Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta luchas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta luchas. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de mayo de 2026

En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo, palabras que nos hacen creer más en lo que nosotros podemos hacer en el nombre de Jesús

 


En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo, palabras que nos hacen creer más en lo que nosotros podemos hacer en el nombre de Jesús

Hechos 19, 1-8; Salmo 67; Juan 16, 29-33

En ese mundo que nos rodea que es la vida de cada día con sus luchas y con sus esfuerzos, contemplamos quizás el avance de algunos que parece que todo lo que emprenden tiene resultados exitosos, pero al mismo tiempo contemplamos también fracasos, derrotas, gente que no sabe cómo salir de los problemas a los que se enfrentan o cómo emprender tareas que puedan resultar exitosas; quizás pueda aparecernos el desasosiego y hasta la inquina ante el triunfo de los demás, y la sensación de inutilidad porque no somos capaces de salir adelante tan pronto como quisiéramos, las luchas se nos hacen interminables y la sensación que podemos sentir dentro de nosotros no es buena.

Es la vida con sus múltiples tareas, las responsabilidades de cada día, en el campo familiar o en el campo laboral, son los deseos de superación que sentimos dentro de nosotros mismos que nos gustaría cambiar en muchas cosas y es la sensación de impotencia y fracaso porque no lo logramos tan pronto o tan fácil como quisiéramos. Podemos pensar en todo lo referente a nuestra vida cristiana y al compromiso que hemos de vivir desde nuestra fe y a la tarea que queremos realizar en nuestro entorno, en ocasiones mal interpretada, rechazada, con fuerte oposición sobre todo desde donde se quiere vivir un laicismo hasta el extremo, de no querer permitir hasta ningún signo religioso en la vida. ¿Qué hacemos? ¿Estamos llamados a la derrota y al fracaso?

Jesús en la última cena, y son las palabras que día a día venimos escuchando en el evangelio en estos últimos días de pascua, decimos que son palabras de despedida, pero son palabras de Jesús que quieren hacerles mantener en la esperanza, hacer que no se sientan solos, cuando hasta ahora lo han tenido siempre a Él cerca quizás como un refugio cuando no entienden las cosas o se encuentran algún tipo de oposición.

Las palabras de Jesús hoy son verdaderamente alentadoras. El aliento lo sentimos desde que nos promete la presencia del Espíritu en nuestros corazones que inspirará cuanto hagamos y nos dará la fuerza que necesitamos. Pero Jesús nos invita a no temer, porque tenemos la victoria asegurada.  ‘Os he hablado de esto, nos dice, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Habrá luchas, nos dice Jesús; como nos ha anunciado en otro momento las persecuciones que hemos de sufrir. Porque el discípulo no es mayor que su Maestro, y ¿qué es lo que han hecho con Jesús? En cierto modo no tiene por qué extrañarnos el miedo que tenían los apóstoles para estar encerrados en el Cenáculo en aquellos días. ¿Podría pasarles lo mismo que le estaba pasando a Jesús? Claro que necesitarán la presencia y la fuerza del Espíritu a partir de Pentecostés para que todos aquellos miedos se acaben; A Pedro le veremos salir a hablar a la multitud, él que era tan parco en palabras aunque fuera mucho su entusiasmo por Jesús, señalándoles que han crucificado al que Dios resucitó de entre los muertos; contentos saldrán más tarde de la presencia del Sanedrín por haber podido sufrir castigos por el nombre de Jesús, atreviéndose a replicarles que ellos tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Pero todo eso tenemos que aplicárnoslo a nosotros. ¿No caminaremos por la vida muchas veces demasiado desalentados y con muchos temores en el corazón? Tenemos que aprender a creer en las palabras de Jesús, no solo para decir que son ciertas, sino para hacerlas sentido de nuestra vida, y desde esa confianza que tenemos en la victoria de Jesús comenzar a confiar en lo que nosotros podemos lograr, no solo para nosotros mismos, sino también para los demás. Las palabras de Jesús tienen que hacernos sentirnos seguros, nos tienen que impulsar a lanzarnos sin ningún temor por el mundo anunciando el nombre de Jesús como nuestro único Salvador.


lunes, 2 de junio de 2025

Por la fuerza del Espíritu nos podemos sentir vencedores, para ser perseverantes aunque nos cueste comprender, para poner toda nuestra confianza en Jesús

 


Por la fuerza del Espíritu nos podemos sentir vencedores, para ser perseverantes aunque nos cueste comprender, para poner toda nuestra confianza en Jesús

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Salmo 67; Juan 16, 29-33

‘Tengan paciencia’, habremos escuchado a alguien con sabiduría en su vida decirnos en alguna ocasión, ‘algun día van a entenderlo’, nos dice. Hay situaciones en la vida que nos cuesta entender. Hacemos quizás las cosas con buena voluntad y buenos deseos, y no nos entienden nuestras decisiones, como quizás a nosotros nos ha pasado también con alguien que tiene alguna responsabilidad, que está al frente de alguna tarea, y que sabe cosas que nosotros no sabemos, que tiene una visión de futuro que a nosotros nos cuesta tener, que ve una complejidad en las relaciones entre unos y otros, entre unas cosas y otras que nosotros no alcanzamos a ver. Y nos sentimos desconcertados, y nos parece que aquel no es nuestro lugar, y nos entra el desánimo porque no vemos las cosas claras. Y nos dicen, ten paciencia, un día lo entenderás.

Nos pasa en nuestras relaciones entre unos y otros, nos pasa en nuestros trabajos y responsabilidades, nos pasa en el compromiso que queremos vivir por los demás o por la sociedad en la que estamos, nos pasa hasta en nuestro propio interior, en los principios que tenemos para nuestra vida, en la ética con que queremos vivir la vida, en nuestra fe y en nuestra relación con Dios. Parece que no siempre están las cosas claras, que nos salen como nosotros desearíamos; el camino de nuestra vida cristiana algunas veces se nos hace costoso y cuesta arriba, porque nos encontramos con muchas cosas que nos frenan. ¿Cómo seguir adelante? ¿Cómo ser constantes en nuestra lucha? ¿Cómo permanecer en nuestros principios de forma inalterable?

En el texto del evangelio de hoy pareciera que los discípulos comienzan a comprender algo. Le dicen a Jesús que ahora sí que les habla claro a ellos, que no siempre lo han entendido, y comprenden también que haya mucha gente que no lo entiende. ‘¿Ahora creéis?’, les dice Jesús. Pero de alguna manera les está diciendo que aun no lo entienden del todo, que va a llegar un momento en que van a tomar el camino de la huida y de la dispersión, porque les puede parecer que todo se ha acabado. No olvidemos que en estas palabras que hoy escuchamos Jesús les está hablando al final de aquella cena pascual, la última cena como solemos llamarla. Y a partir casi de unos momentos, cuando estén en el huerto de los Olivos comenzarán los momentos del escándalo y de la huída.

Y Jesús les dice que les está diciendo todo esto para prepararlos para ese momento difícil que van a pasar. Serán momentos duros. Ya los veremos más tarde encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos. Pero Jesús les invita a que no pierdan la confianza, a que a pesar de todas las negruras que pudieran aparecer, sigan creyendo en El. ¿No necesitamos también nosotros escuchar estas palabras de Jesús en medio de tantas turbulencias en que nos vemos envueltos en la vida?

Pensemos que hoy cuando nosotros escuchamos estas palabras de Jesús no las escuchamos solamente como unas palabras dichas a los discípulos o a los apóstoles en aquellas circunstancias, sino que nos están dichas a nosotros, en nuestra situación, en nuestros problemas, en nuestras luchas. ‘En el mundo tendréis luchas, les dice, nos dice; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Es la certeza de la victoria de Cristo, es la certeza que nos da ánimos para nuestras luchas, para nuestra tarea, para el camino de nuestra vida cristiana. Los apóstoles lo comprenderían a partir de la resurrección y cuando se vieron llenos del Espíritu Santo. Sigamos ese camino, hemos venido celebrando la Pascua, ayer contemplábamos a Cristo glorioso sentado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo de nuestra fe. Con Cristo nos sentimos elevados, en Cristo vivimos en su gloria, en el Espíritu de Cristo podemos sentirnos también vencedores, aunque dura sea la lucha y la batalla. Es la fuerza que sentimos para nuestra perseverancia, aunque nos cueste creer, aunque nos cueste comprender, es la confianza total que desde nuestra fe ponemos en Jesús y por la que queremos vivir su evangelio.

martes, 22 de agosto de 2023

Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día más, nos sentiremos pagados en ese amor

 


Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día más, nos sentiremos pagados en ese amor

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30

En la sociedad en la que vivimos, quizás por aquello de las leyes del comercio y de la economía, estamos acostumbrados a que necesitamos tener mucho para alcanzar aquello que deseamos. Se nos impone la ley del tener de alguna manera. Cuanto más tengamos, más podemos conseguir. Por eso, como consecuencia, terminaremos porque todo aquello que hacemos ha de tener una compensación, de alguna manera tiene un precio que ha de significar una ganancia para nosotros. ¿Cuánto gano yo por esto que voy a hacer? Nos olvidamos así de la gratuidad y nos olvidamos también de los valores que no podemos cuantificar en algo material y económico.

¿En que convertimos, en consecuencia, la vida? Viene la competición, viene la lucha, viene la rivalidad que fácilmente puede derivar incluso en violencias. Todo son carreras locas por ver cuanto vamos a obtener y cuanto más podemos conseguir. Regateamos incluso hasta en las cosas buenas que podamos hacer; terminamos regateando hasta con Dios a ver cual es el premio o recompensa que vamos a obtener por lo bueno que vayamos haciendo en la vida.

Nos ganamos la salvación, nos decimos, por las misas a las que vamos, por nuestros rezos de cada día, por las limosnas que hacemos, porque estamos cumpliendo con los mandamientos, al menos yo no mato ni robo ni hablo mal de nadie, que nos decimos tantas veces para justificarnos, o para buscar esa justificación y esa salvación.

Cuando hoy en el evangelio escuchamos comentar a Jesús, después de aquel episodio del joven rico que no fue capaz de seguir a Jesús desprendiéndose todo, lo difícil que será a los ricos entrar en el reino de los cielos, por los apegos que tienen en el corazón, vemos que a los discípulos cercanos a Jesús les entran unas dudas si en verdad ha merecido la pena haber seguido a Jesús dejándolo todo.

Y nosotros, ¿qué?, se preguntan y le preguntan a Jesús. Un día dejaron las redes y la barca, un día abandonaron la garita de cobrador en la que trabajaba, un día dejaron sus casas y sus tareas por seguir a Jesús por estar a Jesús, ¿y eso no va a tener ninguna recompensa?

Pensamos así también en la lista que mentalmente nosotros también nos hacemos de lo que hemos hecho, de aquellas cosas a las que hemos renunciado, de lo que de nuestro bolsillo nosotros hemos gastado porque hemos querido contribuir a las obras de la Iglesia, y así seguimos haciéndonos una lista donde además sabremos también con gran sentido económico ir abultando bien lo que hemos hecho o de lo que hemos renunciado.

O sea, tendríamos que son sinceridad preguntarnos, ¿nosotros hacemos las cosas porque también en esto de las cosas de Dios también queremos obtener unos beneficios? ¿Nos mueve nuestro interés, camuflándolo quizás en eso de ganarnos la salvación, o realmente buscamos el Reino de Dios y su justicia, como nos enseña Jesús en el Evangelio?

Seamos generosos que Dios no se deja ganar en generosidad. Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día un poquito más, disfrutemos con la dicha y la satisfacción de que estamos contribuyendo a hacer que nuestro mundo mejor, a que la gente se ame más, a que haya menos violencias en nuestro entorno, a que con lo que hacemos logramos que alguien pueda ser un poquito más feliz. Nos sentiremos pagamos en ese amor.

Y para hacer eso no necesitamos cosas, necesitamos solo el amor que llevamos en el corazón. No convirtamos en pura economía cuanto hacemos por un mundo mejor al que nosotros queremos llamar el reino de Dios.

lunes, 8 de noviembre de 2021

En medio de las dudas y las sombras, en medio de las luchas y los desánimos, en los momentos de debilidad, no temamos gritar al Señor ‘Auméntanos la fe’

 


En medio de las dudas y las sombras, en medio de las luchas y los desánimos, en los momentos de debilidad, no temamos gritar al Señor ‘Auméntanos la fe’

Sabiduría 1,1-7; Sal 138; Lucas 17,1-6

Hay ocasiones en que la vida se nos hace cuesta arriba, van surgiendo dificultades por todas partes en aquello que queremos emprender o por lo que estamos esforzándonos, de manera que fácilmente nos puede entrar el desaliento, sentirnos cansados y sin ánimos, nos parece que nos tenemos fuerzas para mantenernos en la lucha por conseguir nuestros objetivos, nos dan ganas de abandonar, de marcharnos para otro sitio, de olvidarnos de aquello que eran nuestros sueños.

Qué bueno cuando sentimos una mano amigo que se posa sobre nuestro hombro y nos da ánimos, o sentimos la presencia del amigo que persevera a nuestro lado cuando a nosotros nos parece que todo está oscuro; triste es el que no tiene esa mano amiga sobre su hombre, o no tiene siente a nadie amigo que le acompañe en esos momentos.

¿A quien acudimos? ¿Con quién podemos contar? ¿Dónde encontraremos esa fuerza para seguir en la búsqueda y consecución de nuestros sueños y de nuestras metas? ¿Dónde encontraremos esa fe en nosotros mismos y esa confianza para seguir esperando que un día finalmente se vea la luz?

Algunas veces no nos bastan los recursos humanos, no nos es suficiente tampoco esa persona amiga que está a nuestro lado, y necesitamos elevarnos, mirar más a lo alto, buscar lo sobrenatural que nos hace elevarnos, necesitamos la fe. Triste es el que se encuentra en tal valle de oscuridad que también ha perdido la fe, porque se ve quizá abocado a la desesperación viendo la vida como una tragedia. Muchos podemos encontrar caminando como locos sin rumbo en la vida, sin dejar que les ilumine la luz de la fe.

¿Cómo se encontraban los discípulos cuando escuchaban los planteamientos que Jesús les hacía? Ellos también dudaban de sus fuerzas, de poder comprender plenamente las palabras de Jesús, de no sentirse desconcertados cuando descubrían que lo que Jesús les estaba planteando era algo nuevo que les exigía cambiar muchos chips de su vida.

En lo que hoy hemos escuchado Jesús les previene del daño que pueden hacer a los demás con sus posturas erróneas, equivocadas o en cierto modo inmorales en los que se pueden ver envueltos en sus propias debilidades; pero Jesús les plantea también unas actitudes nuevas ante los demás cuando les habla de perdón, y de un perdón que se ha de ofrecer generosamente siempre. 

Ya en alguna ocasión saldrá Pedro por allí preguntando que si son suficiente siete veces las que tenga que otorgar el perdón al que le haya podido ofender, ahora Jesús insiste y nos habla de esa necesaria generosidad del corazón para perdonar siempre.

Se sienten desconcertados, porque hasta entonces lo que quizá habían escuchado en la sinagoga o a los maestros de la ley parecía que les permitía poner un número limitado de veces en las que tenían que conceder el perdón e incluso poder poner algunas condiciones. Pero lo de Jesús es nuevo. Por eso surge casi espontáneamente la petición: ‘Auméntanos la fe’.

¿Tendremos que pedirlo nosotros también? ¿Nos sentiremos en ocasiones desconcertados ante la novedad del evangelio de Jesús o también quizá por aquellas cosas que podemos ver en los demás que nos pueden hacer daño? Claro que tenemos que pedir que el Señor nos aumente la fe. No es cosa nuestra solamente, aunque tenemos que poner nuestra parte.

Es un don sobrenatural que Dios nos concede, pone en nuestro corazón. Es con la gracia del Señor como podemos predisponernos para el perdón, descubrir y sentir lo que es la grandeza del perdón para poder otorgarlo generosamente a quien nos haya ofendido o nos haya hecho daño.

Es una actitud que tenemos que saber cultivar en nuestro corazón, porque muchas cosas nos debilitan, muchas cosas aparecen en nuestro entorno que no nos llevan precisamente a la generosidad de ese perdón; muchas cosas se nos meten en el corazón con nuestro amor propio y con nuestros orgullos que nos impiden esa generosidad. Por eso tenemos que pedirle al Señor, sí, que nos aumente la fe.

Ya nos dice Jesús que si tuviéramos fe como un grano de mostaza seríamos capaces de mover montañas o hacer que una morera solamente por la fuerza de nuestra palabra se trasplantara de donde está a plantarse en el mar. 

En medio de esas dudas y esas sombras que nos aparecen en la vida, en medio de esas luchas en que nos sentimos desanimados y a punto de arrojar la toalla, en esos momentos de debilidad que se nos viene todo encima, no temamos gritar al Señor para que nos dé esa luz y esa fuerza que necesitamos, para que nos conceda ese don de la fe.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Nos vemos como envueltos en un torbellino, pero hemos de tener claro lo que es nuestro vivir, el por qué de lo que somos y hacemos, un sentido trascendente y espiritual que dé plenitud


Nos vemos como envueltos en un torbellino, pero hemos de tener claro lo que es nuestro vivir, el por qué de lo que somos y hacemos, un sentido trascendente y espiritual que dé plenitud

 1Tesalonicenses 2,9-13; Sal 138; Mateo 23,27-32
Cada día al despertar nos enfrentamos a la vida; es una forma de decir porque si despertamos es que estamos vivos, pero tras el descanso de la noche se abre un nuevo día ante nosotros que hemos de vivir; y es algo más que respirar, están nuestros sueños pero también las realidades que cada día tenemos que afrontar, con sus luchas, con sus esfuerzos, con unas metas, respondiendo a unas necesidades pero también a unas responsabilidades; algunas veces con agobio porque nos parece ingente la tarea, otras veces con ciertas angustias porque nos parece que no llegamos, o por los sufrimientos que vamos encontrando empezando por nosotros mismos con nuestras limitaciones, otras veces con ilusión renovada porque nos sentimos a gusto en lo que hacemos y hemos encontrado un sentido.
Nos vemos como envueltos en un torbellino, pero hemos de tener claro lo que es nuestro vivir, el por qué de las cosas y el por qué de lo que hacemos, un sentido para nuestro vivir. Por eso no nos quedamos ras a tierra en esas cosas, digámoslas así, materiales con que nos toca lidiar, sino que buscamos algo más allá, más grande, más alto, más sublime. Queremos ponernos en sintonía de lo espiritual porque ahí vamos a encontrar esa luz, ese color que le vamos a dar a cuanto vivimos, a cuanto somos, a todo lo que es también nuestra relación con los demás.
Cuando llenamos nuestra vida de trascendencia sabiendo que no nos quedamos en lo que ahora y aquí hacemos o queremos vivir parece que las cosas tienen otro sentido, encontramos otro valor y otra fuerza. Podemos superar agobios y angustias, sabremos encontrar paz para el espíritu para que no todo sea material o corporal. Y es como decía san Agustín, a quien hoy estamos celebrando, nuestro corazón está inquieto hasta que no encuentra su descanso en Dios.
Cuando le damos esa elevación a lo que hacemos y a lo que vivimos, como decíamos antes, parece que todo tiene otro color, otro sentido. Encontramos la forma de centrarnos en lo que verdaderamente es lo principal y nos iremos por las ramas, no nos iremos solamente por lo que nos dé pronta satisfacción, sino que buscamos y ansiamos algo que nos dé mayor plenitud.
No dejamos de estar con los pies sobre la tierra, atentos a esa vida, a esas responsabilidades, sabiendo mirar con una mirada nueva y distinta la vida misma y cuanto nos rodea, sabiendo tener también una mirada hacia los demás. No caminamos solos; es un camino que tenemos que aprender a hacer juntos; es un camino en el que tenemos que contar con los que están a nuestro lado, como también ellos cuentan con nosotros; es un camino que cuando sabemos compartir se nos hace menos duro, nos hace encontrar alegrías porque hay una nueva ilusión y esperanza en la que mutuamente nos animamos.
Nuestros pies sobre la tierra en esa realidad que vamos pisando, pero nuestro corazón lo ponemos en Dios en quien encontramos verdadero descanso. Ya nos dice que Jesús que los cansados y agobiados vayamos a El porque en El encontraremos nuestro descanso. Y es que en el Espíritu de Jesús encontraremos nuestra fuerza; y es que el Espíritu de Jesús enciende una luz en nuestro interior para descubrir el verdadero sentido y lo que tiene que ser la respuesta verdadera que en todo momento hemos de dar.
Busquemos lo principal, no dejemos que el corazón se nos vacíe de las cosas nobles que nos elevan y engrandecen, llenemos nuestra vida de bien, de bondad, de humildad, de ternura y aprenderemos a ser felices de verdad y a hacer felices a los demás.