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domingo, 17 de mayo de 2026

Testigos llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos

 


Testigos llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos

Hechos 1, 1-11; Salmo 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20

¿A dónde nos quedamos mirando cuando nos sucede algo sorpresivo que de alguna manera estábamos esperando pero cuya sorpresa no esperamos en este momento? ¿Al cielo? ¿Al suelo? ¿A cuanto nos rodea, ya sea el espacio mismo donde estamos, ya sea lo que hay en nuestro entorno que hasta nos puede resultar novedoso porque así andamos por la vida que ni nos fijamos en donde estamos, o a los que están a nuestro alrededor para que nos den algunas explicaciones? ¿Cuál sería nuestra reacción?

Así nos encontramos a los apóstoles y los discípulos más cercanos en las experiencias de pascua que han ido viviendo, ya fueran las apariciones en el cenáculo, a las mujeres a las puertas de la sepultura, a los que caminaban Emaús, allá junto al algo de Tiberíades en aquel amanecer, o ahora en este monte que según el evangelista que nos lo relata lo sitúa en Galilea o en el propio Jerusalén en el monte de los Olivos.  La misma reacción siempre de sorpresa con las palabras de Jesús, con los gestos de Jesús, con la misión que les confía Jesús.

‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ son las voces de los ángeles que los sacan de su ensueño. No les dice que no tienen que seguir mirando también al cielo, pero han de tener los pies bien plantados en la tierra. ‘El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo’. Pero mientras nos ha confiado una misión. Como nos dice muy claramente el evangelista Mateo hoy: ‘Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos’.

En sus confusiones cuando una sorpresa llegaba tras de otra todavía preguntaban ‘Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?’ Todavía no se aclaraban sobre lo que significaba que Jesús era el Mesías; seguían con pensamientos humanos porque no habían terminado de entender lo que era la liberación que Jesús nos traía.  Por eso les dice Jesús que permanezcan aun en Jerusalén hasta que  reciban ‘la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’. Ya les había hablado del Espíritu de la Verdad que se lo enseñaría todo. Necesitaban esa fuerza del Espíritu y todo cambiaría en sus corazones y en sus mentes. Luego habían de ser testigos hasta el confín de la tierra.

Pero nos ha asegurado una cosa que estaría con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Hemos de salir, entonces, con el testigo en nuestra mano, hemos de ir como testigos anunciando esa buena noticia de salvación a todos los hombres, porque no hay bajo el cielo ni sobre la tierra otro  nombre que pueda salvarnos. Lo experimentamos en nosotros cuando nos sentimos amados y perdonados, cuando nos sentimos llenos de una nueva paz y de una alegría que nadie nos podrá arrebatar, cuando nos sentimos transformados y ponemos en nuestras vidas otros valores y otra manera de actuar, cuando nos sentimos impulsados a ponernos en camino sin temor a los peligros o a los rechazos que podamos encontrar, cuando nuestro corazón ha cambiado y comenzamos a desprendernos de nosotros mismos y nos damos generosamente por los demás. Estamos siendo unos testigos.

Unos testigos llenos de esperanza, que seguimos, sí, mirando al cielo porque sabemos que de allí nos viene la gracia, seguimos mirando al cielo porque continuamente nos mantenemos en esa esperanza de la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, seguimos mirando al cielo que es también mirarnos dentro de nosotros mismos para sentir como Dios reina en nuestros corazones, seguimos mirando al cielo porque de allí nos llega esa luz para comprender el camino, para no tropezar en las piedras que en él se nos van a atravesar, para encontrar medios para abrir nuevos caminos de paz y de convivencia para los que están a nuestro lado, porque nosotros también queremos hacer ascensión cuando tratamos de superarnos y levantarnos por encima de esos materialismos que nos quieren envolver, porque sabemos que el Señor está con nosotros, reina en nuestros corazones y la fuerza de su Espíritu es quien nos guía y nos sostiene.

Toda una sorpresa este misterio de amor que nos envuelve en esta fiesta de la Ascensión. ‘Que se nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro’. Recordemos y rumiemos en nuestro interior estas sabias palabras del Apóstol.

lunes, 2 de junio de 2025

Por la fuerza del Espíritu nos podemos sentir vencedores, para ser perseverantes aunque nos cueste comprender, para poner toda nuestra confianza en Jesús

 


Por la fuerza del Espíritu nos podemos sentir vencedores, para ser perseverantes aunque nos cueste comprender, para poner toda nuestra confianza en Jesús

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Salmo 67; Juan 16, 29-33

‘Tengan paciencia’, habremos escuchado a alguien con sabiduría en su vida decirnos en alguna ocasión, ‘algun día van a entenderlo’, nos dice. Hay situaciones en la vida que nos cuesta entender. Hacemos quizás las cosas con buena voluntad y buenos deseos, y no nos entienden nuestras decisiones, como quizás a nosotros nos ha pasado también con alguien que tiene alguna responsabilidad, que está al frente de alguna tarea, y que sabe cosas que nosotros no sabemos, que tiene una visión de futuro que a nosotros nos cuesta tener, que ve una complejidad en las relaciones entre unos y otros, entre unas cosas y otras que nosotros no alcanzamos a ver. Y nos sentimos desconcertados, y nos parece que aquel no es nuestro lugar, y nos entra el desánimo porque no vemos las cosas claras. Y nos dicen, ten paciencia, un día lo entenderás.

Nos pasa en nuestras relaciones entre unos y otros, nos pasa en nuestros trabajos y responsabilidades, nos pasa en el compromiso que queremos vivir por los demás o por la sociedad en la que estamos, nos pasa hasta en nuestro propio interior, en los principios que tenemos para nuestra vida, en la ética con que queremos vivir la vida, en nuestra fe y en nuestra relación con Dios. Parece que no siempre están las cosas claras, que nos salen como nosotros desearíamos; el camino de nuestra vida cristiana algunas veces se nos hace costoso y cuesta arriba, porque nos encontramos con muchas cosas que nos frenan. ¿Cómo seguir adelante? ¿Cómo ser constantes en nuestra lucha? ¿Cómo permanecer en nuestros principios de forma inalterable?

En el texto del evangelio de hoy pareciera que los discípulos comienzan a comprender algo. Le dicen a Jesús que ahora sí que les habla claro a ellos, que no siempre lo han entendido, y comprenden también que haya mucha gente que no lo entiende. ‘¿Ahora creéis?’, les dice Jesús. Pero de alguna manera les está diciendo que aun no lo entienden del todo, que va a llegar un momento en que van a tomar el camino de la huida y de la dispersión, porque les puede parecer que todo se ha acabado. No olvidemos que en estas palabras que hoy escuchamos Jesús les está hablando al final de aquella cena pascual, la última cena como solemos llamarla. Y a partir casi de unos momentos, cuando estén en el huerto de los Olivos comenzarán los momentos del escándalo y de la huída.

Y Jesús les dice que les está diciendo todo esto para prepararlos para ese momento difícil que van a pasar. Serán momentos duros. Ya los veremos más tarde encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos. Pero Jesús les invita a que no pierdan la confianza, a que a pesar de todas las negruras que pudieran aparecer, sigan creyendo en El. ¿No necesitamos también nosotros escuchar estas palabras de Jesús en medio de tantas turbulencias en que nos vemos envueltos en la vida?

Pensemos que hoy cuando nosotros escuchamos estas palabras de Jesús no las escuchamos solamente como unas palabras dichas a los discípulos o a los apóstoles en aquellas circunstancias, sino que nos están dichas a nosotros, en nuestra situación, en nuestros problemas, en nuestras luchas. ‘En el mundo tendréis luchas, les dice, nos dice; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Es la certeza de la victoria de Cristo, es la certeza que nos da ánimos para nuestras luchas, para nuestra tarea, para el camino de nuestra vida cristiana. Los apóstoles lo comprenderían a partir de la resurrección y cuando se vieron llenos del Espíritu Santo. Sigamos ese camino, hemos venido celebrando la Pascua, ayer contemplábamos a Cristo glorioso sentado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo de nuestra fe. Con Cristo nos sentimos elevados, en Cristo vivimos en su gloria, en el Espíritu de Cristo podemos sentirnos también vencedores, aunque dura sea la lucha y la batalla. Es la fuerza que sentimos para nuestra perseverancia, aunque nos cueste creer, aunque nos cueste comprender, es la confianza total que desde nuestra fe ponemos en Jesús y por la que queremos vivir su evangelio.

domingo, 1 de junio de 2025

Elevados con Cristo en su Ascensión descubrimos la grandeza de gloria de la que nos hace partícipes y de lo que tenemos que ser testigos en medio del mundo

 


Elevados con Cristo en su Ascensión descubrimos la grandeza de gloria de la que nos hace partícipes y de lo que tenemos que ser testigos en medio del mundo

Hechos 1, 1-11; Salmo 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53

No tengo palabras para expresarme. No siempre todo lo que nos sucede podemos explicarlo con palabras; cosas que nos sorprenden, cosas ante las que nos quedamos como petrificados por la emoción que estamos sintiendo pero que no sabemos explicar, cosas que podemos sentir en nuestro interior y que se convierten en experiencia impactante de la vida y que no sabemos cómo trasmitir. Balbuceamos algunas explicaciones, y si no llegan a ser explicación al menos tratamos de decir, de contar, de transmitir de alguna manera lo que nos sucede por dentro. Experiencias quizás cotidianas pero que se convierten en experiencias extraordinarias para nosotros, tras lo cual quizás encontremos un sentido, un valor para nuestro existir, para lo que hacemos y para lo que vivimos. La vida no son solo cosas que se suceden, que se repiten, o que nos aparecen como novedad sino que son oportunidades para ver más allá, para tener otros horizontes, para saborear que es el amor que es el único que pueda dar sabor a la misma vida y cuanto nos sucede.

¿Dónde acudir para encontrar la sabiduría que nos haga entender todas esas cosas y que nos dé la capacidad para transmitirlas? Estamos metiéndonos en el misterio de la vida, estamos introduciéndonos en aquello que nos puede dar sentido a nuestro existir, estamos entrando en otra órbita que nos lleva más allá de lo que solo podemos palpar con las manos porque nos hace entrar en una sensibilidad especial, que es encontrar el sentido de Dios en nuestra vida.

¿Tendrá que ser nuestra oración lo que hoy nos dice el Apóstol san Pablo? ‘El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros…’

Espíritu de sabiduría y revelación… ilumine los ojos de nuestro corazón… para que nos podamos llenar de esperanza, para que descubramos la riqueza de gloria que se nos ofrece, la extraordinaria grandeza de nuestra vida. Lo que hoy estamos celebrando es el misterio de Dios que nos engrandece. Estamos contemplando a Jesús y a Jesús en su gloria; permanecen en nuestros ojos y quizás hasta turbando nuestro espíritu las señales de la pasión y de la muerte, pero es el que tiene toda la gloria de Dios. Resucitado de entre los muertos lo venimos celebrando a lo largo de toda la pascua, pero glorificado a la derecha de Dios. Son imágenes, porque tenemos que emplear palabras para poder expresarnos, pero es la realidad de Jesús, es la gloria del Hijo de Dios.

Pero contemplar así la gloria de Dios que se nos manifiesta en Jesús es contemplar la gloria y la misión a la que estamos llamados. Es que contemplar así la gloria de Dios es contemplar todo el amor que Dios nos regala – riqueza de gloria, decíamos con san Pablo, extraordinaria grandeza – de manera que a nosotros también nos está llamando hijos, hijos amados de Dios. Es el regalo que recibimos y porque creemos en Él con Él somos transformados, de Él nos llenamos de vida nueva para hacernos hijos de Dios. Por Jesús nosotros también escuchamos aquella voz que se escuchó desde el cielo en el Tabor, ‘tú eres mi hijo amado’, también somos los predilectos de Dios que en nosotros quiere habitar. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’, que nos decía Jesús.

Con la Ascensión de Jesús nos sentimos también levantados porque nos sentimos llenos de esa gloria de Dios que tenemos que proclamar, que tenemos que transmitir. Todo eso que estamos viviendo, toda esa gloria de Dios que estamos sintiendo en nosotros tenemos que saber anunciar también a los demás. Es la misión que hoy en su Ascensión nos confía. ‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, nos dice Jesús, que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’.

‘En su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén’. Es la misión que nosotros recibimos, es la misión que se nos confía. ¿Cómo hacerlo? ¿Qué palabras emplear? ¿Cómo transmitir eso que es nuestra gloria y que llevamos en lo más hondo de nosotros mismos? Jesús nos ha prometido la fuerza de su espíritu y con la fuerza de su espíritu seremos testigos.

El testigo no es solo el que habla con palabras, el testigo dice con su vida. ¿Seremos en verdad testigos del perdón y de la misericordia, de la paz y del amor por el testimonio que damos con nuestra vida? Que el Señor nos conceda ese espíritu de sabiduría, iluminando nuestra vida, fortaleciendo nuestra esperanza para poder compartir toda esa riqueza de gloria que en nuestra fe encontramos. 


domingo, 16 de marzo de 2025

Vayamos con Jesús a la montaña de la oración y no nos quedemos adormilados en nuestras rutinas, seamos capaces de vivir esa experiencia de transfiguración en el Señor

 


Vayamos con Jesús a la montaña de la oración y no nos quedemos adormilados en nuestras rutinas, seamos capaces de vivir esa experiencia de transfiguración en el Señor

Génesis 15, 5-12. 17-18; Salmo 26; Filipenses 3, 17 – 4, 1; Lucas 9, 28b-36

Hay momentos en la vida que son para nosotros como encrucijadas, donde tenemos que tomar decisiones que pueden ser importantes, afrontar retos que algunas veces pueden suponer un peligro, contratiempos que parece que todo nos lo echan abajo y nos podemos sentir frustrados en la imposibilidad de conseguir nuestros sueños; son momentos que se nos hacen difíciles y por nuestra mente e imaginación pasan multitud de supuestos de lo que nos puede ocurrir y nos algunas veces encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros pensamientos y reflexiones, tratando de encontrar una salida o ver claras las cosas en orden a las decisiones que hayamos de tomar; en ocasiones no querer ver a nadie ni que nadie nos moleste, nos gustaría alejarnos de todo hasta que logremos salir de ese túnel.

El creyente no solo piensa y reflexiona sino también y sobre todo ora para encontrar esa luz, para pedir esa ayuda del cielo, para sentir esa voz en nuestro corazón que nos hable y nos abra caminos; el creyente confía en Dios, aunque a veces todo se le vuelva oscuro, busca en su interior, quiere escuchar a Dios; y en esa reflexión que no solo es pensar por si mismo llegará un momento en que aparezca esa luz, tome una determinación, se confíe y se ponga en camino al encuentro de lo que tiene que realizar.

El creyente se siente fortalecido interiormente, porque siente que Dios está con El, aunque algunas veces dudemos, aunque algunas veces parezcas que perdemos la confianza, aunque, tenemos que reconocer, que no siempre sabemos hacerlo y nos decidimos a ir por ese camino de oración.

En este camino de cuaresma que estamos haciendo es tradicional escuchar en este segundo domingo este pasaje que llamamos de la Transfiguración en el Tabor. El relato del evangelio nos dice que Jesús tomando consigo a Pedro, Santiago y Juan subió a una montaña alta para orar. Lo vemos en otros momentos del evangelio que Jesús no solo va al templo o los sábados a la sinagoga sino que en ocasiones se retira a lugares apartados para orar.

Fue el monte de la cuarentena del que escuchamos el pasado domingo, será cuando en Cafarnaún desde la casa de Pedro en la madrugada se va a las afueras del pueblo a orar mientras la gente lo buscaba, o lo contemplaremos en Getsemaní, porque allí lo encontrará Judas también porque era un lugar en las laderas de las afueras de Jerusalén donde muchas veces tenia la costumbre de ir a orar.

Jesús va a emprender el camino de subida a Jerusalén. A los discípulos ya les viene anunciando lo que allí va a suceder, aunque ellos parece que no quieren entender. Jesús es consciente de la Pascua que va a vivir en Jerusalén, que para El y después ya para siempre para nosotros no va a ser solo la pascua de comer el cordero pascual. Será El mismo ese Cordero inmolado y sacrificado. Son momentos decisivos. Y Jesús sube a la montaña para orar.

Los discípulos, como siempre y como nos sucede a nosotros también tantas veces, se quedaron adormilados pero allí van a suceder cosas asombrosas. El evangelista nos habla de resplandores y transfiguración, nos hablará de nubes que los envuelven y de la aparición de Moisés y Elías conversando con Jesús, toda una serie de imágenes y signos que nos están hablando de lo que en Jesús está sucediendo.

¿Las dudas de Jesús simbolizadas en esa nube que los envuelve? En Getsemaní Jesús llegará a pedir que pase de El aquel cáliz y dirá que su alma está llena de angustia hasta la muerte. Aparecen como signos de la Ley y los profetas, signos de ese bucear en las honduras de la Palabra de Dios, en ese diálogo con Jesús. Pero resonará fuerte en la montaña la voz del cielo señalándonos, como fue en el Jordán cuando el Bautismo, que es el Hijo amado de Dios con su misión redentora de salvación, al que tenemos que escuchar, al que tenemos que seguir.

Habrá que bajar de nuevo a la llanura y proseguir el camino. Será otra la ascensión que Jesús ha de emprender en su camino hacia Jerusalén, hacia la Pascua. Hay una certeza porque en medio de todo hemos escuchado la voz del cielo. A los discípulos les sigue costando entender cuando Jesús les diga que de ello no hablen hasta después de la resurrección; ellos quizás se habían perdido algo importante porque estaban medio adormilados, pero aun así siguieron caminando detrás de Jesús.

¿Seguiremos nosotros adormilados en medio de nuestras dudas o de nuestras angustias? Es la llanura de la vida en la que tantos tropiezos nos encontramos, o es el camino de ascensión, de superación, de crecimiento interior que tantas veces se nos hace costoso. Contemplemos esta experiencia del Tabor y hagámosla nuestra. Hagámosla nuestra porque bien sabemos a donde tenemos que ir cuando nos encontremos en esas encrucijadas de la vida, cuando tengamos que sacar valentía de nuestra fuerza interior para afrontar nuestros caminos, nuestras oscuridades.

Vayamos con Jesús a la montaña de la oración y no  nos quedemos adormilados en nuestras rutinas sino hagamos que siempre seamos capaces de vivir esa experiencia del encuentro con el Señor. Escuchemos la voz que nos habla en el corazón, sintamos el calor del Espíritu del Señor en lo hondo del corazón. Vivamos la experiencia de la transfiguración.

domingo, 12 de mayo de 2024

Con la ascensión recibimos la misión de ir a todo el mundo y anunciar a toda la creación la buena nueva de la salvación

 


Con la ascensión recibimos la misión de ir a todo el mundo y anunciar a toda la creación la buena nueva de la salvación

Hechos de los Apóstoles 1, 1-11; Sal. 46; Efesios 1, 17-23; Marcos 16, 15-20

‘A Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo constituyó Señor y Mesías por su resurrección de entre los muertos’. Así anunciará Pedro en el día de Pentecostés la Buena Nueva del Evangelio de Jesús. Así lo hemos venido celebrando intensamente nosotros en esta Pascua desde el día de la resurrección del Señor; así lo proclamamos hoy cuando celebramos su Ascensión al cielo.

Durante cuarenta días, nos dirá san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, los discípulos de Jesús fueron viviendo intensamente la experiencia de Jesús resucitado en medio de ellos. Pero El nos había anunciado que del Padre venía y al Padre volvía; es lo que hoy estamos viviendo, estamos experimentando, estamos celebrando. Pero su vuelta al Padre no es dejarnos huérfanos, no es dejarnos solos, porque prometió que estaría con nosotros siempre, hasta el fin de los tiempos. Y vamos a seguir sintiendo y viviendo la presencia de Jesús. La señal la tendremos cuando el próximo domingo celebremos Pentecostés donde de manera especial se va a hacer presente el Espíritu de Dios con nosotros. Pero será una vivencia que hemos de tener y de sentir para siempre.

Pero nos deja con una misión. Lo que vivimos y sentimos no nos lo podemos guardar para nosotros. Como se dice en un dicho filosófico el bien por si mismo se difunde. El bien que tenemos en nosotros con nuestra fe en Jesús no lo podemos encerrar, se ha de difundir, se ha de expandir, no lo podemos callar ni contener, tenemos que llevar ese mensaje a todos, somos unos testigos que tenemos que dar testimonio de lo que vivimos.

Cuando somos conscientes de la realidad de nuestro mundo, cuando contemplamos tantas sombras, tantas amarguras, tanto sufrimiento, tenemos que ser luz, tenemos que ser consuelo y palabra de esperanza, tenemos que ser paño de lágrimas, pero también quienes lleven la medicina que cure y que sane, que llene de vida y que ponga salvación. No nos podemos cruzar de brazos, no podemos quedarnos impasibles sin poner esa mano que levante, sin poner ese aliento que llene de vida, sin contagiar con esa medicina maravillosa del amor que llevamos en nosotros, que llevamos con nosotros.

No bastan los buenos deseos sino que tenemos que poner la efectividad de nuestro amor y nuestro compromiso; frente al error y la confusión tenemos que encender la luz de la verdad; en medio de la violencia de todo tipo que todo lo destruye, tenemos que ser instrumentos de paz. Ahí tienen que estar nuestros gestos sencillos pero comprometidos, nuestro nuevo estilo de vida que tiene que convertirse en signo de que algo nuevo es posible, ahí tiene que hacerse presente nuestro amor expresado de mil maneras para contagiar una nueva manera de ver las cosas que nos haga entrar a todos en caminos de solidaridad.

No es solo la palabra valiente que proclamamos anunciando a Jesús como nuestro camino de salvación y única salvación para nuestro mundo, que también tenemos que decir aunque muchos traten de silenciarla, sino que será también ese testimonio de fe que se va a reflejar en lo que hacemos para llenar de sentido espiritual nuestra existencia y hacer que nos elevemos por encima de ese materialismo que nos pueda hacer arrastrarnos por los caminos de la vida sin altas metas que eleven nuestro espíritu. No podemos permitir que se silencie el nombre de Dios por una imposición del ateísmo con que muchos quieren vivir su vida y poco menos que convertirlo en ley para nuestra sociedad.

Los discípulos, nos dicen los Hechos de los Apóstoles, se quedaron mirando a lo alto mientras Jesús ascendía al cielo. Los ángeles que se les manifiestan les dicen que tienen que volver a caminar sobre aquella tierra que tienen bajo sus pies, pero les anuncian que Jesús volverá, que Jesús estará con ellos en ese camino, que no pueden olvidar esa mirada al cielo, pero que tendrá que ser ahora una mirada que se ha llenado de luz para iluminar esos caminos de nuestro mundo.

Desde ese contemplar la glorificación de Jesús sentado a la derecha del Padre en el cielo tiene que comenzar a realizarse un nuevo camino ahora muy lleno de esperanza, ahora muy iluminado por esa luz que viene de lo alto, porque estamos comprendiendo la esperanza a la que nos llama, como nos decía san Pablo, cual es la riqueza de gloria que nos da en herencia y cual es la extraordinaria grandeza que Dios pone en nuestra vida cuando nos ha hecho sus hijos.

Y eso no lo podemos callar, eso tenemos que proclamarlo para que todos puedan conocer y vivir esa dignidad grande que Dios nos concede. Es la misión que pone en nuestra manos para que vayamos a todo el mundo y que tenemos que anunciar a toda la creación para que alcance la salvación.

sábado, 11 de mayo de 2024

Jesús está desparramando toda la ternura de su corazón con nosotros. ¿Cómo no amarle y querer en verdad seguir su camino?

 


Jesús está desparramando toda la ternura de su corazón con nosotros. ¿Cómo no amarle y querer en verdad seguir su camino?

Hechos de los apóstoles 18, 23-28; Salmo 46; Juan 16, 23b-28

Si vamos a intentar conseguir algo con el aval de alguien que consideramos importante e influyente, justo es que no nos presentemos con esos avales mientras por detrás la hacemos la guerra, o estamos en contra en sus proyectos, por ejemplo, de quien es nuestro avalista. Si vamos con ese respaldo, pero también con la sinceridad y la rectitud de nuestra vida en consonancia con tal persona, seguro que conseguiremos todo lo que deseamos.

Hoy Jesús en el evangelio se pone como avalista nuestro en las peticiones que hagamos a Dios. Incluso insiste en que tengamos la confianza, que vayamos sin miedo, porque siendo sus discípulos el Padre nos va a conceder todo cuanto le pidamos. Incluso nos dice que no será necesario siquiera que El pida por nosotros. Es muy importante lo que nos está diciendo Jesús, es importante que lo tengamos en cuenta, es importante que ganemos esa confianza y seguridad, de que Dios siempre nos escucha. Pero lo tenemos que hacer en nombre de Jesús.

¿Qué significa eso de que lo hagamos en nombre de Jesús? Es fácil decir yo vengo en nombre de… y ponemos por así decirlo por testigo a esa persona de quienes somos y de lo que es nuestra vida. Pero, ¿en verdad estaremos siendo consecuentes con esa representación que nos atribuimos? ‘El que me ama guardará mi palabra’, le hemos escuchado decir a Jesús en estos días. Amar, guardar su palabra. O sea, que no son solo palabras que nosotros digamos, son palabras que nosotros realizamos en nuestra vida, que las palabras de Jesús son en verdad la norma de nuestra vida, el actuar de nuestra vida, nuestra manera de vivir.  De lo contrario parece que estaríamos tirando piedras sobre nuestro propio tejado.

Es importante la rectitud con que vivamos nuestra vida, es importante la congruencia de lo que decimos creer y lo que luego realmente hacemos en nuestra vida. Por eso es importante lo de que guardamos su palabra, que vamos realizando en nosotros lo que es la enseñanza de Jesús, que vamos haciendo vida en nosotros los valores que nos enseña Jesús en el evangelio, que aquello que decimos en el padrenuestro de ‘hagase su voluntad así en la tierra como en el cielo’, es que es lo que nosotros queremos hacer, la voluntad de Dios. Es la forma cómo podemos decir que nosotros amamos a Dios. Y hacer la voluntad de Dios es entrar en toda esa dinámica del amor que nos enseña el evangelio.

Estamos ya en la víspera de la Ascensión, que mañana celebraremos, y vemos ahí el cumplimiento de las palabras de Jesús. ‘Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre’. Pero nos ha dejado un grande descubrimiento, que Dios es nuestro Padre, que Dios nos ama. Y si Jesús vuelve al Padre con El nosotros también seremos llevados de vuelta al Padre. Ya nos decía que va a prepararnos sitio porque donde está El quiere que estemos nosotros también. Es hermosa la ternura con que nos está hablando Jesús.  ‘El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.

¿Queremos algo más? Jesús está desparramando su corazón con nosotros. ¿Cómo no amarle y querer en verdad seguir su camino?

domingo, 25 de febrero de 2024

Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

 


Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Salmo 115; Romanos 8, 31b-34;  Marcos 9, 2-10

Si no sabemos subir a la montaña y no disfrutamos de su altura, me atrevo a decir que no sabremos caminar bien por la llanura. Puede parecer atrevida esta afirmación, porque a algunos no les gusta subir a la montaña; significa esfuerzo y deseos de superación, porque la subida se hace dura, cuanto más vayamos subiendo parece que más dificultad encontramos y necesitamos el esfuerzo de la superación en cada momento para ser capaces de ir más allá y más arriba; hay quien tampoco sabe disfrutar de la altura y no es capaz de contemplar nada, le parece que todo está como difuminado y no será capaz de contemplar los detalles, por eso digo no va a saber caminar por la llanura.

Esto tendría que ser imagen del camino de la vida. Ascensión, pero sabiendo que hemos de caminar por la llanura de la vida que no siempre va a estar tan llana porque también serán muchos los obstáculos y tropezones que vamos a encontrar. Aquella subida, como decíamos, nos habrá enseñado. Pero es tarea necesaria la Ascensión, el estar en actitud y postura de subida, de querer ascender porque buscamos otras visiones, otras perspectivas, porque queremos encontrar un sentido que nos haga al mismo tiempo ahondar en lo más profundo para encontrar el sentido y la fuerza para ese camino.

Es tradicional en la liturgia de la Iglesia que en este segundo domingo de Cuaresma nos encontremos con el evangelio de la transfiguración. Jesús también nos invita a subir al Tabor, como irá luego también delante de nosotros en la subida del calvario. Ahora será una subida que nos lleva a la contemplación de la Transfiguración, como la subida del Calvario será la subida a la Pascua. Que es el camino que vamos haciendo a lo largo de la Cuaresma, un camino hasta la Pascua.

No podemos olvidar que este episodio en los relatos de los distintos evangelistas siempre viene como enmarcado por los anuncios que hace Jesús de su subida a Jerusalén y de lo que allí ha de pasar. Por eso este momento del Tabor viene a ser algo así como un anticipo de la Pascua. Alguno de los evangelistas nos dirá que lo que hablaban Jesús y Moisés y Elías que aparecen en este momento de la Transfiguración es de lo que en Jerusalén ha de suceder. Y finalmente Jesús les dirá los discípulos  que han contemplado este momento de Transfiguración que no han de hablar de ello hasta después de la resurrección, aunque ellos seguirán siempre sin terminar de entender las palabras de Jesús.

Pero allí en lo alto, después del camino duro de la Ascensión, se va a contemplar la gloria del cielo. Una voz desde lo alto va a señalar a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar. Sin embargo, los discípulos que ya estaban pensando en quedarse allí para siempre – ‘haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’ – se sentirán sobrecogidos con la voz del cielo cayendo por tierra, pero cuando Jesús los levanta les dirá que hay que bajar de nuevo.

Una subida con la dureza del camino de la ascensión, un momento de gloria cuando estando Jesús en oración se transfigura en la presencia de sus discípulos, un anuncio del cielo de que hay que seguir el camino de Jesús, todo lo cual va a ser como anticipo de todo lo que entraña el camino de subida a Jerusalén, con el calvario y con la Pascua como meta.

En el Tabor tenemos mucho que aprender para el sentido del camino de nuestra vida, y ahora de nuestra cuaresma. Subida que es ascesis, que es camino de superación, camino de mirar a lo alto, pero también para ponernos en sintonía de escuchar la voz que nos viene de lo alto. Es la manera de aprender para luego saber hacer el camino ordinario de todos los días. Será así como podremos seguir realizando el camino de cada día, con sus luchas, con sus dificultades, con sus momentos de desánimo y decaimiento; pero camino que tenemos que saber hacer con esperanza, porque estamos seguros de lo que nos vamos a encontrar en la Pascua.

Ya hemos contemplado como el anticipo en la transfiguración del Tabor; el centurión después del Calvario podrá exclamar que quien había muerto pendiendo de una Cruz era un hombre justo, un inocente, que era como vislumbrar la acción de Dios, el paso de Dios en aquellas circunstancias, pero nosotros de antemano tenemos la certeza, lo  hemos escuchado en la voz venida del cielo, que a quien luego contemplaremos colgado del madero es verdaderamente el Hijo de Dios. Y claro, finalmente lo veremos resucitado y podremos decir ¡es el Señor!

Subamos, pues, a la montaña y disfrutemos del momento. Subamos hoy al Tabor para que un día también podamos subir al Calvario y no nos escandalicemos ni nos escondamos en aquellos momentos duros. La Pascua estará siempre iluminando el camino de nuestra vida. ¿Qué vamos a hacer en el camino que nos queda de Cuaresma? Escuchemos al Hijo amado del Padre.

domingo, 6 de agosto de 2023

Realicemos la ascensión que nos lleva a la transfiguración para que con nuestros rostros resplandecientes de luz vayamos con amor al encuentro del mundo que nos rodea

 


Realicemos la ascensión que nos lleva a la transfiguración para que con nuestros rostros resplandecientes de luz vayamos con amor al encuentro del mundo que nos rodea

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; 2Pedro. 1, 16-19; Mateo 17,1-9

Cuando queremos ver las cosas en su mayor amplitud tenemos que cambiar la perspectiva, alejarnos o elevarnos por encima de aquellas cosas que pudieran interferir nuestra visión; suele decirse que el árbol no deja ver el bosque, por eso tenemos que cambiar la perspectiva, y muchas veces lo mejor es un punto elevado, para que nada se interponga por medio, para hacer desaparecer las nubes o neblinas que se nos interpongan.

No soy montañero, pero me gustan las montañas; en años más jóvenes en mas de una ocasión subí a lo alto del Teide o a alguna de aquellas montañas altas que circundan el parque de las Cañadas del Teide; la subida es costosa – no quiero pensar lo que cuesta subir a otras altas montañas, parece que nunca llegamos porque algún punto de referencia que tengamos en la altura parece que en la medida que nos acercamos más se aleja, pero cuando uno llega a la altura siente la satisfacción de que ha merecido la pena ante el espectáculo de la naturaleza que podemos contemplar con la isla a nuestros pies.

Hay metas que son altas y nos cuesta alcanzarlas; pero hay cosas en la vida que solo desde una mirada de altura podemos contemplar en toda su plenitud; hay neblinas, como decíamos antes que se pueden interferir en nuestra visión y hacer que todo lo veamos borroso. Y estoy pensando en el camino que nos lleva a descubrir a Dios; tendríamos que decir que podemos verlo y tenemos que aprender a sentirlo a nuestro lado e incluso dentro de nosotros mismos; pero quizá haya cosas en nuestra vida que nos hacen borrosa esa visión de Dios; y tenemos entonces que elevarnos para salirnos de esas neblinas, de esas interferencias; tenemos que vaciar muchas cosas de los bolsillos de nuestra vida para poder realizar la ascensión, porque pueden ser pesos muertos que no nos dejen avanzar. Un punto importante no solo es saberlo sino realizarlo.

Hoy el evangelio nos habla de una subida, una montaña alta nos dice el evangelista, allí en medio de las llanuras y los valles de Galilea que la tradición ha situado en el Tabor. Jesús se llevó a tres de los discípulos con El para realizar esa Ascensión. ¿Irían ronroneando por lo bajo con la queje de por qué a ellos les tocó realizar aquella costosa ascensión? Pero lo que sucedió en la alto haría que Pedro reconociera lo bien que se estaba allí y que merecía hacer unas tiendas para permanecer en aquel lugar.

Jesús se había transfigurado cuando se había puesto a orar – para eso habían subido a la montaña como a Jesús le gustaba irse a lugares apartados y solitarios para orar – y todo resplandecía de luz, su rostro y sus vestidos. Y junto a Jesús Moisés y Elías, que también un día en lo alto de la montaña habían tenido una visión de Dios. ¿Se habrían quedado dormidos como en otras ocasiones que los llevaría a orar consigo? Pedro quería ya realizar tres tiendas, aunque se olvidara de si mismo. El misterio de Dios que estaban contemplando les hacía ya olvidarse de las demás preocupaciones.

Mientras Pedro anda con sus iniciativas y buenos deseos una nube los envuelve y se escucha la voz del cielo, como un día allá junto al Jordán cuando lo del Bautismo. ‘Este es mi Hijo muy amado, mi preferido, en quien me complazco. Escucharle’. Fue como un trueno que les hizo caer por tierra, pero allí habían escuchado la voz de Dios que además les planteaba una exigencia. ‘¡Escuchadle!’

Y ahora había que bajar de la montaña. Cuando despiertan de su aturdimiento se encuentran a Jesús solo que les dice que hay que bajar. Pero con ellos llevaban una visión nueva, aunque de eso aun no podrían hablar. Pero distinta era la perspectiva, de otra manera tenía que ser el seguimiento de Jesús, sabían que tenían que escucharle, aunque aun siguieran con sus dificultades. Aun seguirían resonando en sus oídos los anuncios que Jesús les hacía del sentido de su subida a Jerusalén, aunque ahora llevaran grabadas en su corazón las palabras escuchadas desde los cielos.

Era lo que en verdad tenían que asimilar; es lo que nosotros tenemos también que asimilar en este camino del seguimiento de Jesús, que muchas veces se nos llena de tropiezos, de dudas, de desánimos, de sentir que la ascensión es dura, que las tentaciones e influencias que recibimos de todos lados nos llenan de miedos y nos hacen sentirnos débiles, pero en nosotros tiene que mantenerse viva la visión de Cristo resucitado.

Para los discípulos fue como un anticipo de lo que sería la gloria de la resurrección la visión de Jesús transfigurado en lo alto del Tabor; nosotros tenemos esa visión y tendría que ser muy viva en nuestros corazones porque celebramos la Pascua y vivimos el gozo de la resurrección de Jesús. Eso tiene que ser la fuerza y como el estimulo que todo el año tiene que mantenernos en tensión para llenarnos de toda esa vitalidad de la gracia y no nos cansemos en ese camino, no decaigamos en esa ascensión de la vida que continuamente hemos de ir realizando. Sabemos de quien nos fiamos, en quien hemos puesto nuestra confianza, quien es el centro de nuestra fe, quien es la fortaleza de nuestra vida.

Lo que hoy contemplamos en el Tabor tiene que ser también nuestra transfiguración; es la experiencia que tiene que ser nuestra oración y nuestras celebraciones. Y con esa transfiguración tenemos que bajar a la vida, ir a la vida de cada día; como a Moisés que le brillaba el rostro cuando salía de la presencia del Señor, así tendríamos que salir de nuestras celebraciones. Vivamos, pues, con intensidad la presencia del Señor para que nos podamos transfigurar.

domingo, 21 de mayo de 2023

La Ascensión del Señor pone ascensión en nuestra vida, porque buscamos lo mejor, porque tenemos esperanza, porque podemos proclamar que es posible un mundo mejor

 


La Ascensión del Señor pone ascensión en nuestra vida, porque buscamos lo mejor, porque tenemos esperanza, porque podemos proclamar que es posible un mundo mejor

Hechos 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20

Queremos estar con aquellos que amamos, queremos tener junto a nosotros a aquellos a los que amamos. ‘Me voy a prepararos sitio, para que donde yo estoy, estéis vosotros conmigo… vendré y os llevaré conmigo’, les había dicho en la cena pascual; hoy le contemplamos subir al cielo, subir junto al Padre, pero, como decían los ángeles a los discípulos que se habían quedado embelesados mirándolo subir al cielo ‘volverá como os lo había dicho’. Pero también nos dice que estará con nosotros hasta la consumación de los tiempos. Necesariamente, porque amamos, podemos estar con Jesús, Jesús puede tenernos junto a El.

Es lo que hoy contemplamos, lo que hoy celebramos, a los cuarenta días de la Pascua. Como nos detalla san Lucas en los Hechos de los apóstoles ‘se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios’. Se ha cumplido el plazo, ha llegado la hora de la glorificación ‘según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro’, como nos explicaba la carta a los Efesios.

Celebrar la Ascensión del Señor es sentir cómo nosotros estamos llamados a la ascensión. El deseo más humano que podamos tener es ascender, es crecer, es sentirnos elevados y transportados a algo más grande, a algo más alto, a algo mejor. No podemos perder esos sueños porque estaríamos perdiendo vida.

Son nuestros sueños y nuestras aspiraciones más nobles, donde no queremos quedarnos anquilosados en las mismas rutinas de siempre; queremos huir de lo vulgar y de lo mediocre por eso queremos elevarnos, queremos vivir en ascensión permanente; disfrutamos de todo lo bueno del presente, pero tenemos deseos siempre de algo mejor, buscamos algo nuevo y no nos sentimos satisfechos con lo ya logrado. Todos queremos más. Y no es lo material, es lo que nos da mayor hondura dentro de nosotros mismos, por eso queremos crecer, queremos mirar siempre más arriba, más alto.

Celebrar la Ascensión del Señor es alimentar nuestra esperanza al tiempo que asumimos una misión, transmitir, contagiar de esa esperanza al mundo que nos rodea. Esperanza que nace de nuestra fe en Jesús, esa fe que ilumina nuestra vida, esa fe que nos da un sentido para nuestro caminar, esa fe que se convierte en un motor en el alma con la gracia del Señor que nos acompaña.

Por eso la Ascensión no se convierte en una despedida triste. Es cierto que los discípulos vivían con una añoranza en el corazón y no querían desprenderse de su maestro, pero el que había venido como Emmanuel, como Dios con nosotros, porque entre nosotros plantaba su tienda, ahora nos promete que estará siempre con nosotros, que siempre será nuestro Emmanuel.

Estos momentos que los discípulos estaban viviendo con una especial emoción y sensibilidad, los que incluso se preguntaban si ya era la hora de la restauración de Israel, como le preguntan, Jesús les viene a decir que de eso ahora no tienen que preocuparse, que hay otras cosas más grandes e importantes que les va a llenar sus corazones de alegría. ‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’.  Una presencia nueva, su Espíritu, que los va a convertir en testigos hasta el confín de la tierra. Por eso se sentirán seguros y llenos de alegría. Tendrán la fuerza del Espíritu Santo en sus corazones.

Tenemos con nosotros para siempre la alegría de Dios que inunda con su presencia nuestros corazones. Por eso nos tenemos necesariamente que convertir en testigos de esperanza. A ese mundo nuestro que vemos tantas veces desencantado, que simplemente parece que se va dejando arrastrar por las cosas que le salen al paso cada día, pero sin ilusión por algo nuevo y distinto, sin ilusión por cosas grandes, por poner metas altas en la vida, tenemos nosotros que contagiar con nuestra esperanza.

Es posible algo nuevo, algo distinto, algo mejor, algo que nos de profundidad a la vida, algo que nos de altura espiritual. Tenemos que ser testigos. Tenemos que expresarlo con nuestras palabras pero tenemos que expresarlo con un nuevo estilo de vida, no nos podemos dejar arrastrar por esas rutinas que nos llenan de vacío la vida. Mantengamos viva la vida, mantengamos esos sueños que nos llenan de fuerza y que ponen ilusión nueva en el corazón.

Es la ascensión que desde la Ascensión de Cristo al cielo también tenemos que poner en nuestra vida.



domingo, 29 de mayo de 2022

Contemplamos en la Ascensión la gloria del Señor, pero no nos quedamos ahí extasiados sino que hemos de rehacer el camino a Jerusalén y llegar a los confines del mundo

 


Contemplamos en la Ascensión la gloria del Señor, pero no nos quedamos ahí extasiados sino que hemos de rehacer el camino a Jerusalén y llegar a los confines del mundo

Hechos de los Apóstoles 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53

Cuando nos proponemos hacer un camino o una peregrinación con una meta que quizás nos parezca lejana, por una parte el sentir que no vamos solos haciendo ese camino porque hay otros que lo hacen a nuestro lado, o el poder saber que otros han llegado y que quizás no ha sido tan difícil y costoso como nos puede estar pareciendo a nosotros en determinados momentos, nos alienta, nos hace superarnos a nosotros mismos y transcendernos de aquello que ahora vamos haciendo para pensar en esa meta y nos hace sentir como una fuerza especial dentro de nosotros para no desistir y seguir en el empeño.

Podríamos decir que todo eso y mucho más es para nosotros esta fiesta de la Ascensión del Señor que hoy estamos celebrando. Una fiesta que llena de esperanza nuestro corazón, que nos hace ponernos en camino, no desistir en nuestra marcha porque un día podemos contemplar esa gloria con la que el Señor Jesús está siendo glorificado por su resurrección y Ascensión al cielo.

‘Resucitó de entre los muertos, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso’, confesamos en el Credo de nuestra fe. Es la unidad, podríamos decirlo así, del misterio de Cristo que ha sido glorificado. ‘A ese Jesús a quien vosotros crucificasteis Dios lo resucitó de entre los muertos y lo constituyó Señor y Mesías’, le escucharemos decir a Pedro en la mañana de Pentecostés ante la multitud que entonces veremos congregado a las puertas del Cenáculo en las calles de Jerusalén.

Litúrgicamente celebramos en días separados la Resurrección y la Ascensión del Señor al cielo siguiendo la pauta de esos cuarenta días de los que nos habla san Lucas en que Jesús se les manifestaba glorioso y les hablaba del Reino de Dios, pero es la unidad de la Pascua lo que estamos celebrando, el triunfo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, cuando contemplamos al que había sido crucificado por nuestra salvación exaltado y glorificado en el cielo y sentado a la derecha de Dios Padre.

Esos cuarenta días que median entre la resurrección y la ascensión más que un espacio en el tiempo, fue el espacio en el que los discípulos asumieron ese triunfo de Cristo – recordamos cuantas dudas había en sus corazones incluso el mismo día de la resurrección - para poder sentirse fuertes con la presencia del Espíritu que Jesús les había prometido – como celebraremos el próximo domingo en Pentecostés – para salir al mundo a hacer el anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Mientras les hablaba una vez más del Reino de Dios, como nos dice el texto de los Hechos.

¿No será también para nosotros el tiempo de la maduración de nuestra fe? Le damos nuestro sí con nuestra confesión de fe, es cierto, porque nos decimos creyentes y cristianos, pero cuánto nos cuesta arrancar para llegar a dar ese testimonio pleno de nuestra fe. También en nuestros corazones tenemos que ir realizando esa maduración de nuestra fe, dejarnos encontrar por el Señor que viene a nosotros para alimentar nuestra fe, para hacerla crecer y madurar, para que lleguemos en verdad a dar esos frutos que se nos piden con nuestro testimonio, con nuestra palabra, con nuestra vida.

Dios va poniendo a nuestro lado, al paso de nuestra vida, muchas cosas, muchas personas, muchos medios desde muchos ámbitos, desde nuestras comunidades que nos ayudarán a ese crecimiento y maduración de nuestra fe. Sepamos ver en ello esto de lo que nos está hablando el texto de los Hechos, que Jesús resucitado fue manifestándoseles para hablarles del Reino de Dios. Dejemos que el Espíritu del Señor vaya haciendo mella en nuestros corazones; El nos conduce, nos ilumina, nos fortalece interiormente, nos hace conocer en profundidad todo ese misterio de Jesús para que luego seamos testigos hasta los confines del mundo.

Hoy contemplamos a Cristo glorificado en su Ascensión y sentado a la derecha del Padre; pero hoy está poniendo Jesús el testigo en nuestras manos, porque somos nosotros los que tenemos que salir ahora al mundo. Contemplamos la gloria del cielo, pero no nos podemos quedar ahí extasiados sino que tenemos que volver a Jerusalén, tenemos que volver a nuestro camino, tenemos que volver a ese camino que Jesús pone ante nosotros para que vayamos a hacer ese anuncio de la Buena Nueva de Jesús al mundo.

Podríamos tener la tentación de Pedro en el Tabor de querer hacer tres tiendas para quedarse en aquellos momentos gloriosos y luminosos para siempre, pero Jesús los hizo bajar de la montaña como ahora aquellos Ángeles de Dios les dirán a los discípulos que no se queden ahí extasiados sino que tienen que volver al Jerusalén de la vida. La contemplación de la gloriosa Ascensión del Señor nos llena de esperanza y alienta nuestra vida para seguir en el camino. Sabemos a donde un día llegaremos si seguimos el camino con fidelidad, el camino de la fidelidad a la misión que se nos encomienda.

Con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor, como de manera especial celebraremos el próximo domingo; por eso a pesar de nuestras flaquezas y debilidades, de los cansancios y desánimos que tantas veces nos pueden aparecer seguimos haciendo el camino con la fuerza del Espíritu del Señor que está con nosotros. Grande es el campo que se abre ante nosotros, porque hemos de ir hasta los confines del mundo, pero sabemos que El estará con nosotros hasta la consumación de los tiempos. Recibiremos la fuerza que viene de lo Alto.

domingo, 24 de mayo de 2020

La Ascensión del Señor nos eleva pero al mismo pone en nuestras manos el testigo para ir a los confines del mundo al que tenemos que ayudar a elevarse también


La Ascensión del Señor nos eleva pero al mismo pone en nuestras manos el testigo para ir a los confines del mundo al que tenemos que ayudar a elevarse también

Hechos 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20
Hoy es un día en la liturgia de la Iglesia de una especial solemnidad; estamos culminando el tiempo pascual y cuarenta días después de la resurrección del Señor – lo hubiéramos celebrado el jueves pasado – celebramos la Ascensión del Señor al cielo. ‘Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre’, como confesamos en el Credo y como nos lo relata el evangelio. Muchos signos de alegría y de fiesta, de solemnidad y de momentos culminantes han acompañado los signos de la liturgia desde la piedad de los fieles en esta fiesta a través de los tiempos.
 No mermamos ni mucho menos esos aires de triunfo y de gloria que tiene la celebración de la Ascensión del Señor pero vamos a tratar de centrarnos bien en el sentido de esta fiesta y lo que su celebración tiene que ayudarnos en nuestra vida concreta y en las circunstancias también que vivimos. Este año la celebración de la pascua para los cristianos ha tenido un aire y un sentido distinto. Las circunstancias sociales vividas nos hacen notar una ausencia pero al mismo tiempo una presencia y un sentido muy especial de pascua.
Es cierto que el esplendor de las celebraciones nos ayuda y nos enardece espiritualmente hablando para confesar nuestra fe en medio de la alegría de nuestras celebraciones y en el encuentro festivo de los hermanos, en el encuentro festivo que vive la Iglesia. Pero también pudiera sucedernos que nos acostumbramos a esas celebraciones que un año y otro por así decirlo repetimos y hasta puedan hacernos perder esa intensidad espiritual que tenemos que vivir en lo más hondo de nosotros mismos y nos podamos quedar mucho en lo externo. Ha habido, es cierto, una ausencia pero que si no hemos perdido el sentido de la pascua nos ha hecho descubrir una presencia muy especial del paso del Señor por nuestra vida.
Ese paso de Dios, esa pascua de Jesús en su pasión y muerte la fuimos descubriendo en los hermanos que sufrían a nuestro lado y en nosotros mismos que vivíamos, hemos vivido, con gran inquietud estos momentos difíciles. Momentos difíciles fueron la pascua de Jesús que fue su pasión y su muerte, pero que fue también toda la desorientación y en cierto modo abandono de sus discípulos incluso los más cercanos que en Getsemaní a la hora del prendimiento abandonaron y huyeron, o hasta en Pedro que lo negó ante los criados del sumo pontífice. Traslademos todo eso a lo que hemos vivido y seguramente hemos llegado a ver ese paso del Señor que nos invitaba a algo nuevo y distinto.
Ese hambre de Dios que acaso hayamos vivido en la ausencia de las celebraciones bien nos pueden recordar la sed de Jesús colgado del madero en el Gólgota como todo su camino de sufrimiento y de pasión hasta llegar a morir en la cruz con aquel grito del ‘Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?’ pero que terminaría en el ‘Padre, en tus manos pongo mi espíritu’. ¿Lo habremos llegado a vivir nosotros así? ¿Habremos descubierto esa pascua, ese paso del Señor así por mi vida o por la vida de todos los que sufren en estas especiales circunstancias a nuestro lado?
Una ausencia habíamos dicho, pero también una nueva presencia, una nueva forma, que nos es tan nueva porque así nos la enseñó Jesús en el mismo evangelio, de sentir ese paso del Señor, de vivir esa presencia del Señor en lo que ha sido y es nuestra vida concreta. ¿Habremos descubierto muchos signos positivos que también se han dado cuando se ha despertado la solidaridad de tantos? ¿Habremos descubierto la llamada que nos está haciendo el Señor para que vayamos al encuentro de los hermanos que es encontrarnos con El?
La Ascensión aunque nosotros lo veamos como ese momento de triunfo y de glorificación, que ciertamente lo es, sin embargo para los discípulos significó encontrarse con una nueva ausencia. ‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ era la pregunta que les hacían a los discípulos que se habían quedado extasiados viéndolo irse en su subida al cielo.  Pero ya Jesús les había dicho que no se alejaran de Jerusalén hasta que recibieran el Espíritu Santo que desde el Padre les enviaría.
Convenía que El se fuera, les había dicho en la cena pascual, para que viniera a ellos el Espíritu Santo. En su despedida como nos narra san Mateo les había dicho ‘yo estaré con vosotros hasta la consumación de los tiempos’, y claro que podían pensar ¿cómo iba a estar con ellos si ahora le veían subir al cielo? También le habían preguntado si ya había llegado la hora de la restauración de la soberanía de Israel, a lo que Jesús no les había dado respuesta. No era la hora, no, pero ellos recibirían fuerza de lo alto para ser sus testigos hasta los confines del mundo.
Y aquí estaba la misión que les confiaba con la fuerza del Espíritu Santo. Aquí está la misión que a nosotros nos confía. Tenemos que ir, sí, hasta los confines del mundo, para ser sus testigos. ¿Y donde están esos confines del mundo? No se trata, pues, de irnos a países lejanos – aunque algunos recibirán esa misión concreta – sino a ir a esos confines de esos hermanos nuestros que están cerca de nosotros también con su inquietud, con su desorientación, con sus angustias e incertidumbres ante lo que ha de suceder, con sus preocupación ante este estado de cosas que se hace nuevo en todo lo que nos sucede, con sus deseos también de hacer que el mundo sea distinto, que sea un mundo nuevo.
Ahí están los confines del mundo donde nosotros tenemos que hacernos presentes como testigos, como testigos de Cristo resucitado al que hoy contemplamos subir con gloria al cielo. Siempre hemos dicho que la ascensión del Señor a nosotros nos eleva para llevarnos con El, pues en la Ascensión del Señor nosotros tenemos que ayudar a ese mundo que nos rodea a que se eleve también, para que busque nuevos valores, para que descubra también esos valores del espíritu que muchas veces tenemos olvidados, para que vamos buscando lo que verdaderamente es esencia para la vida y no sigamos quedándonos en cosas superfluas y que nada nos dan con consistencia.
Es la Ascensión del Señor que hemos de saber vivir de un modo nuevo. Es la Ascensión del Señor que nos prepara para que seamos en verdad testigos ante el mundo de ese mundo nuevo que con Jesús se vino a constituir. Celebrémoslo con sentido, vivámoslo con hondura.


domingo, 16 de febrero de 2020

Vivamos un camino de ascensión y de superación que nos dé una verdadera hondura espiritual y humana y cristianamente nos conduzca a una mayor plenitud



Vivamos un camino de ascensión y de superación que nos dé una verdadera hondura espiritual y humana y cristianamente nos conduzca a una mayor plenitud

Eclesiástico 15, 16-21; Sal 118; 1Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37
El camino de la vida en cierto modo es una ascensión; un camino ascendente que siempre nos ha de llevar a más. Vamos teniendo por decirlo así unas metas parciales, pero conseguidas estas buscamos otras más altas; no nos podemos quedar en esa primera meta parcial que hayamos conseguido porque sería como si nuestros esfuerzos se convirtieran en inútiles e inservibles.
Queremos más, y no es solo en el aspecto de ganancias materiales – que también es justo que en ello vayamos subiendo – sino en todo lo que son buenas aspiraciones de la vida en el nivel humano, en el nivel profesional, en el nivel de la familia, o de lo que queramos incluso conseguir para la humanidad. La imagen la tenemos en el deportista que cada día supera sus retos, en el atleta que pone cada día el listón más alto y no se contenta con lo ya conseguido.
En ese aspecto humano de la vida vamos logrando superar unos retos cada día que nos hagan mejores, más humanos, que nos lleven a cultivar los mejores valores; es el espíritu de superación y de crecimiento que ha de haber en todo ser humano en que nunca lo damos todo por hecho, sino que siempre queremos dar un paso más en nuestra madurez humana y en la asunción de responsabilidades. Igual decimos en el plano profesional como en lo que luchamos por hacer también que nuestra sociedad sea mejor y más humana cada día.
Y así ha de ser en el cultivo de nuestra propia espiritualidad y de nuestro ser cristiano. A esto nos invita Jesús en el evangelio. Hoy nos habla de alcanzar plenitud. Y será así como se va purificando y ahondando más y más nuestro amor que nos va haciendo extremadamente delicados en sus expresiones y en su vivencia. No nos contentamos con decir que no matamos a nadie, sino que vamos analizando posturas, gestos y palabras que tengamos con los demás para que ya no solo evitemos cualquier ofensa que podamos hacerle sino que además le expresemos con mayor intensidad nuestro amor.
Por eso Jesús nos dice hoy que no ha venido a abolir la ley y los profetas – que eran los pilares de toda la espiritualidad del pueblo de Israel – sino que hemos de hacer que hasta los más pequeños detalles nos tienen que conducir a darle la mayor y mejor plenitud. Nos dice que podrán pasar el cielo y la tierra, pero ha de cumplirse hasta la última jota o tilde de la ley. No es buscar legalismo por legalismo – eso nunca lo querrá Jesús – sino encontrar el sentido  hondo de la cosas poniendo verdadero amor en lo que hacemos y en lo que vivimos que será lo que dará verdadera plenitud a nuestro ser.
Así nos hablará luego del respeto y valoración que siempre hemos de hacer de las personas poniendo todo nuestro amor para que el matrimonio, por ejemplo, adquiera todo su sentido y valor. Es la autenticidad y la veracidad de la que hemos de hacer gala en la vida porque si obramos siempre en rectitud nuestra palabra estará siempre llena de sentido y la verdad brillará por si misma sin necesidad del juramento.
Pero todo esto significa los pasos que hemos de ir dando en nuestra vida cada día, unos pasos que nos lleven a más, unos pasos que nos lleven a crecer y a madurar, unos pasos que nos ayudan a ir superando en cada momento buscando siempre lo mejor. Hemos de reconocer que no es fácil porque pueden aparecer los cansancios y las rutinas, la tentación continuamente nos está acechando y el conformismo puede hacer aparición en nuestra vida que sería nuestro gran enemigo.
Siempre ha de ser camino de ascensión como decíamos al principio. Y ya sabemos que cuando subimos la montaña nos aparecen los cansancios, el conformismo de decir bueno ya es suficiente que desde aquí se ve bien bonito, y tenemos el peligro de no llegar hasta la cima donde alcanzaríamos la plenitud de la montaña y la belleza de cuanto desde allí podemos contemplar.
De ahí la mediocridad peligrosa en que podemos vivir nuestra vida cristiana cuando nos falta este espíritu de ascensión. Cuando nos entra esa tibieza espiritual en lugar de crecer lo que hacemos es que nos vamos destruyendo. Nos sucede a tantos con nuestro conservadurismo espiritual; nos contentamos con poco y así es la flojera que vemos en nuestras comunidades cristianas a las que les falta vitalidad, empuje, espíritu apostólico, ser verdaderos misioneros en medio del mundo.
La pendiente de la tibieza espiritual es muy peligrosa porque cada día en lugar de ascender lo que hacemos es que bajamos más, nos hundimos más. El espíritu mundano, materialista y sensual que nos rodea nos va comiendo, nos va haciendo perder nuestro sentido, nuestra verdadera espiritualidad que tiene que ser siempre ascendente y de empuje fuerte. Tenemos que saber ser exigentes con nosotros mismos.
Escuchemos con corazón bien abierto la Palabra del Señor y dejémonos interpelar por ella y demos respuestas de vida porque verdaderamente despertemos de ese letargo en que tantas veces caemos en nuestra vida espiritual y cristiana.