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jueves, 29 de octubre de 2026

Jesús quiere acogernos bajo sus alas, como la gallina a sus polluelos, es nuestra protección, nuestra roca y nuestra fortaleza, nos da su Espíritu como armadura de nuestra fe

 


Jesús quiere acogernos bajo sus alas, como la gallina a sus polluelos, es nuestra protección, nuestra roca y nuestra fortaleza, nos da su Espíritu como armadura de nuestra fe

 Efesios 6, 10-20; Salmo 143; Lucas 13, 31-35

La imagen que nos propone hoy Jesús me transporta poco menos que a mi infancia; en casa teníamos gallinas como era habitual entonces en nuestras casas en el campo y siempre recuerdo con cierta emoción y añoranza aquella imagen de la gallina que salía con sus polluelos tras ella por los patios y finalmente ver a la gallina anidando bajo sus alas a los pollitos, como decíamos, mientras alguno se escapaba de su protección y ella con su pico lo volvía hacer que se refugiara al calor de sus alas. ¡Cualquiera se atrevía a tratar de coger alguno de aquellos polluelos refugiados bajo las alas de la gallina madre!

Con una ternura sin igual Jesús habla de cómo El, como una gallina que cuida a sus polluelos bajo sus alas, se ha preocupado, digámoslo así, de estar a nuestro lado para ayudarnos a hacer nuestro camino. Se desprenden estos sentimientos del corazón de Jesús cuando por un lado le hablan de cómo Herodes está preguntando por Él y no con buenas intenciones, pero también cómo siente que no todos quieren escucharle y seguirle y que está emprendiendo un camino que le llevará a la Pascua.

No le preocupa tanto lo que Herodes pudiera hacerle, y Jesús se mantiene valientemente sin ningún temor en su anuncio del Reino de Dios, pero si sabe que su camino va a terminar en pasión. Ahora directamente no lo dice como ya lo ha anunciado en otros momentos, pero ahí está la lamentación por Jerusalén que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ‘No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén’ dice sin embargo y sabe bien cuál es su camino de pascua.

¿Seremos nosotros igualmente conscientes de cuál es nuestro camino cuando queremos ser en verdad testigos del Evangelio? No es el discípulo mayor que su maestro, nos dirá en otra ocasión. Nuestro camino no es otro que Jesús. Ya nos dirá ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Y nosotros tenemos que plasmarlo. Y no vamos a estar pensando si somos o no somos aceptados, lo importante es nuestra fidelidad que dará testimonio de Jesús, que dará testimonio de esa buena noticia que vamos haciendo vida en nosotros. ¿Habrá quien no lo entienda? No vamos buscando el aplauso de los hombres.

Demasiado queremos en ocasiones contentar a todo el mundo y hacemos o no hacemos las cosas porque caigamos bien o no, o porque queremos ser aceptados por todos. Cuando vamos con esas prevenciones no estamos siendo fieles a Jesús que fue en verdad signo de contradicción y ante el cual había que decantarse claramente. ‘Conmigo o contra mí, y el que no está conmigo desparrama’. Vamos desparramando demasiado cuando queremos contentar a todos, cuando buscamos aplausos y reconocimientos o mantener nuestros prestigios ante los ojos de los hombres.

Pero siguiendo con la imagen con que se presenta Jesús y que mencionamos al principio de nuestra reflexión de hoy, Jesús está queriendo acogernos bajos alas, es nuestra protección, es nuestra roca y nuestra fortaleza; para eso nos da su Espíritu, que pondrá fortaleza en nuestro corazón, palabras en nuestros labios y valentía para el testimonio.

Como nos decía san Pablo en la Carta a los Efesios, ‘por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios’. Estamos revestidos de la armadura de Cristo; en nuestra oración nos llenamos de Dios y nos sentimos fortalecidos.


miércoles, 14 de octubre de 2026

No hay mejor lección, no hay mejor camino, es lo que muestra toda la humanidad que hemos de poner en la vida que el camino de la humildad y del amor

 


No hay mejor lección, no hay mejor camino, es lo que muestra toda la humanidad que hemos de poner en la vida que el camino de la humildad y del amor

Gálatas 5, 18-25; Salmo 1; Lucas 11, 42-46

    Somos así. ¿Será parte de nuestra condición humana y limitada? Porque hagamos alarde de fortaleza y de poder, decimos que somos capaces de todo y nada se nos pone por delante, si tenemos ocasión nos vamos por lo que decimos la ley del mínimo esfuerzo. ¿Para qué me voy a esforzar en algo que yo sé que me va a costar mucho si me puedo contentar con algo muy sencillo y con lo que dé apariencia de que yo sí soy un cumplidor y hago muchas cosas buenas? Vamos a lo fácil, vamos a lo que pueda lucir, vamos a la apariencia, vamos a contentar con alguna cosilla a los que nos puedan parecer más exigentes, pero no vamos a matarnos por nadie. Pero claro, que mi apariencia no pierda su brillo, que yo aparezca como el primero porque a la larga me gusta figurar, que digan bien de mi, que no tengan un mal concepto, y ya disimulamos nuestras torpezas. Bueno, nos decimos, no somos tan malos.

    ¿Habremos hecho en la vida, de verdad, una escala de valores para ver cuáles son las cosas más importantes, más prioritarias y no quedarnos entonces en las apariencias? ¿Qué es lo que tiene que aparecer como fundamental en nuestras mutuas relaciones humanas para que en verdad vayan cargadas de humanidad? No son las imágenes de la intransigencia, la vanidad y la apariencia las que más tendrían que resplandecer en nuestra vida. El orgullo y la prepotencia no son los que nos van a hacer más felices. Son otros los caminos llenos de humildad y sencillez por donde hemos de transitar; en esos gestos sencillos con que nos acercamos a los demás y sabemos caminar a su lado tendiéndonos mutuamente las manos para ayudarnos tiene que manifestarse donde está nuestra grandeza; tienen que ser caminos de comprensión y de disponibilidad para compartir los que nos faciliten nuestro tránsito y nuestro esfuerzo para conseguir nuestras metas.

    El pasaje que hoy escuchamos en el evangelio es continuación de lo que últimamente se nos ha ofrecido donde Jesús quiere darnos las verdaderas pautas por las que hemos de caminar construyendo el Reino de Dios. Lo que Jesús nos va ofreciendo va a resultar chocante para aquellos que han puesto todo su sentido en la apariencia de justos y cumplidores, pero como les dice Jesús son capaces de pagar los diezmos por la hierbabuena y las hortalizas pero se olvidan de lo más importante, del amor y de la justicia. Es ahí donde tienen que manifestar el amor de Dios.

    Algunos se sienten incómodos con las palabras de Jesús porque realmente se están viendo retratados aunque no quieren reconocerlo. Por allá salen los maestros de la ley diciéndole a Jesús que con lo que están diciendo les está ofendiendo. Como les encantan los honores y los reconocimientos, no eran nunca los que se querían quedar atrás sino que querían atrapar como fuera los primeros puestos y los lugares de honor.

    Recordamos aquella ocasión en que habían invitado a Jesús a comer en casa de alguien principal en el pueblo, y Jesús observaba como todos se atropellaban por coger los mejores lugares, los lugares de honor en la mesa; ya les decía Jesús entonces que cuando sean invitado vete a sentarte en el ultimo lugar, que si el que te invitó considera que mereces otro sitio ya él te llevará al lugar adecuado delante de todos.

    Ahora les replica a los que vienen quejándose de ofensas. ‘¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que cargáis a los hombres cargas insoportables, mientras vosotros no tocáis las cargas ni con uno de vuestros dedos!’ El mejor maestro no es el que impone tareas duras e intransigente a sus discípulos, sino el que va delante haciendo él mismo lo que luego va a enseñar. Lo vemos en Jesús a lo largo del evangelio. Si un día nos dice que tenemos que hacernos los últimos, El ha sido el primero que se la levantado de la mesa y ha cogido la jarra del agua y la toalla para ponerse a lavar los pies de sus discípulos. ‘Si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros tenéis que lavaros los pies los unos a los otros’.

    No hay mejor lección, no hay mejor camino, es lo que muestra toda la humanidad que hemos de poner en la vida.


martes, 11 de noviembre de 2025

Demos gracias a Dios porque podemos por lo bueno que hacemos convertirnos en signos del amor de Dios alegrándonos del crecimiento de los demás

 


Demos gracias a Dios porque podemos por lo bueno que hacemos convertirnos en signos del amor de Dios alegrándonos del crecimiento de los demás

Sabiduría 2,23-3,9; Salmo 33; Lucas 17,7-10

Es cierto que humanamente nos gusta ser reconocidos y apreciados, que se tenga en cuenta lo que hacemos y sea valorado; y decir también que ésta ha de ser una buena actitud que nosotros tengamos hacia los demás, sepamos valorarlos, sepamos darle las gracias por lo que generosamente hacen por nosotros, por los favores recibidos o por los servicios que nos presten aunque sea desde la función que realizan en la vida; es cierto que una persona que como funcionario está realizando un trabajo en medio de la sociedad, sea un médico o un profesor, está trabajando en algún departamento o lleve una oficina de atención al público, lo hace porque es su obligación, es su trabajo, pero eso no es obstáculo para que nosotros cuando nos hacen ese servicio que es cierto que es su trabajo tengamos una palabra amable con esa persona y le demos las gracias. Nos gusta que sean agradables con nosotros, pero no siempre somos lo suficiente amables con aquellos que nos prestan un servicio.

Pero he comenzado hablando de que nos gusta ser reconocidos y apreciados, pero eso no significa que solamente hagamos las cosas buenas para colgarnos unas medallas, para que nos lo reconozcan, y si no lo hacen ya no quedamos contentos y va a ser luego motivo para no hacer cosas buenas por los demás. Es cierto que hay personas en la vida que van acumulando medallas de reconocimientos y diplomas de gratitud y parece que no hacen las cosas sino en búsqueda de esos méritos.

¿Cuáles han de ser nuestras motivaciones? Nuestra primera motivación tiene que ser el amor y el que ama se da, el que ama se hace servidor de los demos, el que ama busca hacer siempre el bien; es un amor que en fin de cuentas es reconocimiento del amor de Dios que nosotros sentimos; nos sentimos amados de Dios y nuestra respuesta no puede ser otra que la del amor.

Un amor que lo traslucimos en nuestra responsabilidad ante la vida, un amor que busca siempre la armonía y la buena convivencia, un amor que ofrecemos como la mejor contribución a hacer un mundo mejor. Un amor que nos lleva a construir el Reino de Dios sembrando, empedrando nuestro mundo de esos mejores valores de autenticidad, de búsqueda del bien, de generosidad y altruismo, de lucha por la verdad y la justicia, poniendo los mejores cimientos de la paz. Es lo que nos va enseñando Jesús en el evangelio. Como una semilla callada y que parece insignificante pero que va haciendo germinar de nueva vida nuestro mundo.

No vamos tocando campanillas para que sepan lo que estoy haciendo, no vamos haciendo ostentación de todo aquello con lo que contribuimos para hacer que nuestro mundo sea mejor, no buscamos la apariencia ni la vanidad; como nos dirá Jesús en otro momento que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Que nuestras obras sean siempre la búsqueda de la gloria de Dios.

Es lo que nos dice Jesús en el evangelio empleando una imagen muy propia de las costumbres de la época; por eso nos dice que aquel que ha estado todo el día en el campo con su trabajo, a la hora de llegar a casa ha de continuar con ese espíritu de servicio. Nos dice algo que nos puede dejar un tanto descolocados, pero tengamos en cuenta que emplea el lenguaje de su época, diciendo que el amo de casa no tiene que estar haciendo especiales reconocimientos, porque el siervo solo está haciendo lo que tiene que hacer.

Siervos en las manos del Señor tenemos que sentirnos, dándonos cuenta que nuestras manos, nuestras obras están prolongando esa obra de Dios para los demás, se están convirtiendo en signos del amor de Dios para todos. Y el sentir que el otro crece con nuestra ayuda o con nuestro servicio es la satisfacción que sentimos en nuestro interior y por lo que tenemos que dar gracias a Dios. ¿Nos alegraremos siempre nosotros del crecimiento de los demás quizás con la ayuda que nosotros podamos aportar? Demos gracias porque nosotros podemos convertirnos por lo bueno que hacemos en signos del amor de Dios para nuestro mundo.

 

martes, 14 de noviembre de 2023

No busquemos reconocimientos ahora por lo que hacemos, somos servidores que hacemos lo que tenemos que hacer, es el gozo y la sabiduría de vivir el Reino de Dios

 


No busquemos reconocimientos ahora por lo que hacemos, somos servidores que hacemos lo que tenemos que hacer, es el gozo y la sabiduría de vivir el Reino de Dios

Sabiduría 2,23-3,9; Sal 33; Lucas 17,7-10

Nos creemos merecedores de todo; por la más mínima cosa buena que realicemos pronto estamos esperando reconocimientos. ¡Qué ingrata es la gente!, nos decimos, porque no nos echan incienso, porque no nos dan las gracias, porque no pregonan a bombo y platillo las cosas tan buenas que nosotros hacemos. ¡Qué autosuficientes somos en muchas ocasiones! Hasta nos creemos que si nosotros no lo hacemos, no habrá nadie que lo haga, y nos creemos insustituibles.

Podemos pensar que estoy exagerando un poco, quizás haya que poner las cosas así de una forma espectacular, pero para que recapacitemos y nos demos cuenta que algo de eso hay en nuestro interior. Bueno, gente humilde y generosa la hay y mucha, que no busca aplausos, que hace las cosas calladamente, que es fiel aquello que nos dirá Jesús en el evangelio que no sepa tu mano izquierda lo que haces con la derecha; pero, sí tenemos que reconocer que en el fondo buscamos esos reconocimientos y nos sentimos un tanto rato cuando no nos mencionan entre aquellos que hace tantas cosas buenas.

Lo que tendría que llevarnos a pensar, por qué hacemos nosotros las cosas, cuál pudiera ser el motivo oculto que nos guardamos incluso cuando protestamos de nuestra humildad y decimos que no queremos que nadie sepa lo que hacemos; porque decirlo es fácil, pero fáciles pueden ser también esas dobles intenciones que nos guardamos dentro de nosotros mismos.

Y nos pasa en múltiples aspectos de la vida; nos pasa en el trabajo que decimos que nadie nos lo reconoce, nos puede suceder incluso en la familia cuando los llamamos ingratos, nos pasa en el ámbito de la vida social de los convecinos o de los miembros de la comunidad en la que andamos que no reconoce nuestros méritos y nos tienen por un cualquiera, nos puede suceder hasta en el ámbito de la Iglesia donde nos sentimos quizás arrimados a un lado y nuestro orgullo herido.

Hoy Jesús nos da un toque de atención. Nos dice que somos unos servidores y eso es lo que tenemos que hacer. Que nuestra actitud de servicio nos hace estar siempre alerta para ver donde nos necesitan, qué es lo que tenemos que hacer, el mejor servicio que siempre podamos prestar. Nos habla de los sirvientes que trabajan en una casa y cuya misión es tenerlo todo preparado; que el sirviente no se puede sentar a la mesa para que le sirvan, sino que su función es la de prestar esos servicios, que además se convierten en una responsabilidad por la que incluso tenemos que dar cuentas.

No es que andemos en servilismos trasnochados, como tampoco es cuestión de que nos tengamos como insustituibles, pero sí hay algo que tengo que hacer y que nadie hará por mí, y que el bien que yo haga o deje de hacer es responsabilidad que tenemos. Por eso nunca tenemos que buscar las grandezas de tener a los otros a nuestro servicio, sino que nos dirá que nuestra grandeza está en hacernos los últimos y los servidores de todos.

Si el amo, como hoy mismo nos dice, cuando llega de su trabajo, no nos va a decir que nos sentimos a la mesa nosotros que él nos sirve, sin embargo sí tenemos una certeza de algo que nos ha dicho Jesús en otro lugar. Cuando llegue el momento final sí que nos va a decir que vayamos a participar del banquete del Reino que para nosotros tiene preparado desde la creación del mundo, porque allí donde vimos un hambriento lo vimos a El, allí donde dimos de beber un vaso de agua a un sediento a El se lo hicimos, allí donde estaba un enfermo al que fuimos a visitar, a acompañar y a consolar a El se lo estábamos haciendo.

Y nos llamará ‘benditos de su padre’; es la gran bienaventuranza porque con el amor y la misericordia con que caminamos por el mundo vamos a ser recibidos nosotros también en el Reino de los cielos, y aunque muchas veces hayamos sido débiles y hayamos tropezado, para nosotros habrá misericordia y podremos contemplar el rostro de Dios.


domingo, 3 de septiembre de 2023

Dejémonos cautivar y seducir por el amor que será el que nos conducirá a caminos de vida en plenitud



 Dejémonos cautivar y seducir por el amor que será el que nos conducirá a caminos de vida en plenitud


Jeremías 20, 7-9; Sal 62; Romanos 12, 1-2; Mateo 16, 21-27


Hay ocasiones en que no queremos escuchar lo que no nos gusta; pero también hemos de decir que no nos gusta algo porque no lo hemos escuchado. No es solamente aquello de que el pez se come o no se come la cola, sino el saber escuchar para entender muy bien lo que se nos quiere decir. Pero nos ciegan los prejuicios, y damos por entendida una cosa que realmente no hemos entendido. 


Un diálogo de sordos en que vamos con una idea, y por eso no llegamos a escuchar lo que se nos quiere decir; no solo no queremos escuchar sino que nos hacemos nuestras interpretaciones particulares, desde nuestras ideas o desde nuestros criterios muy particulares. cuantas veces quizás alguien que está observando de manera imparcial nuestra conversación o nuestro no entendimiento, termina diciéndonos que estamos diciendo lo mismo aunque cada uno emplee sus propias palabras. 


Nos vale hacernos una reflexión así para que tratemos de escucharnos más, de no crearnos las guerrillas que tantas veces nos armamos sin necesidad.  Un mal entendimiento cuantas veces nos lleva a distanciamientos y a enfrentamientos innecesarios.


Lo que le pasaba a los discípulos entonces y tenemos que pensar que quizás nos sigue pasando hoy. No escuchamos, llevamos las ideas preconcebidas. Como Pedro que se había hecho una idea de lo que tenía que ser el Mesías, que por otra parte le cegaba de alguna manera el amor tan grande que sentía por Jesús. No podía pasarle nada a Jesús. Como le parecía a él, si toda la gente le quería, las multitudes le seguían, iban a escucharle allí donde estaba, se sentían maravillados de los signos y milagros que hacía, ¿cómo podía decir Jesús ahora que iba a ser entregado en manos de los gentiles y que sufriría muerte cruenta? 'Eso no puede pasarte a tí. ¡Quítatelo de la cabeza!'


Pero es Jesús el que le dice ahora que se quite de en medio, que no sea tentador para él, que cambie su manera de pensar. 'Tú solo piensas a lo humano, pero no tienes ni entiendes los pensamientos de Dios'. Jesús también un día había sentido tentaciones así. 


Cuando iba a comenzar su tarea, allá en aquellos momentos en que se retiró al desierto, le venían también esos pensamientos de éxito, de grandezas, de reconocimientos; podría parecerle que la tarea que tenía por delante podía ser fácil y exitosa, porque con los poderes que tenía, con la sabiduría de sus palabras, con los gestos extraordinarios que podía hacer delante de la gente, todo el mundo caería a sus pies. Son lo que los evangelistas nos cuentan de aquellas tentaciones en que el mismo satanás se le presentaba ofreciéndoles caminos de éxito seguro. 


Pero allí sintió Jesús lo que eran realmente los caminos de Dios, caminos que tenían que pasar por el amor y la entrega hasta los límites más insospechados; sabía que no sería comprendido, como le estaba sucediendo ahora con Pedro, con quien parecía que las tentaciones se repetían. Pero otros son los caminos del Reino de Dios.


Esos caminos que Jesús quería ofrecerles a sus discípulos, quiere ofrecernos a nosotros también, y que tanto nos cuesta comprender porque seguimos también con nuestras ideas, nuestros caminos y no nos hemos decidido a emprender los caminos de Dios. como nos decía el apóstol en la segunda lectura, 'no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto'. Tenemos que dejarnos transformar, tenemos que saber discernir muy bien lo que Jesus nos ofrece. 


Hoy nos habla de cruz, de negarnos a nosotros mismos, de ser capaces de entregar la vida porque eso no es perderla sino ganarla. No es que emprendamos un camino masoquista en que nos machaquemos y nos anulemos, ni mucho menos. Siempre el camino de Jesús es un camino a la vida y a vivirla en plenitud, es un camino que nos conduce a la felicidad y a una felicidad que nadie nos podrá arrebatar, es un camino de amor, porque solo el amor es el que salvará el mundo. Claro, cuando amamos nos damos por aquel a quien amamos, sí, seremos capaces de olvidarnos de nosotros mismos porque lo que queremos es el bien de aquel a quien amamos. Y amando así nos llenamos de vida, amando así podremos sentir las satisfacciones más hondas del corazón.


Cuando solo nos buscamos a nosotros mismos, nuestros intereses y nuestras glorias vamos como poniendo círculos a nuestro alrededor que nos aíslan, que nos parecería que nos están elevando, pero lo que están haciendo es alejarnos de los demás, por mucho poder que nosotros queramos manifestar, y al final en ese trono de gloria nos sentiremos solos y nos sentiremos vacíos. 


Los halagos que podamos recibir de los demás estarán llenos de falsedad, pero también de muchos miedos y temores que alejan, o muchas veces son palabras interesadas de las que querrán al final sacar un provecho, que si no respondemos como quieren se transformaran en odios que los pondrán en contra, no serán nunca manifestación de un amor verdadero.


Como nos enseñaba el profeta, dejémonos cautivar, seducir por el amor, será lo que nos llevará por caminos de plenitud.


miércoles, 21 de junio de 2023

No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

 


No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18

Bueno, hay que decirlo así, a todos nos gusta una alabanza, una muestra de agradecimiento, que nos reconozcan lo que hemos hecho. Es muy humano. Podemos decir también que un reconocimiento puede ser un aliciente, un estímulo en esa lucha interior por salirnos de nosotros mismos para hacer algo distinto, para hacer algo que sea bueno también para los otros. Y realmente hemos de decir que no podemos quitar esos estímulos de la vida. Aunque sabemos que las cosas hay que hacerlas no por los reconocimientos que tengamos, sino desde nuestra responsabilidad, desde la humanidad que llevemos en el corazón.

Es cierto que demasiados hay en la vida que no saben actuar sino por el aplauso, por la plaquita que nos den o pongan en algún lugar con nuestro nombre. Forma parte, como decíamos, de nuestra condición humana, que halaguen nuestro yo. Pero ¿qué tiene que ser lo importante? ¿Nuestro amor propio o un amor autentico que nos lleve a darnos por los demás? Nos ponemos en plan de razonamientos y todos lo vemos muy claro, pero luego quizás será lo que hagamos en el día a día. Y bien sabemos de cuantos se suben con mucha ligereza al pedestal para recibir los aplausos.

Jesús hoy en el evangelio viene a prevenirnos y nos habla en tres situaciones muy concretas de la vida, la limosna, el ayuno y la oración, aunque por supuesto lo podemos ampliar a todos los aspectos de la vida. Quizás el evangelista nos ha recogido solamente estas situaciones por esa denuncia constante que Jesús hace en el evangelio de las actitudes y de las posturas de los fariseos. Porque los ejemplos que está poniendo Jesús para concretar esas situaciones bien retratan las costumbres de los fariseos acostumbrados a figurar y a que todo lo que hacían tuviera su resonancia para recibir las alabanzas de la gente.

Nos deja Jesús una sentencia muy sencilla y muy bonita. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha’. Es la ofrenda callada y anónima de aquella pobre viuda en el templo. Si hoy la conocemos es porque fue Jesús el que en ella se fijó y nos quiso dar una lección, pero la generosidad de aquella mujer había pasado desapercibida para todos. Es la tarea de nuestro amor, es el silencio de nuestra generosidad, es el corazón que calladamente se pone al lado del otro sin que nadie lo note, pero que va a levantar el animo de quien sufre en soledad, es ese gesto que pasará desapercibido para la mayoría de los presentes pero que lo sentirá en su corazón quien está buscando fuerzas para levantarse y en esa mirada silenciosa, en esa sonrisa que pasa desapercibida para los demás él escucha esa palabra que le da aliento y que le da fuerza.

Y nos hablará Jesús de cuales han de ser las actitudes y las posturas de nuestra relación con Dios, ya sea la oración, ya sean nuestros actos penitenciales. ‘Entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Si nuestra oración no sale del corazón nunca llegará a Dios. No son las palabras repetidas en altavoz como una cantinela, mientras quizás nuestros pensamientos y nuestro corazón están muy lejos del lugar en que te encuentras, las que van a llegar al corazón de Dios. Decimos tantas veces que Dios no nos escucha, pero es que realmente nosotros hemos hablado con Dios, ¿nuestra oración ha sido realmente un encuentro vivo con el Dios que tanto nos ama?

Pero ya decíamos que estas pautas que hoy Jesús nos propone nos valen para todas las situaciones de nuestra vida. Es todo ese desarrollo de nuestra vida interior, como será el cumplimiento de nuestras responsabilidades personales, familias o en el ámbito de nuestra sociedad. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿Solamente buscamos una recompensa o una compensación? ¿Habrá algo profundo dentro de nosotros mismos que sea lo que nos mueva a darle toda esa intensidad a nuestra vida?

 

domingo, 7 de noviembre de 2021

Nos quejamos de las oscuridades de la vida porque quizá no tenemos ojos limpios y bien abiertos para percatarnos de la luminosidad del corazón de tantos a nuestro lado

 


Nos quejamos de las oscuridades de la vida porque quizá no tenemos ojos limpios y bien abiertos para percatarnos de la luminosidad del corazón de tantos a nuestro lado

1Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28; Marcos 12, 38-44

Siempre lo recuerdo como el regalo más hermoso que he recibido. Me habían hablado de una mujer mayor y muy pobre que estaba enferma, atendida en la medida que podía por un hijo ya en cierto modo mayor también y que vivía muy lejos entre los montes de aquel pueblo donde entonces estaba como párroco; me dispuse a ir a visitarla y tras la sorpresa de mi llegada, la dificultad para entendernos por su casi ceguera y sordera, al final me reconoció y con emoción recuerdo aún la alegría con que me recibió; no sabía como agradecérmelo y en su pobreza quería hacerme algún presente; abrió uno de aquellos cajones de tea que entonces se usaban para guardar sus pertenencias y allí tenía prensados unos higos pasados, que de alguna manera guardaba para su propia alimentación; como pudo trató de sacar un puñado grande de aquellos higos como un regalo que desde su pobreza pero en su alegría y generosidad quería compartir conmigo.

Podemos estar seguros que de la casa de un pobre si a ellos nos acercamos con generosidad de corazón nunca saldremos con las manos vacías. Allí leí aquel día plasmado en aquella mujer una página del evangelio. Un gran regalo recibí yo aquel día a través de aquel puñado de higos pasados.

Es lo que vemos hoy en el evangelio. Jesús estaba a la entrada del templo sentado enfrente del arca de las ofrendas y desde allí enseñaba a los discípulos reunidos en torno a El. Pero sus ojos estaban atentos para captar donde se desarrollaba un gesto maravilloso de generosidad y de desprendimiento. Mientras los que entraban echaban sus ofrendas en el arca, algunos quizá con pomposidad manifiesta para que se notara lo generosos que querían aparentar en lo que allí depositaban, una anciana viuda silenciosamente y sin que nadie se percatara dejó caer su humilde ofrenda de dos monedillas que era todo lo que tenía para vivir. Sólo los ojos de Jesús supieron percatarse de lo que allí sucedía y de la grandeza del corazón de aquella anciana.

Es lo que Jesús quiere destacar. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Es el interrogante que se plantea en nuestro corazón. ¿Hasta donde llega nuestra generosidad? ¿Hasta donde somos capaces de desprendernos de lo que tenemos? ¿Si solo damos cuando nos sobra qué valor tiene eso? Nosotros, hemos de reconocerlo, que siempre estamos haciendo nuestros cálculos, hasta dónde puedo llegar, cuáles son los imprevistos que se me pueden presentar, cuánto va a quedar para mí. La generosidad y la gratuidad están en merma en nuestros corazones.

Una generosidad y una gratuidad que tiene que aprender a mirar a los ojos de la persona a la que vamos a ayudar, una generosidad que tiene que saber tender la mano con humildad pero con la ternura del amor para acercarse a aquel con quien compartimos; pero una generosidad y una gratuidad que no tiene que mirar colores de piel ni procedencias, que no tiene que hacer juicio de la vida de aquellos a los que damos, ni buscar preferencias en aquellos que nos pudieran parecer más merecedores.

Una generosidad y una gratuidad en la que no es tan importante lo que se puedan vaciar nuestros bolsillos, sino ser capaces de vaciarnos de vanidades y de orgullos, de búsquedas de reconocimientos o de gratitudes, de actitudes egoístas o posturas de comodidad. Si faltan estas condiciones aunque quizás demos mucho está mermada en nuestro corazón la generosidad.

Jesús les decía los discípulos que tuvieran cuidado de no contagiarse de las actitudes de los escribas y de los fariseos con sus vanidades y con sus orgullos, buscando primeros puestos o lugares de honor, buscando reconocimientos y gratitudes, a costa quizás de la manipulación que hacen de los demás. Cuidado que esas vanidades no se nos metan también en el alma a nosotros buscando también halagos y gratitudes por aquello que con generosidad de corazón tendríamos que hacer, cuidado con esas disimuladas posturas que ocultan la pobreza de nuestro corazón.

Seamos además capaces también de saber apreciar el altruismo, la generosidad, la gratuidad y el desprendimiento de muchas personas nuestro alrededor. Hay personas así, como aquella viuda del evangelio o como aquella mujer de Sarepta de Sidón de la que nos habla la primera lectura; hay personas que no destacan, que parece que no levantan un palmo del suelo por la humildad con que van por la vida, pero que van con un corazón generoso y desprendido y tienen un alma grande.

Nos quejamos con demasiada frecuencia de las oscuridades de la vida, pero es que quizá no tenemos ojos limpios y bien abiertos para percatarnos de esa generosidad de corazón de tantos a nuestro lado. Será la viejita que te da el puñado de higos pasados, o será la persona sencilla que te ofrece el vaso de agua fresca de su sonrisa, será la persona que silenciosamente pone su humilde ofrenda en el templo, o será quien se acerca a casa del vecino para compartir el perejil de su pobreza. Pero muchas personas hay con generoso corazón y no siempre somos capaces de verlo.

No vamos a hacerles homenajes porque ellos tampoco los quieren, pero si desde lo más hondo de nosotros mismos hemos de saber hacer ese reconocimiento y aprender esa lección.

lunes, 1 de marzo de 2021

Cuando somos misericordiosos como Dios, nuestro Padre, experimentado en nuestra propia vida, comenzaremos a mirar con mirada nueva y distinta a los demás

 


Cuando somos misericordiosos como Dios, nuestro Padre, experimentado en nuestra propia vida, comenzaremos a mirar con mirada nueva y distinta a los demás

Daniel 9, 4b-10; Sal 78; Lucas 6, 36-38

Hay quien vive una vida dura, reseca y amarga como raíces secas que no han sabido encontrar la humedad que les hubiera llenado de vida, una vida sin amor y sin haber sabido sentir el amor en sí y entonces su vida se vuelve áspera para los demás. ¿Puede haber alguien que haya vivido una vida así, sin amor, sin haber experimentado el amor en su vida? Desgraciadamente podemos insensibilizarnos para el amor y aunque estuviera, por así decirlo, al alcance de la mano nunca supo experimentar en sus vidas esa experiencia de amor y de misericordia. Por manera de ser, por el trato que habitualmente han recibido en su vida se endurecieron con las costras en su alma del orgullo, la insensibilidad y de la dureza del corazón que ahora tampoco sabrán expresar ningún tipo de ternura con los demás. Dura tiene que ser una vida así.

Tenemos que saber romper esas costras en las que envolvemos nuestra alma, abrirnos a la ternura que nos haría más humanos y dejarnos querer.  A pesar de la maldad con que tanta veces envolvemos nuestro corazón hemos de saber atisbar allí donde se manifiesta la ternura y la compasión, allí donde podemos alcanzar misericordia para dejarnos envolver por ese amor compasivo.

Cuando nos dejamos querer y experimentamos la misericordia en nosotros aprenderemos a querer a los demás y seremos capaces de obrar también con compasión y misericordia con los demás. La misericordia que recibimos en nuestro corazón se convierte en colirio para nuestros ojos para mirar con una mirada distinta y es que quien ha experimentado la misericordia de Dios en su vida estamos aprendiendo a mirar con los ojos misericordiosos de Dios a los demás.

Claro que todo esto significa un proceso muy grande que hay que realizar en nosotros partiendo de nuestra conciencia de pecadores; no podemos parapetarnos nunca tras el muro de nuestro orgullo de creernos siempre los justos y los santos; lo que le pasaba a aquellos fariseos del evangelio que podríamos decir que fueron los más que oyeron hablar a Jesús del amor y de la misericordia, pero se mostraban siempre implacables con los demás porque se habían parapetado en sus pedestales en los que se creían para siempre justos y santos. No se consideraban pecadores, no saboreaban en su vida lo que era la experiencia de la misericordia del Señor, y su mirada estaría siempre enturbiada por ese amor propio que no les dejaba mirar con la mirada compasiva de Dios.

Es todo el proceso que hoy descubrimos en la Palabra de Dios. En la lectura del profeta escuchamos una oración humilde de quien se sabe pecador, y aunque se considera indigno por su pecado – ‘nos abruma la vergüenza’, dice el profeta – sabe confesar sin embargo lo que es la ternura y la misericordia de Dios. ‘Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él’. Ahí está la experiencia del Dios que es compasivo y perdona que nos lleve a obrar nosotros también de la misma manera, a tener la misma mirada de compasión y misericordia para con los demás.

Es lo que nos señalan las palabras de Jesús en el evangelio. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’.

Merece la pena recordar textualmente en su integridad las palabras de Jesús. Cuando somos misericordiosos como Dios, nuestro Padre que es compasivo, porque lo hemos experimentado en nuestra propia vida, comenzaremos a mirar con mirada nueva y distinta a los demás, ni juzgaremos, ni condenaremos, sino siempre dispuestos al perdón, a darnos con toda generosidad.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Las situaciones difíciles tendrían que hacernos descubrir donde está la verdadera grandeza del espíritu humano que sabe dar gracias por lo recibido

 


Las situaciones difíciles tendrían que hacernos descubrir donde está la verdadera grandeza del espíritu humano que sabe dar gracias por lo recibido

Tito 3, 1-7; Sal 22; Lucas 17, 11-19

‘Es de bien nacido el ser agradecido’ es uno de tantos refranes en torno a la gratitud que han quedado como gravados en la sabiduría popular. Nos preciamos de ser agradecidos y cuando vemos a alguien que no lo es sino que más bien parece exigente y se cree merecedor de todo ya en nuestro interior nos hacemos el juicio de los pocos valores humanos que hay en aquella persona. Pero resulta que todos somos así por muchas apreciaciones que nos hagamos, nos cuesta decir la palabra ‘gracias’, nos cuesta en muchas ocasiones expresar con algún tipo de gesto nuestra gratitud para quien nos ha hecho un favor, para quien nos ha prestado un servicio.

Nos sentimos mal cuando no son agradecidos con nosotros,  pero  no llegamos a pensar cómo se siente la persona para quien hemos tenido el desaire de no ser agradecidos con ella. No es solo el gesto de corrección, de buena educación que diríamos también, sino la grandeza o la pequeñez de nuestro espíritu que no sabemos ser agradecidos con los demás.

Es un gesto de amor al mismo tiempo que un gesto de humildad; de amor por el agradecimiento, de humildad por el reconocimiento de nuestra pobreza que ha venido alguien con su generosidad a socorrer. Pero muchas veces impera demasiado el egoísmo en nosotros con el que nos sentimos poco menos que el centro del mundo y todos entonces tendrían la obligación de venir a echarnos una mano. Nos centramos demasiado en nosotros mismos creyéndonos merecedores de todo, con derecho poco menos que de exigir a los demás que sean buenos con nosotros sin nosotros tener el pequeño detalle de esa palabra que es pequeña, pero que podría expresar la grandeza que hubiera en nuestro corazón.

Así vamos por la vida pensando solo en nosotros mismos. Como aquellos leprosos de los que nos habla el evangelio hoy. Cuando estaban en la necesidad bien sabían suplicar; cuando se vieron liberados de su mal pronto olvidaron quien los había liberado y allá se fueron a hacer los trámites para poder llegar a abrazar a los suyos. Podría parecer hasta lo más natural del mundo. Si consideramos lo que significaba ser leproso en aquella época, quizás hasta empezaríamos a justificarlos.

Hoy nos quejamos, en la situación actual que estamos viviendo en toda nuestra sociedad, de que tenemos que confinarnos en casa y no podemos salir a la calle, al encuentro con los amigos, a la vida social que hacíamos en otros momentos. Pero los leprosos no estaban confinados en sus casas, nosotros podemos estar con los nuestros y en la comodidad de nuestro hogar; los leprosos eran recluidos en lugares apartados, lejos de todo contacto con el resto de la sociedad, ni con la familia podían encontrarse; eran unos marginados en el sentido más estricto de tal manera que hasta legal y religiosamente eran considerados impuros que podían manchar con su impureza a los demás. Era el contagio de le enfermedad, pero era un contagio social que llevaba a una horrible discriminación.

Por eso digo que en una situación así al verse liberados de su enfermedad y de todo lo que los discriminaba parecería lógico que corrieran al encuentro de los suyos olvidando todo lo demás. Pero allí había uno que manifestaba la grandeza de su espíritu; alguien que además en aquella sociedad era discriminado también por su lugar de origen, era un samaritano, pero fue el que manifestó la grandeza de su espíritu para ir primero que nada a dar la gracias.

Seguimos comparando con nuestras situaciones actuales y las comparaciones y discriminaciones que seguimos haciendo con los emigrantes que llegan a nuestros territorios. Duro es escuchar en ocasión en voz de quienes incluso se consideran cristianos los juicios de valor que se suelen hacer sobre estas personas. El evangelio de hoy nos da para pensar en muchas cosas, en muchas situaciones que también nosotros vivimos.

Simplemente terminamos el comentario con las palabras del mismo evangelio. ‘Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús, tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado’.

¿Dónde nos vemos nosotros en este episodio del evangelio? ¿Sabremos descubrir la grandeza del espíritu manifestada en nuestras muestras de gratitud por lo que recibimos de los demás y de Dios?

lunes, 5 de octubre de 2020

Reconocemos lo bueno que hay en nosotros dando gracias por ese regalo recibido y compartiendo nuestro gozo con los demás para quienes hemos de ser signos del amor de Dios

 


Reconocemos lo bueno que hay en nosotros dando gracias por ese regalo recibido y compartiendo nuestro gozo con los demás para quienes hemos de ser signos del amor de Dios

Deuteronomio 8, 7-18; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Saber reconocer lo bueno de lo que disfrutamos de la vida es un paso importante en el camino de la felicidad; pero digo un paso, importante quizá, pero no el único. Porque es importante también saber cómo hemos logrado lo que tenemos y saber descubrir en el fondo que es un don. Un regalo que tenemos que saber agradecer también.

Me puedes decir, es mi esfuerzo, son mis luchas, ahí están quizá mis sacrificios, ahí está mi trabajo, es cierto. Y ya es importante que sepamos valorar el trabajo realizado, el camino hecho, la capacidad de ese sacrificio y ese esfuerzo, el tener en cuenta que tú has creído en tí mismo y por eso has luchado para conseguirlo. Pero hay algo, misterioso quizá, que nos trasciende, que va más allá de esos esfuerzos personales, porque tenemos que darnos cuenta que ese camino no lo hemos hecho solos; a nuestro lado hay muchos que han sido un estímulo para nosotros, que nos han alentado, que quizá cuando nos sentíamos sin fuerzas han puesto su mano sobre nuestro hombro para darnos ánimos. Entonces a ellos también tenemos que agradecérselo.

Pero tampoco me quedo ahí, aunque ya son pasos muy importantes que estamos dando con ese reconocimiento. No han sido solo nuestras fuerzas humanas, ni los alientos humanos que hayamos recibido de los que caminan a nuestro lado. Yo miro hacia lo alto, a quien hace de verdad trascender mi vida para darle un valor todavía más grande, yo miro a Dios que está a mi lado, digo que miro a lo alto pero es una forma de decir porque nada está más cercano a nosotros que Dios mismo que camina a nuestro lado por es Emmanuel, Dios con nosotros, pero más aun que se entraña en nuestro ser, en nuestro corazón. El sí que es mi fuerza, mi verdadero aliento, el hondo sentido de mi vida, lo que me da el verdadero valor. Soy creyente y siento a Dios en lo más hondo de mi corazón.

Por eso nunca por mucho que pueda disfrutar de todo eso bueno de lo que dispongo, mi corazón se puede llenar de soberbia para creerse el único y como dueño y señor de todo. Mi Señor de verdad es Dios que es el que da hondo sentido y valor a mi vida. Sin El nada sería, sin El nada hubiera conseguido, sin El no hubiera realizado y estaría realizando el camino. El es en verdad la fuente de mis alegrías, la fuente de mi vida.

Hoy en la Iglesia celebramos un día especial, que lamentablemente pasa muy desapercibido. Es el día que se llama de Témporas de Acción de Gracias y de Petición. Sí, es un día para la acción de gracias, para el reconocimiento de todo eso bueno que hay en nosotros, en la vida, como hemos venido reflexionando. Un día para reconocer la obra del Señor en nosotros y entonces desde lo más hondo de nosotros darle gracias. Es el momento que de una forma personal veamos cada uno por lo que tiene que darle gracias al Señor, reconocer todo eso bueno que hay en nosotros, todo ese don de gracia que hemos recibido; cada uno tenemos nuestra historia, cada uno tenemos nuestros motivos para dar gracias y tendríamos que detenernos en ello.

Pero también una forma de reconocerlo y dar gracias es no quedarnos encerrados en nosotros mismos y comenzar a mirar en derredor nuestro. Primero, como antes decíamos, recordando a cuantos han contribuido a que hoy haya llegado hasta aquí, porque han estado a mi lado, porque me han animado, porque me han echado el brazo sobre el hombro tantas veces para que siguiera caminando. Y dar gracias a ellos y por ellos al Señor que los puso a mi lado.

Pero nuestra mirada no se puede tampoco quedar ahí. A nuestro lado hay tantos que lo están pasando peor en sus necesidades, en sus problemas, en sus sufrimientos, en sus angustias, en sus enfermedades, en sus soledades… y no los podemos dejar solos.  Tenemos que ser con nuestros gestos de amor y cercanía signos de la presencia del Señor en su vida, para que no se cansen en sus luchas, para que sean capaces de levantarse para seguir adelante, para que encuentren también un sentido y un valor a lo que están viviendo aunque sea algo duro. Nosotros podemos ser luz para ellos, una luz que les refleje la luz del amor de Dios.

Démosle un sentido hondo a la vida y a este día concreto que hoy estamos viviendo.

 

miércoles, 26 de agosto de 2020

Nuestra palabra y nuestra vida siempre tiene que ser una palabra profética, un testimonio verdaderamente profético aunque no levanten mausoleos en nuestro honor


 

Nuestra palabra y nuestra vida siempre tiene que ser una palabra profética, un testimonio verdaderamente profético aunque no levanten mausoleos en nuestro honor

2Tesalonicenses 3, 6-10. 16-18; Sal 127; Mateo 23, 27-32

‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justo…!’ Estas palabras de Jesús en que recrimina a los fariseos y a los maestros de la ley de su tiempo la hipocresía con que vivían sus vidas me hace pensar en cosas parecidas que hoy también suceden.

También vivimos la hipocresía de los homenajes; quizá en vida no eran personas tenidas en cuenta, más bien en ocasiones y un poco según también lo que fuera la dedicación de esos homenajeados a posteriori se les tomaba por locos, no era precisamente un apoyo lo que recibían en las acciones, pongamos por caso, humanitarias que realizasen, no se les perdonaba cualquier error que cometieran, pero después de muertos todo eran alabanzas y reconocimientos, homenajes y dedicatorias. Como decía alguien, medio en broma medio en serio, a mí los homenajes que me los hagan en vida.

En referencia a ese comentario de Jesús hemos de reconocer que nunca los profetas fueron muy tenidos en cuenta, más bien sufrieron acoso por parte de quienes ostentaban el poder en la sociedad de su tiempo, el pueblo muchas veces les volvía la espalda, y terminaban sufriendo persecuciones violentas e incluso la muerte. Por pensar en algunos tendríamos que recordar lo dura que fue la vida del profeta Jeremías que incluso lo echaron en una cisterna para hacerlo morir allí de hambre desde las manipulaciones de los poderosos de su tiempo a quienes les costaba aceptar las palabras del profeta; a Amós podemos recordar como el sacerdote de Betel le decía que se fuera a profetizar en su tierra pero que no fuera una impertinencia en el Santuario de Dios; a Elías lo vemos huir a las montañas del encono de la reina Jezabel que pretendía suplantar el culto al Dios verdadero por el culto a los baales; y así podemos seguir haciendo un recorrido por todos los profetas hasta Juan Bautista encerrado en Maqueronte, odiado por Herodías, hecho decapitar por Herodes.

Todo esto es una lección para nosotros para que aprendamos a hacer una lectura del hoy de nuestra vida iluminada por la palabra de Dios que siempre es palabra de vida en todos los tiempos y para todos los hombres. ¿De alguna manera no es lo que sigue sucediendo hoy? La Iglesia, los cristianos que tenemos que dar un testimonio de nuestra fe y del evangelio que queremos vivir y con el que queremos iluminar nuestro mundo tenemos el peligro de dejarnos seducir en muchas ocasiones por los halagos del mundo.

Si la Palabra que anunciamos y el testimonio que damos son una palabra y un testimonio edulcorado, donde queremos acomodarnos a lo que la gente quiere escuchar, y andamos con paños calientes seguro que recibiremos muchas alabanzas de los que nos rodean. Entonces sí que somos buenos, según ellos la iglesia está realizando muy bien su función y hasta pueden llegar esos reconocimientos públicos que tanto nos halagan. Cuidado caigamos en esas redes que son muy sutiles. Tendríamos que preguntarnos con toda sinceridad si acaso la Iglesia no pueda estar cayendo en esas redes.

Recuerdo una anécdota del diálogo de un obispo y un sacerdote que vino a visitarle; al preguntarle el obispo si estaba contento en la parroquia que le habían encomendado y si la gente estaba contenta, el sacerdote se apresuró a decir que todo el mundo estaba muy contento con él, que toda la gente lo quería y por ahí se explayaba el sacerdote con un orgullo muy grande en su corazón porque todo el mundo lo quería. Malo, le dijo el obispo, si todo el mundo te quiere es que no estás predicando el evangelio en toda su radicalidad, tu vida sacerdotal no está dando el testimonio que tiene que dar; si así fuera, siempre aparecerían enemigos, gente que estaría en tu contra porque la Palabra que les dices no les puede contentar a todos por igual.

No olvidemos que tenemos que ser profetas en medio de nuestro mundo. Por eso no podemos buscar ni el halago ni las alabanzas de los que nos rodean. No podemos acomodarnos ni seguir simplemente los criterios del mundo. Es una tentación que está ahí muy patente y que con valentía tenemos que superar. Vivamos de manera auténtica el evangelio y sus valores aunque muchas veces nos cueste ir a contracorriente. No nos dejemos emborrachar por los cánticos de alabanza y reconocimientos que el mundo pueda hacernos. Nuestra palabra y nuestra vida siempre tienen que ser una palabra profética, con nuestra vida tenemos que dar un testimonio verdaderamente profético. Con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor, no buscamos la fuerza del espíritu del mundo.

 

miércoles, 17 de junio de 2020

Quitemos esos rostros de angustia, reflejemos en todo momento la paz de nuestro espíritu, expresemos sin recato la alegría de sentirnos amados del Señor


Quitemos esos rostros de angustia, reflejemos en todo momento la paz de nuestro espíritu, expresemos sin recato la alegría de sentirnos amados del Señor

2Reyes 2, 1. 6-14; Sal 30; Mateo 6, 1-6. 16-18
Quieras que a todos nos halaga un reconocimiento. Todavía hay quien se acerca a una institución o a algún organismo que pueda tener cierta relevancia y quiere dejar ‘un regalo’, un donativo y aunque te dice que no quiere que se sepa, al mismo tiempo nos está rogando que pongamos allí su nombre. Es el cartelito o la plaquita con que se acompaña cualquier obra que se haya realizado, pero que quede allí el nombre de la institución que lo patrocinó o en tiempos de quien se realizó tal obra o tal actuación. Estratégicamente nuestras avenidas o nuestras plazas están llenas de bustos o de placas con la leyenda de quien realizó tal obra, quien la promocionó o la patrocinó para que su nombre quede ‘en la memoria de los pueblos’. Y ya sabemos bien qué pronto los pueblos y generaciones tienen poca memoria y a pesar de todo pronto cae en el olvido de manera que ya ni sabemos quien fue aquel personaje del busto o de quien se hace referencia.
Son nuestros orgullos humanos que tan fácilmente nos aparecen aunque tratemos muchas veces de disimular. Sin embargo hasta en la sabiduría popular de nuestros refranes hay sentencias como aquello de ‘haz el bien pero no mires a quien’, por ejemplo. Es la sencillez y humildad con que hemos de saber ir por la vida no buscando reconocimientos que siempre son efímeros como humo que se lleva el viento sino que calladamente hemos de saber hacer el bien en toda ocasión que tengamos oportunidad o también en todas aquellas ocasiones en que la inventiva del amor nos hará ir siempre con los ojos bien abiertos y dispuestos a derrochar nuestra generosidad.
Es lo que nos está pidiendo hoy Jesús en el evangelio. ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial’, nos dice Jesús. Y nos habla de la limosna, de la oración y del ayuno.
Denuncia Jesús la vanidad y la vanagloria de la que se rodeaban los fariseos y los principales en el pueblo de Israel. Como dirá Jesús van tocando la trompeta para llamar la atención cuando van a dar una limosna, ponen cara de circunstancias cuando hacen un sacrificio como el ayuno, o rezan con altivez delante de todo el mundo presentándose como los mejores y los más piadosos.
Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, nos dirá Jesús. Busca el silencio y la interioridad de tu corazón para poder vivir ese encuentro vivo con Dios y poder escucharle. Que sea la alegría, la serenidad y la paz las que se reflejen en tu rostro cuando tengas que sufrir en tu interior ya fuera por los sacrificios y renuncias que tengas que hacer en la vida, o ya sea cuando el dolor y el sufrimiento te hagan llorar en tu interior.
Solo así podrás llenarte de Dios, podrás escucharle en tu corazón; solo así estarás demostrando la confianza plena que tienes en tu Dios porque bien sabes que El no te abandona nunca. Solo así podrás gozarte en el amor de Dios, pero gozarte con paz interior en ese amor que también quieres expresar y reflejar en los demás.
No terminamos los cristianos de aprender este mensaje de Jesús. Nos hemos creado una religión de muchas tristezas y de muchas lágrimas, parece en muchas ocasiones que vivir como cristianos es como vivir en un tormento que nos oprime y nos comprime, porque parece que con amargura estamos arrancando de nuestra alma lo más hermoso que nos da el Señor. Quitemos esos rostros de angustias, reflejemos en todo momento la paz de nuestro espíritu, expresemos sin recato la alegría de sentirnos amados del Señor.