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viernes, 7 de noviembre de 2025

Que no se diga que los hijos de las tinieblas con más sagaces que los hijos de la luz, con nosotros está la fuerza del Espíritu

 


Que no se diga que los hijos de las tinieblas con más sagaces que los hijos de la luz, con nosotros está la fuerza del Espíritu

Romanos 15,14-21; Salmo 97; Lucas 16,1-8

La vida nos mete en problemas de los que a veces no sabemos cómo salir. Quizás los errores que cometamos se van convirtiendo poco a poco en una cascada y bien sabemos que por la propia gravedad el discurrir de las aguas se vuelve torrencial y si nos vemos envueltos en una cascada luego no sabemos cómo salir; habrá que buscar argucias, tendremos que saber utilizar todo nuestro ingenio para encontrar salidas, para liberarnos de lo que puede convertirse en una espiral sin fin. Nuestros apetitos y nuestras ambiciones nos hicieron resbalar por esa pendiente que cada vez se vuelve más aguda y en consecuencia más peligrosa; utilizar argucias, como decíamos, no nos permite que nos dejemos arrastrar por esa espiral utilizando malos modos para liberarnos.

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús con la parábola del evangelio. Un administrador injusto se veía arrastrado por la pendiente del mal en que se había metido cuando había obrado mal, cuando su ambición pudo más que su responsabilidad y que la rectitud que tenía que haber en su vida cuando habían confiado en él, y ahora estaba en un camino de perdición que iba a ser una ruina para su vida. Los prestigios de los que se había rodeado le hacían que fuera difícil bajar su orgullo. Por eso piensa que cuando se vea despedido no sabrá en qué trabajar porque en su vida ha dado golpe, y se daba cuenta de lo humillante que iba a ser para su vida el pedir limosna quien antes se había presentado en la vida eufórico en su poder.

Pretende arreglar los recibos de aquellos en los que había cargado las tintas en sus intereses haciendo lo que parecen rebajas, que son más bien un reconocimiento de lo que había hecho mal y que ahora como favor pretendía arreglar con aquellos deudores. ¿Se ganaría amigos así que lo acogieran cuando se viese desposeído de todo y en un estado de pobreza? Con esa visión quería hacerlo.

La parábola de entrada a todos nos desconcierta porque tenemos la tendencia de convertirla en relatos ejemplares, pero la mala administración no era precisamente un relato ejemplar. Hay un comentario al final que nos da la clave. El amó alabó a aquel hombre no porque hubiera obrado mal en la administración de sus bienes, sino por la astucia con que ahora actúa para encontrar en el futuro una salida de luz. Y ya nos dice Jesús al terminar de presentar la parábola que los hijos de este mundo son más astutos con sus obras que los hijos de la luz. ¿Haremos nosotros tanta propaganda de las cosas buenas, por ejemplo, del mensaje del evangelio como el mundo que vemos a nuestro alrededor hace de sus cosas?

Todo el mundo habla de sus planteamientos, de su ideología, de su manera de ver las cosas y de cómo quisieran que se hiciesen y además con su propaganda parece que trata de imponérnoslo porque si no hacemos como ellos es que no entendemos la vida, no queremos lo mejor para nuestra sociedad y no sé cuántas cosas más; y nosotros, ¿qué hacemos? ¿Nos sentimos acobardados y con miedo de plantear nuestra verdad, nuestro punto de vista, la visión que nosotros como cristianos y desde la óptica del evangelio tenemos de todas esas cosas? Creo que nos falta arrojo y valentía, nos encerramos demasiado en nuestros círculos, allí donde nos parece que nos sentimos seguros, pero no nos lanzamos a hacer ese anuncio del Evangelio que un día Jesús nos confió.

¿Cómo estamos manifestando hoy en nuestro mundo la alegría de nuestra fe? ¿Cuál es el testimonio que estamos dando? Porque estamos llamados a ser testigos y los testigos no pueden callar ni ocultar lo que viven. Andamos los cristianos demasiado adormilados. Nos falta expresar el coraje del Espíritu que está en nosotros.


domingo, 21 de septiembre de 2025

Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

 


Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

Amós 8, 4-7; Salmo 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13

Cada uno en la vida tiene sus valores, aquellas cosas que considera más importantes, más fundamentales en su vida y podríamos decir que sin ellas pareciera que su vida careciera de sentido, y otras que con ser importantes le damos menos importancia, menor valoración, como también otras cosas que para nosotros no tienen valor, las consideramos negativas y de las que nos apartamos o no dejamos introducir en nuestros planes de vida. Son los criterios por los que nos regimos, son los principios que fundamentan nuestra existencia, son de alguna manera los que nos van a definir lo que somos y como somos.

Con esto de alguna manera estamos hablando de hacernos una escala de valores para priorizar lo que realmente es lo más valioso para nosotros. Y esto de la escala de valores es algo serio e importante porque como decíamos nos está definiendo, nos estará diciendo también qué clase de persona somos. Es el fundamento de nuestra moralidad, de la ética por la que regimos nuestra vida.

Hemos de reconocer que no siempre lo tenemos claro, que no siempre somos consecuentes con lo que decimos, porque proclamar principios muchas veces nos puede resultar fácil, pero eso llevarlo a la práctica de nuestra vida no siempre lo hacemos; de ahí la incongruencia en que tantas veces vivimos. Claro que para llegar a ello hemos de ir formando nuestra conciencia para llegar a tener las cosas claras, pero también para tener la madurez y valentía para actuar en consecuencia.

Es importante la educación que recibimos que nos enseña a alcanzar esa madurez, conseguir esos fundamentos de nuestra vida. Algunas veces parecemos infantiles que no sabemos lo que queremos, nos falta personalidad, firmeza y madurez, y andamos tonteando de acá para allá sin saber a qué quedarnos. ¿Estaremos dando principios estables, poniendo de verdad esos cimientos, en la educación que le damos a las jóvenes generaciones que vienen detrás de nosotros?

En este momento de nuestra reflexión quizás tendríamos que preguntarnos si tenemos clara esa escala de valores en el día a día de nuestra vida, si acaso hemos alcanzado esa madurez, y con sinceridad plantearnos cuales son las cosas que consideramos fundamentales para nuestra vida, a las que le damos la mayor importancia. Cuidado con que el materialismo nos invada y nos envuelva.

Es lo que hoy nos está planteando Jesús en la parábola que se nos propone en el evangelio. Aquel hombre que quizás había querido darle sentido a su vida desde las riquezas, aprovechándose en todo lo que podía en la administración de los bienes de su amo, se descubrió a sí mismo con las manos vacías. Cuando le pidieron cuenta de su administración, sabiendo incluso que había obrado mal y que iba a ser despedido, se encontraba que no sabía a dónde acudir ni qué hacer. Como decía él ni siquiera sabía trabajar en el campo, en esa dignidad que se creía tener le daba vergüenza pedir limosna, sabía que su vida había perdido sentido. Pero encontró un camino.

Un camino en el que por una parte rehacía lo que torpe e injustamente había hecho cuando abusaba de los deudores de su amo cargándoles con más intereses que lo que realmente debían y por otra se ganaba la consideración de las personas que le rodeaban; el respeto a la dignidad de las personas, el respeto a un trabajo digno, el reconocimiento de su vaciedad y de sus errores le ayudó con su astucia a encontrar una salida. 

Cuando ponemos nuestros intereses materiales por encima del valor y dignidad de las personas andamos perdidos, como lo estaba aquel hombre. Pero reaccionó a tiempo, se ganó la consideración incluso de su amo que le alababa su astucia y su manera de encontrar salida a su vida, se ganaba unos amigos en aquellos a los que en cierto modo condonaba sus deudas haciéndolas más justas.

¿Qué andamos buscando en la vida? ¿Dónde están nuestros principios y valores? ¿Qué es lo que tiene que ser verdaderamente importante para nosotros? Desde el principio de nuestra reflexión nos lo hemos venido planteando; el ejemplo de esta parábola tiene que ser para nosotros un aliciente más para encontrar ese verdadero valor, ese verdadero sentido de la vida. No es lo material lo que nos hace grandes, es el respeto y valoración de la persona lo que nos hará encontrarnos con nosotros mismos, es el camino por el que tenemos que ir encontrando la verdadera madurez de nuestra vida.


viernes, 8 de noviembre de 2024

Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

 


Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

Filipenses 3, 17 – 4,1; Salmo 121; Lucas 16, 1-8

La vida y el mundo se nos están convirtiendo en una loca carrera en la que al final terminamos arrastrándonos los unos a los otros y cayendo en el mismo abismo. Todos hemos contemplado en alguna competición como en un determinado momento en que todos corren por el triunfo y apelotonados el tropiezo de uno hace caer a los demás formándose un revolcón indescriptible, donde muchos van a salir mal heridos.

¿Cómo mantener el equilibrio para no caer en ese tropiezo colectivo? Será necesario saber mantener las distancias, saber cada uno su lugar y lo que tiene que hacer, estar en el mejor momento de atención para no dejarnos arrastrar y caer todos en lo mismo. Algunas veces nos puede parecer poco menos que imposible salir de situaciones así, pero algunos lo logran y pueden alcanzar un justo triunfo. Habrá que saber enderezar bien nuestros pasos para no dejarnos envolver.

No es solo de una carrera deportiva de la que estamos hablando sino del camino que tiene que ser nuestra vida. Muchas veces parece que buscamos el camino que nos parece más fácil, pero que no siempre es el más correcto. Muchas veces podemos incluso tropezar y cometer errores en nuestro camino, con el daño que nos hacemos a nosotros mismos, pero con el daño que podemos hacer también a los demás. ¿Tendremos un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer?

En el evangelio hoy Jesús nos pone una parábola que muchas veces nos ha costado entender. Habla de un administrador injusto al que se le está pidiendo cuentas de su administración. No ha sido buena la administración que ha hecho. Los administradores muchas veces aumentaban injustamente los intereses o hacían malversación con las cuentas que tenían que llevar, buscando sus ganancias; el dinero negro que muchas veces decimos. Ahora se encuentra en una situación difícil porque se va ver desposeído de todo lo que mal había ganado y se iba a quedar en la calle. Con astucia hace sus arreglos con aquellos que le debían dinero a su amo, quizás podemos pensar quitando aquellos intereses abusivos. Los que se veían beneficiados, podrían tener compasión de él.

Es lo que se alaba al final de la parábola, no que hubiera actuado injustamente con sus robos, sino la astucia para encontrar una salida, que podía parecer pérdida, pero que en el fondo le haría sentirse liberado de lo mal que había hecho. ¿Tendremos la astucia para encontrar salidas a las situaciones en las que nos hemos metido en la vida?

Siempre hay tiempo para enderezar el camino, siempre hay tiempo para encontrar ese momento de lucidez de reconocer los errores que hemos cometido, siempre hay tiempo para una buena palabra que pida una disculpa, reconozca su error y sea capaz de pedir perdón. No siempre lo tenemos todo perdido.

Ya sé que en este mundo nuestro no siempre nos vamos a encontrar con esas personas comprensivas y compasivas que nos ofrezcan caminos de misericordia y de perdón. Siempre hay almas buenas y ya sería un gozo el encontrarlas. Pero sabemos quien es de verdad compasivo y misericordioso con nuestros fallos y pecados. Contamos siempre con la misericordia del Señor, pero el Señor también pondrá a nuestro lado personas que nos comprendan, que nos animen, que nos tiendan la mano aunque no lo merezcamos, seamos capaces de ver en esas personas una señal del amor que Dios nos tiene.

Y seamos nosotros capaces también de ofrecer esa misma comprensión a los demás. ¿Quiénes somos para juzgar cuando nosotros estamos tan llenos de miserias y de pecado? En esa loca carrera de la vida Dios siempre pondrá señales a nuestro paso para que siempre podamos reencontrar el camino recto.

viernes, 10 de noviembre de 2023

Cuando trabajamos y realizamos nuestras responsabilidades tenemos que pensar en algo más que engrosar nuestra bolsa, pensemos en el bien que podemos hacer a los demás

 


Cuando trabajamos y realizamos nuestras responsabilidades tenemos que pensar en algo más que engrosar nuestra bolsa, pensemos en el bien que podemos hacer a los demás

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8

Dicen que dinero ajeno no nos duele, pero que cuando toca nuestros bolsillos, sobre todo si nos vemos en peligro de tener que poner de nuestra parte, ya procuramos una buena administración, porque no queremos salir perjudicados. Posturas así traen fácilmente en torno muchas corruptelas, porque siempre queremos arrimar el ascua a nuestra sardina, como dice el dicho popular.

Y por otra parte cuanto empeño ponemos cuando están en juego nuestras ganancias, nuestros intereses económicos, o todo aquello que nos pueda dar brillo o prestigio. Muy interesados somos en lo material, porque decimos que sin ello nada podemos ser o hacer en la vida, olvidando quizás lo que le puede dar verdadera grandeza al hombre. Con astucia andamos en lo material, pero no tenemos quizás la misma inquietud en lo que nos eleva como persona. En la historia de la vida tenemos cuantos se matan por trabajar para tener de todo, y como dicen que no les falte nada a sus hijos, pero quizás se olvidan de otros valores que seria lo mejor que pudiéramos transmitir.

¿Qué es lo que yo en verdad busco en la vida? Podemos vernos envueltos en ese sentido materialista de la vida y nos dejamos arrastrar por esa pendiente de lo que todos hacen sin plantearnos seriamente un sentido más elevado de nuestra existencia. No significa que olvidemos nuestras responsabilidades, que hagamos dejación de esas tareas que van ocupando muchos espacios de nuestra vida. También ese mundo en el que vivimos es responsabilidad nuestra, porque Dios lo ha puesto en nuestras manos y con nuestra tarea y con nuestro trabajo, sea cual fuere, estamos contribuyendo al desarrollo de nuestro mundo, a ser continuadores de la obra de la creación que Dios inició y que, repito, ha puesto en nuestras manos.

Hoy Jesús nos ha propuesto en el evangelio una parábola que a muchos puede en cierto modo desconcertar. Habla de un mal administrador que al final trata de arreglar las cosas, pero para no verse él en peligro de quedarse en la calle. Si antes había sido usurero en el trato con aquellos con los que hacía negocios, ahora dándose cuenta de su error trata de enmendarlo. Quiere además poner humanidad en el trato con los demás, cosa que quizás en su usura no había tenido, porque se iba a sentir que la humanidad iba a ser dura con él. 

Algunas veces no terminamos de entender esos arreglos que hace en los recibos de los deudores de su amo, pero hemos de entender la manera habitual de actuar de quienes eran administradores. Los recibos de entrada iban cargados de fuertes intereses, que en nada beneficiaban al amo, sino que era la parte que ellos pretendían ganar con sus negocios. Lo que ahora está rebajando por el camino de esos intereses que eran sus ganancias, a las que de alguna manera renuncia, esperando que un día con él tengan compasión. Es la astucia que alaba el amo al que tenía que rendir cuentas.

Muchas cosas tendríamos que plantearnos para nosotros mismos en el sentido en que ha ido nuestra reflexión, pero aquí podríamos recordar lo que en otros momentos Jesús nos ha dicho, que no guardemos tesoros donde la polilla los corroe o los ladrones nos podrían arrebatar, sino guardemos tesoros en el cielo donde tendrán premio sin fin. Como nos dice Jesús en otro momento despójate de lo que tienes y véndelo para compartirlo con los pobres.

Aquello que tenemos, aquello que hacemos o que ganamos, ¿habremos pensado seriamente alguna vez cuanto puede beneficiar a los necesitamos que nos rodean? Quizás muchas veces solo pensamos en engrosar nuestra bolsa y aparece nuestro egoísmo e insolidaridad. ¿Le damos valor a lo que hacemos siendo conscientes que con nuestro trabajo estamos contribuyendo también al bien de los demás?

domingo, 18 de septiembre de 2022

Seamos felices no porque tengamos los bolsillos rebosantes, sino porque logremos una sonrisa de felicidad de alguien que está a nuestro lado

 


Seamos felices no porque tengamos los bolsillos rebosantes, sino porque logremos una sonrisa de felicidad de alguien que está loa nuestro lado

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13

¿Qué uso le damos nosotros a los bienes materiales, a las riquezas? ¿Qué prioridad tienen en nuestra vida? es lo que fundamentalmente nos está planteando hoy el evangelio. Las riquezas y los bienes materiales muchas veces nos sirven para la ostentación y para la vanidad; se convierten en cierto modo para nosotros en un signo de nuestro poder porque nos sentimos tan dueños de esos bienes materiales que nos creemos que con ello podemos comprar todo aquello que nos hace felices.

¿Qué es lo que nos hace felices en la vida? ¿Seremos en verdad felices por la posesión de aquellas cosas que al final terminarán posesionándose de nosotros y haciéndonos sus servidores y sus esclavos? Una pescadilla que se muerde el rabo y al final termina dando vueltas sobre si misma. Es la muestra de nuestro egoísmo más rabioso y esclavizante.

Esto nos tiene que hacer pensar y reflexionar sobre los valores que en verdad imperan en nuestra vida. Y es que fácilmente nos cegamos y no terminamos de comprender el verdadero valor de lo que Dios ha puesto en nuestras manos cuando nos confió su obra creadora para que nosotros hiciéramos crecer y desarrollar ese mundo que había creado. No nos quiere Dios con las manos en los bolsillos de la inoperancia; creced, multiplicaos, dominad la tierra, nos dice en el momento de la creación; por eso nos condena si enterramos el talento que ha puesto en nuestras manos, y recordamos otros pasajes del evangelio.

Pero no nos quiere Dios con las manos en los bolsillos del acaparamiento egoísta y solo para nosotros de la riqueza que generamos en ese mundo. No somos dueños sino administradores; no es la ganancia personal lo que tendría que importar, sino el bien de la humanidad al que contribuimos con nuestro trabajo y con los frutos que de él obtengamos; a aquel hombre rico que ya solo se preocupaba de darse buena vida porque sus graneros y bodegas estaban rebosantes de nada le sirvió porque la misma vida se le fue de las manos, ¿de quien iba a ser todo aquello que había acumulado?

Es el sentido por el que va hoy el evangelio que hemos escuchado. Comienza proponiéndonos una parábola que siempre nos ha costado entender; un administrador a quien se le pide cuentas de su gestión; no ha sido justa la gestión que hasta entonces había venido realizando; no nos habla de que haya generado riquezas injustas para él mismo, pero su relación con los deudores de su amo hasta entonces no había sido buena; buscando quizá encontrar comprensión y misericordia cuando fuera despedido, trata de arreglar el monto de aquellas deudas; finalmente es alabado no por su mala gestión, sino por la astucia con la que ahora ha actuado.

La clave nos la está dando las palabras con las que Jesús continúa su comentario sobre el uso que hemos de hacer de los bienes y riquezas de este mundo; unos bienes y unas riquezas nos viene a decir que pueden manchar nuestra manos y nuestro corazón cuando de forma egoísta y avariciosa los utilizamos; por eso nos dice Jesús en un lenguaje propio del momento, ‘ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’.

Ganaos amigos, nos dice, en la utilización que hagamos de esos bienes. No pensemos avariciosamente solo en nosotros mismos, no busquemos simplemente el acumular para llenar nuestros graneros, nuestras bodegas o nuestros bolsillos; pensemos que esa riqueza generada en el propio desarrollo de ese mundo que Dios ha puesto en nuestras manos no es solo para nuestro propio beneficio.

Sepamos ser buenos administradores  sabiendo ser fiel en las cosas pequeñas o en las cosas que puedan tener un valor secundario, es donde vamos a obtener la verdadera ganancia, la verdadera riqueza, lo que va a dar verdadero valor a nuestra vida, lo que nos conducirá por verdaderos caminos de plenitud y de felicidad. ¿Seremos más felices porque tengamos nuestros bolsillos bien llenos, o porque logremos una sonrisa de felicidad en alguien que está a nuestro lado?

Nos daremos cuenta de qué es lo que nos dará la más profunda libertad y nos llenará de la más honda felicidad. Por eso nos dirá finalmente que no podemos servir a dos señores… ‘no podéis servir a Dios y al dinero’.

viernes, 5 de noviembre de 2021

La astucia que se nos pide es que si nosotros consideramos tan importante el reino de Dios, todo en la vida tendría que centrarse en él buscando guardar nuestro tesoro en el cielo

 


La astucia que se nos pide es que si nosotros consideramos tan importante el reino de Dios, todo en la vida tendría que centrarse en él buscando guardar nuestro tesoro en el cielo

Romanos 15,14-21; Sal 97;  Lucas 16,1-8

Guardarse las espaldas, decimos cuando ante una situación comprometida tenemos, como quien dice, un as en la manga, una respaldo aparentemente oculto quizá, pero que sabemos que está ahí y que nos va a servir cuando quizás nos pidan cuentas por lo que hemos hecho. Hay gente que es muy especial en esto de guardarse las espaldas, por su astucia, por la habilidad con que manejan las cosas, las situaciones, incluso, hemos de reconocerlo, hasta a las personas. Y siempre sabrán salir adelante, de alguna manera se sienten protegidos.

¿Quién nos guarda las espaldas a nosotros? ¿Seremos capaces de arriesgar en situaciones conflictivas, expresar claramente lo que hacemos o lo que pensamos? Según sean quizás las cosas que nos intereses, sabremos quizás callarnos a tiempo, hacer un favor en un momento determinado para saber que contamos con alguien. Pero ¿significará eso sinceridad en la vida? ¿Significará que sabremos afrontar las cosas de frente – valga la redundancia – para asumir bien las responsabilidades de lo que hacemos, de nuestra manera de actuar o de los pensamientos que tengamos?

Es una cuestión difícil que se nos plantea, porque nunca queremos salir perjudicados; muchas veces queremos nadar entre dos aguas, y no nos manifestamos claramente por lo que realmente pensamos, sino que como se dice ahora hacemos lo políticamente correcto, que habría que pensar si es lo éticamente correcto. Nos hace falta definirnos, aclararnos, expresar con valentía que lo que pensamos, lo que decimos que son nuestros principios. Esto da para mucho pensar, para mucho reflexionar sobre nuestra manera de actuar.

Todo esto me estoy planteando reflexionando en voz algo, como quien dice, a raíz de lo que hoy se nos cuenta en el evangelio. Una parábola que siempre nos resultar difícil comentar. Un administrador que no ha realizado bien su trabajo y al que le piden cuentas; sabe que la cosa está mal y se va ver en la calle, y quiere guardarse las espaldas, haciendo favores a aquellos que le deben a su amor y sobre todo a causa de sus malas cuentas, de su mala administración. Al final parece que cuando le echen por mal administrador va a tener donde refugiarse. Y la parábola que nos desconcierta termina con una sentencia que es clave. El amo felicitó al administrador no porque lo hubiera hecho mal, que eso parece que se da por sentado, sino por la astucia con que actuó. Y así termina diciéndonos Jesús que los hijos de las tinieblas con más astutos que los hijos de la luz.

¿Por donde tiene que ir nuestra astucia? ¿Por actuar con trampa para guardarnos las espaldas? La astucia que se nos pide es que si nosotros consideramos tan importante el reino de Dios que Jesús nos anuncia, tendríamos que buscar todos nuestros recursos humanos, toda esa inteligencia que decimos que tenemos para buscar y alcanzar lo que verdaderamente es importante. Pero bien sabemos cómo nos cegamos y quizá queremos guardarnos las espaldas en lo humano para seguir ahora con nuestras mezquindades, para seguir con la superficialidad con que vivimos, para dejarnos arrastrar por los cantos de sirenas que nos quieren encantar con felicidades fáciles, y no buscamos lo que verdaderamente nos daría la autentica felicidad, la que nos conduciría de verdad a la vida eterna y felicidad total.

Nos dirá Jesús en otra ocasión que busquemos el Reino de Dios y su justicia que lo demás se nos dará por añadidura. Ojalá supiéramos escucharlo. Nos dirá que no guardemos tesoros en vasijas de barro que se pueden romper, que no guardemos riquezas ni tesoros donde un día nos pueden fallar, donde nos los pueden robar, sino que guardemos nuestro tesoro en el cielo. Muchos pasajes del evangelio tendríamos que saber escuchar.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Tenemos un ascua, una llama fuerte y viva que no solo nos da calor sino que nos da vida, que es el fuego del Espíritu, encendámonos en el fuego de su amor

 


Tenemos un ascua, una llama fuerte y viva que no solo nos da calor sino que nos da vida, que es el fuego del Espíritu, encendámonos en el fuego de su amor

Filipenses 3, 17 – 4,1; Sal 121; Lucas 16, 1-8

‘Cada uno arrima el ascua a su sardina’. Es un dicho que habremos escuchado más de una vez. Desde la experiencia de un asado de sardinas en común donde cada uno quiere que la sardina que se va a comer esté en su punto y si puede la arrima a la brasa que mejor pueda cocinarla, estamos diciendo como en la vida cada uno vela por sus intereses. Y de qué manera, tendríamos que decir; de ahí surgen todas las astucias, todos los planes para obtener las mejores ganancias, los mayores beneficios, muchas veces sin importarnos lo que le pase a los demás o incluso el daño que les podamos hacer, porque lo que nos importa es nuestro interés. Es la astucia en nuestros negocios y ganancias, en los trabajos que realizamos, pero que, tenemos que reconocerlo, tenemos también el peligro de actuar de forma injusta se acoge a las leyes del mercado o se salta toda ley o todo principio ético.

Es la conclusión que Jesús nos está sacando de la parábola que nos propone, como hemos escuchado hoy, del administrador que se vale de sus mañas, pero que cuando se vea despojado del trabajo por su mala administración, tenga quien le acoja porque antes había tenido sus arreglos con él. Pero ¿nos está diciendo Jesús que tenemos que actuar de esa manera? Es quizás lo que muchas veces nos ha escandalizado de la parábola porque en una reflexión superficial nos quedamos en la injusticia de aquel  hombre que nos pareciera que se nos está poniendo por modelo.

Pero, no es esa la intención de Jesús cuando nos propone la parábola, sino decirnos que si los hijos de este mundo andan así con sus astucias, nosotros para el bien que tenemos que realizar ¿pondremos tanto empeño? No vamos a responder con maldad o con injusticia al mal que nosotros podamos recibir, pero sí tenemos que despertar porque no nos podemos quedar adormilados en la tarea que tenemos que realizar para hacer que nuestro mundo sea mejor.

En el mundo tan plural como vivimos, con tan diversas opiniones, maneras de pensar, ideologías con las que se mueve la gente de nuestro entorno, pareciera algunas veces que nosotros no nos sentimos tan seguros de nuestra fe, de nuestros principios, de los valores que aprendemos del evangelio, y vamos por la vida como timoratos, temiendo expresar nuestra opinión, nuestro sentido de la vida, en una palabra nuestra fe. No podemos acobardarnos, no podemos encerrarnos en nuestros círculos porque ahí no vamos a encontrar oposición y todo lo podemos vivir con mucha tranquilidad y mucha paz.

¿Dónde se queda entonces aquel mandato de Jesús de ir por el mundo anunciando la buena nueva del evangelio y del Reino de Dios? Pareciera que nos sentimos inseguros y acobardados, no terminamos de creernos las palabras de Jesús que nos prometió que no tuviéramos miedo de presentarnos ante los tribunales o ante cualquiera porque el Espíritu del Señor pondría palabras en nuestros labios y fortaleza en nuestro corazón.

Y el mundo necesita escuchar una palabra de vida y de salvación. Por mucho que cacareen a nuestro alrededor con sus ideas y tantas veces traten de cerrarnos la boca y de callarnos, sin embargo nos encontramos como se encuentran vacíos, les falta alto que les eleve el espíritu, que les haga trascender del día a día de las cosas o del materialismo en que se vive que no les da la auténtica felicidad. Y nosotros tenemos una palabra que decir, nosotros tenemos un mensaje que ofrecer, nosotros tenemos una vida que queremos vivir y con la que hemos de contagiar a nuestro mundo para que encuentre la verdadera salvación. Nos falta astucia, nos falta valentía, nos falta arrojo para lanzarnos con ímpetu en ese anuncio que tenemos que proclamar.

Utilicemos todos los medios que están a nuestro alcance para hacerlo; no dejemos que otros se nos coman esos medios de los que hoy podemos disponer en nuestra sociedad, y todas esas redes sociales, todos esos medios modernos hoy de comunicación hemos de saber utilizarlos para que sean también altavoces de la Palabra de Dios, valiéndonos también de todas las mejores técnicas y técnicos que estén a nuestro alcance para hacerlo de la mejor forma posible. se nos están yendo de las manos o dejamos que sean solo otros los que los utilicen porque muchas veces nosotros por nuestros miedos y cobardías llegamos tarde. Hay tantas posibilidades hoy de ser portavoces del evangelio para que llegue a todos. Que llegue esta reflexión a tus manos por estos medios - la semilla de cada día - es un intento por mi parte quizá muy atrevido pero que considero necesario.

Tenemos un ascua, una llama fuerte y viva que no solo nos da calor sino que nos da vida, que es el fuego del Espíritu. Encendámonos en el fuego de su amor.


viernes, 8 de noviembre de 2019

No dejemos que se oscurezca el mensaje del evangelio sino mostrémoslo al mundo con alegría, con elegancia, con valentía, porque tenemos la fuerza del Espíritu


No dejemos que se oscurezca el mensaje del evangelio sino mostrémoslo al mundo con alegría, con elegancia, con valentía, porque tenemos la fuerza del Espíritu

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8
Camarón que se duerme se lo lleva la corriente, es un dicho popular que nos quiere decir que tenemos que andar despiertos en la vida. Así vemos cómo muchos se aplican y con fervor este dicho y así van por la vida poco menos que parece que se quieren comer el mundo apabullando todo lo que encuentren por delante.
Despiertos tenemos que estar, es cierto, pero una cosa que no podemos olvidar son los métodos que empleemos para ello. Todos quieren acaparar para si, todos quieren tener muchas cuotas de poder sea como sea, todos quieren convertirse en reyes y señores para dominar y vemos tantas veces para manipular a los demás. Lo vemos continuamente en la vida social, en las relaciones de unos y otros, en la vida política; cuánta corrupción se nos va metiendo en la vida, en la sociedad; no nos damos cuenta que al final terminamos destruyéndonos solo por tener quizás unos minutos de gloria.
Lo malo es que todos tenemos la tentación de caer en esas redes, de hacer de la misma manera, porque como piensan algunos si los otros sí ¿por qué yo no? Y nos deslumbramos fácilmente y comenzamos a actuar de la misma manera. Es una tentación frecuente y muy presente en la vida. Y hasta en nuestros ámbitos eclesiales nos podemos encontrar con situaciones así de manipulación, de dominio desmedido, de imposición de mis formas de ver las cosas, de sobresalir con mis orgullos y mis vanidades. Y al final caemos en un desprestigio total, y la fe y el evangelio se oscurecerán con estas tinieblas con las que nos envolvemos y lo que tendría que ser un buen testimonio se convierte en un contratestimonio.
Hoy el evangelio nos presenta una parábola desconcertante. En una primera lectura nos cuesta entenderla porque nos hacemos una interpretación superficial sin llegar a caer en la cuenta de lo que realmente Jesús nos quiere decir. Parece como si se alabara la corrupción de aquel hombre que se busca el ganarse el afecto de los que le rodean y no le importa de qué manera. El amo del que habla la parábola habla de la sagacidad de aquel hombre, pero la parábola nos quiere decir que seamos capaces de ser sagaces, despiertos, pero para el anuncio del evangelio, para el buen testimonio de los valores cristianos, de la vida cristiana.
Ojalá pusiéramos nosotros tanto empeño en el anuncio del evangelio como los sagaces de este mundo lo hacen para sus planes. Tenemos que estar despiertos porque en ese deseo de hacer que nuestro mundo sea mejor según los parámetros del evangelio no podemos dejar que otros hagan, sino que nosotros tenemos que poner todo nuestro esfuerzo y voluntad.
Sabemos que no es fácil porque quizá a muchos haya otras cosas que le atraigan más, pero es cuando nosotros hemos de hacer valer ese mensaje del evangelio porque en el testimonio de lo que nosotros vivamos podamos enseñar a los demás la plenitud de vida, de dicha, de realización de nuestra persona que nosotros podemos alcanzar viviendo esos valores del Evangelio.
Pero parece en ocasiones que vamos como acobardados o avergonzados y no damos la cara, no mostramos nuestra alegría, no nos mostramos valientes y con fuerza para hacer ese anuncio del evangelio. Nos dejamos comer el terreno, nos dejamos comer por esas fuerzas de nuestro mundo y algunas veces andamos incluso con componendas que pueden desvirtuar el mensaje del evangelio. No podemos dejar que se oscurezca, tenemos que mostrarlo a plena luz, con energía, con valentía, con elegancia, con alegría honda en el corazón.

domingo, 22 de septiembre de 2019

La astucia, sabiduría, de abrir el corazón en el uso de los bienes para que no se nos cierre de forma egoísta el bolsillo


La astucia, sabiduría, de abrir el corazón en el uso de los bienes para que no se nos cierre de forma egoísta el bolsillo

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8;  Lucas 16, 1-13
¿Qué hacemos de nuestros bienes y riquezas? Nos sentimos dueños; ‘es mío’ es la reacción ante lo que tenemos; casi desde que nacemos comenzamos a querer dominar sobre nuestras cosas como si fueran de nuestra única posesión; es la reacción ya del niño que cuando coge una cosa ya es suya, ‘es mío’ reacciona si queremos que nos la dé y la acapara para si. Aunque tendríamos que pensar si lo hace porque es lo que ve en los otros y ha perdido la inocencia de sentir que todo es de todos. Y en la medida en que somos mayores eso se acentúa, porque hasta nos volvemos avaros y en consecuencia egoístas. Para mí y para mi disfrute.
¿No habría que romper esa espiral de alguna manera? Por eso nos tenemos que preguntar que hacemos de nuestros bienes, de lo que consideramos que son nuestras riquezas. La buena nueva del evangelio que Jesús nos ofrece creo que quiere que abramos nuestros ojos para ver las cosas de manera distinta. Ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia no tiene nada que ver con esa avaricia y egoísmo con que vivimos la vida. Son otros los valores. Otro tendría que ser el sentido que le damos a la vida y que le damos entonces también a esas cosas materiales de las que disponemos.
La parábola que nos ofrece hoy el evangelio se nos ha hecho siempre de difícil lectura. No terminamos de comprender que no es el hecho en si de lo que se nos narra sino la imagen que se nos quiere ofrecer. Como se habla de un administrador, de unos bienes no bien administrados, de un dueño que pide cuentas nos quedamos en esa materialidad de lo que se nos cuenta y no vamos más allá. Por eso seguimos pensando que con injustas esas artes y mañas de las que se vale el administrador para no quedarse en la calle, y por eso aun más se nos hace incomprensible muchas veces la parábola cuando aquel amo felicita al administrador injusto por su astucia. No es la astucia en si misma para delinquir lo que se alaba sino el nuevo sentido que se le va a dar a aquellos bienes y riquezas.
Cuando escuchemos la parábola pongámonos nosotros en el lugar, si habla de un administrador, ¿por qué no pensar que somos nosotros ese administrador de esos bienes, o de cuanto Dios ha puesto en nuestras manos? Con otras parábolas entendemos que esos talentos, esos valores, esa riqueza de vida que está en nuestras manos son para que los negociemos, para que hagamos fructificar la vida. De lo contrario seriamos, es cierto, unos irresponsables. Pero ¿qué uso le damos a cuanto tenemos, a eso que hacemos fructificar con nuestro trabajo, solo para una satisfacción personal, para un beneficio propio o con eso que tenemos hemos de pensar en los demás?
El evangelio siempre tenemos que verlo en su conjunto y unos textos nos ayudan a comprender otros. Recordemos, por ejemplo, lo que Jesús le decía a aquel joven rico que viene preguntando qué hacer para heredar la vida eterna. El mensaje final es ‘vende cuanto tienes, compártelo con los pobres y tendrás un tesoro en el cielo’. ¿No podríamos ver aquí la astucia de aquel administrador que usando de aquellos bienes que tiene que administrar está guardando un tesoro en el cielo? Es cierto que las palabras de la parábola pueden darnos la impresión de una intención egoísta e interesada, para tener luego quien le acoja cuando se quede sin nada, que dice la parábola.
Por eso sentenciará Jesús  ‘Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’. En consonancia perfecta con lo que nos dice Jesús en otros momentos del evangelio. Es el sentido y valor que le hemos de dar a lo que tenemos que nunca nos puede encerrar de forma egoísta en nosotros mismos.
Por eso nos hablará por una parte de esa fidelidad nuestra hasta en lo más pequeño, lo que nos puede parecer insignificante, o como son cosas materiales pensamos que tiene poco o menos valor. Esos bienes que poseemos se pueden convertir, es cierto, en una cosa injusta por decirlo de alguna manera, pero depende de cómo los utilicemos, depende del mal uso que nosotros hagamos de ello, o del egoísmo o del desprendimiento con que vivamos la vida y la posesión de las cosas.
Pero ahí también tenemos que ser fieles, porque además no es nuestra riqueza, sino la riqueza también de nuestro mundo y con lo que hagamos de esos bienes podemos hacer que nuestro mundo sea más injusto – por tantas diferencias y desigualdades – o pueda ser mejor porque pueda ser una fuente de vida y de riqueza para los demás. Si no hago fructificar de buena manera lo que tengo no generaré esa riqueza que pueda beneficiar a los demás con su propio trabajo.
¿Qué hacemos de nuestros bienes y nuestras riquezas? Nos preguntábamos al principio. Espero que con esta reflexión seamos capaces de abrir no solo nuestra mente, sino también nuestro corazón para que no tengamos unos bolsillos cerrados. Entendemos.


viernes, 10 de noviembre de 2017

Somos habilidosos en la vida para conseguir la satisfacción de nuestros intereses materiales pero no lo somos tanto para buscar los verdaderos valores que hagan un mundo mejor


Somos habilidosos en la vida para conseguir la satisfacción de nuestros intereses materiales pero no lo somos tanto para buscar los verdaderos valores que hagan un mundo mejor

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8

Qué habilidosos somos en la vida cuando queremos conseguir algo que nos satisfaga o vaya bien a nuestros intereses. Somos capaces de darle vueltas y vueltas a las cosas hasta que encontremos ese resquicio por donde podamos entrar, ya sea porque queremos ganarnos la confianza de alguien para que nos facilite lo que deseamos, ya sea moviendo los hilos de lo que sucede para presentarlo a nuestro favor o para que podamos alcanzar aquello que deseamos.
Tenemos nuestras propias escalas de valores según nuestros intereses y hasta tenemos la tentación de saltarnos a la torera, como se suele decir, aquellos principios que en otro momento invocamos para manifestar la rectitud de nuestra vida. claro que cuando tenemos bien fundamentados nuestros principios y valores morales ya nada nos podrá mover y no andaremos con esos juegos que puedan convertirse un tanto peligrosos para nuestra propia integridad moral.
Pero así son las cosas de la vida, así vemos actuar a nuestro alrededor, y algunas veces pudiera parecer que los que queremos seguir el camino de Jesús por ese lado no andamos con tanta astucia y habilidad para luchar por lo bueno.
Los evangelios de san Lucas que venimos escuchando estos días en la liturgia creo que entre otras cosas – siempre podemos encontrar un amplio mensaje de vida en toda página del evangelio – nos están hablando de esa responsabilidad con que hemos de actuar en la vida, sabiendo que es un don de Dios, que somos unos administradores o gerentes de esa vida y esos valores que tenemos y un día hemos de rendir cuentas de lo que hemos hecho de nuestra vida. Es la actitud del autentico creyente que implica toda su vida en esa fe que profesa.
Hoy el evangelio nos habla de un administrador que ya de antemano decimos que era injusto. El amo le pedía cuentas de su administración y las cuentas parece que no iban por buen camino; se veía en la calle y sin tener donde trabajar, por eso se vale de sus artimañas para lograrse amigos con el dinero injusto para cuando se viera despedido. No es un ejemplo de rectitud y responsabilidad lo que nos propone Jesús.
Alguien quizás haciendo una lectura superficial de la parábola podría pensar que Jesús nos está proponiendo un mal ejemplo para nuestra vida en el actuar de aquel hombre. Jesús quiere solamente destacar como para nuestras cuestiones materiales o económicos somos demasiado listos, pero que en las cosas que verdaderamente importante no ponemos a juego todo nuestro ingenio. De ahí la sentencia con que termina la parábola  - ‘Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz’ – con lo que nos quiere dejar su mensaje.
Hablábamos antes de escalas de valores que hemos de tener en nuestra vida y como conforme a ello tendríamos que actuar. Lo que es verdaderamente importante es donde tendríamos que poner más empeño y por lo que tendríamos que luchar. Desde ahí tendríamos que ver qué lugar ocupa Dios en nuestra vida y lo que es el cumplimiento de su voluntad; qué lugar le damos al evangelio de Jesús como camino de nuestra verdadera salvación y si de verdad tratamos de empaparnos de sus valores; que lugar ocupa en nuestra vida todo lo que hace referencia nuestra relación con Dios y lo que son los valores espirituales; qué empeño ponemos en ser fieles de verdad en nuestro sentido cristiano de la vida sin dejarnos arrastrar por influencias que nos puedan venir de acá o de allá.
Avaloresí tendríamos que preguntarnos también qué valoración hacemos de la persona, de toda persona, y el respeto que a todos tenemos sin ningún tipo de discriminación; y tendríamos que seguir preguntándonos quizá muchas cosas en referencia a nuestro compromiso por la verdad y por la justicia, o cómo nos comprometemos de verdad por hacer que nuestro mundo sea mejor.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Ojalá nos afanáramos en las cosas de Dios al menos de forma parecida a como nos afanamos por nuestros intereses mundanos

Ojalá nos afanáramos en las cosas de Dios al menos de forma parecida a como nos afanamos por nuestros intereses mundanos

Filp. 3, 17-4, 1; Sal. 121; Lc. 16, 1-8
Confieso que si nos quedamos en la literalidad de la parábola y no tratamos de descubrir qué es lo que realmente Jesús quería decirnos con ella nos quedaríamos ciertamente desconcertados porque el ejemplo que se nos pone es el de un administrador corrupto que se vale de su cargo y de sus influencias, primero para ocultar lo injustamente que ha administrado lo que se le había confiado y ahora para salvar el pellejo - por decirlo de una forma vulgar -  ante lo que se le venía encima al descubrirse todos sus farfullos. Qué parecido más grande a lo que estamos escuchando todos los días en los medios de comunicación de la corrupción que invade nuestra sociedad.
Pero la clave la tenemos en lo que Jesús nos dice al terminar de relatarnos el hecho de la parábola y decirnos incluso que ‘el amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido’ y Jesús añade: ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’.
 ¿Qué nos quiere decir entonces el Señor hoy a nosotros con esta parábola que nos ha propuesto con tales ejemplos? Por supuesto no es ese estilo de maldad del que hemos de llenar nuestro corazón. Pero sí nos viene a decir que si en los asuntos del mundo, en nuestros negocios y ganancias, en aquellos cosas que nos interesan mucho somos tan afanosos que buscamos la manera de sacarlos adelante y hacer que las cosas nos salgan bien y con ganancias, si nos llamamos cristianos y decimos que es importante para nosotros la fe que tenemos y que es un sentido para nuestra vida y para transformar nuestro mundo, ¿por qué en eso no ponemos tanto empeño? ¿Será que no es tan importante como decimos para nosotros la fe y el sentido cristiano de la vida?
Sería un punto importante para nuestra reflexión y para preguntarnos qué valor le damos a nuestra fe, a nuestra vida religiosa, al evangelio, a los valores que Jesús trata de trasmitirnos, a esos principios cristianos que tendrían que dar sentido a nuestra vida y a todo lo que hacemos.
Con serenidad analicemos fríamente nuestra vida; cuando entran en conflicto nuestros principios y valores cristianos con otros intereses que tengamos en la vida, ¿qué hacemos? ¿Por qué nos inclinamos? Con qué facilidad se cierran los ojos de la conciencia para dejar a un lado los principios éticos que tendrían que conformar nuestra vida.
Cuando en nombre de los valores del evangelio nos damos cuenta que estamos nadando a contracorriente de lo que hace la mayoría de la gente, o que quizá por presentarnos con nuestros principios y valores vamos a tener en contra a la gente de nuestro alrededor, ¿cómo reaccionamos? ¿nos mantenemos firmes en nuestros principios y valores o nos dejamos llevar por lo que van a decir y nos dejamos arrastrar por lo que hace la mayoría que no tiene esos principios y valores?
Cuando se chocan nuestros deberes religiosos por ejemplo de asistencia a la misa del domingo, con otras cosas que se nos propongan hacer incluso desde el ámbito de nuestras familias, ¿somos capaces de mantenernos fieles a nuestros deberes religiosos y a nuestra misa del día del Señor, por ejemplo, o lo dejamos fácilmente porque queremos irnos de fiesta o de excursión?
Es lo que nos preguntábamos si en verdad nuestra fe y nuestros valores cristianos son los más importantes para nuestra vida. Algunas veces le damos a Dios las migajas de lo que nos sobra, porque el tiempo lo tenemos primero para otros intereses que para dedicárselo al Señor, que es el que nos ha dado el tiempo y la vida.
Por eso hemos escuchado tantas veces a Jesús que nos dice que lo de construir nuestra vida cristiana es algo que tenemos que tomárnoslo en serio y nos invitaba en estos días a reflexionar seriamente sobre ello.
Tenemos que aprender, reflexionando mucho sobre nuestra fe y lo que nos pide Jesús, a darle importancia de verdad a lo que tiene la primera importancia. Ojalá nos afanáramos en las cosas de Dios al menos de forma parecida a como nos afanamos por nuestros intereses mundanos. 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Responsabilidad, justicia y solidaridad para hacer un mundo mejor

Amós, 8, 4-7; Sal. 112; 1Tim. 2, 1-8; Lc. 16, 1-13
Lo malo nunca lo podemos imitar, pero de todo, sin embargo, podemos sacar lecciones. Es lo que nos sucede hoy con la parábola del evangelio. Suele desconcertar a muchos. ¿Cómo puede narrarnos Jesús una historia de sobornos, injusticias, malversaciones y ambiciones egoístas? Es lo que puede resultar chocante para muchos si no profundizamos bien en lo que Jesús quiere decirnos.
En las cosas materiales habitualmente somos muy sagaces y cuando se trata de ganancias nos afanamos sin medida, porque todo nos puede parecer poco. Si somos tan astutos y afanosos en esas cosas de interés material, que son siempre cosas caducas y efímeras, ¿cómo no es que ponemos tanto empeño en aquellas cosas que verdaderamente merecen la pena? Claro que primero que nada hemos de tener claro qué es lo verdaderamente importante para nosotros. Quizá tendríamos que hacernos una revisión de nuestra escala de valores. Pero se supone que un cristiano, un discípulo de Jesús tiene bien claro cuál ha de ser la meta de su vida y qué es lo verdaderamente importante, aunque nos sintamos tentados por muchas cosas.
A alguien le pudiera extrañar que al final de la parábola Jesús alabe a aquel administrador injusto por la astucia con que actuó. Fijémonos que ya nos lo describe como un hombre injusto, un hombre que está obrando una injusticia. Pero lo que quiere Jesús decirnos es que los hijos de la luz tendríamos que ser más astutos en los asuntos espirituales y que dan verdadera grandeza al hombre. ‘Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido’. Y continua diciéndonos Jesús: ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’.
Nos habla a continuación de cómo tenemos que aprender a ser fieles en las cosas pequeñas, porque será de la única manera que luego seremos capaces de ser fieles en las cosas importantes. ‘El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado’, viene a sentenciarnos Jesús.
Con ello nos está diciendo Jesús que también esas cosas materiales de las que tenemos que valernos, como es el dinero, hemos de aprender a actuar siempre con honradez, con justicia y con sensibilidad también para aquellos que menos tienen. Recordaríamos aquí lo que en otro momento nos ha dicho de guardarnos un tesoro en el cielo, porque no apeguemos nuestro corazón a los tesoros de la tierra, sino que sepamos generosamente compartir para beneficiar también a los que están a nuestro lado y pudieran tener menos que nosotros.
No caben en un cristiano posturas y actitudes egoístas y ambiciosas que nos encierren en nosotros mismos y nos hagan olvidarnos de los que están a nuestro lado. Lo que tenemos o lo que poseemos no está en nuestras manos para un beneficio egoísta en el que solo pensemos en nosotros mismos, sino también hemos de ver como podemos beneficiar a los demás.
Siempre recuerdo lo que un empresario cristiano, muy consciente de sus responsabilidades y de su fe, de sus sentimientos cristianos y de la ética de su vida, me decía en una ocasión; me comentaba que con lo que tenía podía vivir cómodamente sin tener que meterse en empresas y obras nuevas cada día, pero me decía que si lo hacía así no era por las ganancias que para él pudiera tener sino porque así estaba colaborando a que muchos tuvieran trabajo y pudieran tener un futuro mejor. Espero que siga con esos buenos sentimientos en su corazón.
Hoy nos dice Jesús: ‘Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’. Nos habla entonces de la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida; una responsabilidad que tiene un carácter social porque desde el desarrollo de nuestras responsabilidades personales podemos estar contribuyendo, tenemos que estar contribuyendo al bien y a la mejora de nuestro mundo.
Pero nos habla también Jesús de cómo hemos de tener cuidado en el manejo de estas cosas terrenas para que no se nos apegue el corazón. El brillo del oro es muy encantador, el brillo de las riquezas nos encanta el corazón y nos subyuga esclavizándonos. Y cuando nos hacemos esclavos de esas cosas materiales se nos endurece el corazón, comenzamos a darle más importancia a las cosas que a las personas, rompemos las relaciones fraternales que tendríamos que tener los unos y los otros, tratamos de manipularnos buscando que todo esté a nuestro servicio o al servicio de nuestras ganancias, y en nuestra ambición y sueños de poder y de grandeza terminamos siendo unos ogros los unos contra los otros.
En la primera lectura el profeta nos hacía una tremenda descripción de lo que sucedía entonces, pero que es una buena descripción de lo que sigue sucediendo hoy. Tendríamos que hacer una lectura del profeta poniendo nombre de situaciones y de cosas que pasan hoy también en nuestro mundo.
Cómo nos destrozamos mutuamente y cómo destrozamos la convivencia y la armonía de nuestro mundo, cómo llegamos a destrozar incluso la naturaleza cuando nos dejamos arrastrar por esas ambiciones de grandezas y poder y por esos brillos del oro y las riquezas.  ¿Qué está detrás de esas guerras que destrozan nuestra humanidad sino la ambición de ganancias y de poder?
En la segunda lectura de la carta de san Pablo a Timoteo el apóstol nos pedía hacer oraciones, plegarias y súplicas por todos los hombres, y nos decía de forma muy concreta, ‘por todos los que ocupan cargos, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible con toda piedad y decoro’. Oramos, sí, por la paz - ‘una vida tranquila y apacible’ que decía el apóstol -, pero oremos también para que haya mayor justicia en nuestro mundo. Oremos para que los dirigentes de nuestra sociedad se conduzcan por caminos que nos lleven a una verdadera paz desde una mayor justicia, y que nunca las ambiciones de poder y de grandeza los cieguen, porque eso sería malo para nuestro mundo.
Recordemos finalmente lo que terminaba diciéndonos Jesús. ‘Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Busquemos y afanémonos por lo que verdaderamente es importante


Rom. 15, 14-21;

Sal.97;

Lc. 16, 1-8

¿Cuáles son las cosas verdaderamente importantes para nosotros en las que ponemos más empeño, atención y esfuerzo? A veces no tenemos clara la verdadera escala de valores que tendríamos que hacer en nuestra vida para darle mayor importancia a lo que en verdad lo tiene.

Es cierto que vivimos rodeados de cosas materiales que vamos utilizando en el dia a día de nuestra vida, porque son necesidades, o son cosas de las que nos valemos en nuestra relación con los demás o incluso para nuestro propio sustento. Pero bien sabemos que no todo se puede quedar en lo material, o en lo que puedan ser nuestras ganancias sino que tenemos que saber descubrir otros valores que den un sentido hondo a nuestra vida.

No siempre es fácil. Y es ahí donde nos preguntamos cuáles son las cosas realmente importantes para nosotros en la vida. Ojalá supiéramos poner el mayor esfuerzo en lo que realmente vale, sepamos descubrir valores espirituales que enriquecen nuestra vida. Y ojalá supiéramos valorar nuestra fe, nuestra vida espiritual, nuestra vida cristiana y en ello pusieramos mayor empeño.

Creo que en todo esto nos puede hacer pensar la parábola que escuchamos en el evangelio. Realmente nos presenta unas situaciones injustas, porque por una parte aparece la mala administración que había llevado aquel hombre de los bienes que se le habían confiado, y la actuación que hace al final para cubrirse las espaldas no podemos decir que sea un actuar justo y honrado.

La clave nos la dan las palabras finales de la parábola. ‘El amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido…’ Y sentencia Jesús como broche final: ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’. Ya lo define como un administrador injusto, luego su forma de proceder no era justa y por supuesto no es un buen ejemplo para nuestro actuar. Pero si lo alaba el amo es por la astucia.

¿Nos afanamos nosotros así por las cosas de Dios? ¿Nos preocupamos de verdad de nuestra fe, de cuidarla y alimentarla para que se mantenga viva cualquiera que sea la situación en la que vivamos? ¿Buscamos con ahinco los verdaderos valores que enriquezcan de verdad nuestra vida?

Frases como que los negocios son los negocios, y entonces podemos hacer lo que sea para salir adelante prescindiendo de toda ética y moralidad, las escuchamos con frecuencia. Otras veces hablamos de que primera está la obligación que la devoción, como para dejar a un segundo término todo lo que se refiera a nuestra relación con Dios, son cosas que escuchamos o decimos con frecuencia. Y así podríamos pensar en muchas cosas en ese sentido, donde hemos perdido la verdadera escala de valores de nuestra vida.

Los que estamos aquí viviendo esta Eucaristía nos decimos creyentes; por fe hemos venido al encuentro con el Señor en nuestra celebración para escuchar su Palabra y alimentarnos con la fuerza de su gracia que nos regala en la Eucaristía. Cuidemos, pues, nuestra fe. Vivámosla con toda intensidad. Tratemos de alimentarla con la gracia del Señor y en la escucha de la Palabra de Dios. Cultivemos de verdad nuestra vida cristiana.

Tenemos una riqueza grande en la posibilidad que se nos ofrece cada día de escuchar la Palabra de Dios y celebrar la Eucaristía. Que en verdad nuestra celebración, nuestra oración, nuestra fe la pongamos como verdedero centro de nuestra vida, como verdadero motor de todo lo que hacemos y vivimos. Y desde la luz de la Palabra de Dios que escuchamos y con la fuerza del Señor que recibimos en la Eucaristía tratemos de empapar toda nuestra vida del sentido de Dios.