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domingo, 16 de junio de 2024

Con la acción de Dios nos podemos sentir transformados, y a través de nuestro actuar podemos sentir, podemos hacer que nuestro mundo también se transforme

 


Con la acción de Dios nos podemos sentir transformados, y a través de nuestro actuar podemos sentir, podemos hacer que nuestro mundo también se transforme

Ezequiel 17, 22-24; Salmo 91; 2 Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34

Muchas veces decimos, es que yo soy así y a estas alturas de mi vida nada me va a hacer cambiar, y nos encerramos en nosotros mismos como un caracol que pone enroscada la concha sobre si mismo y parece que nada lo puede hacer salir de allí. Pero algunas veces nos sorprendemos en nosotros mismos, aunque nos cueste reconocerlo, pero podemos verlo en la evolución de los demás, o en la evolución de la misma sociedad que realmente se puede cambiar, podemos comenzar a ser de otra manera, tener otras perspectivas u otros pensamientos.

Decimos que no sabemos cómo, lo queremos echar al azar, pero quizás olvidamos una palabra que un día escuchamos y nos hizo pensar, el testimonio de alguien que hizo algo que no esperábamos y quizás nos planteó unos interrogantes. ¿Puede ser la influencia de la sociedad que nos rodea? Tendríamos que quizás pensarlo, para darnos cuenta también de lo que podemos hacer. Pero ¿por qué no pensar en una fuerza interior que pueda mover nuestros corazones, hacer cambiar nuestros pensamientos, realizar una transformación dentro de nosotros que quizás no esperábamos? Nosotros los cristianos tenemos algo que nos puede dar luz en este sentido.

Hoy Jesús nos ha propuesto dos parábolas en el evangelio. Nos habla de una semilla echada en tierra y que allá en lo secreto de la tierra germina, hace brotar una planta, que crecerá y madurará para un día darnos fruto. Como nos habla de otra semilla más insignificante aún, la mostaza más pequeña que una cabeza de alfiler, y que sin embargo habrá brotar una planta muy hermosa.

Decimos es la fuerza de la semilla, su capacidad de germinar, el encontrar la tierra o el lugar apropiado para que al germinar brote y nos pueda dar esa planta con sus frutos. Decimos que el labrador poco más hace que sembrarla, quizás luego vendrá el cultivarla con sus cuidados, sus riegos y sus abonos. Pero no es el abono el que hace germinar la semilla, sino que antes tendrá que germinar para que luego pueda alimentarse y fortalecerse.

¿Qué nos estará queriendo decir Jesús? ¿Podrá germinar algo nuevo en nuestro corazón? ¿Podrá lograrse esa transformación de nuestro mundo y de nuestra sociedad? No pensamos solo en la mano o el poder del hombre. Quizás muchas veces nuestra mano maleada o nuestro poder con todas las cosas que en su entorno con sus ambiciones y manipulaciones, con nuestros enfrentamientos y nuestras guerras y podemos decir de cualquier tipo que puedan aparecer, más bien muchas veces está produciendo nuestra destrucción y la destrucción de nuestro mundo. ¿No hay posibilidad de salvación para nosotros y para nuestro mundo?

Jesús cuando se ha planteado estas parábolas se estaba preguntando con qué podía comparar el Reino de Dios. Es lo que hemos de tener presente. Como creyente sigo pensando y creyendo en la presencia y en el poder de Dios en medio de nosotros, incluso en nuestro propio corazón. Y Dios tiene muchas formas de llamarnos, de hablarnos allá en lo más hondo de nosotros mismos, muchas maneras de hacernos llegar su inspiración y su fuerza. Ese actuar en silencio y en secreto de la semilla de la que nos hablaba la parábola.

¿No nos habremos sentido en más de una ocasión movidos a algo nuevo y distinto, a hacer algo en lo que jamás habíamos pensado, a actuar en una situación determinada con cosas y acciones que jamás se nos habían ocurrido? ¿Por qué no pensar en ese actuar de Dios, esa inspiración del Espíritu Santo allá en lo hondo del corazón?

No hace mucho hemos celebrado la fiesta del Espíritu Santo, hemos celebrado Pentecostés recordando la venida del Espíritu sobre los Apóstoles y sobre la Iglesia naciente. Pero no podemos quedarnos en eso como si fuera cosa sucedida en otro tiempo y lugar pero que hoy con nosotros no puede suceder. Hoy, en nuestra vida y en nuestro mundo, de la misma manera se sigue haciendo presente el Espíritu Santo. ¿No decimos que somos templos de Dios y que su Espíritu mora en nosotros? Que no solo sean ideas que tengamos en la cabeza sino algo que en verdad sentimos en el corazón.

Con esa acción de Dios nos sentimos transformados, con esa acción de Dios a través de nuestro actuar podemos sentir, podemos hacer que nuestro mundo se transforme. Ahí está también nuestra tarea, como esos labradores de la viña del Señor que hemos de cultivar nuestra tierra para que también un día esa semilla, que ahí está plantada, llegue a dar sus frutos.

Siento al ofreceros esta reflexión que ha sido el Espíritu del Señor quien me ha inspirado para ayudaros a que también lleguéis a dar fruto. Sin su acción no hubiera sido capaz de ofreceros esta semilla con la que quiero colaborar a hacer fructificar el campo de vuestra vida.

 

viernes, 26 de enero de 2024

Tenemos que ser sembradores de semillas de vida en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos, con la esperanza de que un día darán su fruto

 


Tenemos que ser sembradores de semillas de vida en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos, con la esperanza de que un día darán su fruto

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 4,26-34

Quiero comenzar diciendo algo que podría parecer una perogrullada - una ocurrencia que se sale de tiesto – pero tengo que reconocer que yo creo en la semilla. Sí, la semilla tiene su valor y su significado. Y hoy nos habla Jesús en el evangelio de la semilla, una parábola muy sencilla que solo nos dice que la semilla es echada en tierra, germina y hará nacer una planta que crecerá y un día da fruto; y no nos habla del agricultor que cuida ese campo, no nos habla de lo que hemos de preparar la tierra, sino simplemente de la semilla echada en tierra y que germina. Podíamos decir que no sabemos cómo ni por qué, pero en si misma tiene su virtud, su ser, su esencia, podríamos decir.

¿No hemos visto nacer una planta en los lugares más insospechados? ¿Un árbol frutal que nació allá entre las rocas donde quizás podría parecer imposible que llegara una semilla? ¿Por qué allí y no en otro sitio? Allí llegó la semilla y germinó dándonos una nueva planta. Observaba yo esta misma mañana en mis paseos por los alrededores una pared de piedra que allí se había levantado para salvar un desnivel y a considerable altura se veían surgir plantas silvestres entre las piedras de aquella pared. Allí estaban dando vida y color a la estética de aquella pared.

Y Jesús nos está diciendo que el Reino de Dios es como esa semilla echada en tierra, que germinará y por su misma esa nueva planta puede regalarnos su fruto. Una referencia, es cierto, a la semilla de la Palabra de Dios, como se nos dará referencia y explicación en otras parábolas que nos ofrece Jesús; una referencia a ese Reino de Dios – con él se compara – que germinará en medio de nuestro mundo cuando nos preocupamos de sembrar esa semilla. Esa semilla que son esos valores que nosotros vamos viviendo y ahí en medio de nuestro mundo lo irán contagiando; esa semilla que partirá de nuestros gestos, de nuestras actitudes, de nuestros compromisos, de nuestras buenas palabras con los que queremos enseñar y educar, con los que queremos transmitir lo mejor de nosotros mismos que llevamos en el corazón y queremos vivir.

Somos, tenemos que ser sembradores de semillas en la vida, en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos. Es importante nuestro testimonio, es importante nuestra palabra, son importantes nuestros gestos. Sembremos aunque nos parezca que lo que hacemos es pequeño e insignificante. Hoy nos ha propuesto Jesús otra parábola habla de la semilla insignificante de la mostaza, pero que nos puede dar una hermosa planta, que como nos dice Jesús en la parábola, hasta los pajarillos pueden anidar entre sus ramas.

      Sin dejarme llevar por orgullos ni vanagloria sí quiero decir que, como bien sabéis los que me leen por Internet, estas pequeñas reflexiones nacidas del evangelio de cada día yo las he querido llamar precisamente así, ‘la semilla de cada día’. Ahí dejo en ese amplio campo de Internet y de las redes sociales esa semilla que quiero plantar cada día, como otras pequeñas reflexiones que cada día ofrezco a mis amigos con el buenos días a las que por su brevedad llamo ‘semillitas’. Es la responsabilidad de sembrar algo bueno y la esperanza de que en alguien germine en cosas buenas para él y para nuestro mundo.

viernes, 27 de enero de 2023

Jesús nos está diciendo que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá creciendo y fructificando el Reino de Dios

 


Jesús nos está diciendo que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá creciendo y fructificando el Reino de Dios

Hebreos 10,32-39; Sal 36; Marcos 4,26-34

Muchas veces cuando nos dejamos llevar solo por las apariencias nos equivocamos; buscamos quizás cosas grandes o aparatosas, los que nos parece raquítico y pequeño lo desechamos, una persona que en nuestra manera de ver no tiene buena apariencia la rechazamos sin más, de aquel que nos parece ‘un pobre hombre’, como suele decirse, no esperamos nada; aquel que nos parece más locuaz, más hablador, que se nos presenta como que todo lo sabe es al que primera le prestamos atención. Cómo nos engañamos.

Hoy Jesús nos está diciendo que tenemos que aprender a valorar lo pequeño, lo que no hace ruido, porque es quizás lo que verdaderamente fructificará. Como siempre Jesús nos habla en parábolas, ejemplos muy sencillos, tomados de la vida de cada día, de lo que tenemos entre manos o contemplamos muchas veces sin darnos cuenta. Hoy nos habla Jesús de semillas. ¿Qué es un grano de trigo? Tenemos que reconocer que algo bien insignificante; si no nos fijamos mucho se nos escurre entre los dedos y como caiga en un suelo revuelto con muchas cosas luego ni lo encontramos.

Pues es el grano que se siembra bajo la tierra y sin que nosotros veamos nada va a fructificar y hará brotar una planta que nos dará una hermosa espiga con muchos granos. No lo sentimos, no lo vemos, pero pronto aparecerá ese pequeño brote en el suelo que irá creciendo. O como nos habla también de la mostaza, otra insignificante semilla, que nos va a dar una planta hermosa en cuyo entorno revolotearán hasta los pajarillos.

Y Jesús nos está diciendo que así es el Reino de Dios. Que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá fructificando e irá creciendo. Que pongamos mano por obra en eso tan pequeño e insignificante que podemos hacer en los mil detalles de cada día y que entonces estaremos construyendo algo grande y que merece la pena.

Parece, en ocasiones, que ni creemos en ese reino de Dios, que tenemos el pensamiento en otras cosas, que nos olvidamos de esos mil pequeños detalles de cada día, que cada día cuando tenemos un corazón lleno de amor podemos hacer por el que está a nuestro lado, por hacer que en verdad crezca el Reino de Dios; que aprendamos a valorar lo pequeño y valorar a los pequeños, o a los que nosotros nos parecen pequeños y que nada pueden aportar; que nos olvidemos de buscar esas grandiosidades, que tengamos en cuenta a ese que está a nuestro lado y que parece que nada nos dice o que nada puede hacer, que comencemos a trabajar en silencio, sin hacer mucho ruido porque en el silencio de la tierra la semilla germina y se hace nueva planta que nos terminará dando hermosos frutos.

Deja tu agradable sonrisa a tu paso por la calle, mira con ojos expresivos y con mirada que salga del corazón a esa persona que te da los buenos días cuando pasa junto a ti, pon calor en tu mano y en tu brazo cuando le das el paso a aquel con quien te cruzas quizás en un lugar difícil del camino, alerta tus oídos para escuchar también con tu mirada a aquel que tiende tu mano hacia ti en su necesidad, detente y presta atención a quien parece que tiene algo que contarte y no lo des por sabido de antemano… son tantos los pequeños gestos que podemos tener con aquellos que nos vamos encontrando por el camino de la vida, pequeños gestos que construyen vida, pequeños gestos con los que estamos haciendo presente el reino de Dios. No son apariencias, son la riqueza del amor.

viernes, 28 de enero de 2022

Un camino de paciencia, un camino de respeto, un camino, en fin de cuentas, de amor, porque el amor siempre es paciente cuando es verdadero amor

 


Un camino de paciencia, un camino de respeto, un camino, en fin de cuentas, de amor, porque el amor siempre es paciente cuando es verdadero amor

2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Sal 50; Marcos 4, 26-34

Lo que falta ya es que queramos recoger la cosecha antes de sembrar la semilla. Así andamos, con nuestras prisas y nuestras precipitaciones; todo lo queremos al momento; como estamos tan automatizados con la informática, creemos que todo podemos hacerlo así. Pero las cosas tienen su ritmo, aun las que vemos más automatizadas; es cierto que en ese tema informático por decirlo de una manera fácil tenemos unos aceleradores que nunca nos habíamos podido imagina, más allá de los sueños de un novelista o un poeta, sin embargo la vida tiene su ritmo, la naturaleza tiene su ritmo, la semilla que plantamos en la tierra tiene su ritmo, las personas con sus reacciones o con sus respuestas tienen también su ritmo.

Creo que algunas veces tendríamos que detenernos de esas velocidades de vértigo a las que queremos ir siempre por las autopistas de la vida. Hay un misterio en nosotros, en nuestro ser, que es algo bien distinto de esa automatización de todo a la que nos estamos acostumbrando. Porque tenemos que pensar en las personas, que además no todos somos iguales; cada uno tiene también su propio ritmo. Y esa maduración interna que tenemos que ir haciendo de las cosas que nos suceden o de las cosas incluso que se nos plantean tenemos que respetarla, no vayamos a caer en una inhumanidad  por insensibles.

Hoy Jesús en el evangelio ha vuelto a proponernos parábolas que hablan de semillas, de plantas que nacen y que crecen y que de una forma u otra pueden o tienen que llegar a dar sus frutos, los propios de cada planta. Si en la parábola del sembrador quizás teníamos que fijarnos mucho en el terreno donde se sembrara esa semilla y de su preparación, hoy la parábola parece fijarse en la semilla en si misma. Se planta, germina a su tiempo bajo tierra, brotará la planta que crecerá a su ritmo hasta que un día veamos florecer una espiga prometedora de ricos frutos. Y como dice la parábola el agricultor no ve lo que está sucediendo en aquella semilla, ni bajo tierra, podrá ver finalmente la planta que crece y sus frutos tan ansiados.

¿No sucede algo así en el interior de la persona? ¿Quién es capaz de decirnos con certeza lo que pasa en el interior de cada persona? ¿Quién conoce mi pensamiento si yo no lo manifiesto? ¿Quién sabe de las reacciones interiores que se provocan en mí ante lo que me sucede o lo que pueda entrar por mis oídos? ¿Quién sabe las cosas que tengo que superar, las dificultades que tengo que vencer, los cambios profundos que tenga que realizar para poder hacer lo que se me pide? Y no queremos hablar aquí de las respuestas que a todo esto nos puedan dar los sicólogos o los sociólogos – y no quiero por supuesto minusvalorar su función y su saber porque es cierto que pueden ser ayudas en mi vida -, porque por encima o detrás de todo eso está el misterio de mi ser, de mi vida, también de mi voluntad. La decisión última será la que yo haga con mi entera libertad después de haber hecho lo que ha sido mi propio recorrido, mi propio camino.

Nos está hablando Jesús con las parábolas que nos propone del Reino de Dios y cómo el Reino de Dios se va realizando en nosotros. pero cuando nos está hablando del Reino de Dios no nos está hablando de algo abstracto que se quede solamente en ideas, sino que está hablando de la realidad de nuestra vida y cómo en esa vida nuestra se ira realizando el Reino de Dios, como se irá transformando nuestra vida.

A veces los predicadores o los que tienen una función pastoral dentro de la Iglesia se cansan y se desaniman por lo que cuesta ver los frutos del trabajo que realizan. Tendríamos que leer y escuchar con mucha más atención estas parábolas que nos está ofreciendo hoy el Señor para que aprendamos a respetar los ritmos de las personas y en consecuencia también los ritmos de nuestras comunidades. Eso misterioso que sucede en el interior del hombre y que es un misterio de gracia, misterio de gracia en lo que Dios quiere realizar dentro de nosotros, pero misterio del hombre, misterio de la persona que ha de ir dando una respuesta, haciendo un recorrido, encontrando una disponibilidad, sintiendo una fuerza, la fuerza que le viene de lo alto, que será el que al final moverá su corazón.

Esto nos llevaría también a preguntarnos por qué nos volvemos tan exigentes con las otras personas cuando les pedimos algo, cuando esperamos algo de los otros. Un camino de paciencia, un camino de respeto, un camino, en fin de cuentas, de amor, porque el amor siempre es paciente cuando es verdadero amor. Es la paciencia de Dios con nosotros porque en Dios siempre hay amor.

domingo, 12 de julio de 2020

Con la paciencia del agricultor que siembra su semilla y espera pacientemente que germine y llegue a dar fruto sigamos siendo sembradores de la semilla del Evangelio



Con la paciencia del agricultor que siembra su semilla y espera pacientemente que germine y llegue a dar fruto sigamos siendo sembradores de la semilla del Evangelio

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23
Como hijo de trabajadores del campo de niño ya comenzaba a sentir como admiración ante ese misterio de vida que palpamos de alguna manera en las plantas sobre todo cuando observamos el ritmo que tiene su germinación y su crecimiento. Admiración también ante el agricultor que siembra su semilla y sabe que hay un proceso misterioso de germinación que tiene sus ritmos y sus tiempos; aunque ahora técnicamente podemos yo diría que de una forma química adelantar esos ritmos, sin embargo el agricultor pacientemente espera esos primeros brotes que Irán surgiendo de la tierra allí donde sembró la buena semilla. Pero tiene la certeza de que de esa semilla brotará una nueva planta que un día nos ofrecerá también su fruto.
Cuánto necesitamos también en nuestras tareas de esa paciencia del agricultor. Una paciencia llena de esperanza. Espera el fruto que llegará a su tiempo, no podemos adelantar los ritmos de la naturaleza. Y así en la vida humana, así en nuestras tareas, así en los proyectos que emprendemos, así en toda esa lucha que es la vida; es el proceso de las personas y es el proceso de los pueblos.
No le pedimos al niño el fruto maduro que nos tiene que dar un adulto, no podemos pedir a todas las personas la misma capacidad de respuesta; cuidamos la planta, cuidamos la vida, cuidamos el crecimiento de la persona, hemos de cuidar también el proceso del desarrollo de los pueblos, sabiendo que nos vamos a encontrar tierra endurecida, abrojos y zarzales, o cizaña que alguien se encarga de sembrar junto a la buena semilla.
Hoy comenzamos en el evangelio a escuchar una serie de parábolas que Jesús nos propone para que comprendamos lo que es en verdad el Reino de Dios y que el evangelista Mateo congrega en parte en este capítulo trece de su evangelio. Hoy comenzamos con la parábola que llamamos del sembrador por la imagen que se nos presenta del que salió a sembrar la semilla por todas partes, pero que en fin de cuentas quiere que nos fijemos más bien en la semilla que se siembra.
Ahí está precisamente el centro del mensaje, de lo que quiere hablarnos Jesús, la semilla. Es cierto que en los diferentes terrenos donde cae la semilla nos vemos reflejados nosotros en esa diferente actitud y escucha que podamos tener y hacer ante la Palabra de Dios recibida, pero de lo importante que nos quiere hablar Jesús es de la semilla. Esa semilla con su virtualidad propia, capaz de germinar y dar fruto, porque incluso en aquellos lugares difíciles intentará germinar y brotar, porque tiene vida en si misma.
Yo pienso que Jesús aquí nos está enseñando cómo siempre hemos de estar dispuestos a la siembra de la semilla, con la paciencia del agricultor, como decíamos antes, que aguarda pacientemente que un día habrá de germinar y un día puede llegar a dar fruto; consciente además que quizá no siempre será lo mismo de abundante, como nos sucede a nosotros en nuestra vida que no todos tenemos que dar la misma cantidad, el mismo fruto. Ya nos dice en la parábola que incluso en aquella tierra buena y bien labrada unos dieron el ciento, pero otros el sesenta o el treinta por uno, pero dieron fruto; y eso es lo importante.
La parábola, es cierto, quiere que nos centremos esa riqueza maravillosa de la semilla, de la Palabra de Dios que se siembra y que nosotros hemos de acoger. Pero es lección para los diferentes aspectos o apartados de nuestra vida.  Si podemos pensar en la tarea educadora de los padres con sus hijos que nunca se han de cansar de sembrar la buena semilla en sus vidas con la esperanza de que un día aparecerá ese fruto, también en cuanto realizamos en medio de la sociedad por la que nos preocupamos y nos afanamos en hacer que cada día nuestro mundo sea mejor lo hacemos siempre con la esperanza de que esas buenas semillas que nosotros vayamos sembrando harán florecer un día ese mundo haciéndolo mejor.
No nos cansemos de ser sembradores de esperanza y de ilusión, sembradores de bondad y de buenos sentimientos para con los demás, sembradores de sonrisas que hagan cada día más agradable la convivencia entre todos en nuestro mundo, sembradores de amor, de paz, de justicia porque sabemos que podemos hacer un mundo mejor.
Y claro no podemos olvidar toda la tarea que hacemos desde el compromiso de nuestra fe en el anuncio del evangelio en medio de nuestro mundo. Una tarea inmensa e impresionante la que nos espera, sabiendo además que el terreno no siempre está bien dispuesto; ya nos lo describe Jesús en la parábola al hablarnos de esos distintos terrenos donde cayó la semilla. Pero el sembrador seguía sembrando la semilla, y es que nosotros sabemos que contamos con la gracia y la fuerza del Espíritu del Señor que es quien cambia y transforma los corazones. Contamos con esa fuerza de gracia, como hemos de saber contar con la paciencia, como decíamos, del agricultor para saber esperar el tiempo y el momento en que esa semilla germine y esa nueva planta llegue a dar fruto.
No nos podemos sentir cansados los cristianos en esa tarea; no la podemos abandonar porque no veamos el fruto que esperamos; todo es gracia y todo depende también de la respuesta del corazón del hombre, pero ese corazón también lo puede mover la gracia del Señor. Los que desde el compromiso de nuestra fe nos sentimos llamados a evangelizar hemos de seguir haciendo esa tarea, cumpliendo esa misión. Tenemos la esperanza que nos da la certeza del Señor de que en verdad podemos hacer un mundo nuevo.
Yo quiero también ser sembrador, utilizando los medios que las redes sociales nos ofrecen hoy, seguir sembrando la semilla de cada día, como lo intento hacer a través de este medio.

viernes, 26 de enero de 2018

No olvidemos nunca que siempre hemos de ser sembradores de la buena semilla del Reino de Dios, constructores con nuestra vida del Reino de Dios en nuestro mundo

No olvidemos nunca que siempre hemos de ser sembradores de la buena semilla del Reino de Dios, constructores con nuestra vida del Reino de Dios en nuestro mundo

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95;  Marcos 4,26-34

Qué hermoso y maravilloso contemplar el misterio de la vida, como se va desarrollando día a día en las personas y en la propia naturaleza. Nacer, crecer, madurar, dar frutos es camino de toda vida que misteriosamente se va desarrollando delante de nuestros ojos aunque casi  no nos demos cuenta. Es la vida del niño que crece, que madura en sus pensamientos y en sus actitudes y comportamientos; es la persona que encierra en si todo un misterio en la fuerza que lleva en su interior y que luego se va a ir manifestando en lo que va haciendo de su vida y en la vida.
Como la planta que crece en nuestra huerta, en el jardín o en el campo que la vemos brotar pequeña e insignificante pero que crece y crece y nos pueda dar un frondoso árbol lleno de apetitosos frutos. Es esa semilla que nos parece encerrada en una concha pero de la que un día brotará una planta de hermosas flores y jugosos frutos. Y así podemos pensar en tantas y tantas cosas llenas de vida, como tenemos que pensar, por supuesto en las personas, en nosotros con todo el misterio que en nuestro interior guardamos.
Hoy nos habla Jesús de una semilla plantada y que germina y que va creciendo ante los ojos del agricultor que la sembró y que espera un día recoger abundante cosecha de ella. Pero es una semilla pequeña e insignificante – luego nos hablará también de la insignificante semilla de la mostaza – que puede darnos una hermosa planta. Pero Jesús nos habla de esa semilla plantada y que así crece para comparárnosla con el Reino de Dios. Son varias las parábolas en las que nos hace esa comparación con la semilla.
Esa semilla del Reino de Dios que tenemos que saber ir plantando en la vida. Con el riesgo, si queremos pensar así, de que no sabemos si prenderá o no y si un día va a dar fruto o no, pero que tenemos la obligación de plantar. Y no tenemos que pensar en espectaculares cosas a realizar para plantar esa semilla del Reino. Muchas veces nos ponemos a cavilar y a programar grandes acciones o cosas extraordinarias pensando que así tendrá más efectividad. Sin embargo con la más absoluta naturalidad tenemos que ir dejando caer por los caminos de la vida esa semilla que tendría que brotar de forma espontánea de nosotros en nuestros gestos, actitudes y comportamientos de la normalidad de cada día de nuestra vida.
Si en verdad nosotros estamos impregnados del espíritu del Reino de Dios, todo eso tendría que brotar de nosotros como esas semillas que se desprenden de forma espontánea de las plantas y de las flores y son llevadas por el viento o las aves esparciéndolas por todas partes haciendo brotar nuevas plantas del Reino de Dios en la frondosidad de al vida; como el perfume que desprenden las flores sin hacer ninguna cosa especial nosotros tenemos que hacer desprender de nuestra vida ese perfume del Reino de Dios que envuelva y contagie todo cuanto nos rodea.
No olvidemos nunca que siempre tenemos que ser sembradores, constructores con nuestra vida del Reino de Dios en nuestro mundo. No desistamos en nuestra tarea.

viernes, 29 de enero de 2016

La semilla que germina hasta dar fruto nos llena de esperanza en nuestra lucha por el bien y en el compromiso de construir el Reino de Dios

La semilla que germina hasta dar fruto nos llena de esperanza en nuestra lucha por el bien y en el compromiso de construir el Reino de Dios

2Samuel 11,1-4a. 5-10a.13-17; Sal 50; Marcos 4,26-34

Es hermosa la imagen de la semilla que es plantada y que a su tiempo germina, crece una planta y llega a dar frutos. Es el misterio de la vida. Es la imagen que yo diría nos da esperanza en la vida. Es la imagen que Jesús nos propone hoy en el Evangelio para hablarnos de Jesús. No es la única parábola que Jesús nos propone con la imagen de la semilla. Nos hablará en otras ocasiones con distintas referencias ya sea porque nos habla de la tierra en que es sembrada esa semilla, o porque con la buena semilla se entremezclan también las malas semillas que nos llenarán de la cizaña del mal.
Hoy simplemente nos hace fijarnos en la semilla en si misma capaz de germinar en la vida y llenarnos de frutos buenos. Nos dice así es el Reino de Dios que nos llena de vida, que tiene en si mismo la fuerza de la gracia de Dios. Es la semilla que El vino a plantar entre nosotros que tiene que llegar a transformar nuestro mundo. Es la semilla, sí, que ha puesto en nuestras manos para que nosotros continuemos la siembra, conscientes y seguros de la fuerza del Reino, de la vida que nos trae la Palabra de Dios con la seguridad de que un día ha de dar fruto.
Como ya expresaba desde el principio es una imagen que nos llena de esperanza. Un día esa semilla germinará y tiene fuerza en si misma para transformar nuestro mundo. Muchas veces cuando queremos hacer el bien, cuando educamos o queremos trasmitir cosas buenas a los que nos rodean, cuando luchamos por ser mejores nosotros mismos pero también por hacer que nuestro mundo sea mejor, podemos sentirnos defraudados porque no vemos el resultado de nuestro trabajo tan pronto como nosotros querríamos.
Pero tengamos esperanza, confiemos en la fuerza de esa semilla del Reino de Dios que nosotros queremos plantar. Seamos capaces de tener una mirada positiva para ir viendo también cómo van surgiendo muchas señales de ese Reino de Dios en tantas personas buenas, en tanta gente que lucha por la verdad y la justicia, en tantos que trabajan comprometidos por hacer que nuestro mundo sea más humano y mejor, en quienes se esfuerzan por vayan apareciendo destellos de paz.
Muchas veces, por ejemplo, los padres se preguntan qué habré hecho mal, quise educar bien a mi hijo, trasmitirle unos buenos valores, pero mira por donde andan. Yo pienso, no nos sintamos derrotados; pensemos que esa buena semilla que un día quisimos plantar en ellos algún día germinará. Sigamos cuidando que haya buena tierra y abonémosla al menos con nuestros buenos deseos, pero además desde nuestro sentido de creyentes con nuestra oración. La esperanza no nos puede faltar nunca en nuestra vida.
Es el Reino de Dios que se hace presente entre nosotros, que quiere surgir con fuerza en nuestro corazón y que también podemos y tenemos que ver en las cosas buenas de los demás. Vivamos con esperanza.

domingo, 14 de junio de 2015

Plantemos cada día esa buena semilla que transforme nuestro corazón inicio del Reino de Dios en nosotros y nuestro mundo

Plantemos cada día esa buena semilla que transforme nuestro corazón inicio del Reino de Dios en nosotros y nuestro mundo

Ezequiel 17, 22-24; Sal 91; 2Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34
Nos habla la Palabra de Dios de este domingo de un retoño, de un cogollo tierno de un cedro que se plantará en una montaña alta para que eche brotes y frutos y se haga un cedro noble donde aniden toda clase de aves; y nos habla por su parte el evangelio de la semilla echada a la tierra y que germinará y brotará hasta dar fruto o hasta convertirse en arbusto grande capaz de cobijar bajo sus ramos también a los pajarillos del cielo.
En uno y en otro caso algo pequeño e insignificante como un tierno cogollo o una pequeña semilla capaz de hacer que broten cosas grandes. ¿Dónde está su fuerza y su vitalidad? El agricultor ha puesto su esfuerzo y su trabajo pero ahora espera la cosecha; no ha sido una espera pasiva, puesto que él ha puesto su esfuerzo, pero ahora no dependerá simplemente de él conseguir el fruto que viene dado por algo que no comprende y que le trasciende.
Claro que Jesús y toda la Palabra de Dios que hemos escuchado nos está hablando de la fuerza del Espíritu del Señor que hará germinar en los corazones de los hombres esa buena semilla que ha sido plantada en nosotros cuando nos dejamos conducir. Nos está hablando de las maravillas del Señor que se manifiestan en lo pequeño y en lo que nos pueda parecer insignificante porque no es la fuerza de las cosas o las personas en sí mismas, sino que tenemos que saber descubrir la fuerza de la gracia del Señor que actúa en nosotros. Como cantaba María la que se llamaba a si misma la humilde esclava el Señor había hecho en ella cosas grandes.
Mucho nos enseñan estas parábolas que hoy escuchamos y muchas aplicaciones prácticas podemos sacar para nuestra vida de cada día en sus muchos aspectos. Y a todo esto nos está diciendo Jesús que el Reino de Dios es así, es semejante a lo que nos dice con estas parábolas. Ese Reino de Dios que ha de transformar nuestro mundo, presente ya entre nosotros aunque algunas veces no lo veamos, pero que va realizando su acción allá en lo más hondo del corazón del hombre, cuando dejamos actuar al Espíritu del Señor. Hablaba la parábola de la semilla que se entierra y que nadie ve como germina, y que hasta puede parecer un misterio todo lo que le sucede, pero de la que ha de brotar esa planta nueva que al final dará su fruto.
Creo que nos viene bien reflexionar sobre todo esto, y ya decía para los diversos aspectos de la vida. Todos queremos hacer que nuestro mundo sea mejor; todos queremos luchar por la justicia, por el bien de nuestra sociedad y muchas veces sentimos en nuestro interior la urgencia de que las cosas sucedan ya, se realice esa sociedad nueva y ese mundo nuevo, nos queremos sentir revolucionarios para obtenerlo. Esto en el ámbito de nuestra sociedad, y esto pensamos también como creyentes en el mismo seno de la Iglesia como cristianos.
Sentimos la tentación de hacernos revolucionarios, dar un golpe revolucionario de timón donde todo cambie de la noche a la mañana, algunas veces hasta parece que quisiéramos imponerlo. Pero, ¿cuáles serían los caminos de esa transformación? No será por el camino de la imposición. Ese camino aunque quizá nos pudiera parecer que es el más rápido y urgente para realizar las cosas seguro que nos llevaría al fracaso. No es imponiendo, sino transformando desde dentro, desde el corazón donde podemos hacer la verdadera transformación, el verdadero cambio para mejorar.
No porque impongamos las cosas por ley vamos a lograr cambiar a la fuerza las cosas. Lo vemos en el ámbito de la sociedad, cuantos nuevos mesías políticos van surgiendo continuamente pero que al final no llevan a nada, y al final ellos mismos son engullidos por la misma rutina de la sociedad. Esto nos llevaría a más amplias reflexiones sobre lo que sucede hoy en nuestra sociedad.
Y nos sucede en el ámbito de la Iglesia; quisiéramos en ocasiones arrasar con tantas cosas que nos parecen superfluas, superficiales, sin sentido, cargadas de rutina, de una religiosidad muy pobre. Pero, ¿por qué no tratamos de alimentar esa pequeñita llama, ese rescoldo que aún queda, esa pequeña ramita de algo bueno que todavía hay en muchos corazones y hacer que la acción de la gracia, de la fuerza del Espíritu vaya actuando en el interior de cada corazón? Como el retoño plantado de Ezequiel o la pequeña semilla de las parábolas.
Sí, todos los cristianos tenemos que vivir y anunciar el evangelio con toda radicalidad, pero no olvidemos que es el Espíritu del Señor el que actúa en nuestro interior. Algunas veces quizás nos hacemos oídos sordos a esa acción del Espíritu y por eso no se llega a realizar esa transformación que el Reino de Dios haría en nosotros y en nuestra sociedad. Seamos dóciles y no dejemos de vivir y de anunciar ese Reino que ha de transformar nuestros corazones. Vayamos plantando esa semilla de cada día. Los que seguís mi blogs veis que ese es el título que le doy, porque humildemente quiero poner cada día esa semilla. El Señor en su providencia algún día la hará fructificar.