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viernes, 26 de marzo de 2021

Si llegamos a ser capaces de llevar sobre nuestros hombros el sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado viviremos intensamente el misterio pascual de Cristo

 


Si llegamos a ser capaces de llevar sobre nuestros hombros el sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado viviremos intensamente el misterio pascual de Cristo

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42

Cuando éramos chiquillos en nuestros juegos nos tirábamos piedras; en la violencia de nuestros enfados, como arma fácil al alcance de la mano para defendernos era un medio que terminábamos haciendo; en nuestra edad no era habitual que los mayores se tiraran piedras unos a otros salvo cuando la maldad se metía demasiado en el corazón en nuestras rencillas vecinales, no tanto quizá por herir y hacer daño sino más bien como un acoso o una amenaza.

Pero por lo que vemos en el evangelio era más normal en aquellos tiempos antiguos el utilizar las piedras como arma para hacer daño a los otros; además en las normas de convivencia del pueblo judío se utilizaba el apedreamiento como forma de castigo ante cosas que se consideraban especialmente graves como era la blasfemia o el adulterio. En el evangelio recordamos que trajeron a una mujer sorprendida en adulterio ante Jesús, en este caso para poner a prueba a Jesús, diciendo que la ley de Moisés mandaba apedrear a las adúlteras. No era el camino de la violencia hasta la muerte el que pudiera llevar al pecador a la reconciliación con Dios por su pecado. Otro caso era la blasfemia como es la referencia que hoy se hace, pero que en el Hechos de los Apóstoles aplican a Esteban porque lo consideran un blasfemo.

Como deducimos del evangelio de hoy en versículos anteriores pretendieron apedrear a Jesús y es la pregunta que Jesús les hace ¿por cuál obra buena le van a apedrear? Y aquí está la presentación que Jesús está haciendo de sí mismo. Lo ha repetido muchas veces que El no hace otra cosa que las obras del Padre del que es el enviado. Esas obras que tendrían que corroborar que Jesús es el enviado de Dios, pero no soportan que El le llame Padre, que se presente como el Hijo del Padre, como el Hijo de Dios.

En su obcecación no fueron capaces de descubrir las obras de Dios en Jesús. Ya vemos que en otra ocasión llegan a atribuirle el poder de expulsar demonios al actuar en el nombre y con el poder del príncipe de los demonios, lo cual en sí mismo es más sacrílego aún. Ya les dice Jesús que si piensan así que se den cuenta que todo reino dividido por sí mismo se viene abajo y como va Satanás a luchar contra sus intereses siendo el factor de la expulsión de los demonios.

Creo que este pasaje del evangelio, que escuchamos precisamente en esta última semana de cuaresma cuando nos predisponemos ya a celebrar la Semana Santa y el Triduo Pascual de la pasión, muerte y de la resurrección de Jesús, nos tiene que llevar a que crezcamos en el conocimiento de Jesús, que alejemos de nuestra mente y de nuestro corazón todo atisbo de duda y mal entendimiento, que nos predispongamos de verdad a las celebraciones de la pasión y muerte del Señor que vamos a vivir en estos días. Que nos centremos de verdad en la Palabra del Señor que cada día vamos escuchando y así vaya creciendo nuestra fe y nuestro amor.

Así tenemos que caldear nuestro corazón, predisponer nuestro espíritu para que aún con la especial austeridad con que una vez más este año lo vamos a celebrar dadas las circunstancias que estamos viviendo, sin embargo le demos intensidad de vida a lo que celebramos. No es una imagen más o menos bellamente adornada lo que tiene que movernos a vivir el misterio pascual de Cristo; es algo mucho más hondo lo que tenemos que vivir.

Contemplemos leyendo con la sencillez y a la vez el dramatismo que se nos ofrece en el texto sagrado todo el misterio pascual de Cristo y siendo capaz de ir poniendo como en transparencia todo lo que es ese dolor, ese sufrimiento, esas angustias que viven los hombres de nuestro tiempo. En esa transparencia de Cristo serán muchos los cristos que podemos contemplar en los hermanos que sufren y pensemos cómo podemos y tenemos que ser cireneos para esos hermanos para ayudarles a la llevar la cruz igual que lo hubiéramos hecho quizás si hubiésemos estado en la calle de la amargura en la mañana de aquel primer viernes santo de la historia.

Siendo capaces de llevar también sobre nuestros hombros la cruz del sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado será como podremos vivir con toda intensidad el misterio pascual de Cristo que nos disponemos a celebrar.

lunes, 8 de abril de 2019

Seamos humildes reconociendo que también cometemos errores y así seremos compasivos y misericordiosos con los demás a imagen de nuestro Padre del cielo


Seamos humildes reconociendo que también cometemos errores y así seremos compasivos y misericordiosos con los demás a imagen de nuestro Padre del cielo

Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62; Sal 22; Juan 8,1-11

No siempre conocemos lo que hay en el interior de las personas y muchas cosas hermosas se pueden escoger en la intimidad de nuestro ser, de la misma manera que también podemos tener lados oscuros en nuestro interior llenos de malicia y de malas intenciones. Conocemos a las personas desde lo que manifiestan, desde lo que es su apariencia exterior, pero no tenemos por que andar en la vida desconfiando de la sinceridad de lo que muestran para llenarnos de sospechas y de juicios condenatorios. Es cierto que por el fruto de conoce el árbol, pero también en la apreciación de ese fruto podemos entrar en confusiones que nos pudieran llevar al juicio y a la condena.
Esto por una parte donde tenemos que aprender a no juzgar ni condenar, pero donde también hemos de presuponer la buena voluntad y la buena intención en lo que hacen los demás. Pero aun así me podéis decir, es que estamos viendo claramente lo malo que está haciendo y entonces claro que podemos condenar. ¿Y a ti por cualquier debilidad que tenga siempre tenemos que condenarte? Porque somos débiles, no siempre somos capaces de sentir la verdadera fortaleza para superar aquel mal momento, aquella tentación que nos sobreviene y en nuestra debilidad podemos cometer el error. ¿Y ya por eso condenamos?
Se suele decir que el mejor escribano hace un borrón, por lo que siempre tendríamos que estar en disposición de disculpar el error, dar la posibilidad a que esa persona se corrija y cambien su manera de actuar o las actitudes que pueda tener dentro de si, pero en otro momento no tener el mismo tropezón o hacer el mismo borrón.
Distintas y nuevas tienen que ser nuestras posturas y actitudes ante los errores o los pecados, como queramos decir, que puedan cometer los demás. Y pensemos que con el mismo juicio que nosotros condenamos, vamos a ser juzgados nosotros y condenados a la mínima también. Somos seres humanos, y en consecuencia sujetos a errores, y conociendo como todos tenemos nuestras debilidades, con esas buenas posturas hemos de ir por la vida en nuestra relación y trato con los demás. De eso nos habla mucho el evangelio.
Hoy en la celebración volvemos, en este ciclo, a escuchar el mismo evangelio que ayer domingo. La mujer sorprendida en adulterio que traen a la  presencia de Jesús ya condenada previamente pero para ver cual sería la postura que iba a tomar Jesús. Y el que ya en el evangelio nos había dicho ‘no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados’, es la respuesta que da Jesús a aquellos que vienen con exigencias de condenas, haciéndoles recapacitar que todos en la vida tenemos pecados, porque no siempre somos fieles al mandamiento del Señor.
Con esa hipocresía andamos muchas veces en la vida, porque nos damos por buenos, nos presentamos fácilmente como cumplidores, sabiendo que nuestro corazón está muy lejos de los caminos del Señor. Pero en nuestra vanidad queremos siempre aparentar que somos buenos, que no vayan a pesar mal de mí los demás cuando ya me he creado un prestigio. Con lo fácil que sería ser humilde reconociendo que también somos débiles, que también cometemos errores, y así seríamos siempre comprensivos con los demás.
No olvidemos lo que nos repite Jesús en el evangelio, que seamos santos, que seamos compasivos y misericordiosos porque nuestro Padre del cielo – que El si es el único Santo – es siempre compasivo y misericordioso con nosotros. Qué distinto sería nuestro caminar por la vida.

domingo, 13 de marzo de 2016

Cristo se acerca a la negrura de nuestra vida con el corazón en la mano como signo de la misericordia de Dios para ponernos en el camino del amor

Cristo se acerca a la negrura de nuestra vida con el corazón en la mano como signo de la misericordia de Dios para ponernos en el camino del amor

Is. 43, 16-21; Sal. 125; Filp. 3, 8-14; Jn. 8, 1-11
Detengámonos brevemente a contemplar la escena que nos describe el evangelio con sus personajes. Se desarrolla en el templo, en aquellos soportales donde la gente se reunía y los maestros de la ley enseñaban. Nos encontramos un grupo de personas que quieren escuchar a Jesús y en torno a El se arremolinan; son la gente sencilla, la gente que tiene hambre de Dios y que quiere escuchar a Jesús, porque nadie ha hablado como El, según dicen y reconocen en ocasiones incluso quienes quieren quitarle de en medio.
Pronto aparecen los escribas y fariseos, los intransigentes a quienes no les gusta el mensaje de Jesús y que buscan mil maneras cogerle en sus palabras y poderle condenar. Ahora le traen a una pobre mujer pecadora, sorprendida en adulterio; para la adulteras el castigo es ser apedreadas hasta la muerte. Es lo que plantean a Jesús. Allí está la mujer en medio, muchas veces la imaginamos tirada por los suelos, pero que bien expresa su humillación y su vergüenza, su indignidad quizá por su pecado, pero la dignidad de persona que todos quieren arrebatarle, porque para ella nadie tiene compasión.
Bueno, no podemos decir que nadie, porque allí está Jesús. Allí está manifestándose el rostro misericordioso de Dios. Aunque nos pudiera parecer que protagonistas de la escena pudiera ser aquella mujer pecadora, o incluso los escribas y fariseos porque de tantas maneras nos vemos reflejados tanto en la mujer pecadora como en los otros porque muchas veces tenemos actitudes semejantes, el verdadero protagonista es Jesús con su misericordia.
Ya hemos escuchado cómo Jesús se pone de parte de aquella mujer pecadora y humillada y su postura sirve de denuncia para las intransigencias e intolerancias de los fariseos que solo juzgan y buscan condenar; pero realmente el gran mensaje está en la manifestación de la misericordia de Dios que nos busca y se acerca a nosotros para transformar nuestro corazón.
Misericordia es, me atrevo a reflexionar, acercarse con el corazón en la mano hasta el otro a quien siempre veremos como un hermano porque los ojos del amor no lo pueden mirar de otra manera.
Misericordia es acercarse con el corazón en la mano hasta el pequeño, hasta el pobre y el que se siente indefenso, hasta el que sufre y se siente solo; hasta el que se ve hundido en la miseria, en la necesidad y la pobreza y no encuentra cómo levantarse ni como salir de su situación. Es acercarse con el corazón en la mano al que nadie quiere y se ve despreciado por todos; al que se encuentra hundido en el pozo de su pecado y le tendemos con nuestro amor una escalera para poder salir de él y encontrar el perdón.
Misericordia es acercarse con el corazón en la mano hasta el que nada tiene y ya no sabe a donde acudir; al que se ve envueltos en los vientos y torbellinos de la violencia y le ofrecemos la paloma de la paz que le ayude a encontrar derroteros de armonía y fraternidad.
Misericordia es acercarnos con el corazón en la mano al que ya se siente condenado para siempre y le ofrecemos una tabla de salvación que le ayude a encontrar la paz para su corazón con el perdón.
Misericordia es también acercarnos con el corazón en la mano a tantos que han endurecido el corazón por el desamor y ya no saben amar ni se sienten capaces de hacerlo de nuevo, pero a quienes les ofrecemos las mieles del amor para que gustando de nuevo lo que es sentirse amados vuelva a renacer en ellos esa capacidad para el amor.
Misericordia es acercarnos con el corazón en la mano también a aquellos que se encastillan en sus  orgullos, vanidades y aires de grandeza y se creen que no necesitan de nada ni de nadie en su autosuficiencia, para que con nuestras actitudes se les abran algunos resquicios en su alma por donde entren nuevos destellos del amor y lleguen a comprender que ellos también necesitan sentirse amados y así aprendan a amar de nuevo a los demás.
Es lo que le estamos viendo hacer a Jesús en esta escena del evangelio que estamos contemplando pero que ha sido la constante de toda su vida que pasó siempre haciendo el bien. Hoy le vemos tender su mano en la que lleva su corazón a esta mujer para levantarla de ese pozo de indignidad en el que ella con su pecado había caído pero donde otros querían hundirla aún más. Pero Jesús lleva también su corazón en la mano que tiende hacia aquellos que solo saben juzgar y condenar, que se han encastillado en sus autosuficiencias y orgullos, que parece que ellos quieren ir solos por la vida sin querer necesitar de nadie, porque a todos van apartando de su lado, pero a quienes Jesús también está llamando desde lo hondo de su corazón misericordioso.
Sintamos que ese corazón misericordioso de Dios llega a nuestra vida y a nosotros también nos llama, pero sintamos al mismo tiempo que tenemos que ser signos por nuestra vida, por nuestras actitudes, por nuestro amor hecho de muchas cosas concretas para que todos también puedan sentir y experimentar en sus vidas el amor de Dios.
No olvidemos que nuestra vida ha de ser también evangelio, buena nueva de la misericordia de Dios para los que nos rodean en ese mundo concreto en que vivimos, como la Iglesia tiene que ser evangelio de misericordia para todos sin exclusión. ¿Lo seremos de verdad? ¿será eso en verdad lo que siempre manifiesta la Iglesia?
Como le dice Jesús a la mujer a nosotros también nos dice, levántate, ponte en camino, no peques más, aprende a recorrer los caminos del amor.

viernes, 14 de junio de 2013

Seguimos a Jesús con total radicalidad viviendo su estilo de fidelidad

2Cor. 4, 7-15; Sal. 115; Mt. 5, 27-32
El seguimiento de Jesús tiene sus exigencias que se han de manifestar en nuestros comportamientos, en la manera de actuar en las distintas situaciones en que nos vamos encontrando en la vida y que nos exige también unas actitudes profundas de rectitud, de fidelidad, de generosidad y de disponibilidad para aceptar el planteamiento de Jesús. Es una nueva forma de vivir pero con unas características especiales porque se trata de vivir la misma vida de Jesús.
Somos los discípulos de Jesús, los que seguimos a Jesús. El discípulo es el que sigue a su maestro; y no se trata solo de escucharlo, porque podemos escuchar muchas cosas y que incluso nos sintamos encantados con eso que escuchamos, pero que luego no sea precisamente lo que vivamos. El verdadero discípulo que sigue a Jesús es el que quiere vivir su misma vida. No solo escucha, sino que planta en su corazón para vivirlo.
Por eso nuestros ojos y nuestro corazón están puestos de una manera fija en El, porque no queremos perdernos detalle de lo que Jesús dice y hace, y porque todo eso que vemos en Jesús y todo lo que nos enseña Jesús lo queremos llevar a nuestra vida aunque nos cueste. Con cuanta atención, entonces, estamos pendientes de su evangelio, escuchamos su Palabra, nos dejamos conducir en nuestro corazón por su Espíritu.
Y eso muchas veces nos cuesta. Nos cuesta porque hay cosas que nos distraen y no le prestamos la necesaria atención. Hay otras cosas que nos pueden llamar la atención y atraer nuestro corazón y a la larga nuestra manera de actuar lejos de los valores y principios que vemos en Jesús y El nos enseña en el Evangelio.
El tentador siempre estará detrás de nosotros para arrastrarnos por otros caminos y como a Eva en el paraíso tratará de confundirnos presentándonos como bueno lo que sabemos que no lo es; nos sugerirá en el corazón que son cosas sin importancia, que total todo el mundo lo hace así, y con mil insinuaciones, nos arrastrará lejos de esos valores que nos enseña Jesús en el evangelio. Y si somos cristianos de verdad no es simplemente hacer lo que todos hacen y porque todos lo hagan pensar ya que es bueno, sino que tenemos que analizar bien las cosas para no dejarnos seducir por el maligno.
Por eso vemos la radicalidad con que nos habla Jesús. ‘Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo… si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al abismo’. Claro que entendemos que no se trata de ir mutilándonos por ahí, sino que está diciéndonos cómo tenemos que apartarnos del mal, como tenemos que alejar de nosotros todo lo que pueda poner en peligro nuestra fe y la santidad de nuestra vida. Creo que tenemos la experiencia de que cuando condescendemos con algo que no es tan bueno, terminamos al fin dejándonos arrastrar por el mal y haciendo aquello que en principio no queríamos hacer.
Nos habla hoy Jesús en concreto de la fidelidad del amor matrimonial que no podemos nunca poner en peligro, sino que desde lo más hondo de nosotros mismos hemos de saber guardar esa fidelidad en el amor, alejando de nosotros toda tentación que nos haga desear lo que no nos está permitido. Tema este el de la fidelidad matrimonial, o de la infidelidad, del adulterio o del divorcio tan extendido en el mundo en que vivimos y que nos vamos acostumbrando a verlo tan al corriente en nuestro derredor que al final no le damos importancia.
Es triste que lleguemos a acostumbrarnos a vivir una vida así donde tanto se ha devaluado el valor de la fidelidad. Andamos como marionetas dejándonos arrastrar por el primer viento que nos llegue de nuevo y cambiando fidelidades y amores como si nos cambiáramos de camisa. Y es triste también como estos valores se van perdiendo a la hora de la educación y formación de nuestros jóvenes porque parece que ya nos guiáramos solamente por los caprichitos de la vida.

Somos discípulos de Jesús y tenemos que mirar mucho a Jesús y escuchar sus palabras y aprender de lo que nos enseña en el Evangelio para que nuestro seguimiento sea total y lo hagamos con total radicalidad. Que el Espíritu del Señor nos ilumine y nos dé fuerza.

viernes, 16 de marzo de 2012


Caminos del Señor que son caminos de amor que nos llevan a vivir el Reino de Dios

Oseas, 14, 2-10; Sal. 80; Mc. 12, 28-34
‘¿Quién será el sabio que lo comprenda, y el prudente que lo entienda? Rectos son los caminos del Señor; los justos andan por ellos, los pecadores tropiezan en ellos’. Hermosa consideración que nos hace el profeta Oseas que nos hace admirar la grandeza y maravilla de los mandamientos del Señor. Nuestra sabiduría y nuestra prudencia, como hemos meditado hace unos días.
Como hemos venido repitiendo en nuestras reflexiones hemos de detenernos a meditar una y otra vez en la ley del Señor, en los mandamientos del Señor. ‘Rectos son los caminos del Señor’, y hemos de desear intensamente caminar por ellos. Son caminos de amor y de fidelidad. Empezando por reconocer que primero es el amor y la fidelidad del Señor. Siempre fiel y siempre ofreciéndonos su amor a pesar de nuestra respuesta que no siempre es buena.
El conjunto de la profecía de Oseas, cuyo final es el que hoy hemos escuchado, nos habla del adulterio del pueblo que no es fiel, pero al mismo tiempo de la fidelidad del Señor que se mantiene firme en su amor por  nosotros a pesar de nuestras infidelidades. Lo que hoy hemos escuchado nos habla de la conversión de ese pueblo infiel como una adúltera que se vuelve al Señor poniendo en El toda su confianza. Ya no va a confiar en sí mismo ni en sus medios materiales. ‘Ya no nos salvará Asiria, ni montaremos a caballo, no volveremos a llamar dios a la obra de nuestras manos…’
Y el Señor, siempre fiel y lleno de amor por su pueblo viene a sanar sus heridas y le va a llenar de bendiciones. En un pueblo asentado en el trabajo de la tierra las bendiciones se manifiestan en la abundancia de sus cosechas y en el esplendor de sus campos cargados de frutos. Son las imágenes que emplea el profeta.
De ahí al final ese reconocimiento de la grandeza y maravilla de los mandamientos del Señor a los que de ahora en adelante quieren ser fieles. ‘Yo soy el Señor, Dios tuyo, el que te sacó de Egipto, escucha mi voz’, como hemos ido repitiendo y meditando en el salmo.
En el evangelio ‘un letrado se acerca a Jesús y le pregunta: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Jesús va a responder repitiendo textualmente lo que había dicho el Deuteronomio y que todo buen judío sabía de memoria. Una pregunta ociosa o capciosa la de este letrado que también habría de conocer con toda exactitud como maestro de Israel que era. Pero Jesús añadirá lo que dice el Levítico que el segundo mandamiento, el del amor al prójimo es tan principal como el primero. ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’, le dice Jesús. A lo que el letrado tratará de corroborar, como queriendo poner el punto final, afirmando que Jesús ha respondido bien.
Pero será Jesús el que ponga de verdad el punto final de manera que ya no se atreverán a hacerle más preguntas. Si piensas así, viene a decirle Jesús, ‘no estás lejos del Reino de Dios’. Aquí, pues, lo importante, hacer presente y vivir el Reino de Dios que Jesús está anunciando. No se tratará ya de saber de memoria los mandamientos, sino de ponerlos por obra, de plantarlos en la vida y en el corazón, como Jesús nos dirá por otro lado. Es la búsqueda del Reino de Dios. Amamos a Dios sobre todas las cosas porque lo reconocemos como el único Señor de nuestra vida, y amándole a El amaremos también al prójimo, amaremos también al hermano que está a nuestro lado.
Tenemos que repetírnoslo muchas veces, empaparnos del mandamiento del Señor para que se haga vida de nuestra vida. Es lo que vamos meditando una y otra vez de manera especial en este tiempo de cuaresma porque en verdad queremos vivir el Reino de Dios, y eso significará una renovación grande de nuestra vida, para nacer de nuevo, para hacernos ese hombre nuevo del Evangelio, del que sigue a Jesús de verdad. Por eso necesitamos convertirnos al Señor y caminar por los caminos del Señor cumpliendo sus mandamientos, viviendo siempre lo que es la voluntad del Señor.

miércoles, 8 de febrero de 2012


Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre…

1Reyes, 10, 1-10; Sal. Sal. 36; Mc. 7, 14-23
‘Nada que entre de fuera puede hacer impuro al  hombre… lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre…’
Ayer hablábamos de la preocupación de los fariseos porque los discípulos de Jesús comían con manos impuras. Y ya recordamos la respuesta de Jesús. Lo de comer con manos impuras, dejando a un lado razones higiénicas, hacía referencia a que los judíos consideraban impuras tanto algunos animales como algunas cosas.
Quien estuviera en contacto con alguna de esas cosas – un flujo de sangre, la enfermedad de la lepra, un muerto o un sepulcro, por citar algunas – se le consideraba impuro; y lo mismo en referencia a algunos animales, por ejemplo el cerdo era considerado un animal impuro y por eso  no se podía comer su carne, como siguen haciendo hoy tanto los judíos como los musulmanes.
Por eso era necesario purificarse, lo de lavarse las manos que escuchábamos ayer. Pero Jesús nos viene a decir que lo que hace impuro al hombre no es lo que entre de fuera. Como nos dice el evangelista, ‘con esto declaraba puros todos los alimentos’. Un mensaje nuevo y distinto que nos deja el evangelio.
Recordamos en este sentido algo que nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, cuando Pedro tiene una visión y ve bajar del cielo un lienzo con toda clase de alimentos y animales, y una voz le dice que coma. Ante el rechazo de Pedro diciendo que él no come nada impuro, le dice esa voz del cielo que cómo Pedro va a considerar impuro lo que el Señor ha declarado puro. En este caso era una referencia al anuncio del evangelio en casa del centurión romano al que es llevado Pedro y que será luego bautizado.
Pues bien, siguiendo con el evangelio, Jesús nos dirá que lo que hace impuro al hombre, lo que mancha el corazón del hombre, son las maldades con las que lo podemos llenar. Es en el corazón del  hombre donde pueden anidar ‘los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo frivolidad’. Una lista de pasiones desenfrenadas que llenan de maldad al hombre nos señala Jesús.
Abundando en lo que ya ayer reflexionábamos, es de todo eso de lo que tenemos que cuidarnos, de lo que tenemos que purificarnos. Son tentaciones que nos aparecen continuamente, muchas veces de manera sutil, que nos confunden y nos engañan. No nos podemos dejar llevar por la frivolidad sino darle hondura y profundidad a nuestra vida buscando siempre lo bueno. Cuánto daño nos hacemos a nosotros mismos cuando nos dejamos arrastrar por el desenfreno de todas esas pasiones y cuánto daño podemos hacer a los demás. Cómo en nuestro orgullo y egoísmo dejamos introducir esa maldad en el corazón. Cuánto tenemos que purificar.
Purifiquemos, sí, nuestro corazón, y adornémoslo con las buenas virtudes. Empapémonos del amor de Dios para que lo que siempre sobreabunde en nuestro corazón sea el amor. Cuando amamos seriamente y de verdad obraremos con rectitud y nobleza, porque siempre lo que buscaremos es lo bueno, el bien que le queremos hacer a los demás.
Cristo viene a transformar nuestro corazón. No sólo nos señala ese camino de rectitud y de amor en el que hemos de vivir sino que también nos acompaña con su gracia, con la fuerza de su Espíritu que nos transforma allá en lo más hondo de nosotros mismos y nos impulsará siempre al bien, a lo bueno, a lo recto, al amor.
Aprovechemos esa gracia del Señor que nunca nos falta. Que nos llene siempre el Espíritu de Sabiduría que nos hace gustar la gracia del Señor y lo hermoso que es el amor que Dios siembra en nuestro corazón.