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sábado, 10 de octubre de 2020

Cristo nos está diciendo que hagamos como hizo María, la que plantó la Palabra de Dios en su corazón y dio fruto

 


Cristo nos está diciendo que hagamos como hizo María, la que plantó la Palabra de Dios en su corazón y dio fruto

Gálatas 3, 22-29; Sal 104;  Lucas 11, 27-28

Orgulloso se siente el hijo cuando le piropean a su madre con las mejores alabanzas y orgullosa se siente la madre cuando alaban las virtudes y los valores del hijo pero señalando que es un buen hijo de tal madre. Todos nos sentimos orgullosos de nuestra madre; para nosotros es lo mejor del mundo, de ella hemos recibido siempre el calor del amor y del cariño y ella ha sido siempre la mejor maestra de nuestra vida.

Siempre descubrimos algo bonito en nuestra madre, siempre estaremos resaltando sus virtudes y sus valores, siempre la llevaremos en el corazón y cuando ya no está con nosotros la idealizamos aun más en nuestro amor porque siempre estaremos recordando cuanto de ella recibimos.

Quizá cuando nos falta comprendemos mejor de sus sacrificios, de su entrega, y recordaremos cuando se quitaba hasta el pan de su boca para dárnoslo a nosotros. Por eso oír hablar bien de nuestra madre nos llena de orgullo y satisfacción y nuestro corazón llorará siempre con lágrimas de emoción. Como a la inversa la madre se siente orgullosa de sus hijos y siempre verá en ellos lo que de ella aprendieron aunque muchas veces pareciera que costara mucho la enseñanza y formación. Pero para una madre esos sacrificios y trabajos nunca los sintió como dolorosos sino como algo que surgía espontáneo del amor que llevaba en su corazón.

Hoy escuchamos en el evangelio como una mujer anónima levanta su voz en grito para alabar a la madre. Alaba a la madre por lo que contempla en el hijo; cuando escucha a Jesús, cuando contempla todo lo que es su obra, cuando ve con detalle toda aquella humanidad llena de amor que brota del corazón de Cristo en su cercanía y en su atención a todos, en su misericordia con los pecadores, con los humildes y con los sencillos y en su compasión llena de amor para con los enfermos, en la valoración y respeto que tiene con todos y sobre todo con los que son menos considerados en aquella sociedad como eran la mujeres o como eran los niños, no puede menos aquella mujer que pensar en la madre que todo eso fue capaz de trasmitir a su hijo y por eso para ella la alabanza y la bendición. ¡Dichosa madre que tiene tal hijo! ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Dichosa la madre que te parió, hubiéramos dicho nosotros en un lenguaje más castizo. No era para menos.

Sí, Jesús tendría que sentir el orgullo de hijo cuando tales alabanzas eran gritadas en honor de su madre. No rechaza Jesús aquellas alabanzas, pero sí quiere enseñarnos algo más y se aprovecha de aquellas palabras para enseñarnos como nosotros podemos ser dichosos y bienaventurados también. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.

Sí, nos está enseñando Jesús que nosotros podemos ser también dichosos y felices. María lo era, porque ella fue la primera y la mejor que plantó la Palabra de Dios en su corazón. ‘Hagase en mi según tu palabra’, le había dicho al ángel. María fue la que tuvo siempre abierto su corazón a Dios y a lo que era su voluntad. Es, podemos decir, la primera discípula. Por algo el ángel le diría que era la llena de Dios, en la que rebosaba la gracia del Señor. Porque María sabía decir Sí, porque María buscaba en todo momento lo que era la voluntad de Dios, porque Maria tenia siempre su corazón abierto para escuchar a Dios. Pero no eran solo palabras que entraban por sus oídos, sino que todo se transformaba en su vida.

Hoy cuando escuchamos este cruce de alabanzas podíamos decir que Jesús nos está diciendo que seamos como María. Si María un día les dijo a los sirvientes de las bodas de Caná que hicieran lo que El les dijera, ahora Cristo nos está diciendo a nosotros que hagamos como hizo María, la que plantó la Palabra de Dios en su corazón y dio fruto.

viernes, 9 de octubre de 2020

Cuidemos palabras, pensamientos, juicios que pueden ir sembrando sospechas y desconfianzas que nos dividen y nos destrozan por dentro

Cuidemos palabras, pensamientos, juicios que pueden ir sembrando sospechas y desconfianzas que nos dividen y nos destrozan por dentro

Gálatas 3, 7-14; Sal 110; Lucas 11, 15-26

¿Por qué tenemos que empañar o enturbiar las obras que hacen los demás? Parece que hay gente que es especialista en esa mirada turbia, para buscar siempre un ‘pero’ a lo que hacen los otros; llenamos de malicia el corazón y todos son desconfianzas, y viene el comentario burlesco, y surge el sembrar la duda, y nos vienen las sospechas que ya no nos guardamos para nosotros de las intenciones que puedan tener los otros en lo que hacen.

Es cierto que no todos somos así, no vamos a ser tan negativos, pero sí observamos que entre vecinos, entre familiares incluso, entre compañeros de trabajo siempre hay alguien que está sembrando la duda y la sospecha. Siembra dudas y tendrás a la gente revuelta, siembra dudas y aparecen las violencias de palabras y de obras, siembra dudas y harás que la gente se aleje unos de otros y terminemos enfrentándonos, siembra dudas y te convertirás en un destructor de lo que hacen los demás.

Y eso lo vemos en movimientos sociales que dicen que quieren revolucionar el mundo, eso lo vemos en tantos aspectos y en tantos grupos que van surgiendo en la sociedad. No se trata de ir mansitos tragándonos todo lo que hagan los demás, pero tampoco echemos tierra que enturbie lo bueno que hacen los otros.

Me gusta cuando leo el evangelio y vemos las situaciones y reacciones que se suceden en los distintos personajes del evangelio tratar de verlo reflejado en situaciones de algún modo semejantes que de una forma o de otra aparecen entre nosotros también. Unas veces quizá con mayor acierto otras veces quizás no tanto, pero siempre con el buen deseo de dejarnos iluminar. Si el evangelio fue luz para aquellos momentos y trataba de clarificar entonces lo que iba sucediendo porque allí estaba la Palabra de Jesús que iluminaba y abría caminos, de la misma manera la Palabra de Dios que hoy escuchamos tiene que iluminar lo que nosotros vivimos y también abrirnos caminos nuevos para nuestra vida. La Palabra tiene que ser vida, tiene que ser palabra de vida, tiene que iluminar nuestro corazón y nuestra sociedad.

Es lo que vemos hoy en el evangelio,  ‘habiendo expulsado Jesús a un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: Por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios’. Algunos entre la multitud dice el evangelista; por allí habían estado siempre al acecho los fariseos, los maestros de la ley que tanto les costaba aceptar a Jesús y sus enseñanzas; no pudiendo hacer otra cosa, aunque un día lo llevarán hasta la cruz, tratan ahora de desprestigiar, manipulando, tergiversando las palabras y los hecho de Jesús. Siempre habrá gente que se deja engañar y es de lo que se aprovechan. ¿No vemos que algo así sigue sucediendo hoy?

Y Jesús les habla de un reino dividido que no podría subsistir si a si mismo unos a otros se hacen la guerra, pero no querrán entender las palabras de Jesús. Pero Jesús previene a sus discípulos. Digamos que este texto de hoy está compuesto como de diversas sentencias, diversos consejos y apreciaciones que Jesús hace a los que le siguen para que no se dejen cautivar por las redes del mal, sino todo lo contrario siempre estemos preparados porque el enemigo ataca fuerte.

No podemos bajar la guardia, viene a decirnos Jesús. Nos sucede muchas veces, nos creemos que ya superamos ciertas cosas, que en esto o lo otro ya no me van a cautivar, pero vemos como nos aflojamos y vuelve la tentación, y volvemos tantas veces a las andadas. Hemos de mantenernos fuertes, hemos de darle verdadera profundidad a nuestra vida, hemos de fundamentarnos en una profunda espiritualidad que será las que nos mantenga a flote cuando vengan de nuevo las tentaciones.

Cuidemos nuestros pensamientos, cuidemos nuestras palabras, cuidemos nuestros juicios, cuidemos de no querer ir siempre sembrando sospechas, cuidado con todo aquello que puede dividirnos y destrozarnos desde lo más hondo de nosotros mismos.

jueves, 8 de octubre de 2020

Cuando con humildad y confianza acudimos a Dios estamos abriéndonos a algo nuevo, abriendo el corazón al amor, nos sentimos amados de Dios y aprendemos a amar a los demás

 


Cuando con humildad y confianza acudimos a Dios estamos abriéndonos a algo nuevo, abriendo el corazón al amor, nos sentimos amados de Dios y aprendemos a amar a los demás

Gálatas 3, 1-5; Sal.: Lc 1, 69-75; Lucas 11, 5-13

‘No me molestes; la puerta ya está cerrada…’ fue la respuesta de aquel hombre cuando su vecino vino en la noche a tocarle en la puerta y pedirle unos panes porque le había llegado la visita de un amigo. Es cierto que este ejemplo o pequeña parábola nos la propone Jesús queriendo directamente hablarnos de la oración y de la perseverancia en la oración aunque nos parezca que no somos escuchados. Pero creo que también podría hacer pensar en más cosas.

‘No me molestes; la puerta ya está cerrada…’ yo ahora no puedo, tengo tantas cosas a las que atender… y cosas así respondemos muchas veces, nos hacemos despistados por las calles de la vida cuando sabemos que nos podemos encontrar con alguien que pudiera necesitar nuestra ayuda. Creo que no es necesario poner muchas cosas para nuestras disculpas, para nuestro pasar la bola en la vida, porque eso no nos corresponde, porque no siempre vamos a ser los mismos, pero a la larga en el fondo no queremos ayudar, no sabemos o no queremos ser solidarios.


Creo que es un primer punto en este evangelio que nos hace reflexionar, que nos hace mirarnos a nosotros mismos porque nos vemos reflejados de mil maneras; incluso esos que decimos que siempre ayudamos, que no le cerramos la puerta a nadie, pero vete a ver cómo lo hacemos. Cuántas cosas hacemos a regañadientes, en cuántas cosas nos ponemos a recular a ver cómo escapamos de la situación y no tenemos que implicarnos, cuántas veces nos quedamos con la mirada gacha cuando se nos hace un llamamiento, o nos volvemos la vista para otro lado para decir que no nos enteramos ¿o no quisimos enterarnos?

Usando esa expresión tan popular ante este evangelio podemos decir aquello de que matamos dos pájaros de un tiro. Como ya decíamos quiere hablarnos Jesús de la perseverancia en nuestra oración. Ante la insistencia aquel hombre al fin accederá a ayudar al vecino con aquellos panes. No es que Dios nos quiera quitar de encima cuando somos perseverantes e insistentes en la oración, porque Dios siempre nos escucha.

Pero quizás en esos silencios aparentes de Dios de alguna manera nos está hablando; nos está hablando porque quizá mientras insistimos nos pensamos las cosas, mientras insistimos vemos nuevos caminos que se nos abren que son respuestas de Dios a lo que le pedimos; mientras insistimos nos estamos viendo a nosotros mismos y cual es la verdadera necesidad con que acudimos a Dios; mientras insistimos nos vamos purificando porque por cuanto más nos acercamos a Dios mejor vemos ese camino de santidad y de gracia que tenemos que recorrer; mientras insistimos y sentimos dolor en el corazón estamos abriéndonos al verdadero arrepentimiento y a lo que tiene que ser nuestra auténtica conversión al Señor.

Hoy nos dice Jesús  ‘pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre’. Es la humildad, es la confianza, es la búsqueda interior, es la seguridad con que acudimos a Dios. En nuestra oración vamos a encontrarnos con nosotros mismos, con nuestra más cruda realidad, con nuestra necesidad y con nuestras debilidades, con nuestros vacíos interiores que necesitamos llenarlos de Dios, y con un nuevo sentido de vivir.

Cuando con esa humildad y confianza acudimos a Dios estamos abriéndonos a algo nuevo, estamos abriendo nuestro corazón al amor, porque nos sentimos amados de Dios pero aprendemos cómo tenemos que ponernos nosotros a amar a los demás.

miércoles, 7 de octubre de 2020

En la batalla de Lepanto que hoy vive nuestro mundo las palabras del ángel a Maria convertida en oración para nosotros sea una nueva ancla de salvación para todos


En la batalla de Lepanto que hoy vive nuestro mundo las palabras del ángel a María convertida en oración para nosotros sea una nueva ancla de salvación para todos

Zacarías 2, 14-17; Sal.: Lc 1, 46b-55; Lucas 1, 26-38

‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’. Un saludo tranquilizador y lleno de esperanza, pero un saludo me atrevo a decir también inquietante. Un saludo que necesitamos escuchar, pero no solo como palabras bonitas y tranquilizadoras, sino como un mensaje fuerte que nos llene también de inquietud. Un saludo que nos puede parecer una utopía de algo que está lejos de la realidad. Así al menos lo ven algunos. ¿Es que podemos sentir alegría, se preguntan, cuando hay tantas sombras alrededor?
Ahora son los momentos duros y de crisis en todos los sentidos que estamos viviendo. Cualquiera tiene que sentir preocupación por la situación; que es la enfermedad, la pandemia que parece que no tiene fin; que es esta situación que inquieta a todos y nos llena de miedos y se crea como una sensación de angustia, porque por todas partes todos y todo nos habla de lo mismo; es la situación social tan llena de amarguras y sufrimientos; es la situación social que se derrumba, y parece que con ellos se nos está derrumbando toda nuestra sociedad, porque está afectando a todos los aspectos de la vida; se nos están hasta cambiando las costumbres, perdemos la comunicación porque se nos hace difícil el encuentro, estamos llenos de desconfianzas, no sabemos por donde salir. No quiero cargar con tintes negros pero son bastante oscuros los horizontes.
Sí, necesitamos oír unas palabras como las que le dijo el ángel a María. Ella también se sintió turbada ante la aparición del ángel y sus palabras; pero María vivía también la inquietud de su pueblo, con sus problemas, con su pobreza, con sus angustias, en la espera de un Mesías que no llegaba, en la situación de opresión ante el poder extranjero, ante incluso las revueltas que de vez en cuando aparecían por distintos lugares y Galilea era un caldo de cultivo para celotes y demás grupos terroristas.
Y el ángel le dice ‘alégrate porque el Señor está contigo’. ¿Qué significaban aquellas palabras? ¿Qué significaba aquel mensaje? Era el momento de la gracia, era el momento del año de gracia del Señor, como más tarde se proclamaría en la sinagoga precisamente de Nazaret donde ahora estaba sucediendo la aparición del ángel. Y el ángel viene con una misión para ella. Dios la ha escogido para ser madre y va a ser la Madre del Altísimo. ‘Has hallado gracia ante de Dios’, le dice el ángel. Y le anuncia una concepción y el nacimiento de un niño. ‘Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’.
María no termina de entender pero quiere fiarse de Dios. Ha tenido ella otros planes para su vida aunque ya está prometida con José, pero ahora se abren otros caminos delante de su vida. No termina de entender y no sabe qué decisión tomar porque también es una incertidumbre para ella el camino que se está abriendo para su vida. Está lo que sería su voluntad humana, sus buenos deseos con la mejor buena voluntad del mundo, pero está lo que Dios le está planteando y para lo que le está pidiendo su Sí. Y María se confía en Dios y cree en las palabras del ángel. Ella se siente la esclava del Señor y que en ella se realice lo que es la voluntad de Dios.
Y escuchamos hoy nosotros este evangelio en el hoy concreto de nuestra vida que estamos viviendo y también se nos dice que para nosotros es la alegría. También se nos dice que Dios está con nosotros, aunque con los nubarrones algunas veces no terminemos de ver la claridad. Y ahora nos toca discernir, para descubrir la voluntad de Dios en este momento de nuestra vida, en estas circunstancias que ahora nos toca vivir.
Y es que aunque los nubarrones sean negros y las oscuridades no nos dejen ver la salida, sin embargo nosotros tenemos que ser personas de esperanza. En todo esto que nos está sucediendo tenemos que saber descubrir la palabra del Señor, lo que es la voluntad de Dios para nuestra vida. No caben las angustias ni las tristezas, no caben los agobios ni las desesperanzas. Tenemos que aprender a confiar en Dios y abrirnos a su misterio.
Nos estamos haciendo toda esta consideración con el evangelio que se nos ofrece en la fiesta de la Virgen que hoy celebramos, la Virgen del Rosario. El Rosario esa repetición de piropos que queremos dirigirle a nuestra madre cuando a ella oramos desde nuestro valle de lágrimas, como decimos en otra de las oraciones dedicadas a la Virgen. Pero nuestro rosario, nuestro rezo repetido del Avemaría no es simplemente un piropo de amor que le dirigimos a la Madre, sino fijémonos que estamos repitiendo las palabras del ángel.
Y es que rezar el rosario es rumiar el evangelio, digo bien, rumiar, ir repitiéndonos en el corazón esas palabras que son buena nueva de salvación para nosotros y de ahí tendríamos que salir con una nueva visión, con un nuevo valor y sentido para lo que hacemos y para lo que vivimos, con una nueva esperanza porque nos estamos diciendo que el Señor está también con nosotros.
El rosario nació en la piedad del pueblo cristiano como una manera de rumiar el evangelio al lado de María; ya santo domingo recogió lo que en las entrañas del pueblo cristiana ya estaba y quizás le diera nueva forma en las decenas de Avemarías y con la meditación de los distintos misterios de la vida de Cristo que hemos de ir meditando.
Pero recordemos que adquirió gran auge en unos momentos difíciles para la cristiandad y para Europa con la invasión de los otomanos y musulmanes que iban avanzando paso a paso por los pueblos de Europa. Y ahí estuvo la batalla de Lepanto con la victoria de los ejércitos cristianos que ponían barrera al invasor, pero con algo muy importante, detrás estaba todo el pueblo cristiano invocando a la Virgen con el rezo precisamente del Rosario.
¿Por qué no pensar que en estos momentos que vive nuestra sociedad y nuestro mundo el rezo del Rosario, esa oración a María, por parte del pueblo cristiano puede ser esa ancla de salvación para esta situación que actualmente vivimos? Que al final escuchemos también esa palabra del Ángel ‘has hallado gracia ante Dios’.


martes, 6 de octubre de 2020

Que encontremos la placidez y la paz de Betania pero que sepamos ser ese patio del hogar de Betania para los demás

 


Que encontremos la placidez y la paz de Betania pero que sepamos ser ese patio del hogar de Betania para los demás

Gálatas 1, 13-24; Sal 138; Lucas 10, 38-42

Confieso que soy un enamorado de Betania. Pensar en Betania me hace sentir sosiego y paz en el corazón. Pensar en Betania es sentirme acogido como aquellas hermanas acogían a Jesús y me impulsa a caminar los mismos caminos. Pensar en Betania me hace imaginar aquel patio lleno de flores, con sus parrales llenos de frutos o sus enredaderas llenas de flores, allí junto al camino con las puertas siempre abiertas, sin barreras que impidan el paso a sentarse al frescor de aquellos árboles saboreando el perfume de las flores y alrededor de un cesto de frutas que se ofrece al caminante como señal de hospitalidad.

Podemos imaginar la escena que nos ofrece hoy el evangelio; podíamos decir que no tiene nada especial pero lo tiene todo. Marta, quizá la hermana mayor, en sus ajetreos para prepararlo todo y ofrecer lo mejor a sus huéspedes que ya son sus amigos y María, quizá la hermana menor -¿más indolente?, no lo tenemos que pensar – pero con los ojos bien abiertos, con los oídos muy atentos a lo que cuentan los visitantes. Es la acogida, es la escucha que todos necesitamos y cuando alguien se sienta a nuestros pies para escucharnos nuestras historias o nuestras preocupaciones, nos hace sentir también en paz por muchas que sean las turbulencias que llevemos en el corazón.

Lo que parece una queja o un reproche de Marta contra su hermana María lo podemos ver en la normalidad de lo que pueda suceder en momentos así en cualquier familia. ‘¡Dile a esa chiquilla que se quedó ahí embobada, que venga a ayudar que hay muchas cosas que hacer!’ es de lo que de alguna manera se quejaba Marta; pero María estaba haciendo su labor, su acogida, su escucha que tan importante es. Podríamos haberle replicado nosotros que a los huéspedes no se les deja solos y es lo que estaba haciendo María.

Nosotros ahora vemos el texto y decimos con toda razón que María estaba acogiendo y escuchando a Jesús, y es cierto que nos está enseñando a hacerlo. ‘María ha escogido la mejor parte’, le diría Jesús a Marta ‘mientras tú andas afanada en tantas cosas’. Claro que nos vale para sepamos escuchar a Jesús, sepamos escuchar y acoger su Palabra, sepamos que antes que ponernos a hacer muchas cosas tenemos que estar bien unidos a El, porque el sarmiento que no está unido a la vid, no está unido a la cepa no podrá dar fruto. Y aquí mucho tendríamos que pensar en todo lo que es nuestra vida cristiana, en todo lo que tiene que ser la espiritualidad que vivamos desde nuestra unión al Señor. Sin esa unión no tendremos una espiritualidad profunda, sin esa unión nuestra vida se quedará en la superficie, sin esa unión no vamos a sentir la fortaleza del Señor para nuestra lucha y para nuestro trabajo, para toda nuestra vida.

Pero hemos de saber también que cuando acogemos y escuchamos al otro estaremos escuchando a Jesús; cuando te has detenido en el camino para dar unos buenos días y dedicarle una sonrisa a aquel con quien te cruzas, cuando has sabido sentarte en silencio al lado del que sabemos que tiene muchos sufrimientos en su cuerpo o en su corazón, cuando te has quedado con aquel anciano que una y otra vez te contaba sus mismas historias pero que era feliz contando sus peripecias a quien lo escuchara, cuando te has puesto al lado de aquel amigo que sufre en silencio en sus luchas y en sus dudas y has esperado pacientemente un día y otro a que él te contara… estabas acogiendo también a Jesús, estabas escuchando también a Jesús, estabas como María en el patio de Betania a los pies de Jesús en la Betania aquel hermano al que tratabas de escuchar.

Que encontremos esa placidez y esa paz de Betania pero que sepamos ser ese patio del hogar de Betania para los demás porque muchos están deseando encontrar ese lugar de paz en la escucha de alguien que sepa detenerse en la vida a su lado.

lunes, 5 de octubre de 2020

Reconocemos lo bueno que hay en nosotros dando gracias por ese regalo recibido y compartiendo nuestro gozo con los demás para quienes hemos de ser signos del amor de Dios

 


Reconocemos lo bueno que hay en nosotros dando gracias por ese regalo recibido y compartiendo nuestro gozo con los demás para quienes hemos de ser signos del amor de Dios

Deuteronomio 8, 7-18; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Saber reconocer lo bueno de lo que disfrutamos de la vida es un paso importante en el camino de la felicidad; pero digo un paso, importante quizá, pero no el único. Porque es importante también saber cómo hemos logrado lo que tenemos y saber descubrir en el fondo que es un don. Un regalo que tenemos que saber agradecer también.

Me puedes decir, es mi esfuerzo, son mis luchas, ahí están quizá mis sacrificios, ahí está mi trabajo, es cierto. Y ya es importante que sepamos valorar el trabajo realizado, el camino hecho, la capacidad de ese sacrificio y ese esfuerzo, el tener en cuenta que tú has creído en tí mismo y por eso has luchado para conseguirlo. Pero hay algo, misterioso quizá, que nos trasciende, que va más allá de esos esfuerzos personales, porque tenemos que darnos cuenta que ese camino no lo hemos hecho solos; a nuestro lado hay muchos que han sido un estímulo para nosotros, que nos han alentado, que quizá cuando nos sentíamos sin fuerzas han puesto su mano sobre nuestro hombro para darnos ánimos. Entonces a ellos también tenemos que agradecérselo.

Pero tampoco me quedo ahí, aunque ya son pasos muy importantes que estamos dando con ese reconocimiento. No han sido solo nuestras fuerzas humanas, ni los alientos humanos que hayamos recibido de los que caminan a nuestro lado. Yo miro hacia lo alto, a quien hace de verdad trascender mi vida para darle un valor todavía más grande, yo miro a Dios que está a mi lado, digo que miro a lo alto pero es una forma de decir porque nada está más cercano a nosotros que Dios mismo que camina a nuestro lado por es Emmanuel, Dios con nosotros, pero más aun que se entraña en nuestro ser, en nuestro corazón. El sí que es mi fuerza, mi verdadero aliento, el hondo sentido de mi vida, lo que me da el verdadero valor. Soy creyente y siento a Dios en lo más hondo de mi corazón.

Por eso nunca por mucho que pueda disfrutar de todo eso bueno de lo que dispongo, mi corazón se puede llenar de soberbia para creerse el único y como dueño y señor de todo. Mi Señor de verdad es Dios que es el que da hondo sentido y valor a mi vida. Sin El nada sería, sin El nada hubiera conseguido, sin El no hubiera realizado y estaría realizando el camino. El es en verdad la fuente de mis alegrías, la fuente de mi vida.

Hoy en la Iglesia celebramos un día especial, que lamentablemente pasa muy desapercibido. Es el día que se llama de Témporas de Acción de Gracias y de Petición. Sí, es un día para la acción de gracias, para el reconocimiento de todo eso bueno que hay en nosotros, en la vida, como hemos venido reflexionando. Un día para reconocer la obra del Señor en nosotros y entonces desde lo más hondo de nosotros darle gracias. Es el momento que de una forma personal veamos cada uno por lo que tiene que darle gracias al Señor, reconocer todo eso bueno que hay en nosotros, todo ese don de gracia que hemos recibido; cada uno tenemos nuestra historia, cada uno tenemos nuestros motivos para dar gracias y tendríamos que detenernos en ello.

Pero también una forma de reconocerlo y dar gracias es no quedarnos encerrados en nosotros mismos y comenzar a mirar en derredor nuestro. Primero, como antes decíamos, recordando a cuantos han contribuido a que hoy haya llegado hasta aquí, porque han estado a mi lado, porque me han animado, porque me han echado el brazo sobre el hombro tantas veces para que siguiera caminando. Y dar gracias a ellos y por ellos al Señor que los puso a mi lado.

Pero nuestra mirada no se puede tampoco quedar ahí. A nuestro lado hay tantos que lo están pasando peor en sus necesidades, en sus problemas, en sus sufrimientos, en sus angustias, en sus enfermedades, en sus soledades… y no los podemos dejar solos.  Tenemos que ser con nuestros gestos de amor y cercanía signos de la presencia del Señor en su vida, para que no se cansen en sus luchas, para que sean capaces de levantarse para seguir adelante, para que encuentren también un sentido y un valor a lo que están viviendo aunque sea algo duro. Nosotros podemos ser luz para ellos, una luz que les refleje la luz del amor de Dios.

Démosle un sentido hondo a la vida y a este día concreto que hoy estamos viviendo.

 

domingo, 4 de octubre de 2020

La gratitud es mucho más que una cortesía, hemos de manifestarla con nuestra vida, con esa respuesta que demos en el compromiso de la vida de cada día

 


La gratitud es mucho más que una cortesía, hemos de manifestarla con nuestra vida, con esa respuesta que demos en el compromiso de la vida de cada día

Isaías 5, 1-7; Sal 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

La ingratitud es algo terriblemente duro. El que es ingrato no sabe valorar lo que recibe de los demás, muestra la pobreza de su espíritu mezquino que le hace creerse merecedor de todo y hasta se vuelve exigente incluso con aquel que le está beneficiando.

Cuando llenamos el corazón de orgullo olvidamos pronto el camino que hemos recorrido y nos creemos siempre subidos en pedestales de gloria que al final le encandilan y le engañan, se engaña a si mismo. Es una tentación fácil cuando nos creemos que todo lo tenemos, nos sentimos con derecho a ser poseedores absolutos de todo, quizá estamos ya en una situación de vida más fácil y cómoda, y olvidamos el camino recorrido y, lo que es peor, olvidamos o relegamos a un lado a quienes estuvieron a nuestro lado, a quienes nos echaron una mano, a quienes incluso pusieron su parte para que llegáramos a donde ahora estamos.

Cuando vivíamos caminos duros y en cierto modo nos veíamos obligados a una mayor austeridad éramos más cercanos y solidarios con los que caminaban con nosotros, y ahora que nos creemos ricos y poseedores de todo con esa vida más fácil y cómoda como decíamos antes, nos hacemos ingratos, desagradecidos y mezquinos con los demás. Qué mala es la ingratitud, que nos endiosa a nosotros y hace tantos desaires a los que caminaron con nosotros en los momentos malos.

Nos podemos seguir haciendo muchas reflexiones en este sentido. Claro que podemos quedarnos en mirar a los demás con lupa para ver sus actitudes y no nos miramos a nosotros mismos. Muchas veces nos puede faltar el detalle de esa palabra amable llena de gratitud para quienes nos han prestado un servicio, sea cual sea y en el lugar que sea. Algunas veces nos escudamos en que es obligación del que lo hace y nosotros pagamos por ese servicio pero nos falta esa sonrisa, esa palabra amable, ese gesto de gratitud para quien nos atendía aunque fuera su obligación. Y no digamos nada cuando la gente ha sido generosa con uno sin tener ninguna obligación y nos vamos sin volver la vista atrás para mostrar nuestro agradecimiento.

Son unas primeras consideraciones – quizá me he alargado un poco – que me hago hoy ante la parábola que nos propone Jesús en el evangelio. Una parábola que tiene su eco en el canto de amor de mi amigo a su viña, que nos ofrecía el profeta del Antiguo Testamento. ‘¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho? ¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones?’ Por algo diremos con el salmo responsorial: ‘La viña del Señor es la casa de Israel’. Y es que tanto ese canto de amor de mi amigo a su viña como la parábola que Jesús nos propone eso está queriendo reflejar. Y lo dice claramente el evangelista.

La descripción de la parábola es el recorrido de la historia de la salvación que culmina en la muerte del hijo. Clara referencia a Jesús. Pero hoy nosotros cuando nos confrontamos a la Palabra de Dios no nos quedamos, por así decirlo, en la historia antigua, sino que tenemos que mirar nuestra historia. Es nuestra historia como pueblo, es nuestra historia también como Iglesia, pero es también nuestra historia personal tan llena de ingratitudes, la que está ahí reflejada. Sí, una historia de ingratitud. Porque nuestra Acción de Gracias a Dios no se puede quedar en unos cantos, como no se queda en unas palabras llenas de cortesía.

La gratitud es mucho más que una cortesía. La gratitud hemos de manifestarla con nuestra vida, con esa respuesta que nosotros estamos dando en el compromiso de nuestra vida de cada día. ¿Es que no nos vamos a comprometer con aquel que un día se dio generosamente por nosotros y nos ayudó a salir del bache de nuestra vida?

Ese terreno entrecavado y preparado como nos detalla el desarrollo de la parábola, las buenas cepas plantadas, la cerca que rodeaba la viña para evitar todo tipo de depredadores, el lagar, la bodega y la casa del guarda tan cuidadosamente preparados, nos están señalando todo lo que hemos venido recibiendo a lo largo de la vida; ya es el don de la vida misma y todos los mimos de quienes nos criaron, ya es la educación que nos dieron nuestros padres y de cuantos por una parte y por otra han ido ofreciéndonos una educación humana y cristiana, ya son todos esos medios con que hemos contado para ir haciendo ese camino de la vida que nos ayudaba a madurar, ya es la Iglesia que ha estado a  nuestro lado en el camino del crecimiento de nuestra fe, y así podríamos pensar en tantas cosas que han contribuido al desarrollo de nuestra vida; ¿y cuál es nuestra respuesta? ¿Cuál es la intensidad y madurez con que vivimos nuestra vida cristiana? ¿Dónde están los frutos que se esperan de nosotros y de lo que en nosotros se ha sembrado?

Da para pensar, para reflexionar, para examinar nuestra vida, para ver hasta donde llega nuestro compromiso con la vida misma, con la sociedad en la que vivimos, y como cristianos en esa iglesia a la que pertenecemos. La parábola termina con palabras duras, como dura fue la reacción del amigo ante los pocos frutos que le daba la viña. ‘Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Pero también es un toque de atención de lo que es la misericordia del Señor, de la espera paciente del Señor para que demos frutos, y una invitación a unas nuevas actitudes en nuestra vida que pasan por una auténtica conversión.