Vistas de página en total

sábado, 11 de agosto de 2018

No vamos a ir haciendo en nombre de la fe obras de ingeniería en la vida, pero sí con nuestra fe podemos ir transformando la faz de nuestro mundo desde el amor



No vamos a ir haciendo en nombre de la fe obras de ingeniería en la vida, pero sí con nuestra fe podemos ir transformando la faz de nuestro mundo desde el amor

Habacuc 1,12–2,4; Sal 9; Mateo 17,14-20

‘Se lo he traído a tus discípulos y ellos no han podido curarlo’. Allí estaba aquel padre angustiado con la enfermedad de su hijo; era algo muy fuerte que ponía a cada rato en peligro la vida del niño; como a una tabla de salvación acude a Jesús, pero Jesús no está; allí están los discípulos, aquellos a los que Jesús había enviado un día con el poder de curar a los enfermos y expulsar demonios, pero ellos ahora no habían podido hacer nada.
Insisto en este aspecto; ¿cómo se sentirían los discípulos? Impotentes porque le habían pedido aquel para lo que un día Jesús les había dado poder y ahora no habían podido hacer nada. ¿Podrían ellos embarcarse de verdad en aquella ‘aventura’ del Reino de Dios en la que se sentían comprometidos con Jesús?
Sensaciones así tenemos también muchas veces. Queríamos hacer algo bueno, querríamos ayudar a alguien, queríamos quizá estar al lado de alguien en el proceso de su vida y no habíamos sido capaces de ayudarles de verdad, como si las cosas se volviesen en nuestra contra. Como tantas veces nos sucede en muchas cosas de la vida, lo sabemos hacer, pero no fuimos capaces; ahora pensamos quizás que podíamos haberlo hecho de otra manera, pero en aquel momento no nos vino la idea y las cosas se quedaron a la mitad o quizás fueron un fracaso. Sí, sensación de fracaso podemos sentir cuando no avanzamos en la vida como nosotros quisiéramos, porque no somos capaces de superar ciertos escollos, porque nos aparece una y otra vez el mismo peligro y la misma tentación y volvimos a tropezar en la misma piedra. Y así no se cuantas cosas más.
Nos quedamos chafados, frustrados, con sensación de fracaso, desanimados. Pero el ser humano ha de saber buscar y encontrar recursos para levantarse de ese desánimo. No podemos perder la fe ni la esperanza. Humanamente hemos de creer en nosotros mismos, con esa capacidad de superreacción que siempre ha de haber en la vida; por otra parte hemos de aprender de nuestros propios errores y fracasos para no tropezar en la misma piedra, pero también hemos de saber dejarnos conducir. No es que estemos pendientes del juicio de los demás, de lo que más o menos le agrade a los otros. Es distinto. Siempre abr alguna persona buena que nos hace una oportuna indicación, siempre habrá una palabra de animo que nos ayude a sacar fuerzas, siempre abr una mano que se pose sobre nuestro hombro para levantarnos del desánimo.
Pero todo esto tenemos que verlo con ojos de fe también. La fe no es una cosa que tengamos guardada en un rincón como un libro que tenemos amontonado en nuestra biblioteca. La fe tiene que ser algo vivido, algo que sea motor en nuestro interior, luz en nuestro camino, fuerza en nuestras luchas.
Una fe que nos abre caminos; una fe que nos eleva desde el ras del suelo de nuestro materialismo; una fe que nos hace mirar a lo alto, no solo porque nuestras metas han de ser siempre altas, sino porque miramos y nos apoyamos en aquel que nunca nos fallará.
Es la fe que nos irá haciendo sortear tantos baches o tantos tropiezos que nos van apareciendo en la vida; es la fe que nos hace sentir paz en nuestro interior; es la fe que nos abre al amor de Dios queriendo amar nosotros de la misma manera; es la fe que nos hace constantes en nuestro espíritu de servicio buscando siempre la mejor manera de ayudar, de amar a cuantos están a nuestro lado.
Hoy termina Jesús diciéndonos que si tuviéramos fe, aunque sea tan pequeña como un grano de mostaza, pero es una fe viva, seremos capaces de mover montañas. No vamos a ir haciendo obras de ingeniería en la vida, pero sí con nuestra fe podemos ir transformando la faz de nuestro mundo desde el amor. ‘Señor, aumenta mi fe’, tenemos que pedirle.

viernes, 10 de agosto de 2018

Calladamente queremos entregarnos, ser grano de trigo, pero será el Espíritu del Señor quien dará fecundidad a cuanto queremos hacer



Calladamente queremos entregarnos, ser grano de trigo, pero será el Espíritu del Señor quien dará fecundidad a cuanto queremos hacer

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26

Sería un grave error, por ejemplo, para quien quiere construir un gran edificio el pensarlo siquiera. Total, como eso va a quedar bajo tierra oculto, da igual como esté, da igual cómo se realice. Unos cimientos es cierto van a quedar, por decirlo así, enterrados bajo tierra y nadie los va a ver, pero la solidez del edificio se fundamenta en la buena realización de esa cimentación.
Igual en la vida, habrá cosas que quedaran ocultas y quizás nadie nunca las sabrá si tu no lo compartes, pero muchas de esas cosas, mucho de ese tiempo que has dedicado a la cimentación de tu vida, de tu carácter, de unos buenos habito, de la concesión de unos principios van a ser fundamentales para la madurez de tu existencia y para cómo has de saber reaccionar cuando vengan los embates de la vida. No podemos dejar que la planta crezca torcida, sino que hemos de ponerle unas guías para que crezcan debidamente, hemos de ir realizando unas podas para evitar que su fuerza se vaya por esas ramas que no van a dar fruto quitando todo aquello que no solo no nos es necesario sino que incluso pudiera sernos perjudicial.
El grano de trigo que se tritura es el que nos dará blanca harina para hacer nuestro alimento; el grano de trigo que se entierra es el que va a germinar en una nueva planta que nos multiplicará los frutos. El amor callado que nos hace entregarnos sin aspavientos es el que va a ser caldo de cultivo de un mundo mejor; el amor que se inmola hasta el punto que nos olvidemos de nosotros mismos para darnos por los demás es el que se va a convertir en verdadera vida de plenitud para nosotros y ayudará a que lo sea también para los demás. Es el cimiento de nuestra vida.
De eso nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Del grano de trigo que se entierra y muere cuando germina una nueva vida. Es el sentido de su vida. Es la plenitud de su ser. Es la fuente viva de vida para nosotros. Es el camino que nos abre a nueva vida. Es el inicio del Reino nuevo de Dios que es Reino de amor. Es la cumbre de nuestra salvación.
Hoy celebramos a san Lorenzo, el hombre que encontró el verdadero tesoro. Cuando en la persecución le piden que como diácono (administrador y servidor) de la Iglesia de Roma le trajera los tesoros de la Iglesia al emperador él reunió a todos los pobre de Roma y fue lo que presentó ante el tribunal. Allí estaban sus tesoros, aquellos por los que se desvivía y a los que servía buscando lo mejor para ellos dándoles de comer con las limosnas que le daban los fieles de Roma. No temió por su vida. El simplemente amaba, servía, se daba y se entregaba, ponía todo el amor de su corazón en aquello que hacia. Y su sacrificio llegó hasta el extremo. Todos sabemos lo que fueron los tormentos de su muerte sobre aquella parrilla, asado en carne viva.
Fue el grano de trigo, como lo había sido Jesús, como tenemos que aprenderlo a ser nosotros. Es la pauta y la guía de nuestra vida; es en lo que fundamentamos todo nuestro ser, toda nuestra existencia. Tenemos que aprender a poner esos verdaderos cimientos de nuestra vida, aunque sea duro pero siempre con el gozo de darnos; aunque hayan muchos que no lo quieran ver ni valorar, pero sabemos de verdad cual es el sentido de nuestra vida; amando quizá en silencio sin que nadie lo note, pero amando desde lo más profundo del corazón a pesar de nuestras debilidades y también de nuestro pecado muchas veces. Pero queremos amar mucho, aunque nadie lo note, pero así serán perdonados nuestros muchos pecados, así podemos ser en verdad semilla de nueva vida y de nuevo mundo.
Calladamente queremos entregarnos, será el Espíritu del Señor que está con nosotros quien dará fecundidad a cuanto queremos hacer.

jueves, 9 de agosto de 2018

Busquemos el aceite que nos haga mantener encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra esperanza que producirá la más honda alegría en la fiesta de la vida



Busquemos el aceite que nos haga mantener encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra esperanza que producirá la más honda alegría en la fiesta de la vida

 Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

¿Qué nos pasa si en medio de una fiesta que hemos preparado con mucho espero y estábamos hace tiempo deseando se nos va de repente la luz? Parece que todo se nos ha chafado, que la fiesta se nos va de las manos, que pronto aparecerá el descontento general de los asistentes por falta de previsiones, y estaremos buscando como locos una rápida solución. Todo el gozo en un pozo, como solemos decir.
Nos podemos estar refiriendo a las fiestas de nuestros pueblos que año tras año estamos ansiosos esperando, pero nos puede suceder en una fiesta familiar donde nos hemos reunido parientes, amigos y vecinos porque aquel era un especial cumpleaños o por algún determinado acontecimiento que queremos resaltar y celebrar.
Pero ¿y en la fiesta de la vida? alguno podría decir que la vida tiene poco de fiesta porque pesimistas muchas veces nos fijamos más en los problemas o las cosas luctuosas que nos puedan ir sucediendo y al final nos puede ir faltando esa alegría de fiesta que tendríamos que poner siempre en nuestro corazón.
Tendríamos que darle otro sentido de alegría a nuestro vivir. Empezando por saber reconocer las cosas buenas y positivas que podemos ir viviendo en cada momento, pero es que además tendríamos que saber sentir en cada ocasión el gozo del vivir, que es el gozo del encuentro y de la convivencia, que es el gozo de la ilusión que ponemos en nuestros proyectos llenos de esperanza.
No podemos ir por la vida con caras fúnebres que expresan en cierto modo lo sombrío que llevamos nuestros corazones, no podemos dejarnos atenazar por las sombras del pesimismo, hemos de saber poner ilusión en el vivir de cada día desde el momento que nos levantamos por la mañana poniendo ganas y empeño en ir viviendo con alegría cada momento de nuestra vida. Los problemas y contratiempos son retos que nos aparecen en la vida pero que podremos superar si sabemos poner ilusión y esperanza en lo que vamos creando con nuestra vida. La vida vivida con positividad nos hace más felices a nosotros y a los que nos rodean.
Si comenzamos los primeros peldaños del día con pesimismo y llenos de sombras, a oscuras vamos a permanecer todo el día, pero lo malo que es llevaremos esa oscuridad a los que están a nuestro lado. Y hay personas que son especialistas en eso. No podemos permitir que se nos apague la luz de nuestra alegría, la ilusión por vivir, la esperanza de lo nuevo que queremos construir. Con sombras sobre nosotros no seremos capaces de ver bien los cimientos ni los entresijos de lo que vamos construyendo.
Pero lo triste es que muchas veces nos falta esa luz, se nos apaga esa luz, no la supimos alimentar adecuadamente. Dejamos grietas en el alma sin cerrar por donde se nos derramó el combustible que necesitamos para mantener encendida esa luz. No supimos o no quisimos curar esas heridas del alma porque en nuestro orgullo quizá nos creíamos muy autosuficientes. Nuestro orgullo o nuestro amor propio no nos permitió darnos cuenta de que nuestra barca podía estar haciendo aguas, porque nos guardábamos dentro de nosotros aquellas cosas que un día recibimos de alguien y nos podían hacer daño, y no fuimos capaces de restañar esas heridas con la humildad y el perdón, poniendo ternura en nuestro corazón que fuera bálsamo que nos curara, nos hiciera mantenernos en una órbita de comprensión y de amor.
Mucho podríamos seguir reflexionando por ahí, pero puede bastarnos esto para ponernos en alerta, para estar mas vigilantes, para buscar de verdad ese combustible de la gracia de Dios que alimentara nuestra vida y nos hiciera mantener encendida esa lámpara de la alegría frente a los embates que pudiéramos recibir por todos lados. En una reflexión serena muchas mas cosas podríamos descubrir.
Hoy el evangelio nos habla de la parábola de las doncellas que con lámparas encendidas tenían que salir al encuentro del esposo para entrar en la fiesta del banquete de bodas. No todas pudieron entrar, porque sus lámparas se apagaron, les faltó el aceite para mantenerlas encendidas. Lo hemos reflexionado muchas veces. Busquemos el aceite que nos haga mantener encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra esperanza que producirá la más honda alegría en la fiesta de la vida.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Los santos son esas luminarias que están a nuestro lado y en todo momento son signos del amor y la presencia de Dios en nuestras vidas y nuestro mundo


Los santos son esas luminarias que están a nuestro lado y en todo  momento son signos del amor y la presencia de Dios en nuestras vidas y nuestro mundo

Isaías 52,7-10; Sal 95; Mateo 28, 16-20

Algunas veces tenemos el peligro de que nuestra mirada no sea lo suficientemente positiva y las cosas oscuras de la vida nos parece que resaltan más. Pero creo que tenemos que aprender a llenar nuestros ojos de luz porque si nuestros ojos son luminosos seguramente podremos descubrir mejor tantas cosas luminosas y positivas que hay en la vida que la mayoría de las veces nos pasan desapercibidas. Y nos es necesario detectarlas porque nos sirven de estimulo, nos llenan de luz la vida, nos hacen ser positivos y haciendo un camino positivo podremos construir más y mejor.
Sentiremos seguramente muchas veces, con un poco de sensibilidad, cómo a nuestro lado hay personas positivas, personas con las que nos sentimos a gusto porque solo su presencia nos llena de paz, porque sus palabras nos animan, porque las cosas buenas que percibimos en ellas nos sirven de estimulo. Ya digo, que algunas veces no tenemos la sensibilidad de descubrirlas, pero a posteriori probablemente recordaremos muchas cosas buenas de la presencia de esa persona junto a nosotros y las huellas que en nosotros hayan podido dejar.
Ojalá nosotros también seamos capaces de dejar huellas positivas en las personas con las que convivimos, que están a nuestro lado o por alguna razón se hayan encontrado en la vida con nosotros. Es esa actitud positiva con que hemos de ir por la vida.
Desde una visión de fe, como no es menos que nosotros tengamos, en esas personas descubrimos la acción y la presencia de Dios. Son para nosotros como signos del amor que el Señor nos tiene que pone a nuestro lado esas personas que nos pueden servir de ejemplo o que nos ayudan simplemente caminando junto a nosotros. Es lo que nosotros también hemos de aprender a ser. Y eso lo hemos de ver y hacer en el hoy de cada día. Y haciéndolo así estaremos haciendo de verdad ese mundo mejor que tenemos que construir.
A través de la historia Dios nos ha dejado grandes signos en grandes hombres y mujeres que quizá ocultos en la sencillez y en la humildad o realizando grandes obras en medio de los hombres y en la Iglesia siguen siendo esas luminarias que siguen iluminando nuestras vidas, nos siguen sirviendo de estimulo para ese camino bueno, de rectitud y de santidad, que también nosotros hemos de recorrer. Son los santos, unos reconocidos de manera especial por la Iglesia por el gran ejemplo de virtudes que son para nosotros, y otros que calladamente y en silencio vivieron su santidad pero que también glorificaron a Dios con sus vidas y le siguen glorificando en el cielo.
Hoy la Iglesia nos invita a recordar y a celebrar a uno de esos grandes santos que siguen siendo verdaderas luminarias por su obra en medio de la Iglesia. Celebramos a santo Domingo de Guzmán. Un santo español de nacimiento, es cierto, pero que realizó su obra en medio de la gran Europa de su tiempo. Dios le concedió el don de la palabra y la erudición y con su predicación contribuyó a evangelizar a la Europa de su tiempo, hace mas de ochocientos años, pero que en sus seguidores, la Orden de Santo Domingo, los dominicos como los llamamos comúnmente, sigue realizando esa misma labor a lo largo y ancho del mundo.
No es el momento ahora de hacer relatos de su vida, sino contemplar su figura y su obra que nos sirva de estimulo en esta hora de nueva evangelización que vivimos en nuestra Iglesia. Sembradores de la Palabra de Dios hemos de ser nosotros también, como decíamos antes, dejando huellas a nuestro paso por la vida desde todo eso bueno y positivo que desde el amor nosotros queremos realizar.
Miramos a nuestro lado y seremos capaces de detectar esos signos que en los que están a nuestro lado podemos descubrir, pero nos sentimos comprometidos a ser nosotros también esos signos de luz, de fe, de amor, de evangelio para el mundo que nos rodea. En silencio, con nuestras palabras siempre que sea necesario, con nuestro ejemplo y testimonio en todo momento pero tenemos que ser evangelio para los demás, buena noticia que anuncia a Jesús siempre.


martes, 7 de agosto de 2018

Que se despierte nuestra fe y vayamos dejando de lado nuestros miedos y nuestra dudas porque nos sentimos seguros con Jesús


Que se despierte nuestra fe y vayamos dejando de lado nuestros miedos y nuestra dudas porque nos sentimos seguros con Jesús

Jeremías 30,1-2.12-15.18-22; Sal 101; Mateo 14,22-36

Dudas y miedos nos aparecen muchas veces en la vida; ante lo desconocido, ante las sorpresas que nos va dando la vida, ante los peligros que realmente nos acechan o que nosotros imaginamos en nuestra mente, por la posible pérdida de lo que ya tenemos, por los problemas y debilidades que sentimos en nosotros mismos o recibimos desde el exterior ya sean personas o acontecimientos adversos, si tenemos que arriesgarnos ante algo nuevo. Y nos encerramos en nosotros o huimos, o intentamos estoicamente quedarnos como impasibles como si eso no nos afectara.
Son las dudas que tenemos sobre nosotros mismos o el sentido y valor de nuestra vida, o son los interrogantes ante el misterio que no sabemos dilucidar; son las dudas que aparecen sobre nuestra fe y si todo lo que hacemos tiene sentido porque nos vemos muy tentados por un materialismo que quiere desterrar todo sentimiento religioso, pragmatismos decimos, ateismos camuflados, sincretismos que todo lo mezclan, agnosticismo que ahora tan de moda está sin saber muchas veces ni lo que queremos decir.
Pero ¿de verdad hay una fe en mi vida? ¿Jesús sigue siendo el sentido de mi vivir? ¿El evangelio tiene sentido para mi y trato de convertirlo en pauta de mi vida? ¿Dónde están esos principios y valores cristianos? Porque nos dejamos absorber por esos miedos y dudas, por esas influencias que recibimos de todos lados y ya nuestro vivir se distingue poco de los que viven sin fe y sin esperanza.
Quizá decimos que son duras las noches oscuras y las tormentas que nos aparecen en la vida; nos cegamos de tal manera que no llegamos a percibir la presencia del Señor junto a nosotros y lo confundimos con otras cosas. No es más fácil hablar de la energía positiva de la tierra, que de la gracia del Señor. Y así andamos en tantas confusiones. Comenzamos a crearnos fantasmas, luces fatuas que a nada nos llevan. Nos hace falta una mayor claridad y firmeza de nuestra fe. Primero nos vamos tras religiosidades novedosas que nos vienen no sabemos de donde, que profundizar en nuestra verdadera espiritualidad cristiana.
Hoy el evangelio nos habla de una difícil situación por la que van pasando sus discípulos en la travesía del lago. Jesús los había embarcado en aquella travesía pero se había quedado en la orilla del lago. Se sentían solos y las dificultades arreciaban; aparecieron las dudas y los miedos; todo los confundía. Hasta creyeron ver un fantasma en Jesús que finalmente venia hacia ellos. Y hasta se atrevieron a pedir pruebas a la palabra que escuchaban de Jesús. Cuantas pruebas vamos pidiendo tantas veces para no terminarnos de confiar en lo que Jesús nos dice.
Jesús está con ellos y les recrimina su falta de fe y sus miedos. Al final terminaron reconociéndolo y pudieron seguir avanzando hasta la otra orilla. Es lo que necesitamos. Reconocer a Jesús, que se despierte nuestra fe, que vayamos dejando de lado nuestros miedos y nuestra dudas, que busquemos donde en verdad vamos a encontrar la luz, que profundicemos en una verdadera espiritualidad cristiana. No tengamos miedo a la travesía de la vida ni a que tengamos que arriesgarnos. El nos prometió que estaría siempre con nosotros y para eso nos dio la fuerza y la presencia de su Espíritu.

lunes, 6 de agosto de 2018

Hoy Jesús nos enseña a caminar, a realizar la ascensión del Tabor, porque tenemos la certeza de que con El vamos a ser también transfigurados.



Hoy Jesús nos enseña a caminar, a realizar la ascensión del Tabor, porque tenemos la certeza de que con El vamos a ser también transfigurados.

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; Marcos 9, 2-10

Las cosas las vemos según la perspectiva desde la que las miremos. Si queremos observar un paisaje en toda su plenitud buscaremos el lugar apropiado y normalmente cuando subimos a lo alto de las montañas tenemos otra perspectiva del paisaje que contemplamos, aunque incluso vivamos en él. Podemos observar toda su amplitud con sus diversas tonalidades de color, con la profundidad de sus montañas o barrancos, o con detalles que a ras de tierra quizá no habíamos observado, situando además cada parte en su lugar y admirando además la armonía del conjunto.
Así en la vida, necesitamos descubrir nuevas perspectivas, tenemos que salir de nuestro círculo que muchas veces es demasiado concéntrico en nuestro yo, tenemos que tener la fuerza de ánimo de ascender más alto para descubrir nuevas cosas bellas de la vida que quizá antes no habíamos observado. Claro que levantar vuelo no es fácil; igual que el ave que al principio necesitará un punto desde donde impulsarse, nosotros necesitamos también dar ese impulso hacia arriba, aunque la ascensión sea costosa, necesite esfuerzo, nos traiga fatiga porque tenemos que superarnos de muchas cosas de nosotros mismos, muchos pesos muertos que son como lastre de los que tenemos que arrancarnos.
Hoy Jesús nos invita a ascender. La subida del Tabor no era una ascensión fácil por lo escarpado de sus laderas; pero allá invitó Jesús a tres de sus discípulos para realizar esa ascensión. Hay algo que se va a repetir mucho a lo largo del evangelio, la subida, la ascensión. Ahora es solo un signo que tiene una especial luz muy esplendorosa; en otros momentos la subida será dura porque llegará hasta el Calvario. Todo es subir, desde Galilea a Jerusalén, desde Jericó y el valle del Jordán de nuevo hasta la ciudad santa; finalmente será hasta el monte de la Ascensión.
Pero nos queremos fijar en esta especial subida del Tabor. Jesús subió al monte para orar, como hacia tantas veces que se retiraba a lugares apartados o solitarios. Pero algo va a suceder porque se transfiguró mientras estaba en la oración ante sus discípulos llenos de estupor que no se creían lo que estaban contemplando. Aparecieron también Moisés y Elías hablando con Jesús de la futura pasión que había de padecer. Aquello era la gloria y así lo estaban sintiendo Pedro y los otros dos discípulos.
Pedro aun tenía que seguir subiendo y aprendiendo. Aunque en principio siente la satisfacción propia por lo que está contemplando queriendo quedarse allí para siempre – ‘¡Qué bien se está aquí!’ – pronto se olvidará de si mismo porque las tiendas que pretende levantar no son ni para el ni para sus compañeros, sino para Jesús, Moisés y Elías. Es cuando se va a ver envuelto por la nube de la gloria de Dios para escuchar la voz del Padre que señala a quien tenemos que escuchar y seguir. ‘Este es mi hijo amado, en quien me complazco, escuchadle’.
Tenemos que hacer también nosotros esa Ascensión, esa subida interior de nuestra vida. Cuántas veces decimos, deseamos conocer a Dios, pero no hemos roto el círculo de nuestro yo, empezando porque queremos un Dios a nuestra medida, a nuestra manera. Tenemos que tener otra perspectiva, aprender a tener otra mirada. No hemos de tener miedo de ponernos a caminar con Jesús que aunque nos parezca a veces que va muy deprisa, El siempre va a nuestro paso, porque pacientemente está esperando que nosotros queramos caminar.
Claro que caminar con Jesús nos pone siempre en ascensión con su correspondiente esfuerzo. El reino de Dios no es para los timoratos ni los cobardes, para los que quieren caminar en el paso cansino de las rutinas de siempre, ni para los que se contentan con lo que ya tienen. No es para quedarnos en la llanura aunque esas llanuras tengamos que atravesar para ir iluminando y alentando a cuantos van sin rumbo por la vida.
Hoy Jesús nos enseña a caminar, a realizar la ascensión del Tabor, porque tenemos la certeza de que con El vamos a ser también transfigurados.

domingo, 5 de agosto de 2018

Aprendamos de una vez por todas a buscar el alimento que llena de plenitud nuestra vida haciendo más digna la vida de cuantos están a nuestro lado


Aprendamos de una vez por todas a buscar el alimento que llena de plenitud nuestra vida haciendo más digna la vida de cuantos están a nuestro lado

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Sal. 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35

En las necesidades básicas que necesitamos para sustentarnos está por supuesto el pan, el alimento. Por ello nos afanamos, trabajamos cada día para tener lo necesario para la subsistencia aunque junto a esa necesidad básica y esencial nos procuramos todo aquello otro que nos haga vivir dignamente cubierto nuestro cuerpo con el vestido o teniendo un lugar donde acogernos y hacer nuestra vida más elemental. En la búsqueda de ese alimento contemplamos incluso la angustia de aquellos que no lo tienen que son capaces de lanzarse por los caminos del mundo buscando el lugar donde conseguirlo.
Luchamos, nos esforzamos, buscamos como sea tener cubiertas esas necesidades y algunas veces en la manera en que nos planteamos la vida para muchos pareciera que fuera lo único que le diera una vida digna. En torno a ello procuramos tener una serie de bienes que nos garanticen de alguna manera eso básico y esencial y bien vemos que terminamos convirtiendo casi en una obsesión la posesión de unas pertenencias o de unos bienes materiales con los que pensamos que sí lograremos esa vida digna.
¿Sólo será el pan o el alimento, el vestido o la vivienda, o la posesión de esos bienes materiales los que en verdad van a alimentarnos para vivir en la mayor dignidad? Si nos ponemos a reflexionar o a pensar las cosas casi todos terminaremos reconociendo que hay otras cosas que alimentan nuestra vida, que hay otros valores que no se reducen a lo material que nos van a dar un mayor sentido a nuestra existencia, que muchas más cosas en nuestras mutuas relaciones y en nuestra convivencia que sí nos pueden llevar a una vida mejor.
Aunque algunas veces nos ceguemos creo que seremos capaces de buscar otra sabiduría de la vida que si nos alimente con un alimento que va más allá que lo que el cuerpo pueda recibir. Hay también unos valores espirituales que le darán verdadera profundidad y trascendencia a nuestra vida.
Creo que en todo esto  nos puede hacer pensar el evangelio que hoy escuchamos y que se prolongará en diversos aspectos en los sucesivos domingos. Cronológicamente es continuación del escuchado el pasado domingo que nos hablaba de la multiplicación de los panes y los peces allá en los lugares desérticos. Cuando quisieron hacer rey a Jesús, se escondió en la montaña, los discípulos regresaron, no sin dificultad, en una barca a Cafarnaún, los demás se dispersaron como pudieron y a la mañana siguiente ya hay un grupo que ha llegado también a Cafarnaún y se encuentran de nuevo con Jesús.
‘Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’ le preguntan cuando se lo encuentran. Y ahí viene la palabra sabia de Jesús como respuesta que a la vez quiere ser interrogante interior. Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna…’
Buscamos el pan, el sustento diario de la vida. Pero, ¿por qué buscan ahora a Jesús? ¿Solo por ese alimento que perece, que comiéndolo ahora luego volveremos a tener que comer? ¿Habrá otro alimento más perdurable? No es cualquier cosa lo que les está diciendo Jesús. Es que les está diciendo que El puede darles otro alimento que lleva a la vida eterna. ‘El alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre’. Son palabras mayores, tendríamos que decir.
Jesús les está invitando a que crean en El; y creer en Jesús es creer en su Palabra, creer en ese mensaje de vida que El está queriendo trasmitirles. No es solo ya el alimento material lo que necesitan, que mal que bien se lo pueden conseguir con sus trabajos; no se trataría de que se nos diera de comer sin nosotros habernos ganado el sustento con nuestro trabajo, aunque bien sabemos que habría muchos que así lo desearían quizás.
Recuerdan el camino por desierto cuando Moisés les dio el maná para tener el sustento de sus vidas mientras hacían aquel peregrinar. Pero Jesús les dice que  no fue Moisés el que les dio el pan del cielo, sino que es Dios el que nos da el verdadero pan del cielo. ‘El pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo’.
Ellos seguirán obsesionados con ese pan que ahora insisten en pedirle a Jesús, como la samaritana que le pedía a Jesús que le diera de aquella agua que le quitaría la sed para tener que volver todos los días al pozo de Jacob para sacar agua. A la samaritana Jesús les dirá que El es esa agua viva y ahora en Cafarnaún dirá que El es ese Pan de vida que da la vida al mundo. ‘El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed’.
‘¿Qué tenemos que hacer?’, le habían preguntado a Jesús, como nos preguntaríamos nosotros también.  ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado’. Creer en Jesús porque creyendo en Jesús alcanzaremos a vivir la vida verdadera. Creer en Jesús porque abre ante nosotros caminos de vida en plenitud. Creer en Jesús porque quien cree en El hará lo que El nos dice, hará las mismas obras de Jesús.
Ya nos decíamos antes que hay otro vivir que va más allá de nuestra vivencia física o corporal, y pensábamos en cuánta vida nos da nuestra relación y convivencia con los demás; cuando amamos vivimos de verdad porque lo que podemos sentir dentro de nosotros es algo mucho mas grande que el placer del gusto que nos pueda dar el mejor manjar.
Tenemos la experiencia de cómo nos sentimos cuando nos damos hasta ser capaces de sacrificarnos por los demás; tenemos la experiencia de convivir con aquellos seres a los que amamos y con los que compartimos no solo lo material que tengamos sino lo más hondo de nosotros mismos, lo que somos allá en lo más profundo de nuestro ser.
Imaginemos, pues, como nos sentiremos cuando hacemos lo que Jesús nos dice, cuando hacemos las mismas obras de Jesús, ‘el alimento que perdura dando vida eterna’ como nos decía Jesús. ¿Aprenderemos de una vez por todas a buscar ese alimento que llena de plenitud nuestra vida?