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viernes, 13 de junio de 2025

Busquemos la autenticidad, mostrémonos como somos y no adornados de apariencias, aunque el tesoro esté en vasijas de barro la fuerza nos viene del Señor

 


Busquemos la autenticidad, mostrémonos como somos y no adornados de apariencias, aunque el tesoro esté en vasijas de barro la fuerza nos viene del Señor

2Corintios 4, 7-15; Salmo 115; Mateo 5, 27-32

Más de una vez habremos escuchado o nos lo hemos reflexionado por nosotros mismos que lo importante no es parecer sino ser. Si le damos importancia a lo de parecer lo de menos es lo que nosotros seamos porque estaremos haciéndonos como un disfraz para aparentar lo que no se es. Esto está muy relacionado con lo de la hipocresía; sabemos que esta palabra proviene de la forma del teatro griego que en las representaciones utilizaban una máscara para representar al personaje que correspondiera. Así andamos muchas veces por la vida bien por un lado juzgando a la gente por las apariencias que muchas veces puede ser también algo subjetivo nuestro porque según lo que pensamos es también lo que imaginamos de aquella persona, pero también es cuando nosotros nos disfrazamos con esas apariencias porque queremos dejar traslucir todo lo que llevamos dentro. Aquí tendríamos que hablar de la autenticidad en la vida.

Es lo que Jesús quiere enseñarnos en el evangelio. Que cuidemos nuestro interior, porque además por mucho esfuerzo que hagamos por aparentar, al final se nos saldrá de forma espontánea lo que llevamos dentro. Es necesario que nos manifestemos en todas las cosas con toda rectitud, y por supuesto las obras que realicemos sean buenas, pero cuidemos nuestro interior, cuidemos nuestros pensamientos, cuidemos esos juicios que podemos hacernos de los demás, cuidemos de las malas intenciones que a la callada llevamos dentro y que en un momento determinado se desbordarán.

Habla Jesús de forma concreta del adulterio, pero que nos dice que lo somos no solo cuando externamente caigamos en esos lazos, sino cuando desde nuestro interior estamos deseando a la mujer de nuestro prójimo. Hoy quizás la gente se ría de nosotros si les hablamos de malos pensamientos y nos ponemos nuestras rebajas diciendo que si consentimos o no consentimos, si llegamos a hacer realidad lo que estamos pensado o solo se queda en los pensamientos. Pues eso es lo que hay que cuidar, en nuestro pensamiento estaremos deseando hacer el mal, aunque luego aparentemente por nuestros respetos humanos o por nuestros miedos no lleguemos a realizarlo, pero la podredumbre la tenemos dentro y nos está corroyendo por dentro.

¿No recordamos lo que nos dice Jesús en otro momento de que lo que nos hace impuros no es lo que entra por la boca sino lo que sale de nuestro corazón, porque de ahí salen los malos propósitos y deseos, de ahí salen nuestros orgullos o nuestras violencias incontroladas, desde ahí buscamos esa vanidad de la vida y esas apariencias?

Por eso ese mal deseo es el que tenemos que arrancar de cuajo, desde la raíz. Jesús nos dice que si tu ojo te hace pecar, sácatelo, o si tu mano te hace caer, córtala, que más vale entrar ciego o manco en el reino de los cielos que con todo quedarnos fuera. Esas miradas nuestras tantas veces llenas de maldad, esas miradas que traslucen la envidia que llevamos en el corazón, esas miradas nuestras que parece que están desconsoladas por los oros que brillan, por las riquezas y la posesión de las cosas que nos hace ambiciosos, esas miradas turbias para desconfiar, para querer ver siempre el lado oscuro de las personas, o nos hacen sospechar de todo y de todos, esa mirada que enturbia el corazón y nos hace perder la paz y la serenidad de la vida; no hacemos pero estamos dispuestos a hacer lo que sea por aquello que ambicionamos. Así podríamos seguir pensamos en muchas más cosas que como decíamos nos enturbian el corazón, y eso turbio que llevamos dentro un día va a rebosar de nosotros y todo lo manchará a su paso.

Busquemos esa rectitud de nuestra vida, esa pureza del corazón, esos buenos deseos que buscan siempre lo bueno, esas miradas luminosas que llenan de luz la vida. Habrá autenticidad en la vida a pesar de lo débiles que podamos ser y los tropiezos en los que podamos caer. Nos decía san Pablo que llevamos un tesoro en vasijas de barro, pero la fuerza nos viene de Dios.

jueves, 29 de diciembre de 2022

En un niño el anciano Simeón vio a Dios y el cumplimiento de sus promesas, dejémonos sorprender por la ternura de un niño y nos sentiremos mirados por Dios

 


En un niño el anciano Simeón vio a Dios y el cumplimiento de sus promesas, dejémonos sorprender por la ternura de un niño y nos sentiremos mirados por Dios

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Cuántos pensamientos y cuantos sentimientos se suscitan en nuestro interior cuando tomamos en nuestros brazos un niño pequeño, cuántas emociones se despiertan pero también cuántos interrogantes se plantean; la ternura de un niño pequeño no nos deja insensibles y aparece casi sin querer toda la ternura de nuestro corazón, no nos podemos resistir, se nos derrite el corazón.

Aquella mañana desfilarían muchos niños recién nacidos en brazos de sus padres por el templo de Jerusalén para hacer sus ofrendas al Señor. Por allá había unos ancianos de ojos cansados por el paso de los años, pero muy vivos y atentos por otra parte por lo que sentían que el Señor les decía en su corazón, que sentirían, sí, por todos aquellos niños ese despertar de su ternura tan sensible a sus años, pero sería un niño especial el que llamaría su atención y al que inmediatamente se dirigieron.

El anciano había sentido el impulso del Espíritu del Señor que le señalaba que allí estaba el elegido y el esperado. Un día había sentido en su corazón la divina inspiración de que sus ojos no se cerrarían a la luz de este mundo sin haberse encontrado con el que era la luz verdadera. Ahora ya sus ojos pueden cerrarse en paz porque ha podido contemplar al deseado de las naciones y aquel por quien tanto suspiraba su llegada porque era el Ungido del Señor. No era para él un niño cualquiera el que ahora tenía en sus brazos porque contemplaba al Salvador aquel que era presentado ante todos los pueblos como la luz que ilumina las naciones.

Aquella flor que comenzaba a florecer para perfumar al mundo con su presencia sin embargo tenía una espina de sufrimiento. Era el Ungido del Señor que viviría su amor hasta el extremo, hasta dar su vida y de una forma cruenta para que nosotros tuviéramos vida. Por eso para aquella madre que se gozaba en cuanto escuchaba en relación al hijo de sus entrañas había una espada que le atravesaría el alma. A María no le importaba, porque su sí había sido total, en ella estaba la total disponibilidad de su corazón y podría entender lo que sería enseñanza de su propio hijo de que no hay amor más grande que el de quien es capaz de dar su vida por los que ama. Es lo que haría Jesús y para ella sería una espada que le atravesara el alma, pero era lo que abarcaba también su sí al ángel de la anunciación.

Dejemos despertar en nosotros esas emociones del alma. No endurezcamos el corazón queriéndonos hacernos los fuertes y los valientes. Dejemos que la ternura de un niño nos envuelva el alma y se derrita también nuestro corazón en esa misma ternura. Sigamos emocionándonos cuando contemplamos la mirada y la sonrisa de un niño, dejémonos sorprender por la mirada de los que vamos encontrando por el camino.

Dejemos de agachar la cabeza, desviar nuestra mirada, acallar una lágrima y una emoción que puedan aparecer en nuestros ojos, no nos importe que el corazón comience a latir con fuerza, dejémonos sorprender por esas cosas sencillas que nos puedan suceder todos los días, pero descubramos detrás de todo eso mucho más, podemos descubrir la sonrisa y la ternura de Dios que nos está diciendo que nos ama y que esas cosas que nos están sucediendo en el alma son también signos de su presencia y de su amor.

No rehuyas esa mirada de Dios que nos llega tras la mirada de un niño, o las palabras torpes de un anciano que nos recuerda muchas cosas sencillas de la vida que tantas veces damos por sabidas, pero que tantas veces olvidamos. Dios tiene muchas formas de hablarnos.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Los milagros de Jesús son siempre un signo de esa salvación que El nos ofrece, de ese perdón que nos regala, de ese amor con que envuelve nuestra vida

Los milagros de Jesús son siempre un signo de esa salvación que El nos ofrece, de ese perdón que nos regala, de ese amor con que envuelve nuestra vida

Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

‘¿Qué estáis pesando en vuestros corazones?’ pregunta Jesús, aunque El bien conocía el corazón del hombre y todo cuanto nos sucede o pensamos en nuestro interior. Pero quizá sea una buena pregunta que nos hagamos a nosotros mismos. ¿Qué es lo que realmente estamos pensando en nuestro interior?
Claramente no siempre lo manifestamos con palabras, pero sí se nos refleja en ocasiones sin querer en nuestras posturas y actitudes. Sospechamos tantas veces en nuestro interior y vienen las desconfianzas, las posturas distantes, distanciamientos o también enfrentamientos, encerrarnos en nosotros mismos o comenzar a hacer la guerra. Cuántas veces por eso sospecha que tenemos en nuestro interior ya calificamos o descalificamos a la otra persona, lo que dice o lo que hace, lo que nosotros sospechamos son sus intenciones sin saber lo que verdaderamente piensa, sino solo quizás desde nuestra malicia.
Qué bueno sería que hubiera sinceridad en nuestra vida y no estuviéramos con esas sospechas y desconfianzas. Pero quizás haya mucha malicia en nuestro corazón que tratamos de disimular endulzándole esa malicia a la otra persona. Y nosotros queremos aparecer como los buenos o los que poseemos toda la verdad.
Muchas mas cosas podríamos seguir analizando desde esa pregunta que nos hagamos si la hacemos y queremos responder a ella con sinceridad. Tratemos de quitar todos esos pensamientos turbios que  nos empequeñecen, que nos llenan de negatividad; tratemos de ser positivos, de ver las cosas con claridad y tratando de llenar de luz la vida, nuestra vida y la manera de mirar a los demás para ser capaces de pensar y de ver siempre cosas buenos en los otros. Es una manera de aceptarlos, de facilitar la relación y la convivencia, de crear armonía entre todos, de hacer de verdad un mundo mejor con sinceridad, con espíritu de colaboración, con búsqueda siempre de la paz.
Jesús quiere poner paz en nuestros corazones. Un signo de ello es el milagro que hoy contemplamos en el evangelio, que tan mal interpretado fue por aquellos fariseos llenos de desconfianzas y sospechas. Quiere Jesús valorar todo lo bueno de los demás y por eso alaba la fe y el espíritu solidario de aquellos hombres que traen el paralítico hasta Jesús y hacen todo lo posible porque llegue a sus pies a pesar de las dificultades que encuentran.
No quiere Jesús, por otra parte, que nunca nosotros seamos obstáculos para los demás, sino todo lo contrario, siempre cauces de amor y de cosas buenas, puertas abiertas para que todos por otra parte puedan llegar siempre hasta él. Qué terrible que seamos puertas cerradas para los demás que no solo no les dejemos llegar a nuestra vida, sino que seamos obstáculo para que otros puedan llegar hasta Jesús.
Jesús no solo cura de su invalidez corporal al hombre que llevan hasta El sino que le ofrece la salud más hondo y que todos tendríamos que desear. Los milagros de Jesús son siempre un signo de esa salvación que El nos ofrece, de ese perdón que nos regala, de ese amor con que envuelve nuestra vida. Acojamos su perdón queriendo ofrecérselo a los demás; dejémonos regalar por su amor y empapemos nuestra vida en el amor de Dios, y todo será paz, armonía, buena convivencia alejando de todos tantas esas cosas turbias que nos invalidan y nos hacen morir por dentro.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Sembremos buenas semillas siendo positivos en nuestro pensamiento y en nuestra intención

Col. 1, 24-2, 3; Sal. 61; Lc. 6, 6-11
Lo que se plantean los letrados y los fariseos de estar acechando a Jesús para ver si curaba un sábado y que esto fuera motivo para estar cavilando qué hacer con Jesús quizá no sean planteamientos que hoy nosotros consideráramos lógicos ni usuales. Realmente lo que Jesús realizó de curar a un hombre de su mal, la parálisis de su brazo, nos puede parecer que entra dentro de lo normal porque en fin de cuentas es hacer el bien.
¿Qué es lo que estaba haciendo Jesús? simplemente manifestándonos lo que es su amor compasivo y misericordioso, el corazón compasivo y misericordioso de Dios. Ante El estaba un hombre con su sufrimiento, con sus limitaciones, con su brazo paralítico e inmediatamente se manifiesta el amor del Señor, curándolo. No entienden aquellos letrados y fariseos lo que Jesús hace, porque es un sábado, pero Jesús les hace la pregunta ¿Qué es lo que esta permitido o  no permitido un sábado? ¿hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ En su legalismo su corazón se ha cerrado al amor y no entienden lo que Jesús hace, curar aquel hombre de su limitación.
Ya sabemos que todo arrancaba de su concepción religiosa de la vida y de su manera de interpretar el cumplimiento de la ley del Señor que prescribía el descanso sabático prohibiendo cualquier tipo de trabajo. Pero, más allá de ese cumplimiento o no de las estrictas leyes, en el fondo nos damos cuenta de su no aceptación de Jesús y de su mensaje evangélico. La trasformación que Jesús pedía para el corazón de quien aceptase su mensaje, era algo que parecía no entrar en sus planes. De ahí sus maquinaciones, sus sospechas y desconfianzas, actitudes bien negativas que ennegrecen el corazón porque lo que están haciendo es poner malicia dentro de nosotros.
Creo que por ahí podría ir nuestra reflexión. Cuántas desconfianzas, sospechas y recelos tenemos en ocasiones en nuestra relación con los demás. Es una tentación fácil que nos acecha y que hemos de estar bien prevenidos para no caer en sus redes.
Nos cuesta aceptar a los otros y muchas veces porque quizá nosotros no somos capaces de tener buen corazón somos desconfiados de los demás, vemos quizá o malas intenciones o doble sentido en lo que los otros hacen y eso crea dentro de nosotros un enfriamiento en nuestra relación que terminará distanciándonos y viendo mal en el otro donde realmente no lo hay. Como nosotros hemos dejado meter la malicia en nuestro corazón, entonces siempre estaremos viendo malicia en el corazón de los otros. Una sospecha llena de desconfianza estropeado una amistad; es más, podemos decir que es un síntoma claro de esa falta de amor.
Muchas veces nos cuesta la convivencia, la relación con los otros. Y mucho más nos cuesta cuando tenemos actitudes negativas en el corazón. Es necesario que seamos capaces de ser positivos; y ser positivo es pensar siempre lo bueno y alejar de nosotros el mal deseo; ser positivo es pensar bien del otro y de la buena intención con que actúa; pensar en positivo es ser capaz de descubrir el amor y las cosas buenas que hacen los demás; pensar positivo es quitar la malicia de nuestro corazón para tener unos ojos limpios que no vean nunca malicia en los demás y en lo que hacen; pensar en positivo es creer en las personas, creyendo que aunque hayan cometido errores en la vida - todos los cometemos - son capaces, sin embargo, de enmendarse y de cambiar.

Cuántas veces decimos que queremos que nuestro mundo sea mejor. Comencemos por tener actitudes positivas en nuestra relación con los demás y estaremos sembrando buenas semillas que transformen nuestro mundo.