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jueves, 3 de septiembre de 2026

Jesús quiere seguir contando con nosotros, darnos confianza y quitarnos los miedos, porque nos abre nuevos horizontes como pescadores y sembradores de esperanza

 



Jesús quiere seguir contando con nosotros, darnos confianza y quitarnos los miedos, porque nos abre nuevos horizontes como pescadores y sembradores de esperanza

1Corintios 3, 18-23; Salmo 23; Lucas 5, 1-11

¿Estamos contentos con lo que hacemos? ¿Estamos contentos con nuestro trabajo? ¿Estamos contentos con los frutos, los beneficios, las ganancias, llamarlo como queramos, de ese trabajo que realizamos? ¿Vemos algún beneficio? ¿Nos sentiremos cansados y desilusionados alguna vez? Hay ocasiones aunque estemos haciendo lo que nos gusta, sin embargo, en cierto modo nos sentimos defraudados; parece que aquello no tiene fin, parece que nunca las dificultades se acaban, que cada día nos resulta más costoso y nos parece no tener aliciente. No es algo que me esté inventando, porque es la realidad del camino de cada día, cuando quizás nos falte algo que le pueda dar un colorido distinto, que nos pueda hacer renovar la ilusión.

Jesús había estado estado predicando, enseñando a la gente, allí en la orilla de la playa del lago pero se había reunido tanta gente que parece que la voz de Jesús no podía llegar a todos; se subió a una de las barcas que recientemente habían regresado de su faena, mientras los pescadores estaban poniendo en orden sus cosas; desde una de esas barcas, la de Simón Pedro y su hermano Andrés Jesús enseñaba a la gente, con esas palabras que llegaban al corazón de manera que la gente se quedaba entusiasmada escuchándolo. Cuántas esperanzas se habrían despertado con aquellas palabras de Jesús, que venían corroboradas por las noticias que les llegaban de los signos que Jesús iba realizando.

Al terminar su enseñanza le pide a los pescadores que vuelvan al lago, mar adentro, para echar de nuevo las redes para pescar. ¿ Cómo se sentirían cuando de nuevo les quieren hacer volver a la faena que tan poco fruto había obtenido aquella noche? ¿Estarían con ánimos como para reemprender de nuevo la tarea siendo además de día, que no era la hora más propicia para la pesca? Es la primera reacción de Pedro, ¿a qué me vienes ahora con esas? ¿Me vas a enseñar tú a mi cuando tengo que volver a pescar? Pero a pesar de sus cansancios, sus desalientos y desilusiones algo le estaba diciendo allá en lo hondo de su corazón que hiciera caso del Maestro.

No hemos cogido nada en toda la noche en que hemos estado de faena… ¿qué me está pidiendo? Como tantas veces nosotros en la vida cuando tenemos que recomenzar las cosas que se nos han ido abajo, cuando tenemos que seguir con la tarea de la siembra a pesar de que aparentemente no hay cosecha porque nada se recoge, porque las cosas no cambian, porque seguimos encontrándonos con las mismas dificultades, porque nos parece un trabajo infructuoso a pesar de tanto esfuerzo, porque vemos que no hay respuesta, que parece que la gente no termina de entusiasmarse por cosas importantes y siguen con sus superficialidades. 

Son muchas las situaciones en que nos encontramos en el trabajo de nuestras responsabilidades que no tienen luego correspondencia en aquellos con los que trabajamos, son muchos los desalientos que sentimos cuando parece que nuestro compromiso es inútil porque nadie responde, pensamos en nuestra tarea de educadores, en la tarea de los padres, en los compromisos sociales en que nos hemos comprometido, en nuestra tarea también en medio de la Iglesia con nuestro apostolado.

‘Hemos pasado la noche de faena y no hemos cogido nada, pero en tu nombre, porque tú me lo dices y me lo pides, echaré las redes’, fue finalmente la respuesta de Pedro Y ya hemos escuchado la redada tan grande de peces que las redes se rompían y hubo que llamar a los compañeros de la otra barca para no perder aquella oportunidad. ¿Lo llegaremos a ver nosotros también? ¿Será esa nuestra conciencia de lo que sucede o nos habrá faltado algo, ese ‘en tu nombre’ con el que Pedro lanzó de nuevo la red al lago?

Cansancios y desalientos no nos faltan, como le estaba sucediendo a aquellos pescadores del mar de Galilea, pero quizás nos falta la fe de Pedro, nos falta ser conscientes de esa luz que nos ilumina, nos falta esa oración confiada y humilde a pesar de que parezca que ya no podemos más, nos falta ese reconocimiento de la acción de Dios en nuestra vida y en lo que hacemos. No llegamos a decir como Pedro ‘¡apártate de mi que soy un hombre pecador!’.

Jesús quiere seguir contando con nosotros; Jesús tiene una tarea y una misión que encomendarnos; Jesús quiere darnos confianza y que quitemos de una vez por todas nuestros miedos; Jesús quiere abrirnos nuevos horizontes, pero para eso es necesaria nuestra confianza y nuestra humildad. ‘No temas, de ahora en adelante será pescador de hombres’.


jueves, 3 de julio de 2025

Aprendamos a decir, ‘¡Señor mío y Dios mío!’ para que se desvanezcan todas las desilusiones y dudas, y nos pongamos en su camino, seguir los pasos con Jesús

 


Aprendamos a decir, ‘¡Señor mío y Dios mío!’ para que se desvanezcan todas las desilusiones y dudas, y nos pongamos en su camino, seguir los pasos con Jesús

Efesios 2, 19-22; Salmo 116; Juan 20, 24-29

Hay ocasiones en la vida, que quizás porque estamos pasando por esos baches que tanta veces se nos presentan, lo vemos todo negativo, nos cuesta aceptar lo que otros desde su experiencia nos puedan decir, todo lo queremos más que comprobado, pero no por otros, sino por nosotros mismos; la desilusión nos embarga, lo que nos da ganas es de huir, de escondernos, de no estar con nadie, de echar a rodar todo lo que hasta ahora hemos conseguido, porque sentimos que en algunas cosas somos unas fracasados, o las promesas que nos hicieron, al menos tal como nosotros desde nuestro prisma escuchamos, es que todo iba a ser maravilloso, y ahora hemos visto lo contrario.

He querido describir aquí esa situación de desaliento y desilusión que hayamos podido pasar en alguna ocasión, porque con esa mirada quiero ver lo que estaban pasando los discípulos después de la pasión de Jesús – estaban encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos – y que además vemos prolongarse más en el apóstol Tomas. Se había ausentado de donde estaban reunidos todos los compañeros, sirviendo paños de lágrimas los unos de los otros, cuando habían experimentado la presencia de Jesús resucitado. Es lo que ahora cuentan a Tomás a su vuelta, pero es lo que tomas en su desilusión y desánimo no quiere aceptar. Lo quiere comprobar por sí mismo, con los dedos en las llagas de las manos y la mano en la herida del costado por la lanza. Eso era lo único que tenía cierto y que ahora quería comprobarlo.

Tomás no era de los que se quedan callados y se convencen fácilmente por aquello que le cuentan por mucho entusiasmo que pongan. Pero no es solo en este momento que nos narra el evangelio del día; en páginas anteriores lo encontramos también. Será en la Cena pascual que no termina de entender lo que Jesús está diciendo de volver al Padre y es lo que le suelta a bocajarro a Jesús. ‘Pero si no sabemos a dónde vas…’, le dice. Si supiéramos a donde vas podríamos entender el camino para ir y hasta nos apuntaríamos, parece decirle Tomas.

El quiere las cosas claras y en el momento, aunque algunas veces sea difícil tomar la decisión. Había sucedido antes, cuando se habían retirado más allá del Jordán porque sabían que los judíos maquinaban contra Jesús. Han llegado noticias de la enfermedad de Lázaro y aunque en principio parecía que Jesús no le había dado importancia, permaneciendo allí algunos días más, al final decide ir a Betania. ‘Lázaro está dormido y hay que despertarlo’, les dice aunque no entienden.

Y Jesús toma la decisión de ir aun con el desconcierto y rechazo de la mayoría. Si nos habíamos venido aquí porque te buscaban para matarte, ahora quieres volver. Los prudentes, siempre hay prudentes que previenen los peligros y no quieren meterse en la boca del lobo, y hay reticencia ante la decisión de Jesús. Pero será Tomás el que se adelante. ¿Cómo podemos dejarlo solo en estos momentos? Tenemos que ir, aunque él no vea las cosas claras, pero está decidido a estar con Jesús. ‘Vayamos con El y si es necesario muramos con Él’.

Unas palabras tremendas que comprometen, pero que quizás muchas veces olvidamos pronto. También Pedro dirá en la cena que está dispuesto a morir por Jesús, que lo daría todo por Él, pero qué pronto se aflojó y se durmió cuando Jesús les dijera que oraran como Él lo estaba haciendo allí en Getsemaní, pero un rato más tarde negaría conocer a Jesús, aquel que decía que iría con Él a donde fuera y estaría dispuesto a dar la vida por El. Hasta se había llevado una espada, por si acaso, cuando fueron al huerto.

Tomás también nos dice que vayamos con Jesús y muramos con El, aunque luego vengan las dudas y los retrocesos, porque sería de los que lo abandonaron en el huerto y huyeron ante la avalancha de guardias y soldados. Pero Él quería conocer el camino, aunque le costara encontrarlo y pasara también por dudas y huidas. No estaba en el cenáculo cuando Jesús había venido y seguía con sus dudas. Pero todo se va a venir abajo cuando de verdad se encuentre frente a frente con Jesús. Ya no necesitará meter el dedo en la llaga, ya no serán necesarios más convencimientos. Ahí está su hermosa fe: ‘Señor mío y Dios mío’. ¿Se puede decir más en tan poquitas palabras? Lo está diciendo todo, que ha encontrado el camino, que está dispuesto a todo y un día derramará su sangre, que no necesita palpar con sus manos porque lo está sintiendo en el corazón.

Algunas veces hemos visualizado mucho el contemplar a Cristo resucitado con la corporeidad y nos hemos olvidado donde en verdad lo estamos sintiendo y que solo lo podemos hacer desde la fe.

Aprendamos a decir, ‘¡Señor mío y Dios mío!’ para que se desvanezcan todas las desilusiones y todas las dudas, para que nos pongamos en su camino que es hacer los pasos con Jesús.


lunes, 2 de septiembre de 2024

Muchos vaivenes hemos tenido tantas veces en nuestro camino de fe siempre vivida con la misma intensidad, nos enfriamos y caemos en una peligrosa tibieza espiritual

 


Muchos vaivenes hemos tenido tantas veces en nuestro camino de fe siempre vivida con la misma intensidad, nos enfriamos y caemos en una peligrosa tibieza espiritual

1Corintios 2, 1-5; Salmo 118; Lucas 4, 16-30

Los entusiasmos a veces no duran sino lo de un suspiro. Creo que tenemos experiencias y muchas en la vida. Nos entusiasmamos por algo, o por alguien y pronto nos cansamos y lo olvidamos. Un suspiro. Son las emociones del momento en una determinada situación o circunstancia, algo que nos ha impresionado y nos ha llamado la atención, algo con lo que nos emocionamos y no sabemos cuanto, pero esas emociones se van enfriando, se suceden otras cosas y aquello primero pasa ya a un segundo lugar, y poco a poco se va quedando atrás de aquello que nos prometíamos grandes cosas nos quedamos en nada. Un suspiro.

Pasa con las amistades o el conocimiento de las personas. Nos parecía tan estupenda, veíamos maravillas en ella, pero quizás el trato se enfrió y al final quedarán en el recuerdo de un pasado. ¿Nos acordamos aun del nombre de todos esos que a lo largo de los años hemos llamado amigos? Ahora con las redes sociales sucede otro tanto, todos quieren ser amigos tuyos, todos dicen entusiasmados que eres estupendo, pero ¿cuánto duran? Y si no siempre tratamos de contentarlos en lo que nos piden o lo que ellos entienden por amistad, veremos cómo pronto se diluyen. Un suspiro.

¿Sería lo que pasó aquel día en la sinagoga de Nazaret? La fama precedía ya la visita que Jesús les estaba haciendo. Con aquellas premisas de lo que escuchaban que Jesús hacía en otras partes, aquel sábado la sinagoga estaba llena con toda la gente del pueblo. Escuchan con atención, la proclamación del profeta, esperan el comentario de Jesús, están orgullos porque es uno del pueblo y que ha llegado con tal fama.

Pero aunque querían escucharle entusiasmados, pronto decayó aquel entusiasmo con los comentarios que Jesús iba haciendo; se había atribuido en El lo que había anunciado el profeta, como que aquello estaba sucediendo allí, pero no estaban viendo los milagros que esperaban; es más los comentarios de Jesús les hablan de que un profeta nunca es bien recibido en su tierra.

Su misión no era tan localista y tenía un sentido más universal. Y recuerda al profeta Eliseo que no curó a los leprosos de Israel mientras era curado un sirio venido de lejos; les recuerda al profeta Elías que habiendo hambruna en Israel sin embargo será a una mujer fenicia a la que socorra. Entendieron que de El nada entonces podían esperar, en fin de cuentas no era sino el hijo del carpintero. Y lo rechazaron.

¿Cuál era realmente el interés que podían sentir por Jesús? ¿Qué es lo que realmente buscaban? Como nos sucede a nosotros con los amigos, como decíamos antes, ¿qué es lo que realmente buscamos en esas amistades? Los sentimientos nacidos solamente de emociones pronto pueden enfriarse y pasar. ¿Solamente creemos cuando nos van bien las cosas? ¿O solamente acudimos, decimos que con mucha fe a Dios, cuando estamos envueltos en problemas de los que no sabemos cómo salir?

Un día quizás nos emocionamos mucho en aquella celebración, con aquellas palabras que oímos, en algún tipo de experiencia que tuvimos, pero ¿fuimos capaces de dar un paso más adelante para ponerle un fundamento firme a esa expresión de fe que en aquel momento vivimos? No es solamente racionalizar las cosas, pero sí tenemos que saber dar una razón de esa fe que tenemos o que queremos vivir. Y eso lo lograremos cuando nos fundamentamos de verdad en la Palabra de Dios, cuando nos gozamos no solamente por una pura emoción de esa fe que tenemos que nos llevará a grandes compromisos en la vida.

Pensemos en los vaivenes que hemos tenido tantas veces en nuestro camino de fe. No siempre la hemos vivido con la misma intensidad, cómo muchas veces nos enfriamos y caemos en una peligrosa tibieza espiritual, de la que tenemos que despertar; es peligroso caer en esa pendiente de la tibieza pero es muy fácil que nos resbalemos por ella. No siempre tenemos la debida precaución y nos confiamos demasiado sin ponerle fundamento a esa fe y a ese compromiso cristiano. No cuidamos de tener el aceite suficiente para poder mantener encendida esa lámpara, que no va a dar luz por si misma si no la alimentamos.

Y tenemos también el peligro de caer en el rechazo, queriendo arrojar lejos de nosotros esas experiencias de fe que hemos vivido y que tendrían que ser en verdad el motor de nuestra vida. Porque quizás no era lo que esperábamos, porque nos sentimos defraudado con alguna cosa, porque recibimos un mal ejemplo, porque no nos salen las cosas como nosotros queremos. Como aquellas gentes de Nazaret que querían arrojar por un barranco a Jesús fuera del pueblo.

jueves, 20 de julio de 2023

Detengámonos y queramos parecernos a Jesús que siempre tendrá tiempo para detenerse junto al borde del camino, El nos llenará de su paz y mansedumbre

 


Detengámonos y queramos parecernos a Jesús que siempre tendrá tiempo para detenerse junto al borde del camino, El nos llenará de su paz y mansedumbre

Éxodo 3, 13- 20; Sal 104; Mateo 11,28-30

Sí, algunas veces estamos cansados, muy cansados y necesitamos descansar. Después de un duro día de trabajo, necesitamos descansar; después de esas tareas que desarrollamos cada día, necesitamos descansar; después de un duro esfuerzo, un largo camino recorrido, del agobio que sentimos envueltos en los problemas de la gente a la que tratamos de ayudar, necesitamos descansar… a veces son otras las cosas que nos producen cansancio, les desesperanzas que nos obnubilan el camino, los desalientos por los fracasos en aquello que estábamos intentando realizar, los sueños que se ven frustrados porque ni creen en nuestros sueños ni se nos ponen fáciles las cosas de la vida para alcanzar esas metas que tanto deseábamos, la soledad cuando no cuentan contigo, cuando te arriman a un rincón, cuando no nos muestran confianza ni aquellos que más cerca tenemos y en quien nosotros habíamos confiado, cuando nos encontramos las dificultades de la vida, cuando todo parece que se nos pone en contra… nos sentimos cansados que es una desilusión, una desesperanza, una soledad.

Algunas veces nos encontramos con gente que siempre nos dicen que están cansados, que parece que se han envejecido, que han perdido ilusiones, que las metas de su vida son ramplonas y siempre se quedan de tejas abajo, que quizás no han encontrado en sentido para sus vidas y simplemente se contentan con vivir, con vegetar, con trabajar para poder producir unos beneficios que le faciliten la vida, pero que andan como zombis sin rumbo y sin sentido. No nos extrañe que nos digan siempre que están cansados porque todo eso da un tremendo cansancio a la vida.

Necesitamos descansar que es reavivar y recuperar las fuerzas perdidas; necesitamos descansar que es reavivar nuestras ilusiones para comenzar de nuevo a creer en nosotros mismos; necesitamos descansar porque necesitamos meternos dentro de nosotros mismos para revisar caminos, para sentirnos fuertes desde lo más hondo para seguir luchando; necesitamos descansar que es abrir de nuevo los ojos a la luz para salir de esas oscuridades que nos aturden, que nos hacen perder ilusión, que nos han quitado metas de nuestra vida, que nos han envejecido.

¿Cuáles son las recetas para curar esa enfermedad del cansancio que tanto nos adormece? Hoy simplemente quiero escuchar en el evangelio las palabras de Jesús que me invitan a ir hasta El. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’.

Sí, vayamos a Jesús cualesquiera que sea nuestro cansancio, El es nuestro alivio, El es nuestro descanso. Es una buena noticia. Jesús es esa buena noticia, porque El es nuestro descanso. Como nos ha pedido desde siempre, desde el primer momento para creer en esa buena noticia, para creer en El, tenemos que vaciarnos de tantas cosas con las que hemos querido llenar nuestras vidas pensando que ellas eran la razón de nuestra felicidad. Aunque llenos de cosas nos sentimos vacíos, aunque llenos de cosas no hemos encontrado el camino que dé ese verdadero sentido a nuestra vida. Nos pide convertirnos para creer en la buena noticia, para creer en El.

¿No estamos encontrando en El esa mansedumbre y esa paz que tanto necesitamos? No son las locas carreras que nos llenan de violencia la vida las que nos van a dar esa paz. Detengámonos y queramos parecernos a El. Nunca lo veremos  corriendo por muy grande que sea la tarea. Sabe siempre tener tiempo para detenerse porque una mujer le tocó el manto y quiere interesarse por ella; sabe tener tiempo para escurrirse del barullo de la gente e ir a dar con aquel paralítico que está al borde de la piscina y nadie ayuda; sabe detenerse para mirar a los ojos a la mujer que llora a sus pies y darle la mano para levantarla aunque todos la desprecien porque es una pecadora; sabe tener tiempo para dejar que los pequeños se acerquen a El y con los niños entretenerse incluso con sus juegos, pero también para escuchar aunque fuera en la noche a los que están agobiados buscando un sentido para sus vidas.

Cuánto tenemos que aprender de Jesús. ‘Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón… porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’.

miércoles, 4 de agosto de 2021

La mujer cananea es hoy ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor que siempre será presencia de luz y de amor

 




La mujer cananea es hoy ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor que siempre será presencia de luz y de amor

Números 13, 1-2. 25; 14, 1. 26-29. 34-35; Sal 105; Mateo 15, 21-28

Qué desilusión nos llevamos en ocasiones cuando con mucha confianza queríamos lograr algo que además considerábamos importante para nosotros, pero nos encontramos la negativa por respuesta. Se nos cae el mundo encima, se nos vienen abajo todas nuestras esperanzas, nos sentimos desilusionados y cuando somos personas propensas a sentirnos fácilmente deprimidos nos dan ganas de tirar la toalla en todos nuestros proyectos y nos sentimos como ridiculizados y como unos ineptos porque quizás no suplimos plantearlo debidamente.

Puedo parecer un poco exagerado pero son cosas que nos suceden y siempre nos conviene analizar un poco nuestra vida para ver también cuales son nuestras reacciones, las que tenemos o las que deberíamos de tener. Siempre tenemos que estar aprendiendo de la vida, incluso de aquello negativo que nos puede suceder, y de alguna manera preparándonos para las situaciones en las que nos podamos encontrar.

¿Se sentiría algo así aquella mujer cananea de la que nos habla hoy el evangelio? En este caso no era simplemente un proyecto que podría tener para su vida, sino estaba por medio el sufrimiento de una madre que de alguna manera veía morir a su hija en su grave enfermedad.

Como nos narra el evangelista Jesús anda por las fronteras de Palestina, muy al norte en Galilea en territorios cercanos a los fenicios – actual Líbano – y no eran territorios precisamente donde abundaran los judíos. Vemos a Jesús en ocasiones que se marcha a lugares lejanos y, en cierto modo, apartados porque también quiere ir instruyendo a sus discípulos más cercanos a los que un día va a confiar su propia misión.

Una mujer fenicia, pagana, camina detrás de Jesús gritándole que tenga compasión de ella y de su hija gravemente enferma. Parece como que Jesús se desentiende, de manera que incluso los discípulos interceden para quitarse el tormento de los gritos de aquella mujer. La respuesta de Jesús nos desconcierta aunque él solo emplea el lenguaje habitual de los judíos, que consideraban perros a los paganos.

Pero ante la negativa de Jesús la mujer no se viene abajo, sino que insiste y aprovechando incluso las palabras de Jesús buscará argumentos para seguir haciendo su petición. ‘También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos’, le responde dando a entender en su humildad que no le importan incluso los desprecios con tal de comer esas migajas del amor de Dios. Pero Jesús para ella no tiene migajas sino que está todo su amor, para alabar la fe de aquella mujer y para conceder lo que tanto está deseando aquella mujer.

Ya hemos visto en el evangelio que en muchas ocasiones se queja de la falta de fe de los que le escuchan; se extrañó de la falta de fe incluso en su pueblo de Nazaret, de manera que como dice el evangelista allí no hizo ningún milagro; a los mismos discípulos los llama torpes y tardos de corazón para creer.

Pero hay dos momentos en que Jesús alaba la fe de alguien, y en estos casos se tratará precisamente de dos personas que no son judías. Alaba la fe del centurión, como alaba ahora la fe de esta mujer fenicia. Y como nos dirá en otras ocasiones basta que tengamos fe, que la fe es la que nos ha curado. Tendría que hacernos pensar.

Pero por medio está la consideración con la que comenzábamos esta reflexión. Las negativas nos desalientan, cuando las cosas se nos ponen difíciles nos llenamos de dudas y de temores; la frustración que muchas veces sentimos nos lleva a querer abandonar y no insistir en aquello bueno que deseamos o tendríamos que realizar.

La mujer cananea nos sirve hoy de ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor, que siempre será para nosotros presencia de luz y de amor, a pesar de todas las oscuridades en las que nos encontremos.

lunes, 17 de mayo de 2021

Podremos sentirnos abandonados de los apoyos humanos, pero siempre el Señor nos dejará una señal de que con su presencia no estamos solos porque El ha vencido al mundo

 


Podremos sentirnos abandonados de los apoyos humanos, pero siempre el Señor nos dejará una señal de que con su presencia no estamos solos porque El ha vencido al mundo

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Sal 67; Juan 16, 29-33

Hay momentos en la vida en que parece que todo se nos viene abajo. Como una bomba que cae y deja todo destruido a su alrededor. La vida quizás nos iba marchando con normalidad, siempre tenemos nuestra luchas, pero también está la ilusión y el entusiasmo que vamos poniendo en lo vamos haciendo, los proyectos que nos planteamos, las metas a las que queremos llegar; constatamos que somos débiles y a pesar de toda la ilusión que ponemos siempre nos encontramos trabas en nosotros mismos.

Pero de repente nos sucede algo inesperado y es como si el mundo se nos viniera abajo; se van por tierra todos aquellos proyectos, aquellas metas que nos habíamos trazado; incluso quizá en nuestro fracaso sentimos un frío en nuestro derredor en las personas en las que confiábamos pero que ahora nos han dejado solos. Nos cuesta levantar cabeza, tenemos que poner mucha voluntad para seguir en la lucha y tratar de rehacer la vida, mucho le pedimos al Señor también que nos ayude pero parece que también por esa parte se hiciera un silencio que se convierte en mi doloroso.

Son experiencias de vida que podemos haber tenido, o que palpamos en gente de nuestro entorno, algún amigo con confianza quizá nos habrá hablado de sus fracasos y de sus momentos de hundimiento. ¿Nos estará hablando de esto hoy Jesús en el evangelio?

La escena sigue correspondiendo a la última cena de Jesús antes de su pasión. En la medida en que había ido transcurriendo parecía que algunos nubarrones que se cernían sobre ellos comenzaban a desaparecer. Ahora parece que los discípulos se muestran más confiados, porque realmente lo habían venido pasando mal porque no entendían muchos de los gestos de Jesús ni los anuncios que les hacía. Ahora parece que sí, que comienzan a creer, pero Jesús viene a preguntarles algo así como si están seguros.

Como una bomba Jesús les dice que ya ha llegado el momento en que ellos se van a dispersar y a dejarlo solo. Es lo que sucederá en breves momentos en Getsemaní cuando aquellos esbirros que venían con Judas al frente prenden a Jesús. Todos se dispersaron y huyeron. Dolorosa es la traición de Judas, pero será en cierto modo peor la huída de todos llenos de miedo, y la negación incluso de Pedro en el patio del pontífice.

Así será el grito angustioso de la oración de Jesús en el huerto, pero también las palabras con las que desde la cruz recitará el salmo: ‘¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?’ Pero como les está diciendo ahora Jesús estaba solo pero no estaba solo. Estaba solo porque sus discípulos más queridos y más cercanos se habían dispersado y huido llenos de miedo, pero no estaba solo porque no le faltaba la presencia del Padre, a pesar de las palabras del salmo.

La confianza de Jesús en el Padre estaba por encima de todo. Por eso terminará a la hora de su muerte ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’ como un eco de aquellas sus primeras palabras a la entrada en el mundo ‘¡Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad!’ Y es que por encima de todo estaba el amor, la entrega de Jesús.  Por eso hoy terminará diciéndonos ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Yo diría ahora, conforme a lo que hemos reflexionado en otros momentos, que a través de esta plantilla de los anuncios y las palabras de Jesús tratemos de mirar nuestra vida. Hablábamos al principio de esas experiencias de fracaso que muchas veces sufrimos en la vida. Muchas situaciones duras, difíciles, problemáticas a las que tenemos que enfrentarnos y en las que pasamos también por ese calvario, por esas soledades, por esa sensación de impotencia. Escuchemos las palabras de Jesús que nos hablan de las luchas que vamos tener en la vida, pero nos dice ‘tened valor: yo he vencido al mundo’. La victoria de Jesús parte de lo que es por encima de todo su ofrenda de amor y de cómo se pone en las manos del Padre.

¿No será ese el camino que al final tendremos que recorrer en nuestra vida? ¿No tendremos que saber hacer esa ofrenda de amor en esos momentos oscuros, que son de todo tipo, para que de verdad encontremos el camino de la victoria como la de Cristo? Podremos sentirnos solos de los apoyos humanos, pero siempre el Señor nos dejará una señal de que la presencia del Señor no nos deja solos y abandonados. Será turbio y doloroso el camino, lleno de amarguras y de sinsabores, con soledades amargas y con muchas lágrimas en los ojos y en el corazón, pero como Jesús sepamos ponernos en las manos del Padre y no nos sentiremos abandonados.

El final, seguramente, terminaremos dando gracias.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos que harán nuestro mundo mejor


De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos que harán nuestro mundo mejor

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28
Hay momentos en la vida que parece que andamos desganados, como se dice ahora sin motivación, sin ilusión por seguir luchando o por emprender una nueva tarea. La desilusión que se nos mete por dentro nos hace pensar que iniciar una nueva tarea es una aventura imposible y así vamos caminando dejándonos llevar, o mejor, dejándonos arrastrar por lo que cada día sucede pero nos falta fuerza para querer cambiar las cosas, para buscar algo que las mejore.
Corazones cansados, y no se trata de problemas cardiacos que nos solucione un cardiólogo, sino esa desilusión que se nos mete por dentro. Miramos alrededor y todo nos parece negro; vemos las luchas de intereses en las que se mueven tantos y ni en eso queremos meternos; los rumbos por los que camina la sociedad vapuleada por tantas cosas no nos gustan pero tampoco hacemos nada por poner nuestro grano de arena, sembrar nuestra pequeña semilla. Nos confían quizá una tarea o una misión y tratamos solamente de guardar las formas pero aquello que nos han confiado no camina sino por la inercia y con ese desánimo nada hacemos por sacar un fruto nuevo.
No es que todos caminen así en la vida, ni ese sea el marco en el que nos movemos siempre, pero hay momentos en que preferimos enterrar el talento, refugiarnos en la cueva que nos hemos creado poniendo en nuestro entorno muchas barreras para no salir, pero tampoco para dejar que entre una luz nueva en nosotros.
Hoy en el evangelio se nos propone la parábola de los talentos que en este relato de Lucas más bien nos habla de onzas de oro. Cuando se les pide cuentas a aquellos empleados a los que se les habían confiado el que solo había recibido una, lleno de miedo la había guardado bien guardada por miedo a perderla y ahora no pudo presentar ningún rendimiento. ¿Sentía que era poco lo que se le había confiado? ¿Tenia miedo a los riesgos a los que tenia que enfrentarse si se ponía a negociarlas para sacarle rendimiento? Prefirió no hacer nada, simplemente aguardar.
Lo que nos pasa a nosotros tantas veces en la vida. Decimos que no valemos, que no somos capaces, que es un peligro arriesgarse a algo nuevo, que preferimos quedarnos en nuestro conservadurismo, que nunca terminamos de ver clara a donde nos llevan esos caminos, que siempre hay dudas y miedos en nuestro interior, y nos sentimos aplanados y nunca llegaremos a destacar en nada porque no sacamos a flote aquello que somos aunque nos parezca pequeño. Olvidamos que de lo pequeño pueden salir cosas grandes y hermosas. Una semilla bien pequeña es pero si la plantamos podemos sacar no solo una planta hermosa sino también hermosos frutos.
Es lo que tenemos que aprender a hacer en la vida y tener la paciencia de la esperanza. Merece la pena esperar, merece la pena ponerse a plantar la semilla, merecen la pena las luchas y los esfuerzos, merece la pena todo el trabajo que tengamos que realizar porque estaremos en verdad haciendo un mundo nuevo. Ya no nos quedamos a comentar desilusionados los rumbos que lleva la vida y dejar que otros hagan, sino que vamos a poner manos a la obra porque somos nosotros los que tenemos que hacer.
De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos. Es la esperanza que siempre tiene que estar presente en nuestra vida y que nos llenará de luz y saltará por encima de nuestros cansancios y desilusiones. No nos crucemos de brazos. Hagamos florecer nuestro rosal.

lunes, 27 de mayo de 2019

Llenémonos de la verdadera espiritualidad cristiana que tiene su fuente en el Espíritu que Jesús nos promete y nos envía



Llenémonos de la verdadera espiritualidad cristiana que tiene su fuente en el Espíritu que Jesús nos promete y nos envía

Hechos de los apóstoles 16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a
Muchas veces en la vida nos encontramos sin fuerzas para emprender la tarea que tenemos que realizar, no sabemos cómo comenzar y parece como que nos encontramos a oscuras sin saber realmente a donde ir. Nos entra la desgana, nos sentimos sin fuerzas o sin motivaciones interiores para la lucha de cada día, nos sentimos incapaces porque quizá no terminamos de conocernos a nosotros mismos y vemos más bien defectos y limitaciones pero no hemos llegado a descubrir todos los valores que hay en nuestro interior y que nos capacitarían para cosas bien importantes.
La vida se nos vuelve complicada desde las distintas tareas que tenemos que afrontar, pero también desde los problemas que se nos acumulan y a los que no terminamos de dar respuesta o no sabemos cómo afrontarlos. Eso nos hace que nos entre la desgana o el desánimo y antes de emprender las tareas nos parecen como montañas inalcanzables.
No nos damos cuenta que la subida hay que hacerla paso a paso y no podemos pretender llegar a lo alto de la montaña sin haber dado antes todos los pasos de la escalada. Cada paso ha de tener su momento y su sabor, cada momento hemos de vivirlo y disfrutarlo; pasos que no podemos ver como tormentos sino como peldaños en esa ascensión que nos llevarán paso a paso a poder disfrutar al final de la altura conseguida.
Y es que nos falta en ocasiones esa fuerza interior, ese creer también en nosotros mismos y nuestras posibilidades, tener claras las metas y los ideales de nuestra vida dándonos cuenta que merece la pena luchar por alcanzarlos.
Eso nos sucede en todas las facetas de nuestra vida, desde esas responsabilidades que cada uno tiene cada día consigo mismo y con aquellos que caminan con él ese camino de la vida, pero también de esos compromisos que adquirimos en nuestro trabajo, en esa sociedad en la que vivimos. Eso nos sucede en nuestro mundo interior, en que muchas veces nos parece encontrarnos vacíos y sin fuerzas, porque quizá no hemos cultivado nuestro espíritu como tendríamos que haberlo hecho; eso nos sucede en el mundo de la fe que vivimos y a la que no siempre damos la debida profundidad y en todo lo que es nuestro compromiso cristiano.
Tendríamos que ser más hombres y mujeres llenos de espíritu, espirituales; tendríamos que saber cultivar una espiritualidad profundo en nosotros que nos eleve porque vivimos demasiado apegados a las cosas materiales como si fueran lo único de nuestra vida. El hombre espiritual tiene fuerza interior, pone metas altas en su vida, se llena de trascendencia porque siempre tiende a ir más allá de lo que ahora tiene simplemente delante de sus narices, sabe darle profundidad a su vida.
Hoy nos habla Jesús de esa presencia del Espíritu en nuestras vidas. Como creyentes en Jesús sabemos que no es solo una cosa que tengamos por nosotros mismos. Es cierto que en nosotros hay esa hambre, podríamos decir, de algo grande pero sabemos que es algo que por si mismo nos supera. No es solo una fuerza que encontremos en nosotros mismos, aunque seamos capaces de muchas y grandes cosas, sino que es la fuerza que nos viene de lo alto, que nos viene de Dios.
Mucho podían saber, después de todo el tiempo que habían estado con Jesús, de lo que habían de hacer para vivir el Reino de Dios, pero tenían que ser conscientes de que un día aparecerían dificultades y hasta persecuciones desde el interior de ellos mismos por esas desganas y desilusiones que se nos meten en la vida como antes decíamos pero también desde el exterior de ese mundo que les rodeaba – Jesús les anuncia esas persecuciones – por eso Jesús les promete la presencia del Espíritu.
El Espíritu que les recordaría cuanto Jesús les había enseñado, pero el Espíritu que seria su fortaleza para esa tarea que Jesús les encomendaba. Habían de dejarse llenar del Espíritu, para no perder la meta, para sentirse siempre con fuerzas, para sentirse como elevados y transportados mas allá de esos contratiempos que se iban a encontrar en la vida. El Espíritu que de verdad les haría fuertes interiormente.
Es esa espiritualidad que nosotros hemos de buscar, porque no nos apoyamos en nosotros mismos, por mucha fuerza de voluntad que tengamos. Necesitamos esa gracia, esa luz sobrenatural, esa presencia del Espíritu del Señor en nuestra vida. Es lo que nos dará verdadera profundidad a nuestro ser, es quien nos hará sentirnos seguros y con fuerzas descubriendo al mismo tiempo todos los valores que tenemos en nuestra vida, es lo que nos elevará y nos llenará de trascendencia para no quedarnos meramente en lo material o en lo terreno que aquí podemos tener o vivir.
Llenémonos de la verdadera espiritualidad cristiana que tiene su fuente en el Espíritu Santo que Jesús nos promete y nos envía.

viernes, 26 de abril de 2019

Vayamos a Jesús con nuestras redes una veces vacías por las desilusiones y siempre llenas cuando nos fiamos de Jesús


Vayamos a Jesús con nuestras redes una veces vacías por las desilusiones y siempre llenas cuando nos fiamos de Jesús

Hechos 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14
‘Y aquella noche no cogieron nada…’ Habían vuelto a Galilea después de todo lo que había acontecido en Jerusalén. Eran también las indicaciones del Maestro. Allá estaban de nuevo en su tierra y en sus casas. ¿Aburridos quizá cuando tanta había sido la actividad que habían tenido con Jesús? ¿Desalentados porque un poco se habían frustrado sus esperanzas? ¿Qué hacer? ¿Volver a la tarea de siempre? Allí estaban las barcas con todos sus aparejos.
Después de intensas actividades, cuando nos suceden cosas que nos desconciertan y tienen el peligro de apagar nuestras esperanzas, nos quedamos en ocasiones en ese tiempo o ese estado en el que no sabemos que hacer. Quizás aquello que habíamos emprendido con tanta ilusión parece que se nos viene abajo y algo tenemos que recomenzar. ¿Una tarea nueva? ¿Una nueva aventura de explorar nuevos campos? ¿Volvernos quizá a lo de siempre? Nos hace falta algo, un revulsivo que nos despierte; hacemos tentativas pero parece como que no estamos muy estabilizados en aquello que hacemos o las cosas no nos salen.
Es Pedro en este caso como en tantas ocasiones – madera de líder – el que se decide. ‘Me voy a pescar’ Y es cuando los demás dicen también ‘nos vamos contigo’. El evangelista nos detalla aunque no nos da el nombre de todos los que se fueron a pescar aquella noche. Pero una noche más de fracaso; después de tanto esfuerzo y trabajo no han cogido nada. ¿Un nuevo fracaso a añadir para la desilusión?
En la orilla hay alguien que pregunta que si han cogido peces. A la respuesta negativa – y vamos a ver con qué malos humores, porque todos somos humanos – aquel desconocido se atreve a indicarles que lancen la red por el otro lado de la barca. Por probar no pasa nada y se confían. Merecía la pena confiarse, porque la pesca resulto sorprendentemente muy grande cuando se habían pasado toda la noche faenando sin coger nada. Ahora sí que volvía la alegría a sus rostros a pesar del esfuerzo.
Pero es uno de los discípulos – el que era especialmente amado por Jesús – el que le susurra a Pedro que ‘es el Señor’. No hace falta nada más, pues Pedro los deja a todos en la estacada y se lanza al agua tal como estaba porque quería llegar pronto a los pies de Jesús a pesar de que solo estaban como a unos cien metros de la orilla. Es el impulso del amor, de quien tanto amaba a Jesús.
Allí estaba el que podía levantarles los corazones de nuevo, el que les hacia renacer las esperanzas, el que llenaba su corazón de alegría en el amor. Los demás discípulos arrastran la red a tierra y vienen también al encuentro con Jesús. Allí están ante Jesús llenos de alegría; allí están con las redes que habían sido de sus desilusiones pero ahora repleta porque Jesús les ha llenado de vida.
Como tenemos que aprender nosotros ir hasta Jesús, con lo que somos, con nuestros momentos negativos, pero también con esa luz que Jesús nos da y pone un sentido nuevo a nuestra existencia. Tenemos que dejarnos conducir por Jesús, porque no podemos caminar solos y a nuestra manera. Cuando nos quedamos en nuestro yo o en nuestras apetencias nada más, vemos que las redes se van a quedar vacías. No pensemos que por nosotros mismos sabemos manejar los aparejos de la vida, sino que tenemos que aprender a dejarnos llenar por la Sabiduría del Espíritu. Tenemos que aprender a realizar en todo la obra de Jesús.

miércoles, 24 de abril de 2019

Una fe que nos abre a la luz, a la vida, al amor, a la acogida, a la hospitalidad, que nos abre a Jesús que está a nuestro lado en los hermanos que hacen el camino con nosotros


Una fe que nos abre a la luz, a la vida, al amor, a la acogida, a la hospitalidad, que nos abre a Jesús que está a nuestro lado en los hermanos que hacen el camino con nosotros

Hechos 3,1-10; Sal 104;  Lucas 24,13-35
Hay acontecimientos, hay cosas que nos suceden en la vida que nos dejan planchados, nos llenan de desilusión y parece que se nos pierden las esperanzas. Esperábamos algo bueno y nos sucede lo contrario; habíamos puesto la esperanza en un proyecto que trabajábamos con ilusión y sucede algo que no nos deja realizarlo o parece que la vida se nos hace imposible; habíamos puesto la confianza en una persona, pero luego descubrimos que las cosas no eran como aparentaban porque nos falló.
Y en esos momentos de desilusión todo se nos vuelve negro y hasta nos cuesta pensar, o encontrar algo positivo por lo que seguir luchando; tenemos la tentación de la huída, de dejarlo todo, de olvidarnos de aquellas ilusiones que teníamos en la vida, y la cabeza nos da vueltas y más vueltas sin encontrar un rayo de luz. Puede haber a nuestro lado cosas muy positivas, pero  no somos capaces de verlo, no tenemos ánimos para tratar de recomenzar de nuevo y poner la ilusión en algo nuevo.
Se nos ciegan los ojos y se nos ciega la mente. Alguna vez habremos pasado por algo así, o contemplamos a alguien a nuestro alrededor que cae en esas depresiones. ¿Cómo levantarnos? ¿Cómo ayudar al que vemos que se encuentra en una situación así?
Así iban en la tarde aquellos dos discípulos que hacían el camino de Emaús. Ya desde la mañana y la tarde del viernes habían aparecido los miedos y comenzaba a caminar el desánimo en sus corazones. Por el descanso sabático encerrados se habían quedado y en la mañana de aquel primer día de la semana aunque llegaban algunas noticias por parte de las mujeres que decían que el sepulcro estaba vacío y hablaban de visiones de ángeles habían aguantado pero ahora se habían marchado camino de su pueblo. Pero en su mente y en sus conversaciones no hay otros pensamientos ni otras palabras sino repetirse una y otra vez todo lo que había sucedido.
Les había alcanzado un caminante que se había puesto a su lado. Intentando entrar en conversación les pregunta qué les pasa que los ve tan sombríos y cabizbajos. ‘¿Eres tú el único que en Jerusalén no se ha enterado de lo que pasa en estos días?' Fue la respuesta. Y le explican lo sucedido y cómo sus esperanzas están por los suelos. ‘Nosotros esperábamos que El fuera el futuro liberador de Israel’, le manifiestan.
Y aquel caminante desconocido – ellos no se habían fijado en quien era – comienza a explicarles todo lo que en la Escritura estaba anunciado y que en Jesús se cumplía. Iban tan absortos en sus explicaciones – mas tarde dirían que les ardía el corazón por dentro mientas les hablaba – que entraba la noche, pero ellos llegaban a su destino. El que les acompañaba hizo ademán de querer seguir adelante en su camino y ahora son ellos los que olvidando sus preocupaciones tratan de convencerle que se quede que los caminos con peligrosos en la noche.
‘Quédate con nosotros por atardece’, le ofrecen y abren las puertas de sus casas en gesto de hospitalidad para que permanezca con ellos y no siga el camino. Se sentían tan a gusto con El, aunque aun no lo habían reconocido. En su hospitalidad y acogida pronto estarán sentados a la mesa compartiendo el pan. Y será entonces cuando reconozcan a Jesús, se les abran los ojos. El amor de la acogida y la hospitalidad abrió sus corazones y en ellos se hizo presente Jesús que caminaba a su lado sin ellos saberlo. En su alegría correrán de nuevo a Jerusalén – no importa ya la noche – para anunciar la experiencia que habían tenido de su encuentro con Jesús y cómo de nuevo renacían sus esperanzas.
Es el camino de nuestra vida, el que recorremos tantas veces y en el que tendríamos que saber descubrir la presencia de Jesús. Vamos demasiado enfrascados en nosotros mismos, en lo que vivimos, lo que son nuestros problemas y nuestras angustias, lo que son nuestras luchas de cada día, lo que son las esperanzas que vivimos en unos momentos pero también las desilusiones que nos aparecen de pronto tantas veces. Nos parece que vamos solos, pero junto a nosotros está y no lo conocemos.
Despertemos nuestra fe. Una fe que no se queda encerrada en unos conceptos que podamos plasmar quizá en unos libros; una fe que tiene que envolver totalmente nuestra vida; una fe que nos abre a la luz, a la vida, al amor, a la acogida, a la hospitalidad, que nos abre a Jesús que llega a nosotros de mil maneras, a Jesús que está a nuestro lado en los hermanos que hacen el camino con nosotros.
Cristo resucitado nos envuelva con su luz.