Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta morada de Dios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta morada de Dios. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de agosto de 2026

Ante la inmensidad del misterio de Dios que quiere habitar en nuestro corazón no nos podemos sentir turbados sino llenos de paz y agradecidos por tan inmenso regalo de amor

 




Ante la inmensidad del misterio de Dios que quiere habitar en nuestro corazón no nos podemos sentir turbados sino llenos de paz y agradecidos por tan inmenso regalo de amor

2Pedro 1, 16-19; Salmo 96; Mateo 17, 1-9

Ante la inmensidad de lo infinito nos sentimos sobrecogidos; parece que no entra en la limitación de nuestros números y nuestros cálculos lo que contemplamos como infinito. Ante la inmensidad del firmamento que contemplamos en una noche estrellada, sabiendo como sabemos que entre esos puntos de luz que vemos en el firmamento hay millones de años de luz de distancia, nos sentimos casi como un punto invisible y al tiempo que nos gozamos de esa inmensidad que podemos contemplar pero que no somos capaces de imaginar al mismo tiempo en nuestra pequeñez más aún nos sentimos empequeñecidos y de alguna manera turbados. ¿Quiénes somos ante esa inmensidad? Nos quedamos sin respuesta.

He querido comenzar con cierta imaginación esta reflexión, pero precisamente a partir de lo que hoy contemplamos. La gloria del Señor se manifestó en el Tabor. Jesús había subido a ese monte alto que siempre identificamos con esa montaña del Tabor en medio de las llanuras y valles de Galilea con tres de sus discípulos para orar. Y el evangelio nos desvela el misterio de lo que allí sucedió en el relato del evangelista, al que más tarde Pedro hará referencia en sus cartas, como hemos escuchado en la primera lectura.

Los resplandores del cielo los envolvieron en la alta montaña de manera que Pedro querrá quedarse allí para siempre arrobado por aquellos resplandores. Pero será la voz del Padre la que se escuche en medio de aquella visión señalándonos a Jesús como el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. Será una nube la que ahora los envuelva cayendo por tierra los discípulos que de alguna manera se sentían transportados al cielo. Había que bajar de nuevo a la llanura; aquel misterio quedará escondido en el corazón porque solo podrán hablar de él después de la pascua, después de la resurrección.

‘No temáis’, les dice Jesús. El velo del misterio se ha descorrido, como el velo del templo de Jerusalén se descorrió también a la muerte de Cristo, porque en Cristo podemos conocer y dejarnos envolver por el misterio de Dios. Si ahora aquellos discípulos pudieron participar de ese momento de gloria Jesús nos dirá que de la misma manera nosotros seremos habitados por Dios. ‘El que me ama y cumple mis mandamientos, nos dirá, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’. Así podremos también nosotros resplandecer con la gloria de Dios. Pide Jesús al Padre que nosotros seamos también glorificados con la misma gloria de Dios con que el Padre le glorificó. ¿No es una gloria que así seamos amados de Dios que nos haga sus hijos?

Celebrar hoy esta fiesta de la Transfiguración del Señor y poder contemplar el Misterio de Dios que se nos revela no es algo que nosotros miremos como ajeno a nosotros. Es Cristo el que ha sido transfigurado, pensamos, pero nos estamos quedando cortos. En Cristo nosotros hemos sido glorificados y eso ha sido para nosotros la participación y vivencia de los sacramentos, que no por la carne ni por la sangre ni por ninguna otra razón humana sino por la fuerza de su Espíritu nos ha hecho partícipes de la vida de Dios para hacernos sus hijos.

Siempre recuerdo el hecho aunque no recuerdo a qué santo hacía referencia de cómo aquel buen hombre, con una fe maravillosa, cuando quería orar iba junto a la cuna de su niño recién bautizado y se ponía de rodillas porque decía que tenía la seguridad de que allí estaba Dios porque aún ningún pecado había manchado la pureza de aquella alma. Adoremos, sí, a Dios que quiere habitar en nuestro corazón, pongamos en Él nuestra fe y nuestro amor para sentir cómo en Cristo nosotros somos también glorificados.


lunes, 4 de mayo de 2026

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él… una nueva y distinta comunión porque nada nos separará del amor de Dios

 


El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él… una nueva y distinta comunión porque nada nos separará del amor de Dios

Hechos 14, 5-18; Salmo 113; Juan 14, 21-26

El que mejor guarda los recuerdos es el amor. Cuando hemos tenido la experiencia de sentirnos amados será algo que nunca se borrará de nuestra vida. Es más la experiencia de amar y ser amado nos llevará a que no queramos separarnos del amado, sino a querer cada día más profundizar en esa comunión de vida nacida del amor. A los amigos les gusta estar juntos, no queremos separarnos de nuestros padres, de nuestra familia porque allí nos sentimos amados, los enamorados buscan ese encuentro, esa relación, esa unidad para que nada los separe. La memoria más grande es la del amor.

Esto es lo que está queriendo expresarnos Jesús; nos pide, es cierto, que tengamos fe en El, pero esa fe va más allá de aceptar unas verdades o dejarme entusiasmar por unas emociones; la fe que nos está pidiendo Jesús tiene que transformarse en amor. Por eso nos dice el que acepta sus mandamientos y los guarda, ese le ama; no es un mero cumplimiento como si fueran simplemente unos protocolos que tuviéramos que cumplir para que todo salga bien. Es algo más hondo, porque todo tiene que nacer de la fe y del amor. No son cumplimientos formales, hacer las cosas porque hay que hacerlas, sino que desde nuestra voluntad más hondo queremos ponernos en su camino.

Y ahora viene lo que a continuación nos dice que es entrar en esa órbita del amor; seguimos a Jesús porque lo amamos, claro que nuestro amor se ve enriquecido por la experiencia que hemos tenido del amor que El nos tiene. Las gentes, como los discípulos, se iban detrás de Jesús porque lo veían en El, lo que le escuchaban les entusiasmaba porque se les abrían nuevos horizontes para sus vidas, comprendían que con aquello que Jesús les proponía un mundo nuevo se abría en sus horizontes, y cuando encontramos a alguien que responde a nuestras expectativas, que pone una nueva esperanza e ilusión en nuestra vida poco a poco, podríamos decirlo así, nos vamos enamorando de El, comienza a actuar el amor en nuestro corazón, y eso se va convirtiendo en seguimiento de Jesús.

Pues ahora viene a decirnos algo maravilloso Jesús. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Estamos entrando en otra órbita, porque guardamos su Palabra el Padre nos amará, pero más aún, será Dios el que no querrá separarse de nosotros, querrá morar en nosotros. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’. ¿Habremos pensado de verdad en lo que esto significa? Vamos a convertirnos en morada de Dios. Es algo maravilloso.

No podemos decir que no lo sabíamos porque desde lo más elemental del catecismo siempre es algo de lo que se nos ha hablado cuando se nos dice que por el Bautismo nos convertimos en morada de Dios y templos del Espíritu. Pero quizás muchas veces se nos queda en unos conceptos que tenemos ahí en la cabeza, pero a lo que no le sacamos el suficiente jugo, no lo reflexionamos todo lo que tendríamos que reflexionarlo, pero aquí lo que hoy claramente Jesús nos dice en el Evangelio. Cómo tenemos que considerar la grandeza de nuestra vida, esa gran dignidad de la que Dios nos ha dotado cuando decimos que somos hijos de Dios, que Dios mora en nosotros.

Y para ello tenemos la garantía del Espíritu. Como nos dice, ‘nos lo enseñará todo’ e irá convirtiéndose en memoria de amor para que nunca lo olvidemos. ¿Será ese el amor con que vivimos y respondemos a nuestra fe que nos lleva a querer vivir profundamente esa unión con Dios?

viernes, 21 de noviembre de 2025

No olvidemos que hemos de ser signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo cuando somos verdaderos templos de Dios que habita en nosotros

 


No olvidemos que hemos de ser signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo cuando somos verdaderos templos de Dios que habita en nosotros

1Macabeos 4,36-37,52-59; 1Cro 29; Lucas 19,45-48

Una de las cosas de las que nos solemos sentir más orgullosos en nuestros pueblos es de nuestra Iglesia, la parroquia mayor o la ermita del barrio donde vivamos, si somos de una ciudad grande haremos mención de nuestras iglesias mayores o de la catedral si la hubiera; es en muchas ocasiones el monumento más representativo y del que nos sentimos orgullosos y lo mostramos a todo el mundo; lo cuidamos, lo queremos tener a punto siempre y bellamente adornado. Desde unos sentimientos religiosos, desde unas tradiciones que hemos heredado, cada uno según sean sus sentimientos o manera de entender la vida la dará su importancia. Para los creyentes, los cristianos, lo consideramos como un lugar sagrado donde tenemos nuestras celebraciones de la fe y en torno a él tenemos incluso nuestras celebraciones festivas.

Es el orgullo que sentían los judíos por su templo de Jerusalén; recientemente hemos comentado lo orgullosos que se sentían por la belleza del templo de Jerusalén, la alegría que vivían cuando en la pascua venían en peregrinación hasta la ciudad santa, pero comentamos también el impacto de las palabras de Jesús cuando habla de que todo aquello, el templo y la ciudad sería destruida y no quedaría piedra sobre piedra. Un poco se les venía abajo lo que era casi el fundamento de su religiosidad, como había sucedido en la historia en cuantas ocasiones aquel templo había sido devastado. Allí tenía lugar el culto, se ofrecían los sacrificios, se reunían para orar y escuchar la Ley y los Profetas.

Hoy nos impacta la reacción que tiene Jesús cuando trata de desalojar del templo todo aquello que más que en un lugar de oración parecía que lo habían convertido en un mercado; en función de los sacrificios que allí se ofrecían estaban todos aquellos animales dispuestos para las ofrendas, pero también se había convertido en un lugar de cambio de las monedas con las que se podía hacer la ofrenda al templo. Jesús expulsa aquellos vendedores y cambistas porque habían convertido en un mercado y en una cueva de bandidos, como hoy nos dice, lo que tenía que ser una casa de oración. Un cierto modo de fervor sin embargo todo lo había desequilibrado y quedaba poco de aquel recinto espiritual que tenía que ser.

En el mismo relato en los otros evangelistas cuando luego le preguntan con qué autoridad está haciendo todo aquello, nos deja la sentencia de que se podía destruir todo aquel templo que El en tres días lo reconstruiría. Nos comentará el evangelista que los discípulos lo entendieron después de la resurrección, pues El se refería al templo de su cuerpo.

¿Cuál es el verdadero templo de Dios? No son las casas construidas con piedras el lugar preferido para habitar en medio de nosotros. Y no queremos quitar la sacralidad de nuestros templos y lo que nos pueden ayudar para cultivar nuestra piedad. Cristo es el verdadero templo de Dios, nos quiere hoy decir, pero nos está hablando cómo nosotros en virtud de nuestro bautismo hemos sido constituidos también en verdaderos templo de Dios. Dios mora en nuestro corazón, su Espíritu inhabita en nosotros, porque hemos sido ungidos en nuestro bautismo para convertirnos en esa morada de Dios y templos de su Espíritu.

Este pensamiento nos daría para largas y profundas reflexiones para considerar toda esa nueva grandeza y dignidad que hay en nosotros en virtud de nuestro bautismo. Nos decimos que nuestros templos han sido consagrados o bendecidos y por eso para nosotros se han convertidos en lugares sagrados, signos también de esa presencia de Dios en medio de nosotros. Pero no olvidemos que los verdaderos signos de esa presencia de Dios somos nosotros, con nuestra vida santa, con la dignidad adquirida desde nuestro bautismo.

Claro que esto nos daría para muchas preguntas sobre cómo nosotros sentimos y vivimos esa presencia de Dios en nosotros. Decimos que estamos en la presencia de Dios porque Dios todo lo abarca y se hace presente en todos los lugares, pero no podemos olvidamos que somos nosotros los que tenemos que ser esos signos de la presencia de Dios en medio del mundo, porque Dios se hace presente en nuestros corazones y en consecuencia nuestra vida tiene que ser distinta. ¿Cuidamos nuestra vida de igual manera que cuidamos el templo de nuestro pueblo? ¡Qué adornada de virtudes tendría que estar nuestra vida si vivimos en congruencia con esa presencia de Dios en nosotros! ¿Habrá que despertar algo de nuestra fe?

lunes, 19 de mayo de 2025

Sentirnos amados de Dios, es sentirnos llenos de Dios, como si nos sintiéramos hundidos en el manantial de su amor, porque Dios llega a habitar en nosotros

Sentirnos amados de Dios, es sentirnos llenos de Dios, como si nos sintiéramos hundidos en el manantial de su amor, porque Dios llega a habitar en nosotros

Hechos 14, 5-18; Salmo 113;  Juan 14, 21-26

Sabemos que en la vida hemos de saber mantener unas buenas relaciones con los que caminan a nuestro lado basadas en el respeto mutuo y también en la buena colaboración porque en fin de cuentas sabemos que compartimos un mismo mundo, necesitamos relacionarnos los unos con los otros y lograr una cierta armonía nos hace las cosas más fáciles y agradables. Sin embargo no siempre es fácil, decir respeto por respeto parece no suficiente, mantener unas distancias entrelazadas con unas cercanías que nos hagan las cosas fáciles no siempre parece que sea posible, porque fácilmente afloran desde nuestro interior nuestras propias ambiciones e intereses que si nos parece que son mermados ya nos sentimos incómodos. Algo tiene que haber distinto que le pueda dar otro sabor y otro color.

Lo sabemos, pero no siempre sabemos llevarlo a cabo, por esas debilidades que afloran, por esos intereses individualistas que salen a superficie, por ese amor propio en que nos parece que si damos estamos perdiendo. Sabemos, sí, que solo el amor es el que hará posible que nos sintamos felices, que hagamos ese mundo agradable para todos, que hará posible un verdadero enriquecimiento interior que nunca hará mermar la felicidad de los demás. Pero nos cuesta entender, nos cuesta realizarlo.

Es lo que Jesús nos está planteando en el evangelio. Es la buena noticia que nos quiere dar, pero la buena noticia viene de Dios, hace referencia a Dios y de ella tenemos luego que sacar nuestras conclusiones. La buena noticia de Jesús que llamamos la Buena Noticia del Reino de Dios es decirnos que Dios nos ama. Esa es la maravilla que no podemos olvidar. Esa es la maravilla que va a mover nuestra vida. Esa es la maravilla que nos va a poner en un nuevo camino, el camino del amor. Sintiéndonos así amados por Dios, y cómo se manifiesta eso en Jesús, nuestro camino no puede ser otro que el del amor.

Nos costará, porque como decíamos antes nos aparecerán muchas sombras en nuestra vida que nos hacen el camino oscuro, que nos impiden encontrar ese brillo del amor, que nos encierran en nosotros mismos, en nuestras individualidades, en nuestros orgullos, en nuestro amor propio y comenzaremos a restar, comenzaremos a poner limites a nuestra generosidad y a nuestra entrega, comenzaremos a hacer distinciones y discriminaciones, no llegaremos a vivir con intensidad el amor que Jesús nos propone.

Por eso tenemos que saber escuchar a Jesús, plantar de verdad su palabra en nuestro corazón, dejarnos envolver por su mandamiento y comenzar a amar con su mismo amor. Cuando lo probamos, lo saboreamos; cuando comenzamos a intentarlo veremos que eso nos llena de dicha; cuando comenzamos a ser fieles en ese amor sentiremos dentro de nosotros algo que no podemos explicar, es que estamos sintiendo a Dios en nosotros. Es lo que nos está diciendo hoy en el evangelio. ‘El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama será amado mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él’. Fijémonos qué hermoso, qué regalo estamos recibiendo de Dios, ‘al que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a El’.

Pero no se queda ahí, porque sentirnos amados de Dios, es sentirnos llenos de Dios, como si nos sintiéramos hundidos en ese manantial de su amor. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Nos convertiremos en morada de Dios. ¿No comenzará entonces a ser nuestra vida distinta?

Ya no es solo el respeto o la colaboración; ahora es la comunión, porque amar es entrar en comunión, es sentirnos uno con aquel a quien amamos, como nos sentimos unos con Dios cuando nos dejamos envolver por su amor. Seguiremos siendo débiles, seguirán aflorando en nosotros todas aquellas sombras de las que antes hablábamos, pero ahora tenemos una luz nueva, nos sentimos fortalecidos en el amor, una nueva esperanza renace en nuestro corazón de que es posible hacer un mundo nuevo y mejor, una paz indescriptible llenará nuestro espíritu.


sábado, 9 de noviembre de 2024

Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos pero nos hemos olvidado los cristianos de cómo hemos de ser signo del Dios con nosotros en medio del mundo

 


Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos pero nos hemos olvidado los cristianos de cómo hemos de ser signo del Dios con nosotros en medio del mundo

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Salmo 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Por razones pastorales a lo largo de mis años he tenido la oportunidad de palpar en circunstancias distintas según cada comunidad y según los tiempos diversas maneras con que el pueblo cristiano manifiesta lo que significa para ellos tener un templo, tener una iglesia; desde quienes no tenían nada y luchaban y buscaban recursos de la forma que fuera para conseguir tenerla un día, la alegría que sintió aquel pueblo con la bendición de su Iglesia que tristemente con el paso de los años en el reciente volcán desapareció bajo el furor de la lava – fue la primera parroquia que tuve a mi cuidado -, o de quienes buscaban la manera de tenerla muy cuidada, muy adornada, gastando lo que fuera en tenerla dotada de todo, pero también muy hermosa con muchas flores en sus fiestas o celebraciones; muchas más cosas podía recordar pero no quiero extenderme en ello. La gente de nuestros pueblos ama a su Iglesia, y cuando decimos que aman a su Iglesia la referencia son sus templos, que de alguna manera se convierten como en un signo de identidad.

Me vienen a la memoria estos recuerdos por una parte por la celebración que hoy nos ofrece la liturgia y los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrecen. Litúrgicamente celebramos la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que es la Catedral del Papa, con el hondo significado que tiene para toda la Iglesia, pues se le considera la madre de todas las Iglesias. No nos podemos quedar en su suntuosidad que la tiene, sino en el significado que tiene como ser el templo de la Sede de Pedro, de la Sede o Cátedra del Papa; de ahí el nombre que se le da de Catedral. Ese templo viene a ser como punto de unión y de encuentro de todos los cristianos con el Pastor supremo de la Iglesia.

Pero eso nos tiene que llevar a algo más. Ni nos quedamos en la suntuosidad de ese templo, como nos podemos quedar en el cuidado de nuestros templos simplemente quedándonos en su belleza externa. Tenemos que ir a algo más hondo. El Evangelio y la Palabra de Dios que hoy se nos proclama vienen a ayudarnos. Nos habla el evangelio del templo de Jerusalén que Jesús quiere purificar, porque en lugar de parecer una casa de oración, de encuentro con Dios, poco menos que se había convertido en un mercado.

El gesto de purificación que Jesús realiza, expulsando a los vendedores va a tener sonadas consecuencias que tiene también sus resonancias en nuestra vida. Cuando vienen a pedirle con que autoridad se ha atrevido a realizar esa purificación al expulsar a los vendedores, les quiere hablar de otro templo que sí que hay que cuidar. Habla de si mismo, que aunque quieran destruir su templo con la muerte, en tres días lo reedificará, y está haciendo una referencia a su pascua, a su muerte y resurrección, que los discípulos solo entenderán después de la resurrección de Jesús de entre los muertos.

Pero está haciéndonos pensar a nosotros hoy, ¿quiénes son ese verdadero templo de Dios? De ello nos ha hablado el apóstol cuando nos recuerda que nosotros somos ese templo de Dios. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ nos dice el apóstol.

Bien lo recordamos como hemos sido ungidos en nuestro bautismo, consagrados con el Cristo Santo para ser una cosa con Cristo, sacerdotes, profetas y reyes, pero para convertirnos en ese templo del Espíritu, morada de Dios en medio de los hombres. Si nosotros confesamos que Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros, cuando por nuestra consagración bautismal hemos sido convertidos en ese templo del Espíritu, en esa morada de Dios, podemos decir que tenemos que ser signos de ese Emmanuel, ese Dios con nosotros, por la santidad de nuestra vida, por nuestra identificación, configuración con Cristo, en medio del mundo que nos rodea.

Creo que son cosas que nos tienen que hacer pensar. Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos, queremos lo mejor para nuestra Iglesia y nos gastamos lo que sea necesario para mantenerlas dignas y bellas de manera que incluso puedan ser admiración para quienes las visitan, porque además queremos que sean en verdad ese signo religioso, ese signo de la presencia de Dios en medio de nuestros pueblos.

Y aquí viene la pregunta que tenemos que hacernos. ¿Nos habremos olvidado los cristianos de cómo por la santidad de nuestras vida tenemos que ser ese Emmanuel, ese signo de Dios con nosotros en medio del mundo? ¿Hacemos lo mismo por cuidar nuestra santidad personal que lo que hacemos por mantener bellas nuestras iglesias?  Puede ser un interrogante muy serio e importante que nos hagamos a nosotros mismos.

 

lunes, 29 de abril de 2024

Disfrutemos y valoremos la presencia de quien nos ama y quiere habitar en nuestro corazón amando nosotros con el mismo amor


Disfrutemos y valoremos la presencia de quien nos ama y quiere habitar en nuestro corazón amando nosotros con el mismo amor

Hechos de los apóstoles, 14, 5-17; Sal. 113; Juan 14, 21-26

Hay algo que podríamos decir misterioso pero que al mismo tiempo es enormemente reconfortante y es cómo podemos sentir a nuestro lado a aquellas personas que amamos aunque físicamente no estén con nosotros. Es el misterio del amor y de la amistad. Yo sabía que estabas conmigo, le decimos al amado, le decimos al amigo cuando hemos pasado quizás por momentos difíciles y físicamente nos sentíamos solos, pero al mismo tiempo no nos sentíamos solos porque sabíamos que quien nos amaba estaba con nosotros. Tenemos que aprender a disfrutar y a valorar esa presencia espiritual de quien nos ama y a quien amamos.

Esto es en cierto modo lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Nos pide amor y nos garantiza el amor, un amor que no serán solo palabras bonitas sino expresar con aquello que hacemos ese amor que tenemos. ‘El que sabe mis mandamientos y los guarda, nos dice hoy Jesús, ese me ama; y al que me ama, lo amará mi Padre y lo amaré yo, y me mostraré a El’. Garantía del amor, amamos y nos sentimos amados, pero aun nos dice más ‘me mostraré a El’, podemos conocerle como nadie le ha conocido. Entremos en esa órbita del amor y qué distinta se vuelve nuestra vida.

Muchas veces nos encontramos con gente que duda de Jesús, a nosotros también muchas veces nos entra también la debilidad de esa duda, y miran a Jesús desde la distancia, como si solo fuera un personaje histórico que tuvo su valor e importancia en aquel momento, pero que ahora nos queda lejos, se hace difícil entrar en esa necesaria comunión con El que desde la fe podemos considerar. No podemos mirar a Jesús de esa manera, es necesario algo más, tenemos que dejarnos cautivar por su amor, comprender que su mensaje es un mensaje de vida para nosotros y en El encontraremos siempre el sentido y el valor de nuestra vida. Y eso lo podremos hacer cuando, como decíamos, entremos en la orbita del amor.

Pero no será ya como quien siente una presencia virtual, como ahora tan frecuentemente decimos, sino que será más íntimo y más profundo. Por eso nos insiste Jesús, ‘el que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a El y haremos morada en él’. Dios que mora en nosotros. Nos había dicho al principio del evangelio que ‘la Palabra se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. No ya solo nos referimos al misterio de la Encarnación de Dios en el seno de María, sino que nosotros mismos por nuestro amor seremos esa morada de Dios. Y con nosotros tendremos al ‘Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.

¿No decimos que por el Bautismo somos morada de Dios y templo del Espíritu Santo? Se supone cuando le damos el sí del Bautismo le estamos dando el sí del amor, y todo nuestra vida, entonces, tiene que ser una respuesta de amor al amor que Dios nos tiene. Mucho tenemos que revisar en ese camino del amor; mucho tenemos que considerar cuando así nos sentimos amados de Dios.

 

domingo, 24 de diciembre de 2023

Somos ese nuevo templo de Dios, el que El quiere construir en nuestro corazón, como lo hizo en María, que se convierta en señal de Dios para la humanidad

 


Somos ese nuevo templo de Dios, el que El quiere construir en nuestro corazón, como lo hizo en María, que se convierta en señal de Dios para la humanidad

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88; Romanos 16, 25-27; Lucas 1, 26-38

Todos soñamos en la vida con tener una casa, nuestra propia casa, donde habitar, donde sentirnos a gusto. Son los esfuerzos de tantos a lo largo de su vida, porque queremos tener algo propio, donde incluso en la medida que la vivimos vamos marcando nuestro propio ser, que son nuestros gustos o que es incluso nuestro propio olor; algo propio de todo ser vivo, los animales del campo tienen sus guaridas y los pájaros del cielo se construyen sus nidos. Construimos nuestra propia casa que es algo más que levantar unas paredes, es una morada y es un signo de nuestro vivir.

Nos acercamos a la primera lectura que hoy se nos ofrece. Los israelitas que habitaban en tiendas en el desierto, una vez que se establecieron en la tierra prometida fueron construyendo su morada; hoy contemplamos que con el paso de la historia ya el rey David se había construido su palacio en lo que era la capital de su reino, pero el Arca de la Alianza, signo de la presencia de Dios entre ellos, aun moraba en una tienda, llevada en muchas ocasiones de un lado para otro según sus conveniencias.

David quiso construir un templo para el Señor, que fuera signo y señal de esa morada de Dios entre ellos. Pero Dios, por medio del profeta, no se lo permitió. ‘¿Tú me vas a construir una casa para morada mía?’ Recordándole lo que ha sido la propia historia personal de David desde que el Señor lo sacó de entre los pastizales y las ovejas para ser rey de Israel, ahora le dice el Señor, ‘el Señor te anuncia que te va a edificar una casa… Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino… Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmes ante mí, tu trono durará para siempre’. Otra era la morada que Dios quería para hacerse presente entre ellos. Su reino sería la señal.

En el evangelio encontramos la respuesta. Era lo anunciado por los profetas y lo esperado no solo por el pueblo de Israel sino por las naciones. Dios quiere morar entre nosotros, Dios quiere hacerse en verdad Emmanuel, Dios con nosotros, y para eso se encarna en las entrañas de María, para eso se hace el hijo de María, se hace hombre, y será ya para siempre Dios con nosotros. ‘Estaré con vosotros hasta el final de los tiempos’, les dirá a los discípulos.

Y eso es lo que vamos a celebrar. Para eso nos hemos venido preparando a lo largo de todo el Adviento y llega el día y la hora. Dios hecho hombre en el seno de María va a nacer en Belén. Tampoco tendrá un templo a la manera que los hombres deseamos hacer, no tendrá ni una casa material ni una posada que le acoja, porque va a nacer pobre entre los más pobres; María y José tendrán que acogerse a un establo y allí Dios plantará su tienda entre los hombres.

¿Qué nos está señalando hoy la Palabra de Dios en este cuarto domingo, en las propias vísperas de la Navidad? Dios que viene a buscar una morada para habitar entre nosotros está pidiéndonos nuestro corazón. Como a María. El ángel del Señor con el mensaje de parte de Dios no solo se le manifiesta a María, sino que está manifestándose a todos nosotros. Podemos sentirnos poca cosa e indignos de esa embajada angélica, pero a nosotros también quiere decirnos que somos los agraciados de Dios, somos los amados de Dios en los que Dios quiere morar. Solo nos está pidiendo que le abramos las puertas de nuestro corazón.

Dios ha puesto su mirada en nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo. Dejémonos mirar por Dios, porque su mirada siempre es una mirada de amor. Los antiguos decía que mirar a Dios era morir, pero desde la presencia de Jesús entre nosotros sentirnos mirados por Dios es comenzar a vivir. Sentirnos mirados por Dios, aunque en nuestro humildad nos sintamos llenos de turbación porque consideramos nuestra indignidad y nuestro pecado, es sin embargo la mayor alegría que podamos vivir porque es sentirnos amados de Dios.

¿Cuál va a ser nuestra respuesta? ¿Cuáles van a ser las actitudes nuevas que van a nacer en nuestro corazón? ¿Cuál va a ser la forma de nuestro acoger a Dios en nuestra vida para hacerlo vida ahora en esta navidad? María que se sintió pequeña – aquí está la esclava del Señor, serían sus palabras – al mismo tiempo se sintió engrandecida – porque el poderoso ha hecho obras grandes en mí, que cantaría en el Magnificat – se puso en camino.

Sabía bien que acoger a Dios, como ella lo estaba haciendo en su propio seno, significaba poner en camino de amor y de servicio, significaba compartir lo que llevaba en su seno para que fuera puente de gracia también para los demás. La veremos caminar hacia casa de su prima Isabel, pero con su presencia todo se va a llenar del Espíritu del Señor, porque hasta el hijo de Isabel en sus entrañas saltará de gozo con la buena nueva que significaba María en aquel hogar de la montaña.

¿Cómo nos vamos a poner nosotros en camino en este mundo nuestro tan lleno de montañas de indiferencia, tan confundido que incluso querrá celebrar la navidad sin hacer sentir la presencia de Dios? Es de lo que nosotros tenemos que ser testigos, dar testimonio en medio de ese mundo. Ojalá muchos sientan temblar su corazón con nuestra presencia, porque con nuestra manera de hacer y de celebrar la navidad, con nuestros gestos de amor y nuestro espíritu de servicio estemos haciendo más presente a Dios en nuestro mundo. Somos ese nuevo templo de Dios, el que El quiere construir en nuestro corazón, que se convierta en señal de Dios para la humanidad. ¿Cómo lo vamos a hacer?

lunes, 16 de mayo de 2022

Hemos de ser los enamorados de Dios que vayamos chorreando su amor allí donde estemos y con lo que vivimos por la fuerza del Espíritu que habita en nosotros

 


Hemos de ser los enamorados de Dios que vayamos chorreando su amor allí donde estemos y con lo que vivimos por la fuerza del Espíritu que habita en nosotros

Hechos de los apóstoles 14, 5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26

Una mirada con los ojos del amor nos hará ver y descubrir lo que por ningún otro medio podemos conocer. ¿Por qué me conoces tanto? Le preguntaba un hijo a su madre; porque te amo, le respondía. El amor verdadero nos lleva a esa unión tan profunda que no será necesario que nos cuenten lo que nos sucede, para que los ojos del amor lo descubran.

¿Por qué nos descubres esas cosas a nosotros y no a los demás? Le pregunta un discípulo a Jesús cuando de alguna manera se sentía emocionado por la confidencia de amor que Jesús les iba haciendo, y en una palabra Jesús podía haberle dicho, porque os amo. Es lo que de alguna manera le responde aunque otro sea el circunloquio de las palabras. ‘Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?’,  le decía Judas, no el Iscariote sino Judas Tadeo, a Jesús. Y este le respondía: ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’.

Todo es un círculo de amor, respuesta de amor y revelación de amor, comunión de amor de tal manera que se siente habitado por el amor de Dios, por Dios mismo. ¿No es lo que sucede cuando dos personas se aman de verdad? Ya parece que no hay sino una sola vida; los enamorados de verdad ven por los ojos del otro, hablan con las palabras del otro, parece que respiran con el respirar del otro, porque se sienten como una única vida.  Y eso es lo que tenemos que vivir desde nuestra relacion con Dios.

Podemos tener la tendencia de convertir nuestro ser cristiano en aprendernos una doctrina, tener como un catálogo de las cosas que tenemos que hacer, o como se dice ahora, unos protocolos que seguir. Pero creer en Jesús para seguirle, para ser verdaderamente su discípulo es algo mucho más sencillo, porque es como dejarse envolver por el amor de Dios, que es mucho más que una envoltura externa que nos de unas apariencias, porque casi la palabra que tendríamos que emplear es empaparnos del amor de Dios. Cuando de verdad empapamos algo en un líquido luego ese objeto empapado va como chorreando allá por donde vaya aquello de lo que está empapado. Es lo que tendría que ser nuestra vida cristiana; tenemos que ir chorreando ese amor de Dios del que estamos empapados.

Por eso Jesús nos habla de la presencia del Espíritu en nuestra vida. Nos dice que nos lo revelará todo. Cómo querrían tener consigo siempre a Jesús sus discípulos para no olvidar todo aquello que les va revelando y que algunas veces tanto les cuesta no solo recordar sino entender, asumir para sus vidas. Qué bueno sería que Jesús no les faltara nunca. Es lo que Jesús les está prometiendo. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.

Es el Espíritu Santo el que habitará en sus corazones para poder sentir y vivir esa presencia del amor de Dios en sus vidas; es el Espíritu Santo el que transformará nuestras vidas para ser capaces de no solo vivir ese amor de Dios, sino luego empapar de ese amor cuanto nos rodea.

‘Mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’, nos decía Jesús. Seremos ese templo del Espíritu, esa morada de Dios, porque nos llenaremos de su amor. Y eso, ¿cómo se manifiesta en nuestra vida? ¿Serán esas las señales que nosotros damos con nuestra manera de vivir como cristianos? Claro que tendríamos que comenzar por preguntarnos si somos esos enamorados de Dios. Quizá nuestro amor sea pobre, le falte intensidad, se nos quede en le epidermis de la vida, no lleguemos a ser esos empapados del amor de Dios. Es algo que tenemos que cuidar.

martes, 12 de octubre de 2021

María del Pilar, señal de referencia siempre de la presencia de Dios con nosotros y poste miliario que nos garantiza el camino del seguimiento del evangelio de Jesús

 


María del Pilar, señal de referencia siempre de la presencia de Dios con nosotros y poste miliario que nos garantiza el camino del seguimiento del evangelio de Jesús

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11, 27-28

No es ajeno cuanto sucede en nuestro entorno a nuestras preocupaciones y a lo que es nuestra vida de cada día y en estos días no podemos quitar de nuestro pensamiento el sufrimiento de cuantos están sufriendo las consecuencias del volcán que asola una de nuestras islas. Surge necesariamente nuestro sentimiento de solidaridad y tratamos de ponernos en su carne cuando con la violencia del volcán se están viendo despojados de todo, sus casas con todas sus pertenencias, sus terrenos de cultivo, su vida misma.

Todos tenemos una referencia importante es nuestra vida, que no se mira solo como una riqueza, sino que es parte de su vida misma; es su casa, es su hogar, es allí donde hacen su vida, es donde tienen tantos recuerdos porque quizá perteneció a sus padres y es algo así como su referencia familia con todo lo que en ese lugar se ha vivido, ha vivido la familia. Es un punto de referencia importante para la vida de la persona. Pensamos en los sentimientos dolorosos que afloran en lo más profundo de esas personas que así lo han perdido todo.

Sin dejar de tener en cuenta esos sentimientos de solidaridad que tienen que despertarse en nuestro corazón, hoy en esta fiesta de la virgen he querido también tomar esa referencia. De ello de alguna manera nos quieren hablar los textos de la Escritura que se nos ofrecen, sobre todo la primera lectura tomada del libro de las Crónicas del Antiguo Testamento.

Se nos habla ahí del traslado con gran regocijo de todos del Arca de la Alianza que les había acompañado como un signo de la presencia de Dios en todo su peregrinar por el desierto. Aunque todavía en el texto se habla de una cierta provisionalidad, los deseos son poder levantar un templo para el Señor que contenga ese Arca de la Alianza con todo su significado. Ese templo del Señor, esa morada de Dios entre nosotros los hombres que tanta importancia va a tener a lo largo de toda la historia de la salvación, del pueblo judío. Un lugar que sirva de referencia para ese encuentro con Dios, un lugar donde todos puedan confluir y donde todos se sientan a gusto como en una casa familiar porque es la casa de Dios.

Pero este texto se nos ofrece hoy en la liturgia también en una clara referencia a María, cuando la estamos celebrando en esta advocación de Nuestra Señora del Pilar. María es también ese templo de Dios, esa morada de Dios en medio de nosotros los hombres. Cuando Dios quiere encarnarse haciéndose hombre lo hace en el seno de María, y María que se convierte así en la Madre de Dios es para nosotros ese templo de Dios donde quiere morar, donde quiere encarnarse para hacerse hombre.

‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, proclama aquella mujer anónima cuando escucha a Jesús. Ese vientre de María, verdadero sagrario de Dios; en su vientre durante nueve meses se gestó aquella criatura que no era simplemente un hombre que iba a hacer, sino que allí estaba verdaderamente Dios en esa unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana en la persona de Jesús.

Por eso, por ejemplo, siempre decimos que aquel camino que María hizo hasta la montaña de Judea en la visita a su prima Isabel fue como la primera procesión del Cuerpo de Cristo, porque allí llevaba en su seno María a Dios mismo. ¿No se revolvió de gozo el hijo de Isabel en su seno materno con la presencia de María? ¿No será un signo de cómo aquel niño profeta, como solo saben hacerlo los profetas, los hombres de Dios, sintió la presencia de Dios en el seno de María?

Esa referencia en nuestro hogar que tenemos de nuestra vida misma, como antes reflexionábamos, la estamos teniendo en María, la madre de Dios. Por eso María, la Virgen Madre de Dios, siempre nos conducirá a Dios, nos hará presente a Dios en medio de nosotros. Es el templo, es el sagrario, es la morada de Dios que nos trae a Dios, siempre será referencia para nosotros de la presencia de Dios.

Hoy la contemplamos y celebramos sobre la columna del Pilar, hermoso significado también para nosotros. La columna que nos sirve de apoyo y fortaleza y que nos ayuda a edificar con cimiento firme nuestra vida de fe. Cuando nos apoyamos en María, como un hijo sabe apoyarse en su madre nunca nos sentiremos defraudados, nunca se debilitará nuestra fe.


María como señal que encontramos a lo largo del camino para que no perdamos el rumbo; en la antigüedad en las grandes vías del imperio había de tramo en tramo unos postes, unas columnas – el miliario o poste miliar - que iban indicando la ruta a donde nos llevaba y de donde provenía para no perder el rumbo, que hoy lo tenemos en nuestros caminos y carreteras en esos carteles y en esas señales que nos indican el camino o carretera por donde circulamos. Pensemos en María como esa columna miliar que nos da la seguridad del camino de Jesús del camino del evangelio.

lunes, 9 de noviembre de 2020

La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

 


La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Hoy la liturgia de la Iglesia tiene una celebración especial que habitualmente pasa desapercibida para la mayoría de los cristianos. Es la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán; dicho así sin más, poco quizás nos puede decir y nos quedamos pensando en alguna de las muchas Basílicas que hay en Roma llenas de belleza y de arte pero entre tantas quizás hasta nos confundimos y no le damos mayor importancia. Sin embargo, es la madre y cabeza de todas las Iglesias como ha sido llamada a través de los siglos, porque sobre todo es la catedral de Roma y la Sede del Obispo de Roma, es decir del Papa.

Estamos habituados a ver al Papa en san Pedro del Vaticano y para muchos esa es la Catedral del Papa, pero no es así, ni ha sido siempre el Vaticano el lugar donde habitaba el Papa. San Pedro es una de las grandes Basílicas romanas, Basílicas Mayores que se les suele llamar junto a san Juan de Letrán, Santa María la Mayor, y san Pablo extramuros, por estar en las afueras de la ciudad antigua de Roma ya en el camino que conduce al Puerto de Ostia en el Mediterráneo.


Tras el Edicto de Constantino en que se daba libertad a la Iglesia fue precisamente el palacio de Letrán el que se convirtió en la sede del Papa junto al cual se edificó la Basílica de El Salvador que es su más auténtico nombre que con el paso de los siglos se convirtió en la joya artística que en sí es dicha Basílica. Allí, en Letrán, vivieron los Papas hasta la época en que un papa de origen francés se llevó la sede de Pedro a Avignon; posteriormente ante el clamor de la cristiandad volvieron a Roma estableciéndose definitivamente en el Vaticano, aunque no vamos a extendernos en prolijos detalles, pero la sede del Obispo de Roma fue siempre san Juan de Letrán como comúnmente se llama a la catedral del Papa. Algunas veces nos conviene recordar estos retazos de la historia de la Iglesia aunque nos parezca en ocasiones rocambolesca, pero también para llegar a comprender muchas cosas que sin la historia no llegaríamos a entender debidamente.

Pero dejemos ahora la historia a un lado y centrémonos aunque sea brevemente en la celebración de este día. La Dedicación es lo mismo que la consagración, es dedicar aquel lugar a lo sagrado, a lo santo, por eso le decimos consagración, para dedicarlo al culto del Señor. ¿Tiene o no tiene importancia el recordar y celebrar ese momento de la Dedicación? Pues, sí, porque al pensar en la dedicación de un templo de piedra, estamos al mismo tiempo pensando en la dedicación o consagración de los que somos los verdaderos templos de Dios. y si aquel lugar, por ser dedicado al culto lo queremos llamar sagrado, cuanto más nuestro cuerpo que también ha sido ungido con el crisma santo en el bautismo y la confirmación y nuestra vida toda ha de ser también santa para que demos verdadera gloria a Dios con la ofrenda de nuestras vidas y cuanto hacemos.

Pero si pensamos por otra parte en la Dedicación de ese templo que viene a ser como el centro de toda la cristiandad, porque tiene su sede el Vicario de Cristo, el que en nombre de Cristo es signo de unidad para toda la Iglesia, tenemos que pensar necesariamente en el espíritu de comunión que tiene que haber entre todos los cristianos que formamos la Iglesia, pero el espíritu de comunión que hemos de sentir y vivir con el Pastor que nombre de Cristo conduce los caminos de la Iglesia.

Una celebración entonces que nos lleva por un lado a pensar en la santidad de nuestras vidas porque templos moradas de Dios y de su espíritu somos, y por otra parte nos impulsa a la comunión entre todos los que vivimos una misma fe y a la comunión con nuestros pastores que en nombre de Cristo apacientan el rebaño de Dios. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ le confió Jesús a Pedro a quien un día le había dicho ‘tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, pero a quien le había pedido mantenerse firme para mantener la fe y la comunión de los hermanos.

Una celebración, pues, con un profundo sentido eclesial que nunca podemos perder de vista en todo lo que es nuestra vivencia de la fe cristiana. Así tenemos que sentirnos, así tenemos que vivir en profunda comunión eclesial porque así nos quiso Cristo.

lunes, 11 de mayo de 2020

Experimentemos lo que es sentirnos amados por Dios cuando en su amor El nos pone en su corazón y al mismo tiempo se adueña del nuestro para hacernos vivir una vida nueva



Experimentemos lo que es sentirnos amados por Dios cuando en su amor El nos pone en su corazón y al mismo tiempo se adueña del nuestro para hacernos vivir una vida nueva

Hechos 14, 5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26
Supongamos que en estas circunstancias en que vivimos, con gente que retorna de la noche a la mañana a sus pueblos y familias de origen como sucede con tantos emigrantes, por ejemplo, de pronto nos llega una familia nuestra que no tiene a donde ir y que nos dicen que como en nuestra casa hay espacio más o menos suficiente se vengan a vivir con nosotros; sin saber qué hacer o como reaccionar nos vimos comprometidos a acogerlos para que habitaran en nuestro mismo hogar. Nos veríamos quizá que se nos trastocaba nuestra vida, se rompía el ritmo de nuestras rutinas a las que estamos acostumbrados, que aun con todo el respeto del mundo esas personas vienen con las costumbres y modos de vivir del lugar o país donde hasta ahora han habitado; todo en nuestra vida quedaría trastocado y con mucho esfuerzo y sacrificio quizá trataríamos de amoldarnos a esa nueva situación que de alguna manera rompe nuestros planes.
Es algo que puede sonar idílico o irreal de alguna manera y quizá hacemos demasiado hincapié en las incomodidades que nos surgirían con esas personas que de alguna manera van a influir también en nuestra manera de vivir y de sentir. Quizá recalcamos un tanto lo que nos puede parecer en principio negativo porque nos haría cambiar muchas cosas de nuestra vida, pero quizá no apreciamos la riqueza que al mismo tiempo puede significar para nosotros con lo nuevo que nos pueden aportar. De todas maneras sentiríamos que la vida se nos cambia, se nos hace distinta.
No sé bien si entendemos y nos puede valer esto que ponemos como imagen y ejemplo de lo que hoy nos ofrece el evangelio. Y es que en el seguimiento de Jesús y en consecuencia nuestra vida cristiana puede haber y de hecho hay algo de esto que estamos diciendo pero con un nivel infinitamente superior. Y es que la vida cristiana no se reduce a hacer cosas, a cumplir unas normas o unos mandatos, ni simplemente decir que nos estamos poniendo en el nuevo camino del amor porque ese es el mandato que Jesús nos ha dejado como distintivo.
Y es que cuando estamos hablando de lo que es nuestra vida cristiana, lo que representa en nosotros el seguimiento de Jesús es algo mucho más hondo, porque es dejar que Dios habite en nosotros y nosotros habitemos en El. Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Es cierto que el ser cristiano porque seguimos a Jesús implica el que entremos en una nueva honda, la honda del amor que tiene que envolver toda nuestra vida, pero es que como nos dice Jesús hoy cuando le amamos, porque entramos en la honda de su amor, y porque le amamos queremos cumplir su voluntad, sus mandamientos lo más maravilloso es que vamos a experimentar lo que significa sentirse amado por Dios, y cuando decimos que Dios nos ama es que Dios se adueña y se aposenta en nuestro corazón.
Si decimos que amar al otro es ponerlo en nuestro corazón, decir que Dios nos ama es que nos ha puesto en su corazón, pero es que se ha adueñado de nuestro corazón para por su amor vivir en nosotros. Y, como decíamos antes con el ejemplo que proponíamos, al habitar Dios en nosotros todo cambia en nuestro corazón, todo cambia en nuestra vida; no es que dejemos que Dios habite en nosotros y sigamos con nuestras rutinas y costumbres del hombre viejo, es que cuando Dios habita en nosotros nos sentimos transformados y en nosotros nace un hombre nuevo, que tendrá un nuevo vivir, que tendrá unos nuevos valores, que tendrá un nuevo sentido para su existencia, que se va a ver profundamente enriquecido con la gracia de Dios.
Y ya esto no lo haremos por sacrificio o solamente valorando nuestros esfuerzos humanos, sino que esto lo hacemos, lo vivimos por gracia, porque es el regalo de Dios que así enriquece nuestra vida que nos convierte en hijos de Dios.

sábado, 9 de noviembre de 2019

De la misma manera que valoramos y cuidamos la dignidad y santidad de nuestros templos hemos de cuidar la santidad de quienes somos morada de Dios y templos del Espíritu




De la misma manera que valoramos y cuidamos la dignidad y santidad de nuestros templos hemos de cuidar la santidad de quienes somos morada de Dios y templos del Espíritu

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

¿Cuál seria nuestra reacción si alguien nos avisa de que quiere venir a hospedarse en nuestra casa? Tenemos que reconocer que depende de cuáles serían nuestras actitudes y los valores que tengamos en la vida. Está, por supuesto, la sorpresa de lo inesperado, pero también podamos tener una reacción negativa ante el hecho de que alguien sin saber por qué quiera venir a introducirse en la intimidad de lo nuestro, de nuestro hogar; y surgirán mil disculpas, cuando no queremos ser violentamente negativos, de que ya andamos bien apretados en casa y no tenemos lugar (sobre todo con aquello de que hoy nuestros hogares tienen escasos metros), que si andamos muy ocupados y no podríamos atenderlo debidamente, que tenemos previsto hacer otras cosas y no tenemos ni tiempo ni espacio y así nos buscaríamos muchas disculpas ante el temor, imaginario quizá, de lo que pueda significar la presencia de ese intruso.
Pero puede haber también una apertura de nuestras puertas, sintiéndonos gozosos y honrados con la presencia de esa persona entre nosotros, y aunque nos cueste quizás sacrificio estamos dispuestos a apretarnos un poco si es necesario para rendir la mejor hospitalidad a quien ha querido darnos el honor de venir a estar con nosotros y compartir la interioridad de nuestro hogar. En nuestros buenos deseos hospitalarios revolvemos lo que sea para acoger y hacer agradable la estancia de aquella persona con nosotros.
Me lleva a pensar en estas cosas que pueden rondarnos muchas veces dentro de nosotros la sorpresa inesperada de Zaqueo cuando Jesús se detuvo ante la higuera para decirle que quería hospedarse en su casa. ‘Hoy quiero hospedarme en tu casa’. Muchas consideraciones nos hemos hecho en otras ocasiones de las circunstancias de Zaqueo y lo que significó para El la presencia de Jesús en su hogar con todo el cambio que se realizó en su vida.
En esta ocasión quiero quedarme en esa auto invitación de Jesús. ‘Hoy quiero hospedarme en tu casa’. ¿No podríamos decir que eso es lo que ha significado la Encarnación de Dios en el seno de María para hacerse hombre y ser Dios con nosotros? Creo, sí, que podemos ver en el misterio de la Encarnación esa invitación que Dios nos hace para que abramos las puertas porque El quiere plantar su tienda entre nosotros, como nos dice el inicio del evangelio de Juan. Claro que ahora depende también de nosotros, igual que contó con María para encarnarse en sus entrañas, de las actitudes y valores que nosotros tengamos, como decíamos anteriormente. Porque ya nos dice también el evangelio de Juan que ‘vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’.
Me estoy haciendo esta consideración a partir de uno de los evangelios que se nos ofrecen en la fiesta litúrgica que hoy celebramos. Hoy es el día de la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán en Roma, que como bien sabemos es la catedral de Roma, la catedral del Papa. Un momento que nos hace pensar en el valor del templo cristiano como signo de la presencia de Dios, como imagen de la Iglesia que en el templo se congrega para alabar y bendecid al Señor y alimentarnos de su Palabra y de su gracia, pero que tiene que llevarnos aun más allá.
Cuando Jesús quiso purificar el templo de Jerusalén expulsando a los vendedores del templo al pedirle los judíos razones de su actuar les respondió: ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’. Y aunque los judíos entonces no entendieron las palabras de Jesús que adujeron incluso en su testimonio contra El para condenarlo a muerte, el evangelista nos dice que se refería al templo de su cuerpo.
Dios vino a habitar en medio de nosotros y se encarnó en el seno de Maria. Jesús es ese verdadero templo de Dios, que así mismo se convirtió en sacerdote, victima y altar al ofrecerse por nosotros en oblación de sacrificio en la cruz. Pero es que Jesús quizá además habitar en nosotros, convertirnos a nosotros por pura gracia en morada de Dios, en templos del Espíritu.
Y es aquí cuando viene aquella invitación de la que hablábamos al principio. ‘Quiero hospedarme en tu casa’, nos dice a nosotros también. No es a cualquiera a quien tenemos que hospedar en nuestra casa, en nuestra vida, en nuestro corazón, es a Jesús, es a Dios mismo que quiere habitar en nosotros. ‘Vendremos y haremos morada en él’, nos dice Jesús en otro momento del evangelio. También podríamos pensar que cuando estamos acogiendo al hermano, sea quien sea, es Dios que viene a nuestra vida.
Es la consideración que hemos de hacernos, es el reconocimiento de ‘ese honor’ que Dios nos ha otorgado cuando quiere hospedarse en nuestra casa, en el templo de nuestra vida. Que no seamos de aquellos que no lo recibieron, porque a los que le reciben les da el poder de ser hijos de Dios. Nos preocupamos por la dignidad y santidad de nuestros templos ¿nos preocupamos igualmente por la dignidad y santidad con que hemos de vivir nosotros que hemos sido convertidos en templos del Espíritu?

domingo, 26 de mayo de 2019

El cristiano, testigo del amor de Jesús, ha de convertirse en lugar de encuentro entre Dios y los hombres porque somos verdaderos templos de Dios


El cristiano, testigo del amor de Jesús, ha de convertirse en lugar de encuentro entre Dios y los hombres porque somos verdaderos templos de Dios

Hechos 15, 1-2. 22-29; Sal 66; Apocalipsis 21, 10-14. 22-23; Juan 14, 23-29
‘El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’ nos dice hoy Jesús en el evangelio. Son palabras de Jesús como de despedida en la última cena. Palabras importantes que nos hablan de su presencia permanente junto a nosotros, palabras que nos hacen sentirnos si escuchamos y cumplimos su palabra en morada y en templo de Dios que quiere habitar en nosotros.
Lo hemos reflexionado muchas veces, el hombre quiere encontrar y conocer a Dios; en el ansia de plenitud que hay en nosotros queremos llenarnos de Dios, vivir a Dios y le buscamos. Hay lugares y momentos que nos parece que nos hacen sentir a Dios más cercano y nos construimos lugares donde podamos sentir de manera especial su presencia; el hombre de todos los tiempos ha buscado ese lugar sagrado, ha consagrado lugares para Dios donde sentir y vivir su presencia.
Son los templos que de una forma o de otra en todas las religiones se levantan en honor a Dios y en los que queremos darle culto, sentirle o escucharle, vivir su presencia y mostrarle la respuesta de nuestra fe y de nuestro amor. Hacemos las ofrendas más suntuosas en nuestros templos que quieren expresar también la grandeza del misterio de Dios que nos supera en su inmensidad. Pero de alguna manera, ¿no nos estaremos quedando lejos del verdadero sentido del evangelio?
La novedad del evangelio de Jesús nos hace sentir de una forma nueva su presencia y es lo que realmente viene a decirnos hoy Jesús en el texto evangélico que hemos escuchado. Recordamos cuando el episodio de la expulsión de los vendedores del templo que lo profanaban con su mercadeo y ante las exigencias de los judíos preguntando por su autoridad para hacer lo que hizo, les dice: ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’. No entienden los judíos las palabras de Jesús y las usarán en la acusación ante el Sanedrín, pero como nos comenta el evangelista que ya había captado la plenitud de su mensaje, El se refería al templo de su cuerpo. El es la verdadera morada de Dios entre los hombres.
Pero hoy nos está diciendo que nosotros también podemos ser, tenemos que ser esa morada de Dios. ‘Mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’, nos dice. Somos nosotros si le escuchamos y aceptamos su Palabra, si hacemos su voluntad y cumplimos sus mandamientos, como nos dice, los que no vamos a convertir en esa morada de Dios, en ese templo de Dios. ‘Haremos morada en El’, que nos dice.
Entendemos entonces las palabras del Apocalipsis que hoy hemos escuchado. Nos habla de la nueva Jerusalén que bajaba del cielo llena de la gloria del Señor, pero  nos dice ‘Templo no ví ninguno, porque es su templo el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero’. No es lo importante ese templo construido con elementos humanos, porque el verdadadero templo es la gloria del Señor Todopoderoso que en nosotros quiere habitar.
¡Qué maravilla! Esto tiene muchas consecuencias, empezando por la santidad de nuestra vida para no profanar ese templo de Dios que somos nosotros. Así hemos sido ungidos y consagrados en nuestro bautismo por la fuerza del Espíritu que no solo nos hace hijos de Dios, sino que nos convierte en esa morada de Dios también en medio de los hombres.
Y es que el cristiano, el testigo de Jesús ha de convertirse en medio de la humanidad en lugar de encuentro entre nosotros los hombres pero en lugar de encuentro también con Dios. Ese ha de ser nuestro testimonio, de eso hemos de ser testigos no solo con nuestras palabras sino con nuestra vida. Con nuestro amor – es nuestro distintivo y todo el motor de nuestra vida – nos hemos de convertir en lugar de reconciliación, de perdón y de paz. Y es que allí donde hay verdadero amor allí se hace presente de Dios con su gracia, con su vida, con su perdón, con su paz. Y eso es lo que tenemos que lograr cuando nos sentimos inundados y rebosantes de amor.
Allí por donde vaya un cristiano tiene que ir un testigo del amor; allí donde esté un cristiano inundado de ese verdadero amor tendrá que haber siempre encuentro entre los hombres, estaremos promoviendo siempre la reconciliación y la paz, se tiene que estar creando comunión, será siempre motivo de comunión entre todos, trabajará por el diálogo y el entendimiento, estará buscando siempre la justicia y la fraternidad. Triste sería que fuéramos un anti-testimonio porque provoquemos rupturas y distanciamientos, porque en lugar de la concordia estemos siendo semillas de discordia y de enfrentamiento. Eso sí que sería una profanación de esa morada de Dios en nosotros. Qué testimonio más verdadero tenemos que dar.
Y todo esto lo podremos realizar porque con nosotros está siempre la fuerza del Espíritu. ‘Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado, nos dice; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’. El será nuestra sabiduría y nuestra fuerza, en El encontraremos la verdadera paz, no una paz cualquiera, sino la paz al estilo de Jesús. Con el Espíritu en nosotros se acabarán nuestros miedos y cobardías, porque El está con nosotros, más aún como venimos reflexionando, El está habitando en nosotros que nos hemos convertido en verdadero templo de Dios, en verdadera morada de Dios.
Cuantas conclusiones y compromisos tenemos que sacar de estas palabras de Jesús.