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domingo, 21 de febrero de 2016

Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia

Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Filipenses 3, 17-4, 1; Lucas 9, 28b-36
‘Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar…’ Así escuchamos hoy al principio del Evangelio. Los había invitado un día a seguirle y ellos lo habían dejado todo. Van haciendo camino con Jesús. No es solo que recorran los pueblos y las aldeas de Galilea o se acerquen a otros lugares, atravesando el lago, yendo más allá de lo que era la tierra de los judíos o marchasen a Jerusalén como pronto les vamos a ver hacer. El camino era algo más eso. Y en ese camino que van haciendo ahora les invita a subir a la montaña alta que allí se yergue en medio de las llanuras y valles de Galilea.
Subir a la montaña es una etapa más del camino de seguir a Jesús. Bíblicamente es una imagen que se repite. Al monte Moria sube Abrahán a sacrificar a su hijo porque Dios se lo pide. En la montaña primero en medio de una zarza ardiendo en el Horeb y más tarde en el Sinaí Dios se le manifiesta a Moisés confiándole una misión de liberar a su pueblo y estableciendo las cláusulas de la Alianza en un segundo momento. Elías igual que Abrahán en la montaña buscará ver el rostro de Dios y sentirá lleno de su fuerza para continuar su misión profética.
Ahora suben con Jesús a la montaña, porque Jesús va allí a orar. Aceptan la invitación con sus dificultades y sus exigencias, aunque aun no saben cuánto en lo alto de la montaña va a suceder. Pero como toda subida a una montaña exige esfuerzo y superación, constancia para llegar a lo alto a pesar de la dificultad y desprendimiento para dejar a un lado lo que sea una rémora que estorbe en la ascensión.
Es todo muy significativo para el camino de cada día de nuestra vida donde tantas veces parece que nos vemos superados por el cansancio o tenemos el peligro de que nos pueda la comodidad. Solo cuando nos esforzamos y luchamos teniendo claras cuales son nuestras metas seremos capaces de vencer las dificultades y lograr aquello que anhelamos y ponemos como objetivos de nuestra vida. Si nos sentimos derrotados a la primera dificultad nunca conseguiremos algo que merezca la pena y nuestra vida se convierte en insulsa y sin valor.
Van con Jesús a subir a la montaña porque va allí Jesús a orar, como tantas veces se retiraba a lugares apartados para vivir la intimidad del encuentro con el Padre. Ellos también van invitados a lo mismo y ya fuera por el cansancio del esfuerzo o por las modorras que se nos meten en la vida, se caían de sueño nos dice el evangelista. Qué curioso cómo nos entra sueño cuando nos ponemos a rezar, pero quizá no estamos viviendo la intensidad del encuentro de amor que tendría que ser siempre nuestra oración. Algunos rezan para dormirse cuando en la noche no les entra sueño.
Pero ya hemos escuchado el relato del evangelio y en lo alto de la montaña suceden cosas extraordinarias porque Jesús se transfiguró en su presencia. Se manifestaba la gloria del Señor en los resplandores del rostro de Jesús y en la blancura tan especial de sus vestiduras. Allá aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús de la muerte cercana que iba a sufrir en su subida a Jerusalén – aparece de nuevo la subida que culminará en lo alto del Calvario -.
‘¡Qué bien se está aquí!’ Esto es un éxtasis contemplando la gloria de Dios. Será el que se adelanta con sus proyectos de levantar tres tiendas para quedarse en ese éxtasis para siempre. Pero se ven envueltos en una nube, signo de la presencia misteriosa de Dios, y la voz del Padre va a señalarnos quien es Jesús y lo que tenemos que hacer. ‘Una voz desde la nube decía: –Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’.
Luego ya estará Jesús solo y aunque no terminaban de comprender bajaron en silencio de la montaña. El camino había de continuar pero ellos habían vislumbrado la gloria del Señor que verían más claramente en Jesús para reconocerle como el Señor después de la resurrección. Habían oído hablar una vez más de muerte, de la muerte que había de pasar Jesús, pero habían escuchado la voz del cielo que les aclaraba suficientemente quien era Jesús. Era un anticipo de la Pascua que habían de vivir.
Como nosotros, en este camino de la vida, en este camino de Cuaresma que vamos haciendo estamos pregustando las mieles de la Pascua. Sabemos que tenemos que seguir haciendo el camino, subiendo a la montaña, superándonos cada día más para ser más fieles, desprendiéndonos de todos esos apegos que nos tientan y nos impiden hacer el verdadero camino; y sabemos que tenemos que subir al monte de la oración, del encuentro vivo con el Señor, porque allí le encontraremos con todo su amor, allí encontraremos esa fuerza y esa gracia para seguir haciendo el camino, allí nos llenaremos de la gracia de la presencia del Señor y podremos entonces vivir la Pascua que nos transforma, que nos llena de luz y de vida, que nos hace gustar el ser y vivir como hijos de Dios.
Vamos pues a buscar ese rostro de Dios misericordioso. Lo tenemos en Jesús. Lo encontramos en Jesús, que ya nos dice que quien le ve a El, ve al Padre. Así además nos lo ha señalado el Padre. Es mi Hijo, es mi amor, es mi amado y es en quien os amo, es la prueba infinita del amor porque nadie ama más que quien da la vida por el amado, es la manifestación de mi amor. Escuchadle, contempladle, abrid vuestros ojos y vuestros oídos, abrid vuestro corazón, abrid vuestra vida a su presencia a su amor; El lleva la misericordia de Dios para con los hombres, por se va a entregar, porque lleva el perdón, porque lleva la paz, porque se manifiesta así la ternura de Dios, el corazón compasivo de Dios.
Pero nos confía una misión como siempre tras toda manifestación de Dios, la de ser en medio del mundo signos de la misericordia de Dios con nuestra vida de amor.

sábado, 15 de marzo de 2014

Somos un pueblo consagrado al Señor cuyo distintivo es el amor incluso a los enemigos



Somos un pueblo consagrado al Señor cuyo distintivo es el amor incluso a los enemigos

Deut. 26, 16-19; Sal. 118; Mt. 5, 43-48
‘Serás un pueblo consagrado al Señor tu Dios, como te lo tiene prometido’. Así escuchábamos en la lectura del Deuteronomio. Es un recordatorio de la Alianza del Sinaí. Dios se había elegido a aquel pueblo como suyo, pero ellos habían de reconocerle como su único Dios y Señor. ‘Hoy te has comprometido con el Señor a que El sea tu Dios, a ir por sus caminos, a observar sus leyes y preceptos y mandatos, y a escuchar su voz’. Es la Alianza del pueblo con su Dios, de Dios con su pueblo. Serán un pueblo consagrado al Señor.
Fue la Alianza que condujo al pueblo de Israel a través de toda su historia, con momentos de fidelidad y fervor, pero también con muchos momentos de infidelidad, con lo que tenían que irla renovando  continuamente. Fue el anticipo y la preparación para el pueblo de la Nueva Alianza, la que se iba a constituir por la Sangre de Cristo, Sangre de la Nueva y eterna Alianza derramada para el perdón de los pecados. Es lo que nosotros vivimos y lo que nos disponemos a celebrar. Por eso estamos haciendo este camino de preparación y renovación de nuestra vida que es la Cuaresma a partir de la Palabra de Dios que cada día vamos escuchando y plantando en nuestro corazón.
Hoy el evangelio es una continuación del escuchado ayer donde se nos va explicitar aún más como hemos de vivir nuestro amor. Ayer nos hablaba de reconciliación y de cómo vivir en actitud positiva hacia los demás evitando todo lo que fuera negativo o pudiera ofender. Hoy Jesús en esta página nos hace dar un paso más en ese camino de plenitud que el quiere para nosotros. Como nos dirá en el Sermón del Monte, de donde están sacadas estas palabras que hoy hemos escuchado, El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a dar plenitud. No ha venido a abolir esa Alianza de la que nos ha hablado la primera lectura, sino a dar una mayor plenitud en la Alianza en su Sangre que en la cruz se va a realizar.
Y para motivarnos más en esa exigencia de nuestro amor nos señalará que hemos de ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. Nos pone el listón muy alto, pero es el camino de superación que ha de vivir siempre el cristiano.
Por eso hoy hablará del amor a los enemigos, el amor a aquellos que no nos hayan hecho bien o incluso nos hayan hecho mal. En algo hemos de distinguirnos los cristianos. Ya nos había dicho que si no fuéramos mejores que los escribas y fariseos no entraríamos en el Reino de los cielos. Ahora nos dice que si amamos solo a los que nos aman no nos distinguimos en nada de los demás porque eso lo hace cualquiera, eso lo hacen también los que no creen en Dios, porque saben ser agradecidos con los que les hayan hecho bien.
En nosotros el escalón tiene que estar más alto. Y será entonces el amor a los enemigos o a los que nos hayan hecho mal, o incluso nos hayan perseguido. ‘Habéis oído que se os dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo…’
Hemos de reconocer que no es fácil lo que nos está pidiendo Jesús. Pero ahí está la sublimidad del amor cristiano. La meta de nuestro amor está en Dios; el modelo es Jesús que así nos amó a nosotros cuando no lo merecíamos, porque somos nosotros los pecadores y los que le hemos ofendido y siempre es fiel el Señor en su amor para con nosotros. Jesús no nos está pidiendo nada en lo que El  no haya ido por delante de nosotros haciéndolo también. ¿Qué dijo Jesús en la cruz mientras lo crucificaban? Oraba al Padre por aquellos que le estaban crucificando. Estaba pidiendo perdón para ellos e incluso los disculpaba. Sublime es el amor de Jesús y sublime tiene que ser nuestro amor.
Cuesta rezar por aquel que te haya hecho mal, pero cuando has sido capaz de comenzar a hacerlo podríamos decir que has comenzado a amar a esa persona y también a perdonarla. Os digo más, cuando sentimos resentimiento en nuestro corazón por el daño que nos hayan podido hacer, si somos capaces de orar por esa persona, simplemente para ponerla en las manos de Dios, no tenemos que pedir más, seguro que también comenzaremos nosotros a sentir paz en nuestro corazón.  Esa persona podrá alcanzar la paz como un don de Dios hacia ella, por lo que nosotros hayamos pedido, pero nosotros también comenzaremos a sentir una paz nueva y distinta en nuestro corazón. No olvidemos que somos nosotros también un pueblo consagrado al Señor.

sábado, 23 de marzo de 2013


No pongamos barreras a la gracia del Señor que quiere inundar nuestra vida

Ez. 37, 21-28; Sal.: Jer. 31, 10-13; Jn. 11, 45-56
‘No comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera…’ profetizó Caifás sin saberlo. Ellos pensaban desde su política, desde sus intereses, ante el temor de revueltas y represiones. Estaban llenos de miedos porque la gente se iba con Jesús y ya no era solo la posible pérdida de poder e influencia que pudieran tener, sino que además por mucho que ellos hicieran después de los milagros de Jesús, sobre todo de la resurrección de Lázaro la gente comenzaba más a creer en Jesús.
Cuando estamos ya en el último peldaño de nuestra subida y ya inmediatamente delante de las puertas de la semana de la Pasión que comienza mañana, nos viene bien esta Palabra del Señor que se nos ha proclamado. ‘Conviene que uno muera por el pueblo’, que decía Caifás pero no era por lo que ellos podían pensar o desear. Allí está quien se va a entregar, y lo hace libremente, para que nosotros no perezcamos. No son las revueltas o represiones que ellos sospechaban sino que es la esclavitud mucho más honda que nos lleva a la muerte con nuestro pecado.
Allí está quien con su sangre derramada en la cruz va ‘a reunir a los hijos de Dios dispersos’. Lo había anunciado el profeta que hemos escuchado en la primera lectura. ‘Voy a recoger a todos los israelitas de las naciones a las que marcharon; voy a congregarlos de todas partes, los voy a repatriar’, que decía el profeta Ezequiel, para ser ‘un solo pueblo… ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios’.
Vuelven a resonar las palabras de Dios en el Sinaí cuando la Alianza, pero ahora va a ser una Alianza nueva y eterna, la Alianza sellada con la Sangre del Cordero que quita los pecados del mundo. ‘Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos… con ellos moraré, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo’.
Va nacer un nuevo pueblo, el pueblo de la Alianza nueva y eterna en la sangre de Cristo derramada en la cruz. En Cristo y en su Sangre somos consagrados, somos hechos un nuevo pueblo, comienza a nacer la Iglesia.
Es lo que vamos a celebrar. Vamos a contemplar estos días la pasión y la muerte del Señor y la vamos a meditar hondamente en nuestro corazón. Es todo el misterio pascual de Cristo que nos redime, que nos llena de vida, que nos hace nuevo pueblo de Dios, que nos hace hijos de Dios.
No puede ser algo que contemplemos desde el exterior, como si fuéramos simplemente espectadores que solamente lloremos como plañideras pero sin dejar que eso afecte a nuestra vida. Tiene que ser algo que vivamos hondamente en nuestro corazón. Tenemos que sentir en nuestro corazón la emoción del amor que es el que nos va a transformar totalmente. Cuando contemplemos su pasión y su muerte una vez más hemos de sentirnos movidos a convertir nuestro corazón a Dios; pero tiene que surgir también la acción de gracias desde lo hondo de nosotros mismos. Cómo no dar gracias cuando contemplamos cuánto es el amor que el Señor nos tiene. Damos gracias por su amor; damos gracias por su entrega y su muerte en la cruz; damos gracias por la paz nueva que vamos a sentir en nuestro corazón.
Preparémonos de verdad para vivir todo este misterio de Cristo que nos trae la salvación. Hemos venido dando pasos a lo largo de toda la Cuaresma y, como decíamos, estamos en el último peldaño a la entrada de esta semana de la Pasión que culminará en la resurrección. Que haya de verdad pascua en nuestra vida, porque sintamos el paso salvador del Señor por nosotros. No cerremos las puertas de nuestro corazón;  no  nos hagamos oídos sordos a la llamada del Señor; no pongamos barreras a la gracia del Señor que llega a nosotros y quiere inundarnos de vida nueva en la celebración de la Pascua.

domingo, 24 de febrero de 2013


Subamos al Tabor del encuentro con Dios y escuchemos la voz del Señor

Gen. 15, 5-12.17-18; Sal. 26; Filp. 3, 17-4,1; Lc. 9, 28-36
Si en el primer domingo de cuaresma se nos invitaba a no temer el desierto, a emprender el camino que podía ser camino duro de desierto, de silencio, de soledad, ahora se nos invita a mirar a lo alto, a subir a lo alto de la montaña, que es el Tabor pero que es anuncio también de la montaña de pascua, de Calvario pero que es anticipo y camino final de resurrección.
Dios, que un día le había pedido a Abrahán salir de su tierra, ahora le pide salir fuera y mirar al cielo. ‘Mira al cielo, le dice, cuenta si puedes las estrellas’. Pero en el evangelio vemos a ‘Jesús que cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña para orar’. Por su parte en este mismo sentido terminará diciéndonos el apóstol Pablo ‘nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos a un Salvador: el Señor Jesucristo’.
Es necesario mirar a lo alto, subir a lo alto para poder contemplar el rostro de Dios. En el Antiguo Testamento será imagen repetida - Horeb, Sinaí… - la subida a lo alto de un monte para encontrarse con el Señor. Y ya no se trata de la subida física a una montaña con todo su esfuerzo, puesto que es una imagen, sino de esa otra subida, de esa otra ascensión interior que hemos de hacer desprendiéndonos de muchos impedimentos y ataduras para que en verdad nos abramos a Dios. Moisés tuvo que descalzarse en el Horeb porque se encontraba en la presencia del Señor.
‘Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos’, nos narra sencilla y escuetamente el evangelista para hablarnos de la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús transfigurado. Posteriormente nos dirá que una nube los envolvió y ‘una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’.
Se manifiesta la gloria del Señor. Lo que ahora se contempla y se escucha en el Tabor resuena como en un eco de lo ya escuchado junto al Jordán cuando el bautismo de Jesús. Se nos manifiesta también ahora a nosotros la gloria del Señor cuando contemplamos esta teofanía de lo alto de la montaña, pero hemos de saber tener bien abiertos los oídos y los ojos del corazón para nosotros poder empaparnos de esta gloria del Señor.
Este camino que vamos haciendo en la Cuaresma y que nos conduce a la Pascua ha de ser también para nosotros una ascensión a la montaña alta como aquellos discípulos con Jesús. Tendremos que aprender a hacer esa ascensión y no tener miedo de lo que allí nos podamos encontrar. En ese esfuerzo de superación y de crecimiento que hemos de ir haciendo desde lo más hondo de nuestro corazón podríamos sentirnos en algún momento aturdidos o confundidos como les sucedía a Pedro y a los otros dos apóstoles, que primero ‘se caían de sueño’ y luego casi ‘no sabían lo que se decían’, llegando incluso a asustarse al entrar en la nube.
Nos dice el evangelista que en el momento en que Cristo se iba transfigurando ‘aparecieron dos hombres que conversaban con El que eran Moisés y Elías y hablaban de su muerte que se iba a consumar en Jerusalén’. Por eso decíamos antes que la subida al Tabor es también anuncio de Pascua, es anuncio de Calvario. Moisés y Elías son imagen de la ley y los profetas, o lo que es lo mismo son imagen de la Escritura Santa que guió al pueblo de Dios y que ahora nos está recordando a nosotros cómo hemos de dejarnos iluminar en el camino de nuestra vida por la Escritura Santa, por la Palabra de Dios que nos irá ayudando a dar esos pasos que nos llevan a la Pascua.
Frente a los temores o confusiones que nos pueden ir apareciendo en el camino de la vida siempre la Palabra del Señor es luz que nos ilumina; cuando tenemos luz en los oscuros caminos de la vida desaparecen los temores y nos sentimos seguros, por eso este resplandor que brilla hoy con la transfiguración de Jesús nos alienta y  nos anima a seguir con decisión nuestro camino hasta la Pascua, realizando toda esa transformación, esa transfiguración que necesitamos hacer en nosotros para resplandecer con la luz de la resurrección. Esa es la tarea profunda que hemos de ir realizando en este camino de la Cuaresma.
En el prefacio vamos a proclamar dando gracias al Señor que ‘después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo, el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección’.
‘Abrahán creyó al Señor y se le contó en su haber’, nos dice el texto sagrado. Por la fe un día se había dejado conducir por Dios y se había puesto en camino dejando atrás su casa y su parentela; ahora cree, a pesar de que es viejo y no tiene descendencia, lo que el Señor le dice que su descendencia será tan numerosa como las estrellas del cielo. Y aunque haya momentos duros cuando Dios le pida el sacrificio de su hijo o ante el misterio de Dios que se le manifiesta en momentos sienta un cierto temor, Abrahán es el hombre de la fe, el hombre que pone toda su confianza en Dios, que acepta su Palabra y en cierto modo cierra los ojos para dejarse conducir por el Señor. Abrahán es el hombre de la fidelidad permanente ejemplo para nosotros también de fidelidad. ‘Por la fe Abrahán obedeció a Dios’ y es el que supo tener siempre esperanza contra toda esperanza, como nos diría san Pablo de él.
Es el peldaño importante que nosotros hemos de saber subir en este camino de ascensión precisamente en este año de la fe que estamos recorriendo. Nuestra fe tiene que salir fortalecida en este camino y en los momentos que vivimos que no son siempre fáciles. Como nos dice el Papa en su mensaje para esta Cuaresma ‘La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios’.
Subamos, pues, al monte del encuentro con Dios y escuchemos la voz del Señor que nos habla en el corazón para que aprendamos a seguir con toda fidelidad el camino de Jesús. ‘La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado... la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud’.
Como recordábamos al principio con el evangelio Jesús subió con aquellos discípulos a la montaña alta para orar. Tabor es el lugar de la oración, el lugar donde se manifiesta de forma admirable esa misteriosa presencia y experiencia de Dios. Hemos de saber encontrar ese Tabor para nuestra vida, ese momento en la altura de la oración para hacer ese silencio que nos haga sentir la presencia y la paz de Dios en nuestro corazón, que nos haga escuchar a Dios para encender más y más nuestra fe, fortalecer nuestra esperanza y caldear nuestro corazón en el amor.
Que nos sintamos tan a gusto como para decir con Pedro, aunque no sabía bien lo que se decía, lo bueno que es estar en el Tabor, en ese encuentro con el Señor, pero sabiendo que hemos de bajar porque hemos de llevar esa fe y ese amor a nuestros hermanos los hombres, hemos de sembrar esperanza frente a tanta desesperanza desde el anuncio de la vida y de la resurrección que ya no haremos solo con palabras sino con el testimonio vivo de nuestra vida.
Nuestra oración, nuestra Eucaristía, la escucha de cada día de la Palabra del Señor, como la celebración de todos los sacramentos tienen que ser en verdad un Tabor para nosotros por esa experiencia viva de encuentro con el Señor. Y siempre de ese Tabor también nosotros hemos de salir transfigurados.

martes, 19 de julio de 2011

Israel vio la mano grande del Señor y creyó en El


Ex. 14, 21-15, 1;

Sal.: Ex. 15, 8-17;

Mt. 12, 46-50

‘Israel vio la mano grande del Señor… y el pueblo temió al Señor y creyó en el Señor… entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron un cántico al Señor’. Es el mensaje final de este acontecimiento maravilloso del paso del Mar Rojo que tantas repercusiones puede tener para nuestra vida de fe y nuestra vida cristiana.

‘Israel vio la mano grande del Señor…’ El pueblo reticente a salir de Egipto a pesar de sus deseos de libertad; el pueblo que se había llenado de dudas y de temor al verse de nuevo acosado por los Egipcios y en la incertitumbre de cómo rebasar aquel mar que se les interponía en su camino de libertad, sabe descubrir la mano grande del Señor, sabe descubrir a Dios en aquellas cosas portentosas que se suceden. ‘Y creyó en el Señor…’

Se pueden dar mil explicaciones de este acontecimiento de abrirse el mar para el paso de Israel. Ya el autor sagrado al comenzarlo a narrar nos habla de hechos naturales como el viento fuerte del este que sopló durante la noche sobre el mar. Pero el creyente sabe descubrir detrás de todo lo que sucede la mano providente del Señor. Es lo que supo ver Israel en aquel acontecimiento y es lo que tenemos que aprender a descubrir nosotros también. Cosas que suceden y decimos el azar o el destino, pero pueden ser cosas donde veamos la mano amorosa de Dios que nos protege, nos cuida, se hace presente junto a nosotros. Y se pueden convertir en un milagro de Dios; y son un milagro del amor de Dios para nuestra vida.

‘Israel temió al Señor… e Israel creyó en el Señor’. Era verdad, Dios estaba con ellos. Dios estaba con ellos para conducirlos por un camino que los llevase a la libertad, los llevase a ser verdaderamente un pueblo que caminara unido. Dios se manifestaba grande y poderoso, pero al mismo tiempo un Dios que estaba al lado de su pueblo y con su pueblo iba a caminar ese lago camino hacia la tierra prometida. Aún le faltarían muchos pasos que dar y en momentos serían dolorosos o costosos; no faltarían dudas e incluso rebeliones, pero allí se estaba manifestando el amor de Dios por su pueblo, dispuesto siempre a perdonarlo y a hacerle recomenzar una y otra vez el camino de la fidelidad. Será el pueblo con el que hará una Alianza.

Reconozcamos nosotros también la grandeza y el poder del Señor, pero sintámoslo también a nuestro lado, caminando junto a nosotros, haciéndonos crecer en libertad y en amor porque así quiere hacernos grandes también a nosotros. Tememos al Señor porque reconocemos su grandeza, creemos en el Señor porque estamos viendo la mano del Señor junto a nosotros, amamos al Señor porque nos sentimos amados por El, y de qué manera.

Y el pueblo entero terminó cantando agradecido al Señor. ‘Cantemos al Señor, sublime es su victoria’. Será algo que no olvidarán nunca y este acontecimiento será un hito muy importante de su historia. Forma parte de todos aquellos acontecimientos de la Pascua, del Exodo, ahora del paso del Mar Rojo, y posteriormente de la Alianza que harán con el Señor en el Sinaí.

Ya hemos comentado que para nosotros los cristianos este paso del Mar Rojo es también un signo importante que nos anuncia y nos recuerda nuestra bautismo. Si aquel fue el paso de la esclavitud a la libertad el bautismo para nosotros es ese paso de la muerte a la vida, es más con Cristo somos sepultados en el bautismo para con Cristo en el Bautismo renacer a una nueva vida. Por eso, por ejemplo, en la bendición del agua bautismal se recuerda este paso del mar Rojo. ‘Hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de Abrahán, para que el pueblo liberado de la esclavitud del Faraón fuera imagen de la familia de los bautizados’. Así lo expresamos en la oración litúrgica.

Nos puede valer esta reflexión que nos hacemos a partir de este texto de la Palabra proclamada para que recordemos nuestro bautismo, nuestra condición de bautizados; para que sintamos en verdad que en Cristo hemos sido liberados de toda esclavitud y vivamos la libertad gloriosa de los hijos de Dios con todo lo que eso implica de vivir en santidad.

domingo, 30 de mayo de 2010

Concédenos profesar la fe verdadera conociendo todo el misterio de Dios


Prov. 8, 22-31;
Sal. 8;
Rom. 5, 1-5;
Jn. 16, 12-15


‘Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’ Así hemos exclamado al recitar el salmo. Así exclamamos al contemplar las maravillas del Señor. Así exclamamos cuando nos sentimos inundados por la presencia del Señor. Así tenemos que exclamar en este día en que contemplamos, adoramos el Misterio de Dios en su Santísima Trinidad.
Y es que decir el Nombre del Señor es decir Dios mismo; es decir su grandeza y su inmensidad; es decir todo el Misterio que Dios en sí mismo encierra. Cuando Dios se le manifiesta a Moisés en medio de la zarza ardiente y le confía la misión de ir a liberar a los israelitas de la esclavitud de Egipto, le pregunta ‘y ¿cuál es tu nombre?... si los israelitas me preguntan cuál es nombre, ¿qué les responderé?’
Conocer el nombre de algo o de alguien es conocerle y algo así como poseerle. En la creación del hombre y de todas las criaturas Dios llevó a Adán a que le pusiera nombre a todas aquellas cosas que Dios había creado, que era algo así como tomarlas en posesión. Conocer el Nombre de Dios es conocerle a El e introducirnos en su misterio y algo así como poseerle. Por eso en el Antiguo Testamento el Nombre de Dios era indescifrable y el judío no se atrevía a mencionar el nombre de Dios. El nombre de Dios había de ser siempre santificado, que era algo así como llenarnos nosotros al mismo tiempo de la santidad de Dios.
Queremos conocer el nombre de Dios. Queremos conocer a Dios. Queremos introducirnos en su misterio y al mismo tiempo que ese misterio de Dios nos llene y nos inunde cuando se nos revela. Cuando vamos queriendo conocer a Dios, porque El es además quien se nos revela, nos vamos sumergiendo en su misterio y nos vamos inundando de su presencia y al mismo tiempo de su amor. Pero ¿podremos en verdad llegar a conocer a Dios? Sí, porque El se nos revela, se nos da a conocer, se hace presente en nuestra vida.
Si quisiéramos acercarnos al sol tanto como para meternos dentro de él, seguro que nos sentiríamos consumidos por su energía y su calor; si quisiéramos acercarnos tanto al sol como para mirarle directamente con nuestros ojos, es tal su luz y resplandor que quedaríamos cegados por tanta luz; ya nos dicen que no miremos directamente al sol porque dañaríamos nuestras pupilas e incluso en los eclipses nos dicen que de ninguna manera miremos directamente ese aro de luz que resplandece alrededor. Nos contentamos con recibir sus beneficios en la luz que nos ilumina, en el calor con que nos caliente y en toda la energía que del sol dimana sobre nuestra vida. Y ya sabemos como en el sistema solar, como el de cualquiera de las otras estrellas, todos los planetas giran a su alrededor atraídos por esa fuerza y energía que los atrae.
¿Será así con Dios? Es una imagen lo que decimos del sol y la referencia que queremos hacer hacia nuestra relación con Dios y su conocimiento, aunque con sus diferencias. Porque por mucho que nos acerquemos a Dios queriendo conocerle y poseerle nunca nos sentiremos consumidos por El sino todo lo contrario en El encontraremos toda la fuente de nuestra vida, de nuestro vivir.
En el Antiguo Testamento se tenía el concepto de que quien viera a Dios moriría, pero ¿podemos mirar cara a cara a Dios y no quedar ciegos? Moisés cuando hablaba cara a cara con Dios, bien cuando subía al Sinaí o se entraba a la Tienda del Encuentro, luego volvía con su rostro tan resplandeciente que los israelitas le pedían que se cubriera el rostro con un velo.
Pero no será con los ojos de la cara así cómo nosotros hoy vamos a ver a Dios, pero sí podemos acercarnos a El desde lo más hondo de nosotros mismos y a través de los signos sacramentales que nos ha dejado para llenarnos de su vida, para inundarnos de su presencia, para sentirnos rebosantes de su fuerza y de su gracia. Sí podemos contemplar el resplandor de la luz de Dios que de tantas maneras se nos manifiesta y no quedar ciegos sino todo lo contrario. Por El sí que nos vamos a sentir atraídos totalmente de manera que cuando nos encontremos con El ya para siempre nuestra vida será distinta y girará en torno a Dios en todo lo que somos, vivimos o hacemos.
Esa luz de Dios, ese fuego divino, esa presencia de Dios sí que llega a nosotros y nos inunda de vida divina. Es el misterio de Dios que se nos revela, se nos da a conocer, camina con nosotros, se hace Dios con nosotros y nos concede la fuerza de su Espíritu para un nuevo vivir.
Confesamos nuestra fe en Dios y decimos ‘creo en Dios Padre todopoderoso… creo en Jesucristo, Hijo único de Dios… creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida…’ Ya estamos con ello mencionando el nombre de Dios, conociendo el Nombre de Dios. Y no será para muerte, sino para vida, porque no nos anula sino que nos engrandece; no será para quedarnos ciegos ante tanto resplandor de luz, sino para llenarnos nosotros de esa luz y tener una vida distinta; no tendremos que cubrirnos el rostro y la vida que se nos llena del resplandor de Dios, sino que todo lo contrario tendremos que llevar esa luz divina a los demás.
Pudiera quizá costarnos el entender todo ese misterio de Dios y nos podríamos poner a hacer muchas elucubraciones y razonamientos para llegar a comprender tanto misterio. Pero no tenemos que hacer otra cosa que primero escuchar a Jesús, el Hijo que conoce al Padre como nadie lo conoce y que nos lo da a conocer, porque es revelación de Dios, Sabiduría de Dios, Palabra viva de Dios; luego también dejarnos guiar por el Espíritu que es quien nos conducirá a la verdad plena y sin error.
Pero es un misterio de amor, porque es un Dios que nos ama y se nos da; un Dios que nos ama tanto que es nuestro Padre y nos llena de vida; un Dios que nos ama tanto que quiere ser Dios con nosotros, y nos envía al Emmanuel, al Hijo de Dios que se hace hombre para estar más cerca de nosotros y restaurarnos aquella vida que habíamos perdido a causa de nuestro pecado; es un Dios que nos ama tanto que nos da la fuerza de su Espíritu, que nos santifica, nos llena de vida, nos ayuda a comprender todo ese misterio de Dios, que se hace presente en lo más hondo de nuestro corazón, que nos motivará para todo lo bueno y nos fortalecerá para prevenirnos contra todo lo malo. Es un misterio de amor porque en Dios todo es comunión, porque tal es la comunión que hay entre las tres divinas personas que son un solo y único Dios verdadero.
Hoy queremos, sí, confesar nuestra fe y adorar y alabar y bendecir al Señor que así se nos revela y así se nos manifiesta, pero así también nos muestra tanto amor. Ya lo expresábamos en la oración litúrgica. ‘…has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa’.

miércoles, 15 de julio de 2009

El clamor de mi pueblo ha llegado a mí

Ex. 3, 1-6.9-12
Sal. 102
Mt. 11, 25-27

‘El clamor de los israelitas ha llegado a mi y he visto cómo los tiranizan los egipcios. Y, ahora, marcha, yo te envío al Faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas…’
Ayer comenzamos a leer la historia de Moisés, salvado de las aguas. Aunque hoy estamos viendo cómo Dios lo llama y lo envía, podemos decir con los profetas que desde el seno de su madre el Señor lo había escogido. Las circunstancias de su nacimiento, su infancia y su juventud con las cosas que le suceden es una manifestación de que Dios estaba con él y de alguna manera lo estaba preparando para misión que le había de confiar.
Tuvo que huir de Egipto y refugiarse en las montañas y allí el Señor se le manifiesta de forma extraordinaria. La zarza ardiendo, la voz que se oye desde el cielo y le llama pueden ser impresionantes y una forma maravillosa de manifestarse Dios. El Dios que se manifiesta con inmenso poder y gloria sin embargo es el Dios que escucha a su pueblo y está atento a sus necesidades.
Creo que no hemos subrayado lo suficiente este aspecto en la imagen del Dios del Antiguo Testamento. Es el Dios del temor, pero es el Dios que ama a su pueblo. Es el Dios ante el que hay que descalzarse porque quienes somos nosotros en su presencia, pero es el Dios con quien se puede entrar en un diálogo de amor. Es el Dios poderoso y grandioso, pero es el Dios que envía a sus profetas para que guíen a su pueblo por nuevos caminos de libertad.
Bueno será también destacar la disponibilidad, apertura a Dios pero también humildad de Moisés. ‘Aquí estoy’, es la primera respuesta de Moisés cuando siente la voz de Dios que le habla desde la inmensidad de la zarza ardiente. ‘Quítate la sandalia de los pies porque la tierra que pisas es santa’, es la experiencia que siente en lo más hondo de sí mismo cuando está en la presencia de Dios. ‘Y Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios’. ¿Quién es el para atreverse a acercase a Dios?
Luego se atreverá a replicar a Dios porque se siente indigno e incapaz de la misión que se le confía. ‘¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?’ Pero quien le confía la misión no lo deja solo. ‘Yo estoy contigo, y ésta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en esta montaña’. El Sinaí será el primer destino una vez que hayan salido de Egipto y atravesado el mar Rojo.
Es ‘el Señor compasivo y misericordioso’, que se acuerda de su pueblo, que lo escucha y que quiere liberarlo. Es ‘el Dios compasivo y misericordioso’, que se manifiesta a los que humildes se presentan ante El. ‘Bendito seas Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque te has revelado a los pobres y a los sencillos’, hemos escuchado decir a Jesús en el evangelio. Es el Dios que nos ama y con amor y humildad nosotros tenemos que ir hasta El. Es el Señor que está con nosotros y camina a nuestro lado en todos nuestros pasos.
Aprendamos de Moisés. Seamos capaces de admirarnos de las maravillas con las que el Señor se manifiesta. ‘Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza’. Acercarnos a mirar y admirar esas maravillas con las que Dios se nos manifiesta. Acercarnos a mirar y admirar lo que es ese amor tan grande que nos tiene el Señor que nunca nos olvida sino que nos lleva en la palma de la mano. ‘Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre… y no olvides sus beneficios… el Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos, enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel’.