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miércoles, 28 de octubre de 2026

El grupo de los apóstoles surgió de la noche de oración de Jesús, nosotros para seguirle en fidelidad y en la misión que nos confía necesitamos a ir también a una noche de oración

 


El grupo de los apóstoles surgió de la noche de oración de Jesús, nosotros para seguirle en fidelidad y en la misión que nos confía necesitamos a ir también a una noche de oración

Efesios 2, 19-22; Salmo 18; Lucas 6, 12-19

Tenemos un hermoso proyecto en nuestras manos y queremos llevarlo a cabo y es normal que nos busquemos los mejores gestores para poder realizar todos los planes que tenemos en mente; aparte de una búsqueda personal entre aquellos que conocemos y que consideramos preparados, con los mejores valores de laboriosidad y con más capacidad y preparación para realizar aquello que tenemos en mente es normal que se acuda a una selección desde unas oposiciones o de presentación por parte de los interesados de su mejor currículo; siempre está la posibilidad de equivocarnos y cometer errores pero en cierto modo son riesgos que con todo cuidado corremos. Es como actuamos en nuestra sociedad, con nuestros proyectos y con nuestras metas, y no queremos, es cierto, actuar a lo loco.

Jesús en su predicación ha ido anunciando un reino de Dios que está por llegar; en torno a Él se ha ido formando el grupo de los discípulos, de los que creen en Él y en su Palabra y llenos de ilusión se han dispuesto a seguirle; Él va llamando a los que quiere que estén con Él pero al mismo tiempo va dando las características de ese Reino y las actitudes y posturas que han de tener los que le siguen; no oculta dificultades, porque el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza cuando hasta en el campo las aves tienen sus nidos y los animales salvajes sus madrigueras; plantea sus exigencias de radicalidad porque una vez emprendido el camino no se puede estar volviendo la mirada atrás, y la disponibilidad que han de tener ha de ser siempre para el servicio siendo capaces de hacerse los últimos y servidores de todos.

¿Son los mejores los que se hacen discípulos de Jesús y le siguen? Contemplamos que el arco iris es variado y no dejan de tener sus sueños y ambiciones, sus momentos de duda porque algunas veces no terminan de entender lo que les dice Jesús porque pesan mucho más los sueños y ambiciones que llevan dentro, y al final algunos le salen ranas porque o le traicionan o le niegan de forma cobarde.

Pero son los que Jesús ha elegido, con los que ha querido contar, a pesar de sus ambiciones o sus dudas. Y es que el grupo que sigue a Jesús no ha brotado de una selección de unas oposiciones ganadas ni en la búsqueda de las mejores lumbreras que se podrían encontrar entre los doctores de la ley; son unos pescadores, unos hombres rudos de aquellos campos y pueblos de Galilea, alguno podrá parecer más preparado pero lleva tras de sí el sambenito de haber sido un publicano y para los judíos era algo decir algo así como que era un pecador. Ya le echaban en cara los de la oposición (?) que no andaba rodeado sino de prostitutas y de pecadores.

Pero aquel grupo del que se rodea Jesús sale de una noche de oración, como hoy escuchamos en el evangelio. ‘Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios’. Y como continúa diciendo el evangelista al amanecer los llamó y fue nombrado aquellos doce a los que iba a constituir apóstoles. Sabía quienes eran porque la sabiduría de Dios penetra los corazones, pero a ellos los había escogido. No fue una gestión burocrática a realizar con unos protocolos predeterminados. Fue la elección del corazón de Dios. Fue una elección para ponerse en camino; pronto bajan a la llanura donde se van a encontrar con ese grupo grande de discípulos que quieren escuchar a Jesús, pero que llegan allí también con sus limitaciones y sus enfermedades y todos querían tocar a Jesús para sentirse sanados por Él. Será allí donde sigan anunciando la buena nueva del Reino que llega, es allí donde tienen que ir manifestando con signos como ese Reino de Dios nos transforma.

Y pienso ahora mientras voy reflexionando sobre este evangelio en nosotros, en nuestras comunidades, en nuestra Iglesia, en nuestros pastores. Y estamos aquí, no porque seamos los mejores o los más preparados, porque también nosotros tenemos nuestras limitaciones, nuestras ilusiones que algunas veces desenfocan nuestra visión o nuestras ambiciones que nos enferman el corazón; nosotros también con nuestras dudas y nuestros miedos; nosotros que estamos aquí no porque sepamos más o nos hayamos ganado unas oposiciones, sino porque hemos sentido en nuestro corazón esa llamada del Señor, esa predilección de Dios por nosotros a pesar de que somos lo que somos, ese amor de Dios que se hace misericordia para nuestras debilidades, nuestros errores y nuestros tropiezos.

Si aquel primer grupo surgió después de una noche de oración de Jesús, nosotros ahora para seguir a Jesús, mantenernos en su fidelidad y realizar la misión que nosotros también nos confía necesitamos aprender a ir a esa noche de oración. Para estar con el Señor y aprender a sentirnos a gusto con Él, para purificar tantas cosas y enderezar nuestros caminos, para sentir la fuerza de su Espíritu que es la que nos hará caminar. ¿Aprenderemos también a aprender a valorar a los que están a nuestro lado con su misión aunque también caminen en la debilidad porque en ellos también confía el Señor?


martes, 9 de septiembre de 2025

Igual que eligió a los apóstoles con la realidad de sus vidas, sigue Jesús contando con nosotros a pesar de nuestras debilidades, porque todo es un regalo del amor de Dios

 


Igual que eligió a los apóstoles con la realidad de sus vidas, sigue Jesús contando con nosotros a pesar de nuestras debilidades, porque todo es un regalo del amor de Dios

 Colosenses 2, 6-15; Salmo 144; Lucas 6, 12-19

Hay momentos en la vida en que tenemos que tomar decisiones importantes y nos damos tiempo para pensarlo, para reflexionarlo; hay cosas que no podemos hacer solamente a impulsos podríamos decir momentáneos, aunque algunas veces tengamos esa tentación; nos sucede algo que nos impresiona, contemplamos algo que nos llama la atención y nos duele, y nos sentimos impulsados al momento pensando que algo que tenemos que hacer; es bueno que haya esa inquietud, que surjan incluso esos impulsos signos de la vitalidad que llevamos dentro, pero al mismo tiempo ponemos los pies sobre la tierra para que no sean solo sueños, y lo reflexionamos y lo maduramos; que tenemos que contar con alguien para algo que vamos a emprender y que consideramos importante, nos pensamos bien a quien vamos a escoger, sus posibilidades, sus valores y cualidades, aunque por supuesto dejamos siempre la libertad de decidir a quien escojamos su aceptación o no de lo que le proponemos. Las cosas nos las tomamos con la debida responsabilidad.

Hoy lo contemplamos en Jesús. Y nos dice el evangelio se que se fue al monte a orar y allí se pasó la noche en oración. Luego escogerá entre todos los discípulos que le seguían a doce a los que constituye apóstoles. Fue una decisión importante, nos lo manifiesta esa noche de oración de Jesús, de la que tanto tendríamos que aprender en nuestras decisiones. Jesús quiere contar con aquellos que llama apóstoles a los que veremos que va instruyendo de camino para la misión que les va a encomendar; el Reino anunciado por Jesús ha de continuar y en las manos de aquellos apóstoles está.

Cuenta Jesús con ellos y con su libertad; cuenta Jesús con ellos que también son humanos y tienen sus debilidades; habrá alguno que se queda en el camino porque al final le traiciona, habrán otros que siempre estarán pensando en sus sueños y ambiciones y donde Jesús continuamente estará enseñando, los llamará los hijos del trueno por esa intensidad con que viven el seguimiento de Jesús; todos con sus debilidades que cuando ven venir al lobo, como se suele decir, en el momento del prendimiento de Jesús se dispersan y le dejan solo; alguno a pesar de cuanto Jesús había confiado en él llegará a negar el conocerle, aunque siempre le había costado entender lo de la entrega de Jesús hasta la muerte. Pero Jesús sigue confiando en ellos, y a ellos se manifestará de manera especial después de su Pascua para que en verdad se sientan fortalecidos en su fe. Así luego se dispersarán por el mundo cumpliendo el mandato de Jesús de anunciar el evangelio del Reino de Dios.

Me hace pensar todo esto que venimos reflexionando en mi vida. Por una parte como hemos de enraizarnos en Jesús y en su evangelio, cómo tenemos que fortalecernos interiormente y dejarnos iluminar por la luz que nos viene del cielo ante cada una de esas decisiones que hemos de ir tomando en nuestra vida que quiere ser un camino de fidelidad. Pero también con corazón agradecido quiero ser consciente como el Señor sigue contando conmigo, con mis defectos y con mis debilidades, con lo que es mi vida unas veces turbulenta y otras veces adormecida, con sus buenos momentos de luz pero también con ese lado oscuro que todos tenemos fruto de nuestras torpezas y debilidades.

Quiero sentir que el Señor quiere seguir contando conmigo y siempre abre ante mí horizontes amplios donde poder realizar mi vida y vivir mi fidelidad con todas sus consecuencias. Muchas veces los caminos se tuercen y hay que tomar otras decisiones, que en ocasiones pueden ser hasta dolorosas, pero en nuestra fidelidad queremos seguir adelante, agradeciendo a Dios que siga contando conmigo y me vaya abriendo caminos que a veces eran insospechados para mí.

Lo pienso para mi mismo, como me hace mirar con una mirada distinta a los que están a mí alrededor o caminan conmigo, para hacerme comprensivo, para descubrir valores y aprender lecciones, para servir de apoyo y estimular también a los demás a vivir su fidelidad. El Señor sigue viniendo a nosotros para curar nuestras heridas y ponernos de nuevo en camino. Doy gracias a Dios por las posibilidades que me sigue dando.

viernes, 6 de junio de 2025

Cuidar la luz del amor que nos hará ver las cosas de otra manera, porque lo estaremos viendo tras el filtro del amor de Jesús, que sí es un grande amor

 


Cuidar la luz del amor que nos hará ver las cosas de otra manera, porque lo estaremos viendo tras el filtro del amor de Jesús, que sí es un grande amor

Hechos 25, 13b-21; Salmo 102; Juan 21, 15-19

¿Tú me sientes como amigo? Con una pregunta semejante alguna vez nos hemos dirigido a nuestro amigo o nuestro amigo nos ha preguntado. Cuando hay una auténtica amistad que se está mostrando cada día en mil detalles de cercanía, de comunicación, de afecto no sería necesaria esa pregunta, pero sin embargo la hacemos. Queremos corroborar el grado de amistad que sentimos; queremos ratificar que la amistad se mantiene, a pesar de que alguna vez haya habido algún desaire, algún mal momento, alguna discusión acalorada donde quizás hayas pronunciado palabras de las que ahora nos arrepentimos. Pero queremos que la amistad permanezca, no se rompa, vaya creciendo más y más en la vida. Un buen amigo es un vaso de agua fresca ofrecida al sediento en medio de los calores de la vida.

Hoy, ya casi terminando el ciclo pascual que cerraremos el próximo domingo, la liturgia retoma aquellos textos pascuales de los momentos finales del evangelio, en este caso del evangelio de san Juan. Queremos de nuevo caldear nuestro espíritu con todo el sentido pascual que hemos de darle a la vida y nos viene bien recordar esos retazos del evangelio.

Los discípulos se habían ido a Galilea. Uno de los mensajes que las mujeres trasmitieron a los apóstoles del cenáculo después de las apariciones de Jesús, es que les había dicho que fueran a Galilea y allí le verían. ¿Dónde comenzaron los primeros anuncios de Evangelio? No fue solo Jesús el que comenzó a predicar por los pueblos y aldeas de Galilea anunciando la buena nueva del Reino de Dios, sino que en Galilea se había recibido el primer mensaje, la primera buena noticia, cuando el ángel le anuncia a María de parte de Dios todo cuanto iba a suceder con el niño que naciera de sus entrañas. Aquel Niño era la Buena Noticia de salvación para la humanidad.

En Galilea estaban, parece que aburridos sin saber qué hacer cuando se deciden ir una noche a pescar. Ya lo hemos meditado. No habían cogido nada. Alguien que les parecía un anónimo desde la orilla no solo les había preguntado si habían cogido algo, cosa que seguramente les dolió por sus manos vacías, sino que les había dicho por donde habían de echar la red. Parece que los gestos se repiten, también después de una infructuosa noche, aquel profeta que estaba surgiendo en Galilea, sin ser pescador de aquellos mares, les había indicado que de nuevo echaran las redes. Se habían confiado y la redada había sido muy grande, de manera que incluso se sentían indignos, pero Jesús les había prometido que serían pescadores de hombres. Así se habían decidido a seguir a Jesús y estar con Él.

Ahora también la redada había sido extraordinaria y aquel que más llenos de amor tenía sus ojos había reconocido a quien estaba en la orilla y le había dicho a Pedro que era el Señor. Ahora Pedro tras lanzarse al agua está ante Jesús que tras el almuerzo se lo lleva aparte para hacerle una gran pregunta. ‘Simón Pedro, ¿me amas? ¿Me amas más que estos?’ Y así por tres veces. Pedro porfiaba su amor, ya no sabía cómo decírselo a Jesús que lo era todo para El. Un día había dicho que estaba dispuesto a seguirle y a dar la vida por Jesús, pero pronto se había dormido en el huerto, y pronto lo había negado ante una criada curiosa y preguntona.

Lo había llorado, pero ahora estaban las preguntas de Jesús. ¿De verdad eres mi amigo? Detrás había todo un recorrido de entusiasmos pero también de decaimientos; de valentías para ser el primero en hablar, pero también de cobardías y de sombras. ¿Se estaría preguntando al mismo tiempo Pedro a sí mismo si de verdad soy amigo de Jesús? ¿Mereceré yo que Jesús siga confiando en mí?

Pero bien sabemos que aquí no hablamos de merecimientos, sino que estamos hablando de amor. Jesús le pregunta a Pedro por su amor, pero Pedro se estará preguntando también por su amor, por si es sincero y auténtico su amor a Jesús. No le queda más que decir. ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’.

Seguramente mientras nos vamos haciendo esta reflexión no solo estamos mirando a Pedro en este diálogo con Jesús, sino que nos estaremos mirando a nosotros mismos. Con nosotros Jesús está también entablando ese diálogo y esas preguntas; en nuestro corazón están resonando esas preguntas y nuestras promesas y propósitos tantas veces incumplidos, nuestras cobardías y nuestros fracasos, nuestros miedos y nuestros tropiezos; la vida quizás puede estar muy llena de oscuridades, pero tenemos que cuidar una luz, tenemos que cuidar la luz del amor que nos hará ver las cosas de otra manera, porque lo estaremos viendo tras el filtro del amor de Jesús. Y ese sí que es un gran amor, el que queremos copiar en nuestra vida, el que queremos vivir nosotros también.


sábado, 29 de junio de 2024

Tú sabes, Señor, que te amo, tú lo sabes todo, conociendo también mis debilidades… por ti estoy dispuesto también a dar mi vida porque lo eres todo para mí

 


Tú sabes, Señor, que te amo, tú lo sabes todo, conociendo también mis debilidades… por ti estoy dispuesto también a dar mi vida porque lo eres todo para mí

Hechos de los apóstoles 12, 1-11; Salmo 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

‘Tú lo eres todo para mi’. ¿Habremos dicho alguna vez esas palabras? ¿Nos suena a algo? Palabras de amigo fiel e irrenunciable, palabras de enamorado cuando ha encontrado el amor de su vida, palabras de quien se ha encontrado con alguien que le ha abierto caminos en la vida, palabras de confianza y de fidelidad cuando nos dejamos conducir por aquello que sabemos que es único para nosotros y sin lo cual no sabríamos vivir. Palabras que nos fuerza para el camino aun en medio de debilidades y fracasos, palabras que nos ayudan a levantarnos cuando tropezamos en el camino pero sabemos bien a donde vamos, palabras que nos dan seguridad también en nosotros mismos porque sentimos una fuerza interior que nos hacen seguir adelante.

¿Será lo que le dijo de una forma o de otra, y lo repitió aunque fuera con distintas palabras, Pedro a Jesús como hoy escuchamos en el evangelio? Creo que nos tendrían que hacer pensar para darle hondo sentido a la celebración que hoy vivimos cuando celebramos la fiesta de san Pedro y san Pablo.

Lo hemos escuchado en el evangelio. Jesús está en un aparta con los discípulos más cercanos, pues incluso se ha ido casi fuera de las fronteras de Israel, a la región de Cesárea de Filipo. Ya hemos escuchado muchas veces en el evangelio que jesus aprovecha estos momentos en que está más alejado de las multitudes que le seguían y que en ocasiones no les dejan tiempo ni para comer para charlar con mayor intimidad, para ir sacando, por así decirlo, todo lo que lleva en el corazón, y además de instruirlos a ellos que les explicaba las cosas con más detalles, prepararles para ese seguimiento dejándose conocer más.

Ahora les hace unas preguntas que de alguna manera no son fáciles de responder. Era fácil, sí, comentar lo que la gente decía de Jesús, que si era un hombre de Dios, que si era un profeta, que era presencia de Dios que visitaba a su pueblo, como tantas veces la gente de forma espontánea decía y proclamaba; algunos sugieren que sería como Juan Bautista, al que habían conocido allá en la orilla del Jordán y algunos comenzaban a pensar que si acaso no sería el Mesías. Hacer un resumen de todo eso era fácil.

Pero Jesús pide más. Quiere saber qué es lo que ellos realmente piensan, cómo lo ven. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Cuando las preguntas son así directas comprometiéndonos en la respuesta, es más difícil responder. Pienso en el silencio que se produciría entre ellos mirándose furtivamente los unos a los otros viendo quien sería el primero que comenzara a responder. Será Pedro, un líder nato como le veremos en muchas ocasiones, aunque solo fuera un pobre pescador de Galilea, el que se adelanta. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo’, fue su respuesta. Una profesión de fe que le dirá luego jesus que fue capaz de hacer no por si mismo sino porque el Padre del cielo había puesto aquellas palabras en sus labios y en su corazón.

Era, sí, un decirle, ‘tú lo eres todo para mi’. Es un reconocimiento de jesus, pero es un decirle contigo estoy. Son las palabras de quien ha puesto toda su confianza en Jesús como dirá en otra ocasión. ‘¿A dónde vamos a acudir, si tu tienes palabras de vida eterna?’ Ya había reconocido su pequeñez y su pobreza, su indignidad de hombre pecador cuando allá en la barca le había dicho ‘apártate de mi que soy un pecador’.

Era quien se había quedado mudo ante jesus cuando su hermano Andrés lo llevó ante él diciéndole que habían encontrado al Mesías. Sería quien quería quedarse extasiado en el Tabor cuando contemplo su gloria en la transfiguración. Era quien tendría experiencias profundas y cercanas a Jesús cuando le hace testigo de la resurrección de la hija de Jairo.

¿Qué más podemos decir de la relación de Pedro con Jesús? No podía pensar que le pudiera pasar nada, y por eso trataba de disuadirlo de que en Jerusalén no le iba a pasar nada. Además allí estaría con su espada porque estaba dispuesto a dar la vida por Jesús.

Pero Pedro también era débil y le costaba entender las palabras de Jesús; sentiría el peso de la cobardía cuando en patio del sumo pontífice una criada la pregunta y le señala como que era uno de los que estaban con Jesús. Pedro era débil y le costaba en ocasiones seguir el ritmo de los pasos de Jesús, y caería rendido de sueño en lo alto del Tabor, como se dormiría también en Getsemaní sin ser capaz de pasar una hora de vigilia con Jesús. El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Pero lágrimas casi de sangre le había costado aquella negación.

Pero Jesús había confiado en El. Sería la piedra sobre la fundamentaría su Iglesia. Jesús seguía confiando y la pedía que cuando pasaran los malos momentos se mantuviera firme y fuerte porque tenía que fortalecer la fe de sus hermanos. Jesús quería que siguieran amando, con aquel ímpetu que llenaba su vida, ‘tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero’, por eso después de todo solo le preguntará por su amor. Porque tiene que ser pastor, porque tiene que ser esa piedra, porque tiene que ser el que va a mantenernos a todos en la unidad.

Estamos haciendo un pequeño recorrido por la manera de seguir de Pedro a Jesús, y probablemente estemos pensando en nuestro recorrido, en nuestras respuestas, en nuestras debilidades. También nosotros tenemos que decir ‘tú lo eres todo para mí’, porque así lo sentimos como Señor de nuestra vida. Solo nos está pidiendo Jesús amor. Será el amor que nos cure de nuestras debilidades, el amor que nos fortalezca en nuestro camino, el amor que nos haga seguir adelante a pesar de las noches oscuras, el amor que va a ser el sentido de nuestra vida. ‘Tú sabes, Señor, que te amo, tú lo sabes todo, conociendo también mis debilidades… por ti estoy dispuesto también a dar mi vida porque lo eres todo para mi’.

viernes, 17 de mayo de 2024

El que nos ama nos busca, el que ama de verdad no dejará pasar la ocasión de buscar a aquel que ama, es lo que tiene que ser siempre nuestra relación de amor con Jesús

 


El que nos ama nos busca, el que ama de verdad no dejará pasar la ocasión de buscar a aquel que ama, es lo que tiene que ser siempre nuestra relación de amor con Jesús

Hechos de los apóstoles 25, 13b-21; Salmo 102; Juan 21, 15-19

El que nos ama nos busca; el que ama de verdad no dejará pasar la ocasión de buscar a aquel que ama. ¿No son así los corazones enamorados? Quizás algunas veces con dolor; quizás pasando por encima de momentos difíciles como pueda ser el sentirse en cierto modo humillado porque se tienen que reconocer ciertas debilidades; siempre buscando el gozo del encuentro, de la recuperación del amor debilitado, de la superación de las tinieblas pasadas.

Es Jesús el que les había salido al encuentro allá junto a la orilla del lago de Tiberíades, como en otras ocasiones. Ahora también se habían ido a pescar. ¿Aburridos quizás porque se encontraban mano sobre mano y no terminaban de creer todo lo que había pasado? ¿Con la soledad de no estar con Jesús a quien tanto habían amado, a quien habían seguido a todas partes, pero ahora pesaba como una loza cuanto había sucedido en Jerusalén?

En la orilla estaba Jesús y sin embargo les había costado reconocerle. Solo el discípulo amado – siempre por medio el amor – le había dicho al oído a Pedro que quien estaba en la orilla era el Señor. Y allí se había lanzado Pedro, porque quería estar con Jesús. Había dejado que otros fueran los que arrastraran la barca hasta la orilla cargada de peces.

Había dicho que por El todo lo daría y que estaría dispuesta a dar su vida, pero las experiencias habían sido otras. Un día lo había reconocido allá en los confines de Galilea como el Mesías y el hijo del Dios vivo, pero cuando Jesús había hablado de pasión, de entrega, de muerte, quería quitarle la idea de la cabeza. En lo alto del Tabor había querido quedarse para siempre con El disfrutando de aquella visión de Dios, pero había sido obligado a bajar a la llanura de la vida, porque había que subir a otro monte, porque había que subir a Jerusalén. Solo Jesús tenía palabras de vida eterna para él, y no tenían a quien acudir, pero no se dejaba lavar los pies por Jesús porque no había terminado de entender lo que era el servicio y el amor hasta la humildad.

Ahora, recordando, si, muchas cosas y muchos momentos pasados, unos llenos de luz, pero otros en que se habían dejado dormir en las sombras de la noche, había saltado para estar a los pies de Jesús.  ¿Cómo serían las miradas que se cruzaban uno y otro? La mirada de Jesús bien sabemos como era siempre. Era la mirada que penetraba el corazón pero que llenaba de paz, era la mirada de quien sigue confiando y sigue ofreciendo y pidiendo amor.

Por eso aquel diálogo que se había entablado después de comer el almuerzo que Jesús les había preparado. ‘¿Me amas? ¿Me amas más que estos?’ Y ya Pedro no sabía como responder. ‘Tu sabes que te amo… tú conoces todo’. No era necesario más. Jesús lo conocía todo, Jesús estaba viendo el corazón, Jesús estaba viendo la luz que se estaba encendiendo de nuevo dentro de El para disipar tinieblas para siempre. Pedro sabía que Jesús seguía confiando en El.

No temamos correr hasta Jesús, saltar las olas de la playa, o saltar las dudas que puedan aparecer en el corazón, saltar por encima de los pesares de lo pasado que no siempre fue bueno, pero queriendo llenarnos siempre de su amor y amar con un amor como el que Jesús nos tiene. No temamos reconocer que Jesús conoce las sombras de nuestro corazón, nuestras dudas o nuestras debilidades. No temamos, sino con confianza, como quien se pone totalmente en sus manos, va a porfiar una y otra vez su amor.

Detrás está nuestra historia, que también tiene sus muchas luces en tantos momentos maravillosos vividos; está nuestra historia, es cierto, que también con sus sombras porque no siempre hemos sido muy congruentes con las palabras que en otro momento hayamos pronunciado; pero detrás está la historia del amor de Dios en mi vida, con todo lo que nos ha buscado, con todo lo que nos ha ofrecido, con todo lo que nos ha regalado.

Tenemos que reavivar nuestro amor, tenemos que volver a aquel amor primero que un día nos puso en camino para seguirle, tenemos que poner toda la intensidad de ese fuego que ha ido creciendo en nuestro corazón, tenemos que clarificar esos nuevos horizontes que se abren ante nosotros porque Dios sigue confiando en nosotros, sigue regalándonos con su amor.

lunes, 13 de mayo de 2024

Nos recuerda Jesús que, aunque tengamos luchas, estará con nosotros siempre, que para eso nos deja la fuerza de su Espíritu y en El encontraremos siempre nuestra paz

 




Nos recuerda Jesús que, aunque tengamos luchas, estará con nosotros siempre, que para eso nos deja la fuerza de su Espíritu y en El encontraremos siempre nuestra paz

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Salmo 67; Juan 16, 29-33

Aunque los discípulos aquella noche en la cena pascual seguían confusos; eran signos distintos los que Jesús estaba realizando aquella noche con ellos, desde el mismo comienzo de la cena con el hecho de Jesús haberse puesto a lavarles los pies; lo que intuían que podía pasar por el sentido de las palabras de Jesús que por una parte les sonaba a despedida y recomendaciones como de quien se va a marchar y dejarlos solos; aquella intimidad que Jesús estaba mostrando haciendo como un desahogo de su corazón era algo que antes que tranquilizarles como Jesús pretendía sin embargo abría más interrogantes en sus corazones. Ahora parece que van comprendiendo algunas cosas.

‘Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios’, se atreven a decir. Pero esto provocará que Jesús les haga más anuncios en cierto modo desalentadores, aunque Jesús quiera de alguna manera levantarles la moral. ‘¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre’.

Pero Jesús trata de que mantengan el ánimo pase lo que pase, porque aquello nunca será una derrota, aunque lo pueda parecer.  ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’. Han de tener puesta la mirada en la victoria final; claro que no lo comprenderán hasta que no haya vivido la totalidad de aquella pascua, no lo entenderán hasta la resurrección y cuando reciban la fuerza del Espíritu que Jesús les ha prometido. ‘Tened valor, yo he vencido al mundo’.

Necesitaban escucharlo y asimilarlo, como lo necesitamos nosotros también. Muchas veces nos sentimos desalentados de igual manera, tampoco terminamos de entender. Nos cuesta ese testimonio que tenemos que dar, pero nos cuesta dentro de nosotros mismos superarnos cada día y mantener ese espíritu de superación. El enemigo lo tenemos muchas veces dentro de nosotros mismos, porque nos cuesta amar, nos cuesta desprendernos de nosotros mismos, nos cuesta dar pasos adelante, nos cuesta esa mirada nueva que hemos de tener a los que nos rodean. Y aparece la tentación y aparece el desaliento cuando nos sentimos débiles y no somos capaces de superarnos.

También nos vamos a la desbandada muchas veces, como les sucedió a los discípulos aquella noche a partir del prendimiento de Jesús. Nos sentimos débiles y nos sentimos sucios, porque nos decaemos, porque no damos el testimonio que tendríamos que dar, porque nos quedamos demasiado en palabras y no llegamos a hacer nada, porque nos entran miedos a la hora de hacer un anuncio y nos acobardamos.

Pero nos dice Jesús que nos está diciendo todas estas cosas para que nos mantengamos firmes, que sabemos de nuestra debilidad como El también cuenta con nuestra debilidad porque nos conoce, y luego lo único que nos va a preguntar una y otra vez es que si lo amamos. Como hizo con Pedro que lo había negado; y aquella negación aparentemente una derrota, puesto que fue caer en una debilidad, como nosotros tantas veces, fue un punto de partida para Pedro levantarse y porfiarle una vez su amor a Jesús.

Es lo que tenemos que hacer, porque con Jesús sabemos que podemos alcanzar esa victoria. El ya nos lo ha dicho y nos ha prevenido; El nos recuerda que estará con nosotros siempre, que para eso nos deja la fuerza de su Espíritu. En Jesús encontraremos siempre nuestra paz.

martes, 26 de marzo de 2024

Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón y, aunque mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón

 


Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón y, aunque mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón

Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Hay momentos en que afloran las emociones y nos sentimos incapaces de controlarlas. Hasta la persona más fría del mundo, la que nos parece que nunca se inmuta, aquel que parece que se ha cubierto con una coraza para no dejar entrever cuales son sus sentimientos también tiene un momento en el que el control desaparece y afloran todas sus emociones.

Algunas veces parece que tenemos que mostrarnos duros e insensibles, no queremos dejar trasparentar lo que llevamos por dentro, porque nos parece quizás una falta de dominio de nosotros mismos, o porque queremos aparentar una fortaleza que quizás en el fondo no tenemos tanto como queremos insinuar; pero nos hace falta dejar trasparentar nuestras emociones para ser más humanos, eso forma parte de nuestra vida, de lo que somos, porque todo no es un fría cabeza sino que están los sentimientos que se desprender del corazón, y eso es también vida nuestra. Cuidado que esas insensibilidades aparentes sean orgullos ocultos, pero que son muy reales en nuestra vida y que por otra parte tanto daño nos puede hacer.

El evangelio que se nos ofrece en este martes santo es un evangelio donde afloran las emociones. Sí, podemos decir, Jesús está emocionado por el momento. Démonos cuenta que este episodio que ahora se nos narra está enmarcado en aquella última cena, la cena pascual que Jesús quiso hacer con sus discípulos como un anticipo o como un principio de lo que iba a ser su Pascua. En dos momentos de esta noche expresará Jesús la tristeza de su espíritu y cuanto ha deseado comer aquella pascua con sus discípulos. Al comienzo de la cena, y luego lo repetirá en su entrada en Getsemaní.

Parece como si en su emoción por el momento se le escapara lo que iba a suceder precisamente a partir de las actitudes de ellos. ‘Uno de vosotros me va a entregar’. Pero al mismo tiempo es su entrega, como así lo había manifestado, nadie le arrebata la vida, sino que El la entrega libremente. Pero por medio anda quien lo va a traicionar, o quienes lo van a traicionar. Pensamos siempre en Judas, a quien le da un poco de pan untado en aquella salsa que preparaban para comer el cordero pascual, pero a él le dice que lo que tiene que hacer que lo haga pronto. No entenderá el resto, que piensa en algún encargo de Jesús a quien era encargado de llevar la bolsa común. Pero cuando salió Judas ‘era de noche’, la oscuridad de la noche lo envolvía.

Allá queda el resto con sus buenos deseos, porque no terminaban comprender lo de la traición y la entrega, estarán dispuestos a todo por Jesús como se adelantará a decir Pedro. Siempre adelantándose sin darse cuenta que el espíritu puede estar pronto pero la carne es débil. Luego se dejará dormir en el huerto cuando Jesús les pide que oren en aquella hora tan importante. Pero Pedro siempre porfiando va a recibir el anuncio más terrible que pudiera escuchar, aunque siga sin comprender. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’. Así a suceder antes que el gallo cante en esa noche. Sigue estando presente la noche.

Pero hay uno de quien tenemos que aprender que se ha recostado sobre el pecho de Jesús. Por algo será el discípulo amado, como tantas veces va a ser reconocido así y no por su nombre en el evangelio. Podía sentir el palpitar del corazón de Cristo. Podía él palpitar también al mismo ritmo y con el mismo amor. Suyas pueden hacer sus emociones y su sensibilidad, con Jesús podrá subir a una altura espiritual que quizás otros no podrán alcanzar.

¿Quién será el mejor que nos habla de la luz que quiere ser anulada por las tinieblas pero que será quien nos ilumine el camino, de la vida que tiene la última palabra sobre la muerte porque habrá resurrección, de la verdad porque en el espíritu de Jesús vamos a encontrar la verdadera sabiduría, del amor y de la intensidad con que hemos de vivirlo, del camino para seguir a Jesús que es Jesús mismo? Todo su evangelio estará lleno de estas imágenes que por si mismas nos están hablando de lo más profundo de Jesús.


Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón, y aunque muchas hayan sido nuestras traiciones y negaciones, mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón.

lunes, 22 de mayo de 2023

Las palabras de Jesús no son para el desaliento, son para inspirar confianza, para ayudarnos a mantener la paz, a asegurarnos la victoria final

 


Las palabras de Jesús no son para el desaliento, son para inspirar confianza, para ayudarnos a mantener la paz, a asegurarnos la victoria final

Hechos 19, 1-8; Sal 67; Juan 16, 29-33

Nos sucede muchas veces y en las más variadas situaciones; no quiero con lo que voy a decir echar un jarro de agua fría sobre nuestros entusiasmos, pero detrás de la euforia de un entusiasmo puede venir pronto el enfriamiento de aquel primer entusiasmo y termine todo, como se suele decir, como el rosario de la aurora, nos perdemos, nos dispersamos, abandonamos porque nos sentimos hundidos, cansados, defraudados. Muchas amistades que comenzaron con mucho entusiasmo, prometiéndonos amistades eternas, pronto pueden comenzar los distanciamientos, la incomprensión,  la perdida de aquel primer fervor. Muchas cosas que iniciamos con muchas ganas pensando que ya tenemos la solución para todo y tenemos el mundo ganado, pronto vemos que la realidad no es tal, que las dificultades parece que crecen cada día, y podemos tener el peligro de abandonar pronto.

No es solo ese fervor inicial el que va a ayudarnos a mantenernos firmes y fieles, se necesita algo más, una convicción más profunda, una reflexión más hondo sobre la realidad, un estudio más detallado de lo que vamos a hacer con sus pro y sus contra, siendo conscientes de las dificultades que vamos a encontrar, como de la riqueza que vamos a encontrar y por la que merece la pena toda clase de sacrificios. La perseverancia es un valor necesario a tener en cuenta, como el tener muy claro a lo que nos vamos a enfrentar. Necesitamos, de alguna manera, prepararnos.

Esas cosas nos pasan también en el ámbito de la fe, de nuestra vida y prácticas religiosas, como de todo lo que es y significa nuestra vida cristiana. Es para lo que Jesús está preparando a los discípulos en aquel, llamémoslo así, discurso de la ultima cena. Son los acontecimientos que ya de inmediato se van a suceder a partir de la traición de Judas y del prendimiento en el huerto, pero la Palabra de Jesús sigue siendo viva y sigue resonando en nuestro corazón a lo largo de la historia y de todos los tiempos.

Y de ello Jesús les está hablando ahora claramente. Van a dispersarse, a huir y a dejarlo solo. Será lo que suceda en el huerto aquella noche. Van a aparecer los miedos y las cobardías cuando antes habían prometido tantas fidelidades y defensas, y unos se refugiaron en el cenáculo con las puertas bien cerradas, y quien se siente más valiente y se atreve a llegar al patio del sumo pontífice para ver en qué va a acabar aquello, terminará negándole ante las preguntas de unos criados porque lo delata su acento y alguien ha llegado a verlo en el huerto cuando incluso a pretendido defender a Jesús con una espada.

‘Pues mirad, les dice Jesús, está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre’. A Pedro que tanto porfía por estar al lado de Jesús, le dirá que antes que el gallo cante dos veces, le habrá negado tres.

Pero las palabras de Jesús no son para el desaliento, no son una regañina o un echar en cara. Jesús quiere algo distinto. ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’. Son palabras de aliento, son palabras para inspirar confianza, son palabras que ayudan a mantener la paz en el corazón.

Vendrán las flaquezas y las debilidades, pero no habrán de perder la paz. Serán fuertes las luchas, pero no nos tiene que faltar valor porque con Cristo la victoria está asegurada. Su muerte no será una derrota ni un fracaso, será un camino de vida porque será siempre un camino de amor. Y a Jesús le podremos contemplar vivo y resucitado. Es la victoria de Cristo que nos asegura también nuestra victoria.

El eco de las palabras de Jesús sigue llegando hoy a nuestros corazones, que también muchas veces se pueden ver turbados en medio de nuestras luchas. Tenemos abierto ante nosotros un camino de esperanza. No perdamos el entusiasmo, perseveremos, porque el que persevere hasta el final vencerá, alcanzará también la victoria.

martes, 6 de septiembre de 2022

Llenos de Dios tenemos que ir al encuentro de los que nos rodean con paz, sin tensión ni agobio, con mucho amor para hacer presentes las maravillas del Señor

 


Llenos de Dios tenemos que ir al encuentro de los que nos rodean con paz, sin tensión ni agobio, con mucho amor para hacer presentes las maravillas del Señor

1Corintios 6, 1-11; Sal 149; Lucas 6, 12-19

En tres momentos podemos fijarnos en el texto del evangelio que hoy se nos propone, que de alguna manera nos están marcando nuestro camino y, que hemos de reconocer, no siempre tenemos en cuenta en nuestra tarea como cristianos.

Muchas veces nos encontramos con gente que quiere vivir con responsabilidad su tarea y quieren ser cumplidores hasta el final en aquello que se proponen, pero al mismo tiempo observamos, nos lo dicen ellos en ocasiones, que se sienten tensos y esa tensión les hace vivir como agobiados y se encuentran que muchas veces, al menos a ellos les parece, no rinden todo cuanto quisieran; se sienten cansados y agotados, porque muchos, es cierto, es el trabajo, pero muchas veces es consecuencia de esa tensión en la que viven. Nos damos cuenta, y a ellos a veces les cuesta entenderlo, que necesitan una parada en ese ritmo trepidante en que viven, necesitan un descanso que es algo más que detener los trabajos, porque necesitan quizás encontrarse consigo mismo, para poner no solo orden en la tarea que realizan sino una serenidad interior que es donde van a encontrar esa fuerza que necesitan.

Cuando tenemos una cierta sensibilidad y una inquietud en el corazón a veces nos sentimos como agobiados ante la tarea que hemos de realizar; grande es el campo que se abre ante nosotros, inmensa la tarea, vemos necesidades y problemas, o vemos a la gente desorientada y quisiéramos tener una palabra de orientación y de animo, una palabra que ilumine. Pero a veces nos sentimos sin fuerzas, somos nosotros mismos los que nos encontramos desorientados también sin saber qué camino tomar, qué cosa es la más urgente que tenemos que realizar.

Como decíamos, estos tres momentos que contemplamos hoy en el evangelio quieren ser para nosotros una pauta. Hagamos como Jesús. En ocasiones vemos también que se ve desbordado, la gente se agolpa a su puerta, le sigue por todos los caminos, y hasta en los lugares más insospechados se va a encontrar multitudes que vienen a su encuentro. Ya en otro momento del evangelio, cuando nos dice el evangelista que no tenían tiempo ni para comer, Jesús se llevó al grupo de los discípulos más cercanos a un lugar apartado para descansar.

Hoy lo contemplamos en el mismo actuar de Jesús. Se fue a solas al monte y pasó la noche en oración. ‘Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios’. Recordamos también cuando en Cafarnaún se agolpaban a la puerta de la casa de Simón Pedro, Jesús de madrugada se fue a un lugar solitario para orar antes de emprender el camino por las diferentes aldeas y pueblos de Galilea haciendo el anuncio del Reino de Dios. Detenernos para encontrarnos con nosotros mismos, detenernos para dejarnos encontrar por Dios. Un primer paso que necesitamos.

Pero Jesús no quiere realizar su tarea y su misión solo, quiere contar con aquellos que le siguen. Por eso a la mañana siguiente fue llamando de uno en uno a aquellos doce a los que va a constituir apóstoles, porque a ellos les va a confiar una misión. Y el evangelista nos detalla los nombres de los doce elegidos. Ni mejores ni peores que el resto de la multitud que le sigue, algunos han ido expresando ya su disponibilidad para seguirle cuando dejaron sus barcas, cuando dejaron sus negocios, cuando dejaron sus casas por seguir y estar con Jesús. Es el segundo momento que contemplamos.

Unos hombres llenos también de debilidades, de ambiciones y sueños, de tropiezos y caídas en su vida, de abandonos, alguno incluso llegará a traicionarle, pero con ellos quiere contar Jesús. Jesús así quiere contar con nosotros, tal como somos, con nuestra vida también de pecadores, pero que queremos poner mucho amor en nuestro corazón, aunque fácilmente nos aparezca nuestra debilidad. Quiere contar con nosotros ¿así sabremos nosotros contar con los demás?

Y a continuación nos dice el evangelista que bajaron al llano, allí donde estaba la vida de cada día, allí donde estaban aquellos hombres y mujeres que buscaban a Jesús y que estaban con sus problemas, con sus necesidades, con sus enfermedades, con su hambre no solo de pan sino también de esperanza y de vida. ‘Un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón…’ Y nos continúa diciendo el evangelista, ‘venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos’.

Es el tercer momento, importante para nuestra vida, el encuentro con los demás, el encuentro con el sufrimiento, el encuentro con aquellos que nos están tendiendo las manos esperando de nosotros esa palabra de vida y de esperanza, ese gesto que les haga sentir cercano a Dios, ese momento en que se sientan tocados por la gracia de Dios. Cuántas oportunidades tenemos de ser signos del amor y de la misericordia de Dios con nuestra escucha, con nuestra cercanía, con nuestros gestos pequeños y humildes pero que pueden ser para ellos signos del amor de Dios.

Para que lleguemos a este momento y sepamos dar respuesta hemos de pasar por los otros dos momentos, donde nosotros nos llenemos de Dios y nos sintamos llamados; así podremos ir con paz, sin tensión ni agobio, con mucho amor para hacer presentes las maravillas del Señor.

viernes, 3 de junio de 2022

Caminemos al paso de Jesús sintiéndonos seguros, El sigue confiando en nosotros y nos dice: Tú, sígueme

 


Caminemos al paso de Jesús sintiéndonos seguros, El sigue confiando en nosotros y nos dice: Tú, sígueme

Hechos de los apóstoles 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

Qué distintas son nuestras maneras de actuar. Cuando alguien ha perdido la confianza, porque hizo algo que no nos agradaba, porque se saltó los protocolos de la vida, eso que llamamos tantas veces lo de políticamente correcto, porque en un momento determinado se atrevió a pensar de manera distinta, difícil será que lo aceptemos, que recupere la confianza, que sigamos contando con él para los proyectos que quizás hasta juntos habíamos soñado. Y lo vemos como lo más natural del mundo. O algo muy grande le exigiremos para comenzar de nuevo a confiar en esa persona, de lo contrario será ya para nosotros como un maldito con quien no queremos contar para nada. Claro, decimos, es lo que todo el mundo hace.

Todo el mundo menos Jesús. Había confiado en Pedro desde el primer momento, porque hasta le había cambiado el nombre para significar lo nuevo que iba a ser. Con él había tenido especiales deferencias haciéndolo testigo de cosas en la que el resto del grupo no participaba, por ejemplo la subida al Tabor; le había alabado incluso en alguna ocasión porque había sido capaz de expresar con palabras hermosas lo que era su fe, porque además, como le decía, el Padre era quien se lo había revelado en su corazón. Había tenido sus más y sus menos con él, sobre todo cuando quería convencerle de que no tenía que subir a Jerusalén, y lo había apartado como si fuera una tentación de Satanás.

Pero conocía de sus impulsos, y como toda persona impulsiva habría sus momentos de fervor, pero también podría aflojarse un poco, por eso le había dicho que cuando se recuperara tenía que ser quien mantuviera la fe de los hermanos. Pero a pesar de los anuncios de Jesús se había metido en la boca del lobo, y había llegado el momento de la cobardía y de la negación, quien decía por otra parte que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús. ¿Dónde estuvo en todo el resto del tiempo de la pasión? Refugiado con el resto de los discípulos en el Cenáculo, con las puertas bien cerradas, no fuera que a ellos les pasara lo mismo.

Ahora están de nuevo en Galilea, donde los había convocado, y porque en un primer momento Jesús no había aparecido se habían ido a pescar a pesar de pasar una noche bregando sin coger nada, como en otros tiempos. En el amanecer parece que comienza a llegar la luz y las cosas comienzan a cambiar. Ante las indicaciones de que echaran la red por el otro lado de la barca habían cogido de nuevo una buena redada, pero fue Juan el que le sugirió que el que estaba en la orilla era Jesús. Allá se había lanzado al agua para llegar primero desentendiéndose de las redes y de la barca, que los otros la arrastraran a tierra.

Y es cuando surge el diálogo entre Jesús y Pedro. ‘¿Me amas, me amas más que estos?’ Por tres veces había surgido la pregunta sin más reproches sino solo preguntando por su amor, aquel amor que decía que era tan grande capaz de dar la vida por su maestro, a pesar de que luego lo había negado. Pero no hay reproches, no hay desconfianzas, solo es un examen de amor. Y Jesús sigue confiando. ‘Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos…’ le repetirá Jesús. Le anuncia de nuevo que un día otro lo ceñirá, como comentará el evangelista haciendo referencia quizás a la forma de la muerte de Pedro, pero Jesús solo le dirá, ‘Tú, sígueme’.

¿Será también lo que nos está diciendo Jesús ahora cuando estamos ya concluyendo este camino de pascua? ‘Tú, sígueme’. Jesús que sigue confiando en nosotros a pesar de que también tenemos muchas veces nuestros más y menos. No siempre mantenemos el mismo entusiasmo, muchas veces nos aparecen los cansancios, nos sentimos tentados a volver atrás, quizás también habrá habido momentos de debilidad con sus negaciones, o con sus anti-testimonios, nuestra vida sigue envuelta en la debilidad, pero Jesús sigue confiando en nosotros. Nos pide fe y nos pide amor, todo lo demás brotará casi como espontáneo, pero tenemos que mantener muy viva nuestra fe, muy vivo nuestro amor.

El nos ha prometido que estará con nosotros, para eso nos deja su Espíritu. A ese paso sí podemos caminar, nos sentiremos seguros, queremos hacer honor a la confianza que Dios sigue teniendo en nosotros, queremos seguirle. ¿Aprenderemos a seguir confiando en los demás?

viernes, 13 de mayo de 2022

Aprendamos a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús, no nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos

 


Aprendamos a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús, no nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

A veces parece que nos caen en tromba las noticias, los acontecimientos, los sucesos que nos pueden afectar de alguna manera a nuestra vida y terminamos quedándonos como descolocados porque nos cuesta asumir las diversas cosas que nos han contando, nos cuesta comprender porque están pasando las cosas que tanto daño nos hacen o nos podemos referir a los mismos acontecimientos de la sociedad en que parece que hay momentos que son especialmente negros.

Podemos pensar en lo que nos ha tocando enfrentar en estos últimos tiempos en nuestra sociedad, pandemias, crisis económicas, desorganización de la vida que os obligan a nuevos protocolos de forma de vivir, y para colmo nos encontramos en tiempos de guerra en las puertas de Europa que no está tan lejana de nosotros y que no terminamos de ver el rumbo que van a tomar las cosas. Nos cuesta tomar decisiones que nos puedan afectar en un futuro, algunas veces nos cuesta entender las cosas más elementales, porque no hacemos sino pensar en esas oscuridades y turbulencias de la vida, y nos cuesta hasta lanzarnos con arrojo a emprender cosas en la vida. Decimos que no queremos perder la paz, pero dentro de nosotros nos corroen el pensamiento muchas cosas.

Aquella noche de la cena de Pascua de los discípulos con Jesús fue de esos momentos en los que se van sucediendo tantas cosas, se tienen presentimientos de lo que va a suceder aunque no saben por donde va a salir todo, en que tenían que estar produciéndose en su corazón una fuerte revoltura de la que no sabían como salir. Eran las palabras de Jesús con sus anuncios, fueron aquellos gestos con los que Jesús quiso comenzar la cena, estaban aquellas palabras que para ellos resultaban enigmáticas que le había dirigido a Judas de que lo que tenia que hacer que lo hiciera pronto, estaba la desenvoltura de Pedro que decía que estaba dispuesto a todo por Jesús, pero que éste le había hecho anuncio de negaciones y traiciones, ahora hablaba Jesús de vuelta al Padre, de preparar unas estancias, de una nueva venida para buscarles, pero todo se les hacía incomprensible.

Por allá sale uno diciendo que no entiende de caminos, que no saben cual es el camino y que definitivamente Jesús se los enseñe. No terminan de entender las Palabras de Jesús. ‘Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’, les señala tajantemente Jesús a ver si por fin comprenden. Viendo el estado de ánimo, en cierto modo revuelto, en que se encuentran Jesús ha comenzado invitándoles a no perder la paz, a sentirse seguros, a confiar en El y en su Palabra. Pero les resulta difícil. Son muchas las cosas que se están sucediendo y tenemos el peligro de perder la paz en el c corazón.


Es lo que necesitamos escuchar nosotros. En el mundo revuelto en que vivimos, en medio de tantas cosas que se van sucediendo, con la misma situación que vemos en la Iglesia, o el desánimo de tantos cristianos a nuestro alrededor que abandonan el barco, como se suele decir, que van dejando de lado valores religiosos, principios cristianos, dejándose influir por tantas cosas que vemos en nuestro entorno en la sociedad. Y podemos perder los ánimos, podemos perder la paz. Tenemos que aprender a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús.

Se nos abren caminos delante de nosotros y podemos tener la esperanza de una renovación de tantas cosas; tenemos delante a Jesús que nos está señalando el camino porque no nos está pidiendo otra cosa sino que hagamos como El, porque se puede despertar una esperanza, porque el final podemos ver luz si nos llenamos de la vida de Jesús, que para eso es el camino y la verdad y la vida.

‘No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí’, nos dice Jesús. No nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos.

martes, 29 de junio de 2021

Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos

 


Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos

Hechos de los apóstoles 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

Son momentos de una mayor intimidad. En ocasiones Jesús se los llevaba a lugares apartados donde pudieran estar solos para poder hablarles con una mayor cercanía. En ocasiones lo había intentado y se había encontrado con una multitud que estaba allá esperándole. Ahora caminaban casi a los límites de Palestina, allá por donde nacía el Jordán. Y llega el momento de preguntas y de confidencias.

‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Una pregunta que puede parecer genérica y que admitía también una respuesta genérica. Las gentes se manifestaban cuando veían las obras y los signos de Jesús o cuando escuchaban sus palabras. ‘Nadie ha hablado igual, decían… un gran profeta ha aparecido entre nosotros… Dios ha visitado a su pueblo’. Lo consideraban un profeta, un hombre de Dios. Si Dios no estaba con El no podía hacer las obras que El  hacía, como reconocería incluso Nicodemo. Un profeta muy grande, como Elías, como los antiguos profetas, como Juan el Bautista a quien todos habían conocido y también escuchado.

Pero Jesús quería algo más. Como diríamos nosotros, que se mojaran, que expresaran su propia opinión, que dijeran realmente lo que para ellos significaba Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Cuando las preguntas son directas así suele reinar el silencio, nadie quiere romper para comenzar a hablar. Pero allí estaba Pedro. El era decidido. El salía siempre el primero ya sea para expresar su pensamiento, para expresar dificultades ante lo que Jesús pide – ‘hemos estado toda la noche bregando y no hemos cogido nada’ - o también para tratar de disuadir a Jesús de que nada le podía pasar de todo aquello que anunciaba que le sucedería en Jerusalén.

Reticente, quizá al principio, ante el anuncio de su hermano Andrés, sin embargo se había dejado llevar por su hermano y había ido a conocer a Jesús. La sorpresa entonces sería que ya Jesús le cambiaría de nombre. Por eso cuando Jesús pasa a la orilla del lago y los invita a seguirle allí está pronto para dejar redes y barca y para irse con Jesús. Su casa en Cafarnaún se había convertido de alguna manera en la casa de Jesús, de donde partiría para todas sus correrías apostólicas. Sería, sin embargo, el que aunque veía la dificultad de la pesca, cuando Jesús le pide que reme mar adentro y eche las redes, estará pronto para hacerlo por la fe en la palabra de Jesús, ‘en tu nombre echaré las redes’. Se sentirá pequeño entonces ante las maravillas de Dios y no se considera digno de estar en la presencia de Jesús, ‘apartate de mi que soy un hombre pecador’, pero Jesús le quiere para ser pescador de hombres. Con Jesús haría aquellos caminos de Galilea y que un día le conducirán también a Jerusalén.

Pero eso ahora será el primero en tomar la palabra para dar respuesta a Jesús. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Ungido de Dios, el Hijo del Dios vivo’. ¿Qué está diciendo Pedro? Con lo que está diciendo está expresando mucho más de lo que le gente se preguntaba si acaso Jesús no sería el Mesías. Pedro afirma con toda rotundidad que es el Ungido de Dios, el Cristo, el Hijo del Dios vivo. ¿Lo dirá por sí mismo? ¿Lo habrá ido aprendiendo en aquel contacto tan cercano con Jesús que mantenían aquellos discípulos escogidos? Sin embargo ninguno se había atrevido a afirmarlo. Por eso le dirá Jesús que no lo ha aprendido por sí mismo, sino que el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón.

Pero Jesús le dice más. ‘Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’.

Un día le había cambiado de nombre y ahora viene a encontrar su significado. Es la piedra sobre la que se edificará la Iglesia. Cristo es la piedra angular, la que nos trae la salvación, es el único Salvador y Mesías. Pero aquella comunidad que va a nacer, todos los que van a confesar de la misma manera la fe en Jesús como el Hijo de Dios y nuestra salvación va a estar congregada en una unidad en torno a Pedro; Pedro va a ser esa piedra sobre la que se edificará la Iglesia, el que nos va a mantener en esa comunión y en esa unidad, el que nos va a mantener firmes en esa fe en Jesús. ‘Mantente firme para que alientes la fe de tus hermanos’, le dirá Jesús en otra ocasión.

‘El poder del infierno no la derrotará’. Podrán venir temporales, como la imagen de aquellas tormentas en medio del lago donde parecía que la barca se hundía. Allí está Jesús. Podrán venir momentos de duda, de tentación, de desaliento, de tener la impresión de que está todo perdido y hasta nos podrán nuestros miedos y aparecerán debilidades y cobardías, pero más allá de todo eso está la mirada de Jesús. Pedro lo pasó en el comienzo de la pasión, pero Jesús pasó a su lado en silencio, solo le habló con la mirada, y fue suficiente para su arrepentimiento. Más tarde porfiará una y tres veces que ama a Jesús, que Jesús bien lo sabe que está dispuesto a dar la vida por El, y Jesús seguirá confiando en él, ‘apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’.

Hoy que celebramos la fiesta de san Pedro y san Pablo – aunque en nuestro comentario nos hemos centrado más en la figura de Pedro -  es un momento muy especial para expresar y confesar nuestra fe en Jesús. Un momento de especial resonancia eclesial, cuando sentimos que Pedro es esa piedra sobre la que se fundamenta la Iglesia. Un momento para levantarnos con ánimo y con esperanza, porque a pesar de que sean muchas nuestras debilidades y negaciones, a pesar de las tormentas que en medio del mundo nos toca sortear, tenemos la certeza de la Palabra de Jesús. ‘El poder del infierno no la derrotará’, porque con nosotros está Jesús, nos ha dejado su Espíritu y poder sentir de manera especial su presencia en la Iglesia.

Y es que Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos. Hagámonos dignos de esa confianza de Jesús.