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sábado, 10 de octubre de 2026

Despertemos para que contagiemos con el entusiasmo de nuestra fe y el compromiso serio de nuestro amor

 


Despertemos para que contagiemos con el entusiasmo de nuestra fe y el compromiso serio de nuestro amor

Gálatas 3, 22-29; Salmo 104; Lucas 11, 27-28

Yo me pregunto a veces cuáles son nuestros entusiasmos y hasta donde llegaríamos por ellos. Constantemente estamos viendo en nuestro entorno, o los medios de comunicación se encargan de hablarnos de esas cosas y manifestarnos esos entusiasmos por las cosas más dispares, cómo la gente se manifiesta en diversas situaciones, bien porque estén reclamando cosas que ellos consideran justas o protestando contra lo que consideran injusto, bien, por ejemplo, tras acontecimientos deportivos llenos de triunfos y vemos como la gente se echa a la calle para vitorear a los campeones de turno, bien sea en fiestas que recogen ancestrales tradiciones que se quieren mantener vivas como son las fiestas populares o las romerías, y así podríamos hacer una lista casi interminable de momentos en que vemos a la gente con alborozo y entusiasmo o reclamando o celebrando alguna cosa.

¿Qué es lo que los mueve y motiva a esos entusiasmos y a esas manifestaciones? ¿será simplemente dejarse arrastrar por una mayoría o por un grupo influyente o todos tendrán en su interior esos buenos deseos que les llevan a ese entusiasmo en sus manifestaciones? Sin embargo pareciera que la gente, o que la misma sociedad necesitaría de esos impulsos para mantenerse viva. Y vuelvo a hacerme la pregunta cuáles son nuestros entusiasmos y hasta dónde seríamos capaces de llegar.

Me vienen a la mente estas consideraciones y también estas preguntas que tenemos que hacernos a nosotros mismos a partir del episodio que nos ofrece hoy el evangelio. Jesús va rodeado de la gente que se agolpa en multitudes en su entorno de un lado para otro; como dirá el evangelista en su relato en alguna ocasión ni les daban tiempo para comer, y aunque se vaya a despoblados y si previo aviso allí se encontrará siempre con esas multitudes que le esperan. Pero en medio de aquel grupo que ahora le sigue y ha estado escuchándole una voz anónima con todo el entusiasmo del mundo se hace notar con su grito. Una voz que quiere ser alabanza al Maestro pero que emplea una forma indirecta para proclamar su alabanza hablando de lo dichosa que tendría que sentirse la madre de tal hijo. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Era una mujer la que había prorrumpido en aquel grito pero que viene a expresarnos también el orgullo que ella como mujer y como madre también sentiría.

Ya sabemos cuál fue la reacción de Jesús. No rechazó las palabras y el entusiasmo de aquella mujer sino que les dio una nueva dirección. Son buenas las alabanzas también en aquellos que las pronuncian, porque son también un reconocimiento; no buscamos alabanzas ni hacemos las cosas por una alabanza pero sí esa palabra de alabanza puede hacer que quienes la escuchamos le demos una nueva dirección a nuestra mirada que a la larga puede ser también una nueva dirección a nuestra vida. La alabanza que recibimos no nos puede hacer nunca engreídos, sino agradecidos y más humildes.

Pero, como decíamos, Jesús nos hace pensar en algo nuevo y distinto, donde encontrar nuestra verdadera dicha y felicidad. Por eso nos dice: ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Esa tiene que ser nuestra dicha, esa nueva forma de escuchar, porque nos dice escuchar y cumplir. La Palabra del Señor es nuestra vida pero si la sembramos en el corazón para hacer que dé fruto. Es lo importante, es lo que nos dará la más honda satisfacción en el corazón. Es el camino que nos está señalando Jesús que hemos de tomar. ¿Mereceremos nosotros esa alabanza y esa bienaventuranza?

En la brevedad de esta reflexión quisiera quedarme con una pregunta muy concreta que tendríamos que hacernos los cristianos al hilo de cómo comenzábamos el comentario de hoy. ¿Dónde está el entusiasmo de los cristianos? Creo que siendo bien conscientes de nuestra fe tenemos los mayores motivos para manifestarnos con entusiasmo y con una alegría que nadie nos podría quitar. ¿Donde hacemos manifestaciones clamorosas de nuestra fe y nuestro amor cristiano? Ya sé que algunos me dirán que ya hacemos durante el año muchas procesiones en Semana Santa y en nuestras fiestas que son una proclamación pública de nuestra fe. Pero nos tenemos que preguntar. ¿Son manifestaciones entusiastas con las que queremos contagiar a los demás de aquello en lo que nosotros creemos?

En cualquier manifestación, sea el que sea el motivo por el que se haga, los manifestantes con su forma de hacerlo están queriendo contagiarnos a todos del espíritu que ellos tienen para manifestarse por aquello, por ejemplo, que reclaman, poco menos que nos empujarán con su entusiasmo para que nosotros también participemos. ¿Es eso lo que los cristianos hacemos o quizás nos contentamos con unos actos muy formales, muy bien ordenados y organizados pero a la larga muy aburridos en los que nadie se siente invitado a participar o a vivir?

Claro que la proclamación y manifestación de nuestra fe no se tiene que quedar en unos gritos que demos en un momento determinado, sino que el grito que entusiasme e invite son las posturas que tomamos en la vida desde nuestra fe y nuestro amor cristiano y desde los compromisos que vivamos en medio de nuestra sociedad. Despertemos para que contagiemos con el entusiasmo de nuestra fe y el compromiso serio de nuestro amor.


lunes, 7 de septiembre de 2026

Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga, no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios

 


Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga, no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios

1Corintios 5, 1-8; Salmo 5; Lucas 6, 6-11

Cuando estamos reunidos por el motivo que sea y alguien toma la iniciativa de llamar a alguien para que se ponga en el centro mientras los demás hacemos corro alrededor seguramente nos estaremos preguntando por qué se tomó esa iniciativa, que significado tendrá, o nos mostraremos quizás de alguna manera reacciones porque aquel que fue llamado al centro no le vemos la importancia, el prestigio o los valores por los cuales tengamos que prestarle nuestra atención.

Así sucedió aquel sábado en la sinagoga, en la cual están ya reunidos, además del encargado de la sinagoga, los principales dirigentes del pueblo, fariseos y escribas, la gente humilde y sencilla cargando con sus angustias y desesperanzas, que son los que ahora se prestan a seguir los acostumbrados rituales de la escucha de los libros de la ley o los profetas, el cántico de los consabidos cánticos y salmos de alabanza a Dios, y el comentario del encargado de turno. Pero sucedió algo insólito porque Jesús rompe el ritmo de sus rituales y llamando al hombre discapacitado con una mano atrofiada lo puso en medio de todos.

¿Qué o quién parecía que tenía que ser como el eje principal de lo que el sábado se realizaba en la sinagoga? Pareciera que todo tenía que centrarse en el culto a Dios con la proclamación de la Palabra, el canto o rezo de los salmos y los comentarios que se ofrecieran que en Dios habían de centrarse. Pero como hemos dicho Jesús rompe el ritmo del ritual y a un hombre enfermo e impedido coloca en el centro.

¿Qué nos quiere decir Jesús? Porque eso es un signo o señal de algo distinto, porque nunca se había visto así en una sinagoga. Un hombre que parecía un castigado de Dios según el concepto que ellos tenían de la enfermedad pareciera que está sustituyendo a Dios. Pero ¿es que nos podríamos quedar tan insensibles y tan tranquilos en nuestros rezos y en nuestros cánticos para salir luego justificados porque hemos cumplido fielmente nuestros ritos mientras aquel hombre seguía con el sufrimiento de sus limitaciones y dependencias?

Creo que es la gran pregunta que Jesús quiere que nos hagamos. ‘¿Qué es lo que está permitido hacer un sábado?’, comienza preguntando Jesús. Ya sabemos las limitaciones que se imponían en nombre del descanso sabático para dedicar ese día totalmente al culto a Dios. Por eso Jesús sigue haciéndose la pregunta, ‘¿qué está permitido, hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?’

Y pasamos de largo acaso preocupados por llegar temprano al templo, mientras… ¿Vemos a quien está a la puerta? ¿Tenemos un gesto de cercanía, con una mirada y una sonrisa, con una palabra amable o con unos buenos deseos que expresamos con nuestros saludos a quienes van por el mismo camino que nosotros también en su carrera por llegar temprano al templo? ¿sabremos detenernos para interesarnos por la persona, por sus problemas o preocupaciones, o para compartir sus posibles alegrías?

Es lo que estamos haciendo en nuestro camino por la vida, sea el día del Señor cuando venimos al culto, o cuando en medio de semana estamos tan absortos en nuestras carreras o nuestras preocupaciones que seguimos insensibles ante tantos problemas que nos rodean. Lo hemos dicho muchas veces que hemos ido perdiendo humanidad porque ya no somos tan cercanos los unos de los otros, porque cada uno va a lo suyo y se desinteresa de los problemas que puedan tener los demás, porque seguimos con el pensamiento en nuestra mente, aunque luego digamos palabras muy bonitas, que cada uno se las arregle como pueda, mientras quizás ganamos en lo que decimos otras riquezas porque hacen más ruido en nuestros bolsillos.

¿No tendríamos que poner más a la persona en el centro de todo porque es a través de ella como llegamos a Dios? Recordemos lo que nos ha venido diciendo Jesús de que cuanto hagamos al otro a Él se lo hacemos, o cómo cuando dos o más nos reunimos en su nombre podemos tener la seguridad de que Él está en medio de nosotros. Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios.


domingo, 7 de junio de 2026

Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

 


Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Salmo 147; 1 Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58;

Es bueno recordar la historia; suele decirse que es la madre de la vida, en la historia – aunque algunos quieran echarla en olvido - encontramos la sabiduría de la vida, porque lo que hemos ido viviendo nos va enseñando, ya sea desde las experiencias hermosas y gratificantes que hayamos tenido, ya sea también desde los momentos oscuros, los momentos de dificultad que parecían fracaso; siempre podemos obtener una lección, para ver cuales son los mejores caminos, como también lo que tenemos que evitar. Y podemos hablar de la historia como hecho social o podemos hablar también como algo personal en el recorrido que cada uno hemos ido haciendo.

¿Qué hacemos los cristianos cuando nos reunimos para la Eucaristía? Hacemos memoria, porque recordamos todo lo que ha sido la historia de la salvación, porque recordamos todo lo que ha sido nuestra propia historia de salvación recordando y sintiendo presente el amor que Dios ha derramado en nosotros en nuestra vida concreta. Si nos lo tomáramos más en serio seguro que otras serían las respuestas que diéramos con nuestra vida. No es, pues, un rito a realizar de una manera formal, es una vivencia que tiene que hacerse carne en nosotros.

Hoy el libro del Deuteronomio invita al pueblo creyente a hacer ese recuerdo de su historia. Su esclavitud en Egipto y su liberación con todas las señales y prodigios que Dios realizó, su paso por el mar rojo como expresión de esa ruptura con la esclavitud y su apertura a un mundo nuevo de libertad, su camino por el desierto no exento de dificultades en las carencias de todo tipo al que se vieron sometidos, pero los signos que Dios fue realizando de su presencia que no los abandonaba ni de día ni de noche; fueron los manantiales que Dios hizo brotar en el desierto o fue el maná con que se alimentaron cuando no tenían otro pan. ‘Te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres’, termina diciendo el texto sagrado.

Es una imagen de lo que Cristo quiere ofrecernos. Un nuevo pan que nos alimenta y nos da vida para siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’, nos viene a decir Jesús. Es lo que hoy estamos celebrando y queriendo hacerlo además con una fiesta muy especial. Es por cierto lo que celebramos cada vez que los cristianos nos reunimos en Eucaristía.

Cristo Jesús se ha dado por nosotros para que tengamos vida y vida para siempre. Es el recorrido que hacemos a lo largo de todo el Evangelio, es la culminación de la Pascua en que Cristo se ha entregado por nosotros en su pasión y muerte y en su resurrección. Es la vida nueva que Cristo ofrece a cuantos creen en Él, por eso decimos que Cristo nos ha redimido, nos ha rescatado y liberado de la muerte y del pecado, que Él es nuestra Salvación. Pero es necesario que creamos en Él, pongamos en Él toda nuestra fe y toda nuestra confianza; es necesario que nos sintamos unidos a Él para así hacernos partícipes de su vida. Es lo que queremos expresar cuando nos reunimos los cristianos para celebrar la Eucaristía. Como decíamos, no es sola y simplemente un rito que realicemos, es una vivencia que tiene que formar parte de nuestra vida.

Mucho nos queda para llegar a comprender de verdad y llegar a hacer nuestra vida lo que celebramos en la Eucaristía. Muchas veces se nos queda como una cosa estanca que hacemos ahí en medio de nuestra vida, pero pareciera que no tuviera relación con ella. Por eso nuestras Eucaristías se nos quedan frías, no tienen la hondura de una vivencia profunda; se nos quedan en un rito para cumplir pero sin implicar nuestra vida en lo que estamos haciendo o celebrando, pierden incluso el verdadero sentido de celebración.

Tenemos que saber traer nuestra historia a nuestra celebración. No podemos desligar una de otra. Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera. Cuando estamos viviendo nuestra vida con toda autenticidad traeremos lo que es la Eucaristía a ese día a día de nuestra vida, para hacer que se sienta iluminada de una manera especial, porque se sentirá envuelta en el amor de Dios.

Entonces nuestra comunión será verdadera comunión, porque ya no es solo un rito sino que significa un entrar en comunión de verdad con Cristo y con todo lo que tiene que significar Cristo para nuestra vida; y cuando entramos en esa comunión con Cristo significa entonces cómo estamos entrando en comunión  con los demás. ¿No nos ha dicho El que cuanto a los demás hicimos a Él se lo hicimos? No puede haber separación sino comunión.

Comemos todos de un mismo pan para formar un solo cuerpo, que nos decía el apóstol. ¿Será así cómo nos sentimos cuando hemos ido a comulgar en la misa? Ya no podemos salir de la misa como si no nos conociéramos; algo nuevo tendrá que comenzar a unir nuestros corazones.


domingo, 31 de mayo de 2026

Necesitamos momentos para la contemplación de todo el misterio de amor de Dios que hemos vivido, para verlo plasmado en nuestra vida y para saber dar gracias

 


Necesitamos momentos para la contemplación de todo el misterio de amor de Dios que hemos vivido, para verlo plasmado en nuestra vida y para saber dar gracias

Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Dn 3, 52-56; 2Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18

A todos nos habrá sucedido, ante algo que ha pasado a nuestro lado, una noticia impactante que hayamos recibido, algo que nos han dicho que por lo grandioso que nos cuentan nos parece increíble pero que sin embargo en la realidad ahí está, nos hemos quedado sin palabras, impactados no hemos sabido qué decir o qué hacer y nos hemos quedado en silencio, pensando y repensando dicho acontecimiento o dichas palabras y parece como si nos quedáramos extasiados en el tiempo.

¿No fue algo así lo que le sucedió a Moisés cuando ahora de nuevo sube al monte con las tablas de piedra de la ley en sus manos y se queda repitiendo como en un eco una y otra vez ‘Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad’? Por su mente iba como recapitulando tantas cosas en las que había visto la mano de Dios. Le había llamado a él desde la zarza ardiendo, le había enviado a presentarse al Faraón para pedir la liberación de su pueblo, a él además que no era un hombre de palabra fácil, todas aquellas señales de la liberación de Egipto, el paso del mar Rojo y aquella travesía en el desierto hasta el Sinaí donde Dios se les había manifestado, era como para quedarse aturdido ante tantas maravillas del amor que Dios manifestaba por su pueblo, era para quedarse pensando eternamente sin terminar de dar gracias nunca. Por algo terminaba pidiendo a Dios que estuviera siempre con su pueblo, ‘que mi Señor vaya con nosotros, aunque seamos un pueblo de dura cerviz’.

¿No será esto lo que quiere hacer la liturgia cuando ya hemos terminado todas nuestras celebraciones pascuales sino invitarnos a quedarnos también en esa contemplación? Tenemos que saber detenernos ante todo lo que hemos venido viviendo y contemplando cuando hemos celebrado la Pascua del Señor; todas las celebraciones del misterio de Cristo que es celebrar el misterio del amor de Dios se han ido sucediendo casi como pisándose unas a otras y necesitamos parar, necesitamos detenernos en silencio, no para ver cosas nuevas, sino para contemplar una y otra vez todo ese misterio de amor.

Con el texto del evangelio de san Juan tenemos que decirnos una y otra vez, ‘tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna… para que el mundo se salve por Él’. No son necesarias reacciones ni consideraciones especiales, sino contemplar y rumiar ese misterio de amor. Lo hemos contemplado y celebrado de manera especial en este tiempo de pascua. Ahora dejémonos sorprender, empapémonos de ese misterio de amor.

Este domingo en que ya retomamos el tiempo Ordinario en la liturgia solemos llamarlo la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Venimos, algo así, a recapitular todo ese misterio de Dios que así se nos manifiesta, así se nos reveló en Jesús. No vamos a meternos en lo que podríamos decir elucubraciones teológicas sino lo importante es que nos sintamos envueltos por ese misterio del amor de Dios, que nos ama, que camina a nuestro lado, que sostiene nuestra vida y nos ilumina allá en lo más hondo del corazón, que nos hace sentir su presencia y la fuerza de su Espíritu como revelación de todo lo que es ese misterio de Dios, que se nos muestra compasivo y misericordia hasta entregarse en Jesús en la más sublime prueba de amor.

¿Eso nos dejará impasibles e insensibles? ¿No tenemos que sentirnos impactados por toda esa fuerza arrolladora del amor Dios para con nosotros? Porque además se nos está ofreciendo como el más hermoso de los regalos. ¿Quién soy yo, pequeña criatura, para sentirme amado de tal manera por ese amor eterno de Dios? Moisés le pedía a Dios que se quedara con ellos porque eran un pueblo de dura cerviz, ¿no es lo que nosotros también tendríamos que pedir siendo conscientes de tantas debilidades nuestras que tan inconstantes nos hacen en nuestra respuesta al amor de Dios? Es algo que mucho tenemos que pensar. Miremos la historia de nuestra vida y terminaremos por reconocer que no es sino la historia del amor que Dios nos tiene, aunque muchas veces lo olvidamos.

 Cuántas señales ha ido Dios poniendo en nuestro camino ante las que quizás muchas veces pasamos de largo; es hora de recapitular quizás grandes momentos o también de detenernos para ver esos pequeños detalles que en tantas situaciones de nuestra vida nos ha dejado como signos de su amor, acontecimientos, personas cercanas a nosotros, palabras que en un momento determinado produjeron un impacto en nosotros, cosas inesperadas que llegaron a nuestra vida y que se convirtieron en un toque de atención, momentos que vivimos con una especial intensidad espiritual como momentos oscuros que se convirtieron en pruebas para nosotros… y Dios ha estado ahí, en ese camino que hemos hecho, y Dios nos ha estado recordando continuamente su amor.

¿No tendríamos que detenernos a reconsiderarlo y a dar gracias?


sábado, 11 de octubre de 2025

Una alabanza que nos abre a entrar en otras orbitas y otros encuadres de nuestra vida cuando escuchamos y plantamos la palabra de Dios en nuestro corazón

 


Una alabanza que nos abre a entrar en otras orbitas y otros encuadres de nuestra vida cuando escuchamos y plantamos la palabra de Dios en nuestro corazón

Joel 4,12-21; Salmo 96; Lucas 11,27-28

Una alabanza siempre es agradable; no es que la busquemos, pero el reconocimiento de lo bueno siempre puede ser un estímulo. Puede ser una señal de gratitud por parte de aquellos que se sienten beneficiados con lo bueno que reciben; es de nobleza de corazón el reconocerlo. Pero sin que esos reconocimientos y homenajes se conviertan en una razón para que hagamos las cosas bien, una palabra agradable que reconozca lo bueno que se hace se puede convertir en un estimulo interior para seguir haciendo lo bueno. Claro que sabremos actuar rectamente y hasta con generosidad aunque no recibamos esos reconocimientos, sin que nos rindan homenajes y canten alabanzas en nuestro honor. El bien que hacemos es nuestra más honda satisfacción.

Pero no se trata solamente de la satisfacción y el estimulo que sentimos en nuestro interior cuando hablan bien de nosotros, sino que por una parte hemos de sentir eso mismo en las alabanzas que prodiguen a los demás por lo bueno que realizan, y lejos de nosotros ha de estar todo atisbo de envidia o de celos porque a ellos se lo reconocen aunque de nosotros no digan nada – necesitamos también muchas veces esa cura de humildad para evitar orgullos y vanaglorias propias – sino que cuando está en referencia a seres a quienes tenemos especial aprecio como puede ser incluso a nuestros familiares, nuestro gozo tendría que ser mucho más hondo.

Podría parece que todo esto que voy reflexionando se viene abajo en el breve pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. Podrían parecer cortantes las palabras de Jesús cuando alguien en medio de la multitud levanta su voz en alabanza a la propia madre de Jesús. Es una aclamación espontánea la que surge en medio de las gentes; también nosotros muchas veces nos lo decimos cuando nos encontramos con alguien que resalta por su bondad o por buen hacer, ‘¡qué orgullosa tiene que sentirse esa madre!’, pensamos nosotros. Es lo que viene a decir aquella mujer anónima en medio de la multitud. ‘¡Dichosos los pechos que te alimentaros y el vientre que te llevó!’, Dichosa la madre que te parió, diríamos nosotros en un lenguaje como más ordinario.

Pero Jesús quiere dirigir nuestros ojos a otra óptica. Está bien que miremos las cosas desde ese lado humano, y aquí rebosa humanidad el grito de aquella mujer, pero tenemos elevar nuestra mirada, tenemos que tener otra perspectiva. Bien sabemos cuando contemplamos un paisaje que depende del lugar desde donde miremos para apreciar diversos detalles, depende del encuadre que le hagamos y hasta el marco que ponemos alrededor para resaltar algo en lo que quizás no nos habíamos fijado; a mi me gusta cuando hago una fotografía, por ejemplo, a un paisaje encuadrar la imagen que quiero tomar en un marco, darle un primer plano que le de profundidad, o resaltar quizás una sombra que haga brillar de una forma distinta su colorido. Así tendríamos que aprender a mirar en la vida.

Jesús viene a ayudarnos a cambiar esas perspectivas, esos encuadres que hemos de hacer en la vida, esa forma de mirar las cosas y las personas, esa manera de leer los acontecimientos, para descubrir lo que de verdad nos quieren enseñar, para descubrir donde está el mensaje, para saber cual es el colorido que le hemos de dar a la vida. Es lo que significa la buena nueva del evangelio; por eso es buena nueva, por eso es siempre buena noticia para nosotros, por eso es la novedad que siempre ha de significar para nosotros la Palabra de Dios.

Es lo que con una simple frase como respuesta a la alabanza de aquella mujer dice Jesús y que no es quitarle valor a la alabanza que se hace de la madre de Jesús. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Escuchar la Palabra de Dios y plantarla en el corazón. Así, simplemente, alcanzaremos la dicha, nos dice Jesús. Es el filtro que hemos de ponerle a nuestra vida, es el cristal a través del cual hemos de mirar, es el color que tenemos que resaltar de la vida, es el encuadre que tenemos que hacer.

Desde la Palabra de Dios, escuchada y plantada en el corazón encontraremos para todo otro sentido, encontraremos la verdadera luz para nuestros ojos, descubriremos lo que es el verdadero valor de nuestra vida, se nos abrirán caminos de verdadera plenitud y felicidad. Pero tenemos que dejarnos sorprender por esa buena noticia que nos trae; como aquella mujer se sintió sorprendida por la presencia de Jesús y pensó en su madre, que para ella se convertía en un gozo y una felicidad de la que de alguna manera quería hacerse partícipe.

Es el camino que nosotros hemos de emprender, es donde encontraremos la verdadera alabanza para lo que luego vamos a hacer, es con lo que proclamaremos la gloria de Dios.

martes, 11 de marzo de 2025

No hacen falta muchas palabras para orar, solo nos hace falta una, saborear el poder llamar Padre a Dios

 


No hacen falta muchas palabras para orar, solo nos hace falta una, saborear el poder llamar Padre a Dios

 Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

En ese deambular por la vida, que es la vida misma con lo que hacemos, en lo que nos relacionamos con los demás, en lo que vamos encontrando o en los pensamientos o que van surgiendo dentro de nosotros o en las ideas que otros nos proponen, quizá en un momento determinado descubrimos algo que nos llama la atención, que nos sorprende, que nos deja llenos de admiración de manera que queremos poseerlo, queremos llegar a ese lugar si de un espacio se tratara, o queremos vivirlo; y nos ponemos en camino para conseguirlo, para tenerlo, para vivirlo y luego nos sentiremos como transformados por esa felicidad y de ninguna manera queremos perderlo; ya buscaremos medios, formas de poder seguir disfrutándolo.

Podemos estar pensando en cosas materiales, en cosas que nos darían una riqueza, podemos pensar en un lugar paradisíaco, podíamos pensar en un estado de vida. ¡Cómo nos gustaría conseguirlo, disfrutarlo!

Pues os voy a decir que lo tenemos a nuestro alcance. Leamos con atención de nuevo el texto del evangelio de hoy. De entrada decimos es la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, la oración que nos enseña a nosotros. Ahí lo tenemos. Está bien descrito. Es lo maravilloso de sentirnos en Dios, del encuentro con Dios, de la presencia de Dios en nosotros, en nuestra vida y que tenemos que hacer que sea también en nuestro mundo.

En tres palabras quiero resumir hoy lo que es la oración del padrenuestro, que Jesús nos ha enseñado: contemplación, camino, compromiso.

¿Qué es lo primero que nos llena de admiración cuando comenzamos a rezar el padrenuestro? Qué podamos llamar Padre a Dios. Como nos dirá san Juan en sus cartas es una maravilla que podamos llamarnos hijos de Dios, y nos dice, pues en verdad lo somos. Es para quedarse extasiado. Dios que nos ama, porque es nuestro Padre, que nos llama sus hijos, que quiere que vivamos como hijos. Los hijos no son esclavos, los hijos viven la libertad de su condición, de su filiación; como tal nos trata, como tal nos ama. Por eso no podemos hacer otra cosa que bendecir a Dios, bendecir su nombre, sentirnos dichosos con su amor que es sentirnos bendecidos por Dios. Es una contemplación esta primera parte de nuestra oración. No podemos pasar de largo, no lo podemos hacer a la carrera, tenemos que detenernos para contemplar, para alabar, para dar gracias, para santificar el nombre de Dios en el que nos sentimos santificados.

Como decíamos antes, eso tan bello y hermoso lo queremos poseer; nos ponemos en camino para conseguirlo. Por eso nos abrimos a Dios, a su Palabra que queremos que se plante en nosotros, que se cumpla en nosotros esa palabra del Señor, como pedía y quería María en la anunciación. Queremos hacer la voluntad de Dios; no nos queda otra, es la voluntad del Padre, y a los padres se les obedece, a los padres les somos fieles u leales, a los padres queremos agradarles con nuestro amor y se lo manifestamos haciendo su voluntad. Un camino que hemos de recorrer en esa búsqueda de la voluntad de Dios.

Un camino que se hace compromiso porque ahora veremos las cosas de otra manera; un camino en el que sentimos su presencia junto a nosotros y teniéndole a El, nada nos faltará; un camino que nos lleva a una nueva comunión con los que nos rodean, porque de ellos también Dios es Padre, ¿no decíamos al principio padre nuestro? No es solo mío sino de todos, todos entonces tenemos que sentirnos hermanos, entre todos ha de haber una nueva comunión, a todos tenemos que aceptar y comprender; y nos amamos y nos perdonamos, porque así es la garantía de que seguiremos sintiendo el amor de Dios sobre nosotros a pesar de nuestros errores y debilidades. Con Dios a nuestro lado, nos sentiremos fuertes para no dejarnos arrastrar por el mal, para sentir la fortaleza que nos lleve a hacer siempre el bien.

Una oración para saborear, como siempre tiene que ser nuestro encuentro con Dios, ante el que muchas veces nos quedaremos mudos sin saber qué decir, nos quedamos en silencio, dejando que nuestra mente contemple ese misterio de Dios, pero nuestro corazón se derrita en ese amor de Dios que se está derramando en nosotros. No hacen falta muchas palabras, nos decía Jesús; sólo nos es necesaria una, saborear el poder llamar a Dios Padre.

lunes, 23 de diciembre de 2024

Que la luz de navidad que se va a encender no sea luz de pronta caducidad que tan pronto se enciende como se apaga, sino una luz permanente para nuestra vida

 




Que la luz de navidad que se va a encender no sea luz de pronta caducidad que tan pronto se enciende como se apaga, sino una luz permanente para nuestra vida

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Salmo 24; Lucas 1, 57-66

Un nacimiento siempre nos abre a la vida, al futuro, a la esperanza. Es la gran alegría de un hogar, el nacimiento de un niño. Pero es una alegría contagiosa, todos los familiares se alegran, los vecinos felicitan a la madre y no faltan las atenciones y los regalos. Es la ternura de un niño recién nacido, pero es la ternura de la vida que a todos nos emociona. Es el arranque de unos sueños porque de alguna manera todos pensamos en el futuro, en lo que va a ser, en lo que puede ser este niño que ahora contemplamos recién nacido. Parece un ser indefenso pero a todos nos pone en movimiento a su alrededor.

En las montañas de Judea todo era alegría. Se alegraban porque Dios había regalado su amor y su misericordia a aquella familia que no tenían hijos y parecían perdidas las esperanzas de poder tenerlo. Sentían que la mano de Dios estaba con ellos lo que les hacía que sus sueños fueran, por así decirlo, más intensos. ‘¿Qué será de este niño?’ se preguntaban porque muchas cosas maravillosas y extraordinarias estaban sucediendo en su entorno.

Su madre era mayor y parecía estéril pero Dios le había concedido el don de la maternidad. Su padre, que era sacerdote del templo de Jerusalén, después de un servicio en el templo, que parecía coincidir con los nueve meses del embarazo de la madre, había vuelvo mudo de Jerusalén después de ejercer allí su oficio. Ahora la madre pretende ponerle un nombre distinto al habitual, que era ponerle el mismo nombre del padre del niño, pues quería llamarlo Juan como significación de que Dios había manifestado su misericordia con aquella familia – era el significado del nombre – y el padre al que habían preguntado por señas así lo había ratificado escribiéndolo en una tablilla; pero no se habían terminado ahí las cosas asombrosas, pues había recobrado el alma y había comenzado a cantar en acción de gracias a Dios, señalando lo que sería la misión de aquel niño. ‘¿Qué será de este niño?’ se preguntaban y no sin razón, por lo que todos alababan a Dios.

Hoy nosotros casi en las vísperas del nacimiento de Jesús estamos contemplando en el evangelio el nacimiento de Juan. Profeta del Altísimo, lo llamará su propio padre Zacarías; el que viene a preparar los caminos del Señor, como había anunciado los profetas; el mensajero de la Alianza como dicho también el profeta Malaquías, como hoy mismo hemos escuchado; como el fuego de fundidor, como lejía de lavandero… acrisolará como oro y plata, y el Señor recibirá ofrenda y oblación justas… le contemplaremos invitando a la penitencia en la orilla del Jordán.

Contemplamos a Juan en su nacimiento, con la misma ilusión que contemplamos a un recién nacido como una promesa de futuro; contemplamos el nacimiento de Juan y nos llenamos de esperanza, porque es la aurora de la salvación que llega; contemplamos a Juan y también nos sentimos invitados a la alegría que nace de la esperanza, porque ya está cercano el día del Señor, sentimos cercana a nosotros lo que es la misericordia y la compasión del Señor que sobre nosotros está también volviendo su rostro. También nosotros queremos prorrumpir en cánticos de alabanza al Señor, también queremos tener bien dispuesto nuestro corazón para sentir y para vivir la misericordia de Dios en nuestra vida.

Es el preparativo importante que tenemos que hacer para la navidad. Disponemos nuestro corazón, disponemos nuestras actitudes, nos abrimos al amor del Señor que queremos también compartir con los demás. Grande e importante es la luz que nos iluminará, que no se quede en luces abocadas a la caducidad que tan pronto se encienden como se apagan, que sea una luz permanente para siempre la que se va a encender en nuestra vida con la navidad.

sábado, 21 de diciembre de 2024

Alegría de la próxima navidad que nos pone en camino de fe y alabanza, de servicio como respuesta a la acción de Dios, de realización de una misión

 


Alegría de la próxima navidad que nos pone en camino de fe y alabanza, de servicio como respuesta a la acción de Dios, de realización de una misión

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Salmo 32; Lucas 1, 39-45

En nuestros ambientes todo suena a fiesta y alegría en estos días. Músicas que nos encantan y quieren despertar nuestros mejores sentimientos con recuerdos, es cierto, que en ocasiones se llenan de melancolía, luces que parpadean invitándonos a poner color en la vida, invitaciones que quieren significar encuentros festivos que quieren amasar compañerismo y amistad, palabras de felicitación que nos entrecruzamos, decimos, con los mejores deseos.

Una alegría que para muchos significa tirar la casa por la ventana, una alegría que a veces muy envuelta de consumismo aunque lo queremos disimular con que son regalos de amistad, una alegría que sin embargo algunas veces quiere ocultar ciertas sombras que llevamos en los ojos o en el corazón – los ojos son reflejo de lo que llevamos o no llevamos en el corazón – y que nos preguntamos si es verdadera y auténtica.

Decimos, que es alegría, porque es navidad. Pero, ¿Dónde está de verdad el sentido de esa navidad? ¿Aparecerá detrás de esa fiesta y de toda esa alegría que queremos manifestar y expresar? Aunque parezcan mis palabras como un jarro de agua fría, creo que tendríamos que entrar en una honda de sinceridad y hacernos las preguntas sin miedo.

Los cristianos que queremos prepararnos a fondo para esa celebración de la navidad hemos ido dejándonos conducir por la Palabra de Dios que a lo largo del Adviento se nos ha venido proclamando para encontrar ese hondo sentido de nuestra fiesta, que no se quede en recuerdos melancólicos, como para muchos es navidad.

Ahora ya en esta semana inmediata hemos ido siguiendo el texto del inician de los evangelios de Mateo y de Lucas. Hoy se nos presenta el relato del camino de María desde Nazaret a la Montaña a casa de su prima Isabel, de la que ha tenido María conocimiento a través del ángel de su embarazo y cercano nacimiento de su hijo.

María sorprendida en la aparición del ángel con el anuncio de que iba a ser la Madre de Dios y con conocimiento de lo que sucedía también en las Montañas de Judea en casa de Zacarías e Isabel, corre presurosa, como nos dice el evangelio, para estar allí al lado de su prima. La alegría que desbordaba en María por el misterio de Dios que en ella se estaba gestando y realizando no la encierra en si misma sino que corre presurosa para el servicio allí donde una mujer joven podía mejor prestarlo.

Pero contemplamos también la alegría de Isabel al recibir a María; inspirada por el Espíritu del Señor conoce Isabel la importancia de aquella visita. Quien ante ella estaba era la madre de su Señor, la madre de Dios. Desborda de gozo Isabel y su alegría le conduce a la mejor confesión de fe. ‘¿De donde a mi que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ Todo se vuelve bendiciones y alabanzas. Ha llegado a su casa la agraciada de Dios – recordamos lo que le había dicho el ángel a María, ‘has encontrado gracia ante Dios’ – e Isabel la bendice y la llama dichosa por su fe, porque ‘todo lo que le ha dicho el Señor se cumplirá’.

Pero no se quedan ahí los sones de alegría de aquellos momentos. ‘En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Es también la alegría del que iba a ser el precursor del Mesías, del que venía ‘a preparar los caminos del Señor preparando para Dios un pueblo bien dispuesto’. Una alegría que recuerda lo que es la gloria del Señor pero una alegría que también pone en camino, como lo había hecho con María, para cumplir una misión.

La presencia de María, verdadero sagrario de Dios, en aquellos momentos estaba confirmando la misión del Bautista. Los saltos de alegría en el vientre de su madre eran anuncio de que se sentía en la presencia de quien venía como Salvador, pero era comienzo de algo que se iba a extender más allá de aquellas montañas de Judea. Como luego escucharemos la gente se preguntaría que sería de aquel niño en quienes tantas señales de Dios se estaban manifestando, pero era como un adelanto del anuncio que allá en el desierto junto al Jordán habría de realizar.

Alegría cuando sentimos el misterio de Dios en nuestra vida que nos tiene que llevar necesariamente a ponernos en camino, un camino de servicio, un camino de fe y de alabanza, un camino para realizar una misión. ¿Será así la alegría de nuestra navidad?

 

lunes, 1 de julio de 2024

El seguimiento de Jesús no es solo cuestión de un gusto personal sino respuesta a una invitación dada con radicalidad

 


El seguimiento de Jesús no es solo cuestión de un gusto personal sino respuesta a una invitación dada con radicalidad

Amós 2,6-10.13-16; Sal. 49;  Mateo 8, 18-22

Nos gustaría ser como él, hacer las cosas que él hace, parecernos a él. Es, me atrevo a decirlo así, la atracción que podemos sentir cuando nos encontramos una persona buena, una persona entregada, una persona que nos manifiesta con sus palabras pero sobre todo con actitudes y con compromisos de su vida, verdades que nos hacen pensar, que nos hacen plantearnos ideales nobles por los que llegamos a pensar que merece dar la vida.

Es bueno, podemos decir que de alguna manera es normal, que al sentirnos atraídos por algo queramos hacerlo, que si encontramos una persona así nos sintamos estimulados a elevar el listón de nuestra vida queriendo ser mejor, queriendo vivir también una entrega en la que encontramos un sentido para la vida; pero no tenemos que copiar, cada uno tenemos unas características y una personalidad, y lo que tenemos que sentirnos llamados a hacer es a desarrollar lo más posible lo mejor de nosotros mismos, que no significa que tengamos que hacer exactamente lo mismo, o querer como hacer un duplicado en nosotros de esa otra persona. Será algo a lo que nos ayudará la madurez que vayamos alcanzando en la vida, porque lo otro podría quedarse en una reacción un tanto infantil, y somos nosotros los que tenemos que madurar.

La gente también se sentía atraída por Jesús, le seguían a todas partes, se daban de codazos por estar a su lado – ‘ves como te apretuja la gente’, le escuchamos un día decir a Pedro -, se sienten entusiasmados y en tienen en ocasiones momentos incluso de delirio como cuando quieren hacerle rey allá en el descampado después de la multiplicación de los panes, y ya vemos cuantas alabanzas para él, e incluso para la madre que lo amamantó, como aquella mujer anónima.

En torno a El se ha ido formando aquel grupo de discípulos  que están con él siempre porque incluso han dejado sus barcas y redes o sus puestos de trabajo para responder a su llamada; a ellos de una manera especial irá formando porque para ellos tiene una misión especial. Son muchos los que le quieren seguir, bien cuando se han visto liberados de sus enfermedades y males como el ciego Bartimeo que le sigue por el camino después de haber recobrado la vista, o como aquel endemoniado geraseno que después de sentirse curado por Jesús quiere seguirle y Jesús le dirá que vaya a decirle a los suyos cuanto ha hecho Jesús con él.

Hoy vemos que incluso un escriba viene y esta dispuesto a seguir a Jesús a donde quiera que vaya. Pero no quiere Jesús entusiasmos fáciles que se pueden quedar en pasajeros; cuantas veces nos sucede que nos entusiasmamos con una amistad, pero con el paso del tiempo y no hace falta que sea mucho ya nos olvidamos de aquellos fervores del principio. Jesús quiere dejarnos bien claro cuales son las exigencias para seguirle, que no se puede quedar solo en cantos de alabanza; ¿nos quedaremos muchas veces en cánticos bonitos y entusiastas en nuestras celebraciones, pero cuando salimos de allí parece que lo hemos olvidado todo?

Hoy Jesús recuerda que las fieras del campo tienen sus madrigueras y los pájaros sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. ¿Podemos llegar a vivir un desprendimiento y una austeridad así? Y nos dirá también que cuando nos decidamos a seguirle no podemos estar volviendo la vista atrás a cada rato para estar soñando con lo que dejamos, ni podemos quedarnos en seguir haciendo las cosas de muerte de siempre porque el camino que se abre ante nosotros es un camino de vida.

¿Estaremos dispuestos a escuchar la invitación de Jesús a seguirle – porque no es solo cuestión de gustos personales sino de llamada y vocación – para seguir con todo a Jesús en su camino? Es algo serio.

martes, 20 de febrero de 2024

Nuestra oración, como nos enseñó Jesús, no puede ser otra cosa que disfrutar de la presencia y del amor de Dios que es nuestro Padre y nos ama

 


Nuestra oración, como nos enseñó Jesús, no puede ser otra cosa que disfrutar de la presencia y del amor de Dios que es nuestro Padre y nos ama

Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

Voy a comenzar preguntándonos, preguntándome para qué rezamos, por qué rezamos. Son tantas las necesidades, decimos, son tantas las cosas por las que tendríamos que pedir, y pensamos en nuestra salud, pensamos en la familia y en los amigos, pensamos en los problemas que tenemos, pensamos en el mundo en que vivimos donde vemos tantas cosas que no nos gustan y que quisiéramos que fueran mejor… y así seguimos haciéndonos una lista muy grande de las cosas por las que tenemos que rezar. Todo es pedir. Como si fuéramos al despacho de alguien muy poderoso en cuya mano está la solución de todas las cosas y llevamos nuestra instancia de peticiones.

¿Nos fijamos en que solo estamos pensando en pedir? Quizás nos ponemos un poco más espirituales y pedimos para que seamos buenos, o pedimos por la paz, o pedimos por aquellos que vemos en conflicto a nuestro lado para que las cosas se solucionen… y seguimos pidiendo y pidiendo.

Sí, ya sé que Jesús nos dice en el evangelio que pidamos y recibiremos, que llamemos y que se nos abrirá, que busquemos y que encontraremos, y nos insiste mucho en la constancia y perseverancia en nuestras peticiones, en nuestras oraciones.

Pero quería recoger algo que ahora mismo he recordado; nos decía que llamemos y se nos abrirá. ¿Para qué tocamos en una puerta y llamamos? ¿Porque queremos entrar y queremos estar? He aquí un aspecto muy importante de nuestra oración y que algunas veces olvidamos. Vamos a visitar a nuestra madre o a nuestro padre cuando ya nos hemos independizado y vivimos por nuestras propias casas y en nuestra propias cosas, porque queremos estar con ellos; y muchas veces simplemente es estar allí, en aquella casa que fue nuestra casa, allí donde están nuestros padres y nos sentamos a su lado, y hablamos y contamos como habrá momentos en que solo disfrutamos con el hecho de estar allí, de estar con ellos.

¿No tendría que ser algo así también nuestra oración? Estar, estar con el Señor que nos ama, que sabemos que nos ama, disfrutar de su presencia aunque estemos en silencio. ¿Nos habremos fijado bien en la manera de orar que Jesús nos enseño y que hoy nos trae el evangelio? Algunas veces porque nos la sabemos de memoria y la repetimos ya pensamos que tenemos hecha toda nuestra oración. Pero no lo hemos saboreado. Necesitamos saborear nuestra oración que es encuentro, que es estar en la presencia del Padre Dios que nos ama.

Lo que nos ha enseñado Jesús es como un saludo disfrutando de su amor cuando lo llamamos Padre pero para sentirnos a gusto estando con El, saboreando el encuentro porque estando con El nos sentimos llenos de su Espíritu. Estando con El nos sentimos santificados porque nos sentimos amados, estando con El nos gozamos porque queremos ser fieles y leales gozándonos en lo que El nos dice que tenemos que hacer, su voluntad, su reino que queremos vivir, que queremos realizar en nuestra vida.

Y para eso no hace falta decir muchas palabras, sino saborear mucho en el corazón. Estamos con El y nos gozamos de su presencia, hacemos silencio porque el amor se siente en silencio en el corazón.  ¿No te habrá sucedido alguna vez que llegaste a ese momento de oración y aunque te parecía que tenías tantas cosas que decir o que pedir, sin embargo te quedaste como transpuesto en silencio sin saber qué hacer o qué decir? Eso es oración.  Eso es hermosa oración.

Fijémonos que en la forma en que Jesús nos enseñó a orar, lo que hoy escuchamos en el evangelio, pocas son las cosas que pedimos y que vendrán en un segundo momento después de que hemos saboreado esa presencia del Señor. Es lo que luego surgirá de forma espontánea quizá porque nos sentimos en las manos providentes de Dios Padre. Y contamos, sí, con nuestras necesidades, el pan de cada día, y pedimos perdón y nos damos cuenta de que generosamente también nosotros tenemos que ofrecer perdón, y nos queremos ver liberados con la fuerza y la gracia del Señor de todo mal y de toda tentación. Pero es como una conclusión de todo aquello que antes habíamos disfrutado en la presencia del Señor. Después de estar así con el Señor tenemos la seguridad de que todo eso que necesitamos y mucho más nos va a dar Dios.

Para qué oramos, por qué rezamos, nos preguntábamos. Porque queremos entrar y estar, porque queremos disfrutar de la presencia y del amor de Dios.

lunes, 4 de diciembre de 2023

La humildad hará practicable el camino de la fe porque solo cuando reconocemos que estamos enfermos podremos dejar que Jesús nos cure

 


La humildad hará practicable el camino de la fe porque solo cuando reconocemos que estamos enfermos podremos dejar que Jesús nos cure

 Isaías 2, 1-5; Sal 121; Mateo 8, 5-11

‘Tengo en casa un criado que está paralítico y sufre mucho…’ Hay quien oculta los enfermos; que no sepa nadie lo que pasa en casa, total ¿para qué? ¿Para ser el comentario y la comidilla de la gente? Eso son cosas de casa, no hay por qué estar contándolo a la gente. Puede parecer exagerado este comentario, pero es cierto que no somos muy dados a contar las cosas que nos pasan. Tiempos había en que sobre todo en aquellas enfermedades que se pudieran considerar raras, no se comentaban con nadie. Tener un enfermo mental podía considerarse algo así como un descrédito para la familia.

Bien, esto puede parecer anecdótico, pero he querido comenzar con esta consideración, ya que la liturgia nos propone este evangelio en casi el primer día del camino de adviento que estamos comenzando a celebrar. Si decimos que es tiempo de espera y de esperanza ante el Salvador que viene a nuestra vida, como vamos a celebrar en la Navidad – y tengamos en cuenta el verdadero sentido que ha de tener el tiempo de Adviento – justo sería que nosotros también, como aquel centurión, digamos ‘tengo en casa un criado que está paralítico y sufre mucho…’.

¿Cuál es la enfermadad que necesita curación y es por eso por lo que esperamos y pedimos la venida del Señor? Porque si no tenemos ninguna enfermedad, no reconocemos ningún mal en nuestra vida, ¿de qué nos va a salvar el Señor? ¿De qué nos va a curar?

Es importante esta primera actitud que hemos de tener ya desde el primer día en que comenzamos a hacer este camino de Adviento. Hemos de mirarnos con sinceridad a nosotros mismos, tenemos que mirar la cruda realidad de nuestro mundo necesitado de salvación. Podríamos decir que ya desde el primer día comenzamos a hacernos un examen de conciencia.

Reconozcamos nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. ‘En mi casa no hay nadie enfermo’, yo estoy bien, el mundo está bien, todos estamos bien, tenemos hoy tantas cosas que en otros tiempos no teníamos. La humildad es cimiento fundamental para adentrarnos en el camino de la fe. Es no ponernos en actitud defensiva ante de Dios; es la postura de los que no quieren creer, de los que se auto titulan ateos o agnósticos, que dicen que en nada creen ni nada necesitan creer.

El camino de la vida, aunque no entremos en el ámbito sobrenatural, está empedrado con actos de fe o de confianza. Aceptamos y nos creemos lo que nos dice cualquiera, aceptamos a pie juntillas las noticias que nos vienen por los medios de comunicación sobre todo sin son afines a nuestras ideas, pero cuando entramos en el ámbito de lo sobrenatural todo son dudas y son desconfianzas, cuando se trata de aceptar a Dios que viene a elevarnos y engrandecernos de verdad, vienen las negaciones o vienen las afirmaciones de ateísmo porque nos creemos no necesitar de Dios.

Hoy tenemos por el contra un hermoso y testimonio en el personaje que contemplamos en el evangelio. Ni siquiera era judío, era un centurión romano, pero ha oído hablar de Jesús y tiene en su casa a su criado enfermo, paralítico sufriendo mucho, y acude a Jesús.  Reconoce el mal que hay en su casa y acude a Jesús con una confianza total. Pero una confianza que ha arrancado de un corazón humilde. No se ha atrevido en principio a venir por si mismo al encuentro con Jesús ni querrá Jesús visite su casa porque además sabe lo que significaba para un judío entrar en la casa de un gentil. ‘No soy digno…’ dirá, pero tiene la confianza total. ‘Basta una palabra tuya…’ Como el jefe que tiene soldados a sus órdenes y a una palabra el soldado está haciendo lo que le pide su jefe sin importar la dificultad. Su humildad le ha abierto el camino de la fe.

Será lo que alaba Jesús. ‘En todo Israel no he encontrado una fe como la de este hombre’, es la alabanza de Jesús. ¿Qué podrá decir Jesús de nuestra fe? ¿Dónde está nuestra humildad que haga expedito el camino de la fe? ¿Seremos capaces de reconocer nuestra limitación y nuestro pecado?

viernes, 29 de septiembre de 2023

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor


 

Con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

'Delante de los ángeles tañeré para tí, Señor', decimos con la liturgia de este día en que celebramos la fiesta de los Arcángeles de Dios. Nos unimos a los coros de los ángeles, decimos en otro momento de la liturgia y de ellos tomamos prestadas sus palabras para también entonar ese cántico de gloria del Señor.

No sé, pero aunque nos manifestamos con corazón agradecido a Dios cuando sentimos su presencia en nuestra vida, en medio de nuestras luchas y problemas, creo que no siempre sabemos cantar como es debido a la alabanza del Señor. 'Tuyo es el Reino, tuyo el Poder y la Gloria', diremos también en otro momento de la liturgia. Es algo que tendríamos que hacer más. Es gozarnos de la gloria del Señor, es reconocer su grandeza y las maravillas que hace con nosotros, es disfrutar de su presencia en la que nos gozamos con su presencia y de nuestra boca y de nuestro corazón tendrían que salir cada vez con más fuerza esos piropos de alabanza.

¿No es lo que hacen los enamorados que se vuelven poetas rebuscando las mejores y más bonitas palabras para describir de la mejor manera posible lo que han descubierto en su amado o su amada y regalarle con un cántico bien hermoso todo lo que quisieran expresar desde ese amor que sienten en el corazón?

¿No es lo que hacemos en nuestras relaciones humanas cuando descubrimos las cosas hermosas que una persona ha realizado por su comunidad o su pueblo y le dedicamos fiestas en su honor y buscamos los mejores poetas que ensalcen esas figuras que van ya a ser muy importantes para el pueblo?

Que no se enfríen nuestros sentimientos, que no decaiga nuestro amor, que vivamos con intensidad esos momentos en que se desborda nuestro corazón para cantar a Dios, cuando reconocemos sus maravillas, cuando nos sentimos inundados de su amor, cuando somos conscientes de cómo el Señor nos ayuda y nos libera, nos hace seguir caminando adelante con paso firme, porque Él está siempre con nosotros, que sepamos, pues, encontrar el modo en que también sepamos proclamar esas alabanzas para nuestro Dios.

Celebrar esta fiesta de los Santos Arcángeles, san Miguel, san Gabriel y san Rafael, tendría que despertarnos a esa alabanza y a esa acción de gracias que continuamente cantemos a nuestro Dios. Cuando contemplamos hoy a estos arcángeles estamos viendo la intervención divina en nuestra propia historia de la salvación. No solo recordamos a Rafael porque acompañara al joven Tobías en su camino de peregrinación y fuera signo de la medicina de Dios al curar al anciano Tobías; no solo estamos recordando a Gabriel como el mensajero de Dios que llegó a casa de María, como antes lo hiciera en el templo con el sacerdote Zacarías, para transmitirles los designios de Dios; no solo contemplamos a Miguel como algo así como el capitán de los ejércitos celestiales para significar la victoria del bien sobre el mal y el pecado.

Estamos contemplando esa acción de Dios en nosotros, que pone a sus ángeles como compañeros de nuestro camino - en unos días celebraremos a los santos Angeles Custodios -, vienen a ser la voz de Dios en nuestro corazón para inspirarnos el camino del bien o hacernos descubrir los planes de Dios para nuestra vida, sino que también descubrimos esa presencia sobrenatural junto a nosotros para librarnos del mal, para que no caigamos en la tentación, para que tengamos esa luz de lo alto que nos haga descubrir el camino del bien que hemos de recorrer.

Pondrá el Señor a sus ángeles para que nuestro pie no tropiece en el camino, para presentar nuestras súplicas y oraciones ante el trono celestial, para ayudarnos a escuchar y discernir la Palabra de Dios que llega a nuestro corazón. No nos hagamos sordos ni nos resistamos a la gracia de la presencia de los ángeles de Dios a nuestro lado. 'Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre', le decía Jesús al sorprendido Natanael cuando descubrió que Dios conocía sus secretos más íntimos. Sepamos sentir como los ángeles de Dios que nos acompañan en nuestro camino están también contemplando el rostro de Dios y cantando eternamente la alabanza del Señor. Que con los ángeles y con los arcángeles nosotros nos unamos a los coros celestiales para entonar el himno de la gloria del Señor.