Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta germinar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta germinar. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de julio de 2026

Una semilla que nos parece insignificante que germina en silencio y nos dará hermosa planta con sus frutos, así en nuestra vida hemos de hacer germinar nuestros valores

 


Una semilla que nos parece insignificante que germina en silencio y nos dará hermosa planta con sus frutos, así en nuestra vida hemos de hacer germinar nuestros valores

Jeremías 13, 1-11; Salmo : Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 13, 31-35

¿Tú crees que con esa mezquindad o esa menudencia vas a poder conseguir algo que sea verdaderamente importante? Le decimos a quien viene con ilusión por hacer algo pero los medios de los que dispone parecen ridículos porque consideramos que con esos medios no va a poder llegar a ninguna parte. O es lo que pensamos de nosotros mismos cuando nos confían una misión que parece que se sale de nuestras posibilidades porque nos sentimos pobres de medios y pequeños, porque quizás pensamos que para eso no valemos y que entonces no merece la pena ni intentarlo. Pensamos que para hacer algo importante nosotros tenemos que considerarnos unos genios, pero vemos que no lo somos, o que necesitamos grandes medios para lograrlo. Así nos descartamos a nosotros mismos, porque no nos valoramos, como comenzamos también a descartar a otros o descartar proyectos que nos parece que no valen la pena.

¿Es así cómo tenemos que pensar o es la manera de actuar en lo que tenemos entre manos? Somos tan insignificantes, pensamos, que ni quisiera nos atrevemos a imaginar las posibilidades que tendríamos de llevar adelante cosas que realmente merezcan la pena. Pero hoy Jesús en el evangelio nos da una lección.

Sigue hablándonos Jesús en parábolas para que entendamos lo que es el Reino de Dios pero también para que lleguemos a comprender lo que de nuestra parte podemos hacer pero al mismo tiempo otro misterio de gracia para poder realizarlo. Vayamos por partes. Nos habla Jesús por un lado de una semilla tan insignificante como la mostaza, o de ese pequeño puñado de levadura que mezclamos con la masa y que se va a diluir de tal manera que al final ni lo vemos pero que va a fermentar la masa. La insignificante semilla de la mostaza que nos puede dar una planta bien frondosa y con gran diferencia entre el tamaño de la semilla y de la planta que luego va a surgir. Como dice Jesús hasta los pájaros podrán anidar entre sus ramas. ¿Tenemos que descarta esa semilla por lo insignificante? Cualquier semilla que vayamos a sembrar siempre será algo menudo que se nos escurre entre los dedos pero que tiene la virtualidad de que al germinar nos puede dar una hermosa planta en la que se multiplicarán los frutos.

Creo que el mensaje que nos quiere dar Jesús es bien significativo de cara a nuestra propia vida y lo que nosotros nos valoramos a nosotros mismos o en referencia a las obras que hemos de emprender que siempre comenzarán por lo pequeño, muchas veces ocultándolas como cimientos bajo tierra que los ojos no verán pero de donde podremos conseguir obras maravillosas y de gran valor. ¿Podemos decir entonces que nosotros no valemos, que somos poca cosa y en consecuencia que no nos atrevemos a comprometernos a algo nuevo y distinto? Tu pequeño grano de arena se puede convertir en un elemento fuerte que dé cimiento a lo que hemos de emprender.

Pero hablábamos también de enterrar como se entierra un cimiento o como se entierra una simiente, una semilla; allí en lo oculto va a germinar sin que nosotros sepamos como ni veamos quizás ese proceso. Allí en lo secreto de la masa con la que se ha mezclado la levadura surgirá la fermentación necesaria en ese proceso de darnos un buen pan. Misterio, podíamos decir, de lo secreto y de lo escondido, que ya no depende del sembrador o de quien amasa la harina. Es su proceso de germinación o de fermentación que no depende ni del sembrador ni de quien realiza el amasijo.

¿No podemos pensar en ese actuar del Espíritu divino que va a dar consistencia a aquello que emprendemos y con admiración muchas veces de nuestra parte porque no nos creíamos capaces de ello van a surgir obras maravillosas? Como creyentes que somos hemos de saber reconocer ese actuar de Dios y dejarnos conducir por El; está es cierto nuestra responsabilidad que manifestaremos en nuestra disposición y en nuestro arrojo y valentía para aceptar una responsabilidad que nos confían, para emprender una tarea que vemos con esperanza cuanto bien va a producir. No nos queremos apoyar en nuestro orgullo personal, aunque aceptamos nuestra responsabilidad y ponemos de nuestra parte nuestra disponibilidad; dejemos que la gracia de Dios actúe en nosotros y se manifieste en aquello que intentamos hacer.

Y un proceso y otro se va realizando en lo oculto y en el silencio. No es necesario hacer ruido para realizarlo, solo al final va a sonar la melodía armoniosa de los frutos obtenidos; no tiene que gritar nuestro amor propio que se convierte en orgullo, sino que en el silencio de la humildad haremos que fructifiquen nuestras obras, porque a quien único tenemos que dar gloria es a Dios que nos confía tales tareas y pone tantas posibilidades en nuestras manos.

domingo, 12 de julio de 2026

La semilla tiene que germinar, es su función y la manera de multiplicar la vida y es la acogida que nosotros tenemos que hacer

 


La semilla tiene que germinar, es su función y la manera de multiplicar la vida y es la acogida que nosotros tenemos que hacer

Isaías 55, 10-11; Salmo 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

Aunque estaban en la playa en la orilla del lago y lo más apetecible fuera dedicarse a pescar sin embargo no desaprovecha je sus la oportunidad para sembrar. Ha salido de casa y se ha venido al lago; es fácil imaginar el cuadro de Jesús sentado en medio de la gente, los pescadores primero que estarían haciendo sus labores de reparación de redes o preparativos para la próxima jornada pero pronto será una multitud considerable la que se reúna en torno a El para escucharle; será necesario aprovechar alguna de aquellas barcas para subirse y desde ella hablar de modo que todos pudieran escucharle.

Ha venido a estar con los hijos de los hombres; como ya se había anunciado desde antes de su nacimiento venía para ser el Emmanuel y así le vemos allí donde la gente está, en su vida de cada día, con sus necesidades o con sus deseos y sueños, con sus problemas o con sus soledades, allí donde hay sufrimiento deteniéndose junto al camino o yendo en búsqueda del que sufre en soledad, dejándose conducir por quienes quieren llevarle allí donde está la necesidad o los signos de muerte, o dejándose estrujar por la gente que le rodea y quiere estar cerca de El, permitiendo la astucia de quienes buscarán caminos extraordinario para llegar a sus pies aunque tengan que romper el tejado; para todos quiere tener una palabra y un gesto de vida.

Habla con sencillez para poder llegar al corazón de todos y todos puedan comprender cuando hay un mínimo de apertura en el corazón que para todos sin exclusión es ese Reino de Dios que está anunciando y que llega ya. Les habla en parábolas, imágenes, comparaciones que ayudan a comprender, que reflejan la situación que hay en el corazón pero que nos enseñan a prepararlo para escuchar mejor pero sobre todo para llevarlo a la vida. Nos habla Jesús a partir de cosas de nuestra vida ordinaria, de lo que hacemos o contemplamos alrededor nuestro o en nosotros mismos cada día. Porque de eso es lo que se pretende, que ese mensaje sea semilla sembrada en el corazón que transforme nuestras vidas. No vamos a escuchar bellos relatos o la narración de historias extraordinarias que nos impacten pero nos sigan dejando en nuestra ensoñación.

Hoy nos habla de un sembrador y de una semilla que serán de verdad lo importante por quien hace la siembra por una parte y por la semilla que ha de germinar y fructificar; claro que nos hablará de una tierra donde caiga esa semilla y por ahí suelen venir las aplicaciones que hacemos de la parábola. Con detalle nos da las diversas situaciones en que puede caer esa semilla que tiene que germinar, que viene a ser una hermosa descripción de lo que puede ser nuestra vida o de las actitudes que nosotros tomemos.

La tierra endurecida del camino por tantos pasos que en una dirección u otra continuamente lo están atravesando y que permiten que la semilla se penetre en la tierra quedando al albur de los pájaros que ven la ocasión de encontrar para ellos un alimento; los pedregales de los terrenos no cultivados que no tienen tierra apropiada para poder enraizar la nueva planta; en terreno cultivados al tiempo de la fecundación de la semilla serán los abrojos y los zarzales los que ahoguen con sus ramajes las nuevas plantas que van germinando; pero nos hablará también de la tierra buena y bien trabajada que acogerá esa semilla ayudándola a germinar, crecer y darnos cosecha.

Es la descripción que Jesús nos hace ¿para que entendamos sin entender? ¿para que miremos con los ojos sin ver? ¿para que sigamos teniendo embotado y endurecido el corazón y no lleguemos a dar el paso de conversión? La semilla tiene que germinar, esa es su función y la manera de multiplicar la vida y esa es la acogida que nosotros tenemos que hacer.

¿Qué nos está diciendo Jesús con esta parábola? Que prepararemos una tierra buena, que preparemos el corazón de la mejor manera y que nuestras posturas cerradas y endurecidas a nada nos llevan; que vayamos haciendo buenos surcos en la tierra de nuestro corazón limpiando de todas esas actitudes, posturas, negatividades, superficialidades y rutinas de vida fácil y sin profundidad, malquerencias y desconfianzas que lo malean, orgullos que se convierten en piedras de tropezar y ramajes de vanidades que lo envanecen y nos hacen perder el verdadero sentido de la vida, para que pueda en verdad enraizar esa semilla de la Palabra de Dios en nosotros y pueda finalmente dar fruto.

El Señor conoce nuestra condición, llena de debilidades por una parte y tan torpes tantas veces para mantener una continuidad en nuestra respuesta porque nos dejamos cautivar por muchos cantos de sirena que nos distraen, por eso nos recibirá con el fruto, poco o mucho, que llevemos en nuestras manos, porque valora nuestra perseverancia, sabe de nuestras luchas y de nuestros retrocesos en tantas ocasiones. ¿Será el ciento, el setenta, o el treinta? ‘Venid, benditos de mi Padre…’ nos dirá porque para nosotros tiene el Reino prometido, porque hemos intentado acoger y vivir en ese reino a pesar de nuestras torpezas y debilidades, porque El está viendo el amor que hayamos puesto en nuestro corazón.


lunes, 26 de enero de 2026

Una semilla nos alimenta, pero una semilla germina también para hacer multiplicar los frutos, sembremos que algún de vuelta llegará de nuevo a alimentarnos a nosotros

 


Una semilla nos alimenta, pero una semilla germina también para hacer multiplicar los frutos, sembremos que algún de vuelta llegará de nuevo a alimentarnos a nosotros

2Timoteo 1, 1-8; Salmo 95; Marcos 4,26-34

Una semilla nos alimenta, pero una semilla también multiplica la vida, al germinar da inicio a nueva vida, a nuevas plantas que multiplican sus semillas, multiplican sus frutos. Es muy enriquecedora la imagen que se nos proyecta que tiene un hondo reflejo en nuestra vida, en lo que hacemos, en el fruto que damos, en el valor de nuestra vida y de nuestros actos; nada, pues, nos puede parecer insignificante porque su apariencia sea muy sencilla y elemental, como lo son muchas semillas, porque todo tiene una riqueza explosiva en su interior, no para destruir sino para crear vida.

Jesús en su pedagogía infinita y en su sabiduría divina nos deja repetidas veces en sus parábolas la imagen de la semilla, esparcida por el sembrador en los distintos campos de la vida aunque en no todos se va a recoger el mismo fruto, pero hundida pacientemente en tierra con la esperanza de que un día germinará, mezclada quizás con la cizaña de las malas hierbas que podrían poner en peligro sus frutos, en la insignificancia de una grano de mostaza que se nos escapa entre los dedos, pero que un día ha de producir fruto.

Dos parábolas nos propone hoy Jesús en el evangelio, de esa semilla que enterrada en tierra que el agricultor, sin que él mismo sepa cómo, pacientemente espera que un día germine para darnos una nueva planta que a su vez produzca sus frutos, y del insignificante grano de mostaza que llegará a darnos una planta en cuyo ramaje hasta los pájaros pueden hacer su nido.

Ya sabemos, porque Jesús nos lo ha explicado en otras parábolas que esa semilla nos está hablando de la Palabra de Dios, y también podemos decir, ¿por qué no?, de todo lo bueno que nosotros podamos hacer o podamos decir que cual buena semilla es sembrada en el corazón de la vida. Habiendo celebrado ayer el domingo de la Palabra de Dios claro que podemos insistir en la eficacia que tiene esa semilla porque en ella está el germen de Dios. No dejemos caer esa semilla en tierra infecunda porque endurezcamos nuestro corazón ni nos hagamos oídos sordos ante su proclamación. Tengamos fe en la eficacia de la Palabra de Dios en nuestra vida por eso con tanto amor tenemos que escucharla y plantarla en nuestro corazón. No dejemos que el viento se lleve esas páginas de la Palabra de Dios sino que sepamos apoyarnos en ella para hacer de verdad fructificar nuestra vida.

Pero como también decíamos vayamos nosotros también sembrando semillas de vida por los campos de la existencia que vamos atravesando. Es esa buena palabra que hemos de tener siempre en nuestros labios para irla sembrando allá por donde vayamos. también en nuestro interior la vida nos ha hecho ir acumulando una sabiduría desde la reflexión que de las cosas y de los acontecimientos nos vamos haciendo; tenemos más sabiduría dentro de nosotros de lo que podemos imaginar, hemos de saber limpiar de la paja de las superficialidades todo eso que en nuestro interior rumiamos; de ahí surge el buen consejo que podemos dar, esa orientación que podemos poner en los oídos y en el corazón de los que están a nuestro lado, esa respuesta reflexiva que podemos dar ante cualquier cuestión que se nos plantee, ese punto de vista distinto que podemos ofrecer en cualquier diálogo o discusión.

No temamos sembrar esa buena semilla que también nosotros llevamos en nuestro corazón, será como una semilla sembrada a voleo que el viento trasladará de un sitio a otro y que puede ir cayendo en la tierra buena de muchos corazones que estén esperando esa luz orientadora para sus vidas. No sabemos hasta donde puede llegar, no nos importe, sembremos lo bueno con constancia que será semilla que se multiplique y que ahora no sabemos pero con el tiempo quizás podamos recoger una hermosa cosecha. Alguna vez podrá llegar de nuevo a ti después de haber recorrido amplios mundos esa semilla que un día sembraste y que a la vuelta también podrá ayudarte a ti. Os confieso que me ha sucedido en la vida. No dejemos de sembrar.

viernes, 31 de enero de 2025

Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo, un día germinará y producirá hermosos frutos de un mundo mejor

 


Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo, un día germinará y producirá hermosos frutos de un mundo mejor

Hebreos 10,32-39; Salmo 36; Marcos 4,26-34

Algo importante por lo que al menos tendríamos que comenzar es por sembrar la semilla; no podemos pretender recoger frutos si antes no hemos sembrado y cultivado. Es nuestra tarea y nuestra función en la vida; es cierto que nos sentimos tentados a la pasividad y que todo nos lo den hecho, algunas veces es la sensación que damos con algunas maneras de plantear la vida y plantear la sociedad; no sé si de alguna manera estaremos provocando una cierta pasividad cuando no somos capaces de poner nuestro esfuerzo personal sin que antes medien no sé cuantas oportunidades que hasta exigimos en formas de ayudas para poder emprender algo o desarrollar propias iniciativas. ¿Qué sociedad nos estaremos creando cuando no promovemos que surjan y se desarrollen esas iniciativas personales desde ese esfuerzo que cada uno hemos de poner? Por eso al final pretendemos que todo nos lo den hecho. Pudiera parece que me he alejado de lo que es el mensaje del día, pero también sobre todas estas cosas hemos de reflexionar, no estoy tan lejos.

Seamos capaces de sembrar semillas, aunque algunas veces podamos ser conscientes de que no todos los terrenos son igualmente propicios. Semilla sembrada siempre tiene la posibilidad de que de alguna manera algún día brote una flor, lo cual será señal de que luego podamos recoger un fruto. La semilla guardada en el granero no va a producir fruto; quizás haya semillas en nuestra vida que dejamos pudrir en el granero porque no las sacamos y sembramos en tierra dándole la posibilidad de dar un fruto. ¿Tendremos valores guardados y enterrados en nosotros mismos que no sacamos a flote y desarrollamos por los miedos que nos coartan y nos impiden actuar?

Jesús en el evangelio repetidamente nos compara el reino de Dios con una semilla; diversas parábolas nos hablan de ello. Y hoy nos habla de esa semilla sembrada en silencio y que aparentemente en silencio queda bajo tierra, y como nos dice Jesús sin que el agricultor sepa cómo un día aquella semilla germinó y llegar a producir fruto.

Esa semilla que vamos sembrando con nuestro testimonio, esa semilla sembrada con una palabra amable o un gesto generoso, esa semilla de la rectitud con que andamos por la vida y ese compromiso que tenemos con todo lo bueno, esa semilla que será nuestra presencia que parece que no dice nada pero que está manifestando la integridad de una fe, esa semilla del día a día que vivimos con responsabilidad y con sentido trascendente.

Serán semillas silenciosas quizás pero que dejan huella, que hacen que nos hagamos preguntas, que impulsan a mirar las cosas de manera distinta, que elevan la altura de miras de los demás para comprender que puede haber otras metas, que hay otros ideales, que hay una luz que ilumina caminos en las peores tormentas que nos podamos encontrar. Es lo que tenemos que ser los cristianos en medio del mundo. Como nos dirá Jesús en otros momentos y con otras imágenes, como la silenciosa levadura que desde dentro hace fermentar la masa. Así tenemos que ser, así tiene que ser nuestro testimonio, así tenemos que ser evangelio para los demás.

No buscaremos apoyos humanos, pero sí sabemos que con nosotros está el que dará fuerza y vigor para que la semilla pueda germinar. No nos sentiremos solos porque es el Espíritu del Señor el que está haciendo surgir todo eso bueno dentro de nosotros, está inspirando esos gestos y esas iniciativas, estará dándonos fuerzas cuando nos parezca que todo es adverso, pero tenemos la certeza de que podemos seguir, podemos dar ese testimonio, tenemos la esperanza de que la semilla un día germinará y dará fruto. Es la paciente espera del sembrador y del agricultor con la que nosotros esperamos que un día podamos ver un mundo nuevo, un mundo mejor. Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo.

sábado, 26 de octubre de 2024

Sigamos cultivando nuestra vida, la humilde higuera nos dará sabrosos y dulces frutos, aunque nos sintamos pequeños podemos enriquecer nuestro mundo con hermosos frutos

 


Sigamos cultivando nuestra vida, la humilde higuera nos dará sabrosos y dulces frutos, aunque nos sintamos pequeños podemos enriquecer nuestro mundo con hermosos frutos

Efesios 4, 7-16; Salmo 121; Lucas 13, 1-9

Confieso que la imagen que tengo en mi mente de la higuera es la de un árbol humilde. Reconozco que me gusta saborear unos higos recién cogidos de la higuera, como también soy un goloso de los higos pasados, con su dulce sabor además de lo nutritivos que son. Pero mirar o pensar en una higuera me hace pensar, sin embargo, en un árbol humilde, que no sobresale en nada, ni siquiera con flores, por así decirlo frente a otros árboles frutales de nuestros campos. Sin embargo por otra parte bien significativo cuando de sus ramas aparentemente secas comienzan a aparecer en sus yemas los brotes que nos anuncian una cercana primavera. Que sabroso es por otra parte detenernos en el camino a su sombra y poder saborear uno de sus frutos que además nos dan energía para el camino.

Nos aparece en el evangelio en varias ocasiones su imagen, en ellas sin embargo mientras se busca sus frutos y no se encuentran. En una ocasión mientras Jesús caminaba hacia Jerusalén, y hoy, también en su camino de subida a Jerusalén aparece esta imagen en la parábola que Jesús nos ofrece. El hombre que se acerca a su heredad y busca frutos en la higuera que tiene en su huerta; pero no hay fruto y le pide al labrador que la arranque pues no sirve ni para dar fruto. Pero el labrador pide paciencia, promete cuidarla con esmero, abonarla debidamente y cavar la tierra en su derredor, esperando que al año pueda llegar a dar fruto.

¿Seremos acaso nosotros esa higuera que no da fruto y nos escudamos en nuestra infructuosidad en lo humilde y lo pequeño que somos? Cuántas veces lo decimos, yo no valgo nada, yo soy poca cosa y quizás estamos enterrando la riqueza que guardamos en nuestro interior porque quizá nos sea más fácil vivir una vida cómoda y sin esfuerzo. Quizás sea tanta la pobreza de nuestra vida que no somos capaces de ver y reconocer lo que valemos; nos encerramos en una yema que se quiere quedar encerrada en si misma y no tenemos la valentía de hacerla brotar. Pero la yema está en el tallo de la planta para brotar, para que surjan nuevas ramas, para dejar que aparezcan las flores, para madurar los frutos que están como encerrados en ese germen, para que podamos obtener al final hermosos frutos que llenen de buen sabor la vida.

En nosotros siempre hay unos valores, unas cualidades, unas capacidades que tenemos que saber descubrir. Algunas veces, es cierto, tardamos en descubrirlas porque no hemos sabido revolver en nuestro interior esforzándonos en encontrar esa riqueza que llevamos por dentro, a veces quizás porque no recibimos esa ayuda que necesitamos para abrir los ojos y descubrir lo que valemos, pero nunca es tarde.

Recordamos la parábola que tantas veces hemos escuchado que el amo de la viña va llamando trabajadores para trabajar en su viña a distintas horas del día. Nos puede suceder a nosotros y porque quizás pensemos que ya estamos en las últimas horas de nuestro día no merece la pena comenzar; merece la pena, pueden salir cosas hermosas, además llevamos una virtualidad acumulada que puede ser una hermosa riqueza que se desparrame a nuestro alrededor beneficiando a muchos.

No podemos nunca cruzarnos de brazos y dar por terminado el camino; siempre hay un nuevo paso que podemos dar, siempre hay algo bueno que podemos hacer, siempre habrá quien esté esperando de nosotros también lo que le podamos ofrecer, siempre nuestra comunidad se puede ver enriquecida con nuestro trabajo, nuestra sabiduría acumulada, con todas las posibilidades que seguimos llevando dentro de nosotros mismos.

Sigamos cuidando y cultivando nuestra vida, sigamos queriendo darle profundidad y sentido a todo lo que hacemos, aunque nos parezca que somos pequeños y nada valemos; la humilde higuera nos da sabrosos y dulces frutos, el mundo que nos rodea estará esperando esos sabrosos frutos que nosotros podemos ofrecerle.

viernes, 26 de julio de 2024

Que la semilla haga surgir un brote nuevo que nos llene de esperanza, sea comienzo de un jardín florido y de un huerto de la vida lleno de hermosos frutos

 


Que la semilla haga surgir un brote nuevo que nos llene de esperanza, sea comienzo de un jardín florido y de un huerto de la vida lleno de hermosos frutos

Jeremías 3, 14-17; Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23

Hace una semanas en la terraza de mi casa, porque no tengo huerto donde hacerlo, en una maceta en la que ya había otra planta sembré unas cuantas semillas; pasó un tiempo que podríamos llamar de silencio en que parecía que nada brotaba y podía ser infructuoso aquel sembrado, pero pasados unos días comenzaron a romper la tierra unos brotes de algunas de aquellas semillas que habían germinado, otras parece que no lo lograron, y ahora poco a poco aquellas plantitas, aun minúsculas, van creciendo y tomando forma hasta que en su momento trasplante aquellas plantas que ya tengan fortaleza en sus raíces para que puedan desarrollarse y darme los frutos que deseo.

Una minúscula semilla de la que brotará una planta que con su desarrollo posterior va alegrarme con sus flores y en su día con sus frutos el patio de mi casa. Cuanta virtualidad de vida posee en sí misma una semilla si le damos la oportunidad de germinar y con los cuidados correspondientes luego desarrollarse y crecer. De eso nos está hablando Jesús cuando nos propuso, como escuchamos hace unos días, la parábola de la semilla que el sembrador sembró en los diferentes campos. Hoy los discípulos cercanos a Jesús le han preguntado por el sentido de la parábola pidiéndole que se las explique para poder aplicar su mensaje a la vida.

No es simplemente una historia bonita y ejemplar, pero sí es una imagen que nos lleva a interrogarnos por dentro sobre lo que nosotros hacemos con la semilla. Algunas veces no germina, otras ni siquiera le damos la oportunidad de quedar enterrada en el suelo porque el viento se la lleva o los pajarillos se la comen, otras veces aunque germine no podrá prosperar porque no encuentra ni el terreno adecuado y los necesarios cuidados. Cada día humedecía yo la tierra de la maceta porque que la semilla tuviera la necesaria humedad para germinar, pero he dejado de seguir humedeciendo la tierra para que los calores del estío no seque sus raíces y sus hojas y pueda seguir manteniéndose con vida, a su tiempo cuidaré de escardar los yerbajos que puedan nacer a su alrededor para que no la ahoguen y la abonaré para que pueda crecer con fortaleza para que un día me de sus flores y sus frutos.

Nos dice Jesús hoy que la semilla es la Palabra, esa Palabra que Dios nos regala, esa Palabra que sale del corazón de Dios pero que tiene que encontrar un corazón en el que germine y eche raíces para que pueda en verdad transformar nuestra vida. ¿Habremos puesto una coraza alrededor del corazón para que no pueda penetrar en él esa semilla, o acaso lo habremos endurecido tanto que no encontrará esa tierra buena en la que ahondar con sus raíces?

La semilla en sí tiene su virtualidad de vida; la Palabra que sale del corazón de Dios también está llena de vida y lo que Dios quiere es que produzca fruto en nosotros. De nosotros, entonces, depende ahora el fruto que produzca en nuestra vida. Dios respeta siempre nuestra libertad y somos nosotros los que hemos de dar respuesta, somos nosotros lo que hemos de preparar esa tierra buena de nuestro corazón quitando esos abrojos de nuestras rutinas, de nuestras viejas costumbres, de nuestra frialdad que termina por endurecer nuestro corazón, de tantos apegos que ocupan todo nuestro corazón sin dejar lugar para que esa semilla se enraicé en nosotros para que pueda brotar una nueva vida. Es lo que nos está explicando Jesús de la parábola cuando los discípulos le preguntan.

Ese brote nuevo que puede surgir a lo más mínimo en nuestro corazón nos llena de alegría y esperanza. Es señal de vida, es comienzo de una nueva belleza para nuestra vida, es anticipo de un jardín florido y de un huerto lleno de hermosos frutos.

viernes, 27 de enero de 2023

Jesús nos está diciendo que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá creciendo y fructificando el Reino de Dios

 


Jesús nos está diciendo que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá creciendo y fructificando el Reino de Dios

Hebreos 10,32-39; Sal 36; Marcos 4,26-34

Muchas veces cuando nos dejamos llevar solo por las apariencias nos equivocamos; buscamos quizás cosas grandes o aparatosas, los que nos parece raquítico y pequeño lo desechamos, una persona que en nuestra manera de ver no tiene buena apariencia la rechazamos sin más, de aquel que nos parece ‘un pobre hombre’, como suele decirse, no esperamos nada; aquel que nos parece más locuaz, más hablador, que se nos presenta como que todo lo sabe es al que primera le prestamos atención. Cómo nos engañamos.

Hoy Jesús nos está diciendo que tenemos que aprender a valorar lo pequeño, lo que no hace ruido, porque es quizás lo que verdaderamente fructificará. Como siempre Jesús nos habla en parábolas, ejemplos muy sencillos, tomados de la vida de cada día, de lo que tenemos entre manos o contemplamos muchas veces sin darnos cuenta. Hoy nos habla Jesús de semillas. ¿Qué es un grano de trigo? Tenemos que reconocer que algo bien insignificante; si no nos fijamos mucho se nos escurre entre los dedos y como caiga en un suelo revuelto con muchas cosas luego ni lo encontramos.

Pues es el grano que se siembra bajo la tierra y sin que nosotros veamos nada va a fructificar y hará brotar una planta que nos dará una hermosa espiga con muchos granos. No lo sentimos, no lo vemos, pero pronto aparecerá ese pequeño brote en el suelo que irá creciendo. O como nos habla también de la mostaza, otra insignificante semilla, que nos va a dar una planta hermosa en cuyo entorno revolotearán hasta los pajarillos.

Y Jesús nos está diciendo que así es el Reino de Dios. Que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá fructificando e irá creciendo. Que pongamos mano por obra en eso tan pequeño e insignificante que podemos hacer en los mil detalles de cada día y que entonces estaremos construyendo algo grande y que merece la pena.

Parece, en ocasiones, que ni creemos en ese reino de Dios, que tenemos el pensamiento en otras cosas, que nos olvidamos de esos mil pequeños detalles de cada día, que cada día cuando tenemos un corazón lleno de amor podemos hacer por el que está a nuestro lado, por hacer que en verdad crezca el Reino de Dios; que aprendamos a valorar lo pequeño y valorar a los pequeños, o a los que nosotros nos parecen pequeños y que nada pueden aportar; que nos olvidemos de buscar esas grandiosidades, que tengamos en cuenta a ese que está a nuestro lado y que parece que nada nos dice o que nada puede hacer, que comencemos a trabajar en silencio, sin hacer mucho ruido porque en el silencio de la tierra la semilla germina y se hace nueva planta que nos terminará dando hermosos frutos.

Deja tu agradable sonrisa a tu paso por la calle, mira con ojos expresivos y con mirada que salga del corazón a esa persona que te da los buenos días cuando pasa junto a ti, pon calor en tu mano y en tu brazo cuando le das el paso a aquel con quien te cruzas quizás en un lugar difícil del camino, alerta tus oídos para escuchar también con tu mirada a aquel que tiende tu mano hacia ti en su necesidad, detente y presta atención a quien parece que tiene algo que contarte y no lo des por sabido de antemano… son tantos los pequeños gestos que podemos tener con aquellos que nos vamos encontrando por el camino de la vida, pequeños gestos que construyen vida, pequeños gestos con los que estamos haciendo presente el reino de Dios. No son apariencias, son la riqueza del amor.

miércoles, 10 de agosto de 2022

Que no echemos a perder a semilla de nuestra vida porque nos guardemos tanto para nosotros porque no seamos capaces darnos hasta morir por los demás

 


Que no echemos a perder a semilla de nuestra vida porque nos guardemos tanto para nosotros porque no seamos capaces darnos hasta morir por los demás

Corintios 9, 6-10; Sal 111; Juan 12, 24-26

Estudia para que seas un hombre y una mujer de provecho, nos inculcaron desde pequeños; bueno eso era lo que nos decían a nuestras generaciones. Pero ser un hombre o mujer de provecho era que pudieras tener un buen trabajo y ganar dinero, poder situarte en la vida, ‘hacer carrera’, como se decía, para poder ser alguien importante, que tuvieras poder económico, que fueras una persona de nombre y de influencia en la vida. No está mal. Es bueno hacer soñar. Es bueno poner aspiraciones en el corazón. Es bueno que lleguemos a desarrollar lo que somos y lo que valemos, nuestras cualidades y valores, que podamos hacer con lo que somos algo por la sociedad en la que vivimos. Es cierto, no hay que cortarle alas a los sueños. Demasiado vemos en la vida gente dando vueltas y vueltas sin saber a donde va, a qué dedicar su vida, que pueden hacer de provecho por ellos mismos, pero también por esa sociedad en la que vivimos.

Lo que creo que no podemos o no debemos hacer es solamente quedarnos en nuestras propias complacencias y satisfacciones – aquello de guardarnos para nosotros mismos -, llenarnos de orgullo y subirnos a pedestales para aprovecharnos de eso que hemos alcanzado, de eso que podemos hacer, o de esos valores y cualidades que hemos sido capaces de desarrollar. Es una tentación fácil, que se nos suba a la cabeza lo que hemos ido logrando en la vida, y centrarlo todo en nuestro yo, querer incluso que los demás sean adoradores de lo que somos suscitando envidias, creando rivalidades, poniendo recelos y desconfianzas en los corazones.

Mira por donde Jesús de que tenemos que hacer fructificar la semilla de nuestra vida. Ya en otros momentos del evangelio nos hablará de cómo hemos de negociar los talentos que se han puesto en nuestras manos para darles rendimiento, y nos habla también de la buena administración que hemos de hacer de lo que somos o de lo que tenemos. Pero hoy nos está dando unas claves cuando habla de la semilla que para que pueda fructificar ha de ser enterrada en tierra y morir. Es una forma de decir que ha de germinar para que surja una nueva planta, de aquella semilla germinada no quedará nada, o mejor tenemos que decir, quedará una nueva planta, una nueva vida, que va a producir también sus frutos.

Por eso nos habla de morir a nosotros mismos. En otro momento empleará la expresión de negarse a sí mismo. Hoy nos dice ‘el que ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’. No podemos centrar la vida solo en nosotros mismos, no podemos pensar en que solo vamos a ganar para nosotros; nos está hablando de desgastarnos, de darnos, de morir como lo hace la semilla para que germine y surja esa nueva planta, nos está hablando del sentido del amor que le hemos de dar a la vida.

Aquello que desarrollamos en nosotros, esa semilla que queremos hacer germinar, esas cualidades y valores que vamos a desarrollar, no es simplemente por buscar un nombre de prestigio, por alcanzar unas metas de poder; no importa las altas cotas que pueda alcanzar sino aquello en lo que yo sea capaz de servir, aquello en lo que yo pueda hacer por ese mundo en el que vivimos, por los demás, por aquellos que me rodean.

Esa es nuestra verdadera riqueza, esa es nuestra verdadera grandeza, ese tiene que ser el auténtico brillo que le dé a mi vida. Ese es el grano de trigo que verdaderamente va a dar fruto, no aquel que guardamos y almacenamos en el granero sin darle ninguna utilidad. Alguna vez nos ha pasado que unas semillas que teníamos allá bien guardadas durante mucho tiempo, las habíamos guardado como si fueran una pepita de oro, pero cuando quisimos sembrarlas para que germinaran y nos dieran nuevas plantas ya estaban inservibles, ya no fueron capaces de germinar para darnos nuevas plantas. Que no echemos a perder así la semilla de nuestra vida.


Todo esto lo estamos reflexionando cuando estamos celebrando hoy a san Lorenzo que no solo se dejó quemar en la parrilla por el nombre de Jesús, sino que por ese nombre de Jesús se había gastado su vida por los pobres que eran la verdadera riqueza de la Iglesia.

domingo, 13 de junio de 2021

No nos cansemos de sembrar y cada momento sea una señal del Reino de Dios que lo estamos plasmando en nuestra vida y reflejando en lo que hacemos por un mundo mejor

 


No nos cansemos de sembrar y cada momento sea una señal del Reino de Dios que lo estamos plasmando en nuestra vida y reflejando en lo que hacemos por un mundo mejor

Ezequiel 17, 22-24; Sal 91; 2Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34

Suelo saludar cada día a mis amigos de las redes sociales tratando de trasmitir optimismo y esperanza para el día que vivimos, pues pienso que es algo que necesitamos mucho frente a la tendencia de verlo todo oscuro, de tener una mirada pesimista, de sentirnos derrotados cada día antes incluso de comenzar la lucha. En el mensaje que trasmitía ayer un poco decía que sepamos encontrar aquello que ponga más luz en la vida en un mundo que se nos enturbia con las sombras. Una persona me comentaba, sin embargo, ‘cada día noto ese mundo más oscuro, pero seguiremos adelante con fe y esperanza’. Aunque sus palabras en principio resuman pesimismo, no deja de intentar al mismo tiempo la esperanza.

Yo a esa persona le respondería que a pesar de esas oscuridades de la maldad que observamos en tantos, tratemos de hacer luz para ver también las buenas semillas que se plantan y germinan y podríamos contemplar así muchas ráfagas de luz, muchas estrellas brillantes, muchas personas buenas en las que brillan los buenos gestos y las buenas actitudes. Creo que es lo que hoy nos quiere enseñar el evangelio y toda la Palabra de Dios que escuchamos en este domingo.

Nos habla de que ‘el Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra’. Y aquí tendríamos que observar a ese agricultor o a ese sembrador que sabe tener la paciencia para dar tiempo a que esa semilla germine y brote en un nuevo tallo, en una nueva planta que a su tiempo dará su fruto. Creo que tenemos que saber tener esa paciencia y porque durante un tiempo veamos que parece que no brota nada en aquella tierra donde sembramos buena simiente, allá debajo de la tierra se está produciendo algo tan maravilloso como es la germinación; a su tiempo un día brotará la nueva planta.

Calladamente y en silencio quizá en muchos corazones se está produciendo esa transformación. Sabemos que no todos responderán, o que cada uno responderá a su tiempo, pero sepamos observar esos pequeños brotes de cosas buenas que van surgiendo en nuestro mundo, no nos confundamos, no esperamos que sea nuestra planta y a nuestra manera, tratemos de no arrasar antes de tiempo porque nos parezca que lo que está brotando no es exactamente lo que nosotros esperábamos y cómo nosotros lo esperábamos; sepamos valorar esos pequeños brotes porque de ellos podrán surgir muchas cosas hermosas. No son nuestras prisas ni nuestros orgullos los que harán surgir los mejores frutos.

El profeta nos hablaba de una pequeña y tierna ramita tomada del añoso cedro y que plantada allá en lo alto hará que brote una nueva y fuerte planta que también crecerá y se hará frondosa como para acoger a todas las aves del cielo o para permitirnos a nosotros acogernos a su sombra. Es lo pequeño lo que hará brotar a lo grande. Y así también tendríamos que saber ir por la vida, sembrando pequeñas semillas aunque nos parezcan insignificantes, algún día brotarán y podremos obtener fruto. Por eso Jesús en el evangelio nos habla también de la pequeñísima semilla de la mostaza, que nos puede parecer insignificante, pero que de ella brotará una hermosa planta.

Misteriosamente el Reino de Dios está presente en nuestro mundo; son muchas las semillas del reino que podríamos observar quizás hasta donde menos lo esperábamos; son muchas las buenas señales que se van dando en nuestro entorno en tantas corazones generosos y entregados, en tantas personas comprometidas con lo bueno y con la búsqueda de la justicia, en tantos esfuerzos por lograr un mundo en el que reino de la paz, y así en tantas cosas. Muchas veces nos sentimos confusos porque esas señales no aparecen donde nosotros habíamos pensado que se podrían dar, o en personas que nos pudieran parecer muy distantes de nuestra manera de pensar y de actuar. Son buenas semillas, dejémoslas fructificar.

¿Por qué vamos a arrasar esas buenas semillas porque no hayamos sido nosotros los que las hemos sembrado? Tenemos la tentación de que aquello bueno que puedan promover personas que no están en nuestro grupo o en nuestro entorno, ya no sirve, ya tenemos que quitarlo de en medio. Son demasiados los estilos que contemplamos en muchos dirigentes de nuestra sociedad y que nos contagian a nosotros también. Respetemos y valoremos lo bueno que hacen los demás y nunca destruyamos ni arrasemos la hermosa planta que pudiera surgir en cualquier lugar.

Y nosotros no nos cansemos de sembrar; en cada rincón del camino hemos de dejar una hermosa huella de nuestro paso porque vamos exhalando el perfume de nuestro amor y nuestras buenas obras; que a cada paso que demos, en cada encuentro que tengamos con los demás vayamos plantando una buena semilla porque tenemos la esperanza que un día ha de germinar y llegar a dar fruto, con cada palabra que pronunciemos vayamos despertando esperanza con la ilusión de un mundo nuevo, cada momento de nuestra vida sea una señal de que el Reino de Dios ha llegado y lo estamos plasmando en nuestra vida y reflejando en lo que hacemos para tener un mundo mejor.

viernes, 29 de enero de 2021

 


Nos duele el tiempo del silencio y de la espera pero lo necesitamos para poder enraizarnos en lo que va a dar plenitud y sentido a nuestro vivir

Hebreos 10,32-39; Sal 36; Marcos 4,26-34

Vivimos el tiempo de la inmediatez; todo lo queremos al instante, no tenemos paciencia para esperar, nos duele ese tiempo y ese silencio de la espera; cuando nos parece que el ordenador va lento y tarda en darnos respuesta a las órdenes que le damos, nos desesperamos, aunque solo sean una segundos los que tenemos que esperar. Pero yo diría que todo, hasta lo más inmediato tiene su tiempo.

Estamos diciendo de los ordenadores porque es la herramienta de trabajo que hoy tenemos más a mano, ya sea en un propio ordenador personal, una tablet, un móvil o celular de última generación y a todo le pedimos, le exigimos la inmediatez. Como no lo vemos ni acaso sentimos ningún ruido de motor no nos damos cuenta, pero también todo eso en estos instrumentos también tiene su proceso, que como decíamos algunas veces se nos retarda. Y como decíamos antes, nos duele el tiempo y el silencio de la espera. Pero lo necesitamos aunque no queremos reconocerlo.

No había estas herramientas en el tiempo de Jesús y por eso sus parábolas parten de lo que era la vida habitual de entonces, sobre todo vida en el campo. En sus parábolas para hablarnos del reino de Dios nos habla entonces con esas imágenes de la siembra de la semilla, de la germinación de la misma y el brotar de la planta que irá creciendo, y que todo tiene su tiempo y tiene su silencio.

Como nos dice, no sabemos cómo, pero la semilla en el silencio de la tierra donde está enterrada germinará, brotará y hará surgir una nueva planta prometedora de hermosos frutos, o como nos dice de la mostaza, pequeña entre las semillas, crecerá como una hermosa hortaliza a cuya sombra hasta los pajarillos pueden hacer sus nidos.

Creo que nos damos cuenta por donde quiero llevar esta reflexión. Y nos valen las palabras de las parábolas de Jesús como nos valen las modernas herramientas que hoy tenemos en nuestras manos con la informática. Quiero pensar en ese tiempo del silencio y de la espera. Necesitamos en la vida de esos silencios y de saber esperar hasta que llegue su tiempo, que todo tiene su tiempo. Es el tiempo del rumiar interiormente, es el tiempo que necesitamos incluso para encontrarnos con nosotros mismos, pero también para ir madurando donde eso que va cayendo en nuestra vida; como la semilla a la que hay que dar un tierra en la tierra con la correspondiente humedad para que pueda germinar.

Son esos tiempo de silencio interior que nos harán en verdad crecer como personas; son esos tiempos que en silencio dedicamos a reflexionar y a meditar, a preguntarnos y a buscar, a interiorizar y a llegar a lo más profundo, a descubrir bien donde hemos hacer llegar nuestras raíces para arraigar bien en la vida y ningún viento pueda llegar a tumbarnos; es la planta que va enterrando poco a poco sus raíces para afianzarse bien, para encontrar los nutrientes que necesita, para encontrar vida en esa humedad del subsuelo y que hará que luego la planta crezca esbelta, llena de hojas, de flores y de frutos.

Nuestras carreras en la vida nos impiden saborear esos procesos interiores que tendríamos que saber hacer; nuestras prisas y nuestras búsquedas de los inmediato casi no nos dejan ver la flor porque queremos el fruto ya, ni disfrutar del verdor y de la frescura de sus hojas y no sabemos entonces tener ese buen nido de nuestra vida que sea nuestro apoyo y nuestro refugio. Y cuando nos va faltando todo eso nos va faltando esa espiritualidad que necesitamos, ese crecimiento de nuestro espíritu y por eso andamos por la vida tan superficialmente.

¿Sabremos anclar bien nuestras raíces en Jesús y en su evangelio para que en verdad lleguemos a dar frutos de vida? Si no estamos así enraizados en Jesús, ¿qué es lo que podemos ofrecer al mundo que está necesitando una luz, una sabia nueva, un sentido nuevo para llegar a una vida en plenitud?

domingo, 20 de diciembre de 2020

De María aprendemos a discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy en una nueva navidad y humanidad que tiene que brotar

 


De María aprendemos a discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy en una nueva navidad y humanidad que  tiene que brotar

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88; Romanos 16, 25-27;  Lucas 1, 26-38

Es parte de la vida de todo ser humano. ¿Seremos soñadores? ¿O es que hay una inquietud en el ser del hombre por el que no se siente satisfecho con lo que tiene y quiere algo más o quiere algo mejor? Continuamente en nuestra vitalidad queremos las cosas mejor y de otra manera y nos hacemos proyectos, buscamos cómo hacer, qué hacer, cómo mejorar, mejores metas, otras cosas distintas. Dice que aquel que no tiene iniciativas y se queda pasivamente en lo que tiene y lo de siempre está como muerto. Parte de esa vitalidad la expresamos en los proyectos que nos vamos haciendo en la vida.

Pero voy a decir una cosa que parece que rompe todo el razonamiento que he venido haciendo hasta ahora. El que verdaderamente tiene proyectos para nosotros es Dios. El es quien realmente tiene un proyecto para cada uno de nosotros, como para toda la humanidad. Es lo que el creyente sabe reconocer, sabe descubrir. Es, podríamos decir, la base de nuestra condición de creyentes, el dejar meter a Dios en nuestra vida o darnos cuenta de que nuestra vida a la larga es un proyecto de Dios, un proyecto de amor de Dios para cada uno de nosotros.

Todos aquellos proyectos humanos, que mencionábamos, hijos de nuestra vitalidad son como las ramificaciones del proyecto de Dios en nuestra vida. Por eso el verdadero creyente confronta su pensamiento y su deseo con el deseo de Dios, con el proyecto de Dios y sabe en un momento determinado descubrir cuando parece que todos sus proyectos humanos se vienen abajo que detrás como motor de todo está ese proyecto de Dios. Un proyecto de Dios, hay que decir, que no nos anula, sino todo lo contrario, nos engrandece porque nos hará caminar caminos de mayor plenitud. Difícil descubrirlo a veces, difícil en ocasiones de aceptar porque parece que trastoca nuestros planes pero cuando nos dejamos llenar por el Espíritu de Dios nos daremos cuenta de ese camino de plenitud por donde realmente nos conduce.

Me atrevo a decir que es lo que hoy nos quiere trasmitir la Palabra de Dios en este cuarto domingo de Adviento. Será, como nos dice la primera lectura, el proyecto de David de construir un pueblo grande, porque además siente que es lo que le ha confiado el Señor. Ha logrado estar por encima de todos sus enemigos, ha llevado a su pueblo a la paz, está construyendo una Jerusalén grande, y ahora quiere construir un templo para el Señor. Parece justo que así lo hiciera porque además en el concepto de su tiempo los templos esplendorosos construidos para Dios manifestaban de alguna manera la grandeza de los pueblos.

Pero Dios no le permite construir ese templo, sino que le dice que es El quien le va a construir una casa para él. Dios le va a dar una hermosa dinastía y hará que su trono dure para siempre. La palabra casa y dinastía o linaje tienen en el lenguaje hebreo una fuerte consonancia (bayit en hebreo) que es casi como si significaran lo mismo y es lo que como en un juego de palabras el profeta le anuncia a David de parte de Dios.

Es lo que contemplamos también en el evangelio en este cuarto domingo de Adviento. Lo conocemos como el evangelio de la Anunciación que tantas veces hemos escuchado y meditado. El Ángel del Señor que viene de parte de Dios a ofrecerle a María el proyecto de amor de Dios, que no solo es para ella sino que va a ser para toda la humanidad. Un diálogo de fe y de amor. El ángel la saluda como la llena de gracia y María en su humildad que se turba ante estas palabras del ángel que le dice que ha hallado gracia ante Dios para que colabore en el proyecto de Dios para la salvación de toda la humanidad.

María vivía su vida pobre y sencilla en aquel pequeño pueblo de Galilea de nombre hasta entonces desconocido; está desposada con José aunque aún no se han celebrado las bodas; podríamos decir que tenía su proyecto de vida como cualquier mujer sencilla y humilde de cualquier pueblo de Galilea. Y ahora se trastocan todos sus planes y proyectos, que por muy sencillos que fueran, eran sus planes y proyectos. Dios espera de ella algo más. Y María es la mujer creyente que se abre al misterio y al designio de Dios. Cosas incluso incomprensibles para ella pero que ella sabe aceptar porque acepta la Palabra de Dios que se le está trasmitiendo.

Si ella vivía como mujer creyente poniendo toda su confianza en Dios que mueve los hilos de la vida y de la historia, ahora en esa actitud creyente le toca dar un paso más y está dispuesta a todo porque se siente la humilde esclava del Señor. María se deja hacer por Dios. Y el proyecto de amor de Dios se lleva a término encarnándose el Hijo de Dios en sus entrañas, de manera que el hijo de María será el Hijo del Altísimo, y el pequeña aldeano de Nazaret que nacerá será el heredero del trono de David su padre, cuyo reino no tiene fin.

Grande es la lección de María cuando estamos ya a las vísperas de la Navidad. Una lección de María que tenemos que aprender para el conjunto de nuestra vida cuando también en los caminos de la historia, y de nuestra historia reciente, muchas veces vemos como se nos vienen abajo nuestros proyectos, nuestros deseos, aquellas cosas por las que aspirábamos y que vemos que ahora no nos valen porque son muchas las cosas que han cambiado. Es la situación que vivimos en estos momentos y que tantas incertidumbres producen en nuestro corazón, pero donde tenemos que saber despertar muchas esperanzas de que algo nuevo vaya a surgir de todo lo que vivimos.

Detrás de todo lo que nos sucede como creyentes que somos tenemos que saber descubrir el designio de Dios. ¿Qué es lo nuevo que tiene que surgir para la humanidad de todo esto? Cuando sembramos la semilla para que germine y haga surgir una nueva planta su germinación es casi como un pudrirse, destruirse a sí misma la semilla para que brote ese nuevo vástago. ¿Será algo así lo que estamos viviendo? ¿Cómo será ese nuevo vástago lleno de nueva vida que tiene que surgir en nuestro mundo? Es lo que nos toca discernir, para discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy. Una nueva navidad tiene que brotar.

lunes, 10 de agosto de 2020

No nos gusta morir pero solo cuando somos capaces de morir a nosotros mismos daremos fruto de verdad siendo generadores de nueva vida

 

No nos gusta morir pero solo cuando somos capaces de morir a nosotros mismos daremos fruto de verdad siendo generadores de nueva vida

2Corintios 9, 6-10; Sal 111; Juan 12, 24-26

Todos habremos tenido alguna vez en nuestra mano una semilla, un grano de trigo por ejemplo, y no sé si nos habremos detenido a pensar en todo el significado de vida que esa pequeña semilla encierra. Pero quizá nos habremos dado cuenta que de nada nos sirve si la dejamos en ese estado en el que la tenemos en nuestra mano, una semilla que encierra vida, pero una semilla que si la queremos dejar así intacta con el paso del tiempo aquella potencia de vida que encierra se pierde.

Sin embargo tenemos que hacer que se pierda de ese estado en que se encuentra, porque o la trituramos para hacer de ella harina con la que elaboraremos el pan, o hemos de hacer que se pierda enterrándola para que pueda germinar y hacer que brote otra planta llena de vida que nos dará abundantes granos en sus espigas multiplicándose así incluso su vida. Pero al germinar, se pudre decimos, porque la semilla desaparece en si misma, parece que pierde la vida pero se potencia la vida en esa nueva planta que va a surgir generadora de nuevos frutos.

Es la imagen que nos está proponiendo hoy Jesús cuando nos dice que ‘si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto’. Y nos está hablando de si mismo, pero nos está hablando de lo que nosotros tenemos que ser.

Parece que a nadie le gusta morir, pero Jesús nos dice que si no morimos no damos fruto, que solo cuando se es capaz de morir a si mismo es cuando daremos fruto de verdad.

Creo que entendemos de verdad lo que quiere significar, porque nos habla no tanto de esa muerte en que un día nuestro cuerpo desaparecerá sino de esa entrega de amor que hemos de ser capaces de hacer de nosotros mismos, aunque nos parezca que nosotros somos anulados, pero que sin embargo en esa nuestra entrega, hasta la muerte si es preciso, seremos en verdad generadores de vida. Lo importante no es que nos reservemos para nosotros mismos, cosa que entraría en lo que podríamos llamar orden natural en cuanto que tenemos que preservar nuestra vida, sino que cuando entramos en la órbita del amor así nos vamos a dar, así nos vamos a olvidar incluso de nosotros mismos porque ya lo que nos importa es el bien de aquellos a los que amamos, a los que queremos amar.

Y escuchamos este texto del evangelio en la fiesta de san Lorenzo, aquel diácono de la Iglesia de Roma que sufrió la tortura del fuego hasta la muerte porque su vida había sido siempre para los demás. Como diácono su misión era el servicio y la atención a los pobres, por eso cuando el emperador de Roma le pide que le entregue las riquezas de la Iglesia, porque sabía que era el administrador de los bienes de la Iglesia de Roma, él reúne a todos los pobres de Roma y se los presenta al emperador diciéndole que aquellos son la riqueza de la Iglesia. Aquellos pobres a los que el diácono Lorenzo servía y atendía y por los que terminó dando su vida en el cruel tormento del fuego, como antes mencionamos.

Hay un aforismo que siempre se suele repetir y que la iglesia está muy convencida de ello y es que la sangre de los mártires es semilla de cristianos. Lo que decíamos antes del grano de trigo que al morir, al germinar se multiplica en una nueva espiga que contendrá numerosos nuevos granos, o que si se tritura para hacer harina se convertirá en fuente de vida al convertirse en nuestro alimento. Así la muerte es generadora de vida cuando somos capaces de entregarnos por el amor. ‘El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’, termina diciéndonos Jesús.

domingo, 12 de julio de 2020

Con la paciencia del agricultor que siembra su semilla y espera pacientemente que germine y llegue a dar fruto sigamos siendo sembradores de la semilla del Evangelio



Con la paciencia del agricultor que siembra su semilla y espera pacientemente que germine y llegue a dar fruto sigamos siendo sembradores de la semilla del Evangelio

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23
Como hijo de trabajadores del campo de niño ya comenzaba a sentir como admiración ante ese misterio de vida que palpamos de alguna manera en las plantas sobre todo cuando observamos el ritmo que tiene su germinación y su crecimiento. Admiración también ante el agricultor que siembra su semilla y sabe que hay un proceso misterioso de germinación que tiene sus ritmos y sus tiempos; aunque ahora técnicamente podemos yo diría que de una forma química adelantar esos ritmos, sin embargo el agricultor pacientemente espera esos primeros brotes que Irán surgiendo de la tierra allí donde sembró la buena semilla. Pero tiene la certeza de que de esa semilla brotará una nueva planta que un día nos ofrecerá también su fruto.
Cuánto necesitamos también en nuestras tareas de esa paciencia del agricultor. Una paciencia llena de esperanza. Espera el fruto que llegará a su tiempo, no podemos adelantar los ritmos de la naturaleza. Y así en la vida humana, así en nuestras tareas, así en los proyectos que emprendemos, así en toda esa lucha que es la vida; es el proceso de las personas y es el proceso de los pueblos.
No le pedimos al niño el fruto maduro que nos tiene que dar un adulto, no podemos pedir a todas las personas la misma capacidad de respuesta; cuidamos la planta, cuidamos la vida, cuidamos el crecimiento de la persona, hemos de cuidar también el proceso del desarrollo de los pueblos, sabiendo que nos vamos a encontrar tierra endurecida, abrojos y zarzales, o cizaña que alguien se encarga de sembrar junto a la buena semilla.
Hoy comenzamos en el evangelio a escuchar una serie de parábolas que Jesús nos propone para que comprendamos lo que es en verdad el Reino de Dios y que el evangelista Mateo congrega en parte en este capítulo trece de su evangelio. Hoy comenzamos con la parábola que llamamos del sembrador por la imagen que se nos presenta del que salió a sembrar la semilla por todas partes, pero que en fin de cuentas quiere que nos fijemos más bien en la semilla que se siembra.
Ahí está precisamente el centro del mensaje, de lo que quiere hablarnos Jesús, la semilla. Es cierto que en los diferentes terrenos donde cae la semilla nos vemos reflejados nosotros en esa diferente actitud y escucha que podamos tener y hacer ante la Palabra de Dios recibida, pero de lo importante que nos quiere hablar Jesús es de la semilla. Esa semilla con su virtualidad propia, capaz de germinar y dar fruto, porque incluso en aquellos lugares difíciles intentará germinar y brotar, porque tiene vida en si misma.
Yo pienso que Jesús aquí nos está enseñando cómo siempre hemos de estar dispuestos a la siembra de la semilla, con la paciencia del agricultor, como decíamos antes, que aguarda pacientemente que un día habrá de germinar y un día puede llegar a dar fruto; consciente además que quizá no siempre será lo mismo de abundante, como nos sucede a nosotros en nuestra vida que no todos tenemos que dar la misma cantidad, el mismo fruto. Ya nos dice en la parábola que incluso en aquella tierra buena y bien labrada unos dieron el ciento, pero otros el sesenta o el treinta por uno, pero dieron fruto; y eso es lo importante.
La parábola, es cierto, quiere que nos centremos esa riqueza maravillosa de la semilla, de la Palabra de Dios que se siembra y que nosotros hemos de acoger. Pero es lección para los diferentes aspectos o apartados de nuestra vida.  Si podemos pensar en la tarea educadora de los padres con sus hijos que nunca se han de cansar de sembrar la buena semilla en sus vidas con la esperanza de que un día aparecerá ese fruto, también en cuanto realizamos en medio de la sociedad por la que nos preocupamos y nos afanamos en hacer que cada día nuestro mundo sea mejor lo hacemos siempre con la esperanza de que esas buenas semillas que nosotros vayamos sembrando harán florecer un día ese mundo haciéndolo mejor.
No nos cansemos de ser sembradores de esperanza y de ilusión, sembradores de bondad y de buenos sentimientos para con los demás, sembradores de sonrisas que hagan cada día más agradable la convivencia entre todos en nuestro mundo, sembradores de amor, de paz, de justicia porque sabemos que podemos hacer un mundo mejor.
Y claro no podemos olvidar toda la tarea que hacemos desde el compromiso de nuestra fe en el anuncio del evangelio en medio de nuestro mundo. Una tarea inmensa e impresionante la que nos espera, sabiendo además que el terreno no siempre está bien dispuesto; ya nos lo describe Jesús en la parábola al hablarnos de esos distintos terrenos donde cayó la semilla. Pero el sembrador seguía sembrando la semilla, y es que nosotros sabemos que contamos con la gracia y la fuerza del Espíritu del Señor que es quien cambia y transforma los corazones. Contamos con esa fuerza de gracia, como hemos de saber contar con la paciencia, como decíamos, del agricultor para saber esperar el tiempo y el momento en que esa semilla germine y esa nueva planta llegue a dar fruto.
No nos podemos sentir cansados los cristianos en esa tarea; no la podemos abandonar porque no veamos el fruto que esperamos; todo es gracia y todo depende también de la respuesta del corazón del hombre, pero ese corazón también lo puede mover la gracia del Señor. Los que desde el compromiso de nuestra fe nos sentimos llamados a evangelizar hemos de seguir haciendo esa tarea, cumpliendo esa misión. Tenemos la esperanza que nos da la certeza del Señor de que en verdad podemos hacer un mundo nuevo.
Yo quiero también ser sembrador, utilizando los medios que las redes sociales nos ofrecen hoy, seguir sembrando la semilla de cada día, como lo intento hacer a través de este medio.

martes, 3 de marzo de 2020

Orar es disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida, no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios


Orar es disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida, no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios

Isaías 55, 10-11; Sal 33; Mateo 6, 7-15
‘Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca…’
Bella imagen la que nos propone el profeta, la lluvia que empapa la tierra, pero la tierra que encierra en sí un caudal de vida pero que necesita del agua que le haga brotar toda la fecundidad que en cierra para que germine y termine dando fruto. ¿Cuál es esa tierra a la que se refiere en profeta? Creo que casi de entrada tenemos que reconocer que es nuestra misma vida, con todas sus posibilidades, con todas las riquezas en ella encerradas.
Es nuestra vida que está ahí como un diamante en bruto; bien sabemos que el diamante no es extraído de la tierra tal como luego lo veremos pulido y engarzado en una joya; en si mismo al ser extraído de la tierra está lleno de impurezas de las que hay que limpiarlo, para luego tallarlo y pulirlo en esa belleza de ángulos y resplandores que luego en él contemplaremos y admiraremos. Así es nuestra vida.
Toda esa riqueza y esa belleza está encerrada dentro de nosotros pero hemos de saberla hacer florecer, resplandecer. Es la tarea en la que hemos de estar empeñados en la vida tratando de profundizar en lo más hondo de nuestro ser, para resaltar lo bello y lo valioso, para purificarnos de cuantas cosas puedan mermar el brillo de la vida. Es la tarea que vamos realizando en la interiorización, en la reflexión y en la meditación, que vamos realizando también en la oracion.
Dejamos que llegue a nosotros, como decía el profeta, esa lluvia que haga brotar toda esa fecundidad, que haga surgir toda esa vida, que nos haga crecer por dentro como la planta que echa raíces hondas en la tierra, pero que se abre frente al cielo y al universo que la rodea que desde eso que somos podamos hacer el bien, podamos amar, podamos enriquecer con nuestros valores a cuantos nos rodean, lleguemos a enriquecer de verdad ese mundo en el que vivimos. Es desde esa meditación, desde esa oración, porque sabemos bien que no es tarea que realicemos por nosotros mismos. Por eso nos abrimos a Dios, escuchamos su palabra que fecunde nuestro ser y nos llene de verdadera vida.
Es el mensaje que nos ofrece hoy la liturgia y la Palabra de Dios. Lo que nos ha trasmitido el profeta y que ya ha dado pie a esa primera parte de nuestra reflexión y lo que luego nos dirá Jesús en el evangelio. Nos dice Jesús que cuando vayamos a orar no nos entretengamos con muchas palabras, como los gentiles que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. Y Jesús nos ofrece un modelo de oración. Muy escueto y muy concreto en que lo fundamental viene a ser que lleguemos a disfrutar de la presencia de Dios. Disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida y entonces no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios.
Creo que es algo que nos falla muchas veces a los cristianos que incluso decimos que queremos rezar con la oración de Jesús. Pero no la disfrutamos, nos quedamos reducidos a repetirla y muchas veces hasta de carrerilla. Disfrutar de una comida no es tragársela de forma glotona, sino saber saborear cada uno de esos componentes de nuestra alimentación sabiendo sentir en nuestro paladar cada uno de sus sabores. ¿Haremos así con el modo de oración que Jesús nos propone? 
Estamos muchas veces más preocupados con aquello que le queremos pedir cuando rezamos el padrenuestro que en verdad saborear esa presencia y ese amor de Dios en nuestra vida. Por eso nuestra oración no termina siendo esa lluvia que fecunda la tierra de nuestra vida como nos decía el profeta. Nuestra vida no termina de germinar, no terminan de brotar esas buenas obras, ese amor, ese compromiso por los demás, por nuestro mundo y por nuestra iglesia aunque digamos que rezamos mucho. Pero es eso, rezamos mucho, muchas palabras que repetimos, y poco amor y presencia de Dios que saboreamos.