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lunes, 11 de noviembre de 2024

Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás

 


Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás

Tito 1,1-9; Salmo 23; Lucas 17,1-6

Algunas veces se pone uno a pensar y no termina de ver por donde van los derroteros de nuestra sociedad. Es muy fácil decir que queremos una sociedad nueva; todos de una manera o de otra lo dicen sea cual sea la ideología o la manera de pensar que tengan; parece que nadie está de acuerdo con las cosas como marchaban antes, salvo los nostálgicos, y queremos hacer reformas por todas partes porque decimos que queremos una sociedad mejor.

Pero ¿sobre qué bases o fundamentos queremos construir esa sociedad? Por todas partes no vemos sino revanchas, palabras agrias porque no se sabe hacer un debate si no buscamos descalificaciones y enseguida salen a relucir los insultos, despertamos odios y enfrentamientos que habíamos dejado ya por zanjados y volvemos a desenterrar viejos enfrentamientos y divisiones; como alguien tenga un tropiezo, ya estamos todos haciendo leña del árbol caído, tapamos lo que nos conviene o lo de lo que está más cerca de nosotros buscando mil justificaciones, pero como podamos enterramos vivo al que haya tenido un tropiezo.

Escándalos del tipo que sea, errores en la realización de las cosas, cosas mal hechas o que han rayado con cosas injustas, las ha habido en todos los tiempos, pero parece que ahora yo no somos capaces de enmendar errores, no se da posibilidad a que haya una rehabilitación de las personas, y por supuesto lo del perdón parece que está bien lejos del pensamiento y del actuar. ¿Y de esa manera haremos que las cosas vayan mejor? ¿A dónde vamos a llegar?

Esto lo palpa uno en la vida de la sociedad en la que estamos, donde parece a veces que falta una madurez humana y unos valores que de verdad construyan a la persona. Y de esto todos podemos contagiarnos, porque ya no es solo a los niveles que podríamos llamar altos de la sociedad, sino que esto es lo que luego palpamos en las relaciones más a pie de calle de unos y otros, entre vecinos, entre familias, y cuidado que los cristianos y en el ámbito de la iglesia nos contagiemos de esa manera de actuar.

Me surge toda esta reflexión desde el evangelio que hoy se nos propone. Nos habla Jesús de los escándalos, y de alguna manera nos dice que son inevitables (teniendo en cuenta claro nuestra propia debilidad que fácilmente nos hace tropezar tantas veces y en tantas cosas) y ya nos dice que ay del que provoca el escándalo, pero también nos dice que tengamos cuidado. Tengamos cuidado ¿por qué? Porque, es cierto, nos podemos contagiar de la manera de reaccionar y de actuar del mundo que nos rodea. Pero Jesús a continuación nos ofrece todo un proceso, podríamos decir.

Nos habla Jesús de cómo tenemos que ser comprensivos los unos con los otros, porque todos podemos de la misma manera cometer errores - ¿No nos dirá en otro momento que el que esté sin pecado que tire la primera piedra?, y muchos buscarán cómo justificarse para tirar esa piedra – pero nos dice además como tenemos que corregirnos los unos a los otros, cómo tenemos que buscar la manera de ayudarnos; y la comprensión exige paciencia, y humildad, y mucho cariño y amor; la corrección nos lleva a perseverar en esas palabras buenas que queremos decir para convencer y para animar; y la corrección nos llevará al perdón, para que la persona se sienta en verdad rehabilitada y considerada de nuevo para volver a comenzar.  ¿Seremos capaces de hacer todo eso?

Muchas veces nos tomamos las palabras de Jesús allí por donde mejor nos conviene, pero no terminamos de escuchar todo lo que Jesús nos dice. Entiende Jesús que las personas tienen que realizar un proceso, y somos humanos, y no siempre es fácil. Pero no sabemos acompañar al que yerra y se quiere levantar; no sabemos valorar los esfuerzos que hace y que tanto le cuestan para tropezar quizás una y otra vez. ¿Es que nosotros somos tan perfectos y tenemos tanta fuerza para que a la primera cambiemos del todo y nos podamos presentar de nuevo como santos? Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás.

Si entre nosotros no somos capaces de realizarlo, ¿como seremos capaces de verdad de contribuir a que la sociedad sea mejor y destierre de una vez por todas esas revanchas y esos odios renacidos que estamos viendo continuamente?

Los discípulos a todo esto que les planteaba Jesús terminaron pidiéndole que les aumentara la fe. Les parecía, es cierto, algo muy difícil. Pero Jesús nos habla del poder de la fe, de lo que podemos hacer si en verdad ponemos toda nuestra fe y toda nuestra confianza en Dios, de la fortaleza que nos va a acompañar. ‘Si tuvierais fe como un granito de mostaza…’ nos dice.

sábado, 28 de agosto de 2021

Nos sentimos enriquecidos con la confianza que Dios ha puesto en nosotros y con la confianza que somos capaces de poner en los demás daremos valor a toda persona

 


Nos sentimos enriquecidos con la confianza que Dios ha puesto en nosotros y con la confianza que somos capaces de poner en los demás daremos valor a toda persona

1Tesalonicenses 4, 9-11; Sal 97; Mateo 25, 14-30

¿A quién confiamos nuestras cosas? Como ya lo expresamos con la palabra a aquel en quien tengamos depositada nuestra confianza. No somos dados a confiar nuestras cosas, nuestras pertenencias a nadie, mantenemos la reserva. Tenemos que encontrar a alguien con grande responsabilidad y que sepa manejar nuestros asuntos para no tener pérdidas sino mejor beneficios; si sabemos que es un manirroto y un irresponsable no le manifestaremos nuestra confianza.

Grande tenía que ser la confianza del hombre de la parábola que hoy nos propone Jesús. Porque al confiar aquellos talentos – y con esa palabra se está expresando que eran cantidades grandes – a aquellos empleados suyos cuando se fue de viaje, es porque mucha confianza tenía en ellos. Confiar en ellos era valorarlos, hacerles sentir que eran capaces cuando en ellos se había depositado esa confianza. Se harían o no merecedores de aquella confianza con sus responsabilidades o con su dejadez por la manera de llevar los asuntos, pero el primer mensaje que se nos deja va por ese camino, el de la confianza. Una confianza que nos enriquece.

Cuando Jesús nos propone las parábolas está haciéndonos comparaciones para que entendamos lo que es el Reino de Dios y cómo hemos de vivirlo. Y me atrevo a decir que el primer mensaje es cómo Dios confía en nosotros desde el momento que nos ha dado la vida. Es el regalo de Dios, es la muestra del amor que Dios nos tiene.

Y en esa vida nuestra aparecerán unos talentos u otros, porque cada uno tenemos unos valores, hay cualidades y capacidades diversas en nosotros; y no somos iguales sino que cada uno tenemos nuestra propia identidad, nuestros propios valores. Significa además que en el amor de Dios nos sentimos valorados, y eso ha de darnos mayor confianza en nosotros mismos para desarrollar lo que se nos han confiado.

No tenemos que andarnos con comparaciones que siempre nacen de ojos turbios y opacos, sino que cada uno ha de descubrir el valor de su vida y lo que en ella y con ella puede realizar. Es la responsabilidad con que asumimos nuestra vida; es el sentido de respuesta de amor que hemos de saberle dar si en una lectura creyente de nuestra vida hemos descubierto ese regalo del amor de Dios.

Vemos cómo aquel hombre de la parábola felicitará de la misma manera tanto al que había trabajado con cinco como al que había trabajado con dos, como le pedirá cuentas al que recibió solamente uno pero no supo trabajarlo, o más bien, no quiso trabajarlo. Igual de feliz fue el que recibió cinco como el que recibió dos, como igualmente podría haber sido feliz el que recibió uno.

La felicidad en la vida no está en las cantidades sino en la medida en que seamos capaces de ser nosotros mismos con lo que somos o con lo que tenemos. Ya sé que muchos van en la vida siempre ansiando tener más porque dicen que así serán más felices, pero cuando esas ambiciones nos cogen el corazón al final nos volvemos dependientes de las cosas y por mucho que tengamos nunca llegaremos a esa felicidad.

Aquel que descubre su propio ser y asume su vida podrá entrar en camino de plenitud y de felicidad. Descubre lo que eres, descubre tus valores, sean muchos o sean pocos, procura ir creciendo como persona a partir de eso que eres y entonces serás capaz de desarrollar todas tus posibilidades, podrás ir alcanzando metas en tu vida, podrás sentirte satisfecho de ti mismo, podrás sentir la felicidad en tu corazón.

Pero aprende también a contar con los demás; aprende a poner confianza en las personas que te rodean para que ellas también crean en sí mismas; nuestras desconfianzas pueden anular a los que están a nuestro lado, porque nuestra desconfianza crea sombras y negruras, impide que el otro se descubra a sí mismo cuando no es valorado. Con tu confianza estás enriqueciendo la vida del que tienes a tu lado.

Un mensaje enriquecedor el que nos deja hoy el evangelio. Nos sentimos enriquecidos con la confianza que Dios ha puesto en nosotros y con la confianza que somos capaces de poner en los demás estaremos dándole valor a la vida de toda persona.

miércoles, 3 de febrero de 2021

Ante todo humildad y apertura del corazón a la Palabra de Dios llegue por donde nos llegue y respeto y valoración del otro que también tiene una palabra buena para nosotros

 


Ante todo humildad y apertura del corazón a la Palabra de Dios llegue por donde nos llegue y respeto y valoración del otro que también tiene una palabra buena para nosotros

Hebreos 12,4-7.11-15; Sal 102; Marcos 6,1-6

Se suele decir que no hay peor ciego que el que no quiere ver; es cierto que muchas veces nos cegamos y no vemos las cosas por muy claras que estén delante de nosotros; bien porque no nos terminemos de creer aquello que nos han contando, o aquello que ha sucedido y todos nos hemos enterado, nos parece imposible; otras veces quizás somos interesados y no queremos saber, no queremos creer, no queremos enterarnos, porque pueden ser cosas que nos comprometan, pueden ser cosas que nos obliguen a tomar una decisión y ahora no estamos por el cambio; puede ser también el orgullo que se nos meta dentro de nosotros y no vamos a permitir que otro pueda prevalecer por encima de nosotros, pueda destacar más, y no creemos no queremos creer, no queremos aceptar esa realidad.

Son muchas las cosas que nos ciegan en la vida, en muchas situaciones, en muchos momentos, en nuestras relaciones con los demás o en lo que a nosotros mismos nos sucede pero que no queremos aceptar.

¿Qué les pasó a los habitantes de Nazaret? Llegó Jesús y ya con cierta fama porque lo que iba haciendo por otros lugares corría como reguero de pólvora y las noticias llegaban antes que las personas, y dado que habían escuchado que enseñaba en las sinagogas cuando el sábado fue a la sinagoga en el tiempo de la oración y de la lectura de la ley, Jesús se ofreció para hacer proclamación del profeta y se puso a enseñarles.

Sorpresa al escucharle, aunque su fama ya había llegado ha sus oídos, admiración ante su palabra y lo que enseñaba, en principio se sentían entusiasmados con sus enseñanzas, pero pronto comenzaron a verlo con ojos pueblerinos. ¿Qué nos viene a enseñar este que es el hijo del carpintero?

Allí había pasado su infancia y juventud, de allí había partido un día, como tantos en dirección al Jordán donde Juan estaba predicando y bautizando, y tras no mucho tiempo había vuelto por Galilea, aunque estaba más establecido en Cafarnaún; y ahora viene con estas enseñanzas, si El no ha acudido a ninguna de las escuelas rabínicas de Jerusalén; aquí están sus parientes – sus hermanos, como se solía llamar a todos los parientes -, todos nos conocemos. Y sus ojos se velaron. Escuchaban su Palabra por la que en principio sentían admiración pero no la aceptaban porque El solo era el hijo del carpintero.

Dice el evangelista, que Jesús se extrañó de su falta de fe, y salvo alguna curación no hizo milagros importantes en su pueblo de Nazaret. Sus orgullos de pueblo les llevaron a cerrar los ojos a la fe y no aceptaron a Jesús. Muchos filtros ponían en sus ojos y en su corazón pero faltaba el importante de la humildad. El orgullo nos ciega y sabemos que solo la humildad nos abrirá los ojos para ver la acción de Dios.

Solo desde la humildad podemos hacer el reconocimiento de Dios que viene a nosotros y se nos manifiesta donde menos lo esperamos; y Dios se nos manifiesta en el que está a nuestro lado, en el pariente o en el amigo que nos dice una buena palabra; en una persona anónima quizá pero en la que vemos un gesto que nos causa admiración; en aquel que menos pensamos porque en nuestras discriminaciones tantas veces marcamos a las personas y las creemos incapaces de hacer algo bueno. Humildad para descubrir esa acción de Dios que llega a nosotros con su vida y salvación. Pero Jesús siguió recorriendo los pueblos vecinos y haciendo el anuncio del Reino de Dios.

Mucho tenemos que aprender de este episodio. Ante todo humildad y apertura del corazón a la Palabra de Dios llegue por donde nos llegue. Después respeto y valoración de los demás para que para todos haya una sincera acogida desde el corazón.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Pongamos nosotros nuestro amor y ayudemos con ello a recuperar su dignidad a tantos que en la vida no se sienten amados significándoles también que Dios les ama

 


Pongamos nosotros nuestro amor y ayudemos con ello a recuperar su dignidad a tantos que en la vida no se sienten amados significándoles también que Dios les ama

Jueces 13, 2-7. 24-25ª; Sal 70; Lucas 1, 5-25

La presencia de Dios en la vida del hombre lo dignifica y lo engrandece. Dios no quiere nunca anular la vida del hombre, su grandeza y su dignidad sino todo lo contrario. La liberación que significa sentirnos amados de Dios nos engrandece, como nos sentimos agraciados y engrandecidos cuando en la vida nos sentimos amados.

Sentirte amado es sentirte valorado; sentirte amado es sentir que se te tiene en cuenta; sentirte amado es saber que tú no eres indiferente para aquel que te ama; sentirte amado te hace sentirte con una fuerza interior porque ya no eres un cualquiera, un ser anónimo, sino que tienes un nombre – con lo que eso significa – para aquella persona que te ama. Cuantos contemplamos en la vida que su mayor desgracia es sentir o apreciar que nadie les ama, que nadie les tiene en cuenta, que son ignorados y en consecuencia con el desprecio más terrible porque se sienten que no son nadie para nadie.

‘No temas, le dice el ángel a Zacarías, tu oración ha sido escuchada’. Se abrieron los cielos para aquel anciano; eso era suficiente para quedarse mudo sin saber que pronunciar ni decir, porque hasta entonces tenía quizá la sensación, a pesar de ser un hombre de fe, de que Dios no le tenía en cuenta, porque Dios no escuchaba sus súplicas. Ahora ya puede saltar de alegría porque sabe que Dios le ha tenido en cuenta, su oración ha sido escuchada. Quizás ya hasta no le importe que no consiga lo que tanto ha pedido, porque se le ha ido el tiempo, él es anciano y su mujer también además de ser ella estéril. Por eso quizá la respuesta al ángel, que no era rechazar el designio de Dios sino humildemente reconocer ya su capacidad humana para ser padre.

Pero el ángel viene a decirle que Dios ha escuchado su oración y las maravillas de Dios se van a realizar, porque aquel hijo que va a nacer tiene una misión, una misión muy importante en la historia de Israel, en la historia de la salvación. Va a ser el que viene a preparar los caminos del Señor, como habían anunciado los profetas. Va a ser el que irá delante del Señor con el poder y el espíritu de Elías preparando un pueblo bien dispuesto. Va a ser el que estará lleno del Espíritu de Dios ya desde el seno materno, porque será un consagrado del Señor. Cómo va a saltar la criatura en el seno de su madre aún con la visita de María, que es también la visita del Salvador, la visita de Dios para aquel hogar de la montaña.

Se quedará mudo Zacarías - ¿y quien no se queda mudo cuando recibe tan excelentes noticias? – aunque le servirá para una purificación mayor de su fe para poder cantar mejor luego las alabanzas del Señor. Es cierto que hubo duda en su corazón cuando el ángel le comunica tan maravillosa buena nueva, porque se cree indigno, para pensando humanamente parecía imposible lo que el ángel le anunciaba, porque no terminaba de percibir lo que eran las maravillas del Señor para quien nada hay imposible.

Pero ahora Zacarías podría volver con la cabeza alta a su casa de la montaña, pero con la mayor de las alegrías en el corazón porque Dios le había tenido en cuenta, porque de alguna manera Dios le había escogido a él también para una colaboración en la obra de la salvación con el nacimiento de su hijo, el mayor de los nacidos de mujer como un día dijera Jesús de él. A Isabel se le borró todo el oprobio que sentía en su corazón en su imposibilidad de ser madre y ahora toda su dignidad de mujer y de persona estaba recobrada. Son las acciones del Señor, son las maravillas del Señor que siempre nos engrandecen.

¿Nos hará también pensar todo esto cómo podemos nosotros dignificar a tantos con nuestro amor? A nuestro lado pasan muchos que sienten el oprobio de que no son amados; pensemos en cuanta discriminación sigue habiendo en el mundo en que vivimos; pongamos nosotros nuestro amor y ayudemos con ello a recuperar su dignidad a tantos que en la vida no se sienten amados. Con nuestro amor también les estaremos diciendo que cuentan para Dios y que son amados de Dios.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Aprendamos a valorar el bien y eliminemos prejuicios que llenan de malicia el corazón y vayamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea un rayo de luz

 


Aprendamos a valorar el bien y eliminemos prejuicios que llenan de malicia el corazón y vayamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea un rayo de luz

1Corintios 5, 1-8; Sal 5; Lucas 6, 6-11

La malicia que en muchas ocasiones se nos mete en el corazón transforma de tal manera nuestros sentimientos, nuestros valores y nuestra manera de ver las cosas que nos puede llegar a hacer decir que es malo aquello que sabemos muy bien que es totalmente bueno.  Son tales los filtros que ponemos en nuestros ojos que hasta lo más luminoso lo enturbiamos.

Quizá la desconfianza que mutuamente nos tenemos hacen que surjan los recelos para ver intenciones ocultas en aquello que hacen los demás; la rivalidad que nos creamos entre unos y otros quizá por nuestra diferente manera de pensar, nuestros diferentes planteamientos nos impide la cordura suficiente para reconocer lo bueno que hacen también aquellos que piensan distinto a nosotros; los resentimientos que mantenemos en nuestro corazón por viejas cosas que un día sucedieron y que crearon barreras entre nosotros nos hará que nunca podamos ver un puente que nos lleve a un nuevo encuentro y siempre estaremos con esos viejos rencores en nuestro corazón que a la larga nos destruyen por dentro.

No es que todos seamos malos y mantengamos esas malicias que así nos destruyen, pero todos nos podemos sentir tentados a actuar de esa manera en algún momento, y por supuesto tenemos que reconocer que hay muchas personas de limpio corazón que actúan siempre sin ningún tipo de maldad. Pero es bueno constatar esas realidades que nos sirvan para precavernos y si en algún momento nos llegan tentaciones semejantes seamos capaces de superarlas.

Hoy nos habla el evangelio de hechos semejantes. Jesús va a la sinagoga, era sábado y allá estaban escribas y fariseos al acecho para ver qué hacía Jesús. Había un hombre enfermo, con una mano paralizada. ¿Lo curaría Jesús siendo sábado en que estaba prohibido todo tipo de trabajo? Y es Jesús el que le pide que se ponga en medio. Y es cuando interpela a aquellos que le estaban acechando. ‘Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?’

¿Es que podemos dejar de hacer cosas buenas simplemente porque haya unas normas, puestas quizá con buena intención, pero que con nuestras interpretaciones manipulamos? Es lo que estaba sucediendo con el descanso sabático. El sábado era para el Señor y todo el día tenía que estar dedicado a Dios y a su culto y alabanza. Pero hemos de reconocer que encerraba también otra cosa buena con la obligación del descanso; no se podía convertir el trabajo en una esclavitud, y si no hubiera normas que impusiesen el descanso también podría haber gente que se aprovechara de los pobres para obligarles a trabajar y suprimirles el descanso. Pero llegar a convertir esa norma en algo que nos impidiera incluso hacer el bien no tendría sentido ninguno.

Muchas lecciones podemos, pues, deducir de este texto evangélico donde seamos capaces de ver la valoración de la persona que en todo momento hemos de saber hacer. Nada ni nadie puede esclavizar a la persona, pero en nuestras manipulaciones humanas los que se creen poderosos también con el trabajo pueden manipular y esclavizar a los que nada tienen. Y esto es algo que hoy podemos seguirnos encontrando en nuestras sociedades que decimos tan avanzadas y en que tanto se ha progresado, por ejemplo, en el derecho y respeto de los trabajadores.

Pero está la otra lección desde los aspectos con que comenzamos nuestra reflexión y que vemos reflejados en la actitud de aquellos escribas y fariseos que estaban con la malicia en el corazón al acecho de lo que pudiera hacer Jesús. Purifiquemos nuestro corazón de todo tipo de malicia; tengamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea luz, todo lo que sea bueno de cualquier parte que venga; aprendamos a valorar el bien y eliminemos toda clase de prejuicios que llenan de malicia el corazón.

lunes, 4 de mayo de 2020


El Señor nos conoce por nuestro nombre y nos tiene en cuenta, aprendamos a sintonizar con El para poder tener una sintonía de amor también con los demás

Hechos 11, 1-18; Sal 41; Juan, 10, 1-18
Cuando nos sentimos apreciados y valorados, cuando somos tenidos en cuenta y somos algo más que una pieza de puzzle o un número de una lista, nos sentimos mejor, nos sentimos más felices en lo que somos y en lo que hacemos y de alguna manera nos vemos estimulados a ser mejores, a dar lo mejor de nosotros mismos y a superarnos en aquellas cosas en las que quizás no damos la talla.
Esto que parece como muy elemental sin embargo es algo en lo que fallamos, e incluso aquellos que nos dolemos porque no se nos tiene en cuenta quizás actuamos también de la misma manera con los demás; podemos volvernos imprescindibles – o al menos eso nos creemos – y entonces vayamos también por la vida ignorando a los demás.
Qué cosa más bonita sentimos en nuestro interior cuando en una relacion con los demás, incluso más aun cuando es con personas que quizás no están tan cercanas a nuestro círculo, sin embargo nos llaman por nuestro nombre, nos valoran en lo que somos y nos tienen en cuenta en los proyectos que juntos podamos realizar. Ojalá en la vida siempre actuemos así, porque muchas veces nuestro individualismo es un lastre, y pero aun cuando es el orgullo que el mueve nuestra manera de actuar.
No puede pasar en el ámbito familiar, en el lugar de trabajo, en nuestras relaciones sociales, o simplemente en el trato con los que consideramos amigos; siempre podemos estar haciéndonos distinciones, tenemos el peligro de discriminar a alguien, o pasar de los que están más cercanos a nosotros. Lo malo sería también que en el ámbito de la iglesia, de nuestra comunidad cristiana tengamos también esos criterios restrictivos.
En el evangelio hoy volvemos con el tema del Buen Pastor. Y Jesús nos da unos buenos detalles en los que ha de manifestarse un buen pastor, y en como El se nos manifiesta como Buen Pastor de nuestras vidas. Es una imagen muy rica y que nos da hermosas lecciones.
No solo nos dice que es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, sino que nos está hablando de ese cuidado cotidiano que El tiene con nosotros, como el pastor hace con cada una de las ovejas de su rebaño a las que conoce por su nombre. No es como el asalariado a quien no le importa las ovejas, sino que las siente como suyas, como algo propio a lo que se ama y entonces se cuida. ‘Yo soy el Buen Pastor que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por mis ovejas’. Por eso sus ovejas lo escuchan y le siguen, conocen su voz.
Nos tendría que hacer pensar mucho todo esto que nos está diciendo el evangelio, en nuestra relacion con Jesús, en el escuchar su voz y seguirle. ¿Sabremos escuchar la voz de Jesús, la voz de Dios que nos habla y que nos llama? Algunas veces no hemos sabido captar la sintonía de Dios en nuestra vida. Esa sintonía está ahí, pero quizá para nosotros permanece oculta porque estamos queriendo atender a otras voces, a otros cantos de sirena que nos distraen.
Y esto se puede manifestar en nuestra vida de muchas maneras. Pero pensemos, por ejemplo, en nuestra oracion, que tendría que ser en verdad ese escuchar esa sintonía de Dios en nuestra vida, pero decimos que rezamos, que queremos orar, pero que nunca sabemos lo que el Señor nos dice o quiere de nosotros. ¿En verdad nos habremos puesto en esa sintonía de Dios? ¿Habremos sabido hacer ese silencio interior para escuchar a Dios o vamos a la oracion sin aislarnos de todos esos ruidos de la vida? ¿No tendríamos también que aun en medio de esos ruidos saber entender, escuchar, atender lo que en medio de todo el Señor quiere decirnos?
También lo que estamos reflexionando puede ser un punto a tener en cuenta para saber también tener esa sintonía con los demás, para escucharles y saber estar atentos a lo que pasa en sus vida, para tenerles en cuenta y para saber valorarles, para saber apreciar todo lo bueno que hay en los demás y para aprender a caminar haciendo camino juntos.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado


Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal. Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4
Es cierto que vamos caminando con los ojos abiertos, de lo contrario iríamos tropezando con todo y con todos, pero también hemos de decir, aunque parezca contradicción, que no siempre vamos con los ojos abiertos y suceden cosas delante de nosotros y ni las vemos ni nos enteramos.
Es mirar, prestar atención, detenernos, darnos cuenta del detalle o del gesto; no nos quedemos en una mirada superficial y ligera donde paseamos los ojos por todos lados pero al final no vemos nada. ¿Te diste cuenta de aquel detalle? Nos dice el que va con nosotros que sí ha sabido observar y se fijó en un detalle al que nosotros no prestamos atención. Pasan desapercibidos delante de nuestros ojos y no los vemos.
Ya sé que me vais a decir que hay muchos que se fijan en todo, que todo lo están observando para criticar, para ver lo malo o la segunda intención, pero yo te digo no mires con mirada turbia, porque algunas veces, es cierto, la maldad que llevamos en el corazón se convierte en persiana delante de los ojos para dejarnos ver solo lo que nos interesa desde nuestra maldad. Sin embargo hay tantas cosas hermosas que nos pasan desapercibidas; nuestros ojos se han ido entumeciendo y ya no nos permiten ver esas cosas tenues pero bellas que si nos fijamos en ellas tienen bello resplandor.
Hoy el evangelio nos habla de que Jesús estaba cerca de la entrada del templo y levantando los ojos vio a cuantos iban entrando y como estaba cerca el cepillo de las limosnas no podía menos que observar la ostentación con que algunos echaban sus limosnas, pero esos oropeles no le impidieron ver a una mujer sencilla, una pobre viuda que echó solo dos reales porque era lo que tenia. Aquella mujer hubiera pasado desapercibido, como realmente lo fue para la inmensa mayoría, frente a los sonidos tintineantes de las monedas que echaban los ricos o de los que hacían ostentación, que además querían hacerse notar.
Normalmente siempre destacamos, como lo hace el mismo Jesús, en este evangelio la generosidad y desprendimiento de aquella pobre mujer que echó cuanto tenía para vivir. Diríamos que en principio es el primer mensaje del evangelio de este día, pero como siempre decimos, con una lectura atenta podemos descubrir algo más. Y es en lo que hoy nos fijamos, la mirada de Jesús que nos enseña para nuestras miradas.
Porque hay tanto detalles en la vida que pueden ser Buena Nueva para nosotros, evangelio para nuestra vida, porque nos enseñan a vivir, nos abren los ojos para amar, nos ponen en una disposición distinta cuando nos hacen salir de nosotros, de nuestros anhelos, de nuestras preocupaciones y agobios para ver algo nuevo, para descubrir una nueva actitud, o para hacernos notar una nueva manera de mirar que hemos de tener en la vida.
Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno; abramos los ojos para ver más allá de las apariencias y poder descubrir el corazón de las personas; abramos los ojos llenos de luz para ver lo bueno, para llegar a descubrir que siempre en toda persona hay algo bueno, en toda persona puede florecer el amor, aunque si nos quedamos en lo externo solo veamos hojarasca y espinas; abramos los ojos para descubrir también el sufrimiento que muchos llevan calladamente en su corazón y necesitan el bálsamo de un corazón amigo que camine a su lado y podemos ser nosotros. Abramos los ojos y nos encontraremos a Dios en los que caminan a nuestro lado y en cuanto sucede en torno nuestro.

viernes, 4 de octubre de 2019

Aprendamos a valorar lo bueno que recibimos de los demás signo de las maravillas que el Señor cada día hace en nosotros


Aprendamos a valorar lo bueno que recibimos de los demás signo de las maravillas que el Señor cada día hace en nosotros

Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16
No siempre sabemos apreciar ni valorar lo que hacen por nosotros. Nos creemos quizás merecedores de todo y casi vemos como una exigencia que tengan que hacernos algo que nos beneficie. Ahora todo son derechos, nos creemos con derecho a todo, y esto en ocasiones nos hace exigentes con los demás. Y no sabemos apreciar lo que generosamente los otros hacen por nosotros. Quizá vamos de engreídos por la vida y somos nosotros lo que no somos generosos con los demás. Parece en ocasiones que todo se tiene que hacer por un interés, todo se hace a cambio de lo que el otro tenga que hacer por mí.
Es un mundo complejo en este sentido en el que vivimos. Hoy se habla mucho de humanidad, hay muchos movimientos de gente altruista que quieren hacer cosas buenas, en ocasiones vemos gestos hermosos de solidaridad por ejemplo a la hora de catástrofes, de situaciones de peligro, o en llamadas que se hacen para colaborar en campañas determinadas. Podríamos decir que hay un hermoso despertar.
Pero en el fondo nos quedan resabios que no hemos sabido superar y nos encontramos con gentes desconfiadas que no quieren valorar el altruismo generoso de otros y surgen murmuraciones y comentarios que pueden rayar lo difamatorio. Actitudes y posturas que surgen muchas veces de aquellos que no saben ser generosos ni valorar bien lo que reciben de los demás.
En una ocasión en un comentario en grupo surgía una persona que decía que a él no le vinieran con penas, que ya tenía bastante con las suyas y que para pertenecer a un grupo donde los demás estuvieran contando sus penas y sus amarguras, a él no le iba eso. Alguien, sin embargo, le hizo reflexionar quizá de una forma dura porque le hizo ver su realidad; era una persona con discapacidad que mucho tenia que depender de los demás para poder realizar muchas acciones, y que con su presencia él estaba ya manifestando su pena o su angustia aunque no dijera nada, pero que sin embargo la gente lo aceptaba y lo ayudaba, que pensara cuanto debía a los demás de alguna manera en todas las ayudas que recibía. Al final lo reconoció.
Lo que decíamos al principio nos cuesta reconocer cuanto de bueno recibimos de los demás y algunas veces parece que ni nos damos cuenta. Reconociendo lo que recibimos con humildad aprenderemos a ser agradecidos, aprenderemos nosotros también a ser generosos con los demás, aprenderemos a ver la respuesta que nosotros tendríamos que dar y cuánto entonces nosotros podemos hacer también por los otros. Aprendamos a valorar el granito de arena que pone el otro, aprendamos a valorar lo que recibimos y seamos generosos para poner de forma altruista y solidaria también nuestro grano de arena junto con los granos de arena que ponen los demás para crear una riqueza de bondad en nuestro mundo.
Me ha surgido esta reflexión en la que quizá me haya extendido de forma excesiva desde las recriminaciones que Jesús les hace a las ciudades de Betsaida y Corozaín. Cuantos milagros había realizado Jesús en su entorno, de cuantas obras maravillosas de Jesús eran testigos, pero sin embargo no daban respuesta de conversión. Siente dolor Jesús en su corazón por la terquedad de aquellas gentes que no sabían descubrir las señales maravillosas de Dios en medio de ellos.
Pensemos en nosotros mismos, a lo largo de la vida cuánta gracia del Señor hemos recibido, cuanto se ha proclamado la Palabra de Dios ante nosotros, cuantos sacramentos hemos recibido, cuantas maravillas de Dios en nuestro entorno que tenemos que reconocer, cuantos testimonios buenos hemos recibido de los otros, ¿cuál ha sido nuestra respuesta? Abramos los ojos para ver las maravillas que el Señor ha hecho en nosotros a lo largo de la vida y demos respuesta.

lunes, 16 de septiembre de 2019

La vida nos llena de sorpresas pero sepamos descubrir lo bueno y positivo de los otros para valorar la fe y el bien hacer de los demás


La vida nos llena de sorpresas pero sepamos descubrir lo bueno y positivo de los otros para valorar la fe y el bien hacer de los demás

1Timoteo 2,1-8; Sal 27;  Lucas 7,1-10
Nos sorprendemos porque eso no nos lo esperábamos de esas personas. De alguna manera hacemos una cierta discriminación porque por la condición de las personas, por lo que prejuzgamos que sea su manera de pensar o su sentido de la vida, porque en este caso no son personas que nos parezcan religiosas o al menos a nuestra manera, esa reacción, esas respuestas que les vemos dar nos sorprenden. De alguna manera estamos haciendo referencias a aspectos religiosos de la vida, pero nos sucede en otros muchos aspectos. Vamos con desconfianza o con prejuicios en la vida, y de repente no encontramos lo que esperábamos y nos sorprendemos.
Siempre recuerdo una conversación que escuché siendo aún joven a una persona que se daba por muy religiosa de toda la vida, que hablaba haciendo referencia al entusiasmo que mostraban algunos en ese aspecto religioso y cristiano porque habían tenido un encuentro especial en un cursillo o unos ejercicios; y esta persona desconfiaba de esas reacciones de aquellas personas y sacaba a colación su historia pasada o la de las familias de aquellas personas; ‘ya sabemos, decía, quienes de donde vienen y cómo actuaban en otros tiempos…’ No le cabía en la cabeza que aquellas personas pudieran cambiar realizando una conversión de su corazón al Señor. Se sorprendía porque aquellas personas actuaran así, como yo me vi. Sorprendido por la ceguera de quien hacía aquellos comentarios tan llenos de desconfianza cuando además se tenia por una persona muy religiosa y muy cristiana.
Algo así nos sucede con el evangelio que hoy escuchamos. Nos habla de un centurión romano, por tanto un pagano, no de religión judía. Acude a Jesús porque tiene un criado enfermo y al que aprecia mucho. Ha hecho todo lo posible por lograr que sane de su enfermedad y ahora acude a Jesús. Se vale de unos intermediarios que interceden por él ante Jesús y Jesús se dispone a acercarse a la casa del centurión. Pero de nuevo le envía mensajeros diciendo que no es digno de que Jesús entre en su casa. Confía en la palabra de Jesús. Podemos decir que tiene una fe ciega en Jesús a pesar de no ser judío pero algo ha descubierto en su corazón que le hace poner toda su fe en Jesús.
Proclamará Jesús a continuación que nunca ni en todo Israel ha encontrado nadie con tanta fe. Es la sorpresa de Jesús, pero será la sorpresa más bien de los discípulos y de cuantos les rodean por esa alabanza que Jesús hace de la fe de aquel hombre. Nos ha servido de paradigma para nosotros de manera que hasta en la liturgia hemos tomado prestadas sus palabras para expresar nuestra oración y la humildad del corazón cuando nos acercamos a Dios. Para nosotros un buen ejemplo de cómo poner nuestra confianza con humildad en el Señor que nos escucha y que se acerca a nosotros para limpiarnos, para llenarnos de su vida y de su gracia.
Buen ejemplo también para nosotros para esas actitudes que hemos de tener en la vida, para esa apertura del corazón, para descubrir también las maravillas del Señor que se realizan también en aquellos en los que menos pensamos. Desde el saber descubrir que siempre hay algo bueno en el corazón de los otros, sea quien sea, hasta ese descubrir ese actuar de Dios en la vida de todos y que todos pueden dar una respuesta positiva a la gracia del Señor.
Lejos de nosotros desconfianzas que discriminan, miradas torvas que quieren ver segundas intenciones en el actuar de los otros, miradas negativas llenas de prejuicios ante lo que pudiera ser el actuar de los demás. Y es que muchas veces lo negativo sigue pesando en nuestro corazón y por eso nos llenamos de miradas turbias de desconfianza.
Que brille de verdad la fe en nuestra vida y nos haga tener una mirada distinta y un actuar lleno de amor.

viernes, 1 de marzo de 2019

Aprendamos a ser generosos en el campo del amor y la amistad y respetarnos y valorarnos mutuamente en lo que cada uno somos



Aprendamos a ser generosos en el campo del amor y la amistad y respetarnos y valorarnos mutuamente en lo que cada uno somos

Eclesiástico 6,5-7; Sal 118; Marcos 10,1-12

Hay personas que nunca están contentas con lo que son o con lo que tienen; y no se trata solamente de ese deseo de superación personal que todos hemos de tener en ese deseo de crecer y madurar, en ese deseo de ser mejores o prestar el mejor servicio a los demás. Ese aspecto si tendríamos que cultivarlo, porque sería una actitud positiva de vida.
Es más bien aquellas personas que viven en una negatividad y es que no les satisface nada de lo que los otros le puedan ofrecer; son los que van poniendo pegas a todo lo que el otro nos dice, que no miramos al otro sino quejándonos de que somos nosotros los que hacemos, los que nos damos y nunca los demás nos ofrecen nada, pero que en esa negatividad con que vivimos no sabemos apreciar lo bueno de los otros o lo que nos ofrecen.
Es una postura de desconfianza que va creando un distanciamiento en nuestros encuentros, en nuestra convivencia. Y cuando queremos convivir de verdad hemos de saber ponernos al lado del otro, a su misma altura, sin creerme que yo estoy en un estadio superior, porque hago mejor las cosas o porque yo soy el que está tirando del carro, por decirlo de alguna manera. Convivir es aceptar al otro, tal como es, valorar lo que en el otro hay, no estar midiendo lo que yo doy u ofrezco, sino que cada uno con sus fuerzas, con lo que es lo que tiene va tirando del carro conjuntamente con el otro.
Y esto es importante en todas las facetas el amor, ya sea la amistad, ya sea el amor de la pareja o del matrimonio. Nunca somos iguales, porque cada uno es como es con sus propios valores y cualidades, y la convivencia de amor está hecha a partir de lo que cada uno es.
Por eso no vale recriminar, ni estar echando en cara lo que hacemos o dejamos de hacer, porque es una forma de desconfianza y eso hace que el otro también se canse de sentirse quizá minusvalorado. Por esas pequeñas grietas que vamos poniendo en el edificio de nuestro amor mutuo y nuestra amistad, se nos puede ir desquebrajando la vida y la convivencia hasta llegar a desconocernos y apartarnos le uno del otro en ese camino que hemos querido hacer juntos.
No soy un experto en estas cuestiones ni soy nadie para dar consejos o recetas, pero ofrezco sencillamente esta reflexión que me ha surgido y que quiere ser un granito de arena, un pensamiento, una semilla que nos haga reflexionar sobre estas cosas enriqueciéndolas cada uno con su propio pensamiento o su propia experiencia.
En el evangelio que hoy se nos ofrece le plantean a Jesús el tema del divorcio. Jesús lo que quiere es recordarnos lo que es la original voluntad de Dios sobre el hombre y la mujer creados para el amor. Eso entraña la generosidad que hemos de tener siempre en nuestra vida en el campo del amor; eso entraña también el respeto y la valoración que siempre hemos de hacer de la otra persona.
Si somos generosos, olvidándonos incluso de nosotros mismos seremos más felices y haremos más felices a aquellos a los que amamos, y eso es lo que ha de importarnos. Si vivimos con respeto valorándonos siempre, cuando el otro se siente valorado se siente feliz y querrá hacerte feliz a ti también. Cosas que tendrían que hacernos pensar para construir con verdadero fundamento ese edificio del amor y del matrimonio.

sábado, 12 de enero de 2019

El espíritu de humildad de Juan Bautista que se gozaba en las obras de jesus nos enseñe a valorar tambien lo bueno que realizan los demás


El espíritu de humildad de Juan Bautista que se gozaba en las obras de Jesús nos enseñe a valorar también lo bueno que realizan los demás

1Juan 5,14-21; Sal 149; Juan 3,22-30
Hay como una tentación que todos podemos sufrir en ocasiones, nacida quizás de nuestros orgullos personales, de los recelos o sentimientos de envidia que se puedan albergar en nuestro corazón y es que si vemos que alguien que está a nuestro lado comienza a brillar con luz propia, comienzan a verse los logros que va teniendo en la vida, nosotros nos llenemos de desconfianza y recelo, no nos guste que quizás nosotros comencemos a estar como a su sombra, y ya sabemos bien como son las luchas que van apareciendo en la vida.
En una madurez humana si vemos que alguien que ha nacido y ha crecido como persona a nuestro lado o a nuestra sombra le vemos triunfar tendríamos que llenarnos de alegría, porque en fin de cuentas nos vamos dando pasos los unos a los otros y siempre tendríamos que desear lo mejor para las generaciones que nos siguen. Pero como decíamos, ya sabemos cómo son las negruras que muchas veces pueden aparecer en nuestro corazón y las luchas que nos tenemos unos y otros.
Eso pudo haber pasado en la relación entre Juan el Bautista y Jesús. Juan, ya lo había dicho, había venido como 'la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor'. Esa era su misión. Y él se atuvo a lo que era su misión, de manera que ni profeta quería considerarse, cuando como diría Jesús más tarde era profeta y más que profeta. Embajadas habían venido de Jerusalén para indagar sobre lo que hacia y realmente quién era. Las gentes lo escuchaban y venían de todas partes para escucharle y para someterse a aquel bautismo en las aguas del Jordán al que él les invitaba. Su llamada había sido siempre la conversión para preparar los caminos del Señor.
Una conversión que era purificación pero que era también abrirse a caminos nuevos. Porque por ahí ha de ir la verdadera conversión. Borramos, es cierto, lo viejo, porque queremos el perdón que el Señor nos ofrece, pero emprendemos un nuevo camino. No el volver a lo de antes, es algo nuevo que tiene que vivirse. En este caso en la invitación que Juan estaba haciendo era creer en Aquel a quien él estaba anunciando, en el Mesías esperado.
Acuden a él preguntando si acaso él no es el Mesías, pero les recuerda que el bautiza con agua pero que viene, y en medio de ellos está, quien los va a Bautizar con Espíritu Santo y fuego. Llegan noticias a Juan ya de lo que Jesús está realizando. Es este evangelista el único que nos dice que Jesús también estuvo bautizando junto al Jordán, pero ahi está la hermosa respuesta de Juan. 'El tiene que crecer y yo tengo que menguar'. Esa era su misión señalar al que venia como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Este texto del evangelio de hoy que bien nos prepara para la celebración del Bautismo del Señor que celebraremos mañana domingo, nos viene muy bien para revisar actitudes y posturas que nos tenemos tantas veces en la vida, conforme a aquello con lo que comenzábamos esta reflexión.
Tenemos que saber dar paso en la vida a los que nos siguen; tiene que haber buenos sentimientos de alegría y también en cierto modo de gratitud cuando vemos a nuestro lado a personas que avanzan en la vida, que van logrando progresos en su persona y en aquello que realizan, saludar agradecidos los logros y las cosas buenas que los otros hacen. No importa que nosotros pasemos a un segundo plano si vemos a alguien que hace el bien; no busquemos nosotros, como se suele decir, arrimar el ascua a nuestra sardina, atribuyéndonos méritos que no nos pertenecen.
Sepamos alabar y engrandecer a los demás reconociendo las cosas que hacen; que haya en nosotros un verdadero espíritu y sentimiento de humildad para reconocer lo bueno que hacen los demás, que tantas veces nos cuesta.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aún ha puesto su vida y nos regala la gracia de ser hijos de Dios


Cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aún ha puesto su vida y nos regala la gracia de ser hijos de Dios

1Corintios 1,26-31; Sal 32; Mateo 25,14-30

¿En quien puedo yo confiar las cosas que son muy importantes en mi vida? ¿Quién merece nuestra confianza como para que pongamos en sus manos nuestras cosas, nuestros negocios, nuestros bienes, o aquellas cosas que son importantes para mi?
Quizá en alguna ocasión nos lo planteemos ya sea en asuntos de orden material para que sean administradores de nuestras cosas, pero quizá en el fondo consciente o inconscientemente nos lo estamos planteando cuando confiamos algo de la intimidad de nuestra personas, nuestros secretos o nuestras inquietudes, las ilusiones que tenemos en la vida o aquellas cosas en las que vamos tropezando y quizás fracasando. No a cualquiera le confiamos nuestras cosas, no a cualquiera desvelamos esas cosas que en cierto modo forman parte de nuestra intimidad. Conseguir esa confianza en ocasiones no nos resulta fácil.
Claro que aquel en quien confiamos, o nosotros mismos si somos depositarios de la confianza de alguien tenemos que hacernos merecedores de ello, siendo buenos administradores o manteniendo la necesaria discreción y lealtad hacia quien nos ha confiado algo de si mismo. Discreción y lealtad que no siempre quizá encontramos, pero que tan necesaria es en el respeto que siempre hemos de tener a la persona, a toda persona y mucho más a quien ha tenido esa deferencia de mostrarnos así su confianza. ¿Seremos siempre lo suficientemente discretos y leales? ¿Seremos en verdad buenos administradores de lo que se nos confía?
Cuando Jesús nos habla del Reino de Dios lo hace utilizando parábolas, imágenes con hondos significados que nos ayudan a comprender todo ese misterio de gracia que es el Reino de Dios que hemos de vivir y que nos dan pautas de esos valores nuevos que hemos de saber resaltar en nuestra vida, vivir con intensidad para sentirnos en verdad dentro del Reino de Dios.
Hoy nos habla de aquel hombre que se iba al extranjero y que quiere confiar sus bienes y sus cosas a tres personas en quienes confía para que se las administren. La parábola nos describe el diferente actuar de aquellas personas, pues mientras unos se sienten responsables de hacer producir aquellos bienes, otro simplemente se contenta con conservarlos sin que se le pierdan, pensando que con solo eso ya tenia todo hecho. No es eso lo que aquel hombre esperaba de sus administradores.
Muchas consecuencias podemos derivar para nuestra vida personal, pero también considerándonos en medio de una sociedad, de una comunidad de la que también hemos de sentirnos responsables. Quiero incidir sobre todo en la confianza que aquel hombre tuvo en sus empleados, cada uno con sus diferentes cualidades, pero a los que el consideraba capaces de desempeñar aquella tarea. Y ahora pienso en mi mismo, cada uno piense en si mismo, a quienes se nos ha confiado también un tesoro que es nuestra propia vida, con sus valores y sus cualidades, con sus limitaciones, es cierto, también, pero con lo que en realidad somos cada uno.
¿Estaremos en verdad respondiendo a esa confianza? muchos tenemos que analizarnos personalmente sobre lo que hacemos con nuestra vida. Tenemos también el peligro de considerarnos pequeños y que nada valemos y lo que estamos haciendo es enterrar nuestros valores, porque no somos capaces de sacarlos a flote, desarrollar en verdad lo que somos y valemos con todas las posibilidades que todos tenemos en la vida.
Aquí tendríamos que pensar también en los que son educadores de la persona -empezando por los padres y todos los maestros o educadores que tengamos en la vida en la diversas situaciones – en cómo han de saber hacer descubrir y desarrollar los valores de esas personas que se les han confiado. Hay ahí una responsabilidad tremenda porque en esos educadores se ha puesto una confianza grande en la tarea que han de realizar como tales.
Quedémonos al menos con una última consideración de pensar cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aun ha puesto su vida cuando nos regala su gracia, la gracia de ser hijos de Dios. ¿Viviremos como tales?  En quien puedo yo confiar, comenzábamos preguntándonos, pero pensemos también como Dios ha puesto su confianza en nosotros.



miércoles, 22 de agosto de 2018

No andemos comparándonos los unos con los otros que no todos han tenido las mismas oportunidades, sino demos ocasión para desarrollar lo que cada uno vale



No andemos comparándonos los unos con los otros que no todos han tenido las mismas oportunidades, sino demos ocasión para desarrollar lo que cada uno vale

Ezequiel 34,1-11; Sal 22; Mateo 20,1-16

Siempre nos creemos merecedores de todo, nos creemos merecedores de algo mejor; no estamos contentos con lo que recibimos, no estamos contentos con la valoración que los demás hacen de nosotros; de alguna manera parece que nos sentimos injustamente tratados porque no nos tienen en cuenta como nosotros quisiéramos, no tienen en cuenta nuestras valores. Y aparece algo de vanidad, mucho también de orgullo, y vienen desavenencias y desconfianzas, surge la destructiva envidia.
Hoy se nos habla mucho de la autoestima, y está bien. Claro que tenemos que valorarnos, empezando por saber descubrir bien cuales son nuestros valores, nuestras cualidades, aquellas posibilidades que tenemos en la vida y desarrollarlo. Pero esa autoestima no está reñida con la sencillez y la humildad; esa autoestima no está en autocomplacencias y autosuficiencias que nos pudieran llevar a pedestales con los que queremos destronar a los demás. Nuestra autoestima no tiene por qué minusvalorar lo que son los otros, sino todo lo contrario tenerlos muy en cuenta, porque tendríamos que ser colaboradores los unos con los otros para hacer mejor las cosas, para hacer mejor nuestro mundo.
Pareciera que hay un conflicto de intereses entre la autoestima y la humildad, pero tendría que ser todo lo contrario. Humildad no es ponernos a menos, sino reconocer lo que en verdad somos, para valorar también lo que son los demás. La humildad no es autodestruirnos ni mucho menos, sino saber actuar calladamente sin aspavientos con aquello que somos, con lo que son nuestros valores y posibilidades. Autoestima no es darnos auto bombo, y en eso hay muchos que se confunden, porque lo que hacen es llenarse de vanidad y tratar de inflarse tanto que al final revientan en la realidad de lo que somos.
Me ha surgido toda esta reflexión sobre realidades de la vida, de lo que somos o de lo que algunas veces queremos aparentar, por abajo o por arriba, da igual, porque siempre puede ser vanidad, desde el pasaje del evangelio que hoy se nos propone. Pudiera parecernos que el evangelio quiere hablarnos de otras cosas, de que somos llamados a trabajar en la vida en cualquier momento o en cualquier circunstancia y hemos de estar siempre disponibles a escuchar esa llamada, pero me ha hecho pensar en todo esto lo que vemos al final de la parábola en la actitud exigente y displicente de los que protestan aunque le han dado justamente lo que habían acordado.
No pudieron resistirse aquellos obreros de la primera hora a compararse con los demás o con el trabajo que los otros habían hecho. Pero no eran capaces de apreciar la generosidad del dueño de la viña que en su corazón misericordioso quiso también valorar el trabajo de los que aparentemente habían hecho menos, habían hecho poco porque llegaron a última hora, pero con quienes quería ser generoso aquel buen hombre, quizá pensando en las necesidades que pudiera haber detrás y ocultas para la mayoría.
No podemos andar juzgando la generosidad del corazón de los otros; no podemos andar por la vida siempre haciéndonos comparaciones de los unos y los otros; no todos han tenido quizá las mismas oportunidades porque así es la realidad de la vida, pero con todos hemos de saber ser generosos no permitiendo que nos corroa por dentro la envidia o el amor propio herido. Cuidado con los pedestales a los que nos subamos.
Valorarnos, sí, tener nuestra propia autoestima, está bien, pero saber ir por la vida con sencillez y con humildad, poniendo siempre generosidad en nuestro corazón para saber valorar a los demás, ayudarlos a levantarse de momentos oscuros o de hundimiento por los que puedan estar pasando por la vida.

lunes, 25 de junio de 2018

Qué distinta sería nuestra convivencia si nos tomáramos en serio el evangelio de Jesús y supiéramos transitar por las sendas del amor


Qué distinta sería nuestra convivencia si nos tomáramos en serio el evangelio de Jesús y supiéramos transitar por las sendas del amor

2Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Sal 59; Mateo 7,1-5

Como solemos decir tenemos ojos en la cara y lo que está delante de los ojos lo podemos ver. Podemos apreciar lo bueno y lo bello que hay en nuestro entorno; podemos valorar la riqueza y la belleza del encuentro con las personas, como podemos también quizá darnos cuenta de las sombras que ofrece la vida. Nuestros ojos están vueltos por naturaleza hacia el exterior y al descubrir cuanto nos rodea podemos hacer nuestras valoraciones y hasta nuestros juicios.
Pero tendríamos que aprender también a saber darle la vuelta a nuestra mirada, para no quedarnos en lo exterior, para aprender a mirar la belleza interior que no siempre la apreciamos con los ojos de la cara, pero también para volver esa mirada hacia dentro de nosotros mismos y descubrir nuestra autentica realidad. Descubrir nuestra autentica realidad para en positivo saber resaltar valores y cualidades ocultas que haya dentro de nosotros, pero también para saber ver nuestras propias limitaciones, nuestros errores o nuestros defectos.
Quizá por esa misma tendencia de mirar siempre hacia fuera podemos estar tentados a ver los posibles lados oscuros o negativos que hay en los otros que los lados oscuros  negativos que hay en nosotros mismos. Y es ahí donde tiene que estar nuestra habilidad y nuestra madurez, para saber vernos a nosotros mismos en toda la cruda realidad, antes de entrar en juicios o valoraciones que nos tiente hacer de los demás. Juicios y valoraciones que nunca tendrían que llevarnos a la condena, sino que desde una forma positiva de ver la vida lo que tendríamos que servir por nuestra propia lucha interior de estimulo para la superación que han de realizar los otros también,
Aunque haya negatividades y lados oscuros en la vida, como consecuencia de nuestras imperfecciones y debilidades, deberíamos siempre caminar con sentido positivo para que todo sea siempre un estimulo que nos impulse hacia arriba, nos motive a superarnos, nos ayude a crecer. Nuestros propios esfuerzos de superación podrían servir de estimulo para los que están a nuestro lado en su propio crecimiento humano y espiritual. Es la tarea de ayuda mutua, de comunión que tendría que haber entre nosotros, donde somos conscientes que sabiendo caminar juntos, juntos mejor creceremos y llegaremos a una mejor maduración en la vida. Pero somos demasiado individualistas e insolidarios.
Hoy Jesús en el evangelio, en el sermón del monte que estamos escuchando y meditando, nos deja sentado unos cuantos principios en el sentido de lo que venimos reflexionando y con mayor profundidad de la que puedan tener mis palabras y consideraciones. Nos habla de la mota que vemos en el ojo ajeno sin darnos cuenta de la paja que hay en el nuestro. Nos enseña a no juzgar ni a condenar, porque no somos nadie para hacernos un juicio de los demás.
‘No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros’. Cómo tendríamos que saber escuchar  con corazón sincero estas palabras de Jesús. Qué fáciles somos para el juicio y la condena, y no soportamos ni lo más mínimo que puedan decir los demás de nosotros.
Qué distintos actuaríamos si en verdad nos decidiéramos caminar los caminos del amor. Necesitamos comprensión, aceptación del otro, respeto a la persona, amor de verdad para ayudar con sinceridad y humildad y para saber en todo momento disculpar los errores del otro, un cariño grande y una ternura exquisita en nuestro corazón para ser siempre estimulo para los otros que ayuden siempre a superarse y a crecer.
Qué distinta seria nuestra convivencia si nos tomáramos en serio el evangelio de Jesús.

miércoles, 23 de mayo de 2018

La pureza de nuestro corazón y nuestra buena intención nos hará tener una mirada buena para descubrir siempre los valores que hay en los demás


La pureza de nuestro corazón y nuestra buena intención nos hará tener una mirada buena para descubrir siempre los valores que hay en los demás

Santiago 4,13-17; Sal 48; Marcos 9,38-40

No termino de entender por qué nos cuesta tanto reconocer lo bueno que hacen los demás. Lo estamos viendo todos los días. Es en nuestras relaciones personales donde fácilmente nos fijamos en los errores de los otros, pero no tenemos ojos para darnos cuenta de las cosas buenas que tienen los demás. Y ya sabemos bien todo lo que somos capaces de hacer cuando la envidia nos corroe por dentro y con que facilidad echamos basura sobre lo bueno que hacen los otros.
Pero estas posturas y actitudes se ven magnificadas cuando entramos en los ámbitos de la vida social o política. Lo vemos en cualquier tipo de asociación o comunidad donde es natural que haya diferentes puntos de vista; lo vemos cada día en la vida política en que cada uno se encierra en sus ideas y no es capaz de ver algo bueno en los que piensan distinto. Tengo ganas de escuchar a alguien que diga que algo que ha hecho un oponente político o social es bueno, está bien hecho. Si es la gente de mi línea todo lo hacen bien; si son oponentes porque tienen otra opinión u otra manera de ver el desarrollo de la sociedad todo lo que hacen es malo. ¿Lo dijo o lo hizo tal persona? Como no es de los míos, o de los que piensan como yo, todo es malo, no es capaz de hacer nada bueno.
Parece que en lugar de querer construir una sociedad mejor en la colaboración de todos, aportando cada uno sus propios valores, lo que queremos es destruir porque no somos capaces de ver valores en los demás. Que distinta seria nuestra vida y que distinto haríamos nuestro mundo sin cambiáramos estas posturas que nos llegan a encerrarnos en nosotros mismos y solo en los nuestros y crean fácilmente intransigencias hacia los demás.
Pero es algo que también nos puede suceder dentro de nuestras comunidades cristianas con lo que estaríamos bien lejos de lo que Jesús quiere de nosotros, de ese Reino de Dios que entre todos hemos de construir. Enfrentamientos, desconfianzas, grupúsculos que pretenden influir o manipular de la forma que sea son cosas que nos encontramos en nuestras comunidades, parroquias, asociaciones cristianas, hermandades o tantos otros grupos que forman nuestras comunidades cristianas.
Tendríamos que leer con atención el evangelio que hoy se nos ofrece. Vienen diciendo algunos discípulos a Jesús que se han encontrado a uno que echaba demonios en el nombre de Jesús y se lo quisieron impedir ‘porque no es de los nuestros’. Y ya conocemos la reacción de Jesús. ‘No se lo impidáis… El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.
Viene a enseñarnos Jesús a saber descubrir y valorar todo lo bueno de los demás. Siempre hay unos valores, siempre hay algo bueno en el corazón, siempre queremos buscar una rectitud y un bien hacer, siempre queremos tener buena voluntad. Siempre podemos encontrar una buena semilla. No vayamos con malicia al encuentro del otro, porque si nuestros ojos llevan ese cristal de la malicia claro que no seremos capaces de ver lo bueno que hay en el  otro. Por eso tenemos que limpiar las ventanas de nuestra alma, para que no haya filtros sucios en nuestros ojos que nos hagan ver todo malo. No seamos como aquella mujer que criticaba a la vecina porque decía que tendía la ropa a medio lavar y llena de suciedad, pero eran los cristales de su ventana los que estaban manchados y le hacían ver manchas donde no las había.
Seamos capaces de aprovechar todo lo bueno de los otros, porque a nosotros también nos construye, nos enriquece. Si vamos con la autosuficiencia de que somos los únicos, somos los que hacemos siempre las cosas bien poco podremos contar con los demás, como los demás también tomaran esas mismas posturas con nosotros. De ahí nacen tantos enfrentamientos con que nos vamos encontrando en la vida. La pureza de nuestro corazón nos hará tener buena mirada para ver siempre lo bueno que hay en los demás. Recuerdo a alguien que decía que se ponía por la mañana las lentes de ver las cosas bonitas y bellas y era eso lo que siempre veía en los demás. Pensemos si acaso ese mal que estamos siempre viendo en los otros no es otra cosa que el mal que llevamos dentro de nosotros mismos.