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miércoles, 28 de enero de 2026

La parábola del sembrador no es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida

 


La parábola del sembrador no es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida

2 Samuel 7, 4-17; Salmo 88; Marcos 4, 1-20

Pudiera parecer una escena de película con una escenografía bien preparada donde pareciera que cada detalle, cada movimiento está previamente dispuesto para dejarnos no sólo impresionar sino envolver por la dulzura y la paz que nos trasmiten sus escenas. Pero no se queda en eso lo que pretende transmitirnos hoy el evangelio. Es algo de suma importancia y algo maravilloso que se desarrolla con sencillez, tal como siempre se presenta Jesús, allá en Cafarnaún en las orillas del lago.

Poco a poco la gente había oído hablar de Jesús, escuchado por parte de muchos su mensaje que luego como pólvora se iba difundiendo en ese hermoso boca a boca como se transmiten las cosas buenas y ya no había momento en que Jesús no se encontrará rodeado de gente, no solo del lugar donde estuviera en ese momento sino venida de distintos lugares, que querían escucharle. Jesús camina entre la gente, va allí donde hacen su vida y su trabajo, como le vemos acudir también a donde la gente se reúne para orar y escuchar la Ley y los Profetas, las sinagogas. Un lugar propicio para reunirse la gente es allí donde van a comprar su pescado de los pescadores llegados del lago y donde la gente hace su convivencia y sus encuentros, ¿no sucede así en nuestros mercados que no solo se reducen a las compras que vamos a realizar sino a los saludos y a los encuentros, a las charlas y conversaciones?

Hoy es tanta la gente que se apretuja en torno a Jesús que decide subirse a una de aquellas barcas aun meciéndose en las olas del lago, para desde allí enseñar al pueblo que le escucha. No se presenta Jesús como un doctor de la ley o como aquellos escribas encargados de enseñar las Escrituras al pueblo con palabras doctas y en cierto modo repetitivas que no calen en la conciencia de los que escuchan. Ya dirán más tarde que Jesús no enseña como quien habla de palabras aprendidas de memoria, sino que se maravillan de su enseñanza, porque nadie ha enseñado como Él.

 Y sus palabras son sencillas porque les habla de lo que ven hacer o hacen ellos mismos en sus trabajos en el campo, les habla del sembrador que sale a sembrar a voleo la semilla en medio de sus campos. Una semilla sembrada así no toda caerá en la misma tierra con igual condiciones, semillas que caen en la tierra surcada y preparada pero semillas que se desbordan de los campos preparados por caminos endurecidos por el paso de personas y carruajes, en los pedregales que se forman alrededor o en medio de los zarzales y malas hierbas nacidas por doquier.

¿Desconcertará que el sembrador tenga aparentemente tan poco cuidado como que la semilla caiga en esos diferentes terrenos exponiéndose que no germinan debidamente, se seque la plata que surja por falta de raíces y humedad, o simplemente sirva de alimento a los pajarillos del cielo? Pero la intención de Jesús es clara. No niega la efectividad en sí misma que tiene la semilla, pero si nos pone en atención para que cuidemos ese terreno donde vamos a sembrarla.

Como les explicará luego a los discípulos más cercanos, aquel grupo que se había ido forjando en torno a Jesús, la semilla es el alimento de la Palabra de Dios, pero no siempre tenemos buen estómago para alimentarnos, no siempre tenemos oídos abiertos para escucharla ni tenemos las debidas disposiciones en nuestro interior para hacer que de fruto en nosotros. Nuestras preocupaciones y nuestros agobios, los afanes con que vivimos tan esclavizados por lo material que pone una coraza en nuestras vidas, la superficialidad con que vivimos que nos impide profundizar en lo que escuchamos, los intereses por los que luchamos que le están dando un sentido a nuestra vida influenciados por lo sensual, lo que me dé satisfacciones prontas aunque luego me dejan con mal sabor en la boca, las ínfulas de vanidad en las que nos envolvemos que nos hacen buscar brillos de oropeles olvidándonos donde están los verdaderos valores por los que tendríamos que luchar.

Dejemos que Jesús se siente en la barca en medio nuestro. Abramos nuestros oídos para no perder palabra, pero abramos nuestro corazón para que esa semilla de verdad se enraíce en nosotros y lleguemos a dar fruto. Cada uno sabemos las distracciones que tenemos en el corazón y hemos de saber evitarlas. Seamos campo bueno, seamos tierra buena. No es una escena de película que nos edulcore la vida, sino un ascua de fuego que tiene que hacernos arder por dentro revolucionando nuestra vida.


miércoles, 29 de enero de 2025

Seamos sembradores con confianza en la semilla que vamos a sembrar que es la Palabra que transformará nuestro mundo

 


Seamos sembradores con confianza en la semilla que vamos a sembrar que es la Palabra que transformará nuestro mundo

Hebreos 10,11-18; Salmo 109; Marcos 4,1-20

Hay ocasiones en que nos parece que todo lo tengamos a la contra, no nos salen las cosas como queremos o planeamos, y no es porque no sepamos o no seamos capaces de hacerlo, porque quizás en otros momentos lo hemos realizado, pero por todas partes nos aparecen dificultades o contratiempos, no andamos de buena gana y parece que siempre andamos contrariados, nos cuesta centrarnos en lo que estamos haciendo porque quizás hay cosas que nos distraen o nos llaman la atención. No está el horno para bollos, solemos decir. Es importante esa buena actitud por nuestra parte que nos ayude a centrarnos, es necesario darle un sentido más positivo a lo que estamos haciendo y no centrarnos tanto en lo que vamos a encontrar en contra; son cosas que están ahí, es cierto, pero por otra parte nos hace falta ese serenidad para centrarnos en lo que hacemos.

Serán nuestros trabajos y responsabilidades donde nos pasan cosas así, será nuestra vida personal en la que tenemos que saber salir de esos atascos, será en la tarea social que hagamos por los demás donde tenemos que ir con mayor positividad, será incluso en nuestros compromisos como cristianos o en la tarea que en medio de la iglesia tengamos que realizar, donde tendremos que dejar mucho de mirar a quienes o con quienes trabajamos para no fijarnos tanto en su negatividad como para sentirnos seguros en el mensaje que vamos a trasmitir.

Me estoy haciendo esta reflexión tras escuchar una vez más la parábola del sembrador que nos ofrece el evangelio. Jesús rodeado de mucha gente que quiere escucharle, y cada uno va desde su realidad, desde las situaciones que vive, desde los problemas que tiene en su vida, desde ese mundo no siempre muy abierto a escuchar mensajes que lo eleven. Es la realidad. Y Jesús, el sembrador, allí desde la barca en la orilla del lago esparce la semilla.

Normalmente la parábola nos sirve para fijarnos en nuestra respuesta, en las actitudes que nosotros como tierra en la que se siembra la semilla tenemos para acoger o no esa Palabra que se esparce sobre nosotros como una buena semilla. Pero hoy quiero fijarme en el sembrador, porque de alguna manera Jesús nos está diciendo que nosotros somos también ese sembrador, en nuestras manos está esa semilla que hemos de sembrar en ese mundo concreto que nos rodea. ¿Seremos buenos sembradores?

He ahí lo que nos tiene que hacer pensar. El sembrador de la parábola no está pensando en los diferentes terrenos que se va a encontrar sino que en todos ellos pretende esparcir la semilla. Y es lo que nos está confiando Jesús a nosotros los cristianos, o a los que nos sentimos más comprometidos con el anuncio del Evangelio. Muchas veces parece que nos ponemos la venda antes que la herida; antes de anunciar ya estamos viendo las dificultades, nos entra el pesimismo como una rémora que va a frenar nuestro entusiasmo porque quizás ya de antemano estamos pensando que no merece la pena tanto esfuerzo, que va a haber muchos que no quieran escuchar, que nos vamos a encontrar gente enfrente que nos va a hacer la guerra, y nos acobardamos, y perdemos entusiasmo, y nos faltará brillo a nuestras palabras y a nuestras acciones, y ya nos parece que no estamos tan convencido.

Con mal talante, de mala gana nos disponemos a sembrar, y ya no será esa siembra alegre y entusiasta, ya no tenemos la serenidad y la paz en nuestro espíritu que necesitamos, ya estamos caminando con pesimismo y con negatividad; algo se nos está aflojando en nuestra fe y en nuestra confianza. No es el entusiasmo y la fe del verdadero misionero que está convencido del mensaje que quiere trasmitir.

Algo necesitamos despertar dentro de nosotros para que nuestras acciones y nuestras palabras sean más convincentes. Una seguridad nos está faltando en nuestro espíritu, que tenemos que saber despertar. Somos el sembrador que en este mundo concreto de hoy tenemos que seguir sembrando la semilla del Reino de Dios. Que falte nunca en la Iglesia esa convicción y seguridad en lo que hacemos.

miércoles, 24 de enero de 2024

Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena?

 


Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena?

2Samuel 7, 4-17; Sal 88; Marcos 4, 1-20

Escuchar a veces no es fácil. Hay que prestar atención, porque es más que oír sonidos inconexos que llegan a nuestros oídos. Escuchar es una elección. Ya lo solemos decir, aunque a veces con cierta picardía, escuchamos lo que queremos. Yo diría aquí, queremos escuchar lo que oímos, y claro para eso es necesaria atención. Hoy terminará diciéndonos Jesús que ‘el que tengo oídos para oír, que oiga’. ¿No tenemos todos oídos? Lo malo sería que no los utilicemos.

Se había reunido en torno a Jesús mucha gente; será difícil que allí en el mismo plano de la playa puedan todos oírle con claridad. Por eso la estrategia de Jesús, aprovechando que había allí unas barcas que acababan de regresar de su faena, sus pescadores estarían realizando por allí las tareas habituales de recoger las redes, limpiarlas, remendarlas si tal fuera el caso, y tener todo preparado para otra faena el día de mañana. Se subió y sentó en una de las barcas situándolas a corta distancia de la orilla, y todos podrían verle y escucharle.

‘Escuchad…’ comienza diciendo Jesús. ¿No es la llamada de atención al principio de cualquier parlamento para que se haga silencio y se preste atención? Pero quizás ese ‘escuchad’ pueda significar algo más. Es que en lo que va a decir Jesús nos va a describir esa manera de escuchar que tenemos en tantas ocasiones y que pueda llevar al poco o mucho fruto que podamos recoger de lo que se nos dice. Tantas veces estamos oyendo a quien nos habla pero nuestra mente anda por otros ‘andares’, como tantas veces aunque estemos allí presentes ponemos una costra que hace resbalar aquellas palabras que se nos dicen.

De eso y mucho más nos va a hablar Jesús. Habla de un sembrador que sale a sembrar a voleo su semilla; recorre caminos y campos y a vuelo va dejando caer su semilla, pero no todos los terrenos en los que cae están preparados de la misma manera, tienen las mejores actitudes para que esa semilla pueda enraizar y un día dar fruto. Será la tierra endurecida de los caminos y veredas por el paso de los caminantes; serán los terrenos pedregosos que no han sido roturados lo suficiente; serán esos terrenos llenos de abrojos y matorrales que no ofrecerán la mejor disposición para que esas nuevas plantas que allí germinarán puedan salir adelante. Solo alguna semilla irá a caer en buena y preparada tierra y aun así dará diferentes cosechas.

¿En que condición estaban los que aquella mañana se habían congregado en la playa de Cafarnaún? ¿Por qué habían ido a ver a Jesús? ¿Qué es lo que querían escuchar? ¿Lo que Jesús les estaba ahora diciendo entraría en sus planes, podría ser factible que obtuviera una respuesta en sus vidas?

Era lo que entonces aquellos galileos, pero también nosotros hoy que estamos escuchando esta parábola de Jesús tenemos que plantearnos. ¿Cuál es nuestro interés? El mensaje que se nos transmite ¿responde a lo que son nuestras expectativas? ¿Estaríamos dispuestos a cambiar de dirección nuestros intereses en la vida? ¿Nos dejaremos roturar para transformar ese terreno estéril en un buen terreno que un día produzca sus frutos?

Podemos pensar que es costoso, porque nuestro corazón se ha endurecido, porque muchos son los apegos y las rutinas que envuelven nuestra vida, pero, ¿no nos llama la atención eso nuevo que nos ofrece Jesús? ¿No sentimos desconsuelo en nuestro interior por lograr un mundo mejor en el que reine la justicia y la paz, en que todos nos sintamos hermanos, en que vamos logrando que la gente sea más feliz de verdad desde lo más hondo de si mismos?

Me vais a permitir que traiga a colación una imagen que está viniendo a mi mente. Todos sabemos que hace un par de años un volcán en una de nuestras islas destruyó poblaciones e inmensos espacios de terrenos agrícolas, muchos de los cuales se habían realizado precisamente sobre las lavas de volcanes anteriores. Los habitantes de aquel lugar no se han rendido. De nuevo están roturando las lavas del último volcán para con nueva tierra transportada de otros lugares volver a hacer florecer aquellos campos con nuevos cultivos. La tarea no es fácil, es bien costosa en todos los sentidos, pero saben que tienen que hacerlo para hacerlos producir, pero también para verse realizados en sus vidas allí donde siempre han estado. Un día, no tan lejano, lo que fue un infierno de fuego y de lava volverá a estar lleno de vida.

Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, como hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena? ¿Seguiremos dejando que la Semilla caiga en tierra baldía por no poner todo el esfuerzo en escuchar de verdad esa Palabra que Dios nos ofrece?

‘Escuchad…’ nos dice Jesús. ‘El que tengo oídos para oír que oiga’


miércoles, 26 de julio de 2023

La iglesia no se puede quedar con la semilla guardada en el granero esperando que vengan a ella sino que tiene que salir a esparcirla por cada rincón de nuestro mundo

 


La iglesia no se puede quedar con la semilla guardada en el granero esperando que vengan a ella sino que tiene que salir a esparcirla por cada rincón de nuestro mundo

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Mateo 13, 1-9

Esta mañana evocaba la parábola y el evangelio de hoy. ‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago…’ Hermosa imagen. Había salido yo de casa también, en ese paseo mañanero de todos los días… un paseo que es algo más que ‘estirar las piernas’ como se suele decir, algo más que un ejercicio porque lo necesita mi salud, mi corazón, un paseo que me ayuda a salir, a ir más allá de esos lugares físicos por donde camino, un paseo para un encuentro con la vida, para contemplar cuanto me rodea, un paseo que me ayuda mirar los campos, las personas que están a mi alrededor, un paseo que muchas veces hago en silencio, pero me ayuda a sentir, a escuchar otro palpitar… Esta mañana llegué al parque y allí me senté… no me rodeó nadie, como a Jesús que tuvo que subirse a la barca para poder desde allí hablar a la gente, regalarles esta hermosa parábola.

Un sembrador que sale echando a voleo su semilla por los campos y caminos que atraviesa, una semilla que se va desparramando por endurecidos caminos igual que por zarzales o ásperos pedregales, una semilla que llegará también a tierra cultivada y preparada, una semilla que va germinando, va brotando, unas crecen pronto, otras se muestras raquíticas por la sequedad y dureza del terreno, otras que pronto se ven ahogadas por la maleza que les rodea, otras que solo servirán de alimento para los pajarillos del cielo que así pronto encuentran fácil alimento, pero una semilla que está llamada a dar fruto y por eso germina.

Miraba a mi alrededor, casas y caminos, campos de cosecha o campos abandonados, casas de puertas cerradas y casas abandonadas en el silencio de la soledad, gentes que pasaban por el camino, o gentes que allá estaban en sus quehaceres o sentadas placidamente también en la plaza y con sus entretenimientos.

¿Dónde está la semilla? ¿Dónde está el sembrador? ¿Penetrará en esas casas una buena noticia? ¿Llegarán a esas personas semillas de esperanza que despierten los corazones a una nueva vida? ¿Cómo se hará germinar la semilla en esos campos tan diversos? ¿Podremos ver el ir y venir de sembradores que lleguen también hasta esos rincones? ¿Cuáles son los deseos que se anidan en esos corazones, en esas personas afanadas en sus quehaceres, en esos que andan entretenidos pero distraídos por la vida porque parece que nada los hace pensar?

¿Llegará la voz de la Iglesia también a esos lugares que parecen lejanos y distantes o siempre estará esperando la Iglesia que sean ellos los que vayan hasta su lugar? El sembrador del que habla Jesús no se quedó en casa con la semilla en la mano esperando que aquellos terrenos vinieran a buscarla. Aquel sembrador salió, como Jesús que no se quedó sentado en la orilla del lago sino que se subió a la barca.

Yo también mientras tanto me había quedado sentado en mi banco en el parque, tampoco quizás había salido al camino para algo más que contemplar el campo, tampoco había salido para también esparcir la semilla. Algo he intentado hacer porque estos días precisamente se han cumplido quince años en que he querido estar regalando esta ‘semilla de cada día’; tengo la esperanza de que en algún corazón haya comenzado a germinar.

Cuando hoy escuchamos de nuevo esta parábola, que ya se nos ofreció en la liturgia de los pasados domingos, ¿estaremos sintiendo la urgencia de ser sembradores, de salir para seguir esparciendo esa semilla por los campos de la vida? Es un buen toque de atención que una vez más el Señor nos da.

Es una llamada a la Iglesia misma para que sea más misionera, para que salgamos de nuestros cómodos graneros donde guardamos el grano y vayamos al encuentro de nuestro mundo que espera y necesita esa semilla de vida que de alguna manera en nuestra comodidad nos estamos negando a regalar.

sábado, 17 de septiembre de 2022

No podemos desanimarnos, tenemos que creer en lo que hacemos, creer en la buena semilla que sembramos que por la fuerza del Espíritu pondrá optimismo en el corazón

 


No podemos desanimarnos, tenemos que creer en lo que hacemos, creer en la buena semilla que sembramos que por la fuerza del Espíritu pondrá optimismo en el corazón

1Corintios 15, 35-37. 42-49; Sal 55; Lucas 8, 4-15

No te canses, no te esfuerces tanto, estas personas no lo van a agradecer, de ahí nada bueno se puede sacar, ya sabemos como son. Cosas así hemos escuchado más de una vez. A alguien le puede parecer que con aquellas personas nada se puede hacer; al maestro le dirán que no se esfuerce tanto, porque total para lo que lo van a aprovechar aquellos alumnos, los dan por perdidos; a aquella madre ya parece que no tenemos palabras de consuelo o de ánimo porque aquel hijo… o a aquel quiere emprender cosas en la sociedad en la que viven, que le dicen que allí no hay nada que hacer. Pero la madre sigue creyendo en el hijo, aquel animador social sigue en su empeño de emprender cosas que puedan beneficiar a aquellas gentes, aquel educador sigue en su tarea queriendo sembrar una buena semilla a pesar de lo que muchas veces puede parecer un fracaso.

Son situaciones por las que pasamos, que nos afectan o que vemos en nuestro entorno; y hay gente pesimista que no es capaz de ver ningún rayo de luz aunque sea muy tenue, pero siempre habrá quien sigue creyendo que la gente es buena tierra y que algún día se recogerá algún fruto, pero cree también en sí mismo y en lo que quiere trasmitir, porque sabe que es buena semilla que algún día puede fructificar.

Creo que el evangelio de hoy nos refleja mucho de todo esto. La gente se reúne en torno a Jesús porque quieren escucharle, y les ofrece la parábola de la semilla echada a voleo en aquellos campos aunque no todas las tierras parece que puedan producir buenos y excelentes frutos. Parte de la semilla caerá en la tierra endurecida del camino donde al final serán los pajarillos los que darán parte de ella, otra caerá en terrenos duros llenos de pedruscos donde nada puede enraizar, otra caerá entre zarzales y malas hierbas que impedirán que prospere, solo un poco semilla caerá en tierra buena capaz de producir fruto.

Allí está aquella multitud que le escucha. ¿Van a responder todos de la misma manera? como siempre sucede habrá quien pronto olvidará aquella palabra escuchada, como habrá quien con buena voluntad intentará hacer algo de lo que sintió en su corazón, pero son tantos los apegos, son tantas las cosas que le arrastran de acá para allá, que pronto se olvidará porque faltará constancia y perseverancia. Solo algunos serán los que sigan con Jesús intentando vivir su camino.

Pero aquel sembrador no dejó de sembrar la semilla, Jesús no dejó de anunciar el Reino, Jesús no dejó de hablar a quienes con buena fe les escuchaban pero también a aquellos que venían por mera curiosidad, o quizás con aviesas intenciones. Aquella semilla produciría fruto algún día en unos o en otros, ahora o más adelante. La semilla de la Palabra tenía vida en sí misma.

Es una invitación a la escucha, pero también a la perseverancia; es una palabra que nos anima a seguir adelante aunque no veamos el fruto tan pronto como nosotros desearíamos; es una palabra que pone ánimos y esperanzas en el corazón porque sabemos que esa flor algún día florecerá, ese hijo puede cambiar, esa persona encerrada en sus vicios un día puede cambiar sus actitudes y sus posturas, a esos que nos parecen unos perdidos algo se quedará grabado en el corazón que un día puede salir a flote, aquella gente que parece que ahora pasan de todo y no responden a lo que hacemos algún día se podrán dar cuenta y comenzarán a hacer que las cosas mejoren para bien de todos.

No podemos desanimarnos, tenemos que creer en lo que hacemos, tenemos que creer en la buena semilla que tratamos de sembrar. La buena semilla por la fuerza del Espíritu del Señor tiene que poner optimismo en el corazón.

miércoles, 26 de enero de 2022

Como sembradores no podemos desistir de seguir intentado lograr un día unos mejores frutos de nuestra sociedad aunque endurecido encontremos el terreno

 


Como sembradores no podemos desistir de seguir intentado lograr un día mejores frutos de nuestra sociedad aunque endurecido encontremos el terreno

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 4, 1-20

Hay terrenos y terrenos, hay cultivos y cultivos, hay agricultores o sembradores en el campo, podríamos decir, para todos los gustos, hay semillas que nos dan más fruto y hay algunas que se vuelven inservibles. Puede parecer un trabalenguas, pero no lo es, porque todos, aunque no trabajemos en el campo, sabemos que no toda la tierra produce lo mismo, que no siempre cuando cultivamos obtenemos el fruto deseado, o que las semillas tenemos que escogerlas muy bien.

Soy hijo de agricultor y recuerdo a mi padre escogiendo muy bien las papas que iba a sembrar – no todas valen para semilla, recuerdo que nos decía – y también la preparación de las tierras previamente a echar la semilla en la tierra además de los trabajos posteriores de cultivo. Quizás hoy nos hemos vueltos en civilizaciones más urbanas y algunos de nuestros niños solo sabrán de semillas, de siembras y de cultivos por lo leído en los libros, por lo contemplado en Internet o por lo que hayan oído hablar de quienes sí viven inmersos en esa cultura agrícola.

Pero igual sabemos que en el conjunto de la vida sucede algo así como nos habla hoy la parábola. Gente a la que le rinde su preparación y sus estudios sabiendo salir luego adelante en la vida, como quienes se quedan en la cuneta de la vida o porque no saben sacar partido a lo que ha sido su preparación en la vida, o porque quizá prefieran una vida cómoda y sin esfuerzos con lo que no se encontraron preparados cuando en verdad tuvieron que enfrentarse a los problemas de la vida. Es amplio el abanico de referencias con el que podemos encontrarnos en esas diversas situaciones de la vida, pero también en esa distinta respuesta de maduración como personas para saber aprovechar las oportunidades de la vida.

Una parábola que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio con la que podemos hacer referencia a muchas situaciones, a muchas respuestas, a muchos campos de la vida. No todos sabemos siempre dar la talla en la vida, no manifestamos la misma madurez, como no llegamos al mismo compromiso. Ante todos está ese campo de la vida, en manos de todos está esa sociedad en la que vivimos pero que no es solo lo que nos ha sido dado o nos han transmitido nuestros mayores, sino que es también lo que nosotros tenemos que seguir realizando, ese crecimiento personal pero también ese desarrollo para mejorar nuestra propia sociedad.

Y en cualquiera que sea los aspectos nos encontraremos corazones endurecidos, quizá por las experiencias que hayan vivido, quizás por lo negativo que se le haya transmitido de lo anterior de esa sociedad; cuantos viven con el corazón avinagrado porque alguien echó a perder esa buena tierra con los zarzales de las envidias, de los odios, de los orgullos mal curados, y ahora solo respiran violencias y resentimientos; cuantos viven en la superficialidad y la vanidad, en lo cómodo o pensando que solo tenemos que realizar lo fácil y rehuir lo que signifique esfuerzo, y difícilmente en esos corazones podrán enraizar buenos sentimientos o profundos valores para poder alcanzar altas metas.

Queremos sembrar las buenas semillas en esos campos y difícilmente podrán prosperar las plantas que hayan germinado en esos semilleros de la vida; buena será la semilla, buenos deseos podemos tener todos de querer hacer cada día nuestro mundo y nuestra sociedad mejor, pero duros y difíciles se nos convertirán esos campos de trabajo donde difícilmente podremos un día alcanzar una cosecha de buenos frutos.

Ya sabemos que solamente en la tierra buena y bien preparada podremos obtener los mejores frutos y en eso tendremos que afanarnos con ahínco y sin cansancio. Mucha tierra dura tendremos que roturar, muchos campos tendremos que limpiar de pedruscos o de malas hierbas, pero como sembradores no nos podemos desanimar y bajar la guardia en nuestra tarea. No podemos desistir de seguir intentando lograr un día mejores frutos de nuestra sociedad.

Como creyentes y cristianos que escuchamos también esta parábola que nos propone Jesús tenemos que encontrar esa buena semilla que tenemos que seguir sembrando; no temamos las dificultades o las cosas adversas con que nos podemos encontrar; pensemos que la semilla que vamos a sembrar tiene en sí misma una fuerza de vida, porque lo hacemos desde esa Palabra de Dios que escuchamos y queremos hacer llegar a los demás, porque sabemos que es el camino para hacer un mundo mejor.

No lo olvidemos en nuestra mano está la semilla, somos sembradores, y tenemos la esperanza de ver reverdecer un día un mundo mejor y brotar las flores que serán promesas de hermosos frutos.

miércoles, 27 de enero de 2021

La semilla no siempre encuentra terrenos propicios por la dureza del corazón, la superficialidad de nuestro vivir o la carrera de intereses con que vivimos la vida

 


La semilla no siempre encuentra terrenos propicios por la dureza del corazón, la superficialidad de nuestro vivir o la carrera de intereses con que vivimos la vida

Hebreos 10,11-18; Sal 109; Marcos 4,1-20

‘Les enseñaba muchas cosas en parábolas’, nos dice el evangelista. Nos ofrece una serie de circunstancias de la predicación de Jesús. La gente que se agolpa alrededor de Jesús, están en la orilla del lago y Jesús aprovecha la oportunidad de una de las barcas que están allí en la orilla para subirse y desde ella hablar de manera que todos pudieran escucharle. Buen anfiteatro podríamos decir la gente por la orilla o echados en la arena, mientras Jesús les habla desde el frente y con la altura de la barca para que todos puedan verle y escucharle. Cualquier momento es válido y cualquier ocasión es propicia para sembrar la semilla de la Palabra de Dios.

Y esa va a ser la imagen de la parábola que les propone. Un sembrador, una semilla, unos terrones donde es arrojada la semilla para que pueda germinar y llegar a dar fruto. Pero la semilla no siempre encuentra los terrenos propicios, viene a decirnos Jesús en la parábola; terrenos endurecidos por el paso de los caminantes, terrenos llenos de pedruscos y de abrojos, terrenos que no siempre están debidamente preparados para recibir la semilla, y terrenos preparados para un cultivo provechoso. Así es nuestro corazón, así somos nosotros.

Endurecidos en nuestro corazón, que parece que ya venimos de vuelta porque nada nos impresiona, nada nos llama la atención; con el corazón distraído porque quiere atender a muchas cosas y entonces vivimos en la superficialidad del momento, de lo que nos llame la atención ahora, pero que dentro de un momento ya no nos acordamos; agobiados por preocupaciones, llenos de problemas que nos absorben, a la carrera por unos intereses donde lo que nos preocupan son quizá las ganancias, o será el pasarlo bien sin ninguna preocupación que nos impida lo que decimos de vivir la vida.

Así con irresponsabilidad nos tomamos la vida, así andamos de acá para allá movidos por cualquier viento como veletas que al final no sabemos cuál dirección tomar en la vida o cuáles son las cosas verdaderamente importantes, así con esa superficialidad donde no queremos ni pensar para que así quizás nuestra conciencia no se nos despierte. ¿Cómo nos tomamos la vida? ¿Nos buscamos realmente metas, ponemos objetivos en lo que hacemos o vamos a lo que salga en cada momento? ¿Tratamos de discernir seriamente todos los mensajes que recibimos, o tantas cosas que pueden influir en nosotros pero que tendríamos que sopesar bien al menos deteniéndonos a pensar un poco?

Cuando comparamos los diversos terrenos mirando nuestra vida quizás añoramos ser esa tierra buena, preparada, cultivada porque será donde la semilla podrá germinar debidamente y hacer surgir esa hermosa planta que nos llene de flores y de frutos. Pero quizás nos cuesta dar el paso adelante, porque ya eso depende de nosotros. Significará un esfuerzo de reflexión y profundización, significará un esfuerzo de purificación interior, significará hacer un silencio interior porque los ruidos tanto exteriores como ruidos interiores que hemos dejado meter en el alma no nos dejarán escuchar el susurro de lo que nos dará el mejor sentido a nuestra vida.

Demos el paso, acojamos esa semilla que llega a nuestra vida que cuando comencemos a dar fruto también nos podemos convertir en sembradores de la buena semilla entre los hermanos, en ese mundo que nos rodea.

viernes, 24 de julio de 2020

Hay que salir a todos los terrenos a sembrar la semilla no temiendo las dificultades de acogida que podamos encontrar porque Jesús nos envió a todos sin distinción


Hay que salir a todos los terrenos a sembrar la semilla no temiendo las dificultades de acogida que podamos encontrar porque Jesús nos envió a todos sin distinción

Jeremías 3, 14-17; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23
Al romperse el ritmo de la lectura continuada en esta semana por distintas celebraciones parece que nos queda a trasmano la explicación de la parábola del sembrador que hoy escuchamos en el evangelio. Cuando los discípulos llegaron a casa con Jesús le preguntaron por el sentido de las parábolas, por qué les hablaba en parábolas y el significado en este caso concreto de la parábola del sembrador.
Muy propio del lenguaje oriental es ser muy expresivos en sus imágenes para explicarnos cualquier cosa; incluso en el lenguaje ordinario en los saludos de los encuentros, por ejemplo, el interesarse por la familia o los seres queridos solía ir acompañado de grandes párrafos llenos de imágenes para expresar el aprecio que sentían por la familia.
De todas maneras son válidas en todos los lugares y en todos los tiempos las imágenes para expresarnos las cosas y en el mundo de comunicación en que vivimos y de medios audiovisuales de todo tipo bien sabemos como aquello que se nos presenta con unas imágenes determinadas está pensado para trasmitirnos un mensaje, para decirnos de una forma agradable o de una forma sutil muchas cosas que nos puedan interesar o ayudar. No es cuestión solo de imaginación de una riqueza del lenguaje que así quizá de manera sencilla sin embargo se hace profundo en sus contenidos que llegamos a comprender mejor.
Ya esta misma página con la que me comunico con ustedes la misma titulación ya está expresada con una imagen, la semilla que sembramos cada día (http://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com/), para indicar la intención y el mejor deseo de hacer que estas reflexiones sean semilla que llegue a nuestra vida y nos ayude a tener los mejores frutos de nuestra existencia y en este caso concreto de nuestro seguimiento de Jesús.
La semilla está ahí con todo su potencial, podríamos decir, en sí encierra un misterio de vida pero que tenemos que hacer germinar para que surja la nueva planta que un día nos dé los mejores frutos. Ni podemos dejar guardaba para siempre esa semilla porque podría perder su virtualidad, ni la podemos sembrar de cualquier manera si luego esa nueva planta que surge no le prestamos los necesarios cuidados para que pueda no solo brotar sino crecer y un día nos ofrezca las flores anuncio de los prometidos y ansiados frutos.
Es cierto que el sembrador de la parábola va sembrando a voleo, que es la forma habitual de sembrarla, porque quiere que llegue esa semilla a todos los campos y a todos los terrenos. Y es que la Palabra de Dios no la podemos encerrar ni podemos estar escogiendo a quien se la ofrecemos sino que su riqueza de vida es para todos y a todos se ha de ofrecer. Y aunque en la parábola nos encontramos con la dificultades de esos diversos terrenos donde ha caído la semilla que no siempre va a tener el cuidado necesario para que germine y llegue a fructificar, sin embargo ese hecho nos está también queriendo decir mucho a los cristianos de hoy a la hora de hacer esa siembra.
Quizá muy obsesionados por tener el terreno bueno y bien preparado muchas veces nos hemos quedado demasiado encerrados en los nuestros, en nuestro campo, en el recinto de nuestras iglesias o nuestros templos, esperando quizá que vengan todos deseosos de esa semilla de esa Palabra para escucharla. Que también tenemos que ser conscientes de cuáles sean las actitudes con que vienen a nuestros templos, a nuestros centros parroquiales, a nuestras catequesis, porque bien sabemos la cantidad de condicionamientos sociales que rodean muchas de nuestras acciones pastorales.
Y tenemos que darnos cuenta de que tenemos que salir a todos los campos, a todos los terrenos aunque nos encontremos con la dificultad de la acogida o no que pueda tener ese anuncio que nosotros queremos hacer. Pero Jesús nos envió al mundo, hasta los confines de la tierra, y no puso límites, ni dijo que fuéramos solo allí donde sabíamos que nos iban a escuchar.
El Papa Francisco nos lo ha estado repitiendo, como se suele decir, por activa y por pasiva, cómo tenemos que salir a las periferias, o sea tenemos que salir de nuestros lugares de siempre para llevar ese anuncio de la Buena Nueva a todo el mundo. Por muchas cosas que digamos, por muchos planes pastorales que nos hagamos, seguimos encerrados en hacer lo de siempre y el evangelio tiene que oírse con otra voz, y tiene que llegar a todos, y por todos tiene que hacerse entender.
Gastamos muchas energías hacia dentro y nos falta el impulso para ir de verdad a los de fuera. Repetimos una y otra vez las mismas cosas a los que tenemos siempre dentro de nuestras comunidades, pero no hemos encontrado la forma para saber ir a los que están más lejos y nunca vienen. Un nuevo coraje y un nuevo ardor nos faltan en el corazón. Dejemos que el Espíritu del Señor se meta dentro de nosotros y nos revuelve para hacernos despertar.


miércoles, 24 de julio de 2019

Aunque la tierra esté llena de pedruscos y abrojos no seamos pasivos sino que a pesar del lugar inhóspito ayudemos a que la semilla germine y brote una hermosa planta que dé fruto


Aunque la tierra esté llena de pedruscos y abrojos no seamos pasivos sino que a pesar del lugar inhóspito ayudemos a que la semilla germine y brote una hermosa planta que dé fruto

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Mateo 13, 1-9
Caminando por la calle o carreteras de nuestros pueblos o nuestros campos es fácil que nos encontremos que en cualquier grieta del asfalto veamos surgir una pequeña planta, una hierba quizá, o en alguna ocasión quizá hasta el brote de lo que pudiera ser un árbol de frutos; te admiras, quizás, de que allí haya germinado una semilla para hacer brotar esa planta en un lugar tan adverso, y piensas cómo es que ha encontrado la humedad necesaria y ha encontrado la tierra donde echar sus raíces. Quizá la adversidad no le dé futuro a esa planta, o quizá encuentre la fuerza necesaria para brotar vigorosa y mantenerse con vida hasta darnos frutos. Poniendo imaginación por nuestra parte podríamos decir cuánto esfuerzo por tener vida en un lugar tan inhóspito, por llegar a ser una planta que nos de una hermosa flor o incluso ricos frutos. Algo nos enseña.
¿Será así también en nuestra vida o en la vida de los que nos rodean? Cada uno sabe los esfuerzos que hace en si mismo para lograr ese crecimiento y esa maduración de la vida. Todos tenemos nuestras debilidades, nuestras tendencias y pasiones que se nos desbordan, apegos en la vida o malas semillas que han ido creciendo también en nuestro interior. Podemos ser conscientes de lo que sucede en nuestro interior, pero quizá desconocemos lo que sucede en el interior de los demás.
Esto nos exigiría respeto hacia la vida de los otros, porque realmente no sabemos lo que sucede en el interior de cada hombre, las grietas que pueda tener en su vida, el mundo adverso que a cada cual rodea, las sequedades de su interior o aquellas cosas en las que tropieza una y otra vez y no permiten que sus raíces pueden ahondarse allí donde pueda encontrar buena tierra y enraizar debidamente. Somos fáciles para el juicio y la condena de los demás, pero pocas veces nos detenemos a ver las dificultades que en si mismo cada uno tiene.
Ya sabemos que necesitamos tierra buena, tierra bien cultivada, libre de pedruscos y de abrojos, pero la realidad de nuestra vida es esa. Son muchas las cosas que influyen en nosotros de manera negativa y nos cuesta levantar cabeza, nos cuesta poner esa positividad en la vida. Cuando en verdad queremos crecer como personas sabemos cuanto nos cuesta, las dificultades que cada día de la vida vamos encontrando. No es que seamos pesimistas, sino que vemos nuestra realidad. Pero tampoco podemos quedarnos en la pasividad, sino que hemos de saber encontrar fuerzas para levantarnos, para crecer, para llevar a madurar en la vida buscando el mejor ideal, la más alta meta.
Hoy el evangelio nos ha propuesto la parábola del sembrador que salio echar la semilla por todo lugar. Hubo, es cierto, semillas que no pudieron germinar, o semillas que aunque germinaron y comenzaron a crecer pronto se vieron agostadas y no llegaron a dar fruto. Pero como decíamos no nos podemos quedar en la pasividad, sino que tenemos que buscar cómo ser la mejor tierra para que lleguemos a dar fruto. Podemos liberarnos de esos abrojos, limpiar esos pedruscos del campo de nuestra vida. Con dificultad, pero podemos. Y es a lo que nos incita la parábola.
Que esa semilla de la Palabra de Dios que cae en nosotros llegue a dar fruto. Somos nosotros los que tenemos que dar respuesta, cada uno en su vida, pero también en lo que podemos hacer para ayudar a los demás. Como nos enseña la parábola y la actitud de Jesús hemos de buscar todo momento y todo lugar para sembrar esa semilla, como Jesús que enseñaba aprovechando la barca de Pedro a la orilla del lago, como el sembrador que fue echando la semilla a voleo por todos los lugares, consciente también de la dificultad para que toda esa semilla germinara y diera fruto.
En nuestras manos está y no podemos ser pesimistas ni por nosotros mismos ni por el campo que podamos ver a nuestro alrededor. Sembremos la semilla respetando lo que suceda en el interior de cada hombre, pero pongamos también algo de nuestra parte para ayudar, para animar, para regar o abonar ese sembrado. Muchas son las cosas que podemos hacer si nos arrancamos de nuestras actitudes pasivas y negativas. Cambiemos nuestra mirada y nuestra actitud.

sábado, 22 de septiembre de 2018

¿No seguirá habiendo apegos en nuestro corazón que impide el fructificar de esa semilla?


¿No seguirá habiendo apegos en nuestro corazón que impide el fructificar de esa semilla?

1Corintios 15,35-37.42-49; Sal 55; Lucas 8,4-15

‘Se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo’, comienza diciéndonos hoy el evangelista. Lo venimos observando en el evangelio.
Quieren escucharlo porque les encanta lo que les va diciendo; parece como si una nueva luz, una nueva esperanza se fuera despertando en sus corazones. Al mismo tiempo van viendo los signos que realiza y aunque solo fuera por curiosidad van a conocerle; siempre las cosas extraordinarias nos llaman la atención y aunque sea por curiosidad queremos saber de ellas, aunque luego quizá se nos pase el entusiasmo del primer momento y se olviden. Ya comienza a haber gente más fiel que le sigue por todas partes y se pasan días con El siguiéndole por los caminos y las aldeas, aunque al final sean solo unos pocos los que quedan. A algunos los va llamando con una llamada especial y va encontrando disponibilidad y generosidad en sus corazones para estar con El y para que querer aprender de El.
A todos, sin embargo, quiere hacer pensar Jesús. Lo que les está diciendo es algo importante y no deben olvidar lo que fueron sus primeras palabras cuando comenzó su predicación. Era necesaria una predisposición para dejarse transformar el corazón y hacer que las vidas fueran distintas. Ante esa Buena Noticia que les está dando, que les está anunciando, valga la redundancia, hay que estar dispuesto a creer pero antes que nada a dejar transformar el corazón. Si vamos dejando apegos, si ponemos como condiciones para decir esto me gusta y esto no lo tengo en cuenta, no vale, porque al final terminaremos por dejarlo todo.
Y para que le entiendan bien les propone un ejemplo, les propone una parábola. Es la del hombre que salió a sembrar la buena semilla e iba lanzándola al voleo por todas partes por donde quiera que fuese. La semilla era buena, pero quizá mucha semilla se perdió. El terreno no era todo igual y junto a los campos convenientemente labrados, están los caminos que los atravesaban, o están los setos que los cercaban con sus matojos o sus zarzales, pero también había terrenos no suficientemente labrados ni escardados de pedruscos o matorrales donde la semilla no llego a prender.
La semilla era buena, la voluntad del sembrador era generosa y admirable porque quería abarcar muchos campos, pero no todos los terrenos estaban los necesariamente preparados para recibir la semilla y luego se pudiera coger buena cosecha. Y les viene a decir Jesús a todos aquellos que le seguían, como nos viene a decir a nosotros también, así nos sucede. Ya mencionábamos los entusiasmos primeros pero también los cansancios o las cosas que habían dejado atrás que había que atender, y aunque eran muchos los que lo seguían al final quedaban pocos. Por eso es necesario nuestra positiva predisposición, no solo buenas voluntades, sino decisión y firmeza para permanecer en el camino aunque cueste.
Es lo que nos sigue pasando hoy. ¿Hay respuesta por parte de todos? ¿No  nos encontraremos en tantos incluso campos adversos hoy pero que sin embargo ayer quizá vivieron con entusiasmo su fe? Uno mira y escucha a la gente que nos rodea en su inmensa mayoría que un día estuvieron en una catequesis, recibieron unos sacramentos, quizá frecuentaban la Iglesia y hoy los vemos alejados o incluso haciéndonos la batalla en contra. Siente uno dolor en el alma porque un día ahí cayó la semilla pero han sido tantas las cosas que la han ahogado.
Pero no nos vamos a quedar mirando alrededor, sino que vamos a mirarnos a nosotros mismos. Realmente, ¿cuál es la respuesta que hoy nosotros estamos dando? ¿No seguirá habiendo apegos en nuestro corazón que impide el fructificar de esa semilla? ¿Acaso no nos habremos endurecido por dentro de manera que ya por nuestras rutinas o nuestras malas costumbres, nuestros vicios quizás, hay como una costra en nuestro corazón que nos impide que llegue de verdad la Palabra a nuestra vida para dar una buena respuesta? Muchas preguntas tendríamos que hacernos. Mucho cambio y transformación necesitamos en nuestro corazón.

viernes, 28 de julio de 2017

Tenemos esperanza, podemos caminar, alcanzar nuestros objetivos, llegar a nuestra meta aunque nos cueste muchos esfuerzos porque con nosotros esta la fuerza del Señor

Tenemos esperanza, podemos caminar, alcanzar nuestros objetivos, llegar a nuestra meta aunque nos cueste muchos esfuerzos porque con nosotros esta la fuerza del Señor

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23
Sin entrar en pesimismos sino viendo las cosas lo más realmente posible nos damos cuenta que la vida es bien compleja; no son cosas, por ejemplo, que se sucedan automáticamente como si fuera solo un destino ya marcado, sino que en el devenir de la vida y en el desarrollo de la vida misma vamos recibiendo influencias de un lado o de otro que obstaculizan nuestro quehacer, o que positivamente nos abren nuevos caminos o nos van ofreciendo otras oportunidades que dependerán de nuestra voluntad y empeño y de la interrelación que tenemos unos y otros.
Nos proponemos algo, parece que lo tenemos todo muy claro y planificado, pero van surgiendo circunstancias, influencias de las acciones de los otros, dificultades que no esperábamos que nos pueden poner muy difícil aquello que habíamos deseado y planificado; estará nuestro empreño en no dejarnos influir, por otro lado podemos descubrir nuevas facetas para el desarrollo de lo deseado y así se van entretejiendo muchas cosas. Será una construcción muchas veces difícil pero al final podremos ver el resultado de algo bellamente conseguido tras el esfuerzo por realizarlo.
Es la parábola del sembrador que nos ha propuesto Jesús y que venimos reflexionando en estos días y hoy Jesús nos da su explicación. La semilla era buena y sin embargo no toda logro germinar de la misma manera y hacer crecer una planta que diera generoso fruto. Muchas circunstancias rodearon aquella siembra. La dureza del suelo pisoteado del camino, los pajarillos que aprovecharon para alimentarse de aquellos granos que no lograron enterrarse en tierra, los abrojos y los zarzales entre los que creció aquella nueva planta que se vio ahogado entre tanta maleza, la sequedad de un terreno lleno de pedruscos y sin tierra donde hundir sus raíces, o aquella tierra buena y debidamente preparado que sin embargo no dio igual fruto en todas sus partes.
Así es como se ve zarandeado nuestro corazón en los avatares de la vida que nos hace tener distintas reacciones ante lo que nos va sucediendo aunque en principio puedan ser cosas buenas las que llegan a nosotros. Por muchas circunstancias de la vida nos endurecemos en muchas ocasiones y nos hacemos impenetrables para eso bueno que llega a nosotros y que enriquecería nuestra vida; viene luego nuestra debilidad, nuestras inconstancia, las cosas que nos distraen u otros apegos que podamos tener en nuestro corazón que nos hacen dudar, que nos impiden realizar las cosas con entera libertad; será quizá la frialdad espiritual en que vivimos una vida superficial no sabiendo bien donde hundimos nuestras raíces ni cuales son los verdaderos apoyos de nuestra vida.
Tenemos un hermoso proyecto ante nosotros, todo el proyecto de Dios para nuestra vida mirando la vida con ojos de creyente; tenemos que tener claro a donde vamos, cual es el objetivo final de nuestra vida, nuestra meta definitiva; hemos de caminar con fortaleza de animo arrancando de nosotros todas aquellas cosas que nos puedan distraer de nuestro camino o que pueden ser algo que nos debilite; hemos de saber hundir de verdad nuestras raíces en Dios porque El es el verdadero fundamente de nuestra existencia y su espíritu es nuestra verdadera fortaleza.
Tenemos esperanza, podemos caminar, podemos alcanzar nuestros objetivos, podemos llegar a nuestra meta aunque nos cueste muchos esfuerzos. El agricultor que ha trabajado con ahínco la tierra podrá al final recoger sus frutos. Así será nuestra vida si no perdemos el norte ni nos acobardamos por las dificultades.

miércoles, 26 de julio de 2017

Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de una buena semilla cada día

Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de una buena semilla cada día

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Mateo 13, 1-9
Se sentó Jesús junto al lago y al venir mucha gente a escucharle se subió a una barca y desde allí se puso a enseñarles mucho rato en parábolas. Podemos imaginarnos fácilmente la escena. Una mañana soleada como suele suceder junto al lago de Tiberíades. Las gentes que van y vienen de sus tareas pero que se encuentran con Jesús sentado junto al lago y en torno a El se arremolinan. Quieren escucharle. Sus palabras los cautivan; la noticia corre de boca en boca y todos acuden hasta Jesús. Se sienta en una barca, pues desde allí todos pueden verle y escucharle mejor. Y les hablo en parábolas.
Un recurso muy normal entre los orientales y muy apropiado para que lo entienda la gente sencilla. Las imágenes penetran hondamente en el alma ayudando a entender las palabras, el mensaje. Será un recurso repetido por Jesús. Lo importante es que la Palabra llegue a todos, la semilla caiga en toda tierra, esperando que dé fruto.
Es en si mismo el mensaje de la primera parábola que les ofrece. Un sembrador que sale a sembrar la semilla; a voleo va lanzándola por todas partes, lo que hará que no toda la semilla caiga en una tierra igualmente preparada. Será el propio camino, serán los abrojos de las orillas de los campos, serán terrenos pedregosos no apropiados para acoger debidamente esa semilla, serán buenas tierras dispuestas a que se puedan recoger buenos frutos.
Es la variedad de la vida de los hombres con sus distintas actitudes o con distinta apertura de su corazón para recibir algo nuevo en sus vidas. Es el reflejo también de nuestra propia vida, muchas veces parece que muy disponible, pero en ocasiones con ataduras que nos arrastran, pasiones que nos encierran, negatividades que nos hacen duros e inaccesibles, indiferentes a lo que pase a nuestro alrededor si no es para calmar nuestros caprichos.
Nos es fácil hace una lectura de la parábola simplemente fijándonos en los demás y en cuanto sucede a nuestro alrededor olvidando que cuando lo hacemos así no somos esa tierra fértil y fecunda porque estamos dejando meter en nosotros muchos matorrales que nos impiden acoger nosotros los primeros esa semilla de la Palabra. Por eso siempre hemos de acudir con actitud sincera, con deseos de abrir bien nuestro corazón, de quitar todas esas rémoras en nuestra vida que nos arrastran hacia abajo y no nos dejan caminar libres y generosos.
Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de la Palabra de Dios en medio de nuestro mundo. Seamos capaces de sembrar una buena semilla cada día. Lo intento con estas reflexiones que os ofrezco cada día.
Hace nueve años tal día como hoy inicie la siembra con este blogpost https://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com.es/  y van ya 3341 semillas sembradas por este medio que llega a los más diversos rincones del mundo como se manifiesta en las estadísticas con una cifra cercana a las trescientas mil visitas. Lo expreso con humildad y dando gracias a Dios. Espero que Dios me ayude a seguir sembrando aunque sea con torpeza esa buena semilla por el mundo. Aquella primera semilla fue dedicada a los abuelos en este día de san Joaquin y Santa Ana https://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com.es/2008/07/abuelos-qu-importante-sois-para.html



domingo, 16 de julio de 2017

Salgamos a nuestro mundo, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con la confianza de que el Señor da toda la vitalidad de su Espíritu a la semilla que hemos de sembrar


Salgamos a nuestro mundo, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con la confianza de que el Señor da toda la vitalidad de su Espíritu a la semilla que hemos de sembrar

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

‘Salió el sembrador a sembrar…’ Así comienza la parábola que Jesús les propone. Allí junto a la orilla del lago, sentado desde la barca para que todos pudieran oírle mejor, Jesús estuvo mucho rato hablándoles en parábolas.
Todos ponemos ejemplos en nuestras explicaciones. El mejor maestro es el que habla con mayor sencillez y se hace entender por todos. Entre los orientales el lenguaje lleno de imágenes y comparaciones era algo muy normal. Es el lenguaje de Jesús. El evangelio nos trasmite muchas parábolas de Jesús.
Pero alguno quizá pretendiendo decir que entiende la parábola de Jesús o tratando de explicarla se atreva a hacer alguna consideración muy particular. ¿A quien se le ocurre salir a sembrar y echando la semilla a voleo no le importa donde pueda caer exponiéndose a que caiga entre pedregales o zarzales? Pudiera parecer un atinado comentario si no se entendiera que en oriente como en algunos sitios quizás se eche la semilla a voleo a la tierra primero y sea luego cuando se labre ese terreno y así en la arada pueda penetrarse mejor en la tierra donde se vuelva fecunda esa semilla.
Pero más allá de esas posibles elucubraciones sea otra cosa lo que Jesús quiere trasmitirnos. Por un lado, la fuerza que en sí misma tiene esa semilla, que luego nos explicará Jesús que está refiriéndose a la Palabra de Dios que hemos de sembrar en nuestro mundo. Claro que no deja de ser un interrogante en nuestro interior cuál sea la actitud de acogida que tengamos ante esa Palabra que Dios quiere plantar en nuestra vida. Ahí está descrita, es cierto, nuestra respuesta como nuestra libertad y responsabilidad para acoger esa semilla en nuestra vida.
Claro que en estos momentos que vivimos en la Iglesia donde sentimos la urgencia de una nueva evangelización, de un nuevo anuncio del Evangelio como Palabra de vida y salvación para los hombres, nos llevaría a pensar en algo más en esa responsabilidad que tenemos con la semilla que está en nuestras manos y hemos de hacer llegar a nuestro mundo. El Papa nos lo está recordando continuamente.
Diríamos que ha sido una constante, por otra parte, en la vida de la Iglesia cuando tras el concilio Vaticano II hemos ido tomando conciencia todos de nuestra responsabilidad eclesial, de nuestra pertenencia a la Iglesia y de la realidad de nuestro mundo al que dábamos por sentado que era cristiano pero que necesita de esa nueva evangelización. Todos recordamos aquella exhortación apostólica de Pablo II, Evangelii nuntiandi publicada a los diez años del concilio y que tan gran impacto produjo en el seno de la Iglesia de manera que ha sido de alguna manera vademécum en la tarea de todo evangelizador.
Por supuesto que escuchamos esta parábola leyéndola en nuestra propia vida y en nuestra responsabilidad de la acogida a esa semilla de la Palabra de Dios. Pero es cierto también que tendríamos que hacer una lectura de la misma desde esa tarea y esa responsabilidad que todo cristiano tiene de ser portador del Evangelio para los demás. Todos hemos de ser evangelizadores, misioneros del evangelio con el testimonio de nuestra vida además de con nuestras palabras.
Muchas veces quizá la tarea inmensa que se presenta ante nosotros nos paraliza. Sí, nos paraliza porque ya quizá de antemano damos por sentado que esa Palabra en muchas personas, en muchos lugares no va a ser aceptada y acogida. Si vamos con esos tintes negativos marcando nuestra tarea ya quizá no ponemos tanto entusiasmo, ya no nos vamos a esforzar por llegar a las periferias, como nos dice el Papa, porque quizá damos por sentado que no vamos a ser acogidos ni escuchados. Esa dureza del camino, esos pedruscos en medio del terreno o esos zarzales de tantas cosas que pueden enredar a nuestros oyentes se convierten ya en nosotros en barreras que nos van a impedir llegar de verdad a todos con nuestro anuncio.
Es ahí en ese mundo, y no vamos a hacer ahora una descripción que cargue sus tintes negativos, en donde tenemos que hacer ese anuncio. Esas periferias de las que nos habla el papa, no significa ir a lugares especiales o lejanos sino que están ahí mismo a nuestro lado en tantos que quizás ya vienen de vuelta, en tantos que aunque siguen diciéndose cristianos viven su fe con frialdad y sin compromiso, en tantos que se creen muy seguros en sus ideas o planteamientos y no llegan a descubrir de verdad la novedad que siempre ha de significar el evangelio.
Son esos que quizá vienen también a nuestras celebraciones por una costumbre o por unas rutinas, o que convierten nuestras celebraciones en algo así como un acto social más en el que participan pero que no le dan la profundidad de la fe, no ponen toda su vida en aquello en lo que están participando, cierran sus oídos para no escuchar esa Palabra nueva del evangelio que les pueda hacer despertar de sus modorras.
Salió el sembrador a sembrar y no ha de temer la clase de tierra distinta que pueda encontrar sino que en toda tierra ha de sembrar esa semilla, esa Palabra de Dios. Salgamos, sí, a nuestro mundo con esa misión, con esa tarea, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con toda nuestra confianza puesta en el Señor que le da toda la vitalidad de su Espíritu a esa Palabra de Dios que hemos de sembrar en nuestro mundo.