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viernes, 12 de septiembre de 2025

Emprendamos un camino de sinceridad y humildad en el que vayamos poniendo nuestros granitos de arena que construyan un mundo de luz en que sepamos aceptarnos mutuamente


Emprendamos un camino de sinceridad y humildad en el que vayamos poniendo nuestros granitos de arena que construyan un mundo de luz en que sepamos aceptarnos mutuamente

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Salmo 15; Lucas 6, 39-42

Solemos decir que cada uno tiene su propia visión de las cosas, es cierto y merece todo respeto; pero también hay otro dicho que nos habla de que cada uno ve las cosas según el color del cristal a través del cual mira; nuestras visiones, pues, pueden estar marcadas por nuestras propias experiencias, lo que ha producido en nosotros una reflexión profunda sobre lo que nos va aconteciendo, sacando nuestras conclusiones y nuestras lecciones, o podemos vernos influidos también por lo que hay a nuestro alrededor, las ideas de los que caminan a nuestro lado o incluso por las manipulaciones que realizan los que quieren dirigirnos en una determinada dirección.

¿Cómo salir de una visión parcial o de una visión meramente subjetiva para llevar a una verdad que sea más absoluta y permanente? En eso está el hombre sabio, para lo que trabaja y reflexiona, para llevarnos a lo que es verdaderamente fundamental, para tener esa claridad de visión de lo que sucede e incluso de nuestra propia vida. Es la búsqueda en la que hemos de empeñarnos, es la inspiración que queremos encontrar en la verdadera y autentica sabiduría, es lo que buscamos en Dios, en su revelación y en su palabra. Y no siempre es fácil, pero ese camino de ascensión en nuestra vida hemos de emprender.

A eso nos quiere estar llevando la Palabra de Dios que escuchamos y que hemos de hacerlo con todo respeto y con una gran apertura de nuestro corazón. Es un camino de ascensión que no siempre es fácil. Hoy nos habla Jesús de los ciegos guía ciegos, que es un peligro y tentación en la que podemos caer. Nosotros mismos sin tener una claridad de ideas queremos influir en los demás. ¿Estaremos cayendo en el hoyo como nos dice Jesús?

Pero esto nos tiene que hacer pensar también en esa visión que nosotros podemos tener de los demás. No nos suceda como a aquella mujer que decía que su vecina lavaba mal su ropa y la tendía a secar llena de manchas, hasta que un día alguien le hizo comprender que las manchas no estaban en la ropa de su vecina sino en los cristales de su ventana; era necesario tener bien limpios los cristales de su ventana para poder ver con claridad, para que en verdad la luz radiante del exterior también penetrara en su casa.

Somos nosotros con nuestros prejuicios cuando juzgamos a los demás; la visión que tenemos de los demás está deforme porque en la retina de nuestro corazón guardamos mucha maldad que va a deformar la visión de las cosas, la visión de la vida de los demás. Necesitamos un colirio que nos cure y que nos limpie; en Jesús lo podemos encontrar; El ha venido a poner una luz en nuestro corazón que dará verdadero brillo a nuestra vida, que dará verdadero brillo a nuestros ojos, que nos hará tener una visión clara de la vida, que nos hará ver con nuevos y limpios ojos a los demás.

Hoy nos habla el evangelio de quitar la viga de nuestro ojo antes de querer quitar la parva que pudiera haber en el ojo ajeno. Es cierto que tenemos que corregirnos, porque nos amamos y nos ayudamos a caminar; pero tiene que brillar la delicadeza y la humildad, la delicadeza en las palabras con que nos acercamos al otro siempre derramando ternura, y humildad para saber aceptar que nosotros también somos débiles, tenemos nuestros tropiezos, también tenemos que dejarnos corregir por el hermano. Qué mal nos ponemos habitualmente cuando alguien nos expresa una opinión que pudiera contradecir lo que nosotros decimos o hacemos; cuanto nos cuesta tener la valentía de reconocer que también nosotros nos podemos equivocar; cómo rebrota tantas veces nuestro orgullo y nuestro amor propio prejuzgando que quien nos corrige lo que quiere es hundirnos o destruir lo que nosotros pretendemos construir.

        Si somos sinceros tenemos que reconocer que eso nos pasa con demasiada frecuencia, pero que triste es también el espectáculo que ofrece nuestra sociedad que en lugar de colaborar con buenos deseos se destruye mutuamente porque no sabemos aceptar lo bueno que nos puedan ofrecer los demás. Pongamos nuestros granitos de arena de sinceridad y de humildad que vayan construyendo una sociedad mejor. El Evangelio es una luz que nos guía en este camino que tendríamos que emprender. 

martes, 8 de agosto de 2023

Detengámonos para afrontar con serenidad los problemas de la vida a los que tenemos que enfrentarnos, detengámonos, pero hagámoslo con Jesús en oración

Detengámonos para afrontar con serenidad los problemas de la vida a los que tenemos que enfrentarnos, detengámonos, pero hagámoslo con Jesús en oración

Mateo, 14, 13-21

Nos cuesta entender que es lo que tenemos que hacer, o nos falta decisión para tomar la determinación de hacerlo, Hay ocasiones en que en cierto modo nos vemos agobiados porque los problemas se acumulan, nos encontramos estresados y cansados y al final no damos pie con bola, todo es tensión a nuestro alrededor y seguimos empeñados en seguir adelante, en intentar poner paños calientes para resolver las cosas cuando eso no es la solución de los problemas y parece que así todo se va agravando más y más.

Nos sucede en el ámbito de nuestras responsabilidades, en el negocio que queremos sacar adelante, en nuestra vida personal que se ve acojonada con problemas, con dudas, con preguntas sin resolver, con acosos que podemos sufrir por un lado o por otro. ¿Qué hacer? ¿Por qué no dar un paso a un lado y detenernos? ¿Por qué no buscar un momento en que paremos esa tensión para que el estrés no nos siga haciendo daño? ¿Por qué no ponernos a cierta distancia de todo lo que nos está pasando para tratar de ver otra perspectiva, tener otra visión, encontrar quizá un nuevo camino?

Sí, necesitamos saber detenernos en el camino y encontrar ese momento de relax, de descanso, de silencio quizá, para sentir y para escuchar quizás otros nuevos sonidos. No podemos ir demasiado a la carrera siempre en la vida. Quizás descubrimos que las montañas no son tan grandes, o los baches no tienen tanta profundidad, y que hay otros senderos por donde hacer camino tan válido como lo que estábamos intentando hacer.

El evangelio hoy nos dice que Jesús se enteró de lo que había sucedido con Juan, que Herodes lo había mandado decapitar. Estaba Jesús en momento de gran intensidad en la tarea del anuncio de la Buena Nueva del Reino, pero en estos momentos Jesús decide marchar con los discípulos más cercanos a un lugar apartado y solitario. Necesitaba estar a solas con los discípulos, que los discípulos estuvieran a solas con El. Lo veremos en otros momentos del evangelio; en ocasiones incluso marchará por lo que son casi las fronteras del norte para poder ir hablando tranquilamente con los discípulos mientras van de camino. Hay momentos en que Jesús quiere instruirlos de manera especial, pero son momentos para el reposo, para el silencio y la reflexión, para aprender a tener otras miradas nuevas y distintas. Como tantas veces nosotros necesitamos.

Pudiera parecer que los deseos de Jesús se ven frustrados porque al llegar a aquel sitio se encontró que allí también estaban esperándolo. Mucha gente había acudido también de otros sitios porque querían estar con Jesús. Pero no hubo frustración ni desencanto.  Veremos que ahora ya son los discípulos – que tanto pensaban siempre en si mismos con sus ambiciones y sus sueños  - los que ahora mostrarán la preocupación por aquella gente, aunque no sepan encontrar cual es la mejor solución.

Envíalos a casa, despídelos, le dicen a Jesús, porque estamos lejos, porque estamos en descampado y a esta gente se les ha acabado sus propios suministros, para que vayan a alguna aldea para comprar pan. Es un paso distinto el que están dando los discípulos. Ya no están allí con el miedo que podían haber sentido por lo que le había pasado a Juan sino que ya ellos también estaban comenzando a actuar.

Pero Jesús los implica más. ‘No hace falta que se vayan, dadle vosotros de comer’. Es el siguiente paso de la lección. La solución está en sus manos aunque aun ellos están sin saber cómo. ‘No tenemos más que cinco panes y dos peces’. Todavía la mirada sigue siendo raquítica y pobre, pero ya se están dando cuenta que han de comenzar por desprenderse de lo poco que tienen aunque se queden sin nada. Son otras las perspectivas humanas, son distintos los caminos que han de tomar. Aquel tiempo allá en el lugar apartado, tan apartado que no tienen ni donde comprar pan, les va a servir para emprender una tarea nueva. ¡Cómo se olvidaban los problemas antiguos cuando estamos atentos a lo nuevo que se nos va presentando y a lo que hay que dar una distinta solución!

Detengamos, sí, y comencemos a pensar distinto; detengamos para darnos cuenta de ese nuevo camino que se abre ante nosotros y en el que antes ni habíamos pensado; detengámonos para encontrar una nueva luz que nos ilumine; detengámonos para darnos cuenta que en ese silencio podemos encontrar la paz; detengámonos para afrontar con serenidad los problemas de la vida a los que tenemos que enfrentarnos; detengámonos, pero hagámoslo con Jesús. Es nuestra oración. Con El a nuestro lado una nueva luz se nos abre en la vida, quizás donde menos pensábamos que podríamos encontrarla.


viernes, 22 de abril de 2022

Aquel amanecer en el lago había sido distinto, había sido un nuevo amanecer, solo nos estará pidiendo amor para que tengamos una nueva visión y una nueva mirada

 


Aquel amanecer en el lago había sido distinto, había sido un nuevo amanecer, solo nos estará pidiendo amor para que tengamos una nueva visión y una nueva mirada

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Es la vida misma de cada día, trabajo, luchas por sacar adelante nuestras responsabilidades, esfuerzos en los que en ocasiones no vemos el fruto del trabajo, contratiempos que hace que las cosas no salen como quisiéramos, momentos de satisfacción por lo hecho y lo conseguido, momentos de luz y momentos oscuros, éxitos y fracasos, reconocimiento por parte de otros de lo que hemos hecho o indiferencia u oposición; no siempre nos sentimos bien y satisfechos. Pero aun así no queremos tirar la toalla, queremos seguir adelante.

En esta ocasión aquellos pescadores no vieron el fruto del trabajo realizado durante la noche; aquella noche se les estaba prolongando, porque detrás venían de otros malos momentos que habían sonado a fracasos; aunque algunos decían que comenzaba algo nuevo, no lo terminaban de ver. Por eso aquel amanecer en el lago de Tiberíades tuvo un significado especial.

Estamos haciendo referencia a ese momento en que los apóstoles aún no lo tenían todo claro; algunos  hablaban de que Jesús había resucitado, que lo habían visto, que había estado con ellos; ahora este grupo está de nuevo en Galilea a donde al final han tenido que venirse, pero es que a través de los mensajes que les llegaban les decían que fueran a Galilea que allí lo verían. La tarde anterior aburridos de no hacer nada se decidieron a salir aquella noche a pescar. Pero había sido una noche infructuosa. ¿Estaban acostumbrados a que eso les sucediera los pescadores del lago? Realmente es la vida misma, como decíamos al principio, a todos los pescadores les pasa más de una vez en la vida. Una noche sin coger nada.

Pero aquel amanecer en el lago de Tiberíades tenía un significado especial. En la orilla alguien preguntaba si habían cogido nada, y ante la respuesta negativa les había dicho que echaran la red por el otro lado de la barca. No distinguían quien era en la distancia y en la neblina del amanecer, pero al parecer el que estaba en la orilla veía el cardume de peces, la redada fue grande y en el esfuerzo estaban de sacar las redes cargadas de peces. Uno de ellos por lo bajo le sugiere a Pedro quien es el que está en la orilla. ‘¡Es el Señor!’

Fue suficiente para que Pedro se lanzara al agua para llegar pronto a los pies de Jesús. ‘Se ató la túnica y se echó al agua mientras los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan’. Jesús les pide ahora que trajeran de los peces que han cogido y realizada la tarea les dice: ‘Vamos, almorzad’.

Ya no era necesario preguntarse nada porque todos sabían que era el Señor. Aquel amanecer en el lago había sido un nuevo amanecer; se disipaban las tinieblas y volvía de nuevo la luz; se terminaban las sombras de muerte y reaparecía la vida; atrás quedaban las dudas y las cobardías, los miedos y las huidas; ahora todos querían venir corriendo para estar a los pies de Jesús. Solo les estaba pidiendo su amor; solo les estaba pidiendo que escucharan la voz que sentían en su corazón; solo quería que se dejaran conducir; solo les pedía que dejaran caer aquellas escamas que velaban sus para que pudieran ver y descubrir quien siempre está al lado en la orilla de la vida; solo quería que fueran capaces de decir también al que está al lado, ‘¡es el Señor!’.

El trabajo se nos puede hacer duro, la tarea que como testigos tenemos que realizar no siempre será fácil, muchas veces parecerá que vamos adelante y atrás al mismo tiempo porque no avanzamos como queremos; pero siempre Jesús está a nuestro lado, siempre Jesús despertará amor en nuestro corazón para que podamos tener una visión nueva y distinta, siempre Jesús con la fuerza de su Espíritu nos estará enseñando el camino señalando que miremos por el otro lado de la barca, siempre Jesús estará abriéndonos a un nuevo día y a nuevos horizontes. ‘¡Es el Señor!’, El está con nosotros y nos está invitando a sentarnos a su mesa. ‘Vamos, almorzad’.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Señor, danos siempre esa luz, abre nuestros ojos y nuestro corazón para finalmente conocerte y llenar el mundo de luz

 


Señor, danos siempre esa luz, abre nuestros ojos y nuestro corazón para finalmente conocerte y llenar el mundo de luz

Santiago 1, 19-27; Sal 14; Marcos 8, 22-26

¿Seremos ciegos? Desgraciadamente sabemos bien quien nace con esa discapacidad en sus ojos y la ceguera le impide ver la luz y los colores, o peor aún, no poder contemplar el  rostro de los seres amados. Muchos a lo largo de la vida vamos perdiendo por distintos motivos la capacidad total de visión y hoy podemos valernos de muchos medios para recobrar la luz de sus ojos. Qué gozo cuando tras una cirugía de cataratas puedes contemplar de nuevo los colores con toda nitidez e intensidad, por ejemplo.

Pero cuando estamos ahora refiriéndonos a la ceguera todos entendemos que queremos decir algo más. En la vida fácilmente nos cegamos, en la vida no siempre vemos con total claridad, en la vida damos muchas veces palos de ciego, como suele decirse, unas veces desde nuestro orgullo en que quizás queremos que todos tengan nuestra misma forma de mirar las cosas, muchas veces porque nos ofuscamos en muchas cosas y cerramos nuestra mente no queriendo ver más allá de la punta de nuestra nariz, como suele decirse.

Hay ocasiones en que recibimos tantas influencias de tantas luces fatuas de nuestro entorno que quedamos encandilados sin saber qué camino tomar, cuales son las decisiones más importantes de nuestra vida, o perdemos el sentido de nuestro caminar, el sentido de nuestra existencia. Cegueras, muchas veces que nos buscamos, muchas veces que lo que está a nuestro alrededor nos las impone, o cegueras en que algunas veces hay quien quiera que caminemos con ellas, manipulaciones en la sociedad hay demasiadas.

¿Dónde encontrar la luz, cómo encontrar la luz? Intentamos por nosotros mismos tantas veces interiorizar en nuestra vida, haciéndonos preguntas hondas para clarificarnos, para saber qué es lo que queremos o cuál es el rumbo que hemos de tomar. Es una búsqueda de la luz. Necesitamos hacerlo, no hemos de tener miedo a arriesgarnos a hacernos esas preguntas y planteamientos o ponernos en ese camino de búsqueda. Mejor es andar buscando aunque tanteemos y nos podamos equivocar que quedarnos en nuestra ceguera para siempre.

Quienes seguimos a Jesús sabemos donde podemos encontrar la luz. Precisamente le seguimos porque tenemos la experiencia de que en El hemos encontrado esa luz. Así se nos presenta El en el Evangelio y nos invita a seguirle, y si no le seguimos ya nos dice que andaremos en tinieblas. Son muchos los textos que en los evangelios y en los distintos evangelistas de una forma o de otra nos hablan de la luz, de esa luz que en Jesús podemos encontrar.

Hoy el evangelio nos habla de un ciego que llevaron a Jesús para que Jesús lo curara. Un detalle, hubo alguien que se preocupó de la ceguera de aquel hombre y lo llevó a Jesús; creo que nos puede estar diciendo mucho a todos los que creemos en Jesús y parece que nos guardamos la luz solo para nosotros.

Y Jesús curó a aquel hombre, devolvió la luz a sus ojos. Fue todo un proceso, porque a aquel hombre le costó recobrar totalmente la visión de sus ojos. Confundía a las personas con árboles que caminaban. Todo un signo, porque aunque la Palabra de Jesús llega a nosotros para darnos esa luz nueva, hay ocasiones en que nos cuesta interiorizar de verdad el mensaje de Jesús. Pero tenemos que seguir buscando, tenemos que seguir estando al lado de Jesús y escuchándole. Podremos encontrar ese sentido nuevo, esa visión nueva que Jesús quiere darnos.

Señor, danos siempre esa luz.

lunes, 20 de julio de 2020

Quizás los cristianos estamos perdiendo la oportunidad de ser esos profetas en medio del mundo



Quizás los cristianos estamos perdiendo la oportunidad de ser esos profetas en medio del mundo

 Miqueas 6, 1-4. 6-8; Sal 49; Mateo 12, 38-42
Queremos ver milagros pero no sabemos descubrir ni apreciar las señales de Dios en nuestra historia. Cuando hablamos de milagros pensamos en hechos extraordinarios, maravillosos, espectaculares y quizá nos olvidamos del milagro de la vida de cada día, de las cosas que suceden en nuestro entorno; tendríamos que aprender a descubrir las huellas y los signos que Dios va dejando en el camino de la vida para que sepamos apreciar su presencia. No es solo en esas cosas extraordinarias donde se nos manifiesta Dios, sino en lo pequeño y en lo sencillo de cada día.
Pensamos que necesitamos esas cosas extraordinarias para alimentar de verdad nuestra fe y corremos de un lado para otro cuando escuchamos que si en un lugar determinado ha habido algún tipo de manifestaciones prodigiosas. Pero Dios nos va hablando la historia de cada día, la nuestra personal o en los aconteceres de nuestra sociedad, y es ahí donde tenemos que abrir los ojos de la fe para descubrir que más dice o que nos pide el Señor. Y es ahí donde nuestra fe se hace grande, donde se fortalece de verdad, porque nos ayudará a descubrir el verdadero sentido de la vida.
Hemos estado pasando momentos difíciles y dramáticos que tenemos que reconocer que aún no han terminado; momentos que han hecho surgir dentro de nosotros quizás grandes interrogantes, porque el mundo al que nos habíamos habituado parecía que se nos venía abajo viéndonos obligados a hacer un cambio de ritmo en la vida, a centrarnos en la vida en lo que era lo más importante en aquel momento, e incluso nos han obligado a prescindir de muchas comodidades de las que llamábamos la sociedad del bienestar.
Las dudas y los interrogantes siguen planteándose en nuestro interior porque seguimos preguntándonos por dónde vamos a salir y quizá está una pregunta fundamental sobre cuál es la sociedad que en verdad tendríamos que construir. Es algo serio. Si todo aquel castillo que habíamos levantado se parece a un castillo de naipes que de nada se viene abajo, es señal de que algo nuevo y con más fundamento hemos de construir, algo más profundo, con más fundamento tenemos que darle a la vida.
Hay mucha gente se lo pregunta y se lo plantea buscando nuevos caminos. Yo diría que se necesita profetas con una visión nueva, distinta, creativa, para saber leer los caminos de la historia, de nuestra historia de hoy y con visión de futuro abrir nuevos horizontes. ¿Y no sería aquí dónde nosotros como creyentes fuéramos esos profetas que hiciéramos una lectura de Dios de cuanto nos sucede y nos dejáramos conducir por ese espíritu profético para señalar eso nuevos caminos que tendríamos que emprender?
Quizás los cristianos estamos perdiendo la oportunidad de ser esos profetas en medio del mundo. Y no digamos que no nos toca, que eso les corresponde a otros. Nadie puede autoexcluirse de la construcción de ese mundo nuevo que necesitamos; nadie puede quedarse al margen. Los cristianos tenemos mucho que decir. No olvidemos que hemos sido ungidos en nuestro bautismo como sacerdotes, profetas y reyes. Ejerzamos, pues, nuestra función.
Cuando le piden a Jesús – hoy lo escuchamos en el evangelio – signos y milagros el les recuerda a Jonás, el profeta que no quería ser profeta, que incluso se embarcó con distinto rumbo para escaquearse de su misión pero que con una serie de señales tuvo que asumir su misión y predicar en Nínive. Y su palabra profética fue una señal que llamó a la conversión, a emprender un camino nuevo de vida, a los habitantes de Nínive. Y Jesús nos dice que eso será señal para nosotros cuando andamos pidiendo milagros.
Asumamos nuestra misión. Abramos los ojos de la fe para hacer una buena lectura de la vida, de la historia, de nuestro mundo, de lo que ahora estamos viviendo y descubrir las señales de Dios. Unas señales que nos van a abrir caminos y horizontes nuevos. Necesitamos en verdad abrir los ojos de la fe y seguir haciéndonos una profunda reflexión sobre cuanto nos pasa para que descubramos ese sentir de Dios, eso es que es la voluntad de Dios para el hoy de nuestras vidas. De nosotros depende su abrimos nuestra mente y nuestro corazón.

martes, 7 de julio de 2020

Diferentes perspectivas nos pueden llevar a un mundo airado y de enfrentamiento pero sepamos aunar nuestra visión para ver cuánto de bueno podemos hacer


Diferentes perspectivas nos pueden llevar a un mundo airado y de enfrentamiento pero sepamos aunar nuestra visión para ver cuánto de bueno podemos hacer

Oseas 8, 4-7. 11. 13; Sal 113; Mateo 9, 32-38
Pudiera sucedernos que estuviéramos contemplando la misma cosa, el mismo hecho, pero no estuviéramos viendo lo mismo. La perspectiva desde donde lo miremos nos cambia el ángulo de visión y uno podrá estar viendo una lado que el otro no ve; esto que desde esa visión natural, desde esa perspectiva natural parece no tener mucha importancia sin embargo ante los acontecimientos de la vida, el actuar que los hombres vamos haciendo en la historia puede hacernos dar un cambio de visión mucho más radical.
Nuestras perspectivas pueden ser las ideologías, nuestra manera de pensar o de la forma que tenemos de ver las cosas, nuestros intereses particulares, los prejuicios que tengamos de antemano y de los que no nos liberamos tan fácilmente motivan esas diferentes maneras de ver la vida y hasta los enfrentamientos que podemos tener. No digamos nada cuando entran en juego nuestras opciones políticas, o cuando entran en juego nuestras expectativas económicas con todos los intereses asociados.
Hoy contemplamos en el evangelio como han llevado a un hombre poseído por un espíritu maligno que le impedía hablar. Jesús le libera de su mal y aquel hombre comienza a hablar; pero aquí vienen las distintas reacciones, mientras la gente sencilla que hay contemplado el hecho alaba y bendice al Señor por las maravillas que realiza Jesús, por su parte los fariseos llenos de malicia que no quieren admitir la obra de Dios en lo que Jesús realiza blasfeman diciendo que Jesús ha expulsado el espíritu maligno por obra del príncipe de los demonios. La gente sencilla que tiene el sentido de Dios sabe descubrir las maravillas del Señor, pero quienes tienen lleno su corazón de malicia y maldad todo lo verán desde la negrura de su espíritu.
Nos hace falta esa mirada limpia, necesitamos quitarnos esas lentes que nos ponemos en la vida y que nos distorsionan lo que vemos. Cuando nos pasa en nuestras relaciones con los demás, cómo nos cuesta aceptar lo bueno que hace el otro, siempre parece que tenemos que poner una objeción pero impulsados quizá por la malicia y la desconfianza que hay en el corazón. Son los enfrentamientos y las luchas que tenemos en la vida de cada día, es el que no querer respetar lo bueno de los otros, es el creemos tan engreídos que nosotros solos sabemos hacer las cosas y los demás no saben, es el espíritu desconfiado que nos lleva a la destrucción y a la ruptura, porque son las rupturas que nos creamos entre nosotros, los distanciamientos y la malicia que ponemos en nuestro corazón.
Y cuidado nos contagiemos de ese virus, porque vivimos en la sociedad en una continua tensión y las violencias se nos meten fácilmente en nuestras palabras y en nuestros gestos. Pareciera que tenemos que estar siempre airados y gritándonos unos a otros, no sabemos tener serenidad en nuestro espíritu para hacer las reclamaciones que quizá tenemos que hacer, porque es lógico que en la sociedad queramos las cosas mejor, pero seamos capaces de ver también los puntos de vista de los demás, busquemos el diálogo y el encuentro, pero desde la ira y la violencia difícilmente podremos llegar a ese necesario entendimiento que necesitamos en nuestra sociedad.
El evangelio de hoy nos daría para más consideraciones porque cuando Jesús ve aquella multitud que le busca y que le sigue, que se encuentran desorientados y como ovejas sin pastor nos está pidiendo que no nos podemos cruzar de brazos ni quedarnos solo en lamentaciones. Es nuestra tentación y la manera fácil que tenemos muchas veces de actuar, quedarnos en llantos y lamentaciones.
Nos enseña a rogar al dueño de la mies que envíe operarios a su mies, pero nos pide también que nos arremanguemos y nos pongamos manos a la obra, que seamos capaces de ir al encuentro de los demás con nuestro mensaje de paz y que busquemos ese entendimiento y esa armonía que tanto necesitamos para entre todos hacer que nuestro mundo sea mejor. Que vayamos encontrando esa perspectiva, como decíamos al principio, donde veamos lo bueno que podemos hacer, el respeto a la acción de los demás y la colaboración que a todos nos enriquece.

lunes, 11 de mayo de 2020

Experimentemos lo que es sentirnos amados por Dios cuando en su amor El nos pone en su corazón y al mismo tiempo se adueña del nuestro para hacernos vivir una vida nueva



Experimentemos lo que es sentirnos amados por Dios cuando en su amor El nos pone en su corazón y al mismo tiempo se adueña del nuestro para hacernos vivir una vida nueva

Hechos 14, 5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26
Supongamos que en estas circunstancias en que vivimos, con gente que retorna de la noche a la mañana a sus pueblos y familias de origen como sucede con tantos emigrantes, por ejemplo, de pronto nos llega una familia nuestra que no tiene a donde ir y que nos dicen que como en nuestra casa hay espacio más o menos suficiente se vengan a vivir con nosotros; sin saber qué hacer o como reaccionar nos vimos comprometidos a acogerlos para que habitaran en nuestro mismo hogar. Nos veríamos quizá que se nos trastocaba nuestra vida, se rompía el ritmo de nuestras rutinas a las que estamos acostumbrados, que aun con todo el respeto del mundo esas personas vienen con las costumbres y modos de vivir del lugar o país donde hasta ahora han habitado; todo en nuestra vida quedaría trastocado y con mucho esfuerzo y sacrificio quizá trataríamos de amoldarnos a esa nueva situación que de alguna manera rompe nuestros planes.
Es algo que puede sonar idílico o irreal de alguna manera y quizá hacemos demasiado hincapié en las incomodidades que nos surgirían con esas personas que de alguna manera van a influir también en nuestra manera de vivir y de sentir. Quizá recalcamos un tanto lo que nos puede parecer en principio negativo porque nos haría cambiar muchas cosas de nuestra vida, pero quizá no apreciamos la riqueza que al mismo tiempo puede significar para nosotros con lo nuevo que nos pueden aportar. De todas maneras sentiríamos que la vida se nos cambia, se nos hace distinta.
No sé bien si entendemos y nos puede valer esto que ponemos como imagen y ejemplo de lo que hoy nos ofrece el evangelio. Y es que en el seguimiento de Jesús y en consecuencia nuestra vida cristiana puede haber y de hecho hay algo de esto que estamos diciendo pero con un nivel infinitamente superior. Y es que la vida cristiana no se reduce a hacer cosas, a cumplir unas normas o unos mandatos, ni simplemente decir que nos estamos poniendo en el nuevo camino del amor porque ese es el mandato que Jesús nos ha dejado como distintivo.
Y es que cuando estamos hablando de lo que es nuestra vida cristiana, lo que representa en nosotros el seguimiento de Jesús es algo mucho más hondo, porque es dejar que Dios habite en nosotros y nosotros habitemos en El. Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Es cierto que el ser cristiano porque seguimos a Jesús implica el que entremos en una nueva honda, la honda del amor que tiene que envolver toda nuestra vida, pero es que como nos dice Jesús hoy cuando le amamos, porque entramos en la honda de su amor, y porque le amamos queremos cumplir su voluntad, sus mandamientos lo más maravilloso es que vamos a experimentar lo que significa sentirse amado por Dios, y cuando decimos que Dios nos ama es que Dios se adueña y se aposenta en nuestro corazón.
Si decimos que amar al otro es ponerlo en nuestro corazón, decir que Dios nos ama es que nos ha puesto en su corazón, pero es que se ha adueñado de nuestro corazón para por su amor vivir en nosotros. Y, como decíamos antes con el ejemplo que proponíamos, al habitar Dios en nosotros todo cambia en nuestro corazón, todo cambia en nuestra vida; no es que dejemos que Dios habite en nosotros y sigamos con nuestras rutinas y costumbres del hombre viejo, es que cuando Dios habita en nosotros nos sentimos transformados y en nosotros nace un hombre nuevo, que tendrá un nuevo vivir, que tendrá unos nuevos valores, que tendrá un nuevo sentido para su existencia, que se va a ver profundamente enriquecido con la gracia de Dios.
Y ya esto no lo haremos por sacrificio o solamente valorando nuestros esfuerzos humanos, sino que esto lo hacemos, lo vivimos por gracia, porque es el regalo de Dios que así enriquece nuestra vida que nos convierte en hijos de Dios.

martes, 10 de abril de 2018

Necesitamos las raíces profundas de una verdadera espiritualidad que nos dará fortaleza y entereza, nos trazará metas y señalará nuevos caminos hacia una plenitud y grandeza en la vida


Necesitamos las raíces profundas de una verdadera espiritualidad que nos dará fortaleza y entereza, nos trazará metas y señalará nuevos caminos hacia una plenitud y grandeza en la vida

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 5a. 7b-15

Nos creemos maestros y no queremos reconocer que no todo lo sabemos ni lo entendemos. En la vida vamos muchas veces de sobrados, nos creemos sabérnoslo todo y quizá luego las cosas mas sencillas las ignoramos o no somos capaces de darle importancia a lo pequeño. Nos hacemos nuestros razonamientos porque tenemos nuestros criterios y nuestra manera de entender las cosas pero quizá no nos abrimos a cosas que son más trascendentes y que nos cuesta aceptar porque solo pensamos en lo inmediato.
Es cierto que es bueno que tengamos nuestros criterios porque son como unos principios que marcan la pauta de nuestra vida y una persona con criterios da muestras de madurez porque quizás se ha pensado bien las cosas; pero es necesario una apertura de mente, para descubrir cosas nuevas, o cosas que nos trasciendan, que nos hagan mirar más allá de lo que ya normalmente pensamos, para abrirnos a enriquecimiento de la persona.
Siempre hay algo nuevo que podemos descubrir; siempre podemos encontrar algo que nos haga elevar nuestra mirada que es también como elevar nuestra vida; no nos podemos quedar en lo material de cada día, eso que cada día palpamos con nuestras manos pues hay algo que puede ser invisible a los ojos de la carne, pero que si sensibilizamos nuestro espíritu hace trascender a algo más grande nuestra vida.
Hay gente que se cierra a lo espiritual y a lo trascendente con lo que están limitando mucho su vida. Hay algo hondo dentro de nosotros que tenemos que saber descubrir y que nos hará mirar a unos valores nuevos y espirituales que nos lleven a una plenitud de nuestra vida. Ojalá sepamos descubrirlos. Ojalá demos esa altura a nuestra vida. Ojalá nos levantemos por encima de todas esas cosas de la tierra que nos entretienen y hasta pueden cegarnos. Ojalá encontremos esa verdadera espiritualidad que nos haga grandes. Para ello es necesario un cambio, un dejarnos transformar.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de nacer de nuevo. Y nacer desde el espíritu que nos llene de una nueva vida. Encontrarnos con Jesús y creer en El a eso nos lleva. Jesús nos hace tener una mirada más amplia en la vida, nos hace encontrarnos con los verdaderos valores que nos conduzcan a una plenitud de vida.
Hoy nos dice que El será levantado en lo alto y hacia El tenemos que mirar y en El tenemos que creer. Miramos a Jesús en lo alto de la cruz y veremos más allá del sufrimiento y de la muerte la verdadera vida. Miramos a lo alto de la cruz y estaremos descubriendo el verdadero sentido del amor mas hondo que da su vida para llevarnos a la plenitud.
Es cierto que cuando miramos a Jesús en lo alto de la cruz estamos contemplando pasión y su muerte, y eso nos puede hacer pensar también en nuestros sufrimientos; pero mirando a Jesús encontramos un sentido y un valor, el sentido y el valor que le da el amor verdadero a nuestra vida; el valor y el sentido que el amor le da también a nuestros dolores y sufrimientos. Cuesta muchas veces descubrir ese sentido, será necesaria quizá una sensibilidad especial, es un don de Dios que El quiere regalarnos.
Por eso, como decíamos antes, tenemos que estar abiertos a una nueva visión, a una nueva manera de encarar las cosas, a unos nuevos valores que podemos descubrir. Hemos de dejarnos conducir por el espíritu del Señor para que así tengamos una espiritualidad profunda.
Serán las raíces que den fortaleza a nuestra vida. Un árbol sin raíces pronto es arrancado y llevado por el viento. Necesitamos esas raíces profundas de una verdadera espiritualidad que nos dará fortaleza, entereza frente a las dificultades, nos trazará metas y señalará nuevos caminos, que nos conducirán a una plenitud y grandeza en la vida.