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viernes, 21 de noviembre de 2025

No olvidemos que hemos de ser signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo cuando somos verdaderos templos de Dios que habita en nosotros

 


No olvidemos que hemos de ser signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo cuando somos verdaderos templos de Dios que habita en nosotros

1Macabeos 4,36-37,52-59; 1Cro 29; Lucas 19,45-48

Una de las cosas de las que nos solemos sentir más orgullosos en nuestros pueblos es de nuestra Iglesia, la parroquia mayor o la ermita del barrio donde vivamos, si somos de una ciudad grande haremos mención de nuestras iglesias mayores o de la catedral si la hubiera; es en muchas ocasiones el monumento más representativo y del que nos sentimos orgullosos y lo mostramos a todo el mundo; lo cuidamos, lo queremos tener a punto siempre y bellamente adornado. Desde unos sentimientos religiosos, desde unas tradiciones que hemos heredado, cada uno según sean sus sentimientos o manera de entender la vida la dará su importancia. Para los creyentes, los cristianos, lo consideramos como un lugar sagrado donde tenemos nuestras celebraciones de la fe y en torno a él tenemos incluso nuestras celebraciones festivas.

Es el orgullo que sentían los judíos por su templo de Jerusalén; recientemente hemos comentado lo orgullosos que se sentían por la belleza del templo de Jerusalén, la alegría que vivían cuando en la pascua venían en peregrinación hasta la ciudad santa, pero comentamos también el impacto de las palabras de Jesús cuando habla de que todo aquello, el templo y la ciudad sería destruida y no quedaría piedra sobre piedra. Un poco se les venía abajo lo que era casi el fundamento de su religiosidad, como había sucedido en la historia en cuantas ocasiones aquel templo había sido devastado. Allí tenía lugar el culto, se ofrecían los sacrificios, se reunían para orar y escuchar la Ley y los Profetas.

Hoy nos impacta la reacción que tiene Jesús cuando trata de desalojar del templo todo aquello que más que en un lugar de oración parecía que lo habían convertido en un mercado; en función de los sacrificios que allí se ofrecían estaban todos aquellos animales dispuestos para las ofrendas, pero también se había convertido en un lugar de cambio de las monedas con las que se podía hacer la ofrenda al templo. Jesús expulsa aquellos vendedores y cambistas porque habían convertido en un mercado y en una cueva de bandidos, como hoy nos dice, lo que tenía que ser una casa de oración. Un cierto modo de fervor sin embargo todo lo había desequilibrado y quedaba poco de aquel recinto espiritual que tenía que ser.

En el mismo relato en los otros evangelistas cuando luego le preguntan con qué autoridad está haciendo todo aquello, nos deja la sentencia de que se podía destruir todo aquel templo que El en tres días lo reconstruiría. Nos comentará el evangelista que los discípulos lo entendieron después de la resurrección, pues El se refería al templo de su cuerpo.

¿Cuál es el verdadero templo de Dios? No son las casas construidas con piedras el lugar preferido para habitar en medio de nosotros. Y no queremos quitar la sacralidad de nuestros templos y lo que nos pueden ayudar para cultivar nuestra piedad. Cristo es el verdadero templo de Dios, nos quiere hoy decir, pero nos está hablando cómo nosotros en virtud de nuestro bautismo hemos sido constituidos también en verdaderos templo de Dios. Dios mora en nuestro corazón, su Espíritu inhabita en nosotros, porque hemos sido ungidos en nuestro bautismo para convertirnos en esa morada de Dios y templos de su Espíritu.

Este pensamiento nos daría para largas y profundas reflexiones para considerar toda esa nueva grandeza y dignidad que hay en nosotros en virtud de nuestro bautismo. Nos decimos que nuestros templos han sido consagrados o bendecidos y por eso para nosotros se han convertidos en lugares sagrados, signos también de esa presencia de Dios en medio de nosotros. Pero no olvidemos que los verdaderos signos de esa presencia de Dios somos nosotros, con nuestra vida santa, con la dignidad adquirida desde nuestro bautismo.

Claro que esto nos daría para muchas preguntas sobre cómo nosotros sentimos y vivimos esa presencia de Dios en nosotros. Decimos que estamos en la presencia de Dios porque Dios todo lo abarca y se hace presente en todos los lugares, pero no podemos olvidamos que somos nosotros los que tenemos que ser esos signos de la presencia de Dios en medio del mundo, porque Dios se hace presente en nuestros corazones y en consecuencia nuestra vida tiene que ser distinta. ¿Cuidamos nuestra vida de igual manera que cuidamos el templo de nuestro pueblo? ¡Qué adornada de virtudes tendría que estar nuestra vida si vivimos en congruencia con esa presencia de Dios en nosotros! ¿Habrá que despertar algo de nuestra fe?

viernes, 22 de noviembre de 2024

Ungidos hemos sido para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes, pero hemos de purificar ese templo de Dios que somos con gestos proféticos como los de Jesús

 


Ungidos hemos sido para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes, pero hemos de purificar ese templo de Dios que somos con gestos proféticos como los de Jesús

Apocalipsis 10, 8-11; Salmo 118; Lucas 19, 45-48

Hay cosas que vemos que no son justas pero de alguna manera insensibilizados, porque siempre eso sido así, nadie hace nada por hacer que aquella situación cambie; quizás incluso se pueden estar dañando los derechos o la dignidad de terceras personas, pero parece que miramos hacia otro lado, porque sabemos que denunciar la situación nos puede traer problemas; detrás de esas, por decirlo así, manipulaciones puede haber personas que tienen sus intereses y tocarle sus intereses puede hacer saltar toda la violencia inimaginable contra quien osa ir en contra ‘de lo que siempre ha sido así’. Siempre ha sido así, decimos, porque es la venda que quizás los interesados han querido ponernos en los ojos para que no se vea menoscabado su prestigio o su poder en todas sus consecuencias.

¿Se atreverá alguien a levantar la voz? ¿Habrá alguien que venga y quiera cambiar las cosas, cambiar la situación, hacer que las cosas mejoren para darle más autenticidad, o para que todos puedan beneficiarse? Si el que se levanta lo hace con fuerza y convencido y es capaz de seguir adelante a pesar de todo lo que se pueda interponer por delante, ya buscarán la forma de ganárselo o de quitarlo de en medio, de desprestigiar o de poner a alguien en contra; ya sabemos de cuantas manipulaciones son capaces los que se creen con el poder en sus manos si en algo alguien les pueda hacer sombra.

¿Qué estaba pasando en el templo de Jerusalén? Para todos era un lugar sagrado, el que más, porque era como la señal o el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo; era el lugar del culto y de la oración, el lugar donde se ofrecían los sacrificios pero también donde los doctores de la ley enseñaban al pueblo en los diferentes espacios de aquella inmensa explanada.

Pero algo lo estaba desvirtuando;  con el motivo de las ofrendas y sacrificios que allí se ofrecían a Dios pronto se había ido convirtiendo en lugar de ser un sitio de silencio y de paz para el encuentro con Dios en la oración, en todo un mercadeo con la compra de los animales que habían de ofrecerse en los sacrificios o de las exigencias de que las ofrendas había que hacerla solo en la moneda reconocida por el templo y sus dirigentes.

No era solo ya la buena voluntad o el espíritu de servicio. Y detrás, como siempre, tantos interesados por las ganancias y beneficios que todo aquello podía producirles desde sus dirigentes religiosos a los que interesaba mantener ‘lo de siempre’ o quienes en su usura pretendían sacar ganancias hasta del manejo de las cosas de Dios. Siempre lo ha habido y – por qué no decirlo también – sigue habiéndolo, ‘lo que se hace siempre’, como antes decíamos.

Es con lo que se encuentra Jesús. Todo aquello que allí se estaba realizando en las rutinas de siempre ¿qué podría tener que ver con el Reino de Dios que Jesús venía anunciando? Aquellos valores nuevos que Jesús había ido enseñando al pueblo en su predicación y de lo que El mismo quería ser signo ¿cómo se podrían estar reflejando u oscureciendo con lo que allí estaba sucediendo?

Aquello que Jesús enseñaba de hacerse los últimos y los servidores de todos, lo del desprendimiento de toda vanidad y riqueza para compartir y para ayudar a que todos pudieran tener una vida más digna, todo lo que hablaba de comunión y de comunidad, de banquete del Reino y de autentica vigilancia en la espera del Señor que llega, de la pureza del corazón para desde una autenticidad llegar a encontrarnos con Dios, ¿cómo se podía estar reflejando allí en aquella manera de dar culto a Dios?

Ya vemos la reacción de Jesús, algo nuevo tenia que comenzar a realizarse, el cambio profundo del corazón que había pedido desde el principio tenía que manifestarse en una nueva forma de actuar, la casa de Dios no puede ser un bullicioso mercado, sino que en verdad había que hacerla en ese lugar de encuentro con Dios, en signo de ese hombre nuevo que tenía que ser un verdadero templo de Dios. Arroja Jesús a los vendedores del templo, nos dice el evangelista, aunque a muchos aquello no les gustara. Por eso a partir de entonces con más ahínco querrán quitarlo de en medio.

¿Necesitaremos hoy en nuestro mundo, en nuestra Iglesia, en nuestras comunidades gestos proféticos como los de Jesús? Con Cristo hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. ¿Cómo nos sentimos en verdad esos sacerdotes de Dios porque hacemos de nuestra vida una ofrenda agradable al Señor? ¿Dónde está el profetismo que los cristianos tendríamos que manifestar en medio del mundo dando señales de ese mundo nuevo del Reino de Dios por el que hemos apostado cuando hemos puesto nuestra fe en Jesús? ¿Estamos siendo en verdad signos por nuestro espíritu de servicio de ese Rey que es Jesús para nosotros, como el próximo domingo vamos a celebrar, a quien seguimos y con nuestro amor hemos de hacer presente en medio del mundo?

Ese templo de Dios que es nuestra vida necesita también de una purificación; muchas cosas que tenemos que arrancar de nuestra vida y arrojarlas lejos de nosotros para que no seamos un contrasigno, sino verdaderos testigos de luz para llevar a todos los hombres a Dios. Sabemos que a muchos no les va a gustar, pero no podemos dejar de hacerlo.

sábado, 1 de junio de 2024

Que la luz del Espíritu sea quien nos ilumine y con nosotros estará, como en Jesús, la autoridad del Espíritu de Dios

 


Que la luz del Espíritu sea quien nos ilumine y con nosotros estará, como en Jesús, la autoridad del Espíritu de Dios

Judas 17.20b-25; Salmo 62; Marcos 11, 27-33

¿Quién te crees que eres tú? Algunas veces hemos reaccionado algo así con alguien que de repente lo vemos que se va metiendo en todas las cosas, se va involucrando de tal manera en cosas que nos afectan a todos, porque quizás tiene un inquietud interior que le hace que no se pueda quedar quieto ante las cosas que suceden y siempre está buscando soluciones, siempre está quizás incluso queriendo involucrar a los demás o a nosotros mismos y quizás por no sé qué razones de lo que nos sucede en nuestro interior incluso nos sentimos molestos con las cosas que realiza y que no somos capaces de hacer nosotros.

Surgen desconfianzas, surgen incluso enfrentamientos por la distinta manera de ver las cosas, y terminamos teniendo reacciones que no terminamos de entender, porque quizás es que no nos entendemos ni a nosotros mismos. Una solución que nos parece fácil, quitarle autoridad diciéndole que quien le ha dado permiso para meterse en esas cosas que no le corresponden.

¿Se sentían así los judíos ante la actuación de Jesús? Al menos algunos sectores no veían con buenos ojos lo que Jesús hacía. Y terminó habiendo una abierta oposición, aunque no siempre se enfrentaban a las caras, porque sabían que el conjunto de la gente, por así decirlo, estaba con Jesús. Admiraban sus milagros, les gustaba la autoridad con que hablaba y enseñaba, las palabras que escuchaban a Jesús les llegaban al corazón y aunque surgieran muchos interrogantes en el interior sin embargo sentían admiración por Jesús. No así los sectores más influyentes de aquellos momentos en la sociedad judía, porque de alguna manera se sentían denunciados por las palabras que Jesús decía, pero sobre todo por la manera de actuar de Jesús.

Ahora vienen pidiéndole a Jesús cartas de autoridad. Jesús se había atrevido incluso a tratar de purificar el templo arrojando del lugar sagrado a vendedores y cambistas porque habían convertido en un mercado la casa de oración. Como sucede siempre detrás de todo ese movimiento social y económico que se movía en el entorno del templo había también sus intereses, y cuando nos tocan nuestros ‘intereses’ todos reaccionamos. Era la que estaba sucediendo con Jesús. Como sucede tantas veces en muchas actividades del tejido social, como sucede también, por qué no decirlo incluso en el entorno de nuestras iglesias y comunidades. Muchos enemigos se han ganado muchos sacerdotes en muchas comunidades por tratar de poner orden en estas cosas. No es un tema fácil.

Creo que todo esto que estamos viendo en el entorno de Jesús en aquel momento con aquellas reacciones tan diversas entre los que le escuchaban o le seguían tenemos que descubrirlo también en nuestros entornos. Siguen las desconfianzas, siguen incluso las zancadillas en ocasiones cuando encontramos a alguien con quien no terminamos de comulgar en sus planteamientos. Sigue ese señalar con el dedo a aquel que no me agrada queriendo dejar alguna mancha con la que quitarle autoridad en lo que está haciendo. Sigue la cerrazón de tantos corazones que no terminan de dejarse conducir por el Espíritu del Señor, y que se mueven quizás desde otros intereses. Siguen los dobles juegos, las apariencias y las vanidades que todo quieren hacerlo relucir con oropeles figurativos, pero que no llegamos a hacer brillas el corazón como tendríamos que hacerlo.

Es hora de hacer un Aarón; cono Jesús cuando expulso a aquellos vendedores del templo, aunque supiera que a todos no iba a gustar. Pero la autoridad de Jesús estaba por encima de todas esas cosas y no se quería dejar manipular. Que hay muchos que nos quieren manipular, que hay muchos que quieren arrimar el ascua a su sardina porque tienen sus intereses.

Dejemos que la luz del Espíritu sea la que nos ilumine y con nosotros estará, como en Jesús, la autoridad del Espíritu de Dios.

domingo, 3 de marzo de 2024

A ese templo de religión y cristianismo que nos hemos construido Jesús tendría que venir a derribar muchas cosas y a hacernos cambiar muchas actitudes


 

A ese templo de religión y cristianismo que nos hemos construido Jesús tendría que venir a derribar muchas cosas y a hacernos cambiar muchas actitudes

 Éxodo 20, 1-17; Salmo 18; 1Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25

Cuidado que el árbol no nos deje ver el bosque; cuidado que la anécdota se convierta en el atractivo y no nos deje profundizar en el mensaje para que nos llegue a nuestra vida en la situación concreta en que vivimos.

Tentados estamos en darle vueltas y más vueltas al episodio que se nos narra hoy en el evangelio, con las explicaciones de por qué aquellos animales para los sacrificios o el motivo de aquellos cambios de monedas en el templo y nos quedemos en lo que pudiera ser anecdótico y solo un signo que nos lleva a algo más profundo.

¿En qué situaciones nos podemos encontrar hoy y que encuentren como un eco en lo que nos narra el evangelio? muchas veces quizás hayamos podido convertir todo lo que atañe a nuestra relación con Dios y en lo que convertimos muchas veces nuestra vida cristiana en unas costumbres – siempre nos lo han enseñado así, nos decimos -, en unos ritos que repetimos – porque eso es la tradición -, en unas cosas que tenemos que cumplir – porque cuando cumplimos ya nos quedamos satisfechos y parece, por ejemplo, que el domingo no es domingo porque no hemos venido a Misa, aunque nos la pasáramos pensando en las musarañas -. Y en eso reducimos muchas veces todo lo que es ser cristiano.

¿Dónde ha estado en nuestras celebraciones un encuentro vivo con Dios sintiendo el gozo de su presencia allá en lo más hondo de nosotros? ¿Qué marca ha dejado en nuestra vida esa Palabra de Dios que se ha proclamado en la celebración? ¿Cuando salimos de la Iglesia ya vamos con el propósito de algo nuevo y distinto que allí en la Palabra de Dios encontramos? ¿Qué recuerdo nos queda el domingo por la tarde de esa Palabra que escuchamos en la Misa de la mañana? Y así podríamos hacernos muchas más preguntas. ¿En qué estábamos, o donde estábamos mientras se iba realizando el rito de la celebración? ¿Nos habremos quedado en un culto vacío?

 Pero bien nos damos cuenta que todo nuestro ser cristiano no se reduce al cumplimiento, y volvemos con la misma palabra, de unos ritos o unas celebraciones. El evangelio de Jesús es una propuesta de vida, es un sentido nuevo para lo que hacemos y para lo que es toda nuestra vida. El evangelio es una buena noticia – porque así mismo lo significa la palabra – de una vida nueva que llamamos el Reino de Dios.  ¿El Reino de Dios se nos queda en que le pongamos una hermosa corona a nuestra imagen preferida de Jesús o de la Virgen o los santos? Entre vosotros no será como en los reinos de este mundo, les dice Jesús en muchas ocasiones a los discípulos. Y nos hablará de unas actitudes nuevas que hemos de tener los unos con los otros.

Es lo que en verdad tenemos que descubrir. Cuando estamos reconociendo que Dios es el único Señor de nuestra vida estamos abriendo los ojos a mirar con una mirada distinta cuanto nos rodea, a mirar con una mirada nueva y distinta las personas que están a nuestro lado o componemos nuestro mundo. Ya nos decía Jesús que no es en la búsqueda de lugares de honor o de primeros puestos cómo vamos a manifestar en verdad que Dios es el único Señor de nuestra vida. Es cuando seamos capaces de ver a Dios en aquellos que están a nuestro lado y amarlos con ese amor de Dios. Por eso nos hablará de hacernos los últimos y los servidores de todos. Como lo hizo Jesús.

Nuestro trabajo, nuestras responsabilidades, lo que vamos haciendo en la vida adquieren un nuevo sentido y un nuevo valor. Ya no podemos ir pensando solo en nosotros mismos y en nuestras ganancias personales; ya tenemos que comenzar a pensar como estaremos contribuyendo con lo que es nuestra vida al bien de ese mundo porque es al bien de cuantos nos rodean. Con qué responsabilidad tenemos que tomarnos la vida y cuanto hacemos; con cuanta responsabilidad nos sentimos de ese mundo que está en nuestras manos. Mucho tendría que cambiar cuando de verdad nos encontramos con el evangelio de Jesús nuestra vida, lo que hacemos y todo lo que son nuestras responsabilidades.

Ya nuestra vida no son simplemente unas costumbres o unas rutinas; ya no nos podemos quedar en hacer unas cosas por cumplimiento o realizar unos ritos para quedarnos como tranquilos en nuestra conciencia porque ya cumplimos. Ya no es solo que en un momento quizá de generosidad hagamos unas ofrendas, llevemos unas flores, ofrezcamos unas cosas, sino que la ofrenda tiene que ser algo más hondo, no de cosas, sino de nosotros mismos desde lo más hondo de nosotros.

Volvemos a lo que podríamos llamar la anécdota del evangelio de hoy, ¿no tendría que venir Jesús a ese templo de religión y de cristianismo a nuestra manera que nos hemos construido a derribar muchas cosas, a echar fuera muchas pobres actitudes porque el culto que le debemos a Dios tiene que ser algo más hondo y profundo que ofrezcamos con toda nuestra vida? ¿Cómo se tendría que renovar ese templo de Dios que somos nosotros y qué nuevas actitudes y valores tendríamos que hacer florecer?

viernes, 24 de noviembre de 2023

Dejemos que Jesús pase por el centro de nuestra vida, nos limpie y purifique, ponga en orden nuestro corazón

 


Dejemos que Jesús pase por el centro de nuestra vida, nos limpie y purifique, ponga en orden nuestro corazón

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29,10.11abc.11d-12a.12bed; Lucas 19,45-48

Todos alguna vez habremos tenido la experiencia de estrenar casa o de estrenar piso; una viviendo nueva que hemos adquirido, un piso que hemos alquilado, una mudanza que hemos tenido que realizar quizás por un cambio de domicilio o de lugar de trabajo, diversas circunstancias; seguramente recordaremos los primeros momentos o los primeros tiempos de vivencia en aquel nuevo lugar; todo lo teníamos muy ordenado, cada cosa tenía su sitio, en las habitaciones, en el cuarto de estar, en la cocina, en cualquiera de los rincones de la casa no veíamos nada desordenado.

Pero fue pasando el tiempo, adquirimos quizás nuevas cosas, las prisas y carreras entre trabajo, tiempo libre o tiempo de estar en casa, y ya nos encontramos que no todo estaba en su sitio, por aquí se amontonan unas cosas, por allá fuimos dejando cosas con la intención de ponerlas luego en su sitio, pero ya no todo está como lo habíamos planeado al principio. ¿Necesitaremos un tiempo para organizarnos, para ordenar, para desprendernos de lo que no tiene utilidad? Seguramente queremos hacerlo, pero lo vamos dejando para otro momento.

¿Será imagen esto de muchas cosas de nuestra vida? Nos da qué pensar. En nuestra vida personal, en nuestro propio interior, en nuestro trabajo de crecimiento espiritual, en lo que tienen que ser las vivencias fundamentales de la vida, lo que puede ser incluso nuestra vida familiar o las relaciones con los que nos rodean, en la vida de nuestras comunidades, muchas cosas que tenemos que poner en su sitio.

Hoy el evangelio nos presenta una imagen bien significativa. Jesús se puso a ordenar el templo. Se había convertido en un mercado. Por razones prácticas quizás, por allá andaban los prestamistas o los cambiadores de monedas, porque las limosnas al templo no se podían hacer sino en lo que era la moneda propiamente judía y también las arcas de las ofrendas; pero por otra parte estaban quienes ofrecían los animales para las ofrendas y los sacrificios, las palomas o las tórtolas, u otros animales que se sacrificaban en el culto propio del templo cada día. El bullicio de la gente que paseaba entre los soportales, los maestros de la ley que la explicaban a los grupos que se formaban a su alrededor. ¿Dónde podía estar el silencio y el recogimiento para la oración y la maduración de la palabra en el corazón de cada uno?

El evangelista Lucas, que hoy escuchamos no es tan descriptivo como los otros evangelistas que nos narran este episodio, pero lo suficiente para ver la actitud de Jesús ante lo que allí sucedía. ‘Escrito está: Mi casa será casa de oración; pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos’. Mientras expulsaba a los vendedores del templo.

¿No tendríamos que preguntarnos que cosas habremos metido en el templo de nuestra vida, como si fuéramos también unos vendedores que acumulamos cosas? Antes, como introducción hablábamos de ese desorden que con el paso del tiempo acumulamos en nuestras viviendas de manera que algunas veces no sabemos ni por donde entrar o cuales son en verdad las cosas importantes que tendríamos que guardar. ¿No será así en la vida de nuestro espíritu? ¿Cómo andamos de ese materialismo del que nos hemos dejado impregnar? ¿Cómo andamos de esos resentimientos y recelos que nos atormentan, de esos celos y envidias que nos envenenan, de esos orgullos o de ese amor propio que quiere endiosarnos? Podríamos seguir haciéndonos muchas preguntas. Nos conocemos, cada uno sabe donde están sus flaquezas, sus piedras de tropezar, nuestras reincidencias, la tibieza y frialdad que nos hiela nuestros sentimientos y amarga nuestras vidas.

¿No tendremos que dejar que Jesús pase entre nosotros, por el centro de nuestra vida que hemos llenado de tantas mezquindades para que sea El quien nos limpie y nos purifique, ponga orden en nuestro corazón?

sábado, 3 de junio de 2023

Cuidado con las pantallas en que nos envolvemos en lo que decimos religión que ocultan nuestro temor a escuchar con sinceridad la Palabra de Dios

 


Cuidado con las pantallas en que nos envolvemos en lo que decimos religión que ocultan nuestro temor a escuchar con sinceridad la Palabra de Dios

Eclesiástico 51, 12-20; Sal 18; Marcos 11,27-33

Cuando hay algo que nos puede producir desazón porque puede convertirse en una llamada de atención a una actitud o postura que tomamos en la vida tratamos de desviar la atención con otras cosas aunque sean nimiedades, pero que impedirán quizás que queden claras esas posturas erróneas nuestras, esos comportamientos que no son tan buenos, esas cosas que estamos haciendo que en el fondo sabemos que son incorrectas o incluso injustas.

Siempre recuerdo aquella anécdota del niño pequeño que estaba en peligro de caer a una aljibe pues se había subido a su brocal y cuando una vecina que lo vio comenzó a llamar a la madre para advertirle del peligro, el chiquillo con sus medias palabras le dijo a la mujer que se metiera para dentro de su casa y se fuera a fregar la loza. ¿No tienes nada que hacer? Déjame tranquilo y vete a hacer tus cosas, poco menos le quería decir el chiquillo.

Ese distraer la atención con otras cosas para no sentirnos aludidos por lo que estamos haciendo, poniendo como pantallas que oculten o distraigan para que no se hable, por ejemplo, de aquello que nos molesta, es un ejercicio que vemos con demasiada frecuencia en la sociedad que vivimos. Falta verdadera autenticidad en la vida y sinceridad con nosotros mismos y con la sociedad que nos rodea; queremos mantener las apariencias, si pudiéramos quitaríamos de en medio a quien de alguna manera se opone a nuestras posturas y presenta otros planteamientos; quizás tendríamos mucho que perder, nos da miedo perder nuestros prestigios, como no queremos ser abajados de aquellos lugares de honor o de poder en que nos hemos subido.

Llegar a reconocer que tenemos que cambiar en muchas cosas porque lo que hacemos no hace bien o no es correcto es algo que nos cuesta mucho. Ya buscaremos la forma de distraer, ya buscaremos la forma de desprestigiar, ya buscaremos la forma de cubrir esa nueva luz que ilumina, pero que como nos descubre cuales son las sombras que tenemos en la vida, tanto nos molesta y trataremos de velarla.

Ya en algunos sectores se manifestaba cierta oposición a Jesús. Aquel Reino de Dios que Jesús anunciaba no se compaginaba con la imagen que ellos se habían creado de lo que había de ser en verdad la misión del Mesías. Jesús les iba enfrentando consigo mismos porque les pedía una vida de mayor autenticidad de donde habían de descabalgar todas aquellas vanidades en que habían envuelto sus vidas. El sentido de relación con Dios cambiaba y lo importante era la ofrenda del corazón, más que todos aquellos sacrificios y penitencias que se habían impuestos con sus reglas y protocolos. Conversión del corazón poder entrar en esa sintonía de Dios. Y con su amor y su misericordia mostraba los signos y señales de lo que había de ser ese Reino nuevo de Dios.

Mientras aquellos que se sentían oprimidos y sin esperanzas en sus miserias y en sus pobrezas veían una luz nueva que comenzaba a brillar, a quienes quizá perdieran sus puestos de honor que les llenaban de cuotas de poder con lo que podían manipular mejor a los sencillos y pequeños poco menos que para tenerlos a su servicio no les agradaban para nada los anuncios que Jesús hacía. De alguna manera había que desprestigiarlo para que la gente ni lo escuchara ni lo siguiera. Había que buscar oportunidades para poder hacerlo.

La oportunidad llegó con aquel gesto, con aquel signo de purificación del templo que Jesús había realizado expulsando a los vendedores y cambistas de los pórticos del templo para que en verdad fuera casa de oración. Y es ahora cuando vienen a pedirle a Jesús con qué autoridad está realizando aquellas cosas. Era algo más que pedirle con qué autoridad había expulsado a aquellos vendedores del templo – eso era como una pantalla – lo que realmente le estaban pidiendo era con qué autoridad hablaba y enseñaba a las gentes, cuando El no era un maestro salido de las escuelas rabínicas de Jerusalén.

Jesús, por así decirlo, no entra al trapo con aquella trampa que le están tendiendo, como tantas veces veremos que intentan hacer con preguntas capciosas.  Mas bien les pregunta Jesús por su propia autoridad cuando ellos no  han querido escuchar a un profeta que recientemente han tenido en medio de ellos; se estaba refiriendo a Juan, el Bautista, que ellos tampoco habían querido aceptar; recordemos las embajadas que enviaban al desierto y al Jordán para vigilar a Juan y para preguntarle también por su autoridad. Ellos ahora no pueden responder al planteamiento de Jesús, porque entonces serían ellos los que se llevaran la oposición del pueblo, si rechazaban el profetismo del Bautista.

Pero la pregunta tenemos que hacérnosla nosotros. ¿No estaremos poniendo pantallas con muchas de nuestras devociones, con la manera de vivir nuestra piedad, con la cantidad de aditamentos que hemos añadido a nuestra vida religiosa, a nuestro sentido de la religión, porque miedo a encontrarnos de verdad cara a cara con la Palabra de Dios que nos interpela? También nos hemos llenado de ritos, procesiones, romerías, promesas, velas encendidas, pero ¿nos habremos preocupado de verdad por ir al fondo del evangelio que nos pide una renovación del corazón?

viernes, 2 de junio de 2023

Hagamos camino con Jesús entre la Jerusalén y la Betania donde hacemos la vida, con El a nuestro lado descubriremos las maravillas de Dios

 


Hagamos camino con Jesús entre la Jerusalén y la Betania donde hacemos la vida, con El a nuestro lado descubriremos las maravillas de Dios

Eclesiástico 44,1.9-13; Sal 149; Marcos 11, 11-25

Siempre que nos acercamos al evangelio, por muy sencilla que nos parezca la narración que se nos ofrezca, siempre vamos a encontrar una palabra de luz para nuestra vida. Por supuesto algo importante que necesitamos, aunque también es cosa muy sencilla, es que vayamos con espíritu abierto y con espíritu de fe para acoger ese mensaje o para dejarnos interpelar en nuestra vida por esa palabra que escuchamos. Si vamos predispuestos con la boca amarga, por decirlo de alguna manera, el alimento no podrá llegar a nutrirnos porque no lo hemos degustado y comido; si nuestros oídos se hacen sordos poco podrá llegar ese mensaje y esa palabra de vida a nuestro corazón.

El texto que hoy se nos ofrece es algo muy sencillo y que simplemente parece la narración de cómo unos peregrinos venidos de lejos para la fiesta de la Pascua, al no tener donde pernoctar en Jerusalén cada mañana y cada tarde hará su recorrido entre la ciudad santa y Betania donde han encontrado esa acogida.

En medio van sucediendo cosas, Jesús que observa el ambiente, podríamos decir, de la ciudad y del templo, la anécdota que no es tan intranscendente como pudiera parecer, de buscar higos en una higuera, que probablemente aun no era el tiempo de los frutos, y de unas exigencias de Jesús en el templo de que aquel lugar sagrado no se pueda convertir en un simple mercado cuando ha de tener el ambiente propicio para ser un sitio de oración, y es el gesto de quitar de en medio vendedores y negociantes para dignificar aquel lugar santo.

Diversas situaciones, diversos momentos que irán sirviendo para que Jesús nos vaya dejando semillas de su Buena Nueva. Será decirnos que cuanto estamos recibiendo pide en nosotros que demos fruto, que no podemos ir por la vida como árboles inútiles y estériles sino que siempre una huella, un fruto hemos de ir dejando tras nuestro paso.

Pero eso nos hará plantearnos con que espíritu de fe vamos nosotros por la vida, por una parte para saber leer la acción de Dios en nosotros y en la vida, esa necesaria sintonía de Dios que no podemos romper con ningún alboroto en torno nuestro, pero que también ha de hacer que nos sepamos llenar de confianza y certeza de que Dios está con nosotros y que con su presencia en nuestra vida podremos hacer maravillas.

Y no es que vayamos arrancando higueras o montañas para plantarlas en otro lugar o en el mar, sino que con la fuerza de la fe en nuestro interior mucho podemos transformar de nuestra propia vida y del mundo en el que vivimos para hacerlo mejor. Por eso  nos deja como una perla preciosa ese pensamiento de que cuando vayamos a orar a Dios vayamos con un corazón puro, con un corazón limpio de toda maldad y resentimiento, porque siempre hemos de saber ir por la vida ofreciendo comprensión, misericordia y perdón.

Ahí van quedando sembradas en nuestro corazón esas semillas de vida que hemos de hacer fructificar en nosotros; ahí vamos descubriendo esas situaciones de nuestra vida donde tenemos que poner luz; ahí están esas actitudes nuevas que tenemos que hacer resplandecer en nosotros porque otra tiene que ser nuestra relación con Dios, nuestra manera de orar, la humildad y la confianza con que vamos dejando que Dios actúe en nosotros, otra será la mirada para los que tenemos a nuestro lado donde tiene que resplandecer la comprensión y la misericordia.

Hagamos camino con Jesús, hoy le vemos caminar entre Jerusalén y Betania, esa Betania de nuestra vida, ese camino de nuestra vida de cada día entre nuestro trabajo, nuestra familia, las relaciones que mantenemos con los demás, los momentos de descanso también, porque siempre El está con nosotros, nos acompaña en nuestro camino aunque no siempre sepamos reconocerlo. Ahí en nuestra vida se irán realizando momento a momento las maravillas del Señor.

lunes, 12 de diciembre de 2022

Dejémonos sorprender por el evangelio porque vayamos con corazón limpio de prejuicios y corazón abierto para descubrir la novedad de vida que siempre nos ofrecerá

 


Dejémonos sorprender por el evangelio porque vayamos con corazón limpio de prejuicios y corazón abierto para descubrir la novedad de vida que siempre nos ofrecerá

Números 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mateo 21, 23-27

¿Quién te crees que eres tú? ¿Qué te da derecho para hacer lo que haces? Con palabras semejantes queremos parar los pies algunas veces a quien nos parece que se está metiendo donde no debe, que se está atribuyendo una atribuciones o poderes que no tiene. Porque en la vida nos encontramos con todo. El listo que todo se lo sabe y en todo quiere meter el hocico, hablando pronto y mal, pero que no podemos tolerar y buscamos la forma como pararlo en esas atribuciones que con tanta libertad se ha tomado.

¿Era algo así lo que querían decirle los judíos a Jesús? Ya muchos veían con malos ojos sus enseñanzas y les parecía que estaba soliviantado al pueblo haciéndoles unas promesas que no tenían sentido; algunos quizás veían sus intereses en peligro y había que buscar la manera de desprestigiar a Jesús, para otros Jesús era poco menos que un blasfemo porque les parecía que se atribuía un lugar que solo Dios ocupaba, les molestaba quizás que la gente sencilla encontrara esperanza en las palabras y en la presencia de Jesús.

Ahora había llegado hasta el colmo. Se había permitido meterse en el templo y con las costumbres y normas de régimen interior que allí se tenían – quizá por el interés de algunos que encontraban ganancias y posicionamientos de poder – y Jesús se había atrevido a echar a los vendedores del templo y a derribar las mesas de los cambistas. Por eso algunos se habían atrevido a enfrentarse a Jesús para pedirle cuentas sobre la autoridad con que se creía para actuar así. ‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’

Pero Jesús no les responde directamente sino que a su vez les plantea otra pregunta a la que no saben como contestar porque entonces serían ellos los que se vieran comprometidos. Y como Jesús les dice, si ustedes no me contestan yo tampoco os doy respuesta a lo que me planteáis. La malicia que pervertía sus corazones es con la que acuden con sus exigencias a Jesús. Pera a Jesús no podemos ir con exigencias. Es necesario una sinceridad de corazón y una pureza de malas intenciones.

Pudiera parecer anécdota este episodio que nos narra el pasaje evangélico. Pero para nosotros siempre toda palabra de Jesús, todo gesto de su vida, su presencia tiene para nosotros un mensaje, nos plantea interrogantes para nuestra vida y nos quiere hacer pensar. Hay gente que dice no encontrar respuestas a sus interrogantes cuando leen el evangelio. Y es eso lo que tenemos que plantearnos, cómo acudimos nosotros al evangelio, cual es nuestra mirada o qué es lo que llevamos en el corazón.

No vamos al evangelio como quien va a un libro de historia porque quiere saber cosas, porque quiere aprender cosas; no podemos quedarnos en la belleza literaria que en el evangelio, en las parábolas de Jesús, en el mismo relato que nos hacen los evangelistas, sin negar su belleza. No son palabras bonitas lo que nosotros vamos buscando; no podemos ir desde nuestros prejuicios con nuestras preguntas ya como predeterminadas para que nos den una respuesta que concuerde con nuestras ideas o con nuestros pensamientos. No podemos acudir con un prejuicio crítico que ya llevamos elaborado de antemano. Así no encontraremos nada porque el evangelio es mucho más que todo eso.

Dejémonos sorprender por el evangelio porque vayamos con corazón limpio de prejuicios, con corazón abierto para poder descubrir esa novedad que siempre nos ofrecerá a nuestra vida. Siempre será para nosotros buena nueva, buena noticia, desde la apertura de nuestro corazón, desde la sinceridad de nuestra humildad. Será entonces para nosotros esa perla preciosa, ese tesoro escondido que vamos a encontrar para llenar de riqueza nuestro espíritu, nuestra vida. No es algo material lo que vamos a encontrar, será que nos eleve y nos llene nuestro espíritu. Es algo sobrenatural porque es encontrarnos con Dios y encontrarnos con la vida.

viernes, 18 de noviembre de 2022

El gesto de Jesús al expulsar a los vendedores del templo nos interpela a la sinceridad y congruencia de nuestra vida, de la sociedad y también de la Iglesia

 


El gesto de Jesús al expulsar a los vendedores del templo nos interpela a la sinceridad y congruencia de nuestra vida, de la sociedad y también de la Iglesia

Apocalipsis 10, 8-11; Sal 118; Lucas 19, 45-48

Una cosa es que en lo que decimos cuidemos de no herir ni ofender a nadie, por el respeto que toda persona nos merece, y otra cosa es que seamos acomodaticios de manera que lo que digamos, las opiniones que expresemos traten de agradar y halagar a todo el mundo; no seríamos sinceros ni consecuentes con nuestras ideas cuando nos callamos nuestros principios porque queremos que nuestras palabras sean agradables y no nos llevemos las iras de los que puedan opinar de forma distinta; seria cobardía, sería incongruencia, sería falta de sinceridad.

Hoy está de moda en la vida pública el que digamos lo que se considera políticamente correcto; quizás los dirigentes o una cierta clase política tratan de imponer sus ideas que pudieran ir incluso en contra de lo que han sido nuestros principios de siempre, nuestras costumbres más correctas, pero cuidamos de no expresarnos de manera distinta a como piensan los que pretenden dirigir nuestra sociedad para no ponernos en contra con las derivaciones que eso luego pudiera tener en beneficios a conseguir o en apoyos incluso para aquello que queramos emprender. Parecería que esos intereses, políticos o económicos, nos taparan la boca. Demasiado partidistas son las decisiones que se toman muchas veces en nuestra sociedad, también hay que decirlo.

Pero Jesús no tenía papas en la boca, como se suele decir en expresión popular. Cuando tenía que hablar hablaba, y cuando tenía que actuar actuaba. Es lo que contemplamos hoy en el hecho que nos narra el evangelio. El acontecimiento está incluso muy cercano a lo que fue su entrada triunfal en Jerusalén cuando fue aclamado por la multitud y por los niños, aunque otro evangelista nos lo presenta en otro momento. 

Jesús que llega al templo se encuentra con aquel espectáculo de vendedores de animales, cambistas con sus dineros y todo el mercado que se  había montado alrededor, como ya hemos tenido ocasión de comentar. Es un momento duro y fuerte en la actuación de Jesús, pues derriba las mesas de los cambistas y expulsa del templo a todos aquellos que lo habían convertido en un mercado. ‘Escrito está: Mi casa será casa de oración; pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos’. Aunque también a continuación nos dice el evangelista que ‘todos los días enseñaba en el templo’.

¿Era Jesús el que era aclamado por la gente que incluso en una ocasión, después de la multiplicación de los panes, habían querido hacerle rey? ¿Era Jesús el Mesías esperado y en quien tantas esperanzas habían puesto muchos en Israel? ¿Era Jesús el que era seguido por multitudes incluso hasta cuando se alejaba a lugares apartados? ¿Era Jesús el que quería comenzar algo nuevo, lo que él llamaba el Reino de Dios, y que había de convencer a la gente que habían de seguirle y hacer lo que les enseñaba? Una reacción como ésta que hoy manifiesta al expulsar a los vendedores del templo ¿le ayudaría en verdad a realizar su misión y que la gente estuviera contenta con su predicación para seguirle de verdad y constituir el Reino de Dios?

Algunos dirían que no hizo lo políticamente correcto. Veremos incluso como enseguida ‘los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él’. No era del agrado de los dirigentes cuando quizá podrían ver en peligro sus intereses en que todo siguiera como estaba. ¿Quién estaría detrás de todo aquel montaje que ahora Jesús quiere desmontar? Ya sabemos las consecuencias.

Claro que todo esto tiene que hacernos pensar para el hoy de nuestra vida, de nuestro mundo, de nuestra iglesia incluso. ¿Nos estará interpelando Jesús por nuestras cobardías, por nuestra incongruencia, por nuestra falta de rectitud y veracidad en la vida? Nos analizamos a nosotros mismos para ver hasta donde llega la sinceridad de nuestra vida, pero mucho tenemos que mirar para la sociedad que nos rodea, esa sociedad que estamos creando, como para nuestro actuar también como iglesia en medio del mundo. ¿Andaremos también con dobles caras y dobles medidas?

¿Nos estaremos contagiando en esa falta de rectitud y de veracidad? Quien quiera entender que entienda. ¿Seremos en verdad la iglesia de la misericordia con todos y en toda situación o nos dejaremos llevar por las acciones vengativas que llaman muchas veces justicia de nuestra sociedad?

miércoles, 9 de noviembre de 2022

No solo nuestros templos han de ser verdadero santuario de Dios sino que también nuestras vidas, por nuestra santidad, han de ser signo de la presencia de Dios

 


No solo nuestros templos han de ser verdadero santuario de Dios sino que también nuestras vidas, por nuestra santidad, han de ser signo de la presencia de Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Puede parecer una anécdota lo que nos cuenta hoy el evangelio sin embargo es un hecho bien significativo. Nos habla de las costumbres que se habían creado alrededor del templo de Jerusalén.

Allí cada día se ofrecían sacrificios a Dios, en los cuales además de las ofrendas de las primicias que todo buen judío estaba obligado a realizar – podríamos decir que era como una contribución necesaria para el mantenimiento del culto – muchos eran los animales que eran sacrificados, como un rito ya preestablecido, como signo de la acción de gracias a Dios reconociendo que todo don nos viene de él, o también de purificación de los pecados.

Era en cierto modo normal que en torno al templo se había creado un mercado donde podían adquirirse aquellos animales que habían de ser sacrificados, pero también donde se ofertaba el necesario cambio monetario porque en los cepillos del templo solo se podían utilizar las monedas oficiales del mismo templo.

Nos podemos sentir como escandalizados que así se desvirtuara el verdadero culto que en el templo debía ofrecerse al Señor y de alguna manera toda esa barahúnda mercantil silenciaba, o al menos hacía difícil el que se pudiera escuchar, la Palabra del Señor que allí había de ser proclamada. Era en aquellos pórticos del templo donde los maestros de la ley enseñaban al pueblo y era el lugar propicio para ese encuentro con la Palabra del Señor. ¿No nos habla el evangelio de que Jesús en su primera subida a la Pascua en Jerusalén, tras su pérdida fue encontrado precisamente en el templo escuchando y discutiendo con los doctores de la le? Algo realmente premonitorio.

Desde el hoy de nuestra vida, como decíamos, nos podemos sentir escandalizados por ese desvirtuar el verdadero sentido del templo, pero ¿qué sucede en torno a nuestros templos y santuarios? ¿Qué es lo que nos encontramos? Cuando no es desde el mismo templo, desde la misma organización de la Iglesia, que ofrecemos la oportunidad de llevarnos ‘un recuerdo’ del santuario, será todo un montaje comercial el que se crea en nuestros pueblos o ciudades en torno a nuestros templos y santuarios de especial devoción. ¿Cuál tendría que ser el auténtico ‘recuerdo’ que nos tendríamos que llevar tras nuestra visita al templo del Señor?


Hemos escuchado en el evangelio. ‘Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’.

‘No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’. Causaría gran conmoción este gesto de Jesús. Todo un gesto profético. Algo nuevo tiene que comenzar. Algo que tiene que tener verdadero sentido de vida. Algo nuevo nos está ofreciendo Jesús. Cuando le recriminan con qué autoridad está haciendo aquello pronuncia también unas proféticas palabras, que sin embargo un día van a ser utilizadas en su contra en el juicio ante el Sanedrín. ‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré’. Estaba hablándonos de algo distinto, como nos comentará el evangelista, se refería al templo de su cuerpo.

Jesús verdadero templo de Dios en medio de nosotros los hombres. ¿No decimos que es el Emmanuel, Dios con nosotros? en Jesús podemos ofrecer el mejor culto a Dios, por El, con El y en El todo honor y toda gloria como proclamamos en el momento solemne de la ofrenda de la Eucaristía. Anunciaba su muerte y su resurrección, pero nos anunciaba también algo nuevo, en lo que podíamos convertirnos nosotros si en verdad vivimos unidos a El. Vamos a ser nosotros ese templo de Dios. Así nos lo recordaba san Pablo. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ Con Cristo en nuestro bautismo hemos sido convertidos en sacerdotes, profetas y reyes. Así podremos ofrecer el verdadero culto a Dios. Grandeza y santidad de nuestra vida.

Nos estamos haciendo estas consideraciones cuando estamos celebrando la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, que como todos sabemos es la Catedral del Roma, la sede del Obispo de Roma. En un sentido de comunión eclesial celebramos esta fiesta, que por otra parte desde la Palabra de Dios proclamada tan hermoso mensaje nos ha dejado para nuestra vida.

Cuidamos que no solo nuestros templos sean verdadero santuario de Dios y auténtica casa de oración despojándolos de tantas cosas que hemos montado en su entorno, sino que también nuestras vidas, por la santidad que vivimos, sean ese santuario de Dios y signo de la presencia de Dios para los que nos rodean. Es el testimonio que tenemos que dar.

viernes, 19 de noviembre de 2021

Tendremos que quitar de nosotros esos obstáculos tan arraigados no solo en nuestros oídos sino en nuestro corazón que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio

 


Tendremos que quitar de nosotros esos obstáculos tan arraigados no solo en nuestros oídos sino en nuestro corazón que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29; Lucas 19,45-48

Los contrastes de luz pudieran hacernos conocer mejor la belleza de un cuadro, porque nos haría fijarnos en todos sus matices, pero también nos sucede que si pasamos de un lugar luminoso a un lugar oscuro el contraste producido de alguna manera nos puede dificultar la visión del interior de aquel lugar oscuro, como también de lo contrario si pasamos de un lugar oscuro a un sitio muy luminoso en principio nos cegaríamos con ese contraste de luz en un primer instante sin dejarnos percibir la riqueza de la luminosidad.

La vida también está llena de contrastes que algunas veces no sabemos percibir o también nos cegamos en ocasiones y no somos capaces de ver toda la realidad de la vida; quienes viven en la abundancia no son capaces de percibir las sombras de la pobreza que quizá están muy cercanas; o las opiniones contrastadas de maneras de pensar o de ideologías nos pueden encerrar en alguno de sus aspectos, pero nos ciegan para ver las cosas buenas que también pudieran haber en el otro lado del pensamiento o del actuar de las personas.

Creo que nos hace falta una luminosidad interior para ver crudamente la realidad, pero también para percibir toda la belleza que tiene la vida incluso con esos contrastes y diferencias de matices. Vamos muchas veces demasiado cegados con nuestros pareceres, nuestras opiniones, nuestras particulares visiones que pudieran ser nacidas de algunas circunstancias concretas y no terminar de ver la riqueza que tiene la vida en esa variedad de colores y de luces.

Es difícil muchas veces salirnos de nuestra manera de pensar para apreciar lo bueno que también hay en el pensamiento del otro, y es por eso por lo que tantas veces vamos enfrentados por la vida y no llegamos a aquello de que la unión hace la fuerza, porque cada uno estamos tirando para nuestro lado. Estos pensamientos que estoy ofreciendo quizá necesitaríamos rumiarlos un poquito más en nuestro corazón para abrir más la mente.

En el evangelio y en la vida de Jesús nos aparecen también esos como claroscuros que nos pueden parecer contrastes que nos pueda costar interpretar. Esta página que hoy se nos ofrece está llena de contrastes. Primero la actitud valiente y profética de Jesús que quiere que el templo sea en verdad una casa de oración y no que parezca como un mercado. Pero a partir de este hecho de Jesús aparecen dos luminosidades distintas. Por una parte la reacción de los sacerdotes templo, pero también de aquellos que se consideraban principales en la escala social, fariseos, levitas, maestros de la ley que no entienden la acción de Jesús y quieren quitarlo de en medio, pero al mismo tiempo la gente sencilla – aquellos para los que se revela de manera especial el Reino de Dios como en otras partes aparece – escuchan con paz y esperanza las palabras de Jesús.

Había unas costumbres, unas rutinas en el funcionamiento del templo; por aquello de los sacrificios de animales y ofrendas que allí habían de ofrecerse como culto a Dios, aparecen pronto los comerciantes alrededor del templo de manera que se habían incluso adueñado de los atrios del templo; aquellos lugares propicios para la oración y la escucha de la palabra pronto se hicieron inservibles para la función que habían de desempeñar. Pero era algo establecido – algo que siempre se ha hecho así, como tantas veces decimos para muchas costumbres y rutinas que se nos meten también en nuestra iglesia – y así surge la reacción contra Jesús.

Pero había quien deseaba en verdad el encuentro con el Señor, escuchar con paz y tranquilidad la Palabra, la lectura de la ley y los profetas, incluso a los maestros de la ley que allí las enseñaran, por eso ahora escuchan con gusto a Jesús; lo escuchan llenos de esperanza porque en los gestos de Jesús como en sus palabras algo nuevo se les enseñaba, era la Buena Nueva, la Buena Noticia, el Evangelio que llegaba a aquellos corazones.

Y nosotros ¿qué?, tenemos que preguntarnos. ¿En verdad queremos quitar de nosotros esos obstáculos que no solo en nuestros oídos, sino en nuestro corazón tenemos tan arraigados que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio? ¿Nos cegaremos acaso con los contrastes o tendremos luminosidad suficiente en un corazón limpio como para poder saborear toda la riqueza de la Palabra de Dios que se nos proclama? Mucho más, como decíamos antes, tenemos que rumiar este mensaje de luz y salvación que se nos ofrece.

martes, 9 de noviembre de 2021

Que cuando hablamos de Iglesia no nos venga enseguida la imagen de grandes templos o basílicas, sino la imagen de los cristianos verdadero signo de la presencia de Jesús

 


Que cuando hablamos de Iglesia no nos venga enseguida la imagen de grandes templos o basílicas, sino la imagen de los cristianos verdadero signo de la presencia de Jesús

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Nos gusta tener nuestra casa ordenada y limpia. Hay quienes se lo toman como una obsesión y pareciera que vivieran esclavos de la casa, de su limpieza, del orden que habría que tener en ella. Pero nos gusta a todos que sea acogedora, que nos sintamos a gusto, que tengamos lo que necesitamos a mano, que quien llegue a las puertas de nuestra casa se sienta invitado, no solo con nuestras palabras, sino por la suave fragancia que brota de ella con nuestra acogida y con los detalles que les ofrecemos; ahí está otro de los detalles, cuando recibimos a alguien siempre queremos ofrecerle algo, queremos tener un presente para que se sienta bien. 

Ahí está el café que inmediatamente se prepara en las casas de nuestra tierra. Pero será también nuestra presencia la que hará que en verdad quienes nos visitan se sientan en verdad acogidos.

Sin embargo, habremos tenido en alguna ocasión la sensación de desorden y dejadez cuando hemos llegado a algún lugar. No es la pobreza material, sino quizá la pobreza de espíritu de los que allí habitan, que lo hacen de cualquier manera y no se preocupan lo más mínimo por hacer acogedor su hogar. Yo conozco personas que cuando tienen cierta confianza y llegan a un lugar así inmediatamente sin que nadie se lo pide se ponen a ordenar, a colocar las cosas en su sitio, a tratar de limpiar en lo que les dejen. No soportan que los que allí viven lo hagan de esa forma y den esa sensación a quienes llegan. Alguna vez lo habremos sentido así en la casa de un amigo o de un familiar muy querido y hemos tratado de ponernos a hacer algo con la mayor delicadeza del mundo.

Hoy vemos que Jesús llegó al templo de Jerusalén y ya no lo pudo soportar más. Se lió a porrazos con los vendedores que se habían apoderado de los atrios del templo convirtiéndolo en un mercado. Quizá valiéndose de la necesidad de tener a punto los animales para los sacrificios, o los cambios de monedas para las ofrendas que no se podían hacer sino con las monedas propias del templo, se había levantado aquel tremendo tinglado que Jesús no puede soportar. Aquel lugar tenía que ser casa de oración y como les dice Jesús lo han convertido en un mercado y en una cueva de bandidos. Ya le echarán en cara a Jesús con qué autoridad se había atrevido a realizar aquella acción de limpieza del templo.

Pero Jesús todo eso quiere convertirlo para nosotros en una parábola profética. Las parábolas no son solo palabras, sino que pueden ser gestos que se realizan y que tienen ese sentido profético para nuestras vidas. Estamos acostumbrados solo a ver las parábolas que se nos ofrecen en los evangelios pero a lo largo del antiguo testamento sobre todo con los profetas podremos ver muchos gestos que son verdaderas parábolas para el pueblo por los hechos que realizan los profetas.

Hoy cuando le piden explicaciones a Jesús, les dice que destruyan ese templo que El en tres días podrá reedificarlo. No entenderán entonces las palabras de Jesús que servirán incluso para la acusación ante el Sanedrín, pero el evangelista ya con la inspiración del Espíritu podrá decirnos que se refería a su cuerpo y estaba hablando de su muerte y de su resurrección.

Pero, ¿quién es hoy el cuerpo de Cristo al que Jesús para nosotros se estará refiriendo? Ese cuerpo somos nosotros; recordemos que san Pablo nos hablará del Cuerpo Místico de Cristo que formamos todos los que creemos en El. Es una referencia a la comunidad de los creyentes y es una referencia a la Iglesia. Nos estará hablando de esa purificación que tendrá que haber en nuestra vida para que en verdad podamos ser ese templo vivo de Dios, esa morada del Espíritu, pero nos está hablando también de su Cuerpo que es la Iglesia.

La Iglesia que tiene que ser esa casa acogedora para que todos en ella nos sintamos a gusto; la Iglesia que tiene que ser esa casa de puertas abiertas para que todos puedan llegar a su seno y se sientan a gusto en ella porque en verdad nos sintamos esa morada de Dios en medio del mundo. ¿Cuál es el signo que damos los cristianos en medio del mundo que nos rodea? ¿Cuál es el signo que manifiesta la Iglesia?

Es de algo de lo que en verdad tendríamos todos que preocuparnos. Pero algunas veces andamos un poco confundidos. Las mismas expresiones que utilizamos algunas veces se nos vuelven ambiguas sin saber bien a lo que nos estamos refiriendo. Y hablamos de Iglesia y enseguida pensamos en nuestros templos y cada uno sentimos el orgullo del templo de nuestro pueblo, de nuestra comunidad y quizás nos gastamos y desgastamos incluso más de lo que tenemos por tenerlo bello, por tenerlo adornado, por llenarlo de esplendor y algunas veces, tenemos que reconocerlo también, de mucho boato.

Pero ¿cuál es el templo que tenemos que cuidar? ¿Qué es lo que en verdad tendría que preocuparnos? Como nos preguntábamos antes, ¿cuál es la imagen como Iglesia que nosotros damos ante el mundo que nos rodea? Hablábamos al principio de esa casa limpia y acogedora donde queremos sentirnos a gusto, ¿será así cómo nos sentimos en la Iglesia? Y no estoy hablando de cuando estamos reunidos en la iglesia, en el templo, sino, ya sea cuando estamos reunidos como comunidad cristiana, o a través de lo que como cristianos nosotros estamos realizando, ¿qué imagen atrayente damos a los demás para que también los otros quieran ser y participar de la vida de esa comunidad?

Creo que muchas cosas tendríamos que purificar en nuestra mente, en nuestra manera de actuar como cristianos, y en la forma como la Iglesia se presenta ante el mundo. Que cuando hablamos de Iglesia no nos venga enseguida la imagen de grandes templos, basílicas o catedrales, sino la imagen de unos cristianos que viven dando la señal de la presencia de Jesús. Eso es en verdad lo que nos tendría que obsesionar de la limpieza y del ordenar nuestra casa que es la Iglesia.

domingo, 7 de marzo de 2021

Necesitamos gestos proféticos que nos despierten de nuestra atonía o que lo que realicemos con nuestra vida se convierta en un signo para los demás

 


Necesitamos gestos proféticos que nos despierten de nuestra atonía o que lo que realicemos con nuestra vida se convierta en un signo para los demás

Éxodo 20, 1-17; Sal 18; 1Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25

Algunas veces necesitamos como que nos den un golpe fuerte, que nos despabile, porque parece que andamos medios adormilados, entontecidos con la rutina de las cosas que termina llevándonos a una modorra donde parece que nada nuevo nos puede llamar la atención. Y todos entendemos que no se trata de un golpe a la físico, como cuando mi perrito me ve medio adormilado y viene y me da un ladrido fuerte junto al oído – no le gusta verme adormilado -, pero ya digo no es algo físico lo que necesitamos, pero si algo que nos dé la sorpresa, nos llame la atención por lo distinto y atrevido, nos saque de esa modorra espiritual en la que caemos tan fácilmente. Como decíamos algo que nos sorprenda, algo que sea como una pregunta interior que no nos deje tranquilos, algo como aquellos gestos proféticos que nos encontramos tantas veces en la Biblia; los profetas hablaban más por gestos que por palabras.

Y es lo que significó aquel gesto profético de Jesús en el templo de Jerusalén de lo que nos habla hoy el evangelio. Todo el culto a Dios se había quedado en un ritual, y allí estaban aquellos sacrificios de todo tipo que se ofrecían continuamente en el templo de Jerusalén, aquellos rituales de los que habían llenado la vida que si bien en algún momento tuvieron su sentido como una ofrenda de gratitud a Dios y de reconocimiento de que todo viene de su mano, se había quedado en algo frío y ostentoso que mantenía lejos del Señor el corazón de los fieles.

Y Jesús expulsa del templo a los vendedores de todo tipo de animales para los sacrificios que habían convertido el templo en un mercado y en un negocio; por allá andaban los cambistas porque sólo en la moneda del templo de podían hacer las ofrendas, pero que lo había convertido todo en un negocio usurero con los préstamos que allí sea realizaban con fuertes cargas para quienes se vieran en la necesidad de acudir a aquellos usureros. Jesús busca el corazón de los hombres y que no hagamos las cosas solo por la apariencia y llenos de vanidad. Recordamos como un día había valorado el corazón de aquella anciana viuda que dio todo lo que tenia porque su vida era en verdad toda una ofrenda al Señor. Y ahora viene Jesús con este gesto profético.

¿No necesitaremos nosotros cosas así que nos despierten de nuestra atonía? Pero pudiera ser que estuviéramos en tal atonía que ya ni lo más discorde nos llama la atención. Entramos ya en un segundo año de dificultades, de pandemia con todo lo que eso habrá significado en nuestra vida, ¿terminaremos acostumbrándonos? ¿Cómo es que no terminamos de reaccionar? ¿No habremos terminado aún de buscar lo que verdaderamente es importante o todavía seguimos con nuestras vanidades y superficialidades y con nuestras ambiciones queriendo más lo externo que aquello que profundamente cambie nuestra vida?

De dos cosas más nos habla hoy la Palabra del Señor que tendrían que hacernos buscar lo que de verdad es importante en la vida. Y tendríamos que comenzar por aprender a valorar y a respetar a la persona, a toda persona y en eso fundamentáramos todas nuestras relaciones humanas. Cuando solo nos valoramos a nosotros mismos y a nuestras apetencias pronto olvidamos el valor de todo ser humano, pronto faltará el respeto a la dignidad de toda persona porque nos hemos querido convertir en dioses de nosotros mismos y pensamos que todos los demás están como para rendirnos pleitesía; de ahí la tentación a la manipulación de las personas porque en cuanto me sirvan para mis intereses me valen, cuando ya no puedo conseguir ese endiosarme en mis orgullos destruyo cuando encuentro a mi paso y no me importa destruir a los demás.

En la primera lectura hemos escuchado la ley del Señor que a través de Moisés Dios le dio a su pueblo, los mandamientos. Muchas veces lo hemos visto demasiado a lo negativo como si todo fueran prohibiciones y no hemos aprendido a descubrir que lo que buscan los mandamientos es el bien del hombre, el bien de la persona. Comenzamos reconociendo que no hay sino un solo a Dios y al único que tenemos que adorar; no podemos convertirnos nosotros en dioses de nosotros mismos ni en dioses de los demás. Pero tras eso lo que nos viene a decir que tenemos que respetar y valorar a toda persona, que no puede haber manipulación de ningún tipo por nuestra parte porque nadie es esclavo de nadie, ni en consecuencia puedo hacerles daño alguno. Y es que en Jesús encontramos la plenitud de ese mandamiento del Señor, que nos manda amar al prójimo, porque todo hombre es nuestro hermano, porque todo ser es también hijo de Dios.

Y el otro aspecto que hoy nos propone la Palabra de Dios es de lo que nos habla san Pablo en la segunda lectura, la teología de la cruz que es nuestra verdadera sabiduría y nuestro verdadero poder. Nosotros predicamos, dice Pablo, confesamos a Cristo crucificado, lo que puede parecer una locura y una tontería para judíos y para gentiles pero que para nosotros es la verdadera sabiduría. Porque en la cruz de Jesús descubrimos toda la grandeza del amor.

Es el signo de la entrega y del amor y para nosotros es el signo de la victoria, porque de la cruz de Jesús nos viene la salvación. Quien mira así a la cruz de Cristo, ¿cómo puede crucificar al hermano? ¿Cómo podemos permitir el sufrimiento? ¿Cómo no viviremos nosotros en una entrega semejante para ayudar a liberar a toda persona de todo mal? ¿Cómo podemos convertirla en un adorno y no sea en verdad el signo de nuestra entrega y amor?