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domingo, 13 de septiembre de 2026

Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

 


Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

Eclesiástico 27, 30 – 28, 7;Salmo 102;Romanos 14, 7-9;Mateo 18, 21-35

Qué pronto olvidamos lo que recibimos, no terminamos de ser lo suficientemente agradecidos. Y no estoy pensando ahora solamente en regalos de cosas materiales que podamos recibir un día de un amigo, los regalos que recibimos de aquellas personas que nos aprecian que nos ofrecen algo que incluso les pudo costar conseguir o que son muy valiosos para ellos y sin embargo han sido capaces de desprenderse de ello, o un favor que en un momento determinado recibimos de alguien que ha querido mostrarnos su aprecio ayudándonos – que por supuesto en estas situaciones también somos desagradecidos y pronto lo olvidamos – sino que también podemos pensar en algo mucho más hondo como puede ser el amor que Dios nos tiene.

¿Consideramos que la vida es un regalo del amor de Dios por el que tenemos que estar eternamente agradecidos? Y en consecuencia podemos pensar en tantos dones de Dios que de mil maneras nos manifiesta su amor. Agradecidos a su amor nuestra respuesta, sin que Él nos lo pida, tendría que ser el querer amar de la misma manera.

Y esto que estoy diciendo tiene una relación muy fuerte con lo que hoy se nos está planteando en el evangelio. Todo parte en esta ocasión de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces tengo que perdonar al hermano que nos haya ofendido. Había oído hablar continuamente a Jesús del amor que habíamos de tenernos los unos y los otros, nos decía que incluso teníamos que amar a los enemigos y rezar por quienes nos han hecho daño, nos decía cómo tenemos que amarnos todos y no dependiendo de su condición, su manera de pensar, o si fueran buenos o malos, porque Dios hacía salir el sol para todos de igual manera, viene como consecuencia que si rezamos incluso por los que nos han ofendido es que antes les habremos perdonado. Y ya sabemos que para nuestros orgullos y amor propio eso es algo que es bien difícil.

Pero Jesús no se queda en los límites – que ya a Pedro les parecen muy generosos de perdonar hasta siete veces – y nos dice cómo tenemos que perdonar siempre. Y nos propone una parábola que va mucho más allá de la anécdota para de alguna manera enseñarnos las razones que tenemos para perdonar. Y en referencia a lo que antes decíamos, es cuestión de gratitud recordando lo que nosotros hemos recibido.

Es la comparación que Jesús hace en la parábola entre los dos deudores, por así decirlo, en relación con quien tiene la deuda. Aquel amo de la parábola aunque exigió rendición de cuentas a quien le debía sin embargo al final se muestra generoso y perdona todo cuanto aquel siervo le debía. Pero éste pronto va a olvidar lo que él ha recibido para exigir sin posibilidad de perdón cuánto le debía su compañero que además en cantidad no tenía comparación. Mezquino tiene que ser quien ha disfrutado del perdón y no está sin embargo dispuesto a regalar ese mismo perdón con su semejante.

Todo quería de alguna manera centrarlo en si mismo y en su manifestación de poder, y cuando nos ponemos a nosotros como centro de nosotros mismos no podremos dar lugar para que el otro entre en mi corazón. Quien ha disfrutado de la misericordia y el perdón porque quien generosamente nos ha perdonado nos ha dejado entrar en su corazón ahora tendría que caminar por la vida con un corazón abierto e igualmente compasivo para con los demás; pero cuando nos convertimos en dioses de nosotros mismos de ninguna manera estaremos queriendo imitar a Dios cerrando nuestro corazón.

Quién encierra su corazón así podríamos decir que se está encerrando a sí mismo en la cárcel de los rencores y resentimientos que es el peor infierno que nadie puede vivir aunque en su orgullo quiera poner cara de felicidad. No hay cosa mejor que sanar esas heridas que podamos llevar dentro de nosotros con la mejor medicina que es la generosidad del amor y del perdón.

Ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso; y no es otra cosa que responder con espíritu agradecido al amor que Dios nos tiene. Pero me temo que hemos convertido como rutina el decir que pedimos perdón a Dios por nuestros pecados y no terminamos de saborear lo que es el perdón que Dios nos ofrece. ¿Será por eso por lo que incluso hemos convertido en una tortura el acercarnos al sacramento de la Penitencia porque no hemos terminado de saborear la misericordia del Señor que nos regala en su amor el perdón?


domingo, 16 de agosto de 2026

Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

 


Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

Isaías 56, 1. 6-7; Salmo 66; Romanos 11, 13-15. 29-32;Mateo 15, 21-28

‘Mira qué vas a hacer, porque esto es ya un fastidio’, algo así quizás habremos dicho alguna vez, o lo hemos escuchado de una forma directa y clara o con insinuaciones porque de alguna manera nos parecemos a los políticos que quieren quedar siempre bien pasándole la pelota a otros; y digo que lo hemos dicho cuando nos encontramos manifestaciones que reivindican o reclaman derechos o cosas que necesitan, cuando se acumulan personas y situaciones que nos parecen ajenas pero que han rebotado en nuestros lares, cuando quizás nos vemos impotentes pero quizás por nuestra falta de decisión o por pensar solo en nosotros mismos, porque esas personas que nos están llegando parece o que van a cambiar nuestras costumbres o a quitarnos el pan que nosotros pretendemos ganar cuando ellos traen tras de sí más miserias y necesidades de las que podemos imaginar.

He querido describir y contemplar ese cuadro que además hemos de reconocer que es incompleto cuando escuchamos este texto del evangelio en que Jesús, saliéndose del propio territorio de Israel y Palestina, ha llegado a unos territorios paganos en que una cananea va gritando tras Jesús pidiendo compasión porque tiene una hija con una grave enfermedad, poseída por el maligno como era la expresión más usual. Parece que Jesús no atiende a la petición de esta Cananea y serán los discípulos los que al final cansados de aquellos gritos que los persiguen le piden a Jesús que haga algo, aunque sea para quitársela de encima.

La fe y la confianza de aquella mujer se está viendo puesta a prueba. Jesús y aquel grupo de discípulos que la acompañan son judíos, con sus propias convicciones y planteamientos, mientras que ella es una pagana. Pero terminará diciendo ante el aparente rechazo de Jesús ‘también los perritos terminan comiendo las migajas que caen de la mesa de sus amos’, haciendo referencia a la manera que tenían habitualmente los judíos más radicales de mirar a los que no fueran judíos; ni en sus casas querían entrar, cuanto menos hacerles un favor.

Pero Jesús admira la fe de aquella mujer que se mantiene constante en su confianza y en su petición. Habrá otra ocasión en que Jesús también se admira de la fe de un pagano, como será el caso del centurión que pedía la salud para su criado enfermo al que miraba como un hijo. ‘No he encontrado en Israel nadie con tanta fe’, dirá entonces; ahora le dice a la mujer que vaya y que se cumpla conforme ha creído. Ya en otro momento nos dirá que vendrán de Oriente y de Occidente quienes se sienten en la mesa del reino de los cielos frente al rechazo que los hijos de Israel están haciendo del mensaje del evangelio.

Con Jesús se romperán todas las barreras que imponen limitaciones o que crean distancias. Recordemos que cuando nos habla del amor nos dirá y con gran exigencia que hemos de amar también a los enemigos, y saludar a los que no nos saludan, y prestar también a quienes no colaboran con nosotros porque el sol sale para todos, para justos y para injustos. Con Jesús ya no valen los condicionamientos sociales ya sean mujeres o ya sean niños, ya sean considerados buena gente o ya sean considerados pecadores porque la mujer pecadora lavará y perfumará sus pies o Zaqueo el publicano lo hospedará en su casa, con Jesús se caen las barreras de las impurezas legales porque dejará que el leproso llegue ante Él y extenderá su mano para tocarlo y quede limpio o la hemorroísa podrá tocar la orla de su manto para curarse de sus hemorragias, ya no hay limitaciones que nos imposibiliten ir al paso de los demás porque si es necesario la camilla bajará desde el techo para poder llegar a los pies de Jesús, ni soledades que aíslen porque Él sabrá buscarlo para ponerle en camino al encuentro con los demás como con el paralítico de la piscina.

Lo que hoy en el evangelio nos pareciera lentitud en la reacción de Jesús ante la petición de aquella mujer cananea podríamos decir que entra en la pedagogía del evangelio porque Jesús está queriendo que nosotros nos detengamos a pensar, a reflexionar y a reaccionar. ‘Dadle vosotros de comer’, les dirá a los discípulos que le plantean que despida a la gente en el descampado para que encuentren donde comprar comida, o preguntará de cuántos panes disponen para provocar que un muchacho ofrezca sus cinco panes y dos peces para alimentar a aquella multitud.

¿No será también lo que Jesús con este evangelio está queriendo provocar en nosotros? Al comienzo de nuestra reflexión hacíamos recuento de algunas de esas situaciones que suceden a nuestro alrededor pero en las que siempre estamos esperando que sean otros los que tomen las iniciativas. ¿Cuáles son las iniciativas que nosotros somos capaces de aportar? Quejarnos es una cosa que hacemos con facilidad ante cualquier cosa que vemos a nuestro lado y nos parece que está mal, pero ¿cuál es la mano que nosotros estamos dispuestos a poner? ¿Le habremos mirado a los ojos a esas personas que se arraciman en nuestro entorno con sus necesidades o con sus quejas? ¿Seremos capaces de ver la historia que hay detrás de cada una de esas personas, por ejemplo, que llegan como decimos ilegalmente a nuestras costas o atraviesan nuestras fronteras?

No queremos que nos molesten, pero ¿hasta donde somos nosotros capaces de llegar?


domingo, 2 de agosto de 2026

La compasión y la misericordia mueven a la compasión que se convierte en lluvia que transforma la sequedad y aridez en el campo florido de una nueva humanidad

 


La compasión y la misericordia mueven a la compasión que se convierte en lluvia que transforma la sequedad y aridez en el campo florido de una nueva humanidad

Isaías 55, 1-3; Salmo 144; Romanos 8, 35. 37-39; Mateo 14, 13-21

La compasión y la misericordia mueven también a compasión; la ternura de un corazón que se derrite de amor nos hace sentir cómo se despierta esa ternura de nuestro corazón. Las lágrimas que se desprenden de un corazón compasivo se convierte en lluvia dorada que transforma nuestra sequedad y aridez en campo florido de amor. Por eso tenemos que estar convencidos que es el amor y solo el amor el que transforma nuestro mundo para bien y para poder alcanzar la mejor armonía de paz.

Con este pensamiento vengo a resumir lo que es el hermoso mensaje que nos transmite hoy la Palabra de Dios. Pudieran parecernos bellas anécdotas o historias ejemplares las que se nos ofrecen pero están manifestándonos toda la hondura del amor de Dios que es el que tiene que envolver nuestra vida y que nosotros hemos de resumar por nuestros poros para transformar nuestra vida pero también para transformar el mundo que nos rodea.

No podemos ir de insensibles por la vida porque nosotros personalmente tengamos más o menos resuelta nuestra situación. La autosuficiencia es muy peligrosa porque produce sequedad e insensibilidad en nuestro corazón. La mirada con que contemplemos el mundo que nos rodea, si es que en verdad somos humanos y además nos llamamos cristianos seguidores de Jesús tiene que ser un reflejo de la mirada de Jesús. Hoy lo contemplamos en el evangelio y vemos que aquella mirada de Jesús. transformó la mirada de los que estaban a su lado despertando en ellos nuevas actitudes aunque no supieran bien cómo resolver el problema.

Nos comienza narrando el evangelista que cuando Jesús se enteró de la muerte de Juan Bautista quiso irse con sus discípulos más cercanos a un lugar tranquilo y apartado. ¿Quitarse del punto de mira de Herodes y de cuantos ya comenzaban a tramar contra El? Entra dentro de toda lógica humana, aunque como veremos en otros momentos también le gusta irse con sus discípulos cercanos a lugares de retiro y de silencio que aprovechaba para instruirlos de manera especial.

La gente se entera de los caminos que está tomando Jesús y a través de cualquier senda llegan al lugar donde iba a ir Jesús. Una multitud agotada por los caminos, haciéndose acompañar también por sus enfermos y cuantos sufrían le sale al encuentro. Y nos dice el evangelista que a Jesús. se le conmovieron las entrañas; normalmente traducimos la palabra utilizada por el evangelista como lástima o compasión, pero en la raíz griega de la palabra empleada viene a significar lo que hemos dicho, se le conmovieron las entrañas. Afloró la misericordia y la compasión, o lo que es lo mismo, poner el corazón al lago de la miseria y del sufrimiento; ¿no tiene que surgir entonces la ternura? Se puso a enseñar y a curar a los enfermos.

Pero aquella ternura del corazón de Cristo estaba también contagiando a los que le rodeaban. Como se hacía tarde vienen a decirle que los despida, que es tarde, que no tienen provisiones, que puedan ir a las aldeas cercanas a buscarse algo que comer. Era una señal en los discípulos de ese contagio de amor aunque no sepan qué más pueden hacer porque solo tienen cinco panes y dos peces. ¿Y qué es esto para tantos?

‘Dadle vosotros de comer’, les dice Jesús. No se tienen que ir abandonados a su suerte. ¿Sentís esa compasión en vuestro corazón? ‘Dadles vosotros de comer’. Nuestra preocupación no es sólo constatar la realidad sino que tiene que llegar a poner remedio, a buscar soluciones. Muchos trabajos de campo nos hacemos para ver la realidad, pero que se quedan ahí en un estudio bonito sin encontrar soluciones, y las soluciones tienen que pasar por nuestro compromiso personal que significa contar con lo que somos o tenemos, pero contar con las personas. Jesús. quiere contar con sus discípulos, entonces y hoy.

Hubo que sentar a las personas - ¿para que encontraran descanso en sus cansancios? - , porque venían exhaustos por el camino; hubo que ir encontrando aquellos cinco panes y dos peces de lo poco que tenían; hubo que comenzar a tener la predisposición de repartir y compartir, allí estaba la mano de Jesús en las manos de los discípulos que comenzaron a repartir el pan y los peces. Floreció el amor. ¿Serán pasos que tenemos que ir dando para que florezca nuestro mundo en una nueva humanidad?

Es el amor y la compasión el mejor caldo de cultivo que tiene que reflejarse en nuestras vidas. Y Jesús. quiere contar con nosotros, contigo y conmigo, aunque digamos que no tenemos sino unos pocos panes que no son suficientes para todos. Si me los guardo solo para mi claro que no alcanzarán, pero cuando llegan a conmoverse las entrañas como una madre que siente en su corazón lo que le pasa a sus hijos, comenzaremos a desprendernos, comenzaremos a olvidarnos de nosotros mismos, comenzaremos a desparramar amor.

Así estaremos creando una nueva humanidad.


miércoles, 8 de julio de 2026

Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

 


Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

Muchas veces en la vida tenemos la tentación de ir como francotiradores; es justo que queramos hacer las cosas por nosotros mismos, pues tenemos nuestras capacidades y ciertamente hemos de desarrollar lo que son nuestras cualidades, nuestros valores, pero eso no significa que tengamos que ir por la vida en solitario haciéndolo todo por nosotros mismos. No podemos aislarnos de manera que ya no sepamos contar con los demás, y no es cuestión solo de efectividad sino incluso del sentido de nuestra vida, en lo que somos y en lo que tenemos que estar relacionados con los demás. no estamos hechos para la soledad, una característica fundamental del ser humano es la socialización, la capacidad de relacionarnos con los otros y en consecuencia ser capaces de vivir un sentido social y de comunión también en lo que hacemos.

Es también lo que Jesús viene a enseñarnos en su propio actuar, porque además serán señales del Reino de Dios que Él nos anuncia. Imagen de ello es lo que hoy escuchamos en el evangelio. Jesús escogió a doce de entre todos los discípulos que le seguían, y como nos dice el evangelio, los constituyó apóstoles. Era el grupo que iba a estar más cerca de Jesús porque le acompañarán a todas partes, a los que de manera especial les explicaba lo que a las muchedumbres les hablaba en parábolas, los que iban a ser testigos más directos del actuar de Jesús, de lo que era la persona de Jesús; recordamos como a ellos les preguntará lo que piensa la gente del Hijo del Hombre, pero concretando luego más la pregunta para saber lo que ellos mismos pensaban. Un grupo que va a ser imagen y signo de lo que había de vivirse como el Reino de Dios.

Y a ellos, tan humanos como todos, con sus dudas y con sus pretendidas ambiciones, con sus debilidades pero también con toda la confianza que ponían en Jesús de manera que estando con Él se sentían seguros - recordamos el miedo que pasaron cuando la tempestad en el mar porque les parecía que Jesús se había desentendido de ellos - y a ellos les va a confiar Jesús la misión de seguir anunciando y constituyendo el Reino de Dios. Son los enviados de Jesús.

Pero son los enviados que han de hacer las mismas obras de Jesús. Recordamos lo que dice el evangelio, que les dio autoridad para curar enfermos y para expulsar demonios cuando salieran a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Algunas veces nos atamos a la literalidad de las palabras y podemos perder de vista el sentido hondo que tienen las palabras de Jesús. Cuando nos dice que les dió autoridad para curar y para expulsar demonios creo que las palabras de Jesús van mucho más allá de un poder taumatúrgico para realizar milagros. 

Jesús cuando curaba a los enfermos no era un simple curandero sino que en ello estaba realizando los signos del Reino de Dios. Fijémonos en la compasión de Jesús, en su amor hasta el extremo de que no quiere el sufrimiento del hombre, no quiere nuestro sufrimiento, por eso donde de verdad nos quiere sanar Jesús es dentro de nosotros mismos; es el gran milagro de la presencia de Jesús, esa transformación que se va realizando de nuestros corazones.

Es lo que Jesús quiere que hagan sus discípulos, sus mismas obras, con el mismo amor y compasión también tenemos que acercarnos a los demás y en esa compasión y misericordia estamos expresando lo que es el amor que Dios nos tiene. Un milagro que se queda en lo espectacular de lo taumatúrgico y no provoca el que nos sintamos amados de Dios no es precisamente lo que Jesús quiere que nosotros hagamos. Es nuestra vida con nuestro amor hasta el extremo, con esa compasión y misericordia rebosando de nuestro corazón el verdadero signo que tenemos que realizar. ¿Logramos que nos amemos más? Entonces estaremos haciendo de verdad las obras de Dios.


domingo, 14 de junio de 2026

Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con las mismas entrañas de Jesús

 


Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con las mismas entrañas de Jesús

Éxodo 19, 2-6ª; Salmo 99; Romanos 5, 6-11; Mateo 9, 36 – 10, 8

Hay algo de lo que se habla hoy en nuestro mundo con mucha facilidad y es hablar del amor; aparece por todos lados, es una conversación fácil y todos decimos que amamos, pero creo que tendríamos quizás que preguntarnos si estaremos diciendo lo mismo, si estaremos hablando del mismo amor; de lo que es amar en su esencia; es fácil decir que somos amigos de mis amigos, decimos que amamos cuando nos sentimos amados o porque nos aman, cuando nos ofrecen algo en correspondencia, porque con la misma facilidad decimos que un día el amor se acabó entre dos personas o entre dos amigos y después ya no queda nada de lo que decíamos que fue ese amor. Cuando actuamos así, cuando amamos así ¿estaremos empleando ese concepto en el mismo sentido que Jesús nos ofrece?

Es lo que se nos revela hoy en la Palabra de Dios. Hoy por ejemplo el evangelio nos relata cómo Jesús se encontró con aquella multitud que le esperaba y a los que ve como ovejas sin pastor. Y nos dice el evangelista que ‘se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonados como ovejas que no tienen pastor’. Quería fijarme en el sentido de esa palabra que emplea el evangelista; nos habla de compasión, pero ¿qué significa esa palabra en su propia raíz? Es el estremecimiento que siente en sus entrañas una madre por su hijo, pero ese amor de madre así no se perderá nunca, porque una madre nunca olvida al hijo de sus entrañas, aunque el hijo la abandone o se marche de su lado.

Jesús siente ese estremecimiento en sus entrañas por aquella multitud, siente ese estremecimiento en sus entrañas por nosotros. Así es el amor de Dios. Y nos lo explicará de forma muy hermosa y diríamos que impresionante san Pablo. No nos ama Dios porque nosotros le hayamos amado, sino que el amor de Dios es primero, es lo inicial. Seamos nosotros como seamos, Dios nos ama. No terminamos de considerarlo lo suficiente.

Como sigue diciéndonos el apóstol ‘por una persona buena tal vez se atrevería uno a morir’, que es como nosotros hacemos habitualmente en lo que decimos que es nuestro amor, amamos a los que nos parecen buenos o han sido buenos con nosotros. Pero el amor de Dios va más allá. ‘Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros’. ¡No es nada lo que nos está diciendo! No por nuestros merecimientos, sino que cuando parecía que no merecíamos nada, sin embargo El nos amó. Pero aun nos dirá más. ‘Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!’ El amor de Dios siempre permanece y cuando ya ha dado Cristo su sangre por nosotros, ¿cómo no nos va a seguir amando y ofreciéndonos su salvación?

El evangelio termina narrándonos como Jesús eligió a los Doce y los envió con su misma misión. Como nos dice el evangelista, ‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis’. Pero ¿qué significa ese envío? Tenemos que ir con las mismas entrañas de misericordia de Jesús a los demás. Con ese mismo estremecimiento en nuestras entrañas ante lo que vamos encontrando en nuestro mundo, esa multitud por la que Jesús se compadecía porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor.

Así tenemos que mostrarnos los cristianos. Es la tarea y la misión que Jesús nos confía. ¿Y no es así ese mundo que contemplamos a nuestro alrededor? Cuánto sufrimiento y cuánta soledad, cuánto vacío y cuanta frialdad por muchas palabras bonitas que digamos; nuestro mundo está roto, se siente también desorientado en muchas cosas; el ambiente que nos rodea, la situación de nuestra sociedad, la indiferencia de tantos, la insolidaridad que aflora tantas veces en nuestros corazones porque siempre nos miramos primero a nosotros mismos, las discriminaciones y desconfianzas que siguen existiendo, la maldad y la ambición de muchos que les lleva a ser injustos con los demás, los resentimientos y las envidias que van sembrando cizañas allá por donde pasan, los afanes de grandeza y de poder que llenan de orgullo a tantos y que contemplamos alrededor en tantos y para lograrlo no les importa arrasar con quien sea o con lo que sea.

Ahí nos envía Jesús a curar enfermos y a resucitar muertos, como nos dice hoy el evangelio. No podemos decir que nada podemos hacer. ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para que nuestro mundo cambie? ¿Sentiremos ese estremecimiento también en nuestras entrañas para llegar a manifestar el verdadero amor?

lunes, 23 de marzo de 2026

Es hora de curar de verdad el corazón sanando esas heridas que podemos llevar dentro sin terminar de curar siendo generosos en la misericordia y en la compasión

 


Es hora de curar de verdad el corazón sanando esas heridas que podemos llevar dentro sin terminar de curar siendo generosos en la misericordia y en la compasión

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

¿Las acusaciones y condenas no podrían estar ocultando malicias y maldades que tenemos dentro de nosotros mismos y de las que no tenemos la sinceridad de reconocer? Es el primer pensamiento que llega a mi mente al escuchar ambos textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece. Mucho más es el mensaje que nos quiere transmitir y del que hemos de tomar buena nota, porque nos está hablando de la misericordia entrañable de Dios que se manifiesta en Jesús.

El evangelio es bien conocido y lo habremos meditado multitud de veces, pero para nosotros tiene que seguir siendo una buena nueva que nos hace considerar lo que es la misericordia del Señor pero para que aprendamos también nosotros a actuar con la misma misericordia. No se deja de condenar el mal y Jesús le dirá a la mujer al final que no peque más, pero hemos de saber tener ojos de misericordia con el pecador, como nosotros imploramos también esa misericordia cuando nos vemos en la miseria de nuestros errores y pecados. ¿No es una cosa que continuamente le pedimos al Señor que tenga misericordia con nosotros que somos pecadores? ¿O se quedará solo en palabras pero sin llegar a saborear por nosotros mismos lo que es esa misericordia del Señor?

Muchas veces nos endurecemos tanto que perdemos lo que tiene que ser la ternura de nuestro amor. Somos exigentes con los demás lo que no somos capaces de ser con nosotros mismos porque siempre estaremos buscando disculpas ante lo que hayamos podido hacer mal. Nos cegamos tanto en la exigencia del cumplimiento de la ley, de los mandamientos, que perdemos la ternura de nuestra humanidad. Nos volvemos implacables contra los que hacen mal, como decíamos, quizás queriendo ocultar nuestros propios errores.

Es sorprendente cómo Jesús nos hace recapacitar. Ante las exigencias implacables de aquellos fariseos que pedían el cumplimiento de la ley de Moisés de apedrear a las adúlteras está la serenidad con que se manifiesta Jesús, para colmo se pone a garabatear en silencio en el suelo mientras escucha aquellos gritos para finalmente decirles que quien no tenga pecado que le tire la primera piedra. Antes de gritar y exigir detente a mirarte por dentro. Un buen criterio que habríamos de tener más presente en los avatares de cada día, en esa violencia que nos envuelve, en esa acritud con que nos tratamos, en esas exigencias con que vamos reclamando a los demás.

¿Tendremos derecho a tirar la primera piedra? Seguramente si hubiera alguien que tuviera ese derecho, que significaría una rectitud en su vida y la vivencia de unos valores que ponen por delante la dignidad de la persona a toda costa, no sería precisamente el que tirara la primera piedra. Sería una persona en verdad comprensiva y con una bondad grande en el corazón para siempre buscar y encontrar una salida antes de la condena inmisericorde.

Qué fácil parece ser el condenar, el juzgar lo que hacen las otras personas, el descalificar y querer echar abajo y hundir cualquier cosa que hagan los otros. No podemos decir que eso son cosas que no nos afectan. Seamos sinceros y miremos la realidad. Parece que eso está a la orden del día como si fuera lo que tiene que predominar. Por eso las distancias y los abismos que vamos poniendo entre unos y otros cada día se ensanchan más. En lugar de ir tendiendo puentes vamos poniendo distancias, vamos levantando murallas, vamos cerrando puertas.

Lo estamos viendo continuamente en todo el ámbito de la vida social. Y luego decimos que trabajamos por hacer que nuestro mundo sea mejor, y lo que hacemos es fomentar rencores y desenterrar odios. ¿No nos damos cuenta de que cuando somos inmisericordes con el pecador de alguna manera al sentirse abandonado le estamos incitando a dejarse llevar por ese arrastradero en que se encuentra?

Y los cristianos que tenemos como principal mandamiento el amor ¿qué estamos haciendo en este sentido? ¿Cómo estamos promoviendo ese acercamiento de unos y otros? ¿Estaremos siguiendo el juego al mundo cuando quizás entre nosotros seguimos marcando a las personas por errores que hayan cometido alguna vez en su vida? ¿Dónde está de manera efectiva la misericordia de la que hacemos gala? Muchas heridas siguen sin sanarse con las cicatrices muy marcadas. Es hora de curar de verdad el corazón. 


sábado, 7 de marzo de 2026

Una buena noticia de salvación porque la misericordia del Señor es grande restituyendo en nosotros la dignidad de los hijos de Dios

 


Una buena noticia de salvación porque la misericordia del Señor es grande restituyendo en nosotros la dignidad de los hijos de Dios

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; 15, 1-3. 11-32

¿A quien no le ha sucedido que cuando comete un error, cuando hace algo que tiene conciencia de que está mal lo que en cierto modo siente es la cara que se le cae de vergüenza cuando tiene que presentarse ante los demás por lo que ha hecho y las represalias o castigos que pueda recibir? Somos humanos y no siempre sabemos valorar la exquisitez del perdón; somos humanos y de la misma manera que nos queda la cicatriz en el alma por aquello que alguien nos ha hecho y parece que siempre lo vamos a estar recordando manteniendo nuestras reticencias y de alguna manera buscando la revancha o el castigo que le podamos infligir a quien nos ha herido, así pensamos del sentido del perdón que podamos recibir.

El evangelio y toda la palabra de Dios que hoy se nos proclama vienen a desmontar esas ideas preconcebidas que nosotros podamos tener. Así nos lo decía el profeta Miqueas. ‘¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas…’ Es un texto, es cierto, del Antiguo Testamento, pero que resonancias nos trae de lo que Jesús nos viene a enseñar en el evangelio.

Hoy se nos presenta la parábola que llamamos habitualmente del ‘hijo pródigo’, aunque por una parte tendríamos que decir de los ‘dos hijos pródigos’ pues no solo hace referencia al que se fue de casa, sino que el otro aunque seguía viviendo bajo el mismo techo también era un ‘hijo pródigo’ bien alejado de su padre; sin embargo siempre al comentar esta parábola  decimos que más bien tendría que llamarse del ‘Padre misericordioso’ que es el verdadero protagonista de amor de la parábola.

Un reflejo por una parte de lo que es nuestra vida o de cómo termina cuando buscamos libertades que al final terminan esclavizándonos. Quería ser libre, liberarse de estar bajo el dominio, digamos así, de su padre, quería vivir la vida a su manera y al final sintió el peor vacío en sí mismo que jamás pudiera imaginar. Pero no solo el que marchó de casa, sino también en aquel que pareciendo sumiso sin embargo también tenía el corazón muy lejos de aquella misma casa y que sin embargo bien le costó reconocer.

Hay vacíos que cuando no sabemos llenar en la superficialidad de lo material o de los placeres al final nos hacen recapacitar y desear el camino donde podamos encontrar lo que de verdad llene nuestro espíritu. Era el recuerdo del hogar, de aquella vida que tanto le había costado aceptar y que le había llevado a tantas rupturas, era el deseo de volver a encontrarse bajo el paraguas del amor del padre, aunque sintiera que no lo mereciera, que las cosas no podían ser como antes, y que al menos deseaba un puesto, aunque fuera en el último lugar, de aquel hogar. ‘Trátame al menos como a uno de tus jornaleros’ era lo que quería pedir a su padre, pues no se consideraba digno de su perdón.

Aquí se nos está mostrando la maravilla del rostro de misericordia de nuestro Dios. ¿No nos había dicho Jesús en más de una ocasión que fuéramos compasivos y misericordiosos como lo es Dios siempre compasivo y misericordioso? Si el hijo que había marchado ahora daba pasos de vuelta a la casa del padre, era aquel padre el que salía corriendo a su encuentro para devolverle toda su condición de hijo amado. Revestido de nuevo con el traje de fiesta de los hijos, con anillo de la dignidad recuperada en sus manos y con nuevas sandalias en sus pies para no tener los mismos tropiezos era recibido con fiesta por su padre porque el hijo perdido se había encontrado y para él estaba preparado el gran banquete con el mejor ternero cebado.

Así es el corazón de Dios que sale a nuestro encuentro y nos busca como aquel padre con sus dos hijos pródigos. Y Dios nos dice que todo lo suyo es nuestro porque hemos recuperado la dignidad de hijos y si somos hijos somos herederos y coherederos de su gloria. Es el camino de dejarnos encontrar por la misericordia de Dios que hemos de saber emprender; pero es el camino del que también tenemos que saber ir dejando huellas porque con esa misma compasión y comprensión nosotros hemos de saber tratar a los demás. Es la confianza de sabernos perdonados pero es también la alegría que con que sabemos nosotros ofrecer el rico regalo de perdón a los demás.

¿Será esto una buena noticia de salvación para nosotros que hará nacer en nosotros una vida nueva?


lunes, 2 de marzo de 2026

La luz de la misericordia del Señor ha iluminado nuestra vida y entonces serán también siempre luminosos nuestros caminos

 


La luz de la misericordia del Señor ha iluminado nuestra vida y entonces serán también siempre luminosos nuestros caminos

Daniel 9, 4b-10; Salmo 78; Lucas 6, 36-38

¿Nos habremos sentido alguna vez abrumados por la vergüenza de lo que hemos hecho? Como solemos decir, no sabemos donde meternos, sentimos el oprobio sobre nosotros, en consecuencia nos sentimos arrepentidos aunque no sabemos como reparar el daño, cómo quitar de nosotros esa mancha que ya nos parece imborrable.

Es lo que nos está expresando el profeta, vergüenza por lo propio, por lo que hemos hecho, vergüenza ajena que sentimos también algunas veces por lo que sucede a nuestro alrededor y de lo que en cierto modo no es que nos sintamos culpables, pero quizás podíamos haberlo evitado. Pero las palabras del profeta no son para hundirnos, nunca la Palabra de Dios querrá eso para nosotros, sino que siempre es una mano tendida, siempre es una palabra de esperanza, porque no solo contemplamos nuestra indignidad sino sobre todo contemplamos y nos sentimos envueltos por la misericordia del Señor. ‘Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él. No obedecimos la voz del Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por medio de sus siervos, los profetas’. Desobedecimos pero Dios nos sale al encuentro con su misericordia.

Es lo que se complementa con la palabra del Evangelio que siempre se va a convertir en luz para nuestro camino. Cuando en un camino oscuro vamos encontrando lámparas cada cierto tramo nos van señalando la dirección para no perdernos, pero aun más nos van señalando los peligros en los que podemos tropezar pero se convierte también en senda que nos allana el camino porque nos dice por donde podemos ir rectamente, nos hace fijarnos en esos detalles que quizás nos hubieran pasado desapercibidos pero que resaltados con esa luz vemos lo valiosos que son y se convierten en una invitación para unas nuevas actitudes y posturas en nuestra vida.

Hoy tajantemente nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos, pero es que además nos muestra en cómo hemos de manifestar en nosotros esa compasión y misericordia. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso’, nos dice Jesús. Pero es que a continuación nos señala cómo hemos de manifestar esa misericordia. No es una palabra que adorne nuestro discurso, es una actitud que se va a reflejar en nuestra manera de actuar con los demás.

Y nos dice que no juzguemos, que siendo comprensivos no tenemos por qué condenar sino siempre hemos de estar abiertos al perdón; por eso nunca ha de aparecer en nosotros una actitud condenatoria ante lo que los otros puedan hacer, porque nosotros cometemos los mismos errores, pero sobre todo porque nos hemos gozado cuando Dios ha sido misericordioso con nosotros y es lo que tenemos que ofrecer a los demás; no perdonamos poniendo cara de quita vidas porque detrás quede nuestro juicio y nuestra condena, sino con la alegría de quien ofrece un regalo en el que se va a sentir alegre quien lo recibe pero también nosotros porque podemos ofrecerlo.

Por eso cuando nos hemos gozado con el amor misericordioso de Dios con nosotros, serán unas actitudes nuevas con las que hemos de tachonar nuestras vidas, y aparece la generosidad sin medida, y aparece el compartir como iniciativa siempre de nuestra vida, y tendrá que aparecer la acogida de unas puertas siempre abiertas, será el ofrecimiento de ese nido de amor de nuestro corazón que creará cercanía, que renueva y hace crecer la amistad, que nos hace entrar en una nueva sintonía con los demás.

La luz de la misericordia del Señor ha iluminado nuestra vida y entonces serán también siempre luminosos nuestros caminos.

jueves, 8 de enero de 2026

Dejémonos envolver y empapar por el amor para llegar a conocer que Dios es amor y en ese amor vivamos generosamente para los demás

 


Dejémonos envolver y empapar por el amor  para llegar a conocer que Dios es amor y en ese amor vivamos generosamente para los demás

1Juan 4, 7-10; Salmo 71; Marcos 6, 34-44

Hay cosas que no seremos capaces de llegar a descubrir y contemplar, situaciones que no podremos comprender o hechos que nos sentiríamos incapaces de realizar si no estamos no solo envueltos sino empapados de amor. Será el que pondrá el necesario filtro en nuestros ojos para apreciar la delicadeza y al mismo tiempo la grandeza de lo que contemplamos, el que nos hará comprender el por qué de tantas cosas que consideraríamos inexplicables porque si no fuera ese filtro del amor serían para nosotros imposibles, y el que hará también que podamos realizar un desprendimiento de nosotros mismos que si no fuera por el amor en el que estamos empapados nunca jamás realizaríamos.

Buscamos en la vida motivaciones para vivir y para actuar de una manera más o menos digna, nos sentimos condicionados por tantas cosas que nos harían perder la sintonía de las cosas grandes, pesa en nosotros como algo que nos arrastra en direcciones opuestas y no nos deja avanzar ese amor propio que se vuelve egoísta y resentido que nos hace resbalar por esas pendientes de nuestros sueños ambiciones de grandezas y dominios y nos cuesta levantar vuelo y aunque a veces deseemos hacer las cosas de manera distinta sin embargo nos sentimos arrastrados por esa rutina que se nos ha metido tantas veces por dentro y que nos hace pensar en nuestras satisfacciones y ganancias personales o en otras tantas vanidades de la vida.

Cuando nos ponemos a pesar en las cosas en ocasiones quisiéramos ser  nosotros los primeros, los que tomemos las iniciativas para ir por delante y aunque sean buenas nuestras intenciones tenemos que andar con cuidado porque pudiera ser el halago de nuestro yo, la vanidad con la que queremos presentarnos como queriendo ganar méritos con lo cual enturbiamos esa obra buena que en ocasiones quisiéramos hacer.

Es necesario afinar bien esas cuerdas del amor para que suenen como lo que realmente tienen que ser, cuerdas de amor para hacer sonar la mejor sinfonía de la vida cuando todos se vean en verdad engrandecidos por la presencia del Señor con nosotros. Bien afinadas las cuerdas de nuestro amor seríamos capaces de hacer maravillas, pero no para nuestra gloria, sino para la gloria del Señor.

Hoy la Palabra de Dios que se nos ha ofrecido y proclamado resuma por todas partes amor. Es la maravilla de la que nos habla san Juan en su carta, diciéndonos que todo viene de Dios, porque es realmente quien toma la iniciativa y es que Dios es amor. Y es ahí  donde tenemos que beber, es ahí de ese amor de Dios el que tenemos que empaparnos. Ya nos dice que no es que nosotros hayamos amado y luego merezcamos, casi como un premio, ese amor de Dios. El amor de Dios es primero porque nos amó cuando incluso no lo conocíamos y ahora por ese amor podemos llegar a conocer a Dios. El amor que pone esa delicadeza y sublimidad en nuestra vida para como poder llegar a sentir y ver a Dios.

Pero es lo que contemplamos en Jesús en esas primeras páginas del evangelio en que le vemos salir caminar por todas partes anunciando con signos y palabras la llegada del Reino de Dios. Multitudes, nos dice el evangelista, se agolpaban en torno a Jesús olvidándose incluso de comer. Es esa muchedumbre con sed de Dios a los que Jesús instruye, alimenta con la Palabra de Dios, pero ahora también hambrienta, para significar la realidad de nuestra sociedad.

Es lo que ahora contemplamos en Jesús. Enseñando y anunciando la llegada del Reino de Dios, pero mostrando los signos de esa llegada, de ese mundo nuevo que se va a construir. Cuando los discípulos preocupados por esa multitud que está lejos de sus casas, y que se han ido despreocupados de provisiones para el camino, acuden a Jesús, éste les dice que le den ellos de comer. Planificar a la perfección las cosas y decir lo que tendríamos que hacer o incluso como tendríamos que realizarlo en cierto modo es fácil, pero llevarlo a cabo no es tan fácil, como les sucede a los discípulos cercanos a Jesús que se quedan desconcertados con lo que Jesús les está diciendo. Aun no han terminado de entrar en la onda del amor que Jesús quiere expandir.

Y Jesús realiza el signo, da muestras de lo que es capaz su corazón compasivo y lleno de amor; como todo se va a mover en una nueva dirección a partir de aquel momento y aquella multitud quedará saciada, aunque quizás luego les cueste recordar el gran signo de Dios que se ha realizado en su presencia. Entremos, pues, en esa sintonía del amor, pongamos ese nuevo colirio en nuestros ojos, dejémonos conducir por el Espíritu divino que insuflará en nosotros lo que es el amor de Dios para que nosotros seamos capaces de vivir en ese amor.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Pongámonos en camino porque tenemos que hacer llegar a Jesús hasta el último rincón y hasta en el último rincón tenemos que dejar los signos de Jesús

 


Pongámonos en camino porque tenemos que hacer llegar a Jesús hasta el último rincón y hasta en el último rincón tenemos que dejar los signos de Jesús

Isaías 29, 17-24; Salmo 26; Mateo 9, 27-31

Quizás nos habrá sucedido algo así o algo parecido. En un momento determinado, ante una situación inesperada quizás, nos vimos en la encrucijada que teníamos que actuar, en aquel momento no valían excusas ni echarse atrás porque quizás era mucho lo que estaba en juego;  pero nos sentimos impotentes, ¿Podré realizarlo? ¿Seré capaz? Nos parecía casi imposible porque era algo que no habíamos intentado nunca, porque parecía que una cosa así estaba fuera de mis capacidades. ¿Al final qué hiciste? ¿Te quedaste con los brazos cruzados, llorando penas en tu interior porque no lo intentaste y solucionaste algo que te parecía que estaba por encima de tus posibilidades? ¿No creías en ti mismo? Somos capaces de hacer mucho, lo que hay que hacer es dejar atrás los miedos y cobardías e intentarlo.

Nos puede valer esto que estamos diciendo para muchas situaciones de la vida. Se necesitan más personas comprometidas, en el ámbito de nuestra sociedad porque no podemos permitirnos seguir viendo pasar cuánto está sucediendo, pero no podemos mirar también en el ámbito de nuestra fe y del camino de nuestra vida cristiana, de nuestro compromiso como bautizados. Que no es solo creer en nosotros mismos, que sin orgullos ni vanaglorias también tenemos que creer en nosotros, pero sobre todo confiando en la gracia y la fortaleza que Dios nos da en esa hermosa tarea de evangelizar nuestra vida y nuestro mundo. Somos nosotros los primeros que tenemos que dejarnos evangelizar, dejar que el evangelio cale hondo en nuestra vida dejando a un lado tantas superficialidades.

Muchas cosas nos vamos encontrando en el camino de la vida de las que no podemos pasar de largo. Mucha luz tenemos que poner en los ojos de cuantos nos rodean para que lleguen a saborear la verdadera luz del evangelio. Es lo que contemplamos hoy en Jesús en el evangelio. Dos ciegos siguen a Jesús gritando tras el que tenga compasión de ellos.

Algunas veces nos hacemos sordos ante quienes están gritándonos a nuestro lado, grito que es una presencia, que puede ser una mirada o una mano tendida, alguien que está postrado a la vera del camino y no solo pienso en los sin techo, como en estos días recordamos que también tenemos que hacerlo, sino en tantos que están siendo excluidos de nuestra sociedad, que no cuentan ni se quieren tener en cuenta, porque sigue habiendo discriminaciones, mantenemos un cierto racismo en referencia a los que nos vienen de fuera sobre todo cuando no traen dinero en el bolsillo, porque a esos sí los tenemos en cuenta, pero si son inmigrantes que llamamos ilegales – fijémonos como incluso los clasificamos -, si son venidos de países pobres hayan llegado como sea, ya andamos con miedo de que nos quiten nuestros beneficios o nos molestamos porque se les preste ayudas oficiales, sin embargo terminan en los trabajos más humillantes que nosotros no queremos hacer, aunque luego nos justifiquemos con que no hay trabajo para no dar nosotros golpe.

Pero Jesús se ha detenido al lado de aquellos ciegos que le siguen y le suplican. ¿Qué queréis que haga por vosotros?, comienza el diálogo aunque el evangelista es muy escueto en su narración. Pero Jesús les pregunta algo más cuando le están pidiendo luz para sus ojos ciegos, ‘¿creéis que puedo hacerlo?’ Jesús está queriendo que se despierte en ellos la fe verdadera y sean capaces de sentir en sus corazones esa seguridad que nace de la confianza en Jesús. ‘Que os suceda conforme a vuestra fe’ y nos dice el evangelista que se les abrieron los ojos.

La pregunta nos la hacemos nosotros, nos la hace también Jesús a nosotros. Tiene que aflorar la fe verdadera, pero no solo para pedir milagros sino para vivir el milagro de nuestra vida; lo que somos capaces y lo que tenemos que hacer. Empecemos por no hacernos oídos sordos al clamor del mundo que nos rodea; no queramos quedarnos tranquilitos entre algodones sino salgamos a la vida aunque lo que nos encontremos algunas veces sea duro. Pero ahí tenemos que estar; porque Jesús iba de camino, aquellos ciegos pudieron llegar hasta El.

Pongámonos en camino porque en nuestro caminar tenemos que hacer llegar a Jesús hasta el último rincón y hasta en el último rincón tenemos que dejar los signos de Jesús con nuestra vida aunque nos cueste, aunque algunas veces no sepamos cómo hacerlo; seguro que el Espíritu del Señor actuará en nosotros y tendremos la fortaleza para realizar maravillas. Creamos que podemos hacerlo, porque además es la misión que Jesús nos ha confiado.


lunes, 27 de octubre de 2025

Una verdadera compasión en nuestra vida nos lleva siempre a actuar de inmediato, signo de la verdadera liberación que Jesús nos viene a ofrecer

 


Una verdadera compasión en nuestra vida nos lleva siempre a actuar de inmediato, signo de la verdadera liberación que Jesús nos viene a ofrecer

 Romanos 8,12-17; Salmo 67; Lucas 13,10-17

Está bien, le decimos a alguien que nos viene a contar un problema, una necesidad, pero yo ahora no puedo hacer nada, lo siento mucho, le decimos quizás mostrando compasión, pero vamos a dejarlo para mañana y veremos de encontrar alguna solución. Lo habremos hecho alguna vez, pero es lo que vemos muchas veces cuando alguien desde su pobreza o necesidad, desde los problemas que está padeciendo acude a una oficina, acude a una institución, acude a unos servicios llamados sociales, pero le dan largas, les dicen que es difícil, que tiene que traer no sé cuantas justificaciones y la persona se va con su pobreza, mientras aquel que tenía que atenderla sigue con sus rutinas, pero a él no le faltará un sueldo a final de jornada o a final de mes.

¿Dónde está la humanidad? ¿Dónde está la verdadera compasión? La compasión no puede ser como una emoción del momento, si no comenzamos a actuar en el mismo instante que conocemos la necesidad. Pero vamos por la vida demasiado insensibilizados, nos falta verdadera humanidad. Y cuesta encontrarla. Seguimos pensando demasiado en nosotros mismos, mientras nosotros tenemos la cama calentita, por decirlo de alguna manera. Nos cuesta romper esas corazas.

Jesús al llegar un sábado a la sinagoga – era el momento de la proclamación de la ley y los profetas y de la oración de la comunidad, y aprovechaba Jesús para hacer la lectura y hacer el anuncio del Reino de Dios – pero se encuentra con una mujer enferma. Sus dolores quizás la habían imposibilitado de tal manera que andaba siempre encorvada y no podía enderezarse de forma normal. Imaginemos dolores y sufrimientos, imaginemos sus consecuencias por las limitaciones que ello significaba para su vida y para su trabajo. Andamos cojos porque nos duele una rodilla o la cadera y qué pronto hoy buscamos la baja y que socialmente se nos ayude. En aquellos momentos significaba pobreza que podía llevar a situaciones extremas.

Allí donde hay dolor y sufrimiento está pronta la compasión de Jesús. La liberación del mal era la señal del Reino de Dios que Jesús anunciaba. Liberación significaba redimir a las personas de sus limitaciones y sufrimientos, como señal de la libertad verdadera que en el Reino de Dios vamos a encontrar. Jesús no podía cruzarse de brazos y decir que esperaba, porque además era sábado; y no es que el sábado estuvieran cerradas el despacho del médico o quien pudiera curarla, sino que había una limitaciones a las que se les había dando un tinte religioso por lo que no se podía hacer una curación el sábado, era un trabajo porque era sanar a alguien de su dolor o enfermedad.

Pero Jesús siempre compasivo y misericordioso como era el corazón de Dios venía también a ofrecernos la más profunda liberación. Y la compasión de Jesús le lleva a actuar al instante; llamando a aquella mujer la puso en medio de todos y la curó. Pero también otras muchas dependencias que nos imponemos los hombres que se convierten en esclavitudes. Como había anunciado en la sinagoga de Nazaret venía lleno del Espíritu divino para liberar al hombre de toda opresión; era la buena nueva que había que anunciar a los pobres, ‘los pobres son evangelizados’.

Aquel signo de Jesús en la curación de aquella mujer quería significar mucho, aunque no todos lo comprendieran. La gente se admiraba y daba gloria a Dios por las maravillas que se hacían, pero allá estaba el encargado de la sinagoga diciendo que vinieran otros día para curarse, porque había que guardar el descanso sabático.

¿Dejamos al animal que se ahogue en el pozo si cae en él un sábado o procuraremos sacarlo de inmediato? ¿Y qué hacemos con las personas? Sí, tenemos que seguir preguntándonos cómo de alguna forma Jesús les estaba dando a entender, ¿qué hacemos con las personas? ¿Serán más importantes las normas y los protocolos que la ayuda que le podamos prestar a alguien que está sufriendo? Si seguimos reflexionándolo nos daremos cuenta de muchas situaciones en que le damos más importancia a las cosas, a las reglas, a no sé cuántos ordenamientos que a las personas y la humanidad que tenemos que poner en nuestro trato. Que haya una verdadera compasión en nuestra vida que nos lleve siempre a actuar de inmediato.