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martes, 6 de octubre de 2026

Sepamos cultivar esa planta de la amistad con Jesús sabiendo estar a su lado y disfrutar en silencio del perfume de su presencia que es la verdadera oración

 


Sepamos cultivar esa planta de la amistad con Jesús sabiendo estar a su lado y disfrutar en silencio del perfume de su presencia que es la verdadera oración

 Gálatas 1, 13-24; Salmo 138; Lucas 10, 38-42

Las amistades son una planta que hemos de saber cuidar bien y con mucha atención; una amistad descuidada es una planta marchita que si no se reaviva pronto se seca y se muere; no nos vale decir somos amigos porque un día nos encontramos y saludamos, hablamos quizás un poco, pero luego cada uno siguió por su lado y no cuidamos nuevos encuentros y comunicaciones, nuevas muestras de afecto y cercanía para mantener viva aquella planta que nos pudo dar flores hermosas; de la misma manera que tan pronto brota la primera flor ya queremos cogerla y acapararla haciéndonos dueños de ella para hacer lo que nos apetezca; el cultivo lleva su tiempo, es necesario tener paciencia, no pedir antes de tiempo unos frutos que no han madurado, porque lo que hacemos es malograr esa planta. Cuánto tendríamos que aprender en este sentido porque algunas veces parece que queremos edificar comenzando por las ventanas o por el techo sin poner los necesarios sólidos cimientos.

Hoy el evangelio nos habla de unas amistades de Jesús, aquel hogar y aquella familia de Betania que vemos ya compuesta solo por tres hermanos, Marta, María y Lázaro. Hoy se nos presenta una escena que podríamos llamar bucólica; Jesús que llega con sus discípulos, aquella casa quedaba a paso del camino que subía a Jerusalén y por el que habitualmente transitaban los peregrinos que venían de Galilea a través del valle del Jordán.

Nos podemos imaginar fácilmente la escena y el lugar, el patio con sus lugares de sombra para el descanso, el pozo de donde sacar el agua necesaria, el resto del hogar. Allí descansa Jesús; varias veces el evangelio nos mencionará Betania como lugar a donde Jesús solía retirarse estando en Jerusalén por su cercanía. La hermana mayor con esa hospitalidad tan propia del lugar que anda afanada en los preparativos para la acogida de aquel grupo que ha llegado a su casa, María que hace los honores de estar junto a su huésped en amena conversación, aunque surgirán las quejas de Marta porque su hermana estaba embelesada con las palabras de Jesús y no le presta ninguna ayuda. Pero ambas están expresando todos los valores de la hospitalidad y de la acogida y cultivando aquella amistad surgida entre unos y otros.

Es una amistad que se está construyendo y que tendrá su proceso, porque cuando lleguen los momentos difíciles de la enfermedad de uno de los miembros de la familia querrán tener a Jesús con ellos que, aunque avisado, llegará tarde al encuentro. Todo servirá para hacer crecer aquella amistad, que va más allá de unos afectos humanos porque se llenará de trascendencia y una fe sometida a prueba saldrá fortalecida porque sentirán en sus vidas la acción maravillosa de Dios.

Muchas conclusiones podemos ir deduciendo, por una parte, para lo que son nuestras amistades humanas, como decíamos antes, que tenemos que saber cultivar para que se mantengan firmes a pesar de los contratiempos o malentendidos que pudieran surgir; la solución no son las rupturas aunque son posibles las quejas llenas de comprensión; cuánto nos cuesta en ocasiones cómo por cualquier dificultad en que nos pareció que no éramos bien atendidos por el amigo pronto le dimos la espalda olvidando tantos momentos de estar sentados en el patio de la vida simplemente escuchándonos el uno al otro.

Pero trémolo también en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Tenemos que aprender a sentarnos a los pies de Jesús para escucharle, para gozarnos con la paz de su presencia; nuestra oración no puede ser solo un listado de peticiones que llevamos en nuestro portafolio cuando vamos a la audiencia del Señor todopoderoso. Como Marta y como María tenemos que saber ponernos ante El, también con nuestros agobios y muchas preocupaciones de cosas por hacer como Marta, pero con el silencio de María que se sienta a sus pies para escuchar o para disfrutar de su presencia.

No temamos al momento de silencio de nuestros ratos de oración, de esos momentos incluso en que nos parece que andamos perdidos pero que simplemente allí estamos, y allí estamos porque nos sentimos bien, allí estamos porque estamos disfrutando del momento, de una presencia, de un silencio y de una paz en el alma, allí estamos porque queremos escuchar pero para escuchar necesitamos de ese silencio, de ese no andar preocupados por nuestras cosas o quehaceres o incluso los problemas que veamos alrededor, sino escuchar lo que allá en lo más hondo de nosotros mismos vamos sintiendo que irá dando respuesta, seguro que sí, a todas esas cosas o preocupaciones que están ahí encerradas en lo más hondo de nosotros mismos.

Estaremos creciendo en amistad con nuestro Dios; estaremos creciendo en lo que tiene que ser nuestra vida y nuestro seguimiento de Jesús.


viernes, 2 de octubre de 2026

En lo pequeño y en lo sencillo construimos el Reino de Dios, pero en lo pequeño y lo sencillo se nos manifiesta Dios, escuchemos a los santos ángeles que nos hacen sentir a Dios

 


En lo pequeño y en lo sencillo construimos el Reino de Dios, pero en lo pequeño y lo sencillo se nos manifiesta Dios, escuchemos a los santos ángeles que nos hacen sentir a Dios

Éxodo 23, 20-23a; Salmo 90; Mateo 18, 1-5. 10

Como decía aquel individuo cuando estaba buscando algo que necesitaba ‘grande, ande o no ande’; como sea algo aparatoso, portentoso ya nos vale para expresar lo que somos o lo que valemos; por eso andamos buscando en la vida esas manifestaciones de nuestra grandeza o de nuestro poder, aunque se nos quede solo en vanidad y en apariencia, pero ya cuidaremos de mostrar nuestra autosuficiencia, nuestras grandezas, nuestras vanidades aunque luego andemos vacíos por dentro. Es una tentación, en muchas ocasiones muy sutil, que nos persigue, aunque a la hora de hablar de lo que realmente nos importa tratemos de disimular, ocultando lo que son las verdaderas ambiciones que llevamos dentro.

No es precisamente en esa ostentación, en esa vanidad, en esas apariencias donde vamos a encontrar lo que verdaderamente nos satisfaga y nos haga encontrar nuestra verdadera grandeza. Pero ya buscamos la forma de disimularlo, pero bien sabemos lo que buscamos allá desde lo más hondo de nosotros mismos. Hoy Jesús nos está diciendo en el evangelio que otros son los parámetros que debemos tener en cuenta. Nos cuesta, sin embargo, muchas veces entender lo que Jesús quiere decirnos y ya nos hacemos nuestras interpretaciones para justificar lo que realmente buscamos.

¿Quien es el más importante en el reino de los cielos?, se preguntan muchos en el entorno de Jesús. Los mismos discípulos más cercanos a Jesús no son ajenos a estas preguntas, por las que los encontraremos muchas veces discutiendo, y a estos deseos, aunque habrá quienes entre aquellos que se consideran más cumplidores que nadie, cómo eran los maestros de la ley y los fariseos, que vienen también con esa misma pregunta a Jesús. Nos la encontraremos varias veces en el evangelio.

La respuesta hoy Jesús nos la da de una manera gráfica. Coge a un niño, lo pone en medio de todos, y nos dice que quien acoge a un niño como aquel es el que va a poder entrar en el Reino de los cielos, quien va a ser verdaderamente importante en el Reino de los cielos. Y nos habla de hacernos niños, pequeños y sencillos, personas que aparentemente nada significan y que no se crean con importancia, porque es la manera de acoger a Jesús. y su palabra. 

La imagen del niño viene a representar mucho en aquella época y en aquella cultura, porque el niño, por así decirlo, no representaba nada, era considerado como un ser sin valor, no se le tenía en cuenta, no tenía ningún derecho; hemos de saber entender lo que eran las costumbres y la cultura de la época.

Por esos caminos humildes y de sencillez han de ir nuestros valores; pero es que por ese camino humilde y sencillo es cómo podemos llegar a Dios, es desde ese corazón humilde y sencillo que está vaciado de vanidades y de ínfulas de soberbia desde el que podemos escuchar a Dios y encontrarnos con El. 

Tenemos que pensarlo bien cuando rodeamos muchas veces nuestra religiosidad y nuestra espiritualidad de signos de grandeza y ostentación que se nos puede quedar en humo que se disipa sin que de verdad desde nuestro corazón sintonicemos con Dios. De muchas cosas tenemos que despojarnos para que solo brille y resplandezca en nuestro corazón y en las manifestaciones religiosas que hagamos la luz de Dios. ¿Estaremos poniendo muchos velos superficiales de falsa espiritualidad en nuestras relaciones con Dios como es nuestra oración y nuestro culto?

Tenemos que saber discernir ese susurro de Dios que nos llega en el silencio de nuestro corazón que con la presencia de los santos ángeles nos hacen encontrarnos con Dios en lo más secreto de nosotros mismos. Hoy precisamente estamos celebrando la fiesta de los santos Ángeles Custodios que son los que nos hacen sentir la verdadera espiritualidad, que es el auténtico encuentro con Dios. Cuando Jesús nos ha propuesto al niño pequeño y humilde al que tenemos que acoger para sentir en el pequeño esa presencia de Dios nos ha dicho también que sus ángeles están en el cielo al mismo tiempo contemplando el rostro de Dios. 

¿No tendríamos que aprender a descubrir ese actuar de Dios en nosotros a través de eso pequeño y sencillo que nos está hablando de Dios, que nos hace sentir su presencia? Estemos atentos a esos ángeles de Dios que en lo pequeño y en lo sencillo nos hacen sentir la presencia y la fuerza de Dios en nuestras vidas.


lunes, 28 de septiembre de 2026

Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 


Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 Job 1, 6-22; Salmo 16; Lucas 9, 46-50

Parece que no nos cabe en la cabeza de que en la vida no todos somos igualmente importantes; pronto nos hacemos nuestras escalas y jerarquías de quienes son los importantes y en consecuencia los poderosos, mientras los demás son los del montón que no tendrían que hacer otra cosa que estar bajo la dependencia de esos que se consideran más importantes o más poderosos; parece que eso fuera parte de nuestra condición humana dado que nos parece verlo siempre con toda normalidad.

De alguna manera todos tenemos la tentación aunque muchas veces tratemos de disimularla, pero nos gusta un escaño alto. Les pasaba también a los discípulos de Jesús que le oían hablar de un reino y ellos lo materializaban bastante buscando además el lugar que allí habían de ocupar, por lo que andaba en ocasiones a la greña entre unos y otros por estos motivos. Y el evangelista no nos oculta esas ambiciones y esas debilidades de los que siguen a Jesús, porque de alguna manera nos está retratando y es necesario que nosotros seamos capaces de reconocer que estamos en esa fotografía, porque además es ocasión para Jesús de dejarnos hermosas enseñanzas como hoy ocurre.

Han estado discutiendo entre ellos eso de la importancia o de quien va a ocupar ese primer lugar en el Reino de Dios. En una ocasión en que Jesús les pregunta de qué hablaban por el camino se sienten azorados porque reconocen que esos sueños están muy lejos de lo que Jesús quiere proponernos cuando nos habla del Reino de Dios. En esta ocasión Jesús va directamente al grano sabiendo cuales eran sus ambiciones y nos deja una hermosa lección. Pone a un niño pequeño en medio de ellos y les dice que quien no se haga como un niño pequeño no es digno del reino de Dios. Porque ‘el que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’, les dice.

En la cultura de la época un niño era poco considerado, poco tenido en cuenta, era considerado algo así como un incapaz al que no hay que tener en cuenta porque poco podría aportar, no sirve aun ni para el trabajo. Y Jesús habla de acoger a un niño, que es como acogerlo a Él. Ya estarían pensando los que le escuchaba ‘pero si tú eres el maestro’, ¿cómo vamos a comparar a un niño con su infantil ignorancia con el Maestro? Y Jesús termina afirmando ‘el más pequeño entre vosotros es el más importante’.

¡Cómo tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad! No importa que nos parezca pequeña, no importa que sea un ignorante o sea cual sea su condición, no importa ni el color de su piel ni su raza, no importa su lugar de origen o donde pueda ahora habitar, no importa que sea conocido y reconocido o que nos parezca, como decimos, un don nadie… creo que en esto tenemos que pensar mucho y analizar nuestras actitudes y comportamientos con toda crudeza y con todo detalle. Pero nos hacemos estas valoraciones de las personas, porque tenemos muchos descartes, porque ponemos muchas pegas y nos hacemos muchas comparaciones, porque seguimos viendo al otro como un contrincante que nos puede quitar lo que nosotros por costumbre o por lo que sea consideramos muy nuestro. En esta época con tanta movilidad de las personas de un lugar a otro creo que nos daría mucho que pensar.

Y en esa aceptación y respeto que hemos de tener hacia toda persona entraría también otra cosa que Jesús nos está señalando, la valoración de lo que hacen los demás. Nos creemos tantas veces los únicos porque somos los que sabemos hacer las cosas, y vienen las discriminaciones y como decíamos antes los descartes, viene el restar importancia a lo que puedan hacer los otros porque nadie lo puede hacer tan bien como yo, y vienen las desconfianzas y los rechazos que hacemos a lo que hacen los demás de bueno, porque nos creemos que eso es cosa nuestra y nadie puede hacerlo igual.

Santiago y Juan vienen a decirle a Jesús que a uno que no era de los del grupo pero que echaba demonios en nombre de Jesús se lo quisieron prohibir. ¿Cómo se atreve a invocar lo bueno en nombre de Jesús si no es del grupo de los discípulos preferidos de Jesús? ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque el que no está contra vosotros, estará a favor vuestro’. ¿Cuáles son nuestras posturas y actitudes en este sentido? Seguro que habrá muchas que mejorar.


miércoles, 16 de septiembre de 2026

Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

 


Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

1Corintios 12, 31 – 13,13; Salmo 32; Lucas 7, 31-35

Nunca llueve a gusto de todos, solemos decir muchas veces; y no es solo que no estemos nunca contentos con el tiempo meteorológico que tengamos, que si hace calor, que si hace frío, que si tenemos mal tiempo, que si los tiempos están cambiando que son temas de conversación bastante frecuentes; pero cuando empleamos esa expresión queremos decir algo más, nunca estamos contentos en cómo estamos o lo que tenemos aunque seamos nosotros mismos los que nos lo hemos labrado.

¿Descontento? ¿poca confianza en lo que hacemos? ¿inconformismo? ¿incongruencia en las actitudes o en las posturas que tomamos con las que al final ni nosotros mismos estamos de acuerdo? ¿falta de metas o de principios que den una orientación firme a nuestra vida? Yo suelo decir, sin embargo, que un cierto inconformismo sí que necesitamos en la vida, porque será también lo que nos vuelva críticos con nosotros mismos y nos haga crecer, porque nos lleve a corregirnos y a buscar siempre algo mejor para nuestra vida. Pero quizás nuestros inconformismos no siempre vayan por ese camino, sino porque no nos hacen lo que a nosotros nos agrada o nos resulta más fácil.

Jesús se pregunta a quién puede comparar aquella generación que entonces le tocó sortear. Y dirá que son como niños que no saben lo que quieren, que salen a jugar a la plaza y no terminan de ponerse de acuerdo en los juegos que les harían participar a todos. ¿Seguiremos siendo también hoy nosotros como niños que no sabemos lo que queremos?

Jesús, de alguna manera, hace una comparación en las reacciones que tuvieron cuando Juan Bautista apareció allá en el desierto a la orilla del Jordán y la reacción que ahora están teniendo con su presencia y su manera de anunciarles el Reino de Dios. Mientras había gente que iba a escuchar con gusto a Juan queriendo entrar en aquel camino de preparación para la inminente venida del Mesías, otros lo rechazaban por su austeridad, su manera de presentarse y las palabras duras que en ocasiones pronunciaba invitando a la penitencia y a la conversión; por contra otros querían restarle autoridad, allí estaban aquellas embajadas enviadas desde Jerusalén pidiéndole que se identificará claramente si era un profeta o si era el Mesías.

Pero es lo que está sucediendo con Jesús; hay multitudes que le aclaman y reconocen los signos que realiza a pesar de que muchas veces se puede quedar en un entusiasmo pasajero, mientras otros ponen en duda su autoridad y su poder atribuyéndole incongruentemente poderes satánicos a la hora de realizar milagros o expulsiones de demonios, como tampoco le aceptarán considerándolo un desprestigio el que coma y se reúna con publicanos y pecadores.

¿Quien tendrá la razón? ¿donde encontrar la verdadera sabiduría que nos haga discernir bien las opciones que hemos de tomar?

Pero claro que cuando escuchamos este mensaje del evangelio no nos quedamos en un ojo crítico con lo que sucedía en aquellos tiempos y nos narra el evangelista, sino que ahí tenemos que saber descubrir una plantilla de lo que ahora a nosotros mismos nos pueda suceder. ¿Cómo escuchamos y qué valor le damos a lo que la Iglesia hoy nos enseña y nos propone en nombre del evangelio en este momento concreto de nuestra historia? ¿Cuál es la atención que le prestamos a la voz del Papa o de nuestros pastores más directos? ¿Qué interpretaciones hacemos?

Como decíamos al principio no siempre llueve al gusto de todos y cada uno quiere acercar el ascua a su sardina; según los presupuestos que tengamos en nuestra mente queremos aplicar o queremos dejar de lado lo que la Iglesia nos propone a través de sus pastores. Y entramos en catalogaciones, y hablamos de tendencias, y hacemos comparaciones con las maneras de actuar de los dirigentes o de las ideologías del momento.

¿No seríamos capaces de pensar que es el Espíritu del Señor el que en verdad guía a la Iglesia y esa diversidad que algunas veces nos parece encontrar sea lo que en cada momento, y a través del pastor que Dios nos ha dado en ese momento, es lo que necesitábamos para el anuncio del Reino en el mundo concreto en que vivimos? Mucho tenemos que discernir y muchos tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu que nos llena de la verdadera sabiduría.


sábado, 5 de septiembre de 2026

Una nueva dinámica de amor que nos pone en camino de una nueva comunión, que se hace acogida y reconciliación, para sentir entre nosotros la presencia del Señor

 



Una nueva dinámica de amor que nos pone en camino de una nueva comunión, que se hace acogida y reconciliación, para sentir entre nosotros la presencia del Señor

Ezequiel 33, 7-9; Salmo 94; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20

Cuando Jesús, por así decirlo, quiere darnos más motivos para que amemos a los demás y además lo hagamos con el mismo amor que Él nos tiene, nos enseña como en el rostro del pobre, del inmigrante, del forastero, del hambriento y del enfermo, sea quien sea, venga de donde venga, teníamos que verle a Él, porque lo que al otro le hiciéramos se lo estábamos haciendo a Él y nos estaba enseñando ese ministerio y servicio de la acogida en el que todos tenemos que estar apuntados; todos recordamos las imágenes con las que nos habla en el juicio final.

Pero podríamos decir que hoy da un paso más, nos hace subir en nuevo escalón, nos hace entrar en una nueva dinámica que podíamos decir una nueva espiritualidad, nos hace entrar en una nueva exquisitez cuando nos dice que allí donde estemos reunidos, los que sean, en su nombre, allí podemos tener la certeza y seguridad que está El. No es necesario que sea una reunión de santos, de personajes especiales, de quienes hayan hecho cosas extraordinarias, sencillamente los que queremos vivir en el nombre de Jesús, también con nuestras debilidades y tropiezos – que para eso ya nos dirá algo más -, con nuestra fragilidad y con nuestro pecado, con nuestra vida corriente y también a partir de nuestras pequeñas cosas no siempre hechas con toda perfección, allí estará Él en medio de nosotros.

Nos está hablando de un nuevo sentido de vivir, nos está diciendo que para ser en verdad sus seguidores, para sentir cómo nos ama y camina con nosotros hemos de entrar en la dinámica de la comunión, de sentirnos hermanos, de vivir el sentido de comunidad. Nuestro camino no es ir cada uno por su lado, aunque cada uno tengamos que desarrollar nuestras cualidades y también nuestras responsabilidades, nuestro camino siempre ha de ser el de encuentro y la reconciliación, de vivir esa maravillosa experiencia del amor, pero de una forma concreta con todos aquellos que caminan a nuestro lado, sean quienes sean, o sean como sean.

No es el camino de los perfectos, sino de los que hacen santidad cayéndose y levantándose, pero también siempre con la disponibilidad para acoger y para ayudar a levantarse al que cae a nuestro lado; es siempre camino de acogida, que tiene que hacerse más delicada y exquisita con los más débiles, y es camino siempre abierto a la reconciliación, nunca para el juicio y la condena, porque es tarea en la que todos siempre nos hemos de sentir comprometidos y en la que mutuamente con la mayor delicadeza hemos de ayudarnos.

Nos dice hoy Jesús cosas muy importantes. Nos quiere unidos, nos quiere acogedores, nos quiere personas de paz, nos quiere agentes de reconciliación, nos quiere pastores que cuidan el rebaño y han de saber ir a donde sea y hacer lo necesario para reencontrar a la oveja extraviada. El Reino de Dios es recinto abierto del que nadie ha de ser excluido por muy malvado o pecador que sea porque todos somos amados y es el amor que parte de Dios el que construye y constituye ese reino; y también los pecadores son amados, y también los que puedan parecer personas inmundas tienen derecho a tocar la orla del manto para llevar a revestirse de Jesús; y todo tienen que caber en nuestro corazón y en nuestra oración porque sería menos eficaz si no dejamos sentarse a todos en el corro de nuestra oración.

Si cuando estamos reunidos en su nombre tenemos la certeza de que Él está en medio de nosotros ¿quienes somos nosotros para excluir a nadie de esa reunión en el nombre de Jesús? Por eso nuestra vestidura principal tiene que ser la de la misericordia, que siempre nos hace comprensivos y acogedores, pero aunque mucho nos llenemos la boca de esa palabra ¿somos en verdad testigos de la misericordia, estamos revestidos en verdad de misericordia y comprensión, dando verdaderas muestras de acogida a todos, en el ámbito de nuestras comunidades y de nuestra Iglesia?

¿Realmente de qué estamos más preocupados? ¿Solo de la apariencia de la santidad o porque con nuestro amor ponemos santidad en nuestros corazones para purificar nuestros más hondos sentimientos y actitudes de nuestra vida? Es mucho lo que hoy nos dice el evangelio.


domingo, 16 de agosto de 2026

Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

 


Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

Isaías 56, 1. 6-7; Salmo 66; Romanos 11, 13-15. 29-32;Mateo 15, 21-28

‘Mira qué vas a hacer, porque esto es ya un fastidio’, algo así quizás habremos dicho alguna vez, o lo hemos escuchado de una forma directa y clara o con insinuaciones porque de alguna manera nos parecemos a los políticos que quieren quedar siempre bien pasándole la pelota a otros; y digo que lo hemos dicho cuando nos encontramos manifestaciones que reivindican o reclaman derechos o cosas que necesitan, cuando se acumulan personas y situaciones que nos parecen ajenas pero que han rebotado en nuestros lares, cuando quizás nos vemos impotentes pero quizás por nuestra falta de decisión o por pensar solo en nosotros mismos, porque esas personas que nos están llegando parece o que van a cambiar nuestras costumbres o a quitarnos el pan que nosotros pretendemos ganar cuando ellos traen tras de sí más miserias y necesidades de las que podemos imaginar.

He querido describir y contemplar ese cuadro que además hemos de reconocer que es incompleto cuando escuchamos este texto del evangelio en que Jesús, saliéndose del propio territorio de Israel y Palestina, ha llegado a unos territorios paganos en que una cananea va gritando tras Jesús pidiendo compasión porque tiene una hija con una grave enfermedad, poseída por el maligno como era la expresión más usual. Parece que Jesús no atiende a la petición de esta Cananea y serán los discípulos los que al final cansados de aquellos gritos que los persiguen le piden a Jesús que haga algo, aunque sea para quitársela de encima.

La fe y la confianza de aquella mujer se está viendo puesta a prueba. Jesús y aquel grupo de discípulos que la acompañan son judíos, con sus propias convicciones y planteamientos, mientras que ella es una pagana. Pero terminará diciendo ante el aparente rechazo de Jesús ‘también los perritos terminan comiendo las migajas que caen de la mesa de sus amos’, haciendo referencia a la manera que tenían habitualmente los judíos más radicales de mirar a los que no fueran judíos; ni en sus casas querían entrar, cuanto menos hacerles un favor.

Pero Jesús admira la fe de aquella mujer que se mantiene constante en su confianza y en su petición. Habrá otra ocasión en que Jesús también se admira de la fe de un pagano, como será el caso del centurión que pedía la salud para su criado enfermo al que miraba como un hijo. ‘No he encontrado en Israel nadie con tanta fe’, dirá entonces; ahora le dice a la mujer que vaya y que se cumpla conforme ha creído. Ya en otro momento nos dirá que vendrán de Oriente y de Occidente quienes se sienten en la mesa del reino de los cielos frente al rechazo que los hijos de Israel están haciendo del mensaje del evangelio.

Con Jesús se romperán todas las barreras que imponen limitaciones o que crean distancias. Recordemos que cuando nos habla del amor nos dirá y con gran exigencia que hemos de amar también a los enemigos, y saludar a los que no nos saludan, y prestar también a quienes no colaboran con nosotros porque el sol sale para todos, para justos y para injustos. Con Jesús ya no valen los condicionamientos sociales ya sean mujeres o ya sean niños, ya sean considerados buena gente o ya sean considerados pecadores porque la mujer pecadora lavará y perfumará sus pies o Zaqueo el publicano lo hospedará en su casa, con Jesús se caen las barreras de las impurezas legales porque dejará que el leproso llegue ante Él y extenderá su mano para tocarlo y quede limpio o la hemorroísa podrá tocar la orla de su manto para curarse de sus hemorragias, ya no hay limitaciones que nos imposibiliten ir al paso de los demás porque si es necesario la camilla bajará desde el techo para poder llegar a los pies de Jesús, ni soledades que aíslen porque Él sabrá buscarlo para ponerle en camino al encuentro con los demás como con el paralítico de la piscina.

Lo que hoy en el evangelio nos pareciera lentitud en la reacción de Jesús ante la petición de aquella mujer cananea podríamos decir que entra en la pedagogía del evangelio porque Jesús está queriendo que nosotros nos detengamos a pensar, a reflexionar y a reaccionar. ‘Dadle vosotros de comer’, les dirá a los discípulos que le plantean que despida a la gente en el descampado para que encuentren donde comprar comida, o preguntará de cuántos panes disponen para provocar que un muchacho ofrezca sus cinco panes y dos peces para alimentar a aquella multitud.

¿No será también lo que Jesús con este evangelio está queriendo provocar en nosotros? Al comienzo de nuestra reflexión hacíamos recuento de algunas de esas situaciones que suceden a nuestro alrededor pero en las que siempre estamos esperando que sean otros los que tomen las iniciativas. ¿Cuáles son las iniciativas que nosotros somos capaces de aportar? Quejarnos es una cosa que hacemos con facilidad ante cualquier cosa que vemos a nuestro lado y nos parece que está mal, pero ¿cuál es la mano que nosotros estamos dispuestos a poner? ¿Le habremos mirado a los ojos a esas personas que se arraciman en nuestro entorno con sus necesidades o con sus quejas? ¿Seremos capaces de ver la historia que hay detrás de cada una de esas personas, por ejemplo, que llegan como decimos ilegalmente a nuestras costas o atraviesan nuestras fronteras?

No queremos que nos molesten, pero ¿hasta donde somos nosotros capaces de llegar?


lunes, 27 de abril de 2026

La imagen del Pastor que a todos acoge para formar un solo rebaño en torno a un único pastor nos habla de la actitud de acogida que con todos hemos de tener

 


La imagen del Pastor que a todos acoge para formar un solo rebaño en torno a un único pastor nos habla de la actitud de acogida que con todos hemos de tener

Hechos 11, 1-18; Salmo 41; Juan 10, 1-10

En este lunes siguiente al domingo del Buen Pastor sigue la liturgia y la Palabra de Dios en ella proclamada la misma imagen del Buen Pastor que ayer nos ofrecía. Muchas son las cosas que podemos reflexionar, grande es la riqueza y la belleza de esa imagen que no agota nuestras reflexiones, como no se agota el amor de Dios que se derrama sobre nuestra vida y de lo que es precisamente signo y señal esta imagen del Buen Pastor.

Como hemos reflexionado es el Pastor que nos busca y que nos cuida, que nos protege y que nos sana de nuestras heridas, que nos alimenta porque da su vida por nosotros para que tengamos vida y vida en abundancia. Es el Pastor que nos llama y nos encanta con sus silbos amorosos para atraernos a su redil donde podemos encontrarnos y amarnos a pesar de las diferencias que hay entre nosotros. Quiere que seamos un solo rebaño bajo la guía de un único pastor.

Creo que es muy importante atender a esta consideración de la acogida porque también ha de ser una buena actitud que nosotros hemos de mantener en la vida y más en estos tiempos donde por una parte son tan fáciles los enfrentamientos en este mundo de violencia en el que vivimos, pero donde tenemos el peligro de comenzar a caer también en discriminaciones con la movilidad que hoy vivimos en nuestra sociedad donde continuamente nos pueden estar llegando personas de otras culturas, con otro sentido de la vida desde la idiosincrasia de cada pueblo y de cada lugar de donde provengan esas personas que llegan a nosotros y con las que nos estamos encontrando a diario.

La emigración es una constante de nuestro tiempo y ya no es raro encontrarnos a nuestro paso con personas diferentes. Pero bien sabemos también que eso está provocando una serie de reacciones en nuestra sociedad que algunas veces se vuelven inhumanas. La tentación del racismo y la discriminación es algo que nos circunda y nos envuelve, surgen fácilmente las desconfianzas y las culpabilizaciones sin razón de ser, simplemente porque la culpa siempre tenemos que echársela al otro. ¿Tendremos en estas circunstancias auténtica humanidad en nuestro trato con esos a los que vemos diferentes y afloran los valores cristianos que tendrían que aflorar?

Qué importante que sepamos hacer florecer de nuevo valores como la acogida y el respeto a la dignidad de toda persona sea quien sea. Tenemos la tentación y el peligro de endurecer el corazón y encerrarnos cada vez más en el círculo de los nuestros dejando fuera a los que nos parecen diferentes. Nacen los resentimientos y las reticencias para aceptar a quien llega a nosotros mirándolos como seres extraños que pudieran enturbiar nuestras mutuas relaciones. 

¿Cuáles serían las actitudes que como cristianos seguidores de Jesús tendrían que brillar en nuestras costumbres y en nuestra manera de hacer las cosas? ¿En qué tendríamos que imitar a ese buen pastor al que seguimos contemplando que quiere hacer de todos un solo rebaño bajo el cayado de un único pastor?

En ese sentido nos es muy válido también el texto de los Hechos de los Apóstoles que hoy se nos ofrece. Le habían echado en cara a Pedro que había entrado en casa de gentiles a los que también había bautizado; les cuenta Pedro la visión que había tenido con aquel mantel bajado del cielo con toda clase de animales que había que sacrificar y comer; Pedro se había negado por aquello de la pureza legal de los alimentos puros e impuros, pero la voz del cielo le advierte que lo que Dios ha hecho puro no lo puede hacer impuro el hombre. Cuando Pedro hablaba a aquellos gentiles que lo habían invitado a su casa, hablándoles de Jesús y del Evangelio el Espíritu Santo se manifestó como un nuevo Pentecostés para envolver a todos los presentes. ‘¿Quién soy yo para oponerme a Dios?’, reflexionaba Pedro porque ‘también a los gentiles se les ha otorgado la conversión que lleva a la vida’.

¿Nos ayudará esto a nosotros en esa actitud de generosa acogida que siempre hemos de tener a toda persona, lejos de toda discriminación y de todo racismo al que nos vemos tentados?


miércoles, 28 de enero de 2026

La parábola del sembrador no es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida

 


La parábola del sembrador no es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida

2 Samuel 7, 4-17; Salmo 88; Marcos 4, 1-20

Pudiera parecer una escena de película con una escenografía bien preparada donde pareciera que cada detalle, cada movimiento está previamente dispuesto para dejarnos no sólo impresionar sino envolver por la dulzura y la paz que nos trasmiten sus escenas. Pero no se queda en eso lo que pretende transmitirnos hoy el evangelio. Es algo de suma importancia y algo maravilloso que se desarrolla con sencillez, tal como siempre se presenta Jesús, allá en Cafarnaún en las orillas del lago.

Poco a poco la gente había oído hablar de Jesús, escuchado por parte de muchos su mensaje que luego como pólvora se iba difundiendo en ese hermoso boca a boca como se transmiten las cosas buenas y ya no había momento en que Jesús no se encontrará rodeado de gente, no solo del lugar donde estuviera en ese momento sino venida de distintos lugares, que querían escucharle. Jesús camina entre la gente, va allí donde hacen su vida y su trabajo, como le vemos acudir también a donde la gente se reúne para orar y escuchar la Ley y los Profetas, las sinagogas. Un lugar propicio para reunirse la gente es allí donde van a comprar su pescado de los pescadores llegados del lago y donde la gente hace su convivencia y sus encuentros, ¿no sucede así en nuestros mercados que no solo se reducen a las compras que vamos a realizar sino a los saludos y a los encuentros, a las charlas y conversaciones?

Hoy es tanta la gente que se apretuja en torno a Jesús que decide subirse a una de aquellas barcas aun meciéndose en las olas del lago, para desde allí enseñar al pueblo que le escucha. No se presenta Jesús como un doctor de la ley o como aquellos escribas encargados de enseñar las Escrituras al pueblo con palabras doctas y en cierto modo repetitivas que no calen en la conciencia de los que escuchan. Ya dirán más tarde que Jesús no enseña como quien habla de palabras aprendidas de memoria, sino que se maravillan de su enseñanza, porque nadie ha enseñado como Él.

 Y sus palabras son sencillas porque les habla de lo que ven hacer o hacen ellos mismos en sus trabajos en el campo, les habla del sembrador que sale a sembrar a voleo la semilla en medio de sus campos. Una semilla sembrada así no toda caerá en la misma tierra con igual condiciones, semillas que caen en la tierra surcada y preparada pero semillas que se desbordan de los campos preparados por caminos endurecidos por el paso de personas y carruajes, en los pedregales que se forman alrededor o en medio de los zarzales y malas hierbas nacidas por doquier.

¿Desconcertará que el sembrador tenga aparentemente tan poco cuidado como que la semilla caiga en esos diferentes terrenos exponiéndose que no germinan debidamente, se seque la plata que surja por falta de raíces y humedad, o simplemente sirva de alimento a los pajarillos del cielo? Pero la intención de Jesús es clara. No niega la efectividad en sí misma que tiene la semilla, pero si nos pone en atención para que cuidemos ese terreno donde vamos a sembrarla.

Como les explicará luego a los discípulos más cercanos, aquel grupo que se había ido forjando en torno a Jesús, la semilla es el alimento de la Palabra de Dios, pero no siempre tenemos buen estómago para alimentarnos, no siempre tenemos oídos abiertos para escucharla ni tenemos las debidas disposiciones en nuestro interior para hacer que de fruto en nosotros. Nuestras preocupaciones y nuestros agobios, los afanes con que vivimos tan esclavizados por lo material que pone una coraza en nuestras vidas, la superficialidad con que vivimos que nos impide profundizar en lo que escuchamos, los intereses por los que luchamos que le están dando un sentido a nuestra vida influenciados por lo sensual, lo que me dé satisfacciones prontas aunque luego me dejan con mal sabor en la boca, las ínfulas de vanidad en las que nos envolvemos que nos hacen buscar brillos de oropeles olvidándonos donde están los verdaderos valores por los que tendríamos que luchar.

Dejemos que Jesús se siente en la barca en medio nuestro. Abramos nuestros oídos para no perder palabra, pero abramos nuestro corazón para que esa semilla de verdad se enraíce en nosotros y lleguemos a dar fruto. Cada uno sabemos las distracciones que tenemos en el corazón y hemos de saber evitarlas. Seamos campo bueno, seamos tierra buena. No es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida.


martes, 18 de noviembre de 2025

Atentos a los gestos y detalles que nos pueden llegar de la manera más insospechada y que son evangelio, buena noticia de Jesús para nuestra vida

 


Atentos a los gestos y detalles que nos pueden llegar de la manera más insospechada y que son evangelio, buena noticia de Jesús para nuestra vida

2Macabeos 6,18-31; Salmo 3; Lucas 19, 1-10

Habremos escuchado a alguien que nos ha contado su experiencia. Se considera a si mismo una persona sencilla, por así decirlo, de esas personas que pasan desapercibidas porque no les gusta estar en primeras filas, pero en aquella ocasión se sintió sorprendida, porque alguien que llegaba a su pueblo y además con cierta expectación por parte de muchos que les hubiera gustado estar con ese personaje, por así decirlo, hacerse una foto con él, sin embargo a su paso por la calle, y donde se encontraba quien nos lo cuenta, y, como decíamos tratando de pasar desapercibido, sin embargo esta persona se detuvo con él para interesarse por sus cosas e invitarle a tomar un café juntos.

Esta persona llena de sorpresa se seguía preguntando por qué precisamente con él se detuvo a hablar y tratar de pasar un rato de manera amigable. Detalles y gestos que no se olvidan, que se valoran, a los que se les da mucha importancia porque quizá levantaron nuestra autoestima al ser tenidos en cuenta, e incluso pueda suceder que muchas cosas puedan cambiar.

¿Sería lo que se estaría luego preguntando Zaqueo cuando Jesús se detiene ante la higuera tras cuyas hojas él está queriendo simplemente ver pasar a aquel profeta de Nazaret que tanto revuelo armaba entre las gentes? Era simplemente lo que había buscado, conocer a Jesús, verlo al menos pasar, que por la aglomeración de la gente por una parte, su corta estatura por otro lado, pero también por el vacío que encontraba entre los que le rodeaban porque era un publicano, había terminado por subirse a la higuera para verlo tranquilamente pasar escondido tras sus ramas y hojas. Pero Jesús se había detenido y se había puesto a hablar con él.

La cortesía y la hospitalidad tan propia de aquellos lugares le hicieron bajarse rápidamente del árbol para recibir en su casa a Jesús, que se había auto invitado a hospedarse en su casa. Sorpresa, admiración, un despertarse su autoestima al sentirse valorado con esos detalles, un torbellino de cosas tenía que estar pasando por su cabeza. Además él no era bien considerado por sus convencinos a causa de su oficio que por una parte lo había colaboracionista con los que los dominaban, y además la mala fama que se habían ganado con sus manipulaciones dinerarias que los había prestamista aprovechados y usureros. Tenía ciertamente conciencia de su situación y de lo que era su vida pero aquel gesto sorpresivo de Jesús de querer ir precisamente a su casa, que era la menos considerada y valorada por las gentes del lugar quizás le había hecho comenzar a plantearse muchas cosas.

Pero en su corazón se estaba produciendo un terremoto que no le podría dejar tranquilo, una revolución que le haría cambiar muchas cosas. Terminará diciendo Jesús al final del episodio que hoy había llegado la salvación a aquella casa. Ya escuchamos en el relato del evangelio las decisiones que tomaba Zaqueo, no solo de restituir lo que con malas artes había robado y ganado, sino además compartir su inmensa fortuna con los demás, especialmente con los pobres. Un evangelio se estaba produciendo en el corazón de Zaqueo, porque a partir de entonces este episodio iba a ser evangelio para todos, buena noticia de salvación para todos  como una invitación también a dejarnos invitar por Jesús.

Por una parte cuando escuchamos nosotros este evangelio aprendamos a dejarnos sorprender por Jesús. En nuestro camino nos podemos encontrar muchas veces el paso de Jesús, pero un paso que no quiere ser pasar de largo sino que también estará auto invitándose a hospedarse en nuestro corazón. No nos vale refugiarnos detrás de unas cortinas o de unos ramajes para que nadie se fije en nosotros  y podamos sin ninguna contraindicación de compromiso ser simplemente espectadores. Apaguemos esas músicas que nos aturden cuando andamos preocupados por nuestros prestigios o nuestros bien aparentar delante de los demás, y dejémonos interpelar por Jesús. Cuidado nos pasen desapercibidos esos gestos y detalles que va a tener con nosotros y que nos llegarán en el momento que menos esperamos, en el lugar donde no pensamos encontrarlo, o desde aquellas personas que están a nuestro lado y quizás tampoco nosotros tenemos en buena consideración. Aprendamos a valorar esos detalles y esas llamadas y tratemos de dar respuesta.

También nos queda preguntarnos qué gestos y detalles tenemos con los demás, con los que quizás son menos apreciados, que puedan ser signos de algo nuevo para sus vidas. ¿Llegaremos a ser evangelio, buena noticia con nuestras vidas para los demás?

lunes, 15 de septiembre de 2025

El perfume de una madre que nos llega desde lo alto del calvario, de quien está al pie de la cruz

 


El perfume de una madre que nos llega desde lo alto del calvario, de quien está al pie de la cruz

Timoteo 2,1-8: Salmo 27; Juan 19,25-27

Cuando llegamos de nuevo a casa, quizás después de largo tiempo ausentes, o quizás después de malas rachas que hayamos soportado en los avatares de la vida, quizás cansados después de un largo y agotador día de trabajo, o sencillamente porque hemos salido y hemos andado entretenidos en la vida, lo primero que saboreamos probablemente sea el olor de la madre, quizás aspiramos su perfume – cada uno tiene su característico olor – o escuchamos su sonrisa que suena a música, nos llega el olor que se desprende de la cocina, o sentimos el rumor de sus pasos, echamos de menos sus caricias y su abrazo o acaso su hombre sobre el que descansar; aunque estuviera ausente sabemos que es su casa y disfrutamos de su acogida o de sus palabras de consuelo en nuestros llantos, de su silencio que sin embargo nos hace sentir su presencia aunque ahora sea de forma misteriosa, o su mirada siempre llena de comprensión, lejos de reproches, con su paciencia infinita para esperarnos aunque tardáramos en llegar. Es el sabor de hogar, es el cariño de una madre que nunca nos falta, es la acogida de los brazos siempre abiertos, es la mirada comprensiva pero que en silencio nos hace superar nuestros cansancios. Necesitamos de la presencia de esa madre, aunque solo sea de una forma espiritual o virtual porque no siempre sea posible esa presencia física a nuestro lado.

Hoy Jesús nos regala una madre, nos regala a su madre. Desorientados y sin saber que hacer o como iban a terminar todo aquello, perdidos porque no encontraban salida y casi les parecía todo un fracaso, escondidos y temerosos porque a ellos podía pasarle lo mismo, buscando refugio sin saber a qué atenerse o donde podrían encontrar quien los acogiera a ellos que parecían unos perdidos y fracasados, así andaban los discípulos; solo uno se había atrevido a seguir la comitiva hasta el calvario porque quien se había aventurado al principio a llegar hasta el patio de la casa del Pontífice, todo lo había resultado peor porque al final había negado conocerle, cuando tanto había confiado Jesús en El haciéndole promesas que ahora parecía que no se podían cumplir.

Y allí estaba, al pie de la cruz, junto a aquellas pocas mujeres que se habían arriesgado a acompañar a María. Allí estaba quien seguía manteniendo su amor por Jesús aunque no supiera en qué iba a terminar todo a pesar de los anuncios y promesas de Jesús. Como se diría siempre de él era el discípulo amado. Y había recibido un regalo.

Necesitaban el olor de una madre, necesitaban quien abriera el corazón para acogerles ahora que estaban tan desesperanzados, necesitaban aquella sonrisa y aquella mirada que les sabía al perfume de un ramo de rosas. Y Jesús les había hecho aquel regalo. No era solo para aquel discípulo que se había arriesgado a llegar hasta el calvario, aunque él fuera quien directamente escuchara las palabras y las promesas de Jesús. ‘Ahí tienes a tu madre’. Era a Juan a quien se lo estaba diciendo, pero en Juan estaban todos los discípulos, todos los que querían seguir manteniendo su amor por Jesús, quienes a pesar de andar tan perdidos seguían añorando el perfume y la presencia de una madre.

¿Nos sentiremos allí representados? Porque el evangelio no es para uno solo, las buenas noticias tienen que difundirse y todos participar de la alegría que reciben con ellas. Aunque Juan fuera el que se la llevara a su casa, era para nosotros, era para todos. La Iglesia seguiría sintiendo la añoranza de una madre, la necesidad de tener una madre a su lado, y desde entonces allí estaría María. Todo el verdadero discípulo de Jesús lo comprende, porque todo verdadero discípulo de Jesús tiene que saber lo que es la acogida, no solo por sentirse acogido, sino porque estaría siempre con los brazos abiertos para recibir y para acoger. ¿Cómo no iba a hacerlo con aquel regalo que desde la cruz Jesús les estaba haciendo?

Nosotros también queremos recibirla en nuestra casa. Nosotros también queremos estar junto a ella al pie de la cruz, porque sabemos que ella va a estar siempre a nuestro lado cuando estemos en nuestra cruz, en nuestra soledad, con nuestro corazón perdido, en nuestros miedos y cobardías, en las veces que caminemos sin rumbo. Y aquí podemos pensar y podemos decir muchas cosas. Dejemos que fluya el corazón, que se derrame nuestro amor también por María. Es la Madre, nuestra madre. No la podemos dejar. La que siempre nos a hacer disfrutar del perfume de su vida. De ella aprenderemos además a ser siempre acogedores, a ir mostrando ese lado de la ternura de nuestro corazón.

martes, 12 de agosto de 2025

Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

 


Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

Deuteronomio 31,1-8; Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Todos, quieras que no, vamos buscando nuestro lugar en la vida, para eso nos esforzamos, nos preparamos, trabajamos para ir logrando ese lugar, ese puesto, ese prestigio; podemos luego darnos importancia, o sentirnos interiormente satisfechos de nuestros logros. No está mal, claro que tendríamos que ver nuestras mañas, nuestras aspiraciones, los empujones quizás que hemos dado para quitar delante de nosotros el que nos estorba, el que nos impide llegar a aquel lugar con el que soñamos; tendríamos, es cierto, que ver por qué lo buscamos o qué pretendemos.

Pero no queremos ser como ‘esos’, y pensamos a los que vemos a nuestro alrededor que nada importan ni significan, que según nosotros simplemente van arrastrándose por la vida sin conseguir nada, sin salir de sus pobrezas o nulidades como a nosotros quizás nos gusta pensar. Y nos hacemos comparaciones y no queremos ‘vernos en su pellejo’, porque nos parece que para nada valen, para nada sirven y no van a llegar a ninguna parte.

Ya nos estamos dando cuenta que en esas nuestras apetencias no todo era tan bonito cuando decíamos que queríamos buscar nuestro lugar en la vida. Cuántas comparaciones hacemos, cuantas descalificaciones, a cuantos arrimamos a un lado porque son tan pequeños, son tan insignificantes en la vida, que nada decimos alcanzarán. ¿Para nosotros los primeros puestos, los lugares de importancia?

Jesús viene a romper nuestros esquemas. De entrada ha tomado un niño y lo ha puesto en medio. ¿Qué hace un niño en una reunión de personas mayores? ¿Qué puede pintar allí? ¿Quizás para que nos haga los mandados? Pero Jesús viene a decirnos otra cosa. ‘¿Quién será el más importante en el Reino de los cielos?’ Una pregunta que parece que no dice nada. ¿A qué viene esa pregunta? Pero es lo que tantas veces han discutido y volverán a discutir entre el grupo de los discípulos más cercanos a Jesús. Y Jesús lo quiere dejar muy claro. ‘Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí’.

Por eso ha puesto un niño allí en medio, en el centro. Hacernos como niños, pequeños como este niño; no eran tenidos en cuenta para nada los niños. Se le consideraba algo insignificante. Se acogía a los amigos, se acogía a las personas de bien, se acogía a las personas importantes, se acogía a los poderosos, pero ahora nos dice Jesús que hay que acoger un niño. Sus ángeles están viendo el rostro de Dios, nos dice.

Si el pastor que pierde una oveja en el campo se vuelve loco buscándola hasta que la encuentre, ahora nos dice Jesús que a ese pequeño e insignificante hay que acogerlo, hay que tenerlo en cuenta. Pero es que nos dice más, es que nosotros tenemos que hacernos así pequeños, como los inocentes niños, y entonces entenderemos la verdadera grandeza que hemos de buscar.

Pero nosotros seguimos con nuestras peleas y con nuestras ambiciones, seguimos buscando puestos y queriendo ascender en esa escalera que nos llevaría a los puestos de privilegio. ¿Dónde está nuestro espíritu de servicio? ¿No estaremos viendo esos codazos muchas veces también en nuestra iglesia? Las hermandades que quieren aparecer con toda pomposidad y gran número de afiliados; los puestos especiales en nuestras celebraciones porque nosotros vamos con nuestro bastón de mando o con nuestras medallas y nuestras túnicas y hábitos, los ropajes de colores que buscamos vestir para diferencias las diversas categorías o las carreras que hemos hecho.

¿Nuestra iglesia no tendría que leer con más atención este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece?

domingo, 20 de julio de 2025

Mientras nos sentamos a los pies de Jesús tengamos abiertas las puertas de nuestro patio para vivir lo maravilloso de la acogida que nos hace sentir también a Dios

 


Mientras nos sentamos a los pies de Jesús tengamos abiertas las puertas de nuestro patio para vivir lo maravilloso de la acogida que nos hace sentir también a Dios

Génesis 18, 1-10; Sal. 14; Colosenses 1, 24-28; Lucas, 10, 38-42

Un hogar es algo más que una estancia con unas puertas cerradas para vivir encerrados dentro de unos límites. Un hogar tiene patio y unas puertas que se abren y depende de nosotros si siempre las tenemos abiertas. Es cierto que un hogar es como ese nido de la familia donde nacimos, crecimos, nos desarrollamos y podemos vivir una hermosa experiencia de que nos introduce en caminos de plenitud.

Pero el hogar no es para mirarse solo a si mismo, sino que en cierto modo podemos decir que es también, que debe ser también una pista de despeje. En él, es cierto, hemos encontrado lo mejor para el aprendizaje de ese desarrollo de uno mismo, desde el amor de unos padres, pero desde la convivencia amorosa de todos los miembros de la familia que nos hace crecer.

Pero el hogar no nos aísla, por eso decíamos que tiene patio y puertas que se abren para salir y para entrar, nosotros y también a los que vienen a nosotros con nuestra mejor acogida por nuestra parte. Cuanto han aprendido los que han tenido un hogar así, abierto y acogedor, y como luego su vida se va a desarrollar también en esa acogida pero también en esa ida hacia los otros. Si ha sido de verdad ese nido de amor y de vida para nosotros, hemos estado inundados y contagiados de tal manera por ese amor que se hace difusivo y contagioso a través de nosotros para los demás. No podemos tener las puertas cerradas porque el amor resuma desde ese lugar.

Lo estamos viendo en la palabra de Dios que se nos ofrece en este domingo. Abrahán sentado a la sombra de la encina de Mambré y a la puerta de su tienda acoge en aquellos caminantes a Dios mismo que le visita y a los que ofrece lo mejor de su casa, agua para que laven sus pies y un bocado para recobrar fuerzas para proseguir el camino, como signos hermosos de la hospitalidad. Dios que llega hasta su tienda – imagen del misterio de Dios y de la misma Santísima Trinidad han visto desde siempre los santos padres de la Iglesia en este episodio – que mantiene sus promesas de alianza con Abrahán anunciándole el nacimiento de un hijo, el hijo de la promesa.

En ese mismo sentido escuchamos el relato del evangelio. Jesús de camino hacia Jerusalén se detiene en aquel hogar de Betania, en casa de Marta y María; pronto se pone en juego igualmente la ley de la hospitalidad en la forma que una y otra aquellas mujeres acogen a Jesús con sus puertas abiertas. Es sí la disponibilidad pronta para el servicio de Marta que se afana en hacer todos los preparativos necesarios para la acogida de aquellos huéspedes, pero es también la actitud de María sentada a los pies de Jesús y no perdiéndose ni una de sus palabras.

Siempre nos hacemos nuestras interpretaciones como si hubiera una oposición en la actitud de aquellas hermanas, primero por la queja de Marta que se ve sola para todas las tareas, porque le parece que su hermana no le ayuda, y también por las palabras de Jesús a las que siempre le hemos dado muchas vueltas. ‘María ha escogido la mejor parte’. ¿No era una parte importante también el servicio de los preparativos?

Podríamos preguntarnos si nos parece bien dejar a nuestro invitado solo y encerrado en la sala mientras nos vamos para la cocina pensando solo en hacer café para ofrecerle o preparar unas tortitas... ¿Dónde está la compañía y la presencia? Jesús no dice que no fuera importante y no está queriendo contraponer una cosa a la otra. Jesús nos quiere a ayudar a hacer una verdadera escala de valores para estar a su tiempo en casa lugar.

Creo que esto nos puede ayudar para muchas cosas empezando por lo que es nuestra vida ordinaria de relación con los demás. Damos cosas pero no damos amor; hacemos regalos, pero no regalamos presencia y compañía. Somos capaces de dar algo de nuestro dinero – y mira que nos cuesta desprendernos de nuestro dinero – pero no nos detenemos a mirar a los ojos y hablar con esa persona que nos ha tendido la mano pidiendo una limosna. Nos quejamos de la inhumanidad en la que vivimos a causa de tantos conflictos que hay en nuestro mundo, y miramos con desdén o por encima del hombre para mantener las distancias al inmigrante con el que nos cruzamos por la calle.

Y aquí podemos pensar también en todo lo que significa nuestra relación con Dios y el fondo de nuestra vida cristiana. Resumiendo podríamos decir que sin escuchar a Jesús difícil nos va a ser mantener de forma auténtica todo lo que es nuestro compromiso cristiano. No se trata solo de hacer cosas, podemos caer desde nuestra buena voluntad en el activismo cuando vemos cuanto hay que hacer, pero necesitamos saber encontrar esa fuerza interior para poder realizarlo. Y cuando hablamos de esa fuerza interior no es cuestión solo de nuestra voluntad, de lo que nosotros queremos y por lo que nos esforzamos, sin la fuerza que viene de Dios nada somos y nada podremos.

¿No nos dirá Jesús que sin El nada podemos hacer? Para que el sarmiento dé fruto tiene que estar bien enraizado en la cepa de la viña, si lo desgajamos para nada nos sirve porque se seca. ¿No nos pasará muchas veces así a los cristianos? Vivimos enfervorizados queriendo tragarnos el mundo en dos días, pero al cuarto día nuestras fuerzas se acabaron, aquella fiebre de entusiasmo se enfrió y comenzamos a resbalar por la pendiente de la tibieza espiritual que terminará apagándose del todo.

Sepamos sentarnos a los pies de Jesús para que podamos tener las puertas de nuestro patio abiertas; acogiendo a Jesús aprenderemos a acoger a los demás, porque cuando acogemos a los demás nos daremos cuenta que estamos acogiendo a Jesús. Pero sin ese hilo de amistad con Jesús no lo podremos ver ni lo podremos lograr.