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domingo, 21 de febrero de 2016
Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia
sábado, 15 de marzo de 2014
Somos un pueblo consagrado al Señor cuyo distintivo es el amor incluso a los enemigos

Somos un pueblo consagrado al Señor cuyo distintivo es el amor incluso a los enemigos
sábado, 23 de marzo de 2013
No pongamos barreras a la gracia del Señor que quiere inundar nuestra vida
domingo, 24 de febrero de 2013
Subamos al Tabor del encuentro con Dios y escuchemos la voz del Señor
martes, 19 de julio de 2011
Israel vio la mano grande del Señor y creyó en El

Ex. 14, 21-15, 1;
Sal.: Ex. 15, 8-17;
Mt. 12, 46-50
‘Israel vio la mano grande del Señor… y el pueblo temió al Señor y creyó en el Señor… entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron un cántico al Señor’. Es el mensaje final de este acontecimiento maravilloso del paso del Mar Rojo que tantas repercusiones puede tener para nuestra vida de fe y nuestra vida cristiana.
‘Israel vio la mano grande del Señor…’ El pueblo reticente a salir de Egipto a pesar de sus deseos de libertad; el pueblo que se había llenado de dudas y de temor al verse de nuevo acosado por los Egipcios y en la incertitumbre de cómo rebasar aquel mar que se les interponía en su camino de libertad, sabe descubrir la mano grande del Señor, sabe descubrir a Dios en aquellas cosas portentosas que se suceden. ‘Y creyó en el Señor…’
Se pueden dar mil explicaciones de este acontecimiento de abrirse el mar para el paso de Israel. Ya el autor sagrado al comenzarlo a narrar nos habla de hechos naturales como el viento fuerte del este que sopló durante la noche sobre el mar. Pero el creyente sabe descubrir detrás de todo lo que sucede la mano providente del Señor. Es lo que supo ver Israel en aquel acontecimiento y es lo que tenemos que aprender a descubrir nosotros también. Cosas que suceden y decimos el azar o el destino, pero pueden ser cosas donde veamos la mano amorosa de Dios que nos protege, nos cuida, se hace presente junto a nosotros. Y se pueden convertir en un milagro de Dios; y son un milagro del amor de Dios para nuestra vida.
‘Israel temió al Señor… e Israel creyó en el Señor’. Era verdad, Dios estaba con ellos. Dios estaba con ellos para conducirlos por un camino que los llevase a la libertad, los llevase a ser verdaderamente un pueblo que caminara unido. Dios se manifestaba grande y poderoso, pero al mismo tiempo un Dios que estaba al lado de su pueblo y con su pueblo iba a caminar ese lago camino hacia la tierra prometida. Aún le faltarían muchos pasos que dar y en momentos serían dolorosos o costosos; no faltarían dudas e incluso rebeliones, pero allí se estaba manifestando el amor de Dios por su pueblo, dispuesto siempre a perdonarlo y a hacerle recomenzar una y otra vez el camino de la fidelidad. Será el pueblo con el que hará una Alianza.
Reconozcamos nosotros también la grandeza y el poder del Señor, pero sintámoslo también a nuestro lado, caminando junto a nosotros, haciéndonos crecer en libertad y en amor porque así quiere hacernos grandes también a nosotros. Tememos al Señor porque reconocemos su grandeza, creemos en el Señor porque estamos viendo la mano del Señor junto a nosotros, amamos al Señor porque nos sentimos amados por El, y de qué manera.
Y el pueblo entero terminó cantando agradecido al Señor. ‘Cantemos al Señor, sublime es su victoria’. Será algo que no olvidarán nunca y este acontecimiento será un hito muy importante de su historia. Forma parte de todos aquellos acontecimientos de la Pascua, del Exodo, ahora del paso del Mar Rojo, y posteriormente de la Alianza que harán con el Señor en el Sinaí.
Ya hemos comentado que para nosotros los cristianos este paso del Mar Rojo es también un signo importante que nos anuncia y nos recuerda nuestra bautismo. Si aquel fue el paso de la esclavitud a la libertad el bautismo para nosotros es ese paso de la muerte a la vida, es más con Cristo somos sepultados en el bautismo para con Cristo en el Bautismo renacer a una nueva vida. Por eso, por ejemplo, en la bendición del agua bautismal se recuerda este paso del mar Rojo. ‘Hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de Abrahán, para que el pueblo liberado de la esclavitud del Faraón fuera imagen de la familia de los bautizados’. Así lo expresamos en la oración litúrgica.
Nos puede valer esta reflexión que nos hacemos a partir de este texto de la Palabra proclamada para que recordemos nuestro bautismo, nuestra condición de bautizados; para que sintamos en verdad que en Cristo hemos sido liberados de toda esclavitud y vivamos la libertad gloriosa de los hijos de Dios con todo lo que eso implica de vivir en santidad.
domingo, 30 de mayo de 2010
Concédenos profesar la fe verdadera conociendo todo el misterio de Dios

‘Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’ Así hemos exclamado al recitar el salmo. Así exclamamos al contemplar las maravillas del Señor. Así exclamamos cuando nos sentimos inundados por la presencia del Señor. Así tenemos que exclamar en este día en que contemplamos, adoramos el Misterio de Dios en su Santísima Trinidad.
Y es que decir el Nombre del Señor es decir Dios mismo; es decir su grandeza y su inmensidad; es decir todo el Misterio que Dios en sí mismo encierra. Cuando Dios se le manifiesta a Moisés en medio de la zarza ardiente y le confía la misión de ir a liberar a los israelitas de la esclavitud de Egipto, le pregunta ‘y ¿cuál es tu nombre?... si los israelitas me preguntan cuál es nombre, ¿qué les responderé?’
Conocer el nombre de algo o de alguien es conocerle y algo así como poseerle. En la creación del hombre y de todas las criaturas Dios llevó a Adán a que le pusiera nombre a todas aquellas cosas que Dios había creado, que era algo así como tomarlas en posesión. Conocer el Nombre de Dios es conocerle a El e introducirnos en su misterio y algo así como poseerle. Por eso en el Antiguo Testamento el Nombre de Dios era indescifrable y el judío no se atrevía a mencionar el nombre de Dios. El nombre de Dios había de ser siempre santificado, que era algo así como llenarnos nosotros al mismo tiempo de la santidad de Dios.
Queremos conocer el nombre de Dios. Queremos conocer a Dios. Queremos introducirnos en su misterio y al mismo tiempo que ese misterio de Dios nos llene y nos inunde cuando se nos revela. Cuando vamos queriendo conocer a Dios, porque El es además quien se nos revela, nos vamos sumergiendo en su misterio y nos vamos inundando de su presencia y al mismo tiempo de su amor. Pero ¿podremos en verdad llegar a conocer a Dios? Sí, porque El se nos revela, se nos da a conocer, se hace presente en nuestra vida.
Si quisiéramos acercarnos al sol tanto como para meternos dentro de él, seguro que nos sentiríamos consumidos por su energía y su calor; si quisiéramos acercarnos tanto al sol como para mirarle directamente con nuestros ojos, es tal su luz y resplandor que quedaríamos cegados por tanta luz; ya nos dicen que no miremos directamente al sol porque dañaríamos nuestras pupilas e incluso en los eclipses nos dicen que de ninguna manera miremos directamente ese aro de luz que resplandece alrededor. Nos contentamos con recibir sus beneficios en la luz que nos ilumina, en el calor con que nos caliente y en toda la energía que del sol dimana sobre nuestra vida. Y ya sabemos como en el sistema solar, como el de cualquiera de las otras estrellas, todos los planetas giran a su alrededor atraídos por esa fuerza y energía que los atrae.
¿Será así con Dios? Es una imagen lo que decimos del sol y la referencia que queremos hacer hacia nuestra relación con Dios y su conocimiento, aunque con sus diferencias. Porque por mucho que nos acerquemos a Dios queriendo conocerle y poseerle nunca nos sentiremos consumidos por El sino todo lo contrario en El encontraremos toda la fuente de nuestra vida, de nuestro vivir.
En el Antiguo Testamento se tenía el concepto de que quien viera a Dios moriría, pero ¿podemos mirar cara a cara a Dios y no quedar ciegos? Moisés cuando hablaba cara a cara con Dios, bien cuando subía al Sinaí o se entraba a la Tienda del Encuentro, luego volvía con su rostro tan resplandeciente que los israelitas le pedían que se cubriera el rostro con un velo.
Pero no será con los ojos de la cara así cómo nosotros hoy vamos a ver a Dios, pero sí podemos acercarnos a El desde lo más hondo de nosotros mismos y a través de los signos sacramentales que nos ha dejado para llenarnos de su vida, para inundarnos de su presencia, para sentirnos rebosantes de su fuerza y de su gracia. Sí podemos contemplar el resplandor de la luz de Dios que de tantas maneras se nos manifiesta y no quedar ciegos sino todo lo contrario. Por El sí que nos vamos a sentir atraídos totalmente de manera que cuando nos encontremos con El ya para siempre nuestra vida será distinta y girará en torno a Dios en todo lo que somos, vivimos o hacemos.
Esa luz de Dios, ese fuego divino, esa presencia de Dios sí que llega a nosotros y nos inunda de vida divina. Es el misterio de Dios que se nos revela, se nos da a conocer, camina con nosotros, se hace Dios con nosotros y nos concede la fuerza de su Espíritu para un nuevo vivir.
Confesamos nuestra fe en Dios y decimos ‘creo en Dios Padre todopoderoso… creo en Jesucristo, Hijo único de Dios… creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida…’ Ya estamos con ello mencionando el nombre de Dios, conociendo el Nombre de Dios. Y no será para muerte, sino para vida, porque no nos anula sino que nos engrandece; no será para quedarnos ciegos ante tanto resplandor de luz, sino para llenarnos nosotros de esa luz y tener una vida distinta; no tendremos que cubrirnos el rostro y la vida que se nos llena del resplandor de Dios, sino que todo lo contrario tendremos que llevar esa luz divina a los demás.
Pudiera quizá costarnos el entender todo ese misterio de Dios y nos podríamos poner a hacer muchas elucubraciones y razonamientos para llegar a comprender tanto misterio. Pero no tenemos que hacer otra cosa que primero escuchar a Jesús, el Hijo que conoce al Padre como nadie lo conoce y que nos lo da a conocer, porque es revelación de Dios, Sabiduría de Dios, Palabra viva de Dios; luego también dejarnos guiar por el Espíritu que es quien nos conducirá a la verdad plena y sin error.
Pero es un misterio de amor, porque es un Dios que nos ama y se nos da; un Dios que nos ama tanto que es nuestro Padre y nos llena de vida; un Dios que nos ama tanto que quiere ser Dios con nosotros, y nos envía al Emmanuel, al Hijo de Dios que se hace hombre para estar más cerca de nosotros y restaurarnos aquella vida que habíamos perdido a causa de nuestro pecado; es un Dios que nos ama tanto que nos da la fuerza de su Espíritu, que nos santifica, nos llena de vida, nos ayuda a comprender todo ese misterio de Dios, que se hace presente en lo más hondo de nuestro corazón, que nos motivará para todo lo bueno y nos fortalecerá para prevenirnos contra todo lo malo. Es un misterio de amor porque en Dios todo es comunión, porque tal es la comunión que hay entre las tres divinas personas que son un solo y único Dios verdadero.
Hoy queremos, sí, confesar nuestra fe y adorar y alabar y bendecir al Señor que así se nos revela y así se nos manifiesta, pero así también nos muestra tanto amor. Ya lo expresábamos en la oración litúrgica. ‘…has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa’.
miércoles, 15 de julio de 2009
El clamor de mi pueblo ha llegado a mí
Sal. 102
Mt. 11, 25-27
‘El clamor de los israelitas ha llegado a mi y he visto cómo los tiranizan los egipcios. Y, ahora, marcha, yo te envío al Faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas…’
Ayer comenzamos a leer la historia de Moisés, salvado de las aguas. Aunque hoy estamos viendo cómo Dios lo llama y lo envía, podemos decir con los profetas que desde el seno de su madre el Señor lo había escogido. Las circunstancias de su nacimiento, su infancia y su juventud con las cosas que le suceden es una manifestación de que Dios estaba con él y de alguna manera lo estaba preparando para misión que le había de confiar.
Tuvo que huir de Egipto y refugiarse en las montañas y allí el Señor se le manifiesta de forma extraordinaria. La zarza ardiendo, la voz que se oye desde el cielo y le llama pueden ser impresionantes y una forma maravillosa de manifestarse Dios. El Dios que se manifiesta con inmenso poder y gloria sin embargo es el Dios que escucha a su pueblo y está atento a sus necesidades.
Creo que no hemos subrayado lo suficiente este aspecto en la imagen del Dios del Antiguo Testamento. Es el Dios del temor, pero es el Dios que ama a su pueblo. Es el Dios ante el que hay que descalzarse porque quienes somos nosotros en su presencia, pero es el Dios con quien se puede entrar en un diálogo de amor. Es el Dios poderoso y grandioso, pero es el Dios que envía a sus profetas para que guíen a su pueblo por nuevos caminos de libertad.
Bueno será también destacar la disponibilidad, apertura a Dios pero también humildad de Moisés. ‘Aquí estoy’, es la primera respuesta de Moisés cuando siente la voz de Dios que le habla desde la inmensidad de la zarza ardiente. ‘Quítate la sandalia de los pies porque la tierra que pisas es santa’, es la experiencia que siente en lo más hondo de sí mismo cuando está en la presencia de Dios. ‘Y Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios’. ¿Quién es el para atreverse a acercase a Dios?
Luego se atreverá a replicar a Dios porque se siente indigno e incapaz de la misión que se le confía. ‘¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?’ Pero quien le confía la misión no lo deja solo. ‘Yo estoy contigo, y ésta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en esta montaña’. El Sinaí será el primer destino una vez que hayan salido de Egipto y atravesado el mar Rojo.
Es ‘el Señor compasivo y misericordioso’, que se acuerda de su pueblo, que lo escucha y que quiere liberarlo. Es ‘el Dios compasivo y misericordioso’, que se manifiesta a los que humildes se presentan ante El. ‘Bendito seas Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque te has revelado a los pobres y a los sencillos’, hemos escuchado decir a Jesús en el evangelio. Es el Dios que nos ama y con amor y humildad nosotros tenemos que ir hasta El. Es el Señor que está con nosotros y camina a nuestro lado en todos nuestros pasos.
Aprendamos de Moisés. Seamos capaces de admirarnos de las maravillas con las que el Señor se manifiesta. ‘Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza’. Acercarnos a mirar y admirar esas maravillas con las que Dios se nos manifiesta. Acercarnos a mirar y admirar lo que es ese amor tan grande que nos tiene el Señor que nunca nos olvida sino que nos lleva en la palma de la mano. ‘Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre… y no olvides sus beneficios… el Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos, enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel’.

