Dejémonos
envolver y empapar por el amor para
llegar a conocer que Dios es amor y en ese amor vivamos generosamente para los
demás
1Juan 4, 7-10; Salmo 71; Marcos 6, 34-44
Hay cosas que no seremos capaces de
llegar a descubrir y contemplar, situaciones que no podremos comprender o
hechos que nos sentiríamos incapaces de realizar si no estamos no solo
envueltos sino empapados de amor. Será el que pondrá el necesario filtro en
nuestros ojos para apreciar la delicadeza y al mismo tiempo la grandeza de lo
que contemplamos, el que nos hará comprender el por qué de tantas cosas que
consideraríamos inexplicables porque si no fuera ese filtro del amor serían
para nosotros imposibles, y el que hará también que podamos realizar un
desprendimiento de nosotros mismos que si no fuera por el amor en el que
estamos empapados nunca jamás realizaríamos.
Buscamos en la vida motivaciones para
vivir y para actuar de una manera más o menos digna, nos sentimos condicionados
por tantas cosas que nos harían perder la sintonía de las cosas grandes, pesa
en nosotros como algo que nos arrastra en direcciones opuestas y no nos deja
avanzar ese amor propio que se vuelve egoísta y resentido que nos hace resbalar
por esas pendientes de nuestros sueños ambiciones de grandezas y dominios y nos
cuesta levantar vuelo y aunque a veces deseemos hacer las cosas de manera
distinta sin embargo nos sentimos arrastrados por esa rutina que se nos ha
metido tantas veces por dentro y que nos hace pensar en nuestras satisfacciones
y ganancias personales o en otras tantas vanidades de la vida.
Cuando nos ponemos a pesar en las cosas
en ocasiones quisiéramos ser nosotros
los primeros, los que tomemos las iniciativas para ir por delante y aunque sean
buenas nuestras intenciones tenemos que andar con cuidado porque pudiera ser el
halago de nuestro yo, la vanidad con la que queremos presentarnos como
queriendo ganar méritos con lo cual enturbiamos esa obra buena que en ocasiones
quisiéramos hacer.
Es necesario afinar bien esas cuerdas
del amor para que suenen como lo que realmente tienen que ser, cuerdas de amor
para hacer sonar la mejor sinfonía de la vida cuando todos se vean en verdad
engrandecidos por la presencia del Señor con nosotros. Bien afinadas las
cuerdas de nuestro amor seríamos capaces de hacer maravillas, pero no para
nuestra gloria, sino para la gloria del Señor.
Hoy la Palabra de Dios que se nos ha
ofrecido y proclamado resuma por todas partes amor. Es la maravilla de la que
nos habla san Juan en su carta, diciéndonos que todo viene de Dios, porque es
realmente quien toma la iniciativa y es que Dios es amor. Y es ahí donde tenemos que beber, es ahí de ese amor
de Dios el que tenemos que empaparnos. Ya nos dice que no es que nosotros
hayamos amado y luego merezcamos, casi como un premio, ese amor de Dios. El
amor de Dios es primero porque nos amó cuando incluso no lo conocíamos y ahora
por ese amor podemos llegar a conocer a Dios. El amor que pone esa delicadeza y
sublimidad en nuestra vida para como poder llegar a sentir y ver a Dios.
Pero es lo que contemplamos en Jesús en
esas primeras páginas del evangelio en que le vemos salir caminar por todas
partes anunciando con signos y palabras la llegada del Reino de Dios.
Multitudes, nos dice el evangelista, se agolpaban en torno a Jesús olvidándose
incluso de comer. Es esa muchedumbre con sed de Dios a los que Jesús instruye,
alimenta con la Palabra de Dios, pero ahora también hambrienta, para significar
la realidad de nuestra sociedad.
Es lo que ahora contemplamos en Jesús.
Enseñando y anunciando la llegada del Reino de Dios, pero mostrando los signos
de esa llegada, de ese mundo nuevo que se va a construir. Cuando los discípulos
preocupados por esa multitud que está lejos de sus casas, y que se han ido
despreocupados de provisiones para el camino, acuden a Jesús, éste les dice que
le den ellos de comer. Planificar a la perfección las cosas y decir lo que
tendríamos que hacer o incluso como tendríamos que realizarlo en cierto modo es
fácil, pero llevarlo a cabo no es tan fácil, como les sucede a los discípulos
cercanos a Jesús que se quedan desconcertados con lo que Jesús les está
diciendo. Aun no han terminado de entrar en la onda del amor que Jesús quiere
expandir.
Y Jesús realiza el signo, da muestras
de lo que es capaz su corazón compasivo y lleno de amor; como todo se va a
mover en una nueva dirección a partir de aquel momento y aquella multitud
quedará saciada, aunque quizás luego les cueste recordar el gran signo de Dios
que se ha realizado en su presencia. Entremos, pues, en esa sintonía del amor,
pongamos ese nuevo colirio en nuestros ojos, dejémonos conducir por el Espíritu
divino que insuflará en nosotros lo que es el amor de Dios para que nosotros
seamos capaces de vivir en ese amor.
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