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lunes, 5 de octubre de 2026

No enterremos ni olvidemos lo que nos ha llevado hasta el presente con visos de futuro, gratitud, fermentación de la paz en el corazón y confianza ante el camino a recorrer

 


No enterremos ni olvidemos lo que nos ha llevado hasta el presente con visos de futuro, gratitud, fermentación de la paz en el corazón y confianza ante el camino a recorrer

Deuteronomio 8, 7-18; Salmo: 1Crón 29; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

En la vida a veces nos volvemos olvidadizos. Cuando llegan los buenos momentos en la euforia con que vivimos la nueva situación es fácil que olvidemos, algunas veces inconscientemente, pero muchas veces también porque no queremos recordarlo, las turbulencias por las que pasamos, los esfuerzos y el sudor con que luchamos por salir de aquella situación, y algo terrible que también nos puede suceder es que olvidemos a quien entonces nos echó una mano para salir adelante, o quizás también las promesas que entonces hicimos a nosotros mismos pero también a quienes nos ayudaron que ahora fácilmente no recordamos.

Terminamos siendo desagradecidos con la vida misma que tanto nos ha enseñado, con nosotros mismos porque hasta olvidamos lo que nos curtió aquel esfuerzo de superación, o a quienes fueron nuestro apoyo y nos dieron ayuda, desde tantas personas a nuestro alrededor como a Dios que nunca nos abandonó; bien pedíamos su ayuda, pero una vez curados como aquellos leprosos del evangelio corremos a disfrutar de los momentos luminosos pero pocos somos los que volvemos a quien puso esa luz en nuestra vida.

Es lo que hoy, en la liturgia de este día, se nos está recordando en la Palabra de Dios. Es la recomendación que le está haciendo Moisés al pueblo que está a punto de entrar en la tierra prometida después de aquellos largos años de desierto una vez liberados de Egipto. Han vivido en la penuria y la escasez con mil sacrificios y van a llegar a una tierra que poéticamente se dice que mana leche y miel; no es lo mismo atravesar un desierto inhóspito que establecerse en una tierra que pueden poseer y trabajar para obtener unos frutos de su trabajo que en el desierto no lo podían lograr ni lo habían tenido en la esclavitud de Egipto. Llegarían tiempos de bonanza y hasta de riqueza y podía venir el peligro del olvido. Es la recomendación que en nombre del Señor Moisés hace a su pueblo. Recordar con corazón agradecido el camino recorrido para saber dar un sentido a lo que ahora han de vivir.

¿No necesitaremos eso nosotros en la vida en las diversas situaciones que en nuestra historia personal o en nuestra historia como pueblo hemos tenido que atravesar? Hoy andamos borrando demasiadas memorias históricas a nivel de la sociedad y lo queremos hacer también tantas veces en nuestra vida personal. ¿No estaremos perdiendo nuestra propia identidad cuando queremos dejar a un lado para siempre esos caminos recorridos que han sido sobre los que hemos construido nuestra vida, desde donde hemos llegado a una madurez, con lo que queremos ahora mantener una estabilidad en nuestra existencia?

No todo ha sido perfecto en nuestra vida porque hemos cometido muchos errores y algunas veces en los recovecos de la conciencia pudieran aparecer quizás culpabilidades que queremos acallar; no es cuestión solo de echar tierra encima o meter la cabeza debajo del ala. Se trata de encontrar y mantener la paz de nuestro espíritu que sólo en el perdón podemos encontrar. Por eso esta jornada de témporas que hoy los cristianos vivimos, tiene por una parte aquella gratitud de la que antes hablábamos por el camino recorrido, pero tiene también este momento de reconciliación cuando buscamos encontrarnos con Dios y el perdón que generosamente nos ofrece. Solo cuando nos sentimos envueltos por la misericordia del Señor comenzaremos a sentir esa paz pero al mismo tiempo nos hace que nosotros seamos servidores de la reconciliación para los demás porque actuemos con la misma misericordia.

Pero aunque ahora los momentos puedan comenzar a ser mejores no estamos exentos de tropiezos y dificultades que sabemos que nosotros solos no siempre tenemos fuerza para afrontar por muy autosuficientes que nos creamos. No estamos solos en este camino de la vida porque no nos faltará la gracia del Señor. Es el momento de la confianza, no solo porque nos creamos capaces de seguir haciendo lo bueno, sino porque no nos faltará la fuerza y la gracia del Señor. Es con quien tenemos que saber contar, es la puerta de la oración que se nos abre para encontrarnos con la gracia del Señor.

A nivel social como a nivel personal estos días reemprendemos tareas y trabajos tras el descanso veraniego en nuestras latitudes, recomienzo de cursos para los estudiantes y reinicio de las actividades pastorales en nuestras comunidades cristianas, momentos de planificaciones y de trazarnos objetivos con las distintas acciones para lograrlos. Como creyentes le damos un sentido a estos momentos y es a lo que nos está invitando la Iglesia con esta Jornada llamada de témporas, que quizás pase desapercibida para la mayoría, pero que no podemos dejar a un lado cuando nos tomamos en serio nuestros compromisos y nuestra vida.


sábado, 5 de octubre de 2024

Miramos lo que tenemos en las manos y recapitulamos nuestra vida, dando gracias por los frutos, pero lanzando de nuevo la semilla a la tierra en el nombre del Señor

 


Miramos lo que tenemos en las manos y recapitulamos nuestra vida, dando gracias por los frutos, pero lanzando de nuevo la semilla a la tierra en el nombre del Señor

Deuteronomio 8, 7-18; Salmo 1 Crón 29, 10-12; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Miramos lo que tenemos en las manos y nos sirve para recapitular de alguna manera lo que ha sido hasta ahora nuestro trabajo, el camino recorrido en la vida observando lo que hemos vivido pero también el fruto que hemos logrado, lo que ha merecido la pena los esfuerzos realizados pero también el rumbo que quizás tenemos que enderezar.

Todos hacemos paradas en la vida que nos ayudan a hacer balance de lo que vivimos. Lo hacemos en nuestros negocios – cerrado por inventario, nos encontramos algunas veces -, lo hace el estudiante al finalizar el curso presentando unos exámenes, lo hace el agricultor cuando recoge sus cosechas y valora el fruto del esfuerzo de su trabajo, lo hacemos cuando queremos llevar una buena administración y una contabilidad para recoger beneficios, lo hacemos en casa no solo porque queremos ver si llegamos a fin de mes o tenemos unos ahorros para emprender una reforma que necesitamos… y así en todos los aspectos de la vida.

¿En todos? ¿Lo haremos también del recorrido de nuestra vida personal, con sus altos y bajos, con sus momentos de crecimiento y felicidad o también con los errores cometidos? Quizás nos preocupamos mucho de los asuntos materiales donde pensamos encontrar unos rendimientos económicos, pero no lo hacemos tanto por lo que tiene que ser la maduración de nuestra vida personal o nuestra relación con los demás. ¿Y nuestra vida espiritual?

La liturgia de la Iglesia nos ofrece una oportunidad en la celebración que nos ofrece en estos primeros días de octubre. Sobre todo en nuestro hemisferio es la época en que retomamos nuestras tareas en todos los aspectos después del descanso del verano. En la vida civil sobre todo en el mundo de la educación y la enseñanza es la época en que comienza el curso; la vida laboral retoma la intensidad de su ritmo después de las vacaciones; en nuestros campos se están terminando de recoger las cosechas de todos sus frutos y comienza la época de una nueva siembra; en la vida pastoral de la Iglesia, aunque nunca se detiene, retoma sin embargo la intensidad de su ritmo. Y la Iglesia nos ofrece en la liturgia de este día de témporas – así llamado – la oportunidad de revisar y programar, de poner todo en las manos de Dios y de sentirle en verdad presente en este camino.

Nos recuerda la Palabra de Dios, con aquellas recomendaciones que hacía Moisés al pueblo para cuando se establecieran en la Tierra Prometida que en los momentos de abundancia de prosperidad no nos olvidemos de Dios; si a El acudimos buscando ayuda en los momentos oscuros no seamos los desagradecidos que pronto olvidamos la acción de Dios en nuestra vida. Nos sucede en la vida misma, tenemos la tentación y el peligro de pronto olvidar a quien nos tendió una mano y nos ayudó. No seamos así con el Señor, como aquellos leprosos que una vez curados corrieron al encuentro de la vida, pero solo uno volvió atrás para reconocer el don que de Dios había recibido.

Pero es momento de recapitular y revisar, de reencontrarnos con nosotros mismos, pero también de aprender a reencontrarnos con los demás; por eso se nos habla también de reconciliación. ‘Dejaos reconciliar con Dios’, nos dice el apóstol. Reconciliarnos, reencontrarnos, reconociendo desvíos y desaciertos, para tomar de nuevo el rumbo, para sentirnos satisfechos dentro de nosotros mismos, pero para saber valorar lo que hemos recibido y saber ser agradecidos, para sentirnos a bien con los demás rehaciendo lo que se haya podido romper, pero para sentirnos a bien con Dios porque en El sabemos que siempre vamos a encontrar misericordia.

Y es momento de reemprender el camino en el nombre del Señor. ‘En tu nombre echaré las redes’, decía Pedro. Por eso invocamos a Dios, sentimos su presencia a nuestro paso, contamos con El como Cireneo, queremos que la lluvia de su gracia caiga sobre nosotros para que haga fecundo nuestro campo y nuestra vida. Igual que estamos ansiosos por la lluvia que riegue nuestros campos – y cuanto hemos de pedirlo al Señor – estamos ansiosos por la lluvia de su gracia que es la que va en verdad a hacer florecer nuestra vida, y tras esas flores sabemos que habrá unos frutos.

jueves, 5 de octubre de 2023

Acuérdate del Señor, tu Dios, que es el quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza y te ha dado el bienestar en que vives

 


Acuérdate del Señor, tu Dios, que es el quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza y te ha dado el bienestar en que vives

Deuteronomio 8, 7-18; Sal: 1 Crón 29, 10-12; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

¿Nos creemos merecedores de todo? Algunas veces parece que damos esa impresión. No es que vayamos buscando pleitesía pero sí pasamos como insensibles ante lo que recibimos y no tenemos palabras ni gestos para mostrar nuestra gratitud a los demás. Es cierto que mascullamos la palabra ‘gracias’ un poco por cortesía cuando nos dan algo, aunque también hemos de reconocer que esos buenos modales de educación también se van perdiendo hoy. Se nos puede quedar en una palabra de cortesía sin que lleguemos a mostrar una actitud interior de gratitud.

Son los pequeños detalles de la vida de cada día, que muchas veces nos faltan, pero también hemos de decir que nos sobra mucha autosuficiencia en que nos creemos que nos valemos por nosotros mismos sin necesitar nunca nada de los demás. Sí, es nuestra relación de los unos con los otros donde fallamos, pero reconozcamos que muchas veces nos envolvemos de una sequedad en la vida que nos hace caminar sin querer mirar a los lados, a los que caminan con nosotros, de los que estamos recibiendo mucho, o de la vida misma que nos regala multitud de ocasiones y oportunidades, que no siempre es que lo hayamos cosechado por nosotros mismos.

No sabemos mirar tampoco el conjunto de la vida, para dar gracias también por lo que por nosotros mismos hemos ido avanzando, pero también de la riqueza que estamos recibiendo de nuestro entorno, que tendríamos que ver con una trascendencia mayor. Quizás cuando pasamos por malos momentos buscamos apoyos y ayudas, no queremos sentirnos solos y queremos que nos arropen en nuestras luchas y esfuerzos, y ahí entra también nuestra dimensión espiritual donde estamos en esos momentos muy prontos para acudir a Dios que nos ayude o nos haga salir vivos de esas situaciones por las que estamos pasando. Pero bien sabemos que cuando pasa la tempestad pronto olvidamos todo aquello que antes habíamos pedido quizás con tanta angustia.

Es necesario detenernos, recapacitar, reconocer, descubrir nuevas actitudes y nuevos valores que tendríamos que tener más en cuenta. Algunas veces no sabemos cómo hacerlo. Pero es necesario. Tenemos que mirarnos menos a nosotros mismos para descubrir la riqueza que tenemos a nuestro alrededor, para apreciar lo que recibimos de los demás, lo que nos viene por la gracia de Dios.

Estamos en un día en que la Iglesia con la luz de la Palabra de Dios quiere hacer que nos detengamos un poco. En el lenguaje litúrgico lo llamamos las témporas de acción de gracias, de petición de perdón y de petición y súplica confiada al Señor en todas nuestras necesidades. En ese sentido la Palabra de Dios que hoy escuchamos nos da un toque de atención.

En la primera lectura Moisés, antes de la entrada en la tierra prometida, les recuerda que no olviden las acciones del Señor. Vendrán momentos de paz y de bienestar cuando se establezcan en la tierra prometida cuando ya puedan comer del fruto que les de la tierra en sus cosechas; pero no pueden olvidar el camino recorrido desde que salieron de Egipto, no pueden olvidar cómo el Señor les ha conducido por el desierto, como una nube luminosa que les iluminaba el camino en la noche o como una nube de sombra que suavizaba los ardores del sol durante el día. Lo han de recordar siempre. Han de ser agradecidos al Señor.

Nos insiste Jesús en el evangelio cómo hemos de tener toda nuestra confianza para pedirle al Señor en nuestras necesidades; somos pobres y débiles, humildemente hemos de saber reconocer que solo por nosotros mismos no sabremos salir siempre adelante.

Nos viene bien esa cura de humildad para que alejemos de nosotros esa soberbia y esos orgullos que tanto daño nos hacen, porque nos creemos prepotentes. Nos viene bien reconocer esa pobreza, esa incapacidad, que no se enfríe nuestra fe porque es la pendiente por la que pronto resbalamos cuando nos llenamos de autosuficiencia creyendo que en todo nos valemos por nosotros mismos.


miércoles, 5 de octubre de 2022

Humildes y agradecidos reconozcamos la mano del Señor en nuestra vida aunque no seamos siempre fieles, pero fiel es el amor de Dios que siempre nos escucha

 


Humildes y agradecidos reconozcamos la mano del Señor en nuestra vida aunque no seamos siempre fieles, pero fiel es el amor de Dios que siempre nos escucha

Deuteronomio 8, 7-18; Sal: 1Crón 29; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Aunque sentenciamos muy bien diciendo que es de corazón noble el ser agradecido, sin embargo hemos de reconocer que somos bien olvidadizos en la cuestión de agradecimientos. Nos llega el momento de la prosperidad, cuando nos van todas las cosas bien, y pronto olvidamos los momentos amargos que pasamos en la escasez. No terminamos de aprender lecciones de la vida, porque esos momentos difíciles por los que en algunas etapas de la vida tendrían que ser buenas lecciones para que seamos humildes, pero también para que sepamos recordar y agradecer esa mano que alguien nos echó para que pudiéramos salir adelante.

Y la vida bien sabemos que en cierto modo es ondulante, que ahora podemos estar en lo alto de la ola, o al menos podemos estar o vivir con cierta calma, pero ha habido momentos en que la ola estaba sobre nosotros y andábamos hundidos tratando de salir a flote; y esas cosas muchas veces se repiten. Tendríamos que aprender de esos momentos de flaqueza y debilidad, porque somos limitados porque ni somos perfectos ni todo nos sale siempre a la perfección.

Eso además nos enseñaría a valorar más a las otras personas siendo también comprensivas de sus situaciones como también tendría que movernos a que nos bajemos de los pedestales en que muchas veces nos subimos para ponernos en verdad en la altura de los demás para ayudarlos también a superar esas olas por las que puedan estar pasando. Qué distintas serían nuestras relaciones, qué grado de humanidad le daríamos a la vida, qué grandeza de espíritu entonces podríamos estar manifestando.

¿Y donde ponemos a Dios en todo esto? Porque no se trata de que ese lado humano de la vida, con sus luchas y sus esfuerzos, con sus limitaciones y con nuestros deseos de superación vaya realizándolo solo por nosotros mismos con la autosuficiencia de todo lo podemos lograr por nosotros mismos sin contar con ninguna ayuda. El verdadero creyente va a sentir junto a si, en toda esa tarea, la presencia de Dios que camina a su lado y es su verdadera fuerza, cómo Dios eleva espiritualmente para encontrar el más hondo sentido de nuestra existencia. ¿Sabremos descubrir esa presencia de Dios en ese camino nuestro de cada día?

La liturgia quiere hacernos como un parón en este tiempo cuando, sobre todo en nuestro hemisferio, estamos reiniciando de nuevo la diversas actividades de la vida, siguiendo también el ritmo de la propia naturaleza con sus diversas estaciones para que sepamos contar con esa presencia del Señor, sepamos darle gracia sobre todo cuando en nuestras zonas es final de la recolección de la cosechas, o se recomienza la actividad escolar y de muchas instituciones.

Son lo que litúrgicamente se llaman las témporas de acción de gracias, de petición de perdón y de oración para invocar y pedir esa gracia de Dios que necesitamos. Son hermosos los textos de la Palabra que nos ofrece la liturgia desde recordarnos lo que le día Moisés al pueblo judío para cuando se establecieran definitivamente en la tierra prometida, que los momentos de fecundidad y prosperidad que iban a vivir no les hiciera olvidar el camino del desierto que habían recorrido, donde tanto le habían pedido a Dios su ayuda para hacer el camino.

Bien nos vale recordarlo, para que seamos humildes y agradecidos, para que sepamos reconocer los errores e infidelidades en que hayamos podido caer invocando la misericordia del Señor, y para que sepamos pedir siempre con toda confianza, sabiendo que el Señor está a nuestro lado y siempre nos escucha.

martes, 5 de octubre de 2021

Cuidado no te olvides del Señor, tu Dios, sino que en toda ocasión sepamos ofrecer súplicas y acción de gracias viviendo con auténtica actitud de creyentes y cristianos

 


Cuidado no te olvides del Señor, tu Dios, sino que en toda ocasión sepamos ofrecer súplicas y acción de gracias viviendo con auténtica actitud de creyentes y cristianos

Deut. 8, 7-18; Sal.: 1Crón 29, 10bc-12ª; 2 Cor. 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Decimos que vivimos en medio de un pueblo creyente; aunque cada día más vamos escuchando a personas que se manifiestan como que no creen en Dios ni creen en nada, sin embargo en la mayoría de los que nos rodean, o eso al menos nos creemos, se llaman cristianos y mantienen vivas algunas prácticas religiosas como el bautismo de los niños, el entierro en sagrado de sus difuntos o las misas que se hacen decir por sus muertos, por no decir una serie de fiestas religiosas muy acompañadas de actos civiles en honor de sus vírgenes, de sus Cristos o de los santos de su devoción. Por esos signos seguimos pensando que vivimos en un pueblo de creyentes o en un pueblo que se dice cristiano.

Pero creo que tenemos que ser conscientes de que incluso aquellos que nos llamamos cristianos o nos decimos más religiosos en el conjunto de la vida vivimos como paganos, como si no hubiera un Dios en quien creer. Nos reducimos a una serie de prácticas religiosas o de algunas fiestas, quizás a hacer algunas oraciones sobre todo cuando nos vemos la vida más complicada o nos aparecen problemas que no sabemos cómo resolver, pero en el conjunto de nuestra vida tendríamos que preguntarnos qué lugar ocupa Dios.

Tenemos el peligro de ir viviendo la vida en el día a día con sus luchas y con sus problemas, con momentos de alegría y de felicidad, con contratiempos que vamos sorteando como podemos y como nos sentimos como muy autosuficientes no creemos necesitar de Dios ni de mantener una relacion viva con Dios.

Es necesario que al menos de vez en cuando nos detengamos un poquito y nos planteemos el sentido de nuestra vida, reflexionemos hondamente sobre el rumbo que le damos a nuestra existencia y tratemos también de darla una trascendencia superior y espiritual a cuanto hacemos o  cuanto vivimos. Y no es solo el que nos detengamos porque se nos viene el volcán encima, ya sea en estas circunstancias que ahora vivimos en nuestras islas, sino que la vida se nos pueda convertir en un momento en un volcán tenebroso por sus problemas y cuando nos sabemos por donde salir como último recurso acudamos a Dios. Ser creyente es mucho más que todo eso, porque el ser creyente ha de darle una tonalidad nueva a nuestra vida.

En este día la Iglesia nos invita a entrar en un momento litúrgico, que llamamos las temperas, que tendría que ser algo así como ese parón que tanto necesitamos para que reencontremos ese lugar que Dios ha de tener en nuestra vida y sepamos centrar nuestra existencia en esa fe que decimos que tenemos en Dios. En su origen se tenían estos momentos en el inicio o algo así de las cuatro estaciones del año, que venía a ser algo así como poner en las manos de Dios aquellas tareas que íbamos a emprender en cada una de esas estaciones, que en un mundo más rural que se vivía en otros momentos tenía mucho que ver con las tareas que se realizaban en el campo. Ahora en nuestro hemisferio al menos se celebran una vez al año en este día como un final de las recolecciones de los trabajos realizados enmarcados en cursos y el comienzo de una nueva etapa.

Los textos de la Palabra de Dios que se nos ofrecen en la liturgia de este día cuando se celebran en un solo día o de los tres días seguidos cuando se celebra de una forma más amplia, con bien significativos. Un reconocimiento de la presencia de Dios en nuestra vida, un reencuentro con los hermanos por lo que se nos hablará de reconciliación, y una súplica al Señor porque sabemos que solo en El encontramos la fuerza para toda nuestra tarea.

El primero de los textos nos viene a recordar que no olvidemos la presencia de Dios en nuestra vida. ‘Acuérdate del Señor, tu Dios…’ nos viene a decir. Y nos ofrece un texto del Deuteronomio en el que Moisés previene al pueblo que va a entrar en la tierra prometida para que cuando posean la tierra y vengas tiempos de prosperidad no se olviden del Señor, su Dios, que los sacó de Egipto.

Y es lo que nos suele pasar, es lo que nos va pasando de tal manera que aunque nos decimos creyentes como la vida circula diríamos por sus carriles normales, aunque como todo camino tenga sus baches y sus curvas, nos acostumbramos a vivir por nosotros mismos que nos olvidamos de Dios. Aquellos diez leprosos desde la pobreza y la soledad de su enfermedad suplicaron a Jesús desde la distancia para verse libres de su enfermedad, cuando se vieron curados corrieron a cumplir con las normas prescritas para poder encontrarse con sus familias, pero solo uno volvió para dar gracias a quien les había curado. Lo que nos pasa a nosotros tantas veces, prontos para pedir pero tardos para agradecer.

Esta jornada, como ya mencionamos, tiene también ese sentido del reencuentro y de la reconciliación, con los demás y con Dios, porque es una manera de reconocer nuestra debilidad y nuestras carencias. Por eso es también momento de súplica y de oración, cuando sabemos ponernos de verdad en la manos de Dios.

Cuidado no te olvides del Señor, tu Dios, sino que en toda ocasión sepamos ofrecer súplicas y acción de gracias al Señor en quien tenemos la vida y la salvación.


lunes, 5 de octubre de 2020

Reconocemos lo bueno que hay en nosotros dando gracias por ese regalo recibido y compartiendo nuestro gozo con los demás para quienes hemos de ser signos del amor de Dios

 


Reconocemos lo bueno que hay en nosotros dando gracias por ese regalo recibido y compartiendo nuestro gozo con los demás para quienes hemos de ser signos del amor de Dios

Deuteronomio 8, 7-18; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Saber reconocer lo bueno de lo que disfrutamos de la vida es un paso importante en el camino de la felicidad; pero digo un paso, importante quizá, pero no el único. Porque es importante también saber cómo hemos logrado lo que tenemos y saber descubrir en el fondo que es un don. Un regalo que tenemos que saber agradecer también.

Me puedes decir, es mi esfuerzo, son mis luchas, ahí están quizá mis sacrificios, ahí está mi trabajo, es cierto. Y ya es importante que sepamos valorar el trabajo realizado, el camino hecho, la capacidad de ese sacrificio y ese esfuerzo, el tener en cuenta que tú has creído en tí mismo y por eso has luchado para conseguirlo. Pero hay algo, misterioso quizá, que nos trasciende, que va más allá de esos esfuerzos personales, porque tenemos que darnos cuenta que ese camino no lo hemos hecho solos; a nuestro lado hay muchos que han sido un estímulo para nosotros, que nos han alentado, que quizá cuando nos sentíamos sin fuerzas han puesto su mano sobre nuestro hombro para darnos ánimos. Entonces a ellos también tenemos que agradecérselo.

Pero tampoco me quedo ahí, aunque ya son pasos muy importantes que estamos dando con ese reconocimiento. No han sido solo nuestras fuerzas humanas, ni los alientos humanos que hayamos recibido de los que caminan a nuestro lado. Yo miro hacia lo alto, a quien hace de verdad trascender mi vida para darle un valor todavía más grande, yo miro a Dios que está a mi lado, digo que miro a lo alto pero es una forma de decir porque nada está más cercano a nosotros que Dios mismo que camina a nuestro lado por es Emmanuel, Dios con nosotros, pero más aun que se entraña en nuestro ser, en nuestro corazón. El sí que es mi fuerza, mi verdadero aliento, el hondo sentido de mi vida, lo que me da el verdadero valor. Soy creyente y siento a Dios en lo más hondo de mi corazón.

Por eso nunca por mucho que pueda disfrutar de todo eso bueno de lo que dispongo, mi corazón se puede llenar de soberbia para creerse el único y como dueño y señor de todo. Mi Señor de verdad es Dios que es el que da hondo sentido y valor a mi vida. Sin El nada sería, sin El nada hubiera conseguido, sin El no hubiera realizado y estaría realizando el camino. El es en verdad la fuente de mis alegrías, la fuente de mi vida.

Hoy en la Iglesia celebramos un día especial, que lamentablemente pasa muy desapercibido. Es el día que se llama de Témporas de Acción de Gracias y de Petición. Sí, es un día para la acción de gracias, para el reconocimiento de todo eso bueno que hay en nosotros, en la vida, como hemos venido reflexionando. Un día para reconocer la obra del Señor en nosotros y entonces desde lo más hondo de nosotros darle gracias. Es el momento que de una forma personal veamos cada uno por lo que tiene que darle gracias al Señor, reconocer todo eso bueno que hay en nosotros, todo ese don de gracia que hemos recibido; cada uno tenemos nuestra historia, cada uno tenemos nuestros motivos para dar gracias y tendríamos que detenernos en ello.

Pero también una forma de reconocerlo y dar gracias es no quedarnos encerrados en nosotros mismos y comenzar a mirar en derredor nuestro. Primero, como antes decíamos, recordando a cuantos han contribuido a que hoy haya llegado hasta aquí, porque han estado a mi lado, porque me han animado, porque me han echado el brazo sobre el hombro tantas veces para que siguiera caminando. Y dar gracias a ellos y por ellos al Señor que los puso a mi lado.

Pero nuestra mirada no se puede tampoco quedar ahí. A nuestro lado hay tantos que lo están pasando peor en sus necesidades, en sus problemas, en sus sufrimientos, en sus angustias, en sus enfermedades, en sus soledades… y no los podemos dejar solos.  Tenemos que ser con nuestros gestos de amor y cercanía signos de la presencia del Señor en su vida, para que no se cansen en sus luchas, para que sean capaces de levantarse para seguir adelante, para que encuentren también un sentido y un valor a lo que están viviendo aunque sea algo duro. Nosotros podemos ser luz para ellos, una luz que les refleje la luz del amor de Dios.

Démosle un sentido hondo a la vida y a este día concreto que hoy estamos viviendo.

 

viernes, 5 de octubre de 2018

Una buena ocasión para detenernos, renovar nuestros sentimientos de gratitud hacia Dios y emprender nuestra tarea siempre queriendo hacerlo en el nombre del Señor


Una buena ocasión para detenernos, renovar nuestros sentimientos de gratitud hacia Dios y emprender nuestra tarea siempre queriendo hacerlo en el nombre del Señor

Deuteronomio 8, 7-18; Sal: 1 Cro 29, 10; 2Corintios 5, 17-21 Mateo 7, 7-11

Es algo que nos suele suceder. Somos muy prontos para pedir ayuda en nuestras necesidades o problemas, pero tenemos el peligro de que pronto olvidemos a quien nos socorrió, quien estuvo a nuestro lado, quien nos prestó su ayuda y su apoyo cuando más lo necesitábamos. Es de corazón noble el ser agradecidos, pero tenemos el peligro de hacernos unos engreídos y pensar que todo lo conseguimos por nuestras fuerzas y capacidades o por nuestro valor y olvidamos pronto cuando éramos débiles y necesitados y pedimos ayuda.
Son cosas que nos pueden pasar y que observamos en muchas ocasiones en nuestro entorno o pasivamente lo hemos sufrido, cuando hemos ayudado a alguien y no ha sido agradecido con nosotros, sino que más bien se ha mostrado arrogante y engreído creyéndose que se valía solo por si mismo.
Esto que sucede con demasiada frecuencia – y no digo que todos sean o seamos así – en nuestras relaciones humanas nos sucede también en nuestra relación con Dios. Aquí podríamos recordar aquel episodio del evangelio de los diez leprosos que fueron curados en el camino, pero que solo uno volvió hasta Jesús para darle gracias.
Hoy la liturgia nos ofrece en este principio de temporada una jornada de petición, de reconciliación y de acción de gracias. Hemos recomenzado al menos en nuestro hemisferio después de las vacaciones de verano las diversas tareas de nuestra vida ordinaria, como puede ser la vuelta al curso escolar o el recomienzo después de terminar la recolección de las cosechas de muchas de las actividades de la agricultura, y la iglesia nos ofrece esta jornada de oración especial, como hemos mencionado.
Los textos que nos ofrece la liturgia son bellos. Desde aquel recordatorio de Moisés al pueblo para que cuando se establecieran en la tierra que Dios les había prometido y comenzaran a prosperar en sus trabajos y tareas y en el bienestar de su vida no olvidaran que fueron esclavos en Egipto y peregrinos por el desierto de lo que el Señor les liberó y no se olvidaran del Señor su Dios. Como decíamos antes, nos sucede igual. Cuando llegan días y tiempos de prosperidad qué pronto nos olvidamos de Dios, qué pronto nos volvemos autosuficientes y engreídos para pensar que solo por nosotros mismos nos valemos y no necesitamos de la mano poderosa y llena de amor de Dios que nos protege y está con nosotros.
Nos hablan también los textos de hoy de la necesidad de la oración pero de la confianza con que hemos de orar en todo momento a Dios nuestro Padre. ‘Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, buscad y encontraréis…’ y nos recuerda Jesús que Dios es nuestro Padre y un padre siempre dará lo mejor a sus hijos.
Y bueno es también que reconozcamos nuestras debilidades que nos llevan al desencuentro con Dios y con los hermanos en tantas ocasiones que llenamos nuestro corazón de orgullo, de egoísmo y de insolidaridad. Nos pide san Pablo que nos reconciliemos los unos con los otros porque sepamos aceptarnos y perdonarnos para acogernos mutuamente en el amor, pero que también nos dejemos reconciliar con Dios, que nos ofrece siempre su amor y su perdón.
Una buena ocasión para detenernos un poco, renovar nuestros sentimientos de gratitud hacia Dios para emprender nuestra tarea siempre queriendo hacerlo en el nombre del Señor. Que no olvidemos nunca las acciones del Señor en nuestra vida que como cantaba María el Poderoso hace cosas maravillosas en nuestra pequeñez.

jueves, 5 de octubre de 2017

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Deum. 8, 7-18; Sal.: 1Cro 29, 10; 2Cor. 5, 17-21; Mt. 7, 7-11
‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo’. Este versículo tomado del salmo 89 podría expresar muy bien el sentido de la feria que en este día se celebra en la Iglesia. Son las témporas de acción de gracias y petición.
En cierto modo la vida del hombre y el ritmo de sus actividades van girando en torno al devenir de la naturaleza que cada año tiene sus ciclos y sus ritmos que nosotros llamamos estaciones, estaciones meteorológicas.
Sobre todo en nuestro hemisferio norte hemos concluido con los rigores de los calores del verano y hemos entrado en nuevo ciclo que es el otoño. Pero de alguna manera las actividades de la vida giran en torno a esto. Por una parte en las actividades agrícolas se acaba un ciclo con la finalización de la recolección de las cosechas entrando la tierra en una época de cierto reposo y de pronta preparación para un nuevo ritmo de siembras y de diversas actividades.
Pero también en nuestra vida laboral y social ha habido un cambio pues el verano ha servido para una gran parte de nuestras gentes tener su tiempo de descanso y de vacaciones, incrementadote incluso en esa época los tiempos de fiestas y de jolgorio; ha vuelto la actividad normal para la mayoría y los dedicados al estudio, también nuestros niños y adolescentes reinician sus cursos escolares y su actividad.
Un final y un principio, unos frutos recogidos y un descanso merecido y un reinicio de actividad en todos los ámbitos y sentidos. Y es en este momento en el que la liturgia nos ofrece estas temperas de acción de gracias y de petición.
El creyente centra su vida en Dios. De Dios espera su bendición y su gracia. Siente que este mundo es una creación del poder de Dios y Dios sigue siendo el alma de toda la existencia. Sentimos que la vida nos viene de Dios y como salidos de sus manos recibimos todos los frutos que en la vida podemos cosechar. Es quien ha puesto en el hombre esa capacidad de su inteligencia y de su trabajo y ese mundo por el creado ha sido puesto en nuestra manos para que nosotros con nuestro esfuerzo continuemos su obra.
Por eso tenemos que ser agradecidos de ese don de Dios y de cuanto recibimos de sus manos igual que de la misión que nos ha confiado para que desarrollemos ese mundo que sea para el bien de todos, de toda la humanidad. Hemos de cuidar ese mundo, esa naturaleza, esa vida que en él encontramos porque sabemos además que no solo es para nuestro bien personal sino que tiene que redundar en el bien de todos los hombres. De ahí la responsabilidad que hemos de tomarnos la vida, con que hemos de tratar ese mundo, de cómo hemos de desarrollarlo desde nuestra inteligencia y nuestras capacidades con las que nos hacemos semejantes a Dios, tal como El quiso crearnos.
Damos gracias en este final de ciclo por cuanto en el año y en toda nuestra vida hemos recibido reflejado también en esos frutos de nuestros trabajos, pero al mismo tiempo pedimos su bendición para ese trabajo que ahora reiniciamos. Queremos hacerlo siempre para su gloria, queremos realizarlo contando siempre con su gracia, queremos hacer que nuestro mundo sea mejor, queremos poner verdadera humanidad en cuanto hacemos y para ello pedimos la gracia del Señor, queremos contar con la gracia del Señor. Así sentiremos el gozo de Dios en nuestro corazón.
‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo’, decíamos al principio. Que sea nuestra oración y que sea nuestra acción de gracias. ‘Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos bendiga y nos conceda su paz’.

miércoles, 5 de octubre de 2016

En el nombre del Señor queremos realizar nuestras tareas pero también con corazón agradecido nos volvemos hacia El para darle gracias

En el nombre del Señor queremos realizar nuestras tareas pero también con corazón agradecido nos volvemos hacia El para darle gracias


En esta sociedad nuestra en que vivimos en que todo son derechos que reclamamos – está bien que respetemos los derechos y la dignidad de todos he de decir para que no me mal interpreten – pareciera, nos da la impresión, que nos creemos siempre merecedores de todo y que nada se nos puede negar. De ahí surge el peligro de que pierdan sentido las palabras gratitud y gratuidad. Como nos sentimos con derecho reclamamos pero lo que es peor no sabemos ser agradecidos, y bien sabemos que es de corazones nobles el ser agradecidos.
En estos días en las redes sociales ví una imagen en la que se decía que hay una serie de palabras que se han perdido en el uso, ‘por favor’, ‘permiso’, ‘gracias’… entre otras. Se nos han caído del uso, no sabemos ser agradecidos, parece como decíamos que todo nos lo merecemos. Tenemos que recuperar ese sentido de gratitud porque también quien nos presta un servicio o nos hace algo que nos agrada lo hace desde la gratuidad. Este seria otro tema, porque parece que todo hay que pagarlo y nada se hace por generosidad gratuita, sin ningún interés.
Y esto que nos sucede en nuestras relaciones humanas, en la relación que con la convivencia tenemos que otras personas, nos sucede también a nivel espiritual. Todos recordamos aquel pasaje del evangelio en que diez leprosos le pedían a Jesús que tuviera compasión de ellos. Jesús los mandó a siguieran los rituales usuales para reincorporarse de nuevo a la comunidad porque ya estaban curados, pero vimos como solo uno de aquellos diez fue capaz de volver hasta Jesús para reconocer que era Jesús el que en su compasión les había curado y para darle las gracias. ‘Los otros nueve ¿dónde están?’ preguntaba Jesús.
En nuestros agobios o en el devenir de nuestra vida día a día acudimos a Dios en nuestra oración pidiendo su ayuda, pero, hemos de preguntarnos, ¿cuántas veces luego nos detenemos a dar gracias a Dios por su presencia de gracia, por la ayuda que recibimos, por el favor que le habíamos pedido y nos ha concedido?
La liturgia de la Iglesia sitúa en el cinco de octubre lo que llama ‘Témporas de Petición y Acción de Gracias’. Témporas, un tiempo especial, situado en estos momentos en que en nuestras costumbres y civilización occidental reiniciamos todas nuestras actividades en total plenitud después del tiempo de descanso del verano. Es también el tiempo de la finalización de la recogida de las cosechas y el comienzo de la preparación de la tierra para una nueva siembra, para unos nuevos trabajos.
Un buen momento para hacer una parada en medio de nuestras actividades para no perder la trascendencia que ha de tener toda nuestra vida y así elevemos al cielo nuestros ojos y nuestro corazón para agradecer al Señor cuando de El recibimos, como para pedir su fuerza y la asistencia de su Espíritu Santo en las tareas que recomenzamos.
Hay un texto muy hermoso del libro del Deuteronomio en que Moisés advierte al pueblo de que cuando lleguen a establecerse en la tierra prometida y comience para ellos la prosperidad después de los siglos de destierro y los años de penurias al atravesar los desiertos no se olviden de Dios. Nos suele suceder, mientras caminamos entre agobios y problemas acudimos a Dios pidiendo su ayuda, cuando nos llegan momentos de prosperidad pronto nos olvidamos de Dios y no sabemos ser agradecidos.
También en nuestras tareas eclesiales estamos en el momento de recomenzar toda la actividad pastoral organizando, trazándonos planes, poniéndonos objetivos, reuniendo a la gente que quiere trabajar apostólicamente o con los que queremos trabajar; es el momento de invocar al Señor porque solo en su nombre queremos echar las redes, porque bien sabemos que cuando lo hacemos sin El todo se puede volver aridez y fracaso. Es la oración que por la Iglesia, por todas las tareas pastorales, por todos aquellos que generosamente ofrecen su tiempo y su vida para trabajar por los demás, para trabajar por el Reino de Dios queremos elevar al Señor con humildad y confianza. 

lunes, 5 de octubre de 2015

El camino que el creyente va haciendo día a día rodeado de sus limitaciones y esperanzas pero sintiéndose regalado por el amor del Señor

El camino que el creyente va haciendo día a día rodeado de sus limitaciones y esperanzas pero sintiéndose regalado por el amor del Señor

Deuteronomio 8, 7-18; Salmo: 1 Cro 29, 10; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

El creyente no es solo el que recita una fórmula de profesión de fe, sino el que hace de esa fe el sentido de su vivir. Ser creyente no es solo un acto intelectual donde proclamamos unas verdades que son fundamentales sobre la existencia de Dios, sino que el creyente ha de sentir y vivir en si mismo, en su propia vida esa existencia de Dios, esa presencia de Dios. Lo formularemos con un credo donde se contengan esas verdades, pero lo hemos de expresar en el sentido de nuestra vida y de nuestra existencia.
Creemos, sí, en el Dios infinito, todopoderoso y creador pero vivimos a ese Dios que es amor y que se hace sentir en la vida y en la historia del hombre. No somos creyentes solo cuando recitamos la fórmula de un credo en una celebración religiosa, sino cuando en la experiencia de la vida, en el caminar de la vida vamos sintiendo la presencia llena de amor de un Dios que es nuestro Padre y nos ama y que nos salva.
El verdadero creyente lo es en todo momento de su vida, no solo cuando nos encerramos tras las paredes de un templo o cuando hagamos nuestras oraciones personales en el silencio de nuestro corazón. En todo momento, en todo lo que hace y en todo lo que sucede el creyente ve la mano de Dios, escucha la voz de Dios que le dice en su corazón que le ama y va respondiendo en todo momento con la propia ofrenda de amor de su vida.
En este día la liturgia de la Iglesia nos ofrece una especial celebración - las témporas - que dentro del ritmo de año y de la vida nos viene a recordar cómo siempre hemos de tener viva esa presencia del Señor en nosotros y en nuestra historia. Témporas de acción de gracias y de petición es el título que se da a esta conmemoración. Y es que la primera respuesta de amor que hacemos a esa inmensidad del amor de Dios sobre nosotros que se manifiesta en nuestra historia y en los acontecimientos de cada día es la acción de gracias.
El creyente ha de ser hombre de memoria para recordar continuamente esa acción de Dios en su vida y en su historia. Esa memoria agradecida de esa acción de Dios es algo que ha de estar siempre presente en nosotros. Es bueno recordar la historia de la salvación no solo en los grandes pasos en los que Dios se nos manifestó en Cristo Jesús para redimirnos, sino en esa historia de la salvación, diríamos personal, en la que cada uno recuerda esos momentos de su vida donde ha sentido de manera especial esa acción de Dios. Y claro, ha de surgir la acción de gracias.
Pero llamamos a las témporas también días de petición, porque somos concientes de nuestra debilidad e impotencia por nosotros mismos y en ese camino de la vida necesitamos de la protección de Dios, de la gracia de Dios que nos acompañe y nos fortalezca. Así surge nuestra oración, en este caso, de petición por nosotros y nuestras necesidades, pero por nuestro mundo, por toda la humanidad con sus problemas, y por la Iglesia.
Una oración de petición que se haría casi interminable porque son tantas las necesidades y los problemas que no acabaríamos nunca de presentarlos al Señor. Pero dediquemos tiempo para ir repasando esos problemas de nuestro mundo con sus injusticias, sus miserias, sus violencias, sus guerras, sus discriminaciones y con tantos odios con que los hombres una y otra vez nos enfrentamos. Dediquemos un tiempo a hacer memoria de la Iglesia y de sus necesidades para presentarla delante del Señor, y no podemos olvidar este momento eclesial que estamos viviendo con la renovación promovida por el Papa Francisco ni a los Obispos reunidos hoy mismo en Sínodo en Roma para tratar de los problemas de la familia y ofrecernos la luz que necesitamos.
Pero en esa petición hay algo que no puede faltar que es la petición de perdón. Nos sentimos débiles y pecadores. Al lado de toda la historia de gracia de la salvación de Dios en nuestra vida, está nuestra historia de debilidades y pecados. Pero la misericordia de Dios es más poderosa que todas nuestras miserias. Nos presentamos ante el Señor sintiéndonos pecadores y queriendo llenarnos hasta rebosar de la misericordia del Señor.
Es el camino del creyente va haciendo día a día con sus limitaciones y con sus esperanzas, pero sintiéndose en todo momento regalado por el amor del Señor. A todo esto nos ayuda la Palabra del Señor que hoy se nos ofrece y que invito a leer y meditar de nuevo.

lunes, 6 de octubre de 2014

Seamos capaces de hacer que todas nuestras obras y toda nuestra vida sea siempre para la gloria del Señor

Seamos capaces de hacer que todas nuestras obras y toda nuestra vida sea siempre para la gloria del Señor

Deut. 8, 7-1; Sal. 1 Cro 29, 10; 2Cor. 5, 17-21; Mt. 7, 7-11
Sabias y hermosas exhortaciones las que hace Moisés al pueblo antes de su entrada en la tierra prometida. Duro había sido su caminar a través del desierto, como dura había sido la esclavitud que habían vivido en Egipto. Había llegado el tiempo de la libertad, aunque duro había sido su recorrido y se iban a establecer en la tierra que el Señor les había prometido, tierra de libertad y de prosperidad. No era lo mismo el pan de la esclavitud ni la austeridad de un desierto en medio de un duro sequedal que poder comer de los frutos de la tierra que poseyeran aunque fuera tras un afanoso trabajo, pero donde podían recoger los frutos. Pero podían convertirse en tiempos de tentaciones y de olvido de Dios. Muchas veces sabemos más acudir a Dios en los tiempos de austeridad y sacrificio que luego en los tiempos de bienestar y prosperidad.
Son las recomendaciones que Moisés les hace: ‘Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena… bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado’. Y les sigue diciendo: ‘Pero cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios, siendo infiel a los preceptos, mandatos y decretos que yo te mando hoy’. Es la tentación del olvido de Dios y de sus mandamientos. Y les pide además: ‘Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para crearte estas riquezas, y así mantiene la promesa que hizo a tus padres, como lo hace hoy’.
Es el peligro de creernos autosuficientes que nos valemos por nosotros mismos y solo por nuestra fuerza y nuestro poder conseguimos todo lo que somos y lo que poseemos. Ahí tenemos la raíz del ateismo que niega el poder del Señor y rechaza su existencia. Pero es la tentación en la que podemos caer que, aunque no nos proclamemos ateos, sin embargo actuamos como si en la práctica lo fuéramos porque no reconocemos que Dios es nuestro único Señor. De ahí que nos viene bien ese reconocimiento que hemos proclamado en el salmo: ‘Tú eres Señor del universo’. Así queremos reconocerlo y así queremos proclamar siempre la gloria del Señor.
Es hermoso este texto del Deuteronomio que como primera lectura hemos escuchado en esta feria especial que son las témporas que estamos celebrando. La liturgia ha situado en este principio de octubre, cuando retomamos todas nuestras actividades en el campo laboral y en el campo de la enseñanza sobre todo tras el descanso estival, estas celebraciones llamadas ‘témporas acción de gracias y de petición’. Es un hermoso recordatorio para que desde nuestra postura de creyentes sepamos darle también un hermoso y profundo sentido cristiano a nuestras actividades y a toda nuestra vida.
Surge nuestra acción de gracias al Señor cuando en nuestros campos también se va terminando con la recolección de nuestras cosechas y recomienza como un ciclo nuevo de actividad. Pero se nos invita a algo más.
La segunda lectura del apóstol san Pablo nos habla de reconciliación. ‘Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado, nos decía el apóstol. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación’ nos sigue diciendo. Es momento también de reconocer esa necesidad que tenemos de reconciliación, porque nos sentimos limitados y pecadores y es necesario purificar nuestros corazones. Podemos alcanzar esa purificación y perdón porque en Cristo hemos sido reconciliados. ‘Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados’. Así queremos humildemente presentarnos delante del Señor. En Cristo vemos y disfrutamos el perdón y la reconciliación que a manos llenas nos ofrece nuestro Padre.
Y finalmente escuchamos en el evangelio la invitación que Jesús nos hace a la oración y a la petición. Estamos necesitados de Dios y a El acudimos con confianza. Es lo que trata de trasmitirnos Jesús en el Evangelio. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’. Es la confianza que tenemos los hijos sabedores que Dios es un Padre que nos ama.
A El acudimos con confianza desde lo que son nuestras necesidades. ‘El pan nuestro de cada día, dánosle hoy’, nos enseñó a pedir Jesús.  No queremos pedir abundancias ni derroches, sino el pan de cada día; el pan que cada día necesitamos en lo que es nuestro alimento y nuestra vida con sus necesidades, pero el pan de cada día que somos capaces también de compartir con el hermano, para que a través de nuestra generosidad sienta que Dios no lo abandona. Un aspecto importante, porque no pedimos el pan mío, sino el pan nuestro, el pan para los nuestros pero el pan también para los demás necesitados que junto a nosotros caminan en la vida.
Si somos generosos tendremos siempre para compartir porque el Señor no nos dejará sin sus bendiciones, pero si somos egoístas solo pensando en nosotros mismos tenemos el peligro al final de quedarnos sin nada. Pensemos que cuando pedimos ese pan nuestro de cada día no es solo el pan material o el remedio a nuestras necesidades materiales lo que estamos pidiendo, sino que ahí tenemos que abarcar muchas cosas más que es también todo lo que espiritualmente nos va a llenar y hacer que mejore nuestro corazón y mejore también lo que es nuestra convivencia con los demás en este mundo que cada día queremos hacer mejor.

No olvidemos las acciones del Señor. Seamos capaces de hacer que todas nuestras obras y toda nuestra vida sean siempre para la gloria del Señor. Cuanto tenemos que dar gracias a Dios no solo por todo lo que recibimos de su manos, que son bendiciones de Dios para nosotros, sino también porque en Cristo obtenemos la reconciliación y el perdón. Lo que nos pide que nosotros seamos también signos de esa reconciliación de Dios para los demás. Elevemos con confianza nuestra oración a Dios y hagamos que en nuestro corazón siempre quepan todos nuestros hermanos que es una forma de presentarlos a Dios en nuestra oración.

sábado, 5 de octubre de 2013

Muchos motivos para dar gracias y pedir la bendición del Señor

Dt 8, 7-18.  - Sal: 1Crón 29, 10-12. - 2Co 5, 17-21.  - Mt 7, 7-11. 
“Las Témporas -dice el Misal- son días de acción de gracias y de petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, al reemprender la actividad habitual. Son una ocasión que presenta la Iglesia para rogar a Dios por las necesidades de los hombres, principalmente por los frutos de la tierra y por los trabajos de los hombres dando gracia a Dios públicamente”.
  Es lo que hoy estamos celebrando. Tuvo su origen en el ritmo de la vida agrícola que de alguna manera marcaba el devenir de las gentes con la siembra y la recogida de las cosechas, y así en un momento determinado se celebraban cuatro témporas haciéndolas coincidir con el inicio de las cuatro estaciones. Hoy el ritmo de vida que llevamos es más urbano y no está tan marcado por las actividades y trabajos del campo. En España celebramos solamente las témporas en este inicio de octubre, siguiendo más el ritmo de vacaciones y de vida escolar quizá, cuando reemprendemos las tareas de la vida de una forma ordinaria.
En su origen era como una acción de gracias por las cosechas recogidas o una impetración de las bendiciones divinas para las tareas del campo que se iniciaban. Siguen siendo días de acción de gracias y de petición, porque en fin de cuenta nos quieren recordar como la vida del hombre creyente gira siempre en torno a Dios en quien pone su fe, al que invoca pidiendo su bendición y protección y a quien ofrecemos nuestra acción de gracias por cuanto de su mano recibimos.
En este sentido van las lecturas de la Palabra de Dios que se nos ofrecen en este día, para que nunca nos dejemos seducir por el orgullo pensando que todo sale de la mano o del poder del hombre, sino que hemos de saber reconocer que cuanto hacemos o podemos hacer es un don de Dios que nos ha dado inteligencia y capacidad para poder realizar tales tareas. Como le recordaba Moisés al pueblo para cuando se establecieran en la tierra que el Señor les iba a dar, les exhortaba a reconocer humildemente la mano del Señor que los había conducido por el desierto dándoles la libertad y aquella tierra que ahora podían cultivar y disfrutar.
Es el espíritu humilde que también tendría que guiar nuestra vida, reconociendo el poder y la gracia del Señor. Por eso hemos de saber dar gracias a Dios reconociendo sus beneficios, cuanta gracia va derramando Dios sobre nosotros cada día al mismo tiempo que le invocamos para saber y poder sentir siempre su presencia de gracia junto a nosotros. La lectura del evangelio es toda una invitación a la oración confiada al Señor. ‘Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y os abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama se le abre’.
Por eso como recordábamos al principio, las témporas ‘son una ocasión que presenta la Iglesia para rogar a Dios por las necesidades de los hombres, principalmente por los frutos de la tierra y por los trabajos de los hombres dando gracia a Dios públicamente’. Si siempre nuestra oración ha de tener un carácter universal, porque no podemos ser egoístas en nuestra oración, ha se ha de manifestar más esa universalidad. Pedimos por la Iglesia y pedimos por todos los hombres, por todas las necesidades y problemas que se viven en nuestro mundo. Cuántos son los sufrimientos de los hombres y mujeres que nos rodean. Los hemos de tener muy en cuenta en nuestra oración.
Al reiniciar las actividades pastorales en nuestras parroquias, en los movimientos apostólicos y en toda la Diócesis, es algo que todos hemos de tener en cuenta. En esa actividad pastoral que realiza la iglesia a través de tantos agentes pastorales estamos cumpliendo con la misión que Jesús nos confió de anunciar y hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo. Una tarea que sentimos como propia en la que todos hemos de sentirnos corresponsables. Hoy tenemos una ocasión propicia para que motive nuestra oración. Sean estas las súplicas y plegarias que elevamos al Señor con toda confianza y humildad.
Estos días hemos recordado aquello que Jesús nos decía de rogar al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies, pues por ahí deber ir también nuestra oración, para que el Señor suscite muchas almas generosas que vivan ese compromiso apostólico en medio de la Iglesia y desde la Iglesia en medio del mundo.
Y hay otro aspecto también a resaltar en las témporas y del que nos habla la segunda lectura. ‘En nombre de Cristo os pedimos que os dejéis reconciliar con Dios’, nos decía. Es el aspecto de la reconciliación, del perdón que hemos de impetrar del Señor porque nos sentimos débiles y pecadores. Un motivo quizá para acercarnos al Sacramento de la Penitencia. Las témporas tienen también ese carácter penitencial de petición de perdón.

Vivamos, pues, con todo sentido esa celebración especial que nos ofrece la Iglesia en este día. Elevemos al Señor nuestra acción de gracias pero también nuestras suplicas por las necesidades de nuestro mundo; cuánto tenemos que pedir por la paz, por la reconciliación de todos los hombres, y para que todos se dejen encontrar con Cristo que es el que de verdad nos trae la salvación.

viernes, 5 de octubre de 2012


El reconocimiento de Dios nos conduce a una mayor plenitud de vida

Es camino del hombre en la medida en que va alcanzando más y más su madurez el ir afirmándose en sí mismo con toda responsabilidad logrando su propia autonomía de pensamiento y de obrar, no queriendo entonces tener ninguna dependencia en vida que pudiera coartarle su libertad. Es el crecimiento humano que nos lleva a la madurez humana, pero que sin embargo le hace reconocer sus limitaciones porque no es perfecto en sí mismo. Muchas veces se puede sentir frustrado por sus propias limitaciones porque en el fondo puede ir creciendo en su interior el orgullo de la autosuficiencia que le puede llevar erróneamente a creerse dios de sí mismo.
El hombre creyente, sin embargo, aún cuando también quiera lograr esa autonomía y esa madurez, reconoce que no es dios de sí mismo y que esa plenitud de su ser no la puede conseguir sólo por sí mismo. El hombre creyente sabe ser humilde para reconocer su imperfección y su dependencia de quien en verdad puede conducirle a la plenitud más total de su vida y en sus limitaciones y errores reconoce su imperfección para no hacer siempre lo que tendría que llevarle a esa mayor plenitud y felicidad. No busca la felicidad en sí mismo sino que reconoce que en Dios es en quien obtiene la mayor plenitud y felicidad y es en la convivencia con los demás en una interdependencia mutua puede alcanzar caminos también de felicidad.
La celebración que la Iglesia nos ofrece en este día de témporas, estas ferias especiales porque podemos celebrarlas incluso en varios días, quiere ayudarnos a ese reconocimiento del Dios en quien podemos alcanzar esa plenitud, pero al mismo tiempo del Dios que es amor y nos regala su amor. Es una ocasión propicia para aprender a reconocer a Dios en nuestra vida y por eso se convierte en un día de acción de gracias pero también de petición de gracia y de perdón para nuestra vida.
El texto de Deuteronomio que hemos escuchado en primer lugar quiere ayudarnos a ese reconocimiento de Dios y a que nos demos cuenta de que lo que vamos logrando en nuestra vida, es cierto con nuestro esfuerzo y responsabilidad, sin embargo no es solo fruto de nuestras manos, sino que hemos de saber descubrir el actuar de Dios, principio y origen de todo don y de la vida misma.
Moisés le recuerda y previene al pueblo para que cuando se establezcan en aquella tierra que el Señor les va a dar y vayan viendo el fruto de tus trabajos no fueran a llenarse de tal orgullo que se olvidaran del Dios que les había sacado de Egipto. Era un cambio muy grande para un pueblo que venía trashumante desde el desierto y que ahora se asentaba definitivamente en una tierra que podía llamar suya viendo el fruto de sus trabajos pudiendo además tener un techo bajo el cobijarse, quienes había vivido en tiendas con las estrellas como techo en el desierto.
Es, pues, una invitación y al reconocimiento del Señor nuestro Dios. El Dios amor que nos ama y nos protege y a quien acudimos también desde nuestras necesidades y también desde nuestras limitaciones y errores del caminar de nuestra vida; pedimos su ayuda y su gracia, su fuerza y su perdón para saber vivir siempre según lo que es su designio de amor, su voluntad, y para recuperar la gracia perdida cuando nos hemos desviado por otros caminos lejanos de lo que es su voluntad y son sus mandamientos.
Ya decíamos que teníamos el peligro del orgullo y la autosuficiencia; de querernos afirmar tanto en nosotros mismos que prescindamos de Dios y no queramos necesitar de El. De sentirnos tan dioses de nosotros mismos que subidos en nuestros pedestales no sepamos mirar con una mirada de luz a los hombres y mujeres que están a nuestro lado y que son nuestros hermanos junto con los cuales hemos de saber hacer este camino de vida y con los que tenemos que hacer que nuestro mundo sea mejor. Por nosotros mismos nos cuesta porque tenemos la tendencia a subirnos al pedestal de nuestro endiosamiento y cuando nos endiosamos nosotros tenemos el peligro de querer convertir a los que nos rodean en vasallos de nuestra vida, con todas las consecuencias que se pueden derivar.
Dios no es obstáculo de ninguna manera a ese crecimiento humano y a esa madurez del hombre sino todo lo contrario; no son obstáculo para nuestro crecimiento personal los que caminan a nuestro lado, sino que serán ocasión propicia que mutuamente nos ayudemos en ese crecimiento como personas y como hermanos y sepamos caminar juntos hacia una verdadera felicidad.
El Señor ilumina nuestra vida; su Palabra será siempre palabra que nos conduzca a la mayor plenitud y nos recordará continuamente los pasos que hemos de seguir, que serán siempre unos pasos de amor y de amistad. Y la gracia del Señor será nuestra fortaleza, pero también nos dará ese perdón que nos hará encontrarnos más en paz con nosotros mismos cuando nos llenamos de la paz de Dios y cuando sabemos estar en paz también con nuestros hermanos.
Que caminemos estos caminos de Dios que nos llevarán siempre a la madurez y a la plenitud, humana y cristiana.