de todo está la fuerza del Espíritu del Señor que es el que en verdad guía a la Iglesia a pesar de los errores de los hombres. Y Cristo sigue confiando en nosotros, porque Cristo sigue amándonos. Que nosotros seamos capaces de proclamar, gritar nuestro amor a Cristo aunque los que nos rodean no nos crean, porque sabemos bien de quien nos confiamos, como lo hizo Pedro.

domingo, 24 de agosto de 2014

Confesamos nuestra fe en Jesús en plena comunión de Iglesia como no entendemos la Iglesia sin la confesión de fe en Jesús

Confesamos nuestra fe en Jesús en plena comunión de Iglesia como no entendemos la Iglesia sin la confesión de fe en Jesús

1s. 22, 19-23; Sal. 137; Rm. 11, 33-36; Mt. 16, 13-20
La verdadera confesión de fe en Jesús ha de tener siempre una referencia a la Iglesia, porque es en ella donde podemos hacer esa confesión de fe en Jesús con mayor plenitud y autenticidad; de la misma manera que nunca podremos entender el sentido de la Iglesia sin la referencia a la fe en Jesús, porque si no es desde esa fe no podremos entender nunca el sentido de la Iglesia.
Fijémonos en el evangelio que hemos proclamado; es tras la confesión de fe de Pedro en Jesús cuando Cristo anuncia la constitución de la Iglesia; podríamos decir que de la confesión de fe de Pedro en Jesús nace la  Iglesia, se instituye la Iglesia. Y será ahí en la Iglesia donde está la garantía de nuestra fe.
Vayamos por partes. Jesús está casi en los límites de Palestina con los discípulos en unos momentos de mayor tranquilidad y reposo, pues ahora las multitudes no andan tras Jesús llevándole enfermos o queriendo escucharle. Ya sabemos por otros momentos cómo a Jesús le gustaba llevarse a solas al grupo de los Doce o aquellos más cercanos a El a lugares tranquilos y apartados, aunque no siempre lo consigue. Serán momentos de mayor intimidad, de diálogo más tranquilo entre Jesús y sus discípulos más cercanos, de encuentros más profundos con Jesús.
En este clima surge la pregunta de Jesús, casi como una encuesta, para ver lo que las gentes piensan de El. ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Allí están las respuestas de aquellos que aún no han llegado a una fe verdadera, aunque aprecian que en Jesús hay algo especial. ¿Será un profeta que ha surgido entre ellos? ¿será Juan Bautista a quien Herodes había decapitado que ha vuelto? ¿será Elías a quien esperaban su vuelta después de ser arrebatado al cielo en un carro de fuego como anunciaban los profetas? ¿será alguien como los grandes profetas antiguos, Jeremías o Isaías? Así se van desgranando las respuestas.
Pero Jesús quiere saber más, qué es lo que piensan ellos que con El han estado y están más cerca. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Y allí está Pedro que se adelanta como siempre. Allí están los impulsos del amor que siente por Jesús o habrá quizá algo más hondo en su corazón que ya no lo sabe por sí mismo. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Pero eso Pedro no lo ha podido aprender por sí mismo. Ha sido el Padre del cielo el que ha sembrado ese conocimiento en su corazón. Porque son palabras salidas del corazón. No es una respuesta meramente intelectual. ‘¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’. Es la alabanza de Jesús a la confesión de Pedro pero haciendo dirigir la mirada hacia quien ha sembrado esa sabiduría en el corazón.
Pero inmediatamente viene la promesa de Jesús, la institución de la Iglesia donde vamos en adelante a profesar esa fe verdadera. Pedro ha sido capaz de hacer esa hermosa confesión de fe porque se dejó conducir por el Espíritu divino, el Padre que se lo revelaba en su corazón. Y en esa fe de Pedro vamos para siempre a fundamentar nuestra fe. ‘Tú eres Pedro’, el que has hecho esta confesión de fe, ‘tú eres la piedra sobre la que edificaré mi Iglesia’, en torno a ti, como fundamento porque por esa fe estás unido a mi, todos se van sentir unidos para siempre confesando esa misma fe, todos los que confiesen esa fe van a sentirse Iglesia; y tendrán la garantía de que ‘el poder del infierno no la derrotará’. Y tú, Pedro, que eres piedra, piedra fundamental vas a tener ‘las llaves del Reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo’. Está claro lo que es la voluntad de Jesús y su revelación.
Como decíamos al principio desde ahora nuestra confesión de fe verdadera en Cristo ya no la podemos hacer sin la Iglesia. Así lo quiso Cristo; así constituyó a Simón en Pedro, en piedra de esa Iglesia. Tenemos la garantía de la asistencia del Espíritu, como estuvo con Pedro en aquella confesión de fe, así estará también con nosotros si nos sentimos unidos a esa Iglesia. Porque ya nuestra fe no es lo que a nosotros nos parezca, como decían los discípulos al principio recogiendo lo que opinaban las gentes. Es lo que nos ha revelado el Señor lo que vamos a confesar en nuestra fe. Así ponemos totalmente nuestra fe en El.
Y como decíamos, no podemos entender el sentido de la Iglesia sin esa  confesión de fe en Jesús. Sin la fe la Iglesia no tiene sentido, porque no es una organización más, porque no es un ente de poder como pueda haber otros poderes en este mundo; no podemos confundir a la Iglesia con esas entidades de tipo político, social o cultural. La Iglesia es otra cosa que no podemos entender sino desde la fe.
A cuántos le oímos hablar de la Iglesia y no la ven sino bajo esos prismas humanos, esas categorías de nuestro mundo; y claro, no podrán entender lo que es la Iglesia, lo que hace la Iglesia, lo que constituye el ser de la Iglesia. De ahí esos prejuicios que se tienen contra todo el hacer de la Iglesia, y que la quieran ver como una organización de poder más en medio del mundo.
Y esto primero que nada hemos de tenerlo bien claro nosotros, los cristianos, miembros de la Iglesia. Formamos esa comunidad de fe y amor que tiene que hacernos sentir en comunión verdadera de Iglesia. Pero esa comunión, ese sentirnos familia porque somos y nos sentimos hermanos, no nace de unos lazos afectivos, no es por la carne o por la sangre, ni de otros condicionantes o intereses humanos, sino que es desde esa misma fe que tenemos en Jesús y que ahí en la Iglesia profesamos, confesamos, alimentamos y al mismo tiempo nos sentimos impulsados a trasmitirla, a darla a conocer a los demás.
Es la comunión de Iglesia que vivimos y que nos hace sentirnos en verdadera comunión con el Papa, porque es Pedro a quien Cristo constituyó piedra sobre la que se edificaba la Iglesia. No es una organización que busque el poder o que quiere tener en su mano los hilos del mundo; nos une la misma fe que confesamos en Jesús pero desde esa fe sabemos también que tenemos una misión que realizar en ese mundo, no desde el poder sino desde el servicio y desde el amor.
Claro que queremos un mundo mejor y deseamos que los dirigentes de nuestro mundo hagan lo posible porque eso sea realidad; y nosotros desde esa fe y desde ese amor nos sentimos comprometidos y ponemos nuestro granito de arena porque sabemos que solo desde un amor como el que nos enseña Jesús a vivir es como podremos lograr esa paz y ese bien para toda la humanidad.
Fijémonos que desde que falta el amor, aparecen las guerras y la violencia y se destruye la paz y estamos destruyendo nuestro mundo. Ponemos al servicio de ese mundo mejor nuestra manera de entender y de hacer las cosas, y al mismo tiempo rezamos para que quienes tienen en su mano lograr esa paz y bien para todos no cejen en su empeño y en su compromiso. Por eso la palabra de la Iglesia ha de ser siempre una palabra valiente y profética, aunque muchas veces no guste o sea malinterpretada.
Es importante que nos reafirmemos bien en nuestra fe. Tenemos la garantía que nos ha dado Jesús de que si la vivimos en la comunión de la Iglesia no nos faltará esa fuerza del Espíritu para vivirla y confesarla. Tengamos bien claro lo que significa nuestro ser Iglesia y vivamos con orgullo esa comunión de hermanos que nos une de manera especial desde esa fe y desde ese amor. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos lo revela todo allá en lo hondo de nuestro corazón.