Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta amplitud de mirada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amplitud de mirada. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de noviembre de 2022

Detengámonos a mirar con los ojos y a los ojos y veremos lo que hay detrás y surgirá una generosidad nueva en el corazón

 


Detengámonos a mirar con los ojos y a los ojos y veremos lo que hay detrás y surgirá una generosidad nueva en el corazón

Apocalipsis 14,1-3.4b-5; Sal 23; Lucas 21,1-4

No siempre sabemos lo que se oculta tras el rostro de una persona. Y no vamos a ir ahora por el campo de las desconfianzas, porque además es a lo primero que nos sentimos tentados, sino que detrás de aquel rostro hay una vida, con su historia, con sus alegrías y con sus penas, con sus sufrimientos y con sus angustias. Por supuesto, no podemos saber, no podemos ser adivinos, pero sí darle la confianza de creer en la persona, de valorar a la persona, y podremos desde esa confianza ganada llegar a conocer, no por curiosidad, sino para entrar en una empatía distinta qué es lo que hay en esa persona.

Esta actitud podría tener muchas consecuencias, primero es el respeto hacia esa persona alejando desconfianzas y sospechas, ahí está la valoración de la persona, la comprensión ante sus actitudes o sus posturas, ante sus silencios o ante lo que con su mirada quizás nos quiera trasmitir. No comenzaríamos por hacer juicios de valor, como tantas veces hacemos, no tenemos por qué criticar desde nuestros prejuicios; sí tenemos que saber llenar nuestro corazón de amor para entrar en una nueva sintonía. No es fácil, pero sí es posible según el amor que desarrollemos en nuestro corazón y la actitud positiva con que nos acerquemos a esa persona. Qué distintas serían nuestras relaciones, nuestro trato, qué distintos serían los gestos que fuéramos capaces de poner.

Hoy Jesús nos está enseñando una cosa importante con este texto del evangelio que se nos ofrece. Jesús simplemente está a la entrada del templo, allí muy cerca de donde están los cepillos de las ofrendas. Mucha gente desfila por aquel lugar, pero Jesús está siempre con su mirada atenta, porque quiere llegar al corazón de cada persona.

Al entrar al templo muchos van echando sus ofrendas y limosnas en los cepillos allí colocados, unos más otros menos. Entre todas aquellas personas una viuda se acerca también a echar su limosna. Pasaría desapercibida, porque ni iba tocando campanillas para hacerse notar – es una forma de hablar, aunque también podía ser la forma para algunos – ni hacia ningún aspaviento sino que quería pasar desapercibida. ¿A quien iba a importar aquella mujer que como tantos pasaba junto al arca de las ofrendas y ponía su limosna? Muchos, con los ojos abiertos también, ni la verían.

Pero Jesús vio, como solo El puede hacerlo, que allí había una persona pobre, por sus vestiduras todos podían saber que era una viuda, pero Jesús descubrió la pobreza que había detrás. Ya nos dirá el evangelista al contarnos el episodio que era una viuda pobre. ¿Qué había detrás de aquellas vestiduras de luto, de aquel rostro quizá cruzado por las arrugas de sufrimientos y necesidades pasadas? Nadie se había fijado en aquel rostro, nadie había notado nada de extraordinario. ¿Hubiéramos sido nosotros capaces como Jesús?

Es lo primero que nos está queriendo hacer notar el mensaje de este evangelio. Miremos a las personas, pero que nuestra mirada sea distinta. Pasamos demasiado por la vida sin mirar. Alguien quizás más tarde nos hablará de alguien que estaba en la acera por donde pasamos, y quizá tengamos que reconocer que no la vimos. Como no miramos a los ojos de aquel que nos tiende una mano pidiendo una ayuda, como malamente susurramos un saludo si el otro primero tuvo la iniciativa. Aprendamos a mirar, a mirar a los ojos, a hablar con palabra clara, a abrir también los oídos para algo que la vida nos va susurrando cuando nos encontramos con las personas. Habrá algo distinto en nuestro corazón.

Jesús destacará la generosidad de aquella mujer porque puso todo cuanto tenía frente a los que daban quizá simplemente de lo que les sobraba; cuantas veces rebuscamos en nuestros bolsillos para encontrar la moneda más pequeña.  Es otra gran lección, sobre el que normalmente sobreabundamos cuando comentamos este episodio, y que por supuesto también hemos de tener en cuenta.

Pero si hemos mirado, y mirado a los ojos, si nos hemos fijado y hemos sabido pensar en lo que pudiera haber detrás, seguro que nuestra generosidad surgirá como por encanto. Se ha movido el corazón.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Una invitación a esperar siempre la misericordia con nuestro arrepentimiento y a tener una mirada nueva hacia los demás que nunca será de juicio ni condena sino de misericordia

 


Una invitación a esperar siempre la misericordia con nuestro arrepentimiento y a tener una mirada nueva hacia los demás que nunca será de juicio ni condena sino de misericordia

Ezequiel 18, 25-28; Sal 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

La parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio podíamos decir que es algo que sucede todos los días; esa reacción diversa que podemos tener cuando se nos recuerda lo que tenemos que hacer podíamos decir que está a la orden del día; el rebelde que siempre está diciendo que no a todo lo que se le dice, pero que luego recapacita y hace aquello que se le ha señalado, pero también el que promete y promete pero al final de todo se olvida y nada hace.

Es algo que es demasiado frecuente porque solemos decir que estamos cansados de palabras y de promesas, porque todo el mundo nos promete poco menos que el paraíso en la tierra porque con su gestión las cosas van a marchar muy bien, se van a eliminar todas las corruptelas y las cosas funcionarán de maravilla; parece que tienen la varita mágica para resolver todos los problemas que otros no han sabido resolver. Y todos me entenderéis que podemos hablar de las famosas promesas electorales que todos nos hacen y con ellos todo seria una maravilla, pero la experiencia nos dice que se quedan en eso, en promesas electorales.

Pero no es necesario que nos metamos con el mundo de la política, que ya sabemos que es una realidad, sino que tenemos que darnos cuenta que eso nos sucede a todos, nos sucede a ti y a mi, personas sin mayor relevancia, pero que también en nuestra vida nos prometemos muchas cosas, porque vamos a cambiar, vamos a ser mejores, tras un momento en que recibimos un impacto fuerte en la vida nos prometimos y dimos la palabra de que la vida nos la íbamos a tomar de otra manera, pero bien sabemos que pronto lo olvidamos.

Porque claro aquí, cuando estamos escuchando la Palabra de Dios aunque también la Palabra nos haga un juicio sobre el estado de nuestra sociedad, pero sobre todo tiene que llegar a lo personal de cada uno y no temer verse denunciado en esas corruptelas que también tenemos en nuestra vida. Es una palabra que tendrá que interpelarnos en nuestra vida personal y hacernos ver, por ejemplo, cuan inconstantes somos en nuestros propósitos, cuantas veces nos decimos que vamos a ser mejor, pero seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas.

Pero esta Palabra que nos dirige el Señor hoy es también una invitación a la esperanza. Una invitación a la esperanza porque tenemos la certeza de que el Señor es paciente y siempre está a la espera de nuestra respuesta. Es una invitación a nuestro personal arrepentimiento, pero es también una invitación a tener una mirada distinta hacia los demás.

Somos fáciles al juicio y a la condena; ahora mismo cuando al escuchar la parábola veíamos por un lado al rebelde que no quería obedecer o al que prometía y no cumplía por otra parte, ya en nuestro interior estábamos haciendo nuestros juicios de condena. Vemos cualquier actitud o postura en los demás que no nos agradaba y ya estamos manifestando nuestro malestar, o lo que es peor nuestra condena, olvidándonos quizá de la viga que llevamos en nuestros ojos.

Digo que lo que hoy nos dice Jesús nos hace tener otra mirada comprensiva hacia los otros, porque empezamos por darnos cuenta de nuestra propia debilidad y entonces podemos comprender la debilidad de los demás. Porque sentimos la misericordia de Dios sobre nosotros mostremos esa misma misericordia siempre con los demás.

Pero es que Jesús les dice a aquellos sumos sacerdotes y ancianos del pueblo a los que dirige directamente la parábola, que ellos se pueden considerar justos, pero que tengan en cuenta que los publicanos, los pecadores y las prostitutas se les van a adelantar en el Reino de los cielos, porque están más prontos a reconocer su pecado y arrepentirse.

Les recuerda lo que sucedía con la gente que iba a escuchar a Juan; nunca aquellos principales del pueblo se sometieron al bautismo penitencial de Juan - iban más bien pidiéndole credenciales al Bautista de por que hacía lo que hacia allá en la orilla del Jordán -, pero los pecadores reconocían su pecado y allá se sumergían en aquellas aguas purificadores como un signo de penitencia.

¿No será también esta Palabra una interpelación a la Iglesia para que sepamos buscar siempre y por encima de todo el espíritu y el sentido del evangelio abandonando algunas actitudes que podamos tener ante lo que sucede en el mundo? Algunas veces aparecemos demasiado puritanos y no mostramos las señales de la misericordia con todos los pecadores, sea cual sea el pecado en que hayan caído. No puede ser la iglesia juzgadora sino la Iglesia misericordiosa que muestra el rostro compasivo y misericordioso de Dios.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado


Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno y nos encontraremos a Dios caminando a nuestro lado

Daniel 1, 1-6. 8-20; Sal. Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4
Es cierto que vamos caminando con los ojos abiertos, de lo contrario iríamos tropezando con todo y con todos, pero también hemos de decir, aunque parezca contradicción, que no siempre vamos con los ojos abiertos y suceden cosas delante de nosotros y ni las vemos ni nos enteramos.
Es mirar, prestar atención, detenernos, darnos cuenta del detalle o del gesto; no nos quedemos en una mirada superficial y ligera donde paseamos los ojos por todos lados pero al final no vemos nada. ¿Te diste cuenta de aquel detalle? Nos dice el que va con nosotros que sí ha sabido observar y se fijó en un detalle al que nosotros no prestamos atención. Pasan desapercibidos delante de nuestros ojos y no los vemos.
Ya sé que me vais a decir que hay muchos que se fijan en todo, que todo lo están observando para criticar, para ver lo malo o la segunda intención, pero yo te digo no mires con mirada turbia, porque algunas veces, es cierto, la maldad que llevamos en el corazón se convierte en persiana delante de los ojos para dejarnos ver solo lo que nos interesa desde nuestra maldad. Sin embargo hay tantas cosas hermosas que nos pasan desapercibidas; nuestros ojos se han ido entumeciendo y ya no nos permiten ver esas cosas tenues pero bellas que si nos fijamos en ellas tienen bello resplandor.
Hoy el evangelio nos habla de que Jesús estaba cerca de la entrada del templo y levantando los ojos vio a cuantos iban entrando y como estaba cerca el cepillo de las limosnas no podía menos que observar la ostentación con que algunos echaban sus limosnas, pero esos oropeles no le impidieron ver a una mujer sencilla, una pobre viuda que echó solo dos reales porque era lo que tenia. Aquella mujer hubiera pasado desapercibido, como realmente lo fue para la inmensa mayoría, frente a los sonidos tintineantes de las monedas que echaban los ricos o de los que hacían ostentación, que además querían hacerse notar.
Normalmente siempre destacamos, como lo hace el mismo Jesús, en este evangelio la generosidad y desprendimiento de aquella pobre mujer que echó cuanto tenía para vivir. Diríamos que en principio es el primer mensaje del evangelio de este día, pero como siempre decimos, con una lectura atenta podemos descubrir algo más. Y es en lo que hoy nos fijamos, la mirada de Jesús que nos enseña para nuestras miradas.
Porque hay tanto detalles en la vida que pueden ser Buena Nueva para nosotros, evangelio para nuestra vida, porque nos enseñan a vivir, nos abren los ojos para amar, nos ponen en una disposición distinta cuando nos hacen salir de nosotros, de nuestros anhelos, de nuestras preocupaciones y agobios para ver algo nuevo, para descubrir una nueva actitud, o para hacernos notar una nueva manera de mirar que hemos de tener en la vida.
Abramos los ojos para ver cuanto bueno podemos encontrarnos en nuestro entorno; abramos los ojos para ver más allá de las apariencias y poder descubrir el corazón de las personas; abramos los ojos llenos de luz para ver lo bueno, para llegar a descubrir que siempre en toda persona hay algo bueno, en toda persona puede florecer el amor, aunque si nos quedamos en lo externo solo veamos hojarasca y espinas; abramos los ojos para descubrir también el sufrimiento que muchos llevan calladamente en su corazón y necesitan el bálsamo de un corazón amigo que camine a su lado y podemos ser nosotros. Abramos los ojos y nos encontraremos a Dios en los que caminan a nuestro lado y en cuanto sucede en torno nuestro.

martes, 10 de julio de 2018

Pidamos a Jesús que ponga luz en nuestros ojos y en nuestro corazón y aprendamos a mirar con una mirada distinta para ser capaces de sentir verdadera compasión en nuestro corazón



Pidamos a Jesús que ponga luz en nuestros ojos y en nuestro corazón y aprendamos a mirar con una mirada distinta para ser capaces de sentir verdadera compasión en nuestro corazón

 Oseas 8,4-7.11.13; Sal 113; Mateo 9,32-38

Necesitamos aprender a ir por la vida con una mirada limpia. Cuantas veces vamos caminando por la calle y llevamos los cristales de nuestras lentes empañados o manchados y nos cuesta ver con facilidad lo que sucede a nuestro alrededor; en esa hora en que el sol está bajo en horizonte, ya sea en la mañana o en el atardecer como vayamos caminando enfrente de la luz del sol nos quedamos como sin visión porque con los reflejos de la luz y las manchas que llevamos en nuestros cristales todo se nos vuelve borroso y no podemos distinguir con claridad ni los objetos más cercanos, ni los paisajes que embellecen nuestra naturaleza; en lugar de disfrutar de lo bello que nos rodea se nos entorpece nuestro caminar y nada nos parece agradable.
Así en la vida. La malicia mancha los ojos de nuestro espíritu y no solo nos impide ver lo bello que hay en la vida, sino que por contrario todo nos parece envuelto en esa maldad que sobre todo está en nuestro corazón. Los ojos del alma ven a través de nuestros malos deseos y todo se nos puede volver borroso y confuso. Por eso muchas veces lo que contemplamos lo vemos como negativo, y estamos siempre más prontos para ver malicias y maldades en los demás que las buenas acciones que realizan; incluso llegamos a tergiversar lo que hacen los demás, porque a nosotros nos puede parecer que solo lo hacen por interés, desde esos intereses mezquinos que nosotros llevamos en el alma.
Una mirada turbia así nos llena de insensibilidad y no llegaremos a captar el sufrimiento que pueda haber en tantos que nos rodean; nos envolvemos en nuestros propios sufrimientos como si fueran únicos y quejándonos siempre de que nadie comprende nuestra situación, no somos capaces de compadecernos del sufrimiento de los demás. En esa turbia mirada que tenemos incluso seriamos capaces de llegar a culpabilizar al que sufre de sus propios sufrimientos.
En el evangelio que hoy se nos ofrece Jesús cura a un hombre enfermo, una persona discapacitada porque no puede hablar. Por allá andan los maliciosos de siempre que no quieren ver ni reconocer lo que hace Jesús. Le atribuyen al poder de Satanás el que Jesús pueda hacer milagros y curar a los enfermos. Sus ojos maliciosos enturbian sus vidas y quieren enturbiar la visión que los demás tienen de Jesús.
Pero la gente sencilla seguía tras Jesús, le acompañaban por todas partes, cada uno con sus sufrimientos, con lo que era su vida se acercaba a Jesús. Cuánto dolor y cuanto sufrimiento. Aunque no todos lo quisieran ver y reconocer. Pero los ojos de Jesús sí llegan al alma de aquellos que acuden a seguirle. Por eso nos dice el evangelista que Jesús sintió compasión porque andaban como ovejas descarriadas, como ovejas que no tienen pastor. En el corazón de Cristo no hay otra lente que de luz a su vida que la del amor. Ojalá aprendiéramos de Jesús.
Y Jesús les pide los discípulos que están cercanos a El para que rueguen al Padre porque la mies es mucha y los operarios son pocos, para que mande obreros a su mies. Es lo que ha de ser nuestra oración. Pero pidámosle también que ponga luz en nuestros ojos y en nuestro corazón para que aprendamos a mirar con una mirada distinta. Que seamos capaces de sentir verdadera compasión en nuestro corazón ante el sufrimiento de todos que caminan a nuestro lado desorientados y con falta de una luz que dé sentido a sus vidas.

martes, 10 de abril de 2018

Necesitamos las raíces profundas de una verdadera espiritualidad que nos dará fortaleza y entereza, nos trazará metas y señalará nuevos caminos hacia una plenitud y grandeza en la vida


Necesitamos las raíces profundas de una verdadera espiritualidad que nos dará fortaleza y entereza, nos trazará metas y señalará nuevos caminos hacia una plenitud y grandeza en la vida

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 5a. 7b-15

Nos creemos maestros y no queremos reconocer que no todo lo sabemos ni lo entendemos. En la vida vamos muchas veces de sobrados, nos creemos sabérnoslo todo y quizá luego las cosas mas sencillas las ignoramos o no somos capaces de darle importancia a lo pequeño. Nos hacemos nuestros razonamientos porque tenemos nuestros criterios y nuestra manera de entender las cosas pero quizá no nos abrimos a cosas que son más trascendentes y que nos cuesta aceptar porque solo pensamos en lo inmediato.
Es cierto que es bueno que tengamos nuestros criterios porque son como unos principios que marcan la pauta de nuestra vida y una persona con criterios da muestras de madurez porque quizás se ha pensado bien las cosas; pero es necesario una apertura de mente, para descubrir cosas nuevas, o cosas que nos trasciendan, que nos hagan mirar más allá de lo que ya normalmente pensamos, para abrirnos a enriquecimiento de la persona.
Siempre hay algo nuevo que podemos descubrir; siempre podemos encontrar algo que nos haga elevar nuestra mirada que es también como elevar nuestra vida; no nos podemos quedar en lo material de cada día, eso que cada día palpamos con nuestras manos pues hay algo que puede ser invisible a los ojos de la carne, pero que si sensibilizamos nuestro espíritu hace trascender a algo más grande nuestra vida.
Hay gente que se cierra a lo espiritual y a lo trascendente con lo que están limitando mucho su vida. Hay algo hondo dentro de nosotros que tenemos que saber descubrir y que nos hará mirar a unos valores nuevos y espirituales que nos lleven a una plenitud de nuestra vida. Ojalá sepamos descubrirlos. Ojalá demos esa altura a nuestra vida. Ojalá nos levantemos por encima de todas esas cosas de la tierra que nos entretienen y hasta pueden cegarnos. Ojalá encontremos esa verdadera espiritualidad que nos haga grandes. Para ello es necesario un cambio, un dejarnos transformar.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de nacer de nuevo. Y nacer desde el espíritu que nos llene de una nueva vida. Encontrarnos con Jesús y creer en El a eso nos lleva. Jesús nos hace tener una mirada más amplia en la vida, nos hace encontrarnos con los verdaderos valores que nos conduzcan a una plenitud de vida.
Hoy nos dice que El será levantado en lo alto y hacia El tenemos que mirar y en El tenemos que creer. Miramos a Jesús en lo alto de la cruz y veremos más allá del sufrimiento y de la muerte la verdadera vida. Miramos a lo alto de la cruz y estaremos descubriendo el verdadero sentido del amor mas hondo que da su vida para llevarnos a la plenitud.
Es cierto que cuando miramos a Jesús en lo alto de la cruz estamos contemplando pasión y su muerte, y eso nos puede hacer pensar también en nuestros sufrimientos; pero mirando a Jesús encontramos un sentido y un valor, el sentido y el valor que le da el amor verdadero a nuestra vida; el valor y el sentido que el amor le da también a nuestros dolores y sufrimientos. Cuesta muchas veces descubrir ese sentido, será necesaria quizá una sensibilidad especial, es un don de Dios que El quiere regalarnos.
Por eso, como decíamos antes, tenemos que estar abiertos a una nueva visión, a una nueva manera de encarar las cosas, a unos nuevos valores que podemos descubrir. Hemos de dejarnos conducir por el espíritu del Señor para que así tengamos una espiritualidad profunda.
Serán las raíces que den fortaleza a nuestra vida. Un árbol sin raíces pronto es arrancado y llevado por el viento. Necesitamos esas raíces profundas de una verdadera espiritualidad que nos dará fortaleza, entereza frente a las dificultades, nos trazará metas y señalará nuevos caminos, que nos conducirán a una plenitud y grandeza en la vida.

lunes, 8 de enero de 2018

Miremos con la mirada de Jesús y nos daremos cuenta que es posible un mundo nuevo y mejor y nos llenaremos de esperanza

Miremos con la mirada de Jesús y nos daremos cuenta que es posible un mundo nuevo y mejor y nos llenaremos de esperanza

1Samuel 1,1-8; Sal 115; Marcos 1,14-20

Alguna vez nos han dicho ‘parece que no ves más allá de lo que tienes en la punta de tus narices’, y es que nuestras miradas tienden a ser muy cortas, miramos solo lo que nos aparece delante pero como de pasada sin fijarnos en detalles, o sin descubrir las cosas que encierran lo que está delante de nosotros. También suele decirse que vemos según el color del cristal a trabes del cual miramos, y depende de nuestro estado de ánimo o de la malicia o bondad que haya en nuestro corazón para ver e interpretar lo que sucede en nuestro entorno, en nosotros o en los que nos rodean.
Tenemos que aprender a cambiar nuestra mirada, a tener una mirada amplia y a poner generosidad y luz en nuestro corazón para ver desde ese cristal de bondad a los demás o lo que nos rodea. Nos hace falta también esa mirada amplia para ver mejor la perspectiva de las cosas; hay un antes y un después, hay unas circunstancias que nos rodean, unos condicionantes quizá, unas influencias que recibimos o también una educación que nos ha dado unas pautas; esa educación se ha hecho no solo desde lo que nos han enseñado con buena voluntad y buenos deseos quienes tenían esa responsabilidad en nosotros, sino también son las influencias de todo tipo que recibimos de la sociedad y que nos van marcando pautas o modos de reaccionar.
En nuestra madurez tenemos que saber discernir, saber descubrir, abrir horizontes, tener otra mirada, que será lo que vaya dando una mayor plenitud a nuestra vida, lo que hará que nos vayamos realizando nosotros mismos.
Por esa falta de amplitud de mirada quizás algunas veces vivimos dándole vueltas y vueltas a lo mismo, a nuestros problemas, a cuanto nos hace sufrir a nosotros o vemos que hace sufrir a muchas personas que querrían algo distinto y mejor como nosotros también lo queremos, pero  no somos capaces de salirnos de ese circulo para ampliar nuestros horizontes y encontrar otra salida. Nos hace falta algo que despierte nuestra esperanza, que ponga una ilusión nueva en nuestra vida, que nos dé fuerza para ser capaces de emprender otros caminos.
Hoy en el evangelio contemplamos el principio de la actividad pública de Jesús. Es el principio del evangelio que ahora de forma continuada vamos a ir leyendo, escuchando, reflexionando en este tiempo litúrgico ordinario que comenzamos. Aparece Jesús por Galilea recorriendo sus caminos, llegando a todos los lugares haciendo un anuncio con el que quiere despertar la esperanza de aquellas gentes, hacer que tengan otra mirada sobre la vida y sobre lo que pueden hacer.
Llega el Reino de Dios, les dice, está cerca, está ya en medio de vosotros. Pero es necesario convertirse, cambiar la perspectiva, abrir horizontes a la vida, no contentarnos con lo que somos o siempre hemos tenido. Todo puede cambiar, puede haber un mundo nuevo y distinto que sea mejor, Reino de Dios lo llama El. Es el sentido de las palabras de Jesús.
Tenemos que cambiar nuestra mirada, nuestra perspectiva. Jesús despierta en nosotros inquietud, deseos de cosas grandes pero que no se pueden quedar solo en deseos. Hemos de ponernos en marcha, en camino. Jesús nos invita a ir con él, como hizo con aquellos primeros discípulos a los que va llamando en las orillas del mar de Galilea. No se pueden quedar en pescar solo aquellos peces del lago, otra pesca se abre en perspectiva ante sus vidas. ‘Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres’, les dice y ellos le siguen.
Nos lo dice a nosotros también. Una alegría nueva brota en nuestro corazón ahora cargado de esperanza y nos queremos poner en camino. Tenemos que hacer posible ese mundo nuevo; tenemos que ayudar a los demás a soñar en ese mundo nuevo, a tener una mirada distinta y descubrir que se pueden hacer muchas más cosas que lo que hacemos. Nuestra mirada, nuestra perspectiva, el color a través del cual miramos ahora son los ojos de Jesús. Veremos las cosas distintas, podemos hacer que las cosas sean distintas. No nos quedamos en lo inmediato, le damos una nueva trascendencia a la vida, saber mirar más allá, sabemos ir más allá. Con Jesús es posible.