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jueves, 4 de junio de 2026

El amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida, con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado

 


El amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida, con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado

2 Timoteo 2, 8-15; Salmo 24; Marcos 12, 28b-34

Siempre nos estamos haciendo las mismas preguntas ¿qué es lo que tengo que hacer?, pero quizás no sabemos transformar la pregunta para preguntarnos más bien, ¿qué es lo que tengo que vivir? Podemos hacer muchas cosas, pero no son tantas las que vivimos; somos capaces en un momento determinado rascarnos el bolsillo para comprar un regalo muy hermoso y muy valioso con que queremos obsequiar a alguien, pero no somos capaces de detenernos a su lado para compartir nuestro tiempo, para escuchar cuando tenga que decirnos, o simplemente para estar con esa persona a la que decimos que amamos tanto y obsequiamos con cosas hermosas, pero para la que nunca tenemos tiempo.

Cuidado que en nuestras expresiones religiosas así hacemos, así actuamos muchas veces. Por eso tendríamos que preguntarnos cómo conjugamos esos momentos de nuestra religiosidad con lo que es en el día a día nuestra relación con los demás y el amor que Jesús nos dice que debemos de tenerles.

Hoy se ha acercado un escriba a Jesús para preguntarle - ¿será una vez más una pregunta cargada de intencionalidad para ver cómo cogían a Jesús como en tantas otras ocasiones hemos visto? – ‘¿qué mandamiento es el primero de todos?’ Sabemos cómo a partir de lo que aparece en el libro de la Ley se multiplican los preceptos diluyéndose lo que es lo principal y fundamental. Jesús responde textualmente con aquello que además sabía de memoria y repetía muchas veces al día como un mantra todo buen judío con las palabras de la Escritura. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús quiere complementar este primer mandamiento y por eso añade. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

Solamente recuerda Jesús, repito, lo que todo buen judío tenia que saber; como nosotros cuando decimos que el primer mandamiento es ‘amar a Dios sobre todas las cosas’. Pero es hermoso el comentario que se hace el escriba; era un maestro de la ley y había de tenerlo muy claro a la hora de enseñar al pueblo. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Y aquí tenemos lo maravilloso para contrastar también con lo que nosotros hacemos y no vivimos. ‘Vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

Es importante esta coletilla, porque nos lleva a la manera de hacer la pregunta que nosotros tendríamos que hacer. No son los holocaustos, no son los sacrificios, no son los regalos extraordinarios que en un momento podamos realizar, no son los ramos de flores que podamos llevar o los manteles de altar que podamos regalar, es poner amor de verdad en nuestra vida.

Pero el amor no se manifiesta con cosas, el amor se expresa con la vida. No es lo que nos podamos saber de memoria, son las actitudes de cercanía y de respeto, de valoración de la persona y de cómo la tenemos en cuenta, la sonrisa con que en todo momento la acogemos y el hacerlas partícipes de nuestra amistad, es la integración de toda persona sin distinción en nuestro círculo y es la atención que le prestamos cuando nos cruzamos en la vida o en la calle con ese que nos pueda parecer distinto. ¿De qué me vale el poner una generosa limosna en el cepillo de la Iglesia si cuando cruzo la puerta de la Iglesia ni siquiera doy los buenos días a quien sale a mi lado?

¿Qué es lo que tengo que vivir si me quiero llamar cristiano?

lunes, 6 de octubre de 2025

‘¿Quién se portó como prójimo de aquel hombre?’… ‘pues, vete y haz tú lo mismo’… ¿legalidad o humanidad?

 


‘¿Quién se portó como prójimo de aquel hombre?’… ‘pues, vete y haz tú lo mismo’… ¿legalidad o humanidad?

Jonás 1,1–2,1.11; Sal.: Jon 2,3.4.5.8;  Lucas 10,25-37

De alguna manera la pregunta que le hace aquel maestro de la ley a Jesús es una pregunta que nos hacemos nosotros también y no sé si nosotros andaremos en la honda de lo que era la práctica de aquellos maestros de la ley o de la honda con la que Jesús pretende que sintonicemos. ¿No andaremos también nosotros preguntándonos por cosas que tengamos que hacer, pero sin mover en lo más mínimo las actitudes que tengamos dentro de nosotros? ¿No andaremos también buscando esa lista de cosas imprescindibles para decir que cumplimos pero dejando que nuestro corazón ande por otras partes?

De ahí esa pregunta que no sé si diremos ociosa que se hace aquel hombre ante la respuesta tan formal aparentemente de Jesús. Una pregunta que podría parecer innecesaria pero que se convierte su respuesta en algo fundamental según lo que Jesús nos está queriendo enseñar. ‘¿Quién es mi prójimo?’

Jesús nos propone esta magnífica parábola a la que tantas veces le habremos dando vueltas y vueltas en nuestras reflexiones. El caso de aquel hombre malherido al borde del camino asaltado, robado y maltratado por aquellos ladrones de caminos tan habituales, no sólo en aquellos tiempos sino también en el hoy que vivimos aunque algunas veces se haga con mayor sutileza. Es solo la imagen de punto de partida, aunque también nos tendría que hacer reflexionar.

Pero la parábola comienza a desarrollarse cuando por aquel camino que conduce entre Jericó y Jerusalén transitan un sacerdote y un levita; muy preocupados quizás por llegar puntualmente al templo para la hora de los sacrificios, pero no solo puntualmente sino con la necesaria pureza para poder ejercer su oficio. No solo sería el retraso y la tardanza que se produciría al tener que atender a un hombre herido y maltratado sino las consecuencias en las cuestiones de pureza legal a causa del contacto con la sangre y quizás de un moribundo. Mejor hacerse el distraído. Ellos querían cumplir, ellos querían mantenerse en su pureza legal, ellos querían ser fieles a la ley mosaica, pero, ¿dónde estaba la humanidad? ¿No se casan legalidad y humanidad? Había cosas que cumplir que parece que eran las primordiales.

Será un samaritano, ni siquiera era judío aunque quizás por sus negocios estuviera transitando por aquellos caminos. ¿Iría también con sus preocupaciones y sus prisas por las cosas que traía en mano? Pero aquel hombre supo lo que era lo primordial. Se detuvo junto al caído sin importarle ni preguntarle su procedencia o nacionalidad. La humanidad no tiene que tener esas etiquetas que separan y que distancian. Puso a disposición su cabalgadura, cambió los planes de la organización de su trabajo, ahora había que buscar una posada, ahora había que tener quien atendiera a aquel hombre mal herido, ahora había que disponer de lo que fuera necesario para que aquella persona se recobrara.

No echaba cuentas de lo que se iba a necesitar. ¿Qué interrogante se nos plantea dentro de nosotros cuando andamos preguntando y contando cuánto nos estamos gastando con aquellos inmigrantes ‘ilegales’, y estamos haciendo comparación con lo que nosotros necesitaríamos para salir adelante y que no podemos alcanzar porque se lo dan a otros que tienen menos ‘méritos’ que nosotros. ¿No son esas cuestiones que nos planteamos muchas veces? ¿No son legalidades que queremos reclamar olvidándonos de la verdadera humanidad? Podríamos seguir pensando en muchas cosas que son como el padrenuestro de cada día en nuestras reclamaciones, en nuestras protestas o en nuestras exigencias.

Jesús solo pregunta ‘¿Quién se portó como prójimo de aquel hombre?’ Y solo nos dirá para terminar, ‘pues, vete y haz tú lo mismo’.


domingo, 13 de julio de 2025

Hechos, compromisos, bajarnos de nuestras cabalgaduras, detenernos en el camino, vendas y medicinas que curen, todos podemos llevar con nosotros, amor

 


Hechos, compromisos, bajarnos de nuestras cabalgaduras, detenernos en el camino, vendas y medicinas que curen, todos podemos llevar con nosotros, amor

Deuteronomio 30, 10-14; Salmo 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37

Queremos llegar a un determinado lugar, hemos de saber dónde está; pero tenemos que saber también los caminos, y si tenemos los medios necesarios y suficientes para poder hacer ese camino; necesitamos quien nos diga el lugar de destino, pero también nos señale los caminos, quien nos aporte los medios o nos prepare para ser capaces de realizarlo; no nos contentamos con ir al azar, a lo que salga, aunque muchos sean los que recorren el mundo de esa manera; ¿llegaran a un sitio determinado? ¿Alcanzarán las metas que pretendían lograr? A algunos incluso les puede ir bien y disfrutar de ese camino que por sí mismo hacen.

El evangelio comienza hablándonos hoy de un escriba que se acercó a Jesús para preguntarle qué había que hacer para alcanzar la vida eterna. Siempre andamos con lo mismo, qué es lo que tengo que hacer, y si fuera posible siempre buscaremos los mínimos, que no haya muchas exigencias. Pero quizás también en la mente de aquel escriba estuviera el concepto de que lo que se suele pedir son cosas inalcanzables, son cosas que nos pueden superar, que están lejanas de nuestras posibilidades.

Claro que el libro del Deuteronomio ya había respondido a esa cuestión. Quien busca la Sabiduría de Dios no puede pensar en algo que en todo nos supere y sea inalcanzable. Como nos decía el autor sagrado, ‘este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo, para poder decir: ¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos? Ni está más allá del mar, para poder decir: ¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?’. Y terminaba diciéndonos ‘está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas’.

No le va a responder Jesús haciendo grandes explicaciones, simplemente le va a recordar a aquel escriba algo que todos tenían muy bien aprendido en su mente y que lo tenían ante sus ojos noche y día. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?... Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo... Haz esto y tendrás la vida’.

Pero siempre tenemos una pregunta más que hacer, aunque lo sepamos, aunque lo tengamos claro; queremos llevar el carro por nuestro camino y queremos que nos den las respuestas que nosotros queremos. Hay gente que es muy sutil en este aspecto, y las preguntas que hacen van siempre como teledirigidas. Por eso, pregunta, ‘Y ¿quién es mi prójimo?’ ¿Le habrá salido a este escriba el tiro por la culata?

Ya escuchamos y habremos meditado muchas veces la respuesta de Jesús en esta parábola o mini relato, como queramos llamarlo. El hombre que hacía el camino entre Jerusalén y Jericó, camino lleno de peligros por lo desértico pero lleno también de maleantes. Lo veremos tendido a la vera del camino malherido. Bueno lo veremos si queremos verlo y no damos rodeos, como aquel sacerdote y aquel levita. ¿Se podían contaminar con la sangre de las heridas o acaso más si ya estaba muerto? Y ellos iban o venían de un lugar donde tenían que estar purificados.

Alguien sí lo vio y se detuvo junto a él para socorrerlo; sus paños y vendas para curarle, su cabalgadura, su dinero al posadero… y eso que era un samaritano. No importaba la contaminación, no importaban las diferencias porque era un samaritano, no importaban los peligros del posible acecho de aquellos ladrones y malhechores. El se detuvo. Tenía que sonar estridente en medio de judíos, quizás en el ambiente de Jerusalén escuchar estas palabras de Jesús.

Pero ahora viene la contra pregunta, muy importante, de Jesús. ‘¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Porque no pregunta Jesús como lo había hecho el escriba ¿Quién es mi prójimo, sino quien ha sido prójimo del caído en el camino? No basta saber quien es el prójimo, que ya sabemos que es el otro, el que está cerca o está lejos aunque la palabra prójimo indica más bien proximidad, el que es distinto de mi o al que yo veo de otra manera, aunque también tenemos que saber fijarnos en todos esos prójimos, esos semejantes o distintos, cercanos a mi porque parecen de los nuestros o a los que queremos mantener en la distancia porque quizás nos pueden molestar sus diferencias; es necesario e importante un paso más, que yo me sienta prójimo, que sea capaz de comportarme como prójimo; saber quien es puede ser fácil, pero no al mismo tiempo puedo seguir de largo para no contaminarme, para no comprometerme.

Es algo que tenemos que llevar bien grabado en el corazón. El amor no puede faltar nunca en nuestra vida. Va a ser el único mandamiento del Señor, el único camino que nos lleva a la meta, lo único que tenemos que hacer para tener vida. Y no son palabras bonitas que todos podemos decir, son hechos, son compromisos, es bajarnos de nuestras cabalgaduras y detenernos en el camino, es ofrecer esas vendas y medicinas que curen que todos en nuestro amor podemos llevar consigo. Aunque no siempre es fácil, pero tiene que ser nuestra predisposición.‘

Anda y haz tú lo mismo’. No hace falta decir más.

lunes, 6 de noviembre de 2023

Una nueva perspectiva y una nueva dimensión del amor que lo engrandece, nos adelantamos a amar con generosidad a la manera como Dios nos ama

 


Una nueva perspectiva y una nueva dimensión del amor que lo engrandece, nos adelantamos a amar con generosidad a la manera como Dios nos ama

Romanos 11,29-36; Sal 68; Lucas 14,12-14

Hoy por ti, mañana por mí, solemos decir muchas veces cuando nos echamos una mano para ayudarnos en algo. Está bien que tengamos esa disponibilidad y que nos ayudemos los unos a los otros; lo vemos en muchas situaciones de la vida, en nuestras tareas domésticas, en nuestros trabajos, entre vecinos o familiares. ¿Será como un pago que nos hacemos por la ayuda recibida ofreciendo también nuestra ayuda? Hay ese peligro de tomárnoslo como una compraventa de favores, donde no empleamos el dinero pero en nuestros intereses está muy presente lo que los otros nos hayan hecho positiva o negativamente. Casi como anécdota he escuchado a alguien que ha asistido a un entierro de un vecino, que está adelantando un día de trabajo para el día de mañana, como queriendo decir que ahora está asistiendo a ese funeral para que cuando le llegue su hora sean también muchos los que asistan.

Por eso, también habremos escuchado aquello de que a aquella persona nadie le ayuda, porque él realmente tampoco le ayuda a nadie; vive como un huraño, metido en sus cosas y se las resuelve por si mismo, ni pide ayuda, ni es capaz de ofrecer ayuda a alguien, se aísla.

Pero cuando nosotros estamos hablando del amor cristiano, el amor según el sentido de Cristo, no nos podemos quedar aquí. Es a lo que está haciendo referencia hoy en el evangelio. Y es que nuestro amor cristiano es amar con el amor de Cristo, con un amor como el de Cristo. Y ya sabemos lo generoso que es su amor. Y es también el paso que nos cuesta dar. Somos generosos hasta cierto punto; en nuestra generosidad tenemos el peligro y la tentación de poner medidas y contramedidas, pesos y contrapesos. Y algo que nos estaría fallando en la medida de ese amor.

Es cierto que amamos a Dios porque nos sentimos amados, y de qué manera, por El; de ahí arranca todo nuestro amor; queremos, por así decirlo, parecernos a Dios; a imagen suya hemos sido creados. Y cuando nos sentimos inundados por su amor parece que ya no nos queda otra, sino amar con un amor como el que El nos tiene. Así de generoso tiene que ser nuestro amor; así tendrá que ser el amor que le tengamos a los demás, porque además amamos a los que Dios ama.

Por eso en un ejercicio, por así decirlo, de un amor verdadero nosotros nos adelantamos como lo hace Dios con nosotros. Así es como tiene que ser el amor que le tengamos a los demás; no porque ellos nos amen, no porque ellos sean buenos con nosotros, no como un pago o una correspondencia al amor que nos tienen, lo que ya en sí sería muy hermoso. Es que en nuestro amor, a la manera del amor que el Señor nos tiene, nosotros nos adelantamos a todo el amor que podamos recibir. Es la generosidad que tiene que resplandecer en nuestro amor.

Y de esto nos habla hoy Jesús en el evangelio. Como recordamos Jesús estaba asistiendo a una comida a la que le había invitado uno de los principales de la ciudad. Y allí estaba Jesús rodeado de todos aquellos amigos del que lo había invitado. Parece lo normal, invitamos a una comida a nuestros amigos. Y así vamos correspondiéndonos los unos con los otros. Nos sentimos obligados a invitar a quien nos ha invitado. Y es ahí donde Jesús nos hace que nos detengamos.

‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

Todo un cambio de perspectiva. Una mirada nueva al sentido del amor. Una dimensión que nos va a engrandecer. Es mucho más de lo de hoy por ti y mañana por mí, que solemos hacer. ¿No decimos que amamos sin esperar nada a cambio? ¿Seríamos capaces nosotros de hacerlo?

 

 

lunes, 9 de octubre de 2023

No solo es cuestión de saber quién es mi prójimo sino de ser yo capaz de comportarme como prójimo

 


No solo es cuestión de saber quién es mi prójimo sino de ser yo capaz de comportarme como prójimo

Jonás 1,1–2,1.11; Sal. Jon 2,3.4.5.8; Lucas 10,25-37

Todos nos hacemos preguntas; son nuestros deseos innatos de saber, de aprender, de conocer; preguntas que buscan caminos, preguntas que esperan una respuesta, preguntas que se hace uno a sí mismo, preguntas en cuya respuesta queremos darle una profundidad o un sentido a la vida, preguntas que son una petición de ayuda; preguntas llenas de sinceridad en esos deseos de búsquedas, pero preguntas en ocasiones maliciosas, envenenadas, porque buscan una respuesta a su gusto y su ritmo, porque quieren dejar en evidencia a aquel a quien le hacen la pregunta, preguntas retóricas que se quedan en el aire porque no esperan respuesta, o no queremos escuchar la respuesta. De todo eso tenemos en la vida, de todo eso tenemos experiencias porque nosotros mismos las hacemos, o porque somos interrogados por los que nos rodean.

Un letrado se acerca a Jesús. ¿Busca respuestas? ¿Quiere enreversar el asunto? La pregunta parece ser seria. ¿Qué tiene que hacer para heredar la vida? ¿Busca recetas o busca cosas sabidas? Porque Jesús le abre el camino. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?’ La respuesta tenía que darla el mismo porque para eso era maestro de la ley. Y no le quedará más remedio que recitar aquello que todo judío sabía de memoria y repetía varias veces al día.

‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo’. Lo repetían al acostarse y al levantarse, al sentarse a la mesa, al salir de casa o al entrar en casa. Y Jesús le dice que ha respondido sensatamente, que haga eso y tendrá vida. ¿Querrá aún justificarse en las preguntas que está haciendo? ‘Y, ¿quién es mi prójimo?’

Jesús nos dejará la parábola del buen samaritano que todos conocemos bien y tantas veces hemos meditado. Pero, ¿nos sucederá a nosotros lo mismo que por mucho saberlo a final terminamos por no hacerlo? Sabemos bien quién es nuestro prójimo, no cabe duda. Pero ponemos nuestros entredichos, nuestros paréntesis, nuestras distinciones porque nos parece que no son lo mismo unos que otros; aceptamos como nuestro prójimo al que nos cae bien, piensa como nosotros, es de los nuestros, pero pronto comenzamos a hacernos reservas, porque no es de aquí, porque es otro el color de su piel, porque su apariencia no nos es agradable o incluso quizás nos repugna, porque un día me hizo o me dijo, me trató más o me despreció, porque tuvimos nuestras diferencias y ya lo miramos de otra manera…

Por cuantos pasamos de largo, como aquel sacerdote o aquel levita de la parábola que nos propone Jesús. Queremos llegar temprano al templo, tenemos tantas cosas que hacer que ahora no me voy a entretener, no llevo suelto en el bolsillo… cuantas cosas, cuantas disculpas nos buscamos. No es fácil mirar como prójimo al otro, porque creamos tantas distancias, inventamos tantas barreras, seguimos poniendo tantos escalones y pedestales. Lo sabemos muy bien, pero no lo hacemos tan bien.

Cuando el escriba le respondía textualmente diciendo lo que estaba en la ley de Moisés, Jesús le dijo ‘haz esto, y tendrás vida’. Ahora tras la parábola en la que Jesús nos quiere decir quien es nuestro prójimo y lo que no tenemos que hacer con él, le dirá que vaya y haga lo mismo que aquel que se portó como prójimo del otro. No es cuestión solo de saber quien es el prójimo y miramos hacia fuera, sino que tenemos que mirarnos a nosotros mismos y portarnos como prójimo del que está a nuestro lado sea quien sea.

‘Anda, haz tú lo mismo’.

sábado, 20 de mayo de 2023

No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor

 


No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor

Hechos 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Escuchamos estas palabras de Jesús pronunciadas en el marco de la última cena, cuyos textos hemos venido reflexionando en estos días, palabras que nos hablan de despedida, de marcha al Padre, precisamente cuando litúrgicamente vamos a celebrar mañana la Ascensión.

Como hemos venido notando en las reflexiones que en torno a la Palabra nos hemos venido haciendo hay algo en lo que insiste Jesús una y otra vez. Siempre la sensación de despedida es de abandona, de la soledad en que se van a quedar después de la despedida, como suele suceder en la vida. lloramos siempre la partida de alguien por la soledad que vamos a padecer los que nos quedamos, ya sea en la despedida de alguien que marcha a otro lugar, ya sea en la partida a la hora de la muerte.

¿Nos vas a dejar solos? Jesús está repitiéndonos insistentemente que no nos deja solos, estará siempre la presencia de su Espíritu, el Espíritu de la Verdad que, como hemos reflexionado, nos lo enseñará todo, nos irá recordando todo lo referente a Jesús. Pero ahora el texto nos insiste en la oración. Tendremos la certeza de que seremos escuchados, tenemos la certeza del Padre que nos ama y nos escucha. Como nos dice Jesús, no es que El interceda por nosotros, aunque en otro momento nos diga que será nuestro intercesor, sino que el Padre nos escucha porque somos sus hijos.

‘Aquel día pediréis en mi nombre, - nos dice y nos añade aun más - y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. El Padre nos ama por el amor que le tenemos a Jesús, por la fe que hemos puesto en Jesús.  Es hermoso. Es como si alguien nos dijera que nos ama y que nos escucha, porque somos amigos de su hijo, o aquello otro que decimos tantas veces, los amigos de mis amigos son mis amigos también.

Jesús se vuelve al Padre pero no nos deja solos. La maravilla de nuestra fe nos hace descubrir una presencia que no tenemos que ver con los ojos de la cara, es lo que podemos sentir en el corazón. Algunas veces en nuestros momentos de fervor nos llenamos de añoranzas y nos ponemos a pesar si nosotros hubiéramos estado allí, en aquellos momentos de los que nos habla el evangelio, cómo habría sido nuestra fe, como nosotros no le hubiéramos abandonado ni rechazado, con cuanto fervor hubiéramos vivido junto a El. Pero en la maravilla de nuestra fe, como decíamos, no necesitamos de esa presencia que palpemos con los ojos de la cara. Hay algo místico y maravilloso que nos hará sentir, nos hará vivir esa presencia de Jesús junto a nosotros. Es lo que ahora tenemos que intensificar.

Es lo que vivimos en nuestro sentido de Iglesia, es lo que vivimos en los sacramentos, es lo que vivimos con nuestra oración y mira que Dios nos escucha, pero es también lo que vivimos en el encuentro con los hermanos; cuando estamos reunidos en su nombre allí está en medio de nosotros. Pero es también que en cada hermano que viene a nuestro encuentro está viniendo Jesús a nosotros, en cada gesto de amor que nosotros tengamos para los demás es como si a El se lo estuviéramos haciendo. ‘Todo lo que hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicisteis’, que nos dice Jesús.

No nos deja solos, su presencia es permanente junto a nosotros, abramos los ojos de la fe y gocémonos en su amor.

lunes, 27 de febrero de 2023

No son los protocolos los que hacen la dignidad de la persona, sino el grado de humanidad con que tratamos al otro lo que eleva la dignidad de todo ser humano

 


No son los protocolos los que hacen la dignidad de la persona, sino el grado de humanidad con que tratamos al otro lo que eleva la dignidad de todo ser humano

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46

Cuando Dios nos creó, como nos enseña la Biblia desde la primera página, nos dotó de la más gran dignidad y nos hizo para el amor; será en ese amor donde alcanzaremos la más alta cota de nuestra dignidad. Un poco de calor humano en nuestras relaciones nos hace más grandes y más felices que todas las leyes y normas que podamos establecer para proclamar la dignidad de la persona.

Es necesario el respeto, ciertamente, pero podemos manifestar nuestro respeto desde la frialdad del corazón. Podemos tener todos los protocolos que queramos imaginar para que tratemos dignamente a las personas, pero si en nuestro trato falta ese calor humano que solo puede nacer puro cuando nace desde el amor, lo que obtendremos en nuestra relacion entre los unos y los otros será frialdad; qué mal nos sentimos cuando simplemente nos dicen todo lo que tenemos que hacer para beneficiarnos de unos derechos, si quien nos lo está manifestando en sus gestos, en la forma de hablarnos, en su mirada, en su cercanía y su escucha no pone ese calor humano para poder uno sentirse acogido y amado.

Es el amor el que nos engrandece, el que nos hace sentirnos personas de verdad cuando lo recibimos y cuando lo ofrecemos. Es el amor que me valora y me dignifica, es el amor que me hace levantarme cuando estoy hundido, es el amor el que me hace descubrir ese rayo de esperanza para caminar cuando todo me parece turbio porque estoy envuelto en mil problemas, es el amor el que despierta en mí la alegría de la vida.

Por eso son tan importantes los gestos de humanidad que vamos regalando mientras hacemos el camino. No son grandes cosas, pero ese vaso de agua que se me ofrece para calmar mi sed, ese sitio que se me ofrece cuando los que están sentados se acomodan aun en su estrechez para que yo también pueda sentarme, esa sonrisa que llega a mi como una brisa fresca cuando voy acalorado en el camino buscando mil soluciones para mis problemas, ese cederme el paso en el lugar estrecho para evitar que vaya por donde se pueda poner en peligro mi vida, esa mirada que sin palabras me enseña a confiar en mi mismo y en mi capacidad para salir de aquel mal momento… son pequeños gestos de humanidad que me hacen sentirme querido y valorado y que me harán caminar con mayor esperanza e ilusión. Son los que también hemos de saber regalar en cada paso a los demás.

Nos decía Dios desde el texto del Antiguo Testamento las cosas que habíamos de evitar, y simplemente nos daba una razón, porque ‘yo, el Señor tu Dios, soy santo’. Y nos enseñaba como tenemos que amar como nos amamos a nosotros mismos, y lo que no queramos para nosotros, no lo podemos querer nunca para nadie.

Pero Jesús en el evangelio nos levanta el listón un punto más, porque ya nos dice que tenemos que amar como El nos ha amado. Y para que seamos capaces de hacerlo nos dice que cuando hicimos una de esas pequeñas cosas a los demás, a El se lo estábamos haciendo. Desde entonces en el otro no solo he de ver a una persona repleta de dignidad y que con dignidad hemos de tratar, sino que en el otro estaremos siempre viendo a Jesús a quien no podremos amar si no amamos de verdad al hermano.

Nos habla Jesús hoy en el evangelio de que nos va a preguntar cuando nos presentemos a El en el examen final de nuestra vida. Y de lo único que nos va a examinar es de amor. En esa alegoría del juicio final nos va señalando esas actitudes de amor que hemos de tener con los demás que van a manifestar la autentica cordialidad de nuestro corazón. En nuestra reflexión nos hemos detenido en algunos gestos de humanidad que en el día a día podemos tener para los que están a nuestro lado. El amor es creativo, porque cada uno va a encontrar sus gestos, esos gestos que tiene que tener con las personas concretas con las que convive, con las que trabaja, con las que hace su vida, con las que se va a cruzar por la calle. Es ahí donde tenemos que derretirnos de amor.

Es lo que ahora en este camino cuaresmal que casi estamos empezando a hacer tenemos que revisar, tenemos que plantearnos, tenemos que poner por obra. Es el auténtico ayuno y la auténtica penitencia que tenemos que hacer; es la verdadera oración en la que vamos a encontrarnos con el Señor. Piensa, por ejemplo, que cuando te detienes en el camino a escuchar a aquella persona que una y mil veces quizás te va a contar lo mismo, es como si estuvieras orando con el Señor.

lunes, 3 de octubre de 2022

Nos tenemos que preguntar no solo quien es el prójimo sino como nosotros nos comportamos como prójimos con los que nos cruzamos en los caminos

 


Nos tenemos que preguntar no solo quien es el prójimo sino como nosotros nos comportamos como prójimos con los que nos cruzamos en los caminos

Gálatas 1,6-12; Sal 110; Lucas 10,25-37

El propio significado de la palabra lo dice, prójimo es el que está cerca, el próximo, el que está al lado y parece que no tiene mucha complicación su interpretación. Pero claro, nosotros consideramos próximos a nosotros a los que son de los nuestros, a nuestros familiares, a nuestros amigos, a aquellas personas con las que habitualmente nos relacionamos y mantenemos una buena relación; estaríamos hablando de una cercanía por la sintonía familiar o de amistad que mantengamos con esa persona. Pero ¿no nos estará sucediendo que incluso aquellos que físicamente están cercanos a nosotros en esa otra sintonía los estaremos poniendo lejos?

Creo que esto es lo que nos está planteando Jesús. Vayamos por partes. Un letrado, un maestro de la ley se ha acercado a Jesús para preguntar por lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna; Jesús le responde haciendo que recuerde qué es lo que dice la ley de Moisés, cuales son los mandamientos. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?’ a lo que aquel letrado no le quedará más remedio que responder con aquello que todo buen judío se sabia de memoria, que era el mandamiento principal que hablaba del amor a Dios sobre todas las cosas y del amor al prójimo.

Y es aquí cuando comienzan los cuestionamientos. Aquel hombre pregunta ‘¿quién es mi prójimo?’ Jesús le responderá con la parábola que todos conocemos, la hemos escuchado muchas veces y nos hemos repetido hasta la saciedad en comentarios. Un hombre malherido al ser asaltado por unos ladrones que queda tirado a la orilla del camino. ¿Está vivo? ¿Está muerto? Un problema para aquel sacerdote y para aquel servidor del templo, que si llegaban a tocar un muerto quedarían impuros y eso les incapacitaría para el servicio del templo hasta que hicieran la correspondiente purificación. Era la ley de Moisés que en esos aspectos tan escrupulosamente querían cumplir. Por eso dan un rodeo. Como para no ver al herido.

Pero alguien más va por el camino. Estamos en la tierra de Judá, entre Jerusalén y Jericó, pero quien viene ahora por el camino no es un judío, sino un hombre de Samaria. Bien conocida es la rivalidad entre judíos y samaritanos, y como estos eran mal vistos por los judíos, porque los consideraban como unos herejes al haberse construido otro templo en el Garizín. Pero este hombre sí se detiene junto al herido, lo cura, lo monta en su cabalgadura y lo lleva a una posada donde lo terminen de curar desprendiéndose de lo que fuera necesario para que aquel hombre se recuperara.

Y es ahora cuando Jesús hace la pregunta al letrado pero dándole la vuelta a lo que éste antes había preguntado. No pregunta Jesús quien es el prójimo, sino quien se portó como prójimo, quién se hizo cercano, quien no midió distancias ni afectos ni amistades, quien se bajó de la cabalgadura para curar y para ceder puesto, pues en esa cabalgadura sin más miramientos montó al herido para llevarlo a la posada.

Y es la pregunta que nos late también a nosotros en lo más hondo de nosotros mismos. ¿Cuándo nos portamos como prójimos? ¿Con quien nos portamos como prójimos? ¿Será solo aquello de que yo soy amigo de mis amigos y con ellos me porto bien? ¿Será aquello de que yo te ayudo hoy porque tú me ayudaste ayer o para que me ayudes mañana? ¿Habremos convertido la ayuda o el servicio que les prestamos a los demás en algo así como una compraventa, porque yo te doy para que tú me des?

Mucho tiene que hacernos pensar. Mucho tiene que hacernos reflexionar sobre la manera como vamos caminando por la vida. Mucho tenemos que abrir los ojos, pero abrir también el corazón para comenzar a ver con una mirada distinta a tantos con los que nos cruzamos en los caminos y a los que ni miramos ni somos capaces de regalarles una sonrisa. Reconozcamos que cuesta.

domingo, 10 de julio de 2022

La cuestión final no está en haber visto al prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él

 


La cuestión final no está en haber visto al prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él

Deuteronomio 30, 10-14; Sal 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37

No es lo mismo ver a alguien que encontrarse con una persona. Habrá sucedido más de una vez vamos por la calle y vemos a alguien a lo lejos, pero buscamos la manera de desviarnos para no encontrarnos con ella. La viste, pero no te encontraste. Muchas razones (¿?) porque no nos apetecía, porque te iban a decir si me veían con esa persona, no era de mi agrado, un día me dijeron, es una latosa y no quiero perder el tiempo… mil razones que nos buscamos, mil disculpas, mil disimulos, mil vueltas y más vueltas.

Como cuando hacemos preguntas que ya de antemano sabemos la respuesta, pero a ver qué me dice, o a ver la vuelta que le puedo dar, o no queremos entender y volver con la pregunta es dar más vueltas para olvidarnos de lo que sabemos que es lo principal, o queremos que la respuesta coincida con mis intereses, mis planteamientos y nos volvemos retorcidos en lo que preguntamos porque queremos hacer decir lo que a nosotros nos conviene.

Cosas así estamos viendo en el evangelio de hoy. Aquel letrado se acercó a Jesús con una pregunta que para el letrado ya estaba en sí misma contestada. ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ ¿Preguntaba por los mandamientos? La primera respuesta que le da Jesús es hacerle repetir lo que todos sabían bien de memoria, lo que estaba escrito en la ley, lo que todo buen judío repetía casi como una oración cada vez que salía o entraba de casa. Pero buscaba recetas, a ver unas cuantas cosas que no sean muy difíciles que yo haga y repita y con eso ya está todo logrado. Pero el mandamiento del Señor no son recetas, no es una simple lista de cosas que tengamos que hacer y ya nos quedamos tranquilos.

 Cuando es el mismo letrado el que ahora tendrá que responder a la pregunta de Jesús sobre lo que está escrito en la ley, ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo’, Jesús le dirá que lo haga y que tendrá vida. Pero parece que para él no ha habido la respuesta que buscaba. Por eso preguntará ‘y, ¿quién es mi prójimo?’

Pero al final, cuando hayamos terminado de escuchar todo lo que ahora nos dice Jesús con la parábola, quizá más que preguntarse quién es tu prójimo será preguntarse si uno se comporta como prójimo de aquellos con los que nos encontramos por el camino. Porque no podemos ir por la vida no queriendo ver a las personas para no encontrarnos con ellas, como ya decíamos al principio. Es no tener miedo de encontrarte de frente con esa persona que está gimiendo bajo el peso de su dolor, que está ante tí con sus desgarros en el alma, que lo tenemos ante los ojos no ya tanto con una ropa andrajosa sino quizá con diferencias en la vida que nos pudieran repugnar porque nos vamos haciendo tantas distinciones y diferencias que siempre tenemos que ven algún tipo de andrajo en la otra persona para no querer acercarnos a ella.

Y eres tú, y yo soy el que tiene que portarse como prójimo de esa persona, porque nos ponemos en su cercanía, a su lado, porque sentimos el gemido de su dolor o sus lágrimas nos pueden salpicar y tenemos que ser paño de lágrimas para esa persona, porque tendemos nuestra mano sin ningún temor de contagio (ahora nos saludamos chocando los codos) porque queremos curar sus heridas, porque queremos acompañarle en ese camino que está haciendo, porque vamos a llevarla del brazo en ese estado de recuperación de dignidad que quizás pueda necesitar y nosotros le vamos a ofrecer.

No me entretengo en detalles de la parábola que son de muy rico significado porque ya todos los conocemos y lo habremos meditado muchas veces. Queda esa última pregunta que ahora es Jesús el que la hace, nos la hace. ‘¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Porque la cuestión final no está en haber visto a ese prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él. No nos valen disculpas, no nos valen los rodeos, no nos vale el hacernos los ciegos o desentendidos, lo importante es lo que hacemos. ‘Anda y haz tú lo mismo’, nos dice Jesús.

Y cuando estamos haciendo esto estamos mostrando de verdad lo que es el amor que a Dios le tenemos. Por eso, ya en el mismo texto de la Ley junto a lo que ha de ser, cómo ha de ser el amor que le tengamos a Dios, ‘con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente’, inmediatamente se nos dice, ‘y a tu prójimo como a tí mismo’.

Como nos decía el libro del Deuteronomio, ‘este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo…,.ni está más allá del mar… El mandamiento está muy cerca de tí: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas’. Dios no nos obliga a hacer cosas porque sí, lo que quiere el Señor es que vivamos con toda dignidad, pero no solo pensando en nosotros mismos sino pensando en la dignidad y grandeza de los demás que por eso siempre merecerán nuestro amor. Es el amor el que en verdad nos hace grandes porque en verdad nos hace parecernos a Dios, tan bien reflejado en su misericordia en la parábola que Jesús nos ofrece. Es lo que en verdad hemos de preocuparnos de hacer.

martes, 14 de junio de 2022

Dame tu fuerza, Señor, para que pueda amar al prójimo con tu amor, dame tu luz para mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para ser capaz de ponerlo en el mío como un hermano

 


Dame tu fuerza, Señor, para que pueda amar al prójimo con tu amor, dame tu luz para mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para ser capaz de ponerlo en el mío como un hermano

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48

Aunque habitualmente cuando escuchaban hablar a Jesús la gente sentía como les ardía de nuevo el corazón porque se despertaban muchas esperanzas en el mundo nuevo que les anunciaba Jesús, también es cierto que en ocasiones salían perplejos y confundidos porque de alguna manera les parecía muy sublime lo que Jesús les anunciaba y les podía parecer una utopía irrealizable su mensaje. En más de una ocasión salían diciendo que era dura aquella doctrina, algunos incluso no querían escucharle más.

Siempre recuerdo las palabras proféticas del anciano Simeón que hablaba de un signo de contradicción y que aquel niño iba a significar que se decantasen clara y valientemente ante su figura y su mensaje. Esa perplejidad se les producía cuando Jesús les hablaba de aquel estilo nuevo de amar que habían de tener lo que le siguieran y quisieran llamarse sus discípulos. Porque bueno, eso de amar está bien, y ya amamos a los que están cercanos a nosotros, ya amamos a la familia, a los que son nuestros amigos o a aquellos que han hecho algo en algún momento por nosotros. Pero ¿amar también a los enemigos? Si ya nos cuesta amar a los amigos, porque siempre estamos tentados a mirar primero las sombras que lo que podría ser objeto de amor en ellos, ¿Cómo vamos a amar a los que nos hayan hecho mal, nos hayan hecho daño?

La perplejidad no fue solo de los que entonces le escuchaban en aquel sermón del monte, porque esa perplejidad la seguimos teniendo hoy los que vivimos en el siglo XXI. Pero ahí está precisamente la sublimidad de lo que es el amor verdadero, el amor en el sentido de Cristo. Porque no son puros sentimientos de afecto lo que se nos pide, que pueda surgir fácil de nosotros cuando de alguna manera queremos corresponder a algo bueno que nos han hecho. No son simples palabras que nos sirvan de base para una bonita poesía o para ponerle música en una hermosa canción. No son emociones momentáneas que pueden aparecer en un momento determinado pero que luego pronto se borran como se secan las lágrimas de nuestros ojos.

Y es que lo sublime que Jesús nos está proponiendo es un amor como el suyo, un amor como el que Dios nos tiene. Nos dirá que amemos al prójimo, que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Es que tenemos que comenzar por poner a ese que tiene que ser objeto de nuestro amor como prójimo nuestro. No lo miramos en la lejanía, a la distancia, lo ponemos a nuestro lado, lo hacemos nuestro prójimo, y al final nos terminará diciendo que lo miremos como un hermano.

No es cualquier cosa. Es una nueva mirada. Es un nuevo lugar que ha de ocupar en nuestra vida, porque tenemos que ponerlo cerca de nuestro corazón para que sea nuestro prójimo. Entonces ha de surgir una nueva comunión de amor; entonces sabremos hacer como lo hizo El desde la cruz amar disculpando, perdonar porque está amando a quien disculpa incluso de aquello que haya hecho mal.

Claro que esto no se puede hacer de cualquier manera, ni lo puede hacer cualquiera; lo podemos hacer quienes sabemos llenarnos de Dios, quienes sabemos dejarnos conducir por su Espíritu, quienes ponemos a Dios en el iris de nuestros ojos para tener una mirada nueva, una mirada luminosa, una mirada de amor. Hoy nos dirá que recemos por aquellos que nos han hecho mal. ¿Qué significa rezar así? No es recitar una fórmula, no es una buena voluntad de decir mira Señor a aquel que me hizo mal para que cambien sus actitudes o sus posturas, es decirle al Señor dame tu fuerza para que pueda amarlo con tu amor, dame tu luz para que pueda mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para que yo sea capaz de ponerlo en el mío.

Es un amor nuevo, es un amor más sublime, es un amor divino con el que comenzaremos a amar desde lo más hondo del corazón.


lunes, 7 de marzo de 2022

Busquemos utilizar la órbita que en verdad nos hace pasar al lado de los hermanos, tan juntos que aunque vayamos cegatos tengamos que tropezar con ellos para encontrarnos con Jesús

 


Busquemos utilizar la órbita que en verdad nos hace pasar al lado de los hermanos, tan juntos que aunque vayamos cegatos tengamos que tropezar con ellos para encontrarnos con Jesús

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46

‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’ Lo tremendo sería que todavía siguiéramos haciéndonos esa pregunta queriendo pasar por ignorantes y que nada saben. Terrible seríamos aun más si fuéramos tan cegatos que no seamos capaces de ver a ese hambriento, o desnudo, o enfermo con el que nos vamos tropezando a cada rato.

Vamos de insensibles por la vida;  nos sensibilizamos quizás en cosas que nos pueden tocar directamente a nosotros y entonces nos convertimos en plañideras que no terminamos de hacernos lamentaciones, porque nos pasó esto o aquello y nadie hizo nada por nosotros. Para eso estamos pronto; cuando son problemas que nos afectan directamente o son asuntos que atañen a aquellos que consideramos como de los nuestros, nuestros amigos, nuestra familia, los que son de nuestro sentir o están en la misma cuerda social que nosotros, entonces levantamos la voz, damos gritos, ponemos pancartas, hacemos manifestaciones, y clamamos por la justicia y por los derechos de aquellos que a nosotros nos parece que han sido conculcados.

Pero llegar a tener una visión tal como nos la ofrece hoy el evangelio donde Jesús se está situando en la persona que sufre y lo que hagamos o dejemos de hacer a esas personas es como si se lo  hiciéramos a Cristo, eso es algo que nos cuesta más.  Jesús nos está diciendo que cuando no socorrimos al hambriento, al desnudo, al huérfano, al desplazado que llega a nuestra puerta es como si se lo hubiéramos hecho a El. Pero esa visión nos cuesta más tenerla.

Y Jesús aquí no hace rebajas, como nosotros estaríamos dispuestos a pedirlas que para eso si estamos al tanto. Jesús habla con radicalidad, porque nos está hablando de juicio final y definitivo donde podríamos vernos sorprendidos cuando pensábamos que nosotros éramos tan cumplidores que pagábamos el diezmo hasta por el comino. Nosotros que no faltábamos a Misa,  nosotros que asistíamos siempre a las procesiones de semana santa, nosotros que ‘echábamos una peonada’ para que luego nos acompañaran a nosotros cuando asistíamos al entierro de un vecino o de un compañero de trabajo. Si somos tan cumplidores, pensamos, y viene Jesús nos sale con otras historias que nos dejan descolocados. Lo que hagamos o dejemos de hacer a cualquiera de los hermanos en sus situaciones de dolor o en sus situaciones difíciles, es como si se lo hubiéramos hecho a Jesús.

Por eso Jesús dejaba descolocados a aquellos que entonces le escuchaban. Muy preocupados por el culto en el templo, por los sacrificios que cada día se ofrecían, de cumplir con el ayuno o guardar más que religiosamente el descanso sabático, y ahora Jesús les dice que lo que hagan o dejen de hacer a los demás tiene mucha más importancia. Es el orden nuevo que Jesús viene a proponernos, es el verdadero sentido del Reino de Dios, donde es importante el culto que le demos a Dios y el respeto a su santo nombre, pero es igualmente importante el respeto que le tengamos a los demás, el amor que les manifestemos, o la misericordia y compasión con que los tratemos.

Y nosotros todavía seguiremos preguntándonos que cuándo fue que no vestimos su desnudez, no calmamos su sed, o lo dejamos abandonado en su soledad de la enfermedad o de la ancianidad.

Hay que cambiar el chip. Tenemos que cambiar la manera de ver las cosas. Tenemos que entrar en otra órbita porque por la que solemos ir aunque creamos que nos está llevando a Dios, realmente nos está alejando cada vez más de El. Busquemos utilizar la órbita que en verdad nos hace pasar al lado de los hermanos, tan junto a ellos que aunque vayamos cegatos tengamos que tropezar con ellos; si así nos vamos encontrando con el hermano que sufre, estaremos cada día más cerca de Dios, porque estaremos encontrándonos con Jesús, y desde ese momento todo comenzará a tener una nueva luz.

jueves, 3 de junio de 2021

Cuando el amor es la razón de ser de nuestro vivir que marca nuestra relación con los demás no estamos lejos del Reino de Dios

 


Cuando el amor es la razón de ser de nuestro vivir que marca nuestra relación con los demás no estamos lejos del Reino de Dios

Tobías 6, 10-11; 7, 1. 8-17; 8, 4-9ª; Sal 127; Marcos 12,28b-34

Todos buscamos o nos preguntamos de una forma o de otra qué es lo importante en la vida; de alguna manera es preguntarse por el sentido de su existir. Se preguntarán qué es lo que nos hace más felices o nos preguntaremos qué tenemos que hacer para realizarnos de verdad como personas, nos preguntaremos qué es lo que en verdad merece la pena en la vida o nos preguntaremos por el fin de nuestra existencia; qué somos o para qué vivimos, que sentido tiene lo que hacemos o qué es lo que verdaderamente nos hace grandes; a dónde nos lleva todo lo que hacemos o qué sentido tienen nuestras luchas muchas veces llenas también de sufrimientos y de agobios. Estamos preguntándonos por la razón de nuestro ser.


Todo eso se traduce en distintas formulaciones al hacernos las preguntas y detrás de todo eso está ya en cierto modo el sentido o la orientación que le estamos dando a nuestra existencia. El hombre creyente y religioso se preguntará para qué nos ha puesto Dios en esta vida, en este mundo, o nos estaremos preguntando en el fondo cuál sería el mandamiento que tenemos que cumplir para que se realicen esos planes de Dios. En el evangelio veremos quien le pregunta a Jesús por la vida eterna y lo que ha de hacer para alcanzarla o le preguntan a Jesús cuál es el primer y principal mandamiento de Dios, como hoy mismo hemos escuchado.

Aunque la respuesta se da con una formulación que nos ofrece la misma Escritura sagrada en el fondo se nos está respondiendo a esa pregunta expresada en formulas múltiples según hemos venido reflexionando. Y la respuesta va encaminada por el propio ser de la persona pero también por nuestra relación con Dios y con los demás. Esa forma de decirnos que el principal mandamiento es amar a Dios con todo nuestro ser, pero que el segundo mandamiento es amar al prójimo, pero que en el fondo nos está diciendo también que tenemos que amarnos a nosotros mismos, porque es de la misma manera cómo amaremos a los demás, nos está dando un sentido de nuestro ser, de nuestra existencia.

Dios, el prójimo, nosotros mismos. Que no es encerrarnos en nosotros prescindiendo de los demás, sino que nuestra grandeza está cuando sabemos hacer esta relación con todo sentido y con todo valor. Alguno podría pensar que amarse a sí mismo es solo buscar su propio bien porque solo buscamos lo que nos satisfaga a nosotros olvidándonos de los demás; por eso buscará poder o buscará riquezas, buscará placeres sin fin o buscará endiosarse a sí mismo, pero eso lo aislará, lo encerrará en su propio círculo y nunca alcanzará la más noble satisfacción para su vida.

Todo esto nos está diciendo como será el amor, y el amor en su sentido más profundo de lo que es amar, lo que verdad le hará feliz, lo que en verdad le hará grande, lo que en verdad le va a hacer alcanzar la mayor plenitud para su vida. No es verdaderamente feliz el que porque se ama a sí mismo se encierra en sí mismo, necesita de la relación, necesita del otro, necesita de Dios. Por eso Jesús comienza hablándonos de ese amor a Dios sobre todas las cosas, pero de ese amor a Dios en quien amamos necesariamente a los demás a quienes ya vemos como hermanos, y todo eso porque hemos sabido también amarnos a nosotros mismos porque como nos amamos a nosotros amaremos a los demás.

Amarse a si mismo sin entrar en relación con los demás, no es verdadero amor, porque el amor siempre es donación ¿y a quien nos damos si solo nos amamos a nosotros mismos? Eso sería encerrarse en un círculo, lo que es aislarse, lo que impedirá el desarrollar todo lo más grande y hermoso que tengamos en nosotros. Cuando así nos demos es cuando verdaderamente nos vamos a sentir felices, es cuando verdaderamente nos vamos a sentir grandes. Y todo en ese amor de Dios que nos envuelve y nos hace dar lo mejor de nosotros mismos.

‘No estás lejos del Reino de Dios’, le dice Jesús al escriba que había venido con las preguntas. No estaremos lejos del Reino de Dios si nosotros vivimos un amor así, en que reconocemos por encima de todo lo que es el amor de Dios pero lo traducimos en ese amor que tenemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Quien ama así estará siempre viviendo en sintonía con los valores del Reino de Dios.

viernes, 26 de febrero de 2021

Seamos capaces de tener la mirada de Dios hacia los demás y comenzaremos a tratarnos con dignidad y nuestra vida se llenará de amor y de paz

 


Seamos capaces de tener la mirada de Dios hacia los demás y comenzaremos a tratarnos con dignidad y nuestra vida se llenará de amor y de paz

Ezequiel 18, 21-28; Sal 129; Mateo 5, 20-26

La medida de la grandeza del hombre, de la grandeza de la persona es el amor. Podemos tener la tentación de que al pensar en grandezas busquemos riquezas o busquemos poder, busquemos reconocimientos o busquemos honores. Pero el amor nos hace grandes porque nos hace humildes, el amor nos hace grandes porque no nos buscamos a nosotros mismos sino que buscamos siempre el bien de los demás, el amor nos hace grandes porque nos hace tener la mirada que en verdad dignifica a la persona, nos dignifica a nosotros pero dignifica a los demás.

Hoy leía algo sobre un poeta que en sus bellas palabras nos venía a decir que el amor nos hace mirar al otro con la mirada de la divinidad. Es una mirada distinta cuando miramos con amor, como decíamos, no solo nos dignifica a nosotros sino que nos hace tratar con dignidad a los demás. Y esa es la maravilla del amor cristiano, en el que queremos copiar en nosotros lo que es el amor de Dios. Bueno, ya nos enseñará Jesús que tenemos que amar al prójimo como El nos ha amado.

Amar no es solo decirlo de palabras; el amor es algo que tenemos que construir día a día; el amor se va manifestando en pequeñas cosas, en pequeños detalles gestos que tenemos con los demás, en ese buen trato, en ese trato digno que con ellos tenemos. Por eso el amor verdadero evita todo tipo de violencia. Aunque el conjunto de los diez mandamientos nos expresa y manifiesta cómo ha de ser ese amor hecho también respeto por los otros, fijémonos que muchas veces cuando hablamos del amor un poco parece que lo redujéramos al quinto mandamiento, el ‘no matarás’, aunque luego nos lo tomemos demasiado literalmente y como no llegamos al hecho de quitar la vida a alguien ya nos quedamos tranquilos y satisfechos como si ya lo tuviéramos todo hecho.

Con una somera reflexión, aunque tenemos que intentar hacerla siempre lo más profunda que podamos, sin embargo nos damos cuenta como en ese no matar está englobado todo lo que pueda significar hacer daño al otro; y hacemos daño no solo porque le arranquemos la vida, sino que le podemos hacer daño con nuestras palabras, con nuestras actitudes, con nuestros gestos de desprecio o no valoración, con la poca sinceridad que nos mostremos en nuestras mutuas relaciones. Mira su dignidad y respétasela  y no le harás daño, es más te darás por él, buscarás el hacerle el bien, tratarás de hacer que la relación mutua sea agradable y amistosa, procurarás siempre su felicidad.

Es lo que nos enseña hoy Jesús en el evangelio; es lo que pide para nuestras mutuas relaciones; es la búsqueda del encuentro en todo momento para acogernos mutuamente; es el saber comprender que quizá en nuestra debilidad en un momento dijimos, hicimos o tuvimos algún mal gesto que nos pudiera distanciar y por eso hemos de saber buscar el reencuentro, tomando siempre nosotros la iniciativa de la reconciliación. Y en la búsqueda de la reconciliación hemos de saber tener la grandeza de la humildad para reconocer nuestro error y nuestra debilidad y saber pedir perdón, que bien sabemos cuanto nos cuesta.

Aunque muchas veces tratemos de disimularlo y en nuestro orgullo no somos capaces de agachar la cabeza cuando se ha producido un distanciamiento con el otro, sin embargo cuánto nos duele por dentro. Aunque la gente parece que se haya acostumbrado en ocasiones a vivir en esos distanciamientos. Qué lástima cuando entre hermanos o entre familiares andamos divididos y enfrentados hasta el punto de muchas veces negarse el saludo. Qué triste cuando vemos vecinos que por un mal momento que se tuvo en tiempos pretéritos, tan lejanos que ya ni saben ni recuerdan cuando comenzó esa situación, aún se mantienen las distancias, los resentimientos y rencores, el no hablarse aunque se viva pared con pared y todos los días nos los estemos encontrando casi a la puerta de la casa. Son situaciones dolorosas, pero de las que no se sabe salir.

Que seamos capaces de tener la mirada de Dios hacia los demás y comenzaremos a tratarnos con dignidad y nuestra vida se llenará de amor y de paz. ¡Cuánta falta nos hace!