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martes, 13 de octubre de 2026

Lavarnos las manos tiene que significar saber amar dando lo mejor de nosotros mismos, no las migajas de nuestras sobras empapadas a veces de nuestros malos sentimientos

 

Lavarnos las manos tiene que significar saber amar dando lo mejor de nosotros mismos, no las migajas de nuestras sobras empapadas a veces de nuestros malos sentimientos

Gálatas 5, 1-6; Salmo 118; Lucas 11, 37-41

Invitaron a Jesús a comer, un fariseo, y da la impresión de que aquella invitación era de alguna manera por conveniencia porque las posturas que tiene ante Jesús en su propio interior no parece que fueran demasiado leales; estaba pendiente de lo que hacía o no hacía Jesús, y entonces se extraña mucho – para él era como un escándalo dados sus criterios – de que Jesús no se lave las manos, viniendo de la plaza, antes de comer. ¿Podía haber tocado algo impuro y entonces sus actos se convertirían en impuros? Claro y comer con manos impuras era como comerse una impureza. No estaba cumpliendo Jesús las normas.

Pero no nos han de extrañar estos pensamientos en este fariseo que ha invitado a Jesús a comer, porque de alguna manera quiere ser fiel a sí mismo, a su manera de pensar, a los propios planteamientos que él podía tener en referencia a todo lo religioso. Algunas veces también nosotros andamos encorsetados con las normas y los protocolos, como se dice ahora, o los reglamentos que nos hemos impuesto como formas de vida. No están lejos aquellos tiempos en que estábamos midiendo los tiempos y los momentos para ver si habíamos o no cumplido con la obligación de la misa si habíamos llegado tarde, igual nos sucedía, por ejemplo, con el ayuno eucarístico antes de la comunión calculando al minuto la hora de la última comida; muchos problemas nos hemos creado en nuestra conciencia si por descuido un viernes pusimos carne, o quizás un chorizo en nuestra comida, con lo que ya no estábamos cumpliendo con la norma de la abstinencia; pero no han sido solo esos quebraderos de conciencia que hayamos tenido alguna vez sino los juicios y condenas que han acompañado en tantas ocasiones cuando hemos visto que alguien se salta la norma, y así podríamos recolectar muchas cosas más donde convertíamos nuestra buena o mala relación con Dios en unos cumplimientos. ¿Y donde estaba lo que en verdad llevábamos en el corazón?

Es lo que Jesús le quiere hacer ver a aquel fariseo como tantas veces lo había hecho. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo’. La imagen es clara. ¿Cómo está el corazón? ¿Nos quedamos solo en las apariencias del cumplimiento?

Cuidemos de formar bien nuestra conciencia para que haya una autenticidad y una congruencia en nuestra vida. No somos testigos de Jesús solo por unos cumplimientos formales, sino que tratemos de ver la consonancia que hay en verdad en nuestra vida, en lo que pensamos, en lo que son nuestras intenciones, en los ideales que tengamos y los planteamientos que nos hacemos con lo que nos enseña el evangelio de Jesús. Pensemos por ejemplo que cuando vamos a comulgar si solo comulgamos con aquel Cristo eucarístico o estamos comulgando también con el Cristo que tenemos que encontrar con el hermano; cuando decimos que amamos a Dios sobre todas las cosas – cuando hacemos nuestro examen de conciencia y nos detenemos en el primer mandamiento – si estamos amando también a los demás, porque somos acogedores con el pobre o con el emigrante que ha llegado a la puerta de nuestra casa, si estamos siendo justos en el trato con los demás y responsables en las tareas que tenemos en nuestra sociedad, si hay veracidad y sinceridad con los que están a nuestro lado y llegamos a compartir no sólo cosas que nos puedan sobrar sino también algo de nosotros mismos como nuestro tiempo, nuestra escucha, nuestro trato agradable… Así tendríamos que mostrarnos y en muchos más detalles porque no podemos decir que le tenemos amor a Dios si no tenemos amor a los que están a nuestro lado; no olvidemos que nos dijo que todo lo que le hiciéramos al hermano a Él se lo hacemos.

Demos limosna de lo que llevamos dentro, nos decía Jesús. Pero eso significa dar lo mejor de nosotros mismos, no simplemente dar migajas cuando no dejamos escapar los peores sentimientos. ¿Tratamos a los demás como queremos ser tratados nosotros? Ya nos dirá Jesús que tenemos que amar al prójimo, al menos, como nos amamos a nosotros mismos, aunque ya nos dirá que lo tenemos que amar como Él nos amó.


domingo, 20 de septiembre de 2026

Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña

 


Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña

Isaías 55, 6-9; Salmo 144; Filipenses 1, 20c-24. 27A; Mateo 20, 1-16

¿Por qué siempre hemos de estar comparándonos los unos a los otros, sacando a relucir méritos o merecimientos, lo mejor que nosotros lo hacemos y siempre la inferioridad de los otros? Hemos convertido la vida en un tira y afloja, en una lucha competitiva para ver quién acaba primero la carrera y a la larga en buscar por los medios que sea el descalificar al otro porque al final ni lo consideramos digno de estar en esa competición.

No tendría que ser la vida una competición, porque aunque mucho hablamos de deportividad no es esa la manera habitual que empleamos para desarrollar lo mejor de nosotros mismos. Competencia en el sentido de que saquemos lo mejor de nosotros mismos para desarrollar la función que tengamos en la vida o ser nosotros mismos es una cosa, pero convertir la vida en una competición es bien distinto. Por eso andamos siempre con el reloj en la mano, no tanto para aprovechar nosotros el tiempo que no se nos pierde en superficialidades, sino para tener en cuenta y medir lo que hacen los otros, que siempre nos parecerá que no vale tanto como lo que nosotros hacemos.

Son los primeros pensamientos que me surgen al escuchar la Palabra de Dios que en este domingo se nos ofrece. Muchas veces habremos reflexionado sobre esta parábola de los obreros llamados a la viña en distintas horas del día. Una parábola que rompe esquemas sobre la forma cómo nosotros nos organizamos y medimos lo que hacemos. Una parábola que nos enseña cómo valorar el trabajo pequeño o grande que realizan los demás. Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña. Una parábola que nos hace mirar con ojos distintos a los que llegan a nuestro mundo y a nuestra vida en la hora del hoy manteniendo siempre por encima de todo su dignidad de personas y valorando que en esta hora que nos parece intempestiva sin embargo pueden hacer por nuestro mundo y por nosotros. Una parábola que nos está enseñando lo maravilloso que es el amor que nos tiene que hacer comprensivos y generosos abriendo siempre nuestros brazos con un sentido amplio y universal.

Los obreros de la primera hora quizás miraban mal a aquellos que se incorporan en horas distintas, al final protestarán porque a los últimos se les ha pagado igual que a los primeros que parecieran que se llevaron todo el calor y el bochorno del día. ¿No habrán también en nosotros esos sentimientos encontrados en relación a lo que hacen los demás porque nos parece que lo que hacemos nosotros sí vale y tendría que tener el reconocimiento de lo que hemos hecho?

Afloran a veces sentimientos negativos en nosotros cuando vemos tanta gente distinta a nuestro alrededor y nos aparecen incluso algunos resabios racistas en relación a los que vienen de otros países. Nos van a quitar el pan de nuestros hijos, dicen a veces algunos, como si el mundo fuera solo nuestro. ¿No tendría que decirnos a nosotros, como aquellos obreros de última hora de la parábola, que están ociosos porque nadie los ha contratado? Tanto que hablamos de la globalidad de nuestro mundo, tanto que hablamos de la dignidad de las personas y ¿por qué hacemos tantas distinciones que se convierten en discriminaciones?

Por eso decía que esta parábola nos va a enseñar a tener una mirada distinta y a provocar en nosotros unas nuevas actitudes para hacer que la vida sea más que una competición una colaboración entre todos, cada uno desde su tiempo y su lugar, para hacer que tengamos un mundo más humano, nuestras mutuas relaciones tengan más humanidad, y ciertamente aprendamos a ser verdaderamente solidarios los unos con los otros. Es el camino del amor que tendría que imperar en nuestra vida.

Ya nos recordaba el profeta que los planes de Dios son distintos y superiores a la mezquindad con que nosotros vamos caminando por la vida. Es la novedad que nos ofrece el evangelio que nos pedirá una vestidura nueva, unos odres nuevos para el vino nuevo, un hombre nuevo que se haya despojado de esas vestiduras viejas del egoísmo y la insolidaridad para vestir el traje de fiesta que siempre resplandece con las múltiples joyas del amor vivido en los mil detalles con que expresamos el amor a cuantos nos rodean, sean quienes sean, hagan lo que hagan. ¿Vestiremos ese traje del hombre nuevo de la gracia?


jueves, 14 de mayo de 2026

Testigos de Cristo resucitado convencidos que lo que llevamos en el corazón lo manifestamos en las actitudes y posturas de su vida de cada día

 


Testigos de Cristo resucitado convencidos que lo que llevamos en el corazón lo manifestamos en las actitudes y posturas de su vida de cada día

Hechos 1, 15-17. 20-26; Salmo 112:  Juan 15, 9-17

En este día 14 de Mayo celebramos la fiesta de un Apóstol, san Matías, que había sido elegido por el grupo de los Apóstoles por la ausencia de uno de los elegidos del Señor por su traición; la primera lectura nos ha relatado el proceso habiendo sido elegido uno que había sido testigo de la vida y de la resurrección del Señor, de los que había estado con El, cercano a aquel grupo de los Doce de los que ahora va a formar parte. Es un detalle importante a tener bien en cuenta, porque de la misma manera nosotros tenemos que ser ante el mundo testigo de lo que hemos vivido y experimentado por la fe en nosotros mismos.

Por ahí va la referencia del texto del Evangelio que ahora cuando ya estamos a punto de terminar la Pascua hemos de tener bien en cuenta. Es un texto que ya hemos escuchado y meditado en este tiempo pascual, pero que nos viene a ayudar de nuevo como resumen del mensaje pascual, del que, como decíamos, tenemos que ser testigos.

‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor`, nos dice Jesús. Una experiencia de amor que hemos de hacerla vida en nuestra vida; porque nos sentimos amados y con un amor como con el que se siente amado Jesús por el Padre así nosotros tenemos que envolver de amor nuestra vida, más aún, amar desde lo más hondo de nosotros mismos, por eso nos dice que permanezcamos en su amor.

Ninguna otra cosa puede fundamentar su vida, es una experiencia hermosa y de una total profundidad. No son aditivos que ponemos a nuestra vida, como su fueran unos parches para quedar bien y bonitos; esos adhesivos tienen poca permanencia porque pronto el viento los vuela y se los lleva; no son cositas que hagamos por aquí o por allá donde vayamos poniendo algunos remedios o remiendos para tapar tantos agujeros de desamor que hay en la vida.

No se queda tampoco en unos sentimientos bonitos que nos llenan de emoción, porque las lágrimas de la emoción se evaporan y cuando se acaben las emociones damos también por terminado el amor,  pronto entonces nosotros seríamos llevados por el viento de acá para allá y se nos desinfla el amor. Demasiado hemos visto en muchos actos religiosos las emociones explosivas de muchos que parece que se convierten en fanatismo, pero que pronto se olvidan y en el día a día de la vida no se manifiestan esas actitudes y valores cristianos. Por eso Jesús emplea esa palabra, permanecer, porque es un amor permanente, un amor para siempre, un amor que no se gasta ni se cansa, un amor que echa raíces en nuestra vida y crece para llenarlo todo de sentido y de valor.

Tenemos que ser unos testigos, pero testigos convencidos que lo que llevan en el corazón lo manifiestan en las actitudes y posturas de su vida de cada día. Es por eso por lo que tenemos que cuidar y cultivar bien nuestra fe para darle esa profundidad que abarque toda nuestra vida. Será así como seremos verdaderos testigos. Esa experiencia de fe, esa experiencia de sentirnos amados de Dios tiene que ser algo hondo en nuestra vida y hemos de saberla ir renovando continuamente para que no se enfríe, para que no vayamos cayendo por esa pendiente de la tibieza que al final se queda en nada.

La celebración de la Eucaristía que cada semana vivimos los cristianos en el día del Señor tiene que ser algo muy vivo. Todos hemos de poner nuestra parte, darle toda esa intensidad no dejándonos llevar por la desgana y la rutina. De cada Eucaristía tendríamos que salir con el espíritu caldeado para llevar luego ese fuego de amor a los demás. Mucho tendríamos revisarnos en este sentido.


martes, 5 de noviembre de 2024

Bienaventurado el que coma en el Reino de Dios… el banquete está preparado… Jesús nos invita esperando nuestra respuesta

 



Bienaventurado el que coma en el Reino de Dios… el banquete está preparado… Jesús nos invita esperando nuestra respuesta

Filipenses 2, 5-11; Salmo 21; Lucas 14, 15-24;

Había una persona que había tenido noticia que un pariente iba a celebrar la boda de su hija, hasta ahora no lo habían invitado aunque él tenía unos grandes deseos de ir a esa boda, a ese banquete; finalmente le llegó la invitación, se preparó como pudo para no quedar mal ante sus parientes y se dispuso a ir a la boda y correspondiente banquete; una gran fiesta y una comida preparado, como se suele decir, por todo lo alto, pero cuando fueron sirviendo las distintas viandas preparadas para el caso nuestro amigo se llevó un chasco; la comida era muy refinada, pero él no estaba acostumbrado a ese estilo y prácticamente casi no comió nada; al final salió protestando porque según él lo que habían servido no valía para nada y él prácticamente se había quedado con las ganas. Eran otros sus gustos y apetencias, aquello fue como un fracaso para las ilusiones que había tenido.

Es un hecho real lo que cuento, de alguien que yo he conocido que me ha venido a la memoria al escuchar hoy el evangelio. Jesús estaba invitado en casa de unos fariseos, y alguien se expresó públicamente qué bueno sería sentarse a la mesa del Reino de Dios. ¿Una referencia a lo que Jesús anunciaba de la inminencia del Reino de Dios? ¿Hasta donde llevarían en verdad esos deseos que ahora manifestaba?

Jesús les viene a decir que muchas pueden las manifestaciones y deseos que se tengan del Reino de Dios, como un banquete al que estamos invitados, pero que nos puede suceder que cuando llegue ese momento nosotros no estemos por la labor de participar en ese banquete. Y para eso les propone una parábola que todos bien conocemos.

El Rey que prepara el banquete de bodas de su hijo para el que tiene muchos invitados y a la hora del banquete manda llamar a los invitados. ‘El banquete está preparado’. Pero otros eran los intereses de aquellos invitados porque todos comenzaron a dar sus disculpas para no asistir. No quería probar bocado de aquel banquete. Tenían otras apetencias u otros gustos. Serían ahora otros los invitados.

¿Qué nos está queriendo decir Jesús? ¿Cuáles son realmente nuestros intereses concretos en relación a lo que Jesús nos ofrece? Muchas veces hasta nos manifestamos muy religiosos; no faltamos a una fiesta como no faltamos a un entierro, nos hemos preocupado muy mucho de bautizar a nuestros hijos, y que no pase mucho tiempo después del nacimiento y lo hemos celebrado también por todo lo alto, nos preocupamos de que nuestros niños hagan la primera comunión y ya haremos todos los esfuerzos para celebrarlo a lo grande, pero ¿llegaremos a pasar de ahí a algo más en nuestra vida para decir que somos cristianos? Bueno, no hay nadie que lo sea más que yo, nos atrevemos a decir, pero veamos realmente por donde anda nuestra vida.

¿Cuáles son en verdad los valores que nosotros tenemos o los valores con los que tratamos de educar a nuestros hijos? ¿Dónde está o hasta donde llega nuestra participación en la vida de la comunidad cristiana? ¿Solo porque venimos a la fiesta y a la procesión o un día vamos a un santuario de nuestra devoción y por eso nos creemos más cristianos que nadie? ¿Llegaremos a tener entre nosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús, como nos decía el apóstol Pablo?

Como aquellos invitados a la boda que prefirieron otras cosas, que se marcharon a sus cosas, o que no les gustaba lo que allí se les ofrece, como le sucedía al amigo del que hablaba al principio que no le gustaba las viandas del banquete. No terminamos de saborear de verdad lo que es el Reino de Dios del que nos habla Jesús, no terminamos de saborear el evangelio, la Palabra de Dios y nos buscamos otras cosas con las que pretendemos llenar nuestra vida.

Bienaventurado el que coma en el Reino de Dios… el banquete está preparado… Jesús nos está invitando, ¿Cuál es nuestra respuesta?

martes, 17 de septiembre de 2024

Hemos de saber detenernos ante tantos que van como muertos para tender la mano y decirles como Jesús ‘levántate’, escuchando en nosotros también esa invitación de jesus

 


Hemos de saber detenernos ante tantos que van como muertos para tender la mano y decirles como Jesús ‘levántate’, escuchando en nosotros también esa invitación de jesus

1Corintios 12,12-14.27-31a; Salmo 99; Lucas 7,11-17

Nos habrá sucedido más de una vez; mientras nos desplazamos de un lugar a otro en nuestra ciudad o allí donde hacemos la vida, de pronto nos topamos con un entierro. Una cosa natural, pensamos, porque todos hemos de morir; sin embargo son diversas las reacciones que podemos tener en ese momento; desde el fastidio porque se nos atrasan nuestras carreras al no poder cruzar en aquel momento por donde queríamos ir, o distintos sentimientos y reacciones que nos pueden surgir al encontrarnos con el hecho de la muerte.

Insensibles pasamos de largo, nos quedamos esperando que pase la comitiva, sin mostrar ningún interés como si aquello no fuera con nosotros, no es un pariente, no es una persona conocida o con quien hayamos trabado relaciones en la vida; pero muchos son los sentimientos que pueden aflorar desde compasión para los familiares que vemos tristes en el cortejo, incomodidad en nuestro interior porque nos hace pensar en el fin de nuestra propia vida, y cuando decimos fin nos podemos referir a todas las acepciones que tenga la palabra; lástima quizás no solo por aquellos familiares que están sufriendo la pérdida, sino pensando en el mismo difunto, que puede ser joven o mayor, que puede ser un niño pequeño o un anciano, que haya podido morir de improviso, por un accidente o tras larga enfermedad.

Pero seguro que no nos quedamos tan tranquilos porque a la larga podemos pensar en tantos que estando vivos sin embargo viven como muertos su propia existencia, sin rumbo en la vida y sin ningún sentido que les haga valorar lo que hacen o por lo que luchan, atados a dependencias de todo tipo que terminan viviendo como autómatas pero sin vida propia, personas que viven en la rutina y sin ninguna ilusión sino que simplemente van dejando pasar los días, gentes llenas de amarguras que no saben vivir la vida afrontando las propias realidades y entonces no saben disfrutarla, y así podríamos seguir pensando en tantas situaciones con lo que nos damos cuenta que nos estamos encontrando con demasiados muertos en la vida.

Es bien significativo este pasaje del evangelio con este encuentro de Jesús y los discípulos con aquella comitiva que salía de la ciudad de Naim para enterrar a aquel hijo único de una madre viuda. Mucho podemos ver, pues, tras esta imagen que se nos interpone ante nosotros reflejando aquel hecho en nuestra propia vida. Es como un cristal traslúcido que nos hace ver ambas situaciones interpuestas la una sobre la otra. Es el filtro del evangelio con el que tenemos que ver nuestra vida.

Jesús no pasó de largo, se detuvo e hizo detener también la comitiva. Escasas son las palabras que le oímos pronunciar, ‘no llores’ le dice a la madre, ‘levántate’, le dice el muchacho difunto. Y se levantó y se lo entregó a su madre.

Sigamos escuchando esas palabras de Jesús, ‘no llores’, ‘levántate’. ¿Nos lo estará diciendo a nosotros? Quizás también vamos apenados por la vida ¿conscientes de la muerte que hay en nosotros? ¿Conscientes de la muerte que reina a nuestro alrededor? ¿Llenos quizás de amarguras, de fracasos, de desesperanzas, de pérdidas de ilusión? ¿Solo regodeándonos en nuestro propio dolor, en nuestros fracasos o en la desorientación con que a veces caminamos por la vida?

Pero Jesús está diciendo también ‘levántate’. No nos quedemos envueltos en nuestro dolor, sumidos en nuestras desesperanzas, vacíos en nuestras superficialidades, desorientados en nuestros caminos sin rumbo, llenos de negruras porque solo vemos cosas que nos parecen inalcanzables que nos hacen sentirnos frustrados por no conseguir lo que nos proponemos, dando zigzag de un lago para otro porque no hemos puesto verdaderas metas en la vida.

‘Levántate’, nos está diciendo Jesús. ¿Habremos sabido detenernos a su lado para escuchar su invitación? Pero ¿sabremos detenernos ante tantos lugares de muerte, personas que van en la vida como muertos para tender nuestra mano y decirles también como Jesús ‘levántate’?

jueves, 8 de agosto de 2024

En medio de nuestro camino de fe cuando nos envuelven problemáticas que nos hacen sufrir, ¿cuál es nuestra manera de reaccionar?

 


En medio de nuestro camino de fe cuando nos envuelven problemáticas que nos hacen sufrir, ¿cuál es nuestra manera de reaccionar?

Jer, 31, 31-34; Sal. 94; Mt. 16, 13-23

Hay momentos en que parece que las emociones que se nos suceden están como enfrentadas porque igual pasamos del entusiasmo y la euforia a momentos en que sentimos que las palabras caen como una loza pesada sobre nosotros y no terminamos de entender lo que nos sucede. Todos hemos tenido esos momentos de entusiasmo y hasta de alegría loca, mientras al momento se nos suceden momentos en que todo se nos vuelve oscuro sin encontrar comprensión para lo que sucede.

El pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece pareciera que va por ese camino. El grupo de los discípulos más cercanos a Jesús se encuentran a solas con El en aquellos momentos en que de alguna manera se sienten alejados de los entusiasmos de las multitudes que siguen a Jesús, pero es que son momentos de intimidad, de ir abriendo el corazón, de sentirse a gusto con Jesús, de ir manifestando incluso lo que piensan o lo que sienten, como sucede cuando tenemos esos momentos de mayor cercanía e intimidad.

Es ahí cuando surge la pregunta, o mejor las preguntas de Jesús sobre algo que les obligará a abrir más aun sus corazones aunque no sepan incluso como hacerlo. De alguna manera era preguntar por el cariño que sentían por Jesús aunque esas no sean las palabras que se emplean; pero es preguntar por lo que sienten la gente por Jesús y por lo que sienten ellos por Jesús. Por eso digo, no fue una sola pregunta sino que a la primera de lo que pensaba la gente se sucede la que va más directa a lo que ellos piensan.

‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Es la primera pregunta en la que se va a ir recogiendo lo que pensaba la gente, por lo que ellos escuchaban; pero era también una forma de expresarse ellos que también podían tener en su mente pensamientos semejantes. Lo llamaban el Maestro, era algo así como reconocer en él lo que también decía la gente de que con su Palabra y su presencia se palpaba un mensaje de Dios como hacían los profetas; esto sí que es nuevo, se decían cuando lo escuchaban, nadie ha hablado como El, con su autoridad. Algo de eso ellos sentían también en sus corazones, pero que muchas veces no sabían como expresarlo y por eso lo habían dejado todo y le seguían.

Aunque ya se van manifestando Jesús quiere algo más, que expresen libremente y con toda confianza lo que ellos verdaderamente sentían. ‘Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ Es la pregunta más directa que también es más difícil de responder. Pedro se convierte en portavoz. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Ahí están las palabras de Pedro, directas y con rotundidad; un día dirá que está dispuesto a todo por El, hasta dar su vida. Ahora deja que salga lo que brota de su corazón. Aunque Jesús le dirá que no lo dice por si mismo, que eso es algo que le ha sido revelado del cielo, que el Padre le ha puesto en su corazón.

Y Jesús le hablará de la misión que le tiene reservada. Ya un día le había cambiado el nombre como adelantando lo que va a ser su misión. Es lo que ahora le dice claramente. Es Pedro, será piedra y piedra que será cimiento, que será fundamento sobre el que se va a edificar la Iglesia. No sé si estarán entiendo todo el significado de las palabras de Jesús porque ahora cuando nos las trasmiten ha pasado ya la resurrección donde llegarán a comprender todo el misterio de Jesús. Pero las palabras de Jesús son también de confianza, ‘el poder del infierno no la derrotará’.

Momentos sí de emoción en aquella conversación de tan gran intimidad; momentos que ponen entusiasmo en sus corazón que se llenan de esperanza porque están vislumbrando algo nuevo que va a surgir, que aquel seguir a Jesús como ellos han hecho por los caminos de Galilea y de Palestina, sí han merecido la pena. Aunque todavía no terminan de entender del todo lo que significa ser el Mesías, ellos parece que están comenzando a ver realizados sus sueños, que eran los sueños del pueblo de Dios que esperaba la salvación.

Pero todo no se queda ahí y es cuando viene el desconcierto. Porque ahora les anuncia que ese Hijo del Hombre al que ellos han proclamado ya como Hijo de Dios, ha de subir a Jerusalén para pasar por una pascua de dolor y de sufrimiento. Porque allí en Jerusalén tendrá que padecer mucho por parte de los sumos sacerdotes y los maestros de la ley, que iba a ser incluso crucificado, aunque al tercer día resucitaría.

Es como un jarro de agua fría. Y aquel Pedro tan entusiasmado por Jesús y sus promesas le dice que eso no puede pasar, que se lo quite de la cabeza. Y Jesús lo apartará a un lado, porque es una tentación para El, porque piensa como los hombres y no piensa como Dios.

¿No serán las dudas que muchas veces también se nos meten en la cabeza? ¿No serán esos altibajos que tantas veces tenemos en nuestro seguimiento de Jesús que parece que pronto nos cansamos de seguirle y más cuando las cosas se nos pueden poner difíciles? 

En toda esa problemática que nos ofrece la vida, en toda esa problemática que vemos también en medio de la Iglesia, en nuestras comunidades, en toda esa problemática en que tantas veces nos vemos envueltos y que quizás nos hace sufrir, ¿cómo pensamos nosotros y cómo actuamos? ¿A la manera de los hombres, a la manera del mundo, en la forma de solucionar las cosas que tienen las gentes del mundo, o actuaremos según el pensar de Dios y desde otros valores?

martes, 26 de marzo de 2024

Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón y, aunque mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón

 


Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón y, aunque mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón

Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Hay momentos en que afloran las emociones y nos sentimos incapaces de controlarlas. Hasta la persona más fría del mundo, la que nos parece que nunca se inmuta, aquel que parece que se ha cubierto con una coraza para no dejar entrever cuales son sus sentimientos también tiene un momento en el que el control desaparece y afloran todas sus emociones.

Algunas veces parece que tenemos que mostrarnos duros e insensibles, no queremos dejar trasparentar lo que llevamos por dentro, porque nos parece quizás una falta de dominio de nosotros mismos, o porque queremos aparentar una fortaleza que quizás en el fondo no tenemos tanto como queremos insinuar; pero nos hace falta dejar trasparentar nuestras emociones para ser más humanos, eso forma parte de nuestra vida, de lo que somos, porque todo no es un fría cabeza sino que están los sentimientos que se desprender del corazón, y eso es también vida nuestra. Cuidado que esas insensibilidades aparentes sean orgullos ocultos, pero que son muy reales en nuestra vida y que por otra parte tanto daño nos puede hacer.

El evangelio que se nos ofrece en este martes santo es un evangelio donde afloran las emociones. Sí, podemos decir, Jesús está emocionado por el momento. Démonos cuenta que este episodio que ahora se nos narra está enmarcado en aquella última cena, la cena pascual que Jesús quiso hacer con sus discípulos como un anticipo o como un principio de lo que iba a ser su Pascua. En dos momentos de esta noche expresará Jesús la tristeza de su espíritu y cuanto ha deseado comer aquella pascua con sus discípulos. Al comienzo de la cena, y luego lo repetirá en su entrada en Getsemaní.

Parece como si en su emoción por el momento se le escapara lo que iba a suceder precisamente a partir de las actitudes de ellos. ‘Uno de vosotros me va a entregar’. Pero al mismo tiempo es su entrega, como así lo había manifestado, nadie le arrebata la vida, sino que El la entrega libremente. Pero por medio anda quien lo va a traicionar, o quienes lo van a traicionar. Pensamos siempre en Judas, a quien le da un poco de pan untado en aquella salsa que preparaban para comer el cordero pascual, pero a él le dice que lo que tiene que hacer que lo haga pronto. No entenderá el resto, que piensa en algún encargo de Jesús a quien era encargado de llevar la bolsa común. Pero cuando salió Judas ‘era de noche’, la oscuridad de la noche lo envolvía.

Allá queda el resto con sus buenos deseos, porque no terminaban comprender lo de la traición y la entrega, estarán dispuestos a todo por Jesús como se adelantará a decir Pedro. Siempre adelantándose sin darse cuenta que el espíritu puede estar pronto pero la carne es débil. Luego se dejará dormir en el huerto cuando Jesús les pide que oren en aquella hora tan importante. Pero Pedro siempre porfiando va a recibir el anuncio más terrible que pudiera escuchar, aunque siga sin comprender. ‘¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces’. Así a suceder antes que el gallo cante en esa noche. Sigue estando presente la noche.

Pero hay uno de quien tenemos que aprender que se ha recostado sobre el pecho de Jesús. Por algo será el discípulo amado, como tantas veces va a ser reconocido así y no por su nombre en el evangelio. Podía sentir el palpitar del corazón de Cristo. Podía él palpitar también al mismo ritmo y con el mismo amor. Suyas pueden hacer sus emociones y su sensibilidad, con Jesús podrá subir a una altura espiritual que quizás otros no podrán alcanzar.

¿Quién será el mejor que nos habla de la luz que quiere ser anulada por las tinieblas pero que será quien nos ilumine el camino, de la vida que tiene la última palabra sobre la muerte porque habrá resurrección, de la verdad porque en el espíritu de Jesús vamos a encontrar la verdadera sabiduría, del amor y de la intensidad con que hemos de vivirlo, del camino para seguir a Jesús que es Jesús mismo? Todo su evangelio estará lleno de estas imágenes que por si mismas nos están hablando de lo más profundo de Jesús.


Recostémonos en el pecho de Jesús para sentir el latido de su corazón, y aunque muchas hayan sido nuestras traiciones y negaciones, mucho sea nuestro pecado, escucharemos el latir de la misericordia y del perdón.

lunes, 19 de febrero de 2024

Una nueva pauta, una nueva medida, un nuevo estilo y sentido porque estaremos haciendo vibrar la fibra del amor llenándonos de unos sentimientos para todos

 


Una nueva pauta, una nueva medida, un nuevo estilo y sentido porque estaremos haciendo vibrar la fibra del amor llenándonos de unos sentimientos para todos

Levítico 19, 1-2. 11-18; Salmo 18; Mateo 25, 31-46

No siempre vemos las cosas de la misma manera, ni aunque tengamos delante de los ojos las mismas cosas no todos lo vemos de la misma manera, por medio pueden estar muchas cosas, desde las perspectivas desde donde lo veamos, la cercanía o la lejanía en que estemos, el estado de ánimo en que nos encontremos, o el cristal que tengamos delante de los ojos.

Variemos la perspectiva, más allá o más acá, desde un ángulo o desde otro, acerquémonos para ver los detalles, quedémonos en la distancia, o mirémoslo en su conjunto, limpiemos o no el cristal de nuestras lentes y estaremos viendo las cosas de distinta manera. Hagamos vibrar las fibras de nuestro corazón, o desprendámonos de  aquellas cosas que nos crean disonancias y comenzaremos a sentir de manera distinta. Es lo que nos está enseñando hoy Jesús.

¿Cómo miramos al que está a nuestro lado? ¿Por qué con unos nos sonreímos y sacamos la mejor expresión de nuestro rostro y pronto la conversación se hace amena y agradable, mientras que con otros nos mostramos adustos y ni a la fuerza somos capaces de sacar una sonrisa, y lo más que saldrá de nuestros labios son monosílabos entrecortados? Lo que decíamos, ¿cómo miramos al que está a nuestro lado?

No se trata solo de lo que no debemos hacer, en nombre del respeto que deberíamos tener a toda persona, simplemente por eso, por su dignidad que respetamos, sino lo que tendríamos que ser capaces de hacer cuando tenemos el corazón caldeado con el amor. Quizás solo desde el respeto evitaremos hacerle daño pero nuestras relaciones son frías y pueden quedarse en la distancia porque la fibra que tendría que vibrar no la hemos afinado lo suficiente desde el amor; es por donde tenemos que ir.

Si el que está a tu lado lo sientes como amigo seguro que esa fibra vibrará de una forma distinta; si aquel que está lejos, aunque no lo veamos claramente a causa de la distancia sabemos que es el amigo que viene a nosotros para con nosotros compartir el más pequeño detalle nos será reconocible y en la esperanza del encuentro nuestro corazón comenzará a destilar nuevos y bonitos sentimientos. Nadie será ya indiferente para mi vida.

Hoy Jesús en el evangelio, cuando está hablándoles a los discípulos, aquellos que siempre estaban con El y que incluso estaban dispuestos a todo por Jesús porque lo amaban, para decirles que su amor tiene que tener una cobertura más universal les dice que todo lo que le hagan a los demás es como si se lo estuvieran haciendo a El a quien tanto amaban. Les está haciendo cambiar la perspectiva de la mirada que han de tener con los demás, han de tener con todos. Si en el otro están viendo a Jesús estarán viendo a quien tanto les ama, y de ese amor de Jesús ellos se sienten bien seguros, y entonces como si dieran respuesta a ese amor de Jesús han de amar a los demás.

En el otro ya no vemos, no podemos estar mirando desde esas categorías humanas con las que nos catalogamos, con las que nos hacemos nuestros distingos y nuestras separaciones, en el otro estaremos viendo a Jesús, que nos llama amigos porque nos ama, que nos hace sentirnos hermanos porque comenzamos a ser una nueva familia, que nos hace vernos a nosotros mismos también de una forma distinta porque nos dice que somos hijos de Dios porque somos amados de Dios.

Otra es entonces la pauta, la medida, el estilo, el sentido que le damos al amor a los demás. Y lo que le pasa a los demás lo sentimos ya incluso como si nos pasara a nosotros mismos porque entramos en otras ondas de solidaridad.


lunes, 22 de enero de 2024

El evangelio es siempre un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo, siempre es buena noticia de salvación que nos tiene que hacer pensar

 


El evangelio es siempre un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo, siempre es buena noticia de salvación que nos tiene que hacer pensar

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30

Una página dura la que nos presenta hoy el evangelio, pero como siempre el evangelio es un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo; siempre es buena noticia de salvación. A muchas cosas nos puede llevar a reflexionar.

Por una parte ese rechazo blasfemo que hacen de Jesús los escribas y fariseos que han bajado de Jerusalén a Galilea tratando de controlar aquello nuevo que ha surgido y que a ellos les produce tanto escándalo. Rechazan la buena nueva de Jesús, rechazan su obra, no son capaces de descubrir la obra y la mano de Dios en lo que Jesús realiza, por eso llegan a la blasfemia de decir que lo que Jesús realiza es obra del espíritu maligno.

Pero la respuesta de Jesús, las palabras de Jesús tratan de ser conciliadoras; quiere hacerles comprender la incongruencia de sus planteamientos; como nos dice Jesús un reino dividido está abocado a la muerte y a desaparecer; ¿cómo puede el espíritu maligno actuar en contra de si mismo? Lo que Jesús está haciendo es expulsar al maligno de la vida de las personas, para que sea en verdad Dios el que reine en nuestra vida. Pero no llegarán a comprender.

‘¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa’. Ahí están las palabras de Jesús.  

Por eso, esa parte dura de las palabras de Jesús que les dice que quienes niegan la acción del espíritu Santo no tendrán perdón. Se ha de comprender que para recibir el perdón hay que reconocer el pecado, reconocer el mal que hay en nuestra vida y del que Jesús con el perdón nos quiere liberar; si no hay arrepentimiento, y arrepentimiento es reconocimiento del pecado y querer cambiar nuestra vida para entrar en una órbita nueva, no habría entonces perdón. Si negamos la acción del espíritu del que nos viene el perdón de Dios, tampoco habría perdón. Es necesaria esa conversión de la que Jesús nos está hablando continuamente.

Todo esto de lo que nos está hablando hoy el evangelio no es una cuestión que vemos planteada solo en aquellos momentos. Es algo actual. ¿De alguna manera no estaremos negando en nuestra sociedad actual esa realidad del pecado? Cuánto nos cuesta reconocerlo, nadie tiene pecado, nadie quiere reconocer que es pecador. Y hablaremos de errores o de debilidades, está bien si lo queremos decir así, pero ¿por qué negar la culpabilidad que nosotros podamos tener en nuestro pecado en lo que hemos obrado mal? No nos queremos sentir culpables, todo lo tratamos de disculpar, claro en lo que nos atañe a nosotros, porque bien que nos fijamos en lo que hacen mal los demás y bien que los queremos hundir en su mal. Y por supuesto en la práctica de nuestra vida hasta hemos ido desapareciendo el concepto del demonio o de Satanás del que ya no queremos oír hablar.

Y es que por otra parte olvidamos nuestra relación con Dios, con buscar lo que Dios quiere y hacer su voluntad. Olvidamos o dejamos de lado los sentimientos religiosos más profundos de la persona; es cierto que se mantienen ciertas religiosidades populares que muchas veces las reducimos a unas costumbres, unas tradiciones o un folclorismo.

Veamos y reconozcamos cómo en nuestra sociedad se han ido transformando expresiones religiosas en meras costumbres populares y que cuando incluso las celebramos le hemos mermado las expresiones religiosas más profundas. Las fiestas religiosas que marcaron el calendario de nuestra vida son ahora fiestas populares a las que incluso les hemos cambiado su nombre por fiestas de la primavera o del invierno o de no sé que nombres nos inventamos. ¿En que hemos convertido incluso nuestras celebraciones de Semana Santa? Repasemos todo lo que la rodea con sus publicidades y veamos en qué la hemos convertido.

 

jueves, 23 de noviembre de 2023

Las lágrimas de Jesús frente a la ciudad de Jerusalén tendrían que hacernos brotar lágrimas de nuestro corazón por lo que hacemos llorar a tantos a nuestro lado

 


Las lágrimas de Jesús frente a la ciudad de Jerusalén tendrían que hacernos brotar lágrimas de nuestro corazón por lo que hacemos llorar a tantos a nuestro lado

1 Macabeos 2, 15-29; Sal 49; Lucas 19, 41-44

Los hombres no lloran, nos decían cuando éramos niños, quizás con la buena intención de fortalecer nuestro carácter, de aprender a enfrentarnos de una forma dura a los problemas de la vida, también quizás desde un concepto un tanto especial de lo que es la vida, lo que es propio de los hombres y lo que es más propicio que se manifieste en las mujeres desde un cierto machismo que dominaba en cierta manera nuestra sociedad. No lo decimos para entretenernos en condenas de costumbres sociales de otra época, porque cada época tendrá sus luces y sus sombras y con los conceptos de hoy no podemos ponernos a juzgar las actitudes o posiciones de otros momentos de la historia.

Pero los hombres sí lloran, porque todos tenemos sentimientos y las lágrimas pueden ser ese río que se desborda de nuestros sentimientos, de la sensibilidad con que vivimos la vida, de aquellas que nos impresionan y nos dejan huella; serán momentos de preocupación, momentos tristes cuando se producen desgarros en el alma, momentos en que nos sentimos fracasados en nuestros intentos por alcanzar unas metas, momentos en que nos sentimos frustrados ante lo que sucede a nuestro alrededor que no es lo que esperábamos o por lo que tanto habíamos luchado, momentos de rechazo que nos llenan de amargura.

Pero no todas las lágrimas son de tristeza porque lloramos cuando nos emocionamos ante algo agradable que nos sucede; lloramos de felicidad en un encuentro con la persona amada que quizás sentíamos lejos, pero que viene de nuevo a nuestro encuentro; lloramos de alegría cuando encontramos lo que habíamos perdido, que no solo son cosas, sino también personas; lloramos de emoción cuando encontramos una luz que da sentido a nuestras vidas y nos abre nuevos horizontes… son muchos – y podríamos pensar en muchas más cosas - los llantos que hacen afluir lágrimas a nuestros ojos y hacen salir aquellos sentimientos que llevamos guardados u ocultos en el alma. Necesitamos dejar brotar esas lágrimas porque nos desinflan de muchas tensiones que llevamos en nuestro interior y que podrían explosionar de mala manera.

Hoy contemplamos uno de los llanos de Jesús de los que nos habla el evangelio. Había llorado y no hacía mucho en la no tan lejana Betania ante la tumba de su amigo Lázaro, porque así había brotado fuera la intensidad del amor de la amistad; ‘mira cómo lo quería’, dirán los que le contemplan.

Hoy llora Jesús también de amor, es la amor que siente por la ciudad de Jerusalén – signo de la unidad de un pueblo y que todo buen judío llevaba en su corazón – que no va a ser porque aquellas piedras que ahora tan bellamente conforman los edificios de aquella ciudad un día se vendrán abajo en la destrucción que pocos años después realizará el pueblo opresor. Pero aunque pudiera parecer que el motivo fuera que no quedará piedra sobre piedra de todo aquel esplendor que desde el monte de los Olivos se contempla – allí está como una señal permanente de las lágrimas de Jesús ese pequeño santuario del ‘dominus flevit – sino que es el dolor del rechazo de quienes no le quieren aceptar. ‘Porque no reconociste el tiempo de tu visita’, serán las palabras que recoge el evangelista en labios de Jesús.

Pudiéramos hacernos ahora muchas consideraciones de aquella negativa a acogerle por parte de Jerusalén y sus principales dirigentes, pero cuando hoy escuchamos esta Palabra de Dios para nosotros tenemos que pensar en nuestra propia vida, tenemos que pensar en la acogida o no que hacemos o no hacemos nosotros de la Buena Nueva de Jesús para nuestra vida.

Contemplándonos Jesús hoy a nosotros, cristianos del siglo XXI, ¿se derramarán igualmente las lágrimas de Jesús? Pensemos en los vaivenes de nuestra vida, en la inconstancia de nuestro seguimiento de Jesús, en las debilidades tantas veces repetidas y también acrecentadas que aparecen en nosotros por la incongruencia con que vivimos nuestra fe, en el descuido y superficialidad con que nos manifestamos porque más fácil nos resulta muchas veces el dejarnos llevar que el poner un empeño y un esfuerzo de superación. Mirémonos cada uno que tenemos que conocernos por dentro aunque no siempre lo reconozcamos. 

¿No seríamos nosotros los que tendríamos que llorar  por tanto que hacemos llorar a los que están a nuestro lado y a los que tendríamos que amar más?

domingo, 1 de octubre de 2023

Llega la hora del compromiso de verdad, llega la hora de ir a trabajar en la viña del padre, llega la hora de que no se quede en palabras sino que eso sea vida de nuestra vida

 


Llega la hora del compromiso de verdad, llega la hora de ir a trabajar en la viña del padre, llega la hora de que no se quede en palabras sino que eso sea vida de nuestra vida

Ezequiel 18, 25-28; Sal 24;  Filipenses 2, 1-11;

Mucho predicar y poco dar trigo. Es una crítica que con frecuencia escuchamos y nosotros también hacemos frente a tanto bla, bla, bla... tantas palabras bonitas que escuchamos - y aquí englobamos todos los ámbitos de nuestra sociedad - pero que luego se quedan en palabras, promesas olvidadas, buenas intenciones - y no queremos entrar a juzgarlas - pero en la práctica de la vida no se ve nada, no se ve ningún resultado, no se aprecia ningún compromiso serio y eficaz. nos sentimos cansados de tanta palabrería desde todos los ámbitos de la sociedad que los medios de comunicación se encargan de proyectar y ampliar su conocimiento.

Esto que constatamos con toda facilidad viendo el mundo que nos rodea, sin embargo hemos de tener mucho cuidado de pensar que nosotros nos vemos libres de esa tentación. Reconozcamos la incongruencia que tantas veces aparece en nuestra vida, en lo que hacemos y en lo que decimos, porque no estamos lejos de esa debilidad, sabemos que nos cuesta ser fieles a lo que consideramos nuestros principios, que con frecuencia olvidamos aquello que planteamos muy solemnemente y pronto caemos en esa falta de compromiso. Nuestra vida personal está llena de luces y sombras, de altibajos y de inconstancias, de momentos de entusiasmo dispuestos a hacerlo todo y de cansancios y decaimientos que nos llevar a irnos arrastrando como todos.

Es a lo que nos quiere alertar hoy Jesús con esta breve parábola de los dos hijos enviados por el padre a trabajar a su viña. Allí estaban escuchándole los sumos sacerdotes y los maestros de la ley y al final Jesús nos sentenció diciéndonos que nos van a preceder en el Reino de los cielos los publicanos y las prostitutas. Es un interrogante muy importante el que Jesús nos plantea. Es una mirada sincera a nuestra vida la que hemos de tener. Es un reconocimiento humilde de nuestra debilidad que tendría que llevarnos a la actitud de aquel hijo que aunque había dicho que no, al final arrepentido fue a trabajar a la viña de su padre. ¿Seremos capaces de un reconocimiento así?

Es muy fácil hablar del amor, de que todos tenemos que querernos, de que tenemos que ayudarnos los unos a los otros, de que siempre tenemos que hacer el bien, de que hemos de ser sinceros en la vida y hablar claramente y sin tapujos sin falsas vanidades. Pero bien sabemos cuánto nos cuesta. Tenemos que aprender a elevar nuestra mirada. Tenemos que sentir la fuerza que nos viene de lo alto y nos impulsa y nos quiere guiar por caminos buenos. Pero hemos de querer tener la voluntad, que tantas veces es débil.

Hoy nos dice algo muy hermoso el apóstol en la carta a los Filipenses. 'Tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús'. Es alta la meta, el ideal que se nos propone. Hemos de levantar nuestra mirada, como decíamos, para contemplar la obra de Dios en Jesús. Por eso san Pablo nos está enseñando a cómo hemos de saber ser humildes pero también respetuosos con los demás, tener esas entrañas compasivas, como nos dice; alejar de nosotros toda ostentación y vanagloria, ser comprensivos con los otros, valorar lo que hacen los demás ante los que nos mostraremos siempre humildes para considerarlos incluso mejores que nosotros. Ya sé que no es fácil, porque el amor propio, el orgullo, la vanagloria nos aparece pronto por dentro.

Por eso, como nos dice el Apóstol, tenemos que fijarnos en Jesús. Ver su trayectoria, ver su camino de humildad y de entrega, 'se anonadó' nos dirá el apóstol, se hizo el último y el servidor de todos. Camino delante de nosotros. Por eso lo pedía con tanta insistencia a sus discípulos cuando los veía discutiendo entre ellos quien iba a ser el primero o el más importante. Siempre nos dirá que tenemos que hacernos los últimos y los servidores de todos. Hoy nos dice el apóstol 'considerad por la humildad superiores a los demás', por eso lejos de nosotros la ostentación y el orgullo.

Todo esto lo sabemos muy bien, porque muchas veces lo hemos escuchado en el evangelio y lo hemos meditado. Pero llega la hora del compromiso de verdad, llega la hora de ir a trabajar en la viña del padre, llega la hora de que no se quede en palabras sino que eso sea vida de nuestra vida. Confiamos en la bondad y en la misericordia del Señor para que perdone nuestras debilidades que son muchas, pero para que sintamos la fuerza de su gracia que nos haga actuar en la verdad del amor.


sábado, 31 de diciembre de 2022

Despertemos a la luz, despertemos a la vida, quienes la han recibido, han recibido el poder ser hijos de Dios, iluminados vayamos a llevar la luz a los demás

 

Despertemos a la luz, despertemos a la vida, quienes la han recibido, han recibido el poder ser hijos de Dios, iluminados vayamos a llevar la luz a los demás

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18

Aquella mujer se había encerrado en un cuarto oscuro y tenía también cerradas todas las puertas y ventanas por donde pudiera entrar un rayo de luz; cuando la encontraron así lo primero que quisieron hacer era abrir las ventanas, encender las luces pero aquella mujer no se los permitió de ninguna manera. ¿Qué le sucedía? ¿Le hacía daño la luz a sus ojos? Algunas enfermedades pueden producir ese efecto, ese daño y esas personas no soportan la luz. ¿O es que se había acostumbrado a aquel mundo de tinieblas y eso le bastaba a ella y no necesitaba otra cosa? Resultaba incomprensible para quienes con buena voluntad querían ofrecerle los resplandores de la luz. Nos parece que un mundo de sombras es incomprensible, imposible de vivir.

Hablando en lenguaje figurado ¿no nos encontraremos también en la vida quienes rechazan la luz? El que no quiere saber, no quiere adquirir conocimientos, el que prefiere no enterarse, el que no busca la verdad, el que solo se busca a sí mismo y solo quiere ser luz para sí, el que quiere vivir aislado en la vida y no soporta que nadie le pueda decir algo, darle una orientación, el que prefiere la maldad de su corazón con sus desconfianzas, sus sospechas, sus juicios condenatorios, el que rechaza la fe. Nos puede suceder que estemos prefiriendo las tinieblas.

No nos puede resultar extraño esto, no nos puede resultar extraña la actitud de aquella mujer que prefería seguir viviendo con las ventanas cerradas para no dejar entrar la luz. Es que nos está sucediendo más de la cuenta. Es lo que nos encontramos en nuestro mundo; es lo que vemos en tantos a nuestro alrededor que no quieren admitir la posibilidad de algo distinto, de algo superior, de algo mejor, porque dicen que se bastan a si mismos, y tampoco quieren necesitar de Dios.

Pudiera suceder también que los que tenemos luz no sabemos ofrecerla a los demás, que nuestras luces no brillen lo suficiente, que no impacten como algo nuevo y distinto que llame la atención. Uno camina por la vida y nos encontramos con tanta gente indiferente, descreída, que ha abandonado toda posibilidad de unos sentimientos mismamente religiosos. Hay más gente en sombras a nuestro alrededor de lo que imaginamos, porque realmente muchas veces los cristianos tampoco pensamos en eso, tampoco tenemos la inquietud de ofrecer nuestra luz a los demás.

Pienso en la sociedad en la que vivo, donde todos nos decíamos cristianos, se hablaba de la España católica con tantos aires quizás de triunfalismo en otros tiempos y vemos por donde van los derroteros de nuestra sociedad en nuestros tiempos. Todavía decimos que hay unos sentimientos religiosos porque hacemos unas fiestas o celebramos con un brío muy grande la semana santa, o todos dicen que estamos ahora mismo en navidad. Pero lo hemos convertido en costumbres y tradiciones para unos momentos determinados, para realizar unos actos que se convierten simplemente en actos sociales, pero el sentido del evangelio, el sentido de Cristo no ha calado en la mayoría de esas personas.

Las tinieblas nos están invadiendo. Realizando actos que tradicionalmente los hemos llamado religiosos sin embargo se sigue caminando a ciegas, y la fe no impregna de sentido las vidas de esas personas. Se realizan en un momento determinado esas tradiciones pero luego se vive como si no se tuviera fe. Terminamos porque incluso la gente va a la Iglesia para unos determinados ritos y ya no sabe ni como ponerse ni qué hacer. Y decimos que vivimos en una sociedad que es cristiana. Habría que poner un interrogante.

Hoy hemos escuchado la primera página del evangelio de san Juan. Se nos habla de la Palabra, de la vida, de la luz. Se nos habla de la Palabra que planta su tienda entre nosotros para hablarnos del misterio de la encarnación de Dios, que hemos venido celebrando, que aún estamos celebrando. Pero se nos habla de las tinieblas que no se quisieron dejar iluminar por la luz. Nos está hablando de nuestra realidad, esa que tenemos a nuestro lado o acaso en nosotros mismos. Despertemos a la luz, despertemos a la vida. Quienes la han recibido, como un don de Dios, han recibido el poder ser hijos de Dios.

Que iluminados con esa luz vayamos a llevarla a los demás. Que demos buen testimonio. Que seamos auténticos testigos de la luz para que vuelva a iluminar nuestro mundo. Lo necesita. Nos necesita. Necesita esa Luz que solo en Cristo podemos encontrar.

jueves, 29 de diciembre de 2022

En un niño el anciano Simeón vio a Dios y el cumplimiento de sus promesas, dejémonos sorprender por la ternura de un niño y nos sentiremos mirados por Dios

 


En un niño el anciano Simeón vio a Dios y el cumplimiento de sus promesas, dejémonos sorprender por la ternura de un niño y nos sentiremos mirados por Dios

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Cuántos pensamientos y cuantos sentimientos se suscitan en nuestro interior cuando tomamos en nuestros brazos un niño pequeño, cuántas emociones se despiertan pero también cuántos interrogantes se plantean; la ternura de un niño pequeño no nos deja insensibles y aparece casi sin querer toda la ternura de nuestro corazón, no nos podemos resistir, se nos derrite el corazón.

Aquella mañana desfilarían muchos niños recién nacidos en brazos de sus padres por el templo de Jerusalén para hacer sus ofrendas al Señor. Por allá había unos ancianos de ojos cansados por el paso de los años, pero muy vivos y atentos por otra parte por lo que sentían que el Señor les decía en su corazón, que sentirían, sí, por todos aquellos niños ese despertar de su ternura tan sensible a sus años, pero sería un niño especial el que llamaría su atención y al que inmediatamente se dirigieron.

El anciano había sentido el impulso del Espíritu del Señor que le señalaba que allí estaba el elegido y el esperado. Un día había sentido en su corazón la divina inspiración de que sus ojos no se cerrarían a la luz de este mundo sin haberse encontrado con el que era la luz verdadera. Ahora ya sus ojos pueden cerrarse en paz porque ha podido contemplar al deseado de las naciones y aquel por quien tanto suspiraba su llegada porque era el Ungido del Señor. No era para él un niño cualquiera el que ahora tenía en sus brazos porque contemplaba al Salvador aquel que era presentado ante todos los pueblos como la luz que ilumina las naciones.

Aquella flor que comenzaba a florecer para perfumar al mundo con su presencia sin embargo tenía una espina de sufrimiento. Era el Ungido del Señor que viviría su amor hasta el extremo, hasta dar su vida y de una forma cruenta para que nosotros tuviéramos vida. Por eso para aquella madre que se gozaba en cuanto escuchaba en relación al hijo de sus entrañas había una espada que le atravesaría el alma. A María no le importaba, porque su sí había sido total, en ella estaba la total disponibilidad de su corazón y podría entender lo que sería enseñanza de su propio hijo de que no hay amor más grande que el de quien es capaz de dar su vida por los que ama. Es lo que haría Jesús y para ella sería una espada que le atravesara el alma, pero era lo que abarcaba también su sí al ángel de la anunciación.

Dejemos despertar en nosotros esas emociones del alma. No endurezcamos el corazón queriéndonos hacernos los fuertes y los valientes. Dejemos que la ternura de un niño nos envuelva el alma y se derrita también nuestro corazón en esa misma ternura. Sigamos emocionándonos cuando contemplamos la mirada y la sonrisa de un niño, dejémonos sorprender por la mirada de los que vamos encontrando por el camino.

Dejemos de agachar la cabeza, desviar nuestra mirada, acallar una lágrima y una emoción que puedan aparecer en nuestros ojos, no nos importe que el corazón comience a latir con fuerza, dejémonos sorprender por esas cosas sencillas que nos puedan suceder todos los días, pero descubramos detrás de todo eso mucho más, podemos descubrir la sonrisa y la ternura de Dios que nos está diciendo que nos ama y que esas cosas que nos están sucediendo en el alma son también signos de su presencia y de su amor.

No rehuyas esa mirada de Dios que nos llega tras la mirada de un niño, o las palabras torpes de un anciano que nos recuerda muchas cosas sencillas de la vida que tantas veces damos por sabidas, pero que tantas veces olvidamos. Dios tiene muchas formas de hablarnos.