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domingo, 19 de julio de 2020

Pongamos verdadera humanidad en la vida porque entonces amamos, hacemos el bien, brillará la verdad, resplandecerá la justicia y haremos un mundo de paz


Pongamos verdadera humanidad en la vida porque entonces amamos, hacemos el bien, brillará la verdad, resplandecerá la justicia y haremos un mundo de paz

Sabiduría 12, 13. 16-19; Sal 85;  Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30
La gloria y el poder del Señor se manifiestan en la misericordia. No lo podemos olvidar. No podemos pensar que el poder de Dios todopoderoso se manifiesta en una justicia implacable y vengativa que no deja lugar a la misericordia y al perdón.
Quizás nos choque este pensamiento con nuestra manera de actuar. Si no, pensemos, en cómo nos ponemos de violentos cuando constatamos algunas de las injusticias que los hombres cometemos y como gritamos cuando quizá no podemos hacer otra cosa porque vemos algo que no nos gusta, no nos agrada y pensamos que está mal. Allí quisiéramos descargar todo nuestro poder lleno de violencia, si lo tuviéramos, para que se corrija eso que consideramos injusto y si estuviera de nuestra parte haríamos desaparecer a quien así se comporte.
Esa justicia que a veces reclamamos tendríamos que llamarla venganza porque llenamos nuestro corazón y nuestros actos de violencia y de destrucción. Repito,  ¿qué es lo que hacemos cuando reclamamos algo o cuando queremos que se enmiende o corrija aquello que consideramos que no está bien si no lo conseguimos tan pronto como nosotros lo pensamos?
Pero como comenzamos diciendo la gloria y el poder del Señor se manifiestan en su misericordia. Es lo que hoy nos enseña la Palabra de Dios proclamada en este domingo. Tanto esas bellas consideraciones del libro de la Sabiduría como luego la parábola del evangelio. ‘Porque tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos… tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia… Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano…’ Indulgencia, moderación, humanidad han de ser la forma de actuar. Así se manifiesta el poder del Señor.
Vuelve a hablarnos Jesús en parábolas y emplea de nuevo la imagen de la semilla. Ha sido la buena semilla que se ha sembrado en el campo, pero en el que de pronto aparecen brotes de malas semillas. El enemigo en la noche las había sembrado. Ahí estás los buenos deseos de los jornaleros que trabajan aquel campo para en su buena voluntad querer ir arrancando una a una aquellas plantas de cizaña que han brotado en medio del trigo.
Una imagen de la vida, del mundo en el que vivimos. Como nos dice el Génesis cuando Dios lo creó vio que todo era bueno. Pero ahora constatamos el mal que anda metido en medio del mundo. Pronto había aparecido si seguimos aquellas primeras páginas del Génesis porque por allí estaba la serpiente tentadora que hizo caer a Eva y a Adán; por allá aparecieron los orgullos y las envidias de Caín que le llevaron a la muerte de su hermano, y así podríamos seguir contemplando página a página de la Biblia.
Es nuestra vida, es nuestro mundo, porque ni nosotros somos tan buenos que tantas veces se nos mete la malicia en el corazón traducida en nuestros orgullos y violencias, y al mismo tiempo contemplamos la realidad del mundo que nos rodea tan lleno de las cizañas de las injusticias y la violencias, de insolidaridad y desamor.
También en nosotros cuando se nos despierta la conciencia surgen los deseos de arreglar nuestro mundo, de arrancar tanta mala cizaña como contemplamos, pero ya sabemos bien la forma cómo reaccionamos en muchas ocasiones ante ese mal que envuelve nuestro mundo. Un poco aquello que ya reflexionábamos al principio. Clamamos justicia que muchas veces es venganza o es alimentar más las violencias de la vida que nada solucionan.
Tenemos que escuchar las palabras del amo de aquel campo de la parábola que nos pide paciencia hasta el final no vayamos a arrancar mezclados la buena y la mala simiente. No significa eso un cruzarnos de brazos ante ese mal que nos rodea porque tenemos que luchar contra el mal buscando caminos que nos ayuden a hacer un mundo mejor. Porque esa es la transformación que tenemos que realizar.
El amor y la paz de los que queremos llenar nuestro mundo no se imponen a la fuerza sino que se contagian. Por eso la grandeza de nuestra vida que tenemos que manifestar lo tenemos que hacer a través de la misericordia, la indulgencia, la moderación, el verdadero amor que haga crecer nuestra humanidad pero también la humanidad de los que están a nuestro lado, como nos enseñaba el libro de la Sabiduría que hoy hemos escuchado.
Ojalá aprendamos la lección. Ojalá aprendamos a poner más humanidad en nuestra vida. Ojalá llenemos nuestras entrañas de misericordia para que con la dulce miel del amor sepamos atraer a los que se ven envueltos en caminos de violencia, de insolidaridad e injusticia a cambiar su corazón y a poner verdadera humanidad en su vida. Porque cuando somos humanos de verdad amamos, hacemos el bien por encima de todo, haremos brillar la verdad, resplandecerá la justicia, tendremos un mundo lleno de armonía y de paz.
La gloria y el poder del Señor se manifiestan en la misericordia. No lo podemos olvidar. Es en lo que tiene que resplandecer también nuestra vida.


lunes, 12 de noviembre de 2018

Todos necesitamos encontrarnos con esa mano y esa mirada compasiva y misericordiosa que nos hace llegar la misericordia y el amor de Dios y así hacer un mundo más hermoso


Todos necesitamos encontrarnos con esa mano y esa mirada compasiva y misericordiosa que nos hace llegar la misericordia y el amor de Dios y así hacer un mundo más hermoso

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Cuando contemplamos cómo la inmoralidad, la falta de ética, la poca honradez en las responsabilidades que cada uno tiene que asumir, la maldad que llena los corazones o la falta de escrúpulos o sensibilidad para no hacer daño a nadie nos va invadiendo y de alguna manera sentimos como se contagia y a nosotros también nos puede contagiar, sentimos una repulsa tremenda en nuestro corazón y al mismo tiempo como impotentes sin saber qué hacer o cómo hacer. Parece como que quisiéramos destruirlo todo para recomenzar de nuevo haciendo que el mundo sea mejor, pero no siempre parece que pueda estar en nuestras manos.
Jesús nos está diciendo hoy que ese mal que tanto daño hace a los demás tenemos que arrancarlo de raíz, aunque sabemos que es bien difícil y a todos, creo que lo sabemos por experiencia propia, nos cuesta cambiar muchas cosas en nuestra vida que sabemos que no siempre son buenas. Como nos dirá en otro momento con la parábola de la buena semilla y la cizaña, sabemos que han de crecer juntas siendo al final cuando serán separadas del todo. Será para nosotros un acicate que nos hará mantenernos siempre muy vigilantes para no dejarnos contagiar por ese mal. Es la lucha que cada día hemos de mantener en la vida buscando por encima de todo lo bueno y alejándonos de lo malo.
Pero por otra parte nos habla Jesús de la paciencia de Dios que siempre está esperando nuestro cambio y nuestra conversión. No nos da por irremediablemente malos, sino que continuamente nos está regando con su gracia para que demos el paso a esa transformación.
Hoy nos habla Jesús también del perdón. Una disposición y una actitud necesaria siempre en nuestro corazón. Y es que como nosotros nos sentimos también pecadores y débiles, que nos cuesta recuperarnos y rehacer nuestra vida y siempre estamos tropezando, eso tiene que hacernos humildes para ser comprensivos con los demás, sea cual sea el mal que hayan podido hacer.
Algunas veces parece que hacemos distinciones entre lo que los otros pudieran hacer, y decimos con mucha facilidad ‘eso yo  no se lo perdono’. Pero ¿es así la actitud del corazón de Dios? ¿Y no nos dice Jesús en el evangelio que hemos de ser compasivos y misericordiosos como lo es el Señor siempre compasivo y misericordioso? Para que Dios nos perdone a nosotros si tenemos en cuenta esas palabras, pero para nosotros tener esa disposición y actitud para con los demás, ya somos distintos.
Es la imagen que misericordia que siempre tiene que tener la Iglesia para con los pecadores, sea cual sea su pecado. Pero en ocasiones parece que un poco se deja arrastrar por influencia mediática del mundo, por las actitudes justicieras de tantos alrededor y no muestra del todo ese corazón misericordioso. Y el pecador, por muy grande que sea su pecado, está ansiando encontrar esa misericordia, esa comprensión, esa mano como la de Jesús que levantaba a los enfermos y a los pecadores y a todos se acercaba sin hacer distinción, pero muchas veces quizás no la encuentra.
Todos necesitamos encontrarnos con esa mano y esa mirada compasiva y misericordiosa. Todos tenemos que mostrarnos igualmente compasivos y misericordiosos en todo momento con el hermano que ha tropezado y ha caído y saber tender la mano para ayudarlo a levantarse y hacer que se encuentre la infinita misericordia de Dios.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Frivolidad, superficialidad, vanidad una espiral que nos lleva a caminos de injusticia y de muerte


Frivolidad, superficialidad, vanidad una espiral que nos lleva a caminos de injusticia y de muerte

2Tesalonicenses 3,6-10.16-18; Sal 127; Marcos 6, 17-29

Qué fáciles somos a veces para hacer promesas; en medio del entusiasmo, o en la angustia de los problemas, prometemos y prometemos sin pensarnos en lo que decimos y así luego nos sentiremos. Ya sea desde momentos positivos o de entusiasmo por los que estemos pasando, porque nos gusten determinadas cosas, o motivados por el ambiente que nos rodea, o ya sea en momentos difíciles de los que queremos salir en los que nos prometemos quizá a nosotros mismos que no volveremos a pasar por una situación semejante porque ya haremos lo que sea por actuar de otra manera.
Unas veces pronto olvidamos lo que prometimos manifestando así la superficialidad con que actuamos, en otras ocasiones vamos posponiendo el cumplimiento de lo prometido porque quizá así andamos en la vida de cosas en cosa como una mariposa de flor en flor, en otras ocasiones nos sentimos obligados y comprometidos en lo que prometimos, ya sea por la seriedad con que nos lo tomamos, ya sea también influenciados por los respetos humanos pensando en lo que puedan decir quienes conozcan nuestras promesas y ven que no las cumplimos.
Pero algo en lo que queríamos fijarnos siendo cierta toda esta realidad que comentamos es la frivolidad y ligereza con que en ocasiones nos hacemos promesas, a nosotros mismos, o a los demás, no sabiendo luego cómo salir del paso o la forma de poder cumplirlas. Promesas, juramentos, votos que tendríamos que cumplir son cosas que hay que tomarse con mucha seriedad y no se pueden hacer a la ligera; bien sabemos como hay gente que no quita de sus labios la palabra ‘lo juro’, que más que un juramento es realmente una muletilla a la que al final ni hacemos caso cuando nos prometen algo.
Son reflexiones que tenemos que hacernos, cosas que tenemos que revisar en el actuar de nuestra vida y todo momento es bueno para la reflexión. Hoy me ha surgido esta reflexión viendo la ligereza y frivolidad con que actuaba el rey Herodes en que todo para el se convertía en deseos de diversión y pasarlo bien.
Claro que estamos ante una página del evangelio que tiene su propio dramatismo. Nos viene a narrar el martirio del Bautista. Y en torno a este hecho aparecen multitud de situaciones, actitudes y posturas que nos pueden decir muchas cosas para nuestra vida. Es el testimonio de la fidelidad a la Palabra en la propia figura del Bautista.
Su misión había sido preparar los caminos del Señor y al mismo tiempo que nos señalaba las sendas por los que habíamos de transitar para acoger al Mesías Salvador que nos llegaba también había de denunciar lo malo que habría en nuestra vida y que tendríamos que arrancar en nosotros. Los valles y colinas que había que aplanar, los caminos que habría que enderezar.
Es la postura valiente y profética que mantiene ante el rey Herodes cuya vida frivolidad, de injusticia y de pecado denuncia. Herodes, aunque se nos dice que apreciaba a Juan y le agradaba escucharle, instigado por la mujer con la que convivía – motivación de las denuncias de Juan – termina por meterlo en la cárcel. Pero Herodías sigue instigando y se encontrará ocasión y momento en una de aquellas fiestas a las que es tan dado Herodes. Bailó la hija de Herodías y en el frívolo entusiasmo de Herodes le promete cuanto quisiera pedirle, aunque fuera la mitad de su reino. Es la ocasión que esperaba Herodías, para que su hija pida en una bandeja la cabeza de Juan.
Ahí vemos esa espiral de frivolidades y desenfreno que viene a culminar en la muerte del Bautista. Herodes, inconsciente de lo que ha prometido, ahora se ve condicionado por los respetos humanos y la propia frivolidad de su vida. Accede a lo que pide la hija de Herodías y se culmina en la muerte de Juan Bautista. Es la voz que se quiere silenciar, pero que seguirá siendo, incluso a través de la historia, un grito contra la tiranía y la injusticia en la muerte de tantos inocentes.
Era la voz que anunciaba la llegada del Mesías y la preparación de los caminos del Señor que muchas maneras querían acallar, pero es la voz que se sigue oyendo desde su martirio invitándonos también a la fidelidad aunque nos cueste la muerte.
Es la voz que nos señala caminos de rectitud y de justicia que nos seguirá señalando allá en nuestro interior esas frivolidades de la vida de las que nos hemos de arrancar para saber actuar siempre en toda rectitud y justicia.
Es la voz que sigue invitándonos a que le demos verdadera profundidad a nuestra vida alejándonos de superficialidades, de vanidades o de respetos humanos para darle un verdadero sentido a cuanto hagamos y no lo hagamos así porque si sin pensar bien en lo que nos comprometemos o el rumbo que queremos darle a nuestra vida.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Como creyentes ponemos toda nuestra confianza en Dios que se nos manifiesta en la rectitud de tantos que hacen el bien y que le dan sentido de humanidad a nuestro mundo

Como creyentes ponemos toda nuestra confianza en Dios que se nos manifiesta en la rectitud de tantos que hacen el bien y que le dan sentido de humanidad a nuestro mundo

Sabiduría 18,14-16; 19,6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8
La parábola que nos propone Jesús, como nos dice el evangelista, tenía una intención muy clara; quería enseñar a sus discípulos a tener esperanza y confianza en la oración, porque a quien oramos es a un Dios que es nuestro Padre. Pero en las palabras de Jesús podemos encontrar mucho más.  Como se suele decir en expresión muy del pueblo llano no da puntada sin hilo.
Pero tal como sucede en las parábolas Jesús parte de situaciones humanas que Vivian los hombres de su tiempo, muy semejantes en muchas ocasiones a las que nosotros seguimos viviendo hoy. Se trata de una mujer que pide justicia para la situación en la que vive; pero a quien acude es a un juez, que precisamente no parece que brille por la justicia y la imparcialidad. Se trataba de un juez que ni temía a Dios ni sentía ningún respeto por los hombres, por las personas. La imagen es muy dura.
No es solo ya que no temiera a Dios, lo que era inconcebible en un pueblo creyente como era el pueblo judío que centraba toda la historia de su vida y de su existencia en Dios, sino que además no sentía ningún respeto por las personas. ¿Cuál era su justicia?, nos podríamos preguntar. No es que toda la humanidad sea así pero está haciéndonos un retrato de situaciones en las que nos podemos encontrar. No todo el mundo es malo, tampoco podemos decir que los que no sean creyentes no vivan una honradez y una rectitud en su vida con unos principios y también con unos valores.
El respeto por la persona, por toda persona sería algo que, digámoslo así, esta como inscrito o grabado en lo más hondo de todo ser humano. La humanidad en la que creemos todos los hombres, aunque luego tengamos diversos y dispares planteamientos, se basa en ese respeto del  hombre, en ese respeto de toda persona.
Aunque luego podamos encontrarnos quien se haya dejado meter en su corazón tal maldad desde sus orgullos o sus ambiciones que no solo no respete a toda persona, sino que en su injusticia y maldad le hace daño, pretende destruir a quien pueda estar en posiciones enfrentadas a él, y prevalezca su egoísmo y la insolidaridad.
Pero como ya hemos reflexionado más de una vez no nos tenemos que sentir aturdidos por el mal que contemplemos en el mundo que nos rodea. Aunque es una realidad no significa que todo el mundo sea así; algunas veces nos ponemos pesimistas y nos parece verlo todo negro.
Pero hemos de saber descubrir las buenas luces que también brillan; donde menos lo pensamos hay una persona de bien, que busca lo bueno, que quiere ser honrada, que evita hacer daño a los demás, que busca también la justicia, aunque quizá en todas las cosas no piense como nosotros. Pero esas luces pequeñas o grandes que podamos descubrir con buenos ojos nos llenan de esperanza.
Como creyentes que ponemos nuestra esperanza en Dios, sabemos que Dios actúa también en esas personas, a través de esas cosas buenas que en la rectitud de sus vidas quieren también hacer. Como creyentes vemos en ellas también la acción de Dios. Por eso, como nos invita la parábola que hoy nos propone Jesús, hemos de tener esperanza, poner toda nuestra confianza en Dios que el Señor se manifestará a nuestro lado a través también de esas circunstancias de la vida.
Hemos de tener esperanza y por eso también oramos a Dios de que el bien prevalezca y brille, que los corazones de los hombres se pueden ablandar, que la buena semilla un día producirá sus frutos, que la bondad de tantos corazones buenos puede contagiar también a los demás, que entre todos podemos hacer que haya verdadera humanidad y nuestro mundo sea cada vez mejor.
Oramos y oramos con confianza; oramos perseverantes en nuestra oración; oramos a Dios que es nuestro Padre y siempre nos atenderá y nos mostrará su gracia.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Somos habilidosos en la vida para conseguir la satisfacción de nuestros intereses materiales pero no lo somos tanto para buscar los verdaderos valores que hagan un mundo mejor


Somos habilidosos en la vida para conseguir la satisfacción de nuestros intereses materiales pero no lo somos tanto para buscar los verdaderos valores que hagan un mundo mejor

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8

Qué habilidosos somos en la vida cuando queremos conseguir algo que nos satisfaga o vaya bien a nuestros intereses. Somos capaces de darle vueltas y vueltas a las cosas hasta que encontremos ese resquicio por donde podamos entrar, ya sea porque queremos ganarnos la confianza de alguien para que nos facilite lo que deseamos, ya sea moviendo los hilos de lo que sucede para presentarlo a nuestro favor o para que podamos alcanzar aquello que deseamos.
Tenemos nuestras propias escalas de valores según nuestros intereses y hasta tenemos la tentación de saltarnos a la torera, como se suele decir, aquellos principios que en otro momento invocamos para manifestar la rectitud de nuestra vida. claro que cuando tenemos bien fundamentados nuestros principios y valores morales ya nada nos podrá mover y no andaremos con esos juegos que puedan convertirse un tanto peligrosos para nuestra propia integridad moral.
Pero así son las cosas de la vida, así vemos actuar a nuestro alrededor, y algunas veces pudiera parecer que los que queremos seguir el camino de Jesús por ese lado no andamos con tanta astucia y habilidad para luchar por lo bueno.
Los evangelios de san Lucas que venimos escuchando estos días en la liturgia creo que entre otras cosas – siempre podemos encontrar un amplio mensaje de vida en toda página del evangelio – nos están hablando de esa responsabilidad con que hemos de actuar en la vida, sabiendo que es un don de Dios, que somos unos administradores o gerentes de esa vida y esos valores que tenemos y un día hemos de rendir cuentas de lo que hemos hecho de nuestra vida. Es la actitud del autentico creyente que implica toda su vida en esa fe que profesa.
Hoy el evangelio nos habla de un administrador que ya de antemano decimos que era injusto. El amo le pedía cuentas de su administración y las cuentas parece que no iban por buen camino; se veía en la calle y sin tener donde trabajar, por eso se vale de sus artimañas para lograrse amigos con el dinero injusto para cuando se viera despedido. No es un ejemplo de rectitud y responsabilidad lo que nos propone Jesús.
Alguien quizás haciendo una lectura superficial de la parábola podría pensar que Jesús nos está proponiendo un mal ejemplo para nuestra vida en el actuar de aquel hombre. Jesús quiere solamente destacar como para nuestras cuestiones materiales o económicos somos demasiado listos, pero que en las cosas que verdaderamente importante no ponemos a juego todo nuestro ingenio. De ahí la sentencia con que termina la parábola  - ‘Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz’ – con lo que nos quiere dejar su mensaje.
Hablábamos antes de escalas de valores que hemos de tener en nuestra vida y como conforme a ello tendríamos que actuar. Lo que es verdaderamente importante es donde tendríamos que poner más empeño y por lo que tendríamos que luchar. Desde ahí tendríamos que ver qué lugar ocupa Dios en nuestra vida y lo que es el cumplimiento de su voluntad; qué lugar le damos al evangelio de Jesús como camino de nuestra verdadera salvación y si de verdad tratamos de empaparnos de sus valores; que lugar ocupa en nuestra vida todo lo que hace referencia nuestra relación con Dios y lo que son los valores espirituales; qué empeño ponemos en ser fieles de verdad en nuestro sentido cristiano de la vida sin dejarnos arrastrar por influencias que nos puedan venir de acá o de allá.
Avaloresí tendríamos que preguntarnos también qué valoración hacemos de la persona, de toda persona, y el respeto que a todos tenemos sin ningún tipo de discriminación; y tendríamos que seguir preguntándonos quizá muchas cosas en referencia a nuestro compromiso por la verdad y por la justicia, o cómo nos comprometemos de verdad por hacer que nuestro mundo sea mejor.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Transformemos nuestra vida y comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios, el cielo nuevo y la tierra nueva en que reine la justicia y el amor

Transformemos nuestra vida y comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios, el cielo nuevo y la tierra nueva en que reine la justicia y el amor

Amós 6, 1a. 4-7; Sal 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31
‘Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba’.
Así comienza Jesús la parábola. Una real descripción no solo de cosas que sucedían en tiempos de Jesús, sino una muy cruda descripción de lo que sigue sucediendo en el mundo de hoy. Y no son casos aislados sino que es una realidad muy palpable en nuestra sociedad actual. La pobreza no es una imaginación de mentes exaltadas mientras el lujo y el despilfarro lo vemos cada día en individuos y en el conjunto de nuestra sociedad.
Nos describe la parábola ese abismo al parecer insalvable entre el rico y el pobre. Y no es a posteriori en la situación del más allá de la muerte que luego nos describe, sino es aquel abismo entre la mesa del rico con todos sus lujos y despilfarros y el pobre echado en su portal que parecía que nadie era capaz de ver. Como nos seguía diciendo la parábola solo los perros lamían sus llagas.
Nos cegamos. O no queremos mirar. O volvemos nuestro rostro hacia otro lado que nos pueda parecer más agradable. Que eso nos puede pasar mientras vamos caminando por la calle y alguien está sentado al borde de la acera tendiéndonos la mano y no lo queremos mirar. Es lo que nos puede pasar a cada uno de nosotros con nuestras miradas muy discriminatorias, pero es lo que se puede palpar en nuestra sociedad. Cuantos despilfarros en cosas innecesarias mientras para asuntos sociales se apartan solo unas migajas. Y no digamos ya de quienes se aprovechan, de todo ese mundo de corrupción que hemos creado de mil formas en nuestra sociedad. Aunque quizá algunas veces nos hagamos los caritativos.
Y estas cosas ¿no tienen remedio? ¿no tienen solución? Algunas veces parece que así fuera, porque con qué facilidad nos echamos las culpas los unos a los otros, cuantas veces acusamos al otro pero no nos miramos a nosotros mismos, o nos consolamos diciéndonos que es la crisis que vive nuestra sociedad y de la que tan difícil es salir. Quizá predominan más nuestros egos, nuestras ansias de estar en el candelero o de ostentar el poder antes que sentarnos de verdad a trabajar juntos buscando caminos, buscando soluciones, buscando puntos de encuentro. Miremos que pocas soluciones damos al momento político en que vivimos en nuestra sociedad.
Los cristianos ¿nos podemos quedar tranquilos ante estas situaciones? ¿Nos cruzamos los brazos también y volvemos la mirada hacia otro lado? Hacen falta cristianos valientes y responsables en medio de nuestra sociedad, porque pudiera parecer que no tenemos nada que decir ni nada que hacer. Y nuestra fe nos obliga a un compromiso serio con nuestra sociedad, y nos compromete con esas tremendas desigualdades sociales que se tienen, y nos tiene que impulsar a romper barreras y hacer desaparecer esos abismos que nos separan en nuestro mundo.
No podemos estar esperando milagros celestiales que todo lo resuelvan, que parece que algunas veces en cosas así es en lo que ponemos nuestra fe. La fe que tenemos en Jesús y que compromete nuestra vida con el evangelio y con el Reino de Dios que hemos de construir es algo mucho más profundo y tiene que envolver y dar tinte a toda nuestra vida.
En la parábola el rico desde el abismo pedía a Abraham que enviara a Lázaro a casa de sus hermanos para eso les hiciera cambiar. Pero como se les dice en la parábola ni aunque resucite un muerto van a cambiar, pero que tienen la ley y los profetas, tienen la Escritura santa que ilumine sus vidas para hacerles encontrar ese verdadero camino de una conversión para transformarse ellos y transformar así el mundo en que viven.
Comencemos por ahí, convirtamos nuestra vida, transformemos nuestra vida y así comenzaremos a transformar nuestro mundo; cambiemos de actitudes cerradas, clasistas, discriminatorias, orgullosas, para abrir nuestros ojos y nuestro corazón y comenzar a ver de una manera nueva esa realidad de desigualdades, de pobreza, de injusticia que envuelve nuestro mundo. Seguro que si ponemos esa mirada nueva para ver seriamente al hermano que sufre a nuestro lado no nos vamos a quedar insensibles con los brazos cruzados sino que comenzaremos a poner nuestro granito de arena.
Y será así cómo comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios; ese Reino de Dios en el que no caben desigualdades ni injusticias porque es un reino de verdad y de amor, de justicia y de santidad; es el Reino en que comenzaremos a sentirnos verdaderamente hermanos con lo que comenzaremos a hacer ese cielo nuevo y esa tierra nueva en la que reine la justicia y el amor porque reine Dios.

martes, 16 de agosto de 2016

Nos tenemos que preguntar seriamente cuál es la autentica salvación que nosotros buscamos

Nos tenemos que preguntar seriamente cuál es la autentica salvación que nosotros buscamos

 Ezequiel 28,1-10; Dt 32;  Mateo 19,23-30
‘Entonces, ¿Quién puede salvarse?’ se preguntan los discípulos ante las palabras de Jesús. ¿Cuál es la salvación en la que están pensando los discípulos? ¿Cuál es la salvación que nosotros buscamos? Porque aunque tratemos de pensar espiritualmente y podamos pensar en la trascendencia de nuestra vida, y hayamos oído hablar muchas veces de vida eterna y de salvación eterna, repito, ¿cuál es la salvación que realmente buscamos en el día a día de nuestra vida? ¿No podremos estar pensando allá en nuestro subconsciente en la salvación que nos libere de nuestros problemas, que nos saque de los apuros que en la vida vamos teniendo? Habría que pensar y analizar con cuidado.
Los discípulos se hacen la pregunta que antes mencionábamos porque Jesús había sentenciado cuán difícil le es a los ricos entrar en la sintonía del reino de los cielos. Y hablaba Jesús, como en un ejemplo o alegoría, de la dificultad de un camello para pasar por el  ojo de una aguja; y podemos interpretar lo del camello y la aguja como queramos, ya fuera en las puertas estrechas de las murallas a la entrada de las poblaciones por donde un camello cargado con sus mercancías no podría pasar, o literalmente en una aguja de coser por donde quisiéramos pasar un camello.
Nos preguntábamos por la salvación que realmente nosotros buscamos en la vida. Como decíamos estamos pensando siempre en esos problemas que cada día nos agobian, en esas carencias o necesidades que podamos tener y cuanto nos lo resolvería un poco de dinero. Y compramos lotería o cualquier otro juego de azar pensando que si lo ganamos tenemos ya resueltos todos nuestros problemas, y si no miremos la alegría de quienes tienen la suerte de ganar algo sobre todo si es una cantidad extraordinaria de dinero. O pensemos también en cuales son muchas veces las motivaciones de nuestras oraciones a Dios, lo que le pedimos o prometemos a la Virgen cuando la visitamos en un Santuario dedicado en su honor, o en nuestras oraciones de cada día.
Y Jesús nos está diciendo los obstáculos en que se convierten para nuestra vida las riquezas; cómo nuestro corazón se apega a los tesoros de este mundo y hacemos lo que sea por obtenerlos. Pensemos en lo que cada día estamos oyendo hoy en las noticias que nos hablan de corrupción de todo tipo en la administración de los recursos de la tierra, las ganancias que se obtienen por parte de tantos de formas sospechosas tan rodeadas de injusticias, de robos, de malversación de los bienes administrados, de tráfico de influencias, de ganancias de todo tipo que no sabemos de donde proceden y que bien sospechamos cuanto fraude hay detrás de todas esas cosas.
Es otro el estilo y el sentido que nosotros tenemos que darle a la vida; es otra la manera de utilizar esos bienes materiales o esas riquezas para que no nos endiosemos, para que no se adueñen del corazón o nuestro corazón no se apegue a ellas, para que pensemos que ese mundo con sus bienes y riquezas que Dios ha puesto en nuestras manos no es para que nos adueñemos de ello de una forma egoísta pensando solo en nosotros sino que sepamos descubrir la función social que han de tener y la forma entonces en como nosotros somos unos administradores.
Creced y multiplicaos, nos decía Dios en el momento de crearnos y poner ese mundo en nuestras manos, y el evangelio nos habla de negociar y administrar esos talentos desarrollándolos. Tenemos que compaginar bien todas esas cosas y nunca nos hagamos avariciosos ni seamos injustos con los demás. Son otras las cosas y el sentido de las cosas que han de primar en nuestra vida. Da mucho que pensar la pregunta que se hacían los discípulos y que nos hacemos nosotros también muchas veces.

domingo, 31 de julio de 2016

Las responsabilidades de la vida y el desarrollo de nuestros valores no nos pueden encerrar en la codicia sino que tienen que abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia

Las responsabilidades de la vida y el desarrollo de nuestros valores no nos pueden encerrar en la codicia sino que tienen que abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Sal 94; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21
Por aquello de la responsabilidad con que hemos de asumir la vida y todas sus obligaciones tenemos la tentación de vivir muy obsesionados por la consecución de unos bienes materiales con los que podamos afrontar esas necesidades que tenemos y cumplir con nuestras responsabilidades. Enfrentarnos a las responsabilidades de la vida, podíamos decir, es nuestra obligación; lograr una vida digna y lo mejor posible para nosotros y para nuestra familia forma parte del día a día de nuestra existencia. Pero hay una tenue línea roja que nos puede llevar a convertirlo en obsesión y al final en avaricia porque lo que queremos es acaparar y acaparar porque con eso creemos que tenemos nuestras seguridades.
Es cierto, hay que decirlo, que forma parte de las exigencias del evangelio que queremos vivir el desarrollo total de nuestras capacidades y valores, que el talento que tenemos en nuestras manos no lo podemos enterrar porque eso sí que seria dejación e irresponsabilidad, y que en consecuencia hemos de saber hacer fructificar nuestra vida en el desarrollo de esos valores que poseemos. Pero eso nunca debe encerrarnos en nosotros mismos, y ese es un peligro y tentación que tenemos.
El cumplimiento de nuestras responsabilidades y el desarrollo de nuestros valores no deben encerrarnos en el egoísmo y la insolidaridad; tenemos el peligro de la codicia, de la avaricia que nos encierra y nos vuelve duros e inhumanos. Pareciera que todo el objetivo está en la ganancia y la acumulación de bienes y riquezas. Y eso puede traernos muchas connotaciones negativas desde el endurecimiento de nuestro corazón, el aislamiento por desconfianza hacia los que nos pueden hacer mermar nuestras ganancias, la insolidaridad que nos hace pensar primero en nosotros mismos y nos cierra los ojos a las necesidades que puedan estar pasando los demás, a la larga la injusticia porque queremos hacernos dueños absolutos de aquello que Dios ha puesto en nuestras manos no solo para nosotros sino para bien de toda la humanidad.
Es lo que hoy Jesús nos quiere hacer reflexionar en el evangelio.  ‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Nuestra vida vale mucho más que unos bienes o riquezas que podamos poseer; la riqueza más grande está en nuestro yo cuando se abre a un nosotros, en esos valores que hay en nosotros que nos hacen desprendidos, generosos, abiertos al compartir, con un corazón compasivo y lleno de misericordia, comprometidos seriamente con lo bueno y con lo justo para bien de todos. El cumplimiento de nuestras responsabilidades no  nos puede encerrar en la codicia, sino abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia con los demás.
Y Jesús nos propone la parábola de aquel hombre rico que le iban muy bien las cosas pero que solo pensaba en agrandar sus graneros para olvidarse de todo y de todos y solo pensar en si mismo viviendo su vida a su manera. Pero eso acumulado un día se acabará más pronto o más tarde, como le sucede al hombre de la parábola de forma inesperada. ¿Qué le queda de su vida cuando solo ha pensado en la posesión de esos bienes materiales? Solo ha sabido cultivar lo material de una forma avariciosa y cuando le faltan esas cosas su vida estará vacía y sin sentido.
Pensemos, sí, qué huella vamos a dejar nosotros en nuestra sociedad a nuestro paso por el mundo. ¿Por qué nos van a recordar? ¿Porque vivimos encerrados en el castillo de nuestro yo aislándonos de los demás y consentidos en el orgullo de esas vanidades que un día se disiparán como humo? Tendrá que ser otra la sombra que proyectemos sobre nuestro mundo, tendrá que ser otro el buen olor que dejemos a nuestro paso si sabemos cultivar los buenos valores; no será con las manos vacías cómo  nos presentemos ante Dios el día en que El nos llame a su presencia.
Hoy termina diciéndonos Jesús ‘así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios’. Como nos dirá en otro lugar del evangelio acumulemos ‘tesoros en el cielo donde los ladrones no los roban ni la polilla los corroe’. Por ahí han de caminar las grandes responsabilidades de la vida y es ahí donde encontraremos la verdadera seguridad.

sábado, 23 de julio de 2016

La paciencia de Dios que nos regala su gracia y espera nuestra respuesta de conversión y buenos frutos

La paciencia de Dios que nos regala su gracia y espera nuestra respuesta de conversión y buenos frutos

Mt. 13, 14-30
‘¿No sembraste buena semilla en tu campo?, ¿de dónde sale esa cizaña?’ Una pregunta que de alguna manera nos hacemos cuando nos vemos envueltos por la maldad de tantos, por los problemas que nos agobian, por el daño que nos hacen o vemos que hacen a tantos, por tanta injusticia y tanto mal. No quisiéramos un mundo así y cuando como creyentes leemos en la Biblia que en la creación se nos repite que todo cuanto fue Dios creando era bueno y al crear al hombre se dice que era muy bueno, surge con angustia y con rabia quizá esa pregunta en nuestro corazón.
La parábola que Jesús hoy nos propone nos habla del hombre que plantó buena semilla en su campo, pero mientras dormía vino un enemigo suyo y planto cizaña. Es cuando surge la pregunta de sus servidores. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale esa cizaña?’ Quieren arrancarla, como nosotros que queremos arrancar también el mal de nuestro mundo. Y seguramente habremos oído o hemos pensado si Dios es tan poderoso como es que permite el mal, cómo no es que arranca de la vida a esas personas llenas de maldad para que no sigan haciendo daño a los demás.
El mal se convierte en una prueba para nosotros, una prueba para nuestra fe, pero una prueba de donde tenemos que aprender a salir victoriosos porque no nos hemos de dejar cautivar por ese mal; es la tentación que continuamente nos acecha y nos pone en peligro, pero es donde tenemos que ser fuertes para no dejarnos arrastrar por esa tentación.
Pero también nos está manifestando la espera de Dios; sí, Dios sigue esperando que nuestro corazón se convierta; Dios llama a los pecadores a la conversión, como nos llama a nosotros. Cuánta ha sido la paciencia de Dios con nuestra vida; nos ha regalado su gracia, pero hemos de reconocer que no siempre hemos correspondido a la gracia del Señor; hemos de reconocer que seguimos en nuestro pecado y no terminamos de arrancarnos de él, y Dios sigue dándonos su gracia, Dios sigue llamando a las puertas de nuestro corazón para que nos volvamos a El. Podríamos recordar aquella parábola en la que el padre espera pacientemente la vuelta del hijo que se ha marchado y cómo se llena de alegría a su vuelta y hace fiesta porque el hijo perdido ha sido encontrado.
El mal está ahí envolviéndonos en nuestro mundo, pero hemos de reconocer que ese mal también lo tenemos en nosotros; en pequeñas o en grandes cosas no siempre somos fieles, no siempre somos la buena semilla que da buen fruto, y no por eso Dios nos arranca de la vida, sino que espera nuestra vuelta a El. Es lo que nos está enseñando la parábola que siempre nos viene a manifestar lo que es la misericordia y el amor de Dios.
Con los demás quizá somos exigentes, pero luego no lo somos de la misma manera con nosotros mismos. Confiemos más en la gracia del Señor. Transformemos esa cizaña del mal que hemos dejado meter en nuestra vida y comencemos a dar buenos frutos.

viernes, 8 de abril de 2016

Pongamos nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos y nuestro mundo será mejor

Pongamos nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos y nuestro mundo será mejor

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15

‘Pero, ¿qué es esto para tantos?’ era la pregunta que se hacía aquel discípulo cuando habían encontrado un muchacho con cinco panes y dos peces. Era una multitud grande la que se había congregado en torno a Jesús. Les había dicho que había que darles de comer porque llevaban varios días con él y no tenían que comer estando además en despoblado; ya habían hecho sus cálculos de la cantidad de dinero que necesitarían para dar de comer a toda aquella gente, pero estaban en despoblado y allí tampoco había donde comprar pan; parecía que todo eran dificultades y con lo que tenían no encontraban solución.
¿No nos pasará algo igual a nosotros? Nos abruman los problemas y nos sentimos tan débiles y sin fuerzas; no sabemos a quien acudir ni como encontrar soluciones; y eso hasta en las cosas más nimias de nuestra vida. Pero contemplamos nuestro mundo con sus crisis, con sus miserias, con sus injusticias y con el hambre que padecen millones de hombres por todas partes. Queremos hacer pero algunas veces parece que no sabemos que hacer; pensamos quizá que la solución del problema está en otras manos, los poderosos, los que tienen el mando o la dirección de la sociedad, y nos inhibimos.
¿Qué puedo hacer yo si soy solo uno en medio de tantos? ¿De que me valdría dar incluso todo lo que yo tengo si eso no va a solucionar el hambre de millones? ¿Qué puede valer mi opinión si soy una persona insignificante? Hay otros que saben más, que pueden más, que ellos comiencen. Y reculamos, nos echamos atrás, nos cruzamos de brazos, al final ni nuestros pobres cinco panes y dos peces somos capaces de ponerlos a disposición en unas falsas humildades o en una poca valoración de lo que podemos valer y de lo que podríamos hacer si ponemos nuestro granito de arena.
Creo que este pasaje del evangelio de la multiplicación de los panes que tantas veces hemos meditado nos puede interpelar por dentro sobre lo que hacemos o no hacemos por nuestra sociedad o por nuestro mundo. Nuestro pequeño pan, el de nuestra inteligencia, el de nuestra capacidad, el de nuestras ideas, el de nuestra buena voluntad, el de nuestro compromiso tiene un valor muy grande. Aunque parezcamos insignificantes podemos hacer mucho, tenemos además mucho que hacer.
El milagro de Jesús de la multiplicación de los panes Jesús lo está poniendo en nuestras manos porque nosotros tenemos que seguir realizándolo hoy. No podemos quedarnos impasibles ante las necesidades de los demás, ante la situación de nuestra sociedad, ante la dejadez quizá de los que mucho tendrían que hacer, pero que nosotros tenemos mucho que hacer. No podemos consentir que nuestra sociedad y nuestro mundo marchen por derroteros de destrucción y de muerte.
Es el amor el que puede salvar al mundo, como fue el amor de Jesús el que hizo posible que toda aquella multitud pudiera comer en el desierto. Ahí tenemos que poner nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos que tenemos que realizar. Cada uno tenemos que analizar la situación allí donde estamos para abrir los ojos y ver los problemas y poner nuestros esfuerzo, nuestro empeño en hacer un mundo de mayor justicia.
Y finalmente un detalle del evangelio. Jesús mandó recoger los panes que sobraron para que nada se desperdiciara. ¿Hemos pensado cuanto se desperdicia en nuestro mundo? Serán esas capacidades que tenemos y que no utilizamos. Y será también materialmente cuántas cosas se tiran, cuántos alimentos se destruyen, cuántas cosas que pueden servir para ayudar a los demás se desperdician. Esto nos tendría que llevar a más largas reflexiones.

viernes, 8 de febrero de 2013


Los testigos como el Bautista nos estimulan y ayudan a mantener nuestra fidelidad

Hebreos, 13, 1-8; Sal. 26; Mc. 6, 14-29
El testimonio de quien mantiene su fidelidad hasta el final, aunque eso signifique la muerte y el martirio, es un aliciente grande y un motivo de gran esperanza en nuestra propia y personal lucha que hemos de mantener cada día por la fidelidad.
Aunque alguien pudiera pensar que la contemplación de quien llega a la muerte por mantener su fidelidad pudiera más bien desalentarnos porque nos podía parecer un sacrificio inútil y un fracaso, sin embargo es la mayor prueba de la victoria y es el mejor estímulo para no echarnos atrás y mantenernos por contrario en nuestra lucha. No nos acobarda sino que nos llena de valentía. Siempre se ha dicho que la sangre de los mártires es semilla de cristianos porque eso nos da más fuerza para mantenernos en nuestro camino.
Es un hecho cruel el que nos narra el evangelio si lo miramos con miras humanas. Está la crueldad de la muerte del Bautista, pero es que detrás contemplamos un mundo lleno de maldad, de cobardías, de injusticias, de corrupción y de muchos males y pecados. La situación de Herodes y su estilo de vida todo eso nos manifiesta como hemos escuchado en el evangelio y no es necesario volver a repetir.
Las envidias por una parte y el orgullo por sentirse denunciados por su mal desde la vida íntegra del bautista y desde su palabra valiente conducen como en una espiral a la muerte de Juan. Aunque es un mundo de oscuridad y tiniebla a causa del pecado, sin embargo no deja de resplandecer la luz porque Juan se convierte en testigo y profeta del bien de la justicia.
Resplandores de luz como los de Bautista con profetas y testigos valientes que sepan denunciar el mal que corroe a nuestra sociedad seguimos necesitando hoy. Con un mínimo de sensibilidad en la conciencia nos sentimos abrumados por las noticias de maldad y de injusticia, de corrupción y de tantas hipocresías y falsedad que continuamente nos están trayendo los medios de comunicación.
Y en medio de todo ese mundo nos vemos envueltos nosotros y podemos sentir la tentación del desaliento o de la cobardía porque nos puede parecer que nada se puede hacer. Pero quienes creemos en Jesús ni podemos callar, ni nos podemos cruzar de brazos, ni mucho menos dejarnos arrastrar por tanta maldad que envuelve nuestro mundo.
Ojalá nos sintamos en verdad estimulados con testimonios como los del Bautista que escuchamos en el evangelio que le llevan a ser testigo hasta la muerte y el martirio. Ojalá nos sintamos en verdad estimulados para mantenernos en una fidelidad a lo bueno, a lo justo, a la verdad, a los valores del evangelio, en una palabra a nuestra fe en Jesús. El mundo necesita esos testigos y esos testigos tenemos que ser nosotros los que creemos en Jesús y queremos vivir nuestra vida cristiana.
¿Qué podemos hacer nosotros que quizá nos sentimos pequeños y nos puede parecer que ni nuestras vidas ni nuestras obras pudieran ser ese grito profético que necesita el mundo? Podemos hacer mucho; nos puede parecer un testimonio silencio pero quizá no lo sea tanto. Mantengamos nuestra fe, nuestra fidelidad, nuestros principios. Vivamos nuestra unión con el Señor como cada día lo queremos hacer con nuestra oración, nuestra escucha de la Palabra y la celebración de la Eucaristía. Y no dejemos meter el mal en nuestra vida. Seamos honrados y sinceros en cada una de las cosas que hagamos o que vivamos; alejemos de nosotros todo lo que sea falsedad o mentira; vayamos sembrado semillas de amor en nuestro trato y en nuestra relación con las personas con las que convivimos cada día. Nos pueden parecer pequeñas e insignificantes cosas pero son semillas de justicia, de bondad que sembramos cada día y esas semillas un día germinarán y pueden producir hermosos frutos.
Es el ejemplo callado de fidelidad que hemos de vivir cada día, que sabemos bien cómo muchas veces nos cuesta tanto. Pero mantengamos la fidelidad. Que sintamos el estímulo que nos ofrece el Bautista, pero que nos ofrecen también muchos testigos y profetas de lo bueno que podemos también encontrar en nuestro mundo alrededor nuestro. Que tengamos ojos bien abiertos y ojos de fe para descubrirlos.

lunes, 4 de febrero de 2013

La curación del endemoniado de Gerasa un signo de la liberación que nos ofrece Jesús


La curación del endemoniado de Gerasa un signo de la liberación que nos ofrece Jesús


Hebreos, 11, 32-40; Sal. 30; Mc. 5, 1-20

En la medida en que nos vamos introduciendo en el evangelio vamos escuchando la invitación que Jesús nos hace a que vivamos el Reino de Dios aceptándolo en nuestro corazón, dejándonos transformar por la gracia para hacer que Dios sea en verdad el único Señor de nuestra vida y de nuestra historia.

Jesús nos explica lo que es el Reino de Dios con las parábolas de una manera muy especial aparte de irnos diciendo cuales han de ser las actitudes profundas que hemos de tener en nuestro corazón. Pero también en los milagros que va realizando nos va dando las señales de lo que ha de ser el Reino de Dios en nuestra vida, liberándonos de toda atadura y de todo mal.

El milagro que hoy escuchamos en el Evangelio es uno de esos signos claros de esa liberación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. Ahora están en la otra orilla del lago, la región de los Gerasenos nos dice el evangelista, un lugar donde no predominaban entre sus habitantes precisamente los judíos. Hemos de recordar que en aquel territorio de Palestina no solo había judíos, sino que recordamos que cuando se establecieron allí después de su salida de Egipto y peregrinar por el desierto aquellos lugares estaban habitados por otros pueblos, lo mismo que las regiones vecinas.

Al llegar a aquel lugar se encuentran con un hombre poseído por un espíritu que además era muy violento; todos le tenían miedo, y ni siquiera con cadenas y cepos podían dominarlo, tal era la fuerza del espíritu maligno que lo poseía. Pero reconoce a Jesús; reconoce a quien viene a liberar del mal a aquel hombre. ‘¿Qué tienes que ver conmigo; Jesús Hijo de Dios Altísimo?... no me atormentes’. A hemos escuchado los detalles de la liberación de aquel hombre.

Nos extrañan las reacciones, por una parte de la gente que viene y le pide a Jesús que se marche de su país, y el deseo del hombre liberado de aquel mal que quiere seguir a Jesús pero al que Jesús le dice que se quede allí con los suyos y les cuente lo que Dios ha hecho con él. Liberado del mal Jesús lo convierte en anunciador del Evangelio, de la buena noticia de su liberación en medio de los suyos.

El Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor. Nada puede ser señor o dios de nuestra vida. Nada tendría que llenarnos de ataduras, porque quien se ha encontrado con Cristo y recibido su salvación ha alcanzado la libertad verdadera. El nos anuncia y nos trae la verdad que nos hace libres, como nos dirá en otros lugares del evangelio. Este milagro que Jesús realiza es un signo claro de la libertad que Jesús quiere darnos.

A aquel hombre dominado por el espíritu inmundo le dominaba la violencia y el mal de manera que se presencia se convertía en terror para todos sus convecinos. De ello lo libera Jesús. ¿De qué nos quiere liberar Jesús? ¿cuáles son las ataduras que hay en nuestra vida y en nuestro mundo?

Podríamos hablar de la violencia o de la hipocresía y falsedad; si hiciéramos un análisis de nuestra vida o de la situación que vivimos en nuestro mundo podríamos hablar de muchas mas cosas. ¿De qué estamos oyendo hablar continuamente a nuestro alrededor? Es cierto que hablamos de la crisis por la que pasa nuestra sociedad con todas sus consecuencias de pobreza y de injusticia; pero es que en la raíz de todas esas cosas detectamos cómo la maldad se ha ido metiendo en el corazón de los hombres y todo es ambición de poder o de tener, y surgen corruptelas de todo tipo por todas partes, y falta honradez muchas veces en quienes tienen responsabilidades en nuestra sociedad; vivimos en un mundo de vanidad y de hipocresía y cuando no podemos mantener el tipo aparece la corrupción y el robo y la injusticia, y la insolidaridad y así podríamos seguir haciendo un listado de tantos males que afectan a nuestra sociedad.

¿No es el espíritu del mal que se ha metido en el corazón de los hombres? ¿Y no ha venido Jesús para liberarnos de ese espíritu del mal? Pero reconozcamos que nos hacemos fácilmente oídos sordos a la llamada y a la invitación de Jesús. Si no le decimos como aquellos gerasenos que se marche del país, sí estamos nosotros dándole la espalda o cerrando nuestros oídos para no dejar que el espíritu del evangelio impregne nuestras vidas.

Leamos con ojos de fe nuestra vida. Escuchamos la llamada e invitación del Señor a vivir el Reino de Dios convirtiendo nuestro corazón a él.

miércoles, 8 de febrero de 2012


Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre…

1Reyes, 10, 1-10; Sal. Sal. 36; Mc. 7, 14-23
‘Nada que entre de fuera puede hacer impuro al  hombre… lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre…’
Ayer hablábamos de la preocupación de los fariseos porque los discípulos de Jesús comían con manos impuras. Y ya recordamos la respuesta de Jesús. Lo de comer con manos impuras, dejando a un lado razones higiénicas, hacía referencia a que los judíos consideraban impuras tanto algunos animales como algunas cosas.
Quien estuviera en contacto con alguna de esas cosas – un flujo de sangre, la enfermedad de la lepra, un muerto o un sepulcro, por citar algunas – se le consideraba impuro; y lo mismo en referencia a algunos animales, por ejemplo el cerdo era considerado un animal impuro y por eso  no se podía comer su carne, como siguen haciendo hoy tanto los judíos como los musulmanes.
Por eso era necesario purificarse, lo de lavarse las manos que escuchábamos ayer. Pero Jesús nos viene a decir que lo que hace impuro al hombre no es lo que entre de fuera. Como nos dice el evangelista, ‘con esto declaraba puros todos los alimentos’. Un mensaje nuevo y distinto que nos deja el evangelio.
Recordamos en este sentido algo que nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, cuando Pedro tiene una visión y ve bajar del cielo un lienzo con toda clase de alimentos y animales, y una voz le dice que coma. Ante el rechazo de Pedro diciendo que él no come nada impuro, le dice esa voz del cielo que cómo Pedro va a considerar impuro lo que el Señor ha declarado puro. En este caso era una referencia al anuncio del evangelio en casa del centurión romano al que es llevado Pedro y que será luego bautizado.
Pues bien, siguiendo con el evangelio, Jesús nos dirá que lo que hace impuro al hombre, lo que mancha el corazón del hombre, son las maldades con las que lo podemos llenar. Es en el corazón del  hombre donde pueden anidar ‘los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo frivolidad’. Una lista de pasiones desenfrenadas que llenan de maldad al hombre nos señala Jesús.
Abundando en lo que ya ayer reflexionábamos, es de todo eso de lo que tenemos que cuidarnos, de lo que tenemos que purificarnos. Son tentaciones que nos aparecen continuamente, muchas veces de manera sutil, que nos confunden y nos engañan. No nos podemos dejar llevar por la frivolidad sino darle hondura y profundidad a nuestra vida buscando siempre lo bueno. Cuánto daño nos hacemos a nosotros mismos cuando nos dejamos arrastrar por el desenfreno de todas esas pasiones y cuánto daño podemos hacer a los demás. Cómo en nuestro orgullo y egoísmo dejamos introducir esa maldad en el corazón. Cuánto tenemos que purificar.
Purifiquemos, sí, nuestro corazón, y adornémoslo con las buenas virtudes. Empapémonos del amor de Dios para que lo que siempre sobreabunde en nuestro corazón sea el amor. Cuando amamos seriamente y de verdad obraremos con rectitud y nobleza, porque siempre lo que buscaremos es lo bueno, el bien que le queremos hacer a los demás.
Cristo viene a transformar nuestro corazón. No sólo nos señala ese camino de rectitud y de amor en el que hemos de vivir sino que también nos acompaña con su gracia, con la fuerza de su Espíritu que nos transforma allá en lo más hondo de nosotros mismos y nos impulsará siempre al bien, a lo bueno, a lo recto, al amor.
Aprovechemos esa gracia del Señor que nunca nos falta. Que nos llene siempre el Espíritu de Sabiduría que nos hace gustar la gracia del Señor y lo hermoso que es el amor que Dios siembra en nuestro corazón.