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lunes, 16 de octubre de 2023

Sepamos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino y no nos sigamos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio

 


Sepamos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino y no nos sigamos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio

Romanos 1,1-7; Sal 97; Lucas 11,29-32

Creemos hacer las cosas bien, pero las cosas  no nos salen; nos sucede muchas veces; y tenemos la tentación del desaliento, del desánimo, nos sentimos cansados en nuestras luchas, no sabemos que hacer. Nos pasa en muchos aspectos de la vida; serán los negocios, los trabajos que emprendemos, nos sucede en la vida familiar que no es todo lo brillante que uno quisiera, nos pasa con los hijos por los que nos hemos dado y gastado sin saber más que hacer, pero ahora nos salen por otros derroteros tan lejos de los sueños que teníamos sobre ellos, nos sucede en nuestra vida personal en la que queremos superarnos cada día más, pero vienen los mismos tropiezos de siempre, no logramos la serenidad que querríamos para nuestra vida. No siempre es así, pero con frecuencia nos sucede. ¿Cómo reaccionamos? Somos humanos y vienen los cansancios; somos humanos y no siempre tenemos la madurez suficiente para afrontar todos esos problemas.

¿Por qué me digo esto? ¿Por qué me hago esta reflexión de entrada? En una primera lectura del texto del evangelio que hoy se nos ofrece, parece que Jesús está al borde de verse en situaciones así. Claro que su anuncio de Buena Nueva es una oferta de salvación a la que el hombre puede responder o no; y Dios siempre respeta la libertad del corazón del hombre, aunque vayamos errados, porque es un don que nos regaló, la libertad.

Veremos a Jesús en distintos momentos del evangelio en que se enfrenta, por así decirlo, a esa realidad. Un día le escuchamos hablar de Corozaín, Betsaida y el mismo Cafarnaún que no daban respuesta al evangelio de Jesús; más tarde le veremos llorar desde las colinas donde contempla la ciudad de Jerusalén, porque ha querido ser como la gallina que acoge bajo sus alas a sus polluelos, pero Jesuralem no se ha convertido; ahora se queja Jesús porque no hacen sino pedir signos y milagros y a pesar de tenerlos ante sus ojos no saben leer lo que esos milagros significan y no serán capaces de ver la acción de Dios con su salvación.

Como les dice el signo que se les dará será el signo de Jonás. Aquel profeta que en principio quiso rechazar la misión que Dios le confiaba de predicar la conversión en la ciudad de Nimbe y quiso huir por mares que le alejaran, pero se vio incluso tragado por un cetáceo que a los tres días lo devolvió sano y salvo para que al final él mismo se convirtiera y realizara la misión que Dios le había confiado. Y los ninivitas creyeron en la Palabra y el signo de Jonás, pero ahora aquella generación no quiere ver las señales de Dios para escuchar su Palabra.

Será también un signo el que la reina del Sur viniera de lejos para escuchar la sabiduría de Salomón, pero ahora tienen en medio de ellos alguien que es más que Salomón y sin embargo no quieren escucharle.

Pero y eso ¿qué nos dice a nosotros hoy? ¿Sabremos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino o nos seguiremos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio?

Buscamos sabidurías por todas partes, nos vamos tras cualquier cosa que nos resulte novedosa porque nos puede venir de sitios extraños o lejanos, nos dejamos encantar por filosofías o por espiritualidades que nos puedan resultar novedosas, pero no somos capaces de ir a las páginas del evangelio que hemos tenido siempre delante de nuestros ojos para saborear esa sabiduría de Dios que allí se nos ofrece. Hablamos de espiritualidades que nos dicen que nos elevan nuestra mente y nos dan nuevas visiones, y descartamos dejarnos conducir por el Espíritu de Dios al que podemos sentir en lo hondo del corazón y de verdad nos llevará por caminos de plenitud.

Busquemos la sabiduría de Dios, dejémonos inundar de su Espíritu, empapémonos del espíritu del evangelio.

lunes, 8 de noviembre de 2021

En medio de las dudas y las sombras, en medio de las luchas y los desánimos, en los momentos de debilidad, no temamos gritar al Señor ‘Auméntanos la fe’

 


En medio de las dudas y las sombras, en medio de las luchas y los desánimos, en los momentos de debilidad, no temamos gritar al Señor ‘Auméntanos la fe’

Sabiduría 1,1-7; Sal 138; Lucas 17,1-6

Hay ocasiones en que la vida se nos hace cuesta arriba, van surgiendo dificultades por todas partes en aquello que queremos emprender o por lo que estamos esforzándonos, de manera que fácilmente nos puede entrar el desaliento, sentirnos cansados y sin ánimos, nos parece que nos tenemos fuerzas para mantenernos en la lucha por conseguir nuestros objetivos, nos dan ganas de abandonar, de marcharnos para otro sitio, de olvidarnos de aquello que eran nuestros sueños.

Qué bueno cuando sentimos una mano amigo que se posa sobre nuestro hombro y nos da ánimos, o sentimos la presencia del amigo que persevera a nuestro lado cuando a nosotros nos parece que todo está oscuro; triste es el que no tiene esa mano amiga sobre su hombre, o no tiene siente a nadie amigo que le acompañe en esos momentos.

¿A quien acudimos? ¿Con quién podemos contar? ¿Dónde encontraremos esa fuerza para seguir en la búsqueda y consecución de nuestros sueños y de nuestras metas? ¿Dónde encontraremos esa fe en nosotros mismos y esa confianza para seguir esperando que un día finalmente se vea la luz?

Algunas veces no nos bastan los recursos humanos, no nos es suficiente tampoco esa persona amiga que está a nuestro lado, y necesitamos elevarnos, mirar más a lo alto, buscar lo sobrenatural que nos hace elevarnos, necesitamos la fe. Triste es el que se encuentra en tal valle de oscuridad que también ha perdido la fe, porque se ve quizá abocado a la desesperación viendo la vida como una tragedia. Muchos podemos encontrar caminando como locos sin rumbo en la vida, sin dejar que les ilumine la luz de la fe.

¿Cómo se encontraban los discípulos cuando escuchaban los planteamientos que Jesús les hacía? Ellos también dudaban de sus fuerzas, de poder comprender plenamente las palabras de Jesús, de no sentirse desconcertados cuando descubrían que lo que Jesús les estaba planteando era algo nuevo que les exigía cambiar muchos chips de su vida.

En lo que hoy hemos escuchado Jesús les previene del daño que pueden hacer a los demás con sus posturas erróneas, equivocadas o en cierto modo inmorales en los que se pueden ver envueltos en sus propias debilidades; pero Jesús les plantea también unas actitudes nuevas ante los demás cuando les habla de perdón, y de un perdón que se ha de ofrecer generosamente siempre. 

Ya en alguna ocasión saldrá Pedro por allí preguntando que si son suficiente siete veces las que tenga que otorgar el perdón al que le haya podido ofender, ahora Jesús insiste y nos habla de esa necesaria generosidad del corazón para perdonar siempre.

Se sienten desconcertados, porque hasta entonces lo que quizá habían escuchado en la sinagoga o a los maestros de la ley parecía que les permitía poner un número limitado de veces en las que tenían que conceder el perdón e incluso poder poner algunas condiciones. Pero lo de Jesús es nuevo. Por eso surge casi espontáneamente la petición: ‘Auméntanos la fe’.

¿Tendremos que pedirlo nosotros también? ¿Nos sentiremos en ocasiones desconcertados ante la novedad del evangelio de Jesús o también quizá por aquellas cosas que podemos ver en los demás que nos pueden hacer daño? Claro que tenemos que pedir que el Señor nos aumente la fe. No es cosa nuestra solamente, aunque tenemos que poner nuestra parte.

Es un don sobrenatural que Dios nos concede, pone en nuestro corazón. Es con la gracia del Señor como podemos predisponernos para el perdón, descubrir y sentir lo que es la grandeza del perdón para poder otorgarlo generosamente a quien nos haya ofendido o nos haya hecho daño.

Es una actitud que tenemos que saber cultivar en nuestro corazón, porque muchas cosas nos debilitan, muchas cosas aparecen en nuestro entorno que no nos llevan precisamente a la generosidad de ese perdón; muchas cosas se nos meten en el corazón con nuestro amor propio y con nuestros orgullos que nos impiden esa generosidad. Por eso tenemos que pedirle al Señor, sí, que nos aumente la fe.

Ya nos dice Jesús que si tuviéramos fe como un grano de mostaza seríamos capaces de mover montañas o hacer que una morera solamente por la fuerza de nuestra palabra se trasplantara de donde está a plantarse en el mar. 

En medio de esas dudas y esas sombras que nos aparecen en la vida, en medio de esas luchas en que nos sentimos desanimados y a punto de arrojar la toalla, en esos momentos de debilidad que se nos viene todo encima, no temamos gritar al Señor para que nos dé esa luz y esa fuerza que necesitamos, para que nos conceda ese don de la fe.

jueves, 18 de febrero de 2021

Aunque nos encontremos en el dilema de hallar el verdadero camino estamos en tiempo de hacernos preguntas, de buscar, de perseguir la verdad, de discernir qué es lo mejor

 


Aunque nos encontremos en el dilema de hallar el verdadero camino estamos en tiempo de hacernos preguntas, de buscar, de perseguir la verdad, de discernir qué es lo mejor

Deuteronomio 30, 15-20; Sal 1; Lucas 9, 22-25

Todo lo que nos pueda sonar a fracaso lo rehuimos; si el camino que emprendemos está lleno de dificultades o de problemas que me hacen sufrir tratamos de evitarlo; lo que muchas veces nos hace sufrir es la incertidumbre del mañana, y pensamos en el avance y progreso de nuestros trabajos o de nuestros proyectos y si vemos que la cosa se nos puede torcer nos llenamos de angustias; nos inquieta incluso nuestra propia salud y cuando con el paso de los años nos encontramos más debilitados y que ya quizá no podemos hacer cuanto hacíamos en otro momento de la vida de más esplendor, parece que nos sentimos que nos morimos.

Pero ¿será bueno tener esos planteamientos? ¿No nos llevará a obsesiones y angustias que nada nos ayudan? Pero así se nos va presentando la vida y cada vez quizás nos cuesta mayores sacrificios o el esfuerzo del camino se nos hace cuesta arriba y ni por asomo se nos ocurre pensar, no lo queremos al menos, en fracasos y contratiempos que nos derriben los edificios que en nuestra mente queremos construir.

¿Cómo se sentirían los discípulos más cercanos a Jesús, aquellos que habían puesto en El todas sus esperanzas cuando Jesús les anunciaba que todo aquello tenía que pasar por una pascua de dolor y de muerte? No les sería fácil entender las palabras de Jesús y esto sembraría inquietudes y posibles desánimos en sus corazones, o veremos que en una ocasión poco menos que Pedro se enfada con Jesús y le dice que no esté pensando en esas cosas que todo eso no le puede pasar.

Pero Jesús vemos que una y otra vez les repite el anuncio que habla de que va a ser entregado incluso en manos de los gentiles – qué duro tendría que ser esto para unos judíos que querían quitarse de encima del dominio de los romanos – y de que al final lo crucificarán y morirá. Nunca llegarán a oír, porque sus mentes andaban en otras cosas, los anuncios que Jesús les hacía, ni entenderán qué significado tienen sus últimas palabras que hablan de resurrección.

Y es lo que hoy nosotros también cuando estamos iniciando este camino de Cuaresma escuchamos en el Evangelio. Como para que no olvidemos que vamos camino de la Pascua, y que la cuaresma es el camino que nos lleva hasta el Calvario donde tendremos que subir también, aunque algunas veces edulcoramos un poco esos conceptos y no terminamos de entrar a trapo con el tema de la Cuaresma y de la pasión y pascua. Pero ahí están también para nosotros esas palabras de Jesús.

Pero es que además Jesús nos habla de que nosotros si queremos seguirle también tenemos que tomar el camino de la cruz, cargar con la cruz. Nos podría resultar hasta hermoso contemplar a Cristo en la Cruz y para eso nos hemos servido de los artistas que nos hagan bellísimas imágenes que contemplamos extasiados, pero entender cómo nosotros hemos de tomar la cruz, ya es algo que nos cuesta más, se nos atraganta. ¡Cómo hemos maquillado nuestras celebraciones de la Semana Santa despojándolas de todo lo cruento que ha de ser para nuestra vida la pasión del Señor que nosotros también hemos de asumir! Pensemos cómo hemos transformado la pasión y muerte de Jesús en unas bonitas y emocionantes procesiones y quizá de ahí muchos no pasamos.

Hoy nos dice Jesús y nos lo dice cruda y claramente: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará’.

¿Habremos pensado bien en estas palabras? Negarse a si mismo cuando nosotros lo que queremos son triunfos; tomar la cruz cuando rehuimos el dolor y nos amargamos antes de tiempo incluso ante lo que tengamos que sufrir en la vida; perder la vida para salvarla cuando lo que buscamos son por encima de todo ganancias materiales o aquello  con lo que lo pasemos bien sin mayores preocupaciones.

Por eso parece que algunas veces nos encontramos en un dilema para saber cuál es el verdadero camino, cuál es la vida verdadera. ¿En quién confiamos?,  nos preguntamos. ¿Solo en nosotros mismos y en aquellas cosas que satisfagan nuestros caprichos? ¿Buscaremos acaso una voz más profunda pero que nos eleve por encima de esa superficialidad con que mayormente vivimos la vida?

Tiempo de hacernos preguntas, tiempo de buscar, tiempo de perseguir la verdad, tiempo de discernir qué es lo mejor, tiempo de mirar hacia delante aunque tengamos la cruz por medio, porque sabemos que ahí vamos a encontrar la vida, tiempo de vivir en una entrega que nos lleve de verdad a la plenitud, tiempo de escuchar a Jesús.

Emprendamos este tiempo, decidámonos por este camino del evangelio, apostemos por Jesús, en El obtendremos la auténtica ganancia, en El alcanzaremos la verdadera victoria final.

martes, 26 de noviembre de 2019

En ese mundo revuelto y confuso, desconcertados y desorientados en ocasiones, tenemos que saber estar siempre en la búsqueda comprometida de la verdad y la justicia


En ese mundo revuelto y confuso, desconcertados y desorientados en ocasiones, tenemos que saber estar siempre en la búsqueda comprometida de la verdad y la justicia

Daniel 2,31-45; Salm. Dn 3,57-61; Lucas 21,5-11
Ojalá en la vida todo fuera plácido y tranquilo, que los proyectos con los que soñamos pudiéramos sacarlos adelante sin contratiempos, que no tuviéramos problemas ni encontronazos con los demás sino que fuéramos capaces de ponernos de acuerdo para sacar adelante nuestra sociedad superando retos, buscando siempre metas mal altas, aunando esfuerzos.
Parece algo idílico pero es en cierto modo lo que soñamos, lo que deseamos, lo que nos anima cuando ponemos nuestro esfuerzo y nuestro trabajo, pero bien sabemos que muchas veces se nos vienen abajo esos proyectos cuando quizá nos parecía que los teníamos encaminados, que nos vamos a encontrar enfrente y en contra nuestro aquellos que antes quizá caminábamos en el mismo surco, que surgen las crisis de entendimiento entre unos y otros y en los carriles por los que quisiéramos que caminara nuestra sociedad.
¿Qué hacer? ¿Tirar la toalla y marcharnos a otro lugar? ¿A dónde vamos a ir? ¿Refugiarnos en nosotros mismos o solo en nuestras cosas personales batallando cada uno su batallita particular? ¿Desentendernos y dejar que otros hagan a su antojo dispuestos a soportar lo que sea con tal de no meternos en líos?
Muchas de esas tentaciones tenemos en muchas ocasiones. Nos sucede en la vida social, nos sucede muchas veces hasta en la misma vida familiar, nos sucede con aquellos que están o han estado más cercanos a nosotros y considerábamos amigos, lo estamos viendo en la misma vida política que tendría que aunarse para buscar soluciones. No sabemos que hacer y nos encerramos en nuestro cascarón, nos desentendemos. Nos situamos en ocasiones como la expectativa, mirando como meros espectadores, para criticar quizá lo que otros hacen sin poner nada de mi parte. Qué fácil es hablar y cuanto cuesta comprometerse. ¿Pero me puedo quedar tranquilo con posturas pasivas y negativas?
Creo que el evangelio de hoy puede ser un rayo de luz que nos ayude a encontrar caminos. Jesús les anuncia a los discípulos las fuertes crisis por las que habrán de pasar, tanto el pueblo judío en si mismo con muchas cosas que les afectarán hasta en lo más hondo de su identidad, como a los propios seguidores de Jesús con el paso de los años.
Parte de las consideraciones que se hacían por la hermosura del templo de Jerusalén y Jesús les anuncia de todo aquello no quedará piedra sobre piedra porque todo seria destruido. Posiblemente cuando el evangelista nos narra estas palabras proféticas de Jesús ya se había realizado la destrucción de Jerusalén y su templo. Supuso una grave crisis en la identidad del pueblo judío que les llevaría a la dispersión y la diáspora a través de los siglos por todas las naciones.
Pero las palabras de Jesús no se quedan en ese anuncio sino que les dirá que sus discípulos tendrán que afrontar momentos difíciles y es cuando nos invita a ser fuertes, a mantener la esperanza, a tener paciencia porque nunca el discípulo de Jesús se ha de sentir solo y abandonado. No es la huida el camino que han de tomar, sino afrontar con paciencia todas esas dificultades en que muchas veces les parecerá – nos parecerá porque a través de los tiempos esas mismas situaciones seguimos viviendo - que el mundo se viene abajo.
Paciencia, no significa una actitud pasiva, sino una actitud de esperanza y de confianza. Es lo que necesitamos en la vida, que parece que esos valores se han evaporado. Y aquí podemos hacer referencia a lo que vivimos en el mismo seno de la Iglesia, de nuestras comunidades cristianas, pero también a todo el ámbito de la vida social que vemos tan revuelto y sin saber muchas veces qué partido o qué camino tomar.
Pero ahí tenemos que estar sin cruzarnos de brazos, sin huidas ni búsquedas de refugios sino dando el callo, poniendo nuestro esfuerzo y nuestro saber aunque quizá muchas veces podamos equivocarnos, pero siempre en la búsqueda de la verdad, de lo bueno, de lo justo, porque siempre tenemos que sentirnos comprometidos en hacer un mundo mejor.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos que harán nuestro mundo mejor


De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos que harán nuestro mundo mejor

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28
Hay momentos en la vida que parece que andamos desganados, como se dice ahora sin motivación, sin ilusión por seguir luchando o por emprender una nueva tarea. La desilusión que se nos mete por dentro nos hace pensar que iniciar una nueva tarea es una aventura imposible y así vamos caminando dejándonos llevar, o mejor, dejándonos arrastrar por lo que cada día sucede pero nos falta fuerza para querer cambiar las cosas, para buscar algo que las mejore.
Corazones cansados, y no se trata de problemas cardiacos que nos solucione un cardiólogo, sino esa desilusión que se nos mete por dentro. Miramos alrededor y todo nos parece negro; vemos las luchas de intereses en las que se mueven tantos y ni en eso queremos meternos; los rumbos por los que camina la sociedad vapuleada por tantas cosas no nos gustan pero tampoco hacemos nada por poner nuestro grano de arena, sembrar nuestra pequeña semilla. Nos confían quizá una tarea o una misión y tratamos solamente de guardar las formas pero aquello que nos han confiado no camina sino por la inercia y con ese desánimo nada hacemos por sacar un fruto nuevo.
No es que todos caminen así en la vida, ni ese sea el marco en el que nos movemos siempre, pero hay momentos en que preferimos enterrar el talento, refugiarnos en la cueva que nos hemos creado poniendo en nuestro entorno muchas barreras para no salir, pero tampoco para dejar que entre una luz nueva en nosotros.
Hoy en el evangelio se nos propone la parábola de los talentos que en este relato de Lucas más bien nos habla de onzas de oro. Cuando se les pide cuentas a aquellos empleados a los que se les habían confiado el que solo había recibido una, lleno de miedo la había guardado bien guardada por miedo a perderla y ahora no pudo presentar ningún rendimiento. ¿Sentía que era poco lo que se le había confiado? ¿Tenia miedo a los riesgos a los que tenia que enfrentarse si se ponía a negociarlas para sacarle rendimiento? Prefirió no hacer nada, simplemente aguardar.
Lo que nos pasa a nosotros tantas veces en la vida. Decimos que no valemos, que no somos capaces, que es un peligro arriesgarse a algo nuevo, que preferimos quedarnos en nuestro conservadurismo, que nunca terminamos de ver clara a donde nos llevan esos caminos, que siempre hay dudas y miedos en nuestro interior, y nos sentimos aplanados y nunca llegaremos a destacar en nada porque no sacamos a flote aquello que somos aunque nos parezca pequeño. Olvidamos que de lo pequeño pueden salir cosas grandes y hermosas. Una semilla bien pequeña es pero si la plantamos podemos sacar no solo una planta hermosa sino también hermosos frutos.
Es lo que tenemos que aprender a hacer en la vida y tener la paciencia de la esperanza. Merece la pena esperar, merece la pena ponerse a plantar la semilla, merecen la pena las luchas y los esfuerzos, merece la pena todo el trabajo que tengamos que realizar porque estaremos en verdad haciendo un mundo nuevo. Ya no nos quedamos a comentar desilusionados los rumbos que lleva la vida y dejar que otros hagan, sino que vamos a poner manos a la obra porque somos nosotros los que tenemos que hacer.
De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos. Es la esperanza que siempre tiene que estar presente en nuestra vida y que nos llenará de luz y saltará por encima de nuestros cansancios y desilusiones. No nos crucemos de brazos. Hagamos florecer nuestro rosal.

sábado, 11 de agosto de 2018

No vamos a ir haciendo en nombre de la fe obras de ingeniería en la vida, pero sí con nuestra fe podemos ir transformando la faz de nuestro mundo desde el amor



No vamos a ir haciendo en nombre de la fe obras de ingeniería en la vida, pero sí con nuestra fe podemos ir transformando la faz de nuestro mundo desde el amor

Habacuc 1,12–2,4; Sal 9; Mateo 17,14-20

‘Se lo he traído a tus discípulos y ellos no han podido curarlo’. Allí estaba aquel padre angustiado con la enfermedad de su hijo; era algo muy fuerte que ponía a cada rato en peligro la vida del niño; como a una tabla de salvación acude a Jesús, pero Jesús no está; allí están los discípulos, aquellos a los que Jesús había enviado un día con el poder de curar a los enfermos y expulsar demonios, pero ellos ahora no habían podido hacer nada.
Insisto en este aspecto; ¿cómo se sentirían los discípulos? Impotentes porque le habían pedido aquel para lo que un día Jesús les había dado poder y ahora no habían podido hacer nada. ¿Podrían ellos embarcarse de verdad en aquella ‘aventura’ del Reino de Dios en la que se sentían comprometidos con Jesús?
Sensaciones así tenemos también muchas veces. Queríamos hacer algo bueno, querríamos ayudar a alguien, queríamos quizá estar al lado de alguien en el proceso de su vida y no habíamos sido capaces de ayudarles de verdad, como si las cosas se volviesen en nuestra contra. Como tantas veces nos sucede en muchas cosas de la vida, lo sabemos hacer, pero no fuimos capaces; ahora pensamos quizás que podíamos haberlo hecho de otra manera, pero en aquel momento no nos vino la idea y las cosas se quedaron a la mitad o quizás fueron un fracaso. Sí, sensación de fracaso podemos sentir cuando no avanzamos en la vida como nosotros quisiéramos, porque no somos capaces de superar ciertos escollos, porque nos aparece una y otra vez el mismo peligro y la misma tentación y volvimos a tropezar en la misma piedra. Y así no se cuantas cosas más.
Nos quedamos chafados, frustrados, con sensación de fracaso, desanimados. Pero el ser humano ha de saber buscar y encontrar recursos para levantarse de ese desánimo. No podemos perder la fe ni la esperanza. Humanamente hemos de creer en nosotros mismos, con esa capacidad de superreacción que siempre ha de haber en la vida; por otra parte hemos de aprender de nuestros propios errores y fracasos para no tropezar en la misma piedra, pero también hemos de saber dejarnos conducir. No es que estemos pendientes del juicio de los demás, de lo que más o menos le agrade a los otros. Es distinto. Siempre abr alguna persona buena que nos hace una oportuna indicación, siempre habrá una palabra de animo que nos ayude a sacar fuerzas, siempre abr una mano que se pose sobre nuestro hombro para levantarnos del desánimo.
Pero todo esto tenemos que verlo con ojos de fe también. La fe no es una cosa que tengamos guardada en un rincón como un libro que tenemos amontonado en nuestra biblioteca. La fe tiene que ser algo vivido, algo que sea motor en nuestro interior, luz en nuestro camino, fuerza en nuestras luchas.
Una fe que nos abre caminos; una fe que nos eleva desde el ras del suelo de nuestro materialismo; una fe que nos hace mirar a lo alto, no solo porque nuestras metas han de ser siempre altas, sino porque miramos y nos apoyamos en aquel que nunca nos fallará.
Es la fe que nos irá haciendo sortear tantos baches o tantos tropiezos que nos van apareciendo en la vida; es la fe que nos hace sentir paz en nuestro interior; es la fe que nos abre al amor de Dios queriendo amar nosotros de la misma manera; es la fe que nos hace constantes en nuestro espíritu de servicio buscando siempre la mejor manera de ayudar, de amar a cuantos están a nuestro lado.
Hoy termina Jesús diciéndonos que si tuviéramos fe, aunque sea tan pequeña como un grano de mostaza, pero es una fe viva, seremos capaces de mover montañas. No vamos a ir haciendo obras de ingeniería en la vida, pero sí con nuestra fe podemos ir transformando la faz de nuestro mundo desde el amor. ‘Señor, aumenta mi fe’, tenemos que pedirle.