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lunes, 11 de mayo de 2020

Experimentemos lo que es sentirnos amados por Dios cuando en su amor El nos pone en su corazón y al mismo tiempo se adueña del nuestro para hacernos vivir una vida nueva



Experimentemos lo que es sentirnos amados por Dios cuando en su amor El nos pone en su corazón y al mismo tiempo se adueña del nuestro para hacernos vivir una vida nueva

Hechos 14, 5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26
Supongamos que en estas circunstancias en que vivimos, con gente que retorna de la noche a la mañana a sus pueblos y familias de origen como sucede con tantos emigrantes, por ejemplo, de pronto nos llega una familia nuestra que no tiene a donde ir y que nos dicen que como en nuestra casa hay espacio más o menos suficiente se vengan a vivir con nosotros; sin saber qué hacer o como reaccionar nos vimos comprometidos a acogerlos para que habitaran en nuestro mismo hogar. Nos veríamos quizá que se nos trastocaba nuestra vida, se rompía el ritmo de nuestras rutinas a las que estamos acostumbrados, que aun con todo el respeto del mundo esas personas vienen con las costumbres y modos de vivir del lugar o país donde hasta ahora han habitado; todo en nuestra vida quedaría trastocado y con mucho esfuerzo y sacrificio quizá trataríamos de amoldarnos a esa nueva situación que de alguna manera rompe nuestros planes.
Es algo que puede sonar idílico o irreal de alguna manera y quizá hacemos demasiado hincapié en las incomodidades que nos surgirían con esas personas que de alguna manera van a influir también en nuestra manera de vivir y de sentir. Quizá recalcamos un tanto lo que nos puede parecer en principio negativo porque nos haría cambiar muchas cosas de nuestra vida, pero quizá no apreciamos la riqueza que al mismo tiempo puede significar para nosotros con lo nuevo que nos pueden aportar. De todas maneras sentiríamos que la vida se nos cambia, se nos hace distinta.
No sé bien si entendemos y nos puede valer esto que ponemos como imagen y ejemplo de lo que hoy nos ofrece el evangelio. Y es que en el seguimiento de Jesús y en consecuencia nuestra vida cristiana puede haber y de hecho hay algo de esto que estamos diciendo pero con un nivel infinitamente superior. Y es que la vida cristiana no se reduce a hacer cosas, a cumplir unas normas o unos mandatos, ni simplemente decir que nos estamos poniendo en el nuevo camino del amor porque ese es el mandato que Jesús nos ha dejado como distintivo.
Y es que cuando estamos hablando de lo que es nuestra vida cristiana, lo que representa en nosotros el seguimiento de Jesús es algo mucho más hondo, porque es dejar que Dios habite en nosotros y nosotros habitemos en El. Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Es cierto que el ser cristiano porque seguimos a Jesús implica el que entremos en una nueva honda, la honda del amor que tiene que envolver toda nuestra vida, pero es que como nos dice Jesús hoy cuando le amamos, porque entramos en la honda de su amor, y porque le amamos queremos cumplir su voluntad, sus mandamientos lo más maravilloso es que vamos a experimentar lo que significa sentirse amado por Dios, y cuando decimos que Dios nos ama es que Dios se adueña y se aposenta en nuestro corazón.
Si decimos que amar al otro es ponerlo en nuestro corazón, decir que Dios nos ama es que nos ha puesto en su corazón, pero es que se ha adueñado de nuestro corazón para por su amor vivir en nosotros. Y, como decíamos antes con el ejemplo que proponíamos, al habitar Dios en nosotros todo cambia en nuestro corazón, todo cambia en nuestra vida; no es que dejemos que Dios habite en nosotros y sigamos con nuestras rutinas y costumbres del hombre viejo, es que cuando Dios habita en nosotros nos sentimos transformados y en nosotros nace un hombre nuevo, que tendrá un nuevo vivir, que tendrá unos nuevos valores, que tendrá un nuevo sentido para su existencia, que se va a ver profundamente enriquecido con la gracia de Dios.
Y ya esto no lo haremos por sacrificio o solamente valorando nuestros esfuerzos humanos, sino que esto lo hacemos, lo vivimos por gracia, porque es el regalo de Dios que así enriquece nuestra vida que nos convierte en hijos de Dios.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Hagamos humana la vida del hombre liberándola de esclavitudes deshumanizante y poniendo nuestros pequeños gestos de ternura y cercanía que alegran el corazón


Hagamos humana la vida del hombre liberándola de esclavitudes deshumanizante y poniendo nuestros pequeños gestos de ternura y cercanía que alegran el corazón

Colosenses 1, 21-23; Sal 53; Lucas 6, 1-5
La vida está hecha de pequeñas cosas; esos pequeños detalles, esos pequeños gestos, esas pequeñas acciones que vamos realizando casi como una rutina cada día, pero que han de tener hondo contenido que nos ayude a nuestra realización como persona y que también puedan ayudar a los demás.
Depende de cómo las realicemos, porque un pequeño gesto nuestro puede resultar molesto u ofensivo para alguien, pero un pequeño gesto realizado desde un corazón sincero y lleno de ternura pueda hacer muy agradable la vida de los que nos rodean. Esas pequeñas cosas le van dando intensidad y calor a nuestra vida porque queriendo hacer felices a los demás, por ejemplo con una sonrisa o una buena cara, también nosotros nos sentimos felices y vamos llenando de alegría y paz nuestro corazón.
Hay gente que no sabe sonreír a los demás y por su expresión muchas veces dura dan la impresión que llevan su corazón lleno de amarguras que no han sabido superar. Pero a personas así hemos de saber hacerle frente con nuestra sonrisa, con nuestra alegría interior, con una bonita palabra que les hace salir de su ensimismamiento y les haga olvidar las cosas negras que puedan llevar en su corazón.
Creo que los cristianos, los que de en verdad nos tomamos en serio a Jesús y su buena noticia, tenemos que ser siempre las personas con más alegría del mundo. Nos sentimos amados por quien en verdad puede llevarnos a la plenitud y eso tiene que hacer que nos sintamos felices; por eso siempre tenemos que ir repartiendo esa alegría, esa esperanza poniendo ilusión en los corazones de todos aquellos con los que nos encontramos. De ahí lo importante de esos pequeños gestos de bondad, como decíamos antes, que tenemos que ir repartiendo por doquier.
Vivimos con alegría y con paz, queremos seguir los caminos del evangelio, nos caminos que nos traza Jesús y sabemos muy bien que cumpliendo sus mandamientos seremos felices nosotros y haremos felices a cuantos están a nuestro lado. Y es que no solo nunca les haremos daño, sino que siempre le estaremos ofreciendo amor, paz y serenidad para sus corazones. Cumplir la ley del Señor para nosotros no es una agonía que nos esclavice, sino un camino que nos llena de felicidad. Siempre la ley del Señor busca el bien del hombre para la gloria de Dios.
Desgraciadamente todos no lo entienden así y viven con amargura en su corazón, pero es que no han descubierto el verdadero sentido de lo que es la voluntad de Dios para el hombre. No es un capricho, sino un camino de felicidad. Lo que nos sucede muchas veces es que nos hacemos unas interpretaciones muy sesgadas de lo que son los mandamientos del Señor, los llenamos de cosas en su entorno que nos aprietan y terminan esclavizándonos, cuando nos fueron dados para nuestra libertad.
Un ejemplo lo tenemos en lo que nos ofrece hoy el texto del evangelio. El sábado era el día santo para glorificar al Señor, pero al mismo tiempo era el día del descanso del hombre. El ser día de descanso prohibiéndose todo tipo de trabajo era una forma también de humanizar la vida del hombre para que no viviera el trabajo como una esclavitud; el bien del hombre al tiempo que la santificación del nombre del señor era su sentido. Pero lo habían encorsetado de tal manera con tantas prohibiciones que lo habían convertido en algo esclavizante, que entonces se llegaba a vivir con amargura. La muestra la tenemos en lo quisquillosos que eran lo escribas y fariseos que vienen a echar en cara a los discípulos de Jesús que no guardan el descanso del sábado simplemente por coger unas espigas que calmasen la fatiga del camino. ¿Era eso humano? Es en cierto modo la respuesta que les da Jesús.
Hagamos humana la vida del hombre liberándola de esclavitudes innecesarias y deshumanizante. Hagamos humana la vida del hombre buscando siempre el bien de la persona; hagamos humana la vida con nuestra ternura, con nuestra cercanía a las personas, con esos pequeños gestos de humanidad que hemos de tener los unos con los otros.

miércoles, 12 de junio de 2019

Nuestra relación con Dios necesariamente ha de ser la de amor desde los pequeños detalles realizados con fidelidad


Nuestra relación con Dios necesariamente ha de ser la de amor desde los pequeños detalles realizados con fidelidad

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19
El amor entre las personas que se aman de verdad se manifiesta desde los más pequeños detalles y en las cosas que nos pueden parecer más ínfimas o insignificantes. No damos por presupuesto que nos amamos sino que lo manifestamos en la fidelidad de cada día hasta en las más pequeñas cosas. Decir que queremos a alguien no nos ha de hacer que nos saltemos esas pequeñas cosas sino que nos obliga por así decirlo desde el amor a realizarlas con más extraordinaria fidelidad.
A todo esto tenemos que decir que nuestra relación con Dios necesariamente ha de ser una relación de amor. Todo parte, por supuesto, del amor que Dios nos tiene y al que tratamos de corresponder. Como nos dice el apóstol el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero.  Y así nosotros amamos y queremos cumplir su voluntad, porque sabemos que haciendo su voluntad manifestamos nuestro amor y buscando siempre lo que es su voluntad damos gloria al Señor.
Pero algunas veces da la impresión que somos raquíticos en nuestra respuesta de amor al amor que Dios nos tiene. Y comenzamos a hacer rebajas, y en esas rebajas queremos saltarnos aquellas cosas que a nosotros nos puedan parecer insignificantes. Total,  nos decimos, son pequeñas cosas sin importancia. Pero en la fidelidad de esas pequeñas cosas, como nos dice hoy Jesús en el evangelio, es donde manifestamos la fidelidad de nuestro amor.
 Escuchemos lo que nos dice hoy Jesús. Nos señala que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Y la plenitud esta en el amor. Por eso nos habla de la fidelidad en el amor hasta en lo que nos parece pequeño. ‘El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos’.
Ahí manifestamos nuestra grandeza. En la humildad de lo pequeño y de lo sencillo. Eso que nos podemos saltar con tanta frecuencia. Algunas veces nos queremos considerar tan espirituales y de tanta altura, que ya no nos queremos quedar en los detalles de lo pequeño. Pero ya vemos como  nos dice Jesús donde está nuestra grandeza. En lo  humilde y en lo pequeño. Y todo eso se va a traducir en cercanía para con los demás bajándonos de nuestros pedestales. Y así nos hacemos humildes y nos ponemos en la fila de los que parece que nada valen o no son considerados. Y ahí vamos repartiendo nuestras sonrisas, nuestros detalles y delicadezas, nuestro amor.
Es lo que hizo Jesús. Y nosotros no tenemos que hacer otra cosa que seguir sus huellas. Tenemos en la Iglesia, los cristianos y también los pastores, aprender a caminar por esos caminos, que fueron los caminos que recorrió el Maestro y el Señor.
Arranquemos todo lo que significa boato y vanidad. Tenemos muy lleno nuestro corazón de esas apetencias y ya no sabemos caminar por los caminos humildes de las cosas pequeñas y sencillas y así nos ponemos por encima de los que consideramos más pequeños que nosotros, cuando en realidad son más grandes. Hay mucha ceguera en nuestros corazones. Esas son las cosas que tenemos que cambiar para que mejore nuestro mundo. Pero nos llenamos la boca hablando de grandes proyectos y programas.
Aprendamos el camino de Jesús.

miércoles, 27 de marzo de 2019

Todo ha de centrarse en una vuelta de nuestro corazón a Dios y en su voluntad encontraremos la sabiduría y el sentido verdadero de nuestra vida


Todo ha de centrarse en una vuelta de nuestro corazón a Dios y en su voluntad encontraremos la sabiduría y el sentido verdadero de nuestra vida

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19
‘Mirad, yo os enseño los mandatos y decretos que me mandó el Señor, mi Dios… Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia…’ ¿Cuántos podemos decir con toda sinceridad esto mismo acerca de los mandamientos de Dios? Claro que no se trata solo de decirlo de palabra, sino decirlo porque esa es también nuestra manera de actuar, respetando y cumpliendo la ley del Señor.
Tenemos la tendencia a quitarnos de encima todo lo que signifique un mandato o una obligación. O al menos intentamos hacernos rebajas, o decirnos que bueno está bien, pero que no todo  hay que tomárselo al pie de la letra, que tenemos que interpretarlo con el devenir de los tiempos, que eso estaba bien para otra época y cosas así.
Pero esto es que es una tendencia en todo lo que signifique una ley, una norma, una obligación legal, y así en la vida estamos siempre a ver como escapamos de aquella obligación, a ver como nos birlamos la ley o como nos escapamos de determinadas obligaciones, ya sea en nuestras normas de conducta más elementales, ya sea en obligaciones fiscales, y nos buscamos mil y un subterfugio para ver cómo escapamos y no cumplimos para hacer lo que nos da la gana, como se suele decir vulgarmente.
Quizá en el momento en que aparece Jesús como un nuevo profeta en medio del pueblo de Israel, con los sueños y esperanzas del Mesías que todos tenían y sentían como algo ya inminente, cansados de tantas normas y preceptos que se habían inventado en la interpretación de la ley de Moisés, o de las imposiciones que sectores más rigurosos y muy poderosos en medio del pueblo, como serian los fariseos y saduceos, ahora pensaban que el nuevo profeta iba a abolir todo aquello.
Pero no es eso lo que nos viene a decir Jesús. No ha venido a abolir la ley sino a darle cumplimiento, a darle plenitud. ¿Significa eso que tienen que seguir sujetos a toda aquella multitud de preceptos que se habían multiplicado de tal manera que hacia olvidar o dejar en segundo plano lo que era realmente la ley de Moisés?
No era ese el camino de Jesús. El dar plenitud había de pasar por ir de verdad a lo que era la ley del Señor, sabiduría e inteligencia verdadera del pueblo de Dios, para no quedarse en cumplimientos formales, sino para llegar al fondo del corazón. No quería el Señor que su pueblo le honrara con los labios mientras su corazón estaba lejos de El. Y era eso lo que les estaba pasando.
Todo tenia que centrarse en una vuelta de verdad desde lo hondo del corazón a Dios. Tenia que ser en verdad el centro de todo. Por eso Jesús anunciaba el Reino de Dios. Decir el Reino de Dios era decir que en verdad Dios era el único centro de la vida y del hombre. Y desde ahí todo había de ramificarse en un nuevo sentido de las cosas, en un nuevo sentido de las relaciones entre unos y otros, en un nuevo sentido de vivir. Y ese sentido estaba en el amor. Ahí es donde habíamos de encontrar la plenitud de todo.
Ahí encontramos de verdad nuestra sabiduría y nuestra inteligencia, como nos decía la Escritura santa en el libro del Deuteronomio. Es el camino de Jesús. Es el amor que lo resume todo. Es el amor que vivimos como respuesta al amor que Dios nos tiene. Es el amor que hemos de vivir en el estilo de Jesús, en el estilo de Dios. No será un amor cualquiera; no serán cosas que hagamos para contentarnos y por cumplir. Es la profundidad que hemos darle a nuestra vida. Es lo que va a dar verdadera razón y sentido a nuestra existencia. Es como en verdad construiremos el Reino de Dios.

miércoles, 22 de marzo de 2017

El mandamiento del Señor el mejor camino en el amor que nos conduce a la vida en plenitud y a la felicidad

El mandamiento del Señor el mejor camino en el amor que nos conduce a la vida en plenitud y a la felicidad

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19
Queremos vivir. ¿Quién me va a decir que no quiere vivir? Ya sé que algunos se pueden sentir aburridos de la vida y desesperanzados y pareciera que pierden las ganas de vivir; los problemas, las dificultades de la vida, las enfermedades, la carencia de medios de subsistencia, la perdido de un norte o de un sentido para la vida, muchas cosas que pudieran hacer que perdiéramos las ganas de vivir.
Pero todos queremos vivir, aunque luego cifremos ese vivir en diferentes cosas. Hay quien dice que quiere vivir en libertad y que nada le ate, nada le condicione, que pueda hacer lo que quiere o lo que le apetezca en cada momento. Fuera normas, fuera reglas, fuera leyes, todo aquello que yo creo que me condiciona mi libertad. Pero ¿no llegaríamos a un caos total si cada uno hace lo que le da la gana y no tiene en cuenta lo que es también la libertad de los demás?
Me voy a una isla desierta, para vivir solo sin que nadie me moleste o interrumpa mis deseos, piensan algunos y quizás están haciendo islas en su entorno y quieren vivir aislados de los demás, no quieren contar con nadie ni que nadie interfiera en sus vidas, pero ¿podrán vivir sin tener una relación con alguien, sin tener con quien compartir su felicidad? Algo caduco en lo que podemos caer, un sin sentido que a la larga me está haciendo perder algo que es esencial en el ser humano, que es la relación con los demás.
Pero seguimos diciendo que todos queremos vivir y para otros será distinto el sentido de ese vivir. Buscarán algo más hondo que les haga encontrar lo que les lleve a una plenitud en ese vivir. Andamos en búsqueda. Y nos daremos cuenta quizás que en ese aislamiento no vamos a encontrar esa felicidad para su vida, y nos daremos cuenta que no es solo hacer lo que me apetezca porque al final así nunca quedaré satisfecho, que ese caos no me llevará a ninguna parte.
Y es que no vivimos solos en el mundo ni estamos hechos para esa soledad que nos aísle permanentemente de los demás, de lo que nos rodea. Que la plenitud de mi ser no está en romper con todo lo que me relacione con los demás, sino en encontrar un sentido a esa relación y encontrar el camino para que en esa relación pueda ser feliz, pueda realizarme en plenitud, encuentre un sentido a mi vida por lo que luchar, por lo que caminar, por lo que vivir.
Es cierto que la vida la vamos llenando de tantas normas que nos pudieran parecer un corsé demasiado ajustado que nos moleste a caminar con soltura. Quizá nos reglamentamos demasiado en la vida y necesitaríamos ir a lo que verdaderamente es fundamental e importante. A causa de nuestras sinrazones y del caos que creamos con nuestros caprichos y orgullos haya sido necesario ponernos normas que de alguna manera nos obliguen a ir por un camino. Pero si llegamos a encontrar ese equilibrio en nuestra vida personal podremos lograr también un equilibrio en nuestras relaciones y no necesitaríamos tantas normas y preceptos.
Ha sido así en todos los tiempos y en todos los tiempos los hombres han sentido también esa rebeldía interior. Cuando apareció Jesús de Nazaret enseñando un nuevo sentido de vida, un nuevo estilo de mundo que El llamaba el Reino de Dios, también estaban esas voces de los que querían liberarse de normas y preceptos, mas cuando las clases dominantes en aquel momento daban tanta importancia a minucias que no la tenían y se habían cargado de esos preceptos y leyes.
Jesús viene a decir que El no ha venido a abolir la ley, sino lo que quiere es darle plenitud. Y es que Jesús venia a ayudarnos a descubrir el verdadero sentido del hombre, de la persona. De alguna manera estaba conectando con lo que les había dicho Moisés de parte de Dios, como  hoy hemos escuchado en el Deuteronomio. ‘Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar… Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos’.
Así viviréis… son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia. ¿No decíamos al principio de esta reflexión que queríamos vivir? La ley del Señor es vida para el creyente. No es una carga ni una imposición. Es el camino que nos conduce a plenitud, a felicidad.
Fijémonos cómo si seguimos las pautas que nos va señalando el Señor en verdad seremos felices porque nunca haríamos nada que fuera en contra de los demás, que hiciera daño a los otros. Nuestra convivencia sería de lo más hermoso, y ¿en qué podemos encontrar mayor plenitud, mayor felicidad?  Nuestra verdadera sabiduría, nuestra mayor inteligencia, el mejor camino de la felicidad en el amor.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Impregnémonos de esa Sabiduría de Dios llenando nuestra vida de amor que nos conduce a la verdadera plenitud.

Impregnémonos de esa Sabiduría de Dios llenando nuestra vida de amor que nos conduce a la verdadera plenitud.

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19

Muchas veces, por decirlo así, nos hacemos rebeldes. Nos cuesta aceptar que nos pongan normas, que tengamos que cumplir leyes y preceptos; nos volvemos en ocasiones anárquicos y queremos hacer solo aquello que nos apetezca. Es una tentación fácil que nos aparece muchas veces en la vida, sobre todo cuando al someternos a unas normas se nos hace difícil desde esa rebeldía interior en que nos parece que lo que nosotros ideamos o apetecemos es mejor o cuando nuestros caprichos parece que son los que tienen que prevalecer.
Pero desde una elemental reflexión somos conscientes de que no caminamos solos en la vida que compartimos con los demás; no hacemos solos el camino sino que caminamos juntos al paso de los demás; y para hacer ese camino juntos que es nuestra convivencia de cada día necesitamos un respeto mutuo, un valorarnos los unos a los otros, un saber colaborar, el no hacer nada que pueda impedir el camino feliz de los demás, porque ya no se trata de que sea feliz yo solo sino que esa felicidad compartida es mayor y mejor para todos. Y otro eso se traduce en lo que llamaríamos unas normas de convivencia, en unos parámetros que nos ayudarían a hacer ese camino y a preservar esa dicha y felicidad de la convivencia. Y eso que pensamos en esa convivencia con los más cercanos lo traducimos en lo que ha de ser la vida de toda la sociedad.
Pero nuestra vida tiene una trascendencia aun mayor, desde un sentido espiritual, y desde el sentido de vida de un creyente. No solo dependemos de esa dependencia (valga la redundancia) de nuestra relación con los demás, sino que nos trascendemos hacia el que es el Creador de la vida y de nuestras vidas, en el que es así el Señor de nuestra vida. En El vamos a encontrar ese profundo sentido de nuestra existencia, en El vamos a encontrar el cauce verdadero de la verdadera y autentica felicidad del hombre. Lo llamamos ley natural o lo llamamos ley divina impresa en nuestros corazones, pero lo que Dios quiere de nosotros es esa dicha y felicidad y para eso nos traza sus caminos. Es la ley del Señor que llamamos los mandamientos del Señor.
Hoy nos decía el libro del Deuteronomio que los mandatos del Señor son ‘nuestra sabiduría y nuestra inteligencia’ y es así cumpliendo los mandamientos del Señor cómo nos hacemos un pueblo sabio e inteligente. No son caprichos de Dios, sino que es la Sabiduría de Dios que quiere el bien del hombre. No es por nuestra parte un sometimiento ciego sino encontrar ese sentido que nos lleve a un camino de mayor plenitud que será de mayor felicidad para todos. No es tampoco el camino de nuestros caprichos el que nos va a llevar a la mejor felicidad.
Jesús nos dice en el evangelio que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Y que nuestra grandeza la vamos a encontrar en esa fidelidad a ese camino que nos conduce a esa plenitud. Jesús quiere en verdad purificar nuestros corazones, quiere que en verdad busquemos lo que verdaderamente es importante, que no vayamos por caminos de cosas superfluas, que le demos un verdadera sentido a todo aquello que hacemos.
Impregnémonos de esa Sabiduría de Dios, llenando nuestra vida de amor que nos conduce a la verdadera plenitud.

miércoles, 26 de marzo de 2014

La ley del Señor vivida en el amor es nuestra sabiduría y nuestro camino de santidad



La ley del Señor vivida en el amor es nuestra sabiduría y nuestro camino de santidad

Deut. 4, 1.5-9; Sal. 147; Mt. 5, 17-19
Por una parte hemos escuchado  en el Deuteronomio que Moisés le dice al pueblo: ‘Escucha los mandatos y decretos que yo os enseño a cumplir: así viviréis, entraréis y tomaréis posesión que el Señor os va a dar…’ Y por otra parte hemos escuchado a Jesús que nos dice en el evangelio ‘no creáis que he venido a abolir la ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud…’
Moisés le decía al pueblo que aquellos mandatos son su sabiduría y su prudencia. Era una manera de hacer comprender al pueblo lo importante que era cumplir con la ley del Señor. A todos nos pasa, no nos gusta que nos pongan normas y nos señalen lo que tenemos que hacer; siempre surge una rebeldía en nuestro corazón y nos puede parecer que una norma o un mandamiento coartaría nuestra libertad, porque nos gusta hacer lo que a nosotros nos parece.
Por eso Moisés trata de explicarles que en la ley del Señor encuentran su sabiduría, porque en la ley del Señor encuentran el verdadero sentido de sus vidas. Son como los cauces por donde han de circular los caminos de nuestra vida que no solo nos harían más felices a nosotros sino que también contribuiríamos a la felicidad de los demás. ‘Ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia’, les dice. 
Pero antes que todo eso les da un motivo más grande que es la cercanía de Dios.  No es un Dios lejano, sino un Dios que se hace presente en nuestra vida, camina a nuestro lado. Los otros pueblos al escuchar lo que son los mandatos del Señor dirán: ‘Cierto que son un pueblo sabio y prudente esta gran nación; porque ¿Cuál de las naciones grandes tiene unos dioses tan cercanos? ¿cuál de las naciones grandes tiene unos mandatos y decretos tan justos…?’ Y les insiste que no olviden nunca todas las maravillas que el Señor ha hecho con su pueblo porque así recordarán el amor que Dios siempre les ha tenido y eso les motivará a querer cumplir siempre su voluntad.
Bien nos viene a nosotros recordar también todo esto, estas palabras de Moisés. Que sepamos descubrir toda la sabiduría que contiene la Palabra del Señor y lo importante que son para nosotros los mandamientos del Señor. No lo podemos olvidar, y no podemos olvidar los mandamientos del Señor. Es un peligro que tenemos. Hemos de tener siempre muy presente, no olvidarlos de ninguna manera, lo diez mandamientos.
Ojalá los tuviéramos siempre delante de nuestros ojos, muy presentes en nuestra vida, para que dejemos conducir nuestra vida siempre por lo que es la voluntad del Señor. Fijémonos en lo que decimos en el padrenuestro, ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’; cumplir siempre la voluntad del Señor en todo. ¿Cómo vamos a cumplirla si ni siquiera nos sabemos de memoria los mandamientos?
Y Jesús nos dice que no ha venido a abolir los mandamientos del Señor. Ha venido a darles plenitud, como plenitud quiere para toda nuestra vida. Y nos dice que el que se salte aunque solo fuera uno de los que pueden parecer más pequeños e insignificantes, no es digno del Reino de los cielos. ¿Cuál es el camino de esa plenitud de la que nos habla Jesús? No es otro que el camino del amor, porque eso fue su vida y quiere que sea nuestra vida.
No cumplimos los mandamientos a regañadientes y porque no nos queda más remedio; eso sería una pobreza grande en nuestra vida. Recordemos que en los mandamientos tenemos nuestra sabiduría y nuestra prudencia como nos decía Moisés. Lo hacemos desde el amor. no vamos temiendo castigos y condenas, sino vamos buscando cómo mejor expresar nuestro amor a Dios, que lo haremos en el amor que le tengamos a los demás.
Recordemos aquellos versos tan hermosos que quizá aprendimos de niños y qué valor tienen para motivarnos al amor y al cumplimiento de la ley del Señor. ‘No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera’. Que así nos sintamos nosotros movidos a cumplir siempre la ley del Señor.

sábado, 15 de marzo de 2014

Somos un pueblo consagrado al Señor cuyo distintivo es el amor incluso a los enemigos



Somos un pueblo consagrado al Señor cuyo distintivo es el amor incluso a los enemigos

Deut. 26, 16-19; Sal. 118; Mt. 5, 43-48
‘Serás un pueblo consagrado al Señor tu Dios, como te lo tiene prometido’. Así escuchábamos en la lectura del Deuteronomio. Es un recordatorio de la Alianza del Sinaí. Dios se había elegido a aquel pueblo como suyo, pero ellos habían de reconocerle como su único Dios y Señor. ‘Hoy te has comprometido con el Señor a que El sea tu Dios, a ir por sus caminos, a observar sus leyes y preceptos y mandatos, y a escuchar su voz’. Es la Alianza del pueblo con su Dios, de Dios con su pueblo. Serán un pueblo consagrado al Señor.
Fue la Alianza que condujo al pueblo de Israel a través de toda su historia, con momentos de fidelidad y fervor, pero también con muchos momentos de infidelidad, con lo que tenían que irla renovando  continuamente. Fue el anticipo y la preparación para el pueblo de la Nueva Alianza, la que se iba a constituir por la Sangre de Cristo, Sangre de la Nueva y eterna Alianza derramada para el perdón de los pecados. Es lo que nosotros vivimos y lo que nos disponemos a celebrar. Por eso estamos haciendo este camino de preparación y renovación de nuestra vida que es la Cuaresma a partir de la Palabra de Dios que cada día vamos escuchando y plantando en nuestro corazón.
Hoy el evangelio es una continuación del escuchado ayer donde se nos va explicitar aún más como hemos de vivir nuestro amor. Ayer nos hablaba de reconciliación y de cómo vivir en actitud positiva hacia los demás evitando todo lo que fuera negativo o pudiera ofender. Hoy Jesús en esta página nos hace dar un paso más en ese camino de plenitud que el quiere para nosotros. Como nos dirá en el Sermón del Monte, de donde están sacadas estas palabras que hoy hemos escuchado, El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a dar plenitud. No ha venido a abolir esa Alianza de la que nos ha hablado la primera lectura, sino a dar una mayor plenitud en la Alianza en su Sangre que en la cruz se va a realizar.
Y para motivarnos más en esa exigencia de nuestro amor nos señalará que hemos de ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. Nos pone el listón muy alto, pero es el camino de superación que ha de vivir siempre el cristiano.
Por eso hoy hablará del amor a los enemigos, el amor a aquellos que no nos hayan hecho bien o incluso nos hayan hecho mal. En algo hemos de distinguirnos los cristianos. Ya nos había dicho que si no fuéramos mejores que los escribas y fariseos no entraríamos en el Reino de los cielos. Ahora nos dice que si amamos solo a los que nos aman no nos distinguimos en nada de los demás porque eso lo hace cualquiera, eso lo hacen también los que no creen en Dios, porque saben ser agradecidos con los que les hayan hecho bien.
En nosotros el escalón tiene que estar más alto. Y será entonces el amor a los enemigos o a los que nos hayan hecho mal, o incluso nos hayan perseguido. ‘Habéis oído que se os dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo…’
Hemos de reconocer que no es fácil lo que nos está pidiendo Jesús. Pero ahí está la sublimidad del amor cristiano. La meta de nuestro amor está en Dios; el modelo es Jesús que así nos amó a nosotros cuando no lo merecíamos, porque somos nosotros los pecadores y los que le hemos ofendido y siempre es fiel el Señor en su amor para con nosotros. Jesús no nos está pidiendo nada en lo que El  no haya ido por delante de nosotros haciéndolo también. ¿Qué dijo Jesús en la cruz mientras lo crucificaban? Oraba al Padre por aquellos que le estaban crucificando. Estaba pidiendo perdón para ellos e incluso los disculpaba. Sublime es el amor de Jesús y sublime tiene que ser nuestro amor.
Cuesta rezar por aquel que te haya hecho mal, pero cuando has sido capaz de comenzar a hacerlo podríamos decir que has comenzado a amar a esa persona y también a perdonarla. Os digo más, cuando sentimos resentimiento en nuestro corazón por el daño que nos hayan podido hacer, si somos capaces de orar por esa persona, simplemente para ponerla en las manos de Dios, no tenemos que pedir más, seguro que también comenzaremos nosotros a sentir paz en nuestro corazón.  Esa persona podrá alcanzar la paz como un don de Dios hacia ella, por lo que nosotros hayamos pedido, pero nosotros también comenzaremos a sentir una paz nueva y distinta en nuestro corazón. No olvidemos que somos nosotros también un pueblo consagrado al Señor.

viernes, 23 de noviembre de 2012


Al paladar dulce como la miel, en el estómago sentirás ardor

Apoc. 10, 8-11; Sal. 118; Lc. 19, 45-48
Es habitual que los profetas nos hablen con imágenes y comparaciones para expresarnos toda la hondura y riqueza que tiene la Palabra del Señor que quieren trasmitirnos. Jesús, como conocemos bien, en el evangelio emplea frecuentemente parábolas para hablarnos del Reino de Dios. No nos quedamos en la literalidad de la imagen o de la comparación sino en el mensaje hondo que quieren trasmitirnos. Así también el Apocalipsis que estamos escuchando en estos días está lleno de imágenes y comparaciones muchas veces tomadas de los profetas de Antiguo Testamento.
Es el caso de la imagen que hoy se nos presenta que nos traslada con toda fidelidad lo que el profeta Ezequiel ya nos había presentado. ‘Ve a coger el librito abierto de la mano del ángel… cógelo y cómelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor’.
Ya se nos había hablado del rollo que nadie podía abrir, pero que el Cordero tomó de la mano del que estaba sentado en el trono y lo abrió para nosotros. Ahora ese libro ha de ser comido. La imagen del comer tiene en sí misma precioso significado. Es asimilar, es hacer vida de sí mismo aquello que se come, es alimentarnos para tener vida, quiere expresar también una unión muy profunda.
¿Qué contiene ese librito? Es la profecía, es la revelación, es la Palabra de Dios, es el mandamiento del Señor, es el camino que hemos de seguir y vivir. Y nos dice ‘al paladar será dulce como la miel’; y ese mismo concepto lo hemos ido repitiendo en el salmo: ‘Qué dulce al paladar tu promesa… es mi alegría el camino de tus preceptos… son mi delicia… mis consejeros. Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata… más dulce que la miel en la boca… la alegría de mi corazón’.
Cuando con fe acogemos y aceptamos el mandamiento del Señor así nos sentimos dichosos y felices. Es la dicha y el gozo de escuchar al Señor y poner en práctica sus palabras. Ya nos lo había dicho desde el principio a manera de bienaventuranza: ‘dichoso el que lee y dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito, porque el plazo está cerca’. Es la riqueza de la Palabra del Señor que es nuestro gozo y nuestra alegría. ‘Más dulce que la miel en la boca’, que nos repite hoy. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’, había dicho un día Jesús.
Pero hoy nos dice también la profecía del Apocalipsis que ‘en el estómago sentirás ardor’. ¿Qué nos quiere decir?  Hoy terminará diciéndonos que ‘tienes todavía que profetizar contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos’. Profetizar es decir y proclamar la Palabra; profetizar es dar testimonio y convertirnos en testigos. Nuestra vida tiene que ser profecía; nuestra vida ha de ser la de un testigo. Testigos frente al mundo que nos rodea; testigos frente a un mundo de indiferencia cuando no de increencia.
Y damos testimonio de algo nuevo y distinto, de una vida nueva, de una vida distinta; damos testimonio de nuestra fe; hemos de dar testimonio con las actitudes y comportamientos de nuestra vida. No siempre será fácil, porque nos acecha la tentación, porque nos encontramos un mundo adverso y muchas veces en contra, porque ese testimonio nos costará esfuerzo y sacrificio. Profetizar, como decíamos, es ser testigo. Y el testigo es un mártir porque estará ofreciendo la propia vida como testimonio. Y eso en muchas ocasiones nos costará sufrimiento, dolor, lágrimas, sangre quizá con la que rubricar nuestro testimonio cuando sea necesario. ‘En el estómago sentirás ardor’.
Pero con nosotros está el Señor. No nos faltará su gracia, la fuerza de su Espíritu. Nos sentimos alentados en nuestra esperanza, fortalecidos en nuestra fe, con ánimo para dar siempre el testimonio de nuestro amor.

miércoles, 14 de marzo de 2012


Guardadlos y cumplidlos que son vuestra sabiduría y vuestra prudencia

Deut. 4, 1.5-9; Sal. 147; Mt. 5, 17-19
‘Escucha los mandatos y decretos que yo os enseño a cumplir… guardadlos y cumplidlos porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia… así viviréis… guárdate muy bien de olvidarlos…’
Moisés instruye al pueblo que Dios le ha confiado para que escuchen y cumplan los mandamientos del Señor. Les dice incluso que serán su orgullo ante los otros pueblos que admirarán la sabiduría y la prudencia de las leyes de este pueblo. Así serán un pueblo grande. El Señor promete para ellos si son fieles a la alianza el poseer la tierra que les había prometido. Es la fidelidad a la Alianza que han hecho con el Señor por encima de todo, donde se han comprometido a cumplir la ley del Señor.
Es señal de un pueblo maduro el tener leyes justas que ordenen toda su vida y toda su convivencia y ser fieles en el cumplimiento de la ley. Frente a la anarquía de querer gobernarse cada uno por sí mismo que se convertirá en una ley de la jungla donde cada uno vaya por su lado y la convivencia justa y pacífica sea imposible, el tener leyes justas manifiesta la madurez de los hombres y de los pueblos.
Moisés, en el nombre del Señor, se preocupa de que aquel pueblo que se ha ido formando y madurando al atravesar el desierto puedan tener esas leyes justas que ordenen toda la vida de aquel pueblo. Este texto del Deuteronomio con los discursos de Moisés es como un cántico a la sabiduría y a la prudencia de la ley que Dios ha dado a su pueblo. Es la ley mosaica que llamamos, los mandamientos del Señor.
Jesús nos dirá en el evangelio que El no ha  venido a abolir la ley y los profetas, los dos pilares sobre los que se asienta el pueblo judío, sino que ha venido a dar plenitud. La Alianza que en Cristo se realizará de manera definitiva y eterna no estará ya sellada por la sangre de los sacrificios de los animales ofrecidos sobre el altar del templo, sino que estará sellada y rubricada en la sangre de Cristo, ‘Sangre de la Alianza nueva y eterna para el perdón de los pecados’.
Jesús es la plenitud de la ley porque en El está la plenitud de la salvación. El será el que nos enseñará y ayudará a que adoremos al Padre en espíritu y verdad. El nos va a conducir por los  caminos del amor y de la entrega en el amor y en la entrega más sublime para que así sea sublime también nuestra vida y con ella demos siempre gloria al Señor en plenitud.
En este camino cuaresmal que vamos haciendo, que es camino de renovación y de purificación y que nos conduce a la Pascua en la Sangre de Cristo derramada para el perdón de nuestros pecados, es bueno que meditemos una y otra vez todo lo que es la ley del Señor, todo lo que es ese camino de vida, de sabiduría, de prudencia santa que Dios nos ha ido trazando y que adquiere plenitud en Jesús. Lo meditamos, lo rumiamos en nuestro interior, para cada día con mayor intensidad irnos impregnando de lo que es la voluntad del Señor y realizándola en nuestra vida.
No sólo decimos como un deseo en la oración del padrenuestro ‘hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’, sino que eso significa un compromiso grande por nuestra parte para en todo hacer siempre la voluntad del Señor cumpliendo sus mandamientos y dando así gloria al Señor. Por eso necesitamos meditar en los mandamientos del Señor, tratar de ahondar cada día en su auténtico significado, porque no nos podemos quedar en superficialidades o apariencias, sino que tenemos que ir a lo más hondo para realizar en verdad lo que es la voluntad del Señor.

sábado, 3 de marzo de 2012


Somos el pueblo consagrado al Señor y nuestro amor tiene que ser el de los consagrados

Deut. 26,14-19; Sal. 118; Mt. 5, 43-48
‘Y serás un pueblo consagrado al Señor tu Dios, como lo tiene prometido’. Serás un pueblo santo, un pueblo consagrado a Dios. Es lo que le dice Moisés al pueblo en su exhortación a que cumpla los mandamientos del Señor.
Decimos que una cosa es santa o sagrada por su relación con el Señor, con el culto a Dios. Consagramos un templo, consagramos un cáliz para que sea sagrado, para que sea santo, para que sea dedicado solo al culto del Señor. Un templo no es una  simple sana de reuniones o de fiestas, es el lugar que dedicamos a Dios; por eso lo bendecimos, lo consagramos. Lo mismo decimos de los objetos de culto, como el cáliz que mencionábamos.
Moisés le dice al pueblo que Dios ha hecho una alianza con ellos; han de cumplir el mandamiento del Señor, han de ser fieles a la Alianza, porque ahora son ya el pueblo de Dios; el pueblo, separado de entre los demás pueblos, para ser el pueblo santo, el pueblo consagrado al Señor. ‘Hoy te has comprometido con el Señor a que El sea tu Dios, a ir por sus caminos, a observar sus leyes y preceptos y mandatos y a escuchar su voz’.
Pero eso nosotros desde nuestro Bautismo que nos une a Jesús, que nos ha consagrado también, lo decimos con toda profundidad del cristiano, y del pueblo cristiano. Somos santos, consagrados para Dios en virtud de nuestro bautismo y formamos parte de un pueblo santo, de un pueblo consagrado al Señor. Toda nuestra vida, entonces, será siempre para Dios, para la gloria del Señor. Somos fieles, tenemos que ser fieles cumplimiendo el mandamiento del Señor porque además formamos parte de ese nuevo pueblo santo, el pueblo de la nueva y eterna Alianza sellada en la sangre de Cristo.
Esto que estamos reflexionando nos hace pensar en nuestra dignidad y en nuestra grandeza; pero ha de hacernos pensar también en la santidad de nuestra vida. Santidad que vamos a manifestar en la fidelidad al Señor, en la fidelidad a la Alianza del Señor, en el cumplimiento siempre y en todo de lo que es la voluntad del Señor.
Y ¿en qué precisamente hemos de resplandecer? ¿cuál ha de ser nuestro distintivo? Bien sabemos que nuestro distintivo es el amor. Jesús nos lo dejó como su precepto, como su único y nuevo mandamiento. Amarnos los unos a los otros con un amor como el de Jesús ha de ser en lo que resplandezca nuestra santidad.
El texto del evangelio de hoy está tomado del sermón de la montaña, cuando Jesús va explicando a los discípulos las características del amor cristiano, que no es un amor cualquiera. Hoy nos habla de manera especial del amor que hemos de tener a todos, y de manera especial a los enemigos o a los que nos hayan hecho mal. Es una piedra de toque importante para muchos cristianos el tema del perdón a los que nos hayan ofendido como el tema del perdón. Pero es algo que hemos de tomarnos muy en serio para darle toda la profundidad que ha de tener el amor cristiano.
‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian…’ Es claro y tajante Jesús a la hora de pedirnos amor. Nuestro amor tiene que ser a todos sin distinción. En eso tenemos que diferenciarnos, porque así nos comportamos ‘como hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos’.
Pero además nos dice que en algo tenemos que diferenciarnos de los paganos. Hacer el bien a quien te haya hecho bien lo hace cualquiera; saludar al que te saluda lo hacen todos; querer y hacer el bien a los amigos, eso lo hace todo el mundo. Pero en el nombre de Jesús en quien creemos y que ha sido capaz de morir por nosotros siendo pecadores, a nosotros se nos pide y exige algo más especial. A todos tenemos que amar.
Y terminará diciéndonos: ‘Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. Somos el pueblo consagrado al Señor.

viernes, 9 de diciembre de 2011

El que te sigue tendrá la luz de la vida


Is. 48, 17-19;

Sal. 1;

Mt. 11, 16-19

‘Yo, el Señor, te enseño para tu bien, te guío por el camino bueno…’ La enseñanza del Señor nos conduce siempre por el camino recto y lo que el Señor nos pide siempre nos llenará de las satisfacciones más hondas.

Quiere siempre el Señor el bien del hombre. Si en verdad buscarámos en todo lo que es la voluntad del Señor, los que son los caminos del Señor no sólo seríamos más felices nosotros sino que haríamos felices también a los que están a nuestro lado. Un fruto siempre sería la buena convivencia y armonía entre todos.

Como decíamos en el salmo ‘el que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida’. Cuando seguimos los caminos del Señor nos sentiremos llenos de las bendiciones de Dios. Como dice, ‘tendrá la luz de la vida’. Las imágenes que nos propone el texto profético que estamos comentado de eso quieren hablarnos, de esas bendiciones del Señor. ‘Si hubieras atendido a mis mandatos sería tu paz como un río, tu justicia como las olas del mar’, que nos dice el profeta.

La fecundidad y la numerosa descendencia eran consideradas en los pueblos antiguos como una bendición del Señor. El hombre y la mujer que se ven prolongados en una descendencia numerosa se consideran bendecidos por el Señor. Recordemos cómo la bendición de Dios a Abrahán es una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como las arenas del mar. Desde un razonamiento natural incluso podemos comprenderlo si consideramos cómo en aquellos tiempos no era muy habitual llegar a largas edades e incluso era normal la muerte de muchos infantes. Quien pudiera contemplar, pues, una descendencia numerosa se sentía bendecido por el Señor. Así decía el profeta ‘tu progeníe sería como arena, como sus granos los vástagos de tus entrañas’.

Por otra parte Jesús nos dice que andamos como niños caprichosos que no sabemos lo que queremos y que parece que siempre fuéramos a la contra de todo. ‘¿A quién se parece esta generación?’ Y nos dice que somos como los niños que juegan en la plaza y mientras unos proponen un juego los otros estarán proponiendo siempre lo contrario.

¿Por qué dice eso Jesús? Hace referencia a lo que sucedía con la aceptación de Juan y con lo que sucedía con El mismo. Unos lo aceptan y otros lo rechazan. Unos son capaces de aceptar el mensaje que se les propone, y siempre habrá por otro lado quien se opone o le parece mal lo que se les enseña.

Nos sucede a nosotros en el mundo de hoy. Cuánto nos cuesta aceptar el camino bueno que se nos propone. Cuánto cuesta aceptar lo que es el magisterio de la Iglesia, cuánto rechazo, cuántos nos están diciendo continuamente es que la Iglesia tiene que adaptarse a los tiempos, que si de esto no debe hablar o tiene que modernizarse y así no se cuántas cosas más. Cuántos quizá sólo se fijan en las debilidades que pudiera haber en los miembros de la Iglesia para desautorizarlo todo y rechazar la misión y la enseñanza de la Iglesia.

Quizá muchas veces en el fondo lo que está es que nos cuesta aceptar los caminos del bien y de la recta moral porque lo que están haciendo es denunciar de alguna manera esas cosas no tan buenas que podamos tener en nuestra vida. Y cuando nos señalan que no estamos siguiendo el camino recto y se nos hace ver que tenemos que cambiar y corregir muchas cosas en nosotros afloran nuestros orgullos, aparece nuestro amor propio y ya no somos capaces de aceptar con humildad. Cuánto nos cuesta dejarnos enseñar.

Como recordábamos con el profeta al principio, el Señor nos dice ‘Yo, el Señor, te enseño para tu bien, te guío por el camino bueno…’ Dejémonos conducir por el Señor. Dejemos que el Espíritu del Señor nos guíe allá en lo más profundo de nosotros. El que sigue al Señor, tendrá la luz de la vida, como decíamos en el salmo. Que en verdad sea siempre nuestro gozo la ley del Señor y la meditemos día y noche rumiándola allá en el corazón.

miércoles, 30 de marzo de 2011

La ley del Señor es sabiduría que nos conduce a la vida y a la plenitud


Deut. 4, 1.5-9;

Sal. 147;

Mt. 5, 17-19

Vida, sabiduría, prudencia, presencia de Dios, plenitud son las palabras que destacaría y subrayaría en el mensaje de la Palabra proclamada hoy.

‘Escucha los mandatos y decretos que yo te enseño a cumplir, así viviréis…’ les dice el Señor por medio de Moisés a su pueblo elegido. Cumplir la voluntad del Señor es alcanzar la vida. Algunos podrían pensar que estar sometidos a leyes y mandatos no es tener vida, porque esos mandatos restringen y no podemos vivir como queremos. Pero olvidamos que los mandatos del Señor no nos restringuen ni coaccionan, sino todo lo contrario, son como el cauce por el que dejándonos conducir por ellos nos ayudan precisamente a una mayor dicha y felicidad, pero esa dicha y felicidad será para todos.

‘Guardadlos y cumplidlos, nos sigue diciendo el Deuteronomio, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia ante los demás pueblos que dirán: cierto que es un pueblo sabio y prudente esta gran nación…’ Sabiduría es algo más que tener conocimiento de cosas; es sabio no solo el que pueda tener muchos conocimientos, sino el que tiene el saber de la vida; el que desde la hondura de todo lo que ha vivido va encontrando un sentido hondo y profundo a las cosas. En el mandamiento del Señor tenemos nuestra sabiduría y nuestra prudencia, porque nos ayuda a comprender ese sentido de la vida y nos da esa prudencia para saber actuar en cada momento buscando siempre lo mejor.

Pero en el mandamiento del Señor se nos manifiesta algo más, la cercanía y la presencia de Dios. El Dios que nos ama y que nos cuida; el Dios que nos señala caminos que nos llevan a la dicha y a la felicidad; el Dios que se hace presente junto a su pueblo en su caminar. ‘Es un pueblo sabio y prudente esta nación, porque ¿cuál de las naciones grandes tiene unos dioses tan cercanos? ¿cuáles de todas las naciones tiene unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que hoy os voy a promulgar?’

Jesús nos viene a completar este pensamiento que vamos desarrollando con el libro del Deuteronomio. Jesús viene a dar plenitud a toda esa ley del Señor. El es la plenitud y la vida. El es nuestra Sabiduría y la presencia de Dios en medio nuestro. ‘No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud’. Por eso Jesús nos lo centrará todo en el amor. Estas palabras de Jesús que hoy escuchamos forman parte del sermón de la montaña, y bien sabemos cómo Jesús al proclamarnos lo que sería como el centro de su mensaje nos habla de la sublimidad con que hemos de vivir el amor. En él encontraremos esa plenitud. Y en el cumplimiento de la ley del Señor, de lo que es su voluntad encontraremos nuestra grandeza. ‘Quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los cielos’, termina diciendonos hoy Jesús.

En este camino que día a día vamos haciendo en nuestra cuaresma hoy la liturgia en la Palabra proclamada nos ofrece esta reflexión sobre cómo hemos de acoger la ley del Señor. Como hemos ido subrayando, la ley del Señor es nuestra vida y nuestra sabiduría, nuestra prudencia y nuestra plenitud. Conocer y meditar la ley del Señor nos hace sentirle más cercano a nosotros y nos impulsa a ir dando nuestra respuesta de amor.

Nos hace falta esa profundización en lo que es la voluntad del Señor. Que ha de empezar para muchos por el conocimiento de los mandamientos que tendríamos que repasar en el catecismo. La gente suele decir muchas veces ‘yo no mato ni robo, luego yo no tengo pecados’; pero tendríamos que preguntarnos ¿y cuántos son los mandamientos? Falta muchas veces en nuestros cristianos una buena formación catequética y una buena formación cristiana, para ahondar de verdad en esa sabiduría de Dios que encontramos en su palabra. Ojalá surgiera esa inquietud en nuestro corazón en esta cuaresma.

jueves, 15 de julio de 2010

Mi alma te ansía de noche… en mí encontraréis vuestro descanso

Is. 26, 7-9.12.16-19;
Sal. 101;
Mt. 11, 28-30

Mientras en el profeta Isaías se nos manifiestan unas ansias y deseos de Dios porque queremos buscar y seguir su senda, vivir en su paz, en el evangelio Jesús nos invita a ir hasta El porque en El vamos a encontrar esa paz y ese descanso.
‘En la senda de tus juicios, Señor, te esperamos, ansiando tu nombre y tu recuerdo. Mi alma te ansía de noche, mi espíritu en mi interior madruga por ti, porque tus juicios son luz de la tierra y aprenden justicia los habitantes del orbe’. ¡Qué hermosos deseos! ¡Qué esperanza y que confianza puesta en el Señor! Lo deseamos, lo buscamos, queremos encontrar esa luz, queremos aprender de su justicia y santidad.
No siempre es fácil porque nos distraen tantas cosas, nos sentimos atraídos por otras, y muchas nos llevan a caminar caminos que no son de justicia y verdad, o cuando queremos caminar nuestros caminos sólo a nuestro saber o por nosotros mismos. Podemos caer en el vacío, en la nada, en la muerte si abandonamos los caminos del Señor o perdemos esa inquietud espiritual en nuestro interior. No podemos perder de vista cuál es la meta de nuestro caminar cristiano.
Jesús nos invita a ir hasta El. Nos encuentra quizá desorientados o perdidos en nuestro camino y el va siempre delante de nosotros señalándonos la senda. Nos agobiamos y cansamos muchas veces porque la lucha por superarnos nos puede parecer fuerte y costosa, pero sabemos que no la hacemos por nosotros mismos sino en El, con El, sintiéndole a El en nuestro caminar.
‘Venid a mí todos los que estáis cansado y agobiados y yo os aliviaré’. Es nuestra senda, nuestra fuerza, nuestro descanso, nuestra paz. De El tenemos que aprender. ‘Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso’. Mansedumbre, humildad, paz y serenidad de espíritu, amor. Son los caminos del Señor. Es la vida del Señor. Es lo que contemplamos en El y de El tenemos que aprender.
Algunas veces la palabra ‘yugo’ nos puede resultar fuerte o dura a nuestros oídos, aunque Jesús nos diga que ‘su yugo es llevadero’. Pero al pensar en el yugo pensamos en ese aparato por llamarlo de alguna manera con que se enyugan los animales, sobre todo lo bueyes o caballerías, para realizar los duros trabajos del campo, las aradas o la conducción de los productos del campo. Nos puede parecer algo duro e incómodo. Pero el yugo les sirve a los animales para facilitarles el trabajo o para mejor conducirlos por los caminos.
Cuando en la literatura judía se está hablando de yugo se está haciendo referencia a la obediencia de la ley del Señor en todo momento. Podría parecer dura esa obediencia a la ley del Señor como si fuera una pesada carga que se nos impone, pero me gustaría recordar ahora lo escuchado en el libro del Deuteronomio el pasado domingo y así pudiéramos entender mejor lo que Jesús quiere hoy expresarnos.
‘Escucha la voz del Señor tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos… porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda o inalcanzable… el mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca…’ No es algo inalcanzable, lo tienes inscrito en tu corazón, es el cauce, el camino seguro por donde ha de caminar tu vida para que la vivas en felicidad. Los mandamientos con como esos raíles del camino para que lo siguas y no te salgas de ellos; si caminas por ellos caminarás seguro, sin peligro, con la seguridad de alcanzar la meta.
No nos pide el Señor cosas imposibles, sino aquello que nos va a lograr la más hermosa y plena felicidad. ‘Mi yugo es llevadero y mi carga ligera’, nos dice el Señor. Porque además El está con nosotros, haciendo nuestro propio camino, siendo nuestra fuerza y nuestro viático, nuestro descanso y nuestra paz verdadera. Aprendamos de Jesús. ‘Así aprenden justicia los habitantes del orbe’, que decía el profeta.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Guarda los mandatos y preceptos que te doy que son tu sabiduría y tu prudencia

Deut. 4, 1.5-9;
Sal. 147;
Mt. 5, 17-19

‘Escucha los mandatos y decretos que yo os enseño a cumplir; así viviréis, entraréis y tomaréis posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar’. Así hablaba Moisés al pueblo antes de entrar en la tierra prometida.
Nosotros en este camino cuaresmal que estamos haciendo y que nos conduce a la Pascua así también escuchamos esta Palabra del Señor como una invitación a la vida, a vivir y a vivir en plenitud. Jesús nos lo corrobora hoy en el evangelio donde nos dice que no va a suprimir el mandamiento de Dios sino, todo lo contrario, a darle plenitud. ‘No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud’.
Con los salmos más de una vez hemos cantado ‘tu palabra me da vida, confío en ti, Señor; tu palabra es eterna, en ella esperaré’. Palabra de vida, palabra que da vida; palabra en la que ponemos toda nuestra confianza, que nos llena de esperanza, que nos conduce a la plenitud.
‘Guardarlos y cumplidlos, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia ante los demás pueblos’, nos decía el libro del Deuteronomio. Tenemos que convencernos de la verdad de estas palabras, nuestra sabiduría y nuestra prudencia. Moisés le dice al pueblo que los otros pueblos se van a admirar de la sabiduría que contiene la ley del Señor, y que precisamente en ella van a descubrir como el Señor está en medio de su pueblo. ‘Dirán: cierto que es un pueblo sabio y prudente… porque ¿cuál de las grandes naciones tiene unos dioses tan cercanos¿ ¿y cuál de las naciones tiene unos mandatos y decretos tan justos como toda la ley que hoy os voy a promulgar?’
Los hombres pareciera que queremos enmendarle la plana a Dios y pensamos que con nuestras leyes humanas vamos a conseguir algo mejor para el hombre que lo que nos pide y enseña la ley del Señor. Algunas veces hasta los cristianos pareciera que estuviéramos acomplejados. Las gentes del mundo nos dicen que quieren promulgar leyes mas justas y que los principios y normas nacidas de la religión no tienen que ser las que se impongan a la sociedad que tiene que hacerse sus propias leyes. y quieren demostrarnos su verdad desde su manera de entender las cosas.
Pero ¿es que acaso la ley del Señor, la ley evangélica, en algún momento va a ir en contra de la persona o buscar el daño o la muerte del hombre o de la mujer? Ninguno de los mandamientos de Dios irá contra el hombre, contra la persona. La ley del Señor es siempre ley de vida y lo que quiere la vida. Los hombres nos cegamos y con que facilidad dejamos meter la muerte en medio de nosotros y hasta la permitimos en nombre de no sé qué principios o derechos humanos, como sucede en leyes promulgadas recientemente en nuestra tierra como lo es la nueva ley del aborto. ¿Es que puede haber algo más sublime y más justo que todo lo envolvamos y empapemos en el mandamiento del amor que Jesús nos dará como plenitud de toda la ley de Dios?
Sintamos el orgullo de querer vivir en la ley del Señor; que sea en verdad la norma y el cauce de nuestra vida; que sea nuestra sabiduría y nuestra prudencia, como nos decía el Deuteronomio. Hundamos de verdad las raíces de nuestra vida en el mandamiento del Señor queriendo que sea el sentido de nuestra vida. Busquemos y amemos en todo momento lo que es la ley del Señor.
Y como se nos decía el final de la lectura del Deuteronomio ‘cuidado, guárdate muy bien de olvidar los hechos que presenciaron tus ojos, que no se aparten de tu memoria mientras te dure la vida’. Que no olvidemos nunca las acciones del Señor, como hemos cantado en más de una ocasión con los salmos; que no olvidemos el maravilloso amor que el Señor nos tiene y que de tantas maneras lo hemos experimentado a lo largo de nuestra vida. Dios ha estado con nosotros, se ha hecho presente en nuestra vida y su ley es la expresión del amor grande que nos tiene que buscará siempre lo mejor para el hombre que ha creado y que ha redimido haciéndolo hijo. ¿Cómo no obedecer la ley del Señor después de tanto amor que el Señor nos tiene?

jueves, 18 de febrero de 2010

El que ama de verdad no teme perder su vida

Deut. 30. 15-20
Sal. 1
Lc. 9, 22-25


‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. En la alborada de la Cuaresma bien nos viene recordar este anuncio de Jesús, de su Pascua, de su entrega, de su muerte y resurrección. Nos está recordando la meta del camino que estamos iniciando en esta cuaresma. Nos está trazando también un camino, que no es otro que seguir los pasos de Jesús.
Toda la razón de ser de Jesús es amar, su misión es amar y dar la vida a los hombres. Pero el pecado de los hombres unirá esta misión a la muerte. No busca Jesús la muerte por sí misma. Lo que quiere es amarnos y darnos vida. Su muerte es el paso para la vida. Porque Jesús no temió entregar su vida hasta la muerte, pero para que nosotros tuviéramos vida.
Es lo que nos enseña. A amar hasta el final, hasta el extremo de ser capaces de dar la vida. El que ama de verdad se consume en el amor. El que ama de verdad no piensa en si mismo sino en aquel a quien ama.. Porque ama no teme perder la vida, no se la reserva para sí, la da. Es lo que hizo Jesús y lo que hoy nos dice. ‘El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierde su vida por mi causa, la salvará’.
Se olvida de sí mismo. ‘El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo’. La cruz no como suplicio ni como señal de muerte, sino como manifestación de amor y de entrega como lo fue para Jesús. aunque nos pueda parecer un peso, tendríamos que decir que es una dicha. Amar no es nunca un peso, sino una felicidad. Porque amas quieres hacer feliz a los demás y en el fondo serás más feliz tú.
Hay quien puede pensar que reservándose para sí mismo será más feliz. Hay quien quiere ponerle medidas al amor, pero el amor verdadero no puede tener límites ni fronteras. Un amor auténtico no puede estar haciendo distinciones, a éste sí amo y al otro, no; amo hasta aquí y de ahí para delante no me pidan más. Los amores raquíticos se enferman y mueren pronto. Nos puede pasar muchas veces porque algunas veces nos puede el individualismo, el egoísmo, lastres que se nos meten en el corazón. Es en lo que tenemos que aprender de Jesús.
‘¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?’, nos decía Jesús hoy. Cuando amas de verdad nunca te perderás ni te perjudicarás. Aunque nos cueste algunas veces entenderlo. Tenemos que pedir la fuerza del Espíritu que nos ayude a asimilarlo y entenderlo.
Nos decía el libro del Deuteronomio: ‘hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal… si amas al Señor tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos y mandatos… vivirás y crecerás… elige la vida, y vivirás tú y tu descendencia amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, pegándote a El…’
Escojamos el camino de la vida, el camino del amor y tendremos vida. Escuchemos la voz del Señor, vivamos íntimamente unidos a El en el amor. Es lo que vamos a ir aprendiendo a hacer en este camino cuaresmal. Escucharemos al Señor, plantaremos día a día su palabra en nuestro corazón que nos haga ir examinando nuestro amor para hacerlo cada día más puro y más intenso, para hacerlo según su medida que es no tener medida. Iremos así arrancando la muerte de nosotros. Nos sentiremos transformados por el Señor. Llegaremos a vivir con intensidad su Pascua.