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domingo, 15 de septiembre de 2024

Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

 


Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

Isaías 50, 5-9ª; Sal. 114; Santiago 2, 14-18; Marcos 8, 27-35

Todos nos hacemos preguntas, algunas veces parece que nos vienen en cadena, otras surgen en un momento determinado casi por sorpresa, o no las hace la vida misma; preguntas sobre nosotros mismos, preguntas sobre aquellos que nos rodean, preguntas sobre esas personas que nos parecen importantes para nosotros; preguntas cuyas respuestas pueden tener sus consecuencias para nosotros, para lo que va a suceder y que quizás nos cuesta asumir; preguntas que nos dan miedo o que nos sorprenden, preguntas que pueden darle una vuelta a nuestra vida,  preguntas en fin sobre las que queremos encontrar una respuesta.

Hoy en el evangelio es Jesús el que hace unas preguntas, que en principio podrían parece inocentes, porque era recoger aparentemente las opiniones de los que les rodeaban; pero pregunta que poco a poco va comprometiendo, porque hay que dar una respuesta personal, pero respuestas que van a tener sus consecuencias, porque al final estará haciendo que los que se hagan las preguntas de donde están son los propios discípulos, o aquellos que quieren seguir a Jesús. Que todo puede ser al mismo tiempo un itinerario que nosotros también hemos de recorrer.

Primero pregunta Jesús sobre lo que piensa la gente del Hijo del Hombre; las respuestas son variadas según la percepción que la gente va teniendo de lo que hace Jesús, por eso le ven como un profeta, como un gran profeta como los grandes profetas antiguos, o como el recientemente martirizado Juan Bautista, con lo que también esas respuestas pueden tener algo de profecía.

Pero Jesús da un paso más, porque ahora pide una respuesta personal de aquellos que en este momento le rodean, sus discípulos más cercanos. Les impacta la pregunta ‘y vosotros, ‘¿quién decís que soy yo?’ La respuesta no pueden ser generalizaciones sino que tiene algo más personal y será Pedro el que se adelante a responder. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo’, el Hijo del Dios vivo. Otros evangelistas nos dejarán el comentario que hizo Jesús a esta respuesta de Pedro, que no la da por si mismo sino porque se lo ha revelado el Padre del cielo.

Pero Marcos, en el evangelio de hoy, hace que en esa pregunta y en esa respuesta veamos todo lo que tienen que ser sus consecuencias. El sentido del Mesías en Jesús es distinto. Por eso Jesús irá sacando consecuencias que ahora irán haciendo que sean los discípulos los que se interroguen por dentro y en cierto modo hagan una opción. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días’. No era esa la imagen que ellos tenían del Mesías a pesar de todo lo que Jesús les había enseñado y anunciado.

Aquello les impacta y les deja descolocados y como siempre será Pedro el que comience a hablar y actuar. Son interrogantes en el interior que no nos pueden dejar paralizados. Eso no puede suceder, eso no le puede pasar a Jesús con todo lo que la gente piensa de El y le busca y quiere seguirle. Pedro trata de convencer a Jesús, que no sé si será tratar de convencerse a si mismo de lo que Jesús les está planteando. Pero Jesús le rechaza, le aparta de su lado ‘¡Quítate de en medio!’, poco menos que le dice porque ‘eres una tentación para mí’.

Pero Jesús, ya dirigiéndose a todos, ¿dirigiéndose a nosotros quizás también?, nos vendrá a aclarar lo que va significar la fe que tengamos en El. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?’ No son solo palabras bonitas o aprendidas de memoria las que nos definen la fe que tenemos en Jesús sino que tienen que ser unas actitudes nuevas que hemos de tener en nuestro corazón.

¿Será así cómo nosotros queremos ser en verdad discípulos de Jesús? ¿Hasta dónde llega nuestra fe en El? Porque quizás estaremos muy entusiasmados cuando parece que son los buenos momentos, las grandes aclamaciones y los momentos de fervor, cuando quizás nos metemos en medio de una multitud entusiasta porque parece que todo es como una fiesta.

Cuando tenemos que ver la realidad que hay a nuestro lado, cuando descubrimos el sufrimiento de tantos, o cuando nos salen las cosas mal, cuando nos vemos envueltos en problemas que no parece que tengan solución, enfermedades que nos hacen sufrir en nuestros seres queridos o en nosotros mismos, cuando se nos hace difícil porque no todos nos entienden y parece que nadamos a contracorriente, cuando tenemos que comenzar a desprendernos de muchas cosas que llevamos demasiado apegadas en nuestra vida porque nos damos cuenta de que están muy lejos de los valores del evangelio, cuando tenemos que comenzar a compartir olvidándonos de nosotros porque vemos que hay otra gente con mayor necesidad, cuando tenemos que aceptar incluso a aquellos que no nos caen bien, ¿cómo reaccionamos? ¿Escuchamos y asumimos esas palabras que nos ha dicho Jesús de negarnos, de perder la vida, de tomar y cargar con nuestra cruz?

Preguntas, decíamos al principio, que algunas al final podrían sernos molestas. Preguntas que nos hace Jesús hoy y que nos hacen hacernos preguntas sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida. ¿Tememos las preguntas que nos hace el evangelio cuando lo escuchamos con corazón abierto?

sábado, 5 de septiembre de 2020

Una mejor relación de amor con Dios es camino también para unas relaciones más humanas entre los diversos estamentos de la sociedad



Una mejor relación de amor con Dios es camino también para unas relaciones más humanas entre los diversos estamentos de la sociedad

1Corintios 4, 6b-15; Sal 144; Lucas 6, 1-5

Ha habido épocas, y quizás no tan lejanas en el tiempo, en que las relaciones entre unos y otros, incluso hasta en el ámbito de la familia, estaban excesivamente basadas en el temor. Se hablaba de respeto, pero realmente se creaba una confusión muy grande en la mente y en los sentimientos de las personas que el respeto se confundía con el temor.

No era raro que los hijos más que respetaran, desde un respeto en el amor, lo que tenían era un cierto temor a los padres; pero eso sucedía en todo cuanto significara autoridad, que muchas veces se manifestaba y se imponía desde la fuerza; y no hablamos solamente desde regímenes dictatoriales, sino que si nos fijamos bien aún quedan resabios de esos estilos en muchos que ostentan la autoridad y que tratan de imponer por la fuerza sus ideas o su manera de concebir la sociedad; no siempre es una oferta sino que muchas veces se convierte en una imposición.

¿Hijos de otros tiempos? Algunas veces lo queremos justificar desde esos baremos. ¿Estilos de vivir y de conformar la sociedad donde aún no se habían desarrollado debidamente las libertades de las personas?  Pero aún con la libertad que decimos que hemos conquistado sin embargo sigue habiendo temores y miedos ante los que se manifiestan como poderosos. ¿Falta de un progreso cultural? Todo es posible, pero también se nos quieren imponer nuevas culturas que no son siempre un auténtico desarrollo de la persona y en lo que todos no están totalmente de acuerdo o con deseo de que sea así.

Esos estilos y esas maneras pesaban en todos los aspectos de la vida, de nuestras relaciones de los unos con los otros y ¿por qué no decirlo?, también en nuestra relación con Dios. Demasiado se nos inculcó quizá una religión desde el temor. Siempre ante el misterio de lo desconocido nos sentimos como con temor porque no sabemos qué hay detrás de ese velo que cubre ese misterio. Y ante la inmensidad y el poder de Dios de alguna casi como de forma espontánea surgía también el temor en nuestra relación con la divinidad. En cierto modo las cosas extraordinarias nos asustan y crean temores en el corazón. Desde una religiosidad natural se veía incluso en esos hechos extraordinarios de la naturaleza una como imagen de lo sobrenatural que podía crear esos temores en el corazón humano.

Sin embargo el Dios que se nos revela no es un Dios para el temor, sino para el amor. Una lectura atenta de todo lo que llamamos la historia de la salvación nos hace descubrir un camino de amor por el que Dios se preocupa por el hombre y para él quiere lo mejor manifestando así incluso su poder. Decimos con demasiada facilidad que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios del temor porque, repito, no siempre hemos sabido hacer una buena lectura de toda esa historia de la salvación.

Pero tenemos que reconocer que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios que se nos reveló en Jesús, rostro del amor y de la misericordia de Dios, al que nos enseña Jesús que llamemos Padre. Y lo que Jesús nos va proponiendo en el evangelio como los parámetros del Reino de Dios que anuncia y que viene a constituir es precisamente esa nueva forma de relación con Dios que no puede ser nunca desde el temor, sino siempre desde el amor.

Es lo que les cuesta entender a tantos judíos de la época de Jesús; es lo que les cuesta entender a los fariseos y a los maestros de la ley de su tiempo. Habían fundamentado su relación con Dios en el cumplimiento de unos mandamientos y de una serie de normas y preceptos que los acompañaban, que quien no cumpliera esas normas y preceptos se veía abocado al castigo divino. Por eso eran tan celosos de sus preceptos, por eso les costaba entender esa nueva forma de relación con Dios en la libertad y en el amor. Por eso vienen con sus quejas y sus condenas porque los discípulos de Jesús no cumplen los preceptos del ayuno. No entienden lo nuevo que Jesús les presenta, no entienden esa relación con Dios desde el amor, desde una ofrenda de amor, desde una obediencia en la fe y en el amor.

Pero no juzguemos a los judíos de aquella época sino mirémonos a nosotros mismos que después de veinte siglos de cristianismo aún seguimos tan pendientes del cumplimiento para evitar el castigo. Seguimos en una religión del temor en lugar de una religión del amor, una religión de cumplimientos para quedar todos tranquilos, pero no una ofrenda de amor y una relación de amor con el Dios al que Jesús nos ha enseñado a llamar Padre.

Mucho quizá tendríamos que revisar en nuestra vida, en nuestras actitudes, en nuestros cumplimientos, en lo que hemos enseñado y gastado quizá tanto esfuerzo. Pero ¿hay de verdad una apertura a Dios desde el fondo de nuestro corazón? ¿Hay en verdad un saborear el amor que Dios nos tiene para así aprender a dar esa respuesta de amor? ¿Hay de verdad una oración que sea encuentro de amor, o nos hemos quedado en una oración ritual donde repetimos unas palabras y con ello ya pensamos que hemos hablado a Dios? Cuánto nos cuesta salirnos de nuestras rutinas, cuánto nos cuesta vivir de verdad todos los valores del Reino de Dios.

Aquello que decíamos de esa sociedad de poderes y autoridades, de temores y de cumplimientos lo hemos trasladado demasiado al pie de la letra también a nuestro estilo de relación con Dios. Y quizá fundamentándonos demasiado en esa religión del temor hemos convertido nuestras relaciones personales en unas relaciones frías y poco humanas por tantas barreras de distanciamientos que nos hemos puesto entre unos y otros y siguen con sus autoritarismos de imposición quienes tienen la misión del servicio a la comunidad.

sábado, 29 de abril de 2017

En la travesía de la vida, no siempre fácil, hemos de saber escuchar la voz que nos dice ‘soy yo, no temáis’, pero ser también esa voz para los que caminan a nuestro lado


En la travesía de la vida, no siempre fácil, hemos de saber escuchar la voz que nos dice ‘soy yo, no temáis’, pero ser también esa voz para los que caminan a nuestro lado

Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; Jn. 6, 16-21
‘Soy yo, no temáis’, les dice Jesús a los asustadizos discípulos que van remando contra el viento en la noche del mar de Galilea. ‘Soy yo’, le oiremos repetir a Jesús en diversas ocasiones, sobre todo en este tiempo de pascua. ‘Soy yo’, quizás necesitemos nosotros escuchar en lo hondo el corazón sintiendo la voz de Jesús y su presencia que nos llene de paz.
La escena que nos narra hoy el evangelio fue tras la multiplicación de los panes y los peces allá en el descampado. Jesús se había retirado a solas al monte cuando comprendió que querían hacerlo rey y a los discípulos mas cercanos los embarco hacia el otro lado del lago. La travesía no era fácil, porque ‘soplaba un viento fuerte y el lago se iba encrespando’ nos dice el evangelista. Se acerca Jesús como menos ellos se lo esperan, porque viene caminando sobre el lago, y no lo reconocen porque creen ver un fantasma. Será la voz de Jesús la que les llene de paz.
Travesías difíciles hacemos muchas veces en la vida y parece que nos sentimos solos. Nadie nos escucha, todo parece estar en contra, las soledades nos atenazan el alma, como si Dios se hubiera olvidado de nosotros. El esta ahí, sin embargo, y no lo reconocemos; se nos manifiesta pero no en lo que nosotros esperábamos ni como nosotros hubiéramos querido; en la misma travesía que hacemos, en ese mar de la vida que se nos vuelve tenebroso, en esos problemas que se nos presentan y no nos dejan avanzar, ahí esta también en el Señor, por encima de todo eso, a través de esas mismas cosas que paciera que son un velo que se nos interpone. ‘Soy yo, no temáis’, nos dice.
Cuantos en la vida también van pasando por esas noches de densos nubarrones; desorientados, sin metas en la vida, sintiéndose inútiles quizás por no saber que hacer o que camino tomar, atormentados por dudas o por malos recuerdos o experiencias desagradables, desconfiados de todo o de todos… también sienten la soledad, alguien que llegue a su lado y les tienda una mano, una sonrisa que ilumine de nuevo sus vidas y una palabra alentadora que les hace salir de sus tinieblas.
De una cosa podemos estar seguros los creyentes, y es que el Señor no abandona a ninguno de sus hijos. Pero el Señor quiere contar con nosotros, contigo y conmigo para hacerse presente en tantas soledades, para ser esa voz que les diga, ‘yo soy, no temáis, yo estoy aquí, a tu lado…’ tenemos que ser esa voz de Dios, ese presencia de Dios con nuestra presencia, con nuestra palabra, con nuestra mano tendida, con nuestra mirada.
Cuantos quizás no llegan a sentir esa presencia del Señor porque nosotros no hemos sido esa presencia. Que responsabilidad la nuestra. Creo que hoy el Señor nos lo esta pidiendo, ser esa buena noticia para los demás. Ser buena noticia con nuestra presencia llena de amor, de cercanía, que despierta confianza, que abra los ojos de los demás a la fe, al encuentro con el Señor.
En el Señor nos pone en la travesía de la vida que no siempre es fácil, pero para que nosotros sintamos su voz y su presencia, pero también para que nosotros seamos su voz y su presencia para los demás, y todos podamos encontrar siempre la luz.

domingo, 1 de mayo de 2016

Jesús nos asegura que su presencia no nos faltará y la fuerza de su Espíritu nos guiará y nos lo enseñará todo

Jesús nos asegura que su presencia no nos faltará y la fuerza de su Espíritu nos guiará y nos lo enseñará todo

Hechos 15, 1-2. 22-29; Sal 66; Apoc. 21, 10-14. 22-23; Juan 14, 23-29
 Cuando sentimos un amor grande por alguien nos cuesta desprendernos de él, separarnos; el pensar que no lo vamos a ver más o que no podemos estar con esa persona amada, gozar de su presencia, escuchar sus palabras y consejos, sentir su cercanía nos produce un profundo dolor en el alma que sabríamos cómo mitigar. Es lo duro de las separaciones y de las despedidas; queremos que su presencia se prolongue y buscamos gestos, signos que nos lo sigan recordando; queremos tener algo de su posesión, guardar una imagen, algo que nos lo siga recordando. Son experiencias por las que pasamos en ocasiones en la vida y nos dejan unos sentimientos encontrados en nuestro corazón.
Se me ocurre pensar en estas experiencias humanas por las que todos en alguna ocasión habremos pasado, porque de alguna manera era algo que podían sentir los apóstoles en la noche de la cena. Estaban las palabras de Jesús que habían anunciado su inminente pasión, y ahora la despedida era más patente en los gestos y palabras que se habían ido sucediendo en la cena y lo que seguía anunciando.
Hasta ahora habían tenido siempre la presencia de Jesús con ellos, escuchaban sus palabras y sus explicaciones repetidas, recibían su corrección cuando sus actitudes seguían siendo egoístas o ambiciosas, pero quizá presentían que Jesús no iba a estar con ellos  y quién les iba a enseñar, quien los iba a corregir, quien les iba a dar fuerza para todas aquellas situaciones nuevas en las que habrían de encontrarse a partir de estos momentos. Jesús además les decía que convenía que El marchase.
Pero lo maravilloso estaba en que más que ellos tratar de inventarse o buscarse cosas que les recordaran para siempre su presencia, era Jesús el que realmente se los estaba ofreciendo. Eran sus discípulos y habían de seguir su camino; eran sus discípulos y habrían de realizar una misión;  eran sus discípulos y habían de cumplir la palabra de Jesús, su mandamiento. Les había dejado el mandamiento del amor que tendría que ser para siempre su distintivo. Mucho les había insistido Jesús cómo tendría que ser ese amor.
Era ahora Jesús el que les decía que si cumplían su mandamiento iban a tener segura para siempre su presencia con ellos. Por una parte porque en aquellos a quienes habrían de amar siempre tendrían que ver a Jesús. Pero había más, ‘el que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará  y vendremos a él y haremos morada en él’. Dios habitaría en sus corazones. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’, les dice. Jesús estará siempre con ellos; podrán sentir para siempre su presencia en el corazón. No tenían que hacer otra cosa que cumplir su mandamiento, amar con un amor como el de Jesús.
¿Quién va a enseñarles? ¿Cómo van a sentir su palabra en su corazón y en su vida? ¿Quién va a inspirarles en cada momento lo que habían de hacer? ¿Quién sería el que les diera fuerza para seguir con toda fidelidad su camino? ‘Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’. El Espíritu de Dios estará para siempre con ellos y será quien en verdad les guíe, les recuerde en cada momento las palabras de Jesús.
Tendrían que acabarse los miedos y los temores. Aunque les anuncia que las cosas no serán fáciles, porque el discípulo no es más que su maestro y lo mismo que van a hacer con Jesús les puede suceder a ellos, no han de sentirse turbados ni perder la paz en ningún momento. ‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’. ¿Por qué hemos de temblar si no nos faltará nunca la presencia del Espíritu de Jesús que es espíritu de fortaleza y de vida?
No podemos perder la paz en el corazón. Ahora mismo se sentían turbados con los anuncios de Jesús y sin tener claro lo que iba a suceder aunque Jesús se los había explicado bien. Pero las palabras de Jesús eran un bálsamo para su corazón. Con las palabras de Jesús se sentían fuertes; nada habían de temer. La paz que sentimos en Jesús es una paz bien distinta a la que quizá estamos acostumbrados a ver en nuestro mundo. La paz de Jesús siempre inundará de alegría el corazón y así nunca perderemos ese equilibrio interior. Por eso terminará diciéndoles, ‘os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo’.
Es lo que nosotros también hemos de sentir. Es la paz que hemos de vivir en lo hondo del corazón. Jesús está con nosotros, la fuerza de su Espíritu nos acompaña siempre, por su fuerza y por su gracia sabemos que Dios mora en nosotros desde nuestro bautismo. Muchas veces nos sentimos turbados con los problemas, con las dificultades, con las tentaciones que vamos sufriendo por doquier, pero sabemos que contamos con la gracia  y la fuerza del Señor.
Lo que tenemos que hacer es ponernos en camino, en el camino del amor cumpliendo su mandamiento y sentiremos la presencia de Jesús. Vayamos al encuentro de los demás sabiendo que vamos siempre al encuentro del Señor porque en cada hermano hemos de verle a El. Derrochemos amor con nuestra vida, en nuestras palabras, con nuestros gestos, en el compromiso que vivamos por los demás y por hacer que nuestro mundo sea mejor. Tenemos la seguridad de no sentirnos solos porque la fuerza del Espíritu de Jesús está con nosotros.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Aprendamos a sorprendernos con las cosas de Dios aceptando humildemente sus planes para nuestra vida

Aprendamos a sorprendernos con las cosas de Dios aceptando humildemente sus planes para nuestra vida

Jueces 13, 2-7. 24-25; Sal 70; Lucas 1, 5-25

Incluso cuando es grande el ansia que tenemos por aquello que pedimos hay ocasiones en que nos sentimos sobrecogidos cuando al final lo conseguimos. ¿Quizá porque aun en esa ansia grande nos faltaba esperanza? ¿quizá habíamos perdido la confianza? O tan sorprendidos nos vemos en aquello que conseguimos que nos quedamos sin palabras, sin saber cómo reaccionar, qué es lo que podríamos expresar en ese momento.
¿Qué es lo que vio el ángel en los ojos de aquel anciano sacerdote cuando se le manifestó a la hora de la ofrenda del incienso en el templo? Fijémonos que las primeras palabras del ángel fueron ‘no temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado’. Tener fe en que Dios escucha nuestras súplicas es algo grande, por supuesto, pero recibir una embajada angélica para decirle que Dios ha escuchado sus oraciones es algo tan grande como para impresionarte y quedarte mudo por la sorpresa.
Pero el ángel no solo viene a decirle que se acaba el oprobio para aquella familia porque, aunque sean ya mayores, Dios les va a conceder el don de un hijo, sino que además el ángel le adelanta cual va a ser la misión de aquel niño que de forma prodigiosa va a nacer. Será motivo no para el temor, sino para alegría, para él y para muchos. ‘Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacía los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’.
Aunque las palabras del ángel tienen que llenar de gozo su corazón, es humano, conoce sus limitaciones, son ya personas mayores tanto él como Isabel su mujer y surgen las dudas. ‘¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada’.
‘Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado a hablarte para darte esta buena noticia. Pero mira: te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento’. Es la respuesta del ángel. Zacarías no quiere poner en duda las palabras del ángel, pero pone sus objeciones; normal y muy humano. Era un hombre de fe, pues allí estaba ejerciendo su oficio sacerdotal haciendo la ofrenda del incienso e intensa era su oración al Señor. Pero ahora todo viene como una prueba quizá nacida de la misma sorpresa que le sobrecoge. Ha de seguir pasando por la prueba del silencio que será para él purificador.
En lo mismo que nos concede el Señor y en su presencia junto a nosotros que no nos falta, muchas veces nos viene también la prueba a nuestra fe; dudamos en nuestro interior, quizá no oramos con toda la confianza que tendríamos que hacerlo, pensamos que la solución a nuestros problemas vendrán por otros caminos. Nos es necesaria cada día más una mayor disponibilidad de nuestro espíritu para ponernos en las manos del Señor y confiar, porque El siempre escucha nuestra oración. Dejémonos sorprender por las cosas de Dios. Sepamos aceptar humildemente los planes de Dios para nuestra vida.

viernes, 15 de mayo de 2015

Nada ni nadie nos podrá quitar esa alegría del corazón porque Dios está con nosotros.

Nada ni nadie nos podrá quitar esa alegría del corazón porque Dios está con nosotros.

Hechos,  18,9-18; Sal 46; Juan 16,20-23a
‘Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría…’ y añade al final ‘se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’. Consoladoras palabras de Jesús que nos llenan de esperanza.
Los discípulos estaban con la incertidumbre y en la tristeza ante lo que iba a suceder. Estas palabras de Jesús están situadas en el marco de la última cena, la cena pascual, que fue para Jesús el inicio de su pascua, de su pasión. Como les veremos luego reaccionar fueron momentos difíciles de abandono, de tristeza, que les haría huir y encerrarse incluso en el Cenáculo. Jesús los encontraría después de la resurrección en el Cenáculo con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Trata Jesús con sus palabras de llenar de esperanza sus corazones. ‘Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría’.
Es difícil atravesar momentos de zozobra y de angustia, de soledad y abatimiento cuando los problemas nos cercan, las salidas las vemos oscuras, nos sentimos solos y como abandonados. Jesús nos dice que la tristeza ha de convertirse en alegría, que esa ha de ser la actitud y la postura de quien cree en El, pero hemos de reconocer que humanamente no es fácil. Momentos así todos hemos tenido en nuestra vida y es donde se ha de manifestar claramente lo que es nuestra madurez cristiana para fiarnos de las palabras de Jesús y saber poner alegría en el corazón sea cual sea la situación por la que estemos pasando.
Humanamente no es fácil, hemos dicho, pero hemos de saber abrir los ojos de la fe. Porque Jesús nos dice que El viene a nosotros, que El está con nosotros, que nunca nos podremos sentir abandonados ni en total soledad. ‘Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’, nos dice. Con nosotros siempre está el Señor. El nos da la fuerza de su Espíritu que es Espíritu de alegría y de paz, Espíritu que nos llena de esperanza y es nuestro consuelo.
En la lectura de los Hechos de los Apóstoles hemos visto la situación de Pablo que no era fácil en su anuncio del Evangelio. En esta ocasión está en Corinto, una ciudad muy compleja y muy pagana donde no es fácil hacer ese anuncio del evangelio porque Vivian una vida muy sensual y muy materialista. Sin embargo escucha la Palabra del Señor que le anima. ‘No temas, sigue hablando y no te calles, que yo estoy contigo, y nadie se atreverá a hacerte daño…’
Es la Palabra que tenemos que escuchar también en nuestro corazón. ‘No temas…’ Cuantas veces aparece esta invitación a la paz en el evangelio y en toda la Escritura Santa. No tememos, aunque muchas sean las dificultades; no tememos aunque nos sintamos abrumados y sobrepasados por el trabajo y los problemas; no tememos aunque nos sintamos hundido bajo el peso de nuestras culpas y pecados, porque confiamos en el Señor de la misericordia, el Dios del amor, el Dios que nos regala siempre su compasión y su perdón, el Dios que nos fortalece con su gracia y quiere seguir contando con nosotros.
Nada ni nadie nos podrá quitar esa alegría del corazón porque Dios está con nosotros.

viernes, 9 de enero de 2015

No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor…

No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor…


‘No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor… quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor’. Así terminaba el texto de la carta de san Juan que hoy hemos escuchado en la liturgia. Si hay amor no hay temor; porque nos sentimos amados, tenemos confianza, sentiremos paz en el corazón. Si aun permanece en nosotros el temor es que nuestro amor no ha alcanzado la plenitud total; por eso tenemos que preocuparnos de crecer más y más en el amor sintiendo la presencia de Jesús junto a nosotros que es sentir y gozarnos de su amor. Es la seguridad que tenemos que alcanzar.
En el evangelio vemos a los discípulos cruzar el lago no sin grandes dificultades. Les costaba avanzar, viento en contra, falta quizá de fuerza o de ánimo, les parecía sentirse solos, seguía habiendo dudas en su interior porque no acababan de entender lo sucedido en la tarde anterior y el que ahora Jesús les enviase a cruzar el lago ellos solos. No tenían por qué tener miedo porque muchas veces lo habían cruzado; era el lugar de trabajo para algunos de ellos que eran pescadores precisamente en aquel lago. Pero ahora que es de noche todo les parece más oscuro.
Cuántas veces nos sucede así en la vida; nos agobiamos ante las dificultades; nos parece que no avanzamos lo suficiente; parece que todo lo tenemos en contra; sentimos una cierta soledad en nuestro interior, un vacío quizá, un silencio a nuestras preguntas sin respuesta; nos envuelve de alguna manera la noche.
Pero Jesús está ahí. Aunque algunas veces nos confundimos, se nos cierran los ojos para no ver lo que está tan claro. Dice el evangelista que ‘viendo el trabajo con que remaban, porque tenían viento contrario, a eso de la madrugada, va hacia ellos andando sobre el lago, e hizo ademán de pasar de largo’. Ellos se asustaron porque creyeron ver un fantasma.
Pero era Jesús. ‘No temáis, soy yo’. Tantas veces nos lo dice Jesús. Podríamos recordar tantos momentos del evangelio, que con su presencia llena de paz los corazones de los discípulos y de cuantos se acercan a El.
El está ahí, no nos deja solos aunque nos parezca que vamos solos. Necesitamos abrir bien los ojos de la fe. Tener confianza. Sentirnos amados. Porque, como decíamos con san Juan, donde hay amor no tiene por qué haber temor. Pero nuestro amor es débil y por eso siguen las dudas en nuestro interior. Por eso  nos atrevemos una vez más a pedir, ‘ven, Señor, manifiéstate como te manifestabas a los discípulos, que sea capaz de verte sin ninguna duda’.
Que crezca más y más nuestro amor; que crezca más y más nuestra fe. Que se acaban para siempre los temores. Que nunca más nos veamos abrumados por esas soledades. Que se llenen para siempre esos vacíos de nuestro interior. Que llenemos de paz el corazón.

martes, 1 de julio de 2014

El Señor está con nosotros y con El a nuestro lado, nada hemos de temer

El Señor está con nosotros y con El a nuestro lado, nada  hemos de temer

Amós, 3, 1-8; 4, 11-12; Sal. 5; Mt. 8, 23-27
¿Cómo se puede dormir en medio de un temporal? Podría parecer una pregunta ocurrente, después de escuchar el evangelio. Pero quizá la pregunta podríamos transformarla diciendo, ¿cómo se puede seguir teniendo paz en el corazón a pesar los problemas y crisis de todo tipo en que nos vemos envueltos en la vida?
Creo que a la hora de reflexionar en el evangelio que escuchamos tenemos que ir más allá de lo que podríamos llamar la anécdota. Jesús había decidido atravesar el lago hacia la otra orilla; ‘subió a la barca y los discípulos le siguieron’, nos dice el evangelista. ‘Pero de pronto se levantó un fuerte temporal, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía’, nos puntualiza  el relato evangélico.
El llamado mar de Galilea o lago de Tiberíades habitualmente está en calma; no es mucha su extensión y nos podría parecer normal esa calma, pero su situación cercana a altas montañas y en el inicio de la depresión del Jordán, con lo que ya está más bajo que el  propio nivel del mar mediterráneo, hace que se produzcan cambios de temperaturas y surjan los vientos y temporales. Es lo que sucede en esta ocasión.
Pero entendemos muy bien que al relatársenos este hecho en el evangelio hay un profundo sentido catequético y ya a continuación se nos hace referencia a la falta de fe de los discípulos que Jesús les echa en cara y la admiración que se produce cuando Jesús hace que venga de nuevo la calma. ‘El dormía’, nos dice el evangelista Mateo escuetamente. Lo despiertan. ‘¡Señor, sálvanos que nos hundimos!’ es el grito de los discípulos. ‘¡Cobardes! ¡Qué poca fe!’ les echa en cara Jesús. ‘Se puso  en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma’. Luego vendrán los gestos y palabras de admiración de los discípulos. ‘¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!’
Entendemos perfectamente el relato evangélico. Se nos quiere despertar la fe. Jesús va siempre a nuestro lado y no podemos desconfiar. Pero no nos podemos quedar solo en problemas que podríamos llamar materiales desde los que acudimos a Jesús cuando tenemos miedo por algo que nos pueda suceder. Creo que es necesario tratar de profundizar un poco más en el tema de la confianza que tenemos en Jesús. Y pensamos en esa nave de la Iglesia en la que estamos todos embarcados desde nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia, o pensamos en los problemas que cada día tenemos cuando queremos ser mejores y superar tentaciones y pecados. El Señor está ahí, aunque nos pueda parecer oculto.
Por eso la pregunta que nos hacíamos al principio para no quedarnos en la anécdota de si Jesús podía seguir durmiendo en medio de aquella tempestad mientras los discípulos estaban atemorizados  porque la barca se podía hundir, como quizás en otras ocasiones les habría sucedido en temporales semejantes en aquel lago. Nos preguntábamos por la paz del corazón en medio de las tormentas de los problemas de la vida.
Cuando nos vemos zarandeados por problemas y dificultades una cosa que podemos perder fácilmente es esa paz del corazón. Son los miedos que aparecen, es la inestabilidad en que nos vemos en la vida, son las indecisiones y las dudas que nos hacen temer y no saber qué hacer o qué camino tomar. Y todo eso nos hace perder la paz. Como aquellos discípulos llenos de miedo en medio de la tormenta y que no terminaban de comprender que Jesús siguiera durmiendo allí en medio de aquellas dificultades que estaban pasando y pareciera que nos les importaba. ‘¿No te importa que nos hundamos?’

Uno de los miedos que podamos sentir en esos momentos es la soledad, el sentirnos solos y que nos parece que no tenemos fuerzas para salir adelante. Nos hace temblar, nos sentimos agobiados, todo nos parece negro, nos falta la paz. Y es precisamente lo que un creyente no debería perder. Sabemos que Jesús está ahí, aunque parezca callado o dormido. Aunque no nos demos cuenta muchas veces quizá él nos está llevando sobre la palma de su mano, aunque nos parezca lo contrario. Es necesario despertar nuestra fe, poner nuestra confianza en El, tener la seguridad y la certeza que por la fe podemos tener que el Señor está a nuestro lado y con El a nuestro lado, nada  hemos de temer. No perdamos la paz. Es un don que el Señor nos concede en el corazón.

martes, 8 de mayo de 2012


Que no tiemble vuestro corazón, mi paz os doy

Hechos, 14, 18-27; Sal. 144; Jn. 14, 27-31
‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, le dice Jesús a sus discípulos. Y les habla de la paz que no ha de faltar nunca en su corazón. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo…’ Hermosa invitación y hermoso regalo de Jesús.
Pudiera llenarse de temores el corazón de los discípulos con lo que intuían que iba a suceder por lo que les estaba diciendo Jesús; había anunciado tantas veces su pasión, su entrega, su muerte que pudieran sentirse turbados en el corazón. Podría parecer que llegaba la hora de las tinieblas y el príncipe de este mundo tuviera poder sobre todo y alcanzara la victoria. Lo estaba anunciando Jesús. ‘Se acerca el príncipe de este mundo; no es que tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, eso hago’.
Se iba a manifestar en plenitud lo que era el amor de Jesús que llegaría hasta la entrega final. Pero era la hora del amor. Se haría palpable lo que es el amor verdadero. El también diría en Getsemaní, ‘no se haga mi voluntad, sino la tuya’ porque había venido para hacer la voluntad del Padre. Ese era su alimento como ya había dicho un día allá junto al pozo de Sicar.
Y es que estando con Jesús ¿por qué no vamos a tener paz en el corazón? Es un mensaje que se repite de manera machacona a través de todo el Evangelio. Escuchamos ese mensaje de paz en su nacimiento, y será la paz que tengan en su corazón los enfermos y los pecadores, los que se sienten turbados en su espíritu y los que quizá se sientan solos y abandonados. ‘Vete en paz’, repite muchas veces Jesús a los que se acercan a El con su dolor, con su angustia, con su hambre, con sus problemas, con las dificultades de la vida.
Ha venido, como reflexionará más tarde san Pablo en sus cartas, a traer paz a los de lejos y a los de cerca; ha venido para traernos la reconciliación y el perdón; ha venido a poner amor en nuestros corazones y si tenemos amor tendremos paz. Por eso  nos dice que nos da la paz, pero no la paz como la da el mundo. Y aunque pudiera parecer una contradicción cuando nos llena de su paz y de su amor, sentiremos una inquietud tan grande en nuestro corazón que tendremos deseos de hacer una revolución para que las cosas cambien y los que no tienen paz puedan obtenerla. Es el ardor que siembra en nuestro corazón.
‘Que no tiemble vuestro corazón…’ nos dice, como en otras ocasiones nos dirá ‘no temas’. La incertidumbre, las dudas, el no terminar de entender las cosas, el no poder palpar las cosas con nuestras manos para convencernos más firmemente nos puede llenar de temores. Pero como le dijo el ángel a María ‘no temas… porque el Señor está contigo’, Como anunciaba cuando salía resucitado al encuentro de quienes le buscaban ‘no temas… que soy yo’. Y así en tantas ocasiones.
Por eso queremos llenarnos de Dios, dejar que su Espíritu inunde nuestro corazón, y aunque muchos hayan sido nuestros pecados alcanzaremos la paz porque para nosotros hay perdón, que para eso murió el Señor en la cruz  derramando su sangre por nuestros pecados. Nos llenamos de Dios y sentimos paz, porque con Cristo a nuestro lado nos sentimos seguros y las tinieblas de la duda ya no harán mella en nosotros.
‘Que no tiemble vuestro corazón…’ nos dice porque nos ha enviado su Espíritu para que esté con nosotros y aunque grande sea la tarea y muchas puedan ser las dificultades con que nos vamos a tropezar en ese camino de superación y crecimiento de cada día la presencia del Espíritu es nuestra fuerza y nuestra gracia. El Señor nunca nos dejará solos.
Que no tiemble nuestro corazón. Es la hora del amor y el amor tiene asegurada la victoria. Es lo que queremos poner en nuestro corazón. Es de lo que queremos llenar la vida. Cristo está con nosotros y El es nuestra paz.

viernes, 3 de febrero de 2012


Herodes ejemplo de quien se deja enredar por la espiral del mal

Eclesiástico, 47, 2-11; Sal. 17Mc. 6, 14-29
Cuando el corazón está lleno de maldad o la conciencia nos recrimina de algo que no hacemos bien sentimos desconfianza hacia los demás, nos llenamos de temores, nos dejamos arrastrar por respetos humanos aunque sepamos que hacemos mal, y entramos en una espiral de mal que parece no tener fin.
Herodes no estaba contento consigo mismo por lo que había hecho. Por eso cuando oye hablar de Jesús le entran temores pensando que si es el Bautista que había resucitado. Había caído en esa espiral de maldad que le había llevado a decapitar a Juan y la presencia de Jesús le parecían fantasmas que se le aparecían recriminando allá en su conciencia el mal que había hecho.
Es lo que nos narra hoy el evangelio. ‘Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado’. Su vida no era recta y el Bautista denunciaba su situación de pecado y de injusticia. Influenciado por Herodías, la mujer de su hermano que había tomado por mujer, se deja arrastrar por ese mal. Herodías buscaba la manera de quitar de en medio a Juan.
Y Herodes que se creía poderoso sin embargo era débil ante la tentación y se dejaba arrastrar. Cuántas veces nos pasa. Decía que apreciaba y respetaba a Juan al que escuchaba con gusto en ocasiones, pero sin embargo lo tenía encadenado en la cárcel. Y llegó la ocasión en que su debilidad llegó al extremo con ocasión de la fiesta que realiza con sus magnates y el baile de la hija de Herodías, sus vanas promesas y juramentos, que hacen que pidan la cabeza de Juan. Y en esa espiral en que se había metido cedió.
‘Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino… Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista...’  Y en sus temores y respetos humanos ‘mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan’.
Este episodio del Evangelio nos puede ofrecer muchas lecciones para nuestra vida. Por supuesto, de entrada tenemos que considerar el testimonio valiente de Juan. Valientemente allá junto al Jordán, desde la austeridad y rectitud de su vida, invitaba a todos a convertirse para preparar los corazones a la venida del Mesías señalando a cada uno lo que debía hacer, en lo que tenía que cambiar; ahora no teme decir al poderoso lo que está haciendo mal, también como una invitación a la conversión del corazón. Pero esta valentía y fidelidad le llevará al sufrimiento y al martirio.
No temamos vivir en rectitud de vida aunque nos cueste, o nos parezca que vamos a la contraria de lo que viven los que están alrededor. Tenemos que ser fieles a nuestros principios éticos, a nuestra fe, a nuestro compromiso con los valores del evangelio cuando nos decimos creyentes y cristianos. Qué débiles nos sentimos tantas veces en la vida. Nos cuesta mantener esa fidelidad, pero bien sabemos que no estamos solos porque nunca nos faltará la gracia del Señor.
Alejemos de nuestro corazón todo tipo de maldad, porque la pendiente del mal es resbaladiza y si nos dejamos llevar por el mal podemos caer en esa pendiente que nos hunde en la vida, nos aleja de Dios, nos lleva al pecado y con lo que ofendemos a Dios y hacemos también tanto mal a los que nos rodean. No nos dejemos enredar por la espiral del mal.
Que el Señor nos alcance su gracia en nuestra lucha por superar y vencer toda tentación. Que sintamos en todo momento la fortaleza del Señor para seguir el camino recto. Que el Espíritu divino nos dé valentía para ese testimonio que con nuestra palabra valiente y con nuestra vida hemos de saber dar en todo momento. 

lunes, 24 de octubre de 2011

Cristo nos levanta y nos hace recuperar nuestra dignidad de hijos de Dios



Rom. 8, 12-17;

Sal. 67;

Lc. 13, 10-17

‘Una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma y andaba encorvada sin poderse enderezar… Jesús le impuso las manos y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios’. Una mujer enferma, dolores, deformaciones en el cuerpo, enfermedad. Jesús que la cura y la levanta.

Tiene un hermoso significado este milagro, este signo que realiza Jesús. Signo que nos está hablando de muchas cosas; que nos está hablando de cómo Cristo quiere levantarnos, nos libera, nos hace recuperar con toda dignidad nuestra vida. Es el milagro grande de su salvación.

Tenemos que mirar más allá del hecho en sí de la curación de aquella mujer de sus dolores y discapacidades. Damos gloria a Dios que nos cura y que nos sana. Damos gloria a Dios que está con nosotros en nuestro dolor y en nuestro sufrimiento, en nuestra enfermedad y en tantas debilidades como tenemos en la vida.

Y con Jesús todo es distinto. Con Jesús hay un sentido nuevo. Con Jesús encontramos sentido y valor también para nuestro padecer y para nuestra enfermedad. En Jesús tenemos fuerza y tenemos vida para enfrentarnos a nuestros sufrimientos o a nuestras carencias. Ese sentirnos fortalecidos con la gracia del Señor para vivir cada una de las situaciones de nuestra vida es el primer milagro que Jesús va realizando en nosotros.

Hay un detalle más que nos dice el evangelio y que nos puede decir también muchas cosas. Como dice el evangelista y como expresión quizá primero del concepto que tenían entonces de la enfermedad como obra del espíritu maligno nos dice que la mujer ‘llevaba dieciocho años enferma a causa de un espíritu’.

Queremos ir más allá y hemos de reconocer cuánto nos ‘encorva’, nos esclaviza el mal cuando lo dejamos meter en nuestro corazón. Y no hablamos del andar encorvados físicamente, sino de tantas cosas que nos oprimen y nos quitan libertad interior. Sí, nos esclaviza el egoísmo, el odio, la envidia, la pasión descontrolada, el orgullo, la mentira, el pecado, en una palabra. Qué mal nos sentimos por dentro, pero que además se va manifestar también externamente con nuestros malos modos, con nuestro mal humor, con nuestras violencias… Como el que está lleno de sufrimientos y dolores que le cuesta manifestarse en paz, así nosotros cuando nos esclavizamos con el pecado nos manifestaremos también con esa mala cara.

Nos creemos más libres porque hacemos lo que queremos, pero al final somos esclavos de nuestro yo egoísta o lleno de orgullo, porque nos impide hacer el bien, nos impide amar de verdad. Andamos encorvados; pesa sobre nosotros el pecado, el desamor. Y Cristo viene a liberarnos de verdad, desde lo más hondo de nosotros mismos. Nos tiende la mano, como a aquella mujer encorvada, para levantarnos y hacernos libres y felices de verdad.

Recordemos lo que nos decía san Pablo. ‘Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un un espiritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar ¡Abba! ¡Padre!’ Cristo nos ha liberado. El Espíritu de Dios que está en nosotros nos ha levantado de la esclavitud para darnos la libertad de los hijos de Dios. ‘Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios’. ¡Qué hermoso y cuánta grandeza! ‘Nuestro Dios es un Dios que salva’, fuimos respondiendo en el responsorio del salmo. Y vaya si lo experimentamos en nuestra vida cuando tantas veces recibimos su perdón.

Claro que tenemos que glorificar a Dios, darle gracias. Y cantaremos a Dios alabándole y bendiciéndole. Y haremos que nuestra vida ya sea distinta para siempre. Somos hijos, somos herederos, coherederos con Cristo y con El glorificados. No podemos volver a vivir encorvados; no podemos volver a la esclavitud del pecado. Es nuestra lucha de cada día, es el esfuerzo que hemos de poner para hacer resplandecer en nosotros para siempre la gracia y el amor de Dios.

viernes, 14 de octubre de 2011

Como un libro abierto


Rom. 4, 1-8;

Sal. 31;

Lc. 12, 1-7

Esta persona es como un libro abierto. Seguramente habremos escuchado una expresión semejante para referirnos a una persona sincera y recta. Y cuando hablamos de sinceridad no es simplemente la de aquellos que proclaman que dicen siempre la verdad, que no tienen papas en la boca (en expresión muy canaria) y que dicen siempre lo que sienten o piensan a quien sea o como sea, sin importarles incluso el daño que puedan hacer.

Cuando hablamos de sinceridad nos referimos más bien a la sinceridad de la vida en el sentido de la congruencia que hay en esa persona entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Porque decir, se pueden decir muchas cosas; lo que es necesario es que haya autenticidad porque haya verdadera concordancia entre una cosa y otra. Por eso decimos sinceridad y rectitud; sinceridad en la vida para dejar trasparentar en lo que hace esa rectitud interior. Por eso decimos, es como un libro abierto, porque viéndola estamos viendo sus obras y su interior, la rectitud de su corazón.

Hoy le hemos escuchado decir a Jesús: ‘Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía’. Se había congregado mucha gente alrededor de Jesús. En esas expresiones hiperbólicas de los evangelistas con las que se quiere magnificar la admiración que Jesús suscita en sus oyentes, se nos habla de ‘miles y miles de personas que se agolpaban hasta pisarse unos a otros’. Es una forma de hablar. Y Jesús comienza haciendo esa recomendación que hemos escuchado a los discípulos.

Frente a la hipocresía de los fariseos, esa doblez de corazón, la sinceridad y la autenticidad. Y en esa sinceridad y autenticidad de nuestra vida seremos, tenemos que ser, como un libro abierto. Porque la verdad ha de conocerse; la verdad tiene que resplandecer; la verdad tiene que contagiar a todos para hacer un mundo nuevo, ese mundo nuevo que llamamos Reino de Dios. ‘Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse…’ Hagamos lo bueno, pensemos en lo bueno, tengamos lleno el corazón de bondad y con ellos contagiaremos de bondad y de amor a los demás. Que en ese libro abierto de nuestra vida todos sepan leer toda esa rectitud, todas esas cosas buenas de las que tenemos lleno el corazón.

Pero algo más quiere decirnos hoy el Señor. Nos habla de los miedos que pudiera haber en nuestra vida. Por muchos motivos hoy andamos muy temerosos y hasta desconfiados los unos de los otros. Un mundo de violencias y de maldad que nos rodea hace que nuestro corazón se llene de temores porque podemos sufrir las consecuencias de esa violencia o de esa maldad. Tememos el que podamos poner en peligro la vida, o las cosas que poseemos. Nos aferramos a la vida y nos aferramos a las cosas.

Pero Jesús nos habla no de esos miedos, sino de algo más profundo y qué tendríamos que temer. ‘No tengáis miedo a los que puedan matar el cuerpo, pero no pueden hacer nada más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar en el fuego’. ¿Qué nos quiere decir Jesús? No es matar el cuerpo, no se refiere simplemente a la vida material o corporal.

Hay quien puede influir en nosotros para apartarnos del camino del bien e inducirnos al mal. Hay quien puede influir en nosotros para que llenemos nuestra vida de falsedad y de muerte. Hay quien nos puede alejar de la virtud, poner en duda nuestros principios y nuestra fe. Hay quien nos puede hacer resbalar por un camino de frialdad, de indiferencia, de atonía espiritual. Y muchas cosas más. ¡Cuánto daño nos pueden hacer con estas cosas! Esto es lo que tenemos que temer. Quien puede meter el pecado en nuestra vida, quien nos puede apartar de los caminos de Dios. ¡Cuidado con quien nos pueda echar en el fuego de la maldad!, nos viene a decir Jesús.

jueves, 6 de octubre de 2011

Nuestro Padre nos dará el Espíritu Santo si se lo pedimos


Mal. 3, 13-18; 4, 2;

Sal. 1;

Lc. 11, 5-13

‘Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor’, repetimos en el salmo. ¿En quién mejor podemos poner nuestra confianza?

Confiamos porque nos sentimos seguros; confiamos porque nos sentimos apreciados y amados; confiamos y nos dejamos guiar; confiamos y no tememos; confiamos y nos sentimos en paz. La confianza en la vida, también como un valor humano necesario en nuestras relaciones entre unos y otros, nos hace crecer y madurar y hará que nos sintamos más libres y hasta seamos capaces de desarrollar mejor todas nuestras capacidades. La confianza verdadera no nos hace dependientes ni inseguros sino todo lo contrario. Porque si una de las cosas que nos da confianza es el sentirnos apreciados y valorados, aprenderemos también a valorarnos a nosotros mismos, a ser más nosotros mismos y a desarrollar mejor todo nuestro ser.

Esto que decimos como un valor humano lo podemos vivir profundamente en nuestra relación con el Señor, con Dios. Decimos que ponemos nuestra confianza en el Señor, pero es que es el Señor el que pone también su confianza en nosotros cuando nos ama. Somos lo más hermoso que ha salido de sus manos creadores, pues como nos dice la Biblia hemos sido creados a su imagen y semejanza. Y Dios sigue confiando en nosotros a pesar de que no siempre seamos fieles, y sigue amándonos a pesar de nuestro pecado. Es esa la maravilla del amor de Dios, que nos ama y nos entrega su Hijo no porque nosotros seamos buenos, sino incluso siendo nosotros pecadores.

Con esa confianza de amor acudimos a El en nuestra oración. Es lo que nos enseña hoy en el evangelio. A orar con la confianza de los hijos. A orar porque nos sentimos amados y porque también nosotros queremos amarle. Y oramos y le pedimos desde nuestra pobreza y necesidad, y oramos y le buscamos porque El lo es todo para nosotros; y oramos y lo llamamos porque siempre queremos sentirle a nuestro lado. Que orar no es sólo pedir, sino buscarle, sentir su presencia que llena e inunda nuestra vida.

Tenemos que aprender a darle profundidad, hondura a nuestra oración. Tenemos que aprender a gustar la presencia del Señor en nosotros cuando oramos. Si la oración es ese encuentro amoroso del hijo con su Padre nunca tendríamos que cansarnos de nuestra oración ni tendría que ser aburrido para nosotros ese momento en que nos encontramos con El. Es más, tendría que ser algo que estuviéramos deseando siempre, como el sediento que busca con ahinco la fuente de aguas frescas y vivas. Sin embargo, reconocemos, que muchas veces nos cuesta la oración, porque quizá no estamos en lo que estamos.

A eso nos invita hoy Jesús; a esa confianza, a ese encuentro de amor y de vida. Y nos dice que si entre nosotros los hombres, que no somos tan buenos, sin embargo escuchamos al que nos pide algo y lo atendemos, aunque solo fuera por la importunidad e insistencia del que pide, cuánto más no hará Dios que es Padre bondadoso y lleno de amor con nosotros. Dios nos escucha no porque lo dejemos en paz, sino porque es el Padre bueno que siempre está pendiente de sus hijos para darle lo mejor.

‘Así os digo a vosotros: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca, halla, y al que llama se le abre…’ Pero fijémonos en lo que nos dice, ‘si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espiritu Santo a los que se lo piden?’

Pero, ¿le pediremos nosotros que nos dé su Espíritu Santo? Sí, pedir el Espíritu divino que sea nuestra fortaleza en nuestras luchas, que sea nuestra luz en las oscuridades de los caminos de la vida, que nos dé la luz de su sabiduría en todo momento para saber hacer el bien, discernir lo bueno que tenemos que hacer. No es que Dios nos resuelva milagrosamente los problemas que tenemos, sino que nos dé su luz para que sepamos discernir lo bueno, y escoger el mejor camino o la mejor solución. Y es el Espíritu divino que nos hará conocer más a Dios; el Espíritu que clama en nuestro interior para que llamemos Padre a Dios.

martes, 19 de julio de 2011

Israel vio la mano grande del Señor y creyó en El


Ex. 14, 21-15, 1;

Sal.: Ex. 15, 8-17;

Mt. 12, 46-50

‘Israel vio la mano grande del Señor… y el pueblo temió al Señor y creyó en el Señor… entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron un cántico al Señor’. Es el mensaje final de este acontecimiento maravilloso del paso del Mar Rojo que tantas repercusiones puede tener para nuestra vida de fe y nuestra vida cristiana.

‘Israel vio la mano grande del Señor…’ El pueblo reticente a salir de Egipto a pesar de sus deseos de libertad; el pueblo que se había llenado de dudas y de temor al verse de nuevo acosado por los Egipcios y en la incertitumbre de cómo rebasar aquel mar que se les interponía en su camino de libertad, sabe descubrir la mano grande del Señor, sabe descubrir a Dios en aquellas cosas portentosas que se suceden. ‘Y creyó en el Señor…’

Se pueden dar mil explicaciones de este acontecimiento de abrirse el mar para el paso de Israel. Ya el autor sagrado al comenzarlo a narrar nos habla de hechos naturales como el viento fuerte del este que sopló durante la noche sobre el mar. Pero el creyente sabe descubrir detrás de todo lo que sucede la mano providente del Señor. Es lo que supo ver Israel en aquel acontecimiento y es lo que tenemos que aprender a descubrir nosotros también. Cosas que suceden y decimos el azar o el destino, pero pueden ser cosas donde veamos la mano amorosa de Dios que nos protege, nos cuida, se hace presente junto a nosotros. Y se pueden convertir en un milagro de Dios; y son un milagro del amor de Dios para nuestra vida.

‘Israel temió al Señor… e Israel creyó en el Señor’. Era verdad, Dios estaba con ellos. Dios estaba con ellos para conducirlos por un camino que los llevase a la libertad, los llevase a ser verdaderamente un pueblo que caminara unido. Dios se manifestaba grande y poderoso, pero al mismo tiempo un Dios que estaba al lado de su pueblo y con su pueblo iba a caminar ese lago camino hacia la tierra prometida. Aún le faltarían muchos pasos que dar y en momentos serían dolorosos o costosos; no faltarían dudas e incluso rebeliones, pero allí se estaba manifestando el amor de Dios por su pueblo, dispuesto siempre a perdonarlo y a hacerle recomenzar una y otra vez el camino de la fidelidad. Será el pueblo con el que hará una Alianza.

Reconozcamos nosotros también la grandeza y el poder del Señor, pero sintámoslo también a nuestro lado, caminando junto a nosotros, haciéndonos crecer en libertad y en amor porque así quiere hacernos grandes también a nosotros. Tememos al Señor porque reconocemos su grandeza, creemos en el Señor porque estamos viendo la mano del Señor junto a nosotros, amamos al Señor porque nos sentimos amados por El, y de qué manera.

Y el pueblo entero terminó cantando agradecido al Señor. ‘Cantemos al Señor, sublime es su victoria’. Será algo que no olvidarán nunca y este acontecimiento será un hito muy importante de su historia. Forma parte de todos aquellos acontecimientos de la Pascua, del Exodo, ahora del paso del Mar Rojo, y posteriormente de la Alianza que harán con el Señor en el Sinaí.

Ya hemos comentado que para nosotros los cristianos este paso del Mar Rojo es también un signo importante que nos anuncia y nos recuerda nuestra bautismo. Si aquel fue el paso de la esclavitud a la libertad el bautismo para nosotros es ese paso de la muerte a la vida, es más con Cristo somos sepultados en el bautismo para con Cristo en el Bautismo renacer a una nueva vida. Por eso, por ejemplo, en la bendición del agua bautismal se recuerda este paso del mar Rojo. ‘Hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de Abrahán, para que el pueblo liberado de la esclavitud del Faraón fuera imagen de la familia de los bautizados’. Así lo expresamos en la oración litúrgica.

Nos puede valer esta reflexión que nos hacemos a partir de este texto de la Palabra proclamada para que recordemos nuestro bautismo, nuestra condición de bautizados; para que sintamos en verdad que en Cristo hemos sido liberados de toda esclavitud y vivamos la libertad gloriosa de los hijos de Dios con todo lo que eso implica de vivir en santidad.

lunes, 30 de mayo de 2011

‘Os he hablado de esto para que no se tambalee vuestra fe…’


Hechos, 16, 11-15;

Sal. 149;

Jn. 15, 26-16, 4

‘Os he hablado de esto, para que no se tambalee vuestra fe… para que cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’. Jesús quiere que nos mantengamos firmes en nuestra fe en El. Como dirá más tarde san Pablo ‘nada podrá apartarnos del amor de Dios’. Nada tendría que hacernos temblar. Nada tendría que apartarnos de ese amor de Dios. Por eso nos promete el Espíritu Santo.

Muchas veces nos llenamos de dudas y temores; en ocasiones dar el testimonio de nuestra nos puede ser costoso; los peligros y las tentaciones nos zarandean con mucha frecuencia. Recordamos aquella ocasión en que iban atravesando el lago y se abatió sobre ellos una fuerte tormenta. Allí estaba Jesús, pero los discípulos estaban llenos de miedo. La barca era zarandeada por las olas y parecía hundirse. Gritaron al Señor que los salvara.

Nos sucede muchas veces en nuestras dudas o en las tentaciones. Nos cuesta creer algunas veces porque parece como si todo se nos volviera oscuro. Llegar a comprender todo el misterio de Dios por nosotros mismos se nos hace cuesta arriba en ocasiones. O los que están a nuestro lado nos ponen sus dudas y nos contagian de oscuridad. Por otra parte, los problemas, las enfermedades, la debilidad y flaqueza con que actuamos muchas veces nos hacen temer, poner en duda muchas cosas que parecía que en otro momento las teníamos muy claras. Cuántas preguntas nos hacemos cuando se nos mete el dolor y el sufrimiento en nuestra vida. De cuánto pesimismo nos llenamos.

Sentimos en otros momentos soledad, porque no somos comprendidos o porque nos parece no recibir toda la ayuda que necesitamos y precisamente de aquellos que pensamos que más tendrían que dárnosla. Otras veces serán quizá nuestros orgullos o nuestro propio egoísmo que nos encierra. No siempre nos sucede así, pero es una tentación en la que podemos caer. También muchas veces nos mantenemos firmes en nuestra fe y a pesar de las oscuridades luchamos por alcanzar la luz, tratamos de encontrar el camino en esa misma fe para encontrar la luz.

Hoy nos dice Jesús, lo venimos escuchando repetidamente muchas veces en estos días, que no quiere que se tambalee nuestra fe. Por eso nos promete el Espíritu Santo que nos enviará desde el Padre. ‘Cuando venga el Paráclito, el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’.

Recordáis lo que decíamos que significaba el Paráclito, algo así como el que acompaña, asiste, ayuda, sostiene, aboga, procura, aconseja, intercede, el que anima e ilumina todo el proceso interno de nuestra fe. Nos enseñará, estará con nosotros, será nuestra fuerza y nuestra luz, el que nos anime y nos ayude a caminar. Es quien moverá nuestro corazón a lo bueno inspirándonos siempre la buena acción. Es quien nos ayudará a comprender todo ese misterio de Dios que se nos va manifestando en todo lo que es nuestra vida en todas sus dificultades y que algunas veces nos cuesta tanto entender.

Pero nos dice también ‘y vosotros también daréis testimonio de mí, porque desde el principio estáis conmigo…’ ¡Cómo no iba a servirles de fortaleza todo aquello que habían vivido con Jesús a lo largo de todo el tiempo que estuvieron con El y El tan maravillosamente les enseñaba! Nosotros también tenemos un bagaje espiritual en todo lo que hemos vivido desde la fe; cuántas experiencias de fe hemos tenido a lo largo de la vida; no las podemos olvidar; tenemos que apoyarnos también en todo eso que hemos vivido desde la fe, para fortalecer nuestra fe, para dar ese testimonio que tenemos que dar, para iluminar esas situaciones nuevas que se nos puedan ir presentando.

‘Os he hablado de esto para que no se tambalee vuestra fe…’