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viernes, 31 de enero de 2014



La semilla de la gracia de Dios que nos renueva y nos transforma, nos llena de vida y nos ilumina

2Sam. 11, 1-10. 13-17; Sal. 50; Mc. 4, 26-34
‘Con muchas parábolas parecidas las exponía la Palabra, acomodándose a su entender’, nos dice el evangelista. Vuelve Jesús a proponer unas parábolas; y vuelve a aparecer la imagen de la semilla en las parábolas.
En la que escuchamos hace unos días quería ser expresión de nuestras actitudes y de nuestra manera de acoger la Palabra. Por eso se entretenía en describirnos las diferentes tierras en las que podía caer la semilla. Hoy quiere hablarnos de la fuerza que en sí misma tiene la semilla, que germina, nace, va creciendo hasta llegar a dar fruto. Una semilla que puede parecernos pequeña e insignificante como es la mostaza, pero que puede ser una planta grande capaz incluso de acoger a los pajarillos que pueden anidar entre sus ramas.
Es la fuerza y la vitalidad del Evangelio en sí mismo capaz de realizar una transformación profunda del corazón del hombre y de la misma sociedad; es la fuerza y la vitalidad de la Palabra de Dios que puede hacer fecunda de verdad nuestra vida. Claro que seremos nosotros los que tenemos que acoger el mensaje, abrir nuestro corazón a la gracia divina, pero esa transformación no la hacemos nosotros; esa transformación es obra de la gracia de Dios.
Qué importante esa semilla que va cayendo cada día en nuestro corazón cuando nos disponemos a escuchar la Palabra de Dios. Nos puede parecer una palabra insignificante pero cómo por la gracia de Dios puede hacer de nosotros un hombre nuevo. Es la gracia de Dios que nos renueva y nos transforma; es la gracia de Dios que nos llena de vida y nos ilumina; es la gracia de Dios que no va enriqueciendo por dentro si la dejamos actuar en nosotros.
La vida de los santos y su conversión al Señor partió de esa Palabra que se iba sembrando en su corazón y que ellos supieron acoger. Es siempre una Palabra viva y que nos llena de vida. Por recordar alguno podemos pensar en san Antonio Abad, que celebramos hace unos días; pasó  un día por una Iglesia donde se estaba proclamando el Evangelio y escuchó aquello que Jesús le decía al joven rico que vendiera todo lo que tenía y diera toda su riqueza a los pobres, y aquella palabra no cayó en el vacío en el corazón de San Antonio, porque fue e inmediatamente hizo lo que había escuchado en la Palabra de Dios y se fue al desierto a vivir como un eremita.
San Ignacio de Loyola le repetía a los estudiantes de la Sorbona, entre ellos estaba Francisco Javier, que de qué vale ganar el mundo entero si se pierde su alma, e inmediatamente Francisco Javier lo dejó todo para formar parte de la Compañía de Jesús y como misionero iría hasta el Extremo Oriente anunciando el evangelio en la India y hasta en el Japón.
Quizá nosotros podamos conocer experiencias más cercanas a nosotros, donde la Palabra de Dios proclamada hizo mella en el corazón de alguien que pudiera comenzar a interrogarse por el sentido de su vida y de ahí naciera una vocación a la vida religiosa o a la vida sacerdotal. Quizá nosotros mismos recordamos la Palabra escuchada en alguna ocasión que hizo mella en  nosotros y siempre recordamos y tenemos presente y ha sido quizá el motor que nos a impulsado a ser mejores, a cambiar muchas cosas de nuestra vida o a vivir un compromiso serio con nuestra fe y con los demás en medio de la Iglesia o comprometiéndonos en muchas acciones en beneficio de los otros en nuestra sociedad.
Es la fuerza de la gracia de Dios que nos llena de vida. Es la fuerza de la gracia de Dios que transforma nuestro corazón. Es esa semilla que Dios siempre en nosotros para que dé esos buenos frutos que nos hagan resplandecer en una vida más santa y en una vida más comprometida con muchas cosas buenas. Acojamos esa semilla de gracia que Dios continuamente va sembrando en nuestro corazón.

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