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miércoles, 24 de julio de 2024

Diferente es el terreno donde cae la semilla porque así lo quiere el Señor con la esperanza de que un día demos fruto

 


Diferente es el terreno donde cae la semilla porque así lo quiere el Señor con la esperanza de que un día demos fruto

Jeremías 1,1.4-10; Salmo 70; Mateo 13,1-9

Comenzaré por decir que cada uno somos una clase de terreno distinta donde hacer la siembra; no se trata de que seamos más buenos o más malos; es la característica de lo somos, diferentes, con nuestros valores personales, con nuestros sueños y aspiraciones, con nuestras flaquezas y debilidades que nos hacen tropezar, con nuestros problemas contra los que tenemos que luchar, con nuestras rutinas y costumbres, con nuestra historia personal llena de aciertos y de fracasos, de penas y de alegrías, de frustraciones y de esperanzas, de la gente que nos rodea cada día y de aquellos que al relacionarse con nosotros van dejando su impronta y su influencia. Y por esa tierra pasará el sembrador echando a voleo la semilla. Porque el sembrador sabiendo incluso que la semilla puede encontrar diferentes respuestas, ahí, en nosotros, quiere sembrarla.

Es la parábola que hoy nos ofrece el evangelio. Muchas veces, no sé si excesivamente, cargamos en lo negativo de esas diferentes tierras resaltando mucho la dificultad de que esa semilla enraíce o no en esa tierra para que un día pueda dar fruto. Yo quiero pensar que Dios que conoce bien de qué tierra estamos hechos cada uno de nosotros, sigue confiando y en esos diferentes terrenos sigue desparramando su semilla. ¿Diferentes las cosechas? Veremos que incluso en la tierra buena, que es más factible que produzca buenos frutos, lo recogido tiene cantidades diferentes porque una tierra dio el ciento por uno, pero otras buenas tierras solo dieron el sesenta o el treinta.

Y por aquí quisiera yo coger el meollo de la parábola que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio. Muchas veces la hemos meditado y rumiado en el corazón; siempre está ahí esa riqueza nueva que nos ofrece cada día la Palabra de Dios. No nos la podemos dar por sabida, porque entonces no sería evangelio para nosotros. Es evangelio porque es noticia y noticia buena que ahora, hoy, en este momento estamos recibiendo de parte de Dios. Si le quitamos eso, le quitamos todo su sentido, y se quedaría en una palabra bonita, en un bonito ejemplo, en una página ejemplar, en la belleza de sus palabras y poesía. Pero nosotros buscamos algo más.

Insisto en lo que hemos venido considerando de los diferentes terrenos que somos cada uno de los que lo escuchamos. Ni más malos ni más buenos, sino con nuestra realidad- Y en el terreno de esa realidad se siembra la Palabra de Dios. Cada uno tenemos nuestras piedras o nuestros abrojos, cada uno mostraremos en un momento determinado la dureza de nuestro corazón y la sequedad del terreno – no siempre nos encontramos en el mismo grado de fervor – y nos mostraremos también con esos aspectos buenos, esos buenos momentos de mayor fervor o de mayor apertura del corazón. Y eso lo conoce el sembrador, eso lo conoce Dios y a nosotros en esa realidad quiere llegar con su semilla.

Con humildad tenemos que reconocer nuestra situación, que además no siempre es la misma; no podemos catalogarnos con eso de que siempre soy así, porque no siempre soy de la misma manera; las circunstancias que vivimos en cada momento nos marcan nuestros estados de ánimo y nuestras respuestas. Empezar por esa humildad de reconocernos en nuestra realidad es el primer paso para labrar ese terreno; si nos falta esa humildad entonces sí que se volverá más endurecido e infecundo.

Abramos, sí, ese nuestro corazón herido, marcado por muchas cicatrices que la vida ha ido dejando en él, muchas veces encallecido o con la costra de nuestras rutinas o nuestra tibieza, muchas veces también frío e insensible porque nos parece que ya lo que queremos es pasar de todo, y dejemos que esa semilla comience a germinar en él y vaya echando raíces con la esperanza de que brote firme la nueva planta que un día produzca sus frutos. Es el Señor que quiere enraizarse en nuestro corazón tal como es o tal como está. El Señor puede realizar maravillas en nosotros.

miércoles, 24 de enero de 2024

Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena?

 


Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena?

2Samuel 7, 4-17; Sal 88; Marcos 4, 1-20

Escuchar a veces no es fácil. Hay que prestar atención, porque es más que oír sonidos inconexos que llegan a nuestros oídos. Escuchar es una elección. Ya lo solemos decir, aunque a veces con cierta picardía, escuchamos lo que queremos. Yo diría aquí, queremos escuchar lo que oímos, y claro para eso es necesaria atención. Hoy terminará diciéndonos Jesús que ‘el que tengo oídos para oír, que oiga’. ¿No tenemos todos oídos? Lo malo sería que no los utilicemos.

Se había reunido en torno a Jesús mucha gente; será difícil que allí en el mismo plano de la playa puedan todos oírle con claridad. Por eso la estrategia de Jesús, aprovechando que había allí unas barcas que acababan de regresar de su faena, sus pescadores estarían realizando por allí las tareas habituales de recoger las redes, limpiarlas, remendarlas si tal fuera el caso, y tener todo preparado para otra faena el día de mañana. Se subió y sentó en una de las barcas situándolas a corta distancia de la orilla, y todos podrían verle y escucharle.

‘Escuchad…’ comienza diciendo Jesús. ¿No es la llamada de atención al principio de cualquier parlamento para que se haga silencio y se preste atención? Pero quizás ese ‘escuchad’ pueda significar algo más. Es que en lo que va a decir Jesús nos va a describir esa manera de escuchar que tenemos en tantas ocasiones y que pueda llevar al poco o mucho fruto que podamos recoger de lo que se nos dice. Tantas veces estamos oyendo a quien nos habla pero nuestra mente anda por otros ‘andares’, como tantas veces aunque estemos allí presentes ponemos una costra que hace resbalar aquellas palabras que se nos dicen.

De eso y mucho más nos va a hablar Jesús. Habla de un sembrador que sale a sembrar a voleo su semilla; recorre caminos y campos y a vuelo va dejando caer su semilla, pero no todos los terrenos en los que cae están preparados de la misma manera, tienen las mejores actitudes para que esa semilla pueda enraizar y un día dar fruto. Será la tierra endurecida de los caminos y veredas por el paso de los caminantes; serán los terrenos pedregosos que no han sido roturados lo suficiente; serán esos terrenos llenos de abrojos y matorrales que no ofrecerán la mejor disposición para que esas nuevas plantas que allí germinarán puedan salir adelante. Solo alguna semilla irá a caer en buena y preparada tierra y aun así dará diferentes cosechas.

¿En que condición estaban los que aquella mañana se habían congregado en la playa de Cafarnaún? ¿Por qué habían ido a ver a Jesús? ¿Qué es lo que querían escuchar? ¿Lo que Jesús les estaba ahora diciendo entraría en sus planes, podría ser factible que obtuviera una respuesta en sus vidas?

Era lo que entonces aquellos galileos, pero también nosotros hoy que estamos escuchando esta parábola de Jesús tenemos que plantearnos. ¿Cuál es nuestro interés? El mensaje que se nos transmite ¿responde a lo que son nuestras expectativas? ¿Estaríamos dispuestos a cambiar de dirección nuestros intereses en la vida? ¿Nos dejaremos roturar para transformar ese terreno estéril en un buen terreno que un día produzca sus frutos?

Podemos pensar que es costoso, porque nuestro corazón se ha endurecido, porque muchos son los apegos y las rutinas que envuelven nuestra vida, pero, ¿no nos llama la atención eso nuevo que nos ofrece Jesús? ¿No sentimos desconsuelo en nuestro interior por lograr un mundo mejor en el que reine la justicia y la paz, en que todos nos sintamos hermanos, en que vamos logrando que la gente sea más feliz de verdad desde lo más hondo de si mismos?

Me vais a permitir que traiga a colación una imagen que está viniendo a mi mente. Todos sabemos que hace un par de años un volcán en una de nuestras islas destruyó poblaciones e inmensos espacios de terrenos agrícolas, muchos de los cuales se habían realizado precisamente sobre las lavas de volcanes anteriores. Los habitantes de aquel lugar no se han rendido. De nuevo están roturando las lavas del último volcán para con nueva tierra transportada de otros lugares volver a hacer florecer aquellos campos con nuevos cultivos. La tarea no es fácil, es bien costosa en todos los sentidos, pero saben que tienen que hacerlo para hacerlos producir, pero también para verse realizados en sus vidas allí donde siempre han estado. Un día, no tan lejano, lo que fue un infierno de fuego y de lava volverá a estar lleno de vida.

Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, como hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena? ¿Seguiremos dejando que la Semilla caiga en tierra baldía por no poner todo el esfuerzo en escuchar de verdad esa Palabra que Dios nos ofrece?

‘Escuchad…’ nos dice Jesús. ‘El que tengo oídos para oír que oiga’


viernes, 28 de julio de 2023

Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

 


Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23

¿Qué hacemos con la semilla? Virtualmente la semilla es una explosión inagotable de vida que parece que nunca se acaba; de ella surge la vida en la semilla que germina y que hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas con lo que la vida se va multiplicando como en una espiral sin fin; pero la semilla que utilizamos como alimento, cuántos productos nuevos podrán surgir de esa semilla que se transforma; quien de ella se alimenta, así mismo se llena de vida, que engendrará y producirá más vida también podemos decir que en una cadena igualmente sin fin.

Pero esa cadena o esa espiral la podemos romper, cuando una semilla no produce el fruto para la que estaba pensada, bien porque o no germine o lo haga con tanta precariedad que nunca va a hacer florecer una nueva planta que produzca a su vez nuevos frutos, o si la dejamos morir de manera que en su putrefacción no nos produzca el alimento sano que de ella podríamos esperar.

Es lo que nos viene a describir la parábola cuando no encuentra la tierra apropiada donde germinar y hacer crecer esa nueva plata anuncio y presagio de nuevos frutos. Y aquí siempre nos hacemos hermosas consideraciones de por qué no somos la tierra buena, por qué hemos dejado crecer esos abrojos o no hemos limpiado ese pedregal en que hemos convertido la tierra donde sembrar esa semilla; pensamos, es cierto, en cuantas cosas rodean nuestra vida con sus apegos que nos distraen y nos arrastran muchas veces. Muchas cosas podemos pensar en este sentido.

Pero quiero pensar en algo más, en la semilla que nosotros podemos ser para los que nos rodean. Sí, el testimonio de vida que podemos ofrecer, el amor que podemos regalar, la ternura que llevamos en nuestro corazón y que podemos contagiar a los demás, la alegría con que vivimos la vida que despierta ilusión y ganas de vivir en los demás, el esfuerzo que realizamos cada día en nosotros mismos por superarnos, por crecer, por ser maduros en la vida, los valores que cultivamos y las metas altas que nos proponemos y por las que luchamos, van a ser semilla que vamos plantando en los otros con el deseo de que en ellos produzcan también nueva vida.

Seamos buena semilla en el campo de nuestro mundo, hagamos fructificar la vida, sepamos ir sembrando buenas cosas en los demás, que nuestra palabra ilusione, que nuestros gestos despierten deseos de vida, que nuestra manera de actuar abra nuevos horizontes a los que están a nuestro lado, que la grandeza de nuestro corazón eleve también sus corazones en búsqueda de algo grande y hermoso, que nuestra profunda espiritualidad llene también de ese Espíritu de Dios al mundo que nos rodea.

Nos preguntábamos al principio qué hacemos con la semilla que era una forma de interrogarnos como la acogemos o como somos la tierra propicia para que germine y dé fruto. Pero ahora nos preguntamos cómo somos nosotros como semilla. Decíamos antes que las semillas se multiplicaban cuando las nuevas plantas nacidas de esa semilla producían a su vez nuevas semillas, llamadas a seguir dando vida. Por eso nos preguntamos ahora cómo somos nosotros esa semilla que sigue germinando vida en nuestro mundo. Es el impulso interior, el impulso de vida que sentimos dentro de nosotros para seguir generando vida.


miércoles, 26 de julio de 2023

La iglesia no se puede quedar con la semilla guardada en el granero esperando que vengan a ella sino que tiene que salir a esparcirla por cada rincón de nuestro mundo

 


La iglesia no se puede quedar con la semilla guardada en el granero esperando que vengan a ella sino que tiene que salir a esparcirla por cada rincón de nuestro mundo

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Mateo 13, 1-9

Esta mañana evocaba la parábola y el evangelio de hoy. ‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago…’ Hermosa imagen. Había salido yo de casa también, en ese paseo mañanero de todos los días… un paseo que es algo más que ‘estirar las piernas’ como se suele decir, algo más que un ejercicio porque lo necesita mi salud, mi corazón, un paseo que me ayuda a salir, a ir más allá de esos lugares físicos por donde camino, un paseo para un encuentro con la vida, para contemplar cuanto me rodea, un paseo que me ayuda mirar los campos, las personas que están a mi alrededor, un paseo que muchas veces hago en silencio, pero me ayuda a sentir, a escuchar otro palpitar… Esta mañana llegué al parque y allí me senté… no me rodeó nadie, como a Jesús que tuvo que subirse a la barca para poder desde allí hablar a la gente, regalarles esta hermosa parábola.

Un sembrador que sale echando a voleo su semilla por los campos y caminos que atraviesa, una semilla que se va desparramando por endurecidos caminos igual que por zarzales o ásperos pedregales, una semilla que llegará también a tierra cultivada y preparada, una semilla que va germinando, va brotando, unas crecen pronto, otras se muestras raquíticas por la sequedad y dureza del terreno, otras que pronto se ven ahogadas por la maleza que les rodea, otras que solo servirán de alimento para los pajarillos del cielo que así pronto encuentran fácil alimento, pero una semilla que está llamada a dar fruto y por eso germina.

Miraba a mi alrededor, casas y caminos, campos de cosecha o campos abandonados, casas de puertas cerradas y casas abandonadas en el silencio de la soledad, gentes que pasaban por el camino, o gentes que allá estaban en sus quehaceres o sentadas placidamente también en la plaza y con sus entretenimientos.

¿Dónde está la semilla? ¿Dónde está el sembrador? ¿Penetrará en esas casas una buena noticia? ¿Llegarán a esas personas semillas de esperanza que despierten los corazones a una nueva vida? ¿Cómo se hará germinar la semilla en esos campos tan diversos? ¿Podremos ver el ir y venir de sembradores que lleguen también hasta esos rincones? ¿Cuáles son los deseos que se anidan en esos corazones, en esas personas afanadas en sus quehaceres, en esos que andan entretenidos pero distraídos por la vida porque parece que nada los hace pensar?

¿Llegará la voz de la Iglesia también a esos lugares que parecen lejanos y distantes o siempre estará esperando la Iglesia que sean ellos los que vayan hasta su lugar? El sembrador del que habla Jesús no se quedó en casa con la semilla en la mano esperando que aquellos terrenos vinieran a buscarla. Aquel sembrador salió, como Jesús que no se quedó sentado en la orilla del lago sino que se subió a la barca.

Yo también mientras tanto me había quedado sentado en mi banco en el parque, tampoco quizás había salido al camino para algo más que contemplar el campo, tampoco había salido para también esparcir la semilla. Algo he intentado hacer porque estos días precisamente se han cumplido quince años en que he querido estar regalando esta ‘semilla de cada día’; tengo la esperanza de que en algún corazón haya comenzado a germinar.

Cuando hoy escuchamos de nuevo esta parábola, que ya se nos ofreció en la liturgia de los pasados domingos, ¿estaremos sintiendo la urgencia de ser sembradores, de salir para seguir esparciendo esa semilla por los campos de la vida? Es un buen toque de atención que una vez más el Señor nos da.

Es una llamada a la Iglesia misma para que sea más misionera, para que salgamos de nuestros cómodos graneros donde guardamos el grano y vayamos al encuentro de nuestro mundo que espera y necesita esa semilla de vida que de alguna manera en nuestra comodidad nos estamos negando a regalar.

viernes, 27 de enero de 2023

Jesús nos está diciendo que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá creciendo y fructificando el Reino de Dios

 


Jesús nos está diciendo que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá creciendo y fructificando el Reino de Dios

Hebreos 10,32-39; Sal 36; Marcos 4,26-34

Muchas veces cuando nos dejamos llevar solo por las apariencias nos equivocamos; buscamos quizás cosas grandes o aparatosas, los que nos parece raquítico y pequeño lo desechamos, una persona que en nuestra manera de ver no tiene buena apariencia la rechazamos sin más, de aquel que nos parece ‘un pobre hombre’, como suele decirse, no esperamos nada; aquel que nos parece más locuaz, más hablador, que se nos presenta como que todo lo sabe es al que primera le prestamos atención. Cómo nos engañamos.

Hoy Jesús nos está diciendo que tenemos que aprender a valorar lo pequeño, lo que no hace ruido, porque es quizás lo que verdaderamente fructificará. Como siempre Jesús nos habla en parábolas, ejemplos muy sencillos, tomados de la vida de cada día, de lo que tenemos entre manos o contemplamos muchas veces sin darnos cuenta. Hoy nos habla Jesús de semillas. ¿Qué es un grano de trigo? Tenemos que reconocer que algo bien insignificante; si no nos fijamos mucho se nos escurre entre los dedos y como caiga en un suelo revuelto con muchas cosas luego ni lo encontramos.

Pues es el grano que se siembra bajo la tierra y sin que nosotros veamos nada va a fructificar y hará brotar una planta que nos dará una hermosa espiga con muchos granos. No lo sentimos, no lo vemos, pero pronto aparecerá ese pequeño brote en el suelo que irá creciendo. O como nos habla también de la mostaza, otra insignificante semilla, que nos va a dar una planta hermosa en cuyo entorno revolotearán hasta los pajarillos.

Y Jesús nos está diciendo que así es el Reino de Dios. Que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá fructificando e irá creciendo. Que pongamos mano por obra en eso tan pequeño e insignificante que podemos hacer en los mil detalles de cada día y que entonces estaremos construyendo algo grande y que merece la pena.

Parece, en ocasiones, que ni creemos en ese reino de Dios, que tenemos el pensamiento en otras cosas, que nos olvidamos de esos mil pequeños detalles de cada día, que cada día cuando tenemos un corazón lleno de amor podemos hacer por el que está a nuestro lado, por hacer que en verdad crezca el Reino de Dios; que aprendamos a valorar lo pequeño y valorar a los pequeños, o a los que nosotros nos parecen pequeños y que nada pueden aportar; que nos olvidemos de buscar esas grandiosidades, que tengamos en cuenta a ese que está a nuestro lado y que parece que nada nos dice o que nada puede hacer, que comencemos a trabajar en silencio, sin hacer mucho ruido porque en el silencio de la tierra la semilla germina y se hace nueva planta que nos terminará dando hermosos frutos.

Deja tu agradable sonrisa a tu paso por la calle, mira con ojos expresivos y con mirada que salga del corazón a esa persona que te da los buenos días cuando pasa junto a ti, pon calor en tu mano y en tu brazo cuando le das el paso a aquel con quien te cruzas quizás en un lugar difícil del camino, alerta tus oídos para escuchar también con tu mirada a aquel que tiende tu mano hacia ti en su necesidad, detente y presta atención a quien parece que tiene algo que contarte y no lo des por sabido de antemano… son tantos los pequeños gestos que podemos tener con aquellos que nos vamos encontrando por el camino de la vida, pequeños gestos que construyen vida, pequeños gestos con los que estamos haciendo presente el reino de Dios. No son apariencias, son la riqueza del amor.

miércoles, 21 de julio de 2021

Jesús nos quiere hacer pensar para que a pesar de lo compleja que es la vida sepamos labrar bien el campo de la vida para que la buena semilla llegue a dar fruto

 


Jesús nos quiere hacer pensar para que a pesar de lo compleja que es la vida sepamos labrar bien el campo de la vida para que la buena semilla llegue a dar fruto

Éxodo 16, 1-5. 9-15: Sal 77; Mateo 13, 1-9

Reconocemos que la vida es bien compleja. No todo es un camino o un jardín de rosas, y es que, aunque lo fuera, las rosas también tienen espinas. Es mucho lo que encierra el vivir, porque por una parte vivimos en convivencia con los demás, lo que ya de por sí significará una diversidad grande, porque no todos somos iguales, no todos pensamos ni queremos lo mismo; son muchas las cosas que nos van afectando continuamente en el camino de la vida, nos van influyendo, pueden ir marcando nuestros pasos, pueden incluso ser obstáculo para que alcancemos aquellas metas que nos hemos propuesto no solo a nivel individual sino también en lo que vivimos en comunión con los demás. Y ahí está saber descubrir la verdadera sabiduría de la vida, aquello que nos da sentido a lo que hacemos y vivimos y por lo que luchamos.

Jesús cuando nos habla del Reino de Dios nos habla en parábolas, comparaciones que va tomando de la vida misma, de lo que son las costumbres o de lo que contempla alrededor en el día a día. Hoy nos habla de una semilla y de un campo que es bien diverso; como la vida misma. Salió el sembrador a sembrar y no es que se haya vuelto loco para irse a lanzar la semilla por lugares inverosímiles, sino que ha caminado en medio del campo que tiene delante. Un campo con su diversidad, sus yerbas y abrojos, sus lugares que han sido más pisoteados por los que antes han cruzado por el mismo, las orillas siempre más escarpadas y propensas a matorrales, o lugares que en anteriores cosechas quizás fueron más cuidados. Y la semilla se va repartiendo por todo aquel campo. Así será diverso luego el fruto.

Jesús cuando propone las parábolas quiere hacer pensar a la gente; es la forma de tratar de leer el mensaje para no quedarnos solo en lo superficial; es la forma de que lleguemos a unas conclusiones para la propia vida de cada uno. Porque nos damos cuenta de que nuestra vida es compleja así, como se describe a aquel campo.

No siempre es un buen campo de cultivo, porque muchas veces lo hemos convertido en un campo de batalla; no todo es fácil para realizar porque tenemos nuestras pasiones interiores y tenemos también las múltiples influencias que recibimos de los demás, o de la sociedad en la que vivimos que es tan compleja por otra parte. Muchas cosas se nos vuelven cuesta arriba, porque aunque lo veamos claro, sin embargo las dificultades que se nos presentan muchas veces son grandes.

No andamos buscando culpabilidades, estamos tratando de reflexionar pero ver lo que somos o lo que tendríamos que ser, el camino que estamos haciendo o los caminos que tendríamos que tomar. No es fácil, como decíamos, porque son muchas las cosas que están incidiendo en nuestra vida y aunque quisiéramos y nos diéramos cuenta del valor de la semilla que se nos planta, muchas veces no sabemos cómo hacer. Por eso tenemos que detenernos a pensar con cuidado, a hacer una honda reflexión, a hacer una análisis de nuestra vida, pero también a buscar donde en verdad podemos encontrar ayuda para labrar bien ese campo de nuestra vida.

Por eso termina diciéndonos hoy Jesús ‘el que tenga oídos que oiga’. ¿Tendremos oídos para escuchar o nos habrán entrado sorderas? No hay peor sordo que el que no quiere escuchar.

domingo, 13 de junio de 2021

No nos cansemos de sembrar y cada momento sea una señal del Reino de Dios que lo estamos plasmando en nuestra vida y reflejando en lo que hacemos por un mundo mejor

 


No nos cansemos de sembrar y cada momento sea una señal del Reino de Dios que lo estamos plasmando en nuestra vida y reflejando en lo que hacemos por un mundo mejor

Ezequiel 17, 22-24; Sal 91; 2Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34

Suelo saludar cada día a mis amigos de las redes sociales tratando de trasmitir optimismo y esperanza para el día que vivimos, pues pienso que es algo que necesitamos mucho frente a la tendencia de verlo todo oscuro, de tener una mirada pesimista, de sentirnos derrotados cada día antes incluso de comenzar la lucha. En el mensaje que trasmitía ayer un poco decía que sepamos encontrar aquello que ponga más luz en la vida en un mundo que se nos enturbia con las sombras. Una persona me comentaba, sin embargo, ‘cada día noto ese mundo más oscuro, pero seguiremos adelante con fe y esperanza’. Aunque sus palabras en principio resuman pesimismo, no deja de intentar al mismo tiempo la esperanza.

Yo a esa persona le respondería que a pesar de esas oscuridades de la maldad que observamos en tantos, tratemos de hacer luz para ver también las buenas semillas que se plantan y germinan y podríamos contemplar así muchas ráfagas de luz, muchas estrellas brillantes, muchas personas buenas en las que brillan los buenos gestos y las buenas actitudes. Creo que es lo que hoy nos quiere enseñar el evangelio y toda la Palabra de Dios que escuchamos en este domingo.

Nos habla de que ‘el Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra’. Y aquí tendríamos que observar a ese agricultor o a ese sembrador que sabe tener la paciencia para dar tiempo a que esa semilla germine y brote en un nuevo tallo, en una nueva planta que a su tiempo dará su fruto. Creo que tenemos que saber tener esa paciencia y porque durante un tiempo veamos que parece que no brota nada en aquella tierra donde sembramos buena simiente, allá debajo de la tierra se está produciendo algo tan maravilloso como es la germinación; a su tiempo un día brotará la nueva planta.

Calladamente y en silencio quizá en muchos corazones se está produciendo esa transformación. Sabemos que no todos responderán, o que cada uno responderá a su tiempo, pero sepamos observar esos pequeños brotes de cosas buenas que van surgiendo en nuestro mundo, no nos confundamos, no esperamos que sea nuestra planta y a nuestra manera, tratemos de no arrasar antes de tiempo porque nos parezca que lo que está brotando no es exactamente lo que nosotros esperábamos y cómo nosotros lo esperábamos; sepamos valorar esos pequeños brotes porque de ellos podrán surgir muchas cosas hermosas. No son nuestras prisas ni nuestros orgullos los que harán surgir los mejores frutos.

El profeta nos hablaba de una pequeña y tierna ramita tomada del añoso cedro y que plantada allá en lo alto hará que brote una nueva y fuerte planta que también crecerá y se hará frondosa como para acoger a todas las aves del cielo o para permitirnos a nosotros acogernos a su sombra. Es lo pequeño lo que hará brotar a lo grande. Y así también tendríamos que saber ir por la vida, sembrando pequeñas semillas aunque nos parezcan insignificantes, algún día brotarán y podremos obtener fruto. Por eso Jesús en el evangelio nos habla también de la pequeñísima semilla de la mostaza, que nos puede parecer insignificante, pero que de ella brotará una hermosa planta.

Misteriosamente el Reino de Dios está presente en nuestro mundo; son muchas las semillas del reino que podríamos observar quizás hasta donde menos lo esperábamos; son muchas las buenas señales que se van dando en nuestro entorno en tantas corazones generosos y entregados, en tantas personas comprometidas con lo bueno y con la búsqueda de la justicia, en tantos esfuerzos por lograr un mundo en el que reino de la paz, y así en tantas cosas. Muchas veces nos sentimos confusos porque esas señales no aparecen donde nosotros habíamos pensado que se podrían dar, o en personas que nos pudieran parecer muy distantes de nuestra manera de pensar y de actuar. Son buenas semillas, dejémoslas fructificar.

¿Por qué vamos a arrasar esas buenas semillas porque no hayamos sido nosotros los que las hemos sembrado? Tenemos la tentación de que aquello bueno que puedan promover personas que no están en nuestro grupo o en nuestro entorno, ya no sirve, ya tenemos que quitarlo de en medio. Son demasiados los estilos que contemplamos en muchos dirigentes de nuestra sociedad y que nos contagian a nosotros también. Respetemos y valoremos lo bueno que hacen los demás y nunca destruyamos ni arrasemos la hermosa planta que pudiera surgir en cualquier lugar.

Y nosotros no nos cansemos de sembrar; en cada rincón del camino hemos de dejar una hermosa huella de nuestro paso porque vamos exhalando el perfume de nuestro amor y nuestras buenas obras; que a cada paso que demos, en cada encuentro que tengamos con los demás vayamos plantando una buena semilla porque tenemos la esperanza que un día ha de germinar y llegar a dar fruto, con cada palabra que pronunciemos vayamos despertando esperanza con la ilusión de un mundo nuevo, cada momento de nuestra vida sea una señal de que el Reino de Dios ha llegado y lo estamos plasmando en nuestra vida y reflejando en lo que hacemos para tener un mundo mejor.

miércoles, 26 de julio de 2017

Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de una buena semilla cada día

Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de una buena semilla cada día

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Mateo 13, 1-9
Se sentó Jesús junto al lago y al venir mucha gente a escucharle se subió a una barca y desde allí se puso a enseñarles mucho rato en parábolas. Podemos imaginarnos fácilmente la escena. Una mañana soleada como suele suceder junto al lago de Tiberíades. Las gentes que van y vienen de sus tareas pero que se encuentran con Jesús sentado junto al lago y en torno a El se arremolinan. Quieren escucharle. Sus palabras los cautivan; la noticia corre de boca en boca y todos acuden hasta Jesús. Se sienta en una barca, pues desde allí todos pueden verle y escucharle mejor. Y les hablo en parábolas.
Un recurso muy normal entre los orientales y muy apropiado para que lo entienda la gente sencilla. Las imágenes penetran hondamente en el alma ayudando a entender las palabras, el mensaje. Será un recurso repetido por Jesús. Lo importante es que la Palabra llegue a todos, la semilla caiga en toda tierra, esperando que dé fruto.
Es en si mismo el mensaje de la primera parábola que les ofrece. Un sembrador que sale a sembrar la semilla; a voleo va lanzándola por todas partes, lo que hará que no toda la semilla caiga en una tierra igualmente preparada. Será el propio camino, serán los abrojos de las orillas de los campos, serán terrenos pedregosos no apropiados para acoger debidamente esa semilla, serán buenas tierras dispuestas a que se puedan recoger buenos frutos.
Es la variedad de la vida de los hombres con sus distintas actitudes o con distinta apertura de su corazón para recibir algo nuevo en sus vidas. Es el reflejo también de nuestra propia vida, muchas veces parece que muy disponible, pero en ocasiones con ataduras que nos arrastran, pasiones que nos encierran, negatividades que nos hacen duros e inaccesibles, indiferentes a lo que pase a nuestro alrededor si no es para calmar nuestros caprichos.
Nos es fácil hace una lectura de la parábola simplemente fijándonos en los demás y en cuanto sucede a nuestro alrededor olvidando que cuando lo hacemos así no somos esa tierra fértil y fecunda porque estamos dejando meter en nosotros muchos matorrales que nos impiden acoger nosotros los primeros esa semilla de la Palabra. Por eso siempre hemos de acudir con actitud sincera, con deseos de abrir bien nuestro corazón, de quitar todas esas rémoras en nuestra vida que nos arrastran hacia abajo y no nos dejan caminar libres y generosos.
Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de la Palabra de Dios en medio de nuestro mundo. Seamos capaces de sembrar una buena semilla cada día. Lo intento con estas reflexiones que os ofrezco cada día.
Hace nueve años tal día como hoy inicie la siembra con este blogpost https://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com.es/  y van ya 3341 semillas sembradas por este medio que llega a los más diversos rincones del mundo como se manifiesta en las estadísticas con una cifra cercana a las trescientas mil visitas. Lo expreso con humildad y dando gracias a Dios. Espero que Dios me ayude a seguir sembrando aunque sea con torpeza esa buena semilla por el mundo. Aquella primera semilla fue dedicada a los abuelos en este día de san Joaquin y Santa Ana https://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com.es/2008/07/abuelos-qu-importante-sois-para.html



viernes, 27 de enero de 2017

Sembrar cada día la buena semilla con la esperanza de que un día florecerá y dará fruto en un mundo mejor ha de ser nuestro compromiso

Sembrar cada día la buena semilla con la esperanza de que un día florecerá y dará fruto en un mundo mejor ha de ser nuestro compromiso

Hebreos 10,32-39; Sal 36; Marcos 4,26-34
Algunas veces vemos brotar una planta y florecer una flor en un terreno en que jamás habríamos pensado que allí podría surgir tan hermosa planta y tan bella flor. Una semilla trasportada por el viento o llevada en el pico de un ave cayó en aquel lugar y encontró la tierra apropiada para surgir y la naturaleza por si misma nos regaló tan hermoso fruto. Maravillas de la naturaleza, decimos, y damos gracias a Dios que nos hace tan bellos regalos.
Hoy nos habla Jesús en parábolas. ‘Con muchas parábolas les exponía la Palabra, acomodándose a su entender’, nos dice el evangelista. Y una parábola nos habla de la semilla sembrada en el campo y que sin que el agricultor tenga que hacer muchas cosas, aquella semilla germina y brota para darnos hermosos tallos y buenos frutos. O nos habla también de la minúscula semilla de la mostaza, que nos dará una hermosa planta en la que hasta los pajarillos pueden hacer sus nidos.
Ya sabemos por otras parábolas todo lo que nos quiere decir Jesús con la semilla que se planta. En días pasados hubiéramos escuchado la parábola del sembrador, pero que muchas veces habremos meditado. Esa semilla de la Palabra de Dios, esa semilla de la gracia, esa semilla del amor de Dios que se derrama en nuestro corazón. Pero que hemos de saber plantarla muy y dejar que germine en nuestra vida. Ya sé que en la parábola del sembrador se nos hacia reflexionar sobre la buena tierra que tendríamos que ser limpiándola de abrojos y malas hierbas, preparando y abonando bien el terreno de nuestra vida para que pueda germinar la semilla y llegar a dar fruto.
Pienso que toda la potencia de esa semilla está ahí en nosotros y aunque nos parezca que a veces no da fruto tan pronto como nosotros quisiéramos ahí está plantada en nuestra tierra. Cuántas veces nos surge de pronto en nuestro interior un deseo bueno, una inspiración para un paso que tendríamos que dar, para una obra nueva que deberíamos realizar. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en ese momento? No sabemos cómo nos ha venido esa inspiración, cómo nos surgió esa idea en este preciso momento, pero yo creo que tendríamos que saber reconocer esa semilla que un día se plantó en nuestro corazón que quizá nos pareció que había caído en tierra infecunda, pero ahí estaba y cuando menos lo pensamos nos surgió la llamada, la idea, el buen deseo, la realización de esa obra buena. Es la gracia de Dios que perdura en nuestro corazón.
Creo que siempre hemos de estar en disposición por una parte de que caiga en nosotros esa semilla buena que un día habremos de hacer fructificar, pero también tendrá que estar ese deseo de ir sembrando semillas buenas en la vida en los que nos rodean. Es lo que los padres han de saber hacer en la educación y formación que van dando a sus hijos; muchas veces los padres se desesperan porque les parece que sus recomendaciones caen en oídos sordos y no ven tan pronto como desean los frutos, las respuestas, pero no han de perder la esperanza, no han de cegar en su empeño de esa siembra de cada día, un día florecerá esa flor y nos dará su fruto, cuando menos lo pensamos.
Como decíamos en lo que todos hemos de ir haciendo siempre, sembrando esa buena semilla, con nuestra palabra, con nuestro ejemplo y testimonio, con nuestros gestos y compromisos; alguien a nuestro lado recogerá esa buena semilla para plantarla en su vida y un día dará fruto; no sabremos cuando ni quizá apreciemos el fruto, pero hemos de tener el gozo en el corazón que estamos contribuyendo con nuestras pequeñas semillas a hacer que nuestro mundo sea mejor.
Es lo que pretendo humildemente hacer con esta semilla de cada día que quiero ir sembrando a través de las redes sociales.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Dios ha puesto esa semilla en nuestra mano para que nosotros seamos también sembradores de la Palabra de Dios confiándonos el anuncio de la Buena Nueva del Reino

Dios ha puesto esa semilla en nuestra mano para que nosotros seamos también sembradores de la Palabra de Dios confiándonos el anuncio de la Buena Nueva del Reino

 1Corintios 15,35-37.42-49; Sal 55; Lucas 8,4-15

Sabía bien Jesús lo que decía cuando nos proponía la parábola del sembrador. Estaba retratando nuestra vida, haciéndonos pensar en nuestras actitudes, reflexionar sobre cómo nosotros acogemos la semilla de la Palabra de Dios que el sembrador lanza sobre nosotros cada día. Constaba la realidad de lo que allí mismo estaba sucediendo en los que escuchaban su Palabra.
Cuántos eran los que se admiraban de las palabras que decía, cuántos eran los que se hacían alabanzas de su sabiduría y su manera de enseñar, cuántas acudían a El con sus ilusiones y sus esperanzas, cuántos eran los que acudían de todas partes y hasta se ofrecían para ser sus discípulos, pero ¿todos llegarían a plantar bien esa semilla en su corazón para hacer que diera fruto?
Muchos le escuchaban también pero estaban al acecho a ver como cogerle en alguna de sus palabras para tener de qué acusarle; a muchos de los que formaban aquella masa no terminaban de convencerles sus palabras e incluso de pondrían en contra suya buscando incluso la forma de quitarle de en medio. Y así podemos seguir pensando en las distintas reacciones que su predicación provocaba entre sus oyentes.
Pero El seguía siendo el sembrador, no dejaba de seguir proclamando la Buena Nueva del Reino de Dios, aunque sabía que había corazones endurecidos, corazones llenos de apegos que no daban lugar a la acogida de su Palabra, corazones inconstantes que eran de entusiasmo de un momento pero al que pronto llegarían los cansancios que lo harían abandonar todo; pero sabía también que había corazones abiertos, con ilusión, con esperanza verdadera, con deseos de alimentarse de esa Palabra de verdad y de vida y que serían capaces de ponerse en camino de una renovación de sus vidas, para lograr una renovación del mundo para convertirlo de verdad en el Reino de Dios.
Cuando nosotros hoy escuchamos esta parábola de Jesús necesariamente lo primero que hacemos es mirar nuestra vida, revisar nuestras actitudes y nuestros comportamientos, sentirnos invitados a abrir nuestro corazón a esa semilla de la Palabra disponiéndonos a dar el mejor fruto.
Pero creo que la Palabra nos pide algo más. Dios ha puesto esa semilla en nuestra mano para que nosotros seamos también sembradores de la Palabra de Dios. Se nos ha confiado también el anuncio de la Buena Nueva del Reino y eso hemos de hacerlo en ese mundo concreto en el que vivimos.
Un mundo que también nos vamos a encontrar muchas veces adverso, que se pone en contra o pasa indiferente ante el anuncio que nosotros podamos hacer; un mundo que tiene otros intereses y que se olvida de lo que son metas altas, ideales grandes, que ha perdido el sentido de la trascendencia, que solo piensa en lo inmediato o en las ganancias materiales, que se encierra en si mismo y ya no entiende lo que significa tener una espiritualidad. Podemos tenerlo miedo a ese mundo, o podemos incluso contagiarnos del espíritu de ese mundo.
Pero no olvidemos que somos sembradores aunque nos cueste. Sabemos que contamos con la fuerza del Espíritu que anima nuestra vida y nos da la fuerza para hacer la siembra. No nos guardemos la semilla para nosotros o para otro momento que se puede echar a perder. Es ahora cuando tenemos que sembrarla.

miércoles, 20 de julio de 2016

Hoy contemplamos al sembrador, su amor, su ilusión, la esperanza que pone en nosotros cuando siembra la semilla, cuando nos hace llegar el mensaje de la Palabra

Hoy contemplamos al sembrador, su amor, su ilusión, la esperanza que pone en nosotros cuando siembra la semilla, cuando nos hace llegar el mensaje de la Palabra

 Jeremías 1,1.4-10; Sal 70; Mateo 13,1-9

‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago’. Acudió mucha gente, se subió a una barca y pasó mucho rato hablándoles en parábolas.
Ahí tenemos al sembrador. Su misión era esparcir la semilla. A voleo como hacían los sembradores para que la semilla llegara a todos aunque sabía que no siembre aquella semilla sembrada iba a producir fruto. Ya lo explica El en la parábola. Pero lo importante era sembrar. Allí estaba en la orilla del lago y ahora se había sentado en la barca para desde allí esparcir la semilla.
Era lo que hacía recorriendo los caminos de Galilea y de todo Israel. Se acercaría también a otros territorios más allá del lago, los gerasenos, más arriba de las fronteras de Israel ya en territorio fenicio, atravesaría Samaria dando la oportunidad a los samaritanos para que lo escucharan y se encontraría con la mujer junto al pozo de Jacob, por los territorios de Judea, Jericó, Betania, Jerusalén.
Se acercaba a todos para hacer llegar la semilla a todos; la gente sencilla que le escuchaba en los caminos o en las orillas del lago; los que acudían los sábados a la Sinagoga o con los que se encontraría en las explanadas del templo; serán los enfermos y los pobres, los más marginados de la sociedad de entonces, ciegos, leprosos, inválidos, ya se encontrasen al borde del camino, en las calles de Jerusalén o en la piscina probática esperando el movimiento del agua; sería a los humildes de corazón o los pecadores, los que le aceptaban y terminarían en alabanzas por sus enseñanzas o los que le rechazaban y tramaban contra él fariseos, saduceos, maestros de la ley o sumos sacerdotes del templo; igual aceptaba la invitación de un fariseo a comer en su casa como comía con publicanos y pecadores con en casa de Leví el publicano.
A todos hacia llegar la semilla. Era el sembrador que sale a sembrar cada mañana la semilla en sus campos. Era el anuncio del Reino al que a todos invitaba. Era la imagen del Padre bueno y lleno de amor que a todos amaba, a todos buscaba, a todos esperaba aunque fueran pecadores.
Bueno es que nos detengamos a contemplar al sembrador. Es cierto que tenemos que fijarnos en el terreno donde va a caer la semilla y tenemos que ser ese terreno bueno y preparado. Ya tendremos oportunidad de detenernos a reflexionar sobre ello cuando escuchemos de Jesús la explicación de la parábola. Hoy contemplamos al sembrador, contemplamos su amor, su ilusión, la esperanza que pone en nosotros cuando siembra la semilla, cuando nos hace llegar el mensaje de la Palabra, cuando nos está invitando a que la recibamos como tierra buena.
Es cierto que hemos de preocuparnos como acogemos esa semilla, pero ¿no sentiremos la urgencia de convertirnos nosotros también en sembradores? ¿No tendremos que ir también esparciendo por el mundo, aunque sabemos que es tan diverso, esa semilla del Evangelio porque es la única salvación para nuestro mundo?
Confieso que esta página del evangelio es la que me motiva a mí a sembrar cada día esa semilla de la palabra en esta página y por este medio. ‘La semilla de cada día’ que me siento urgido a sembrar aunque sé que no soy buen sembrador, pero siento que es una misión que el Señor me ha confiado y espero poder seguir haciéndolo cada día para la gloria del Señor. Doy gracias a Dios por esas personas (muchas veces alrededor de doscientas) que cada día abren esta página; espero que la semilla fructifique en sus corazones. Solo soy un humilde sembrador.

viernes, 31 de enero de 2014



La semilla de la gracia de Dios que nos renueva y nos transforma, nos llena de vida y nos ilumina

2Sam. 11, 1-10. 13-17; Sal. 50; Mc. 4, 26-34
‘Con muchas parábolas parecidas las exponía la Palabra, acomodándose a su entender’, nos dice el evangelista. Vuelve Jesús a proponer unas parábolas; y vuelve a aparecer la imagen de la semilla en las parábolas.
En la que escuchamos hace unos días quería ser expresión de nuestras actitudes y de nuestra manera de acoger la Palabra. Por eso se entretenía en describirnos las diferentes tierras en las que podía caer la semilla. Hoy quiere hablarnos de la fuerza que en sí misma tiene la semilla, que germina, nace, va creciendo hasta llegar a dar fruto. Una semilla que puede parecernos pequeña e insignificante como es la mostaza, pero que puede ser una planta grande capaz incluso de acoger a los pajarillos que pueden anidar entre sus ramas.
Es la fuerza y la vitalidad del Evangelio en sí mismo capaz de realizar una transformación profunda del corazón del hombre y de la misma sociedad; es la fuerza y la vitalidad de la Palabra de Dios que puede hacer fecunda de verdad nuestra vida. Claro que seremos nosotros los que tenemos que acoger el mensaje, abrir nuestro corazón a la gracia divina, pero esa transformación no la hacemos nosotros; esa transformación es obra de la gracia de Dios.
Qué importante esa semilla que va cayendo cada día en nuestro corazón cuando nos disponemos a escuchar la Palabra de Dios. Nos puede parecer una palabra insignificante pero cómo por la gracia de Dios puede hacer de nosotros un hombre nuevo. Es la gracia de Dios que nos renueva y nos transforma; es la gracia de Dios que nos llena de vida y nos ilumina; es la gracia de Dios que no va enriqueciendo por dentro si la dejamos actuar en nosotros.
La vida de los santos y su conversión al Señor partió de esa Palabra que se iba sembrando en su corazón y que ellos supieron acoger. Es siempre una Palabra viva y que nos llena de vida. Por recordar alguno podemos pensar en san Antonio Abad, que celebramos hace unos días; pasó  un día por una Iglesia donde se estaba proclamando el Evangelio y escuchó aquello que Jesús le decía al joven rico que vendiera todo lo que tenía y diera toda su riqueza a los pobres, y aquella palabra no cayó en el vacío en el corazón de San Antonio, porque fue e inmediatamente hizo lo que había escuchado en la Palabra de Dios y se fue al desierto a vivir como un eremita.
San Ignacio de Loyola le repetía a los estudiantes de la Sorbona, entre ellos estaba Francisco Javier, que de qué vale ganar el mundo entero si se pierde su alma, e inmediatamente Francisco Javier lo dejó todo para formar parte de la Compañía de Jesús y como misionero iría hasta el Extremo Oriente anunciando el evangelio en la India y hasta en el Japón.
Quizá nosotros podamos conocer experiencias más cercanas a nosotros, donde la Palabra de Dios proclamada hizo mella en el corazón de alguien que pudiera comenzar a interrogarse por el sentido de su vida y de ahí naciera una vocación a la vida religiosa o a la vida sacerdotal. Quizá nosotros mismos recordamos la Palabra escuchada en alguna ocasión que hizo mella en  nosotros y siempre recordamos y tenemos presente y ha sido quizá el motor que nos a impulsado a ser mejores, a cambiar muchas cosas de nuestra vida o a vivir un compromiso serio con nuestra fe y con los demás en medio de la Iglesia o comprometiéndonos en muchas acciones en beneficio de los otros en nuestra sociedad.
Es la fuerza de la gracia de Dios que nos llena de vida. Es la fuerza de la gracia de Dios que transforma nuestro corazón. Es esa semilla que Dios siempre en nosotros para que dé esos buenos frutos que nos hagan resplandecer en una vida más santa y en una vida más comprometida con muchas cosas buenas. Acojamos esa semilla de gracia que Dios continuamente va sembrando en nuestro corazón.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Que la ternura sea el aire de nuestra casa como lo sería en el hogar de Nazaret

Eclo. 2, 6. 12-15; Col. 3, 12-21; Mt. 2, 13-15.19-23
Navidad no se entiende sin familia. Y ya no es solo que nuestras fiestas de navidad son fiestas entrañablemente familiares, ocasión para que las familias se encuentren, convivan, coman juntos todos los miembros de la familia, padres, hijos, hermanos, aunque para muchos en eso se queda toda la celebración de la navidad.
Decimos que Navidad no se entiende sin familia porque cuando estamos celebrando el misterio de la Navidad, de la Encarnación de Dios para hacerse hombre, quiso hacerlo en el seno de una familia, en el seno de un hogar. Escogió aquel hogar de Nazaret, aquella familia de José y María para allí nacer y hacerse presente Dios hecho hombre. Espejo en el que mirarnos y ejemplo de donde aprender también para la vivencia de nuestra realidad familiar.
Pero es que además al invocar al misterio de Dios estamos hablando también de ese misterio de comunión, como en familia podríamos comparar, de las tres divinas personas en el Misterio de la Santísima Trinidad. Por eso nuestra fe cristiana la hemos de vivir también en comunión y amor, y decimos que los que formamos la comunidad cristiana somos como una familia; a la Iglesia la llamamos también la familia de los hijos de Dios.
De ahí surge que en este primer domingo después de la celebración de la Navidad volvamos nuestros ojos hacia aquel hogar de Nazaret y celebramos en consecuencia la fiesta de la sagrada familia de Jesús, José y María. Así nos lo presenta la liturgia de la Iglesia con toda sabiduría.
Hoy el evangelio precisamente nos presenta la imagen de esa sagrada familia con problemas semejantes a los que tantas familias viven hoy día. Nos habla el evangelio de unos desplazados, no solo porque antes se han tenido que venir desde Nazaret a Belén donde nace Jesús en cumplimiento de las Escrituras, sino que ahora les veremos, como tantas emigrantes que por muchos motivos  tienen que dejar sus tierras, camino de Egipto para liberarse de una persecución con las precariedades que les acompañarán en tierra extranjera; y luego a la vuelta yendo desde Judea a Nazaret de nuevo buscando donde establecerse de forma definitiva. ¿No refleja eso lo que le sucede a tantas familias que con tantas precariedades viven su realidad que incluso muchos tienen que dejar su tierra de origen para buscar mejor vida en otros lugares? Cuántos problemas de este tipo seguramente conoceremos cercanos a nosotros.
Celebramos esta fiesta, pues, de la Sagrada Familia conscientes de la importancia de la familia como célula fundamental de nuestra sociedad, pero siendo conscientes también de las dificultades y problemas de todo tipo que afectan a esta realidad de la familia, lo que nos tendría que llevar a una honda reflexión sobre todo ello. Muchas cosas podríamos decir y reflexionar. Hoy queremos sentir el dolor de tantas familias con muchos problemas en la precariedad y pobreza con que tienen que vivir por la situación actual, pero pensamos también en tantas familias rotas, divididas, desestructuradas con la cantidad de problemas sociales que se derivan para padres e hijos y hermanos.
Ese cambio acelerado que se va produciendo en nuestra sociedad algunas veces nos hace perder valores que son importantes, fundamentales tendríamos que decir, que vividos en la familia ayudarían de verdad a sus miembros en ese crecimiento humano y espiritual del que la familia tendría que ser un hermoso caldo de cultivo.
Son cosas que nos pueden parecer enormemente sencillas, pero que nos ayudan a dar esa profundidad a la vida y que nos van a ayudar de verdad a crecer como personas. Alguien ha dicho que ‘la familia es la que vive en la ternura. La ternura es como el aire de la casa’. Efectivamente algo muy sencillo como es sentirse aceptado, querido, valorado porque sencillamente nos queremos, nos manifestamos con esa ternura del cariño.
Si así nos tratamos nos sentiremos en una mayor unión, en esa comunión, comunidad de vida y de amor que tiene que ser una familia. En esa aceptación, en esa ternura que nos hace valorarnos de verdad, creceremos más y más como personas, porque irán surgiendo todas esas posibilidades que vamos teniendo en la vida. Ese amor y esa ternura nos hacen creativos, porque nos hará ir buscando siempre lo mejor de nosotros mismos para ofrecerlo a los demás. En una familia así no habrá rutinas ni surgirán cansancios, porque el amor hará que todo lo que vayamos viviendo en todo momento tenga el sabor de lo nuevo.
Eso nos dará  fuerza para superar dificultades, para ser capaces de hacer sacrificios en bien de los demás, nos hará prevenidos contra el consumismo que tantas veces nos acecha para valorar en todo lo momento lo que de verdad necesitamos y alejarnos de lo superfluo; eso facilitará la convivencia que algunas veces se  nos puede hacer difícil, nos dará alegría y nos hará vivir la vida también son sentido del humor para alegrar la vida de los demás.
Viviendo cosas así tan sencillas, nos hará ser abiertos para los demás, para entrar en relación con los otros y para ser sensibles también a las necesidades de los demás; seremos capaces de superar la tentación de encerrarnos en nosotros mismos y hará también que nuestro hogar sea siempre como un corazón abierto para cuantos se acerquen a él; la familia que pretende encerrarse en sí misma tiene el peligro de destruirse porque está restándole unas cualidades y valores importantes para un amor verdadero, que siempre nos hará estar abiertos a los demás.
Y abiertos, sobre todo a Dios, para ponerlo en el centro de nuestro hogar, como el verdadero motor de todo eso que queremos vivir. A El le daremos gracias por todo ese don de la vida que ha sembrado en nosotros y esa capacidad para el amor, y a El le pediremos su fuerza y su gracia para que en verdad siempre caminemos por esos buenos caminos.
Todo esto lo estamos diciendo de la familia, pero son valores humanos que hemos de vivir en cualquier comunidad, valores humanos que tenemos que cultivar muy bien en todo lo que sea relación y convivencia con los que están a nuestro lado.
Es lo que con otras palabras muy concretas nos decía san Pablo en la carta a los Colosenses. Aunque escuchamos este texto de la Palabra en el ámbito de esta fiesta de la Sagrada Familia, hemos de saber que cuando Pablo le escribía todo eso que hemos escuchado a los cristianos de Colosas, estaba refiriéndose a lo que había de ser y había de vivirse en aquella comunidad. A la comunidad y a la familia, por supuesto, podemos aplicarlo porque son valores humanos muy fundamentales y necesarios en una y en otra, para ese crecimiento como persona y ese crecimiento de nuestra vida familiar.
Se nos habla de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, de comprensión y de perdón como una vestidura de nuestra vida que hemos de ceñir con el amor y la paz. Y se nos habla de cómo ha de estar presente la Palabra de Dios siempre en nuestra vida, en el centro de nuestro hogar, sabiendo dar gracias a Dios, sabiendo invocarlo en todo momento para tenerlo presente y hacer que con toda nuestra vida demos siempre gloria al Señor.

Hoy contemplamos a la Sagrada Familia de Nazaret y la hemos contemplado también en el evangelio en esas dificultades de la vida,  semejantes a las dificultades con que cada día nosotros podemos encontrarnos. Que El Señor nos ilumine. Que el Señor nos regale su gracia. Que siempre amor en nuestros corazones, para que también en esa apertura de la que hablábamos hace un momento estemos siempre abiertos a las necesidades y problemas de los demás para que allí pongamos el bálsamo de nuestro amor y de nuestra solidaridad. 

miércoles, 30 de enero de 2013


Las nuevas actitudes de nuestro corazón para acoger la sementera de la Palabra de Dios

Hebreos, 10, 11-18; Sal. 109; M. 4, 1-20
Hace unos días escuchábamos que ante la aglomeración de la gente que venía a escuchar a Jesús pidió que le ‘tuvieran preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío’. Ya comentábamos entonces que en otros momentos del evangelio lo veríamos sentarse en la barca a la orilla del lago para enseñar a la gente. Es lo que hoy contemplamos en el evangelio. ‘Se puso a enseñar otra vez junto al lago y acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca; se sentó y el gentío quedó en la orilla. Les enseñó mucho rato en parábolas como El solía enseñar’.
Les hablaba en parábolas del Reino de Dios. En ese lenguaje tan sencillo de las parábolas llenas de imágenes enseñaba a los pobres y a los sencillos que eran los que mejor sabían acoger la Palabra de Dios. Se complace en los humildes. Y serán los sencillos y los pequeños a los que se les revelará el Misterio de Dios, el Misterio del Reino de Dios.
Son necesarias unas actitudes nuevas en el corazón para poder acoger los misterios del Reino. Es una semilla que es sembrada en todo campo y todo campo debería de ser apto para acoger en su seno esa semilla que germine y llegue a dar fruto. La semilla es buena, pero sucede que no siempre esa tierra está debidamente preparada. Hoy nos está queriendo enseñar Jesús cual ha de ser la preparación de esa tierra, cuáles han de ser las actitudes de nuestro corazón.
La tierra arada y preparada para la sementera es una tierra abierta y limpia para que pueda en ella caer la semilla enterrarse para germinar y poder llegar a dar fruto. Los corazones endurecidos con la caparazón del orgullo o de la autosuficiencia, los corazones maleados por el pecado, los corazones que no tienen metas que vayan más allá de lo que tienen inmediatamente delante para buscar una satisfacción pronta y fácil, no son precisamente una tierra buena.
Es necesario dejar meter la reja del arado que revuelva la tierra y arranque todas las malas hierbas, abrojos y zarzales que ahogarán la buena semilla o la planta que comience a surgir o las tijeras de poda que limpiarán de ramajes inútiles que harían infructuosa la planta sembrada. Podría pensar la tierra que es dolorosa esa reja que desgarra la tierra, pero será lo único que la urdirá y la limpiará para que pueda ser tierra preparada. Pensemos en lo que tiene que hacer el buen agricultor para preparar la tierra para la siembra y cuántos sacrificios además han de hacer para el buen cultivo de la tierra y poder llegar a obtener generosos y abundantes frutos.
Dolorosa nos puede resultar la postura y la actitud de la penitencia y de la conversión del corazón que nos hará dar la vuelta la vida arrancando los vicios y las malas costumbres que se nos hayan enraizado, pero es el camino que nos llevará a ser esa tierra buena. Trabajoso será el camino que hemos de recorrer cuando queremos vivir nuestra vida cristiana con toda intensidad, pero solo los esforzados alcanzarán el Reino de los cielos, como nos sugiera Jesús en el Evangelio. ‘Dad los frutos que pide la conversión’, les decía el Bautista a quienes iban a él y los invitaba a preparar sus caminos para la llegada del Señor.
La parábola que nos describe esos tipos distintos de tierras en las que podrá germinar o no esa semilla plantada es muy rica en sugerencias para todo lo que hemos de hacer en nuestra vida para ser esa tierra buena que acoja la semilla de la Palabra de Dios. Vamos a querer acogerla con espíritu humilde y de sinceridad, reconociendo también cuantas cosas quizá haya que renovar en nuestra vida. Vamos a pedirle a pedirle al Señor que nos conceda la sabiduría del Espíritu divino para que podamos en verdad no solo comprender mejor, sino mejor llevar a nuestra vida todo ese mensaje de salvación que Jesús nos anuncia cuando nos invita a vivir el Reino de Dios.
Mucho nos hace reflexionar esta parábola, como mucho será la que tengamos que cambiar en nuestro corazón para ser esa tierra buena. Que el Señor nos conceda el don de la conversión del corazón.