Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta locura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta locura. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de noviembre de 2024

Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

 


Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

Filipenses 3, 17 – 4,1; Salmo 121; Lucas 16, 1-8

La vida y el mundo se nos están convirtiendo en una loca carrera en la que al final terminamos arrastrándonos los unos a los otros y cayendo en el mismo abismo. Todos hemos contemplado en alguna competición como en un determinado momento en que todos corren por el triunfo y apelotonados el tropiezo de uno hace caer a los demás formándose un revolcón indescriptible, donde muchos van a salir mal heridos.

¿Cómo mantener el equilibrio para no caer en ese tropiezo colectivo? Será necesario saber mantener las distancias, saber cada uno su lugar y lo que tiene que hacer, estar en el mejor momento de atención para no dejarnos arrastrar y caer todos en lo mismo. Algunas veces nos puede parecer poco menos que imposible salir de situaciones así, pero algunos lo logran y pueden alcanzar un justo triunfo. Habrá que saber enderezar bien nuestros pasos para no dejarnos envolver.

No es solo de una carrera deportiva de la que estamos hablando sino del camino que tiene que ser nuestra vida. Muchas veces parece que buscamos el camino que nos parece más fácil, pero que no siempre es el más correcto. Muchas veces podemos incluso tropezar y cometer errores en nuestro camino, con el daño que nos hacemos a nosotros mismos, pero con el daño que podemos hacer también a los demás. ¿Tendremos un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer?

En el evangelio hoy Jesús nos pone una parábola que muchas veces nos ha costado entender. Habla de un administrador injusto al que se le está pidiendo cuentas de su administración. No ha sido buena la administración que ha hecho. Los administradores muchas veces aumentaban injustamente los intereses o hacían malversación con las cuentas que tenían que llevar, buscando sus ganancias; el dinero negro que muchas veces decimos. Ahora se encuentra en una situación difícil porque se va ver desposeído de todo lo que mal había ganado y se iba a quedar en la calle. Con astucia hace sus arreglos con aquellos que le debían dinero a su amo, quizás podemos pensar quitando aquellos intereses abusivos. Los que se veían beneficiados, podrían tener compasión de él.

Es lo que se alaba al final de la parábola, no que hubiera actuado injustamente con sus robos, sino la astucia para encontrar una salida, que podía parecer pérdida, pero que en el fondo le haría sentirse liberado de lo mal que había hecho. ¿Tendremos la astucia para encontrar salidas a las situaciones en las que nos hemos metido en la vida?

Siempre hay tiempo para enderezar el camino, siempre hay tiempo para encontrar ese momento de lucidez de reconocer los errores que hemos cometido, siempre hay tiempo para una buena palabra que pida una disculpa, reconozca su error y sea capaz de pedir perdón. No siempre lo tenemos todo perdido.

Ya sé que en este mundo nuestro no siempre nos vamos a encontrar con esas personas comprensivas y compasivas que nos ofrezcan caminos de misericordia y de perdón. Siempre hay almas buenas y ya sería un gozo el encontrarlas. Pero sabemos quien es de verdad compasivo y misericordioso con nuestros fallos y pecados. Contamos siempre con la misericordia del Señor, pero el Señor también pondrá a nuestro lado personas que nos comprendan, que nos animen, que nos tiendan la mano aunque no lo merezcamos, seamos capaces de ver en esas personas una señal del amor que Dios nos tiene.

Y seamos nosotros capaces también de ofrecer esa misma comprensión a los demás. ¿Quiénes somos para juzgar cuando nosotros estamos tan llenos de miserias y de pecado? En esa loca carrera de la vida Dios siempre pondrá señales a nuestro paso para que siempre podamos reencontrar el camino recto.

sábado, 20 de enero de 2024

Los familiares de Jesús querían llevárselo, nos dice hoy el evangelio, porque no estaba en sus cabales, nos recuerda muchas cosas

 


Los familiares de Jesús querían llevárselo, nos dice hoy el evangelio, porque no estaba en sus cabales, nos recuerda muchas cosas

2Samuel 1, 1-27; Sal 79; Marcos 3, 20-21

‘Se le fue el baifo’, es una expresión canaria que los que no son de nuestra tierra no lo entenderán, pero que me ha venido de forma espontánea a la mente al escuchar el texto que nos ofrece hoy el evangelio. El baifo en nuestra tierra es la cría de la cabra, un cabrito, que como todo cachorro de animal es juguetón, le gusta saltar y correr y algunas veces hasta se pierde de la manada. Aquí en Canarias empleamos esa expresión para referirnos a alguien que no anda bien de su cabeza, no está en sus cabales, como se suele decir también.

Es lo que en esos pocos versículos del Evangelio de hoy se nos dice. Querían retener a Jesús sus familiares, por el jaleo tan tremendo que se había formado a su alrededor, que ni lo dejaban comer – en otro momento será Jesús el que se quiera ir con sus discípulos más cercanos a un lugar apartado para descansar porque eran tantos los que iban y venían que no les daban tiempo ni para comer. Ahora son los familiares de Jesús los que se lo quieren llevar.

¿Cuáles eran los comentarios que se iban formando en torno a Jesús? Ya los evangelistas nos van diciendo como hay gente entusiasmada por seguirle, por sus escuchar sus palabras, por beneficiarse de sus milagros y por eso le traen toda clase de enfermos con las más diversas dolencias, pero mientras va surgiendo una oposición, un descontento por parte de muchos a los que escandalizan las palabras y los gestos que Jesús va realizando. No se atreven a actuar, nos dirán en otros momentos los evangelistas, porque son muchos los que le siguen y se crearía una revuelta, pero andan buscando la ocasión.

Si nos ponemos con una cierta distancia ante las palabras y los gestos de Jesús es cierto que son provocadores, que desconciertan a muchos; algo nuevo está ofreciendo que obligaría a un cambio, a una toma de posturas distintas; para muchos anclados en sus costumbres y sus rutinas, que son los que nunca quieren cambiar, aquella manera de actuar de Jesús en cierto modo es revolucionaria. Ya veremos que más tarde incluso en el Sanedrín temen que el Procurador pueda tomar unas decisiones drásticas y será por eso por lo que acuerdan quitar de en medio a Jesús.

Ahora, repito, son los familiares los que no terminan de entender las palabras y la manera de actuar de Jesús. Pero eso sucedió entonces y sigue sucediendo hoy. Quien escucha por primera vez que hay que amar a los enemigos, que para ganar la vida hay que perderla, que no se puede servir a Dios y al dinero porque a uno u a otro se amará o se odiará, serán cosas que  no entienda, porque siempre han actuado de otra manera.

Quien escuche que hay que perdonar hasta siete veces siete para entender que eso significa que hay que perdonar siempre, cuando lo que buscamos en la revancha, la justicia por nuestra mano o el condenar de la forma que sea a quien me haya herido o molestado, le costará comprender las palabras de Jesús.

Quien escuche que tenemos que ser capaces de lavarles los pies a los otros, aunque sepamos que entre ellos esté alguien que me haya traicionado, dirá que eso es cosa de locos, que eso es imposible.

Quien contempla la radicalidad que plantea Jesús en lo que a su amor toca, de manera que nos diga que quien ame a su padre o a su madre, a su hijo o a su hija, más que a Él no es digno de ser discípulo suyo, terminará seguramente pensando igual que aquellos familiares que se lo querían llevar porque no estaba en sus cabales.

Seamos sinceros. ¿No será acaso lo que hemos pensado en alguna ocasión cuando escuchamos una predicación valiente de un sacerdote, o del mismo Papa, que nos plantea las cosas de forma radical siguiendo a fondo el espíritu del Evangelio? Muchos testimonios en este sentido podríamos aportar. Muchas cosas siguen sucediendo así en nuestro mundo de hoy.

¿No ha habido recientemente en alguna nación que han expulsado, desterrado a sacerdotes, a misioneros, incluso a Obispos, por su palabra valiente va en contra de los intereses de sus gobernantes? Son noticias de estos mismos días. Y en nuestro entorno bien sabemos las interferencias mediáticas que hay en contra de la Iglesia para tratar de manchar su imagen porque su presencia es denuncia de situaciones graves que padecemos en nuestra sociedad.

Los familiares de Jesús querían llevárselo, nos dice hoy el evangelio, porque no estaba en sus cabales. Nos recuerda muchas cosas.

 

domingo, 7 de marzo de 2021

Necesitamos gestos proféticos que nos despierten de nuestra atonía o que lo que realicemos con nuestra vida se convierta en un signo para los demás

 


Necesitamos gestos proféticos que nos despierten de nuestra atonía o que lo que realicemos con nuestra vida se convierta en un signo para los demás

Éxodo 20, 1-17; Sal 18; 1Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25

Algunas veces necesitamos como que nos den un golpe fuerte, que nos despabile, porque parece que andamos medios adormilados, entontecidos con la rutina de las cosas que termina llevándonos a una modorra donde parece que nada nuevo nos puede llamar la atención. Y todos entendemos que no se trata de un golpe a la físico, como cuando mi perrito me ve medio adormilado y viene y me da un ladrido fuerte junto al oído – no le gusta verme adormilado -, pero ya digo no es algo físico lo que necesitamos, pero si algo que nos dé la sorpresa, nos llame la atención por lo distinto y atrevido, nos saque de esa modorra espiritual en la que caemos tan fácilmente. Como decíamos algo que nos sorprenda, algo que sea como una pregunta interior que no nos deje tranquilos, algo como aquellos gestos proféticos que nos encontramos tantas veces en la Biblia; los profetas hablaban más por gestos que por palabras.

Y es lo que significó aquel gesto profético de Jesús en el templo de Jerusalén de lo que nos habla hoy el evangelio. Todo el culto a Dios se había quedado en un ritual, y allí estaban aquellos sacrificios de todo tipo que se ofrecían continuamente en el templo de Jerusalén, aquellos rituales de los que habían llenado la vida que si bien en algún momento tuvieron su sentido como una ofrenda de gratitud a Dios y de reconocimiento de que todo viene de su mano, se había quedado en algo frío y ostentoso que mantenía lejos del Señor el corazón de los fieles.

Y Jesús expulsa del templo a los vendedores de todo tipo de animales para los sacrificios que habían convertido el templo en un mercado y en un negocio; por allá andaban los cambistas porque sólo en la moneda del templo de podían hacer las ofrendas, pero que lo había convertido todo en un negocio usurero con los préstamos que allí sea realizaban con fuertes cargas para quienes se vieran en la necesidad de acudir a aquellos usureros. Jesús busca el corazón de los hombres y que no hagamos las cosas solo por la apariencia y llenos de vanidad. Recordamos como un día había valorado el corazón de aquella anciana viuda que dio todo lo que tenia porque su vida era en verdad toda una ofrenda al Señor. Y ahora viene Jesús con este gesto profético.

¿No necesitaremos nosotros cosas así que nos despierten de nuestra atonía? Pero pudiera ser que estuviéramos en tal atonía que ya ni lo más discorde nos llama la atención. Entramos ya en un segundo año de dificultades, de pandemia con todo lo que eso habrá significado en nuestra vida, ¿terminaremos acostumbrándonos? ¿Cómo es que no terminamos de reaccionar? ¿No habremos terminado aún de buscar lo que verdaderamente es importante o todavía seguimos con nuestras vanidades y superficialidades y con nuestras ambiciones queriendo más lo externo que aquello que profundamente cambie nuestra vida?

De dos cosas más nos habla hoy la Palabra del Señor que tendrían que hacernos buscar lo que de verdad es importante en la vida. Y tendríamos que comenzar por aprender a valorar y a respetar a la persona, a toda persona y en eso fundamentáramos todas nuestras relaciones humanas. Cuando solo nos valoramos a nosotros mismos y a nuestras apetencias pronto olvidamos el valor de todo ser humano, pronto faltará el respeto a la dignidad de toda persona porque nos hemos querido convertir en dioses de nosotros mismos y pensamos que todos los demás están como para rendirnos pleitesía; de ahí la tentación a la manipulación de las personas porque en cuanto me sirvan para mis intereses me valen, cuando ya no puedo conseguir ese endiosarme en mis orgullos destruyo cuando encuentro a mi paso y no me importa destruir a los demás.

En la primera lectura hemos escuchado la ley del Señor que a través de Moisés Dios le dio a su pueblo, los mandamientos. Muchas veces lo hemos visto demasiado a lo negativo como si todo fueran prohibiciones y no hemos aprendido a descubrir que lo que buscan los mandamientos es el bien del hombre, el bien de la persona. Comenzamos reconociendo que no hay sino un solo a Dios y al único que tenemos que adorar; no podemos convertirnos nosotros en dioses de nosotros mismos ni en dioses de los demás. Pero tras eso lo que nos viene a decir que tenemos que respetar y valorar a toda persona, que no puede haber manipulación de ningún tipo por nuestra parte porque nadie es esclavo de nadie, ni en consecuencia puedo hacerles daño alguno. Y es que en Jesús encontramos la plenitud de ese mandamiento del Señor, que nos manda amar al prójimo, porque todo hombre es nuestro hermano, porque todo ser es también hijo de Dios.

Y el otro aspecto que hoy nos propone la Palabra de Dios es de lo que nos habla san Pablo en la segunda lectura, la teología de la cruz que es nuestra verdadera sabiduría y nuestro verdadero poder. Nosotros predicamos, dice Pablo, confesamos a Cristo crucificado, lo que puede parecer una locura y una tontería para judíos y para gentiles pero que para nosotros es la verdadera sabiduría. Porque en la cruz de Jesús descubrimos toda la grandeza del amor.

Es el signo de la entrega y del amor y para nosotros es el signo de la victoria, porque de la cruz de Jesús nos viene la salvación. Quien mira así a la cruz de Cristo, ¿cómo puede crucificar al hermano? ¿Cómo podemos permitir el sufrimiento? ¿Cómo no viviremos nosotros en una entrega semejante para ayudar a liberar a toda persona de todo mal? ¿Cómo podemos convertirla en un adorno y no sea en verdad el signo de nuestra entrega y amor?

 

sábado, 23 de enero de 2021

El mundo de hoy necesita ver más locos de amor con posicionamientos más parecidos a los de Jesús y por lo que decían que no estaba en sus cabales

 


El mundo de hoy necesita ver más locos de amor con posicionamientos más parecidos a los de Jesús y por lo que decían que no estaba en sus cabales

Hebreos 9,2-3.11-14; Sal 46; Marcos 3,20-21

Pero ¿tú sabes lo que estás diciendo? Tú estás loco, que no te oiga la gente. Se lo habremos dicho a alguien, lo habremos escuchado, o quizás nos lo han dicho a nosotros cuando hemos sido atrevidos para ofrecer una idea nueva, un nuevo planteamiento sabiendo como es la gente que nos rodea, pero que sabemos que aquello que planteamos va a producir salpullidas. Se tratará de una idea nueva que quizá pretende cambiar los presupuestos con los que en la vida vamos siempre, se trata de una forma nueva de ver las cosas que rompe moldes, se trata quizá de enfrentarnos con aquellos que dicen que las cosas siempre han sido así y por qué las vamos a cambiar ahora.

Los parientes de Jesús vinieron a buscarlo para llevárselo porque decían que no estaba en sus cabales. Algunos se sentían desconcertados con lo que Jesús decía y enseñaba, con su manera de actuar, con su cercanía a los más pobres y necesitados, con su mezclarse con toda clase de gente, ya fueran publicanos o ya fueran mujeres públicas. La gente se sentía sorprendida, algunos comprendían que Jesús estar planteando un mundo nuevo, algunos en sus inquietudes interiores coincidían con Jesús que había que buscar más autenticidad, pero otros no lo entendían, y para sus familiares más cercanos aquello era un escándalo; mira ahora con quien se está mezclando, que no solo eran los publicanos y las prostitutas, sino que entre su grupo había algunos que procedían de aquellos grupos revolucionarios y en contra del régimen como eran los zelotas.

Pero lo que Jesús estaba planteando no era una revolución sin más, porque además era enemigo de la violencia, el evangelio que predicaba era el del amor. Jesús lo que planteaba era un mundo nuevo, una nueva manera de sentir y de actuar, era el Reino de Dios que cuando ponemos de verdad a Dios en el centro de nuestra vida necesariamente tiene que surgir la cercanía con los demás, aunque sean los últimos de la tierra, aunque fueran los más marginados o los que eran rechazados por todos.

En el mundo del amor no caben las distancias ni las barreras, todo eso tiene que transformarse y las murallas que nos separan y que nos distancian tienen que caerse. Por eso Jesús estaba con todos, aunque hubiera gente a la que no le gustaba, incluso entre sus parientes que ahora querían llevárselo. Ya veremos que incluso a los principales o a los que se creían los principales en la sociedad de su tiempo no les parecería bien que Jesús comiese con publicanos y pecadores y de ellos se rodease.

¿Pero seguirá siendo esto así hoy? ¿Es esa la imagen que damos los que nos llamamos cristianos y seguidores de Jesús? ¿Es esa la imagen de la Iglesia? ¿No nos rodearemos de demasiados oropeles que quieren saber y dar olor a poder y a estar solo entre los principales del mundo? ¿No nos podrá suceder que nuestras palabras muchas veces suenen a palabras vacías porque no van acompañadas de gestos y posturas que nos acerquen de verdad a los que son los últimos del mundo como hacía Jesús?

Hablamos muchos de la preferencia por los pobres, de la opción por los pobres que tiene que ser la opción del cristiano y de la Iglesia, pero seguimos encumbrados en los cómodos sillones del poder y cuando la sociedad quiere bajarnos de esos pedestales bien que protestamos y no nos queremos desprender de esos posicionamientos cómodos y calentitos.

Creo que el mundo de hoy necesita ver más locos de amor que toman posicionamientos más parecidos a los que vemos que Jesús tomaba y por lo que decían que no estaba en sus cabales. Andamos demasiado acobardados queriendo nadar y guardar la ropa. No hemos de tener miedo a embarrarnos en los barros de pobreza, dolor y sufrimiento de nuestro mundo.

sábado, 20 de enero de 2018

Dejémonos envolver por la locura del amor que nos hace estar siempre en pie dispuestos con generosidad sin límites para el servicio y para el compartir solidario

Dejémonos envolver por la locura del amor que nos hace estar siempre en pie dispuestos con generosidad sin límites para el servicio y para el compartir solidario

1Samuel 1, 1-27; Sal 79; Marcos 3, 20-21

¿Pero tú estás loco? No te compliques la vida, ya la vida tiene por si muchas complicaciones, para que ahora te metas en eso también. Algo así habremos escuchado alguna vez cuando hemos querido emprender algo nuevo, cuando  nos sentimos comprometidos con algo que nos puede traer complicaciones, o quizás hayamos sido nosotros los que le hayamos dicho algo así a alguien a quien veíamos muy comprometido con muchas cosas a favor de los demás.
Es una tentación que tenemos o que sufrimos. O no querer complicarnos la vida, hacernos sordos y ciegos a las cosas que veamos que no nos gustan y a querer vivir simplemente nuestra vida olvidándonos de solidaridades y compromisos. Bueno hacemos algo bueno cuando podamos, pero sin complicarnos. Y ese ‘cuando podamos’ en nuestra insolidaridad o en nuestro pensar primero o solo en nosotros mismos parece que nunca llega, o por lo menos, no queremos adelantarlo mucho.
No es ese el estilo de Jesús, no es ese el estilo que tenemos que vivir sin en verdad nos decimos que somos seguidores de Jesús, somos cristianos. Ya nos enseña que tenemos que aprender a hacernos los últimos, los servidores de todos y que ahí está nuestra grandeza. Pero es que El fue por delante. No vino el Hijo del Hombre a ser servido sino a servir, y le veremos incluso a postrado ante los discípulos para lavarles los pies.
Es lo que nos está sugiriendo este breve texto del evangelio que hoy se nos propone en la liturgia. No le dejaban tiempo ni para comer. Está en su casa o allí donde le acojan y siempre la casa se llenará de gente. Sus familiares andan preocupados, porque piensan que eso no puede seguir así. Les parece una locura. Quieren llevárselo para hacerlo recapacitar porque les parece que no está en sus cabales.
No son esas las preocupaciones que han de tener por Jesús. El está cumpliendo la misión que ha recibido del Padre y ese ha de ser el estilo del mundo nuevo que El quiere realizar. Se abandona en las manos del Padre. Lo había hecho ya allá en el desierto antes de comenzar su actividad apostólica porque no se había dejado seducir por ambiciones personales, por la comodidad de las cosas fáciles o por la fama que pudiera conseguir por sus obras extraordinarias. Ya le escucharemos continuamente decir a los beneficiarios de sus signos que no lo cuenten a nadie, porque a El no han de buscarle desde unos beneficios materiales aunque sea la salud de sus cuerpos. En las manos del Padre se pondrá antes de iniciar su pasión y en las manos del Padre entrega su espíritu en el momento supremo del sacrificio en la cruz.
Hermoso mensaje para nuestra vida que nos estimula a salir de nuestras comodidades y rutinas. Hermoso mensaje que nos despierta de nuestro sopor y nos hace ponernos en pie para con generosidad siempre estar dispuestos para el bien, para ayudar, para compartir, para saber caminar junto al otro, para tender siempre nuestras manos con generosidad y disponibilidad para el servicio.
No importa que nos digan que estamos medio locos; si es locos por el amor, no importa; si es locos por querer seguir los mismos pasos de Jesús, no importa. Dejémonos envolver por esa locura de amor.

sábado, 24 de enero de 2015

Busquemos a Jesús para encontrarnos con Cristo crucificado que es fuerza y sabiduría de Dios

Busquemos a Jesús para encontrarnos con Cristo crucificado que es fuerza y sabiduría de Dios

Hebreos 9,2-3.11-14; Sal 46,2-3.6-7.8-9; Marcos 3,20-21
‘Jesús fue a casa con sus discípulos y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer’. La gente estaba entusiasmada con Jesús. No lo dejaban ni a sol ni a sombra, como suele decirse. ‘No los dejaban ni comer’. Ya escuchamos en otra ocasión que la gente se aglomeraba a la puerta de la casa que cuando llegaron unos con un paralítico no tenían por donde hacerlo llegar hasta los pies de Jesús que fue cuando lo descolgaron desde el techo. Cosas así nos repiten los distintos evangelistas del entusiasmo de la gente por Jesús.
¿Por qué buscaban a Jesús? Nos hacemos muchas veces la pregunta, pero nos viene bien reflexionarlo porque nos ayuda a que nosotros busquemos de verdad a Jesús y no por un entusiasmo pasajero de un momento de fervor, sino por algo mucho más hondo, porque en El encontremos en verdad la salvación.
San Pablo nos dirá en sus cartas que ‘Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos, pero para los llamados –judíos o griegos- un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios’. Seguimos nosotros también buscando signos, pidiendo milagros; claro que desde nuestra necesidad y desde nuestra pobreza ¿a quién vamos a acudir? Pero acudimos a Cristo crucificado, sí, al que fue colgado del madero, pero sabemos que vive, que venció la muerte, que resucitó y a nosotros también nos resucita, nos llena de vida si con fe con acudimos a El.
No buscamos una sabiduría cualquiera, buscamos la sabiduría de Dios. Sabemos que Cristo es la verdad porque es el verdadero sentido de nuestra vida, porque en El tenemos las respuestas más profundas para nuestro vivir, porque en verdad es la sabiduría de Dios, porque es la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, la Revelación de Dios porque ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’, porque quien ve a Cristo ve al Padre como nos enseñara El mismo en el Evangelio. ‘Yo soy el camino y la verdad y la vida’, nos dirá. ‘Quien me ve a mi, ve al Padre’.
‘Para los llamados –judíos o griegos (para nosotros) - Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios’. Así queremos buscarle. Así queremos conocerle. Así queremos vivirle. Seguimos sus pasos, nos alimentamos de su vida, vivimos su mismo vivir. Nos llenamos de Dios, nos llenamos de vida, nos llenamos de salvación. Es nuestra esperanza porque es nuestra fe.
El otro versículo del evangelio también nos puede hacer pensar. ‘Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales’. Si de Cristo hasta su misma familia decía eso, ¿por qué tememos lo que puedan decir de nosotros? ‘No estaba en sus cabales’, decía la familia; Herodes lo tomó como un loco o un tonto y así lo vistió para devolvérselo a Pilatos. Cuando estaba en la cruz todos vociferaban contra El y se burlaban de El. Y nosotros tenemos nuestros miedos, tantos miedos a lo que puedan decir de nosotros.
Que el Señor nos dé fortaleza en esos momentos difíciles y nos dé su sabiduría y su vida.